REVOLUCIONES EN LAS CIENCIAS NATURALES. La nueva visión de la Tierra y de la vida
REVOLUCIONES EN LAS CIENCIAS NATURALES
LA NUEVA VISIÓN DE LA TIERRA Y DE LA VIDA
José Antonio Pascual Trillo
Finalista del Premi Europeu de
Divulgació Científica

EDICIONES EN PAPEL:
Edición en español Pulsar para enlace
Miraguano
Ediciones
Madrid
2004
ISBN 13:
978-84-7813-271-3

Edición en valenciano
(Trad. Josep Franco)
Editorial Bromera-
Universitat de València
València
2003
ISBN:
9788476607695
INDICE
PROLOGO
INTRODUCCIÓN
I. EL INICIO DE LA AVENTURA
Una época revolucionaria
Viajes y exploraciones:
luces y sombras
La explicación de la
naturaleza
II. LOS TIEMPOS DE ALEXANDER VON HUMBOLDT Y LA DEFINITIVA APORTACIÓN
DE CHARLES LYELL
Humboldt: el intento
de abarcarlo todo
Nace la geología
moderna: Charles Lyell
III. LLEGA EL MOMENTO DE LA EVOLUCIÓN
Y llegó Darwin y aguó la
fiesta
La grandeza de la concepción
evolutiva
Alfred Wallace: el
gran olvidado
La teoría de la
selección natural
La cuestión de la
edad de la Tierra
IV. NACE LA GENÉTICA Y CRECE LA NUEVA ECOLOGÍA
Reaparecen las leyes
de la herencia
El refugio de los
estudios sobre la naturaleza
V. EPPUR SI MUOVE: ALFRED
WEGENER
El explorador que apenas pudo celebrar su cincuenta
cumpleaños
Ideas demasiado
revolucionarias
Los argumentos a favor de la
deriva de los continentes
VI. FUSIONES Y SÍNTESIS: NUEVOS PARADIGMAS EN LA BIOLOGÍA
La genética y la
biología molecular: las reinas del siglo XX
La síntesis
evolutiva
La irrupción de la
ecología moderna
VII. RENACE LA MOVILIDAD CORTICAL
J. Tuzo Wilson,
perturbador de científicos
Los primeros años
después de Wegener
Los prodigiosos
años...cincuenta
Recogiendo frutos:
la hipótesis de la expansión de los fondos oceánicos
Por fin: la teoría
de la tectónica de placas
VIII. LA ESPINOSA CUESTION DEL EGO: EL ORIGEN DE LA HUMANIDAD
Darwin: un hombre
prudente
Huesos enterrados
Una saga de buscadores de
huesos: los Leakey
Hitos y consecuencias: de
las huellas de Laetoli al banquete caníbal de
Atapuerca
IX. UN MOMENTO APASIONANTE: HOY
Las ciencias de la
Tierra
Algunos motivos de
discusión actual
¿Heterodoxia en el
campo evolutivo?
La determinación
genética, el ambiente y otras cuestiones
La ecología y el medio
ambiente
X. ¿QUÉ PASARÁ?
Perspectivas de futuro
¿Hacia la unificación?
EPILOGO: LA CONSTRUCCIÓN DEL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO
ALGUNA BIBLIOGRAFÍA CON LA QUE AMPLIAR LO TRATADO
PRÓLOGO
"El
conocimiento es una representación (necesariamente finita) de un pedazo de la
realidad (presuntamente infinita). La ciencia es conocimiento elaborado con el
método científico. Y método científico es cualquier método que respete tres
principios: el de objetividad, el de inteligibilidad y el dialéctico. Se es
objetivo cuando, ante varias formas de observar un objeto, se opta por aquella
que menos afecta a la observación. Se es inteligible cuando la representación
es, en algún sentido, más compacta que lo representado. Y se es dialéctico cuando
el conocimiento se arriesga a ser derribado por la experiencia".
Jorge Wagensberg
Físico. Director del Museo de la Ciencia de Barcelona
Esta es una historia que trata acerca de la construcción del conocimiento sobre nuestro planeta y la vida que lo singulariza. Una vida que, por lo que sabemos, convierte a la Tierra en diferente a cualquier otro planeta conocido.
Analizando
el camino recorrido en el conocimiento moderno de la Tierra y su naturaleza podemos
constatar que éste se ha ido haciendo más objetivo, más inteligible y más
dialéctico conforme nos aproximamos al momento actual. Hemos de convenir, de
acuerdo con la idea de ciencia que se transcribe en la cita con la que comienza
este prólogo, que se ha convertido, paulatinamente, en un conocimiento más
científico.
Pero no
ha finalizado la historia de ese conocer: entre otras cosas porque ningún
proceso de construcción del conocimiento científico puede considerarse nunca completamente
culminado. Nunca podremos afirmar que lo que creemos saber, “es”, de una forma
absoluta y definitiva. Tan sólo podremos convenir que puede ser la mejor
explicación de entre las que disponemos. Una explicación que, además, ha de
avenirse a ser demostrada errónea en su caso o, quizás, mejorada por una nueva
explicación más satisfactoria, más completa, más aceptable. Vale decir: más
objetiva, más inteligible, más dialéctica: más científica.
Esta
historia del conocimiento científico sobre la naturaleza se inició, en su
vertiente más moderna, hace no mucho tiempo, aunque quizás algo después de que
se emprendiera la aventura de la ciencia renacentista, ya que, mientras que se
suele considerar el siglo XVII como la cuna de las ciencias físicas, habrá que
esperar hasta el siglo XVIII (aquella centuria conocida como la de la Ilustración)
para poder advertir el verdadero inicio de unas ciencias modernas de la
naturaleza, y aún estaríamos en una fase fundamentalmente descriptiva que daría
paso a las explicaciones y teorías plenamente científicas ya en el siglo XIX.
Aquel
siglo XVIII, llamado de las Luces, fue un siglo en el que las corrientes
revolucionarias y librepensadoras recorrieron Europa con inusitada fuerza,
extendiéndose también por muchas de las colonias ligadas cultural y
comercialmente al viejo continente, dispersando así el germen de la admiración
por el poder de la razón. Una razón cuyo sueño llega a producir monstruos, según
la frase que eligió Goya para construir uno de sus famosos “caprichos”; y una
razón que llega a ser la misma facultad suprema del conocimiento, según Hobbes.
En
cualquier caso, razón contra intuición y conocimiento frente a dogma fueron, en
una reducción exagerada a esquemas simples pero eficaces, algunas de las
trincheras que se fueron abriendo conforme progresaban las ideas democráticas del
Nuevo Régimen; fueron ideas alzadas como estandartes ante el férreo absolutismo
monárquico que representaba el pasado. En el fragor de aquella lucha surgió la
ciencia moderna, muchos de cuyos promotores buscaron en la naturaleza y en los
viajes por tierras ignotas las claves con las que interpretar un mundo que, en
poco tiempo, empezó a ser inteligible. La aventura de la comprensión de ese
mundo constituyó el impulso que empujaba a los nuevos naturalistas.
Es
cierto que aquellos inicios, marcadamente europeos, condicionarán muchas de las
posteriores sendas por las que discurrirá la ciencia. Será un condicionamiento
que muestra perfiles poco defendibles en la apropiación del saber y en la
utilización sectaria de sus beneficios, contribuyendo así a aportar no pocos elementos
en el establecimiento de un mundo no menos injusto y desequilibrado que el
anterior, sólo que ahora, las desigualdades se extendieron por el planeta
posibilitando un nuevo colonialismo de dimensiones planetarias. En la
progresión de aquellos primeros avances científicos intervendrán las razones
del interés tanto como los intereses de la razón, habrá afanes por el
conocimiento mezclados con anhelos por la posesión, se mezclarán ideales elevados
con ideas mezquinas de dominación.
A fin
de cuentas, se trata de una historia humana y hemos de encontrar en ella desde
lo mejor de nuestra especie hasta sus más oscuros recovecos. Pero quiero creer
que hay en ella un afán que sobresale sobre todos los demás: el afán del
conocimiento; aquel mismo impulso, quizás, que permitió salir de los confines
de los bosques tropicales para ocupar las amplias praderas africanas a unos
pocos individuos que supieron aprovechar las nuevas oportunidades que el cambio
climático y una profunda e inacabada fractura continental abrieron en África
mucho tiempo atrás.
José Antonio Pascual Trillo
INTRODUCCIÓN
"Tras largo tiempo a la deriva, Iberia se
dirigió finalmente hacia el norte y comenzó el proceso de convergencia con
Europa. Ocurría esto en realidad hace 80 millones de años, y del proceso
surgieron los Pirineos. Lejos estaba Lepidotes ilergetis, pez osteíctio
que nadaba en las plácidas aguas que durante el Cretácico cubrían la región de
la actual sierra del Montsec, al norte de Lérida, de intuir que su mar había de
convertirse en una escarpada cordillera montañosa, elevándose el fondo marino a
más de 3.000 metros en algunos sectores".
"A pesar de estas incertidumbres y
desviaciones, los paleontólogos están de acuerdo en la existencia de
importantes crisis biológicas (...). La más importante marca el límite entre el
Pérmico y el Triásico, hace 250 millones de años, que habría eliminado el 90%
de las especies marinas".
"Por doquier de las Antillas Mayores podemos
hallar lagartos del género Anolis. En las copas de los árboles y a lo
largo de sus troncos, entre la hojarasca del suelo, encaramados en los postes
de vallas o en la proximidad de las flores. Los hay de toda guisa y condición:
cortos, largos, azules, pardos, verdes o grises, buenos saltadores y pésimos,
grandes y retadores, lentos y cautelosos. Esa increíble diversidad convierte a
los anolis en motivo fascinante de estudio. Porque tras ese caleidoscopio de
formas y de hábitats se esconde la clave de un misterio biológico crucial: ¿en
virtud de qué la evolución de un animal toma una senda determinada y no otra?".
Los textos que anteceden han sido extraídos
de varios artículos científicos recientes elegidos al azar entre los muchos que
se publican cada año. Pueden representar, en cierto modo, una breve muestra de
la manera en que los científicos explican actualmente algunos aspectos de la
naturaleza de nuestro planeta.
Desde esas frases advertimos la existencia de
continentes viajeros que se desplazan como enormes naves sobre la superficie del
planeta, vislumbramos la magnitud de vastos océanos que se abren y cierran al
compás de los tiempos geológicos como lo harían las valvas de un gigantesco mejillón,
nos admiramos ante la presencia de especies que sobreviven unos pocos millones
de años para transformarse en otras diferentes o, simplemente, desaparecer para
siempre de la faz del planeta.
La actual concepción científica de la Tierra nos
aporta la imagen de un planeta vigorosamente cambiante: un planeta dinámico y
activo. Es una imagen que hubieran rechazado por increíble y estrafalaria -si ya
no por herética- la práctica totalidad de los naturalistas que vivieron hace
tan sólo un par de siglos.
Si aún hoy, la imaginación poderosa de Jules
Verne continúa asombrándonos cada vez que volvemos a acompañar a Lindenbrock y
sus amigos en su Viaje al centro de la
Tierra o cuando decidimos sumergirnos de nuevo con el Nautilus del capitán
Nemo en Veinte mil leguas de viaje
submarino, lo cierto es que desde que el escritor bretón decidiera dar
forma literaria a sus fantasías, allá por la segunda mitad del siglo XIX, los
descubrimientos, interpretaciones y experiencias de los naturalistas empeñados
en comprender mejor el planeta que habitamos han superado con creces la fértil
imaginación de autores incluso tan creativos como él. Hoy, la imagen que nos dejan
las ciencias de la Tierra y de la vida haría admirarse con incredulidad al más
original de los autores pioneros de la ciencia-ficción. Envuelta entre frases
sugerentes (“No es posible ocuparse de la
ciencia sin utilizar un lenguaje rico en metáforas” ha escrito el prestigioso
genetista evolutivo Richard Lewontin), la explicación que las ciencias
naturales nos proponen para interpretar el funcionamiento de la vida y del
propio planeta convierte sin duda a la Tierra y sus habitantes en el
espectáculo más asombroso que pudiéramos imaginar.
Comprender los motivos que impulsaron a los
pioneros de las ciencias de la naturaleza para emprender la tarea de hacer
inteligible la Tierra y la vida que en ella habita supone un reto esencial al
que deberán enfrentarse todos aquellos interesados por la historia del
conocimiento científico, pero, además, obliga a profundizar en un momento crucial
de cambio en la mente colectiva de la humanidad. Confiar en que es posible explicar
el mundo que nos rodea, partir a buscar explicaciones para los hechos y las
experiencias convertidos ahora en fuentes del conocimiento; arriesgarse a exponer
las propias ideas a una crítica razonada y centrar la discusión sobre la base
de los argumentos esgrimidos y los resultados de otros descubrimientos o
experiencias: todo ello conforma el albor de la ciencia moderna, trayendo de la
mano una nueva y apasionante aventura intelectual: la del conocimiento.
La reconstrucción de la historia trazada por
aquellas personas que creyeron en la capacidad humana de encontrar una
explicación a la naturaleza compone una amplia epopeya en la que no faltan ni
las desventuras de unos ni las argucias de otros: es un itinerario zigzagueante
en donde se entrecruzan la perspicacia y el ingenio con la tenacidad y la
constancia, el riesgo del viaje a territorios exóticos con la paciencia del
trabajo en el gabinete. Al final del camino -un camino siempre por proseguir-
la percepción adquirida es enormemente diferente de aquella con la que se
partió. Se ha abierto así un calidoscopio de nuevas perspectivas, un escenario amplio
y pleno de interrogantes e incógnitas, pero asentado en la certidumbre de continuar
trazando un camino grandioso: comprender el mundo. El mismo Newton dijo que sus
aportaciones eran sólo el producto de haberse sabido aupar a los hombros de
gigantes para ver más lejos. Mientras avanzamos, nos sentimos aupados sobre los
sólidos pies que la ciencia ha ido asentando con el fin de comprender la
realidad. No es un camino lineal, sin duda, y en ocasiones es preciso deshacer
lo hecho o cambiar de dirección, pero siempre se cumple la condición de
irreversibilidad de la ruta. Como una flecha del tiempo, cada momento es nuevo.
Por eso, cada nuevo instante nos lanzará un nuevo reto.
En esta apasionante historia del pensamiento
científico han participado numerosas personas: unas cuantas de una forma más
destacada y algunas otras con aportaciones tal vez menos relevantes. Algunos
sugirieron ideas que tuvieron un inmediato éxito en su época para luego
revelarse infructuosas; otras no convencieron en su momento, aunque luego
fueron rescatadas y se revelaron valiosas. De entre todas esas personas, unas
pocas parecen brillar con una luz especial: no sólo compartieron con el resto el
gran interés por encontrar una explicación satisfactoria para la cuestión de
cómo es y cómo funciona la naturaleza, o por elaborar una teoría global sobre
la Tierra, sino que lo hicieron utilizando unas herramientas intelectuales y
una sagacidad fuera de lo común. A ellos, sin duda, también tuvo que acompañarlos
esa circunstancia de lucidez reveladora y azar que conocemos como suerte, esa
eterna esquiva que sólo en ocasiones se presenta. Pero cuando ésta se presentó,
estaban preparados.
Algunos de ellos centraron sus mayores
esfuerzos en tratar de aclarar los misterios del origen de la vida; otros indagaron en las causas que
deben motivar la impresionante variedad de formas vivas que habitan el planeta;
unos pocos más dirigieron su interés en encontrar una causa que explique la extraña
disposición de las tierras y de los mares; o la confusión del relieve; o el
porqué de la compleja distribución de la vida por la superficie irregular del
planeta; o a desentrañar la razón que impulsa esa fuente de calor que surge con
las lavas y los gases que vomitan las heridas abiertas de los volcanes…
Los protagonistas estelares de estas
aventuras del conocimiento fueron probablemente conscientes de los numerosos
obstáculos que se alzarían frente a sus propuestas para interpretar el mundo.
De hecho, a menudo tuvieron que enfrentarse al hecho de que la presentación de
sus ideas más sugerentes tuviera lugar en un ambiente francamente hostil al
cambio. Muchos tuvieron que aunar a su faceta de pensadores la de hábiles
expositores, sagaces difusores de sus opiniones revolucionarias, inteligentes
propagadores de las nuevas ideas. No siempre ni todos alcanzaron a ver en su vida
el éxito de sus pensamientos y algunos perecieron sin que la fuerte corriente
del pensamiento establecido se hubiera modificado en su favor. Sus historias
son las más dramáticas, porque exigieron de ellos depositar un mayor caudal de
convicción en sus descubrimientos e ideas para enfrentarse al ambiente
refractario. Otros, sin embargo, consiguieron ver triunfar sus ideas, aunque,
en algún caso, cabe pensar que buena parte de tales triunfos fuera parcialmente
engañosa, ya que no siempre la aceptación implicaba una verdadera comprensión
de lo que se estaba proponiendo.
En cada una de las aventuras del conocimiento
es costumbre singularizar las hazañas y los avances en el nombre de algún pionero
principal, un explorador original de las nuevas ideas que, además, logró
presentar la cuestión de una forma particularmente acertada. Se trata de
personas admirablemente creativas a las que admiramos por la inteligencia que supieron
administrar en el trabajo de proponer la nueva teoría. De entre todos ellos, hemos
seleccionado cuatro naturalistas que fueron, además, intrépidos viajeros al
menos en alguna etapa de su vida. Ellos nos servirán para poner rostros al inicio
del conocimiento moderno de la naturaleza. Los elegidos son: Alexander
Humboldt, Charles Lyell, Charles Darwin y Alfred Wegener. Sus vidas se extendieron
a lo largo del tiempo del nacimiento y la consolidación de las modernas ciencias
naturales, esas que hoy nos permiten mirar con otros ojos y otras lentes el
mundo que nos rodea y nos alberga.
El mismo año en que Humboldt agonizó, Darwin
publicaba su obra más influyente: “El
origen de las especies”. Tan sólo unos años antes, Charles Lyell publicaba
los tres volúmenes de su “Principios de
Geología”, libro de cabecera que acompañó a Darwin en su viaje por todo el
mundo. Por su parte, el naturalista inglés apenas coincidió poco más de un año
de su vida con la de Wegener, pues antes de que éste cumpliera los dos años de
edad, Darwin era enterrado con honores en la Abadía de Westminster, muy cerca
de la lápida que recuerda al gran Isaac Newton. Su fiel amigo Huxley, en su
elogio final al naturalista del Beagle, destacó la gran elegancia y habilidad que
siempre demostró Darwin; dejó escrito: “Entregó
a la humanidad una doctrina que trastocó el pensamiento provocando la menor
inquietud posible en los sentimientos profundamente enraizados de su época”.
Tal vez por ello, los restos de uno de los pensadores que más influencia han ejercido
en la historia moderna de la ciencia fueron admitidos entre los muros del que
es el gran símbolo de la religión inglesa.
Las ideas de Humboldt, Lyell, Darwin y
Wegener no consiguieron el mismo éxito durante las vidas de sus autores. Humboldt
fue reconocido como un gran naturalista y explorador, pero también fue odiado
por muchos contemporáneos debido a sus ideas socialmente avanzadas. Por otra
parte, aunque el ingente trabajo de Humboldt abarcó campos que hoy van desde la
ecología hasta la geología, no dejó una teoría global coherente, aunque sí
suficientes sugerencias como para ser reconocido como el padre de la geografía
moderna.
Lyell, a su vez, representa el cambio
esencial que convierte la geología en una ciencia moderna que se dota de una
metodología válida. Su prestigio científico en vida anduvo a la par de su
huella.
Wegener, sin embargo, murió entre los hielos árticos
sin llegar a conseguir que la comunidad científica reconociera sus ideas,
mientras que Darwin lo hizo ya anciano y rodeado de un gran prestigio
científico, aunque fuera la “bestia negra” de muchas personas a las que destrozó
unas confortables anteojeras.
Si Humboldt optó por titular su mayor obra
con el magno nombre de “Cosmos”,
Darwin y Wegener decidieron que sus respectivas obras más importantes se
iniciaran con la palabra "Origen"
y Lyell eligió un título más académico, con precedentes ilustres: “Principios”.
A pesar de su conversión en héroes de la
ciencia, ni Humboldt, ni Lyell, ni Darwin, ni Wegener estuvieron solos en el
transcurso de sus respectivas aventuras científicas. Tanto antes, como sobre todo
después, fueron acompañados por muchos otros naturalistas que desbrozaron
caminos, aportaron pruebas, realizaron indagaciones y contribuyeron, en
cualquier caso, al avance y la consolidación de las nuevas ideas. En realidad
corresponde a todos ellos el mérito completo en la tarea de contribuir a la
formulación coherente y el asentamiento de las nuevas formas de entender,
interpretar y comprender nuestro planeta, en su propuesta de explicaciones
grandiosas (“Hay grandeza en esta
concepción”, dijo acertadamente Darwin, y vale la expresión para las otras
contribuciones) y en la formulación de las nuevas concepciones. Sobre los
hombros de gigantes de la ciencia de la talla de Alexander von Humboldt,
Charles Lyell, Charles Darwin y Alfred Wegener es sobre quienes nos aupamos hoy
al proseguir la construcción de la interpretación científica moderna de la
Tierra y de la vida.
Cultural y socialmente somos deudores de esta
larga e intensa historia del pensamiento científico sobre la naturaleza, aunque
no siempre se le otorgue a esa historia
y a ese pensamiento el reconocimiento que merecen dentro del espacio de la
cultura. Pero lo cierto es que no seríamos como somos ni veríamos el mundo como
lo vemos sin su concurso.
José Manuel Sánchez Ron confesaba en el
prólogo de su libro "El siglo de la ciencia" que su
intención al escribirlo era mostrar que no se puede entender el siglo XX sin
tomar en consideración lo que la ciencia ha realizado. No pueden quedarnos dudas
sobre la inutilidad de pretender comprender de una forma coherente el mundo que
nos rodea sin recurrir al conocimiento científico, como tampoco sobre la
fatuidad de tratar de hacer previsiones o apuestas de futuro razonables sin su
concurso, aunque para ello sea fundamental que aliemos la ciencia con una nueva
ética capaz de hacernos progresar hacia un futuro más esperanzador desde el
espacio más genuinamente humano de nuestros corazones y nuestros cerebros (si
es que tiene algún sentido subdividir nuestros cuerpos).
I. EL INICIO DE LA AVENTURA
“La ciencia, después de todo, funciona a la vez como
una empresa social y como una aventura intelectual”
Stephen Jay Gould
Las piedras
falaces de Marrakech
El conocimiento de la naturaleza inmediata ha
sido siempre una de las preocupaciones culturales que primero motivaron a las
sociedades humanas. En realidad, ese conocimiento resulta indispensable para
que cualquier grupo humano pueda sobrevivir en el medio del que depende. El
historiador Felipe Fernández-Armesto ha sugerido en una obra reciente la
utilidad de abordar el entendimiento de las civilizaciones humanas como las
fórmulas o intentos culturales de adaptarse a los diferentes entornos
naturales. Muchos antropólogos que centran sus estudios en las formas de vida
indígenas basadas en sistemas de caza, pesca y recolección, se maravillan ante
el grado de conocimiento del entorno que alcanzan estos pueblos. Ernst Mayr,
una leyenda de la zoología del siglo XX, ya se había sorprendido en 1928 al
comprobar cómo los nativos de Nueva Guinea eran capaces de distinguir
perfectamente con nombres diferentes 136 de las 137 especies de aves que la
ciencia zoológica había identificado en las montañas Arfak (la especie restante
era confundida nominalmente con otra perteneciente al mismo género, lo que
significa que ambas son, evolutivamente, especies muy cercanas).
Ese alto grado de conocimiento acerca de la
naturaleza local comenzó a convertirse en conocimiento científico, en el sentido
moderno de ciencia, en la Europa del Renacimiento. En realidad, los primeros
pasos dados por las ciencias naturales (lo que se llamaría la Historia Natural) se centraron en tratar
de describir de una forma rigurosa la enorme variedad de la vida que el
renacimiento científico y luego el barroco ilustrado iba desentrañando. En
realidad, los primeros programas de estudio científico organizado pretendían
describir la “Creación” como un homenaje a la propia grandeza de la obra
divina. Se trataba, pues, más de una apuesta por revelar las maravillas de la
Tierra que un intento serio de comprenderlas. Pretensión (esta última) que bien
podría ser tachada de ambicioso, soberbia (con respecto a Dios) o, incluso,
blasfema, y, por ello, merecedora de condena para los más dogmáticos. Por eso,
el tránsito que lleva desde la mera catalogación descriptiva de la “creación” a
llegar a confiar en la capacidad humana de razonar y desentrañar los misterios
de la naturaleza para entenderlos e interpretarlos representó un auténtico
salto cualitativo que abrió el espacio de la construcción moderna del
conocimiento: había nacido la Ciencia. Para ello, los científicos que cruzaron
ese umbral aplicaron métodos de indagación, razonamiento y comprensión que
combinaban la elaboración de hipótesis, la observación, la experimentación, la
comunicación de resultados y el debate de las ideas, en un complejo proceso de
desarrollo de los métodos científicos que abarcará todo el siglo XVII y
continuará en los siguientes, sobre todo en el caso de las ciencias de la
naturaleza, para las que las propuestas metodológicas sugeridas por científicos
matemáticos y físicos, como Descartes, no siempre fueron fáciles de aplicar.
Se abrió así un proceso lento de desarrollo
de las ciencias naturales, en el que las incertidumbres de los nuevos caminos
por seguir se entremezclaban con las continuas interferencias procedentes de
otras formas de interpretación del mundo, principalmente la religión o ciertas
formas de la filosofía, que pugnaban por no perder el control sobre la
interpretación del mundo natural. En ocasiones, al intervenir las jerarquías religiosas
y las instituciones políticas que trataban de controlar el curso de las nuevas ideas,
las relaciones entre la ciencia y las otras formas de interpretar la realidad llegaron
a puntos de fricción muy tensos.
La liberación del pensamiento científico de
la tutela impuesta por los dogmas religiosos (lo que se ha llamado el
“conocimiento revelado”) y el establecimiento de unos límites entre la retórica
y la experimentación no constituyeron procesos fáciles de superar por la
naciente ciencia. Como en tantas otras ocasiones, la relación mutua entre la
ciencia y la sociedad en la que se desarrolla fue determinante en el curso de
los acontecimientos: los procesos revolucionarios habidos durante el llamado
Siglo de las Luces aunaron la agitación social que buscaba el cambio político
con la exaltación de la razón y la defensa del libre pensamiento como
estandartes de ese nuevo estado de la humanidad al que muchos aspiraban. En
esos años, la concepción de un nuevo mundo nacía con el pensamiento de los
“ilustrados” que compartían una creciente confianza en las capacidades humanas.
Con el impulso de las nuevas aplicaciones científicas, las técnicas parecían
abrir un nuevo horizonte de perspectivas gigantescas.
El proceso de descubrimiento y dominio que iniciaron
las naciones europeas sobre gran parte del mundo mezcló lo mejor y lo peor de
los sentimientos humanos. A menudo, la exportación de las ideas ilustradas representaba
la expansión de ideas socialmente avanzadas que caminaban de la mano de la nueva
pasión por el conocimiento, pero no era menos frecuente la guía de los nuevos
intereses mercantiles ligados a la expansión del naciente capitalismo y la
consolidación de las emergentes clases sociales que se veían beneficiadas en el
cambio. El esclavismo constituye, quizás, el mejor ejemplo de las
contradicciones y la parte más turbia que habitaba en este complejo proceso histórico
del que surgirá el mundo moderno, con sus lacras y sus avances. No es que se
inventara en esta época esta extrema forma de opresión, sino que los propios
medios técnicos y de transporte permitieron su magnificación. Los mismos barcos
que llenaban sus bodegas de baúles con muestras botánicas, rocas y pieles para
estudiar en los gabinetes de historia natural de Europa, o que trasladaban a
viajeros y expedicionarios científicos a otros continentes, iban tejiendo una
trama de dominio y control sobre lejanas zonas de otros continentes en los que
instalaban formas de colonización y dependencia y llenaban de sufrimiento
humano a importantes capas de la población mundial consideradas inferiores.
Sin embargo, la contradicción que suponía la
emergencia de los nuevos planteamientos progresistas con la exacerbación de
estas formas de opresión procedentes del mundo anterior era patente y muchos
ilustrados participaron en su crítica. En el mismo campo de las ciencias
naturales, Alexander von Humboldt o Charles Darwin hicieran duras críticas a
esta forma detestable de mercadería humana, alineándose así con el pensamiento
progresista de la época, aunque ambos pertenecían a familias acomodadas cuyas
rentas les permitían gozar de una posición económica desahogada que utilizaron,
eso sí, para impulsar el progreso del conocimiento científico, pero que les
alejaban de las miserias de la vida de las clases bajas. Tampoco debe
desatenderse el hecho de que el incipiente maquinismo iba haciendo superfluos
algunos de los muchos trabajos que desarrollaban los esclavos de forma
humillante. En cualquier caso, en esta época convulsa y apasionante se asistirá
al inicio del abandono de esta forma de ignominia humana, aunque no de los modos
más sutiles de dominación.
Una época
revolucionaria
1789 es una de esas fechas clave que todos
los estudiantes tienen alguna vez ante sí. Paris constituía por aquella época
el centro de todas las miradas, unas teñidas con los colores del odio o del temor,
y otras impregnadas con las esperanzas que ofrece un cambio redentor. La
Revolución francesa aportó nuevos aires de renovación en muchos sentidos,
aunque luego muchas de sus promesas quedaran por el camino. Las ideas procedentes
de los llamados “filósofos de la Ilustración” habían ido tejiendo un universo
de expectativas en la capacidad aportada por el pensamiento libre de
transformar el mundo y se aliaron con los nuevos vientos traídos con las
aportaciones de los científicos.
Detalle de la cena de los filósofos (1772-3), obra de Jean Huber
Entonces, filósofo era sinónimo de
intelectual. Se trataba de intelectuales comprometidos con el cambio social de
su tiempo. Uno de los factores de ese compromiso se manifiesta en la exigencia
de extender la instrucción y la educación al conjunto de la población, al
entender que aquellas representan los verdaderos fundamentos de las
posibilidades de libertad individual, una idea ciertamente muy moderna.
La ciencia es, para estos pensadores, una
herramienta indispensable en la mejora de las condiciones de vida de las gentes
y, por tanto, para el progreso social. La “Enciclopedia”
de D’Alembert y Diderot representa el mejor ejemplo de lo anterior: un gran ensayo
recopilatorio del nuevo ideario cultural, social, técnico, científico y
político. Probablemente nunca como entonces tendrá lugar una alianza tan esperanzada
entre la liberación del pensamiento y la liberación de las personas.
El mundo presencia entonces un cambio trascendental
en la reorganización política de algunas de sus sociedades. La Revolución
francesa debe mucho a los movimientos democratizadores ingleses, mientras la
Independencia americana exporta sus nuevas ideas sobre la constitución de los
estados modernos al resto del mundo. En América Latina, por su parte, los
criollos ilustrados inician sus primeras revueltas contra el lejano y
declinante poder de la monarquía española, aunque permanecen alertas a los
nuevos aires progresistas del viejo continente.
La Ilustración del siglo XVIII (el "Siglo de las Luces") simboliza en
la razón el factor liberador de la especie humana, desarrolla una fuerte crítica
del fanatismo, se enfrenta a la religión intransigente y al poder despótico, crea
una esperanza ilimitada en la educación y confía en el desarrollo de la ciencia
moderna como forma de progreso social. Si cabe buscar los primeros inicios de
estas ideas en la sociedad inglesa de la mano de Newton, Locke e, incluso,
remontándonos más atrás, Bacon; Francia tomará el relevo como centro de la
Ilustración con las aportaciones de los "filósofos" (Voltaire,
Montesquieu, Condorcet...) y la magna empresa de la "La Enciclopedia" como destacados hitos de la nueva etapa.
Viajes y
exploraciones: luces y sombras
El transcurso del siglo XVIII llevará a una
etapa de nuevas expectativas antes ignoradas, pero también de muchos sinsabores
y decepciones. Como hemos visto, tanto el afán racionalista por el conocimiento,
como los nuevos intereses mercantiles y comerciales, habían generado un considerable
interés por la naturaleza y los viajes. Algunos de éstos se convertirán en elementos
esenciales del proceso de configuración del pensamiento europeo sobre la
naturaleza que, en esta época, sufre un notable cambio. Ese es el caso de las
expediciones ilustradas dirigidas a la búsqueda de ejemplares, medidas y datos en
otros continentes o del conocimiento del globo en su conjunto. El afán por
conocer, relatar, medir, describir y dibujar bulle en la mente de los nuevos
naturalistas europeos. El surgir de una época dorada para la expansión de los
europeos correrá pareja, con todas sus lacras y bajezas morales, al proceso más
filantrópico del interés por el conocimiento, la ciencia y las maravillas del
mundo.
Tras el proceso inicial de la expansión
europea, nacida en torno a 1500 con el viaje de Colón y las exploraciones
portuguesas a las costas africanas y las Indias Orientales, la creación de enclaves
y cabezas de puente destinados a favorecer la exploración, la explotación y el
comercio, cuando no la ocupación directa de territorios sitos en otros
continentes y el dominio de islas y archipiélagos, favoreció los viajes y
expediciones por todo el globo, antes imposibles. Con el impulso de los nuevos
intereses económicos que mueven a la sociedad europea, la ciencia encuentra un importante
apoyo para la navegación y la exploración geográfica, etnográfica y botánica.
La importancia de todos estos procesos en la constitución de la nueva realidad
económica y política será así resaltada por algunos de los pensadores clave de
la nueva era, como sucederá en el caso de Adam Smith, quien escribirá, en 1776,
en "La riqueza de las naciones":
"El
descubrimiento de América y el del paso hacia las Indias Orientales por el Cabo
de Buena Esperanza, son los dos mayores acontecimientos registrados en la
historia de la humanidad".
Y, también:
"La
colonia de una nación civilizada que toma posesión ya sea de un nuevo
territorio, o de uno con tan escasa población que los nativos dejen fácilmente
lugar a los nuevos pobladores, avanza más deprisa hacia la riqueza y la
grandeza que cualquier otra sociedad humana".
Sin duda, frases que contienen la
constatación evidente de la fe de la época en los beneficios del colonialismo.
Replica de la Santa María, nao del primer viaje de Colón que nunca
regresó a España.
Tras la primera etapa ibérica de expansión
navegadora (españoles y portugueses, que se “reparten” el Nuevo Mundo, aun sin
conocerlo, en el Tratado de Tordesillas de 1494), vendrán la fase de expansión
francesa e inglesa por América del Norte y la progresiva extensión de éstos por
el Océano Índico, para asistir ya en la cambio del siglo XVIII al XIX a la expansión
colonizadora y comercial del Imperio Británico que dominará el panorama
internacional hasta casi la I Guerra Mundial, iniciado ya el siglo XX.
Las ansias por conocer y saber y las no precisamente
menores por enriquecerse y dominar presidieron, pues, la aventura expansiva de
Europa por el mundo. Esa aventura tuvo muchos avatares y no pocas desventuras y
mezquindades. Con ella también fueron cobrando forma las nuevas visiones
geográficas y naturalistas sobre el mundo, forjadas a través de los relatos, los
informes y las sesiones de las nacientes sociedades científicas donde se
debatía acerca de la realidad del mundo. Un hito importante en este sentido
será el interés de la Real Academia de Paris por cerrar el debate acerca de la
forma de la Tierra, iniciado con las teorías de Newton, enviando dos
expediciones a Laponia y Ecuador para medir la “justa dimensión” de los grado
de latitud y longitud para establecer la forma exacta de la Tierra. La
expedición ecuatoriana iniciada en 1735 por los tres académicos franceses
Godin, Bouguer y La Condamine, con la que colaboraron otros siete franceses, los
españoles Jorge Juan y
En esta época se perfilaron muchos de los
tópicos que aún subsisten en nuestra visión del mundo, entre ellos, el que el
historiador David Arnold ha denominado "la invención de la tropicalidad". Un agente fundamental en esa
invención de lo tropical que combina el romanticismo viajero con la pasión por
el conocimiento desde la visión progresista de la época, fue Alexander von
Humboldt, quien viajó ampliamente por Sudamérica y el Caribe entre los años
1799 y 1804. Antes que él, James Cook había realizado su primer viaje por los
Mares del Sur entre 1768 y 1771, en un periplo que, aunque contenía inicialmente
un objetivo astronómico, generó una enorme cantidad de información sobre la
geografía de Nueva Zelanda, Australia y las islas del Océano Pacífico. Su
segundo e inmediato viaje (1772 - 1775) incorporó el estudio geográfico a los objetivos
centrales de la expedición. Poco después tendría lugar la primera travesía
integral del continente norteamericano, que realizó Alexander Mackenzie en el
año 1793.
La exploración y la apertura de nuevas rutas
comerciales fueron impulsadas activamente tanto por instituciones privadas como
por los propios gobiernos. Un buen ejemplo de las primeras y de los nuevos
intereses mercantiles lo constituye la Compañía de las Indias Orientales que,
desde mediados del siglo XVIII, mantuvo una intensa actividad en el sur de Asia.
Desde un campo más estrictamente científico (aunque las relaciones entre los
ámbitos comercial, económico y científico son muy estrechos) es particularmente
destacable la actividad de las instituciones geográficas que se desarrollan en
el XIX, pero que tienen raíces en el siglo anterior: es el caso de la
Asociación Africana, fundada en Londres durante 1788, por ejemplo. Antes aún (ya
en el siglo XVII) se habían creado las primeras instituciones científicas
generales, que también impulsarán el conocimiento geográfico y naturalista,
como es el caso de la Real Sociedad de Londres o la Academia de Ciencias de
París.
Pero, ¿cuál era la percepción dominante sobre
las ciencias de la Tierra y de la vida en este panorama general de viajes,
descubrimientos y debates científicos que tenían lugar alrededor de 1800?
La explicación de
la naturaleza
Una de las grandes cuestiones que atribulaban
a los naturalistas europeos del Renacimiento era la magnitud y la diversidad de
la naturaleza. La influencia religiosa en el pensamiento de la época pesaba
mucho y aunque la razón y la experimentación como métodos de explicación iban tomando
cuerpo, resultaba difícil alcanzar un acuerdo entre ambas formas de interpretar
y entender el mundo, la religiosa y la científica. Aunque muchos científicos
supieron desarrollar su tarea evitando interferencias, este tipo de fricción
impregnó intensamente el desarrollo de la ciencia durante estos tiempos y perduró
hasta mucho después, aunque poco a poco fue abriéndose una vía para la
progresiva separación entre ambos sistemas de interpretación del mundo.
En la cuestión concreta de la magnitud y la
diversidad de la naturaleza, los naturalistas contaban cada vez más con las nuevas
informaciones en forma de relatos, dibujos y muestras que llegaban hasta los
centros científicos europeos desde todas las partes del mundo, aportadas por
los viajeros y expedicionarios, muchos de ellos científicos, que se aventuraban
por los nuevos continentes. Es cierto que desde muy antiguo existía un amplio
conjunto de datos e informaciones sobre la fauna y la flora del continente
africano y de Asia, tan diferentes de las europeas, pero ahora las descripciones
y las muestras también llegaban desde el Nuevo Mundo americano y de las islas
de los Mares del Sur, entre otros lugares exóticos, abriendo más interrogantes
sobre las maravillas naturales del mundo y haciendo renacer también el interés
por conocer más acerca de la naturaleza del Viejo Mundo. El mundo se estaba
volviendo más grande y, a la par, más extraño.
