REVOLUCIONES EN LAS CIENCIAS NATURALES. La nueva visión de la Tierra y de la vida


 



REVOLUCIONES EN LAS CIENCIAS NATURALES

 

LA NUEVA VISIÓN DE LA TIERRA Y DE LA VIDA

   

José Antonio Pascual Trillo


 

Finalista del Premi Europeu de Divulgació Científica
«Estudi General»

 


 

EDICIONES EN PAPEL:


Edición en español          Pulsar para enlace




Miraguano Ediciones

Madrid

2004

ISBN 13: 978-84-7813-271-3









 

Edición en valenciano



(Trad. Josep Franco)

Editorial Bromera- Universitat de València

València

2003

ISBN: 9788476607695





INDICE

 

 

PROLOGO

 

INTRODUCCIÓN

 

I. EL INICIO DE LA AVENTURA

Una época revolucionaria

Viajes y exploraciones: luces y sombras     

La explicación de la naturaleza

II. LOS TIEMPOS DE ALEXANDER VON HUMBOLDT Y LA DEFINITIVA APORTACIÓN DE CHARLES LYELL

             Humboldt: el intento de abarcarlo todo

             Nace la geología moderna: Charles Lyell

III. LLEGA EL MOMENTO DE LA EVOLUCIÓN

Y llegó Darwin y aguó la fiesta

La grandeza de la concepción evolutiva      

             Alfred Wallace: el gran olvidado

             La teoría de la selección natural

             La cuestión de la edad de la Tierra

IV. NACE LA GENÉTICA Y CRECE LA NUEVA ECOLOGÍA

             Reaparecen las leyes de la herencia

             El refugio de los estudios sobre la naturaleza

V. EPPUR SI MUOVE: ALFRED WEGENER

             El explorador que apenas pudo celebrar su cincuenta cumpleaños

             Ideas demasiado revolucionarias

Los argumentos a favor de la deriva de los continentes

VI. FUSIONES Y SÍNTESIS: NUEVOS PARADIGMAS EN LA BIOLOGÍA

             La genética y la biología molecular: las reinas del siglo XX

             La síntesis evolutiva

             La irrupción de la ecología moderna

VII. RENACE LA MOVILIDAD CORTICAL

             J. Tuzo Wilson, perturbador de científicos

             Los primeros años después de Wegener

             Los prodigiosos años...cincuenta

             Recogiendo frutos: la hipótesis de la expansión de los fondos oceánicos

             Por fin: la teoría de la tectónica de placas

VIII. LA ESPINOSA CUESTION DEL EGO: EL ORIGEN DE LA HUMANIDAD

             Darwin: un hombre prudente

             Huesos enterrados           

Una saga de buscadores de huesos: los Leakey

Hitos y consecuencias: de las huellas de Laetoli al banquete caníbal de  Atapuerca

IX. UN MOMENTO APASIONANTE: HOY

             Las ciencias de la Tierra

             Algunos motivos de discusión actual

             ¿Heterodoxia en el campo evolutivo?

             La determinación genética, el ambiente y otras cuestiones

La ecología y el medio ambiente

X. ¿QUÉ PASARÁ?       

Perspectivas de futuro

¿Hacia la unificación?

 

EPILOGO: LA CONSTRUCCIÓN DEL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO

 

ALGUNA BIBLIOGRAFÍA CON LA QUE AMPLIAR LO TRATADO

 

 


 

PRÓLOGO

 

 

"El conocimiento es una representación (necesariamente finita) de un pedazo de la realidad (presuntamente infinita). La ciencia es conocimiento elaborado con el método científico. Y método científico es cualquier método que respete tres principios: el de objetividad, el de inteligibilidad y el dialéctico. Se es objetivo cuando, ante varias formas de observar un objeto, se opta por aquella que menos afecta a la observación. Se es inteligible cuando la representación es, en algún sentido, más compacta que lo representado. Y se es dialéctico cuando el conocimiento se arriesga a ser derribado por la experiencia".

Jorge Wagensberg

Físico. Director del Museo de la Ciencia de Barcelona

 

 

 

Esta es una historia que trata acerca de la construcción del conocimiento sobre nuestro planeta y la vida que lo singulariza. Una vida que, por lo que sabemos, convierte a la Tierra en diferente a cualquier otro planeta conocido.

 

Analizando el camino recorrido en el conocimiento moderno de la Tierra y su naturaleza podemos constatar que éste se ha ido haciendo más objetivo, más inteligible y más dialéctico conforme nos aproximamos al momento actual. Hemos de convenir, de acuerdo con la idea de ciencia que se transcribe en la cita con la que comienza este prólogo, que se ha convertido, paulatinamente, en un conocimiento más científico.

 

Pero no ha finalizado la historia de ese conocer: entre otras cosas porque ningún proceso de construcción del conocimiento científico puede considerarse nunca completamente culminado. Nunca podremos afirmar que lo que creemos saber, “es”, de una forma absoluta y definitiva. Tan sólo podremos convenir que puede ser la mejor explicación de entre las que disponemos. Una explicación que, además, ha de avenirse a ser demostrada errónea en su caso o, quizás, mejorada por una nueva explicación más satisfactoria, más completa, más aceptable. Vale decir: más objetiva, más inteligible, más dialéctica: más científica.

 

Esta historia del conocimiento científico sobre la naturaleza se inició, en su vertiente más moderna, hace no mucho tiempo, aunque quizás algo después de que se emprendiera la aventura de la ciencia renacentista, ya que, mientras que se suele considerar el siglo XVII como la cuna de las ciencias físicas, habrá que esperar hasta el siglo XVIII (aquella centuria conocida como la de la Ilustración) para poder advertir el verdadero inicio de unas ciencias modernas de la naturaleza, y aún estaríamos en una fase fundamentalmente descriptiva que daría paso a las explicaciones y teorías plenamente científicas ya en el siglo XIX.

 

Aquel siglo XVIII, llamado de las Luces, fue un siglo en el que las corrientes revolucionarias y librepensadoras recorrieron Europa con inusitada fuerza, extendiéndose también por muchas de las colonias ligadas cultural y comercialmente al viejo continente, dispersando así el germen de la admiración por el poder de la razón. Una razón cuyo sueño llega a producir monstruos, según la frase que eligió Goya para construir uno de sus famosos “caprichos”; y una razón que llega a ser la misma facultad suprema del conocimiento, según Hobbes.

 

En cualquier caso, razón contra intuición y conocimiento frente a dogma fueron, en una reducción exagerada a esquemas simples pero eficaces, algunas de las trincheras que se fueron abriendo conforme progresaban las ideas democráticas del Nuevo Régimen; fueron ideas alzadas como estandartes ante el férreo absolutismo monárquico que representaba el pasado. En el fragor de aquella lucha surgió la ciencia moderna, muchos de cuyos promotores buscaron en la naturaleza y en los viajes por tierras ignotas las claves con las que interpretar un mundo que, en poco tiempo, empezó a ser inteligible. La aventura de la comprensión de ese mundo constituyó el impulso que empujaba a los nuevos naturalistas.

 

Es cierto que aquellos inicios, marcadamente europeos, condicionarán muchas de las posteriores sendas por las que discurrirá la ciencia. Será un condicionamiento que muestra perfiles poco defendibles en la apropiación del saber y en la utilización sectaria de sus beneficios, contribuyendo así a aportar no pocos elementos en el establecimiento de un mundo no menos injusto y desequilibrado que el anterior, sólo que ahora, las desigualdades se extendieron por el planeta posibilitando un nuevo colonialismo de dimensiones planetarias. En la progresión de aquellos primeros avances científicos intervendrán las razones del interés tanto como los intereses de la razón, habrá afanes por el conocimiento mezclados con anhelos por la posesión, se mezclarán ideales elevados con ideas mezquinas de dominación.

 

A fin de cuentas, se trata de una historia humana y hemos de encontrar en ella desde lo mejor de nuestra especie hasta sus más oscuros recovecos. Pero quiero creer que hay en ella un afán que sobresale sobre todos los demás: el afán del conocimiento; aquel mismo impulso, quizás, que permitió salir de los confines de los bosques tropicales para ocupar las amplias praderas africanas a unos pocos individuos que supieron aprovechar las nuevas oportunidades que el cambio climático y una profunda e inacabada fractura continental abrieron en África mucho tiempo atrás.

  

José Antonio Pascual Trillo

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

"Tras largo tiempo a la deriva, Iberia se dirigió finalmente hacia el norte y comenzó el proceso de convergencia con Europa. Ocurría esto en realidad hace 80 millones de años, y del proceso surgieron los Pirineos. Lejos estaba Lepidotes ilergetis, pez osteíctio que nadaba en las plácidas aguas que durante el Cretácico cubrían la región de la actual sierra del Montsec, al norte de Lérida, de intuir que su mar había de convertirse en una escarpada cordillera montañosa, elevándose el fondo marino a más de 3.000 metros en algunos sectores".

 

"A pesar de estas incertidumbres y desviaciones, los paleontólogos están de acuerdo en la existencia de importantes crisis biológicas (...). La más importante marca el límite entre el Pérmico y el Triásico, hace 250 millones de años, que habría eliminado el 90% de las especies marinas".

 

"Por doquier de las Antillas Mayores podemos hallar lagartos del género Anolis. En las copas de los árboles y a lo largo de sus troncos, entre la hojarasca del suelo, encaramados en los postes de vallas o en la proximidad de las flores. Los hay de toda guisa y condición: cortos, largos, azules, pardos, verdes o grises, buenos saltadores y pésimos, grandes y retadores, lentos y cautelosos. Esa increíble diversidad convierte a los anolis en motivo fascinante de estudio. Porque tras ese caleidoscopio de formas y de hábitats se esconde la clave de un misterio biológico crucial: ¿en virtud de qué la evolución de un animal toma una senda determinada y no otra?".

 

 

Los textos que anteceden han sido extraídos de varios artículos científicos recientes elegidos al azar entre los muchos que se publican cada año. Pueden representar, en cierto modo, una breve muestra de la manera en que los científicos explican actualmente algunos aspectos de la naturaleza de nuestro planeta.

 

Desde esas frases advertimos la existencia de continentes viajeros que se desplazan como enormes naves sobre la superficie del planeta, vislumbramos la magnitud de vastos océanos que se abren y cierran al compás de los tiempos geológicos como lo harían las valvas de un gigantesco mejillón, nos admiramos ante la presencia de especies que sobreviven unos pocos millones de años para transformarse en otras diferentes o, simplemente, desaparecer para siempre de la faz del planeta.

 

La actual concepción científica de la Tierra nos aporta la imagen de un planeta vigorosamente cambiante: un planeta dinámico y activo. Es una imagen que hubieran rechazado por increíble y estrafalaria -si ya no por herética- la práctica totalidad de los naturalistas que vivieron hace tan sólo un par de siglos.

 

Si aún hoy, la imaginación poderosa de Jules Verne continúa asombrándonos cada vez que volvemos a acompañar a Lindenbrock y sus amigos en su Viaje al centro de la Tierra o cuando decidimos sumergirnos de nuevo con el Nautilus del capitán Nemo en Veinte mil leguas de viaje submarino, lo cierto es que desde que el escritor bretón decidiera dar forma literaria a sus fantasías, allá por la segunda mitad del siglo XIX, los descubrimientos, interpretaciones y experiencias de los naturalistas empeñados en comprender mejor el planeta que habitamos han superado con creces la fértil imaginación de autores incluso tan creativos como él. Hoy, la imagen que nos dejan las ciencias de la Tierra y de la vida haría admirarse con incredulidad al más original de los autores pioneros de la ciencia-ficción. Envuelta entre frases sugerentes (“No es posible ocuparse de la ciencia sin utilizar un lenguaje rico en metáforas” ha escrito el prestigioso genetista evolutivo Richard Lewontin), la explicación que las ciencias naturales nos proponen para interpretar el funcionamiento de la vida y del propio planeta convierte sin duda a la Tierra y sus habitantes en el espectáculo más asombroso que pudiéramos imaginar.

 

Comprender los motivos que impulsaron a los pioneros de las ciencias de la naturaleza para emprender la tarea de hacer inteligible la Tierra y la vida que en ella habita supone un reto esencial al que deberán enfrentarse todos aquellos interesados por la historia del conocimiento científico, pero, además, obliga a profundizar en un momento crucial de cambio en la mente colectiva de la humanidad. Confiar en que es posible explicar el mundo que nos rodea, partir a buscar explicaciones para los hechos y las experiencias convertidos ahora en fuentes del conocimiento; arriesgarse a exponer las propias ideas a una crítica razonada y centrar la discusión sobre la base de los argumentos esgrimidos y los resultados de otros descubrimientos o experiencias: todo ello conforma el albor de la ciencia moderna, trayendo de la mano una nueva y apasionante aventura intelectual: la del conocimiento.

 

La reconstrucción de la historia trazada por aquellas personas que creyeron en la capacidad humana de encontrar una explicación a la naturaleza compone una amplia epopeya en la que no faltan ni las desventuras de unos ni las argucias de otros: es un itinerario zigzagueante en donde se entrecruzan la perspicacia y el ingenio con la tenacidad y la constancia, el riesgo del viaje a territorios exóticos con la paciencia del trabajo en el gabinete. Al final del camino -un camino siempre por proseguir- la percepción adquirida es enormemente diferente de aquella con la que se partió. Se ha abierto así un calidoscopio de nuevas perspectivas, un escenario amplio y pleno de interrogantes e incógnitas, pero asentado en la certidumbre de continuar trazando un camino grandioso: comprender el mundo. El mismo Newton dijo que sus aportaciones eran sólo el producto de haberse sabido aupar a los hombros de gigantes para ver más lejos. Mientras avanzamos, nos sentimos aupados sobre los sólidos pies que la ciencia ha ido asentando con el fin de comprender la realidad. No es un camino lineal, sin duda, y en ocasiones es preciso deshacer lo hecho o cambiar de dirección, pero siempre se cumple la condición de irreversibilidad de la ruta. Como una flecha del tiempo, cada momento es nuevo. Por eso, cada nuevo instante nos lanzará un nuevo reto.

 

En esta apasionante historia del pensamiento científico han participado numerosas personas: unas cuantas de una forma más destacada y algunas otras con aportaciones tal vez menos relevantes. Algunos sugirieron ideas que tuvieron un inmediato éxito en su época para luego revelarse infructuosas; otras no convencieron en su momento, aunque luego fueron rescatadas y se revelaron valiosas. De entre todas esas personas, unas pocas parecen brillar con una luz especial: no sólo compartieron con el resto el gran interés por encontrar una explicación satisfactoria para la cuestión de cómo es y cómo funciona la naturaleza, o por elaborar una teoría global sobre la Tierra, sino que lo hicieron utilizando unas herramientas intelectuales y una sagacidad fuera de lo común. A ellos, sin duda, también tuvo que acompañarlos esa circunstancia de lucidez reveladora y azar que conocemos como suerte, esa eterna esquiva que sólo en ocasiones se presenta. Pero cuando ésta se presentó, estaban preparados.

 

Algunos de ellos centraron sus mayores esfuerzos en tratar de aclarar los misterios del origen  de la vida; otros indagaron en las causas que deben motivar la impresionante variedad de formas vivas que habitan el planeta; unos pocos más dirigieron su interés en encontrar una causa que explique la extraña disposición de las tierras y de los mares; o la confusión del relieve; o el porqué de la compleja distribución de la vida por la superficie irregular del planeta; o a desentrañar la razón que impulsa esa fuente de calor que surge con las lavas y los gases que vomitan las heridas abiertas de los volcanes…

 

Los protagonistas estelares de estas aventuras del conocimiento fueron probablemente conscientes de los numerosos obstáculos que se alzarían frente a sus propuestas para interpretar el mundo. De hecho, a menudo tuvieron que enfrentarse al hecho de que la presentación de sus ideas más sugerentes tuviera lugar en un ambiente francamente hostil al cambio. Muchos tuvieron que aunar a su faceta de pensadores la de hábiles expositores, sagaces difusores de sus opiniones revolucionarias, inteligentes propagadores de las nuevas ideas. No siempre ni todos alcanzaron a ver en su vida el éxito de sus pensamientos y algunos perecieron sin que la fuerte corriente del pensamiento establecido se hubiera modificado en su favor. Sus historias son las más dramáticas, porque exigieron de ellos depositar un mayor caudal de convicción en sus descubrimientos e ideas para enfrentarse al ambiente refractario. Otros, sin embargo, consiguieron ver triunfar sus ideas, aunque, en algún caso, cabe pensar que buena parte de tales triunfos fuera parcialmente engañosa, ya que no siempre la aceptación implicaba una verdadera comprensión de lo que se estaba proponiendo.

 

En cada una de las aventuras del conocimiento es costumbre singularizar las hazañas y los avances en el nombre de algún pionero principal, un explorador original de las nuevas ideas que, además, logró presentar la cuestión de una forma particularmente acertada. Se trata de personas admirablemente creativas a las que admiramos por la inteligencia que supieron administrar en el trabajo de proponer la nueva teoría. De entre todos ellos, hemos seleccionado cuatro naturalistas que fueron, además, intrépidos viajeros al menos en alguna etapa de su vida. Ellos nos servirán para poner rostros al inicio del conocimiento moderno de la naturaleza. Los elegidos son: Alexander Humboldt, Charles Lyell, Charles Darwin y Alfred Wegener. Sus vidas se extendieron a lo largo del tiempo del nacimiento y la consolidación de las modernas ciencias naturales, esas que hoy nos permiten mirar con otros ojos y otras lentes el mundo que nos rodea y nos alberga.

 

El mismo año en que Humboldt agonizó, Darwin publicaba su obra más influyente: “El origen de las especies”. Tan sólo unos años antes, Charles Lyell publicaba los tres volúmenes de su “Principios de Geología”, libro de cabecera que acompañó a Darwin en su viaje por todo el mundo. Por su parte, el naturalista inglés apenas coincidió poco más de un año de su vida con la de Wegener, pues antes de que éste cumpliera los dos años de edad, Darwin era enterrado con honores en la Abadía de Westminster, muy cerca de la lápida que recuerda al gran Isaac Newton. Su fiel amigo Huxley, en su elogio final al naturalista del Beagle, destacó la gran elegancia y habilidad que siempre demostró Darwin; dejó escrito: “Entregó a la humanidad una doctrina que trastocó el pensamiento provocando la menor inquietud posible en los sentimientos profundamente enraizados de su época”. Tal vez por ello, los restos de uno de los pensadores que más influencia han ejercido en la historia moderna de la ciencia fueron admitidos entre los muros del que es el gran símbolo de la religión inglesa.

 

Las ideas de Humboldt, Lyell, Darwin y Wegener no consiguieron el mismo éxito durante las vidas de sus autores. Humboldt fue reconocido como un gran naturalista y explorador, pero también fue odiado por muchos contemporáneos debido a sus ideas socialmente avanzadas. Por otra parte, aunque el ingente trabajo de Humboldt abarcó campos que hoy van desde la ecología hasta la geología, no dejó una teoría global coherente, aunque sí suficientes sugerencias como para ser reconocido como el padre de la geografía moderna.

 

Lyell, a su vez, representa el cambio esencial que convierte la geología en una ciencia moderna que se dota de una metodología válida. Su prestigio científico en vida anduvo a la par de su huella.

 

Wegener, sin embargo, murió entre los hielos árticos sin llegar a conseguir que la comunidad científica reconociera sus ideas, mientras que Darwin lo hizo ya anciano y rodeado de un gran prestigio científico, aunque fuera la “bestia negra” de muchas personas a las que destrozó unas confortables anteojeras.

 

Si Humboldt optó por titular su mayor obra con el magno nombre de “Cosmos”, Darwin y Wegener decidieron que sus respectivas obras más importantes se iniciaran con la palabra "Origen" y Lyell eligió un título más académico, con precedentes ilustres: “Principios”.

 

A pesar de su conversión en héroes de la ciencia, ni Humboldt, ni Lyell, ni Darwin, ni Wegener estuvieron solos en el transcurso de sus respectivas aventuras científicas. Tanto antes, como sobre todo después, fueron acompañados por muchos otros naturalistas que desbrozaron caminos, aportaron pruebas, realizaron indagaciones y contribuyeron, en cualquier caso, al avance y la consolidación de las nuevas ideas. En realidad corresponde a todos ellos el mérito completo en la tarea de contribuir a la formulación coherente y el asentamiento de las nuevas formas de entender, interpretar y comprender nuestro planeta, en su propuesta de explicaciones grandiosas (“Hay grandeza en esta concepción”, dijo acertadamente Darwin, y vale la expresión para las otras contribuciones) y en la formulación de las nuevas concepciones. Sobre los hombros de gigantes de la ciencia de la talla de Alexander von Humboldt, Charles Lyell, Charles Darwin y Alfred Wegener es sobre quienes nos aupamos hoy al proseguir la construcción de la interpretación científica moderna de la Tierra y de la vida.

 

Cultural y socialmente somos deudores de esta larga e intensa historia del pensamiento científico sobre la naturaleza, aunque no siempre se le otorgue  a esa historia y a ese pensamiento el reconocimiento que merecen dentro del espacio de la cultura. Pero lo cierto es que no seríamos como somos ni veríamos el mundo como lo vemos sin su concurso.

 

José Manuel Sánchez Ron confesaba en el prólogo de su libro  "El siglo de la ciencia" que su intención al escribirlo era mostrar que no se puede entender el siglo XX sin tomar en consideración lo que la ciencia ha realizado. No pueden quedarnos dudas sobre la inutilidad de pretender comprender de una forma coherente el mundo que nos rodea sin recurrir al conocimiento científico, como tampoco sobre la fatuidad de tratar de hacer previsiones o apuestas de futuro razonables sin su concurso, aunque para ello sea fundamental que aliemos la ciencia con una nueva ética capaz de hacernos progresar hacia un futuro más esperanzador desde el espacio más genuinamente humano de nuestros corazones y nuestros cerebros (si es que tiene algún sentido subdividir nuestros cuerpos).


 

  

I. EL INICIO DE LA AVENTURA

 

 

“La ciencia, después de todo, funciona a la vez como una empresa social y como una aventura intelectual”

Stephen Jay Gould

Las piedras falaces de Marrakech

 

El conocimiento de la naturaleza inmediata ha sido siempre una de las preocupaciones culturales que primero motivaron a las sociedades humanas. En realidad, ese conocimiento resulta indispensable para que cualquier grupo humano pueda sobrevivir en el medio del que depende. El historiador Felipe Fernández-Armesto ha sugerido en una obra reciente la utilidad de abordar el entendimiento de las civilizaciones humanas como las fórmulas o intentos culturales de adaptarse a los diferentes entornos naturales. Muchos antropólogos que centran sus estudios en las formas de vida indígenas basadas en sistemas de caza, pesca y recolección, se maravillan ante el grado de conocimiento del entorno que alcanzan estos pueblos. Ernst Mayr, una leyenda de la zoología del siglo XX, ya se había sorprendido en 1928 al comprobar cómo los nativos de Nueva Guinea eran capaces de distinguir perfectamente con nombres diferentes 136 de las 137 especies de aves que la ciencia zoológica había identificado en las montañas Arfak (la especie restante era confundida nominalmente con otra perteneciente al mismo género, lo que significa que ambas son, evolutivamente, especies muy cercanas). 

 

Ese alto grado de conocimiento acerca de la naturaleza local comenzó a convertirse en conocimiento científico, en el sentido moderno de ciencia, en la Europa del Renacimiento. En realidad, los primeros pasos dados por las ciencias naturales (lo que se llamaría la Historia Natural) se centraron en tratar de describir de una forma rigurosa la enorme variedad de la vida que el renacimiento científico y luego el barroco ilustrado iba desentrañando. En realidad, los primeros programas de estudio científico organizado pretendían describir la “Creación” como un homenaje a la propia grandeza de la obra divina. Se trataba, pues, más de una apuesta por revelar las maravillas de la Tierra que un intento serio de comprenderlas. Pretensión (esta última) que bien podría ser tachada de ambicioso, soberbia (con respecto a Dios) o, incluso, blasfema, y, por ello, merecedora de condena para los más dogmáticos. Por eso, el tránsito que lleva desde la mera catalogación descriptiva de la “creación” a llegar a confiar en la capacidad humana de razonar y desentrañar los misterios de la naturaleza para entenderlos e interpretarlos representó un auténtico salto cualitativo que abrió el espacio de la construcción moderna del conocimiento: había nacido la Ciencia. Para ello, los científicos que cruzaron ese umbral aplicaron métodos de indagación, razonamiento y comprensión que combinaban la elaboración de hipótesis, la observación, la experimentación, la comunicación de resultados y el debate de las ideas, en un complejo proceso de desarrollo de los métodos científicos que abarcará todo el siglo XVII y continuará en los siguientes, sobre todo en el caso de las ciencias de la naturaleza, para las que las propuestas metodológicas sugeridas por científicos matemáticos y físicos, como Descartes, no siempre fueron fáciles de aplicar.

 

Se abrió así un proceso lento de desarrollo de las ciencias naturales, en el que las incertidumbres de los nuevos caminos por seguir se entremezclaban con las continuas interferencias procedentes de otras formas de interpretación del mundo, principalmente la religión o ciertas formas de la filosofía, que pugnaban por no perder el control sobre la interpretación del mundo natural. En ocasiones, al intervenir las jerarquías religiosas y las instituciones políticas que trataban de controlar el curso de las nuevas ideas, las relaciones entre la ciencia y las otras formas de interpretar la realidad llegaron a puntos de fricción muy tensos.

 

La liberación del pensamiento científico de la tutela impuesta por los dogmas religiosos (lo que se ha llamado el “conocimiento revelado”) y el establecimiento de unos límites entre la retórica y la experimentación no constituyeron procesos fáciles de superar por la naciente ciencia. Como en tantas otras ocasiones, la relación mutua entre la ciencia y la sociedad en la que se desarrolla fue determinante en el curso de los acontecimientos: los procesos revolucionarios habidos durante el llamado Siglo de las Luces aunaron la agitación social que buscaba el cambio político con la exaltación de la razón y la defensa del libre pensamiento como estandartes de ese nuevo estado de la humanidad al que muchos aspiraban. En esos años, la concepción de un nuevo mundo nacía con el pensamiento de los “ilustrados” que compartían una creciente confianza en las capacidades humanas. Con el impulso de las nuevas aplicaciones científicas, las técnicas parecían abrir un nuevo horizonte de perspectivas gigantescas.

 

El proceso de descubrimiento y dominio que iniciaron las naciones europeas sobre gran parte del mundo mezcló lo mejor y lo peor de los sentimientos humanos. A menudo, la exportación de las ideas ilustradas representaba la expansión de ideas socialmente avanzadas que caminaban de la mano de la nueva pasión por el conocimiento, pero no era menos frecuente la guía de los nuevos intereses mercantiles ligados a la expansión del naciente capitalismo y la consolidación de las emergentes clases sociales que se veían beneficiadas en el cambio. El esclavismo constituye, quizás, el mejor ejemplo de las contradicciones y la parte más turbia que habitaba en este complejo proceso histórico del que surgirá el mundo moderno, con sus lacras y sus avances. No es que se inventara en esta época esta extrema forma de opresión, sino que los propios medios técnicos y de transporte permitieron su magnificación. Los mismos barcos que llenaban sus bodegas de baúles con muestras botánicas, rocas y pieles para estudiar en los gabinetes de historia natural de Europa, o que trasladaban a viajeros y expedicionarios científicos a otros continentes, iban tejiendo una trama de dominio y control sobre lejanas zonas de otros continentes en los que instalaban formas de colonización y dependencia y llenaban de sufrimiento humano a importantes capas de la población mundial consideradas inferiores.

 

Sin embargo, la contradicción que suponía la emergencia de los nuevos planteamientos progresistas con la exacerbación de estas formas de opresión procedentes del mundo anterior era patente y muchos ilustrados participaron en su crítica. En el mismo campo de las ciencias naturales, Alexander von Humboldt o Charles Darwin hicieran duras críticas a esta forma detestable de mercadería humana, alineándose así con el pensamiento progresista de la época, aunque ambos pertenecían a familias acomodadas cuyas rentas les permitían gozar de una posición económica desahogada que utilizaron, eso sí, para impulsar el progreso del conocimiento científico, pero que les alejaban de las miserias de la vida de las clases bajas. Tampoco debe desatenderse el hecho de que el incipiente maquinismo iba haciendo superfluos algunos de los muchos trabajos que desarrollaban los esclavos de forma humillante. En cualquier caso, en esta época convulsa y apasionante se asistirá al inicio del abandono de esta forma de ignominia humana, aunque no de los modos más sutiles de dominación.

 

Una época revolucionaria

 

1789 es una de esas fechas clave que todos los estudiantes tienen alguna vez ante sí. Paris constituía por aquella época el centro de todas las miradas, unas teñidas con los colores del odio o del temor, y otras impregnadas con las esperanzas que ofrece un cambio redentor. La Revolución francesa aportó nuevos aires de renovación en muchos sentidos, aunque luego muchas de sus promesas quedaran por el camino. Las ideas procedentes de los llamados “filósofos de la Ilustración” habían ido tejiendo un universo de expectativas en la capacidad aportada por el pensamiento libre de transformar el mundo y se aliaron con los nuevos vientos traídos con las aportaciones de los científicos.

 

Detalle de la cena de los filósofos (1772-3), obra de Jean Huber

 

Entonces, filósofo era sinónimo de intelectual. Se trataba de intelectuales comprometidos con el cambio social de su tiempo. Uno de los factores de ese compromiso se manifiesta en la exigencia de extender la instrucción y la educación al conjunto de la población, al entender que aquellas representan los verdaderos fundamentos de las posibilidades de libertad individual, una idea ciertamente muy moderna.

 

La ciencia es, para estos pensadores, una herramienta indispensable en la mejora de las condiciones de vida de las gentes y, por tanto, para el progreso social. La “Enciclopedia” de D’Alembert y Diderot representa el mejor ejemplo de lo anterior: un gran ensayo recopilatorio del nuevo ideario cultural, social, técnico, científico y político. Probablemente nunca como entonces tendrá lugar una alianza tan esperanzada entre la liberación del pensamiento y la liberación de las personas.

 

El mundo presencia entonces un cambio trascendental en la reorganización política de algunas de sus sociedades. La Revolución francesa debe mucho a los movimientos democratizadores ingleses, mientras la Independencia americana exporta sus nuevas ideas sobre la constitución de los estados modernos al resto del mundo. En América Latina, por su parte, los criollos ilustrados inician sus primeras revueltas contra el lejano y declinante poder de la monarquía española, aunque permanecen alertas a los nuevos aires progresistas del viejo continente.

 

La Ilustración del siglo XVIII (el "Siglo de las Luces") simboliza en la razón el factor liberador de la especie humana, desarrolla una fuerte crítica del fanatismo, se enfrenta a la religión intransigente y al poder despótico, crea una esperanza ilimitada en la educación y confía en el desarrollo de la ciencia moderna como forma de progreso social. Si cabe buscar los primeros inicios de estas ideas en la sociedad inglesa de la mano de Newton, Locke e, incluso, remontándonos más atrás, Bacon; Francia tomará el relevo como centro de la Ilustración con las aportaciones de los "filósofos" (Voltaire, Montesquieu, Condorcet...) y la magna empresa de la "La Enciclopedia" como destacados hitos de la nueva etapa.

 

Viajes y exploraciones: luces y sombras

 

El transcurso del siglo XVIII llevará a una etapa de nuevas expectativas antes ignoradas, pero también de muchos sinsabores y decepciones. Como hemos visto, tanto el afán racionalista por el conocimiento, como los nuevos intereses mercantiles y comerciales, habían generado un considerable interés por la naturaleza y los viajes. Algunos de éstos se convertirán en elementos esenciales del proceso de configuración del pensamiento europeo sobre la naturaleza que, en esta época, sufre un notable cambio. Ese es el caso de las expediciones ilustradas dirigidas a la búsqueda de ejemplares, medidas y datos en otros continentes o del conocimiento del globo en su conjunto. El afán por conocer, relatar, medir, describir y dibujar bulle en la mente de los nuevos naturalistas europeos. El surgir de una época dorada para la expansión de los europeos correrá pareja, con todas sus lacras y bajezas morales, al proceso más filantrópico del interés por el conocimiento, la ciencia y las maravillas del mundo.

 

Tras el proceso inicial de la expansión europea, nacida en torno a 1500 con el viaje de Colón y las exploraciones portuguesas a las costas africanas y las Indias Orientales, la creación de enclaves y cabezas de puente destinados a favorecer la exploración, la explotación y el comercio, cuando no la ocupación directa de territorios sitos en otros continentes y el dominio de islas y archipiélagos, favoreció los viajes y expediciones por todo el globo, antes imposibles. Con el impulso de los nuevos intereses económicos que mueven a la sociedad europea, la ciencia encuentra un importante apoyo para la navegación y la exploración geográfica, etnográfica y botánica. La importancia de todos estos procesos en la constitución de la nueva realidad económica y política será así resaltada por algunos de los pensadores clave de la nueva era, como sucederá en el caso de Adam Smith, quien escribirá, en 1776, en "La riqueza de las naciones":

 

"El descubrimiento de América y el del paso hacia las Indias Orientales por el Cabo de Buena Esperanza, son los dos mayores acontecimientos registrados en la historia de la humanidad".

 

Y, también:

 

"La colonia de una nación civilizada que toma posesión ya sea de un nuevo territorio, o de uno con tan escasa población que los nativos dejen fácilmente lugar a los nuevos pobladores, avanza más deprisa hacia la riqueza y la grandeza que cualquier otra sociedad humana".

 

Sin duda, frases que contienen la constatación evidente de la fe de la época en los beneficios del colonialismo.

Replica de la Santa María, nao del primer viaje de Colón que nunca regresó a España.

 

 

Tras la primera etapa ibérica de expansión navegadora (españoles y portugueses, que se “reparten” el Nuevo Mundo, aun sin conocerlo, en el Tratado de Tordesillas de 1494), vendrán la fase de expansión francesa e inglesa por América del Norte y la progresiva extensión de éstos por el Océano Índico, para asistir ya en la cambio del siglo XVIII al XIX a la expansión colonizadora y comercial del Imperio Británico que dominará el panorama internacional hasta casi la I Guerra Mundial, iniciado ya el siglo XX.

 

Las ansias por conocer y saber y las no precisamente menores por enriquecerse y dominar presidieron, pues, la aventura expansiva de Europa por el mundo. Esa aventura tuvo muchos avatares y no pocas desventuras y mezquindades. Con ella también fueron cobrando forma las nuevas visiones geográficas y naturalistas sobre el mundo, forjadas a través de los relatos, los informes y las sesiones de las nacientes sociedades científicas donde se debatía acerca de la realidad del mundo. Un hito importante en este sentido será el interés de la Real Academia de Paris por cerrar el debate acerca de la forma de la Tierra, iniciado con las teorías de Newton, enviando dos expediciones a Laponia y Ecuador para medir la “justa dimensión” de los grado de latitud y longitud para establecer la forma exacta de la Tierra. La expedición ecuatoriana iniciada en 1735 por los tres académicos franceses Godin, Bouguer y La Condamine, con la que colaboraron otros siete franceses, los españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa y el ecuatoriano Pedro Vicente Maldonado, revistió auténticos caracteres de aventura y tragedia científica y humana, ejerciendo una considerable influencia sobre otros expedicionarios posteriores.

 

En esta época se perfilaron muchos de los tópicos que aún subsisten en nuestra visión del mundo, entre ellos, el que el historiador David Arnold ha denominado "la invención de la tropicalidad". Un agente fundamental en esa invención de lo tropical que combina el romanticismo viajero con la pasión por el conocimiento desde la visión progresista de la época, fue Alexander von Humboldt, quien viajó ampliamente por Sudamérica y el Caribe entre los años 1799 y 1804. Antes que él, James Cook había realizado su primer viaje por los Mares del Sur entre 1768 y 1771, en un periplo que, aunque contenía inicialmente un objetivo astronómico, generó una enorme cantidad de información sobre la geografía de Nueva Zelanda, Australia y las islas del Océano Pacífico. Su segundo e inmediato viaje (1772 - 1775) incorporó el estudio geográfico a los objetivos centrales de la expedición. Poco después tendría lugar la primera travesía integral del continente norteamericano, que realizó Alexander Mackenzie en el año 1793.

 

La exploración y la apertura de nuevas rutas comerciales fueron impulsadas activamente tanto por instituciones privadas como por los propios gobiernos. Un buen ejemplo de las primeras y de los nuevos intereses mercantiles lo constituye la Compañía de las Indias Orientales que, desde mediados del siglo XVIII, mantuvo una intensa actividad en el sur de Asia. Desde un campo más estrictamente científico (aunque las relaciones entre los ámbitos comercial, económico y científico son muy estrechos) es particularmente destacable la actividad de las instituciones geográficas que se desarrollan en el XIX, pero que tienen raíces en el siglo anterior: es el caso de la Asociación Africana, fundada en Londres durante 1788, por ejemplo. Antes aún (ya en el siglo XVII) se habían creado las primeras instituciones científicas generales, que también impulsarán el conocimiento geográfico y naturalista, como es el caso de la Real Sociedad de Londres o la Academia de Ciencias de París.

 

Pero, ¿cuál era la percepción dominante sobre las ciencias de la Tierra y de la vida en este panorama general de viajes, descubrimientos y debates científicos que tenían lugar alrededor de 1800?

 

La explicación de la naturaleza

 

Una de las grandes cuestiones que atribulaban a los naturalistas europeos del Renacimiento era la magnitud y la diversidad de la naturaleza. La influencia religiosa en el pensamiento de la época pesaba mucho y aunque la razón y la experimentación como métodos de explicación iban tomando cuerpo, resultaba difícil alcanzar un acuerdo entre ambas formas de interpretar y entender el mundo, la religiosa y la científica. Aunque muchos científicos supieron desarrollar su tarea evitando interferencias, este tipo de fricción impregnó intensamente el desarrollo de la ciencia durante estos tiempos y perduró hasta mucho después, aunque poco a poco fue abriéndose una vía para la progresiva separación entre ambos sistemas de interpretación del mundo.

 

En la cuestión concreta de la magnitud y la diversidad de la naturaleza, los naturalistas contaban cada vez más con las nuevas informaciones en forma de relatos, dibujos y muestras que llegaban hasta los centros científicos europeos desde todas las partes del mundo, aportadas por los viajeros y expedicionarios, muchos de ellos científicos, que se aventuraban por los nuevos continentes. Es cierto que desde muy antiguo existía un amplio conjunto de datos e informaciones sobre la fauna y la flora del continente africano y de Asia, tan diferentes de las europeas, pero ahora las descripciones y las muestras también llegaban desde el Nuevo Mundo americano y de las islas de los Mares del Sur, entre otros lugares exóticos, abriendo más interrogantes sobre las maravillas naturales del mundo y haciendo renacer también el interés por conocer más acerca de la naturaleza del Viejo Mundo. El mundo se estaba volviendo más grande y, a la par, más extraño.

