El Arca de la Biodiversidad (de genes, especies y ecosistemas)

 

 

 

 

EL ARCA DE LA BIODIVERSIDAD

 

 (DE GENES, ESPECIES Y ECOSISTEMAS)

 

                              

          José Antonio Pascual Trillo

  


PREMIO PRISMA CASA DE LAS CIENCIAS 1996,

 Casa de las Ciencias

(Museos Científicos Coruñeses)

A Coruña

 

 

CELESTE EDICIONES


 1997

 

 

 ISBN 84-8211-103-5 

Depósito legal: M. 34.947-1997

 

 

    

 

 

 

 

 

 

En la memoria colectiva de los pueblos mesopotámicos y mediterráneos permanece una leyenda mitológica que recogen tanto la Biblia como el Gilgamés. Según ésta, los hombres hubieron de embarcarse en una gran Arca con todos los seres vivos para superar así un ambiente hostil, representado por un diluvio universal. El Arca salvadora simboliza la biodiversidad indispensable para poder habitar el planeta.

 

 


 

 

                                                ÍNDICE

  

 

INTRODUCCIÓN

 

Agradecimientos

 

0.      La Diversidad de la Vida

Un Acuerdo para la Vida

1.       El Arca de las Especies                  

La Idea de Especie

¿Cuántas Especies?

Funciones y Servicios Ecológicos de las Especies

El Final de las Especies

2.       El Arca de los Genes                                               

La Intuición del Gen

La Diversidad Domesticada, Creada y Expoliada

3.       El Arca de los Ecosistemas                            

La Noción de Ecosistema

La Diversidad en Ecología

Ecosistemas y Biodiversidad

¿Cuántos Ecosistemas?

La Aproximación Ecosistémica

El Valor de la Biodiversidad

4.       Bibliografía Citada     

 


                                                                  

                    INTRODUCCIÓN

 

 

 

 

Cada gen, especie o ecosistema perdido representa la pérdida de una opción disponible para adaptarse al cambio local o global.

 

                               Elizabeth Dowdeswell

Directora del Programa de Naciones Unidas

                            para el Medio Ambiente

 

 

Más del cuarenta por ciento de la economía mundial y el ochenta por ciento de las necesidades de los pobres del mundo dependen de la diversidad biológica.

 

                                         Calestous Juma

                            Secretario Ejecutivo del

     Convenio para la Diversidad Biológica

 

 

 

 

Cuando, frente a la ría de Muros i Noia, en un escenario tan magnífico como evocador, escribía este libro, pensaba que no es difícil apreciar el valor de la naturaleza para nuestras vidas. Motivos, desde luego no faltaban: desde las múltiples celebraciones de las aldeas y pueblos cercanos, a menudo centradas en exaltar las aportaciones de la naturaleza a la gastronomía gallega: Festas do Polbo, do Mexilón e Berberecho, da Cigala, do Percebe,...; hasta la propia manifestación libre y gratuita que nos ofrecía  diariamente la vida silvestre, los delfines que remontaban en los atardeceres la ría, pegados a las rocas de la costa meridional, o una pareja de Zarapitos Trinadores que se demoraba por la playa de Caveiro en un día algo más sombrío de lo que tal vez gustaba a los ya escasos bañistas, advirtiendo -ambas cosas- que el estío iba tocando a su fin.

Sin embargo, no siempre los hombres y mujeres somos suficientemente conscientes de la estrecha ligazón que nos une al resto de los seres vivos de la Tierra. A veces, incluso, el conjunto de nuestras acciones nos lleva hasta el borde del precipicio y nos coloca en la situación de quien corta distraída y estúpidamente la rama del árbol sobre la que está sentado.


Esta posición insostenible ya nos ha sido advertida por numerosos indicadores que han pasado a teñirse con el rojo del aviso. La ciencia ha empezado a comprender una pequeña parte de lo que está ocurriendo y algo del por qué ocurre, pero muchas de nuestras acciones aún preceden peligrosamente al conocimiento.

Hace ya casi tres años que el Convenio sobre la Diversidad Biológica entró en vigor para la mayor parte de los Estados del mundo (España entre ellos). La amenaza de una extinción masiva de especies silvestres, la degradación de los ecosistemas como una metástasis descontrolada que avanzara por doquier, y la pérdida de la riqueza genética de las poblaciones silvestres y domesticadas son, con la propia amenaza del Hombre para el Hombre, los motivos que impulsaron a adoptar este tratado.