En este contexto, los naturalistas del siglo
XVIII empezaban a buscar un orden racional en la naturaleza. La idea anterior de
que el Creador había establecido el mundo a su arbitrio dejaba para los humanos
la tarea de desentrañar los mensajes ocultos que pudiera haber depositado Dios
en su obra, pero no incluía la posibilidad de entender la obra en su conjunto;
algo que podría ser visto incluso como una muestra de arrogancia humana. Esa
idea había contribuido a que progresaran formas de conocimiento impregnadas de
misticismo y de religiosidad que andaban en esa línea tenue entre el
conocimiento y el mito. Se consideraba que las formas de los seres vivos, por
ejemplo, eran en si mismas un mensaje pleno de simbolismo y significados
mágicos desde los que era posible entender su función. Así, las formas de
algunos vegetales orientaban sobre sus posibles usos medicinales. La
erradicación de estas ideas, que paralizaban la posibilidad de aplicar otro
tipo de investigación menos condicionada, fue algo particularmente importante en
el desarrollo de las nuevas formas de la ciencia.
Se hacía necesario, pues, iniciar el proceso
de desentrañamiento de la naturaleza tratando de organizar y describir la
enorme diversidad de la misma desde un punto de vista más racional, buscando
elementos o características que permitieran los agrupamientos y las
diferenciaciones. En esta labor el ejemplo más destacado fue Karl von Linné (Linneo),
un naturalista sueco al que debemos la invención del sistema con el que hoy clasificamos
las especies (aunque los criterios que fundamentan la clasificación hayan
cambiado). Encontrar el lugar de cada especie en el orden de la naturaleza se
convirtió en la principal misión de las ciencias naturales y fundamentó el "Systema Naturae" establecido por el
naturalista de Uppsala, publicado inicialmente en 1735. Con él se iniciará el
fundamento descriptivo y de clasificación de los seres vivos entendidos aún como
categorías inmutables creadas por Dios, pero comprensibles a la mente humana.
Sin embargo, aunque la propuesta de un
sistema de clasificación de los seres vivos constituya la faceta del trabajo de
Linneo por la que nos resulta más conocido, se puede encontrar en sus trabajos una
visión menos estática de los seres vivos que la que nos remite la idea
tradicional del Linneo clasificador. Como ha recordado el historiador y
filósofo de la ciencia Peter Bowler, debemos también al naturalista sueco el
concepto de "economía de la
naturaleza" que atiende a las relaciones que establecen los seres
vivos entre sí. De esta manera, Linneo también estaría entre los primeros
científicos preocupados por cuestiones que darán origen a la ecología.
Describir los animales y las plantas suponía para Linneo indagar en sus formas
de vida y conocer más sobre las relaciones que mantenían con otros organismos. De
esta manera, preconiza la idea del equilibrio natural, basada en la noción de
relaciones estables entre los seres vivos. Linneo propone, así, una forma de
mirar la naturaleza que, sin ser plenamente interpretativa, sí es científicamente
descriptiva y se preocupa por las relaciones entre naturaleza y territorio. La
aportación de Linneo al campo de las ciencias naturales es grandiosa y, como ha
apuntado el conocido paleontólogo y divulgador científico Stephen Jay Gould,
recientemente fallecido, sin la obra del naturalista sueco no hubiera sido luego
posible la figura de Darwin. Una vez más, gigantes de la ciencia que se aúpan a
hombros de gigantes anteriores.
Carl von Linné (Linneo)
El nuevo proyecto científico centrado en la ingente
tarea de clasificar los objetos naturales lleva a que durante los últimos años del
siglo XVIII y los primeros del XIX se trate de encontrar sentido a la
distribución geográfica de la vida. La ingente información geográfica que aportan
los viajes y exploraciones, junto a los progresos habidos en las labores de
clasificación de los objetos y seres naturales, permite a los naturalistas enfrentarse
por fin a este reto de una forma documentada. Ya a finales del siglo XVIII se ensayan
nuevas maneras a la hora explicar los acontecimientos y de buscarles
justificación. Un ejemplo señero lo aportan las ideas de Georges L. Leclerc,
conde de Buffon, que fuera superintendente del Jardín del Rey en París (convertido con la Revolución en el Jardín de las Plantas) y uno de los
naturalistas más importantes de su tiempo. Se trata de un hombre que había
nacido el mismo año que Linneo (1707), aunque le sobrevivió diez más (Buffon
murió en 1778).
Buffon especuló sobre el clima de la Tierra,
al que, según lo que interpretó, consideraba muy variable, de forma que a lo
largo de la Historia del planeta habría habido una gran diferencia de
temperaturas y precipitaciones de acuerdo con las épocas. Para él, esa
modificación del clima, que achacaba al progresivo enfriamiento de un planeta que
había nacido en estado incandescente (pues consideraba la Tierra como un trozo
arrancado del Sol), era el motivo de las migraciones de plantas y animales; origen,
a su vez, de la distribución actual que manifestaban. La necesidad de explicar
la distribución irregular actual de las especies empezaba ya a cobrar un
interés considerable en el estudio de las ciencias naturales, abriendo un nuevo
y fecundo ámbito a la investigación y la especulación; ámbito que acogería,
casi un siglo después, la explicación evolutiva del propio Darwin.
La obra de Buffon fue colosal, como lo era su
obra más influyente: la Historia Natural
alcanzó, tras la muerte de su director, la asombrosa cifra de 44 volúmenes (de
los que 36 fueron publicados en vida de Buffon). En ella se encuentra una gran
cantidad de ideas y datos que serían germen de numerosos conceptos posteriores.
Sin embargo, en la actualidad no hay una propuesta teórica destacada en el
campo de las ciencias naturales que sea especialmente identificada con la
persona de Buffon, lo que ha motivado que su gran talla intelectual luzca por
lo general a un nivel muy inferior de lo que realmente fue su contribución a
las ciencias naturales. Por otra parte, Buffon constituye un excelente ejemplo
de cómo muchos naturalistas de esta época logran distanciarse de la influencia
de los dogmas religiosos, evitando que éstos condicionen seriamente su
pensamiento o que interfirieran en su obra. Como ha señalado Gould en una de
sus excelentes “reflexiones sobre
historia natural” dedicada al naturalista francés: “Fue, sin duda alguna, un materialista en el fondo, y al menos un
agnóstico en sus creencias personales. Una observación ingenua y privada que
hizo a Hérault de Séchelles resume tanto su postura pública como su actitud
personal: ‘Siempre he citado al Creador; pero sólo necesitamos eliminar esa
palabra y, desde luego, poner en su lugar el poder de la Naturaleza’”.
Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon. Portada de uno
de los tomos de Histoire Naturelle
Aunque al parecer Buffon no tenía en cuenta en
sus argumentaciones los relatos bíblicos, muchos contemporáneos suyos seguían
tratando de encontrar acomodo a los crecientes datos científicos en el marco de
la interpretación de los textos religiosos. Por el otro lado, buena parte de
los pensadores más radicales de la Ilustración, como el mismo Denis Diderot, lanzaron
demoledoras críticas sobre las argumentaciones religiosas, utilizando para ello
generosas dosis de materialismo racionalista con el que trataban de hundir la
idea del pretendido e inmutable orden divino. Se van instalando así en la
ciencia y la cultura de aquel fin de siglo las nociones de cambio y progreso,
tan importantes en la construcción de la nueva visión de las ciencias de la
vida y de la Tierra.
De hecho, la noción de cambio aplicada a las
especies ya estaba siendo utilizada por uno de los mayores expertos en
invertebrados que había entonces. Jean-Baptiste Lamarck trabajaba en el Museo
de Historia Natural de París, la institución heredera del Jardín del Rey cuando
publicó, en 1809, una obra en dos volúmenes titulada "Filosofía Zoológica", donde exponía una propuesta evolutiva.
La idea de Lamarck sobre la evolución descansa en dos procesos independientes:
uno, el principal, supone el aumento constante de la complejidad en los seres
vivos. Este incremento de la complejidad contiene la noción central del
progreso evolutivo a través del cual Lamarck pretendía organizar la
clasificación de los organismos desde los más simples a los más complejos. Se
establecía así un criterio evolutivo en la clasificación de los seres vivos, algo
que no existe en la primera clasificación linneana, aunque luego esta se haya
podido acomodar a dicho criterio. El segundo proceso, que es el más conocido, relaciona
la transformación de las especies con la “influencia
de las circunstancias”, es decir, el efecto del ambiente. Según esta idea,
las transformaciones alcanzadas durante la vida de los organismos serían
heredables. Se trata de la famosa sentencia de la “herencia de los caracteres adquiridos” o la influencia del uso y
desuso de los órganos en la herencia.
Jean Baptiste Lamarck
En un libro reciente, Gould ha reivindicado
la memoria de Lamarck, a menudo injustamente infravalorada, al analizar el
cambio honesto de su pensamiento hasta
defender, en una de sus últimas obras, una versión no lineal, sino
ramificada de la evolución de los animales, algo más cercano a lo que sería la posterior
aportación de Darwin al respecto. Al parecer, a partir de la evidencia mostrada
por su colega en el Museo de Historia Natural de Paris, Georges Cuvier, sobre
las grandes diferencias anatómicas existentes entre los anélidos (gusanos
anillados) y los platelmintos (gusanos planos), que por entonces se
consideraban pertenecientes al mismo grupo taxonómico, Lamarck advirtió la imposibilidad
de su propuesta inicial de evolución lineal, de forma que emprendió una
búsqueda honesta de nuevos mecanismos evolutivos, lo que le llevó hacia la
ramificación filogenético como conclusión. Lamentablemente, esta parte de su
pensamiento fue casi totalmente ignorada al coincidir con el declive del
prestigio de quien fue, sin duda, uno de los naturalistas más importantes de su
época. Para mayores males, su colega Cuvier, considerado el padre de la
reconstrucción paleontológica a la par que un encendido antievolucionista, no
fue particularmente amable con él en los últimos tiempos y tras la muerte de
Lamarck arruinó de forma considerable su reputación. Tampoco Darwin lo tuvo en
gran estima. Sin embargo, este especialista en invertebrados (término que fue propuesto por él, al igual que lo había
sido el de biología, que utilizó por
vez primera en 1802) fue el primer proponente de una teoría evolutiva coherente
que, aunque descartada pronto, significó un paso considerable en la historia de
la interpretación de la naturaleza. Hoy, a la entrada de los jardines del Museo
de Historia Natural de Paris, la estatua que lo recuerda porta al pie una
leyenda donde se lo reconoce como el primer evolucionista, aunque en ello
quizás también haya intervenido una cierta dosis de patriotismo galo.
Por la época en que Lamarck escribía sus
obras más conocidas, pero en este caso en Gran Bretaña, un reputado médico llamado
Erasmus Darwin, que formaba parte de un pequeño y divertido círculo de
científicos progresistas que tenían por costumbre reunirse mensualmente en Birmingham
bajo el nombre de la Sociedad Lunar, y
que sería con el tiempo el abuelo de Charles, publicaba en forma de rima
poética sus ideas evolutivas. Aunque tales ideas eran en realidad bastante
confusas y bastante poco científicas si nos atenemos a los cánones empíricos
que se iban imponiendo ya por aquel tiempo, Erasmus Darwin representó en su
país la emergencia de las nuevas ideas evolutivas que se enfrentaban a la inmutabilidad
de las especies defendida por la ciencia convencional. Poeta, vividor,
licencioso y amante de la buena mesa, Erasmus Darwin no fue lo que se dice ese tipo
de personaje que solían admirar los victorianos del siglo posterior, de forma
que, como sucede con esos parientes conocidos como ovejas negras, su recuerdo se trató de borrar con demasiada rapidez
en la elegante sociedad inglesa. Sin embargo, se trató de uno de los médicos
más reconocidos en su país durante su vida; fue un hombre de ideas avanzadas
que mantenía una intensa comunicación epistolar con filósofos de la talla de
Jean Jacques Rousseau, científicos como Joseph Priestly o Benjamín Franklin, e industriales
como Joshiah Wedgwood, entre otros; formando parte del selecto núcleo de
intelectuales progresistas que alimentaban la revolución industrial con sus
ideas y sus acciones y que animaban las ideas revolucionarias que prenderían
con fuerza al otro lado del Canal de la Mancha. Aunque el empirismo no formaba una
parte relevante de las ideas evolutivas de Erasmus Darwin, tampoco fue su
ausencia la que contribuyó a alimentar el odio de sus enemigos, más preocupados
por el germen revolucionario de las ideas de aquellos nuevos progresistas,
entre los que destacaba Erasmus, que por la posible ausencia de una base
experimental en sus teorías.
Erasmus Darwin
Frente a los intelectuales liberales como
Erasmus Darwin se alzaba también una importante pléyade de pensadores
conservadores que trataban de mantener con firmeza el pabellón canónico
tradicional, aliados con las jerarquías religiosas del momento. Quizás el mejor
representante de esta posición sea el clérigo inglés William Paley, quien, a
través de su obra "Teología Natural",
aparecida en 1802, ejerció una gran influencia sobre los naturalistas de su
época. De hecho, su libro era uno de los que utilizó el propio Charles Darwin
durante su formación universitaria en Cambridge.
La "Teología
Natural" de Paley puede ser considerada como un paradigma de la
postura intelectual que ve la naturaleza como la materialización de un proyecto
divino. Su tesis central descansa en la idea de que los diferentes órganos y aparatos
de los seres vivos, entendidos como adaptaciones a sus medios de vida, forman
parte de un amplio programa creador, de manera que la complejidad y perfección
de tales adaptaciones constituye precisamente la mejor prueba de la mano divina
que los modeló, haciendo impensable cualquier otro punto de vista para explicar
lo que no puede ser sino producto de un diseño divino para una función precisa.
En realidad, esta idea había sido ya utilizada por el mismo Newton al proponer
la metáfora del relojero como creador de la inmensa maquinaria del universo,
sin cuyo concurso era difícil entender la existencia de las leyes que lo
gobiernan.
Es interesante reflexionar sobre el poder de este
tipo de metáforas y sobre la utilización de ejemplos en los que apoyarlas, como
es el caso de la perfección del ojo (un argumento utilizado por Paley en su
obra), porque serán precisamente este mismo tipo de ejemplos (y no casualmente)
los objetivos de las argumentaciones contrarias tanto de Darwin, como, hoy
mismo, de algunos divulgadores de las teorías neodarwinianas, como ocurre con el
británico Richard Dawkins que utilizará la metáfora de Newton para, en un giro
radical, titular uno de sus libros como “El
relojero ciego”.
Mientras éste era el panorama general de la
biología en torno a 1800, los científicos preocupados por la Tierra inerte estaban,
a finales del siglo XVIII, metidos en un cerrado debate entre dos grandes
interpretaciones contrapuestas sobre el origen de las rocas: de un lado, los
defensores de las teorías neptunistas, del otro, los llamados plutonistas.
Los neptunistas, que toman su denominación
del dios del mar de la época clásica, defendían la idea de que las rocas
actuales proceden de la sedimentación en un océano primordial que cubriría, en
sus orígenes, toda la superficie de la Tierra. Tras los primeros tiempos, las
aguas se habrían ido retirando paulatinamente para dejar paso a la tierra
firme, abandonando en el proceso una secuela de depósitos sólidos de los que
procede la mayoría de las rocas actuales, incluyendo en ellas a los granitos y
los neises. Esta hipótesis, que hoy sabemos claramente errada, era defendida
por la mayoría de los geólogos alemanes, ligados a una larga y prestigiosa tradición
minera, que encontraban pruebas de sus ideas en el estudio de los yacimientos
minerales. Su líder principal fue Abraham Gottlob Werner, que unía a sus
condiciones investigadoras una excelente capacidad de comunicador, por lo que
gozaba de un gran prestigio entre la mayor parte de los geólogos del momento. Por
ello no resulta extraño comprobar que la mayor parte de los geólogos continentales
participaran en algún momento de las ideas de las teorías neptunistas.
Los plutonistas, por su parte, defendían la
existencia de un origen ígneo para rocas como el granito y el basalto, buscando
en los procesos volcánicos el origen de tales rocas. El escocés James Hutton,
un miembro activo de la Ilustración escocesa, es reconocido hoy como el más
destacado defensor del plutonismo. Hutton aportó, además, una interpretación
cíclica de la Tierra, expuesta en su obra "Teoría de la Tierra", por la que muchos lo consideran el
“padre” de la geología moderna. Sin embargo, aunque debemos a Hutton el
preludio de lo que se ha llamado el uniformismo
o uniformitarismo, es decir, las
ideas que sostienen la uniformidad o constancia temporal de los procesos
geológicos que ocurren en la Tierra; algunos historiadores de la ciencia, como
Hallam, han señalado que la visión cíclica de Hutton, en donde la Tierra transcurre
secuencial y reiteradamente por los mismos estadios, es profundamente ahistórica,
y, por ello, no puede constituir el precedente adecuado desde el que iniciar la
puesta en marcha del reloj de la geología moderna.
James Hutton
En realidad, Hutton recupera la vieja noción
helénica del mito del tiempo circular, que niega la “flecha del tiempo”. Son
ideas ya presentes entre los estoicos y, en cierto modo, en el mismo
Aristóteles, por ejemplo. La circularidad del tiempo o, al menos, la negación
de su direccionalidad sería luego vigorosamente defendida, a finales del siglo
XIX, bajo la noción del mito del “eterno retorno” por Nietzsche en su obra “Así hablaba Zaratustra”. Hutton
pertenece a esta tradición del “eterno retorno” imaginando una Tierra
permanentemente estática en donde los procesos geológicos se reproducen
constantemente de forma cíclica y circular. Esa visión le lleva, por otra parte
a defender la concepción de eternidad en la Historia de la Tierra, una idea
herética frente a la idea más convencional de un tiempo limitado y corta de esa
historia, más acorde con el relato de las Sagradas Escrituras. Pero esa misma
concepción suponía la existencia de un tiempo suficiente para que el
transformismo o la evolución de las especies tuvieran lugar, aunque para que se
llegara a estas ideas habrían de transcurrir muchos años.
También para el historiador Peter Bowler, la
influencia de Hutton fue en realidad menor de lo que se piensa habitualmente: “sus ideas no desempeñaron más que un papel
secundario en preparar el camino para los ulteriores avances de la geología”,
dirá. Esa escasa capacidad de influencia real en el desarrollo posterior de la
geología lo achaca Bowler al fuerte componente teológico que mantenía la
interpretación de Hutton, “producto de su
propia visión individual de un universo eternamente viable, creado por un Dios
omnisapiente”. La elevación de Hutton a la condición de fundador de la
geología moderna supondría, para estos autores disconformes con tal
consagración, pasar por alto los fuertes condicionantes de su planteamiento
geológico, que habrían de ser ignorados para quedarse sólo con algunas de sus
aportaciones, considerando éstas fundamentales, aunque no lo fueran. Desde
luego la noción de uniformidad está claramente en Hutton (“la labor de la Naturaleza es uniforme y constante”, escribirá),
pero también hay en él una noción de eternidad, circularidad y permanencia en
los procesos geológicos que cierra bastantes de las puertas abiertas por la
idea anterior para el trabajo geológico.
De cualquier modo, lo cierto es que las ideas
sobre las rocas y la Tierra que se inician con Hutton terminarán desmontando la
vieja noción de un pasado lleno de catástrofes y diametralmente diferente a lo
que ocurre en la actualidad, una visión que, en su dimensión radical, invalidaba
la posibilidad de utilizar los resultados de la investigación de los procesos
actuales para reconstruir e interpretar los acontecimientos del pasado, y, por
tanto, dejaba en manos de la “verdad revelada” (y no de la ciencia) la única explicación
posible para lo que fue. Luego veremos, no obstante, que esta visión de la
controversia, quizás demasiado simplista, está siendo cuestionada hoy tanto por
quienes tratan de desentrañar con mayor finura la complejidad de la historia (“Esta imagen pulcra de la ciencia que triunfa
sobre la superstición es falsa casi en su totalidad” ha escrito Bowler),
como por aquellos que recelan de la visión actualista gradualista, recordándonos
la importancia de no desatender los efectos irreversibles de aquellos
acontecimientos puntuales que han marcado el devenir de la historia de la
Tierra.
Volviendo al debate de los inicios de la
geología científica, encontramos que no sólo estaba en discusión el origen de
las rocas, sino que también se enfrentaban ideas catastrofistas y
uniformitaristas, aunque el auténtico pulso entre ambas escuelas se producirá
ya comenzado el siglo XIX, con dos figuras de la talla de Cuvier y Lyell en las
trincheras enfrentadas. La exploración de las grandes montañas del planeta, que
tendrá lugar en torno al cambio de siglo, con Humboldt ascendiendo las laderas
del Chimborazo en Ecuador, entonces considerado la mayor altura del planeta, y
Saussure explorando las cimas alpinas, aportarán al debate nuevos elementos de
diagnóstico.
El problema de la ignorancia de los factores
históricos que encontramos en las teorías de Hutton, negando la existencia de
un inicio y un posible final en la historia de la Tierra, vista como un
continuo e indefinido ciclo, hará difícil para muchos naturalistas la
aceptación de los principios uniformitaristas y mantendrá unas cuantas décadas más
el atractivo de la secuencia histórica de acontecimientos geológicos que sí incluía
el neptunismo, alargando la vigencia de éste, aunque las ideas de Werner sobre el
origen marino de casi todas las rocas terrestres rápidamente irá perdiendo valor.
II.
LOS TIEMPOS DE ALEXANDER VON HUMBOLDT Y LA DEFINITIVA APORTACIÓN DE CHARLES LYELL
“He procurado hacer en Cosmos (…) que la exacta y
precisa descripción de los fenómenos no sea absolutamente inconciliable con la
pintura viva y animada de las imponentes escenas de la creación”
Alexander von Humboldt
Cosmos
“En nuestro intento de desenredar estas difíciles
cuestiones, adoptaremos una dirección distinta, restringiéndonos a las
operaciones conocidas o posibles de las causas existentes”
Charles Lyell
Principios de
Geología
Un excelente ejemplo del declive de las ideas
neptunistas lo encontramos en la trayectoria de una de las personas que más influencia
ejercieron sobre el naturalismo científico de la primera mitad del siglo XIX: Alexander
von Humboldt, un personaje excepcional y contradictorio del que Hans Magnus
Enzensberger ha escrito: “Era un
transmisor sano e inconsciente de gérmenes malignos, un heraldo desinteresado
del pillaje, un correo que ignoraba llevar la orden de destrucción de aquello
que amorosamente pintó en sus Cuadros Naturales hasta los noventa años”.
Alexander von Humboldt
Alexander estudió en la Escuela de Minería de
Freiberg, en Sajonia, probablemente el centro de su estilo con mayor prestigio en
del continente, al frente del cual estaba Werner. Humboldt se identificó inicialmente
con la escuela neptunista, como se puede ver en un trabajo suyo realizado sobre
los basaltos del Rin, escrito aún antes de ingresar en la citada escuela de
Freiberg, donde reforzaría sus lazos con las tesis wernerianas. Sin embargo,
los viajes que realizó en compañía de Aimé Bonpland por las “regiones equinocciales” (con visita
previa a la isla de Tenerife, donde ascendió al Teide), le llevaron a conocer
sobre el terreno la actividad y los efectos de muchos volcanes, lo que le
alejarían definitivamente de la idea de un origen marino general de las rocas. En
cualquier caso, el alejamiento de las ideas neptunistas le llegó incluso antes
de emprender sus viajes a Sudamérica. De hecho, su visita de 1794 a la región
alemana de Eifel, donde hay cráteres volcánicos y lagunas cratéricas
reconocibles, le provocó importantes dudas con respecto a la hipótesis
neptunista, dudas se acrecentaban en sus conversaciones con Georg Förster, quien
trabajó como ilustrador en el segundo viaje de James Cook y había quedado
impresionado por el volcanismo hawaiano. Humboldt frecuentó a Förster, con
quien realizó su primer viaje por el Rin, los Países Bajos e Inglaterra.
Entonces Förster ejercía de bibliotecario en la universidad de Maguncia y
terminó de imbuir la pasión por los viajes que ya habitó permanentemente en la
mente de Humboldt.
Humboldt: el
intento de abarcarlo todo
Humboldt fue un hombre de ciencia
reconocido en su época. Una idea del prestigio que alcanzó en vida lo podemos
vislumbrar en las palabras de una persona tan destacada de la época como Goethe,
que escribió sobre él: "se puede
decir que él no tiene par en conocimientos y saber viviente (...) Dondequiera
se toque, se halla en su medio y nos colma de tesoros espirituales” o “¡Qué hombre tan admirable! Hace mucho tiempo
que le conozco y cada vez me sorprende. Puedo asegurar que en conocimientos, en
ciencia verdaderamente viva y organizada no tiene rival. ¡Y con una agilidad
mental, como nunca he visto en nadie!”.
Humboldt superó con mucho las meras
preocupaciones de su primera profesión de minero e invadió y realizó valiosas
aportaciones en los campos de la geografía, la geología, la descripción
antropológica, la observación astronómica o la botánica. Se gastó toda su
fortuna (que no fue poca) en sus viajes, primero, y en publicar sus obras,
después, y vivió una vida apasionante y apasionada no exenta de momentos
difíciles y numerosas contrariedades. Su talante liberal, cercano al concepto
revolucionario de la época, le creó bastantes enemigos, particularmente en el
seno de la alta sociedad de su Prusia natal, a la que pertenecía; en cualquier
caso, siempre consiguió tener también buenas relaciones en los ambientes cultos
y aristocráticos de su tiempo.
Después de muchos contratiempos y cambios de
planes, consiguió en Madrid un salvoconducto firmado por Carlos IV como
Consejero Superior de minas del Rey de Prusia, para visitar las colonias y
virreinatos americanos (“a fin de
continuar el estudio de las Minas y hacer colecciones, observaciones y
descubrimientos útiles para el progreso de las Ciencias naturales” dirá el
pasaporte), lo que le posibilitó realizar su más importante y determinante viaje entre 1799 y 1804, que
glosó exitosamente en su libro “Viaje a
las regiones equinocciales del nuevo continente”.
Influido por el viaje anterior de La
Condamine, al que se refiere en muchas ocasiones, Humboldt aplica un talante
profundamente experimental y científico en sus viajes, tomando numerosos datos
en todos los lugares que visita y anotando todas las incidencias que le
parecían relevantes en sus observaciones. Su mentalidad científica se alía con una
enorme capacidad de trabajo y una cultura enciclopédica, siendo considerado el
último exponente de los sabios renacentistas, a la par que uno de los primeros
empiristas. Con motivo de la exposición sobre Humboldt de 2001, celebrada
doscientos años después de que el alemán cruzara el Puente de Rumichaca y
entrara en tierras de la actual República del Ecuador, María Mercedes de
Carrión, directora del Museo de la Ciudad de Quito, calificaba al científico y
humanista como “el hombre que recorrió
estas tierras con una mirada profunda, logrando que nos viésemos de otro modo,
entregándonos no sólo una realidad desconocida, sino reactivando la conciencia
de lo que somos”. En estas palabras encontramos el eco del reconocimiento
de quien contribuyó a crear una nueva visión del paisaje y las gentes
ecuatorianas, entre cuyas élites culturales tuvo un importante impacto.
A pesar de todo, no puede decirse que
Humboldt llegara a alcanzar el ambicioso objetivo que se planteó de elaborar
una “descripción física del mundo”,
aunque su obra más ambiciosa, titulada Cosmos,
lleve precisamente dicha frase por subtítulo.
La búsqueda de una descripción física no es exactamente,
para Humboldt, lo que parecería deducirse en la actualidad del término “descripción”,
esto es: el relato de lo que se ve, sino, más bien, un intento de encontrar una
interpretación adecuada para la unidad de la naturaleza, partiendo de un
planteamiento tan desbordante como ambicioso, ya que trasciende la propia
Tierra para pretender abarcar la totalidad del cosmos que da titulo a la obra:
“Tengo la disparatada idea de plasmar en
una sola obra todo el universo material, todo lo que sabemos sobre los
fenómenos del cielo y de la tierra, desde las nebulosas estelares hasta la
geografía de los musgos y las rocas de granito, con un estilo vigoroso que
excitará y cautivará la sensibilidad”, dirá, con una extraña mezcla de
ingenuidad y arrogancia. Desde luego, su propósito se revelará excesivo y, por
tanto, irrealizable, pero solamente alguien como Humboldt pudo pretenderlo con ciertas
posibilidades de acercarse a su consecución.
En realidad, lo que Humboldt pretendía era alcanzar
una interpretación coherente de la unidad de la naturaleza que le permitiera su
visión materialista y científica, basada en la toma de datos y en las
observaciones; una visión enfrentada a los discursos retóricos de buena parte
de los filósofos naturales de su tiempo, que denostaba. Humboldt es, en esto,
un puente excelso entre dos mundos, ya que, sin llegar a materializar sus
objetivos, anuncia una nueva era de predominio de los métodos científicos, pero
mantiene la pretensión de abarcar todo lo existente en una aproximación que hoy
se nos antoja casi renacentista.
La arrolladora actividad de Humboldt, de la
mano de su gran prestigio, le llevó a relacionarse con la práctica totalidad de
los naturalistas de su época: desde el gaditano José Celestino Mutis, entonces
el más relevante botánico del nuevo continente, al que visitará en Santa Ge de
Bogotá durante su visita a Nueva Granada, hasta Joseph Louis Gay-Lussac, Charles
Lyell, Georges Cuvier o Jean Baptiste de Lamarck, entre otros muchos.
Aunque ya por entonces los naturalistas
empezaban a adoptar diferentes caminos en sus intereses, de acuerdo con la especialización
de sus materias, Humboldt mantiene su anhelo particular de búsqueda de la
unidad de la naturaleza y de las relaciones entre los elementos humanos y
naturales, algo que ya había pretendido el botánico y eclesiástico valenciano Antonio
José de Cavanilles con su obra “Observaciones
sobre la historia natural, geografía, agricultura, población y frutos del reino
de Valencia”. Humboldt y Cavanilles se habían conocido en Madrid durante la
estancia madrileña del primero, en 1799, cuando el segundo estaba entonces a
punto de sustituir al director del Real Jardín Botánico, Casimiro Gómez Ortega,
lo que sucedería en 1801, cuando ya Humboldt viajaba por Sudamérica.
También es destacable la influencia que
Humboldt tendría en grandes personalidades de la ciencia posterior, como
Charles Darwin, quien siempre consideró al prusiano un ejemplo a admirar,
aunque también deslizó posteriormente alguna crítica sobre su obra (“es muy eufórico, pero desbarra bastante).
Probablemente, una de las huellas más indelebles que dejó Humboldt radique en
su forma de enfocar la distribución de los vegetales en la Tierra, plasmada en
su obra “Geografía de las plantas”,
donde define “esta ciencia que considera
a los vegetales en función de su asociación local en los diferentes climas”.
No en balde, algunos de sus dibujos sobre la distribución altitudinal de la
vegetación en el Teide (en cuya base hay hoy un lugar conocido como el “Mirador
de Humboldt” en el valle de la Orotava) o la de los volcanes ecuatorianos
son hoy ejemplos elocuentes de una nueva forma de interpretar la ecología
vegetal y la fisiografía. Aunque no consiguiera establecer una explicación
teórica suficiente en la que plasmar su forma de entender las relaciones entre
los seres vivos, adelantó la visión indudablemente ecológica de la naturaleza.
Posiblemente su excesivo apego a lo empírico y a la toma de datos y la
observación, factores nada frecuentes en el naturalismo de su época,
representaron, sin embargo, un problema para la elaboración de hipótesis
explicativas sobre las que sustentar la explicación teórica. En el campo de la
biología habrá que esperar a la publicación del Origen de las especies de Darwin (publicado tras la muerte reciente
de Humboldt) y en el caso de la geología a los Principios de Geología de Charles Lyell (éstos editados en vida de
Humboldt) para encontrar las formulaciones modernas del tipo de planteamientos
científicos que preconizó en cierto modo el genio prusiano.
Nace la geología
moderna: Charles Lyell
En 1830, cuando aún faltaba un
año para que iniciara su viaje por el mundo como naturalista del Beagle, el joven Charles Darwin andaba
bastante perdido y desorientado tras un comienzo de estudios bastante
frustrante. El viaje de seis años de duración constituyó la única aventura en
la vida del naturalista inglés, que se desarrolló posteriormente en su
Inglaterra natal de forma total, aunque aquellos seis años fueron tan intensos
como suficientes para sugerir en su mente una nueva visión de la naturaleza y
especialmente con relación a la explicación de la diversidad de especies.
Mientras Charles Darwin se
preparaba sin saberlo para ese único viaje, en Escocia, el hijo primogénito del
botánico Charles Lyell (conocido como “Charles de Kinnordy” por ser ese el
nombre de la residencia familiar), bautizado con el mismo nombre de su padre, iniciaba
la publicación del primero de los tres libros que abrirían una nueva etapa en
la historia de la geología. Eran los Principios
de Geología, que fueron continuados en 1836 por los Elementos de Geología.
La obra de Lyell impone un antes
y un después en la historia de las ciencias de la Tierra.
Es curioso que fuera
precisamente Buckland, reconocido militante de las filas del catastrofismo y
ferviente seguidor de la interpretación bíblica del diluvio, quien animara a
estudiar geología al joven estudiante Charles Lyell durante su estancia como
estudiante en el Exeter College de Oxford, ya que Lyell aportará a la historia
de la ciencia ideas exactamente contrarias a las de los catastrofistas y
“diluvionistas”, ya adelantadas parcialmente por el también escocés James
Hutton. En cualquier caso, la geología de aquellos tiempos estaba demandando un
“Newton” que la dotara de coherencia y el joven Charles fue quien cumplió la
tarea.
Aunque existen diferentes
interpretaciones posibles al respecto, cabe pensar en dos principios como la
aportación central de la nueva geología lyelliana: el uniformitarismo (o uniformismo)
y el actualismo, algunas de cuyas
semillas ya pueden rastrearse en Hutton, a quien hay muchos historiadores de la
ciencia que consideran el primer geólogo moderno, aunque hay diversas
discrepancias al respecto. Lo que sí resulta curioso es que el nacimiento de
Lyell se produjera el mismo año que conoció la muerte de su predecesor
intelectual. 1797 fue al año de la coincidencia.
Charles
Lyell
Lyell conoció en el Paris de
1823 a Cuvier y a Humboldt, probablemente los dos naturalistas vivos más respetados
de la época. Exploró la geología de Francia e Italia y probablemente fue en su
visita al Etna donde encontró una de las mejores sugerencias para sus
principios. En 1830, el año de la publicación del primero de los tomos de su
libro Principios de Geología, visitó los
Pirineos y la zona volcánica de Olot, en la Garrotxa catalana. Luego viajó por
Noruega y Dinamarca y, ya en la década de los cuarenta, trabajó en los Estados
Unidos y Canadá. También visitó las islas Canarias y Madeira, interesado por
las manifestaciones volcánicas. Al contrario de Darwin, viajó permanentemente,
aunque ninguno de sus viajes tuvo la extensión y duración del único que realizó
aquél.
A Charles Lyell debemos los
términos Eoceno, Mioceno y Plioceno que denominan
otras tantas etapas de la Era Terciaria. Él los propuso en el marco de sus
estudios sobre los estratos marinos de Italia, al identificar los restos
conchíferos fósiles que los caracterizan. Con ello puso en práctica el método “actualista”
de cálculo de la edad de los estratos, aplicando por vez primera criterios
estadísticos a las proporciones de conchas de moluscos fósiles. Esta nueva forma
de estudiar la geología es la que significó un paso de gigante sobre sus
antecesores: la posibilidad de realizar cálculos a partir de los restos fósiles
y los estratos existentes, sabiendo cómo tienen lugar los procesos geológicos en
el presente y deduciendo de ello lo que ocurrió en el pasado. Aplicaciones de
este método actualista utilizadas por el propio Lyell son sus cálculos sobre la
velocidad de retroceso de los cantiles de las cataratas del Niágara o sobre la
formación de carbón a partir de los restos orgánicos.
El poder comprender lo que
sucedió en el pasado estudiando los procesos geológicos presentes constituye,
además de una idea feliz, el argumento fundamental para el desarrollo de los
estudios geológicos. Frente a las concepciones catastrofistas anteriores, Lyell
argumenta sobre la continuidad de los procesos y los agentes que modelan los
relieves y generan las rocas, pero también se alza ante la negación de un
inicio y de un fin planteada por Hutton: Lyell acepta la flecha de la historia.
El ciclo del cambio continuo de Hutton es sustituido en Lyell por la idea de la
actuación de los agentes geológicos en el marco de una historia irreversible,
responsable de la sucesión de las formas que adopta el relieve de la Tierra.
Lyell, además de proponer una
teoría geológica moderna, la supo presentar de una forma convincente y hábil.
Una simple frase suya que usa de ariete contra una de las ideas sostenidas por
el catastrofismo de entonces nos da idea de su potencia crítica y de la
sutileza que ponía a sus argumentos: “Nunca
hubo un dogma más calculado para propiciar la indolencia y para embotar el
agudo filo de la curiosidad, que esta hipótesis de la discordancia entre las
causas anteriores y las actuales del cambio”, escribirá en el tercer tomo
de sus Principios, publicado en 1833.
Sobre la base conceptual del
actualismo se erguirá casi todo el desarrollo posterior de la geología. Menos perdurable,
sin embargo, será la parte del uniformitarismo que presupone gradualismo, es
decir, la idea de que los procesos poseen siempre consecuencias pequeñas en el corto
plazo, aunque generen grandes efectos a largo plazo, debido a la continuidad de
los pequeños cambios. Esta idea del cambio gradual, aunque dominará la geología
durante al menos siglo y medio, generará importantes recelos ya a finales del
siglo XX. Efectivamente: en la actualidad, tanto por parte de las ciencias de
la Tierra como por el lado de la biología evolutiva, asistimos a un resurgir de
una visión moderna de las ideas catastrofistas, que muchos quisieron enterrar
demasiado pronto. Pero se tratará de una revitalización en un sentido no
necesariamente idéntico al que tuvieron en las épocas anteriores a Lyell.
Hoy, la cuestión de los ritmos a
los que operan los procesos geológicos, la importancia de los acontecimientos
singulares en la evolución de la Tierra y de la vida o la velocidad del cambio
evolutivo en el tiempo geológico son otros tantos temas de ardua controversia
científica. Aunque con elementos y una óptica modernos, se pueden rastrear bastantes
paralelismos entre los debates del pasado y los actuales: así, por ejemplo, es
interesante comprobar cómo Lyell combatió duramente y con éxito las ideas de
William Whiston sobre los efectos de los cometas en la geología de la Tierra,
mientras que, en la actualidad, ese es precisamente uno de los campos que más
ha contribuido al resurgimiento de las ideas catastrofistas : las consecuencias
de la investigación realizada por el equipo de Walter Álvarez sobre la caída de
un asteroide hace unos 65 millones de años es considerada una de los
principales causas del rejuvenecimiento del catastrofismo, que se vuelve
necesario a la hora de explicar la crisis finicretácica que acabó, entre otros,
con los grandes dinosaurios, aquellos lagartos
terribles a los que en 1842 dio nombre Richard Owen.
Por otra parte, las mismas tesis
uniformitaristas de Lyell le llevaron a oponerse inicialmente a las ideas
evolucionistas de su amigo Darwin, que nunca llegó a aceptar completamente,
aunque en su libro La antigüedad del
hombre, publicado en 1863, admitió varios de los planteamientos
darwinistas. No obstante, Lyell y Darwin siempre se respetaron y, de hecho,
Darwin lo tuvo durante toda su vida en el altar de sus maestros más relevantes.
El 22 de febrero de 1875 moría Lyell,
recibiendo el alto honor de ser enterrado en la Abadía de Westminster. Pocos
años después, el 19 de abril de 1882, le acompañaría su amigo Charles Darwin.