 

En este contexto, los naturalistas del siglo XVIII empezaban a buscar un orden racional en la naturaleza. La idea anterior de que el Creador había establecido el mundo a su arbitrio dejaba para los humanos la tarea de desentrañar los mensajes ocultos que pudiera haber depositado Dios en su obra, pero no incluía la posibilidad de entender la obra en su conjunto; algo que podría ser visto incluso como una muestra de arrogancia humana. Esa idea había contribuido a que progresaran formas de conocimiento impregnadas de misticismo y de religiosidad que andaban en esa línea tenue entre el conocimiento y el mito. Se consideraba que las formas de los seres vivos, por ejemplo, eran en si mismas un mensaje pleno de simbolismo y significados mágicos desde los que era posible entender su función. Así, las formas de algunos vegetales orientaban sobre sus posibles usos medicinales. La erradicación de estas ideas, que paralizaban la posibilidad de aplicar otro tipo de investigación menos condicionada, fue algo particularmente importante en el desarrollo de las nuevas formas de la ciencia.

 

Se hacía necesario, pues, iniciar el proceso de desentrañamiento de la naturaleza tratando de organizar y describir la enorme diversidad de la misma desde un punto de vista más racional, buscando elementos o características que permitieran los agrupamientos y las diferenciaciones. En esta labor el ejemplo más destacado fue Karl von Linné (Linneo), un naturalista sueco al que debemos la invención del sistema con el que hoy clasificamos las especies (aunque los criterios que fundamentan la clasificación hayan cambiado). Encontrar el lugar de cada especie en el orden de la naturaleza se convirtió en la principal misión de las ciencias naturales y fundamentó el "Systema Naturae" establecido por el naturalista de Uppsala, publicado inicialmente en 1735. Con él se iniciará el fundamento descriptivo y de clasificación de los seres vivos entendidos aún como categorías inmutables creadas por Dios, pero comprensibles a la mente humana.

 

Sin embargo, aunque la propuesta de un sistema de clasificación de los seres vivos constituya la faceta del trabajo de Linneo por la que nos resulta más conocido, se puede encontrar en sus trabajos una visión menos estática de los seres vivos que la que nos remite la idea tradicional del Linneo clasificador. Como ha recordado el historiador y filósofo de la ciencia Peter Bowler, debemos también al naturalista sueco el concepto de "economía de la naturaleza" que atiende a las relaciones que establecen los seres vivos entre sí. De esta manera, Linneo también estaría entre los primeros científicos preocupados por cuestiones que darán origen a la ecología. Describir los animales y las plantas suponía para Linneo indagar en sus formas de vida y conocer más sobre las relaciones que mantenían con otros organismos. De esta manera, preconiza la idea del equilibrio natural, basada en la noción de relaciones estables entre los seres vivos. Linneo propone, así, una forma de mirar la naturaleza que, sin ser plenamente interpretativa, sí es científicamente descriptiva y se preocupa por las relaciones entre naturaleza y territorio. La aportación de Linneo al campo de las ciencias naturales es grandiosa y, como ha apuntado el conocido paleontólogo y divulgador científico Stephen Jay Gould, recientemente fallecido, sin la obra del naturalista sueco no hubiera sido luego posible la figura de Darwin. Una vez más, gigantes de la ciencia que se aúpan a hombros de gigantes anteriores.

 

Carl von Linné (Linneo)

 

El nuevo proyecto científico centrado en la ingente tarea de clasificar los objetos naturales lleva a que durante los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX se trate de encontrar sentido a la distribución geográfica de la vida. La ingente información geográfica que aportan los viajes y exploraciones, junto a los progresos habidos en las labores de clasificación de los objetos y seres naturales, permite a los naturalistas enfrentarse por fin a este reto de una forma documentada. Ya a finales del siglo XVIII se ensayan nuevas maneras a la hora explicar los acontecimientos y de buscarles justificación. Un ejemplo señero lo aportan las ideas de Georges L. Leclerc, conde de Buffon, que fuera superintendente del Jardín del Rey en París (convertido con la Revolución en el Jardín de las Plantas) y uno de los naturalistas más importantes de su tiempo. Se trata de un hombre que había nacido el mismo año que Linneo (1707), aunque le sobrevivió diez más (Buffon murió en 1778).

 

Buffon especuló sobre el clima de la Tierra, al que, según lo que interpretó, consideraba muy variable, de forma que a lo largo de la Historia del planeta habría habido una gran diferencia de temperaturas y precipitaciones de acuerdo con las épocas. Para él, esa modificación del clima, que achacaba al progresivo enfriamiento de un planeta que había nacido en estado incandescente (pues consideraba la Tierra como un trozo arrancado del Sol), era el motivo de las migraciones de plantas y animales; origen, a su vez, de la distribución actual que manifestaban. La necesidad de explicar la distribución irregular actual de las especies empezaba ya a cobrar un interés considerable en el estudio de las ciencias naturales, abriendo un nuevo y fecundo ámbito a la investigación y la especulación; ámbito que acogería, casi un siglo después, la explicación evolutiva del propio Darwin.

 

La obra de Buffon fue colosal, como lo era su obra más influyente: la Historia Natural alcanzó, tras la muerte de su director, la asombrosa cifra de 44 volúmenes (de los que 36 fueron publicados en vida de Buffon). En ella se encuentra una gran cantidad de ideas y datos que serían germen de numerosos conceptos posteriores. Sin embargo, en la actualidad no hay una propuesta teórica destacada en el campo de las ciencias naturales que sea especialmente identificada con la persona de Buffon, lo que ha motivado que su gran talla intelectual luzca por lo general a un nivel muy inferior de lo que realmente fue su contribución a las ciencias naturales. Por otra parte, Buffon constituye un excelente ejemplo de cómo muchos naturalistas de esta época logran distanciarse de la influencia de los dogmas religiosos, evitando que éstos condicionen seriamente su pensamiento o que interfirieran en su obra. Como ha señalado Gould en una de sus excelentes “reflexiones sobre historia natural” dedicada al naturalista francés: “Fue, sin duda alguna, un materialista en el fondo, y al menos un agnóstico en sus creencias personales. Una observación ingenua y privada que hizo a Hérault de Séchelles resume tanto su postura pública como su actitud personal: ‘Siempre he citado al Creador; pero sólo necesitamos eliminar esa palabra y, desde luego, poner en su lugar el poder de la Naturaleza’”.

 

 

Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon. Portada de uno de los tomos de Histoire Naturelle

 

Aunque al parecer Buffon no tenía en cuenta en sus argumentaciones los relatos bíblicos, muchos contemporáneos suyos seguían tratando de encontrar acomodo a los crecientes datos científicos en el marco de la interpretación de los textos religiosos. Por el otro lado, buena parte de los pensadores más radicales de la Ilustración, como el mismo Denis Diderot, lanzaron demoledoras críticas sobre las argumentaciones religiosas, utilizando para ello generosas dosis de materialismo racionalista con el que trataban de hundir la idea del pretendido e inmutable orden divino. Se van instalando así en la ciencia y la cultura de aquel fin de siglo las nociones de cambio y progreso, tan importantes en la construcción de la nueva visión de las ciencias de la vida y de la Tierra.

 

De hecho, la noción de cambio aplicada a las especies ya estaba siendo utilizada por uno de los mayores expertos en invertebrados que había entonces. Jean-Baptiste Lamarck trabajaba en el Museo de Historia Natural de París, la institución heredera del Jardín del Rey cuando publicó, en 1809, una obra en dos volúmenes titulada "Filosofía Zoológica", donde exponía una propuesta evolutiva. La idea de Lamarck sobre la evolución descansa en dos procesos independientes: uno, el principal, supone el aumento constante de la complejidad en los seres vivos. Este incremento de la complejidad contiene la noción central del progreso evolutivo a través del cual Lamarck pretendía organizar la clasificación de los organismos desde los más simples a los más complejos. Se establecía así un criterio evolutivo en la clasificación de los seres vivos, algo que no existe en la primera clasificación linneana, aunque luego esta se haya podido acomodar a dicho criterio. El segundo proceso, que es el más conocido, relaciona la transformación de las especies con la “influencia de las circunstancias”, es decir, el efecto del ambiente. Según esta idea, las transformaciones alcanzadas durante la vida de los organismos serían heredables. Se trata de la famosa sentencia de la “herencia de los caracteres adquiridos” o la influencia del uso y desuso de los órganos en la herencia.

 

 

Jean Baptiste Lamarck

 

En un libro reciente, Gould ha reivindicado la memoria de Lamarck, a menudo injustamente infravalorada, al analizar el cambio honesto de su pensamiento hasta  defender, en una de sus últimas obras, una versión no lineal, sino ramificada de la evolución de los animales, algo más cercano a lo que sería la posterior aportación de Darwin al respecto. Al parecer, a partir de la evidencia mostrada por su colega en el Museo de Historia Natural de Paris, Georges Cuvier, sobre las grandes diferencias anatómicas existentes entre los anélidos (gusanos anillados) y los platelmintos (gusanos planos), que por entonces se consideraban pertenecientes al mismo grupo taxonómico, Lamarck advirtió la imposibilidad de su propuesta inicial de evolución lineal, de forma que emprendió una búsqueda honesta de nuevos mecanismos evolutivos, lo que le llevó hacia la ramificación filogenético como conclusión. Lamentablemente, esta parte de su pensamiento fue casi totalmente ignorada al coincidir con el declive del prestigio de quien fue, sin duda, uno de los naturalistas más importantes de su época. Para mayores males, su colega Cuvier, considerado el padre de la reconstrucción paleontológica a la par que un encendido antievolucionista, no fue particularmente amable con él en los últimos tiempos y tras la muerte de Lamarck arruinó de forma considerable su reputación. Tampoco Darwin lo tuvo en gran estima. Sin embargo, este especialista en invertebrados (término que fue propuesto por él, al igual que lo había sido el de biología, que utilizó por vez primera en 1802) fue el primer proponente de una teoría evolutiva coherente que, aunque descartada pronto, significó un paso considerable en la historia de la interpretación de la naturaleza. Hoy, a la entrada de los jardines del Museo de Historia Natural de Paris, la estatua que lo recuerda porta al pie una leyenda donde se lo reconoce como el primer evolucionista, aunque en ello quizás también haya intervenido una cierta dosis de patriotismo galo.

 

Por la época en que Lamarck escribía sus obras más conocidas, pero en este caso en Gran Bretaña, un reputado médico llamado Erasmus Darwin, que formaba parte de un pequeño y divertido círculo de científicos progresistas que tenían por costumbre reunirse mensualmente en Birmingham bajo el nombre de la Sociedad Lunar, y que sería con el tiempo el abuelo de Charles, publicaba en forma de rima poética sus ideas evolutivas. Aunque tales ideas eran en realidad bastante confusas y bastante poco científicas si nos atenemos a los cánones empíricos que se iban imponiendo ya por aquel tiempo, Erasmus Darwin representó en su país la emergencia de las nuevas ideas evolutivas que se enfrentaban a la inmutabilidad de las especies defendida por la ciencia convencional. Poeta, vividor, licencioso y amante de la buena mesa, Erasmus Darwin no fue lo que se dice ese tipo de personaje que solían admirar los victorianos del siglo posterior, de forma que, como sucede con esos parientes conocidos como ovejas negras, su recuerdo se trató de borrar con demasiada rapidez en la elegante sociedad inglesa. Sin embargo, se trató de uno de los médicos más reconocidos en su país durante su vida; fue un hombre de ideas avanzadas que mantenía una intensa comunicación epistolar con filósofos de la talla de Jean Jacques Rousseau, científicos como Joseph Priestly o Benjamín Franklin, e industriales como Joshiah Wedgwood, entre otros; formando parte del selecto núcleo de intelectuales progresistas que alimentaban la revolución industrial con sus ideas y sus acciones y que animaban las ideas revolucionarias que prenderían con fuerza al otro lado del Canal de la Mancha. Aunque el empirismo no formaba una parte relevante de las ideas evolutivas de Erasmus Darwin, tampoco fue su ausencia la que contribuyó a alimentar el odio de sus enemigos, más preocupados por el germen revolucionario de las ideas de aquellos nuevos progresistas, entre los que destacaba Erasmus, que por la posible ausencia de una base experimental en sus teorías.

 

 

Erasmus Darwin

 

Frente a los intelectuales liberales como Erasmus Darwin se alzaba también una importante pléyade de pensadores conservadores que trataban de mantener con firmeza el pabellón canónico tradicional, aliados con las jerarquías religiosas del momento. Quizás el mejor representante de esta posición sea el clérigo inglés William Paley, quien, a través de su obra "Teología Natural", aparecida en 1802, ejerció una gran influencia sobre los naturalistas de su época. De hecho, su libro era uno de los que utilizó el propio Charles Darwin durante su formación universitaria en Cambridge.

 

La "Teología Natural" de Paley puede ser considerada como un paradigma de la postura intelectual que ve la naturaleza como la materialización de un proyecto divino. Su tesis central descansa en la idea de que los diferentes órganos y aparatos de los seres vivos, entendidos como adaptaciones a sus medios de vida, forman parte de un amplio programa creador, de manera que la complejidad y perfección de tales adaptaciones constituye precisamente la mejor prueba de la mano divina que los modeló, haciendo impensable cualquier otro punto de vista para explicar lo que no puede ser sino producto de un diseño divino para una función precisa. En realidad, esta idea había sido ya utilizada por el mismo Newton al proponer la metáfora del relojero como creador de la inmensa maquinaria del universo, sin cuyo concurso era difícil entender la existencia de las leyes que lo gobiernan.

 

Es interesante reflexionar sobre el poder de este tipo de metáforas y sobre la utilización de ejemplos en los que apoyarlas, como es el caso de la perfección del ojo (un argumento utilizado por Paley en su obra), porque serán precisamente este mismo tipo de ejemplos (y no casualmente) los objetivos de las argumentaciones contrarias tanto de Darwin, como, hoy mismo, de algunos divulgadores de las teorías neodarwinianas, como ocurre con el británico Richard Dawkins que utilizará la metáfora de Newton para, en un giro radical, titular uno de sus libros como “El relojero ciego”.

 

Mientras éste era el panorama general de la biología en torno a 1800, los científicos preocupados por la Tierra inerte estaban, a finales del siglo XVIII, metidos en un cerrado debate entre dos grandes interpretaciones contrapuestas sobre el origen de las rocas: de un lado, los defensores de las teorías neptunistas, del otro, los llamados plutonistas.

 

Los neptunistas, que toman su denominación del dios del mar de la época clásica, defendían la idea de que las rocas actuales proceden de la sedimentación en un océano primordial que cubriría, en sus orígenes, toda la superficie de la Tierra. Tras los primeros tiempos, las aguas se habrían ido retirando paulatinamente para dejar paso a la tierra firme, abandonando en el proceso una secuela de depósitos sólidos de los que procede la mayoría de las rocas actuales, incluyendo en ellas a los granitos y los neises. Esta hipótesis, que hoy sabemos claramente errada, era defendida por la mayoría de los geólogos alemanes, ligados a una larga y prestigiosa tradición minera, que encontraban pruebas de sus ideas en el estudio de los yacimientos minerales. Su líder principal fue Abraham Gottlob Werner, que unía a sus condiciones investigadoras una excelente capacidad de comunicador, por lo que gozaba de un gran prestigio entre la mayor parte de los geólogos del momento. Por ello no resulta extraño comprobar que la mayor parte de los geólogos continentales participaran en algún momento de las ideas de las teorías neptunistas.

 

Los plutonistas, por su parte, defendían la existencia de un origen ígneo para rocas como el granito y el basalto, buscando en los procesos volcánicos el origen de tales rocas. El escocés James Hutton, un miembro activo de la Ilustración escocesa, es reconocido hoy como el más destacado defensor del plutonismo. Hutton aportó, además, una interpretación cíclica de la Tierra, expuesta en su obra "Teoría de la Tierra", por la que muchos lo consideran el “padre” de la geología moderna. Sin embargo, aunque debemos a Hutton el preludio de lo que se ha llamado el uniformismo o uniformitarismo, es decir, las ideas que sostienen la uniformidad o constancia temporal de los procesos geológicos que ocurren en la Tierra; algunos historiadores de la ciencia, como Hallam, han señalado que la visión cíclica de Hutton, en donde la Tierra transcurre secuencial y reiteradamente por los mismos estadios, es profundamente ahistórica, y, por ello, no puede constituir el precedente adecuado desde el que iniciar la puesta en marcha del reloj de la geología moderna.

 

James Hutton

 

 

En realidad, Hutton recupera la vieja noción helénica del mito del tiempo circular, que niega la “flecha del tiempo”. Son ideas ya presentes entre los estoicos y, en cierto modo, en el mismo Aristóteles, por ejemplo. La circularidad del tiempo o, al menos, la negación de su direccionalidad sería luego vigorosamente defendida, a finales del siglo XIX, bajo la noción del mito del “eterno retorno” por Nietzsche en su obra “Así hablaba Zaratustra”. Hutton pertenece a esta tradición del “eterno retorno” imaginando una Tierra permanentemente estática en donde los procesos geológicos se reproducen constantemente de forma cíclica y circular. Esa visión le lleva, por otra parte a defender la concepción de eternidad en la Historia de la Tierra, una idea herética frente a la idea más convencional de un tiempo limitado y corta de esa historia, más acorde con el relato de las Sagradas Escrituras. Pero esa misma concepción suponía la existencia de un tiempo suficiente para que el transformismo o la evolución de las especies tuvieran lugar, aunque para que se llegara a estas ideas habrían de transcurrir muchos años.

 

También para el historiador Peter Bowler, la influencia de Hutton fue en realidad menor de lo que se piensa habitualmente: “sus ideas no desempeñaron más que un papel secundario en preparar el camino para los ulteriores avances de la geología”, dirá. Esa escasa capacidad de influencia real en el desarrollo posterior de la geología lo achaca Bowler al fuerte componente teológico que mantenía la interpretación de Hutton, “producto de su propia visión individual de un universo eternamente viable, creado por un Dios omnisapiente”. La elevación de Hutton a la condición de fundador de la geología moderna supondría, para estos autores disconformes con tal consagración, pasar por alto los fuertes condicionantes de su planteamiento geológico, que habrían de ser ignorados para quedarse sólo con algunas de sus aportaciones, considerando éstas fundamentales, aunque no lo fueran. Desde luego la noción de uniformidad está claramente en Hutton (“la labor de la Naturaleza es uniforme y constante”, escribirá), pero también hay en él una noción de eternidad, circularidad y permanencia en los procesos geológicos que cierra bastantes de las puertas abiertas por la idea anterior para el trabajo geológico.

 

De cualquier modo, lo cierto es que las ideas sobre las rocas y la Tierra que se inician con Hutton terminarán desmontando la vieja noción de un pasado lleno de catástrofes y diametralmente diferente a lo que ocurre en la actualidad, una visión que, en su dimensión radical, invalidaba la posibilidad de utilizar los resultados de la investigación de los procesos actuales para reconstruir e interpretar los acontecimientos del pasado, y, por tanto, dejaba en manos de la “verdad revelada” (y no de la ciencia) la única explicación posible para lo que fue. Luego veremos, no obstante, que esta visión de la controversia, quizás demasiado simplista, está siendo cuestionada hoy tanto por quienes tratan de desentrañar con mayor finura la complejidad de la historia (“Esta imagen pulcra de la ciencia que triunfa sobre la superstición es falsa casi en su totalidad” ha escrito Bowler), como por aquellos que recelan de la visión actualista gradualista, recordándonos la importancia de no desatender los efectos irreversibles de aquellos acontecimientos puntuales que han marcado el devenir de la historia de la Tierra.

 

Volviendo al debate de los inicios de la geología científica, encontramos que no sólo estaba en discusión el origen de las rocas, sino que también se enfrentaban ideas catastrofistas y uniformitaristas, aunque el auténtico pulso entre ambas escuelas se producirá ya comenzado el siglo XIX, con dos figuras de la talla de Cuvier y Lyell en las trincheras enfrentadas. La exploración de las grandes montañas del planeta, que tendrá lugar en torno al cambio de siglo, con Humboldt ascendiendo las laderas del Chimborazo en Ecuador, entonces considerado la mayor altura del planeta, y Saussure explorando las cimas alpinas, aportarán al debate nuevos elementos de diagnóstico. 

 

El problema de la ignorancia de los factores históricos que encontramos en las teorías de Hutton, negando la existencia de un inicio y un posible final en la historia de la Tierra, vista como un continuo e indefinido ciclo, hará difícil para muchos naturalistas la aceptación de los principios uniformitaristas y mantendrá unas cuantas décadas más el atractivo de la secuencia histórica de acontecimientos geológicos que sí incluía el neptunismo, alargando la vigencia de éste, aunque las ideas de Werner sobre el origen marino de casi todas las rocas terrestres rápidamente irá perdiendo valor.


 

II. LOS TIEMPOS DE ALEXANDER VON HUMBOLDT Y LA DEFINITIVA APORTACIÓN DE CHARLES LYELL

 

 

 

“He procurado hacer en Cosmos (…) que la exacta y precisa descripción de los fenómenos no sea absolutamente inconciliable con la pintura viva y animada de las imponentes escenas de la creación”

Alexander von Humboldt

Cosmos

 

“En nuestro intento de desenredar estas difíciles cuestiones, adoptaremos una dirección distinta, restringiéndonos a las operaciones conocidas o posibles de las causas existentes”

Charles Lyell

Principios de Geología

 

Un excelente ejemplo del declive de las ideas neptunistas lo encontramos en la trayectoria de una de las personas que más influencia ejercieron sobre el naturalismo científico de la primera mitad del siglo XIX: Alexander von Humboldt, un personaje excepcional y contradictorio del que Hans Magnus Enzensberger ha escrito: “Era un transmisor sano e inconsciente de gérmenes malignos, un heraldo desinteresado del pillaje, un correo que ignoraba llevar la orden de destrucción de aquello que amorosamente pintó en sus Cuadros Naturales hasta los noventa años”.

 

 

Alexander von Humboldt

 

Alexander estudió en la Escuela de Minería de Freiberg, en Sajonia, probablemente el centro de su estilo con mayor prestigio en del continente, al frente del cual estaba Werner. Humboldt se identificó inicialmente con la escuela neptunista, como se puede ver en un trabajo suyo realizado sobre los basaltos del Rin, escrito aún antes de ingresar en la citada escuela de Freiberg, donde reforzaría sus lazos con las tesis wernerianas. Sin embargo, los viajes que realizó en compañía de Aimé Bonpland por las “regiones equinocciales” (con visita previa a la isla de Tenerife, donde ascendió al Teide), le llevaron a conocer sobre el terreno la actividad y los efectos de muchos volcanes, lo que le alejarían definitivamente de la idea de un origen marino general de las rocas. En cualquier caso, el alejamiento de las ideas neptunistas le llegó incluso antes de emprender sus viajes a Sudamérica. De hecho, su visita de 1794 a la región alemana de Eifel, donde hay cráteres volcánicos y lagunas cratéricas reconocibles, le provocó importantes dudas con respecto a la hipótesis neptunista, dudas se acrecentaban en sus conversaciones con Georg Förster, quien trabajó como ilustrador en el segundo viaje de James Cook y había quedado impresionado por el volcanismo hawaiano. Humboldt frecuentó a Förster, con quien realizó su primer viaje por el Rin, los Países Bajos e Inglaterra. Entonces Förster ejercía de bibliotecario en la universidad de Maguncia y terminó de imbuir la pasión por los viajes que ya habitó permanentemente en la mente de Humboldt.

 

Humboldt: el intento de abarcarlo todo

 

Humboldt fue un hombre de ciencia reconocido en su época. Una idea del prestigio que alcanzó en vida lo podemos vislumbrar en las palabras de una persona tan destacada de la época como Goethe, que escribió sobre él: "se puede decir que él no tiene par en conocimientos y saber viviente (...) Dondequiera se toque, se halla en su medio y nos colma de tesoros espirituales” o “¡Qué hombre tan admirable! Hace mucho tiempo que le conozco y cada vez me sorprende. Puedo asegurar que en conocimientos, en ciencia verdaderamente viva y organizada no tiene rival. ¡Y con una agilidad mental, como nunca he visto en nadie!”.

 

Humboldt superó con mucho las meras preocupaciones de su primera profesión de minero e invadió y realizó valiosas aportaciones en los campos de la geografía, la geología, la descripción antropológica, la observación astronómica o la botánica. Se gastó toda su fortuna (que no fue poca) en sus viajes, primero, y en publicar sus obras, después, y vivió una vida apasionante y apasionada no exenta de momentos difíciles y numerosas contrariedades. Su talante liberal, cercano al concepto revolucionario de la época, le creó bastantes enemigos, particularmente en el seno de la alta sociedad de su Prusia natal, a la que pertenecía; en cualquier caso, siempre consiguió tener también buenas relaciones en los ambientes cultos y aristocráticos de su tiempo.

 

Después de muchos contratiempos y cambios de planes, consiguió en Madrid un salvoconducto firmado por Carlos IV como Consejero Superior de minas del Rey de Prusia, para visitar las colonias y virreinatos americanos (“a fin de continuar el estudio de las Minas y hacer colecciones, observaciones y descubrimientos útiles para el progreso de las Ciencias naturales” dirá el pasaporte), lo que le posibilitó realizar su más importante  y determinante viaje entre 1799 y 1804, que glosó exitosamente en su libro “Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente”.

 

Influido por el viaje anterior de La Condamine, al que se refiere en muchas ocasiones, Humboldt aplica un talante profundamente experimental y científico en sus viajes, tomando numerosos datos en todos los lugares que visita y anotando todas las incidencias que le parecían relevantes en sus observaciones. Su mentalidad científica se alía con una enorme capacidad de trabajo y una cultura enciclopédica, siendo considerado el último exponente de los sabios renacentistas, a la par que uno de los primeros empiristas. Con motivo de la exposición sobre Humboldt de 2001, celebrada doscientos años después de que el alemán cruzara el Puente de Rumichaca y entrara en tierras de la actual República del Ecuador, María Mercedes de Carrión, directora del Museo de la Ciudad de Quito, calificaba al científico y humanista como “el hombre que recorrió estas tierras con una mirada profunda, logrando que nos viésemos de otro modo, entregándonos no sólo una realidad desconocida, sino reactivando la conciencia de lo que somos”. En estas palabras encontramos el eco del reconocimiento de quien contribuyó a crear una nueva visión del paisaje y las gentes ecuatorianas, entre cuyas élites culturales tuvo un importante impacto.

 

A pesar de todo, no puede decirse que Humboldt llegara a alcanzar el ambicioso objetivo que se planteó de elaborar una “descripción física del mundo”, aunque su obra más ambiciosa, titulada Cosmos, lleve precisamente dicha frase por subtítulo.

 

La búsqueda de una descripción física no es exactamente, para Humboldt, lo que parecería deducirse en la actualidad del término “descripción”, esto es: el relato de lo que se ve, sino, más bien, un intento de encontrar una interpretación adecuada para la unidad de la naturaleza, partiendo de un planteamiento tan desbordante como ambicioso, ya que trasciende la propia Tierra para pretender abarcar la totalidad del cosmos que da titulo a la obra: “Tengo la disparatada idea de plasmar en una sola obra todo el universo material, todo lo que sabemos sobre los fenómenos del cielo y de la tierra, desde las nebulosas estelares hasta la geografía de los musgos y las rocas de granito, con un estilo vigoroso que excitará y cautivará la sensibilidad”, dirá, con una extraña mezcla de ingenuidad y arrogancia. Desde luego, su propósito se revelará excesivo y, por tanto, irrealizable, pero solamente alguien como Humboldt pudo pretenderlo con ciertas posibilidades de acercarse a su consecución.

 

En realidad, lo que Humboldt pretendía era alcanzar una interpretación coherente de la unidad de la naturaleza que le permitiera su visión materialista y científica, basada en la toma de datos y en las observaciones; una visión enfrentada a los discursos retóricos de buena parte de los filósofos naturales de su tiempo, que denostaba. Humboldt es, en esto, un puente excelso entre dos mundos, ya que, sin llegar a materializar sus objetivos, anuncia una nueva era de predominio de los métodos científicos, pero mantiene la pretensión de abarcar todo lo existente en una aproximación que hoy se nos antoja casi renacentista.

 

La arrolladora actividad de Humboldt, de la mano de su gran prestigio, le llevó a relacionarse con la práctica totalidad de los naturalistas de su época: desde el gaditano José Celestino Mutis, entonces el más relevante botánico del nuevo continente, al que visitará en Santa Ge de Bogotá durante su visita a Nueva Granada, hasta Joseph Louis Gay-Lussac, Charles Lyell, Georges Cuvier o Jean Baptiste de Lamarck, entre otros muchos.

 

Aunque ya por entonces los naturalistas empezaban a adoptar diferentes caminos en sus intereses, de acuerdo con la especialización de sus materias, Humboldt mantiene su anhelo particular de búsqueda de la unidad de la naturaleza y de las relaciones entre los elementos humanos y naturales, algo que ya había pretendido el botánico y eclesiástico valenciano Antonio José de Cavanilles con su obra “Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, población y frutos del reino de Valencia”. Humboldt y Cavanilles se habían conocido en Madrid durante la estancia madrileña del primero, en 1799, cuando el segundo estaba entonces a punto de sustituir al director del Real Jardín Botánico, Casimiro Gómez Ortega, lo que sucedería en 1801, cuando ya Humboldt viajaba por Sudamérica.

 

También es destacable la influencia que Humboldt tendría en grandes personalidades de la ciencia posterior, como Charles Darwin, quien siempre consideró al prusiano un ejemplo a admirar, aunque también deslizó posteriormente alguna crítica sobre su obra (“es muy eufórico, pero desbarra bastante). Probablemente, una de las huellas más indelebles que dejó Humboldt radique en su forma de enfocar la distribución de los vegetales en la Tierra, plasmada en su obra “Geografía de las plantas”, donde define “esta ciencia que considera a los vegetales en función de su asociación local en los diferentes climas”. No en balde, algunos de sus dibujos sobre la distribución altitudinal de la vegetación en el Teide (en cuya base hay hoy un lugar conocido como el  Mirador de Humboldt” en el valle de la Orotava) o la de los volcanes ecuatorianos son hoy ejemplos elocuentes de una nueva forma de interpretar la ecología vegetal y la fisiografía. Aunque no consiguiera establecer una explicación teórica suficiente en la que plasmar su forma de entender las relaciones entre los seres vivos, adelantó la visión indudablemente ecológica de la naturaleza. Posiblemente su excesivo apego a lo empírico y a la toma de datos y la observación, factores nada frecuentes en el naturalismo de su época, representaron, sin embargo, un problema para la elaboración de hipótesis explicativas sobre las que sustentar la explicación teórica. En el campo de la biología habrá que esperar a la publicación del Origen de las especies de Darwin (publicado tras la muerte reciente de Humboldt) y en el caso de la geología a los Principios de Geología de Charles Lyell (éstos editados en vida de Humboldt) para encontrar las formulaciones modernas del tipo de planteamientos científicos que preconizó en cierto modo el genio prusiano. 

 

Nace la geología moderna: Charles Lyell

 

En 1830, cuando aún faltaba un año para que iniciara su viaje por el mundo como naturalista del Beagle, el joven Charles Darwin andaba bastante perdido y desorientado tras un comienzo de estudios bastante frustrante. El viaje de seis años de duración constituyó la única aventura en la vida del naturalista inglés, que se desarrolló posteriormente en su Inglaterra natal de forma total, aunque aquellos seis años fueron tan intensos como suficientes para sugerir en su mente una nueva visión de la naturaleza y especialmente con relación a la explicación de la diversidad de especies.

 

Mientras Charles Darwin se preparaba sin saberlo para ese único viaje, en Escocia, el hijo primogénito del botánico Charles Lyell (conocido como “Charles de Kinnordy” por ser ese el nombre de la residencia familiar), bautizado con el mismo nombre de su padre, iniciaba la publicación del primero de los tres libros que abrirían una nueva etapa en la historia de la geología. Eran los Principios de Geología, que fueron continuados en 1836 por los Elementos de Geología.  

 

La obra de Lyell impone un antes y un después en la historia de las ciencias de la Tierra.

 

Es curioso que fuera precisamente Buckland, reconocido militante de las filas del catastrofismo y ferviente seguidor de la interpretación bíblica del diluvio, quien animara a estudiar geología al joven estudiante Charles Lyell durante su estancia como estudiante en el Exeter College de Oxford, ya que Lyell aportará a la historia de la ciencia ideas exactamente contrarias a las de los catastrofistas y “diluvionistas”, ya adelantadas parcialmente por el también escocés James Hutton. En cualquier caso, la geología de aquellos tiempos estaba demandando un “Newton” que la dotara de coherencia y el joven Charles fue quien cumplió la tarea.

 

Aunque existen diferentes interpretaciones posibles al respecto, cabe pensar en dos principios como la aportación central de la nueva geología lyelliana: el uniformitarismo (o uniformismo) y el actualismo, algunas de cuyas semillas ya pueden rastrearse en Hutton, a quien hay muchos historiadores de la ciencia que consideran el primer geólogo moderno, aunque hay diversas discrepancias al respecto. Lo que sí resulta curioso es que el nacimiento de Lyell se produjera el mismo año que conoció la muerte de su predecesor intelectual. 1797 fue al año de la coincidencia.

 

Charles Lyell

 

Lyell conoció en el Paris de 1823 a Cuvier y a Humboldt, probablemente los dos naturalistas vivos más respetados de la época. Exploró la geología de Francia e Italia y probablemente fue en su visita al Etna donde encontró una de las mejores sugerencias para sus principios. En 1830, el año de la publicación del primero de los tomos de su libro Principios de Geología, visitó los Pirineos y la zona volcánica de Olot, en la Garrotxa catalana. Luego viajó por Noruega y Dinamarca y, ya en la década de los cuarenta, trabajó en los Estados Unidos y Canadá. También visitó las islas Canarias y Madeira, interesado por las manifestaciones volcánicas. Al contrario de Darwin, viajó permanentemente, aunque ninguno de sus viajes tuvo la extensión y duración del único que realizó aquél.

 

A Charles Lyell debemos los términos Eoceno, Mioceno y Plioceno que denominan otras tantas etapas de la Era Terciaria. Él los propuso en el marco de sus estudios sobre los estratos marinos de Italia, al identificar los restos conchíferos fósiles que los caracterizan. Con ello puso en práctica el método “actualista” de cálculo de la edad de los estratos, aplicando por vez primera criterios estadísticos a las proporciones de conchas de moluscos fósiles. Esta nueva forma de estudiar la geología es la que significó un paso de gigante sobre sus antecesores: la posibilidad de realizar cálculos a partir de los restos fósiles y los estratos existentes, sabiendo cómo tienen lugar los procesos geológicos en el presente y deduciendo de ello lo que ocurrió en el pasado. Aplicaciones de este método actualista utilizadas por el propio Lyell son sus cálculos sobre la velocidad de retroceso de los cantiles de las cataratas del Niágara o sobre la formación de carbón a partir de los restos orgánicos.

 

El poder comprender lo que sucedió en el pasado estudiando los procesos geológicos presentes constituye, además de una idea feliz, el argumento fundamental para el desarrollo de los estudios geológicos. Frente a las concepciones catastrofistas anteriores, Lyell argumenta sobre la continuidad de los procesos y los agentes que modelan los relieves y generan las rocas, pero también se alza ante la negación de un inicio y de un fin planteada por Hutton: Lyell acepta la flecha de la historia. El ciclo del cambio continuo de Hutton es sustituido en Lyell por la idea de la actuación de los agentes geológicos en el marco de una historia irreversible, responsable de la sucesión de las formas que adopta el relieve de la Tierra.

 

Lyell, además de proponer una teoría geológica moderna, la supo presentar de una forma convincente y hábil. Una simple frase suya que usa de ariete contra una de las ideas sostenidas por el catastrofismo de entonces nos da idea de su potencia crítica y de la sutileza que ponía a sus argumentos: “Nunca hubo un dogma más calculado para propiciar la indolencia y para embotar el agudo filo de la curiosidad, que esta hipótesis de la discordancia entre las causas anteriores y las actuales del cambio”, escribirá en el tercer tomo de sus Principios, publicado en 1833.

 

Sobre la base conceptual del actualismo se erguirá casi todo el desarrollo posterior de la geología. Menos perdurable, sin embargo, será la parte del uniformitarismo que presupone gradualismo, es decir, la idea de que los procesos poseen siempre consecuencias pequeñas en el corto plazo, aunque generen grandes efectos a largo plazo, debido a la continuidad de los pequeños cambios. Esta idea del cambio gradual, aunque dominará la geología durante al menos siglo y medio, generará importantes recelos ya a finales del siglo XX. Efectivamente: en la actualidad, tanto por parte de las ciencias de la Tierra como por el lado de la biología evolutiva, asistimos a un resurgir de una visión moderna de las ideas catastrofistas, que muchos quisieron enterrar demasiado pronto. Pero se tratará de una revitalización en un sentido no necesariamente idéntico al que tuvieron en las épocas anteriores a Lyell.

 

Hoy, la cuestión de los ritmos a los que operan los procesos geológicos, la importancia de los acontecimientos singulares en la evolución de la Tierra y de la vida o la velocidad del cambio evolutivo en el tiempo geológico son otros tantos temas de ardua controversia científica. Aunque con elementos y una óptica modernos, se pueden rastrear bastantes paralelismos entre los debates del pasado y los actuales: así, por ejemplo, es interesante comprobar cómo Lyell combatió duramente y con éxito las ideas de William Whiston sobre los efectos de los cometas en la geología de la Tierra, mientras que, en la actualidad, ese es precisamente uno de los campos que más ha contribuido al resurgimiento de las ideas catastrofistas : las consecuencias de la investigación realizada por el equipo de Walter Álvarez sobre la caída de un asteroide hace unos 65 millones de años es considerada una de los principales causas del rejuvenecimiento del catastrofismo, que se vuelve necesario a la hora de explicar la crisis finicretácica que acabó, entre otros, con los grandes dinosaurios, aquellos lagartos terribles a los que en 1842 dio nombre Richard Owen.

 

Por otra parte, las mismas tesis uniformitaristas de Lyell le llevaron a oponerse inicialmente a las ideas evolucionistas de su amigo Darwin, que nunca llegó a aceptar completamente, aunque en su libro La antigüedad del hombre, publicado en 1863, admitió varios de los planteamientos darwinistas. No obstante, Lyell y Darwin siempre se respetaron y, de hecho, Darwin lo tuvo durante toda su vida en el altar de sus maestros más relevantes.