Hoy, algo lejanos ya los ecos de la Cumbre de Río de Janeiro, donde se pide un cambio en el modelo mundial de relación entre el desarrollo y el medio ambiente, las cosas no han mejorado perceptiblemente.

La biodiversidad, un término que hizo fortuna desde que los científicos advirtieron de la gravedad de la reducción en la variedad de las formas de vida del planeta, constituye un requisito básico, indispensable, en la estabilidad del ecosistema Tierra, al que hemos empezado a llamar familiarmente Gaia. El conocimiento y la comprensión de la biodiversidad en las diferentes escalas que la componen (genes, especies y ecosistemas) es, hoy, mucho más que un reto científico: es una condición para la supervivencia. 

Lejos de proseguir simplificando y vulgarizando un planeta tan pletórico de vida como el que hemos recibido, hemos de aprender a convivir respetando a nuestros vecinos. Las generaciones que vendrán no nos pueden permitir que el Mundo "que nos han prestado por anticipado" se lo leguemos empobrecido y moribundo.

La Ciencia tiene, sin duda, un papel destacado en este reto.

La Sociedad, la última palabra.

 

 

                          José Antonio Pascual Trillo

 

 

 

 

                        Agradecimientos

 

 

Escribir un libro constituye un ejercicio que demanda muchas ayudas.

Eso hace que se haga prácticamente imposible constar todos los agradecimientos necesarios.

De todas formas, éstos son, en este caso, algunos de los indispensables:

 

A la Casa de las Ciencias de La Coruña, cuya labor de divulgación científica le hace merecedora del reconocimiento social y cultural de todos.

 

A Celeste Ediciones, por hacer realidad la conversión de un texto inédito en un libro.

 

A Esteban Hernández Bermejo, por su amabilidad de prologar este texto.

 

A todos aquellos que aparecen como protagonistas o son mencionados directa o indirectamente en el libro, por cuanto su quehacer ha hecho posible su redacción.

 



A Juan Antonio Garzón, Carmen Fernández, Marina y Lucía, por su hospitalidad generosa y reiterada

(en su casa de Caveiro encontré el marco ideal para culminar este libro).

 

A Miriam García, que tuvo la paciencia de leerse los borradores y

 contribuir con acertadas sugerencias a su mejora.

 

A Alicia Fernández, cuya compañía es siempre fundamental.

 

Dado que el agradecimiento más básico ha de dirigirse a quienes más se debe,

este libro está dedicado a mi madre y a la memoria de mi padre.

 

Y, por supuesto, a los lectores.

 


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LA DIVERSIDAD DE LA VIDA

                                                                                

 

 

 

UN ACUERDO PARA LA VIDA

 

 

LA DIVERSIDAD DE LA VIDA

Memoria de una larga y apasionante aventura

 

La vida sobre la Tierra puede estar a punto de cumplir su fiesta de aniversario número 4.000 millones, si es que no lo ha hecho ya: como sucede con algunos venerables ancianos, no hay constancia exacta de la fecha de su nacimiento.

Es seguro que ninguna forma viva de las pioneras podrá hoy celebrarlo, ni tal vez quede estirpe que pueda presumir de haberse mantenido invariada desde entonces, aunque probablemente en el fondo de algunos lodazales a los que no alcanza el oxígeno de la atmósfera habiten células no muy diferentes de las que iniciaron la larga y trepidante aventura de la vida sobre un entonces joven planeta.  Esos seres primitivos han de ser formas ovoides muy sencillas con una estructura al modo bacteriano. Deben componerse tan sólo de unos pocos ácidos nucleicos y escasas proteínas que ellas mismas se fabrican, algunas de las cuales servirán para realizar unas cuantas actividades metabólicas fundamentales, desde luego muy diferentes a las que suceden diariamente en el interior de nuestras propias células.

 

Hace muy poco una de esas candidatas a "abuelas de la vida" ha sido analizada genéticamente por un grupo de investigadores. La han denominado Methanococcus jannaschii, más coloquialmente: "Arqueón". Es una de las formas de organización más simples que se conocen, encuadrada en el selecto grupo de las arqueobacterias, pero lo más sorprendente es que apenas comparte un 44 por ciento de su información genética con el resto del mundo biológico conocido: se trata de un lejano pariente (y francamente especial).