Por aquella época, las obras de ambos habían anclado ya las bases conceptuales
y los principios básicos sobre los que se desarrollarían, durante el siglo XX, las
ciencias naturales, cada vez más diferenciadas en los respectivos campos de la geología
y la biología.
III. LLEGA EL MOMENTO DE LA
EVOLUCIÓN
“Cuando iba como naturalista a bordo del Beagle,
buque de la marina real, me sorprendieron mucho ciertos hechos en la
distribución de los seres orgánicos que viven en América del Sur, y las
relaciones geológicas entre los habitantes actuales y pasados de aquel
continente. Estos hechos, como se verá en los últimos capítulos de este
volumen, parecían arrojar alguna luz sobre el origen de las especies, ese
misterios de los misterios, como lo ha llamado uno de nuestros filósofos más
grandes”
Charles Darwin
El origen de
las especies
La tesis del proyecto divino, mantenida y
defendida por el reverendo Paley en su ya mencionada "Teología Natural" de 1802, poseía el considerable atractivo de
presentar la naturaleza como un designio divino, una maquinaria perfecta
construida por el Gran Relojero, es decir, un conjunto de ajustados engranajes establecidos
con una finalidad última. En este proyecto, la humanidad gozaba de una posición
privilegiada, claramente especificada en el mandato del Génesis: "...y henchid la tierra; sometedla y dominad
sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre
todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra".
En el fondo, la tesis del plan divino
pertenece a esa serie de fórmulas mediante las cuales el pensamiento humano se dirige
hacia sí mismo como quien se mira el ombligo y se ve como centro y justificación
de todo lo demás, aunque en este caso se busque el concurso de la divinidad
para apoyar la interpretación egocéntrica. A esta amplia tradición pertenece
también la visión geocéntrica de Tolomeo que entendía la Tierra -el hogar del
Hombre- como centro del universo: una visión que se derrumbó ante la evidencia
de las observaciones y la consecuente argumentación heliocéntrica de Copérnico,
aquel mismo asunto que le costó un serio disgusto a Galileo.
Del mismo modo, el proyecto divino de la
Creación como explicación causal de los organismos vivos y sus características
empezó a tambalearse según mejoraba la aplicación del pensamiento científico a
la interpretación de la naturaleza. En ocasiones, la colisión entre la versión
de la revelación y la derivada de los nuevos enfoques científicos se acentuaba,
pero también es cierto que la situación no era la misma que cuando atenazaba a
los primeros científicos de los siglos XVI y XVII.
Por otra parte, la ilusión mecanicista del
universo, trasladada por mimesis a toda la naturaleza, comenzó a ser
cuestionada. Las ideas de Descartes, plasmadas en su famoso Discurso del método habían sido bien digeridas
por la tradición científica religiosa debido a su aceptable coherencia con la
idea de un sistema perfecto diseñado por una mente superior. Ya no era
necesario pensar en una obra divina pensada en todos sus detalles y plena de
misticismo y mensajes ocultos; ahora dominaba la noción de una obra centrada en
la creación del gran mecano cuyo funcionamiento perfecto seguía las órdenes de
unas leyes universales.
Sin embargo, el avance en el conocimiento de
la realidad del mundo arrojaba cada vez más dudas sobre las tesis cartesianas.
Con ello se empezó a desinflar la ilusión de una maquinaria perfecta diseñada y
construida con criterios divinos y pronto nada pudo permanecer igual. Cuánta
influencia tuvo en ello las convulsiones de una sociedad europea que estaba
cambiando su modelo económico, ahondando en un sistema de producción, comercio
y consumo ya claramente industrial es, sin duda, una de las cuestiones más interesantes
a considerar. En cualquier caso, la sensación de vértigo que generaba en muchas
personas de la época la ausencia de soportes tan seguros como los que ofrecía
la explicación religiosa tradicional permite entender buena parte de la
cerrazón y el rechazo de muchas mentes al enfrentarse con una de las
explicaciones más brillantes y sencillas que nunca haya producido la ciencia.
Porque, como ha clamado irónicamente el filósofo Daniel Dennet, "Y entonces llegó Darwin y nos aguó la fiesta".
Charles Darwin
Y llegó Darwin y
aguó la fiesta
La ciencia ha ido descabalgándonos
sistemáticamente de esos cómodos pedestales inventados por nosotros mismos y sobre
los que siempre hemos sido muy dados a instalarnos. Quizás sea así porque, en
el fondo, necesitamos superar el miedo que nos produce la inmensidad y
complejidad del mundo, de forma que, engrandeciéndonos artificialmente, nos
sentimos menos minúsculos. A primera vista, la sensación de orfandad que nos devuelve
nuestra mirada dirigida al universo puede antojársenos brutal, pero lo cierto
es que hay personas que nos han demostrado que existe otra forma mucho más
positiva y optimista de mirar hacia esa inmensidad del mundo. Y que, siendo esa
forma, tan humana como la anterior es, a la vez, más consistente con la
pretensión de habitar en la realidad. El propio Darwin lo señaló con una de sus
frases más celebradas en el último párrafo de su gran obra al referirse a la
teoría que había ido proponiendo concienzudamente en las aproximadamente
quinientas páginas precedentes: "Hay
grandeza en esta concepción de la vida".
La grandeza de la
concepción evolutiva
El 8 de octubre de 1835, el joven Charles
Darwin, con 26 años, anotaba en su diario datos y reflexiones que luego llenarían
el contenido de su "Viaje de un
naturalista alrededor del mundo". Allí podemos leer:
"Así
pues, tanto en el tiempo como en el espacio nos encontramos frente a frente del
gran fenómeno, del misterio de los misterios: la primera aparición de nuevos
seres sobre la tierra".
Esta anotación la hacía Darwin al referirse a
su estancia en las islas Galápagos, una decena de islas aisladas en pleno
Océano Pacífico, a un millar de kilómetros de la costa del Ecuador, el país al
que pertenecen políticamente. En aquellos momentos, Darwin ya llevaba casi
cuatro años de viaje como naturalista a bordo del Buque de Su Majestad "Beagle", una bricbarca de tres
palos y diez cañones que había zarpado de Devonport el 27 de diciembre de 1831
(y a la que aún le quedaba casi exactamente un año para regresar a su
Inglaterra natal).
De todos los lugares por los que pasó el
Beagle y recorrió a pie o a caballo el intrépido Darwin, las islas Galápagos se
han convertido en el símbolo de la teoría de la evolución de las especies. Tal
es la fuerza simbólica que ha asumido este prodigioso archipiélago que parece
que la mera visita del naturalista inglés le hubiera puesto sobre aviso del
mensaje evolutivo haciéndole exclamar, inmediatamente: ¡eureka!
La realidad es, por supuesto, mucho más
compleja y menos lineal. Leyendo con detenimiento los escritos del naturalista,
podemos constatar cómo la gran variedad de pinzones que habitan las islas (varias
especies conocidas conjuntamente como "pinzones
de Darwin") o de las enormes tortugas que las bautizan, y que constituyen
la consecuencia de procesos de especialización y consiguiente diversificación
insular a partir de una única estirpe, no fue algo directamente advertido in situ por Darwin en toda su magnitud y
consecuencias, como él mismo reconoce en sus notas:
"Todavía
no he hablado del carácter más notable de la historia natural de este
archipiélago y es: que las diferentes islas están habitadas por animales de
índole marcadamente distinta. El subgobernador, Sr. Lawson, fue quien me llamó
la atención acerca de este hecho, y me aseguró que las mismas tortugas diferían
mucho en las diversas islas, pudiendo decir con certeza la isla de donde
procedía cualquiera de estos animales que se le presentase. Por desgracia,
olvidé esta afirmación al principio y mezclé las colecciones procedentes de dos
de las islas. Nunca hubiera podido imaginar que tuviesen animales diferentes
unas islas situadas a 50 o 60 millas de distancia, casi todas viéndose unas a
otras, formadas de la misma clase de rocas, situadas bajo un clima enteramente
igual y elevándose todas a la propia altura; pero pronto veremos que el hecho
es exacto. A la mayor parte de los viajeros les sucede, por desgracia, que se
ven obligados a marchar cuando descubren lo más interesante de una localidad;
pero yo he tenido la fortuna de poder proporcionarme materiales en cantidad
suficiente para establecer el notable fenómeno de la distribución de los
animales".
Más de un siglo después, entre 1938 y 1947,
David Lack, un ornitólogo preocupado por la evolución y la ecología centró en
los pinzones de Darwin sus estudios sobre la exclusión competitiva (una idea
que mantiene que la competencia entre especies se resuelve con la desaparición
de la menos capaz o por la divergencia de especializaciones), contribuyendo a
reforzar la imagen que ya tenían las Galápagos como símbolo de la teoría
darwiniana. Poco más tarde, Peter y Rosemary Grant dieron inicio a una de las
investigaciones evolutivas de campo más extensas y completas que se hayan
desarrollado nunca, poniendo de evidencia la rapidez, fortaleza y celeridad con
que se pueden producir los cambios evolutivos en poblaciones de vertebrados,
tal como relata Jonathan Weiner en su libro “El pico del pinzón”.
Radiación evolutiva de los pinzones de las Galápagos a partir de una
especie sudamericana
En cualquier caso, el carácter excepcional de
la mayor parte de las faunas y floras insulares fue uno de los aspectos que más
marcadamente influyeron en Darwin a la hora de encaminar su pensamiento hacia
la hipótesis de la evolución por selección natural. En "El origen de las especies", sin
duda la obra sobre ciencias naturales más influyente de todos los tiempos,
Darwin escribió:
"Aunque
en las islas oceánicas hay corto número de especies, la proporción de especies
endémicas -es decir, aquellas que no se encuentran en ninguna otra parte del
mundo- es, con frecuencia grandísima".
También se dio cuenta el genial naturalista
de que dichas faunas podían adolecer de la ausencia notable de algunos grupos
importantes. Advirtió cómo, en esos casos, otros grupos los sustituyen:
"Las
islas oceánicas carecen a veces de ciertas clases completas, y su lugar está
ocupado por otras clases: así, los reptiles en las islas de los Galápagos y las
aves gigantescas y sin alas de Nueva Zelanda suplantan, o suplantaban
recientemente, el lugar de los mamíferos".
No le pareció a Darwin que tales hechos fueran
producto de la mera casualidad ni tampoco convencía a su mentalidad científica el
dejar la explicación al supuesto talante caprichoso del Creador. Así, la
biogeografía insular tuvo un efecto destacado en la perspicaz construcción de
la teoría evolutiva por el naturalista británico, a la vez que otras muchas observaciones
y pensamientos iban contribuyendo a perfilar la concepción que más contribuyó a
cambiar la mentalidad naturalista decimonónica.
Humboldt, cuyo nombre ha bautizado la
corriente fría que desde el sur alcanza y enfría las aguas del archipiélago de
las Galápagos, había circunnavegado las islas sin detenerse en ellas. No pudo
leer la obra cumbre de Darwin, dado que murió pocos días antes de ser
publicada, pero si se carteó con el naturalista inglés en 1839 al respecto de
los datos sobre las temperaturas de las aguas pacíficas, escribiéndole: “Me
hubiese gustado hablar con Ud. más acerca de la corriente de agua fría que
bordea las costas del Perú, sobre la cual yo me ocupé tantas veces, porque yo
creo que modifica el clima de la costa”, para preguntarle: “Me gustaría mucho saber si esta visión
concuerda con su experiencia y la del capitán Fitzroy”. Darwin, con su
habitual amabilidad, le envió los datos pedidos a quien había sido uno de sus
autores predilectos a la hora de elegir la literatura científica que llevaría en
su equipaje, pues llevaba a bordo del Beagle obras de Humboldt, así como de Lyell
(alguno de cuyos tomos buscó afanosamente durante sus estancias temporales en las
grandes ciudades), entre otros.
Si el viaje durante cinco años por el mundo
fue la verdadera fuente de información, contraste y experimentación de un
Darwin juvenil, los años de madurez los pasó extensamente ocupado con analizar
y buscar explicaciones a la enorme cantidad de notas, especimenes y documentos
que había acarreado consigo, así como con la intensa comunicación epistolar que
siempre mantuvo con el resto de los naturalistas de su tiempo. Supo combinar en
su brillante explicación de la diversidad de la vida en la Tierra el producto de
su clara inteligencia con una gran capacidad de exposición, presentando
acertadamente una teoría que cambiaría el curso de la biología. De hecho, el Origen de las especies se inicia con una
declaración personal sobre la fuente principal de inspiración de su vida:
"Cuando
iba como naturalista a bordo del Beagle, buque de la marina real, me
sorprendieron mucho ciertos hechos en la distribución de los seres orgánicos
que viven en América del Sur, y las relaciones geológicas entre los habitantes
actuales y los pasados de aquel continente".
Nuevamente, al final del relato sobre el
viaje, que tituló "Viaje de un
naturalista alrededor del mundo", Darwin lanza uno de los más encendidos
elogios hechos nunca de los viajes como herramientas para el conocimiento y la
madurez personal: "En resumen;
paréceme que nada hay tan provechoso para un naturalista joven como un viaje
por apartadas tierras", para terminar concluyendo con una de las más
hermosas frases que se hayan escrito nunca en pro del viajar con el fin de
conocer:
"Pero me ha proporcionado tantas alegrías
este viaje que no dudo en recomendar a todos los naturalistas, aún cuando no
puedan lograr tan amables compañeros como los míos, que viajen a todo trance y
emprendan excursiones por tierra, si es posible, o si no largas travesías. Se
puede estar seguro, salvo en casos extremadamente raros, de no tener demasiadas
dificultades graves que vencer, ni grandes peligros que afrontar. Ejercitan
estos viajes la paciencia, borran todo rastro de egoísmo, enseñan a elegir por uno
mismo y a acomodarse a todo; en una palabra, dan las cualidades que distinguen
a los marinos. También enseñan los viajes un poco a desconfiar, pero permiten
descubrir que hay en el mundo muchas personas de corazón excelente, dispuestas
siempre a serviros aún cuando no se las haya visto jamás ni deban volverse a
encontrar nunca".
Darwin, que fue un mal estudiante de
medicina, carrera que abandonó a los 19 años, y un mediocre licenciado en
teología con 22 años, encontró en la labor naturalista (que incluyó en su
formación universitaria) su verdadera vocación, y en el viaje del Beagle una
amplia y fecunda visión del mundo natural. Eso fue lo que le permitió elaborar su
grandiosa explicación del origen de la diversidad de los seres vivos.
Consciente de la trascendencia que la exposición de su teoría iba a tener en
los ambientes científicos y teológicos victorianos, fue tejiendo una obra
rotunda, labrada de pensamientos, pruebas, argumentos y datos que le
permitieran presentar sus ideas en la forma más convincente y menos atacable
posible. Su prudencia le llevó a retrasar la exposición pública de la teoría durante
años, hasta que la posibilidad de que un joven Alfred Wallace presentara antes
unas ideas similares le obligó a dar por finalizado su trabajo en la sombra. De
hecho, en la introducción de su libro más importante, Darwin alude a este hecho
e insiste en la prudencia aplicada y el largo trabajo previo: "Espero que se me perdone por entrar en estos
detalles personales -dirá, al relatar el largo trayecto de elaboración de
su teoría desde el tiempo del viaje en el Beagle y la publicación del libro en
1859- anotados para demostrar que no me
he precipitado al llegar a una decisión".
También resulta encantadora su advertencia sobre
las limitaciones de un texto que apenas cabe en unas quinientas apretadas
páginas de argumentos detallados y concienzudos:
"Este
resumen que publico ahora tiene, necesariamente, que ser imperfecto. No puedo
dar aquí referencias y textos en pro de mis diversas afirmaciones, y he de
contar con que el lector deposite alguna confianza en mi exactitud".
Si el objeto central del trabajo de Darwin fue
descifrar el "misterio de los
misterios" (como había llamado John F.W. Herschel, en el transcurso de
una carta a Lyell, a la cuestión del reemplazo de unas especies por otras, denominación
que luego Darwin utilizará en sus libros), tuvo éxito porque él mismo era un
gigante entre los gigantes. Pocas veces una sola persona ha influido tanto en
tantos aspectos del pensamiento y de la forma de ver y entender el mundo como
lo hizo este naturalista nacido en Shresbury el 12 de febrero de 1809 y
fallecido el 19 de abril de 1882 en Down, condado de Kent. Hoy es posible
afirmar con toda rotundidad que no sólo en la historia de la biología, sino en
la del pensamiento en general hay un antes y un después de Darwin.
Alfred Wallace: el
gran olvidado
Aunque la figura de Darwin es la que recibe por
lo general todos los honores alcanzados por la teoría de la selección natural, hay
otro naturalista merecedor de un hueco en el reconocimiento del mérito, justo al
lado del gran héroe de la evolución. En realidad, desde un punto de vista
estrictamente respetuoso con las normas, la teoría de la evolución por
selección natural debería denominarse teoría de Darwin-Wallace. Si a menudo no
es recordada así, sino sólo por el nombre de Darwin, es debido a que la presentación
más elaborada, la mayor profusión de datos, argumentos y observaciones y la
defensa más continuada de la misma fueron mucho más brillantes en el caso de
Darwin que en el de Wallace, también porque Darwin llegó antes a esa idea,
aunque la rumiara en la sombra sin comunicarla más a que sus más allegados
durante muchos años. Sin embargo, mabos hicieron a la vez la primera presentación
pública de la propuesta de la evolución por selección natural en el boletín de
la Sociedad Linneana de Londres del mes de junio de 1858. De hecho, en la
presentación de ese número, firmada por Charles Lyell, J. D. Hooker y J.J.
Bennet (éste último como secretario de la Sociedad Linneana), se lee, con el
florido lenguaje propio de la época:
"Los
escritos adjuntos, que hemos tenido el honor de comunicar a la Sociedad
Lineana, y que se relacionan con el mismo asunto, a saber, las Leyes que
afectan a la Producción de Variedades, Razas y Especies, contienen los
resultados de las investigaciones de dos infatigables naturalistas, el Sr.
Charles Darwin y el Sr. Alfred Wallace. Estos caballeros han concebido,
independientemente y sin conocimiento el uno del otro, la misma hábil teoría
que da cuenta de la aparición y perpetuación de las variedades y de las formas
específicas sobre nuestro planeta, ambos pueden reclamar honestamente el mérito
de ser los pensadores originales en esta importante línea de investigación;
pero ninguno de ellos ha publicado sus puntos de vista, aunque el Sr. Darwin ha
sido urgido de forma repetida por nosotros a hacerlo y ambos autores han puesto
sus trabajos sin reservas en nuestras manos. Pensamos que promoverían mejor los
intereses de la ciencia que una selección de ellos se expusiera en la Sociedad
Linneana."
Al introducir el Origen de las especies, Darwin, con su habitual cortesía y
honestidad, reconoce el empuje dado por Wallace a la terminación de su obra: “Me ha movido especialmente a hacerlo
(publicar el libro, al que Darwin presenta como “un resumen”) el que el Sr.
Wallace, …, ha llegado casi exactamente a las mismas conclusiones generales que
sostengo yo sobre el origen de las especies”.
Mientras que Darwin formaba parte de una rica
familia liberal inglesa, Wallace no partía de una cuna similar. Procedente de
una familia de recursos limitados y asediado desde muy joven por los problemas
económicos, Alfred Wallace ejerció durante algún tiempo como profesor de dibujo
en Leicester, donde coincidió con el naturalista Henry Walter Bates. Con él viajó
a Brasil en 1848, explorando y delineando por primera vez un mapa del río
Negro. Aunque Bates permaneció en Brasil once años (donde desarrolló un gran
trabajo como naturalista, siendo especialmente recordado por su descripción de
las formas de mimetismo que llevan su nombre), Wallace, por su parte, emprendió
el retorno a Inglaterra a los cuatro años de su llegada a Brasil, junto con un importante
cargamento de observaciones y de especimenes recolectados. Para su desgracia,
todas sus colecciones y anotaciones se hundieron en el mar, cuando su barco se
incendió y naufragó. Únicamente los pasajeros, entre los que se encontraba el
joven Alfred, consiguieron salvarse al refugiarse en las barcas de salvamento que
permanecieron durante diez días a la deriva antes de que un viejo velero, que posteriormente
también estuvo a punto de naufragar, les recogiera.
Lejos de amilanarse, el animoso Alfred
Wallace reconstruyó lo que pudo de sus experiencias y compuso con ellas un
relato titulado "Viajes por el
Amazonas y el río Negro", que se publicó en 1853.
Al poco tiempo de su dramático retorno a
Inglaterra, Wallace volvió a partir de viaje, en este caso hacia Singapur, desde
donde iniciaría un largo periplo que le llevaría por las Islas de las Especias,
nombre que recibían los numerosos archipiélagos de Malasia e Indonesia en los
que permanecería unos ocho años, desarrollando allí un importante trabajo
naturalista.
La estancia en aquellos archipiélagos proporcionó
a Wallace las observaciones con las que iría tejiendo sus propias ideas sobre
la evolución por selección natural. Fue también en aquellas latitudes donde leyó
el ensayo de Malthus sobre la disparidad entre el crecimiento de los recursos y
de el de las poblaciones humanas (“Ensayo
sobre la población”), en el que encontró, como le ocurriera a Darwin, uno
de los fundamentos más claros para sus ideas sobre los efectos de la selección
natural.
A lo largo de los años que van de 1855 a
1858, Wallace mantuvo correspondencia tanto con Lyell como con Darwin, a quien
sabía preocupado por lo que ya se denominaba "la cuestión de las especies". En 1858 remitió a Darwin un breve
artículo con la solicitud de que lo hiciera llegar a Lyell. Ese fue el
desencadenante para que Darwin, que llevaba cerca de veinte años tejiendo su
teoría de la evolución sin publicarla, se alarmara y, animado por el mismo Charles
Lyell y por Joseph Hooker, decidiera presentar a la Sociedad Linnneana, conjuntamente
con el texto de Wallace, un primer y breve esbozo de sus ideas.
Tras la primera publicación conjunta de aquellos
breves artículos, Darwin concluyó en unos ocho meses su principal obra ("Origen de las especies"), mientras
Wallace permanecía aún otros cuatro años en Indonesia, describiendo nuevas
especies y desarrollando novedosas ideas sobre la biogeografía de la zona. Como
resultado de ello, desde entonces su nombre ha quedado unido a la línea de demarcación
que separa las faunas insulares de las islas de Bali y Borneo, por un lado, y
Lombok y Sulawesi, por otro, ya que fue él quien advirtió los cambios biogeográficos
determinados por esa frontera y relacionados con la distribución y la evolución
de las especies en las islas.
Tras su vuelta a Inglaterra, en 1862, Wallace
dedicó los tres años siguientes a revisar sus colecciones, publicando un gran
número de artículos científicos que le llevaron a ser justamente considerado
como el mayor experto en la naturaleza indonesa. Junto a Huxley, se convirtió
en un encendido defensor de las tesis darwinistas, reconociendo siempre la
primacía de Darwin en la formulación de la teoría.
Wallace sintió siempre una inclinación particular
por los temas sociales, así como por los fenómenos espiritualistas. El interés
espiritualista, particularmente acrecentado a partir de 1866, le distanció de
muchos de los científicos del momento relegándole paulatinamente a un estado de
marginación en la sociedad científica del momento. También volvió a tener
graves problemas económicos, de los que nunca se consiguió librar totalmente,
hasta el punto de que en 1881 varios amigos, entre ellos Darwin (que moriría un
año después), consiguieron del gobierno la concesión de una modesta pensión en
reconocimiento a sus enormes contribuciones a la ciencia.
La última etapa de la vida de Wallace, que vivió
hasta 1913, la dedicó a trabajar en una gran variedad de temas, creciendo su
interés por las cuestiones sociales. Fue un progresista radical que mantuvo una
intensa actividad en favor de la nacionalización de las tierras, participando
en las luchas a favor del sufragio femenino e interviniendo en numerosas causas
de apoyo a la clase trabajadora. Sus escritos y conferencias son numerosos
hasta su muerte, dejando tras de sí una obras amplia e interesante, con ensayos
y libros sobre geografía, ciencias naturales, asuntos sociales, etnografía,
etc. Lamentablemente, la historia no le ha tratado hasta ahora con la justicia
que merecen sus enormes aportaciones.
Alfred Russel Wallace
La teoría de la selección natural
En un reciente libro, John Maynard Smith y
Eörs Szathmáry han dejado escrito que la teoría de la evolución por selección
natural "es, quizá, la única idea
científica profunda que todo el mundo puede comprender fácilmente". Aunque
es probable que la mayoría de las ideas científicas puedan ser comprendidas por
casi todo el mundo con un poco de voluntad y algo de perseverancia, la teoría
de Darwin presenta, de una forma muy nítida, ese atractivo excepcional que
poseen las ideas sencillas y redondas. A pesar de ello, y del rápido éxito que pronto
experimentó, la teoría no fue verdaderamente comprendida y asimilada por la
mayoría de los biólogos hasta muchas décadas después de su formulación. Incluso
en los primeros años del siglo XX atravesó una crisis de credibilidad
científica precisamente con la eclosión de la genética (una fase que algunos
han definido como el “eclipse del
darwinismo”), lo que no deja de resultar una curiosa paradoja.
Darwin reunió en unos pocos argumentos (eso
sí: considerablemente apoyados en observaciones y datos) el núcleo de su
teoría. El primero de ellos parte de la apreciación realizada por Robert
Malthus sobre la menor velocidad de crecimiento que experimentan los recursos al
compararlos con el rápido incremento potencial de la población. La tesis de
Malthus se limitaba a las poblaciones humanas, pero Darwin (y Wallace) la
aplicaron al resto de los organismos vivos. De este modo hicieron constar que
todos los seres vivos son capaces de generar muchos más descendientes que los
que verdaderamente pueden sobrevivir hasta la edad reproductora. La razón de
esa diferencia entre el número de los que nacen y el de los que llegan a
reproducirse reside en varios fenómenos, entre los que destacan las
limitaciones que impone el ambiente a la supervivencia de los organismos, la
ausencia de recursos suficientes para todos o el propio hecho de la competencia
que se crea a la hora de obtener los recursos escasos. En realidad, si cada
pareja de individuos (formando todos ellos parte de alguna de esas parejas) generara
sólo dos descendientes, es decir, el mismo número que permite igualar al de la
generación anterior, la muerte de muchos de los descendientes, ocurrida antes
de su edad reproductora, supondría una merma continuada en los efectivos de la
población, lo que la llevaría a la desaparición. Es necesario, por tanto, generar
un número superior de descendientes que la mera tasa exacta de reemplazo, y de una
forma tanto más acusada cuanto mayor sea la mortalidad infantil o
pre-reproductora de la especie.
Ya antes de Darwin, Buffon había reparado en la
elevada capacidad de crecimiento exponencial que presentan los seres vivos; en
el volumen II de su Historia natural ofrece la siguiente apreciación,
en esta línea: "en 150 años el globo
terráqueo puede cubrirse de un solo tipo de organismos". A pesar de
ello, el naturalista francés no obtuvo de ello conclusiones mayores a la manera
que lo hizo Darwin. A pesar de todo, al comienzo del Origen de las especies, en un bosquejo histórico, Darwin incluye su
reconocimiento personal a Buffon, de quien dice que fue el primer autor de los
tiempos modernos que trató con espíritu científico la cuestión del origen de
las especies, aunque reconoce que sus ideas fluctuaron en diferentes periodos sin
entrar en las causas o medios de la transformación de las especies.
La segunda idea importante de la
argumentación de Darwin sobre la evolución se basa en la advertencia de las
características heredables, es decir, en el hecho evidente de que los hijos se
parecen a sus padres, en algún grado. Por supuesto que el hecho de la herencia
era conocido desde muy antiguo, pero no había una explicación satisfactoria
para el mecanismo por el que tenía lugar. De hecho, éste fue el auténtico talón
de Aquiles de su propia propuesta evolutiva. En su libro se puede leer esa
constatación, escrita con pesar: "Las
leyes que rigen la herencia son, en su mayor parte, desconocidas".
Mucho se ha especulado con el hecho de que
durante la vida de Darwin tuviera lugar la publicación del trabajo de Gregor
Johann Mendel, un abnegado monje agustino de Brno (que entonces formaba parte
de Austria-Hungría y hoy se sitúa en Chequia); el primer trabajo en el que se
identifica correctamente el mecanismo que explica la herencia. De hecho, fue en
1865 cuando Mendel presentó con una conferencia dada en la Sociedad de
Naturalistas de Brno los resultados de sus experimentos con la hibridación en
guisantes, publicándose los mismos en la revista de la sociedad, al año
siguiente. Por tanto, Darwin podría haber consultado aquel trabajo cuando sólo habían
pasado 7 años desde la publicación de su libro, coincidiendo con la cuarta
edición del "Origen de las especies"
(y aún le quedarían otros 16 años para hacerlo antes de su muerte). Sin
embargo, o nunca lo leyó o no lo tuvo en cuenta.
A pesar de todo, la mera constatación de la
existencia de la herencia le fue suficiente a Darwin para hilvanar su teoría.
La tercera idea central en la teoría de la
evolución procede del hecho de que, aunque la herencia modela a los organismos
con una forma semejante a la de sus padres, todos los individuos de una misma
especie presentan características ligeramente distintas entre sí, aún en el
caso en que se trata de hermanos o hermanas. Esta condición de variación o
diversidad alcanza también al comportamiento, diferente en cada uno de los
individuos, aunque como la forma, determinado parcialmente por la herencia.
Todas estas diferencias mantienen relación con las respectivas capacidades de
supervivencia, por lo que la capacidad de sobrevivir hasta poder reproducirse
es una característica que manifiesta diferencias entre los individuos de una
misma especie.
Con estas tres ideas como sustrato, Darwin
dedujo que las posibilidades de supervivencia hasta la edad reproductora tenían
bastante que ver con aquellas diferencias existentes entre los individuos, de
forma que aquellos que sobrevivían y se reproducían de adultos en realidad lo
que hacían era transmitir sus propias características a sus descendientes, en
tanto que los que no lograban sobrevivir desaparecían junto con sus
características heredables. De esta forma, se revelaba el mecanismo por el cual
los rasgos heredables que resultaban más favorables para la supervivencia en un
determinado ambiente se veían transmitidos mayoritariamente generación tras
generación, lo cual, a largo plazo, determinaba la existencia de cambios en las
características de los individuos que constituyen la especie, produciéndose así
su evolución.
Como el mecanismo propuesto descansa en el
efecto seleccionador que ejerce el ambiente sobre la variabilidad de las características
heredables que presentan los diferentes individuos de cada especie, Darwin
denominó "selección natural"
al proceso causante de la evolución. De hecho, el título completo del libro de
Darwin es: "Del origen de las
especies por medio de la selección natural, o la conservación de las razas
favorecidas en la lucha por la vida".
La simplicidad y solidez de las ideas de
Darwin cautivó desde el primer momento a los naturalistas menos condicionados
por los dogmas. Se ha dicho que la idea de Darwin de la selección natural
trasciende con mucho el ámbito de la biología para formar parte de ese pequeño grupo
de ideas filosóficas que han tenido una gran influencia en el conjunto del pensamiento
humano. De hecho, ha sido frecuente tratar de aplicar la teoría de la selección
natural en otros ámbitos, produciendo con ello resultados y sugerencias muy
dispares y hasta contradictorias, aunque también es cierto que muchas de tales
aplicaciones fueron planteadas con intereses marcados, incluyendo en ellos los
intentos de justificar argumentos racistas o a la hora de apoyar las diferencias
entre las clases sociales (como sucedió con el llamado "darwinismo social"), empresas ideológicas
éstas en la que nunca colaboró Darwin que, por su parte, formaba parte de una
tradición familiar librepensadora y progresista. En su relato del viaje en el
Beagle, por ejemplo, Darwin lanza diversos ataques contra la injusticia del
esclavismo, al que consideraba una lacra inaceptable. A este respecto, Darwin
comparte la opinión de Humboldt, quien dejó escrito en 1845: “Si hemos de mantener el principio de la
unidad de la especie humana, necesariamente habremos de desechar como lógica
consecuencia la desoladora distinción de las razas en superiores e inferiores”.
Sin duda, uno de los mayores adversarios de
Darwin lo constituyó cierto fundamentalismo religioso de su tiempo, frente al
cual Darwin se mostró siempre extremadamente prudente, consciente de que ahí
radicaba un grave riesgo para su teoría. Toda su vida evitó en lo posible la
confrontación directa con los aspectos religiosos, actitud que encaja bien con
su talante liberal, pero que también tiene que ver con el deseo de no incomodar
a su mujer (que era, además, su prima), una mujer profundamente religiosa, a la
que adoraba. De hecho, mientras en la primera edición de su libro no incluyó en
su celebrada frase final ninguna referencia al Creador, sí lo hizo en las
restantes, aunque en numerosas cartas privadas se mostró decididamente
materialista y agnóstico, cuando no claramente ateo.
Al margen de la polémica religiosa, diversas
cuestiones ligadas al entramado conceptual de la teoría de la selección natural
preocuparon de forma destacada a Darwin. Sin duda, la carencia de una explicación
genética aceptable, aspecto ya comentado antes, fue una de ellas; pero también le
causaron muchas inquietudes la cuestión de la magnitud del tiempo geológico.
La cuestión de la edad de la Tierra
Es conocido el cálculo sobre el origen de la
Tierra realizado por el arzobispo James Ussher obtenido sumando las edades de
todos los personajes bíblicos. Ussher concluye así que la Tierra fue creada el
25 de octubre del año 4004 a.C. a las 9 de la mañana. La hora, sin embargo,
constituye un objeto de discrepancia en la interpretación de la obra del obispo,
ya que también podría haber querido referirse a las 12 del mediodía. La
diferencia radica en que la frase "en
el medio del primer día fue creada la luz" aunque parece conducir a la
segunda interpretación, debe tener en cuenta que Ussher consideraba la posible existencia
de una "pre-creación" que habría durado unas pocas horas
provisionales antes de la aparición de la luz, lo que nos llevaría a la primera
interpretación.
James Usher, arzobispo de Armagh
Aunque hoy estas disquisiciones mueven a risa,
lo cierto es que James Ussher, que llegó a ser arzobispo de Armagh, fue un
investigador muy respetado en su tiempo por su esforzado estudio de los textos
históricos, y particularmente de la Biblia. En su artículo "Caída en la casa de Ussher",
Stephen Jay Gould trató de reivindicar su figura como la de un estudioso
riguroso y serio, integrado ciertamente en la tradición del estudio
documentalista de su tiempo, pero al que no deberíamos ridiculizar fácilmente desde
nuestros modernos enfoques, ignorando con ello la realidad de su tiempo. En
cualquier caso, lo verdaderamente importante es que en 1650, la fecha de la
publicación de "Anales del Antiguo
Testamento, deducidos del primer origen del mundo", obra en la que
Ussher expone su cronología, el mundo disponía, a juicio de aquellos estudios, de
menos de 6000 años de existencia.
Ussher pertenecía a una escuela (o, si se
quiere, a una tradición) en la cual el estudio de los documentos antiguos constituía
la metodología más correcta para obtener datos sobre el pasado. En realidad, la
mayoría de los investigadores actúan dentro de tradiciones e ideas no
cuestionadas por ellos mismos que les permiten aplicar una metodología determinada
y alcanzar con ello conclusiones necesarias para el avance de sus trabajos.
Según se va concretando la noción moderna de ciencia, surgirán ámbitos específicos
para la formulación de los problemas científicos que determinarán los propios problemas
que los científicos pueden acometer, a la par que se concretan los modelos teóricos
generales por los que se han de guiar para ello. A esto es a lo que Thomas Kuhn
denominó "paradigma", un
término muy debatido por su versatilidad y su considerable ambivalencia, pero
que refiere a lo que podríamos considerar como una “metateoría” desde la que cada grupo de científicos trata de indagar
la realidad. Para entender lo que Kuhn quiere decir, podemos buscar algún buen ejemplo
sobre lo que sería un paradigma; y lo encontraremos en la mecánica de Newton o
en las teorías de la relatividad especial y general de Einstein. Así, resolver
un problema cuando la investigación que lo aborda se inscribe en la aceptación
de la teoría newtoniana supone enmarcar la indagación en ese paradigma
determinado; los presupuestos, métodos y resultados serán distintos que cuando
se parte del ámbito representado por el paradigma einsteniano, por ejemplo. El
cambio de paradigma en una comunidad de investigadores constituye un momento
crucial de cada ciencia que Kuhn denominó “revolución
científica”. (Para otros filósofos de la ciencia, como Imre Lakatos, más
que paradigmas de lo que se trata es de diferentes programas de investigación; pero,
para otros, la cuestión es el evolucionismo entre las teorías científicas
-Campbell, Lorenz- y para otros más la ausencia de método –Feyerabend-. En
cualquier caso, no es objeto de este texto penetrar en las diferencias entre
las distintas concepciones de la ciencia, que están lejos de quedar resueltas,
por lo que mantendremos la vista puesta en las propuestas generales de Kuhn y
Lakatos).
Así, los programas de investigación o los paradigmas
que determinan la actividad científica se sustituyen en el tiempo, definiendo periodos
de “ciencia normal” durante los
cuales no se cuestionan los paradigmas con los que se trabaja, y periodos de
crisis o “revolución científica”
cuando varios paradigmas combaten entre sí por hacerse con la aceptación
mayoritaria de la comunidad científica.
Pues bien, hasta que las luces de la
Ilustración del siglo XVIII no hacen predominar los planteamientos que rechazan
la fiabilidad de la cronología bíblica, posiblemente el trabajo de Ussher era
uno de los mejores representantes de la forma más consistente y respetable de investigación
cronológica que basaba su trabajo en el estudio concienzudo de una
documentación histórica que se consideraba por entonces plenamente aceptable.
Eso es -viene a decirnos Gould- lo que nos debe hacer respetar a Ussher, por
más que sus planteamientos y deducciones hoy se nos antojen ridículos. Ciertamente,
medir a personajes de otras épocas con los raseros de la sociedad actual no sea
el mejor mecanismo de valoración, sino, más bien, una zancadilla poco honesta.
De todas formas, también es cierto que ya
antes de realizarse los cálculos del obispo se estaban proponiendo métodos de
cálculo más científicos con el objeto de obtener conclusiones sobre el mundo,
métodos que vendrán a sustituir a los estudios de los textos sagrados, y serán,
con el tiempo, aplicables también al estudio del origen de la Tierra. Esos métodos
son los que darán inicio a la construcción de la ciencia renacentista, donde la
experimentación y la observación empiezan a fundamentar los mecanismos destinados
a obtener conclusiones. El conocido diálogo (obligado) mantenido el 22 de junio
de 1633 (por tanto, anterior a la publicación de Ussher) entre la Inquisición y
Galileo, durante el que el genial físico habría murmurado "Eppur si muove” (“y, sin embargo, se mueve"), defendiendo con ello su tesis
sobre el movimiento de las lunas alrededor de Júpiter, por encima de su
obligada abjuración, es, con casi total seguridad una invención posterior (no
estaba el horno de la Inquisición para bollos de frasecitas valientes en aquellos
momentos), pero tiene la función de simbolizar la convicción de las entonces nacientes
ideas que defienden la superioridad de los hechos observables sobre la
ideología ciega y dogmática. Se convertirá, por ello, en un símbolo universal del
dificultoso pero exitoso tránsito hacia la ciencia moderna.
Volviendo a la cuestión del tiempo de la Tierra,
lo cierto es que en los tiempos del renacimiento e inmediatamente posteriores,
la noción sobre el origen de la Tierra entre los europeos (no así en otras
culturas) no iba demasiado atrás en el tiempo, y en esa idea daba también peso
al cálculo de Ussher que se hacía creíble.