 

El 22 de febrero de 1875 moría Lyell, recibiendo el alto honor de ser enterrado en la Abadía de Westminster. Pocos años después, el 19 de abril de 1882, le acompañaría su amigo Charles Darwin. Por aquella época, las obras de ambos habían anclado ya las bases conceptuales y los principios básicos sobre los que se desarrollarían, durante el siglo XX, las ciencias naturales, cada vez más diferenciadas en los respectivos campos de la geología y la biología.


 

III. LLEGA EL MOMENTO DE LA EVOLUCIÓN

 

 

“Cuando iba como naturalista a bordo del Beagle, buque de la marina real, me sorprendieron mucho ciertos hechos en la distribución de los seres orgánicos que viven en América del Sur, y las relaciones geológicas entre los habitantes actuales y pasados de aquel continente. Estos hechos, como se verá en los últimos capítulos de este volumen, parecían arrojar alguna luz sobre el origen de las especies, ese misterios de los misterios, como lo ha llamado uno de nuestros filósofos más grandes”

Charles Darwin

El origen de las especies

 

 

La tesis del proyecto divino, mantenida y defendida por el reverendo Paley en su ya mencionada "Teología Natural" de 1802, poseía el considerable atractivo de presentar la naturaleza como un designio divino, una maquinaria perfecta construida por el Gran Relojero, es decir, un conjunto de ajustados engranajes establecidos con una finalidad última. En este proyecto, la humanidad gozaba de una posición privilegiada, claramente especificada en el mandato del Génesis: "...y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra".

 

En el fondo, la tesis del plan divino pertenece a esa serie de fórmulas mediante las cuales el pensamiento humano se dirige hacia sí mismo como quien se mira el ombligo y se ve como centro y justificación de todo lo demás, aunque en este caso se busque el concurso de la divinidad para apoyar la interpretación egocéntrica. A esta amplia tradición pertenece también la visión geocéntrica de Tolomeo que entendía la Tierra -el hogar del Hombre- como centro del universo: una visión que se derrumbó ante la evidencia de las observaciones y la consecuente argumentación heliocéntrica de Copérnico, aquel mismo asunto que le costó un serio disgusto a Galileo.

 

Del mismo modo, el proyecto divino de la Creación como explicación causal de los organismos vivos y sus características empezó a tambalearse según mejoraba la aplicación del pensamiento científico a la interpretación de la naturaleza. En ocasiones, la colisión entre la versión de la revelación y la derivada de los nuevos enfoques científicos se acentuaba, pero también es cierto que la situación no era la misma que cuando atenazaba a los primeros científicos de los siglos XVI y XVII.

 

Por otra parte, la ilusión mecanicista del universo, trasladada por mimesis a toda la naturaleza, comenzó a ser cuestionada. Las ideas de Descartes, plasmadas en su famoso Discurso del método habían sido bien digeridas por la tradición científica religiosa debido a su aceptable coherencia con la idea de un sistema perfecto diseñado por una mente superior. Ya no era necesario pensar en una obra divina pensada en todos sus detalles y plena de misticismo y mensajes ocultos; ahora dominaba la noción de una obra centrada en la creación del gran mecano cuyo funcionamiento perfecto seguía las órdenes de unas leyes universales.

 

Sin embargo, el avance en el conocimiento de la realidad del mundo arrojaba cada vez más dudas sobre las tesis cartesianas. Con ello se empezó a desinflar la ilusión de una maquinaria perfecta diseñada y construida con criterios divinos y pronto nada pudo permanecer igual. Cuánta influencia tuvo en ello las convulsiones de una sociedad europea que estaba cambiando su modelo económico, ahondando en un sistema de producción, comercio y consumo ya claramente industrial es, sin duda, una de las cuestiones más interesantes a considerar. En cualquier caso, la sensación de vértigo que generaba en muchas personas de la época la ausencia de soportes tan seguros como los que ofrecía la explicación religiosa tradicional permite entender buena parte de la cerrazón y el rechazo de muchas mentes al enfrentarse con una de las explicaciones más brillantes y sencillas que nunca haya producido la ciencia. Porque, como ha clamado irónicamente el filósofo Daniel Dennet, "Y entonces llegó Darwin y nos aguó la fiesta".

 

 

Charles Darwin

 

Y llegó Darwin y aguó la fiesta

 

La ciencia ha ido descabalgándonos sistemáticamente de esos cómodos pedestales inventados por nosotros mismos y sobre los que siempre hemos sido muy dados a instalarnos. Quizás sea así porque, en el fondo, necesitamos superar el miedo que nos produce la inmensidad y complejidad del mundo, de forma que, engrandeciéndonos artificialmente, nos sentimos menos minúsculos. A primera vista, la sensación de orfandad que nos devuelve nuestra mirada dirigida al universo puede antojársenos brutal, pero lo cierto es que hay personas que nos han demostrado que existe otra forma mucho más positiva y optimista de mirar hacia esa inmensidad del mundo. Y que, siendo esa forma, tan humana como la anterior es, a la vez, más consistente con la pretensión de habitar en la realidad. El propio Darwin lo señaló con una de sus frases más celebradas en el último párrafo de su gran obra al referirse a la teoría que había ido proponiendo concienzudamente en las aproximadamente quinientas páginas precedentes: "Hay grandeza en esta concepción de la vida".

 

La grandeza de la concepción evolutiva

 

El 8 de octubre de 1835, el joven Charles Darwin, con 26 años, anotaba en su diario datos y reflexiones que luego llenarían el contenido de su "Viaje de un naturalista alrededor del mundo". Allí podemos leer:

 

"Así pues, tanto en el tiempo como en el espacio nos encontramos frente a frente del gran fenómeno, del misterio de los misterios: la primera aparición de nuevos seres sobre la tierra".

 

Esta anotación la hacía Darwin al referirse a su estancia en las islas Galápagos, una decena de islas aisladas en pleno Océano Pacífico, a un millar de kilómetros de la costa del Ecuador, el país al que pertenecen políticamente. En aquellos momentos, Darwin ya llevaba casi cuatro años de viaje como naturalista a bordo del Buque de Su Majestad "Beagle", una bricbarca de tres palos y diez cañones que había zarpado de Devonport el 27 de diciembre de 1831 (y a la que aún le quedaba casi exactamente un año para regresar a su Inglaterra natal).

 

De todos los lugares por los que pasó el Beagle y recorrió a pie o a caballo el intrépido Darwin, las islas Galápagos se han convertido en el símbolo de la teoría de la evolución de las especies. Tal es la fuerza simbólica que ha asumido este prodigioso archipiélago que parece que la mera visita del naturalista inglés le hubiera puesto sobre aviso del mensaje evolutivo haciéndole exclamar, inmediatamente: ¡eureka!

 

La realidad es, por supuesto, mucho más compleja y menos lineal. Leyendo con detenimiento los escritos del naturalista, podemos constatar cómo la gran variedad de pinzones que habitan las islas (varias especies conocidas conjuntamente como "pinzones de Darwin") o de las enormes tortugas que las bautizan, y que constituyen la consecuencia de procesos de especialización y consiguiente diversificación insular a partir de una única estirpe, no fue algo directamente advertido in situ por Darwin en toda su magnitud y consecuencias, como él mismo reconoce en sus notas:

 

"Todavía no he hablado del carácter más notable de la historia natural de este archipiélago y es: que las diferentes islas están habitadas por animales de índole marcadamente distinta. El subgobernador, Sr. Lawson, fue quien me llamó la atención acerca de este hecho, y me aseguró que las mismas tortugas diferían mucho en las diversas islas, pudiendo decir con certeza la isla de donde procedía cualquiera de estos animales que se le presentase. Por desgracia, olvidé esta afirmación al principio y mezclé las colecciones procedentes de dos de las islas. Nunca hubiera podido imaginar que tuviesen animales diferentes unas islas situadas a 50 o 60 millas de distancia, casi todas viéndose unas a otras, formadas de la misma clase de rocas, situadas bajo un clima enteramente igual y elevándose todas a la propia altura; pero pronto veremos que el hecho es exacto. A la mayor parte de los viajeros les sucede, por desgracia, que se ven obligados a marchar cuando descubren lo más interesante de una localidad; pero yo he tenido la fortuna de poder proporcionarme materiales en cantidad suficiente para establecer el notable fenómeno de la distribución de los animales".

 

Más de un siglo después, entre 1938 y 1947, David Lack, un ornitólogo preocupado por la evolución y la ecología centró en los pinzones de Darwin sus estudios sobre la exclusión competitiva (una idea que mantiene que la competencia entre especies se resuelve con la desaparición de la menos capaz o por la divergencia de especializaciones), contribuyendo a reforzar la imagen que ya tenían las Galápagos como símbolo de la teoría darwiniana. Poco más tarde, Peter y Rosemary Grant dieron inicio a una de las investigaciones evolutivas de campo más extensas y completas que se hayan desarrollado nunca, poniendo de evidencia la rapidez, fortaleza y celeridad con que se pueden producir los cambios evolutivos en poblaciones de vertebrados, tal como relata Jonathan Weiner en su libro “El pico del pinzón”.

 

 

 

 

Radiación evolutiva de los pinzones de las Galápagos a partir de una especie sudamericana

 

En cualquier caso, el carácter excepcional de la mayor parte de las faunas y floras insulares fue uno de los aspectos que más marcadamente influyeron en Darwin a la hora de encaminar su pensamiento hacia la hipótesis de la evolución por selección natural. En "El origen de las especies", sin duda la obra sobre ciencias naturales más influyente de todos los tiempos, Darwin escribió:

 

"Aunque en las islas oceánicas hay corto número de especies, la proporción de especies endémicas -es decir, aquellas que no se encuentran en ninguna otra parte del mundo- es, con frecuencia grandísima".

 

También se dio cuenta el genial naturalista de que dichas faunas podían adolecer de la ausencia notable de algunos grupos importantes. Advirtió cómo, en esos casos, otros grupos los sustituyen:

 

"Las islas oceánicas carecen a veces de ciertas clases completas, y su lugar está ocupado por otras clases: así, los reptiles en las islas de los Galápagos y las aves gigantescas y sin alas de Nueva Zelanda suplantan, o suplantaban recientemente, el lugar de los mamíferos".

 

No le pareció a Darwin que tales hechos fueran producto de la mera casualidad ni tampoco convencía a su mentalidad científica el dejar la explicación al supuesto talante caprichoso del Creador. Así, la biogeografía insular tuvo un efecto destacado en la perspicaz construcción de la teoría evolutiva por el naturalista británico, a la vez que otras muchas observaciones y pensamientos iban contribuyendo a perfilar la concepción que más contribuyó a cambiar la mentalidad naturalista decimonónica.

 

Humboldt, cuyo nombre ha bautizado la corriente fría que desde el sur alcanza y enfría las aguas del archipiélago de las Galápagos, había circunnavegado las islas sin detenerse en ellas. No pudo leer la obra cumbre de Darwin, dado que murió pocos días antes de ser publicada, pero si se carteó con el naturalista inglés en 1839 al respecto de los datos sobre las temperaturas de las aguas pacíficas, escribiéndole: “Me hubiese gustado hablar con Ud. más acerca de la corriente de agua fría que bordea las costas del Perú, sobre la cual yo me ocupé tantas veces, porque yo creo que modifica el clima de la costa”, para preguntarle: “Me gustaría mucho saber si esta visión concuerda con su experiencia y la del capitán Fitzroy”. Darwin, con su habitual amabilidad, le envió los datos pedidos a quien había sido uno de sus autores predilectos a la hora de elegir la literatura científica que llevaría en su equipaje, pues llevaba a bordo del Beagle obras de Humboldt, así como de Lyell (alguno de cuyos tomos buscó afanosamente durante sus estancias temporales en las grandes ciudades), entre otros.

 

Si el viaje durante cinco años por el mundo fue la verdadera fuente de información, contraste y experimentación de un Darwin juvenil, los años de madurez los pasó extensamente ocupado con analizar y buscar explicaciones a la enorme cantidad de notas, especimenes y documentos que había acarreado consigo, así como con la intensa comunicación epistolar que siempre mantuvo con el resto de los naturalistas de su tiempo. Supo combinar en su brillante explicación de la diversidad de la vida en la Tierra el producto de su clara inteligencia con una gran capacidad de exposición, presentando acertadamente una teoría que cambiaría el curso de la biología. De hecho, el Origen de las especies se inicia con una declaración personal sobre la fuente principal de inspiración de su vida:

 

"Cuando iba como naturalista a bordo del Beagle, buque de la marina real, me sorprendieron mucho ciertos hechos en la distribución de los seres orgánicos que viven en América del Sur, y las relaciones geológicas entre los habitantes actuales y los pasados de aquel continente".

 

Nuevamente, al final del relato sobre el viaje, que tituló "Viaje de un naturalista alrededor del mundo", Darwin lanza uno de los más encendidos elogios hechos nunca de los viajes como herramientas para el conocimiento y la madurez personal: "En resumen; paréceme que nada hay tan provechoso para un naturalista joven como un viaje por apartadas tierras", para terminar concluyendo con una de las más hermosas frases que se hayan escrito nunca en pro del viajar con el fin de conocer:

 

 "Pero me ha proporcionado tantas alegrías este viaje que no dudo en recomendar a todos los naturalistas, aún cuando no puedan lograr tan amables compañeros como los míos, que viajen a todo trance y emprendan excursiones por tierra, si es posible, o si no largas travesías. Se puede estar seguro, salvo en casos extremadamente raros, de no tener demasiadas dificultades graves que vencer, ni grandes peligros que afrontar. Ejercitan estos viajes la paciencia, borran todo rastro de egoísmo, enseñan a elegir por uno mismo y a acomodarse a todo; en una palabra, dan las cualidades que distinguen a los marinos. También enseñan los viajes un poco a desconfiar, pero permiten descubrir que hay en el mundo muchas personas de corazón excelente, dispuestas siempre a serviros aún cuando no se las haya visto jamás ni deban volverse a encontrar nunca".

 

Darwin, que fue un mal estudiante de medicina, carrera que abandonó a los 19 años, y un mediocre licenciado en teología con 22 años, encontró en la labor naturalista (que incluyó en su formación universitaria) su verdadera vocación, y en el viaje del Beagle una amplia y fecunda visión del mundo natural. Eso fue lo que le permitió elaborar su grandiosa explicación del origen de la diversidad de los seres vivos. Consciente de la trascendencia que la exposición de su teoría iba a tener en los ambientes científicos y teológicos victorianos, fue tejiendo una obra rotunda, labrada de pensamientos, pruebas, argumentos y datos que le permitieran presentar sus ideas en la forma más convincente y menos atacable posible. Su prudencia le llevó a retrasar la exposición pública de la teoría durante años, hasta que la posibilidad de que un joven Alfred Wallace presentara antes unas ideas similares le obligó a dar por finalizado su trabajo en la sombra. De hecho, en la introducción de su libro más importante, Darwin alude a este hecho e insiste en la prudencia aplicada y el largo trabajo previo: "Espero que se me perdone por entrar en estos detalles personales -dirá, al relatar el largo trayecto de elaboración de su teoría desde el tiempo del viaje en el Beagle y la publicación del libro en 1859- anotados para demostrar que no me he precipitado al llegar a una decisión".

 

También resulta encantadora su advertencia sobre las limitaciones de un texto que apenas cabe en unas quinientas apretadas páginas de argumentos detallados y concienzudos:

 

"Este resumen que publico ahora tiene, necesariamente, que ser imperfecto. No puedo dar aquí referencias y textos en pro de mis diversas afirmaciones, y he de contar con que el lector deposite alguna confianza en mi exactitud".

 

Si el objeto central del trabajo de Darwin fue descifrar el "misterio de los misterios" (como había llamado John F.W. Herschel, en el transcurso de una carta a Lyell, a la cuestión del reemplazo de unas especies por otras, denominación que luego Darwin utilizará en sus libros), tuvo éxito porque él mismo era un gigante entre los gigantes. Pocas veces una sola persona ha influido tanto en tantos aspectos del pensamiento y de la forma de ver y entender el mundo como lo hizo este naturalista nacido en Shresbury el 12 de febrero de 1809 y fallecido el 19 de abril de 1882 en Down, condado de Kent. Hoy es posible afirmar con toda rotundidad que no sólo en la historia de la biología, sino en la del pensamiento en general hay un antes y un después de Darwin.

 

Alfred Wallace: el gran olvidado

 

Aunque la figura de Darwin es la que recibe por lo general todos los honores alcanzados por la teoría de la selección natural, hay otro naturalista merecedor de un hueco en el reconocimiento del mérito, justo al lado del gran héroe de la evolución. En realidad, desde un punto de vista estrictamente respetuoso con las normas, la teoría de la evolución por selección natural debería denominarse teoría de Darwin-Wallace. Si a menudo no es recordada así, sino sólo por el nombre de Darwin, es debido a que la presentación más elaborada, la mayor profusión de datos, argumentos y observaciones y la defensa más continuada de la misma fueron mucho más brillantes en el caso de Darwin que en el de Wallace, también porque Darwin llegó antes a esa idea, aunque la rumiara en la sombra sin comunicarla más a que sus más allegados durante muchos años. Sin embargo, mabos hicieron a la vez la primera presentación pública de la propuesta de la evolución por selección natural en el boletín de la Sociedad Linneana de Londres del mes de junio de 1858. De hecho, en la presentación de ese número, firmada por Charles Lyell, J. D. Hooker y J.J. Bennet (éste último como secretario de la Sociedad Linneana), se lee, con el florido lenguaje propio de la época:

 

"Los escritos adjuntos, que hemos tenido el honor de comunicar a la Sociedad Lineana, y que se relacionan con el mismo asunto, a saber, las Leyes que afectan a la Producción de Variedades, Razas y Especies, contienen los resultados de las investigaciones de dos infatigables naturalistas, el Sr. Charles Darwin y el Sr. Alfred Wallace. Estos caballeros han concebido, independientemente y sin conocimiento el uno del otro, la misma hábil teoría que da cuenta de la aparición y perpetuación de las variedades y de las formas específicas sobre nuestro planeta, ambos pueden reclamar honestamente el mérito de ser los pensadores originales en esta importante línea de investigación; pero ninguno de ellos ha publicado sus puntos de vista, aunque el Sr. Darwin ha sido urgido de forma repetida por nosotros a hacerlo y ambos autores han puesto sus trabajos sin reservas en nuestras manos. Pensamos que promoverían mejor los intereses de la ciencia que una selección de ellos se expusiera en la Sociedad Linneana."

 

Al introducir el Origen de las especies, Darwin, con su habitual cortesía y honestidad, reconoce el empuje dado por Wallace a la terminación de su obra: “Me ha movido especialmente a hacerlo (publicar el libro, al que Darwin presenta como “un resumen”) el que el Sr. Wallace, …, ha llegado casi exactamente a las mismas conclusiones generales que sostengo yo sobre el origen de las especies”.

 

Mientras que Darwin formaba parte de una rica familia liberal inglesa, Wallace no partía de una cuna similar. Procedente de una familia de recursos limitados y asediado desde muy joven por los problemas económicos, Alfred Wallace ejerció durante algún tiempo como profesor de dibujo en Leicester, donde coincidió con el naturalista Henry Walter Bates. Con él viajó a Brasil en 1848, explorando y delineando por primera vez un mapa del río Negro. Aunque Bates permaneció en Brasil once años (donde desarrolló un gran trabajo como naturalista, siendo especialmente recordado por su descripción de las formas de mimetismo que llevan su nombre), Wallace, por su parte, emprendió el retorno a Inglaterra a los cuatro años de su llegada a Brasil, junto con un importante cargamento de observaciones y de especimenes recolectados. Para su desgracia, todas sus colecciones y anotaciones se hundieron en el mar, cuando su barco se incendió y naufragó. Únicamente los pasajeros, entre los que se encontraba el joven Alfred, consiguieron salvarse al refugiarse en las barcas de salvamento que permanecieron durante diez días a la deriva antes de que un viejo velero, que posteriormente también estuvo a punto de naufragar, les recogiera.

 

Lejos de amilanarse, el animoso Alfred Wallace reconstruyó lo que pudo de sus experiencias y compuso con ellas un relato titulado "Viajes por el Amazonas y el río Negro", que se publicó en 1853.

 

Al poco tiempo de su dramático retorno a Inglaterra, Wallace volvió a partir de viaje, en este caso hacia Singapur, desde donde iniciaría un largo periplo que le llevaría por las Islas de las Especias, nombre que recibían los numerosos archipiélagos de Malasia e Indonesia en los que permanecería unos ocho años, desarrollando allí un importante trabajo naturalista.

 

La estancia en aquellos archipiélagos proporcionó a Wallace las observaciones con las que iría tejiendo sus propias ideas sobre la evolución por selección natural. Fue también en aquellas latitudes donde leyó el ensayo de Malthus sobre la disparidad entre el crecimiento de los recursos y de el de las poblaciones humanas (“Ensayo sobre la población”), en el que encontró, como le ocurriera a Darwin, uno de los fundamentos más claros para sus ideas sobre los efectos de la selección natural.

 

A lo largo de los años que van de 1855 a 1858, Wallace mantuvo correspondencia tanto con Lyell como con Darwin, a quien sabía preocupado por lo que ya se denominaba "la cuestión de las especies". En 1858 remitió a Darwin un breve artículo con la solicitud de que lo hiciera llegar a Lyell. Ese fue el desencadenante para que Darwin, que llevaba cerca de veinte años tejiendo su teoría de la evolución sin publicarla, se alarmara y, animado por el mismo Charles Lyell y por Joseph Hooker, decidiera presentar a la Sociedad Linnneana, conjuntamente con el texto de Wallace, un primer y breve esbozo de sus ideas.

 

Tras la primera publicación conjunta de aquellos breves artículos, Darwin concluyó en unos ocho meses su principal obra ("Origen de las especies"), mientras Wallace permanecía aún otros cuatro años en Indonesia, describiendo nuevas especies y desarrollando novedosas ideas sobre la biogeografía de la zona. Como resultado de ello, desde entonces su nombre ha quedado unido a la línea de demarcación que separa las faunas insulares de las islas de Bali y Borneo, por un lado, y Lombok y Sulawesi, por otro, ya que fue él quien advirtió los cambios biogeográficos determinados por esa frontera y relacionados con la distribución y la evolución de las especies en las islas.

 

Tras su vuelta a Inglaterra, en 1862, Wallace dedicó los tres años siguientes a revisar sus colecciones, publicando un gran número de artículos científicos que le llevaron a ser justamente considerado como el mayor experto en la naturaleza indonesa. Junto a Huxley, se convirtió en un encendido defensor de las tesis darwinistas, reconociendo siempre la primacía de Darwin en la formulación de la teoría.

 

Wallace sintió siempre una inclinación particular por los temas sociales, así como por los fenómenos espiritualistas. El interés espiritualista, particularmente acrecentado a partir de 1866, le distanció de muchos de los científicos del momento relegándole paulatinamente a un estado de marginación en la sociedad científica del momento. También volvió a tener graves problemas económicos, de los que nunca se consiguió librar totalmente, hasta el punto de que en 1881 varios amigos, entre ellos Darwin (que moriría un año después), consiguieron del gobierno la concesión de una modesta pensión en reconocimiento a sus enormes contribuciones a la ciencia.

 

La última etapa de la vida de Wallace, que vivió hasta 1913, la dedicó a trabajar en una gran variedad de temas, creciendo su interés por las cuestiones sociales. Fue un progresista radical que mantuvo una intensa actividad en favor de la nacionalización de las tierras, participando en las luchas a favor del sufragio femenino e interviniendo en numerosas causas de apoyo a la clase trabajadora. Sus escritos y conferencias son numerosos hasta su muerte, dejando tras de sí una obras amplia e interesante, con ensayos y libros sobre geografía, ciencias naturales, asuntos sociales, etnografía, etc. Lamentablemente, la historia no le ha tratado hasta ahora con la justicia que merecen sus enormes aportaciones.

Alfred Russel Wallace

 

 

La teoría de la selección natural

 

En un reciente libro, John Maynard Smith y Eörs Szathmáry han dejado escrito que la teoría de la evolución por selección natural "es, quizá, la única idea científica profunda que todo el mundo puede comprender fácilmente". Aunque es probable que la mayoría de las ideas científicas puedan ser comprendidas por casi todo el mundo con un poco de voluntad y algo de perseverancia, la teoría de Darwin presenta, de una forma muy nítida, ese atractivo excepcional que poseen las ideas sencillas y redondas. A pesar de ello, y del rápido éxito que pronto experimentó, la teoría no fue verdaderamente comprendida y asimilada por la mayoría de los biólogos hasta muchas décadas después de su formulación. Incluso en los primeros años del siglo XX atravesó una crisis de credibilidad científica precisamente con la eclosión de la genética (una fase que algunos han definido como el “eclipse del darwinismo”), lo que no deja de resultar una curiosa paradoja.

 

Darwin reunió en unos pocos argumentos (eso sí: considerablemente apoyados en observaciones y datos) el núcleo de su teoría. El primero de ellos parte de la apreciación realizada por Robert Malthus sobre la menor velocidad de crecimiento que experimentan los recursos al compararlos con el rápido incremento potencial de la población. La tesis de Malthus se limitaba a las poblaciones humanas, pero Darwin (y Wallace) la aplicaron al resto de los organismos vivos. De este modo hicieron constar que todos los seres vivos son capaces de generar muchos más descendientes que los que verdaderamente pueden sobrevivir hasta la edad reproductora. La razón de esa diferencia entre el número de los que nacen y el de los que llegan a reproducirse reside en varios fenómenos, entre los que destacan las limitaciones que impone el ambiente a la supervivencia de los organismos, la ausencia de recursos suficientes para todos o el propio hecho de la competencia que se crea a la hora de obtener los recursos escasos. En realidad, si cada pareja de individuos (formando todos ellos parte de alguna de esas parejas) generara sólo dos descendientes, es decir, el mismo número que permite igualar al de la generación anterior, la muerte de muchos de los descendientes, ocurrida antes de su edad reproductora, supondría una merma continuada en los efectivos de la población, lo que la llevaría a la desaparición. Es necesario, por tanto, generar un número superior de descendientes que la mera tasa exacta de reemplazo, y de una forma tanto más acusada cuanto mayor sea la mortalidad infantil o pre-reproductora de la especie.

 

Ya antes de Darwin, Buffon había reparado en la elevada capacidad de crecimiento exponencial que presentan los seres vivos; en el volumen II de su Historia natural ofrece la siguiente apreciación, en esta línea: "en 150 años el globo terráqueo puede cubrirse de un solo tipo de organismos". A pesar de ello, el naturalista francés no obtuvo de ello conclusiones mayores a la manera que lo hizo Darwin. A pesar de todo, al comienzo del Origen de las especies, en un bosquejo histórico, Darwin incluye su reconocimiento personal a Buffon, de quien dice que fue el primer autor de los tiempos modernos que trató con espíritu científico la cuestión del origen de las especies, aunque reconoce que sus ideas fluctuaron en diferentes periodos sin entrar en las causas o medios de la transformación de las especies.

 

La segunda idea importante de la argumentación de Darwin sobre la evolución se basa en la advertencia de las características heredables, es decir, en el hecho evidente de que los hijos se parecen a sus padres, en algún grado. Por supuesto que el hecho de la herencia era conocido desde muy antiguo, pero no había una explicación satisfactoria para el mecanismo por el que tenía lugar. De hecho, éste fue el auténtico talón de Aquiles de su propia propuesta evolutiva. En su libro se puede leer esa constatación, escrita con pesar: "Las leyes que rigen la herencia son, en su mayor parte, desconocidas".

 

Mucho se ha especulado con el hecho de que durante la vida de Darwin tuviera lugar la publicación del trabajo de Gregor Johann Mendel, un abnegado monje agustino de Brno (que entonces formaba parte de Austria-Hungría y hoy se sitúa en Chequia); el primer trabajo en el que se identifica correctamente el mecanismo que explica la herencia. De hecho, fue en 1865 cuando Mendel presentó con una conferencia dada en la Sociedad de Naturalistas de Brno los resultados de sus experimentos con la hibridación en guisantes, publicándose los mismos en la revista de la sociedad, al año siguiente. Por tanto, Darwin podría haber consultado aquel trabajo cuando sólo habían pasado 7 años desde la publicación de su libro, coincidiendo con la cuarta edición del "Origen de las especies" (y aún le quedarían otros 16 años para hacerlo antes de su muerte). Sin embargo, o nunca lo leyó o no lo tuvo en cuenta.

 

A pesar de todo, la mera constatación de la existencia de la herencia le fue suficiente a Darwin para hilvanar su teoría.

 

La tercera idea central en la teoría de la evolución procede del hecho de que, aunque la herencia modela a los organismos con una forma semejante a la de sus padres, todos los individuos de una misma especie presentan características ligeramente distintas entre sí, aún en el caso en que se trata de hermanos o hermanas. Esta condición de variación o diversidad alcanza también al comportamiento, diferente en cada uno de los individuos, aunque como la forma, determinado parcialmente por la herencia. Todas estas diferencias mantienen relación con las respectivas capacidades de supervivencia, por lo que la capacidad de sobrevivir hasta poder reproducirse es una característica que manifiesta diferencias entre los individuos de una misma especie.

 

Con estas tres ideas como sustrato, Darwin dedujo que las posibilidades de supervivencia hasta la edad reproductora tenían bastante que ver con aquellas diferencias existentes entre los individuos, de forma que aquellos que sobrevivían y se reproducían de adultos en realidad lo que hacían era transmitir sus propias características a sus descendientes, en tanto que los que no lograban sobrevivir desaparecían junto con sus características heredables. De esta forma, se revelaba el mecanismo por el cual los rasgos heredables que resultaban más favorables para la supervivencia en un determinado ambiente se veían transmitidos mayoritariamente generación tras generación, lo cual, a largo plazo, determinaba la existencia de cambios en las características de los individuos que constituyen la especie, produciéndose así su evolución.

 

Como el mecanismo propuesto descansa en el efecto seleccionador que ejerce el ambiente sobre la variabilidad de las características heredables que presentan los diferentes individuos de cada especie, Darwin denominó "selección natural" al proceso causante de la evolución. De hecho, el título completo del libro de Darwin es: "Del origen de las especies por medio de la selección natural, o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida".

 

La simplicidad y solidez de las ideas de Darwin cautivó desde el primer momento a los naturalistas menos condicionados por los dogmas. Se ha dicho que la idea de Darwin de la selección natural trasciende con mucho el ámbito de la biología para formar parte de ese pequeño grupo de ideas filosóficas que han tenido una gran influencia en el conjunto del pensamiento humano. De hecho, ha sido frecuente tratar de aplicar la teoría de la selección natural en otros ámbitos, produciendo con ello resultados y sugerencias muy dispares y hasta contradictorias, aunque también es cierto que muchas de tales aplicaciones fueron planteadas con intereses marcados, incluyendo en ellos los intentos de justificar argumentos racistas o a la hora de apoyar las diferencias entre las clases sociales (como sucedió con el llamado "darwinismo social"), empresas ideológicas éstas en la que nunca colaboró Darwin que, por su parte, formaba parte de una tradición familiar librepensadora y progresista. En su relato del viaje en el Beagle, por ejemplo, Darwin lanza diversos ataques contra la injusticia del esclavismo, al que consideraba una lacra inaceptable. A este respecto, Darwin comparte la opinión de Humboldt, quien dejó escrito en 1845: “Si hemos de mantener el principio de la unidad de la especie humana, necesariamente habremos de desechar como lógica consecuencia la desoladora distinción de las razas en superiores e inferiores”.

 

Sin duda, uno de los mayores adversarios de Darwin lo constituyó cierto fundamentalismo religioso de su tiempo, frente al cual Darwin se mostró siempre extremadamente prudente, consciente de que ahí radicaba un grave riesgo para su teoría. Toda su vida evitó en lo posible la confrontación directa con los aspectos religiosos, actitud que encaja bien con su talante liberal, pero que también tiene que ver con el deseo de no incomodar a su mujer (que era, además, su prima), una mujer profundamente religiosa, a la que adoraba. De hecho, mientras en la primera edición de su libro no incluyó en su celebrada frase final ninguna referencia al Creador, sí lo hizo en las restantes, aunque en numerosas cartas privadas se mostró decididamente materialista y agnóstico, cuando no claramente ateo.

 

Al margen de la polémica religiosa, diversas cuestiones ligadas al entramado conceptual de la teoría de la selección natural preocuparon de forma destacada a Darwin. Sin duda, la carencia de una explicación genética aceptable, aspecto ya comentado antes, fue una de ellas; pero también le causaron muchas inquietudes la cuestión de la magnitud del tiempo geológico.


La cuestión de la edad de la Tierra

 

Es conocido el cálculo sobre el origen de la Tierra realizado por el arzobispo James Ussher obtenido sumando las edades de todos los personajes bíblicos. Ussher concluye así que la Tierra fue creada el 25 de octubre del año 4004 a.C. a las 9 de la mañana. La hora, sin embargo, constituye un objeto de discrepancia en la interpretación de la obra del obispo, ya que también podría haber querido referirse a las 12 del mediodía. La diferencia radica en que la frase "en el medio del primer día fue creada la luz" aunque parece conducir a la segunda interpretación, debe tener en cuenta que Ussher consideraba la posible existencia de una "pre-creación" que habría durado unas pocas horas provisionales antes de la aparición de la luz, lo que nos llevaría a la primera interpretación.

 

James Usher, arzobispo de Armagh

 

Aunque hoy estas disquisiciones mueven a risa, lo cierto es que James Ussher, que llegó a ser arzobispo de Armagh, fue un investigador muy respetado en su tiempo por su esforzado estudio de los textos históricos, y particularmente de la Biblia. En su artículo "Caída en la casa de Ussher", Stephen Jay Gould trató de reivindicar su figura como la de un estudioso riguroso y serio, integrado ciertamente en la tradición del estudio documentalista de su tiempo, pero al que no deberíamos ridiculizar fácilmente desde nuestros modernos enfoques, ignorando con ello la realidad de su tiempo. En cualquier caso, lo verdaderamente importante es que en 1650, la fecha de la publicación de "Anales del Antiguo Testamento, deducidos del primer origen del mundo", obra en la que Ussher expone su cronología, el mundo disponía, a juicio de aquellos estudios, de menos de 6000 años de existencia.

 

Ussher pertenecía a una escuela (o, si se quiere, a una tradición) en la cual el estudio de los documentos antiguos constituía la metodología más correcta para obtener datos sobre el pasado. En realidad, la mayoría de los investigadores actúan dentro de tradiciones e ideas no cuestionadas por ellos mismos que les permiten aplicar una metodología determinada y alcanzar con ello conclusiones necesarias para el avance de sus trabajos. Según se va concretando la noción moderna de ciencia, surgirán ámbitos específicos para la formulación de los problemas científicos que determinarán los propios problemas que los científicos pueden acometer, a la par que se concretan los modelos teóricos generales por los que se han de guiar para ello. A esto es a lo que Thomas Kuhn denominó "paradigma", un término muy debatido por su versatilidad y su considerable ambivalencia, pero que refiere a lo que podríamos considerar como una “metateoría” desde la que cada grupo de científicos trata de indagar la realidad. Para entender lo que Kuhn quiere decir, podemos buscar algún buen ejemplo sobre lo que sería un paradigma; y lo encontraremos en la mecánica de Newton o en las teorías de la relatividad especial y general de Einstein. Así, resolver un problema cuando la investigación que lo aborda se inscribe en la aceptación de la teoría newtoniana supone enmarcar la indagación en ese paradigma determinado; los presupuestos, métodos y resultados serán distintos que cuando se parte del ámbito representado por el paradigma einsteniano, por ejemplo. El cambio de paradigma en una comunidad de investigadores constituye un momento crucial de cada ciencia que Kuhn denominó “revolución científica”. (Para otros filósofos de la ciencia, como Imre Lakatos, más que paradigmas de lo que se trata es de diferentes programas de investigación; pero, para otros, la cuestión es el evolucionismo entre las teorías científicas -Campbell, Lorenz- y para otros más la ausencia de método –Feyerabend-. En cualquier caso, no es objeto de este texto penetrar en las diferencias entre las distintas concepciones de la ciencia, que están lejos de quedar resueltas, por lo que mantendremos la vista puesta en las propuestas generales de Kuhn y Lakatos).

 

Así, los programas de investigación o los paradigmas que determinan la actividad científica se sustituyen en el tiempo, definiendo periodos de “ciencia normal” durante los cuales no se cuestionan los paradigmas con los que se trabaja, y periodos de crisis o “revolución científica” cuando varios paradigmas combaten entre sí por hacerse con la aceptación mayoritaria de la comunidad científica.

 

Pues bien, hasta que las luces de la Ilustración del siglo XVIII no hacen predominar los planteamientos que rechazan la fiabilidad de la cronología bíblica, posiblemente el trabajo de Ussher era uno de los mejores representantes de la forma más consistente y respetable de investigación cronológica que basaba su trabajo en el estudio concienzudo de una documentación histórica que se consideraba por entonces plenamente aceptable. Eso es -viene a decirnos Gould- lo que nos debe hacer respetar a Ussher, por más que sus planteamientos y deducciones hoy se nos antojen ridículos. Ciertamente, medir a personajes de otras épocas con los raseros de la sociedad actual no sea el mejor mecanismo de valoración, sino, más bien, una zancadilla poco honesta.

 

De todas formas, también es cierto que ya antes de realizarse los cálculos del obispo se estaban proponiendo métodos de cálculo más científicos con el objeto de obtener conclusiones sobre el mundo, métodos que vendrán a sustituir a los estudios de los textos sagrados, y serán, con el tiempo, aplicables también al estudio del origen de la Tierra. Esos métodos son los que darán inicio a la construcción de la ciencia renacentista, donde la experimentación y la observación empiezan a fundamentar los mecanismos destinados a obtener conclusiones. El conocido diálogo (obligado) mantenido el 22 de junio de 1633 (por tanto, anterior a la publicación de Ussher) entre la Inquisición y Galileo, durante el que el genial físico habría murmurado "Eppur si muove” (“y, sin embargo, se mueve"), defendiendo con ello su tesis sobre el movimiento de las lunas alrededor de Júpiter, por encima de su obligada abjuración, es, con casi total seguridad una invención posterior (no estaba el horno de la Inquisición para bollos de frasecitas valientes en aquellos momentos), pero tiene la función de simbolizar la convicción de las entonces nacientes ideas que defienden la superioridad de los hechos observables sobre la ideología ciega y dogmática. Se convertirá, por ello, en un símbolo universal del dificultoso pero exitoso tránsito hacia la ciencia moderna.

 

Volviendo a la cuestión del tiempo de la Tierra, lo cierto es que en los tiempos del renacimiento e inmediatamente posteriores, la noción sobre el origen de la Tierra entre los europeos (no así en otras culturas) no iba demasiado atrás en el tiempo, y en esa idea daba también peso al cálculo de Ussher que se hacía creíble.