 

Las pequeñas arqueón viven, al parecer, en las chimeneas termales por donde las dorsales oceánicas expelen calor y gases mientras crece y se expande el fondo oceánico del Pacífico; al menos allí es donde fueron encontradas por el submarino de bolsillo "Alvin" durante una de sus solitarias expediciones de 1982. Arqueón formaba parte de un extraño mundo aislado que ha irrumpido en el conocimiento humano como un elefante en una cacharrería, rompiendo, con su excepcional riqueza y diversidad de formas vivas, muchos de los esquemas que la ciencia se había construido sobre la vida en los fondos marinos.

Mientras, estas bacterias arcaicas, indiferentes a la cuestión de su relación evolutiva con los otros seres vivos, se limitan a fabricar metano, hábito que les ha supuesto el nombre con el que los científicos las han bautizado. Para ello, toman anhídrido carbónico e hidrógeno, ambos abundantes en sus guaridas profundas, y desarrollan su plácida y dilatada existencia; eso sí, suficientemente alejadas de todo vestigio del letal oxígeno que, en algún momento muy lejano (pero que, tal vez, Arqueón no ha olvidado), empezó a acumularse sobre la superficie del planeta, expulsando a casi todos los de su estirpe.


Ajenas a los desvelos humanos por conocer acerca del origen de la vida, se limitan a vivir a temperaturas que casi alcanzan las del punto de ebullición del agua (exactamente entre los 48 y los 94º centígrados parece estar lo que consideran un ambiente confortable), mientras los científicos que ahora las contemplan se ponen de acuerdo para buscarles un lugar (en cualquier caso honorable) sobre la compleja trama del árbol de la vida: ese del que todos formamos parte, componiendo una abundante, diversa y no siempre bien avenida familia.

 

En un tiempo aún anterior a Arqueón, las condiciones ambientales favorecieron un intenso dinamismo químico entre las sencillas y dispersas moléculas del primer medio ambiente. Las tormentas eléctricas, los procesos volcánicos y la radiación del sol (que entonces llegaría íntegra hasta las desnudas rocas sin que ninguna Capa de Ozono ejerciera de filtro para las ondas ultravioletas) alimentarían de energía esos procesos. Mucho tiempo después, en 1953, Stanley Miller y Harold Urey, siguiendo la estela de las propuestas del bioquímico ruso Alexander Ivanovich Oparin, consiguieron reproducir algo parecido a ese ambiente primario. Al otro lado del cristal de los matraces donde se trataban de emular las condiciones prebióticas del planeta, empezaban a aparecer las primeras y más sencillas moléculas de la vida[1].

 

Algunas de las primeras células debieron quedar atrapadas en lugares de intensa acumulación mineral, terminando por fosilizarse en sus tumbas hasta ir a formar parte del interior de aquellas rocas que se estaban creando. La mayor parte de estos registros de la primera vida se perdieron con la erosión y el desmenuzamiento de las piedras que los portaban, o bien éstas fueron fundidas y alteradas, pero unas pocas resistieron casi intactas hasta nuestros días en unos cuantos puntos del planeta. Esto sucedió, por ejemplo, en localidades de lo que hoy es Sudáfrica, donde los lodos que servían de hábitat a las bacterias quedaron sepultados bajo avalanchas de materiales efusivos volcánicos. Como nos recuerdan Lynn Margulis y su hijo Dorion Sagan en su condensada y amena epopeya sobre el dilatado transcurso de la vida sobre la Tierra[2], fue el famoso paleobotánico de Harvard, Elso Barghoorn, ya fallecido, quien rompió por primera vez ante un microscopio una de aquellas rocas volcánicas, sacando a la nueva luz del planeta y de la ciencia (tres mil cuatrocientos millones de años más viejos), el recuerdo diminuto y fósil de las bacterias que yacían petrificadas en lo que hoy son los alrededores de la ciudad sudafricana de Fig Tree.