Sin embargo, poco a poco, la noción de un
origen más antiguo iba tomando cuerpo. Ya en el siglo XVIII, George Louis
Leclerc, conde de Buffon, consideraba aceptable la cifra de 75.000 años para la
existencia de la Tierra. Se había multiplicado por diez la fecha del origen de la
Tierra desde los cálculos del arzobispo anglicano, al aplicar ahora un método
más científico y empírico: el cálculo del tiempo necesario para que se
produjera el enfriamiento de una Tierra considerada inicialmente fundida. Por
tanto, en los comienzos del siglo XIX (la época de juventud de Darwin), la idea
sobre la edad de la Tierra se había extendido hacia atrás, pero era todavía bastante
escasa para las necesidades de la evolución que imaginara Darwin.
Es en esos tiempos cuando se está dirimiendo
en los círculos científicos de toda Europa la polémica entre las escuelas
catastrofistas y las uniformitaristas. De acuerdo con los catastrofistas,
inicialmente mayoritarios, el pasado de la Tierra habría estado condicionado
por grandes catástrofes (diluvios, levantamientos de montañas...) muy
diferentes a los procesos actuales que ejercen los agentes geológicos sobre la
Tierra. Georges Cuvier, el más prestigioso paleontólogo de vertebrados de los
comienzos del siglo XIX, era un firme partidario del catastrofismo, además de
un convencido antievolucionista, herencia que dejó a su discípulo y no menos
prestigioso geólogo Louis Agassiz, a quien Stephen Gould ha calificado como el
último reducto creacionista serio contra la evolución; reducto que perduró
hasta su muerte, ocurrida en 1873.
Ya vimos que la escuela uniformista o
uniformitarista, formada por los partidarios de la idea de que los procesos
actuales son capaces de explicar el pasado sin necesidad de recurrir a
fenómenos catastróficos especiales y propios de tiempos remotos, nació en el
siglo XVIII a partir de algunas de las propuestas del escocés James Hutton.
Hutton aplicaba un cierto método actualista (concepto similar al de
uniformitarismo, que supone que el estudio de lo actual permite obtener datos
del pasado) que le posibilitaba medir el paso del tiempo, puesto que lo que a
él le interesaba particularmente era establecer una teoría sobre los ciclos
recurrentes de la historia de la Tierra. Para ello introdujo un nuevo y muy
poderoso argumento de análisis sobre el tiempo geológico, y de su aplicación
dedujo la necesidad de aumentar considerable la edad de la Tierra.
A pesar de todo, los catastrofistas controlaban
el panorama de las ciencias naturales en los comienzos del siglo XIX. Cuvier
escribirá a comienzos de siglo: "la
característica de la naturaleza es el cambio, y ninguno de los agentes que ésta
emplea actualmente habrían sido suficientes para producir sus antiguas obras".
Junto a él, Conybeare, Buckland (el que había convencido a Lyell de que se
dedicara a la geología) y Sedwick, al otro lado del canal de la Mancha, engrosaban
incondicionalmente las filas de aquel catastrofismo de comienzos de siglo, en
el momento en que Lyell iniciaba sus exploraciones geológicas y Darwin comenzaba
sus estudios.
La polémica sobre si los procesos actuales son
suficientes a la hora de explicar el pasado o hay grandes diferencias entre una
época Antigua y otra Actual se confunde a veces con la creencia en la
existencia y los detalles de un supuesto Diluvio Universal. Son cosas
distintas, ya que el mayor o menor respeto por la literalidad de los textos
bíblicos diferencia también a los catastrofistas entre sí e introduce una gran
complejidad en las posiciones y planteamientos de cada cual, alejando la
realidad de las interpretaciones más simples. Los primeros intentos de
reconstrucción de los restos fósiles que empiezan a ser desenterrados con
cierta frecuencia en estos tiempos (y en cuya tarea Cuvier fue el más destacado
pionero) puso de evidencia la existencia de formas vivas en la antigüedad que
ya no existían, introduciendo así nuevos interrogantes sobre la magnitud de la
historia de la Tierra y sobre las características del pasado. Estas cuestiones abrían
espacio para las diferentes interpretaciones, de acuerdo con el paradigma
(catastrofista o uniformista) que cada cual aceptara.
Como ya vimos, sería Charles Lyell quien, con
su monumental "Principios de
Geología", asentó definitivamente las tesis actualistas como paradigma
geológico dominante, convirtiéndolas en el método de investigación que llevaría
a la Geología moderna. La influencia de Lyell en el panorama geológico del
momento y por mucho tiempo fue crucial. Los más destacados defensores del
diluvio como catástrofe antigua explicativa de lo que encontramos hoy abandonaron,
incluso públicamente, sus posiciones anteriores (es el caso de Sedwick y de Conybeare)
y el nuevo panorama actualista permitió jugar con unos márgenes de tiempo para
la historia de la Tierra mucho más amplios, algo que Darwin necesitaba como
agua de mayo para hacer creíble su teoría de que la selección natural era la causa
de la evolución de las especies.
De hecho, aunque Lyell, prudentemente, nunca
llegó a proponer una cifra para el origen de la Tierra, posibilitó con sus
trabajos una nueva escala de magnitudes sobre las que moverse (se puede uno
hacer una idea de lo que vino de la mano del actualismo al tratar de trasvasar
hacia el pasado las tasas de sedimentación actuales y calcular el tiempo
necesario para llegar a formar las enormes masas de sedimentos que componen
algunas cordilleras). Darwin, por su parte, sí aludió a cifras de varios
centenares de millones de años para situar acontecimientos concretos, lo que,
evidentemente, exigía situar la cuestión de la edad de la Tierra en unas coordenadas
totalmente diferentes a las de tan sólo unos pocos años antes.
Sin embargo, el último obstáculo serio para
una cifra tan elevada como la que pretendía Darwin lo pondría un peso pesado de
la física moderna: William Thomson, más conocido por el título de Lord que le
fue otorgado: Lord Kelvin. Esta historia es sumamente paradójica e instructiva,
ya que recoge un caso en el que una opinión sustentada empíricamente y avalada
por la ciencia más prestigiosa a la hora de hacer predicciones (la física) apoyaría
la versión que luego se demostraría equivocada.
Kelvin fue un feroz oponente a las ideas de
Darwin debido a su idea sobre la edad de la Tierra. Siguiendo las tesis en boga
desde el siglo XVII, que defendían que el origen de la Tierra lo constituyó una
bola de fuego, realizó diversos cálculos acerca de la conductividad térmica de
las rocas y sobre el valor de su gradiente geotérmico (es decir, el aumento que
sufren las temperaturas cuando se profundiza en el subsuelo: un valor de alrededor
de 3º C por cada centenar de metros de profundidad). De este modo, llegó a la
conclusión de que la edad más factible para el origen de la Tierra se situaba
alrededor de los 100 millones de años atrás. Aplicó también otros
procedimientos físicos, como la reducción de la velocidad de rotación del
planeta debido a la fricción de la mareas o el cálculo de la edad del calor del
sol; con ellos las cifras que obtenía Kelvin resultaban incluso menores y, de
hecho, en sus sucesivas propuestas fue ofreciendo cifras paulatinamente menores
según iba pasando el siglo, de forma que, hacia finales del mismo, la
estimación más fiable para el ya anciano y prestigioso físico era la de unos 24
millones de años. Pero, para entonces, Darwin ya había muerto.
William Thomson, lord Kelvin
La cuestión del cálculo de la edad de la
Tierra se resolvería efectivamente de la mano de los cálculos físicos, aunque en
un sentido diametralmente opuesto a las tesis defendidas por Kelvin. Sería el
descubrimiento de la radiactividad, ocurrido a caballo de los siglos XIX y XX (primero
por Becquerel y luego por los esposos Curie), lo que permitió utilizar una nueva
y potente forma de datación cronológica de las rocas. El debate pasó desde
cifras de unos pocos millones de años o un centenar como máximo, a valores de
miles de millones de años. En este nuevo estado de la cuestión participó de
forma destacada Arthur Holmes, un físico inglés pasado a las filas de la
geología, quien también ejercería un destacado papel en favor de las nuevas ideas
sobre la deriva de los continentes, presentadas por un meteorólogo llamado
Alfred Wegener.
Hacia los años treinta del siglo XX, los
cálculos sobre el origen de la Tierra se habían alargado considerablemente, al aplicar
los nuevos métodos de radiodatación, hasta superar los 1.500 millones de años,
aunque todavía quedaría un amplio margen de estiramiento para alcanzar los
4.500 millones de años que hoy acepta la ciencia.
Darwin se habría sentido mucho más que
satisfecho.
IV. NACE LA GENÉTICA Y CRECE
LA NUEVA ECOLOGÍA
Mis trabajos experimentales me han reportado
muchas satisfacciones, y estoy plenamente convencido de que, no tardando mucho,
todo el mundo apreciará el resultado de mis investigaciones
Gregor Mendel
Los análisis de los ciclos de relaciones
tróficas indican que una comunidad biótica no puede ser diferenciada claramente
de su medio abiótico: por lo tanto, el ecosistema debe considerarse como la
unidad ecológica fundamental.
Raymond Lindeman
El aspecto trófico-dinámico de la ecología
Aunque dentro de la ciencia, y en términos generales,
no hay unos campos más importantes que otros desde el punto de vista de su
capacidad para satisfacer las grandes preguntas que surgen de la curiosidad y
el interés por conocer el mundo, lo cierto es que lo que sí ha tenido lugar es una
creciente competencia entre las distintas disciplinas científicas conforme éstas
se han ido diferenciando e incrementando las demandas de financiación que toda
empresa científica moderna tiene. Se trata, pues, de una competencia centrada
en atraer los recursos necesarios con los que satisfacer la investigación
propia. Así, la hegemonía que unos campos científicos adquieren, en este
sentido, frente a otros ejerce un efecto trascendental sobre los difíciles
equilibrios que determinan el desarrollo de las diferentes ciencias.
En los años que dan comienzo al siglo XX, se
asiste a un cambio en las preferencias que orientan el desarrollo científico dentro
del campo de las ciencias naturales. Las enormes exigencias económicas que comienza
a tener la investigación moderna y la propia profesionalización de los
científicos, encuadrados en instituciones que requieren de un apoyo financiero fluido,
hacen que empiecen a modificarse las formas y los modos de producir ciencia que
habían caracterizado al pasado. La orientación preferente que adopta la
investigación se aleja así del efecto del apoyo concedido por ricos mecenas o
basado en la fortuna personal (Humboldt es un buen ejemplo) -los dos mecanismos
que más influencia tuvieron en el pasado- para ir a descansar en las espaldas
de los fondos públicos manejados por los gobiernos, los nuevos proyectos institucionales
o de las universidades o los fondos privados invertidos por las industrias y las
empresas que se generan en el nuevo panorama económico. Las circunstancias que
determinaron el progreso de la ciencia en el pasado van variando para depender
de los grandes intereses nacionales o empresariales de los nuevos tiempos.
Esa es una cuestión que, aunque no inédita en
el panorama de la ciencia anterior, sí adquiere unos tintes de intensidad novedosa
en la nueva situación que representa la sociedad industrial. Aunque sea siempre
bastante arriesgado elegir una fecha con la que trazar una línea de frontera
entre un antes y un después, el inicio del siglo XX puede ser una elección
aceptable a la hora de pensar en el comienzo de esa nueva etapa que determinará
la dirección preferente de la ciencia.
Reaparecen las leyes de la herencia
Ya se ha comentado que corresponde a Mendel
el mérito de haber sido el primero en proponer un mecanismo coherente para explicar
la herencia. Mendel había utilizado en su trabajo un diseño experimental
modélico, demostrando un rigor especial a la hora de aplicarlo. Mucho se ha
especulado acerca del penoso hecho de que el trabajo de Mendel permaneciera
ignorado en la práctica durante treinta y cinco años, por más que el monje
hubiera presentado y publicado sus trabajos de una forma correcta. Posiblemente,
la marginalidad de su vida científica y su fracaso a la hora de alcanzar un
estatuto académico tienen bastante que ver con lo que sucedió, aunque también pueda
encontrarse parte de la explicación en la justificación de la inmadurez de su
tiempo para comprender sus resultados y en la incapacidad de los científicos
consagrados con los que Mendel mantuvo comunicación para darse cuenta de la
relevancia de su trabajo (particularmente en el caso de Nägeli). De cualquier
modo, lo que resulta incuestionable es lo que ha señalado Alberto Gomis en su
biografía sobre el fundador de la genética: "el hecho de que la mayoría de los científicos de una época no
comprendieran el alcance de un descubrimiento que entonces se hizo, debe ser
motivo suficiente para destacar la preparación y la capacidad científica de
quien lo llevó a cabo, porque nadie descubre lo que no está preparado para
descubrir".
Mendel y sus experimentos
Sea como fuere, lo cierto es que hay que
esperar hasta 1900 para que tres investigadores, cada uno por su cuenta,
redescubran las leyes de la herencia. Éstos serán: De Vries, Correns y Tschermak-Seysenegg.
Hugo De Vries trabajaba en Holanda desde los
años ochenta del siglo XIX. Su interés investigador se centraba
fundamentalmente en la cuestión de las mutaciones vegetales, sobre las cuales publicó
diversas conclusiones unos años después del redescubrimiento de las leyes de la
herencia. Lamentablemente, introdujo así un sesgo problemático en la
explicación de la evolución, ya que se centró en defender la importancia
evolutiva de lo que él consideraba mutaciones o cambios inesperados en las
características genéticas de los individuos. Lo malo es que, varios años más
tarde se demostraría que lo De Vries interpretaba como mutaciones no eran
tales, sino tan sólo efectos de la hibridación de especies diferentes.
Carl Erich Correns, por su parte, había
estudiado con el profesor suizo de botánica Carl Wilhelm von Nägeli, muerto en
1895. Este Nägeli fue el científico con quien Mendel mantuvo un abundante
intercambio epistolar y de material entre 1866 y 1873 sin que el suizo,
entonces profesor en la universidad de Munich, se percatase del alcance que
tenían los trabajos que el monje de Brno le enviaba. De hecho, muy
probablemente la incapacidad del ilustre profesor de Munich para advertir la
relevancia de los trabajos de Mendel constituya el mayor argumento a la hora de
explicar el ostracismo en que se mantuvo la obra del monje.
Finalmente, Erich Tschermak-Seysenegg, el más
joven de lo tres, trabajaba también sobre la herencia de los guisantes desde el
año 1898.
Los tres, pero especialmente Correns,
terminaron reconociendo la primacía de Mendel en el descubrimiento de los
fundamentos de lo que, en 1907, William Bateson denominará "genética", el campo científico preocupado
por la comprensión del mecanismos de la herencia, un ámbito que pronto atraerá
un interés especial en el transcurso de la nueva biología. Como evidencia del
tiempo perdido al ignorarse el escueto trabajo de Mendel, es interesante
constatar que sólo un año antes del redescubrimiento de las leyes de la
genética, Bateson sugería con motivo de una comunicación suya a un Congreso
Internacional de Biología, la necesidad de realizar el tipo de experimentos que
ya había llevado a cabo y publicado Mendel varias décadas antes.
Tras los inevitables tropiezos iniciales,
debidos a la excesiva preocupación que tenían Bateson y de Vries por la
importancia de la mutación y que les llevó por caminos poco fructíferos, pronto
se fue afianzando la moderna genética. Sin embargo, el mismo interés por la
herencia y los mecanismos moleculares que la hacían interesante, hizo reducir
de forma alarmante la importancia que muchos biólogos daban a la selección en
el proceso evolutivo (la base de la teoría de Darwin). De esta forma, aunque nunca
fuera formalmente rebatida, la teoría de Darwin se fue viendo relegada de las
preocupaciones principales que movilizaban a la mayoría de los genetistas que
empezaban a controlar los centros de investigación biológica del nuevo siglo.
Esta etapa, que algunos han denominado como del eclipse del darwinismo, ocurría a la par que se veían mermados muchos
de los apoyos dados anteriormente a los estudios científicos en la naturaleza,
el ámbito que había presidido uno de los quehaceres centrales de las ciencias
naturales durante el siglo anterior. Se abre así paso a una etapa en la que el nuevo
fragor científico se centrará en el trabajo realizado dentro de los
laboratorios.
La postergación de los estudios de campo
suponía un cierto descrédito para la tradición naturalista, algo que tendrá
mucho que ver con la posición preponderante que ejerce la física de esos años
sobre el conjunto del campo científico; una preeminencia justificada por los
resultados obtenidos a partir de la poderosa metodología desarrollada por esta
ciencia, capaz de alcanzar una gran capacidad de formalización matemática y de predicción.
Esta situación generará lo que la gran microbióloga Lynn Margulis ha llamado de
forma harto elocuente "el complejo de la física", e impondrá
un sesgo importante en la dotación de esfuerzos y apoyos destinados a las
diferentes áreas y disciplinas en que se van fragmentando las ciencias
naturales. Las disciplinas más capaces de adaptarse a la formalización
matemática, a la manera de la física, resultarán beneficiadas en esta situación
de competencia, frente a los estudios menos ajustables a ella, que se verán
relegados del cauce principal de estas ciencias.
El refugio de los estudios sobre la naturaleza
A pesar de la condición marginal determinada por
el protagonismo de los avances genéticos y bioquímicos, en estas primeras
décadas del siglo XX tendrá lugar, paradójicamente, el asentamiento de una
nueva forma de conocimiento científico heredera de los estudios naturales sobre
los organismos en relación con su medio. Los trabajos sobre las relaciones
entre los seres vivos y el medio que habitan habían sido iniciados desde una
perspectiva científicamente moderna por naturalistas como Alexander von
Humboldt, Ernst Haeckel (a quien se debe el bautizo de la nueva ciencia), Karl
Möbius o Stephen Forbes. Ahora, estos trabajos se convertirán en la base de la nueva
ecología, una ciencia deudora de sus estudios y alimentada con la fructífera
sabia aportada por la teoría de la evolución, pues también aquí empezó a dar sus
frutos la aportación darwiniana. Las nuevas aportaciones de los trabajos
ecológicos de Warming, Clements o Tansley en su aplicación al mundo vegetal y
de Shelford o Elton en el caso de los animales provocarán el florecimiento de
la ecología durante las primeras décadas del siglo XX, la época en que tendrá
lugar la fundación de la Sociedad Ecológica Británica (en 1913) o de la
Sociedad Ecológica de Estados Unidos (1915).
Estamos, pues, en los albores de la ecología,
cuando la separación estricta entre los distintos ámbitos de aplicación de sus
estudios (mundo animal, mundo vegetal, mundo acuático) condicionará el diferente
y relativamente aislado desarrollo de cada una de sus ramas. Pero, además de
los nuevos fundamentos que los ecólogos del siglo XX aportarán a la
interpretación de la naturaleza, hay una novedad importante con respecto a la
visión de los naturalistas precedentes, una novedad que destaca el historiador
de la ecología Pascal Acot como factor determinante de la evolución de esta
ciencia: la cuantificación, “dimensión
casi ausente en los trabajos de los primeros pero fundamental en la práctica de
los segundos”. La matematización de la ecología, que debe mucho al rápido desarrollo
de la estadística moderna (con cuyo progreso se confunde), representará un
factor determinante en la configuración de los modernos trabajos ecológicos.
Alfred Lotka y Vito Volterra, a quienes debemos las primeras ecuaciones que nos
permiten explicar matemáticamente las relaciones dinámicas entre los predadores
y sus presas, publicadas en 1925 y 1926, son físicos y matemáticos de formación
que aplicarán sus conocimientos a la biología, contribuyendo destacadamente así
a la configuración de una biología matemática. Antes, en 1911, Ronald Ross ya había
cuantificado matemáticamente las relaciones entre los mosquitos portadores del
paludismo y las poblaciones humanas, mientras que los trabajos de Raymond Pearl
en Estados Unidos y de Georg F. Gause en la Unión Soviética son otros tantos ejemplos
destacados de ese comienzo de la matematización de la ecología que constituirá
una de sus señas de identidad más destacadas.
Habrá que esperar hasta los años cuarenta
para que la noción de ecosistema empiece a cobrar su dimensión moderna, una
dimensión que reconfigurará la ecología y la orientará en la dirección de una
ciencia sintética, preocupada por comprender el sistema ecológico como un todo.
Raymond Lindeman, un joven científico estudioso de los lagos, tristemente
fallecido a los veintisiete años de edad, bien puede representar la primera figura
que abre paso a la moderna ecología de los ecosistemas.
Será, pues, en la segunda mitad de ese siglo cuando
asistamos a la reactivación de la dimensión ambiental de las ciencias
naturales, con el surgimiento de una ecología moderna muy preocupada por comprender
la complejidad de los sistemas ecológicos, superada ya la división de la
disciplina en campos temáticos casi inconexos (ecología vegetal, ecología
animal, etc.). La nueva ecología, reestructurada conceptualmente desde su nuevo
enfoque integrador, se desarrollará en una vertiente muy unida a la creciente preocupación
por el deterioro ambiental de la naturaleza.
En el caso de las ciencias geológicas,
también se produce por esos años una pérdida de influencia general de sus
estudios en la naturaleza dentro del ámbito de los nuevos intereses científicos
dominantes, manteniéndose, sin embargo, la investigación aplicada al desarrollo
de la minería, en especial la ligada a los yacimientos de petróleo. El comienzo
del nuevo siglo albergará, un poco en la penumbra, el avance de mayor interés hacia
el conocimiento moderno de la Tierra, aunque habrá que esperar varias décadas hasta
poder comprobar sus verdaderos frutos y el alcance definitivo de sus propuestas.
V. EPPUR SI
MUOVE: ALFRED WEGENER
“Es como si
fuéramos a reconstruir la página rota de un periódico, haciendo coincidir los
bordes de los pedazos y luego comprobando que las líneas impresas se pueden leer
de corrido”
Alfred
Wegener
El origen de los continentes y de los océanos
En el caso de Mendel ya hemos comprobado cómo
la primera intuición que trae una nueva idea científica, en cierto modo
adelantada a su tiempo, puede tardar mucho tiempo hasta cristalizar y producir
efectos reales en el seno de la comunidad de científicos de su tiempo. En realidad,
Darwin representa un caso excepcional al respecto, probablemente debido a su gran
capacidad para presentar convincentemente sus ideas, al larguísimo y
concienzudo proceso de acumulación de pruebas y a su hábil prudencia para
evitar el protagonismo de algunos de los aspectos socialmente más conflictivos
de sus ideas, sin tener que renunciar nunca a las mismas. También hay que contar
con el peso de la buena relación que Darwin mantenía con la mayoría de los
naturalistas más prestigiosos de su tiempo. Por todo ello, él sí vio triunfar
rápidamente sus ideas, al menos en el plano del reconocimiento formal dentro de
la ciencia.
A principios del siglo XX, en otro campo de
las ciencias naturales (en este caso en la geología), volvemos a encontrarnos
con la situación representada por un adelantado a su tiempo que lucha contra
corriente para tratar de incorporar sus ideas a la ciencia del momento. En este
caso, sin embargo, nuestro protagonista no conseguirá ver aceptadas sus ideas
entre sus contemporáneos, aunque su semilla germinaría algunas décadas después.
El hombre de nuestra historia se llama Alfred Wegener.
Alfred Wegener
El explorador que apenas pudo celebrar su cincuenta cumpleaños
Cuando la primavera del año 1931 llegó al
campamento base de la expedición científica que Alfred Wegener dirigía en
Groenlandia, los expedicionarios decidieron enviar varios hombres hasta un
segundo campamento situado ya en el interior de la gran isla, con el fin de
recabar alguna noticia sobre sus ocupantes, puesto que se había perdido el
contacto con ellos.
El campamento o estación base estaba situado
en la costa Oeste y era uno de los tres puntos establecidos por Wegener con la
idea de realizar diversos estudios sobre el clima groenlandés. El segundo
campamento, situado en medio del continente-isla, soportaba las peores
condiciones: había sido establecido en Julio de 1930 a unos 400 kilómetros al
este del campamento base en un lugar sometido a un clima muy riguroso. Finalmente,
el tercer campamento se ubicaba ya en la costa Este.
El tiempo que caracterizó el final del verano
había sido aquel año especialmente malo, de manera que las condiciones que podían
estar soportando los dos científicos que habían establecido el campamento
tierra adentro, el meteorólogo Johannes Georgi y el glaciólogo Ernest Sorge, se
antojaban preocupantes. Si a ello añadimos el hecho de que carecían de tienda adecuada
y que no disponían de las suficientes provisiones con las que pasar confortablemente
el invierno, unido todo ello a la incomunicación por radio, no resulta extraño
que Wegener decidiera salir el 21 de septiembre con provisiones hacia ese lugar
en compañía de otro meteorólogo de la expedición, llamado Fritz Lowe, y de 13
groenlandeses.
Las duras condiciones climáticas que asolaban
el interior de Groenlandia hicieron que 12 de los nativos de la expedición se
vieran obligados a retroceder de nuevo hasta el campamento base, mientras que
Wegener, Lowe y el joven Rasmus Willumsen, de 22 años (el único groenlandés que
continuó la travesía), continuaron adelante hasta alcanzar, el 30 de octubre,
el campamento de Georgi y Sorge, tras cuarenta espantosos días de tiempo
infernal.
Al llegar comprobaron con gran satisfacción
que Georgi y Sorge se las habían apañado bastante bien a pesar de las
adversidades: habían logrado abrir una cavidad en el hielo donde refugiarse y, a
diferencia de lo que se temía, disponían de suficientes provisiones para no
pasar hambre. La arriesgada travesía de Wegener y sus compañeros había sido, en
cierto modo, innecesaria. Por otra parte, Lowe había llegado con síntomas de
congelación en sus manos y pies. Wegener y Willumsen se encontraban bien.
Como durante todo el otoño no se había
recibido en el campamento base ninguna noticia de la expedición de Wegener, al
final de esta estación sus habitantes pensaron que los tres expedicionarios habían
optado por pasar el invierno en el campamento intermedio, junto a Georgi y
Sorge. Sin embargo, al llegar abril y seguir sin noticias de ellos, decidieron
enviar una nueva expedición de reconocimiento al campamento intermedio. Allí se
encontraron con la alarmante noticia de que Wegener y el joven Willumsen habían
partido de regreso hacia la costa Oeste seis meses antes, justo después de
celebrar, el 1 de noviembre, el 50º cumpleaños de Wegener.
El 12 de mayo de 1931, tras una intensa
búsqueda por el continente-isla helado, fue hallado el cuerpo de Alfred Wegener
perfectamente vestido, envuelto en pieles de reno y embutido en su saco de
dormir, con los ojos abiertos y una expresión plácida y serena en su congelado
rostro. Cinco o seis meses antes había ocurrido la tragedia que acabó con la
vida del meteorólogo berlinés cuya tesis sobre la deriva de los continentes
revolucionaría más tarde el pensamiento científico sobre la Tierra. Su
acompañante en la travesía de retorno a la costa, el joven groenlandés de 22
años Rasmus Willumsen, había preparado cuidadosamente el cadáver de Wegener
tras comprobar su muerte plácida, probablemente debido a un ataque cardíaco
ocurrido durante la noche, mientras dormían. Tras cubrir el cuerpo de Wegener,
Willumsen reanudó el camino de retorno hacia una costa que nunca logró alcanzar.
Su cuerpo jamás apareció, tragado por la vastedad helada de su país, en donde
sus restos aún permanecen ocultos.
Alfred
Wegener y Rasmus Willumsen
Ideas demasiado revolucionarias
Wegener fue un científico atraído por el
riesgo. Con 25 años había establecido, junto a su hermano Kurt, un nuevo récord
de permanencia en el aire, tras estar flotando durante 52 horas en un globo de
aire caliente. Su pasión por los amplios espacios helados de Groenlandia procedía
de su juventud y nunca lo había abandonado. Ya en 1906 fue admitido como
meteorólogo de la expedición danesa comandada por Mylius-Erichsen, encargada de
explorar las desconocidas costas nororientales groenlandesas. En el curso de aquella
expedición, Wegener utilizó por primera vez cometas y balones aerostáticos para
investigar el clima ártico. Más tarde, en una larga expedición de unos 1.200
kilómetros, desarrollada en 1912, atravesó con tres compañeros la helada
"tierra verde", convirtiéndose así en los primeros en pasar un
invierno en el interior del continente helado. Era, pues, un experto conocedor
de los helados espacios árticos, aunque ello no impidió que se la parara el
corazón en medio de la blanca extensión nórdica.
¿Buscaba Wegener entre los fríos árticos la
prueba definitiva que avalara sus asombrosas tesis sobre el movimiento de los
continentes?
Lo cierto es que los espacios helados de
Groenlandia parecían conceder a Wegener nuevas fuerzas en su férreo empeño por establecer
un nuevo paradigma geológico. Tras una inicial presentación de sus ideas sobre
la deriva continental en la Asociación Geológica de Francfort, seguida por una
nueva conferencia dada en la Asociación para el Avance de las Ciencias
Naturales de Marburg, Wegener partió a una larga expedición ártica en 1912, a
la vuelta de la cual, ya en la universidad de Marburg (en la que, desde 1909,
enseñaba astronomía, meteorología y cálculo de la posición a través de la
astronomía), inició el trabajo de presentación y defensa de su teoría, que
cobró finalmente forma material con la publicación, en 1915, de su más
influyente libro: "El origen de los
continentes y océanos".
No eran buenos tiempos para presentar nuevas
teorías. En 1914 había estallado la que pasaría a la triste historia de las
contiendas humanas como la I Guerra Mundial (en la que Wegener participó y fue
herido), de forma que su libro apenas tuvo trascendencia fuera de las fronteras
alemanas. Sólo tras la publicación de la tercera edición revisada y ampliada en
1922, que fue traducida al inglés, francés, español, ruso y sueco, las nuevas
ideas de Wegener provocarían una fuerte controversia que convulsionó el seno de
la comunidad científica de geólogos.
No puede decirse que las ideas expuestas por
Wegener gustaran a la mayor parte de sus colegas. Muy al contrario, la mayoría
de los geólogos se mostraron reacios, cuando no francamente hostiles, a la
deriva continental. En muchos casos, los ataques se dirigieron directamente
contra el propio Wegener, personalizando las críticas de una forma injusta y excesiva.
Quizás el mayor frente activo contra las nuevas ideas procedió de Norteamérica:
desde la universidad de Yale, Charles Schubert hablaba en forma despectiva de
la "frivolidad y versatilidad"
de Wegener, mientras que Chamberlin achacaba el único atractivo posible de la
hipótesis de Wegener a "la ausencia
de un código de conducta bien definido". No, no había logrado
convencer a casi nadie, aunque entre los pocos que se tomaron en serio las
ideas de Wegener se encontraban algunos científicos verdaderamente importantes
en el transcurso de las ciencias geológicas, como el suizo Emile Argand, el
inglés Arthur Holmes, el holandés Walter van Waterschoot van der Gracht o el
norteamericano R.A. Daly, pero sería el sudafricano Alex du Toit quien
probablemente más apostaría por las ideas de Wegener hasta su propia muerte,
acaecida en 1948.
La inquina contra Wegener no acabó con la
muerte del berlinés, ocurrida en 1930: todavía en 1943 Bailey Willis, un
prestigioso geólogo americano, escribió frases tan duras como las siguientes:
"continuar discutiendo sobre ella
-se refiere a la deriva continental, claro está- es solamente una cuestión literaria y que confunde la mente de los
compañeros de estudio" o "la
teoría de la deriva continental es un cuento de hadas. Una fantasía fascinante
que ha capturado la imaginación de muchos".
En la época de Wegener, las ideas que
dominaban la geología aceptaban las diferencias en la ligereza o pesadez
(densidad, para ser precisos) de las grandes masas de roca que constituyen la
corteza terrestre y, lo que es más importante, admitían la existencia de una
capa subyacente a la superficial dotada de un comportamiento de tipo semifluido
a largo plazo. La conjunción de ambos hechos permitía la existencia de
movimientos de esa capa superficial en un sentido vertical, es decir, hacia
arriba (levantamiento) o hacia abajo (subsidencia); de esta forma zonas enormes
de la corteza de la Tierra podían bascular, lo que permitía explicar algunas
observaciones de tierras hundidas o levantadas. De hecho, se pensaba que las
grandes cordilleras mostraban un considerable "déficit" de su masa en
relación al volumen que ocupaban, lo que se explicaba por la supuesta presencia
de enormes y profundas "raíces" que penetraban en el interior de la
Tierra por debajo de los grandes sistemas orogénicos. Al estar constituidas tales
raíces por rocas ligeras como las que forman la superficie de la corteza, se reducía
la densidad general de esa parte de la superficie planetaria.
Este tipo de ideas ya había sido formulado
por Airy durante sus trabajos desarrollados en 1856 en el Himalaya. Desde
entonces muchos pensaban en la existencia de una hipotética línea de separación
entre los ligeros materiales superficiales y los densos y profundos: la imagen
era similar a la que se podría obtener al observar una gran cordillera
reflejándose sobre la superficie de un lago: las zonas más elevadas (las cimas
y grandes macizos) portarían profundas raíces que se extenderían por debajo, mientras
que las áreas más deprimidas estarían constituidas por una franja superficial de
rocas más estrecha, tanto por arriba como por debajo. Este sencillo esquema es
el que forma unos trozos de madera de diferente grosor al ser colocados unos
junto a otros flotando libres sobre un balde de agua: los trozos que sobresalen
más son también los que tienen la base más profunda.
Sobre este sencillo esquema se fueron creando
los términos con los que habrían de denominarse cada una de las capas que forman
parte del modelo. Así, el predominio de silicatos de Aluminio entre las rocas
ligeras superficiales hizo que se propusiera el término "sal", luego convertido en "sial", para nombrar la primera capa
ligera "sobrenadante" y abundante en granitos y neises; mientras que
se propuso "sima" para definir
la más profunda, debido a la gran cantidad de silicatos de Magnesio que alberga
formando parte de rocas del tipo de los basaltos y los gabros. Esta era la
fórmula que aceptaba uno de los textos más influyentes en la geología de
finales del siglo XIX, titulado "La
faz de la Tierra” y escrito por el gran geólogo austríaco Edward Suess.
Suess sería luego uno de los primeros
defensores de la existencia de Gondwana, un antiguo continente que habría
agrupado las tierras actuales de África, Madagascar y la India (luego, con la
deriva continental, Gondwana pasaría a nombrar un macrocontinente mayor que
incluye los actuales de Sudamérica, Australia y la Antártida, además de los
anteriores).
También desde los Estados Unidos, James D.
Dana aportó al modelo el término "isostasia"
(que recoge esa noción de una capa más ligera "flotando" sobre otra
más densa y fluida) desde la concepción de una Tierra que se creía en constante
contracción a partir de un origen fundido y muy caliente; contracción debida al
proceso de enfriamiento y solidificación posteriores.
Principio de isostasia
En el comienzo del siglo XX, estas eran las
ideas más aceptadas a la hora de explicar el relieve actual y la gran actividad
dinámica de la Tierra: el arrugamiento de la corteza debido al lento enfriamiento
y la consiguiente solidificación de lo que fue una antigua bola de fuego.
Además, se pensaba que en el interior terrestre aún se conservaría una buena
parte del calor original, como quedaba de manifiesto en el aumento de la temperatura
que se experimenta al internarse en la profundidad de las minas, así como por la
evidencia que ofrecen las manifestaciones volcánicas. Para explicar el origen
de las montañas había que aceptar también el levantamiento o el hundimiento de amplias
zonas de la superficie, y con ellos, la posibilidad de que las líneas de costa
se desplazaran de acuerdo con las nuevas alturas (recordemos que la figura de
la portada de la obra central de Lyell mostraba unas columnas clásicas cercanas
a Nápoles donde se encuentran huellas inconfundibles del ascenso y descenso del
nivel marino experimentado por el mar Mediterráneo). El levantamiento de
enormes masas de la corteza terrestre se podía entender a través de la teoría denominada
del geosinclinal, propuesta hacia la
mitad del siglo anterior. Pero, aunque dinámico, el modelo excluía los
excéntricos movimientos horizontales de los continentes que postulaba Wegener
(América alejándose de Europa y de África, por ejemplo). Se admitían, eso sí, los
movimientos verticales, pero no los horizontales cuya explicación plantearía
numerosos problemas: ese era el resumen de la cuestión. De este modo, las
teorías de Wegener no encajaban en el modelo aceptable (el paradigma) para la
mayoría de los geólogos de aquellos inicios del siglo XX, como pudo comprobar
personalmente Wegener durante la reunión científica internacional celebrada en
Nueva York en el año 1926.
A pesar de todo, no había sido Wegener el
primero en pensar en la posibilidad de que los continentes se movieran sobre la
superficie de la Tierra. Antes que él, en 1858, Antonio Snider-Pellegrini había
publicado un libro titulado "La
Creación y sus misterios desvelados" donde además de percibirse un indudable
enfoque catastrofista muy influido por los relatos bíblicos, se defiende el
movimiento de los continentes tras el Diluvio. Según su propuesta, los
continentes se habrían rasgado, partiéndose en varias masas móviles (en el
inicio todos habrían estado juntos, ocupando una parte del planeta, mientras la
otra era toda agua). El proceso habría diferenciado la gran masa de las
Américas, por un lado, y la del Viejo Mundo, por otro.
Aunque las ideas generales de
Snider-Pellegrini no eran ya muy adecuadas para el pensamiento geológico de
mitad del siglo XIX, lo interesante de su caso reside en que en su libro alude
expresamente a la coincidencia entre las costas atlánticas sudamericanas y
africanas como justificación de su propuesta de movilidad. Y, precisamente desde
esa coincidencia fue, con bastante certeza, desde donde partió el pensamiento
de Wegener hacia la movilidad continental.
La coincidencia entre las líneas de las costas
situadas a un lado y otro del Atlántico (es decir, entre los litorales de
América del Sur y de África que se miran) es bastante llamativa para cualquier
mirada atenta que se fije en un mapa mundial suficientemente preciso, algo que
ya empezaba a ser posible con la cartografía del siglo XVII. El mismo Alexander
von Humboldt había mostrado también sorpresa por tal circunstancia, aunque no
llegara a establecer ninguna hipótesis explicativa de esa coincidencia basada
en la movilidad continental.
Se ha especulado también con el hecho de que
unos pocos años antes de que lo hiciera Wegener, un geólogo americano llamado
Frank Taylor había publicado sus ideas sobre la movilidad de los continentes.
Curiosamente, Taylor no orientaba sus sospechas en la dirección de la
coincidencia entre las líneas de costa, sino en la curiosa continuidad que
muestran algunos materiales rocosos a un lado u otro de los continentes hoy
separados por el océano. El trabajo de Taylor, mucho menos elaborado y riguroso
que el que luego presentaría Wegener, no tuvo apenas trascendencia y pronto pasó
al olvido. Hoy no está claro el grado de conocimiento y la posible influencia real
que para Wegener tuvo ese trabajo de Taylor, aunque existe una carta de Taylor
donde reivindica el temprano conocimiento que Wegener tenía de su libro, aunque
éste nunca lo manifestó. Algunos autores han llegado a sugerir un cierto
paralelismo entre las figuras de Taylor y Wegener con las de Wallace y Darwin,
pero no hay pruebas suficientes de la influencia reclamada y tampoco hay una
situación de semejanza suficiente entre ambos casos. Por ello, Taylor no suele
ser demasiado recordado a la hora de reconocer la autoría en el origen de las
propuestas de la movilidad continental.