 

Sin embargo, poco a poco, la noción de un origen más antiguo iba tomando cuerpo. Ya en el siglo XVIII, George Louis Leclerc, conde de Buffon, consideraba aceptable la cifra de 75.000 años para la existencia de la Tierra. Se había multiplicado por diez la fecha del origen de la Tierra desde los cálculos del arzobispo anglicano, al aplicar ahora un método más científico y empírico: el cálculo del tiempo necesario para que se produjera el enfriamiento de una Tierra considerada inicialmente fundida. Por tanto, en los comienzos del siglo XIX (la época de juventud de Darwin), la idea sobre la edad de la Tierra se había extendido hacia atrás, pero era todavía bastante escasa para las necesidades de la evolución que imaginara Darwin.

 

Es en esos tiempos cuando se está dirimiendo en los círculos científicos de toda Europa la polémica entre las escuelas catastrofistas y las uniformitaristas. De acuerdo con los catastrofistas, inicialmente mayoritarios, el pasado de la Tierra habría estado condicionado por grandes catástrofes (diluvios, levantamientos de montañas...) muy diferentes a los procesos actuales que ejercen los agentes geológicos sobre la Tierra. Georges Cuvier, el más prestigioso paleontólogo de vertebrados de los comienzos del siglo XIX, era un firme partidario del catastrofismo, además de un convencido antievolucionista, herencia que dejó a su discípulo y no menos prestigioso geólogo Louis Agassiz, a quien Stephen Gould ha calificado como el último reducto creacionista serio contra la evolución; reducto que perduró hasta su muerte, ocurrida en 1873.

 

Ya vimos que la escuela uniformista o uniformitarista, formada por los partidarios de la idea de que los procesos actuales son capaces de explicar el pasado sin necesidad de recurrir a fenómenos catastróficos especiales y propios de tiempos remotos, nació en el siglo XVIII a partir de algunas de las propuestas del escocés James Hutton. Hutton aplicaba un cierto método actualista (concepto similar al de uniformitarismo, que supone que el estudio de lo actual permite obtener datos del pasado) que le posibilitaba medir el paso del tiempo, puesto que lo que a él le interesaba particularmente era establecer una teoría sobre los ciclos recurrentes de la historia de la Tierra. Para ello introdujo un nuevo y muy poderoso argumento de análisis sobre el tiempo geológico, y de su aplicación dedujo la necesidad de aumentar considerable la edad de la Tierra.

 

A pesar de todo, los catastrofistas controlaban el panorama de las ciencias naturales en los comienzos del siglo XIX. Cuvier escribirá a comienzos de siglo: "la característica de la naturaleza es el cambio, y ninguno de los agentes que ésta emplea actualmente habrían sido suficientes para producir sus antiguas obras". Junto a él, Conybeare, Buckland (el que había convencido a Lyell de que se dedicara a la geología) y Sedwick, al otro lado del canal de la Mancha, engrosaban incondicionalmente las filas de aquel catastrofismo de comienzos de siglo, en el momento en que Lyell iniciaba sus exploraciones geológicas y Darwin comenzaba sus estudios.

 

La polémica sobre si los procesos actuales son suficientes a la hora de explicar el pasado o hay grandes diferencias entre una época Antigua y otra Actual se confunde a veces con la creencia en la existencia y los detalles de un supuesto Diluvio Universal. Son cosas distintas, ya que el mayor o menor respeto por la literalidad de los textos bíblicos diferencia también a los catastrofistas entre sí e introduce una gran complejidad en las posiciones y planteamientos de cada cual, alejando la realidad de las interpretaciones más simples. Los primeros intentos de reconstrucción de los restos fósiles que empiezan a ser desenterrados con cierta frecuencia en estos tiempos (y en cuya tarea Cuvier fue el más destacado pionero) puso de evidencia la existencia de formas vivas en la antigüedad que ya no existían, introduciendo así nuevos interrogantes sobre la magnitud de la historia de la Tierra y sobre las características del pasado. Estas cuestiones abrían espacio para las diferentes interpretaciones, de acuerdo con el paradigma (catastrofista o uniformista) que cada cual aceptara.

 

Como ya vimos, sería Charles Lyell quien, con su monumental "Principios de Geología", asentó definitivamente las tesis actualistas como paradigma geológico dominante, convirtiéndolas en el método de investigación que llevaría a la Geología moderna. La influencia de Lyell en el panorama geológico del momento y por mucho tiempo fue crucial. Los más destacados defensores del diluvio como catástrofe antigua explicativa de lo que encontramos hoy abandonaron, incluso públicamente, sus posiciones anteriores (es el caso de Sedwick y de Conybeare) y el nuevo panorama actualista permitió jugar con unos márgenes de tiempo para la historia de la Tierra mucho más amplios, algo que Darwin necesitaba como agua de mayo para hacer creíble su teoría de que la selección natural era la causa de la evolución de las especies.

 

De hecho, aunque Lyell, prudentemente, nunca llegó a proponer una cifra para el origen de la Tierra, posibilitó con sus trabajos una nueva escala de magnitudes sobre las que moverse (se puede uno hacer una idea de lo que vino de la mano del actualismo al tratar de trasvasar hacia el pasado las tasas de sedimentación actuales y calcular el tiempo necesario para llegar a formar las enormes masas de sedimentos que componen algunas cordilleras). Darwin, por su parte, sí aludió a cifras de varios centenares de millones de años para situar acontecimientos concretos, lo que, evidentemente, exigía situar la cuestión de la edad de la Tierra en unas coordenadas totalmente diferentes a las de tan sólo unos pocos años antes.

 

Sin embargo, el último obstáculo serio para una cifra tan elevada como la que pretendía Darwin lo pondría un peso pesado de la física moderna: William Thomson, más conocido por el título de Lord que le fue otorgado: Lord Kelvin. Esta historia es sumamente paradójica e instructiva, ya que recoge un caso en el que una opinión sustentada empíricamente y avalada por la ciencia más prestigiosa a la hora de hacer predicciones (la física) apoyaría la versión que luego se demostraría equivocada.

 

Kelvin fue un feroz oponente a las ideas de Darwin debido a su idea sobre la edad de la Tierra. Siguiendo las tesis en boga desde el siglo XVII, que defendían que el origen de la Tierra lo constituyó una bola de fuego, realizó diversos cálculos acerca de la conductividad térmica de las rocas y sobre el valor de su gradiente geotérmico (es decir, el aumento que sufren las temperaturas cuando se profundiza en el subsuelo: un valor de alrededor de 3º C por cada centenar de metros de profundidad). De este modo, llegó a la conclusión de que la edad más factible para el origen de la Tierra se situaba alrededor de los 100 millones de años atrás. Aplicó también otros procedimientos físicos, como la reducción de la velocidad de rotación del planeta debido a la fricción de la mareas o el cálculo de la edad del calor del sol; con ellos las cifras que obtenía Kelvin resultaban incluso menores y, de hecho, en sus sucesivas propuestas fue ofreciendo cifras paulatinamente menores según iba pasando el siglo, de forma que, hacia finales del mismo, la estimación más fiable para el ya anciano y prestigioso físico era la de unos 24 millones de años. Pero, para entonces, Darwin ya había muerto.

 

 

William Thomson, lord Kelvin

 

 

La cuestión del cálculo de la edad de la Tierra se resolvería efectivamente de la mano de los cálculos físicos, aunque en un sentido diametralmente opuesto a las tesis defendidas por Kelvin. Sería el descubrimiento de la radiactividad, ocurrido a caballo de los siglos XIX y XX (primero por Becquerel y luego por los esposos Curie), lo que permitió utilizar una nueva y potente forma de datación cronológica de las rocas. El debate pasó desde cifras de unos pocos millones de años o un centenar como máximo, a valores de miles de millones de años. En este nuevo estado de la cuestión participó de forma destacada Arthur Holmes, un físico inglés pasado a las filas de la geología, quien también ejercería un destacado papel en favor de las nuevas ideas sobre la deriva de los continentes, presentadas por un meteorólogo llamado Alfred Wegener.

 

Hacia los años treinta del siglo XX, los cálculos sobre el origen de la Tierra se habían alargado considerablemente, al aplicar los nuevos métodos de radiodatación, hasta superar los 1.500 millones de años, aunque todavía quedaría un amplio margen de estiramiento para alcanzar los 4.500 millones de años que hoy acepta la ciencia.

 

Darwin se habría sentido mucho más que satisfecho.

 

 

IV. NACE LA GENÉTICA Y CRECE LA NUEVA ECOLOGÍA

 

 

Mis trabajos experimentales me han reportado muchas satisfacciones, y estoy plenamente convencido de que, no tardando mucho, todo el mundo apreciará el resultado de mis investigaciones

Gregor Mendel

 

Los análisis de los ciclos de relaciones tróficas indican que una comunidad biótica no puede ser diferenciada claramente de su medio abiótico: por lo tanto, el ecosistema debe considerarse como la unidad ecológica fundamental.

Raymond Lindeman

El aspecto trófico-dinámico de la ecología

 

Aunque dentro de la ciencia, y en términos generales, no hay unos campos más importantes que otros desde el punto de vista de su capacidad para satisfacer las grandes preguntas que surgen de la curiosidad y el interés por conocer el mundo, lo cierto es que lo que sí ha tenido lugar es una creciente competencia entre las distintas disciplinas científicas conforme éstas se han ido diferenciando e incrementando las demandas de financiación que toda empresa científica moderna tiene. Se trata, pues, de una competencia centrada en atraer los recursos necesarios con los que satisfacer la investigación propia. Así, la hegemonía que unos campos científicos adquieren, en este sentido, frente a otros ejerce un efecto trascendental sobre los difíciles equilibrios que determinan el desarrollo de las diferentes ciencias.

 

En los años que dan comienzo al siglo XX, se asiste a un cambio en las preferencias que orientan el desarrollo científico dentro del campo de las ciencias naturales. Las enormes exigencias económicas que comienza a tener la investigación moderna y la propia profesionalización de los científicos, encuadrados en instituciones que requieren de un apoyo financiero fluido, hacen que empiecen a modificarse las formas y los modos de producir ciencia que habían caracterizado al pasado. La orientación preferente que adopta la investigación se aleja así del efecto del apoyo concedido por ricos mecenas o basado en la fortuna personal (Humboldt es un buen ejemplo) -los dos mecanismos que más influencia tuvieron en el pasado- para ir a descansar en las espaldas de los fondos públicos manejados por los gobiernos, los nuevos proyectos institucionales o de las universidades o los fondos privados invertidos por las industrias y las empresas que se generan en el nuevo panorama económico. Las circunstancias que determinaron el progreso de la ciencia en el pasado van variando para depender de los grandes intereses nacionales o empresariales de los nuevos tiempos.

 

Esa es una cuestión que, aunque no inédita en el panorama de la ciencia anterior, sí adquiere unos tintes de intensidad novedosa en la nueva situación que representa la sociedad industrial. Aunque sea siempre bastante arriesgado elegir una fecha con la que trazar una línea de frontera entre un antes y un después, el inicio del siglo XX puede ser una elección aceptable a la hora de pensar en el comienzo de esa nueva etapa que determinará la dirección preferente de la ciencia.

 

Reaparecen las leyes de la herencia

 

Ya se ha comentado que corresponde a Mendel el mérito de haber sido el primero en proponer un mecanismo coherente para explicar la herencia. Mendel había utilizado en su trabajo un diseño experimental modélico, demostrando un rigor especial a la hora de aplicarlo. Mucho se ha especulado acerca del penoso hecho de que el trabajo de Mendel permaneciera ignorado en la práctica durante treinta y cinco años, por más que el monje hubiera presentado y publicado sus trabajos de una forma correcta. Posiblemente, la marginalidad de su vida científica y su fracaso a la hora de alcanzar un estatuto académico tienen bastante que ver con lo que sucedió, aunque también pueda encontrarse parte de la explicación en la justificación de la inmadurez de su tiempo para comprender sus resultados y en la incapacidad de los científicos consagrados con los que Mendel mantuvo comunicación para darse cuenta de la relevancia de su trabajo (particularmente en el caso de Nägeli). De cualquier modo, lo que resulta incuestionable es lo que ha señalado Alberto Gomis en su biografía sobre el fundador de la genética: "el hecho de que la mayoría de los científicos de una época no comprendieran el alcance de un descubrimiento que entonces se hizo, debe ser motivo suficiente para destacar la preparación y la capacidad científica de quien lo llevó a cabo, porque nadie descubre lo que no está preparado para descubrir".

 

Mendel y sus experimentos

 

 

Sea como fuere, lo cierto es que hay que esperar hasta 1900 para que tres investigadores, cada uno por su cuenta, redescubran las leyes de la herencia. Éstos serán: De Vries, Correns y Tschermak-Seysenegg.

 

Hugo De Vries trabajaba en Holanda desde los años ochenta del siglo XIX. Su interés investigador se centraba fundamentalmente en la cuestión de las mutaciones vegetales, sobre las cuales publicó diversas conclusiones unos años después del redescubrimiento de las leyes de la herencia. Lamentablemente, introdujo así un sesgo problemático en la explicación de la evolución, ya que se centró en defender la importancia evolutiva de lo que él consideraba mutaciones o cambios inesperados en las características genéticas de los individuos. Lo malo es que, varios años más tarde se demostraría que lo De Vries interpretaba como mutaciones no eran tales, sino tan sólo efectos de la hibridación de especies diferentes.

 

Carl Erich Correns, por su parte, había estudiado con el profesor suizo de botánica Carl Wilhelm von Nägeli, muerto en 1895. Este Nägeli fue el científico con quien Mendel mantuvo un abundante intercambio epistolar y de material entre 1866 y 1873 sin que el suizo, entonces profesor en la universidad de Munich, se percatase del alcance que tenían los trabajos que el monje de Brno le enviaba. De hecho, muy probablemente la incapacidad del ilustre profesor de Munich para advertir la relevancia de los trabajos de Mendel constituya el mayor argumento a la hora de explicar el ostracismo en que se mantuvo la obra del monje.

 

Finalmente, Erich Tschermak-Seysenegg, el más joven de lo tres, trabajaba también sobre la herencia de los guisantes desde el año 1898.

 

Los tres, pero especialmente Correns, terminaron reconociendo la primacía de Mendel en el descubrimiento de los fundamentos de lo que, en 1907, William Bateson denominará "genética", el campo científico preocupado por la comprensión del mecanismos de la herencia, un ámbito que pronto atraerá un interés especial en el transcurso de la nueva biología. Como evidencia del tiempo perdido al ignorarse el escueto trabajo de Mendel, es interesante constatar que sólo un año antes del redescubrimiento de las leyes de la genética, Bateson sugería con motivo de una comunicación suya a un Congreso Internacional de Biología, la necesidad de realizar el tipo de experimentos que ya había llevado a cabo y publicado Mendel varias décadas antes.

 

Tras los inevitables tropiezos iniciales, debidos a la excesiva preocupación que tenían Bateson y de Vries por la importancia de la mutación y que les llevó por caminos poco fructíferos, pronto se fue afianzando la moderna genética. Sin embargo, el mismo interés por la herencia y los mecanismos moleculares que la hacían interesante, hizo reducir de forma alarmante la importancia que muchos biólogos daban a la selección en el proceso evolutivo (la base de la teoría de Darwin). De esta forma, aunque nunca fuera formalmente rebatida, la teoría de Darwin se fue viendo relegada de las preocupaciones principales que movilizaban a la mayoría de los genetistas que empezaban a controlar los centros de investigación biológica del nuevo siglo. Esta etapa, que algunos han denominado como del eclipse del darwinismo, ocurría a la par que se veían mermados muchos de los apoyos dados anteriormente a los estudios científicos en la naturaleza, el ámbito que había presidido uno de los quehaceres centrales de las ciencias naturales durante el siglo anterior. Se abre así paso a una etapa en la que el nuevo fragor científico se centrará en el trabajo realizado dentro de los laboratorios.

 

La postergación de los estudios de campo suponía un cierto descrédito para la tradición naturalista, algo que tendrá mucho que ver con la posición preponderante que ejerce la física de esos años sobre el conjunto del campo científico; una preeminencia justificada por los resultados obtenidos a partir de la poderosa metodología desarrollada por esta ciencia, capaz de alcanzar una gran capacidad de formalización matemática y de predicción. Esta situación generará lo que la gran microbióloga Lynn Margulis ha llamado de forma harto elocuente "el complejo de la física", e impondrá un sesgo importante en la dotación de esfuerzos y apoyos destinados a las diferentes áreas y disciplinas en que se van fragmentando las ciencias naturales. Las disciplinas más capaces de adaptarse a la formalización matemática, a la manera de la física, resultarán beneficiadas en esta situación de competencia, frente a los estudios menos ajustables a ella, que se verán relegados del cauce principal de estas ciencias.

 

El refugio de los estudios sobre la naturaleza

 

A pesar de la condición marginal determinada por el protagonismo de los avances genéticos y bioquímicos, en estas primeras décadas del siglo XX tendrá lugar, paradójicamente, el asentamiento de una nueva forma de conocimiento científico heredera de los estudios naturales sobre los organismos en relación con su medio. Los trabajos sobre las relaciones entre los seres vivos y el medio que habitan habían sido iniciados desde una perspectiva científicamente moderna por naturalistas como Alexander von Humboldt, Ernst Haeckel (a quien se debe el bautizo de la nueva ciencia), Karl Möbius o Stephen Forbes. Ahora, estos trabajos se convertirán en la base de la nueva ecología, una ciencia deudora de sus estudios y alimentada con la fructífera sabia aportada por la teoría de la evolución, pues también aquí empezó a dar sus frutos la aportación darwiniana. Las nuevas aportaciones de los trabajos ecológicos de Warming, Clements o Tansley en su aplicación al mundo vegetal y de Shelford o Elton en el caso de los animales provocarán el florecimiento de la ecología durante las primeras décadas del siglo XX, la época en que tendrá lugar la fundación de la Sociedad Ecológica Británica (en 1913) o de la Sociedad Ecológica de Estados Unidos (1915).

 

Estamos, pues, en los albores de la ecología, cuando la separación estricta entre los distintos ámbitos de aplicación de sus estudios (mundo animal, mundo vegetal, mundo acuático) condicionará el diferente y relativamente aislado desarrollo de cada una de sus ramas. Pero, además de los nuevos fundamentos que los ecólogos del siglo XX aportarán a la interpretación de la naturaleza, hay una novedad importante con respecto a la visión de los naturalistas precedentes, una novedad que destaca el historiador de la ecología Pascal Acot como factor determinante de la evolución de esta ciencia: la cuantificación, “dimensión casi ausente en los trabajos de los primeros pero fundamental en la práctica de los segundos”. La matematización de la ecología, que debe mucho al rápido desarrollo de la estadística moderna (con cuyo progreso se confunde), representará un factor determinante en la configuración de los modernos trabajos ecológicos. Alfred Lotka y Vito Volterra, a quienes debemos las primeras ecuaciones que nos permiten explicar matemáticamente las relaciones dinámicas entre los predadores y sus presas, publicadas en 1925 y 1926, son físicos y matemáticos de formación que aplicarán sus conocimientos a la biología, contribuyendo destacadamente así a la configuración de una biología matemática. Antes, en 1911, Ronald Ross ya había cuantificado matemáticamente las relaciones entre los mosquitos portadores del paludismo y las poblaciones humanas, mientras que los trabajos de Raymond Pearl en Estados Unidos y de Georg F. Gause en la Unión Soviética son otros tantos ejemplos destacados de ese comienzo de la matematización de la ecología que constituirá una de sus señas de identidad más destacadas.

 

Habrá que esperar hasta los años cuarenta para que la noción de ecosistema empiece a cobrar su dimensión moderna, una dimensión que reconfigurará la ecología y la orientará en la dirección de una ciencia sintética, preocupada por comprender el sistema ecológico como un todo. Raymond Lindeman, un joven científico estudioso de los lagos, tristemente fallecido a los veintisiete años de edad, bien puede representar la primera figura que abre paso a la moderna ecología de los ecosistemas.

 

Será, pues, en la segunda mitad de ese siglo cuando asistamos a la reactivación de la dimensión ambiental de las ciencias naturales, con el surgimiento de una ecología moderna muy preocupada por comprender la complejidad de los sistemas ecológicos, superada ya la división de la disciplina en campos temáticos casi inconexos (ecología vegetal, ecología animal, etc.). La nueva ecología, reestructurada conceptualmente desde su nuevo enfoque integrador, se desarrollará en una vertiente muy unida a la creciente preocupación por el deterioro ambiental de la naturaleza.

 

En el caso de las ciencias geológicas, también se produce por esos años una pérdida de influencia general de sus estudios en la naturaleza dentro del ámbito de los nuevos intereses científicos dominantes, manteniéndose, sin embargo, la investigación aplicada al desarrollo de la minería, en especial la ligada a los yacimientos de petróleo. El comienzo del nuevo siglo albergará, un poco en la penumbra, el avance de mayor interés hacia el conocimiento moderno de la Tierra, aunque habrá que esperar varias décadas hasta poder comprobar sus verdaderos frutos y el alcance definitivo de sus propuestas.

 


 

V. EPPUR SI MUOVE: ALFRED WEGENER

 

 

“Es como si fuéramos a reconstruir la página rota de un periódico, haciendo coincidir los bordes de los pedazos y luego comprobando que las líneas impresas se pueden leer de corrido”

Alfred Wegener

El origen de los continentes y de los océanos

 

En el caso de Mendel ya hemos comprobado cómo la primera intuición que trae una nueva idea científica, en cierto modo adelantada a su tiempo, puede tardar mucho tiempo hasta cristalizar y producir efectos reales en el seno de la comunidad de científicos de su tiempo. En realidad, Darwin representa un caso excepcional al respecto, probablemente debido a su gran capacidad para presentar convincentemente sus ideas, al larguísimo y concienzudo proceso de acumulación de pruebas y a su hábil prudencia para evitar el protagonismo de algunos de los aspectos socialmente más conflictivos de sus ideas, sin tener que renunciar nunca a las mismas. También hay que contar con el peso de la buena relación que Darwin mantenía con la mayoría de los naturalistas más prestigiosos de su tiempo. Por todo ello, él sí vio triunfar rápidamente sus ideas, al menos en el plano del reconocimiento formal dentro de la ciencia.

 

A principios del siglo XX, en otro campo de las ciencias naturales (en este caso en la geología), volvemos a encontrarnos con la situación representada por un adelantado a su tiempo que lucha contra corriente para tratar de incorporar sus ideas a la ciencia del momento. En este caso, sin embargo, nuestro protagonista no conseguirá ver aceptadas sus ideas entre sus contemporáneos, aunque su semilla germinaría algunas décadas después. El hombre de nuestra historia se llama Alfred Wegener.

 

Alfred Wegener

 

El explorador que apenas pudo celebrar su cincuenta cumpleaños

 

Cuando la primavera del año 1931 llegó al campamento base de la expedición científica que Alfred Wegener dirigía en Groenlandia, los expedicionarios decidieron enviar varios hombres hasta un segundo campamento situado ya en el interior de la gran isla, con el fin de recabar alguna noticia sobre sus ocupantes, puesto que se había perdido el contacto con ellos.

 

El campamento o estación base estaba situado en la costa Oeste y era uno de los tres puntos establecidos por Wegener con la idea de realizar diversos estudios sobre el clima groenlandés. El segundo campamento, situado en medio del continente-isla, soportaba las peores condiciones: había sido establecido en Julio de 1930 a unos 400 kilómetros al este del campamento base en un lugar sometido a un clima muy riguroso. Finalmente, el tercer campamento se ubicaba ya en la costa Este.

 

El tiempo que caracterizó el final del verano había sido aquel año especialmente malo, de manera que las condiciones que podían estar soportando los dos científicos que habían establecido el campamento tierra adentro, el meteorólogo Johannes Georgi y el glaciólogo Ernest Sorge, se antojaban preocupantes. Si a ello añadimos el hecho de que carecían de tienda adecuada y que no disponían de las suficientes provisiones con las que pasar confortablemente el invierno, unido todo ello a la incomunicación por radio, no resulta extraño que Wegener decidiera salir el 21 de septiembre con provisiones hacia ese lugar en compañía de otro meteorólogo de la expedición, llamado Fritz Lowe, y de 13 groenlandeses.

 

Las duras condiciones climáticas que asolaban el interior de Groenlandia hicieron que 12 de los nativos de la expedición se vieran obligados a retroceder de nuevo hasta el campamento base, mientras que Wegener, Lowe y el joven Rasmus Willumsen, de 22 años (el único groenlandés que continuó la travesía), continuaron adelante hasta alcanzar, el 30 de octubre, el campamento de Georgi y Sorge, tras cuarenta espantosos días de tiempo infernal.

 

Al llegar comprobaron con gran satisfacción que Georgi y Sorge se las habían apañado bastante bien a pesar de las adversidades: habían logrado abrir una cavidad en el hielo donde refugiarse y, a diferencia de lo que se temía, disponían de suficientes provisiones para no pasar hambre. La arriesgada travesía de Wegener y sus compañeros había sido, en cierto modo, innecesaria. Por otra parte, Lowe había llegado con síntomas de congelación en sus manos y pies. Wegener y Willumsen se encontraban bien.

 

Como durante todo el otoño no se había recibido en el campamento base ninguna noticia de la expedición de Wegener, al final de esta estación sus habitantes pensaron que los tres expedicionarios habían optado por pasar el invierno en el campamento intermedio, junto a Georgi y Sorge. Sin embargo, al llegar abril y seguir sin noticias de ellos, decidieron enviar una nueva expedición de reconocimiento al campamento intermedio. Allí se encontraron con la alarmante noticia de que Wegener y el joven Willumsen habían partido de regreso hacia la costa Oeste seis meses antes, justo después de celebrar, el 1 de noviembre, el 50º cumpleaños de Wegener.

 

El 12 de mayo de 1931, tras una intensa búsqueda por el continente-isla helado, fue hallado el cuerpo de Alfred Wegener perfectamente vestido, envuelto en pieles de reno y embutido en su saco de dormir, con los ojos abiertos y una expresión plácida y serena en su congelado rostro. Cinco o seis meses antes había ocurrido la tragedia que acabó con la vida del meteorólogo berlinés cuya tesis sobre la deriva de los continentes revolucionaría más tarde el pensamiento científico sobre la Tierra. Su acompañante en la travesía de retorno a la costa, el joven groenlandés de 22 años Rasmus Willumsen, había preparado cuidadosamente el cadáver de Wegener tras comprobar su muerte plácida, probablemente debido a un ataque cardíaco ocurrido durante la noche, mientras dormían. Tras cubrir el cuerpo de Wegener, Willumsen reanudó el camino de retorno hacia una costa que nunca logró alcanzar. Su cuerpo jamás apareció, tragado por la vastedad helada de su país, en donde sus restos aún permanecen ocultos.

 

Alfred Wegener y Rasmus Willumsen

 

Ideas demasiado revolucionarias

 

Wegener fue un científico atraído por el riesgo. Con 25 años había establecido, junto a su hermano Kurt, un nuevo récord de permanencia en el aire, tras estar flotando durante 52 horas en un globo de aire caliente. Su pasión por los amplios espacios helados de Groenlandia procedía de su juventud y nunca lo había abandonado. Ya en 1906 fue admitido como meteorólogo de la expedición danesa comandada por Mylius-Erichsen, encargada de explorar las desconocidas costas nororientales groenlandesas. En el curso de aquella expedición, Wegener utilizó por primera vez cometas y balones aerostáticos para investigar el clima ártico. Más tarde, en una larga expedición de unos 1.200 kilómetros, desarrollada en 1912, atravesó con tres compañeros la helada "tierra verde", convirtiéndose así en los primeros en pasar un invierno en el interior del continente helado. Era, pues, un experto conocedor de los helados espacios árticos, aunque ello no impidió que se la parara el corazón en medio de la blanca extensión nórdica.

 

¿Buscaba Wegener entre los fríos árticos la prueba definitiva que avalara sus asombrosas tesis sobre el movimiento de los continentes? 

 

Lo cierto es que los espacios helados de Groenlandia parecían conceder a Wegener nuevas fuerzas en su férreo empeño por establecer un nuevo paradigma geológico. Tras una inicial presentación de sus ideas sobre la deriva continental en la Asociación Geológica de Francfort, seguida por una nueva conferencia dada en la Asociación para el Avance de las Ciencias Naturales de Marburg, Wegener partió a una larga expedición ártica en 1912, a la vuelta de la cual, ya en la universidad de Marburg (en la que, desde 1909, enseñaba astronomía, meteorología y cálculo de la posición a través de la astronomía), inició el trabajo de presentación y defensa de su teoría, que cobró finalmente forma material con la publicación, en 1915, de su más influyente libro: "El origen de los continentes y océanos".

 

No eran buenos tiempos para presentar nuevas teorías. En 1914 había estallado la que pasaría a la triste historia de las contiendas humanas como la I Guerra Mundial (en la que Wegener participó y fue herido), de forma que su libro apenas tuvo trascendencia fuera de las fronteras alemanas. Sólo tras la publicación de la tercera edición revisada y ampliada en 1922, que fue traducida al inglés, francés, español, ruso y sueco, las nuevas ideas de Wegener provocarían una fuerte controversia que convulsionó el seno de la comunidad científica de geólogos.

 

No puede decirse que las ideas expuestas por Wegener gustaran a la mayor parte de sus colegas. Muy al contrario, la mayoría de los geólogos se mostraron reacios, cuando no francamente hostiles, a la deriva continental. En muchos casos, los ataques se dirigieron directamente contra el propio Wegener, personalizando las críticas de una forma injusta y excesiva. Quizás el mayor frente activo contra las nuevas ideas procedió de Norteamérica: desde la universidad de Yale, Charles Schubert hablaba en forma despectiva de la "frivolidad y versatilidad" de Wegener, mientras que Chamberlin achacaba el único atractivo posible de la hipótesis de Wegener a "la ausencia de un código de conducta bien definido". No, no había logrado convencer a casi nadie, aunque entre los pocos que se tomaron en serio las ideas de Wegener se encontraban algunos científicos verdaderamente importantes en el transcurso de las ciencias geológicas, como el suizo Emile Argand, el inglés Arthur Holmes, el holandés Walter van Waterschoot van der Gracht o el norteamericano R.A. Daly, pero sería el sudafricano Alex du Toit quien probablemente más apostaría por las ideas de Wegener hasta su propia muerte, acaecida en 1948.

 

La inquina contra Wegener no acabó con la muerte del berlinés, ocurrida en 1930: todavía en 1943 Bailey Willis, un prestigioso geólogo americano, escribió frases tan duras como las siguientes: "continuar discutiendo sobre ella -se refiere a la deriva continental, claro está- es solamente una cuestión literaria y que confunde la mente de los compañeros de estudio" o "la teoría de la deriva continental es un cuento de hadas. Una fantasía fascinante que ha capturado la imaginación de muchos".

 

En la época de Wegener, las ideas que dominaban la geología aceptaban las diferencias en la ligereza o pesadez (densidad, para ser precisos) de las grandes masas de roca que constituyen la corteza terrestre y, lo que es más importante, admitían la existencia de una capa subyacente a la superficial dotada de un comportamiento de tipo semifluido a largo plazo. La conjunción de ambos hechos permitía la existencia de movimientos de esa capa superficial en un sentido vertical, es decir, hacia arriba (levantamiento) o hacia abajo (subsidencia); de esta forma zonas enormes de la corteza de la Tierra podían bascular, lo que permitía explicar algunas observaciones de tierras hundidas o levantadas. De hecho, se pensaba que las grandes cordilleras mostraban un considerable "déficit" de su masa en relación al volumen que ocupaban, lo que se explicaba por la supuesta presencia de enormes y profundas "raíces" que penetraban en el interior de la Tierra por debajo de los grandes sistemas orogénicos. Al estar constituidas tales raíces por rocas ligeras como las que forman la superficie de la corteza, se reducía la densidad general de esa parte de la superficie planetaria.

 

Este tipo de ideas ya había sido formulado por Airy durante sus trabajos desarrollados en 1856 en el Himalaya. Desde entonces muchos pensaban en la existencia de una hipotética línea de separación entre los ligeros materiales superficiales y los densos y profundos: la imagen era similar a la que se podría obtener al observar una gran cordillera reflejándose sobre la superficie de un lago: las zonas más elevadas (las cimas y grandes macizos) portarían profundas raíces que se extenderían por debajo, mientras que las áreas más deprimidas estarían constituidas por una franja superficial de rocas más estrecha, tanto por arriba como por debajo. Este sencillo esquema es el que forma unos trozos de madera de diferente grosor al ser colocados unos junto a otros flotando libres sobre un balde de agua: los trozos que sobresalen más son también los que tienen la base más profunda.

 

Sobre este sencillo esquema se fueron creando los términos con los que habrían de denominarse cada una de las capas que forman parte del modelo. Así, el predominio de silicatos de Aluminio entre las rocas ligeras superficiales hizo que se propusiera el término "sal", luego convertido en "sial", para nombrar la primera capa ligera "sobrenadante" y abundante en granitos y neises; mientras que se propuso "sima" para definir la más profunda, debido a la gran cantidad de silicatos de Magnesio que alberga formando parte de rocas del tipo de los basaltos y los gabros. Esta era la fórmula que aceptaba uno de los textos más influyentes en la geología de finales del siglo XIX, titulado "La faz de la Tierra” y escrito por el gran geólogo austríaco Edward Suess.

 

Suess sería luego uno de los primeros defensores de la existencia de Gondwana, un antiguo continente que habría agrupado las tierras actuales de África, Madagascar y la India (luego, con la deriva continental, Gondwana pasaría a nombrar un macrocontinente mayor que incluye los actuales de Sudamérica, Australia y la Antártida, además de los anteriores).

 

También desde los Estados Unidos, James D. Dana aportó al modelo el término "isostasia" (que recoge esa noción de una capa más ligera "flotando" sobre otra más densa y fluida) desde la concepción de una Tierra que se creía en constante contracción a partir de un origen fundido y muy caliente; contracción debida al proceso de enfriamiento y solidificación posteriores.

 

Principio de isostasia

 

 

En el comienzo del siglo XX, estas eran las ideas más aceptadas a la hora de explicar el relieve actual y la gran actividad dinámica de la Tierra: el arrugamiento de la corteza debido al lento enfriamiento y la consiguiente solidificación de lo que fue una antigua bola de fuego. Además, se pensaba que en el interior terrestre aún se conservaría una buena parte del calor original, como quedaba de manifiesto en el aumento de la temperatura que se experimenta al internarse en la profundidad de las minas, así como por la evidencia que ofrecen las manifestaciones volcánicas. Para explicar el origen de las montañas había que aceptar también el levantamiento o el hundimiento de amplias zonas de la superficie, y con ellos, la posibilidad de que las líneas de costa se desplazaran de acuerdo con las nuevas alturas (recordemos que la figura de la portada de la obra central de Lyell mostraba unas columnas clásicas cercanas a Nápoles donde se encuentran huellas inconfundibles del ascenso y descenso del nivel marino experimentado por el mar Mediterráneo). El levantamiento de enormes masas de la corteza terrestre se podía entender a través de la teoría denominada del geosinclinal, propuesta hacia la mitad del siglo anterior. Pero, aunque dinámico, el modelo excluía los excéntricos movimientos horizontales de los continentes que postulaba Wegener (América alejándose de Europa y de África, por ejemplo). Se admitían, eso sí, los movimientos verticales, pero no los horizontales cuya explicación plantearía numerosos problemas: ese era el resumen de la cuestión. De este modo, las teorías de Wegener no encajaban en el modelo aceptable (el paradigma) para la mayoría de los geólogos de aquellos inicios del siglo XX, como pudo comprobar personalmente Wegener durante la reunión científica internacional celebrada en Nueva York en el año 1926.

 

A pesar de todo, no había sido Wegener el primero en pensar en la posibilidad de que los continentes se movieran sobre la superficie de la Tierra. Antes que él, en 1858, Antonio Snider-Pellegrini había publicado un libro titulado "La Creación y sus misterios desvelados" donde además de percibirse un indudable enfoque catastrofista muy influido por los relatos bíblicos, se defiende el movimiento de los continentes tras el Diluvio. Según su propuesta, los continentes se habrían rasgado, partiéndose en varias masas móviles (en el inicio todos habrían estado juntos, ocupando una parte del planeta, mientras la otra era toda agua). El proceso habría diferenciado la gran masa de las Américas, por un lado, y la del Viejo Mundo, por otro.

 

Aunque las ideas generales de Snider-Pellegrini no eran ya muy adecuadas para el pensamiento geológico de mitad del siglo XIX, lo interesante de su caso reside en que en su libro alude expresamente a la coincidencia entre las costas atlánticas sudamericanas y africanas como justificación de su propuesta de movilidad. Y, precisamente desde esa coincidencia fue, con bastante certeza, desde donde partió el pensamiento de Wegener hacia la movilidad continental.

 

La coincidencia entre las líneas de las costas situadas a un lado y otro del Atlántico (es decir, entre los litorales de América del Sur y de África que se miran) es bastante llamativa para cualquier mirada atenta que se fije en un mapa mundial suficientemente preciso, algo que ya empezaba a ser posible con la cartografía del siglo XVII. El mismo Alexander von Humboldt había mostrado también sorpresa por tal circunstancia, aunque no llegara a establecer ninguna hipótesis explicativa de esa coincidencia basada en la movilidad continental.

 

Se ha especulado también con el hecho de que unos pocos años antes de que lo hiciera Wegener, un geólogo americano llamado Frank Taylor había publicado sus ideas sobre la movilidad de los continentes. Curiosamente, Taylor no orientaba sus sospechas en la dirección de la coincidencia entre las líneas de costa, sino en la curiosa continuidad que muestran algunos materiales rocosos a un lado u otro de los continentes hoy separados por el océano. El trabajo de Taylor, mucho menos elaborado y riguroso que el que luego presentaría Wegener, no tuvo apenas trascendencia y pronto pasó al olvido. Hoy no está claro el grado de conocimiento y la posible influencia real que para Wegener tuvo ese trabajo de Taylor, aunque existe una carta de Taylor donde reivindica el temprano conocimiento que Wegener tenía de su libro, aunque éste nunca lo manifestó. Algunos autores han llegado a sugerir un cierto paralelismo entre las figuras de Taylor y Wegener con las de Wallace y Darwin, pero no hay pruebas suficientes de la influencia reclamada y tampoco hay una situación de semejanza suficiente entre ambos casos. Por ello, Taylor no suele ser demasiado recordado a la hora de reconocer la autoría en el origen de las propuestas de la movilidad continental.