Mucho tiempo y muchos acontecimientos han transcurrido desde que las lavas recubrieron y convirtieron en minúsculas huellas fósiles aquellas desafortunadas bacterias de los albores de la vida. Hoy, las rocas que se formaron al enfriarse el magma vomitado por la Tierra sobre los incautos microorganismos forman parte de un país (Sudáfrica) habitado por una comunidad de seres vivos cuya variedad total, aunque nos es desconocida en toda su magnitud, es, sin ninguna duda, mucho más elevada que la de los tiempos en que se enfriaban las rocas de Fig Tree. Tan sólo entre los seres vivos más parecidos a nosotros, hay censadas allí 247 especies de mamíferos, 774 de aves, 299 de reptiles y 95 de anfibios. Ninguna de ellas, ni de otras formas que hoy reconocemos como habituales, existía cuando entró en erupción el bactericida volcán del Arqueense.

 

Las rocas de Sudáfrica, en su condición de cámaras mortuorias que navegan por el tiempo arrastrando en su panza los cadáveres de las primeras bacterias, son semejantes a muchas otras que se han encontrado por tierras de Australia o del Canadá, sobre los cratones que forman las zonas más estables y viejas de los escudos continentales, allá donde se ubican los recuerdos más antiguos e inalterados de los primeros tiempos. En Australia, por ejemplo, hay rocas que conservan las más antiguas huellas de seres vivos que hayamos podido ver: son los microfósiles de Warrawoona, en los que se observan formas bacterianas esféricas y en alineados filamentos, muy similares a los que hoy constituyen las actuales cianobacterias.

 

Después de aquellos iniciales momentos vendrá la mayor revolución de la vida en términos de modificación de las condiciones de habitabilidad del planeta. El descubrimiento de nuevos mecanismos ingeniados para atrapar la energía solar y lograr la rotura de las moléculas de agua (lo que, sin pretenderlo, iba llenando de oxígeno la atmósfera) fue el inicio de un cambio planetario de consecuencias espectaculares. La fotosíntesis fue la última responsable de la modificación drástica de la atmósfera primigenia (aquella de carácter reductor que gustaba a nuestra amiga arqueón) hasta convertirla en la actual capa gaseosa donde la oxidación es el destino inevitable de todo compuesto susceptible de ceder electrones. Este paso supuso, si no la desaparición, sí al menos la relegación de las formas bacterianas iniciales a unos pocos reductos marginales y protegidos, mientras las nuevas dueñas de la situación, aquellas células que supieron adaptarse a las nuevas condiciones que la propia vida había creado, ocuparon la mayor parte del espacio existente.

 

El nuevo ambiente, incluyendo algunos rasgos climáticos generales, parece haberse mantenido asombrosamente estable durante mucho tiempo. Ésto constituye para algunos investigadores como la ya mencionada Lynn Margulis y el químico James Lovelock, un indicio irrefutable del funcionamiento global de la biosfera al modo de un "sistema homeostático", es decir, algo capaz de mantener regulado su propio ambiente de acuerdo con sus "necesidades".

 

Actualmente, en varios lugares del planeta (como en la hipersalina laguna Hamelin de la costa Oeste de Australia), se pueden encontrar a poca profundidad o incluso aflorando de las aguas, unos montículos rocosos cubiertos en su superficie por capas gelatinosas y formados por estratos duros en su interior. Son el producto de la actividad de millones de minúsculas cianobacterias fotosintetizadoras que dedican sus vidas a capturar la luz solar que incide sobre la superficie de sus montículos, activando de este modo su química vital (su metabolismo) y mezclando la gelatina segregada (que les protege de la radiación ultravioleta) con fragmentos de arenas. De este modo, se van añadiendo constantemente nuevas capas endurecidas que, sucesivamente, van tapando los lechos de las bacterias superficiales. Estrato tras estrato, crecen estos extraños y ancestrales montículos llamados estromatolitos (lo que significa "lechos rocosos") hasta componer un paisaje peculiar.

Esos montículos silenciosos y arcanos de las lagunas someras son la herencia directa y el recuerdo vívido de algunos de los primeros seres vivos, viviendo hoy tal y como debieron hacerlo sus tatarabuelos lejanos. Cuando nos acercamos a ellos es fácil que nos invada un vértigo maravilloso: no es otro que el de sentir el latido primigenio de la aventura de la vida mirándonos, casi invariable, desde una historia de miles de millones de años.

 


Junto a estas reliquias vivas (que son una manifestación del éxito permanente que han tenido algunas de las primeras "invenciones biológicas"), hoy pueblan el planeta una miríada de otras formas vivas que componen comunidades tan complejas y variadas como las de los arrecifes coralinos o los bosques húmedos tropicales.