Debido a la influencia internacional que alcanzó
la tercera edición de su obra (recordemos que fue traducida a varios idiomas),
Wegener fue invitado en 1926 a una reunión internacional organizada por la
Asociación Americana de Petrogeólogos celebrada en Nueva York, con el fin de
que explicara y defendiera allí sus ideas. Aunque de forma ciertamente
exagerada, algunos han llegado a comparar este acontecimiento con la comparecencia
de Galileo ante la Inquisición, refiriéndose así al considerable grado de ataque
personal a Wegener que tuvo tal acontecimiento, con intervenciones que discurrían
muy próximas a la idea que cualquiera puede tener de lo que es un insulto. Desde
luego, la comparación no es exacta ni probablemente pertinente, pero lo cierto
es que la cita representó un auténtico varapalo para las tesis de la deriva
continental, a las que se relegó al desprecio durante casi 30 años. Sin embargo,
aunque de forma minoritaria, lo cierto es que dicha reunión también permitió a
Wegener sembrar algunas inquietudes y dudas entre algunos importantes miembros
de la comunidad geológica internacional.
Lo que sí causó a Wegener la intensa y feroz
polémica que generó la teoría de la deriva continental desde su primera
publicación fueron muchos problemas profesionales, poniendo en evidencia una de
las facetas humanas más sonrojantes del mundo científico. De hecho, Wegener perdió
cualquier posibilidad de ser contratado por una universidad alemana, y
finalmente tuvo que conformarse con un puesto para enseñar meteorología y
geofísica en la universidad austriaca de Graz, en 1924. Un frecuente motivo de
ataque a Wegener era el hecho de que se trataba, desde el punto de vista de su
formación disciplinar, de un meteorólogo y astrónomo (por cierto, muy bien
reconocido desde joven: ya a los 30 años había publicado un importante libro
sobre la termodinámica de la atmósfera que tuvo una excelente acogida en el ámbito
de la meteorología) y no de un geólogo, aspecto éste que molestó profundamente
a muchos de sus adversarios de esa profesión, que le consideraban un aventurero
advenedizo que hacía incursiones en un campo que no era el suyo.
Wegener insistió particularmente en aportar
pruebas sobre el movimiento continental, construyendo con ellas el cuerpo
central de su libro. Tales pruebas se agrupan en cuatro tipos de argumentos:
geofísicos, geológicos, paleontológicos y paleoclimáticos. La riqueza de los
argumentos que esgrimió y la acumulación de observaciones y datos al respecto constituyen,
sin duda, el gran trabajo de Wegener. Además, durante los diecisiete años que
median entre la primera presentación escrita de sus ideas sobre la deriva
continental, de 1912, y la publicación de la cuarta edición de su libro (la
última antes de su muerte), ocurrida en 1929, consiguió incrementar de forma notable
la calidad y cantidad de estas. Sin embargo, el flanco más débil de sus tesis radica
en la incapacidad de encontrar una causa suficiente y capaz de justificar el
movimiento de los continentes que preconizaba. No era ésta una empresa fácil,
desde luego, dada la enorme cantidad de energía necesaria para explicar la
deriva. Wegener, en este asunto, buscó las causas en la rotación de la Tierra y
en los movimientos de tipo mareal que la gravedad de la Luna y del Sol provocan
sobre nuestro planeta; pero él mismo era consciente de que ninguna de ellas eran
fuerzas ni satisfactorias ni suficientes para justificar el movimiento de los
continentes, y sabía que las fuerzas no halladas habían de ser las mismas que
explicaran la formación de las grandes cordilleras, la existencia de los terremotos
o los fenómenos volcánicos. En su última revisión de la teoría escribió, con
amargura: "el Newton de la teoría de
la deriva aún no ha aparecido". Aunque la ausencia de esa causa
suficiente y creíble para el movimiento de los continentes era, para Wegener, en
cierto modo, lo que la carencia de una teoría válida de la herencia lo era para
Darwin, la teoría de la evolución no perdió por ello seguidores, mientras que en
el caso de la deriva representó un argumento temporalmente insuperable. Si la
teoría de la evolución por selección natural triunfó casi inmediatamente en los
ámbitos científicos (que no en los sociales, alarmados por lo que significaba
en el pensamiento de la gente sobre su propio origen), la teoría de la
movilidad de los continentes tendría que esperar medio siglo para poder atisbar
el reconocimiento y la aceptación de la comunidad de científicos de la Tierra.
Los argumentos a favor de la deriva de los continentes
Como ya hemos apuntado, si se repara en la
forma de los continentes, se advierten algunas coincidencias de sus perfiles que
parecen alejadas de lo que permitiría el azar. Esto sucede particularmente al comparar
la forma de las costas continentales del Atlántico Sur: la costa sudamericana,
desde Venezuela hasta Tierra del Fuego, sigue un perfil asombrosamente especular
del que adopta la costa africana entre Senegal y la región del Cabo, en
Sudáfrica. Si elimináramos el espacio que actualmente ocupa el océano, ambos
litorales se acoplarían bastante bien.
Esta es la parte más evidente de las
coincidencias geográficas entre costas, pero todas ellas no se reducen a eso. Si,
alimentados por este primer descubrimiento nos volvemos más audaces y tratamos
de retorcer un poco los continentes y moverlos, encontraremos otras
coincidencias curiosas. Así, al plegar el continente africano algo hacia su
derecha y arriba, a la vez que giramos ligeramente Asia, podemos comprobar que
las costas también se reflejan un poco unas en las otras: el triángulo indio
encuentra cierta conformidad en las costas del este africano y la zona arábiga se
ajusta muy bien en el hueco que media entre Europa, Asia y África. También, con
un poco de imaginación, las costas de la parte norte del globo pueden encajar
entre sí, aunque aquí hay que poner un poco más de buena voluntad: el área
noreste del continente norteamericano se refleja en la costa de Groenlandia que
le mira, mientras parte de ésta puede relacionarse con las costas
septentrionales europeas, donde, eso sí, hay que tener en cuenta las
plataformas continentales existentes bajo el mar, que no son sino partes de los
continentes sumergidas bajo las aguas (en realidad, esto habría que hacerlo en
todos los casos, pero, cuando las plataformas son pequeñas y de anchura
constante, puede prescindirse de su consideración sin mayores problemas). Desde
luego en este último caso, las coincidencias resultan menos evidentes, pero aún
así se pueden encontrar ajustes aceptables.
A un mayor detalle, nuevas coincidencias continúan
apareciendo. Por ejemplo, en el caso de la costa cantábrica española y la
atlántica francesa, desde el vértice vasco común hasta las puntas de los
finisterres bretón y gallego, podemos cerrar el compás abierto como si fueran
las hojas de una tijera.
¿Existe alguna explicación para estas
coincidencias o se trata de meras casualidades?
Esta fue la primera observación que llamó la
atención de Alfred Wegener allá por 1910; (y antes a personas tan relevantes
como Humboldt y, quizás, el propio Francis Bacon). Pero pasar de la advertencia
de estas coincidencias a proponer un mecanismo explicativo fue sólo mérito de
Wegener.
La coincidencia entre las líneas de costa resulta
tanto más asombrosa cuando se advierte también una cierta continuidad entre los
materiales geológicos que forman parte de las estructuras rocosas de los
continentes a un lado y otro de esas mismas costas coincidentes (algo que, ya
hemos señalado, advirtió Taylor). En el Atlántico, tanto en el norte como en el
sur, aparecen varias de tales continuidades: las rocas de Santa Catarina, en
Brasil, y las de Karroo, en Sudáfrica, por ejemplo, son del mismo tipo geológico;
algo que también ocurre con los sistemas armoricanos de Norteamérica y los
caledonianos del norte de las Islas Británicas. Al decir de Wegener, es como si
nos enfrentáramos con los trozos procedentes de una hoja de papel previamente escrita
y luego rota en varios pedazos: primero, la coincidencia de los bordes, y,
luego, la de las líneas escritas constituirían sendos fundamentados argumentos que
nos pondrían sobre aviso acerca del origen único y fragmentado de los pedazos
de papel. La coincidencia entre las líneas continentales se refuerza ("a la enésima potencia", dirá
Wegener) con el argumento de las continuidades a uno y otro lado de los
hipotéticos trozos fragmentados.
Lo anterior debería valer tanto para el
material geológico y las formaciones montañosas como para aquellos otros
factores de igual valor a la hora de permitir reconstruir las viejas relaciones
de continuidad entre los fragmentos de lo que fue una unidad. Este fue el
pensamiento que lanzó a Wegener a la búsqueda de pruebas sobre los diferentes
tipos de continuidades que apoyarían sus ideas (hay que pensar que Wegener
buscaba la forma de demostrar que un único continente antiguo se había
fragmentado en los trozos actuales). Dos fueron, por ello, las líneas de
investigación que planeó: una, basada en la presencia de fósiles y, la otra,
procedente del campo de su especialidad profesional: las huellas de antiguos
climas. La hipótesis por defender radicaba en todos los casos en las posibles
similitudes a un lado y otro de las áreas contiguas en el pasado, centrando la
búsqueda, lógicamente, en los tiempos en los que la hipotética continuidad debería
ser un hecho, es decir, justo antes de la fragmentación. Los datos que logró
reunir en ambos casos fueron admirables.
Wegener aplicó con especial fervor sus
conocimientos meteorológicos en la búsqueda de pruebas y argumentos a favor de
su teoría. Para dicha empresa contó, además, con la inestimable colaboración de
uno de los más importantes climatólogos de la época, que, además, era su
suegro: Vladimir Koppen, con quien publicó en 1924 un libro titulado "Los climas del pasado geológico".
Los principales datos paleoclimáticos
aportados por Wegener a favor de la deriva continental se basan en la
disposición de las tillitas. Las tillitas son restos bastante heterogéneos formados
por trozos mal compactados de rocas, arrastrados y posteriormente abandonados
por los glaciares al llegar a zonas más llanas donde éstos pierden su capacidad
de transporte: ahí es donde la acumulación de las tillitas forma las conocidas
morrenas.
La presencia de tillitas en lugares hoy libres
de hielos permanentes representa una prueba de la existencia en esos enclaves de
antiguos climas glaciales. Del mismo modo, la existencia de tillitas de similar
antigüedad en lugares de diferentes continentes actuales que, de acuerdo con la
teoría de Wegener, habrían estado colindantes en el pasado al formar parte de
una misma masa continental, supondría una prueba a favor de la movilidad continental.
Y las había en Sudáfrica y en Brasil, en la India y en Australia. No sólo
coincidían las áreas glaciares, sino que también eran coherentes las
direcciones que debió seguir el movimiento del hielo (desde el centro hacia la
periferia de los casquetes glaciares, como ocurre hoy en la Antártida),
aportando así nueva información al puzzle de continentes cuyas piezas trataba
de hacer encajar Wegener.
Igual que ocurría con las tillitas en el caso
de los climas fríos, la presencia de carbones supone un serio indicio de antiguos
climas cálidos y húmedos: constituyen, pues, otro tipo de hallazgos interesantes.
El estudio de los climas antiguos aportó, también, una buena cantidad de
argumentos a favor de la fragmentación y la movilidad continental.
En el caso de las pruebas paleontológicas,
Wegener vuelve a utilizar la idea de la continuidad de huellas del pasado en
continentes hoy alejados que supone estuvieron juntos. En este caso, la
búsqueda se dirige a los restos fósiles de las mismas especies o de especies muy
próximas que, según la teoría evolutiva, deberían haber tenido originalmente una
distribución biogeográfica continua. Wegener utiliza particularmente los datos
de dos fósiles: uno es Mesosaurus, un
reptil de finales del Paleozoico que aparece hoy fosilizado en rocas de Brasil
y de Sudáfrica; el otro es el género Glossopteris
formado por plantas presentes en todos los continentes septentrionales, es
decir, aquellos que habrían formado parte, según la deriva continental, de
Gondwana.
La presencia de restos fósiles de las mismas
especies en continentes alejados no había pasada desapercibida antes de
Wegener. Después de la aceptación de las ideas evolutivas, esa cuestión exigía
una explicación, pues, como había dejado escrito Darwin: “la opinión más probable es la de que cada especie ha sido producida en
una sola área y que posteriormente ha emigrado de esta área hasta donde se lo
han permitido sus facultades de emigración y subsistencia, bajo las condiciones
pasadas y presentes”.
Encaje de los continentes y algunas pruebas paleontológicas de la
deriva continental
Dado que existían barreras geográficas
imposibles de atravesar por especies que, sin embargo, aparecían en zonas hoy separadas
por ellas, la mejor explicación radicaba en pensar que tales barreras no habían
existido en algún momento del pasado, permitiéndose así el paso. Eso es lo que
pensaba tanto Wegener como la mayoría de sus predecesores que se habían ocupado
de la cuestión. Pero, a diferencia de la hipótesis del movimiento continental,
los naturalistas habían buscado la causa del paso en la posible existencia de
puentes entre continentes, que luego habrían desaparecido. La mayoría pensaba
que tales puentes continentales permanecían desde el Cretácico ocultos bajo el
mar, lo que se relacionaba con la existencia de leyendas antiguas que hablaban
de continentes o grandes islas desaparecidos, de las que la más conocida era la
famosa "Atlántida".
La hipótesis de los puentes continentales no
sólo permitía justificar la existencia de fósiles de la misma especie en
lugares hoy incomunicados; también ofrecía pistas para explicar la distribución
de muchos grupos actuales. La existencia de grupos únicos en zonas aisladas, como
era el caso de los marsupiales en Australia, se explicaba bien, a partir de
Darwin, desde la idea de una evolución aislada, sin contacto con otros
mamíferos. Darwin, de hecho, había hablado en su libro sobre la diversificación de formas, un concepto
que luego se llamaría radiación
adaptativa. Se trata de un proceso por el cual a partir de una única especie
original se pueden producir diferentes formas con distintas adaptaciones, que
evolucionarán así en líneas diferentes e, incluso, divergentes. En su viaje a
bordo del Beagle, Darwin había podido comprobar la importancia del aislamiento
insular en la aparición de esas formas locales particulares, es decir, en la “especiación” o mecanismo de formación de
nuevas especies, y pensaba que el área o superficie donde ocurría ese proceso constituía
el factor más importante para la posibilidad de aparición de nuevas formas
(algo que, en cierto modo, corroborarían más de un siglo después Robert
MacArthur y Edward Wilson en su importante tratado sobre la Biogeografía insular).
En el caso concreto de los marsupiales (un
grupo importante en esta cuestión debido a su particular y restringida distribución)
la presencia de unas pocas especies del grupo (las zarigüeyas) en Sudamérica exigía
recurrir a una posible comunicación antigua, luego abortada, entre ese
continente y Australia. La comunicación era posible si se admitía la existencia
pretérita de unos hipotéticos puentes de tierra entre ambos continentes. Pero,
debido al alejamiento entre ambas masas de tierra, la explicación se volvía poco
verosímil. Pero también era posible mantener el origen evolutivo común si se
aceptaba la movilidad de los continentes que proponía Wegener. La cuestión,
pues, se reducía a ver cuál de las dos explicaciones posibles era más
consistente. Para Wegener, desde luego, su hipótesis era la más razonable.
Los argumentos esgrimidos para defender la
movilidad de los continentes presentaban algunas dificultades prácticas a la
hora de su defensa, ya que exigían considerar
no sólo el movimiento mismo de los continentes, sino también tener en
cuenta la compleja cuestión de la migración de los polos, un proceso que ya era
conocido por entonces, aunque de una forma tan sólo aproximada. De hecho, el
propio Wegener trabajó mucho en este tema. La cuestión estriba en que si tratamos
de llevar sobre una esfera terrestre tanto los posibles movimientos de los
continentes como los desplazamientos de los polos, las deducciones que
obtenemos sobre la ubicación de antiguos climas y sus consiguientes efectos en
la fauna y la flora antiguas no resultan ser demasiado sencillas.
En los años finales de la década de 1920, el
buque alemán Meteor había estado
aportando una gran cantidad de información sobre la batimetría del océano
Atlántico. De sus datos se deducía la existencia de un largo valle central que
dividía la cuenca, situándose a una profundidad menor que la que caracteriza la
mayor parte del océano. Además, las cadenas de relieves laterales que delimitan
ese valle se elevaban a una cierta altura sobre la profundidad oceánica media.
Wegener (que, recordemos, murió en 1930) no tuvo probablemente oportunidad de
analizar los nuevos datos, los cuales, tal vez, podrían haberle hecho sospechar
el origen reciente de esa parte central de la cuenca oceánica, relacionándola
con su idea de la movilidad continental. Ello le habría permitido, quizás,
adelantar la propuesta sobre el origen y crecimiento de las cuencas oceánicas
que conduciría finalmente hacia la moderna teoría de la tectónica de placas.
Sin embargo, nada de eso ocurrió, tal vez porque los hielos groenlandeses lo
impidieron, o quizás porque aún era demasiado pronto para que tales ideas
cuajasen. En cualquier caso, habría que esperar aún tres décadas más hasta que tales
ideas tomaran cuerpo real.
VI. FUSIONES Y SÍNTESIS:
NUEVOS PARADIGMAS EN LA BIOLOGÍA
“La emergencia del mendelismo, lejos de ser
antagónica de las condiciones darwinianas (como afirmaron, por cierto, los
primeros mendelianos en los años que siguieron a su redescubrimiento) hace que
la interpretación seleccionista de la evolución sea mucho más sencilla”
Julian S. Huxley
Evolución: la síntesis moderna
La veloz progresión de la genética
y de la biología molecular, aunque trajo inicialmente un cierto rechazo u
olvido de la teoría de la selección natural de Darwin, terminó haciéndola
converger con el enfoque evolutivo. En realidad, la síntesis, que tendrá lugar
a mediados del siglo XX, significaba resolver la cuestión del talón de Aquiles
de Darwin. La teoría sintética de la evolución suministrará a las tesis
darwinianas la aportación esencial del conocimiento del mecanismo hereditario;
pero, además, la síntesis supondrá conciliar la zoología, la paleontología o la
ecología con la teoría evolutiva.
Genética y biología molecular: las reinas del siglo XX
Desde el redescubrimiento, en
1900, de las leyes mendelianas, se sabía que la herencia se transmite por
unidades de tipo discreto. Esto significaba que hay factores hereditarios concretos
y singulares, responsables de los caracteres por los que los hijos se parecen a
los padres.
Durante las primeras décadas del
nuevo siglo XX, los avances que experimenta el campo de la genética son
espectaculares. Poco a poco, cada una de las principales incógnitas que
planeaban sobre los procesos de transmisión de la herencia se va desvelando.
Algunos descubrimientos anteriores (como el de los cromosomas, que tuvo lugar
entre la publicación por Mendel de su trabajo y el redescubrimiento de sus
leyes) empezaban ahora a cobrar sentido con la nueva interpretación que traía la
genética. La teoría cromosómica de la
herencia se concretará durante los primeros años del siglo de la mano de
Sutton y Boveri, quienes, en 1902 y 1903, respectivamente, identifican a los
cromosomas como los portadores de la información genética. Desde entonces, la
alianza que se establece entre la morfología (es decir, los componentes físicos
de las células que se observan con el microscopio) y la fisiología (los procesos
biológicos deducibles de los experimentos genéticos) presidirá la veloz construcción
de la moderna biología celular, molecular y genética.
Una de las figuras más destacadas
en estos inicios de la genética moderna es la de Thomas Morgan, a quien debemos
la genial intuición de centrar la investigación genética en un tipo de moscas
del vinagre, cuya genética es más "controlable" que la que ofrecen
los organismos más complejos. De hecho, el laboratorio de Morgan en la
Universidad de Columbia, en Nueva York, era conocido como el “cuarto de las
moscas”. Desde entonces, las "Drosophilas" se convertirán en el símbolo y emblema
de la investigación genética.
Paralelamente al reconocimiento
del papel fundamental que los cromosomas tienen en la transmisión de la
herencia, se inicia la búsqueda de los constituyentes moleculares de aquellas
estructuras celulares visibles durante las fases de la reproducción celular y
que aparecían en el espacio que ocupaba el núcleo antes de descomponerse
durante la mitosis o la meiosis. Ostwald Avery, Colin MacLeod y Maclyn McCarty consiguen
identificar, en 1944, la sustancia química que forma esos cromosomas: se trata del
ácido desoxirribonucleico o ADN.
Es el mismo año en que Erwin
Schrödinger, el padre de la mecánica cuántica ondulatoria, publica un breve
libro con un título ambicioso: "Qué
es la vida", cuya influencia es notoria en la biología posterior. Este
pequeño libro aborda la cuestión de la vida desde la óptica de los procesos fisicoquímicos
y propone una definición de la vida consistente con la termodinámica física. Aparece
con él una nueva concepción de la biología que trata de ser coherente con la moderna
física y la química. Es un camino fructífero, aunque, como irá siendo evidente
más adelante, la coherencia entre la fisicoquímica y la biología cuando supone
la reducción de la biología a la mera aplicación de leyes fisicoquímicas a los
componentes celulares corre el riesgo de hacer perder una visión sistémica de la
vida.
Mientras, se sigue estrechando el
cerco científico que la biología tiende sobre el gen, aunque tendrá que
transcurrir bastante tiempo aún antes de que sean aclaradas varias de las cuestiones
fundamentales derivadas de ciertos experimentos y se produzcan nuevos
descubrimientos claves. Uno de éstos, sin duda, es el desentrañamiento de la
compleja estructura helicoidal de la molécula de ADN, un hito científico de gran
repercusión en la historia de la biología, publicado por James Watson y Francis
Crick en 1953.
Naturalmente, durante todo este
prodigioso periodo de desarrollo de la genética y la biología molecular moderna
participan numerosos investigadores y centros científicos, pues ya la ciencia
no funciona al modo de los viejos naturalistas, sino que ahora la investigación
exige la formación de amplios equipos de científicos trabajando en laboratorios
sofisticados y bien dotados de medios. Así, se suceden espectaculares avances
en los conocimientos sobre los procesos genéticos y metabólicos, lo que
realimenta el interés por invertir en los programas de investigación de estos
campos. Si el nuevo siglo había comenzado con la vista puesta en los enormes
progresos conseguidos en el campo de la física, hacia mediados del siglo serán
la biología molecular y la genética quienes asuman un nuevo protagonismo en la
atención científica.
La síntesis evolutiva
Dentro del campo de la genética,
una línea fecunda de investigación será la que busca identificar cómo se
produce la herencia no ya en los individuos, sino en las poblaciones biológicas.
El conocimiento cada vez más detallado de los mecanismos de herencia de los caracteres
entre padres e hijos, junto a los sofisticados métodos matemáticos de tipo
estadístico, permiten enfrentarse a la cuestión de predecir los cambios
genéticos en el tiempo y a la escala de los grupos de individuos que viven
juntos e intercambian genes. De la mano de la matemática nacerá la genética de
poblaciones en la que destacarán los nombres de Ronald A. Fisher y de J.B.S. Haldane
en Gran Bretaña, y de Sewall Wright en Estados Unidos, quienes, en torno a los
primeros años treinta, sientan las bases de la nueva ciencia. A ellos se sumará
Theodosius Dobzhansky, un naturalista de campo pasado a genetista, que se había
trasladado desde la Unión Soviética a los Estados Unidos con el fin de
incorporarse al equipo de Morgan, el más importante en la genética de aquellos
tiempos.
Dobzhansky se convertirá en una
figura clave para la interlocución de los genetistas de poblaciones con los
matemáticos, aunque él mismo no poseía demasiadas capacidades matemáticas: a
tal respecto valga la referencia de su sincera y simpática carta dirigida a
Wright y escrita en 1937, utilizada por el historiador Peter Bowler para
mostrar sus dificultades matemáticas. En ella dice Dobzhansky: “Apenas leí (o traté de leer) tu artículo (…)
estoy gozoso de verlo, aunque mis conocimientos matemáticos no son suficientes
para leerlo y entenderlo completamente. Pero he hecho lo mismo que con otros
artículos: leí las partes del texto que preceden y siguen a las matemáticas, y
me salté estas últimas con la seguridad de que se aplica a ellas la expresión
‘papi sabe cómo’”. Su inspiración consistió en seguir la estela de Sewall
Wright y adoptar la metáfora del “paisaje
adaptativo”, según la cual las poblaciones se sitúan sobre los picos y
cumbres de un paisaje que presenta las diferentes formas adaptativas en la forma
de un relieve. En palabras del filósofo Michael Ruse: “Dobzhansky sentó las bases de toda una tradición de investigación en
cuyo marco otros investigadores podían afanarse en buscar una comprensión
predictiva al nivel causal”. Después de él, “los evolucionistas contaban por fin con algo que hacer y una manera de
hacerlo”.
Theodosius Dobzhansky
El libro clave de Dobzhansky,
titulado "Genética y el origen de
las especies", se publicó en 1937 y se sitúa en la línea de aquellos
textos que, desde los diferentes campos de la biología, se mueven con una misma
intención: la de actualizar y hacer coherente la teoría de la evolución con los
nuevos campos biológicos. Es el caso de otros dos libros que vieron la luz en
1942: "Sistemática y el Origen de
las Especies", escrito por el zoólogo Ernst Mayr, y "Evolución; la Síntesis Moderna",
redactado por Julian Huxley, el nieto de aquel Thomas Huxley que fuera el más feroz
defensor de la teoría de Darwin en sus inicios (fue conocido en su época como
el “bulldog” de Darwin).
Dos años después de estas
publicaciones, Georges Gaylord Simpson, un prestigioso paleontólogo, sumó su campo
científico al empeño sintetizador con "Tempo
y Modo en Evolución". Así, los años cincuenta se iniciaron con la
evidencia de un amplio consenso sobre la cuestión de la evolución y la moderna
biología, representado por el llamado neodarwinismo
o teoría sintética de la evolución.
La irrupción de la ecología moderna
A la vez que se asiste al
renacer general de la biología en los laboratorios a partir de la
estructuración de las teorías genéticas (Dobzhansky dejará escrito que “nada en biología tiene sentido si no es a la
luz de la evolución”), la ecología también recibirá un inusitado impulso
por aquellas fechas. Aunque esta ciencia hunde sus raíces en los años de la
segunda mitad del siglo XIX y asiste a un importante crecimiento durante las
primeras décadas del siglo XX (del que ya hemos hablado), el enfoque definitivo
que determinará su expansión moderna tiene lugar con la idea de la unidad
funcional del ecosistema o sistema ecológico. La noción de sistema
ecológico había sido vislumbrada por Tansley en 1935, quien propuso por vez
primera el uso del término ecosistema.
Ya vimos también que fue el malogrado Lindeman quien advirtió, en 1942, sobre
la necesidad de considerar conjuntamente lo biótico y lo abiótico a la hora de
tratar de interpretar el funcionamiento ecológico. Lindeman era alumno de G.
Evelyn Hutchinson, sin duda alguna el más influyente de los ecólogos de su
época, quien supo siempre trasladar a sus numerosos discípulos la preocupación
por las interacciones que se establecen entre los componentes de los
ecosistemas. Hasta que llegó Hutchinson, quienes trabajaban en ecología no la consideraban
por lo general como una materia unificada, sino que cada cual avanzaban por su
lado en sus trabajos sobre ecología vegetal, ecología animal o ecología
acuática. Después de él, el ecosistema asumirá el papel central de objeto de
estudio y la ciencia adoptará una nueva perspectiva.
Tras la Segunda Guerra Mundial,
se produce la definitiva expansión de la ecología moderna, en cuya génesis
tiene mucho que ver la creciente constatación de los daños ambientales que las
sociedades humanas modernas infringen a la naturaleza, pero donde también tiene
una influencia sustancial la simbiosis entre la teoría sintética de la
evolución y la ecología de poblaciones. Estos enfoques son las que encuentran su
personaje seminal en Hutchinson, quien fusionará ambos campos en el título de
una conferencia clave que luego dio titulo a un pequeño libro: "El teatro ecológico y el drama evolutivo",
publicado en 1965. Aplicando una poderosa visión científica y apoyándose en las
tesis biogeoquímicas que ya el ruso Vladimir Ivanovich Vernadsky había incluido
en su propuesta del término biosfera,
Hutchinson supo trazar las líneas básicas del programa de investigación que
caracterizará a la ecología moderna. Pocos científicos han sido maestros
directos de discípulos tan relevantes como lo fue Hutchinson: R. H. MacArthur,
H. T. Odum, J. Shapiro, L.B. Slobodkin, J.R. Vallentyne...
En su obra autobiográfica
titulada El naturalista, Edward O.
Wilson ofrece unas escuetas y sugestivas pinceladas que nos aportan información
sobre Hutchinson: "Fiel a la
tradición de Oxbridge, no se había molestado en doctorarse, prefiriendo
transformarse en un científico polifacético de formidable talento. Era un
espíritu libre, un ecléctico cuya mayor habilidad era juntar piezas sueltas
hasta elaborar grandes conceptos. Daba la impresión de que jamás había
encontrado un dato que no le interesase o no pudiera utilizar de algún modo,
como tema para un ensayo o, como mínimo, para una nota a pie de página".
Tras la aportación de Hutchinson,
la progresión de la ecología ha seguido un ritmo veloz, ampliando su marco tanto
en la vertiente teórica como en la aplicación práctica, a la vez que profundizando
en el talante sintetizador que la caracteriza, deudor del concepto de sistema. Fiel
a ello, ha llegado a establecer relaciones fecundas con otros campos del
conocimiento en la esperanza de alcanzar un marco más adecuado desde el que enfrentarse
satisfactoriamente a la solución de los problemas ambientales, cuya gravedad y
escala han ido creciendo conforme avanzaba el tiempo y la capacidad de impacto
de la tecnología humana. Es el caso de la participación de la ecología en la
generación y el actual desarrollo de la llamada economía ecológica, uno de los poco frecuentes ámbitos en los que
las ciencias naturales y las ciencias sociales realizan un encomiable esfuerzo común
por ser compatibles, simbióticas y transgresoras de una realidad científica por
lo general demasiado parcelada y estanca, que la invalida excesivamente a la
hora de enfrentarse a cuestiones complejas y multifacéticas.
En uno de sus libros, el biólogo
Edward Wilson defiende la recuperación de la unidad del conocimiento en la
ciencia, para la que utiliza el término “consilience”,
sin más traducción al español que la literal. La noción de Consiliencia había sido anteriormente utilizada por William Whewell,
el mismo que, en 1840, habló por primera vez del concepto de científico
profesional: “la consiliencia de las
inducciones tiene lugar cuando una inducción obtenida a partir de una clase de
hechos coincide con otra inducción obtenida a partir de otra clase distinta.
Dicha consiliencia es una prueba de la verdad de la teoría en la que se
presenta”.
Wilson destaca que uno de los
campos en los que esa unidad del conocimiento o “consiliencia” entre ciencias
naturales y ciencias sociales avanza más nítidamente en la actualidad y tiene
mayores perspectivas de progreso futuro es, precisamente, el de las ciencias
ambientales, junto a los de las neurociencias, la genética del comportamiento
humano y la biología evolutiva. Eso convertiría estos campos en los más
fecundos de cara al enfrentamiento con los sistemas complejos, una cuestión que
nos demanda la elaboración de nuevas herramientas científicas, en la opinión
del biólogo norteamericano. También apunta a la necesidad de construir
explicaciones por encima de la acumulación mera de datos, tal vez un problema
grave en algunos campos modernos de la ciencia: “Nos estamos ahogando en información, mientras que nos morimos por la
falta de sabiduría”. Sobre ello volveremos más adelante.
VII. RENACE LA MOVILIDAD
CORTICAL
“Wegener abrió un tema de discusión más importante
de lo que imaginó. Parece que para llegar a una conclusión necesitamos una
verdadera revolución científica en nuestra forma de pensar”
J. Tuzo Wilson
Revolución en
las ciencias de la Tierra
Una y otra vez la historia de los avances
científicos nos reitera las dificultades con que se topan las nuevas ideas hasta
lograr imponerse en el seno de la comunidad científica. Visto en retrospectiva,
esta actitud aparentemente conservadora de los científicos puede parecer una
rémora para el progreso científico, pero eso es porque solemos fijarnos casi
exclusivamente en aquellos casos en los que las ideas desechadas o
menospreciadas inicialmente fueron exitosas o fructificaron finalmente. En
muchas otras ocasiones (en realidad, en una gran mayoría), la actitud "a
la defensiva" de la comunidad científica evita abandonar caminos fértiles para
caer en ideas alocadas, erróneas o simplemente inútiles.
La defensa que todo paradigma científico teje
a su alrededor sirve para proteger el núcleo esencial de sus teorías y procede
de la confianza que los científicos de ese momento han depositado en la validez
y utilidad del marco teórico en el que trabajan. A la vez, representa un seguro
frente a cualquier tipo de inventivas o propuestas, que resultan ser, frecuentemente,
poco interesantes. El desarrollo normal de la ciencia, en la interpretación que
sugirió Thomas Kuhn en su libro “La
estructura de las revoluciones científicas”, ocupa la mayor parte del tiempo
de trabajo de la gran mayoría de los científicos. Durante dicho desarrollo
“normal” de la ciencia se investiga bajo un paradigma que no es cuestionado y
que delimita los ámbitos teóricos generales aceptados. Solamente en momentos muy
particulares, algunos científicos se salen de la norma, huyen de ese ambiente
seguro que les ofrece el paradigma aceptado, para proponer una nueva forma de
enfocar la resolución de los problemas científicos en su campo de conocimiento.
Es entonces cuando se declara la guerra entre diferentes concepciones, cuando
la ciencia entra en una fase de “revolución científica” en la que se dirime la
primacía entre los paradigmas enfrentados (y Kuhn apunta, con gran escándalo
para algunos, que, en tales momentos, no siempre pesan más ni deciden mejor los
argumentos por ser más racionales). Por supuesto, a menudo las nuevas propuestas
no consiguen sustituir al paradigma dominante y la pretendida revolución
científica se queda en un intento aislado y fútil por cambiar las cosas. Tan
solo en unos pocos momentos de la
ciencia, ciertas propuestas obtienen el éxito en su empeño por destronar una
concepción científica antes preponderante: es entonces cuando es posible hablar
de los nuevos paradigmas que cambian una ciencia.
En esas situaciones de revolución científica,
poco frecuentes, la defensa que toda ciencia “normal” alza contra las aventuras revolucionarias puede haber construido
un muro de muy difícil franqueo para las nuevas ideas: la batalla científica es
entonces particularmente encarnizada. El grado de racionalidad que decide el
debate, el peso que tienen en él los factores personales, sociales o políticos,
y otras cuestiones de parecido tenor, adquieren un importante lugar en la
interpretación que los historiadores y filósofos de la ciencia hacen del
comportamiento de la comunidad científica.
Sea cual sea la forma en que se produce el
cambio de ideas en el seno de una comunidad científica, lo cierto es que cuando
dos grandes concepciones científicas se enfrentan, se producen situaciones en
las que los nuevos y los viejos datos, y las observaciones o experiencias son
interpretadas de forma paradójica y diametralmente opuesta por cada bando. Como
señaló Kuhn: "durante las
revoluciones los científicos ven cosas nuevas y diferentes al mirar con
instrumentos conocidos y en lugares en los que ya habían buscado".
La influencia política y social que tiene (y
que recibe) la ciencia en esos momentos es, desde luego, muy importante y es
raro encontrar un debate científico de envergadura en el que no intervengan de
forma destacada aspectos personales, sociales, políticos y humanos, a veces de una
forma determinante.
Si estas cuestiones tiñeron de forma más que
evidente la presentación y consolidación de la teoría evolutiva de Darwin en el
seno de la victoriana sociedad británica y, luego, en el conjunto de la
comunidad mundial de naturalistas, también encontramos factores de este tipo en
el transcurso del dilatado debate sobre las teorías de la movilidad
continental, aunque ahora el aparato tecnológico implicado en la investigación camuflará
en mayor grado el profundo debate ideológico subyacente, donde vuelven a medrar
los matices sociales y personales que siempre están presentes en la ciencia y en
la naturaleza de los propios científicos.
J. Tuzo Wilson, perturbador de científicos
El séptimo de los Diez Picos de la Columbia
Británica, en el occidente de Canadá, porta el nombre de pico Tuzo. Este nombre se puso en honor de una
montañera llamada Henrietta Tuzo, que fue la primera que consiguió escalarlo.
Henrietta fue una apasionada de las montañas que conoció en el Club Alpino de
Canadá a quien luego sería su marido. Ambos formaron un matrimonio feliz, pero
estricto, al decir de su hijo mayor, llamado John, nacido en 1908 en la ciudad
de Ottawa.
Muchos años después se otorgaría el nombre de
Montes Wilson a ciertas cumbres antárticas, en este caso con el objeto de homenajear
a aquel hijo mayor de Henrietta: John Tuzo Wilson, quien se convertiría también
en apasionado montañero, pero, sobre todo, sería el arquitecto final de la
teoría de la tectónica de placas, una magna teoría global capaz de explicar cómo
se organiza y se mueve la superficie sólida del planeta. Con él se consolidó una
teoría que vertebra toda la visión moderna de las ciencias de la Tierra, constituyendo
el nuevo paradigma de estas ciencias.
En la década de los años 20, J. Tuzo Wilson disgustaba
a sus profesores de la universidad de Toronto al pedir el traslado desde el
primer curso de la carrera de física (que había superado con buenas notas) para
seguir los estudios de geología. Se trataba del cambio desde una carrera
prestigiosa (la física) hacia otra considerada de menor importancia, lo que significó
un motivo de irritación para alguno de sus profesores, especialmente para su
profesor John McLennan (que luego recibiría el título de Sir). El propio Wilson
dirá más tarde, al justificar su cambio de carrera, que prefería la vida en el
campo, desentrañando los misterios de la geología, al laboratorio, pues aunque
admiraba la elegancia de las teorías físicas, la práctica de la física le
parecía repetitiva y pesada.
Afortunadamente para el joven Tuzo Wilson, su
nuevo profesor Lauchland Gilchrist, que entonces trabajaba en un proyecto
conjunto canadiense-norteamericano de prospección minera, tenía un gran interés
en la aplicación de la física al campo geológico, lo que hizo que incluyera en la
formación de Wilson una mezcla de física y geología, algo inusual entonces. De
hecho, en uno de los dos cursos de geofísica preparados expresamente por
Gilchrist, Wilson era el único alumno. Tuzo Wilson se convirtió así, en 1930, en
el primer graduado en geofísica, aquel mismo año en que Wegener fallecía trágicamente
en Groenlandia.
Tuzo Wilson
La personalidad de Wilson era la de un hombre
inteligente, activo, imaginativo y bastante iconoclasta. La frase suya: "yo disfruto y siempre he disfrutado
perturbando a los científicos" resume adecuadamente su talante, a la
vez que da idea de su portentosa capacidad científica, que le permitía
convertir lo que aparenta ser una vulgar chulería en realidad. Viajero
infatigable, recorrió a lo largo de su vida más de un centenar de países,
aunque siempre mantuvo en Canadá su centro de trabajo. Además de la
investigación y la docencia formal, su interés por la divulgación le llevó a
encargarse de numerosas actividades encaminadas a hacer popular el conocimiento
científico. De hecho, durante los últimos años de su vida (murió el 15 de abril
de 1993) dirigió el Centro de la Ciencia de Ontario, desde donde hablaba sobre
la importancia de la ciencia a adultos, jóvenes y niños, fomentando la
participación activa de los visitantes, en la línea del aprendizaje lúdico que
tratan de impulsar esas nuevas instituciones de la divulgación científica.