 

Debido a la influencia internacional que alcanzó la tercera edición de su obra (recordemos que fue traducida a varios idiomas), Wegener fue invitado en 1926 a una reunión internacional organizada por la Asociación Americana de Petrogeólogos celebrada en Nueva York, con el fin de que explicara y defendiera allí sus ideas. Aunque de forma ciertamente exagerada, algunos han llegado a comparar este acontecimiento con la comparecencia de Galileo ante la Inquisición, refiriéndose así al considerable grado de ataque personal a Wegener que tuvo tal acontecimiento, con intervenciones que discurrían muy próximas a la idea que cualquiera puede tener de lo que es un insulto. Desde luego, la comparación no es exacta ni probablemente pertinente, pero lo cierto es que la cita representó un auténtico varapalo para las tesis de la deriva continental, a las que se relegó al desprecio durante casi 30 años. Sin embargo, aunque de forma minoritaria, lo cierto es que dicha reunión también permitió a Wegener sembrar algunas inquietudes y dudas entre algunos importantes miembros de la comunidad geológica internacional.

 

Lo que sí causó a Wegener la intensa y feroz polémica que generó la teoría de la deriva continental desde su primera publicación fueron muchos problemas profesionales, poniendo en evidencia una de las facetas humanas más sonrojantes del mundo científico. De hecho, Wegener perdió cualquier posibilidad de ser contratado por una universidad alemana, y finalmente tuvo que conformarse con un puesto para enseñar meteorología y geofísica en la universidad austriaca de Graz, en 1924. Un frecuente motivo de ataque a Wegener era el hecho de que se trataba, desde el punto de vista de su formación disciplinar, de un meteorólogo y astrónomo (por cierto, muy bien reconocido desde joven: ya a los 30 años había publicado un importante libro sobre la termodinámica de la atmósfera que tuvo una excelente acogida en el ámbito de la meteorología) y no de un geólogo, aspecto éste que molestó profundamente a muchos de sus adversarios de esa profesión, que le consideraban un aventurero advenedizo que hacía incursiones en un campo que no era el suyo.

 

Wegener insistió particularmente en aportar pruebas sobre el movimiento continental, construyendo con ellas el cuerpo central de su libro. Tales pruebas se agrupan en cuatro tipos de argumentos: geofísicos, geológicos, paleontológicos y paleoclimáticos. La riqueza de los argumentos que esgrimió y la acumulación de observaciones y datos al respecto constituyen, sin duda, el gran trabajo de Wegener. Además, durante los diecisiete años que median entre la primera presentación escrita de sus ideas sobre la deriva continental, de 1912, y la publicación de la cuarta edición de su libro (la última antes de su muerte), ocurrida en 1929, consiguió incrementar de forma notable la calidad y cantidad de estas. Sin embargo, el flanco más débil de sus tesis radica en la incapacidad de encontrar una causa suficiente y capaz de justificar el movimiento de los continentes que preconizaba. No era ésta una empresa fácil, desde luego, dada la enorme cantidad de energía necesaria para explicar la deriva. Wegener, en este asunto, buscó las causas en la rotación de la Tierra y en los movimientos de tipo mareal que la gravedad de la Luna y del Sol provocan sobre nuestro planeta; pero él mismo era consciente de que ninguna de ellas eran fuerzas ni satisfactorias ni suficientes para justificar el movimiento de los continentes, y sabía que las fuerzas no halladas habían de ser las mismas que explicaran la formación de las grandes cordilleras, la existencia de los terremotos o los fenómenos volcánicos. En su última revisión de la teoría escribió, con amargura: "el Newton de la teoría de la deriva aún no ha aparecido". Aunque la ausencia de esa causa suficiente y creíble para el movimiento de los continentes era, para Wegener, en cierto modo, lo que la carencia de una teoría válida de la herencia lo era para Darwin, la teoría de la evolución no perdió por ello seguidores, mientras que en el caso de la deriva representó un argumento temporalmente insuperable. Si la teoría de la evolución por selección natural triunfó casi inmediatamente en los ámbitos científicos (que no en los sociales, alarmados por lo que significaba en el pensamiento de la gente sobre su propio origen), la teoría de la movilidad de los continentes tendría que esperar medio siglo para poder atisbar el reconocimiento y la aceptación de la comunidad de científicos de la Tierra.

 

Los argumentos a favor de la deriva de los continentes

 

Como ya hemos apuntado, si se repara en la forma de los continentes, se advierten algunas coincidencias de sus perfiles que parecen alejadas de lo que permitiría el azar. Esto sucede particularmente al comparar la forma de las costas continentales del Atlántico Sur: la costa sudamericana, desde Venezuela hasta Tierra del Fuego, sigue un perfil asombrosamente especular del que adopta la costa africana entre Senegal y la región del Cabo, en Sudáfrica. Si elimináramos el espacio que actualmente ocupa el océano, ambos litorales se acoplarían bastante bien.

 

Esta es la parte más evidente de las coincidencias geográficas entre costas, pero todas ellas no se reducen a eso. Si, alimentados por este primer descubrimiento nos volvemos más audaces y tratamos de retorcer un poco los continentes y moverlos, encontraremos otras coincidencias curiosas. Así, al plegar el continente africano algo hacia su derecha y arriba, a la vez que giramos ligeramente Asia, podemos comprobar que las costas también se reflejan un poco unas en las otras: el triángulo indio encuentra cierta conformidad en las costas del este africano y la zona arábiga se ajusta muy bien en el hueco que media entre Europa, Asia y África. También, con un poco de imaginación, las costas de la parte norte del globo pueden encajar entre sí, aunque aquí hay que poner un poco más de buena voluntad: el área noreste del continente norteamericano se refleja en la costa de Groenlandia que le mira, mientras parte de ésta puede relacionarse con las costas septentrionales europeas, donde, eso sí, hay que tener en cuenta las plataformas continentales existentes bajo el mar, que no son sino partes de los continentes sumergidas bajo las aguas (en realidad, esto habría que hacerlo en todos los casos, pero, cuando las plataformas son pequeñas y de anchura constante, puede prescindirse de su consideración sin mayores problemas). Desde luego en este último caso, las coincidencias resultan menos evidentes, pero aún así se pueden encontrar ajustes aceptables.

 

A un mayor detalle, nuevas coincidencias continúan apareciendo. Por ejemplo, en el caso de la costa cantábrica española y la atlántica francesa, desde el vértice vasco común hasta las puntas de los finisterres bretón y gallego, podemos cerrar el compás abierto como si fueran las hojas de una tijera.

 

¿Existe alguna explicación para estas coincidencias o se trata de meras casualidades?

 

Esta fue la primera observación que llamó la atención de Alfred Wegener allá por 1910; (y antes a personas tan relevantes como Humboldt y, quizás, el propio Francis Bacon). Pero pasar de la advertencia de estas coincidencias a proponer un mecanismo explicativo fue sólo mérito de Wegener.

 

La coincidencia entre las líneas de costa resulta tanto más asombrosa cuando se advierte también una cierta continuidad entre los materiales geológicos que forman parte de las estructuras rocosas de los continentes a un lado y otro de esas mismas costas coincidentes (algo que, ya hemos señalado, advirtió Taylor). En el Atlántico, tanto en el norte como en el sur, aparecen varias de tales continuidades: las rocas de Santa Catarina, en Brasil, y las de Karroo, en Sudáfrica, por ejemplo, son del mismo tipo geológico; algo que también ocurre con los sistemas armoricanos de Norteamérica y los caledonianos del norte de las Islas Británicas. Al decir de Wegener, es como si nos enfrentáramos con los trozos procedentes de una hoja de papel previamente escrita y luego rota en varios pedazos: primero, la coincidencia de los bordes, y, luego, la de las líneas escritas constituirían sendos fundamentados argumentos que nos pondrían sobre aviso acerca del origen único y fragmentado de los pedazos de papel. La coincidencia entre las líneas continentales se refuerza ("a la enésima potencia", dirá Wegener) con el argumento de las continuidades a uno y otro lado de los hipotéticos trozos fragmentados.

 

Lo anterior debería valer tanto para el material geológico y las formaciones montañosas como para aquellos otros factores de igual valor a la hora de permitir reconstruir las viejas relaciones de continuidad entre los fragmentos de lo que fue una unidad. Este fue el pensamiento que lanzó a Wegener a la búsqueda de pruebas sobre los diferentes tipos de continuidades que apoyarían sus ideas (hay que pensar que Wegener buscaba la forma de demostrar que un único continente antiguo se había fragmentado en los trozos actuales). Dos fueron, por ello, las líneas de investigación que planeó: una, basada en la presencia de fósiles y, la otra, procedente del campo de su especialidad profesional: las huellas de antiguos climas. La hipótesis por defender radicaba en todos los casos en las posibles similitudes a un lado y otro de las áreas contiguas en el pasado, centrando la búsqueda, lógicamente, en los tiempos en los que la hipotética continuidad debería ser un hecho, es decir, justo antes de la fragmentación. Los datos que logró reunir en ambos casos fueron admirables.

 

Wegener aplicó con especial fervor sus conocimientos meteorológicos en la búsqueda de pruebas y argumentos a favor de su teoría. Para dicha empresa contó, además, con la inestimable colaboración de uno de los más importantes climatólogos de la época, que, además, era su suegro: Vladimir Koppen, con quien publicó en 1924 un libro titulado "Los climas del pasado geológico".

 

Los principales datos paleoclimáticos aportados por Wegener a favor de la deriva continental se basan en la disposición de las tillitas. Las tillitas son restos bastante heterogéneos formados por trozos mal compactados de rocas, arrastrados y posteriormente abandonados por los glaciares al llegar a zonas más llanas donde éstos pierden su capacidad de transporte: ahí es donde la acumulación de las tillitas forma las conocidas morrenas.

 

La presencia de tillitas en lugares hoy libres de hielos permanentes representa una prueba de la existencia en esos enclaves de antiguos climas glaciales. Del mismo modo, la existencia de tillitas de similar antigüedad en lugares de diferentes continentes actuales que, de acuerdo con la teoría de Wegener, habrían estado colindantes en el pasado al formar parte de una misma masa continental, supondría una prueba a favor de la movilidad continental. Y las había en Sudáfrica y en Brasil, en la India y en Australia. No sólo coincidían las áreas glaciares, sino que también eran coherentes las direcciones que debió seguir el movimiento del hielo (desde el centro hacia la periferia de los casquetes glaciares, como ocurre hoy en la Antártida), aportando así nueva información al puzzle de continentes cuyas piezas trataba de hacer encajar Wegener.

 

Igual que ocurría con las tillitas en el caso de los climas fríos, la presencia de carbones supone un serio indicio de antiguos climas cálidos y húmedos: constituyen, pues, otro tipo de hallazgos interesantes. El estudio de los climas antiguos aportó, también, una buena cantidad de argumentos a favor de la fragmentación y la movilidad continental.

 

En el caso de las pruebas paleontológicas, Wegener vuelve a utilizar la idea de la continuidad de huellas del pasado en continentes hoy alejados que supone estuvieron juntos. En este caso, la búsqueda se dirige a los restos fósiles de las mismas especies o de especies muy próximas que, según la teoría evolutiva, deberían haber tenido originalmente una distribución biogeográfica continua. Wegener utiliza particularmente los datos de dos fósiles: uno es Mesosaurus, un reptil de finales del Paleozoico que aparece hoy fosilizado en rocas de Brasil y de Sudáfrica; el otro es el género Glossopteris formado por plantas presentes en todos los continentes septentrionales, es decir, aquellos que habrían formado parte, según la deriva continental, de Gondwana.

 

La presencia de restos fósiles de las mismas especies en continentes alejados no había pasada desapercibida antes de Wegener. Después de la aceptación de las ideas evolutivas, esa cuestión exigía una explicación, pues, como había dejado escrito Darwin: “la opinión más probable es la de que cada especie ha sido producida en una sola área y que posteriormente ha emigrado de esta área hasta donde se lo han permitido sus facultades de emigración y subsistencia, bajo las condiciones pasadas y presentes”.

 

Encaje de los continentes y algunas pruebas paleontológicas de la deriva continental

 

 

Dado que existían barreras geográficas imposibles de atravesar por especies que, sin embargo, aparecían en zonas hoy separadas por ellas, la mejor explicación radicaba en pensar que tales barreras no habían existido en algún momento del pasado, permitiéndose así el paso. Eso es lo que pensaba tanto Wegener como la mayoría de sus predecesores que se habían ocupado de la cuestión. Pero, a diferencia de la hipótesis del movimiento continental, los naturalistas habían buscado la causa del paso en la posible existencia de puentes entre continentes, que luego habrían desaparecido. La mayoría pensaba que tales puentes continentales permanecían desde el Cretácico ocultos bajo el mar, lo que se relacionaba con la existencia de leyendas antiguas que hablaban de continentes o grandes islas desaparecidos, de las que la más conocida era la famosa "Atlántida".

 

La hipótesis de los puentes continentales no sólo permitía justificar la existencia de fósiles de la misma especie en lugares hoy incomunicados; también ofrecía pistas para explicar la distribución de muchos grupos actuales. La existencia de grupos únicos en zonas aisladas, como era el caso de los marsupiales en Australia, se explicaba bien, a partir de Darwin, desde la idea de una evolución aislada, sin contacto con otros mamíferos. Darwin, de hecho, había hablado en su libro sobre la diversificación de formas, un concepto que luego se llamaría radiación adaptativa. Se trata de un proceso por el cual a partir de una única especie original se pueden producir diferentes formas con distintas adaptaciones, que evolucionarán así en líneas diferentes e, incluso, divergentes. En su viaje a bordo del Beagle, Darwin había podido comprobar la importancia del aislamiento insular en la aparición de esas formas locales particulares, es decir, en la “especiación” o mecanismo de formación de nuevas especies, y pensaba que el área o superficie donde ocurría ese proceso constituía el factor más importante para la posibilidad de aparición de nuevas formas (algo que, en cierto modo, corroborarían más de un siglo después Robert MacArthur y Edward Wilson en su importante tratado sobre la Biogeografía insular).

 

En el caso concreto de los marsupiales (un grupo importante en esta cuestión debido a su particular y restringida distribución) la presencia de unas pocas especies del grupo (las zarigüeyas) en Sudamérica exigía recurrir a una posible comunicación antigua, luego abortada, entre ese continente y Australia. La comunicación era posible si se admitía la existencia pretérita de unos hipotéticos puentes de tierra entre ambos continentes. Pero, debido al alejamiento entre ambas masas de tierra, la explicación se volvía poco verosímil. Pero también era posible mantener el origen evolutivo común si se aceptaba la movilidad de los continentes que proponía Wegener. La cuestión, pues, se reducía a ver cuál de las dos explicaciones posibles era más consistente. Para Wegener, desde luego, su hipótesis era la más razonable.

 

Los argumentos esgrimidos para defender la movilidad de los continentes presentaban algunas dificultades prácticas a la hora de su defensa, ya que exigían considerar  no sólo el movimiento mismo de los continentes, sino también tener en cuenta la compleja cuestión de la migración de los polos, un proceso que ya era conocido por entonces, aunque de una forma tan sólo aproximada. De hecho, el propio Wegener trabajó mucho en este tema. La cuestión estriba en que si tratamos de llevar sobre una esfera terrestre tanto los posibles movimientos de los continentes como los desplazamientos de los polos, las deducciones que obtenemos sobre la ubicación de antiguos climas y sus consiguientes efectos en la fauna y la flora antiguas no resultan ser demasiado sencillas.

 

En los años finales de la década de 1920, el buque alemán Meteor había estado aportando una gran cantidad de información sobre la batimetría del océano Atlántico. De sus datos se deducía la existencia de un largo valle central que dividía la cuenca, situándose a una profundidad menor que la que caracteriza la mayor parte del océano. Además, las cadenas de relieves laterales que delimitan ese valle se elevaban a una cierta altura sobre la profundidad oceánica media. Wegener (que, recordemos, murió en 1930) no tuvo probablemente oportunidad de analizar los nuevos datos, los cuales, tal vez, podrían haberle hecho sospechar el origen reciente de esa parte central de la cuenca oceánica, relacionándola con su idea de la movilidad continental. Ello le habría permitido, quizás, adelantar la propuesta sobre el origen y crecimiento de las cuencas oceánicas que conduciría finalmente hacia la moderna teoría de la tectónica de placas. Sin embargo, nada de eso ocurrió, tal vez porque los hielos groenlandeses lo impidieron, o quizás porque aún era demasiado pronto para que tales ideas cuajasen. En cualquier caso, habría que esperar aún tres décadas más hasta que tales ideas tomaran cuerpo real.


 

  

VI. FUSIONES Y SÍNTESIS: NUEVOS PARADIGMAS EN LA BIOLOGÍA

 

 

“La emergencia del mendelismo, lejos de ser antagónica de las condiciones darwinianas (como afirmaron, por cierto, los primeros mendelianos en los años que siguieron a su redescubrimiento) hace que la interpretación seleccionista de la evolución sea mucho más sencilla”

Julian S. Huxley

Evolución: la síntesis moderna

 

 

La veloz progresión de la genética y de la biología molecular, aunque trajo inicialmente un cierto rechazo u olvido de la teoría de la selección natural de Darwin, terminó haciéndola converger con el enfoque evolutivo. En realidad, la síntesis, que tendrá lugar a mediados del siglo XX, significaba resolver la cuestión del talón de Aquiles de Darwin. La teoría sintética de la evolución suministrará a las tesis darwinianas la aportación esencial del conocimiento del mecanismo hereditario; pero, además, la síntesis supondrá conciliar la zoología, la paleontología o la ecología con la teoría evolutiva.

 

Genética y biología molecular: las reinas del siglo XX

 

Desde el redescubrimiento, en 1900, de las leyes mendelianas, se sabía que la herencia se transmite por unidades de tipo discreto. Esto significaba que hay factores hereditarios concretos y singulares, responsables de los caracteres por los que los hijos se parecen a los padres.

 

Durante las primeras décadas del nuevo siglo XX, los avances que experimenta el campo de la genética son espectaculares. Poco a poco, cada una de las principales incógnitas que planeaban sobre los procesos de transmisión de la herencia se va desvelando. Algunos descubrimientos anteriores (como el de los cromosomas, que tuvo lugar entre la publicación por Mendel de su trabajo y el redescubrimiento de sus leyes) empezaban ahora a cobrar sentido con la nueva interpretación que traía la genética. La teoría cromosómica de la herencia se concretará durante los primeros años del siglo de la mano de Sutton y Boveri, quienes, en 1902 y 1903, respectivamente, identifican a los cromosomas como los portadores de la información genética. Desde entonces, la alianza que se establece entre la morfología (es decir, los componentes físicos de las células que se observan con el microscopio) y la fisiología (los procesos biológicos deducibles de los experimentos genéticos) presidirá la veloz construcción de la moderna biología celular, molecular y genética.

 

Una de las figuras más destacadas en estos inicios de la genética moderna es la de Thomas Morgan, a quien debemos la genial intuición de centrar la investigación genética en un tipo de moscas del vinagre, cuya genética es más "controlable" que la que ofrecen los organismos más complejos. De hecho, el laboratorio de Morgan en la Universidad de Columbia, en Nueva York, era conocido como el “cuarto de las moscas”. Desde entonces, las "Drosophilas" se convertirán en el símbolo y emblema de la investigación genética.

 

Paralelamente al reconocimiento del papel fundamental que los cromosomas tienen en la transmisión de la herencia, se inicia la búsqueda de los constituyentes moleculares de aquellas estructuras celulares visibles durante las fases de la reproducción celular y que aparecían en el espacio que ocupaba el núcleo antes de descomponerse durante la mitosis o la meiosis. Ostwald Avery, Colin MacLeod y Maclyn McCarty consiguen identificar, en 1944, la sustancia química que forma esos cromosomas: se trata del ácido desoxirribonucleico o ADN.

 

Es el mismo año en que Erwin Schrödinger, el padre de la mecánica cuántica ondulatoria, publica un breve libro con un título ambicioso: "Qué es la vida", cuya influencia es notoria en la biología posterior. Este pequeño libro aborda la cuestión de la vida desde la óptica de los procesos fisicoquímicos y propone una definición de la vida consistente con la termodinámica física. Aparece con él una nueva concepción de la biología que trata de ser coherente con la moderna física y la química. Es un camino fructífero, aunque, como irá siendo evidente más adelante, la coherencia entre la fisicoquímica y la biología cuando supone la reducción de la biología a la mera aplicación de leyes fisicoquímicas a los componentes celulares corre el riesgo de hacer perder una visión sistémica de la vida.

 

Mientras, se sigue estrechando el cerco científico que la biología tiende sobre el gen, aunque tendrá que transcurrir bastante tiempo aún antes de que sean aclaradas varias de las cuestiones fundamentales derivadas de ciertos experimentos y se produzcan nuevos descubrimientos claves. Uno de éstos, sin duda, es el desentrañamiento de la compleja estructura helicoidal de la molécula de ADN, un hito científico de gran repercusión en la historia de la biología, publicado por James Watson y Francis Crick en 1953.

 

Naturalmente, durante todo este prodigioso periodo de desarrollo de la genética y la biología molecular moderna participan numerosos investigadores y centros científicos, pues ya la ciencia no funciona al modo de los viejos naturalistas, sino que ahora la investigación exige la formación de amplios equipos de científicos trabajando en laboratorios sofisticados y bien dotados de medios. Así, se suceden espectaculares avances en los conocimientos sobre los procesos genéticos y metabólicos, lo que realimenta el interés por invertir en los programas de investigación de estos campos. Si el nuevo siglo había comenzado con la vista puesta en los enormes progresos conseguidos en el campo de la física, hacia mediados del siglo serán la biología molecular y la genética quienes asuman un nuevo protagonismo en la atención científica.

 

La síntesis evolutiva

 

Dentro del campo de la genética, una línea fecunda de investigación será la que busca identificar cómo se produce la herencia no ya en los individuos, sino en las poblaciones biológicas. El conocimiento cada vez más detallado de los mecanismos de herencia de los caracteres entre padres e hijos, junto a los sofisticados métodos matemáticos de tipo estadístico, permiten enfrentarse a la cuestión de predecir los cambios genéticos en el tiempo y a la escala de los grupos de individuos que viven juntos e intercambian genes. De la mano de la matemática nacerá la genética de poblaciones en la que destacarán los nombres de Ronald A. Fisher y de J.B.S. Haldane en Gran Bretaña, y de Sewall Wright en Estados Unidos, quienes, en torno a los primeros años treinta, sientan las bases de la nueva ciencia. A ellos se sumará Theodosius Dobzhansky, un naturalista de campo pasado a genetista, que se había trasladado desde la Unión Soviética a los Estados Unidos con el fin de incorporarse al equipo de Morgan, el más importante en la genética de aquellos tiempos.

 

Dobzhansky se convertirá en una figura clave para la interlocución de los genetistas de poblaciones con los matemáticos, aunque él mismo no poseía demasiadas capacidades matemáticas: a tal respecto valga la referencia de su sincera y simpática carta dirigida a Wright y escrita en 1937, utilizada por el historiador Peter Bowler para mostrar sus dificultades matemáticas. En ella dice Dobzhansky: “Apenas leí (o traté de leer) tu artículo (…) estoy gozoso de verlo, aunque mis conocimientos matemáticos no son suficientes para leerlo y entenderlo completamente. Pero he hecho lo mismo que con otros artículos: leí las partes del texto que preceden y siguen a las matemáticas, y me salté estas últimas con la seguridad de que se aplica a ellas la expresión ‘papi sabe cómo’”. Su inspiración consistió en seguir la estela de Sewall Wright y adoptar la metáfora del “paisaje adaptativo”, según la cual las poblaciones se sitúan sobre los picos y cumbres de un paisaje que presenta las diferentes formas adaptativas en la forma de un relieve. En palabras del filósofo Michael Ruse: “Dobzhansky sentó las bases de toda una tradición de investigación en cuyo marco otros investigadores podían afanarse en buscar una comprensión predictiva al nivel causal”. Después de él, “los evolucionistas contaban por fin con algo que hacer y una manera de hacerlo”.

 

Theodosius Dobzhansky

 

 

El libro clave de Dobzhansky, titulado "Genética y el origen de las especies", se publicó en 1937 y se sitúa en la línea de aquellos textos que, desde los diferentes campos de la biología, se mueven con una misma intención: la de actualizar y hacer coherente la teoría de la evolución con los nuevos campos biológicos. Es el caso de otros dos libros que vieron la luz en 1942: "Sistemática y el Origen de las Especies", escrito por el zoólogo Ernst Mayr, y "Evolución; la Síntesis Moderna", redactado por Julian Huxley, el nieto de aquel Thomas Huxley que fuera el más feroz defensor de la teoría de Darwin en sus inicios (fue conocido en su época como el “bulldog” de Darwin).

 

Dos años después de estas publicaciones, Georges Gaylord Simpson, un prestigioso paleontólogo, sumó su campo científico al empeño sintetizador con "Tempo y Modo en Evolución". Así, los años cincuenta se iniciaron con la evidencia de un amplio consenso sobre la cuestión de la evolución y la moderna biología, representado por el llamado neodarwinismo o teoría sintética de la evolución.

 

La irrupción de la ecología moderna

 

A la vez que se asiste al renacer general de la biología en los laboratorios a partir de la estructuración de las teorías genéticas (Dobzhansky dejará escrito que “nada en biología tiene sentido si no es a la luz de la evolución”), la ecología también recibirá un inusitado impulso por aquellas fechas. Aunque esta ciencia hunde sus raíces en los años de la segunda mitad del siglo XIX y asiste a un importante crecimiento durante las primeras décadas del siglo XX (del que ya hemos hablado), el enfoque definitivo que determinará su expansión moderna tiene lugar con la idea de la unidad funcional del ecosistema o sistema ecológico. La noción de sistema ecológico había sido vislumbrada por Tansley en 1935, quien propuso por vez primera el uso del término ecosistema. Ya vimos también que fue el malogrado Lindeman quien advirtió, en 1942, sobre la necesidad de considerar conjuntamente lo biótico y lo abiótico a la hora de tratar de interpretar el funcionamiento ecológico. Lindeman era alumno de G. Evelyn Hutchinson, sin duda alguna el más influyente de los ecólogos de su época, quien supo siempre trasladar a sus numerosos discípulos la preocupación por las interacciones que se establecen entre los componentes de los ecosistemas. Hasta que llegó Hutchinson, quienes trabajaban en ecología no la consideraban por lo general como una materia unificada, sino que cada cual avanzaban por su lado en sus trabajos sobre ecología vegetal, ecología animal o ecología acuática. Después de él, el ecosistema asumirá el papel central de objeto de estudio y la ciencia adoptará una nueva perspectiva.

 

Tras la Segunda Guerra Mundial, se produce la definitiva expansión de la ecología moderna, en cuya génesis tiene mucho que ver la creciente constatación de los daños ambientales que las sociedades humanas modernas infringen a la naturaleza, pero donde también tiene una influencia sustancial la simbiosis entre la teoría sintética de la evolución y la ecología de poblaciones. Estos enfoques son las que encuentran su personaje seminal en Hutchinson, quien fusionará ambos campos en el título de una conferencia clave que luego dio titulo a un pequeño libro: "El teatro ecológico y el drama evolutivo", publicado en 1965. Aplicando una poderosa visión científica y apoyándose en las tesis biogeoquímicas que ya el ruso Vladimir Ivanovich Vernadsky había incluido en su propuesta del término biosfera, Hutchinson supo trazar las líneas básicas del programa de investigación que caracterizará a la ecología moderna. Pocos científicos han sido maestros directos de discípulos tan relevantes como lo fue Hutchinson: R. H. MacArthur, H. T. Odum, J. Shapiro, L.B. Slobodkin, J.R. Vallentyne...

 

En su obra autobiográfica titulada El naturalista, Edward O. Wilson ofrece unas escuetas y sugestivas pinceladas que nos aportan información sobre Hutchinson: "Fiel a la tradición de Oxbridge, no se había molestado en doctorarse, prefiriendo transformarse en un científico polifacético de formidable talento. Era un espíritu libre, un ecléctico cuya mayor habilidad era juntar piezas sueltas hasta elaborar grandes conceptos. Daba la impresión de que jamás había encontrado un dato que no le interesase o no pudiera utilizar de algún modo, como tema para un ensayo o, como mínimo, para una nota a pie de página".

 

Tras la aportación de Hutchinson, la progresión de la ecología ha seguido un ritmo veloz, ampliando su marco tanto en la vertiente teórica como en la aplicación práctica, a la vez que profundizando en el talante sintetizador que la caracteriza, deudor del concepto de sistema. Fiel a ello, ha llegado a establecer relaciones fecundas con otros campos del conocimiento en la esperanza de alcanzar un marco más adecuado desde el que enfrentarse satisfactoriamente a la solución de los problemas ambientales, cuya gravedad y escala han ido creciendo conforme avanzaba el tiempo y la capacidad de impacto de la tecnología humana. Es el caso de la participación de la ecología en la generación y el actual desarrollo de la llamada economía ecológica, uno de los poco frecuentes ámbitos en los que las ciencias naturales y las ciencias sociales realizan un encomiable esfuerzo común por ser compatibles, simbióticas y transgresoras de una realidad científica por lo general demasiado parcelada y estanca, que la invalida excesivamente a la hora de enfrentarse a cuestiones complejas y multifacéticas.

 

En uno de sus libros, el biólogo Edward Wilson defiende la recuperación de la unidad del conocimiento en la ciencia, para la que utiliza el término “consilience”, sin más traducción al español que la literal. La noción de Consiliencia había sido anteriormente utilizada por William Whewell, el mismo que, en 1840, habló por primera vez del concepto de científico profesional: “la consiliencia de las inducciones tiene lugar cuando una inducción obtenida a partir de una clase de hechos coincide con otra inducción obtenida a partir de otra clase distinta. Dicha consiliencia es una prueba de la verdad de la teoría en la que se presenta”.

 

Wilson destaca que uno de los campos en los que esa unidad del conocimiento o “consiliencia” entre ciencias naturales y ciencias sociales avanza más nítidamente en la actualidad y tiene mayores perspectivas de progreso futuro es, precisamente, el de las ciencias ambientales, junto a los de las neurociencias, la genética del comportamiento humano y la biología evolutiva. Eso convertiría estos campos en los más fecundos de cara al enfrentamiento con los sistemas complejos, una cuestión que nos demanda la elaboración de nuevas herramientas científicas, en la opinión del biólogo norteamericano. También apunta a la necesidad de construir explicaciones por encima de la acumulación mera de datos, tal vez un problema grave en algunos campos modernos de la ciencia: “Nos estamos ahogando en información, mientras que nos morimos por la falta de sabiduría”. Sobre ello volveremos más adelante.

 

 

VII. RENACE LA MOVILIDAD CORTICAL

 

 

“Wegener abrió un tema de discusión más importante de lo que imaginó. Parece que para llegar a una conclusión necesitamos una verdadera revolución científica en nuestra forma de pensar”

J. Tuzo Wilson

Revolución en las ciencias de la Tierra

 

 

Una y otra vez la historia de los avances científicos nos reitera las dificultades con que se topan las nuevas ideas hasta lograr imponerse en el seno de la comunidad científica. Visto en retrospectiva, esta actitud aparentemente conservadora de los científicos puede parecer una rémora para el progreso científico, pero eso es porque solemos fijarnos casi exclusivamente en aquellos casos en los que las ideas desechadas o menospreciadas inicialmente fueron exitosas o fructificaron finalmente. En muchas otras ocasiones (en realidad, en una gran mayoría), la actitud "a la defensiva" de la comunidad científica evita abandonar caminos fértiles para caer en ideas alocadas, erróneas o simplemente inútiles.

 

La defensa que todo paradigma científico teje a su alrededor sirve para proteger el núcleo esencial de sus teorías y procede de la confianza que los científicos de ese momento han depositado en la validez y utilidad del marco teórico en el que trabajan. A la vez, representa un seguro frente a cualquier tipo de inventivas o propuestas, que resultan ser, frecuentemente, poco interesantes. El desarrollo normal de la ciencia, en la interpretación que sugirió Thomas Kuhn en su libro “La estructura de las revoluciones científicas”, ocupa la mayor parte del tiempo de trabajo de la gran mayoría de los científicos. Durante dicho desarrollo “normal” de la ciencia se investiga bajo un paradigma que no es cuestionado y que delimita los ámbitos teóricos generales aceptados. Solamente en momentos muy particulares, algunos científicos se salen de la norma, huyen de ese ambiente seguro que les ofrece el paradigma aceptado, para proponer una nueva forma de enfocar la resolución de los problemas científicos en su campo de conocimiento. Es entonces cuando se declara la guerra entre diferentes concepciones, cuando la ciencia entra en una fase de “revolución científica” en la que se dirime la primacía entre los paradigmas enfrentados (y Kuhn apunta, con gran escándalo para algunos, que, en tales momentos, no siempre pesan más ni deciden mejor los argumentos por ser más racionales). Por supuesto, a menudo las nuevas propuestas no consiguen sustituir al paradigma dominante y la pretendida revolución científica se queda en un intento aislado y fútil por cambiar las cosas. Tan solo en unos pocos momentos  de la ciencia, ciertas propuestas obtienen el éxito en su empeño por destronar una concepción científica antes preponderante: es entonces cuando es posible hablar de los nuevos paradigmas que cambian una ciencia.

 

En esas situaciones de revolución científica, poco frecuentes, la defensa que toda ciencia “normal” alza contra las aventuras revolucionarias puede haber construido un muro de muy difícil franqueo para las nuevas ideas: la batalla científica es entonces particularmente encarnizada. El grado de racionalidad que decide el debate, el peso que tienen en él los factores personales, sociales o políticos, y otras cuestiones de parecido tenor, adquieren un importante lugar en la interpretación que los historiadores y filósofos de la ciencia hacen del comportamiento de la comunidad científica.

 

Sea cual sea la forma en que se produce el cambio de ideas en el seno de una comunidad científica, lo cierto es que cuando dos grandes concepciones científicas se enfrentan, se producen situaciones en las que los nuevos y los viejos datos, y las observaciones o experiencias son interpretadas de forma paradójica y diametralmente opuesta por cada bando. Como señaló Kuhn: "durante las revoluciones los científicos ven cosas nuevas y diferentes al mirar con instrumentos conocidos y en lugares en los que ya habían buscado".

 

La influencia política y social que tiene (y que recibe) la ciencia en esos momentos es, desde luego, muy importante y es raro encontrar un debate científico de envergadura en el que no intervengan de forma destacada aspectos personales, sociales, políticos y humanos, a veces de una forma determinante.

 

Si estas cuestiones tiñeron de forma más que evidente la presentación y consolidación de la teoría evolutiva de Darwin en el seno de la victoriana sociedad británica y, luego, en el conjunto de la comunidad mundial de naturalistas, también encontramos factores de este tipo en el transcurso del dilatado debate sobre las teorías de la movilidad continental, aunque ahora el aparato tecnológico implicado en la investigación camuflará en mayor grado el profundo debate ideológico subyacente, donde vuelven a medrar los matices sociales y personales que siempre están presentes en la ciencia y en la naturaleza de los propios científicos.

 

J. Tuzo Wilson, perturbador de científicos

 

El séptimo de los Diez Picos de la Columbia Británica, en el occidente de Canadá, porta el nombre de pico Tuzo. Este nombre se puso en honor de una montañera llamada Henrietta Tuzo, que fue la primera que consiguió escalarlo. Henrietta fue una apasionada de las montañas que conoció en el Club Alpino de Canadá a quien luego sería su marido. Ambos formaron un matrimonio feliz, pero estricto, al decir de su hijo mayor, llamado John, nacido en 1908 en la ciudad de Ottawa.  

 

Muchos años después se otorgaría el nombre de Montes Wilson a ciertas cumbres antárticas, en este caso con el objeto de homenajear a aquel hijo mayor de Henrietta: John Tuzo Wilson, quien se convertiría también en apasionado montañero, pero, sobre todo, sería el arquitecto final de la teoría de la tectónica de placas, una magna teoría global capaz de explicar cómo se organiza y se mueve la superficie sólida del planeta. Con él se consolidó una teoría que vertebra toda la visión moderna de las ciencias de la Tierra, constituyendo el nuevo paradigma de estas ciencias.

 

En la década de los años 20, J. Tuzo Wilson disgustaba a sus profesores de la universidad de Toronto al pedir el traslado desde el primer curso de la carrera de física (que había superado con buenas notas) para seguir los estudios de geología. Se trataba del cambio desde una carrera prestigiosa (la física) hacia otra considerada de menor importancia, lo que significó un motivo de irritación para alguno de sus profesores, especialmente para su profesor John McLennan (que luego recibiría el título de Sir). El propio Wilson dirá más tarde, al justificar su cambio de carrera, que prefería la vida en el campo, desentrañando los misterios de la geología, al laboratorio, pues aunque admiraba la elegancia de las teorías físicas, la práctica de la física le parecía repetitiva y pesada.

 

Afortunadamente para el joven Tuzo Wilson, su nuevo profesor Lauchland Gilchrist, que entonces trabajaba en un proyecto conjunto canadiense-norteamericano de prospección minera, tenía un gran interés en la aplicación de la física al campo geológico, lo que hizo que incluyera en la formación de Wilson una mezcla de física y geología, algo inusual entonces. De hecho, en uno de los dos cursos de geofísica preparados expresamente por Gilchrist, Wilson era el único alumno. Tuzo Wilson se convirtió así, en 1930, en el primer graduado en geofísica, aquel mismo año en que Wegener fallecía trágicamente en Groenlandia.

 

Tuzo Wilson

 

La personalidad de Wilson era la de un hombre inteligente, activo, imaginativo y bastante iconoclasta. La frase suya: "yo disfruto y siempre he disfrutado perturbando a los científicos" resume adecuadamente su talante, a la vez que da idea de su portentosa capacidad científica, que le permitía convertir lo que aparenta ser una vulgar chulería en realidad. Viajero infatigable, recorrió a lo largo de su vida más de un centenar de países, aunque siempre mantuvo en Canadá su centro de trabajo. Además de la investigación y la docencia formal, su interés por la divulgación le llevó a encargarse de numerosas actividades encaminadas a hacer popular el conocimiento científico. De hecho, durante los últimos años de su vida (murió el 15 de abril de 1993) dirigió el Centro de la Ciencia de Ontario, desde donde hablaba sobre la importancia de la ciencia a adultos, jóvenes y niños, fomentando la participación activa de los visitantes, en la línea del aprendizaje lúdico que tratan de impulsar esas nuevas instituciones de la divulgación científica.

 

Los primeros años después de Wegener

 

En la década de los años treinta, Tuzo Wilson realizó sus estudios de doctorado en la universidad de Princeton. Allí conoció al entonces joven profesor de mineralogía Harry Hess, quien se convertiría luego en una de las figuras clave para la progresión de la geología hacia la teoría de la tectónica de placas. Ambos levantarían algunos de los hitos fundamentales en la construcción de la teoría de la tectónica global, aunque, desde luego, por entonces no lo sabían. Eran años en los que las ideas de Wegener circulaban de forma muy limitada y bastante poco influyente entre la comunidad de geólogos. En realidad, tras la muerte del científico berlinés, apenas dos hombres importantes en la geología del momento habían adoptado de una forma destacada la misión de relevarle en la continuación de la defensa de la teoría de la deriva: Arthur Holmes y Alex du Toit.