Esta magnífica diversidad, que es producto tanto de la compleja evolución estructural de las agrupaciones de organismos vivos, como del imparable proceso de especiación y diversificación de la vida, es la que ha hecho habitable el planeta para una especie como la nuestra: un simple tipo de primate recién llegado, cuya mayor especialización biológica radica en la alta complejidad de funciones que adquiere una parte de su sistema nervioso central, aunque para ello no haya hecho falta más que unas mínimas variaciones en las comunes secuencias de genes que constituyen los cromosomas del gran grupo de los póngidos y homínidos: gorilas, chimpancés, orangutanes y humanos (nada que ver con aquella brutal diferencia genética que realza el misterio de arqueón).

 

A toda esta vorágine actual de formas vivas diferentes, a sus agrupaciones y a sus variedades genéticas es a lo que hoy llamamos biodiversidad, un término acuñado por un funcionario de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, de nombre Walter Rosen, que lo propuso con la idea de hacer más "pegadizo" el título de "diversidad biológica" que presidía el Foro científico convocado en aquel año de 1986 en Washington. Ciertamente, Rosen consiguió su objetivo en una medida mayor que la de sus pretensiones primeras, como recuerda en su magnífica biografía[3] el "naturalista" Edward O. Wilson (que será un ilustre y asiduo visitante en nuestro relato). La biodiversidad, pues, constituye la muestra más palpable de que la diferencia es buena compañera de la complementariedad, la estabilización ecológica y la supervivencia en la historia de la vida. Es más, se trata de una condición por la cual la vida parece haber llegado a ser casi indestructible y, a la par, maravillosa. Una gran lección que buena parte de la humanidad ha olvidado y que es preciso recuperar.

 


MUY CERCA Y MUY LEJOS DE LA CUNA DE LA HUMANIDAD

 

De Nairobi a Río de Janeiro.

 

Laetoli es una localidad ubicada en la actual Tanzania. Hace tres millones setecientos mil años, tres primates[4] caminaban por la extensa llanura recién cubierta de las cenizas depositadas desde el cercano volcán Sadiman. Posiblemente se trataba de un grupo familiar. Abría la marcha un macho, al que seguía la que parece una hembra (¿o quizás sea un joven?). Ésta, de repente, abandonó los saltos que venía dando y miró hacia su izquierda, tal vez atraída por algún animal de la sabana. Tras ellos, quizás una cría seguía, pensativa, los pasos del macho primero. A su alrededor, otros animales -elefantes, antílopes, pintadas, liebres...- también cruzaban la planicie sobre la misma blanda capa de cenizas. El rastro de huellas de los pies de los tres Australopithecus afarensis, da fe de su caminar erguido, mientras permanecían vigilantes a las actitudes de los otros animales que compartían con ellos el espacio africano, a lo peor sus posibles predadores o, quizás, alguna presa que llevarse a la boca. Tras su paso, una fina lluvia endureció las huellas de sus pisadas sin deformarlas y nuevas capas de cenizas cayeron después, arrojadas desde la boca del activo Sandiman que rugía en el horizonte. Las nuevas cenizas protegerán y ocultarán los moldes ya formados, dejando que el tiempo consolide y petrifique el rastro.

 

De nuevo en Laetoli, ahora durante 1976: en una zona boscosa situada a cuarenta kilómetros al sur de la garganta de Olduvai, el equipo de antropólogos comandados por Mary Leakey[5] desentierra cuidadosamente los restos fosilizados de lo que parecen ser las huellas de aquellos tres homínidos que hace mucho tiempo caminaron sobre las cenizas de un antiguo volcán. Hoy, aquel descubrimiento del grupo de Leakey constituye una de las más sólidas y antiguas pruebas de la adquisición de la postura locomotora erguida por los australopitecinos, un trascendental paso evolutivo en nuestra dirección.

 

No muy lejos de Laetoli, en la actual Hadar, también en un tiempo remoto, una hembra de Australopithecus afarensis con poco más de un metro de estatura y una treintena de kilos de peso yace en el suelo y queda luego sepultada por sucesivas capas de sedimentos. Tres millones de años después, Donald Johanson, con Tom Gray y otros miembros del equipo que trabaja en el yacimiento de Hadar, desenterrarán los restos más completos encontrados nunca de una australopitecina. En la radio del campamento suena la canción "Lucy in the Sky with Diamonds" de los Beatles. El esqueleto de la joven hembra será bautizado con el nombre de la canción, pasando a ser uno de los más famosos y emotivos restos prehumanos.