Los primeros años después
de Wegener
En la década de los años treinta, Tuzo Wilson
realizó sus estudios de doctorado en la universidad de Princeton. Allí conoció
al entonces joven profesor de mineralogía Harry Hess, quien se convertiría
luego en una de las figuras clave para la progresión de la geología hacia la
teoría de la tectónica de placas. Ambos levantarían algunos de los hitos
fundamentales en la construcción de la teoría de la tectónica global, aunque,
desde luego, por entonces no lo sabían. Eran años en los que las ideas de
Wegener circulaban de forma muy limitada y bastante poco influyente entre la
comunidad de geólogos. En realidad, tras la muerte del científico berlinés, apenas
dos hombres importantes en la geología del momento habían adoptado de una forma
destacada la misión de relevarle en la continuación de la defensa de la teoría
de la deriva: Arthur Holmes y Alex du Toit.
El británico Arthur Holmes era muy conocido
por sus trabajos en rocas plutónicas y por la elaboración de una escala
geocronológica absoluta para los materiales terrestres, utilizando para ello la
nueva forma de datación que permitía la presencia de minerales radiactivos en
las rocas; un procedimiento que (recordemos) había acabado con las últimas ideas
sobre una Tierra joven (batalla en la que, hasta los años finales del siglo
XIX, se había batido, en el bando equivocado, Lord Kelvin). Holmes creía en la
deriva continental de Wegener y propuso un modelo explicativo para la movilidad
de los continentes (el talón de Aquiles de la teoría) más creíble que el que encontró
Wegener. También elaboró ciertas propuestas para la construcción de un posible
modelo explicativo de las capas superficiales terrestres.
Por su parte, desde su Sudáfrica natal, Alex
du Toit, se interesaba por las coincidencias geológicas que mostraban su país y
Brasil. Como resultado de sus trabajos, presentó en 1927 (aún en vida de
Wegener) los resultados de un interesante trabajo sobre la cuestión,
elogiosamente recogidos por el padre de la teoría de la deriva continental en
la última edición de "El Origen de
los continentes y los océanos". A la muerte de Wegener (y hasta la
suya propia, ocurrida en 1948), Du Toit siguió siendo un defensor a ultranza de
la teoría de la deriva de los continentes.
Sin embargo, a pesar de las aportaciones y los
desvelos de Holmes, Du Toit y unos pocos geólogos más, la teoría de Wegener no
lograba alcanzar el rango de aceptación suficiente entre los geólogos. Por otra
parte, el desconocimiento general que había sobre las formas del relieve y la
geología de los fondos marinos profundos representaba un considerable obstáculo
a la hora de debatir o proponer cualquier teoría global sobre la superficie del
planeta, como era la deriva continental.
En este panorama, un hecho tan lamentable
como el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial impulsó la aparición de
una salida a esta situación de bloqueo. Los esfuerzos que cada uno de los
bandos en guerra desarrolló para dotarse de una maquinaria bélica superior a la
del enemigo, provocaron grandes avances tecnológicos con efectos considerables
en las capacidades técnicas necesarias para conocer mejor el planeta. A la par,
el interés por conocer mejor los nuevos lugares de conflagración, entre los que
se encontraban los fondos marinos ahora surcados por submarinos, empezó a
suministrar nuevos y cruciales datos acerca de las características de sus
relieves; datos que se revelaron muy útiles para la investigación geofísica
posterior. La prioridad concedida a los intereses militares y bélicos por los
gobiernos en conflicto posibilitó que se realizaran las inversiones necesarias
para alcanzar los desarrollos tecnológicos y científicos precisos, un hecho que
no había ocurrido en el mismo grado en las situaciones de paz. Hoy vemos
aquella guerra como un tiempo de extraordinario impulso para los avances
científico-tecnológicos del siglo, lo que no deja de ser un motivo de reflexión
sobre el triste comportamiento de las sociedades humanas. Al final del
conflicto, se producirá un vuelco en la situación de la geología y la geofísica
motivado por los nuevos datos e informaciones.
Los prodigiosos años...cincuenta
En los últimos años de la Guerra, la situación
realmente no había mejorado mucho para la causa de la deriva continental;
incluso podría decirse que en algunos aspectos había empeorado. Como ha
señalado el geólogo Hallam, por aquellos años la comunidad de paleontólogos –aquellos
que desarrollaban su trabajo en una de las cuatro áreas de argumentación que
había utilizado Wegener para defender sus ideas- se había vuelto casi
totalmente hostil a la idea de la deriva de los continentes. A las rotundas
palabras pronunciadas en 1943 por una persona del prestigio de Georges Simpson,
desestimando la capacidad de la deriva continental para explicar la
distribución de los mamíferos en el pasado (un campo en el que era considerado el
mayor experto mundial), sucedió la constatación, cinco años más tarde, de que
la gran mayoría de los paleontólogos presentes en un importante simposio sobre
la evolución y la distribución en el pasado de los seres vivos, celebrado en
los Estados Unidos, se manifestaban contrarios a las tesis de Wegener.
Harry Hess, al que ya hemos mencionado, había
pasado la II Guerra Mundial al mando de una unidad naval, circunstancia que
aprovechó para realizar un detallado estudio cartográfico de buena parte del fondo
del Océano Pacífico. De aquel estudio procede la primera observación en detalle
de las grandes montañas volcánicas submarinas que poseen una cima plana, a las que
denominó "guyots". El
interés de los guyots aquí reside en el significativo papel que jugaron al
destruir varios mitos anteriores sobre los fondos marinos y, particularmente, la
idea de que éstos eran extensas llanuras básicamente carentes de relieve. En aquel
primitivo modelo anodino de fondo marino, la única excepción importante a la
planicie general la constituían las dorsales, que por entonces eran todavía mal
conocidas. Ahora, sin embargo, se empezaban a ver los extensos fondos marinos profundos
como áreas en las que existían importantes relieves que, además, seguían ciertas
pautas y regularidades generales en su distribución, lo que demandaba una
explicación geológica.
En la nueva visión del fondo marino, las
dorsales formaban largas cadenas volcánicas que surcaban el centro de las
grandes cuencas oceánicas; pasaron, por ello, a convertirse en uno de los
primeros objetivos de la especulación científica sobre la geología submarina.
Aunque ya la exploración oceanográfica del buque Challenger, realizada entre 1872 y 1876, había mostrado indicios de
la existencia de esas crestas submarinas y, posteriormente, Holmes había escrito
y trabajado sobre ellas, hubo que esperar hasta 1956 para poder disponer de
datos suficientes con los que trazar un mapa aceptablemente preciso del relieve
submarino, donde se apreciaba la extensión y dimensiones de las dorsales.
Posteriores trabajos in situ
confirmaron la existencia de abundantes procesos volcánicos coincidentes con el
trazado lineal de dichas dorsales.
Durante la década de los años cincuenta también
se produjeron importantes avances en algunos otros frentes científicos que, más
tarde, resultarían fundamentales para la construcción del modelo de tectónica
global. La fabricación de magnetómetros capaces de medir de forma fiable y eficaz
la dirección magnética que adoptan los minerales magnetizables que forman parte
de las rocas abrió la posibilidad de investigar los posibles cambios de
dirección del campo magnético terrestre en el pasado, comprobándose que se
trataba de un fenómeno frecuente en la Historia de la Tierra. El mecanismo de
estudio se basaba en que los magmas, al enfriarse y solidificarse, habían "conservado"
la dirección del campo magnético terrestre que existía en el momento de dicho
enfriamiento y solidificación de aquellos de sus minerales que llevaran en su
composición metales magnetizables, dejando dicha orientación magnética impresa
en la roca final. Esas rocas se convierten así en verdaderas brújulas fósiles,
de manera que, sabiendo el momento de su formación (y eso ya era posible con la
tecnología de la datación radiactiva), resultaba posible reconstruir la
variación del campo magnético terrestre en el pasado.
Este tipo de estudios demostraron que el
campo magnético de la Tierra había variado de diferentes maneras: por una
parte, se comprobó que la orientación paleomagnética que adoptaban los
minerales de las rocas ubicadas en diferentes continentes y procedentes de
diferentes épocas sólo era explicable a partir de alguna de las dos hipótesis
siguientes (o de ambas a la vez): o bien por un cambio en la posición de los
polos magnéticos, o bien por un cambio en la posición de cada continente. Ambas
hipótesis ya habían sido manejadas por Wegener varias décadas antes, aunque entonces
no consiguiera encontrar pruebas del valor de las que ahora aportaban las
nuevas técnicas paleomagnéticas.
Además, apareció otra circunstancia
sorprendente, advertida al estudiar lavas islandesas recientes: por alguna
razón, y cada cierto tiempo, el campo magnético terrestre sufría una inversión
total, de manera que el Norte magnético pasaba a convertirse en el Sur, y
viceversa. Eso permitía diferenciar periodos en los que el magnetismo era “normal”
(por analogía con la situación actual) y periodos en los que el magnetismo estaba
invertido. Ello hacía posible construir un mapa cronológico detallado con la sucesión
de tales periodos, normales e invertidos, en la historia de la Tierra.
El círculo que formaban los datos se iba
cerrando alrededor de la presa: la explicación de los relieves submarinos que tapizan
el fondo de las grandes cuencas oceánicas, con aquellas enormes dorsales. La creciente
acumulación de nuevos datos sobre la distribución de los continentes en el
pasado, la inversión y la migración de los polos y la posibilidad de cruzar y
contrastar todos aquellos datos paleomagnéticos con la edad de las rocas abría
un abanico de nuevas expectativas para la interpretación, el conocimiento y la
experimentación en las ciencias de la Tierra, como no había sido posible imaginar
antes.
Recogiendo frutos: la hipótesis de la expansión de los fondos
oceánicos
En 1960, Hess realizó una primera
presentación previa de su hipótesis de la expansión de los fondos oceánicos a
partir de las dorsales. La presentación tomó la forma de publicación científica
durante 1962. La hipótesis de la expansión de los fondos oceánicos defendía su
generación en las propias dorsales, mediante la salida de magmas procedentes de
alguna parte del interior terrestre. Estos magmas, una vez enfriados, se
adosaban a la parte rígida superficial del fondo marino e iban "abriendo
poco a poco " la cuenca oceánica. El proceso de apertura y crecimiento de
la superficie sólida del planeta se veía contrarrestado con la desaparición de
otros fondos marinos ubicados en las zonas ocupadas por las fosas o trincheras
oceánicas, a una gran profundidad, en donde un nuevo proceso, que recibió el
nombre de subducción, hacía
desaparecer las rocas y los sedimentos hacia el interior del manto terrestre,
donde se fundirían para convertirse nuevamente en magmas.
Harry Hess
Este mecanismo global, que implicaba el
movimiento constante de toda la superficie submarina como lo haría una escalera
mecánica en plano, era posible debido a los movimientos de convección que
afectarían al manto (la parte mayoritaria y semifundida del interior de la
Tierra), recurriéndose así a una hipótesis causal que ya había propuesto Holmes
varios años antes. De este modo, Hess hacía encajar de forma magistral numerosas
piezas del rompecabezas por armar: el suelo marino se comportaba como una
enorme cinta transportadora que salía a la superficie en direcciones opuestas en
las dorsales oceánicas, se desplazaba a un ritmo lento y acababa desapareciendo
de nuevo hacia el manto en las zonas de subducción. Los continentes,
obviamente, se movían como enormes naves ancladas sobre dicha cinta
transportadora, al compás de los empujes que ejercían los dinámicos fondos
marinos.
Un año después, en 1963, Fred Vine publicó
junto a Drummond Matthews (su mentor en Cambridge) un artículo que, utilizando
la simulación, demostraba la viabilidad de la teoría de la expansión del fondo
marino, una denominación que ya había sido propuesta por Robert S. Dietz. Dietz
era un especialista en el estudio submarino utilizando batiscafos y,
sorprendentemente (habida cuenta de su profesión, como ha señalado oportunamente
el geoplanetólogo Francisco Anguita), también había sido el primero en advertir
el origen correcto de los cráteres de la Luna, achacándolos a los impactos de los
asteroides.
Aunque desde nuestra actual perspectiva, la
publicación de Vine y Matthews parecía dejar bien claro el horizonte para el
progreso de la tesis de la expansión del fondo oceánico, lo cierto es que las
dudas sobre la viabilidad de aquella propuesta fueron más que notorias por esos
años, generándose un escepticismo al respecto que atenazaba incluso a sus más
destacados proponentes. Era necesaria una prueba más, una demostración
definitiva, ya que todavía dominaba la incredulidad en la comunidad geológica.
Y fue entonces cuando se produjeron dos aportaciones
fundamentales para la hipótesis expansiva, ligadas ambas a sendos proyectos de
estudio sobre las dorsales atlánticas y pacíficas, en uno de los cuales
participaban conjuntamente Vine y Tuzo Wilson.
La conjunción de los datos aportados mediante
el uso de técnicas muy diferentes irá así permitiendo adquirir una gran coherencia
a las nuevas ideas que, paso a paso, se iban imponiendo sobre el ambiente de
escepticismo general. La teoría global se iría adueñando progresivamente del
panorama científico de las ciencias de la Tierra. El cambio de paradigma era
inminente. Se vivía en plena revolución científica, hubiera dicho Kuhn.
Por fin: la teoría de la tectónica de placas
Tuzo Wilson, que, desde los primeros años
sesenta, había estado muy ocupado con el desentrañamiento de los temas que
Hess, Vine y otros iban poniendo sobre la mesa, dio el impulso definitivo hacia
una solución al concentrarse en el espinoso tema de las fallas transformantes.
Estas fallas extrañas consistían en fracturas trazadas de forma perpendicular a
las cadenas de dorsales. En esas fracturas se concentraba una gran actividad
sísmica y acababan generalmente de forma abrupta, al final de sus extremos longitudinales.
Esas fallas seccionaban las dorsales en porciones que mostraban un claro
deslizamiento lateral entre sí. Eso demostraba que las fallas tenían en parte
de sus flancos movimientos horizontales opuestos, siendo su comportamiento, por
tanto, muy diferente al de las fallas centrales de las propias dorsales o al de
las grietas presentes en las zonas de subducción. La situación particular de aquellas
fallas llevó a Wilson a tratar de encontrar una relación coherente entre la
actividad volcánica y sísmica que caracterizaba tanto a las dorsales como a los
arcos insulares volcánicos (fundamentalmente concentrados en la periferia del Océano
Pacífico) y a aquellas extrañas fallas transformantes, abordando la cuestión
desde una perspectiva global.
En 1965, más de cincuenta años después de la
primera exposición de las ideas de Wegener, Tuzo Wilson propuso la existencia
de enormes placas que formaban la superficie sólida del planeta; unas placas cuyos
límites o fronteras coinciden con las grandes estructuras geológicas que concitan
los procesos volcánicos y sísmicos: las enormes cordilleras, los arcos de islas
volcánicas, las crestas submarinas volcánicas llamadas dorsales oceánicas y las
nuevas fallas transformantes o de transformación. Todo ello adquiere, en la
visión de la tectónica global, un sentido preciso y coherente. En su artículo,
Wilson introdujo el término "placa",
que tanta trascendencia adquirirá en la nueva visión de la Tierra.
Desde 1966, la deserción de científicos desde
las filas “anti-tectónica de placas” hacia los convencidos por la nueva teoría fue
rápida y definitiva. A ello contribuyó destacadamente la obtención de numerosas
nuevas pruebas conseguidas gracias al concurso de nuevos y sofisticados equipos
tecnológicos. Entre ellos destacan los trabajos realizados por el buque
oceanográfico "Glomar Challenguer",
capaz de realizar perforaciones de un kilómetro de profundidad sobre lechos
marinos situados varios kilómetros bajo la superficie del mar.
En 1967, un año después del artículo de
Wilson, Jason Morgan, geofísico de la universidad de Princeton, realizó la adaptación
geométrica de la propuesta de placas de Wilson a una superficie esférica, con el
consiguiente tratamiento geomatemático. En la publicación de su trabajo, Morgan
utilizó el término "tectosfera"
para designar la capa rígida más superficial, de hasta unos 100 kilómetros de
grosor, cuya fragmentación origina las placas. Es, pues, el mismo concepto que
la literatura científica consagrará finalmente con el término "litosfera".
En 1968, J. Tuzo Wilson sugirió que la
apertura del Océano Atlántico podría haber ocurrido no una, sino más de una
vez, proponiendo así una sucesión de fases de apertura y cierre de las cuencas
oceánicas. Esta idea llevaría a la propuesta de un ciclo teórico de las
posibles secuencias que determinan la evolución de una cuenca oceánica. Será la
base de lo que se conocerá como el ciclo
de Wilson.
El ciclo se inicia con una gran fractura que
se abre en el interior de una masa continental. Este primer paso, caso de
continuar, originará una enorme depresión lineal con mucha actividad volcánica
en su interior, denominada valle en Rift,
que se convertirá en una dorsal cuando la depresión se rellene de agua marina
procedente de las zonas en las que la depresión continental alcance la costa
(ya que el fondo del valle se sitúa por debajo del nivel del mar). La progresión
de ese enorme desgarro de la litosfera llevará a la creación de una cuenca
oceánica que continuará expandiéndose mientras en su centro se mantengan las
causas de la expulsión de los materiales magmáticos internos. Así, se producirá
una continua separación entre los fragmentos del antiguo continente. Al
tratarse de procesos que ocurren sobre una superficie esférica limitada, la
expansión de la cuenca oceánica por la formación de nuevos fondos marinos motivará
la aparición de fuertes tensiones en otros lugares, tensiones que se opondrán a
la expansión. Esas tensiones se tienen que resolver en algún momento con la
rotura de la nueva litosfera creada, lo que sucederá, generalmente, en la región
que menos dificultades ofrezca para ello. Esa región suele estar cercana a un
margen continental, donde se creará una zona llamada de subducción y
relacionada con una fosa submarina (y dotada de una intensa actividad volcánica
cercana, lo que puede originar la formación de un rosario de islas en forma de
arco o, en otros casos, de una cordillera volcánica en el continente cercano).
En la zona de subducción, la litosfera oceánica creada por la dorsal irá siendo
engullida y desapareciendo hacia el manto. Este proceso ejerce un efecto
contrario al de la dorsal, al tender a cerrar la cuenca oceánica. Si la dorsal
pierde eficacia o desaparece, la subducción de la litosfera oceánica terminará imponiéndose
y hará desaparecer la cuenca, en una fase en la que los continentes que la
delimitan se irán aproximando paulatinamente, conforme se cierra el océano que los
separaba. El ciclo vuelve a un estado similar al inicial cuando los dos
fragmentos continentales colisionan, cerrándose así la cicatriz de la subducción
(ya que la litosfera continental no puede subducir o introducirse por debajo de
otra masa continental). Se genera así un orógeno de colisión, lo que determina
el levantamiento brutal de los sedimentos intermedios, que formarán una gran
cordillera.
Este ciclo, frecuentemente utilizado a la
hora de representar los diferentes momentos que delimitan la historia tectónica
de las placas, reproduce las diferentes situaciones posibles por las que puede
pasar una cuenca marina desde que se abre en el interior de un continente hasta
su cierre en una colisión continental, aunque no necesariamente el desarrollo
de toda cuenca deba seguir esos pasos y en ese orden. En cierto modo, la presentación
del ciclo como fórmula de exposición de los distintos procesos y situaciones de
la movilidad cortical parece entroncar con el tipo de ideas que introdujo
Hutton sobre ciclos eternos de equilibrio entre levantamiento y erosión. No
obstante, el ciclo de Wilson no pretende seguir en modo alguno la famosa
premisa básica del ilustrado escocés (“El
resultado, por lo tanto, de esto es que no encontramos vestigio alguno de un
principio, ni perspectiva de un final”), ya que en la tectónica de placas sí
interviene decisivamente la flecha del tiempo en la sucesión y el transcurso de
los procesos, aunque éstos se puedan representar didácticamente en forma de
ciclos. Ello no supone, sin embargo, la ausencia de la huella del tiempo irreversible,
con la existencia de principios y la perspectiva de finales, entre otras cosas
porque el mismo motor que alimenta el movimiento de las placas va consumiendo
su energía, procedente de la disipación del calor interno del planeta
(probablemente desde el propio núcleo), como sucede con todo proceso
termodinámico.
Ciclo de Wilson
Cada una de las etapas del ciclo de Wilson encuentra
un posible referente en la actualidad, lo que facilita su interpretación y las
potencialidades de evolución de cada situación real. Así, el gran Valle del Rif
africano, que atraviesa el Este de África desde Etiopía hasta los grandes lagos
africanos representa un ejemplo destacado de la primera fase de fragmentación
continental que inicia convencionalmente el ciclo. El caso del Mar Rojo representa
un estado algo más avanzado (y relacionado con la fractura africana) en el que
el valle contacta con el mar y se rellena de agua al estar su base a una altitud
menor que la del Océano Índico.
El Atlántico actual constituye el ejemplo
contemporáneo de la fase de expansión oceánica, mientras que diversas zonas del
Pacífico, tanto las cercanas al continente americano como las ubicadas frente a
las costas asiáticas, representan situaciones de fractura de la corteza
oceánica con la aparición de fenómenos de subducción (progresión de una placa
de litosfera oceánica hacia el manto, por debajo de la otra contra la que se ve
empujada), que incluyen tanto los casos de formación de arcos de islas
volcánicas (como Japón o Filipinas) como los de elevación de grandes
cordilleras en el área continental cercana (los Andes, en América del Sur). En
todos los casos, indicando la presencia de zonas de subducción aparecen
profundas trincheras o fosas submarinas, a la par que las actividades sísmica y
volcánica se hacen intensas. Finalmente, un caso actual de colisión continental
está bien representado en el Himalaya, el mayor orógeno actual surgido del
brutal encontronazo entre la placa que acoge la actual China y la placa del
subcontinente indio.
La belleza explicativa de la teoría de la
tectónica de placas y su capacidad para dar cohesión y acogida a la
interpretación de la práctica totalidad de los procesos geológicos
fundamentales en el planeta hizo que se convirtiera rápidamente en el nuevo
paradigma científico de una nueva geología. A este caso es, pues, aplicable también
la famosa frase que Darwin utilizó para calificar a su propia explicación
evolutiva de la selección natural: “Hay
grandeza en esta concepción”.
VIII. LA ESPINOSA CUESTIÓN
DEL EGO: EL ORIGEN DE LA HUMANIDAD
“En lo futuro, veo ancho campo para
investigaciones mucho más importantes. (…) Y se arrojará mucha luz sobre el
origen del Hombre y sobre su historia”
Charles Darwin
El origen de las especies
Darwin: un hombre
prudente
Apenas unas líneas fue lo que Darwin se
concedió como espacio para tratar la espinosa cuestión del origen de la especie
humana en su Origen de las especies. Posteriormente,
cuando consideró que la ocasión era más propicia, una vez visto el éxito
científico considerable de su teoría, publicó otro libro especialmente
destinado a este asunto, al que tituló “La
descendencia del hombre y la selección natural”, aunque esperó para ello 12
años, hasta 1871. En su libro sobre el origen del Hombre, Darwin muestra una
interpretación coherente de este asunto, aplicando la teoría de la selección
natural a la especie humana. Este fue un aspecto que le distanció del mismo
Wallace, quien mostró dudas y un cierto rechazo a considerar la evolución de la
especie humana de forma similar a las otras. Para Darwin, sin embargo, lo verdaderamente
importante era que “el hombre está
construido sobre el mismo tipo general, sobre el mismo modelo que los demás
mamíferos”. Naturalmente, no pasó por alto la cuestión de la inteligencia,
sobre la que apuntó: “El naturalista no
puede comparar ni clasificar las aptitudes mentales, pero puede demostrar que,
si las facultades mentales difieren inmensamente en grado con relación a las de
los animales que les son inferiores, no difieren en absoluto en cuanto a su
naturaleza. Una diferencia de grado, por mayor que esta sea, no nos autoriza a
colocar al hombre en un reino aparte”. En esta dirección, el genial Darwin concluye:
“Podemos comprender así por qué el hombre
y los demás vertebrados fueron construidos sobre un mismo modelos general, por
qué atraviesan las mismas fases primitivas de desarrollo, y por qué conservan
algunos rudimentos comunes. Por consiguiente, deberíamos admitir francamente su
comunidad de descendencia; adoptar cualquier otra teoría es considerar nuestra
conformación y la de los otros animales que nos rodean como una trampa tendida
a nuestro juicio”.
Coherentemente con sus ideas, Darwin señaló
la necesidad de volver a considerar las clasificaciones de los seres vivos,
colocando a la especie humana en el lugar que le corresponde, conforme a la
teoría de la evolución. Con una buena dosis de ironía, escribe: “Si el hombre no hubiera sido su propio
clasificador, jamás habría soñado en fundar un orden separado para colocarse él”.
Al respecto, es curioso recordar que el
nombre que Linneo acuñó para agrupar a los monos fue el de Primates, es decir,
“los primeros” o “los de primer rango”, argumentando para esa calificación el
indudable hecho de la semejanza anatómica del grupo con los seres humanos. El
resto de los mamíferos fueron agrupados por el naturalista sueco en la
categoría “secundates” que se ha
perdido en el transcurso de la modernización de la Sistemática y Taxonomía por
su carácter heterogéneo y artificial.
La aplicación de la teoría de la evolución a
la propia humanidad no dejó impasibles a muchos de los contemporáneos de
Darwin. Sin duda, los mayores recelos surgidos contra la evolución, particularmente
aquellos que surgían de ámbitos no científicos, hundían sus raíces en el
rechazo ante las evidentes consecuencias de la teoría en la cuestión del origen
y el lugar que debería ocupar la especie humana dentro de una visión evolutiva
de la naturaleza. Que la mejor representación vulgar de la teoría de la
evolución darwiniana sea, para muchos, aún hoy, la idea de que “el hombre desciende del mono”, es, aparte
de una frase muy poco acertada (“el
hombre es un tipo de mono” sería mucho más correcta), una excelente muestra
de por dónde nos aprietan los zapatos.
En 1848, diez años antes de la publicación
del Origen de las especies, fue
encontrado en Gibraltar un cráneo humano fósil. Ocho años después (1856)
aparecía un esqueleto humano en una gruta ubicada en el valle del río Neander, en
Alemania. Ambos restos pertenecen al Homo
neanderthalensis (que bien pudiera haber sido denominado como Homo gibraltarensis). Desde entonces,
primero lentamente, luego de forma más acelerada, irán saliendo a la luz muchos
más restos fósiles de seres humanos primitivos, exigiendo así una interpretación
(que, indudablemente, hay que buscar en el marco de la teoría evolutiva). La
historia de los hallazgos humanos fósiles incluye hasta una famosa historia fraudulenta
con tintes de novela negra y aún sin esclarecer: la del llamado “Hombre de Piltdown”. Dicha historia se
inició con la aparición en 1912 en la gravera de Piltdown, dentro del condado
inglés de Sussex, de los restos de un cráneo humano dotado de una mandíbula
sumamente primitiva. La excitación que el hallazgo generó entre los
paleontólogos del momento condujo a una rápida y acrítica aceptación de que se
estaba ante los restos del “eslabón perdido”, esto es, la especie intermedia
entre el hombre y el mono. En realidad, en aquella interpretación apresurada e
ingenua se mezclaban muchos elementos y no todos ellos precisamente científicos
(por ejemplo, ha sido sugerido que tal vez el hecho “patriótico” de ubicar así
en Inglaterra el origen del hombre pesó en demasía en la precipitación por
“cantar victoria” y entonar el “Dios salve a la Reina”). Lo cierto era que
alguien había enterrado previa y alevosamente (y, tal vez, también con
nocturnidad) un cráneo humano moderno junto a una mandíbula manipulada procedente
de un orangután (antes fracturada para evitar así la identificación, con los
dientes limados y decolorada para hacerla pasar por más antigua). Aunque
diversos antropólogos cuestionaron pronto la autenticidad de estos restos,
hasta cuarenta años después no se demostró con rotundidad la realidad del
fraude. Hoy, el “caso Piltdown” constituye un hecho singular e interesante cuya
autoría permanece en el anonimato, aunque se manejan diversas hipótesis que van
desde quienes en su momento sospecharon del propio escritor Arthur Conan Doyle
(el creador de Sherlock Holmes), cuya residencia distaba muy poco del lugar del
hallazgo (lo que añade alicientes míticos y literarios a la historia), hasta
quienes, como Stephen J. Gould (que escribió sobre este caso en algunos de sus
famosos artículos escritos para la revista Natural
History), creen que fue el propio descubridor de los restos, el
paleontólogo William Dawson, el verdadero culpable de una broma que luego se le
fue de las manos (no esperaría tamaño “éxito” y no se atrevería luego a revelar
el fraude) y en la que implicó al entonces joven jesuita Pierre Teilhard de
Chardin, que luego abanderaría una teoría evolutiva personal donde trataba de
aunar la evolución humana y el cristianismo en una suerte de teleología
evolutiva.
Pero, al margen de sucesos tan particulares
como el anterior, pronto se fue haciendo evidente que era preciso poner en
marcha un amplio programa de investigación sobre los orígenes de la humanidad a
la luz de la evolución biológica; un programa que permitiera llegar a levantar una
interpretación científica verdaderamente satisfactoria para la evolución humana.
Nacía así la moderna paleontología humana o paleoantropología, uno de los
campos del estudio de la naturaleza más interesantes y sugerentes para una especie
que se interesa por conocer su propia realidad y su procedencia.
Huesos enterrados
El anatomista sudafricano Raymond Arthur Dart
recibió en 1924 los restos fosilizados y fragmentados de un cráneo que había
sido hallado en su país. Dart lo identificó correctamente como procedente de un
niño que debería pertenecer a una especie antecesora de la humana actual, y lo
bautizó como el “Niño de Taung”. La
interpretación de Dart fue, sin embargo, rechazada por la mayoría de sus contemporáneos,
entre otras razones porque, por aquellos tiempos, la mayoría de los
naturalistas creían que el origen de la especie humana estaba en el continente
asiático.
Algunos historiadores de la ciencia apuntan,
no sin motivos, que la rápida aceptación del fraude de Piltdown tiene mucho en
común con el fuerte rechazo que sufrió la interpretación de Dart sobre el niño
de Taung, ya que ambos estarían condicionados por ciertas ideas racistas sobre
los africanos: en un caso, prefiriendo a la menor ocasión un origen europeo; en
el otro, un origen asiático; en ambos negándose al origen africano.
Así, por ejemplo, Henry Fairfield Osborn, presidente
del Museo de Historia Natural de Norteamérica, consideraba a los africanos directamente
como humanos regresivos. Osborn, que fue uno de los que más y mejor apoyaron la
idea de buscar en Asia el nacimiento de la humanidad (una propuesta a la que,
desde luego, contribuyó el descubrimiento de los restos del llamado “Hombre de Java”), promovió decididamente
la expedición de Roy Chapman Andrews al desierto del Gobi en pos de restos
humanos fósiles.
De la opinión que algunos tenían acerca de
los africanos a comienzos de ese siglo da idea el hecho, relatado por Richard Milner,
de la exhibición en el parque zoológico de Nueva York y en la misma jaula que
un orangután, en 1906, de un pigmeo congoleño llamado Ota Benga, que anteriormente
había sido expuesto en la Exposición de St. Louis, en Missouri (1904), junto a
varios otros miembros de su tribu.
Una vez más la ciencia evidencia que también
en su seno y alrededores se remueven algunos de los más deplorables prejuicios
humanos, aunque la fortaleza del pensamiento y la metodología científica
permitirá poco a poco superar muchos de estos condicionamientos ideológicos
(aunque, sin duda, aparezcan luego otros posteriores, tal vez más sutiles, que
será preciso seguir superando).
Treinta años después de la primera
interpretación de Dart, la antropología reconoció finalmente su versión sobre
los restos de Taung, dando inicio así a una nueva etapa de esta ciencia en la
que África se consagraba ya definitivamente como la cuna de la humanidad, una propuesta
que ya había sido sugerida por Wallace y por Darwin, los dos autores de la
teoría de la evolución por selección natural.
Por los años veinte, un joven keniano blanco
nacido en 1903 y llamado Louis (Seymour Bazett) Leakey, hijo de misioneros
ingleses y crecido entre los kikuyus (en cuyos ritos tribales se había iniciado
y cuya lengua hablaba antes aún que el inglés) empezó a interesarse por la
investigación sobre los orígenes de la humanidad en África. Todavía en 1931
apenas nadie apostaba seriamente por ese continente como candidato a cuna de la
humanidad, como ya vimos, pero tras los hallazgos de Dart y después de realizar
sus estudios en Cambridge, Louis Leakey comenzó a excavar en la garganta de
Olduvai, un paraje que se convertiría con el tiempo en el templo de la
paleoantropología. Aquella garganta, un profundo cañón abierto en las amplias
llanuras del Serengeti, había atraído el interés del geólogo alemán Reck,
motivado por los fósiles que un entomólogo de su país había llevado hasta
Alemania. Reck fue quien reanudó las excavaciones de 1931 con Leakey, pero
sería este último junto a Mary, su mujer, quienes desde 1935 desarrollarían una
nueva forma de encarar el origen de nuestra especie, dando paso a décadas de
sucesivos y apasionantes descubrimientos de nuevos fósiles humanos.
Una saga de
buscadores de huesos: los Leakey
Louis Leakey conoció a Mary Nicol, en 1933.
Juntos formaron la primera pareja de paleoantropólogos de la legendaria saga de
los Leakey. Entre 1935 y 1959 las excavaciones de los Leakey se realizaron en
condiciones económicas muy precarias, como recuerda su hija Meave, también
relevante antropóloga. Pero en 1959, Mary desenterró los huesos de un cráneo
que recibió inicialmente el nombre de Zinjanthropus
(luego Australopithecus boisei). El
cráneo fue objeto de un reportaje cinematográfico que determinó el interés de
la “National Geographic Society” que,
al percatarse de su alto interés, decidió apoyar económicamente las
excavaciones, asegurando su continuidad en mejores condiciones: un apoyo que ha
dado unos frutos más que sobresalientes. Tras la estela de los esposos Leakey,
su hijo Richard y su esposa Meave continuaron la senda de las excavaciones
sobre el origen de la humanidad en África (extendiendo los trabajos a otros
yacimientos entre los que destaca particularmente los de la cuenca del lago
Turkana). La saga “Leakey” alcanza en la actualidad ya a su tercera generación,
representada por su hija Louise.
Mary y Louis Leakey
La influencia de los Leakey no se limita a sus
parientes, ya que otros paleoantropólogos tan importantes como Donald Johanson y
Tim White (ambos enfrentados después con los Leakey) se iniciarían en la
investigación de la mano de esta familia tan peculiar e influyente. Kamoya
Kimeu, un excavador del equipo de Richard Leakey, constituye, con toda
probabilidad, el caso del mejor rastreador de fósiles humanos de la historia de
la paleoantropología africana.
De los trabajos realizados por el clan de los
Leakey y los antropólogos relacionados con ellos surge la mayor parte de la
información fósil africana que hoy nos permite reconstruir el árbol
filogenético de los homínidos africanos, lo que es equivalente a decir la
primera etapa de la evolución humana. Se trata de un árbol que se ha ido
complicando hacia una mayor y más espesa ramificación conforme los
descubrimientos se han ido sucediendo y sus interpretaciones se han
perfeccionado con ayuda de las técnicas más sofisticadas. Así, una de las
líneas de la investigación naturalista que mayor emotividad conlleva, por
referirse al conocimiento sobre los orígenes de nuestra propia especie, ha ido creciendo
en intensidad y pasión, a la vez que en rigor científico, conforme ha ido transcurriendo
el tiempo. Hoy, la antropología extiende sus ramas y campos anexos desde la
genética humana hasta la proteonómica, la bioquímica o la paleoecología, por
ejemplo. Quizás la rama científica más parecida a la idea que tenemos de la
investigación detectivesca a partir de rastros, huellas e indicios, conoce hoy
uno de sus momentos de mayor emoción.
Hitos y consecuencias: de las huellas de Laetoli al banquete caníbal
de Atapuerca
Ya a finales de los años
setenta, la cantidad y calidad de los restos fósiles encontrados del grupo de
primates conocidos como “australopitecinos” (entre los que hay especies
indudablemente antecesoras nuestras) permitía presentar diversas propuestas
sobre la evolución africana durante esta primera etapa evolutiva de los
homínidos. Sin embargo, las excavaciones y los descubrimientos no han cesado,
aportando nuevos elementos a la interpretación tanto de esta familia, como de
las primeras especies del género Homo
e, incluso, de los posibles antecesores de Australopithecus.
En 1978, habiendo muerto ya
Louis, Mary Leakey excavaba en Laetoli, un lugar situado a unos cuarenta
kilómetros al sur de la famosa garganta de Olduvai. El yacimiento era pródigo
en huellas de numerosos animales que habían dejado su rastro sobre las cenizas
volcánicas depositadas por un cercano volcán entonces activo. Se trataba de
huellas con casi 4 millones de años de antigüedad, entre las que se pueden reconocer
rastros de antílopes, elefantes, papiones y felinos de dientes de sable. Entre
ellas apareció el rastro de pisadas de tres homínidos, probablemente una pareja
de adultos y su hijo, según fue luego interpretado. Era la más antigua y
elocuente prueba de que la locomoción bípeda formaba ya parte de las
habilidades de Australopithecus, a una
de cuyas especies pertenecían aquellos rastros datados en 3,5 millones de años.
Entre otras deducciones, la elocuencia del rastro permitió sustentar la idea de
que la locomoción bípeda fue anterior, y probablemente causal en un cierto
grado, al posterior proceso de encefalización humana.
Unos años antes (concretamente en
1974) Don Johanson y su equipo habían encontrado unos restos fósiles muy
completos de una australopitecina (con ellos se puede reconstruir hasta el 40%
del esqueleto, algo poco frecuente en los descubrimientos fósiles). Bautizada
como “Lucy” por la canción de los Beatles (Lucy
in the Sky with Diamonts) que, al parecer, sonaba en el campamento, los
restos de esta hembra de Autralopithecus
afarensis la convertirían pronto en la homínida más famosa de la historia
de la paleoantropología.
También en los años setenta se
había iniciado en la sierra de Atapuerca, a unos 14 kilómetros de la ciudad de
Burgos, la excavación metódica de un yacimiento que dió, en 1976, una primera
mandíbula humana. En 1992 el yacimiento de la Sima de los Huesos, ubicado en
esa localidad burgalesa, aportará tres cráneos humanos, uno de ellos
prácticamente completo. Dos años más tarde, en la Gran Dolina del citado
yacimiento aparecerán fósiles humanos de una antigüedad de 800.000 años, fecha
que retrasa considerablemente la aceptada hasta entonces para la colonización humana
de Europa. El volumen y la calidad de los restos de Atapuerca, que se extienden
por varios cientos de miles de años con una gran concentración de fósiles de
las mismas épocas, ha permitido algo tan inusual como aplicar estudios
demográficos al yacimiento, a la vez que utilizar técnicas sofisticadas de
investigación genética y desentrañar algunos de los comportamientos humanos de
nuestros antepasados, entre los que destaca la desagradable constatación de que
nuestros tatarabuelos practicaban de forma acusada el canibalismo. Se abre así
una nueva era de cooperación entre diferentes ámbitos y técnicas científicas
con el objetivo unánime de conocer más y mejor sobre nuestra propia historia
como especie.