 

El británico Arthur Holmes era muy conocido por sus trabajos en rocas plutónicas y por la elaboración de una escala geocronológica absoluta para los materiales terrestres, utilizando para ello la nueva forma de datación que permitía la presencia de minerales radiactivos en las rocas; un procedimiento que (recordemos) había acabado con las últimas ideas sobre una Tierra joven (batalla en la que, hasta los años finales del siglo XIX, se había batido, en el bando equivocado, Lord Kelvin). Holmes creía en la deriva continental de Wegener y propuso un modelo explicativo para la movilidad de los continentes (el talón de Aquiles de la teoría) más creíble que el que encontró Wegener. También elaboró ciertas propuestas para la construcción de un posible modelo explicativo de las capas superficiales terrestres.

 

Por su parte, desde su Sudáfrica natal, Alex du Toit, se interesaba por las coincidencias geológicas que mostraban su país y Brasil. Como resultado de sus trabajos, presentó en 1927 (aún en vida de Wegener) los resultados de un interesante trabajo sobre la cuestión, elogiosamente recogidos por el padre de la teoría de la deriva continental en la última edición de "El Origen de los continentes y los océanos". A la muerte de Wegener (y hasta la suya propia, ocurrida en 1948), Du Toit siguió siendo un defensor a ultranza de la teoría de la deriva de los continentes.

 

Sin embargo, a pesar de las aportaciones y los desvelos de Holmes, Du Toit y unos pocos geólogos más, la teoría de Wegener no lograba alcanzar el rango de aceptación suficiente entre los geólogos. Por otra parte, el desconocimiento general que había sobre las formas del relieve y la geología de los fondos marinos profundos representaba un considerable obstáculo a la hora de debatir o proponer cualquier teoría global sobre la superficie del planeta, como era la deriva continental.

 

En este panorama, un hecho tan lamentable como el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial impulsó la aparición de una salida a esta situación de bloqueo. Los esfuerzos que cada uno de los bandos en guerra desarrolló para dotarse de una maquinaria bélica superior a la del enemigo, provocaron grandes avances tecnológicos con efectos considerables en las capacidades técnicas necesarias para conocer mejor el planeta. A la par, el interés por conocer mejor los nuevos lugares de conflagración, entre los que se encontraban los fondos marinos ahora surcados por submarinos, empezó a suministrar nuevos y cruciales datos acerca de las características de sus relieves; datos que se revelaron muy útiles para la investigación geofísica posterior. La prioridad concedida a los intereses militares y bélicos por los gobiernos en conflicto posibilitó que se realizaran las inversiones necesarias para alcanzar los desarrollos tecnológicos y científicos precisos, un hecho que no había ocurrido en el mismo grado en las situaciones de paz. Hoy vemos aquella guerra como un tiempo de extraordinario impulso para los avances científico-tecnológicos del siglo, lo que no deja de ser un motivo de reflexión sobre el triste comportamiento de las sociedades humanas. Al final del conflicto, se producirá un vuelco en la situación de la geología y la geofísica motivado por los nuevos datos e informaciones.

 

Los prodigiosos años...cincuenta

 

En los últimos años de la Guerra, la situación realmente no había mejorado mucho para la causa de la deriva continental; incluso podría decirse que en algunos aspectos había empeorado. Como ha señalado el geólogo Hallam, por aquellos años la comunidad de paleontólogos –aquellos que desarrollaban su trabajo en una de las cuatro áreas de argumentación que había utilizado Wegener para defender sus ideas- se había vuelto casi totalmente hostil a la idea de la deriva de los continentes. A las rotundas palabras pronunciadas en 1943 por una persona del prestigio de Georges Simpson, desestimando la capacidad de la deriva continental para explicar la distribución de los mamíferos en el pasado (un campo en el que era considerado el mayor experto mundial), sucedió la constatación, cinco años más tarde, de que la gran mayoría de los paleontólogos presentes en un importante simposio sobre la evolución y la distribución en el pasado de los seres vivos, celebrado en los Estados Unidos, se manifestaban contrarios a las tesis de Wegener.

 

Harry Hess, al que ya hemos mencionado, había pasado la II Guerra Mundial al mando de una unidad naval, circunstancia que aprovechó para realizar un detallado estudio cartográfico de buena parte del fondo del Océano Pacífico. De aquel estudio procede la primera observación en detalle de las grandes montañas volcánicas submarinas que poseen una cima plana, a las que denominó "guyots". El interés de los guyots aquí reside en el significativo papel que jugaron al destruir varios mitos anteriores sobre los fondos marinos y, particularmente, la idea de que éstos eran extensas llanuras básicamente carentes de relieve. En aquel primitivo modelo anodino de fondo marino, la única excepción importante a la planicie general la constituían las dorsales, que por entonces eran todavía mal conocidas. Ahora, sin embargo, se empezaban a ver los extensos fondos marinos profundos como áreas en las que existían importantes relieves que, además, seguían ciertas pautas y regularidades generales en su distribución, lo que demandaba una explicación geológica.

 

En la nueva visión del fondo marino, las dorsales formaban largas cadenas volcánicas que surcaban el centro de las grandes cuencas oceánicas; pasaron, por ello, a convertirse en uno de los primeros objetivos de la especulación científica sobre la geología submarina. Aunque ya la exploración oceanográfica del buque Challenger, realizada entre 1872 y 1876, había mostrado indicios de la existencia de esas crestas submarinas y, posteriormente, Holmes había escrito y trabajado sobre ellas, hubo que esperar hasta 1956 para poder disponer de datos suficientes con los que trazar un mapa aceptablemente preciso del relieve submarino, donde se apreciaba la extensión y dimensiones de las dorsales. Posteriores trabajos in situ confirmaron la existencia de abundantes procesos volcánicos coincidentes con el trazado lineal de dichas dorsales.

 

Durante la década de los años cincuenta también se produjeron importantes avances en algunos otros frentes científicos que, más tarde, resultarían fundamentales para la construcción del modelo de tectónica global. La fabricación de magnetómetros capaces de medir de forma fiable y eficaz la dirección magnética que adoptan los minerales magnetizables que forman parte de las rocas abrió la posibilidad de investigar los posibles cambios de dirección del campo magnético terrestre en el pasado, comprobándose que se trataba de un fenómeno frecuente en la Historia de la Tierra. El mecanismo de estudio se basaba en que los magmas, al enfriarse y solidificarse, habían "conservado" la dirección del campo magnético terrestre que existía en el momento de dicho enfriamiento y solidificación de aquellos de sus minerales que llevaran en su composición metales magnetizables, dejando dicha orientación magnética impresa en la roca final. Esas rocas se convierten así en verdaderas brújulas fósiles, de manera que, sabiendo el momento de su formación (y eso ya era posible con la tecnología de la datación radiactiva), resultaba posible reconstruir la variación del campo magnético terrestre en el pasado.

 

Este tipo de estudios demostraron que el campo magnético de la Tierra había variado de diferentes maneras: por una parte, se comprobó que la orientación paleomagnética que adoptaban los minerales de las rocas ubicadas en diferentes continentes y procedentes de diferentes épocas sólo era explicable a partir de alguna de las dos hipótesis siguientes (o de ambas a la vez): o bien por un cambio en la posición de los polos magnéticos, o bien por un cambio en la posición de cada continente. Ambas hipótesis ya habían sido manejadas por Wegener varias décadas antes, aunque entonces no consiguiera encontrar pruebas del valor de las que ahora aportaban las nuevas técnicas paleomagnéticas.

 

Además, apareció otra circunstancia sorprendente, advertida al estudiar lavas islandesas recientes: por alguna razón, y cada cierto tiempo, el campo magnético terrestre sufría una inversión total, de manera que el Norte magnético pasaba a convertirse en el Sur, y viceversa. Eso permitía diferenciar periodos en los que el magnetismo era “normal” (por analogía con la situación actual) y periodos en los que el magnetismo estaba invertido. Ello hacía posible construir un mapa cronológico detallado con la sucesión de tales periodos, normales e invertidos, en la historia de la Tierra.

 

El círculo que formaban los datos se iba cerrando alrededor de la presa: la explicación de los relieves submarinos que tapizan el fondo de las grandes cuencas oceánicas, con aquellas enormes dorsales. La creciente acumulación de nuevos datos sobre la distribución de los continentes en el pasado, la inversión y la migración de los polos y la posibilidad de cruzar y contrastar todos aquellos datos paleomagnéticos con la edad de las rocas abría un abanico de nuevas expectativas para la interpretación, el conocimiento y la experimentación en las ciencias de la Tierra, como no había sido posible imaginar antes.

 

Recogiendo frutos: la hipótesis de la expansión de los fondos oceánicos

 

En 1960, Hess realizó una primera presentación previa de su hipótesis de la expansión de los fondos oceánicos a partir de las dorsales. La presentación tomó la forma de publicación científica durante 1962. La hipótesis de la expansión de los fondos oceánicos defendía su generación en las propias dorsales, mediante la salida de magmas procedentes de alguna parte del interior terrestre. Estos magmas, una vez enfriados, se adosaban a la parte rígida superficial del fondo marino e iban "abriendo poco a poco " la cuenca oceánica. El proceso de apertura y crecimiento de la superficie sólida del planeta se veía contrarrestado con la desaparición de otros fondos marinos ubicados en las zonas ocupadas por las fosas o trincheras oceánicas, a una gran profundidad, en donde un nuevo proceso, que recibió el nombre de subducción, hacía desaparecer las rocas y los sedimentos hacia el interior del manto terrestre, donde se fundirían para convertirse nuevamente en magmas.

 

 

     

Harry Hess

 

Este mecanismo global, que implicaba el movimiento constante de toda la superficie submarina como lo haría una escalera mecánica en plano, era posible debido a los movimientos de convección que afectarían al manto (la parte mayoritaria y semifundida del interior de la Tierra), recurriéndose así a una hipótesis causal que ya había propuesto Holmes varios años antes. De este modo, Hess hacía encajar de forma magistral numerosas piezas del rompecabezas por armar: el suelo marino se comportaba como una enorme cinta transportadora que salía a la superficie en direcciones opuestas en las dorsales oceánicas, se desplazaba a un ritmo lento y acababa desapareciendo de nuevo hacia el manto en las zonas de subducción. Los continentes, obviamente, se movían como enormes naves ancladas sobre dicha cinta transportadora, al compás de los empujes que ejercían los dinámicos fondos marinos.

 

Un año después, en 1963, Fred Vine publicó junto a Drummond Matthews (su mentor en Cambridge) un artículo que, utilizando la simulación, demostraba la viabilidad de la teoría de la expansión del fondo marino, una denominación que ya había sido propuesta por Robert S. Dietz. Dietz era un especialista en el estudio submarino utilizando batiscafos y, sorprendentemente (habida cuenta de su profesión, como ha señalado oportunamente el geoplanetólogo Francisco Anguita), también había sido el primero en advertir el origen correcto de los cráteres de la Luna, achacándolos a los impactos de los asteroides.

 

Aunque desde nuestra actual perspectiva, la publicación de Vine y Matthews parecía dejar bien claro el horizonte para el progreso de la tesis de la expansión del fondo oceánico, lo cierto es que las dudas sobre la viabilidad de aquella propuesta fueron más que notorias por esos años, generándose un escepticismo al respecto que atenazaba incluso a sus más destacados proponentes. Era necesaria una prueba más, una demostración definitiva, ya que todavía dominaba la incredulidad en la comunidad geológica.

 

Y fue entonces cuando se produjeron dos aportaciones fundamentales para la hipótesis expansiva, ligadas ambas a sendos proyectos de estudio sobre las dorsales atlánticas y pacíficas, en uno de los cuales participaban conjuntamente Vine y Tuzo Wilson.

 

La conjunción de los datos aportados mediante el uso de técnicas muy diferentes irá así permitiendo adquirir una gran coherencia a las nuevas ideas que, paso a paso, se iban imponiendo sobre el ambiente de escepticismo general. La teoría global se iría adueñando progresivamente del panorama científico de las ciencias de la Tierra. El cambio de paradigma era inminente. Se vivía en plena revolución científica, hubiera dicho Kuhn.

 

Por fin: la teoría de la tectónica de placas

 

Tuzo Wilson, que, desde los primeros años sesenta, había estado muy ocupado con el desentrañamiento de los temas que Hess, Vine y otros iban poniendo sobre la mesa, dio el impulso definitivo hacia una solución al concentrarse en el espinoso tema de las fallas transformantes. Estas fallas extrañas consistían en fracturas trazadas de forma perpendicular a las cadenas de dorsales. En esas fracturas se concentraba una gran actividad sísmica y acababan generalmente de forma abrupta, al final de sus extremos longitudinales. Esas fallas seccionaban las dorsales en porciones que mostraban un claro deslizamiento lateral entre sí. Eso demostraba que las fallas tenían en parte de sus flancos movimientos horizontales opuestos, siendo su comportamiento, por tanto, muy diferente al de las fallas centrales de las propias dorsales o al de las grietas presentes en las zonas de subducción. La situación particular de aquellas fallas llevó a Wilson a tratar de encontrar una relación coherente entre la actividad volcánica y sísmica que caracterizaba tanto a las dorsales como a los arcos insulares volcánicos (fundamentalmente concentrados en la periferia del Océano Pacífico) y a aquellas extrañas fallas transformantes, abordando la cuestión desde una perspectiva global.

 

En 1965, más de cincuenta años después de la primera exposición de las ideas de Wegener, Tuzo Wilson propuso la existencia de enormes placas que formaban la superficie sólida del planeta; unas placas cuyos límites o fronteras coinciden con las grandes estructuras geológicas que concitan los procesos volcánicos y sísmicos: las enormes cordilleras, los arcos de islas volcánicas, las crestas submarinas volcánicas llamadas dorsales oceánicas y las nuevas fallas transformantes o de transformación. Todo ello adquiere, en la visión de la tectónica global, un sentido preciso y coherente. En su artículo, Wilson introdujo el término "placa", que tanta trascendencia adquirirá en la nueva visión de la Tierra.

 

Desde 1966, la deserción de científicos desde las filas “anti-tectónica de placas” hacia los convencidos por la nueva teoría fue rápida y definitiva. A ello contribuyó destacadamente la obtención de numerosas nuevas pruebas conseguidas gracias al concurso de nuevos y sofisticados equipos tecnológicos. Entre ellos destacan los trabajos realizados por el buque oceanográfico "Glomar Challenguer", capaz de realizar perforaciones de un kilómetro de profundidad sobre lechos marinos situados varios kilómetros bajo la superficie del mar.

 

En 1967, un año después del artículo de Wilson, Jason Morgan, geofísico de la universidad de Princeton, realizó la adaptación geométrica de la propuesta de placas de Wilson a una superficie esférica, con el consiguiente tratamiento geomatemático. En la publicación de su trabajo, Morgan utilizó el término "tectosfera" para designar la capa rígida más superficial, de hasta unos 100 kilómetros de grosor, cuya fragmentación origina las placas. Es, pues, el mismo concepto que la literatura científica consagrará finalmente con el término "litosfera".

 

En 1968, J. Tuzo Wilson sugirió que la apertura del Océano Atlántico podría haber ocurrido no una, sino más de una vez, proponiendo así una sucesión de fases de apertura y cierre de las cuencas oceánicas. Esta idea llevaría a la propuesta de un ciclo teórico de las posibles secuencias que determinan la evolución de una cuenca oceánica. Será la base de lo que se conocerá como el ciclo de Wilson.

 

El ciclo se inicia con una gran fractura que se abre en el interior de una masa continental. Este primer paso, caso de continuar, originará una enorme depresión lineal con mucha actividad volcánica en su interior, denominada valle en Rift, que se convertirá en una dorsal cuando la depresión se rellene de agua marina procedente de las zonas en las que la depresión continental alcance la costa (ya que el fondo del valle se sitúa por debajo del nivel del mar). La progresión de ese enorme desgarro de la litosfera llevará a la creación de una cuenca oceánica que continuará expandiéndose mientras en su centro se mantengan las causas de la expulsión de los materiales magmáticos internos. Así, se producirá una continua separación entre los fragmentos del antiguo continente. Al tratarse de procesos que ocurren sobre una superficie esférica limitada, la expansión de la cuenca oceánica por la formación de nuevos fondos marinos motivará la aparición de fuertes tensiones en otros lugares, tensiones que se opondrán a la expansión. Esas tensiones se tienen que resolver en algún momento con la rotura de la nueva litosfera creada, lo que sucederá, generalmente, en la región que menos dificultades ofrezca para ello. Esa región suele estar cercana a un margen continental, donde se creará una zona llamada de subducción y relacionada con una fosa submarina (y dotada de una intensa actividad volcánica cercana, lo que puede originar la formación de un rosario de islas en forma de arco o, en otros casos, de una cordillera volcánica en el continente cercano). En la zona de subducción, la litosfera oceánica creada por la dorsal irá siendo engullida y desapareciendo hacia el manto. Este proceso ejerce un efecto contrario al de la dorsal, al tender a cerrar la cuenca oceánica. Si la dorsal pierde eficacia o desaparece, la subducción de la litosfera oceánica terminará imponiéndose y hará desaparecer la cuenca, en una fase en la que los continentes que la delimitan se irán aproximando paulatinamente, conforme se cierra el océano que los separaba. El ciclo vuelve a un estado similar al inicial cuando los dos fragmentos continentales colisionan, cerrándose así la cicatriz de la subducción (ya que la litosfera continental no puede subducir o introducirse por debajo de otra masa continental). Se genera así un orógeno de colisión, lo que determina el levantamiento brutal de los sedimentos intermedios, que formarán una gran cordillera.

 

Este ciclo, frecuentemente utilizado a la hora de representar los diferentes momentos que delimitan la historia tectónica de las placas, reproduce las diferentes situaciones posibles por las que puede pasar una cuenca marina desde que se abre en el interior de un continente hasta su cierre en una colisión continental, aunque no necesariamente el desarrollo de toda cuenca deba seguir esos pasos y en ese orden. En cierto modo, la presentación del ciclo como fórmula de exposición de los distintos procesos y situaciones de la movilidad cortical parece entroncar con el tipo de ideas que introdujo Hutton sobre ciclos eternos de equilibrio entre levantamiento y erosión. No obstante, el ciclo de Wilson no pretende seguir en modo alguno la famosa premisa básica del ilustrado escocés (“El resultado, por lo tanto, de esto es que no encontramos vestigio alguno de un principio, ni perspectiva de un final”), ya que en la tectónica de placas sí interviene decisivamente la flecha del tiempo en la sucesión y el transcurso de los procesos, aunque éstos se puedan representar didácticamente en forma de ciclos. Ello no supone, sin embargo, la ausencia de la huella del tiempo irreversible, con la existencia de principios y la perspectiva de finales, entre otras cosas porque el mismo motor que alimenta el movimiento de las placas va consumiendo su energía, procedente de la disipación del calor interno del planeta (probablemente desde el propio núcleo), como sucede con todo proceso termodinámico.

 

Ciclo de Wilson

 

 

 

Cada una de las etapas del ciclo de Wilson encuentra un posible referente en la actualidad, lo que facilita su interpretación y las potencialidades de evolución de cada situación real. Así, el gran Valle del Rif africano, que atraviesa el Este de África desde Etiopía hasta los grandes lagos africanos representa un ejemplo destacado de la primera fase de fragmentación continental que inicia convencionalmente el ciclo. El caso del Mar Rojo representa un estado algo más avanzado (y relacionado con la fractura africana) en el que el valle contacta con el mar y se rellena de agua al estar su base a una altitud menor que la del Océano Índico.

 

El Atlántico actual constituye el ejemplo contemporáneo de la fase de expansión oceánica, mientras que diversas zonas del Pacífico, tanto las cercanas al continente americano como las ubicadas frente a las costas asiáticas, representan situaciones de fractura de la corteza oceánica con la aparición de fenómenos de subducción (progresión de una placa de litosfera oceánica hacia el manto, por debajo de la otra contra la que se ve empujada), que incluyen tanto los casos de formación de arcos de islas volcánicas (como Japón o Filipinas) como los de elevación de grandes cordilleras en el área continental cercana (los Andes, en América del Sur). En todos los casos, indicando la presencia de zonas de subducción aparecen profundas trincheras o fosas submarinas, a la par que las actividades sísmica y volcánica se hacen intensas. Finalmente, un caso actual de colisión continental está bien representado en el Himalaya, el mayor orógeno actual surgido del brutal encontronazo entre la placa que acoge la actual China y la placa del subcontinente indio.

 

La belleza explicativa de la teoría de la tectónica de placas y su capacidad para dar cohesión y acogida a la interpretación de la práctica totalidad de los procesos geológicos fundamentales en el planeta hizo que se convirtiera rápidamente en el nuevo paradigma científico de una nueva geología. A este caso es, pues, aplicable también la famosa frase que Darwin utilizó para calificar a su propia explicación evolutiva de la selección natural: “Hay grandeza en esta concepción”.

 

 

VIII. LA ESPINOSA CUESTIÓN DEL EGO: EL ORIGEN DE LA HUMANIDAD

 

“En lo futuro, veo ancho campo para investigaciones mucho más importantes. (…) Y se arrojará mucha luz sobre el origen del Hombre y sobre su historia”

Charles Darwin

El origen de las especies

 

 

Darwin: un hombre prudente

 

Apenas unas líneas fue lo que Darwin se concedió como espacio para tratar la espinosa cuestión del origen de la especie humana en su Origen de las especies. Posteriormente, cuando consideró que la ocasión era más propicia, una vez visto el éxito científico considerable de su teoría, publicó otro libro especialmente destinado a este asunto, al que tituló “La descendencia del hombre y la selección natural”, aunque esperó para ello 12 años, hasta 1871. En su libro sobre el origen del Hombre, Darwin muestra una interpretación coherente de este asunto, aplicando la teoría de la selección natural a la especie humana. Este fue un aspecto que le distanció del mismo Wallace, quien mostró dudas y un cierto rechazo a considerar la evolución de la especie humana de forma similar a las otras. Para Darwin, sin embargo, lo verdaderamente importante era que “el hombre está construido sobre el mismo tipo general, sobre el mismo modelo que los demás mamíferos”. Naturalmente, no pasó por alto la cuestión de la inteligencia, sobre la que apuntó: “El naturalista no puede comparar ni clasificar las aptitudes mentales, pero puede demostrar que, si las facultades mentales difieren inmensamente en grado con relación a las de los animales que les son inferiores, no difieren en absoluto en cuanto a su naturaleza. Una diferencia de grado, por mayor que esta sea, no nos autoriza a colocar al hombre en un reino aparte”. En esta dirección, el genial Darwin concluye: “Podemos comprender así por qué el hombre y los demás vertebrados fueron construidos sobre un mismo modelos general, por qué atraviesan las mismas fases primitivas de desarrollo, y por qué conservan algunos rudimentos comunes. Por consiguiente, deberíamos admitir francamente su comunidad de descendencia; adoptar cualquier otra teoría es considerar nuestra conformación y la de los otros animales que nos rodean como una trampa tendida a nuestro juicio”.

 

Coherentemente con sus ideas, Darwin señaló la necesidad de volver a considerar las clasificaciones de los seres vivos, colocando a la especie humana en el lugar que le corresponde, conforme a la teoría de la evolución. Con una buena dosis de ironía, escribe: “Si el hombre no hubiera sido su propio clasificador, jamás habría soñado en fundar un orden separado para colocarse él”.

 

Al respecto, es curioso recordar que el nombre que Linneo acuñó para agrupar a los monos fue el de Primates, es decir, “los primeros” o “los de primer rango”, argumentando para esa calificación el indudable hecho de la semejanza anatómica del grupo con los seres humanos. El resto de los mamíferos fueron agrupados por el naturalista sueco en la categoría “secundates” que se ha perdido en el transcurso de la modernización de la Sistemática y Taxonomía por su carácter heterogéneo y artificial.

 

La aplicación de la teoría de la evolución a la propia humanidad no dejó impasibles a muchos de los contemporáneos de Darwin. Sin duda, los mayores recelos surgidos contra la evolución, particularmente aquellos que surgían de ámbitos no científicos, hundían sus raíces en el rechazo ante las evidentes consecuencias de la teoría en la cuestión del origen y el lugar que debería ocupar la especie humana dentro de una visión evolutiva de la naturaleza. Que la mejor representación vulgar de la teoría de la evolución darwiniana sea, para muchos, aún hoy, la idea de que “el hombre desciende del mono”, es, aparte de una frase muy poco acertada (“el hombre es un tipo de mono” sería mucho más correcta), una excelente muestra de por dónde nos aprietan los zapatos.

 

En 1848, diez años antes de la publicación del Origen de las especies, fue encontrado en Gibraltar un cráneo humano fósil. Ocho años después (1856) aparecía un esqueleto humano en una gruta ubicada en el valle del río Neander, en Alemania. Ambos restos pertenecen al Homo neanderthalensis (que bien pudiera haber sido denominado como Homo gibraltarensis). Desde entonces, primero lentamente, luego de forma más acelerada, irán saliendo a la luz muchos más restos fósiles de seres humanos primitivos, exigiendo así una interpretación (que, indudablemente, hay que buscar en el marco de la teoría evolutiva). La historia de los hallazgos humanos fósiles incluye hasta una famosa historia fraudulenta con tintes de novela negra y aún sin esclarecer: la del llamado “Hombre de Piltdown”. Dicha historia se inició con la aparición en 1912 en la gravera de Piltdown, dentro del condado inglés de Sussex, de los restos de un cráneo humano dotado de una mandíbula sumamente primitiva. La excitación que el hallazgo generó entre los paleontólogos del momento condujo a una rápida y acrítica aceptación de que se estaba ante los restos del “eslabón perdido”, esto es, la especie intermedia entre el hombre y el mono. En realidad, en aquella interpretación apresurada e ingenua se mezclaban muchos elementos y no todos ellos precisamente científicos (por ejemplo, ha sido sugerido que tal vez el hecho “patriótico” de ubicar así en Inglaterra el origen del hombre pesó en demasía en la precipitación por “cantar victoria” y entonar el “Dios salve a la Reina”). Lo cierto era que alguien había enterrado previa y alevosamente (y, tal vez, también con nocturnidad) un cráneo humano moderno junto a una mandíbula manipulada procedente de un orangután (antes fracturada para evitar así la identificación, con los dientes limados y decolorada para hacerla pasar por más antigua). Aunque diversos antropólogos cuestionaron pronto la autenticidad de estos restos, hasta cuarenta años después no se demostró con rotundidad la realidad del fraude. Hoy, el “caso Piltdown” constituye un hecho singular e interesante cuya autoría permanece en el anonimato, aunque se manejan diversas hipótesis que van desde quienes en su momento sospecharon del propio escritor Arthur Conan Doyle (el creador de Sherlock Holmes), cuya residencia distaba muy poco del lugar del hallazgo (lo que añade alicientes míticos y literarios a la historia), hasta quienes, como Stephen J. Gould (que escribió sobre este caso en algunos de sus famosos artículos escritos para la revista Natural History), creen que fue el propio descubridor de los restos, el paleontólogo William Dawson, el verdadero culpable de una broma que luego se le fue de las manos (no esperaría tamaño “éxito” y no se atrevería luego a revelar el fraude) y en la que implicó al entonces joven jesuita Pierre Teilhard de Chardin, que luego abanderaría una teoría evolutiva personal donde trataba de aunar la evolución humana y el cristianismo en una suerte de teleología evolutiva.

 

Pero, al margen de sucesos tan particulares como el anterior, pronto se fue haciendo evidente que era preciso poner en marcha un amplio programa de investigación sobre los orígenes de la humanidad a la luz de la evolución biológica; un programa que permitiera llegar a levantar una interpretación científica verdaderamente satisfactoria para la evolución humana. Nacía así la moderna paleontología humana o paleoantropología, uno de los campos del estudio de la naturaleza más interesantes y sugerentes para una especie que se interesa por conocer su propia realidad y su procedencia.

 

Huesos enterrados

 

El anatomista sudafricano Raymond Arthur Dart recibió en 1924 los restos fosilizados y fragmentados de un cráneo que había sido hallado en su país. Dart lo identificó correctamente como procedente de un niño que debería pertenecer a una especie antecesora de la humana actual, y lo bautizó como el “Niño de Taung”. La interpretación de Dart fue, sin embargo, rechazada por la mayoría de sus contemporáneos, entre otras razones porque, por aquellos tiempos, la mayoría de los naturalistas creían que el origen de la especie humana estaba en el continente asiático.

 

Algunos historiadores de la ciencia apuntan, no sin motivos, que la rápida aceptación del fraude de Piltdown tiene mucho en común con el fuerte rechazo que sufrió la interpretación de Dart sobre el niño de Taung, ya que ambos estarían condicionados por ciertas ideas racistas sobre los africanos: en un caso, prefiriendo a la menor ocasión un origen europeo; en el otro, un origen asiático; en ambos negándose al origen africano.

Así, por ejemplo, Henry Fairfield Osborn, presidente del Museo de Historia Natural de Norteamérica, consideraba a los africanos directamente como humanos regresivos. Osborn, que fue uno de los que más y mejor apoyaron la idea de buscar en Asia el nacimiento de la humanidad (una propuesta a la que, desde luego, contribuyó el descubrimiento de los restos del llamado “Hombre de Java”), promovió decididamente la expedición de Roy Chapman Andrews al desierto del Gobi en pos de restos humanos fósiles.

 

De la opinión que algunos tenían acerca de los africanos a comienzos de ese siglo da idea el hecho, relatado por Richard Milner, de la exhibición en el parque zoológico de Nueva York y en la misma jaula que un orangután, en 1906, de un pigmeo congoleño llamado Ota Benga, que anteriormente había sido expuesto en la Exposición de St. Louis, en Missouri (1904), junto a varios otros miembros de su tribu. 

 

Una vez más la ciencia evidencia que también en su seno y alrededores se remueven algunos de los más deplorables prejuicios humanos, aunque la fortaleza del pensamiento y la metodología científica permitirá poco a poco superar muchos de estos condicionamientos ideológicos (aunque, sin duda, aparezcan luego otros posteriores, tal vez más sutiles, que será preciso seguir superando).

 

Treinta años después de la primera interpretación de Dart, la antropología reconoció finalmente su versión sobre los restos de Taung, dando inicio así a una nueva etapa de esta ciencia en la que África se consagraba ya definitivamente como la cuna de la humanidad, una propuesta que ya había sido sugerida por Wallace y por Darwin, los dos autores de la teoría de la evolución por selección natural.

 

Por los años veinte, un joven keniano blanco nacido en 1903 y llamado Louis (Seymour Bazett) Leakey, hijo de misioneros ingleses y crecido entre los kikuyus (en cuyos ritos tribales se había iniciado y cuya lengua hablaba antes aún que el inglés) empezó a interesarse por la investigación sobre los orígenes de la humanidad en África. Todavía en 1931 apenas nadie apostaba seriamente por ese continente como candidato a cuna de la humanidad, como ya vimos, pero tras los hallazgos de Dart y después de realizar sus estudios en Cambridge, Louis Leakey comenzó a excavar en la garganta de Olduvai, un paraje que se convertiría con el tiempo en el templo de la paleoantropología. Aquella garganta, un profundo cañón abierto en las amplias llanuras del Serengeti, había atraído el interés del geólogo alemán Reck, motivado por los fósiles que un entomólogo de su país había llevado hasta Alemania. Reck fue quien reanudó las excavaciones de 1931 con Leakey, pero sería este último junto a Mary, su mujer, quienes desde 1935 desarrollarían una nueva forma de encarar el origen de nuestra especie, dando paso a décadas de sucesivos y apasionantes descubrimientos de nuevos fósiles humanos.

 

Una saga de buscadores de huesos: los Leakey

 

Louis Leakey conoció a Mary Nicol, en 1933. Juntos formaron la primera pareja de paleoantropólogos de la legendaria saga de los Leakey. Entre 1935 y 1959 las excavaciones de los Leakey se realizaron en condiciones económicas muy precarias, como recuerda su hija Meave, también relevante antropóloga. Pero en 1959, Mary desenterró los huesos de un cráneo que recibió inicialmente el nombre de Zinjanthropus (luego Australopithecus boisei). El cráneo fue objeto de un reportaje cinematográfico que determinó el interés de la “National Geographic Society” que, al percatarse de su alto interés, decidió apoyar económicamente las excavaciones, asegurando su continuidad en mejores condiciones: un apoyo que ha dado unos frutos más que sobresalientes. Tras la estela de los esposos Leakey, su hijo Richard y su esposa Meave continuaron la senda de las excavaciones sobre el origen de la humanidad en África (extendiendo los trabajos a otros yacimientos entre los que destaca particularmente los de la cuenca del lago Turkana). La saga “Leakey” alcanza en la actualidad ya a su tercera generación, representada por su hija Louise.

 

Mary y Louis Leakey

 

La influencia de los Leakey no se limita a sus parientes, ya que otros paleoantropólogos tan importantes como Donald Johanson y Tim White (ambos enfrentados después con los Leakey) se iniciarían en la investigación de la mano de esta familia tan peculiar e influyente. Kamoya Kimeu, un excavador del equipo de Richard Leakey, constituye, con toda probabilidad, el caso del mejor rastreador de fósiles humanos de la historia de la paleoantropología africana.

 

De los trabajos realizados por el clan de los Leakey y los antropólogos relacionados con ellos surge la mayor parte de la información fósil africana que hoy nos permite reconstruir el árbol filogenético de los homínidos africanos, lo que es equivalente a decir la primera etapa de la evolución humana. Se trata de un árbol que se ha ido complicando hacia una mayor y más espesa ramificación conforme los descubrimientos se han ido sucediendo y sus interpretaciones se han perfeccionado con ayuda de las técnicas más sofisticadas. Así, una de las líneas de la investigación naturalista que mayor emotividad conlleva, por referirse al conocimiento sobre los orígenes de nuestra propia especie, ha ido creciendo en intensidad y pasión, a la vez que en rigor científico, conforme ha ido transcurriendo el tiempo. Hoy, la antropología extiende sus ramas y campos anexos desde la genética humana hasta la proteonómica, la bioquímica o la paleoecología, por ejemplo. Quizás la rama científica más parecida a la idea que tenemos de la investigación detectivesca a partir de rastros, huellas e indicios, conoce hoy uno de sus momentos de mayor emoción.

 

Hitos y consecuencias: de las huellas de Laetoli al banquete caníbal de Atapuerca

 

Ya a finales de los años setenta, la cantidad y calidad de los restos fósiles encontrados del grupo de primates conocidos como “australopitecinos” (entre los que hay especies indudablemente antecesoras nuestras) permitía presentar diversas propuestas sobre la evolución africana durante esta primera etapa evolutiva de los homínidos. Sin embargo, las excavaciones y los descubrimientos no han cesado, aportando nuevos elementos a la interpretación tanto de esta familia, como de las primeras especies del género Homo e, incluso, de los posibles antecesores de Australopithecus.

 

En 1978, habiendo muerto ya Louis, Mary Leakey excavaba en Laetoli, un lugar situado a unos cuarenta kilómetros al sur de la famosa garganta de Olduvai. El yacimiento era pródigo en huellas de numerosos animales que habían dejado su rastro sobre las cenizas volcánicas depositadas por un cercano volcán entonces activo. Se trataba de huellas con casi 4 millones de años de antigüedad, entre las que se pueden reconocer rastros de antílopes, elefantes, papiones y felinos de dientes de sable. Entre ellas apareció el rastro de pisadas de tres homínidos, probablemente una pareja de adultos y su hijo, según fue luego interpretado. Era la más antigua y elocuente prueba de que la locomoción bípeda formaba ya parte de las habilidades de Australopithecus, a una de cuyas especies pertenecían aquellos rastros datados en 3,5 millones de años. Entre otras deducciones, la elocuencia del rastro permitió sustentar la idea de que la locomoción bípeda fue anterior, y probablemente causal en un cierto grado, al posterior proceso de encefalización humana.

 

Unos años antes (concretamente en 1974) Don Johanson y su equipo habían encontrado unos restos fósiles muy completos de una australopitecina (con ellos se puede reconstruir hasta el 40% del esqueleto, algo poco frecuente en los descubrimientos fósiles). Bautizada como “Lucy” por la canción de los Beatles (Lucy in the Sky with Diamonts) que, al parecer, sonaba en el campamento, los restos de esta hembra de Autralopithecus afarensis la convertirían pronto en la homínida más famosa de la historia de la paleoantropología.

 

También en los años setenta se había iniciado en la sierra de Atapuerca, a unos 14 kilómetros de la ciudad de Burgos, la excavación metódica de un yacimiento que dió, en 1976, una primera mandíbula humana. En 1992 el yacimiento de la Sima de los Huesos, ubicado en esa localidad burgalesa, aportará tres cráneos humanos, uno de ellos prácticamente completo. Dos años más tarde, en la Gran Dolina del citado yacimiento aparecerán fósiles humanos de una antigüedad de 800.000 años, fecha que retrasa considerablemente la aceptada hasta entonces para la colonización humana de Europa. El volumen y la calidad de los restos de Atapuerca, que se extienden por varios cientos de miles de años con una gran concentración de fósiles de las mismas épocas, ha permitido algo tan inusual como aplicar estudios demográficos al yacimiento, a la vez que utilizar técnicas sofisticadas de investigación genética y desentrañar algunos de los comportamientos humanos de nuestros antepasados, entre los que destaca la desagradable constatación de que nuestros tatarabuelos practicaban de forma acusada el canibalismo. Se abre así una nueva era de cooperación entre diferentes ámbitos y técnicas científicas con el objetivo unánime de conocer más y mejor sobre nuestra propia historia como especie.

 

Desde los primeros restos neandertales hallados en vida de Darwin, hasta el reciente descubrimiento de Meave Leakey (otro más) de unos restos fósiles de 3,5 millones de años de antigüedad en las orillas del lago Turkana de Kenia, descritos como pertenecientes a una nueva especie (llamada Kenyapithecus platyops por Meave, lo que supondría abrir una nueva rama en el árbol evolutivo homínido), o el aún más reciente y debatido hallazgo de Orrrin tugenensis, un antecesor posible de hace seis millones de años; ha transcurrido mucho tiempo, pero, sobre todo, ha habido una profunda reestructuración en la visión que la mayoría de los antropólogos sostenían acerca de la evolución humana. Dicha reestructuración constituye también una revolución en la forma de interpretar la trayectoria seguida desde los antepasados comunes de chimpancés y humanos hasta éstos últimos. El salto dado desde la visión lineal que predominó en el pasado (en la que cada especie era única en su tiempo, siendo luego sustituida por otra, en una secuencia directamente dirigida hacia los humanos modernos, en una concepción casi inexorable y finalista, teleológica), ha llevado a una forma mucho más compleja de entender nuestra propia historia, en la cual numerosas ramas y bifurcaciones van definiendo la presencia de diversas especies de homínidos, varias de ellas coexistentes tanto en el tiempo como en el espacio. Hoy, por ejemplo, la mayoría de los paleoantropólogos sostienen que hace casi dos millones de años vivieron conjuntamente en África al menos cinco especies de homínidos, de los que sólo una sería antecesora directa de los seres humanos actuales. Una nueva revolución también en la interpretación de nuestro linaje.