 

Las tierras del Africa centroriental, atravesadas por la gran cicatriz que traza el valle del Rift en su intento de escindir en dos el continente, son, con gran probabilidad, el lugar donde ocurrió la diferenciación evolutiva entre dos estirpes de grandes monos africanos, una de las cuales posiblemente conduce hasta los homínidos. Es sólo una muestra más de los procesos de diversificación evolutiva permanentemente activos en los linajes de los organismos vivos: una de las muchas fórmulas que ensaya la vida para perpetuarse. Constituye, como otras, el comienzo de una historia de tantas, pero ésta nos interesa especialmente porque forma parte del más reciente tramo de nuestra propia historia evolutiva, la que siempre hemos querido creer, de forma bastante estúpida, que es diferente a la de los otros seres vivos o (cuando esto se reveló radicalmente falso) al menos más importante. Como nos recuerdan Peter Andrews y Christopher Stringer, del Museo de Historia Natural de Londres, ya desde la nominación por Linneo, en 1758, tanto del Orden Primates ("el primero de la lista", en alusión a la preponderancia del grupo que acoge a la especie humana), como de nuestra propia especie (Homo sapiens), quedó plasmada la petulancia con que nuestra estirpe se ha autoconsiderado casi siempre, incluso desde el marco de la propia ciencia.

Pero la fragilidad y el desamparo que tanto Lucy como los tres solitarios caminantes de Laetoli debieron ofrecer a un imposible observador, serían, probablemente, las constantes que acompañaron el devenir incierto de las sucesivas poblaciones de "hombres hábiles", "erguidos" e "inteligentes"; hasta que una parte de la especie humana actual creyó finalmente adueñarse, en forma orgullosa y a menudo prepotente, del planeta, llegando a olvidar su continua dependencia de un medio y unos vecinos (los otros seres vivos) sin los que resulta, a todas luces, incapaz de sobrevivir.

Relativamente cerca de esa franja privilegiada de la Tierra en donde hemos visto que los primeros homínidos empezaron su azarosa diáspora por el mundo (concretamente en la ciudad de Nairobi) se adoptaba, en mayo de 1992, el texto definitivo del Convenio sobre la Diversidad Biológica. Era el resultado de un largo proceso de difíciles negociaciones políticas y diplomáticas. El texto acordado, como dirá Vicente Sánchez, entonces embajador de Chile ante Kenia y ante el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, y que actuaba como presidente del Comité Intergubernamental para la Negociación del Convenio, fue "la culminación de un proceso que comenzó varios años atrás y probablemente continuará durante algún tiempo en el futuro". Este proceso se inició (continúa relatando V. Sánchez) "con la convicción -principalmente entre los países desarrollados- de que se trataba de un convenio para 'la conservación de especies', es decir, 'una convención sobre parques y reservas'. Desde muy temprano, esta aproximación demostró ser incompleta y comenzó a ser cambiada para incluir aspectos de la compleja interacción medio ambiente/desarrollo"[6].

 

Un mes más tarde, en el último de los grandes continentes al que llegaría la especie humana que vimos echar a andar en Africa, se celebraría la publicitada Cumbre de la Tierra de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, concretamente en Río de Janeiro. Allí, 157 gobiernos firmarían el Convenio, abriendo así paso al proceso de ratificaciones que llevarían a la entrada en vigor del mismo (tres meses después de alcanzar la trigésima ratificación) el 29 de diciembre de 1993.

 

El Convenio sobre la Diversidad Biológica es, ya hoy, un instrumento jurídico internacional en vigor, cuya aplicación y desarrollo constructivo constituye una de las bases más importantes en el anhelo de conseguir instaurar un nuevo modelo de desarrollo mundial basado en fórmulas sostenibles tanto para la sociedad como para el medio ambiente del planeta, de forma que podamos volver a saber coexistir con las otras formas vivas de la Tierra, asegurándonos así unas condiciones reales de supervivencia y de verdadera calidad de vida.

 


SE LEVANTA EL TELÓN: ¡HAY QUE ACTUAR!