Desde los primeros restos
neandertales hallados en vida de Darwin, hasta el reciente descubrimiento de
Meave Leakey (otro más) de unos restos fósiles de 3,5 millones de años de
antigüedad en las orillas del lago Turkana de Kenia, descritos como pertenecientes
a una nueva especie (llamada Kenyapithecus
platyops por Meave, lo que supondría abrir una nueva rama en el árbol
evolutivo homínido), o el aún más reciente y debatido hallazgo de Orrrin tugenensis, un antecesor posible
de hace seis millones de años; ha transcurrido mucho tiempo, pero, sobre todo, ha
habido una profunda reestructuración en la visión que la mayoría de los
antropólogos sostenían acerca de la evolución humana. Dicha reestructuración
constituye también una revolución en la forma de interpretar la trayectoria
seguida desde los antepasados comunes de chimpancés y humanos hasta éstos
últimos. El salto dado desde la visión lineal que predominó en el pasado (en la
que cada especie era única en su tiempo, siendo luego sustituida por otra, en
una secuencia directamente dirigida hacia los humanos modernos, en una
concepción casi inexorable y finalista, teleológica), ha llevado a una forma
mucho más compleja de entender nuestra propia historia, en la cual numerosas
ramas y bifurcaciones van definiendo la presencia de diversas especies de
homínidos, varias de ellas coexistentes tanto en el tiempo como en el espacio.
Hoy, por ejemplo, la mayoría de los paleoantropólogos sostienen que hace casi
dos millones de años vivieron conjuntamente en África al menos cinco especies de
homínidos, de los que sólo una sería antecesora directa de los seres humanos
actuales. Una nueva revolución también en la interpretación de nuestro linaje.
La última batalla competitiva entre
especies de homínidos debió finalizar hace menos de 50.000 años. Terminó con el
eclipse definitivo de los Neandertales, una especie formidable que había
coexistido en muchos lugares con los humanos modernos, hasta que un episodio
aún por desvelar los borró de la historia, en otro de esos hitos apasionantes
que ocupan la investigación paleoantropológica moderna.
IX. UN MOMENTO APASIONANTE:
HOY
“Por todo esto, creo que hay razones para referirse
al siglo XX como el Siglo de la Ciencia”
José Manuel Sánchez Ron
El Siglo de la
Ciencia
Como vimos, el cambio revolucionario en la
concepción de la Tierra como sistema geofísico culminó en torno a 1970. La
conversión de la mayoría de los geólogos a las tesis movilistas inicialmente
expuestas por Wegener y definitivamente asentadas y actualizadas con la teoría
de la tectónica de placas, no excluyó, desde luego, la permanencia recalcitrante
de algún destacado geólogo en la trinchera contraria, desde donde tratar de
mantener contra viento y marea las viejas ideas. Sin embargo, la nueva teoría
de la Tierra asentaría firmemente su propuesta de un nuevo paradigma o programa
de investigación mucho más coherente, inclusivo y con mayor capacidad
predictiva que el anterior. El nuevo panorama, sin embargo, no excluía el
debate interno: ya dentro del ámbito de la tectónica global, la sucesión de
discusiones y propuestas sobre los diferentes aspectos y detalles del nuevo
marco explicativo adoptó un ritmo dinámico. Tal fue la fractura abierta con el
pasado que algunos pensaron que era necesario utilizar una denominación diferente
para referirse a la nueva ciencia. Una vez más surge aquí la figura deliciosamente
iconoclasta de Tuzo Wilson.
Las ciencias de la Tierra
En un artículo publicado en 1968, Tuzo Wilson
deslizaba preguntas tan inquietantes como las siguientes: "¿Por qué la geología ha perdido terreno? ¿Por
qué el estudio de la Tierra está tan fragmentado? ¿Por qué la geología ha visto
menguar su prestigio? ¿Acaso el declive de la geología se debe a haber
descuidado las matemáticas, la física o la química?".
Wilson lanzaba esas preguntas con la pretensión
de alzar con ellas una crítica demoledora sobre el discurrir de la geología en
los últimos tiempos, justo antes de la aparición de la teoría de la tectónica
de placas. La reducción del trabajo de los geólogos a la tarea de meros almacenadores
de datos, en ausencia de una teoría adecuada desde la que poder darles sentido,
es una de las llagas en las que Wilson hurga con más ahínco: "No será la triste verdad el hecho de que
durante el siglo transcurrido desde la publicación por Darwin de 'El origen de
las especies' geólogos y geofísicos se han conformado con almacenar datos".
De la quema general sólo salva, como es natural, a Wegener, cuya idea "siempre ha interesado al público, pero,
hasta hace poco, no a los expertos". El perturbador de científicos
casi se concierte en vapuleador de conciencias científicas.
El ajuste de cuentas del antiguo alumno que generó
irritación en alguno de sus profesores cuando decidió abandonar sus estudios de
física por los de geología, es ciertamente duro, pero también apunta hacia posibles
salidas. Y aquí se advierte la influencia destacada que tuvo la aparición de
"La estructura de las revoluciones
científicas", de Thomas Kuhn sobre Wilson. Tras su crítica de la
ciencia reduccionista, generadora de estudios minuciosos y detallados, pero limitados
a ámbitos simples o extremadamente concretos ("Cada estudio es quizás admirable en si mismo, pero algunos de los temas,
trabajados incluso durante siglos, en poco contribuirán a nuestra compresión de
la Tierra", dirá), Wilson ofrece su propuesta de solución futura:
"poner el acento en el hecho de que
lo que falta a la Ciencia de la Tierra no son tanto las técnicas elegantes sino
ideas unificadoras, aunque ambas cosas sean necesarias".
Aunque restringido al ámbito de la geología o
la ciencia de la Tierra, las palabras de Tuzo Wilson tratan de tener una
trascendencia mayor, pues planean sobre la dicotomía entre una ciencia
reduccionista, precisa, tecnificada y muy formalizable (pero limitada a algunos
ámbitos de investigación), y una ciencia más teórica, más globalizada. No es
nueva esta tesis que tiene mucho en común con ciertos enfoques que tratan de denunciar
la visión neopositivista de la ciencia que aún perdura en muchos ámbitos. El
mismo Darwin había dejado escrito: "¡Qué
raro es que nadie vea que toda observación debe hacerse a favor o en contra de
determinada hipótesis, si es que ha de servir para alguna cosa!".
Desde luego, la idea de Wilson sobre la
situación de la geología es presentada por él mismo de una forma tan nítida
como tajante: "¿Está la Ciencia de
la Tierra lo bastante madura como para una revolución? Me parece que sí".
Y, para remachar, Wilson hace una propuesta concreta:
"La Geología, la Geofísica y la
Geoquímica han sido todas fragmentos de una ciencia basada en la falsa
suposición de que la Tierra es esencialmente estática y que la Geoquímica versa
sobre sistemas cerrados. La nueva Ciencia, que lo es porque se basa en el
paradigma tan diferente de una Tierra móvil, puede unificar antiguos estudios e
impulsar nuevas investigaciones. Creo que se evitarían confusiones
atribuyéndole un nombre diferente. Este nombre debería ser 'Geonomía'".
Aunque la "Geonomía", como denominación, no alcanzó el éxito que
pretendía su autor, sí atinó Wilson con el fondo de la cuestión, ejerciendo una
considerable influencia sobre muchos científicos ocupados en la comprensión de
la Tierra como planeta. En muchos ámbitos, además, se iniciará una tendencia a
sustituir el viejo nombre de Geología
por el de Ciencias de la Tierra. En
realidad, la cuestión del nombre no es lo fundamental, pero puede tener cierta importancia
por lo que puede revelar de lo más profundo (por otra parte, también es cierto
que "Geología" significa
exactamente eso: "Ciencia de la
Tierra").
En cualquier caso, sobre lo que no parecer
quedar duda es que la actual Teoría de la Tierra representa un nuevo paradigma
que arranca de la vieja propuesta que un meteorólogo amante del ártico, muerto
entre los hielos de Groenlandia, lanzó sin mucho éxito en 1912.
Algunos motivos de
discusión actual
Tras la fase típica de revolución científica, una vez que la comunidad de geólogos y
geofísicos adoptó el paradigma de la tectónica global (si seguimos con la
terminología de Kuhn que tanto gustaba a Tuzo Wilson) se iniciaría una etapa de
ciencia normal. Como sucede con
cualquier programa de investigación, el progreso en el conocimiento descansará
desde entonces en la comprobación de la mayor o menos consistencia que las
diferentes ideas propuestas adquieren desde dentro del paradigma al compararlas
con los datos y las experiencias que se van desarrollando. La propuesta de
nuevas sugerencias e hipótesis se hace, por tanto, desde el interior de las
nuevas ideas generales que configuran la tectónica global. A partir del éxito
de cada una de ellas se va formando una imagen progresivamente más detallada acerca
de cómo es y cómo funciona la Tierra.
Aunque las nuevas perspectivas son muy
amplias, también son muchos los aspectos concretos que permanecen en la
oscuridad, de manera que el reto que se abre ante los geólogos y científicos de
la Tierra sigue siendo enorme: lejos de simplificarse, el campo de la ciencia
continúa creciendo.
Entre las cuestiones que permanecen por aclarar
destaca la propia génesis e historia inicial de la tectónica de placas: un
proceso que debió tener su inicio en las etapas primeras de enfriamiento de la
Tierra. Las primeras ideas sobre ciclos de apertura y cierre de las cuencas
oceánicas, propuestas por Tuzo Wilson, llevaron a la progresiva reconstrucción
de los pulsos de formación y desmembramiento de sucesivos supercontinentes o “pangeas”. De acuerdo con esto, se admite
por lo general una tendencia dinámica hacia la formación de supercontinentes
por colisión de los fragmentos de anteriores continentes que soldarían sus
bordes en cada uno de tales choques colosales. Esta formación de pangeas se vería continuada por procesos
de rotura y nueva fragmentación, habida cuenta de la acumulación de calor y la formación
de puntos calientes que surgirían bajo las mismas: el abombamiento de los
enormes continentes (algo que se detecta hoy debajo de África, por ejemplo), marcaría
el inicio de la fractura continental con formación de valles en Rift y las posteriores
aperturas de nuevas cuencas oceánicas. Algunos científicos han propuestos
periodos de unos 500 millones de años para estos ciclos de unificación y rotura
continentales, de manera que tendríamos un nuevo supercontinente por cada lapso
de tiempo de dicha dimensión. Se trata de una hipótesis sin duda interesante,
aunque aún no confirmada ni reconocida por todos.
Estructura y dinámica del interior de la Tierra
El motor del movimiento cortical que
determina estos ciclos reside en el calor interno del planeta que fluye hacia
fuera, generando así los movimientos en el manto. Ese calor procede en buena
parte del choque inicial de los fragmentos que formaron el planeta (los
llamados planetesimales), de acuerdo
con la teoría generalmente aceptada para el origen de la Tierra, ocurrido hace unos
4.500 millones de años. A ese calor primigenio hay que añadir el que se produciría
constantemente por la desintegración radiactiva de muchos elementos presentes
en los minerales terrestres, aunque la proporción que representa cada una de
estas fuentes es aún discutida.
Tenemos, pues, varios argumentos desde los
que tratar de explicar la energía que mueve la superficie de la Tierra; pero ¿cuándo
comenzó el proceso de movilidad cortical?
Existen datos que avalarían la fecha de 3.600
o 3.900 millones de años atrás para encontrar el primer o los primeros
continentes en la Tierra. Sin embargo, la escasez de rocas de mayor antigüedad
representa un obstáculo importante a la hora de situar el momento que significaría
el inicio de la danza de la corteza en la superficie de la Tierra que hoy vemos
representada en la actividad de volcanes y terremotos. Se trata, pues, de otro gran
punto de incertidumbre.
Por otra parte, no todos los trozos que
forman parte de la actual corteza continental son grandes. Aunque los mapas más
extendidos identifican una docena de grandes fragmentos, cartografías más
detalladas permiten ver zonas con fragmentos mucho más pequeños. La situación,
influencia y dinámicas concretas de esos trozos menores que fueron arrancados
de las placas mayores y que reciben el nombre de litosferoclastos constituye otro aspecto poco conocido, con el
consiguiente interés que representaría su esclarecimiento para la dinámica
cortical. Por eso, aunque las grandes líneas de la tectónica global aparecen ya
de una forma aceptablemente clara, las afirmaciones rotundas no parecen aceptables.
Así, por ejemplo, parece más que probable que importantes fragmentos de la corteza
continental lleguen a subducir (la teoría global mantiene que lo que subduce
es, fundamentalmente, la corteza oceánica), desapareciendo de este modo en las
profundidades de la Tierra, aunque se desconocen sus efectos sobre la dinámica
general. Una vez más, los detalles son claves y siguen resultando difíciles de aclarar.
Otro de los aspectos en debate radica en la creciente
acumulación de evidencias contra la existencia de la astenosfera. Este caso es particularmente interesante ya que se
trata de un término muy asentado en la tradición de la tectónica de placas, aunque
se haya criticado la permanencia de varios significados para ese término y la
ambivalencia de su sentido actual. La noción de una subcapa correspondiente a
la astenosfera parece que se diluye conforme avanza la acumulación de datos
sobre el espacio interior de la Tierra en el que se supone que debería estar
esa zona. De acuerdo con los datos obtenidos mediante las modernas técnicas de
tomografía sísmica (una técnica aplicada al interior del planeta y parecida al
escáner que se utiliza en medicina), todo el manto se vendría comportando como
un gran sólido dotado en su interior de movimientos convectivos de tipo fluido
(los sólidos sometidos a elevadas presiones y temperaturas pueden fluir, como
lo hace el alquitrán, un ejemplo que ya utilizó el propio Wegener). Esta
interpretación exige, por tanto, la inexistencia de una capa subsuperficial,
continua, caliente y fluida, diferenciada del resto del manto, en donde las ondas
sísmicas de tipo "S" se moverían a baja velocidad (ese era uno de los
significados centrales de la astenosfera). No parece, sin embargo, que la
desaparición de la astenosfera suponga un gran cambio para la tectónica global,
aunque sí para la forma y el número de las células convectivas que determinarían
el movimiento de flujo en el manto.
Las imágenes construidas sobre el interior
del manto hasta los 2.900 kilómetros de profundidad (donde ya aparece el núcleo
externo) se elaboran mediante el tratamiento informático de miles de datos con
las velocidades que siguen las ondas sísmicas en sus múltiples trayectorias por
el interior del planeta, velocidades que dependen, entre otros factores, de la
temperatura del material que atraviesan. Esas imágenes de tomografía
computerizada permiten visualizar superpenachos
y superplumas constituidos por enormes
masas calientes de material (que las ondas sísmicas atraviesan a lenta velocidad)
y que, en forma de seta, ascienden desde la base misma del manto, empujando la
"espuma" superficial que representa la litosfera. Uno de esos
superpenachos se ubica precisamente debajo de la zona meridional del continente
africano y es el que parece explicar el actual proceso de abombamiento del
continente por levantamiento de su área central. Del mismo modo, grandes masas
frías en proceso de subducción descienden a través de todo el manto arrastrando
hacia abajo grandes trozos de las zonas superficiales del planeta y provocando
tras de sí el movimiento horizontal de la placa de la que formaban parte, como
quien tira de un mantel por uno de sus extremos. La nueva imagen del interior
terrestre, por tanto, incluye la visión de un manto por el que ascienden y
descienden gigantescas masas de materiales que van desde la superficie a la
parte más exterior del núcleo y viceversa.
La influencia real que tendrían las dorsales
en la movilidad de las placas es otro de los aspectos sometidos actualmente a una
profunda revisión. Los nuevos datos parecen estarles robando parte al menos de su
anterior papel estelar dentro de la dinámica cortical. Y ello porque han aparecido
nuevas fuerzas antes ignoradas, como las del arrastre subductivo que ejercen las
enormes masas frías que descienden hacia el núcleo a través del manto, que
hemos comentado. Por otra parte, las gigantescas columnas de materiales calentados
en la zona de contacto del manto con el núcleo, ascienden hacia la litosfera, pero
no parecen coincidir, necesariamente, con la localización de las dorsales, lo
que añade argumentos a la pérdida de relevancia de estas estructuras
submarinas. Curiosamente, sin embargo, el papel de las chimeneas submarinas (presentes
en las dorsales) adquiere cada vez un mayor interés desde el punto de vista de
su papel en el origen de la vida, así como en cuanto a su función ecológica, al
permitir la formación de extraños ecosistemas desconectados del resto de la
biosfera “normal” (no obtienen la energía de la luz solar, como el resto).
En el transcurso de todos estos debates actuales
adquiere un papel destacado el empleo de nuevas tecnologías de muy reciente
desarrollo, aunque desde luego, siempre es necesaria la existencia de una
hipótesis por analizar o por probar. El tratamiento informático moderno, por
ejemplo, permite trabajar con planteamientos y perspectivas hasta hace poco
impensables: la coexistencia de sofisticadas técnicas de observación del
interior de la Tierra con teledetección en detalle, derivados de las tecnologías
de los satélites, con los sistemas informáticos de simulación y tratamiento de
datos e imágenes abre posibilidades enormes. Michael Gurnis, del Instituto
Tecnológico de California, lo reflejaba recientemente en un artículo publicado
en "Investigación y Ciencia"
donde abordaba la relación existente entre las capas más superficiales de la
Tierra y su dinámica externa: "Sabemos
ya que las variaciones en la intensidad de calor y presión del manto permiten
que las rocas sólidas se desplacen lentamente, como si de fluidos se tratara,
durante miles de años. Más, en un comienzo, la ciencia no acertó a descifrar
por qué originaba movimientos verticales de tal magnitud. Hasta que llegaron
los potentes modelos por ordenador. Ahora es posible combinar situaciones
actuales del manto con indicios de su comportamiento en el pasado y empezar a
establecer las causas que provocan los impresionantes ascensos y descensos de
algunas partes de la superficie terrestre".
Los movimientos verticales a los que se
refiere Gurnis constituyen uno de los procesos más importantes con los que hay
que contar hoy al tratar de explicar la movilidad terrestre. Curiosamente, ya
no se trata sólo de los movimientos horizontales de las placas litosféricas que
obligan a desplazarse los continentes que forman parte de ellas, como tampoco se
limitan esos movimientos verticales a la idea de las compensaciones
isostáticas, aquellos procesos readaptados al modelo de la tectónica de placas
que conceden actualidad el término "isostasia"
propuesto inicialmente por Clarence Dutton en 1889. Los nuevos movimientos
verticales se utilizan hoy para explicar, por ejemplo, el abombamiento de
continentes enteros, como África, que no sufren colisión continental desde hace
muchos millones de años, pero que llevan ascendiendo lentamente desde hace unos
100 millones de años. O los descensos y ascensos sucesivos, medidos en magnitudes
próximas al kilómetro, que ha experimentado en el pasado reciente Australia, en
un proceso de continuo "rebote
continental". Del mismo modo, el continente norteamericano también parece
haber sufrido una importante subsidencia por ese tipo de procesos de movimiento
vertical ocurridos en el manto.
En este sentido, si queremos entender lo que
está sucediendo, los nuevos enfoques nos advertirán que hemos de recurrir no
sólo a la consideración de la situación actual que caracteriza a los lugares
que constituyen límites de placas en la actualidad, sino que, debido a los
efectos a largo plazo de los movimientos ascensionales y de hundimiento que
ocurren en el manto, es preciso que observemos la historia geológica de los antiguos
bordes de placa, cuyos efectos se siguen manifestando durante mucho tiempo en
la dinámica del manto profundo. La inercia adquiere una importancia relevante
en la nueva interpretación y, con ella, el factor histórico (el valor del tiempo)
vuelve a reclamar su protagonismo.
Aunque resulten insustituibles los apoyos de
las nuevas tecnologías, el papel de las teorías en el progreso de la ciencia
sigue siendo esencial. De otro modo, pudiera ocurrir que la acumulación de
datos volviera a presidir el trabajo central de las ciencias de la Tierra, algo
que conduciría de nuevo a la pérdida de sentido científico. La advertencia del
ya fallecido Tuzo Wilson sigue, pues, vigente. El director del Instituto de
Física del Globo de París, Claude Jappart, en un reciente artículo sobre la
cuestión del método en las ciencias de la Tierra, publicado en Mundo
Científico, nos ofrece su perspectiva para el progreso futuro, ya presente en la
actividad de numerosos centros de investigación: "Debemos aprender a combinar todas las informaciones disponibles y a
manejar nuestros instrumentos para utilizarlos adecuadamente en función del
problema planteado. La era del teórico que trabaja sólo dentro de los límites
de su estrecho campo científico ha pasado a la historia. El futuro lo
escribirán equipos de investigación centrados en objetivos precisos, en los que
la teoría, las observaciones y las medidas se harán simultáneamente".
A lo dicho por Jappart se podría añadir algo
sobre la importancia de una conexión eficaz y saludable entre la sociedad y los
equipos de investigación que construyen la ciencia. Eso nos lleva a advertir una
exigencia social inexcusable: la de dotarnos de mecanismos eficientes de
divulgación científica dirigida a un público culto interesado y capaz de
integrarse en la aventura del conocimiento. Sin esa perspectiva ya no es posible
comprender el mundo en el que vivimos ni, por tanto, participar de una forma verdaderamente
democrática en su gestión.
¿Heterodoxia en el campo evolutivo?
Incluso en las épocas más caracterizadas
por los procesos de síntesis y la unificación, la ciencia no suele resultar
demasiado homogénea. La empresa científica, por su propia forma de ser, se identifica
con la idea de que siempre es posible proponer interpretaciones mejores o más
adecuadas para nuevos fines; interpretaciones más ajustadas, en fin, a los nuevos
datos que van surgiendo o que explican en forma más convincente o amplia los
existentes. Se busca construir modelos que nos permitan una mejor capacidad de
prospección y de predicción, o elaborar teorías que abarquen un espectro mayor
o sean más comprehensivas.
Dentro del panorama de la nueva
biología (surgida de la unificación que hemos rastreado entre la teoría de la
evolución y las nuevas aportaciones procedentes de la genética, la biología
molecular, los avances paleontológicos y la moderna visión de la ecología y los
trabajos de campo), pronto aparecieron diversas propuestas dotadas de un tono ligeramente
heterodoxo, que introdujeron criticas y ataques más o menos directos contra
algunos aspectos del neodarwinismo. Algunas grandes figuras de la biología moderna
se han querido desmarcar claramente de ciertas tesis neodarwinistas. Margulis
es una de ellas: "Aunque admiro
enormemente las contribuciones de Darwin y estoy de acuerdo con la mayor parte
de sus análisis teóricos, razón por la que me considero darwinista, no soy
neodarwinista", escribirá.
Quizás la crítica al programa
“adaptacionista” del neodarwinismo que más audiencia ha tenido fuera la que
formularon Stephen Jay Gould y Niles Eldredge en 1972 con su “teoría del
equilibrio puntuado”. Con ella se ataca la idea de gradualismo y la concepción
de la adaptación como eje central de la evolución neodarwinista. "No pretendo negar la selección natural
darwiniana, de cuya existencia nadie duda; lo que intento demostrar es que el
adaptacionismo, o la idea de que la selección darwiniana es efectivamente
responsable de cualquier rasgo morfológico de los organismos, no es válido",
dirá Gould.
Stephen Jay Gould
La propuesta de Gould y Eldredge
se complementa bien con el incremento de la importancia en la larga historia de
la evolución de la vida que parte de los científicos modernos concede a los
procesos catastróficos. De hecho, uno de los factores que más ha contribuido a
rescatar un cierto catastrofismo moderno fue el emocionante proceso de
investigación desarrollado para defender, primero, y encontrar, después, el
lugar de la caída de un asteroide a finales del Cretácico, hace unos 65
millones de años. Aquel asteroide causó un enorme cráter cuyos restos (hoy sólo
reconocibles por sus efectos en la fracturación de rocas profundas) se han
encontrado en la zona actual del Yucatán, en Méjico. El terrible impacto esparció
una fina capa de Iridio por todo el planeta e indujo un cambio climático global
que acabó con la existencia de los grandes saurios terciarios, entre otras
estirpes. El brillante trabajo detectivesco desarrollado por el equipo de
Walter Álvarez y sus colaboradores llevó a formular la explicación más
convincente de la que actualmente disponemos para justificar el cambio de la
era de los dinosaurios al mundo posterior del Terciario y, a la vez, resucitó
la perspectiva de la gran importancia de los acontecimientos contingentes y
singulares en la historia de la Tierra, una visión que, como ya vimos antes,
había sido casi abandonada desde los tiempos de Lyell.
El trabajo de los paleontólogos
Raup y Sepkoski ofrecerá una versión ampliada del suceso que llevó el desastre a
los dinosaurios, extendiendo este tipo de situaciones catastróficas a 5 grandes
momentos, al menos, de la historia de la Tierra. En estos procesos, la vida fue
mermada en porcentajes increíblemente elevados (de ahí los cambios posteriores de
la fauna y flora mundiales que utilizan los geólogos para trazar las fronteras
con las que organizan la extensa cronología de la Tierra) por lo que son conocidos
en la jerga paleontológica como períodos de extinción en masa.
Resurge así, a finales del siglo
XX, el interés por el papel de las catástrofes en la historia de la Tierra, en
una forma moderna, ciertamente algo diferente a la que planteaban muchos de los
catastrofistas del siglo XVIII y, desde luego, totalmente alejada de las
visiones bíblicas de algunos de ellos. Ahora se trata de una necesidad en la
comprensión de los registros de la paleontología y la evolución de la vida, en cuya
interpretación, la metodología del actualismo es válida en cuanto a su función
de criterio general para la indagación, pero no excluye la posibilidad de hechos
inusuales y contingentes que determinan momentos y procesos únicos que reclaman
al azar en la explicación de la evolución de la vida y de la Tierra. Acorde con
este tipo de pensamiento, la teoría del equilibrio puntuado entiende la
historia de la vida como un proceso irreversible que se organiza en torno a la
alternancia irregular de periodos extensos de permanencia o estasis (en los que apenas hay
modificaciones sustanciales en las morfologías y genética de los organismos) y
momentos de cambios rápidos en las formas de los serse vivos. Se vislumbra así
una historia evolutiva en la que coexisten los terribles momentos de las
extinciones masivas con momentos de calma evolutiva y otros en los que se
advierte una aceleración en los mecanismos y procesos de diferenciación evolutiva
e incremento de la
Frente a la idea evolutiva tradicional
de procesos graduales y lentos, incluso continuos, en los que se desarrollan lentamente
cambios direccionales en las especies debidos a una presión selectiva constante
que favorece su adaptación al medio (algo que se suele representar con árboles
filogenéticos en los que predominan los trazos verticales y aparecen numerosas
ramas de nacimiento más o menos consecutivo y formas lentamente divergentes),
el equilibrio puntuado trae la imagen de árboles filogenéticos cuyas ramas surgen
repentinamente, muy cercanas a la base y en puntos determinados del tronco de
un árbol que más bien se asemeja a un arbusto que se ramificase de forma
vigorosa en la base y cuyas ramas luego permanecieran inmutable durante tramos considerablemente
largos, representando los largos tiempos de estasis o permanencia, antes de
volver a ramificarse de nuevo.
En realidad, Gould modificó en diversas
ocasiones el grado de acidez y radicalidad de sus opiniones y críticas, siendo
por ello acusado de mantener posturas vacilantes. Ciertamente en algunas
ocasiones se ha mostrado más rotundo e iconoclasta que en otras. En 1980, por
ejemplo, Gould escribía: "Pienso que
se puede comprobar lo que se está resquebrajando en la teoría de la evolución:
la estricta construcción de la moderna síntesis con sus creencias en la
adaptación y la extrapolación por suave continuidad a causa de cambios en
poblaciones locales hasta tendencias predominantes y transiciones en la
historia de la vida". Gran parte del debate generado por la teoría del
equilibrio puntuado se ha desarrollado en torno al grado de crítica que
realmente representa esta teoría frente a la teoría sintética y, por tanto, en
su identificación como alternativa o como aportación a la misma. Gould escribía
en 1995 sobre sus ideas: “estoy
trabajando en (…) un intento de demostrar que es necesario modificar y ampliar
el modelo del darwinismo estricto para construir una teoría de la evolución que
se adecue mejor a los hechos”. Una vez más el uso conjunto de “modificar y
ampliar” deja el campo abierto a las dos hipótesis a la vez, la más rupturista
y la más reformista.
Desde el otro campo, Richard
Dawkins, otro excelente divulgador de la ciencia, representando en cierto
sentido las antípodas de Gould (algunos lo han denominado como
“ultradarwiniano”), escribía en 1986: "Lo
que es necesario decir ahora, alto y claro, es la verdad: que la teoría del
equilibrio puntuado se asienta firmemente dentro de la síntesis neodarwinista.
Siempre fue así".
Por su parte, Simon Conway
Morris, uno de los principales responsables del estudio de los extraños fósiles
de Burguess Shale, el mejor conjunto fósil con organismos surgidos de la
explosión cámbrica que inició la fase de los animales pluricelulares, escribió
al respecto de Gould, en 1991: "Sus
puntos de vista han hecho todo lo posible por agitar las ortodoxias
establecidas, pero aún así, cuando la polvareda se asienta, el edificio de la
evolución permanece casi sin cambios".
Probablemente, la heterodoxia no
sea realmente tan radical como a veces ha querido ser presentada. Sin duda
introduce matizaciones considerables sobre la importancia que tienen unos u
otros procesos en la evolución, pero muchos opinan que sus propuestas son
perfectamente integrables bajo el paraguas unificador de la megateoría o
paradigma darwinista, afectando, eso sí, a ciertos corsés neodarwinistas con
los que no se encuentran en absoluto cómodos. Esta sería, para muchos, la
cuestión: un debate importante, pero dentro de la familia.
Aparte, por supuesto, quedan las
propuestas representadas por el fijismo o el creacionismo que poco tienen que
ver con la ciencia. Un conjunto pobre de ideas dogmáticas apenas mantenidas por
ciertos representantes de concepciones religiosas fundamentalistas, aunque
puedan tener un relativo éxito entre algunos sectores sociales (casi
exclusivamente norteamericanos). Frente a ellos, todos los científicos cierran
filas y, probablemente, sea el propio Gould uno de los que más ha contribuido a
denunciar la endeblez creacionista.
La determinación genética, el ambiente y otras cuestiones
El determinismo ha sido un
asunto de constante debate en el seno de las ciencias naturales. En realidad,
desde la configuración del principio de causalidad, argumentado en la época de
Descartes, según el cual las causas determinan de forma mecánica los efectos,
el determinismo ha tratado de dirigir el pensamiento científico. Esta
pretensión llegaría a su clímax con Laplace y su conocida afirmación sobre la capacidad
de conocer todos los estados futuros del universo si fueran conocidas todas las
fuerzas y las posiciones de los cuerpos en un momento dado. Esta forma de
determinismo sufrió su definitivo golpe mortal en el ámbito de la física cuando
Heisenberg, en 1972, enunció el Principio de Indeterminación, de acuerdo con el
cual toda observación introduce perturbaciones en el sistema a medir u
observar, de forma que resulta imposible conocer a la vez todas las
características del sistema, es decir lo necesario para poder realizar
predicciones definitivas.
En el ámbito de la biología, el
determinismo había encontrado una importante controversia a partir de la teoría
evolutiva de Darwin. Con ella, la trascendencia de las concepciones
deterministas de tipo biologicista se había acrecentado, pero, por otro lado, aumentaba
la capacidad concedida al azar para ejercer una influencia considerable sobre
el devenir de la vida. Ello resultaba contradictoria con ese concepto de
necesidad que el determinismo biológico comporta (de ahí el famoso título de “El azar y al necesidad” que utilizó el
premio Nóbel francés François Monod para titulo de su libro).
En la actualidad, el
determinismo aún se refugia en la biología de la mano de ciertas concepciones
geneticistas. El prestigio alcanzado por la genética tiene en esto mucho que
ver, ya que los avances en el conocimiento de los mecanismos que determinan la
herencia y sobre la forma en la que la información genética condiciona el
desarrollo, las características y el comportamiento de los seres vivos, parecen
conducir hacia una percepción determinista. Es una visión muy debatida, ya que
el papel de los aspectos contingentes y ambientales en el desarrollo biológico
y en la propia forma de expresión del mensaje genético es un asunto poco
esclarecido.
Pero, una vez más, los mayores
conflictos vuelven a darse en el campo de la aplicación de estos asuntos a
nuestra propia especie. Para algunos, trasladar los criterios de determinación
genética al ámbito de las características y los comportamientos humanos supone
una agresión contra la pretendida capacidad humana de libertad. Tomaría cuerpo
así una visión “moral” o ética de estos temas, en la que coexisten posturas que
buscan preservar ese ámbito de las capacidades humanas de un excesivo determinismo
genético, posturas que hunden su raíz en la lucha contra ideologías racistas y
xenófobas. Al tratarse de un campo de indudable conflicto entre ideología,
cultura, ciencia y ética, no es extraño que exista una gran confusión entre los
argumentos empleados. No obstante, siempre es posible tratar de deslindar ciertos
aspectos de cariz más científico de aquellos otros más impregnados de ideología,
aunque los lindes nunca sean absolutamente nítidos. El campo de la bioética se
va configurando así como un intento de poner orden y reglas en el debate.
A este respecto, la fuerte
polémica surgida en Estados Unidos a raíz de la publicación en 1975 del libro “Sociobiología: la nueva síntesis” del biólogo
Edward Wilson (al que no hemos de confundir con Tuzo Wilson, el geólogo de la
tectónica de placas), nos permite advertir la explosiva mezcla que hay en todos
los temas que tienen que ver con la aplicación a la especie humana de los conceptos
biológicos. Wilson proponía en su libro la creación de una nueva rama científica
con la que interpretar el comportamiento social de los animales. “Una
disciplina que se ocupa del estudio sistemático de las bases biológicas de la
conducta social y las sociedades avanzadas”: así lo definirá Wilson (no hay
que olvidar que el autor es, fundamentalmente, un reconocido especialista en
hormigas). En realidad, la propuesta de Wilson se remonta, una vez más a
Darwin, quien, en 1872 escribió un libro sobre “La expresión de las emociones en el hombre y los animales” donde ya
se advierten algunos enfoques que entroncan con las modernas etología (la
ciencia del comportamiento animal) y sociobiología.
Edward Wilson
Muy probablemente el libro de
Wilson habría pasado desapercibido para la crítica de los no especialistas en
etología y zoología, de no ser porque el vigésimo séptimo y último capítulo
abordaba la cuestión de la base biológica del comportamiento humano. En su
autobiografía, Wilson se culpa por no haber advertido previamente que el añadir
ese último capítulo a su obra (al que denomina como “un segundo libro”)
generaría un rechazo al conjunto. Para Ed Wilson, la argumentación fundamental
a la hora de aplicar la perspectiva sociobiológica a la especie humana era que
“los seres humanos heredan una propensión
a adquirir comportamientos y estructuras sociales, una propensión tan extendida
que puede considerarse parte de la condición humana. Los rasgos definitorios
son, entre otros, la división del trabajo entre los sexos, los lazos entre
padres e hijos, el altruismo con los parientes cercanos, la evitación del
incesto y otras formas de comportamiento ético, el recelo ante los extraños, el
tribalismo, los órdenes de dominancia dentro del grupo, la dominancia masculina
en general, y la agresión territorial cuando algún recurso escasea”.
Naturalmente, no es extraño que se levantara una enorme polvareda con
situaciones tan grotescas como cuando, durante un simposio de sociobiología de
1978 (que formaba parte de la reunión anual de la Asociación Americana para el
Avance de la Ciencia), una activista vació un cubo de agua sobre Edward Wilson
después de que varios miembros del Comité Internacional Contra el Racismo
mostraran pancartas contra la sociobiología, algunas adornadas con cruces
gamadas como denuncia de una supuesta ideología racista.
Puede pensarse que el debate
implicó fundamentalmente posturas ideológicas (desde luego, esto resulta cierto
para el bando de oposición a la sociobiología, aunque no para la opinión que Wilson
tiene sobre su propia posición). Wilson declarará años después: “en 1975 yo era un ingenuo en cuestión de
política. No sabía casi nada de marxismo, ni como doctrina política ni como
método de análisis. Había prestado muy poca atención a los movimientos de los
activistas de izquierda, y nunca había oído hablar de Ciencia Para el Pueblo.
Ni siquiera era un intelectual, en el sentido que se le da a la palabra en
Europa o en Nueva York-Cambridge”.
“Ciencia Para el Pueblo” era una
organización izquierdista en la que participaban varios científicos y
profesores de Harvard aliados entonces contra aquella propuesta de la
sociobiología que consideraban reaccionaria; entre ellos destacaba la presencia
de dos grandes biólogos que ya han salido en esta historia: Richard Lewontin y
Stephen Jay Gould. En aquellos años setenta, el ambiente universitario de
Harvard no era precisamente ajeno al impacto de las posturas políticas y las
potencialidades que la sociobiología parecía otorgar a los pensamientos
racistas o sexistas no pasaban desapercibidas para quienes luchaban contra
ellas. La sociobiología fue declarada por ello como “políticamente peligrosa”
por el grupo liderado por Lewontin. Wilson no lo entendía.
Pasado el tiempo, la
controversia sobre la sociobiología ha perdido bastante de la visceralidad
inicial que afloró en los primeros debates y se ha reconducido a una más
razonable discusión acerca de la influencia real entre la dimensión genética
del comportamiento y la dimensión cultural. Wilson ha aclarado que “algunos de los críticos, dando por supuesto
que yo tenía que tener motivaciones políticas, dieron a entender que el
principal propósito de los capítulos “animales” [de su libro] consistía en hacer creíble el capítulo
“humano”. Lo cierto era todo lo contrario. Yo no tenía ningún interés
ideológico. Ni intención era celebrar la diversidad y demostrar la fuerza
intelectual de la biología evolutiva”.
Aunque la talla científica de
Edward Wilson es incuestionable, enfrente se hallaban algunos de los biólogos
de Harvard de más talento. Entre ellos, Richard Lewontin, de quien el mismo
Wilson escribirá luego: “Era el tipo de
adversario del que uno se siente orgulloso en retrospectiva, cuando el tiempo
ha borrado ya la emoción, dejando el núcleo interno y duro del intelecto. Era
brillante, apasionado y complejo, destinado para representar el papel de
contrincante (…) Sus credenciales científicas eran incuestionables. Sus
investigaciones genéticas, del máximo nivel (…) Lewontin era un intelectual que
predicaba el cambio social desde el templo de la ciencia dura”.
Al margen del estricto debate
surgido sobre el programa sociobiológico, Richard Lewontin hizo de la denuncia
científica del determinismo genético una batalla particular de la que nunca se
ha apeado, utilizando en esta lid argumentaciones ciertamente brillantes. En los
momentos actuales en los que importantes avances en la identificación genómica determinan
la actualidad más influyente en las ciencias biológicas, Lewontin escribe: “La tesis que muchos sostienen, según la cual
son los genes los que determinan las características de los organismos, nace de
la facilidad con que pueden producirse importantes modificaciones genéticas en
el curso de los experimentos y asimismo de las dimensiones de los efectos que
estas modificaciones producen en los objetos de estudio. Por otra parte, sólo
se toman en consideración aquellos fenómenos que se prestan para ser estudiados
mediante este método. Los estudiosos de la genética del desarrollo se formulan
preguntas sobre la diferenciación entre extremidades anteriores y posteriores
de los animales y sobre la formación de los principales segmentos intermedios
del cuerpo porque es posible descubrir defectos genéticos singulares que
alteran ese proceso de formación. Sin embargo, no están en condiciones de
explicar cómo es posible que individuos diferentes tengan cabezas y piernas de
dimensiones y formas diferentes, de modo que ni siquiera piensan en formularse
tal pregunta”. Lo que Lewontin está cuestionando aquí es el determinismo que
impone la metodología empleada en la obtención de las respuestas científicas. Un
buen motivo de reflexión.
La crítica de Lewontin se ha
dirigido también hacia el programa adaptacionista clásico del neodarwinismo.