 

La última batalla competitiva entre especies de homínidos debió finalizar hace menos de 50.000 años. Terminó con el eclipse definitivo de los Neandertales, una especie formidable que había coexistido en muchos lugares con los humanos modernos, hasta que un episodio aún por desvelar los borró de la historia, en otro de esos hitos apasionantes que ocupan la investigación paleoantropológica moderna.

 

 

 

IX. UN MOMENTO APASIONANTE: HOY

 

 

“Por todo esto, creo que hay razones para referirse al siglo XX como el Siglo de la Ciencia”

José Manuel Sánchez Ron

El Siglo de la Ciencia

 

 

Como vimos, el cambio revolucionario en la concepción de la Tierra como sistema geofísico culminó en torno a 1970. La conversión de la mayoría de los geólogos a las tesis movilistas inicialmente expuestas por Wegener y definitivamente asentadas y actualizadas con la teoría de la tectónica de placas, no excluyó, desde luego, la permanencia recalcitrante de algún destacado geólogo en la trinchera contraria, desde donde tratar de mantener contra viento y marea las viejas ideas. Sin embargo, la nueva teoría de la Tierra asentaría firmemente su propuesta de un nuevo paradigma o programa de investigación mucho más coherente, inclusivo y con mayor capacidad predictiva que el anterior. El nuevo panorama, sin embargo, no excluía el debate interno: ya dentro del ámbito de la tectónica global, la sucesión de discusiones y propuestas sobre los diferentes aspectos y detalles del nuevo marco explicativo adoptó un ritmo dinámico. Tal fue la fractura abierta con el pasado que algunos pensaron que era necesario utilizar una denominación diferente para referirse a la nueva ciencia. Una vez más surge aquí la figura deliciosamente iconoclasta de Tuzo Wilson.

 

Las ciencias de la Tierra

 

En un artículo publicado en 1968, Tuzo Wilson deslizaba preguntas tan inquietantes como las siguientes: "¿Por qué la geología ha perdido terreno? ¿Por qué el estudio de la Tierra está tan fragmentado? ¿Por qué la geología ha visto menguar su prestigio? ¿Acaso el declive de la geología se debe a haber descuidado las matemáticas, la física o la química?".

 

Wilson lanzaba esas preguntas con la pretensión de alzar con ellas una crítica demoledora sobre el discurrir de la geología en los últimos tiempos, justo antes de la aparición de la teoría de la tectónica de placas. La reducción del trabajo de los geólogos a la tarea de meros almacenadores de datos, en ausencia de una teoría adecuada desde la que poder darles sentido, es una de las llagas en las que Wilson hurga con más ahínco: "No será la triste verdad el hecho de que durante el siglo transcurrido desde la publicación por Darwin de 'El origen de las especies' geólogos y geofísicos se han conformado con almacenar datos". De la quema general sólo salva, como es natural, a Wegener, cuya idea "siempre ha interesado al público, pero, hasta hace poco, no a los expertos". El perturbador de científicos casi se concierte en vapuleador de conciencias científicas.

 

El ajuste de cuentas del antiguo alumno que generó irritación en alguno de sus profesores cuando decidió abandonar sus estudios de física por los de geología, es ciertamente duro, pero también apunta hacia posibles salidas. Y aquí se advierte la influencia destacada que tuvo la aparición de "La estructura de las revoluciones científicas", de Thomas Kuhn sobre Wilson. Tras su crítica de la ciencia reduccionista, generadora de estudios minuciosos y detallados, pero limitados a ámbitos simples o extremadamente concretos ("Cada estudio es quizás admirable en si mismo, pero algunos de los temas, trabajados incluso durante siglos, en poco contribuirán a nuestra compresión de la Tierra", dirá), Wilson ofrece su propuesta de solución futura: "poner el acento en el hecho de que lo que falta a la Ciencia de la Tierra no son tanto las técnicas elegantes sino ideas unificadoras, aunque ambas cosas sean necesarias".

 

Aunque restringido al ámbito de la geología o la ciencia de la Tierra, las palabras de Tuzo Wilson tratan de tener una trascendencia mayor, pues planean sobre la dicotomía entre una ciencia reduccionista, precisa, tecnificada y muy formalizable (pero limitada a algunos ámbitos de investigación), y una ciencia más teórica, más globalizada. No es nueva esta tesis que tiene mucho en común con ciertos enfoques que tratan de denunciar la visión neopositivista de la ciencia que aún perdura en muchos ámbitos. El mismo Darwin había dejado escrito: "¡Qué raro es que nadie vea que toda observación debe hacerse a favor o en contra de determinada hipótesis, si es que ha de servir para alguna cosa!".

 

Desde luego, la idea de Wilson sobre la situación de la geología es presentada por él mismo de una forma tan nítida como tajante: "¿Está la Ciencia de la Tierra lo bastante madura como para una revolución? Me parece que sí".

 

Y, para remachar, Wilson hace una propuesta concreta: "La Geología, la Geofísica y la Geoquímica han sido todas fragmentos de una ciencia basada en la falsa suposición de que la Tierra es esencialmente estática y que la Geoquímica versa sobre sistemas cerrados. La nueva Ciencia, que lo es porque se basa en el paradigma tan diferente de una Tierra móvil, puede unificar antiguos estudios e impulsar nuevas investigaciones. Creo que se evitarían confusiones atribuyéndole un nombre diferente. Este nombre debería ser 'Geonomía'".

 

Aunque la "Geonomía", como denominación, no alcanzó el éxito que pretendía su autor, sí atinó Wilson con el fondo de la cuestión, ejerciendo una considerable influencia sobre muchos científicos ocupados en la comprensión de la Tierra como planeta. En muchos ámbitos, además, se iniciará una tendencia a sustituir el viejo nombre de Geología por el de Ciencias de la Tierra. En realidad, la cuestión del nombre no es lo fundamental, pero puede tener cierta importancia por lo que puede revelar de lo más profundo (por otra parte, también es cierto que "Geología" significa exactamente eso: "Ciencia de la Tierra").

 

En cualquier caso, sobre lo que no parecer quedar duda es que la actual Teoría de la Tierra representa un nuevo paradigma que arranca de la vieja propuesta que un meteorólogo amante del ártico, muerto entre los hielos de Groenlandia, lanzó sin mucho éxito en 1912.

 

Algunos motivos de discusión actual

 

Tras la fase típica de revolución científica, una vez que la comunidad de geólogos y geofísicos adoptó el paradigma de la tectónica global (si seguimos con la terminología de Kuhn que tanto gustaba a Tuzo Wilson) se iniciaría una etapa de ciencia normal. Como sucede con cualquier programa de investigación, el progreso en el conocimiento descansará desde entonces en la comprobación de la mayor o menos consistencia que las diferentes ideas propuestas adquieren desde dentro del paradigma al compararlas con los datos y las experiencias que se van desarrollando. La propuesta de nuevas sugerencias e hipótesis se hace, por tanto, desde el interior de las nuevas ideas generales que configuran la tectónica global. A partir del éxito de cada una de ellas se va formando una imagen progresivamente más detallada acerca de cómo es y cómo funciona la Tierra.

 

Aunque las nuevas perspectivas son muy amplias, también son muchos los aspectos concretos que permanecen en la oscuridad, de manera que el reto que se abre ante los geólogos y científicos de la Tierra sigue siendo enorme: lejos de simplificarse, el campo de la ciencia continúa creciendo.

 

Entre las cuestiones que permanecen por aclarar destaca la propia génesis e historia inicial de la tectónica de placas: un proceso que debió tener su inicio en las etapas primeras de enfriamiento de la Tierra. Las primeras ideas sobre ciclos de apertura y cierre de las cuencas oceánicas, propuestas por Tuzo Wilson, llevaron a la progresiva reconstrucción de los pulsos de formación y desmembramiento de sucesivos supercontinentes o “pangeas”. De acuerdo con esto, se admite por lo general una tendencia dinámica hacia la formación de supercontinentes por colisión de los fragmentos de anteriores continentes que soldarían sus bordes en cada uno de tales choques colosales. Esta formación de pangeas se vería continuada por procesos de rotura y nueva fragmentación, habida cuenta de la acumulación de calor y la formación de puntos calientes que surgirían bajo las mismas: el abombamiento de los enormes continentes (algo que se detecta hoy debajo de África, por ejemplo), marcaría el inicio de la fractura continental con formación de valles en Rift y las posteriores aperturas de nuevas cuencas oceánicas. Algunos científicos han propuestos periodos de unos 500 millones de años para estos ciclos de unificación y rotura continentales, de manera que tendríamos un nuevo supercontinente por cada lapso de tiempo de dicha dimensión. Se trata de una hipótesis sin duda interesante, aunque aún no confirmada ni reconocida por todos.

 

 

Estructura y dinámica del interior de la Tierra

 

El motor del movimiento cortical que determina estos ciclos reside en el calor interno del planeta que fluye hacia fuera, generando así los movimientos en el manto. Ese calor procede en buena parte del choque inicial de los fragmentos que formaron el planeta (los llamados planetesimales), de acuerdo con la teoría generalmente aceptada para el origen de la Tierra, ocurrido hace unos 4.500 millones de años. A ese calor primigenio hay que añadir el que se produciría constantemente por la desintegración radiactiva de muchos elementos presentes en los minerales terrestres, aunque la proporción que representa cada una de estas fuentes es aún discutida.

 

Tenemos, pues, varios argumentos desde los que tratar de explicar la energía que mueve la superficie de la Tierra; pero ¿cuándo comenzó el proceso de movilidad cortical?

 

Existen datos que avalarían la fecha de 3.600 o 3.900 millones de años atrás para encontrar el primer o los primeros continentes en la Tierra. Sin embargo, la escasez de rocas de mayor antigüedad representa un obstáculo importante a la hora de situar el momento que significaría el inicio de la danza de la corteza en la superficie de la Tierra que hoy vemos representada en la actividad de volcanes y terremotos. Se trata, pues, de otro gran punto de incertidumbre.

 

Por otra parte, no todos los trozos que forman parte de la actual corteza continental son grandes. Aunque los mapas más extendidos identifican una docena de grandes fragmentos, cartografías más detalladas permiten ver zonas con fragmentos mucho más pequeños. La situación, influencia y dinámicas concretas de esos trozos menores que fueron arrancados de las placas mayores y que reciben el nombre de litosferoclastos constituye otro aspecto poco conocido, con el consiguiente interés que representaría su esclarecimiento para la dinámica cortical. Por eso, aunque las grandes líneas de la tectónica global aparecen ya de una forma aceptablemente clara, las afirmaciones rotundas no parecen aceptables. Así, por ejemplo, parece más que probable que importantes fragmentos de la corteza continental lleguen a subducir (la teoría global mantiene que lo que subduce es, fundamentalmente, la corteza oceánica), desapareciendo de este modo en las profundidades de la Tierra, aunque se desconocen sus efectos sobre la dinámica general. Una vez más, los detalles son claves y siguen resultando difíciles de aclarar.

 

Otro de los aspectos en debate radica en la creciente acumulación de evidencias contra la existencia de la astenosfera. Este caso es particularmente interesante ya que se trata de un término muy asentado en la tradición de la tectónica de placas, aunque se haya criticado la permanencia de varios significados para ese término y la ambivalencia de su sentido actual. La noción de una subcapa correspondiente a la astenosfera parece que se diluye conforme avanza la acumulación de datos sobre el espacio interior de la Tierra en el que se supone que debería estar esa zona. De acuerdo con los datos obtenidos mediante las modernas técnicas de tomografía sísmica (una técnica aplicada al interior del planeta y parecida al escáner que se utiliza en medicina), todo el manto se vendría comportando como un gran sólido dotado en su interior de movimientos convectivos de tipo fluido (los sólidos sometidos a elevadas presiones y temperaturas pueden fluir, como lo hace el alquitrán, un ejemplo que ya utilizó el propio Wegener). Esta interpretación exige, por tanto, la inexistencia de una capa subsuperficial, continua, caliente y fluida, diferenciada del resto del manto, en donde las ondas sísmicas de tipo "S" se moverían a baja velocidad (ese era uno de los significados centrales de la astenosfera). No parece, sin embargo, que la desaparición de la astenosfera suponga un gran cambio para la tectónica global, aunque sí para la forma y el número de las células convectivas que determinarían el movimiento de flujo en el manto.

 

Las imágenes construidas sobre el interior del manto hasta los 2.900 kilómetros de profundidad (donde ya aparece el núcleo externo) se elaboran mediante el tratamiento informático de miles de datos con las velocidades que siguen las ondas sísmicas en sus múltiples trayectorias por el interior del planeta, velocidades que dependen, entre otros factores, de la temperatura del material que atraviesan. Esas imágenes de tomografía computerizada permiten visualizar superpenachos y superplumas constituidos por enormes masas calientes de material (que las ondas sísmicas atraviesan a lenta velocidad) y que, en forma de seta, ascienden desde la base misma del manto, empujando la "espuma" superficial que representa la litosfera. Uno de esos superpenachos se ubica precisamente debajo de la zona meridional del continente africano y es el que parece explicar el actual proceso de abombamiento del continente por levantamiento de su área central. Del mismo modo, grandes masas frías en proceso de subducción descienden a través de todo el manto arrastrando hacia abajo grandes trozos de las zonas superficiales del planeta y provocando tras de sí el movimiento horizontal de la placa de la que formaban parte, como quien tira de un mantel por uno de sus extremos. La nueva imagen del interior terrestre, por tanto, incluye la visión de un manto por el que ascienden y descienden gigantescas masas de materiales que van desde la superficie a la parte más exterior del núcleo y viceversa.

 

La influencia real que tendrían las dorsales en la movilidad de las placas es otro de los aspectos sometidos actualmente a una profunda revisión. Los nuevos datos parecen estarles robando parte al menos de su anterior papel estelar dentro de la dinámica cortical. Y ello porque han aparecido nuevas fuerzas antes ignoradas, como las del arrastre subductivo que ejercen las enormes masas frías que descienden hacia el núcleo a través del manto, que hemos comentado. Por otra parte, las gigantescas columnas de materiales calentados en la zona de contacto del manto con el núcleo, ascienden hacia la litosfera, pero no parecen coincidir, necesariamente, con la localización de las dorsales, lo que añade argumentos a la pérdida de relevancia de estas estructuras submarinas. Curiosamente, sin embargo, el papel de las chimeneas submarinas (presentes en las dorsales) adquiere cada vez un mayor interés desde el punto de vista de su papel en el origen de la vida, así como en cuanto a su función ecológica, al permitir la formación de extraños ecosistemas desconectados del resto de la biosfera “normal” (no obtienen la energía de la luz solar, como el resto).

 

En el transcurso de todos estos debates actuales adquiere un papel destacado el empleo de nuevas tecnologías de muy reciente desarrollo, aunque desde luego, siempre es necesaria la existencia de una hipótesis por analizar o por probar. El tratamiento informático moderno, por ejemplo, permite trabajar con planteamientos y perspectivas hasta hace poco impensables: la coexistencia de sofisticadas técnicas de observación del interior de la Tierra con teledetección en detalle, derivados de las tecnologías de los satélites, con los sistemas informáticos de simulación y tratamiento de datos e imágenes abre posibilidades enormes. Michael Gurnis, del Instituto Tecnológico de California, lo reflejaba recientemente en un artículo publicado en "Investigación y Ciencia" donde abordaba la relación existente entre las capas más superficiales de la Tierra y su dinámica externa: "Sabemos ya que las variaciones en la intensidad de calor y presión del manto permiten que las rocas sólidas se desplacen lentamente, como si de fluidos se tratara, durante miles de años. Más, en un comienzo, la ciencia no acertó a descifrar por qué originaba movimientos verticales de tal magnitud. Hasta que llegaron los potentes modelos por ordenador. Ahora es posible combinar situaciones actuales del manto con indicios de su comportamiento en el pasado y empezar a establecer las causas que provocan los impresionantes ascensos y descensos de algunas partes de la superficie terrestre".

 

Los movimientos verticales a los que se refiere Gurnis constituyen uno de los procesos más importantes con los que hay que contar hoy al tratar de explicar la movilidad terrestre. Curiosamente, ya no se trata sólo de los movimientos horizontales de las placas litosféricas que obligan a desplazarse los continentes que forman parte de ellas, como tampoco se limitan esos movimientos verticales a la idea de las compensaciones isostáticas, aquellos procesos readaptados al modelo de la tectónica de placas que conceden actualidad el término "isostasia" propuesto inicialmente por Clarence Dutton en 1889. Los nuevos movimientos verticales se utilizan hoy para explicar, por ejemplo, el abombamiento de continentes enteros, como África, que no sufren colisión continental desde hace muchos millones de años, pero que llevan ascendiendo lentamente desde hace unos 100 millones de años. O los descensos y ascensos sucesivos, medidos en magnitudes próximas al kilómetro, que ha experimentado en el pasado reciente Australia, en un proceso de continuo "rebote continental". Del mismo modo, el continente norteamericano también parece haber sufrido una importante subsidencia por ese tipo de procesos de movimiento vertical ocurridos en el manto.

 

En este sentido, si queremos entender lo que está sucediendo, los nuevos enfoques nos advertirán que hemos de recurrir no sólo a la consideración de la situación actual que caracteriza a los lugares que constituyen límites de placas en la actualidad, sino que, debido a los efectos a largo plazo de los movimientos ascensionales y de hundimiento que ocurren en el manto, es preciso que observemos la historia geológica de los antiguos bordes de placa, cuyos efectos se siguen manifestando durante mucho tiempo en la dinámica del manto profundo. La inercia adquiere una importancia relevante en la nueva interpretación y, con ella, el factor histórico (el valor del tiempo) vuelve a reclamar su protagonismo.

 

Aunque resulten insustituibles los apoyos de las nuevas tecnologías, el papel de las teorías en el progreso de la ciencia sigue siendo esencial. De otro modo, pudiera ocurrir que la acumulación de datos volviera a presidir el trabajo central de las ciencias de la Tierra, algo que conduciría de nuevo a la pérdida de sentido científico. La advertencia del ya fallecido Tuzo Wilson sigue, pues, vigente. El director del Instituto de Física del Globo de París, Claude Jappart, en un reciente artículo sobre la cuestión del método en las ciencias de la Tierra, publicado en Mundo Científico, nos ofrece su perspectiva para el progreso futuro, ya presente en la actividad de numerosos centros de investigación: "Debemos aprender a combinar todas las informaciones disponibles y a manejar nuestros instrumentos para utilizarlos adecuadamente en función del problema planteado. La era del teórico que trabaja sólo dentro de los límites de su estrecho campo científico ha pasado a la historia. El futuro lo escribirán equipos de investigación centrados en objetivos precisos, en los que la teoría, las observaciones y las medidas se harán simultáneamente".

 

A lo dicho por Jappart se podría añadir algo sobre la importancia de una conexión eficaz y saludable entre la sociedad y los equipos de investigación que construyen la ciencia. Eso nos lleva a advertir una exigencia social inexcusable: la de dotarnos de mecanismos eficientes de divulgación científica dirigida a un público culto interesado y capaz de integrarse en la aventura del conocimiento. Sin esa perspectiva ya no es posible comprender el mundo en el que vivimos ni, por tanto, participar de una forma verdaderamente democrática en su gestión.

 

¿Heterodoxia en el campo evolutivo?

 

Incluso en las épocas más caracterizadas por los procesos de síntesis y la unificación, la ciencia no suele resultar demasiado homogénea. La empresa científica, por su propia forma de ser, se identifica con la idea de que siempre es posible proponer interpretaciones mejores o más adecuadas para nuevos fines; interpretaciones más ajustadas, en fin, a los nuevos datos que van surgiendo o que explican en forma más convincente o amplia los existentes. Se busca construir modelos que nos permitan una mejor capacidad de prospección y de predicción, o elaborar teorías que abarquen un espectro mayor o sean más comprehensivas.

 

Dentro del panorama de la nueva biología (surgida de la unificación que hemos rastreado entre la teoría de la evolución y las nuevas aportaciones procedentes de la genética, la biología molecular, los avances paleontológicos y la moderna visión de la ecología y los trabajos de campo), pronto aparecieron diversas propuestas dotadas de un tono ligeramente heterodoxo, que introdujeron criticas y ataques más o menos directos contra algunos aspectos del neodarwinismo. Algunas grandes figuras de la biología moderna se han querido desmarcar claramente de ciertas tesis neodarwinistas. Margulis es una de ellas: "Aunque admiro enormemente las contribuciones de Darwin y estoy de acuerdo con la mayor parte de sus análisis teóricos, razón por la que me considero darwinista, no soy neodarwinista", escribirá.

 

Quizás la crítica al programa “adaptacionista” del neodarwinismo que más audiencia ha tenido fuera la que formularon Stephen Jay Gould y Niles Eldredge en 1972 con su “teoría del equilibrio puntuado”. Con ella se ataca la idea de gradualismo y la concepción de la adaptación como eje central de la evolución neodarwinista. "No pretendo negar la selección natural darwiniana, de cuya existencia nadie duda; lo que intento demostrar es que el adaptacionismo, o la idea de que la selección darwiniana es efectivamente responsable de cualquier rasgo morfológico de los organismos, no es válido", dirá Gould.

 

 

Stephen Jay Gould

 

La propuesta de Gould y Eldredge se complementa bien con el incremento de la importancia en la larga historia de la evolución de la vida que parte de los científicos modernos concede a los procesos catastróficos. De hecho, uno de los factores que más ha contribuido a rescatar un cierto catastrofismo moderno fue el emocionante proceso de investigación desarrollado para defender, primero, y encontrar, después, el lugar de la caída de un asteroide a finales del Cretácico, hace unos 65 millones de años. Aquel asteroide causó un enorme cráter cuyos restos (hoy sólo reconocibles por sus efectos en la fracturación de rocas profundas) se han encontrado en la zona actual del Yucatán, en Méjico. El terrible impacto esparció una fina capa de Iridio por todo el planeta e indujo un cambio climático global que acabó con la existencia de los grandes saurios terciarios, entre otras estirpes. El brillante trabajo detectivesco desarrollado por el equipo de Walter Álvarez y sus colaboradores llevó a formular la explicación más convincente de la que actualmente disponemos para justificar el cambio de la era de los dinosaurios al mundo posterior del Terciario y, a la vez, resucitó la perspectiva de la gran importancia de los acontecimientos contingentes y singulares en la historia de la Tierra, una visión que, como ya vimos antes, había sido casi abandonada desde los tiempos de Lyell.

 

El trabajo de los paleontólogos Raup y Sepkoski ofrecerá una versión ampliada del suceso que llevó el desastre a los dinosaurios, extendiendo este tipo de situaciones catastróficas a 5 grandes momentos, al menos, de la historia de la Tierra. En estos procesos, la vida fue mermada en porcentajes increíblemente elevados (de ahí los cambios posteriores de la fauna y flora mundiales que utilizan los geólogos para trazar las fronteras con las que organizan la extensa cronología de la Tierra) por lo que son conocidos en la jerga paleontológica como períodos de extinción en masa.

 

Resurge así, a finales del siglo XX, el interés por el papel de las catástrofes en la historia de la Tierra, en una forma moderna, ciertamente algo diferente a la que planteaban muchos de los catastrofistas del siglo XVIII y, desde luego, totalmente alejada de las visiones bíblicas de algunos de ellos. Ahora se trata de una necesidad en la comprensión de los registros de la paleontología y la evolución de la vida, en cuya interpretación, la metodología del actualismo es válida en cuanto a su función de criterio general para la indagación, pero no excluye la posibilidad de hechos inusuales y contingentes que determinan momentos y procesos únicos que reclaman al azar en la explicación de la evolución de la vida y de la Tierra. Acorde con este tipo de pensamiento, la teoría del equilibrio puntuado entiende la historia de la vida como un proceso irreversible que se organiza en torno a la alternancia irregular de periodos extensos de permanencia o estasis (en los que apenas hay modificaciones sustanciales en las morfologías y genética de los organismos) y momentos de cambios rápidos en las formas de los serse vivos. Se vislumbra así una historia evolutiva en la que coexisten los terribles momentos de las extinciones masivas con momentos de calma evolutiva y otros en los que se advierte una aceleración en los mecanismos y procesos de diferenciación evolutiva e incremento de la biodiversidad.

 

Frente a la idea evolutiva tradicional de procesos graduales y lentos, incluso continuos, en los que se desarrollan lentamente cambios direccionales en las especies debidos a una presión selectiva constante que favorece su adaptación al medio (algo que se suele representar con árboles filogenéticos en los que predominan los trazos verticales y aparecen numerosas ramas de nacimiento más o menos consecutivo y formas lentamente divergentes), el equilibrio puntuado trae la imagen de árboles filogenéticos cuyas ramas surgen repentinamente, muy cercanas a la base y en puntos determinados del tronco de un árbol que más bien se asemeja a un arbusto que se ramificase de forma vigorosa en la base y cuyas ramas luego permanecieran inmutable durante tramos considerablemente largos, representando los largos tiempos de estasis o permanencia, antes de volver a ramificarse de nuevo.

 

En realidad, Gould modificó en diversas ocasiones el grado de acidez y radicalidad de sus opiniones y críticas, siendo por ello acusado de mantener posturas vacilantes. Ciertamente en algunas ocasiones se ha mostrado más rotundo e iconoclasta que en otras. En 1980, por ejemplo, Gould escribía: "Pienso que se puede comprobar lo que se está resquebrajando en la teoría de la evolución: la estricta construcción de la moderna síntesis con sus creencias en la adaptación y la extrapolación por suave continuidad a causa de cambios en poblaciones locales hasta tendencias predominantes y transiciones en la historia de la vida". Gran parte del debate generado por la teoría del equilibrio puntuado se ha desarrollado en torno al grado de crítica que realmente representa esta teoría frente a la teoría sintética y, por tanto, en su identificación como alternativa o como aportación a la misma. Gould escribía en 1995 sobre sus ideas: “estoy trabajando en (…) un intento de demostrar que es necesario modificar y ampliar el modelo del darwinismo estricto para construir una teoría de la evolución que se adecue mejor a los hechos”. Una vez más el uso conjunto de “modificar y ampliar” deja el campo abierto a las dos hipótesis a la vez, la más rupturista y la más reformista.

 

Desde el otro campo, Richard Dawkins, otro excelente divulgador de la ciencia, representando en cierto sentido las antípodas de Gould (algunos lo han denominado como “ultradarwiniano”), escribía en 1986: "Lo que es necesario decir ahora, alto y claro, es la verdad: que la teoría del equilibrio puntuado se asienta firmemente dentro de la síntesis neodarwinista. Siempre fue así".

 

Por su parte, Simon Conway Morris, uno de los principales responsables del estudio de los extraños fósiles de Burguess Shale, el mejor conjunto fósil con organismos surgidos de la explosión cámbrica que inició la fase de los animales pluricelulares, escribió al respecto de Gould, en 1991: "Sus puntos de vista han hecho todo lo posible por agitar las ortodoxias establecidas, pero aún así, cuando la polvareda se asienta, el edificio de la evolución permanece casi sin cambios".

 

Probablemente, la heterodoxia no sea realmente tan radical como a veces ha querido ser presentada. Sin duda introduce matizaciones considerables sobre la importancia que tienen unos u otros procesos en la evolución, pero muchos opinan que sus propuestas son perfectamente integrables bajo el paraguas unificador de la megateoría o paradigma darwinista, afectando, eso sí, a ciertos corsés neodarwinistas con los que no se encuentran en absoluto cómodos. Esta sería, para muchos, la cuestión: un debate importante, pero dentro de la familia.

 

Aparte, por supuesto, quedan las propuestas representadas por el fijismo o el creacionismo que poco tienen que ver con la ciencia. Un conjunto pobre de ideas dogmáticas apenas mantenidas por ciertos representantes de concepciones religiosas fundamentalistas, aunque puedan tener un relativo éxito entre algunos sectores sociales (casi exclusivamente norteamericanos). Frente a ellos, todos los científicos cierran filas y, probablemente, sea el propio Gould uno de los que más ha contribuido a denunciar la endeblez creacionista.

 

La determinación genética, el ambiente y otras cuestiones

 

El determinismo ha sido un asunto de constante debate en el seno de las ciencias naturales. En realidad, desde la configuración del principio de causalidad, argumentado en la época de Descartes, según el cual las causas determinan de forma mecánica los efectos, el determinismo ha tratado de dirigir el pensamiento científico. Esta pretensión llegaría a su clímax con Laplace y su conocida afirmación sobre la capacidad de conocer todos los estados futuros del universo si fueran conocidas todas las fuerzas y las posiciones de los cuerpos en un momento dado. Esta forma de determinismo sufrió su definitivo golpe mortal en el ámbito de la física cuando Heisenberg, en 1972, enunció el Principio de Indeterminación, de acuerdo con el cual toda observación introduce perturbaciones en el sistema a medir u observar, de forma que resulta imposible conocer a la vez todas las características del sistema, es decir lo necesario para poder realizar predicciones definitivas.

 

En el ámbito de la biología, el determinismo había encontrado una importante controversia a partir de la teoría evolutiva de Darwin. Con ella, la trascendencia de las concepciones deterministas de tipo biologicista se había acrecentado, pero, por otro lado, aumentaba la capacidad concedida al azar para ejercer una influencia considerable sobre el devenir de la vida. Ello resultaba contradictoria con ese concepto de necesidad que el determinismo biológico comporta (de ahí el famoso título de “El azar y al necesidad” que utilizó el premio Nóbel francés François Monod para titulo de su libro).

 

En la actualidad, el determinismo aún se refugia en la biología de la mano de ciertas concepciones geneticistas. El prestigio alcanzado por la genética tiene en esto mucho que ver, ya que los avances en el conocimiento de los mecanismos que determinan la herencia y sobre la forma en la que la información genética condiciona el desarrollo, las características y el comportamiento de los seres vivos, parecen conducir hacia una percepción determinista. Es una visión muy debatida, ya que el papel de los aspectos contingentes y ambientales en el desarrollo biológico y en la propia forma de expresión del mensaje genético es un asunto poco esclarecido.

 

Pero, una vez más, los mayores conflictos vuelven a darse en el campo de la aplicación de estos asuntos a nuestra propia especie. Para algunos, trasladar los criterios de determinación genética al ámbito de las características y los comportamientos humanos supone una agresión contra la pretendida capacidad humana de libertad. Tomaría cuerpo así una visión “moral” o ética de estos temas, en la que coexisten posturas que buscan preservar ese ámbito de las capacidades humanas de un excesivo determinismo genético, posturas que hunden su raíz en la lucha contra ideologías racistas y xenófobas. Al tratarse de un campo de indudable conflicto entre ideología, cultura, ciencia y ética, no es extraño que exista una gran confusión entre los argumentos empleados. No obstante, siempre es posible tratar de deslindar ciertos aspectos de cariz más científico de aquellos otros más impregnados de ideología, aunque los lindes nunca sean absolutamente nítidos. El campo de la bioética se va configurando así como un intento de poner orden y reglas en el debate.

 

A este respecto, la fuerte polémica surgida en Estados Unidos a raíz de la publicación en 1975 del libro “Sociobiología: la nueva síntesis” del biólogo Edward Wilson (al que no hemos de confundir con Tuzo Wilson, el geólogo de la tectónica de placas), nos permite advertir la explosiva mezcla que hay en todos los temas que tienen que ver con la aplicación a la especie humana de los conceptos biológicos. Wilson proponía en su libro la creación de una nueva rama científica con la que interpretar el comportamiento social de los animales.  Una disciplina que se ocupa del estudio sistemático de las bases biológicas de la conducta social y las sociedades avanzadas”: así lo definirá Wilson (no hay que olvidar que el autor es, fundamentalmente, un reconocido especialista en hormigas). En realidad, la propuesta de Wilson se remonta, una vez más a Darwin, quien, en 1872 escribió un libro sobre “La expresión de las emociones en el hombre y los animales” donde ya se advierten algunos enfoques que entroncan con las modernas etología (la ciencia del comportamiento animal) y sociobiología.

 

 

Edward Wilson

 

Muy probablemente el libro de Wilson habría pasado desapercibido para la crítica de los no especialistas en etología y zoología, de no ser porque el vigésimo séptimo y último capítulo abordaba la cuestión de la base biológica del comportamiento humano. En su autobiografía, Wilson se culpa por no haber advertido previamente que el añadir ese último capítulo a su obra (al que denomina como “un segundo libro”) generaría un rechazo al conjunto. Para Ed Wilson, la argumentación fundamental a la hora de aplicar la perspectiva sociobiológica a la especie humana era que “los seres humanos heredan una propensión a adquirir comportamientos y estructuras sociales, una propensión tan extendida que puede considerarse parte de la condición humana. Los rasgos definitorios son, entre otros, la división del trabajo entre los sexos, los lazos entre padres e hijos, el altruismo con los parientes cercanos, la evitación del incesto y otras formas de comportamiento ético, el recelo ante los extraños, el tribalismo, los órdenes de dominancia dentro del grupo, la dominancia masculina en general, y la agresión territorial cuando algún recurso escasea”. Naturalmente, no es extraño que se levantara una enorme polvareda con situaciones tan grotescas como cuando, durante un simposio de sociobiología de 1978 (que formaba parte de la reunión anual de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia), una activista vació un cubo de agua sobre Edward Wilson después de que varios miembros del Comité Internacional Contra el Racismo mostraran pancartas contra la sociobiología, algunas adornadas con cruces gamadas como denuncia de una supuesta ideología racista.

 

Puede pensarse que el debate implicó fundamentalmente posturas ideológicas (desde luego, esto resulta cierto para el bando de oposición a la sociobiología, aunque no para la opinión que Wilson tiene sobre su propia posición). Wilson declarará años después: “en 1975 yo era un ingenuo en cuestión de política. No sabía casi nada de marxismo, ni como doctrina política ni como método de análisis. Había prestado muy poca atención a los movimientos de los activistas de izquierda, y nunca había oído hablar de Ciencia Para el Pueblo. Ni siquiera era un intelectual, en el sentido que se le da a la palabra en Europa o en Nueva York-Cambridge”.

 

“Ciencia Para el Pueblo” era una organización izquierdista en la que participaban varios científicos y profesores de Harvard aliados entonces contra aquella propuesta de la sociobiología que consideraban reaccionaria; entre ellos destacaba la presencia de dos grandes biólogos que ya han salido en esta historia: Richard Lewontin y Stephen Jay Gould. En aquellos años setenta, el ambiente universitario de Harvard no era precisamente ajeno al impacto de las posturas políticas y las potencialidades que la sociobiología parecía otorgar a los pensamientos racistas o sexistas no pasaban desapercibidas para quienes luchaban contra ellas. La sociobiología fue declarada por ello como “políticamente peligrosa” por el grupo liderado por Lewontin. Wilson no lo entendía.

 

Pasado el tiempo, la controversia sobre la sociobiología ha perdido bastante de la visceralidad inicial que afloró en los primeros debates y se ha reconducido a una más razonable discusión acerca de la influencia real entre la dimensión genética del comportamiento y la dimensión cultural. Wilson ha aclarado que “algunos de los críticos, dando por supuesto que yo tenía que tener motivaciones políticas, dieron a entender que el principal propósito de los capítulos “animales” [de su libro] consistía en hacer creíble el capítulo “humano”. Lo cierto era todo lo contrario. Yo no tenía ningún interés ideológico. Ni intención era celebrar la diversidad y demostrar la fuerza intelectual de la biología evolutiva”.

 

Aunque la talla científica de Edward Wilson es incuestionable, enfrente se hallaban algunos de los biólogos de Harvard de más talento. Entre ellos, Richard Lewontin, de quien el mismo Wilson escribirá luego: “Era el tipo de adversario del que uno se siente orgulloso en retrospectiva, cuando el tiempo ha borrado ya la emoción, dejando el núcleo interno y duro del intelecto. Era brillante, apasionado y complejo, destinado para representar el papel de contrincante (…) Sus credenciales científicas eran incuestionables. Sus investigaciones genéticas, del máximo nivel (…) Lewontin era un intelectual que predicaba el cambio social desde el templo de la ciencia dura”.

 

Al margen del estricto debate surgido sobre el programa sociobiológico, Richard Lewontin hizo de la denuncia científica del determinismo genético una batalla particular de la que nunca se ha apeado, utilizando en esta lid argumentaciones ciertamente brillantes. En los momentos actuales en los que importantes avances en la identificación genómica determinan la actualidad más influyente en las ciencias biológicas, Lewontin escribe: “La tesis que muchos sostienen, según la cual son los genes los que determinan las características de los organismos, nace de la facilidad con que pueden producirse importantes modificaciones genéticas en el curso de los experimentos y asimismo de las dimensiones de los efectos que estas modificaciones producen en los objetos de estudio. Por otra parte, sólo se toman en consideración aquellos fenómenos que se prestan para ser estudiados mediante este método. Los estudiosos de la genética del desarrollo se formulan preguntas sobre la diferenciación entre extremidades anteriores y posteriores de los animales y sobre la formación de los principales segmentos intermedios del cuerpo porque es posible descubrir defectos genéticos singulares que alteran ese proceso de formación. Sin embargo, no están en condiciones de explicar cómo es posible que individuos diferentes tengan cabezas y piernas de dimensiones y formas diferentes, de modo que ni siquiera piensan en formularse tal pregunta”. Lo que Lewontin está cuestionando aquí es el determinismo que impone la metodología empleada en la obtención de las respuestas científicas. Un buen motivo de reflexión.

 

La crítica de Lewontin se ha dirigido también hacia el programa adaptacionista clásico del neodarwinismo. Escribirá: “Pensar que toda diferencia entre las especies debe ser la consecuencia de fuerzas selectivas diferentes que han operado sobre ellas es un prejuicio de los evolucionistas que tienden a explicar los caracteres de los organismos desde el punto de vista de la adaptación”. Una vez más, surge un cuestionamiento global de la ortodoxia neodarwiniana, en donde el determinismo genético tiene una sólida presa, y del que no pocos biólogos evolutivos recelan.

 

Este tipo de reflexiones sobre el determinismo genético, sobre el grado de influencia biológica en el comportamiento animal y humano, sobre las consecuencias que la utilización de las ideas científicas tienen en el ámbito político o ideológico y sobre la delimitación del papel que cumplen la selección natural, el azar, la contingencia y la adaptación en el curso de la selección biológica; son algunos de los aspectos importantes del debate actual que hace apasionante el transcurso de la investigación biológica moderna y sus implicaciones sociales y culturales, a menudo excesivamente simplificadas.

 

La ecología y el medio ambiente

 

Si en los campos de la genética y de la evolución, la interacción entre ideología y ciencia ha alcanzado alturas como las anteriores; en el ámbito de la ecología y el medio ambiente, la cuestión no ha ido a la zaga. La ecología, como vimos, nació impregnada de una particular preocupación por los efectos que la actuación humana tiene sobre los sistemas naturales y de ahí a la adopción de una postura ética y social del científico no hay mucha distancia. El mismo Ramón Margalef ha hablado del carácter “potencialmente subversivo” de la ecología y el historiador de la ciencia Jean Paul Deléage la ha calificado como “la más humana de las ciencias naturales”. La preocupación ambiental, nacida de la mano de la constatación creciente de los efectos perniciosos que ejercen las actividades humanas sobre los sistemas naturales y sobre la calidad de los ecosistemas, supone la justificación más evidente de la necesidad de realizar estudios ecológicos, algo que obliga a la ecología a mantener una constante preocupación por su vertiente de aplicación a la gestión ambiental.

 

Tras las Conferencias de Naciones Unidas sobre el tema ambiental y su relación con el modelo de desarrollo (Estocolmo, en 1972; Río de Janeiro, en 1992; y, últimamente, Johannesburgo, en 2002), la necesidad de hacer dialogar a la ciencia y a la sociedad mundial para poder enfrentar con garantías el reto ambiental debiera constituir uno de los elementos fundamentales en cualquier programa de investigación y seguimiento de los ecosistemas. La función de coordinación encomendada a instituciones creadas para ofrecer ámbitos de acuerdo científico sobre la crisis ambiental, como es el caso del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático o los Programas y Centros de Seguimiento sobre la Biodiversidad Global, representa una nueva forma de tratar de integrar los resultados de las investigaciones y actividades científicas en la toma de decisiones, aunque hasta ahora los intereses económicos y políticos dominantes en el panorama mundial estén marcando en exceso la agenda de las actuaciones reales (y así nos va).

 

Sin duda, uno de los campos de investigación científica más necesarios hoy en día es el que trata de ofrecernos una mejor interpretación y comprensión de los mecanismos de funcionamiento de los sistemas ecológicos y de los efectos de nuestras actuaciones sobre ellos.  Del progreso de la ecología teórica y aplicada dependerá que adquiramos el conocimiento suficiente para asentar las decisiones necesarias. Claro que, además de eso, es preciso que exista la voluntad de llevar aquellas a la práctica, cosa que aún no esta sucediendo.

 

 


X. ¿QUÉ PASARÁ?

 

 

“Cualquiera que esté familiarizado con la labor científica sabe que quienes se niegan a ir más allá de los hechos, rara vez llegan hasta ellos”

Thomas H. Huxley

 

Nos estamos ahogando en información, mientras que nos morimos por la falta de sabiduría

Edward O. Wilson

Consilience. La unidad del conocimiento

 

 

El camino seguido por las ciencias que iniciaron el camino de tratar de comprender la Tierra y la naturaleza ha conocido un transcurso agitado, con fases de carácter revolucionario y otras de ciencia “normal”, desde 1800. Primero hubo de producirse la nada fácil emancipación de la férrea tutela de la teología, liberándose de la necesaria adecuación a la literalidad del mensaje bíblico. Aquello permitió asentar en la racionalidad del pensamiento y en la contrastación experimental las bases del progreso científico. Surgirán así dos paradigmas tan rompedores y revolucionarios como los de la evolución y el actualismo geológico: ambos formarán la cuna en la que se desarrollarán verdaderamente las nuevas ciencias naturales. Unas ciencias que, a diferencia de las físicoquímicas, mantendrán siempre una componente histórica: la advertencia del sentido de la flecha del tiempo, la irreversibilidad del proceso evolutivo o del dinamismo terrestre. De hecho, ambas constituirán la Historia Natural, aunque a partir del siglo XX surgirá un distanciamiento progresivo entre la geología y la biología; distanciamiento coherente con los intensos procesos de especialización y fragmentación que condicionan desde entonces los nuevos ámbitos científicos.

 

A pesar de ello, se mantiene un estrecho paralelismo entre los procesos seguidos por las ciencias geológicas y las ciencias biológicas en sus respectivos empeños. De hecho, a pesar de la influencia del llamado “complejo de la física”, ambas sienten de forma intensa la necesidad de desarrollar métodos propios de trabajo, no siempre coincidentes con las pautas emanadas por el progreso de la ciencia física. Y, también, ambas se ven obligadas a mirar, en lo que de teoría global tienen, en la dirección de los sistemas complejos. Se hace precisa una teoría para el sistema Tierra y una teoría para el sistema de los seres vivos. Si fuera factible construir una síntesis con ambas, la unificación de las ciencias naturales volvería a ser una posibilidad tras el largo periodo de fragmentación y una cierta ausencia de diálogo que muchos geólogos y biólogos acusan de forma negativa. Ello no excluye la posibilidad de desarrollar un paradigma común que nos permita alcanzar una concepción general de nuestro planeta que incluya la interacción permanente entre lo inerte y lo vivo; una interacción que viene desarrollándose desde hace miles de millones de años y sin cuyo concurso parece francamente difícil comprender el sistema Tierra en su totalidad.

 

Perspectivas de futuro

 

La ciencia ha cambiado poderosamente nuestra visión de la vida y de la Tierra en los últimos doscientos años. En el ámbito de la interpretación de la naturaleza, han coexistido durante mucho tiempo, de una forma más o menos solapada, compitiendo, dos líneas de pensamiento. De un lado, la que ve la presencia constante de fuerzas internas e inherentes, propias, vitales, en suma, que impregnan desde dentro todo lo vivo e, incluso, todo lo natural. Se trata de un tipo de pensamiento que se remonta en el tiempo hasta una visión politeísta de la naturaleza que imagina un alma por cada uno de los elementos importantes del ambiente: el viento, las montañas, el bosque o un determinado animal. Es una filosofía de la naturaleza que procede de la etapa en la que los seres humanos debían buscar su sustento en la caza y en la recolección de los alimentos que la naturaleza ofrece; una etapa en la que el conocimiento práctico del medio natural constituía el factor fundamental de la supervivencia. Las máscaras animistas, los ritos, cuentos y leyendas de los pueblos indígenas son algunos de los iconos y mitos donde se contiene lo más ancestral de aquella visión de la naturaleza. La fuerza emotiva de la misma renace hoy en ciertas concepciones modernas, como es el caso de la llamada “ecología profunda”, surgida como rechazo a la pérdida de valores naturales que experimentan las sociedades industriales. Aunque muchas de sus ramas aparecen teñidas de gran ingenuidad, esta visión tiene también en su entorno el hecho cierto de que los saberes y conocimientos prácticos sobre sus ecosistemas (adquiridos sin utilizar métodos científicos) que han generado y mantienen muchas culturas ancestrales maravillan aún hoy a los investigadores que se aproximan a ellas desde los campos de la antropología o la biología.

 

Por otro lado, existe también una visión mecanicista de la naturaleza: el mundo entendido como una maquinaria de reloj, cuyos engranajes ruedan de acuerdo a los mandatos de unas cuantas leyes y unos pocos principios físicos. En cierto modo, es una visión propia de marcos teológicos monoteístas, en donde existe un creador o Gran Diseñador responsable de la construcción de ese mundo mecánico perfecto. Es una visión bien representada en la pasión que la aristocracia y la monarquía de la época de los Austrias y los primeros Borbones mostraba por los relojes que se alinean en las extensas colecciones que es posible admirar en cualquiera de los lujosos palacios de aquella época maravillada por la perfección del mecanicismo.

 

Ambas cosmovisiones constituyen sendas filosofías de interpretación del mundo con una gran influencia sobre las diferentes formas de construcción del pensamiento científico. El organicismo que Anaxágoras defendía entre los clásicos helénicos representa una de las primeras aproximaciones pre-científicas desde la influencia animista, mientras que el mecanicismo atomista de Demócrito, que también surgió en la Grecia Clásica, constituye el ejemplo alternativo. La gran influencia de la mecánica de Newton decantó la evolución de la incipiente ciencia moderna del lado del mecanicismo, consagrado en los principios filosóficos y metodológicos descritos por Descartes. Del mismo modo que sucedería con el uniformismo de Hutton, aquellos principios metodológicos abrieron un camino que posibilitó la construcción de una ciencia empírica, aunque luego se advertiría que algunos de aquellos moldes resultaban demasiado estrechos para seguir conteniendo el avance de la ciencia. Desde aquellas posiciones progresó el positivismo empírico que encontraría en el organicismo y el vitalismo de los inicios del siglo XX su contrapunto ideológico: frente al llamado Círculo de Viena, aparecería Whitehead. Como luego veremos, de nuevo sería necesaria la superación de los estrechos esquemas creados para poder enfrentar la complejidad de los nuevos retos.

 

En cierto modo, aunque no de una manera excluyente, el mecanicismo se verá recogido en las metodologías reduccionistas, de carácter analítico, en las que el progreso científico surge de la aplicación de los principios cartesianos: seleccionar los problemas, aislarlos, descomponerlos y estudiarlos entonces. Por su parte, el organicismo se acomodará mejor con los planteamientos holísticos, sintéticos: con la visión de la teoría de sistemas que actualizará y definirá modernamente Ludwig von Bertalanffy en la primera mitad del siglo XX.

 

Ambas visiones o estrategias no tienen porqué resultar incompatibles. Las dos han generado importantes avances: del mecanicismo deriva toda la física clásica, de la sistémica la teoría de la información y la comunicación modernas.

 

En las ciencias naturales han coexistido (aunque no siempre de forma pacífica) corrientes influidas por ambas filosofías. Hoy es posible tender puentes que trascienden las visiones clásicas del mecanicismo y del animismo iniciales. Como ha dicho una de las biólogas actuales más influyentes, Lynn Margulis (que ya nos ha visitado varias veces en este relato), en un libro escrito junto a su hijo Dorion Sagan: "Así pues, rechazamos el mecanicismo por ingenuo y el animismo por acientífico. Aún así, la vida, como comportamiento emergente de la materia y la energía, es un fenómeno bien comprendido por la ciencia. Schrödinger estaba en lo cierto al abogar por la investigación de los fundamentos fisicoquímicos de la vida. También Watson y Crick y los demás físicos y biólogos moleculares que saludaron la estructura del ADN como la llave de los secretos de la vida. Como una cuerda que acciona los engranajes blandos de la vida, el ADN se replica y dirige la producción de proteínas que juntas forman las manchas del leopardo, las piñas del abeto y los cuerpos vivos en general. La comprensión del funcionamiento del ADN tal vez sea la mayor revolución científica de la historia. Aún así, ni el ADN ni ninguna otra clase de molécula puede, por sí sola, explicar la vida".

 

Es posible que finalmente se haya abierto el espacio necesario para el diálogo entre dos visiones del mundo para poder trascenderlas ambas.

 

¿Hacia la unificación?

 

En los últimos años, han visto la luz varias propuestas en la línea de una visión integradora y unificadora de las concepciones sobre la vida y la naturaleza. A los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela debemos el concepto de "autopoiesis", propuesto como condición específica de los seres vivos. Es un concepto presentado por estos autores en 1971 y situado en la tradición de las ideas sobre autoorganización que derivan de la teoría de sistemas. Poco antes, el químico Ilya Prigogine había iniciado sus trabajos sobre las estructuras disipativas capaces de autoorganizarse mediante el paso de energía a su través, convirtiendo parte de esa energía en orden interno y exportando entropía al exterior: una idea nacida de las propuestas germinales de Schrödinger. Entre las estructuras disipativas de las que habla Prigogine se encuentran todos los seres vivos y los sistemas ecológicos que los albergan, pero también hay estructuras no vivas como las llamas de fuego, los torbellinos o ciertas reacciones químicas. Por su parte, la idea de autopoiesis (un término que significa "creación de sí mismo") requiere partir de la noción de conocimiento, ya que para sus autores los sistemas vivos se reconocen esencialmente por tratarse de sistemas cognitivos, es decir sistemas capaces de conocer.

 

Un paso más en la línea de las anteriores propuestas se da con la llamada hipótesis (luego convertida en teoría) Gaia, una construcción teórica debida principalmente al químico independiente James Lovelock, presentada inicialmente en 1969 y generada durante su participación en los trabajos de la NASA sobre la invención de instrumentos para la detección de posible vida en Marte.

 

Uno de los aspectos más interesantes que aporta la discutida teoría Gaia es su papel en el camino de integración de diversos campos del conocimiento, ya que, si bien se originó al pensar en la capacidad de la vida terrestre no sólo para formar una determinada atmósfera, sino para mantenerla y regularla conforme a sus "necesidades", la idea ha ido ampliándose hasta abarcar una concepción general del dinamismo del planeta. Aunque algunos excesos cometidos en su defensa (y la poco propiciatoria apropiación que algunos sectores ideológicos más preocupados por la teología que por la ciencia han tratado de hacer con Gaia) han contaminado la percepción sobre lo que aporta esa teoría, lo cierto es que la idea-fuerza de Lovelock contiene aspectos sumamente sugerentes. Como él mismo señaló: "Considerad la teoría Gaia como una alternativa a la creencia convencional que ve la Tierra como un planeta muerto, hecho de rocas inanimadas, océanos y atmósfera, meramente habitado por vida. Consideradlo como un sistema real incluyendo toda su vida y todo su entorno, íntimamente acoplados para formar una entidad autorreguladora".

 

Desde este punto de vista, una de las aportaciones de Gaia reside en poner de evidencia la necesidad de llegar a una teoría unificada de la Tierra como planeta en donde la vida y la materia inerte interactúan de una forma estrecha y constituyen un sistema autoorganizado. Gaia plantea la exigencia de retornar a una concepción sintética de las ciencias naturales capaz de enfrentarse con el nivel más amplio del concepto de naturaleza: la de la Tierra como planeta dotado de vida.

 

A Lovelock le han acompañado en su aventura de Gaia otros investigadores, entre los que destaca nuestra conocida Lynn Margulis, autora principal de la teoría de la endosimbiosis que explica el origen y la evolución de las células eucariotas a partir de diversos mecanismos de cooperación y simbiosis interna entre varios antecesores procariotas de tipo bacteriano, una teoría hoy bien aceptada por la comunidad científica.

 

 

James Lovelock y Lynn Margulis junto a la estatua de Gaia

 

En conjunto, la evolución de las concepciones sistémicas sobre la vida ha teñido el panorama científico y filosófico de los últimos años del siglo XX con el surgimiento de las llamadas ciencias de la complejidad, dirigidas a tratar de comprender los sistemas complejos para los que el conocimiento detallado de cada una de sus partes, previa disección del todo, no resulta el método más apropiado de conocimiento, dadas sus características principales de mostrar “propiedades emergentes”, es decir, propiedades que caracterizan ciertos niveles de la estructura, pero que no se deducen de los niveles inferiores: la vida sería un buen ejemplo de todo ello.

 

En 1979, primero, y luego en 1986, Ilya Prigogine e Isabelle Stengers sugirieron la posibilidad y la necesidad de trascender lo que consideraban etapas superadas de la ciencia, aún dominadas en exclusividad por aquellos enfoques anclados en las circunstancias que conocieron el nacimiento de la ciencia moderna. Esa trascendencia la adscriben (y la aplicaron al título de su libro) a una nueva alianza que representaría la "metamorfosis de la ciencia". La complejidad tiene en esta nueva visión una importancia fundamental. Afirmaron: "La ambición de reducir el conjunto de procesos naturales a un pequeño número de leyes ha sido totalmente abandonado".

 

El ya señalado empeño esencial de Pierre Simon de Laplace, cuya pretensión era poder predecir todos los estados futuros del universo al ser conocidas todas las fuerzas y todas las posiciones de los cuerpos, fue empañado de forma definitiva por el Principio de Indeterminación de Heisenberg (no es posible medir simultáneamente la posición y la velocidad de una partícula), y ha perdido todo interés para la ciencia moderna: "no son ya las situaciones estables y las permanencias lo que más nos interesa, sino las evoluciones, las crisis y las inestabilidades", dirán Prigogine y Stengers.

 

Se trata, una vez más, de cuestiones relacionadas con la revolución científica de unas ciencias que intentan trabajar con la complejidad y, en particular, con la que caracteriza al mundo natural como objeto del conocimiento y de comprensión. Como ha escrito Claude Jappart: "El reto, considerable, consiste en inventar un método científico adaptado a los sistemas naturales complejos. Así es como podremos invertir el orden de nuestras prioridades. Hasta el momento hemos tratado de conocer nuestro planeta. Ahora debemos comprenderlo".

 

La nueva situación de las cosas exige, además, un cambio en la posición y el sentido que ocupa la ciencia dentro de la sociedad, proponiéndose una nueva visión de la ciencia tanto en lo concerniente a su forma de construcción como en lo que respecta a su función e inserción social. En definitiva: esa nueva alianza entre la humanidad y la naturaleza por la que claman Prigogine y Stengers, cuyas palabras escritas hace ya décadas siguen resonándonos hoy con fuerza:  "Es urgente que la ciencia se reconozca como parte integrante de la cultura en la que se desarrolla" y "Creemos que nuestra ciencia se abrirá a lo universal cuando cese de negar, de considerarse ajena a las inquietudes y a los interrogantes de las sociedades en las que se desarrolla; cuando sea capaz de mantener un diálogo con la naturaleza cuyos múltiples encantos sabrá entonces apreciar y con los hombres de todas las culturas, cuyas preguntas aprenderá a respetar".

 

 

 

EPILOGO: EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO

 

 

"Cuando cambian los paradigmas científicos, el mundo mismo cambia con ellos"

Thomas S. Kuhn

La estructura de las revoluciones científicas

 

 

Las ideas actuales que los científicos esgrimen sobre el tercer planeta del sistema Solar se centran en explicar la peculiar realidad de nuestro hogar con respecto al resto de los astros conocidos. Nuestra atmósfera, por ejemplo, no puede entenderse sin recurrir a los efectos que la vida ejerce sobre su propia composición gaseosa (fundamentalmente referida a esa quinta parte de oxígeno molecular, tan característica de nuestra capa gaseosa, pero también a otras particularidades). Sabemos que la misma presencia de vida en la Tierra ha posibilitado la existencia de un microcosmos autorregulado al que llamamos biosfera, que mantiene unas características ambientales bastante homogéneas y propicias para las formas de vida que, en número y variedad extraordinarios, la ocupan. Además, los científicos han comprobado que la parte sólida superficial del planeta, recubierta aproximadamente en un 70 % por agua líquida con una cierta proporción de sales disueltas (la parte de la hidrosfera que conocemos como mares y océanos), mantiene un comportamiento sumamente activo: por ello apenas quedan rastros en la superficie de nuestro planeta de la colisión de asteroides, que hubo de ser extraordinariamente frecuente en otros tiempos. Las viejas cicatrices de ese tipo de colisiones son muy abundantes en todos los otros planetas sólidos del sistema solar, incluido nuestro satélite particular. Esta es, pues, otra de nuestras diferencias con el resto de los cuerpos cercanos: la intensa actividad geológica que actúa sobre su superficie.

 

Pero tampoco son la erosión y la sedimentación (procesos fundamentales en la remodelación constante de la corteza terrestre) los únicos responsables de la rápida desaparición de los rastros de los impactos: continuamente se están produciendo enormes movimientos de elevación y hundimiento de las masas superficiales sólidas y rígidas, como si éstas se encontraran gravitando sobre móviles bases fluidas. Aún más: a lo largo de grandes periodos de tiempo tienen lugar gigantescos desplazamientos horizontales de los continentes, que se fragmentan y colisionan con una energía inusitada. Como conclusión de todo ello, la superficie planetaria ofrece imágenes cambiantes a lo largo del tiempo y en escalas de decenas a centenares de millones de años. La Tierra es, en esencia, un planeta en continua transformación.

 

Sobre la base sólida del planeta, componiendo una franja superficial no demasiado gruesa, se instala un espacio virtual que hemos denominado biosfera por tratarse del lugar que alberga la vida. Aún no sabemos cuán profundamente en el interior de las rocas de la corteza pueden vivir algunas bacterias y arqueas (cada vez hay más indicios de que la cifra es mucho más elevada de lo que suponíamos hasta hace muy poco) y, desde luego, a cierta altitud en la atmósfera la presencia de organismos vivos se va rarificando hasta volverse nula. En total, un número inconcebible de criaturas vivas agrupadas en, tal vez, decenas de millones de especies o unidades evolutivas comparte el planeta con nosotros, los seres humanos; a la postre una especie más del amplio espectro de la biodiversidad. Los organismos vivos constituyen así comunidades en permanente proceso de adaptación y remodelación de los distintos ambientes que existen en la biosfera, formando ecosistemas que, a su vez, se modifican y autoorganizan en el transcurso del tiempo.

 

En realidad, la misma definición de medio ambiente está siendo revisada en la actualidad por muchos biólogos y ecólogos, dada la reciprocidad entre este concepto y el de organismo. Para Lewontin, por ejemplo, “la tesis de que el ambiente de un organismo es independiente de ese organismo, y de que los cambios que se verifican en el ambiente son autónomos e independientes de los cambios que ocurren en la especie, es claramente falsa”.

 

Muchos biólogos, con Lewontin, ven una construcción constante del ambiente por parte de los organismos, de forma que ese ambiente que se supone que les condiciona, sería, en buena manera, el producto de lo intervenido o afectado por el propio organismo. Un buen ejemplo desde el que entender lo anterior reside en pensar en la masa de aire que nos rodea y con la que nuestra piel está en contacto: se trata de una microatmósfera modificada en muchas de sus características (temperatura, humedad, etc.) por la acción de nuestra propia piel; de ahí que cuando hace viento y parte de esa masa de aire que nos rodea es apartada de nosotros, sintamos frío. Por supuesto, se puede acudir a numerosos otros ejemplos a la hora de tratar de comprender esta idea: desde la construcción de presas por los castores, a los efectos de las raíces de las plantas sobre el suelo o de las hojas sobre el sotobosque.

 

Estas ideas son importantes porque afectan a la idea de adaptación, ese concepto esencial en la evolución biológica que suscita en la actualidad buena parte de los debates sobre el grado y la forma en que intervienen la selección natural y otros factores en el proceso evolutivo.

 

Los ecólogos, en cualquier caso, están empeñados en tratar de entender los procesos que dirigen el funcionamiento de aquellas entidades que agrupan a las comunidades de seres y a los factores no vivos de los ambientes en donde viven. Con ello han construido la noción de ecosistemas, y los estudian con la vista puesta en las relaciones que establecen entre sí sus elementos (especies y factores abióticos del medio, como la temperatura o la luminosidad, el relieve y el espacio en el que todos ellos tienen lugar). De este modo, se ha establecido el objetivo científico del programa de investigación de la ecología, especificado en aquella definición, tan precisa como breve, de Ramón Margalef: la ecología es la ciencia de los ecosistemas.

 

Los ecosistemas, además, cambian con el tiempo, se autoorganizan y también sufren los efectos de factores exteriores. En la actualidad la mayoría de ellos se ven condicionados por causas humanas. Algunos se ven alterados en su composición, sufren invasiones de especies desde otros ecosistemas; o se simplifican como consecuencia de impactos externos graves. En ausencia de agentes externos, la evolución del ecosistema deriva de las propias relaciones internas establecidas entre sus componentes: en general, puede hablarse de tendencias comunes que caminan en un mismo sentido cuando no hay presiones humanas condicionantes. Así, la mayoría de los ecosistemas tienden, con el tiempo, a incrementar su diversidad biológica, a complicar la red de relaciones que traban entre sí a los organismos que los componen y los relacionan con el medio abiótico en que se desenvuelven; a favorecer la presencia de organismos especialistas en el uso de recursos específicos y a restringir la de los generalistas u oportunistas, a incrementar la biomasa total que albergan, a ralentizar la tasa de renovación de sus flujos de materiales,…. Estas son algunas de las pautas que constituyen la “sucesión ecológica”, ese complejo proceso dinámico de modificación en el tiempo donde interviene también la propia evolución biológica y los efectos de la biogeografía o distribución de los seres vivos por la superficie del planeta.

 

La Tierra y la vida se caracterizan, así, por una tensión permanente entre el cambio y la  estasis o permanencia. Se constituye de este modo un juego dinámico en el que la autoorganización de la vida toca su incesante y cambiante melodía sobre un planeta aún condicionado por la energía que almacena en su interior y alimentado ecológica y climáticamente por la que le llega desde una estrella que lo mantiene anclado a un sistema de astros con los que danza permanentemente por la galaxia en la que se formó hace casi 5.000 millones de años.

 

Esta danza de un planeta en constante transformación por el universo es una metáfora de la visión de la ciencia moderna sobre la Tierra. A su vez, forma parte de una interpretación científica que ha exigido mucho tiempo y esfuerzo construir a partir de razonamientos, observaciones, experimentaciones, discusiones y acuerdos, en los que han intervenido en grado diferente cientos, miles…, tal vez cientos de miles de personas. La historia moderna de la ciencia, iniciada en la estela del Renacimiento e impulsada con el alba de la Ilustración, nos ha legado un mecanismo para la comprensión racional desde el que hemos ido tejiendo la interpretación más fidedigna posible de la realidad que nos rodea y que está en nosotros mismos: la naturaleza del tercer planeta del sistema Solar.

 

En ese camino, la persecución del misterio que esconde el reemplazo de unas especies por otras se ha producido conforme avanzaba el desentrañamiento de la composición, la estructura y el dinamismo de la Tierra. Conocer la forma y los mecanismos mediante los que se originó la vida y saber más sobre la manera en que se alcanzó y mantiene la actual diversidad de organismos vivos representa un relato de investigación y debate científico que ha discurrido de forma pareja y a veces entrelazada con el camino trazado en pos de la explicación sobre los porqués de las grandes cordilleras, sobre los enigmas de los fondos marinos o acerca de la justificación de la existencia de terremotos y volcanes.

 

Hoy sabemos (cualquier texto de ciencias naturales lo explica) que la Tierra esta estructuralmente organizada en capas de materiales diferentes. El núcleo, el manto y la corteza aparecen dibujados en los esquemas más básicos sobre el interior de nuestro planeta, a pesar de que nunca nadie ha conseguido ver ni obtener un solo pedazo de roca u otro material directamente procedente del núcleo, por ejemplo. Ponemos incluso cifras precisas a los límites, de forma que aprendemos que a los 2.900 kilómetros de profundidad el manto da paso al núcleo. Un núcleo que representamos dividido en dos porciones, con una externa líquida y otra interna sólida, una estructura que podría explicarse por la existencia del campo magnético generado al sedimentarse pequeños fragmentos de material sólido cuyo movimiento de caída motivó que Cristóbal Colón se pudiera guiar por brújulas para llegar hasta las Américas, aunque él en realidad buscara la tierra de las especias.

 

Los métodos de indagación a distancia del interior de nuestro planeta se parecen considerablemente a los que utiliza la moderna medicina para conocer nuestras interioridades sin necesidad de cirugía. Las tomografías sirven tanto para una cosa como para la otra, y del mismo modo que somos capaces de "trocear" en secciones el interior humano, podemos obtener imágenes sobre los ascensos y los descensos de masas ingentes que fluyen desde el núcleo hasta la litosfera del planeta o viceversa.

 

También tenemos noticia fidedigna sobre la compleja estructura de cada capa de la Tierra gracias a la reflexión y refracción de las ondas sísmicas o por la manifestación de efectos físicos a distancia, como pueden ser la generación de calor, la gravedad o el magnetismo. Sabemos que el material del manto, sometido a altísimas temperaturas y presiones, se comporta como un sólido que fluye lentamente y en el que, como sucede con el agua de una olla calentada por su parte inferior, las corrientes de convección originan movimientos internos de distribución del calor con la masa del material, componiendo un ir y venir, un ascender y descender de masas calientes y frías. Si el fluir de un sólido nos sorprende, no es difícil encontrar el fenómeno en lugares mucho más próximos, como en las largas lenguas glaciares que avanzan deslizándose por las laderas de las cordilleras continentales más elevadas o sobre los casquetes glaciares.

 

En el caso de la Tierra, poseemos muchos datos que nos permiten pensar que los movimientos del manto, aunque todavía no bien comprendidos, son capaces de producir efectos relevantes en la superficie rígida de la corteza, de la misma manera que el fluir profundo de una sopa densa altera la espuma casi sólida que forma su superficie fría. Por eso es por lo que las masas continentales llegan a fracturarse en muchos puntos, generando enormes líneas de ruptura por las que surgen los materiales volcánicos líquidos y gaseosos y trepida la tierra debido a las fricciones generadas entre unos bloques y otros. En unos lugares, la distensión produce enormes suturas en forma de gigantescos valles lineales de perfiles verticales y fondos relativamente planos, por donde salen los magmas que construyen cadenas de volcanes y cuyas depresiones acogen grandes lagos salinos, como ocurre hoy en día en el Gran Valle del Rift africano, un área que enlaza las zonas de los Grandes Lagos de Kenia y Tanzania con la región etiópica del Mar Rojo.

 

Aquel mismo fluir de masas por el interior del manto explica la formación de las gigantescas trincheras submarinas que forman profundas fosas por donde el agua y los sedimentos descienden más de 11.000 metros bajo la superficie azul de los océanos. Se trata de inmensas simas que tragan lentamente ingentes masas de rocas del fondo marino para regresarlas al calor materno del manto, mientras los sedimentos marinos, más ligeros, son empujados contra el otro lado de la trinchera y forman cúmulos gigantescos que se pliegan, flexionan, fracturan y cabalgan sobre sí mismos, componiendo enormes cordilleras capaces de elevarse varios miles de metros sobre la superficie teórica del geoide terrestre; o construyen arcos insulares dotados de una intensa actividad volcánica, como sucede en el llamado Cinturón de Fuego del Océano Pacífico.

 

También hemos adquirido una aceptable comprensión de los mecanismos mediante los cuales se diversifica y evoluciona la vida. Somos capaces de explicar con un grado considerable de rigor y precisión los procesos por los que se originan nuevos tipos de seres vivos; conocemos cómo la herencia, representada en las secuencias de nucleótidos que componen ese largo hilo del mensaje de la vida que es el ácido desoxirribonucleico (el famoso ADN), es capaz de transmitir de una generación a otra la información sobre la forma de construir un determinado ser vivo; sabemos que esa macromolécula que compone los cromosomas de las células en división puede alterarse y verse mediatizada por los efectos transformadores de otras moléculas o por radiaciones capaces de modificar su secuencia, el orden de sus instrucciones o el propio mensaje: sabemos que ello produce mutaciones que, por lo general, resultan perniciosas para sus portadores, pero que también forman la base sobre la que la vida hace descansar su potencial de permanente transformación y evolución. Incluso podemos argumentar razonablemente acerca de la existencia de técnicas de supervisión y reparación de los errores que se cometen al producirse la duplicación de la información genética, sobre los mecanismos de última línea en el control de tales errores, aquellos que llevan incluso a la aparición de programas para la apoptosis o "suicidio celular": mecanismos que son, hoy, objeto preferente de investigación por su importancia para la comprensión y mejora de los tratamientos contra el cáncer.

 

Y podemos tratar de ir desde el gen al ecosistema, en una escala de niveles jerárquicos autoensamblados, a través de una ciencia capaz de proponernos un orden coherente, aunque todavía incompleto, desde el que podamos intuir la enorme complejidad de la trama de la vida, atisbar los factores que limitan o condicionan la existencia de los seres vivos y vislumbrar las adaptaciones de que éstos se dotan con el fin de sobrevivir.

 

Así, hemos conseguido reconstruir una historia documentada de la vida sobre el planeta, un escenario de 4.500 millones de años en el que la vida lleva actuando casi 4.000. En esa historia conocemos hitos excepcionales ("transiciones principales" las han denominado John Maynard Smith y Eörs Szathmáry), como son el paso desde las moléculas replicantes a las poblaciones de moléculas protegidas por compartimentos protocelulares, la formación de las células eucariotas a partir de la organización procariota (sin núcleo ni orgánulos) o el salto desde los organismos unicelulares hasta los pluricelulares. Para cada uno de estos hitos (Maynard Smith y Szathamáry describen ocho, aunque reconocen nueve) poseemos explicaciones bastante buenas: mecanismos viables.

 

El panorama reconstruido de la historia de la vida nos ofrece también información sobre la existencia de periodos asombrosamente creativos, en los que la vida se multiplicó y diversificó de manera exorbitante, frenética. Eso es lo que ocurrió en los albores del Cámbrico. Pero otros momento se parecen más a la crónica de un Armagedón: fueron tiempos de destrucción masiva, de caos; en ellos, el hachazo brutal de la extinción alcanzó cimas inauditas durante las cuales desapareció una gran cantidad de tipos de organismos que representaban otras tantas apuestas evolutivas cercenadas; eso es lo que sucedió en la frontera entre el Pérmico y el Triásico, donde se cavó una enorme tumba en la que descansan los cadáveres fosilizados de más del 90% de las especies de animales marinos que existían anteriormente.

 

Somos afortunados por contar con una explicación que nos permite disfrutar de forma aún más generosa del maravilloso mundo que nos rodea. Por ella somos herederos del esfuerzo de muchos hombres y mujeres que supieron anteponer la fuerza de la razón a la intransigencia de los dogmas, que suele ser la “razón de la fuerza”; que consiguieron dotar de sentido y coherencia racional a unos hechos que acaecen día a día o que están impresos en las rocas y las formas que proceden del pasado, pero que no eran fáciles de ver y menos de desentrañar. Vivimos en un momento de la historia en el que se da el mayor porcentaje de hombres y mujeres dedicados profesionalmente a la ciencia que nunca ha habido. Paralelamente, podemos disfrutar de un panorama rico en cantidad y calidad de instrumentos, medios e instalaciones para ayudarnos a entender el mundo, desde libros o vídeos hasta museos de la ciencia, construcciones dedicadas a explicar y divulgar esa parte sustancial de la cultura moderna que es la ciencia. De nuestra voluntad y de nuestras ansias por saber, experimentar y deducir dependerán en gran manera nuestra capacidad para asombrarnos y poder disfrutar con una de las facetas del ser humano que más satisfacciones puede reportarnos: el conocimiento del planeta que habitamos.

 

Porque no es preciso ser un científico para participar de la aventura del conocimiento científico: tan sólo hay que ser un ser humano.

 

 

 

ALGUNA BIBLIGRAFÍA CON LA QUE AMPLIAR LO TRATADO

 

 

A continuación, se ofrece un listado de algunos de los principales libros mencionados en el texto o que pueden resultar útiles a la hora de ampliar algunas de las cuestiones tratadas anteriormente. Se trata de una lista totalmente subjetiva en la que, aunque probablemente todo lo que está, es (pertinente), indudablemente no está todo lo que es.

 

 

Anguita, F. Biografía de la Tierra. Aguilar: Madrid. 2002.

 

Arnold, D. La naturaleza como problema histórico. Fondo de Cultura Económica: México. 2000.

 

Arsuaga, J. L. El enigma de la esfinge. Plaza y Janes Editores: Barcelona. 2001.

                         

Bowler, P. J. Historia Fontana de las ciencias ambientales. Fondo de Cultura Económica: México. 1998.

 

Cabezas Olmo, E. La Tierra, un debate interminable. Prensas Universitarias de Zaragoza: Zaragoza. 2002.

 

Darwin, Ch. Viaje de un naturalista alrededor del mundo. Akal editor: Madrid. 1983 (hay también edición reciente en Miraguano Ediciones: Madrid. 1998)

 

Deléage, J.P. Historia de la ecología. Icaria editorial: Barcelona. 1993.

 

Dennet, D. La peligrosa idea de Darwin. Galaxia Gutenberg - Círculo de lectores: Barcelona. 1999.

 

Fernández-Armesto, F. Civilizaciones. La lucha del Hombre por controlar la naturaleza. Taurus: Madrid. 2002.

 

Fernández Pérez, J. Humboldt. El descubrimiento de la naturaleza. Nivola, libros y ediciones: Tres Cantos. 2002

 

Gomis, A. Mendel. El fundador de la genética. Nivola libros y ediciones: Tres Cantos. 2000.

 

González Bueno, A. Linneo. El príncipe de los botánicos. Nivola, libros y ediciones: Tres Cantos. 2001.

 

Gould, S.J. Ocho cerditos. Ed. Crítica. Barcelona: 1994

 

Gould, S.J. La grandeza de la vida. Ed. Crítica: Barcelona. 1997.

 

Gould, S.J. Las piedras falaces de Marrakech. Ed. Crítica: Barcelona. 2001.

 

Hallam, A. Grandes controversias geológicas. Ed. Labor S.A. Barcelona: 1985.

 

Hallam, A. De la deriva de los continentes a la tectónica de placas. Ed, Labor. Barcelona: 1989.

 

Lewontin, R. Genes, organismo y ambiente. Gedisa Editorial: Barcelona. 2000.

 

Lovelock, J. Las edades de Gaia. Tusquets Editores: Barcelona: 1993.

 

Margulis, L. y D. Sagan. ¿Qué es la vida? Tusquets Editores: Barcelona. 1996.

 

Maynard Smith, J. y Szathmáry, E. Ocho hitos de la evolución. Tusquets Editores: Barcelona. 2001.

 

Milner, R. Diccionario de la evolución. Biblograf SA: Barcelona. 1995.

 

Pascual Trillo, J. A. El teatro de la ciencia y el drama ambiental. Miraguano Ediciones: Madrid. 2000.

 

Pascual Trillo, J. A. La vida amenazada. Cuestiones sobre biodiversidad. Nivola, libros y ediciones: Tres Cantos. 2001.

 

Ruse, M. El misterio de los misterios. Tusquets Editores: Barcelona. 2001.

 

Sánchez Ron, J. M. El Siglo de la Ciencia. Taurus: Madrid. 2000.

 

Varios Autores. El regreso de Humboldt. Exposición en el Museo de la Ciudad de Quito. Junio-agosto del 2001. Museo de la Ciudad de Quito. Asociación Humboldt-Centro Goethe. Embajada de la República Federal de Alemania. Quito. 2001

 

Wagensberg, J. Ideas para la imaginación impura. Tusquets Editores: Barcelona. 1998

 

Wegener, A. El origen de los continentes y océanos. Círculo de Lectores: Barcelona. 1996

 

Weiner, J. El pico del pinzón. Galaxia Gutenberg - Círculo de Lectores: Barcelona. 2002.

 

Wilson, E.O. Consilience. La unidad del conocimiento. Galaxia Gutenberg - Círculo de Lectores: Barcelona. 1999.

 

Wilson, J. T. Avances en las ciencias geológicas. En: Fifield, R. (coordinador) Formación de la Tierra. Ed. Pirámide: Madrid. 1987.

 

Wilson, J.T. Revolución en las ciencias de la Tierra. En: Domingo Morató, M. Homenaje a Tuzo Wilson. Enseñanza de las Ciencias de la Tierra 1 (2). Octubre de 1993.