Escribirá: “Pensar que toda diferencia
entre las especies debe ser la consecuencia de fuerzas selectivas diferentes
que han operado sobre ellas es un prejuicio de los evolucionistas que tienden a
explicar los caracteres de los organismos desde el punto de vista de la
adaptación”. Una vez más, surge un cuestionamiento global de la ortodoxia
neodarwiniana, en donde el determinismo genético tiene una sólida presa, y del
que no pocos biólogos evolutivos recelan.
Este tipo de reflexiones sobre el
determinismo genético, sobre el grado de influencia biológica en el
comportamiento animal y humano, sobre las consecuencias que la utilización de
las ideas científicas tienen en el ámbito político o ideológico y sobre la delimitación
del papel que cumplen la selección natural, el azar, la contingencia y la
adaptación en el curso de la selección biológica; son algunos de los aspectos
importantes del debate actual que hace apasionante el transcurso de la
investigación biológica moderna y sus implicaciones sociales y culturales, a
menudo excesivamente simplificadas.
La ecología y el medio ambiente
Si en los campos de la genética
y de la evolución, la interacción entre ideología y ciencia ha alcanzado
alturas como las anteriores; en el ámbito de la ecología y el medio ambiente,
la cuestión no ha ido a la zaga. La ecología, como vimos, nació impregnada de
una particular preocupación por los efectos que la actuación humana tiene sobre
los sistemas naturales y de ahí a la adopción de una postura ética y social del
científico no hay mucha distancia. El mismo Ramón Margalef ha hablado del
carácter “potencialmente subversivo”
de la ecología y el historiador de la ciencia Jean Paul Deléage la ha calificado
como “la más humana de las ciencias
naturales”. La preocupación ambiental, nacida de la mano de la constatación
creciente de los efectos perniciosos que ejercen las actividades humanas sobre
los sistemas naturales y sobre la calidad de los ecosistemas, supone la
justificación más evidente de la necesidad de realizar estudios ecológicos, algo
que obliga a la ecología a mantener una constante preocupación por su vertiente
de aplicación a la gestión ambiental.
Tras las Conferencias de
Naciones Unidas sobre el tema ambiental y su relación con el modelo de
desarrollo (Estocolmo, en 1972; Río de Janeiro, en 1992; y, últimamente,
Johannesburgo, en 2002), la necesidad de hacer dialogar a la ciencia y a la sociedad
mundial para poder enfrentar con garantías el reto ambiental debiera constituir
uno de los elementos fundamentales en cualquier programa de investigación y
seguimiento de los ecosistemas. La función de coordinación encomendada a
instituciones creadas para ofrecer ámbitos de acuerdo científico sobre la
crisis ambiental, como es el caso del Panel Intergubernamental para el Cambio
Climático o los Programas y Centros de Seguimiento sobre la Biodiversidad
Global, representa una nueva forma de tratar de integrar los resultados de las investigaciones
y actividades científicas en la toma de decisiones, aunque hasta ahora los
intereses económicos y políticos dominantes en el panorama mundial estén
marcando en exceso la agenda de las actuaciones reales (y así nos va).
Sin duda, uno de los campos de
investigación científica más necesarios hoy en día es el que trata de
ofrecernos una mejor interpretación y comprensión de los mecanismos de
funcionamiento de los sistemas ecológicos y de los efectos de nuestras
actuaciones sobre ellos. Del progreso de
la ecología teórica y aplicada dependerá que adquiramos el conocimiento
suficiente para asentar las decisiones necesarias. Claro que, además de eso, es
preciso que exista la voluntad de llevar aquellas a la práctica, cosa que aún
no esta sucediendo.
X. ¿QUÉ PASARÁ?
“Cualquiera que esté familiarizado con la labor
científica sabe que quienes se niegan a ir más allá de los hechos, rara vez
llegan hasta ellos”
Thomas H. Huxley
“Nos estamos ahogando en información,
mientras que nos morimos por la falta de sabiduría”
Edward O. Wilson
Consilience. La unidad del conocimiento
El camino seguido por las ciencias que iniciaron
el camino de tratar de comprender la Tierra y la naturaleza ha conocido un transcurso
agitado, con fases de carácter revolucionario y otras de ciencia “normal”,
desde 1800. Primero hubo de producirse la nada fácil emancipación de la férrea tutela
de la teología, liberándose de la necesaria adecuación a la literalidad del
mensaje bíblico. Aquello permitió asentar en la racionalidad del pensamiento y
en la contrastación experimental las bases del progreso científico. Surgirán así
dos paradigmas tan rompedores y revolucionarios como los de la evolución y el actualismo
geológico: ambos formarán la cuna en la que se desarrollarán verdaderamente las
nuevas ciencias naturales. Unas ciencias que, a diferencia de las
físicoquímicas, mantendrán siempre una componente histórica: la advertencia del
sentido de la flecha del tiempo, la irreversibilidad del proceso evolutivo o
del dinamismo terrestre. De hecho, ambas constituirán la Historia Natural, aunque a partir del siglo XX surgirá un
distanciamiento progresivo entre la geología y la biología; distanciamiento
coherente con los intensos procesos de especialización y fragmentación que condicionan
desde entonces los nuevos ámbitos científicos.
A pesar de ello, se mantiene un estrecho paralelismo
entre los procesos seguidos por las ciencias geológicas y las ciencias
biológicas en sus respectivos empeños. De hecho, a pesar de la influencia del llamado
“complejo de la física”, ambas sienten de forma intensa la necesidad de
desarrollar métodos propios de trabajo, no siempre coincidentes con las pautas
emanadas por el progreso de la ciencia física. Y, también, ambas se ven
obligadas a mirar, en lo que de teoría global tienen, en la dirección de los
sistemas complejos. Se hace precisa una teoría para el sistema Tierra y una
teoría para el sistema de los seres vivos. Si fuera factible construir una
síntesis con ambas, la unificación de las ciencias naturales volvería a ser una
posibilidad tras el largo periodo de fragmentación y una cierta ausencia de
diálogo que muchos geólogos y biólogos acusan de forma negativa. Ello no
excluye la posibilidad de desarrollar un paradigma común que nos permita alcanzar
una concepción general de nuestro planeta que incluya la interacción permanente
entre lo inerte y lo vivo; una interacción que viene desarrollándose desde hace
miles de millones de años y sin cuyo concurso parece francamente difícil
comprender el sistema Tierra en su totalidad.
Perspectivas de futuro
La ciencia ha cambiado poderosamente nuestra
visión de la vida y de la Tierra en los últimos doscientos años. En el ámbito
de la interpretación de la naturaleza, han coexistido durante mucho tiempo, de una
forma más o menos solapada, compitiendo, dos líneas de pensamiento. De un lado,
la que ve la presencia constante de fuerzas internas e inherentes, propias, vitales,
en suma, que impregnan desde dentro todo lo vivo e, incluso, todo lo natural.
Se trata de un tipo de pensamiento que se remonta en el tiempo hasta una visión
politeísta de la naturaleza que imagina un alma por cada uno de los elementos
importantes del ambiente: el viento, las montañas, el bosque o un determinado animal.
Es una filosofía de la naturaleza que procede de la etapa en la que los seres
humanos debían buscar su sustento en la caza y en la recolección de los
alimentos que la naturaleza ofrece; una etapa en la que el conocimiento
práctico del medio natural constituía el factor fundamental de la
supervivencia. Las máscaras animistas, los ritos, cuentos y leyendas de los
pueblos indígenas son algunos de los iconos y mitos donde se contiene lo más
ancestral de aquella visión de la naturaleza. La fuerza emotiva de la misma
renace hoy en ciertas concepciones modernas, como es el caso de la llamada
“ecología profunda”, surgida como rechazo a la pérdida de valores naturales que
experimentan las sociedades industriales. Aunque muchas de sus ramas aparecen teñidas
de gran ingenuidad, esta visión tiene también en su entorno el hecho cierto de
que los saberes y conocimientos prácticos sobre sus ecosistemas (adquiridos sin
utilizar métodos científicos) que han generado y mantienen muchas culturas
ancestrales maravillan aún hoy a los investigadores que se aproximan a ellas
desde los campos de la antropología o la biología.
Por otro lado, existe también una visión
mecanicista de la naturaleza: el mundo entendido como una maquinaria de reloj,
cuyos engranajes ruedan de acuerdo a los mandatos de unas cuantas leyes y unos pocos
principios físicos. En cierto modo, es una visión propia de marcos teológicos
monoteístas, en donde existe un creador o Gran
Diseñador responsable de la construcción de ese mundo mecánico perfecto. Es
una visión bien representada en la pasión que la aristocracia y la monarquía de
la época de los Austrias y los primeros Borbones mostraba por los relojes que
se alinean en las extensas colecciones que es posible admirar en cualquiera de
los lujosos palacios de aquella época maravillada por la perfección del
mecanicismo.
Ambas cosmovisiones constituyen sendas filosofías
de interpretación del mundo con una gran influencia sobre las diferentes formas
de construcción del pensamiento científico. El organicismo que Anaxágoras
defendía entre los clásicos helénicos representa una de las primeras
aproximaciones pre-científicas desde la influencia animista, mientras que el
mecanicismo atomista de Demócrito, que también surgió en la Grecia Clásica, constituye
el ejemplo alternativo. La gran influencia de la mecánica de Newton decantó la evolución
de la incipiente ciencia moderna del lado del mecanicismo, consagrado en los
principios filosóficos y metodológicos descritos por Descartes. Del mismo modo
que sucedería con el uniformismo de Hutton, aquellos principios metodológicos
abrieron un camino que posibilitó la construcción de una ciencia empírica,
aunque luego se advertiría que algunos de aquellos moldes resultaban demasiado
estrechos para seguir conteniendo el avance de la ciencia. Desde aquellas
posiciones progresó el positivismo empírico que encontraría en el organicismo y
el vitalismo de los inicios del siglo XX su contrapunto ideológico: frente al
llamado Círculo de Viena, aparecería Whitehead. Como luego veremos, de nuevo
sería necesaria la superación de los estrechos esquemas creados para poder enfrentar
la complejidad de los nuevos retos.
En cierto modo, aunque no de una manera
excluyente, el mecanicismo se verá recogido en las metodologías reduccionistas,
de carácter analítico, en las que el progreso científico surge de la aplicación
de los principios cartesianos: seleccionar los problemas, aislarlos,
descomponerlos y estudiarlos entonces. Por su parte, el organicismo se acomodará
mejor con los planteamientos holísticos, sintéticos: con la visión de la teoría
de sistemas que actualizará y definirá modernamente Ludwig von Bertalanffy en
la primera mitad del siglo XX.
Ambas visiones o estrategias no tienen porqué
resultar incompatibles. Las dos han generado importantes avances: del
mecanicismo deriva toda la física clásica, de la sistémica la teoría de la
información y la comunicación modernas.
En las ciencias naturales han coexistido (aunque
no siempre de forma pacífica) corrientes influidas por ambas filosofías. Hoy es
posible tender puentes que trascienden las visiones clásicas del mecanicismo y
del animismo iniciales. Como ha dicho una de las biólogas actuales más
influyentes, Lynn Margulis (que ya nos ha visitado varias veces en este relato),
en un libro escrito junto a su hijo Dorion Sagan: "Así pues, rechazamos el mecanicismo por ingenuo y el animismo por
acientífico. Aún así, la vida, como comportamiento emergente de la materia y la
energía, es un fenómeno bien comprendido por la ciencia. Schrödinger estaba en
lo cierto al abogar por la investigación de los fundamentos fisicoquímicos de
la vida. También Watson y Crick y los demás físicos y biólogos moleculares que
saludaron la estructura del ADN como la llave de los secretos de la vida. Como
una cuerda que acciona los engranajes blandos de la vida, el ADN se replica y
dirige la producción de proteínas que juntas forman las manchas del leopardo,
las piñas del abeto y los cuerpos vivos en general. La comprensión del
funcionamiento del ADN tal vez sea la mayor revolución científica de la
historia. Aún así, ni el ADN ni ninguna otra clase de molécula puede, por sí
sola, explicar la vida".
Es posible que finalmente se haya abierto el
espacio necesario para el diálogo entre dos visiones del mundo para poder
trascenderlas ambas.
¿Hacia la
unificación?
En los últimos años, han visto la luz varias
propuestas en la línea de una visión integradora y unificadora de las
concepciones sobre la vida y la naturaleza. A los biólogos chilenos Humberto
Maturana y Francisco Varela debemos el concepto de "autopoiesis", propuesto como condición específica de los seres
vivos. Es un concepto presentado por estos autores en 1971 y situado en la
tradición de las ideas sobre autoorganización que derivan de la teoría de
sistemas. Poco antes, el químico Ilya Prigogine había iniciado sus trabajos
sobre las estructuras disipativas capaces de autoorganizarse mediante el paso
de energía a su través, convirtiendo parte de esa energía en orden interno y
exportando entropía al exterior: una idea nacida de las propuestas germinales
de Schrödinger. Entre las estructuras disipativas de las que habla Prigogine se
encuentran todos los seres vivos y los sistemas ecológicos que los albergan,
pero también hay estructuras no vivas como las llamas de fuego, los torbellinos
o ciertas reacciones químicas. Por su parte, la idea de autopoiesis (un término
que significa "creación de sí mismo")
requiere partir de la noción de conocimiento, ya que para sus autores los
sistemas vivos se reconocen esencialmente por tratarse de sistemas cognitivos,
es decir sistemas capaces de conocer.
Un paso más en la línea de las anteriores propuestas
se da con la llamada hipótesis (luego convertida en teoría) Gaia, una construcción teórica debida principalmente
al químico independiente James Lovelock, presentada inicialmente en 1969 y generada
durante su participación en los trabajos de la NASA sobre la invención de instrumentos
para la detección de posible vida en Marte.
Uno de los aspectos más interesantes que
aporta la discutida teoría Gaia es su papel en el camino de integración de
diversos campos del conocimiento, ya que, si bien se originó al pensar en la
capacidad de la vida terrestre no sólo para formar una determinada atmósfera,
sino para mantenerla y regularla conforme a sus "necesidades", la
idea ha ido ampliándose hasta abarcar una concepción general del dinamismo del
planeta. Aunque algunos excesos cometidos en su defensa (y la poco
propiciatoria apropiación que algunos sectores ideológicos más preocupados por
la teología que por la ciencia han tratado de hacer con Gaia) han contaminado la
percepción sobre lo que aporta esa teoría, lo cierto es que la idea-fuerza de
Lovelock contiene aspectos sumamente sugerentes. Como él mismo señaló: "Considerad la teoría Gaia como una
alternativa a la creencia convencional que ve la Tierra como un planeta muerto,
hecho de rocas inanimadas, océanos y atmósfera, meramente habitado por vida.
Consideradlo como un sistema real incluyendo toda su vida y todo su entorno,
íntimamente acoplados para formar una entidad autorreguladora".
Desde este punto de vista, una de las
aportaciones de Gaia reside en poner de evidencia la necesidad de llegar a una
teoría unificada de la Tierra como planeta en donde la vida y la materia inerte
interactúan de una forma estrecha y constituyen un sistema autoorganizado. Gaia
plantea la exigencia de retornar a una concepción sintética de las ciencias
naturales capaz de enfrentarse con el nivel más amplio del concepto de
naturaleza: la de la Tierra como planeta dotado de vida.
A Lovelock le han acompañado en su aventura
de Gaia otros investigadores, entre los que destaca nuestra conocida Lynn
Margulis, autora principal de la teoría de la endosimbiosis que explica el
origen y la evolución de las células eucariotas a partir de diversos mecanismos
de cooperación y simbiosis interna entre varios antecesores procariotas de tipo
bacteriano, una teoría hoy bien aceptada por la comunidad científica.
James Lovelock y Lynn
Margulis junto a la estatua de Gaia
En conjunto, la evolución de las concepciones
sistémicas sobre la vida ha teñido el panorama científico y filosófico de los
últimos años del siglo XX con el surgimiento de las llamadas ciencias de la complejidad, dirigidas a
tratar de comprender los sistemas complejos para los que el conocimiento
detallado de cada una de sus partes, previa disección del todo, no resulta el
método más apropiado de conocimiento, dadas sus características principales de mostrar
“propiedades emergentes”, es decir, propiedades que caracterizan ciertos
niveles de la estructura, pero que no se deducen de los niveles inferiores: la
vida sería un buen ejemplo de todo ello.
En 1979, primero, y luego en 1986, Ilya
Prigogine e
El ya señalado empeño esencial de Pierre
Simon de Laplace, cuya pretensión era poder predecir todos los estados futuros
del universo al ser conocidas todas las fuerzas y todas las posiciones de los
cuerpos, fue empañado de forma definitiva por el Principio de Indeterminación
de Heisenberg (no es posible medir simultáneamente la posición y la velocidad
de una partícula), y ha perdido todo interés para la ciencia moderna: "no son ya las situaciones estables y las
permanencias lo que más nos interesa, sino las evoluciones, las crisis y las
inestabilidades", dirán Prigogine y Stengers.
Se trata, una vez más, de cuestiones
relacionadas con la revolución científica de unas ciencias que intentan
trabajar con la complejidad y, en particular, con la que caracteriza al mundo
natural como objeto del conocimiento y de comprensión. Como ha escrito Claude
Jappart: "El reto, considerable,
consiste en inventar un método científico adaptado a los sistemas naturales
complejos. Así es como podremos invertir el orden de nuestras prioridades.
Hasta el momento hemos tratado de conocer nuestro planeta. Ahora debemos
comprenderlo".
La nueva situación de las cosas exige,
además, un cambio en la posición y el sentido que ocupa la ciencia dentro de la
sociedad, proponiéndose una nueva visión de la ciencia tanto en lo concerniente
a su forma de construcción como en lo que respecta a su función e inserción
social. En definitiva: esa nueva alianza entre la humanidad y la naturaleza por
la que claman Prigogine y Stengers, cuyas palabras escritas hace ya décadas
siguen resonándonos hoy con fuerza: "Es urgente que la ciencia se reconozca como
parte integrante de la cultura en la que se desarrolla" y "Creemos que nuestra ciencia se abrirá
a lo universal cuando cese de negar, de considerarse ajena a las inquietudes y
a los interrogantes de las sociedades en las que se desarrolla; cuando sea
capaz de mantener un diálogo con la naturaleza cuyos múltiples encantos sabrá
entonces apreciar y con los hombres de todas las culturas, cuyas preguntas
aprenderá a respetar".
EPILOGO: EL CONOCIMIENTO
CIENTÍFICO
"Cuando cambian los paradigmas científicos, el
mundo mismo cambia con ellos"
Thomas S. Kuhn
La estructura
de las revoluciones científicas
Las ideas actuales que los científicos
esgrimen sobre el tercer planeta del sistema Solar se centran en explicar la
peculiar realidad de nuestro hogar con respecto al resto de los astros
conocidos. Nuestra atmósfera, por ejemplo, no puede entenderse sin recurrir a
los efectos que la vida ejerce sobre su propia composición gaseosa
(fundamentalmente referida a esa quinta parte de oxígeno molecular, tan característica
de nuestra capa gaseosa, pero también a otras particularidades). Sabemos que la
misma presencia de vida en la Tierra ha posibilitado la existencia de un
microcosmos autorregulado al que llamamos biosfera, que mantiene unas
características ambientales bastante homogéneas y propicias para las formas de
vida que, en número y variedad extraordinarios, la ocupan. Además, los
científicos han comprobado que la parte sólida superficial del planeta,
recubierta aproximadamente en un 70 % por agua líquida con una cierta
proporción de sales disueltas (la parte de la hidrosfera que conocemos como
mares y océanos), mantiene un comportamiento sumamente activo: por ello apenas
quedan rastros en la superficie de nuestro planeta de la colisión de asteroides,
que hubo de ser extraordinariamente frecuente en otros tiempos. Las viejas
cicatrices de ese tipo de colisiones son muy abundantes en todos los otros
planetas sólidos del sistema solar, incluido nuestro satélite particular. Esta
es, pues, otra de nuestras diferencias con el resto de los cuerpos cercanos: la
intensa actividad geológica que actúa sobre su superficie.
Pero tampoco son la erosión y la
sedimentación (procesos fundamentales en la remodelación constante de la
corteza terrestre) los únicos responsables de la rápida desaparición de los
rastros de los impactos: continuamente se están produciendo enormes movimientos
de elevación y hundimiento de las masas superficiales sólidas y rígidas, como
si éstas se encontraran gravitando sobre móviles bases fluidas. Aún más: a lo
largo de grandes periodos de tiempo tienen lugar gigantescos desplazamientos
horizontales de los continentes, que se fragmentan y colisionan con una energía
inusitada. Como conclusión de todo ello, la superficie planetaria ofrece
imágenes cambiantes a lo largo del tiempo y en escalas de decenas a centenares
de millones de años. La Tierra es, en esencia, un planeta en continua
transformación.
Sobre la base sólida del planeta, componiendo
una franja superficial no demasiado gruesa, se instala un espacio virtual que hemos
denominado biosfera por tratarse del lugar que alberga la vida. Aún no sabemos
cuán profundamente en el interior de las rocas de la corteza pueden vivir
algunas bacterias y arqueas (cada vez hay más indicios de que la cifra es mucho
más elevada de lo que suponíamos hasta hace muy poco) y, desde luego, a cierta
altitud en la atmósfera la presencia de organismos vivos se va rarificando
hasta volverse nula. En total, un número inconcebible de criaturas vivas
agrupadas en, tal vez, decenas de millones de especies o unidades evolutivas
comparte el planeta con nosotros, los seres humanos; a la postre una especie
más del amplio espectro de la
En realidad, la misma definición de medio ambiente
está siendo revisada en la actualidad por muchos biólogos y ecólogos, dada la
reciprocidad entre este concepto y el de organismo. Para Lewontin, por ejemplo,
“la tesis de que el ambiente de un
organismo es independiente de ese organismo, y de que los cambios que se
verifican en el ambiente son autónomos e independientes de los cambios que
ocurren en la especie, es claramente falsa”.
Muchos biólogos, con Lewontin, ven una
construcción constante del ambiente por parte de los organismos, de forma que
ese ambiente que se supone que les condiciona, sería, en buena manera, el
producto de lo intervenido o afectado por el propio organismo. Un buen ejemplo
desde el que entender lo anterior reside en pensar en la masa de aire que nos
rodea y con la que nuestra piel está en contacto: se trata de una
microatmósfera modificada en muchas de sus características (temperatura,
humedad, etc.) por la acción de nuestra propia piel; de ahí que cuando hace
viento y parte de esa masa de aire que nos rodea es apartada de nosotros, sintamos
frío. Por supuesto, se puede acudir a numerosos otros ejemplos a la hora de
tratar de comprender esta idea: desde la construcción de presas por los
castores, a los efectos de las raíces de las plantas sobre el suelo o de las
hojas sobre el sotobosque.
Estas ideas son importantes porque afectan a
la idea de adaptación, ese concepto
esencial en la evolución biológica que suscita en la actualidad buena parte de
los debates sobre el grado y la forma en que intervienen la selección natural y
otros factores en el proceso evolutivo.
Los ecólogos, en cualquier caso, están empeñados
en tratar de entender los procesos que dirigen el funcionamiento de aquellas entidades
que agrupan a las comunidades de seres y a los factores no vivos de los
ambientes en donde viven. Con ello han construido la noción de ecosistemas, y
los estudian con la vista puesta en las relaciones que establecen entre sí sus
elementos (especies y factores abióticos del medio, como la temperatura o la
luminosidad, el relieve y el espacio en el que todos ellos tienen lugar). De
este modo, se ha establecido el objetivo científico del programa de investigación
de la ecología, especificado en aquella definición, tan precisa como breve, de
Ramón Margalef: la ecología es la ciencia
de los ecosistemas.
Los ecosistemas, además, cambian con el
tiempo, se autoorganizan y también sufren los efectos de factores exteriores. En
la actualidad la mayoría de ellos se ven condicionados por causas humanas.
Algunos se ven alterados en su composición, sufren invasiones de especies desde
otros ecosistemas; o se simplifican como consecuencia de impactos externos
graves. En ausencia de agentes externos, la evolución del ecosistema deriva de
las propias relaciones internas establecidas entre sus componentes: en general,
puede hablarse de tendencias comunes que caminan en un mismo sentido cuando no
hay presiones humanas condicionantes. Así, la mayoría de los ecosistemas
tienden, con el tiempo, a incrementar su diversidad biológica, a complicar la red
de relaciones que traban entre sí a los organismos que los componen y los
relacionan con el medio abiótico en que se desenvuelven; a favorecer la presencia
de organismos especialistas en el uso de recursos específicos y a restringir la
de los generalistas u oportunistas, a incrementar la biomasa total que
albergan, a ralentizar la tasa de renovación de sus flujos de materiales,…. Estas
son algunas de las pautas que constituyen la “sucesión ecológica”, ese complejo proceso dinámico de modificación
en el tiempo donde interviene también la propia evolución biológica y los
efectos de la biogeografía o distribución de los seres vivos por la superficie
del planeta.
La Tierra y la vida se caracterizan, así, por
una tensión permanente entre el cambio y la
estasis o permanencia. Se constituye de este modo un juego dinámico en el
que la autoorganización de la vida toca su incesante y cambiante melodía sobre
un planeta aún condicionado por la energía que almacena en su interior y
alimentado ecológica y climáticamente por la que le llega desde una estrella
que lo mantiene anclado a un sistema de astros con los que danza permanentemente
por la galaxia en la que se formó hace casi 5.000 millones de años.
Esta danza de un planeta en constante
transformación por el universo es una metáfora de la visión de la ciencia
moderna sobre la Tierra. A su vez, forma parte de una interpretación científica
que ha exigido mucho tiempo y esfuerzo construir a partir de razonamientos,
observaciones, experimentaciones, discusiones y acuerdos, en los que han
intervenido en grado diferente cientos, miles…, tal vez cientos de miles de
personas. La historia moderna de la ciencia, iniciada en la estela del Renacimiento
e impulsada con el alba de la Ilustración, nos ha legado un mecanismo para la
comprensión racional desde el que hemos ido tejiendo la interpretación más
fidedigna posible de la realidad que nos rodea y que está en nosotros mismos:
la naturaleza del tercer planeta del sistema Solar.
En ese camino, la persecución del misterio que
esconde el reemplazo de unas especies por otras se ha producido conforme
avanzaba el desentrañamiento de la composición, la estructura y el dinamismo de
la Tierra. Conocer la forma y los mecanismos mediante los que se originó la
vida y saber más sobre la manera en que se alcanzó y mantiene la actual
diversidad de organismos vivos representa un relato de investigación y debate
científico que ha discurrido de forma pareja y a veces entrelazada con el
camino trazado en pos de la explicación sobre los porqués de las grandes
cordilleras, sobre los enigmas de los fondos marinos o acerca de la
justificación de la existencia de terremotos y volcanes.
Hoy sabemos (cualquier texto de ciencias
naturales lo explica) que la Tierra esta estructuralmente organizada en capas
de materiales diferentes. El núcleo, el manto y la corteza aparecen dibujados
en los esquemas más básicos sobre el interior de nuestro planeta, a pesar de
que nunca nadie ha conseguido ver ni obtener un solo pedazo de roca u otro
material directamente procedente del núcleo, por ejemplo. Ponemos incluso
cifras precisas a los límites, de forma que aprendemos que a los 2.900
kilómetros de profundidad el manto da paso al núcleo. Un núcleo que representamos
dividido en dos porciones, con una externa líquida y otra interna sólida, una
estructura que podría explicarse por la existencia del campo magnético generado
al sedimentarse pequeños fragmentos de material sólido cuyo movimiento de caída
motivó que Cristóbal Colón se pudiera guiar por brújulas para llegar hasta las Américas,
aunque él en realidad buscara la tierra de las especias.
Los métodos de indagación a distancia del
interior de nuestro planeta se parecen considerablemente a los que utiliza la
moderna medicina para conocer nuestras interioridades sin necesidad de cirugía.
Las tomografías sirven tanto para una cosa como para la otra, y del mismo modo
que somos capaces de "trocear" en secciones el interior humano,
podemos obtener imágenes sobre los ascensos y los descensos de masas ingentes
que fluyen desde el núcleo hasta la litosfera del planeta o viceversa.
También tenemos noticia fidedigna sobre la
compleja estructura de cada capa de la Tierra gracias a la reflexión y
refracción de las ondas sísmicas o por la manifestación de efectos físicos a
distancia, como pueden ser la generación de calor, la gravedad o el magnetismo.
Sabemos que el material del manto, sometido a altísimas temperaturas y
presiones, se comporta como un sólido que fluye lentamente y en el que, como
sucede con el agua de una olla calentada por su parte inferior, las corrientes
de convección originan movimientos internos de distribución del calor con la
masa del material, componiendo un ir y venir, un ascender y descender de masas
calientes y frías. Si el fluir de un sólido nos sorprende, no es difícil
encontrar el fenómeno en lugares mucho más próximos, como en las largas lenguas
glaciares que avanzan deslizándose por las laderas de las cordilleras
continentales más elevadas o sobre los casquetes glaciares.
En el caso de la Tierra, poseemos muchos
datos que nos permiten pensar que los movimientos del manto, aunque todavía no
bien comprendidos, son capaces de producir efectos relevantes en la superficie
rígida de la corteza, de la misma manera que el fluir profundo de una sopa
densa altera la espuma casi sólida que forma su superficie fría. Por eso es por
lo que las masas continentales llegan a fracturarse en muchos puntos, generando
enormes líneas de ruptura por las que surgen los materiales volcánicos líquidos
y gaseosos y trepida la tierra debido a las fricciones generadas entre unos
bloques y otros. En unos lugares, la distensión produce enormes suturas en
forma de gigantescos valles lineales de perfiles verticales y fondos
relativamente planos, por donde salen los magmas que construyen cadenas de volcanes
y cuyas depresiones acogen grandes lagos salinos, como ocurre hoy en día en el
Gran Valle del Rift africano, un área que enlaza las zonas de los Grandes Lagos
de Kenia y Tanzania con la región etiópica del Mar Rojo.
Aquel mismo fluir de masas por el interior
del manto explica la formación de las gigantescas trincheras submarinas que forman
profundas fosas por donde el agua y los sedimentos descienden más de 11.000
metros bajo la superficie azul de los océanos. Se trata de inmensas simas que
tragan lentamente ingentes masas de rocas del fondo marino para regresarlas al
calor materno del manto, mientras los sedimentos marinos, más ligeros, son empujados
contra el otro lado de la trinchera y forman cúmulos gigantescos que se
pliegan, flexionan, fracturan y cabalgan sobre sí mismos, componiendo enormes
cordilleras capaces de elevarse varios miles de metros sobre la superficie
teórica del geoide terrestre; o construyen arcos insulares dotados de una
intensa actividad volcánica, como sucede en el llamado Cinturón de Fuego del
Océano Pacífico.
También hemos adquirido una aceptable
comprensión de los mecanismos mediante los cuales se diversifica y evoluciona
la vida. Somos capaces de explicar con un grado considerable de rigor y
precisión los procesos por los que se originan nuevos tipos de seres vivos; conocemos
cómo la herencia, representada en las secuencias de nucleótidos que componen
ese largo hilo del mensaje de la vida que es el ácido desoxirribonucleico (el famoso
ADN), es capaz de transmitir de una generación a otra la información sobre la
forma de construir un determinado ser vivo; sabemos que esa macromolécula que compone
los cromosomas de las células en división puede alterarse y verse mediatizada
por los efectos transformadores de otras moléculas o por radiaciones capaces de
modificar su secuencia, el orden de sus instrucciones o el propio mensaje:
sabemos que ello produce mutaciones que, por lo general, resultan perniciosas
para sus portadores, pero que también forman la base sobre la que la vida hace
descansar su potencial de permanente transformación y evolución. Incluso podemos
argumentar razonablemente acerca de la existencia de técnicas de supervisión y
reparación de los errores que se cometen al producirse la duplicación de la
información genética, sobre los mecanismos de última línea en el control de
tales errores, aquellos que llevan incluso a la aparición de programas para la apoptosis o "suicidio celular":
mecanismos que son, hoy, objeto preferente de investigación por su importancia para
la comprensión y mejora de los tratamientos contra el cáncer.
Y podemos tratar de ir desde el gen al
ecosistema, en una escala de niveles jerárquicos autoensamblados, a través de
una ciencia capaz de proponernos un orden coherente, aunque todavía incompleto,
desde el que podamos intuir la enorme complejidad de la trama de la vida, atisbar
los factores que limitan o condicionan la existencia de los seres vivos y vislumbrar
las adaptaciones de que éstos se dotan con el fin de sobrevivir.
Así, hemos conseguido reconstruir una
historia documentada de la vida sobre el planeta, un escenario de 4.500
millones de años en el que la vida lleva actuando casi 4.000. En esa historia conocemos
hitos excepcionales ("transiciones
principales" las han denominado John Maynard Smith y Eörs Szathmáry), como
son el paso desde las moléculas replicantes a las poblaciones de moléculas protegidas
por compartimentos protocelulares, la formación de las células eucariotas a
partir de la organización procariota (sin núcleo ni orgánulos) o el salto desde
los organismos unicelulares hasta los pluricelulares. Para cada uno de estos
hitos (Maynard Smith y Szathamáry describen ocho, aunque reconocen nueve) poseemos
explicaciones bastante buenas: mecanismos viables.
El panorama reconstruido de la historia de la
vida nos ofrece también información sobre la existencia de periodos
asombrosamente creativos, en los que la vida se multiplicó y diversificó de manera
exorbitante, frenética. Eso es lo que ocurrió en los albores del Cámbrico. Pero
otros momento se parecen más a la crónica de un Armagedón: fueron tiempos de
destrucción masiva, de caos; en ellos, el hachazo brutal de la extinción
alcanzó cimas inauditas durante las cuales desapareció una gran cantidad de
tipos de organismos que representaban otras tantas apuestas evolutivas
cercenadas; eso es lo que sucedió en la frontera entre el Pérmico y el
Triásico, donde se cavó una enorme tumba en la que descansan los cadáveres fosilizados
de más del 90% de las especies de animales marinos que existían anteriormente.
Somos afortunados por contar con una
explicación que nos permite disfrutar de forma aún más generosa del maravilloso
mundo que nos rodea. Por ella somos herederos del esfuerzo de muchos hombres y
mujeres que supieron anteponer la fuerza de la razón a la intransigencia de los
dogmas, que suele ser la “razón de la fuerza”; que consiguieron dotar de
sentido y coherencia racional a unos hechos que acaecen día a día o que están
impresos en las rocas y las formas que proceden del pasado, pero que no eran
fáciles de ver y menos de desentrañar. Vivimos en un momento de la historia en
el que se da el mayor porcentaje de hombres y mujeres dedicados
profesionalmente a la ciencia que nunca ha habido. Paralelamente, podemos
disfrutar de un panorama rico en cantidad y calidad de instrumentos, medios e
instalaciones para ayudarnos a entender el mundo, desde libros o vídeos hasta
museos de la ciencia, construcciones dedicadas a explicar y divulgar esa parte
sustancial de la cultura moderna que es la ciencia. De nuestra voluntad y de nuestras
ansias por saber, experimentar y deducir dependerán en gran manera nuestra
capacidad para asombrarnos y poder disfrutar con una de las facetas del ser
humano que más satisfacciones puede reportarnos: el conocimiento del planeta
que habitamos.
Porque no es preciso ser un científico para
participar de la aventura del conocimiento científico: tan sólo hay que ser un
ser humano.
ALGUNA BIBLIGRAFÍA CON LA
QUE AMPLIAR LO TRATADO
A continuación, se ofrece un listado de algunos de
los principales libros mencionados en el texto o que pueden resultar útiles a
la hora de ampliar algunas de las cuestiones tratadas anteriormente. Se trata
de una lista totalmente subjetiva en la que, aunque probablemente todo lo que
está, es (pertinente), indudablemente no está todo lo que es.
Anguita, F. Biografía de la Tierra. Aguilar: Madrid. 2002.
Arnold, D. La naturaleza como problema histórico. Fondo de Cultura Económica:
México. 2000.
Arsuaga, J. L. El enigma de la esfinge. Plaza y Janes Editores: Barcelona. 2001.
Bowler, P. J. Historia Fontana de las ciencias ambientales. Fondo de Cultura
Económica: México. 1998.
Cabezas Olmo, E. La Tierra, un debate interminable. Prensas Universitarias de
Zaragoza: Zaragoza. 2002.
Darwin, Ch. Viaje de un naturalista alrededor del mundo. Akal editor: Madrid.
1983 (hay también edición reciente en Miraguano Ediciones: Madrid. 1998)
Deléage, J.P. Historia de la ecología. Icaria
editorial: Barcelona. 1993.
Dennet, D. La peligrosa idea de Darwin. Galaxia Gutenberg - Círculo de
lectores: Barcelona. 1999.
Fernández-Armesto, F. Civilizaciones. La lucha del Hombre por controlar la naturaleza.
Taurus: Madrid. 2002.
Fernández Pérez, J. Humboldt. El descubrimiento de la naturaleza. Nivola, libros y
ediciones: Tres Cantos. 2002
Gomis, A. Mendel.
El fundador de la genética. Nivola libros y ediciones: Tres Cantos. 2000.
González Bueno, A. Linneo. El príncipe de los botánicos.
Nivola, libros y ediciones: Tres Cantos. 2001.
Gould, S.J. Ocho cerditos. Ed. Crítica. Barcelona: 1994
Gould, S.J. La grandeza de la vida. Ed. Crítica: Barcelona. 1997.
Gould, S.J. Las piedras falaces de Marrakech. Ed. Crítica: Barcelona. 2001.
Hallam, A. Grandes controversias geológicas. Ed. Labor S.A. Barcelona: 1985.
Hallam, A. De la deriva de los continentes a la tectónica de placas. Ed,
Labor. Barcelona: 1989.
Lewontin, R. Genes, organismo y ambiente. Gedisa Editorial: Barcelona. 2000.
Lovelock, J. Las edades de Gaia. Tusquets Editores: Barcelona: 1993.
Margulis, L. y D. Sagan. ¿Qué es la vida? Tusquets Editores: Barcelona. 1996.
Maynard Smith, J. y Szathmáry,
E. Ocho hitos de la evolución.
Tusquets Editores: Barcelona. 2001.
Milner, R. Diccionario de la evolución. Biblograf SA: Barcelona. 1995.
Pascual Trillo, J. A. El teatro de la ciencia y el drama ambiental.
Miraguano Ediciones: Madrid. 2000.
Pascual Trillo, J. A. La vida amenazada. Cuestiones sobre
Ruse, M. El misterio de los misterios. Tusquets Editores: Barcelona. 2001.
Sánchez Ron, J. M. El Siglo de la Ciencia. Taurus: Madrid.
2000.
Varios Autores. El regreso de Humboldt. Exposición en el
Museo de la Ciudad de Quito. Junio-agosto del 2001. Museo de la Ciudad de
Quito. Asociación Humboldt-Centro Goethe. Embajada de la República Federal de
Alemania. Quito. 2001
Wagensberg, J. Ideas para la imaginación impura. Tusquets Editores: Barcelona.
1998
Wegener, A. El origen de los continentes y océanos. Círculo de Lectores: Barcelona.
1996
Weiner, J. El pico del pinzón. Galaxia Gutenberg - Círculo de Lectores:
Barcelona. 2002.
Wilson, E.O. Consilience. La unidad del conocimiento. Galaxia Gutenberg -
Círculo de Lectores: Barcelona. 1999.
Wilson, J. T. Avances en las ciencias geológicas. En: Fifield, R. (coordinador) Formación de la Tierra. Ed. Pirámide:
Madrid. 1987.
Wilson, J.T. Revolución en las ciencias de la Tierra. En: Domingo Morató, M.
Homenaje a Tuzo Wilson. Enseñanza de las Ciencias de la Tierra 1
(2). Octubre de 1993.