 

Un proceso abierto y por desarrollar

 

El Convenio suscrito en Río se inscribe en una nueva corriente mundial que exige el cambio en las relaciones entre la humanidad y el medio ambiente, así como entre los diferentes colectivos y generaciones de la humanidad. Es un proceso cuya meta ha sido bautizada como el "desarrollo sostenible". Se trata, pues, de caminar en pos de un nuevo horizonte equitativo, justo y sostenible, tanto por razones de estabilidad ecológica como socioeconómica.

 

Es un proceso que tiene en su haber apenas algo más que muchas palabras e ideas, algunas promesas y muy pocos compromisos escritos y firmados. Obstaculizando su aplicación se yergue una gran inercia y demasiados intereses inmovilistas por parte de algunos sectores muy poderosos. Nadie, sin embargo, cuestiona seriamente la necesidad de los cambios ni la gravedad de la situación. La biodiversidad es el concepto central sobre el que giran los planteamientos, las medidas y los objetivos recogidos en el tratado internacional suscrito.

Como trataremos de ir analizando a lo largo de este libro (y como Vicente Sánchez recogía en su análisis del proceso de negociación), la biodiversidad es mucho más que la idea intuitiva primera de la conservación de las especies silvestres. Los juegos de intereses, la introducción de desequilibrios ecológicos en los medios naturales del planeta, el reparto desigual de los beneficios económicos que genera el uso de los llamados recursos biológicos, la incapacidad que demuestran los actuales instrumentos económicos y de adopción de decisiones para conseguir respetar y tener en cuenta el verdadero valor de la biodiversidad, el considerable grado de desconocimiento científico acerca de la magnitud y la forma exacta que adopta la biodiversidad en el planeta, así como de las características de sus funciones y tendencias; todos ellos son aspectos relacionados con el mayor activo que nos aporta el Convenio en sus tres objetivos básicos, ya recogidos en el artículo primero del texto:

 

"la conservación de la diversidad biológica, la utilización sostenible de sus componentes y la participación justa y equitativa en los beneficios que se deriven de los recursos genéticos".

 

Son, sin ninguna duda, unos objetivos, más que necesarios, indispensables en relación a una biodiversidad que se define como:

 

"la variabilidad de organismos vivos de cualquier fuente, incluidos, entre otros, los ecosistemas terrestres y marinos, y otros ecosistemas acuáticos y los complejos ecológicos de los que forman parte; comprende la diversidad de cada especie, entre las especies y de los ecosistemas"[7].

 

Para conseguir alcanzar o, al menos, tender hacia esos objetivos, hay que establecer estrategias, planificar actuaciones, definir prioridades y, sobre todo, llevar todo eso a la práctica[8], porque el convenio no es el fin, sino, más bien, sólo el principio.

Pensado como instrumento fundamental para el cambio, lo llegará a ser sólo a condición de que se desarrolle y aplique con la firmeza y la decisión que exigen sus objetivos; una condición que requiere importantes cambios en la actitud de los poderes económicos y políticos dominantes, pero también en la de muchas acciones diarias y cotidianas de casi todas las personas. Es fundamental que la bandera de la biodiversidad, de su conservación y del uso sostenible y equitativo, sea también una bandera enarbolada y exigida desde todos los sectores de la sociedad mundial: científicos, instituciones, agentes sociales, organismos no gubernamentales, comunidades locales, gobiernos....

 

La recuperación de un equilibrio dinámico estabilizador (que se ha perdido con la realización de las actuaciones más impactantes que nuestra especie ha aplicado nunca sobre los ecosistemas de la Tierra) es una tarea urgente e ineludible. La destrucción creciente de la diversidad de la vida es una amenaza para la biosfera, pero, sobre todo, lo es para nuestra propia supervivencia y la de nuestros descendientes, absolutamente dependientes de dicha diversidad.

Entender todo ésto y actuar en consecuencia han de constituir las tareas programadas y decididas que la humanidad debe asumir desde estos mismos momentos finales del siglo XX. Para ello, uno de los primeros pasos reside en divulgar qué es, para qué sirve, cuál es su relación con nosotros y qué ocurre con la diversidad de la vida. A ello pretende contribuir, en la medida de sus posibilidades, este libro. Si de él resulta una llamada, desde la ciencia a la conciencia, para recuperar esa memoria ancestral que nos dice que nuestra vida depende de la diversidad de las otras vidas, habrá cumplido su objetivo.

Lo que no es poco.

 

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                                                                         1

EL ARCA DE LAS ESPECIES

 

 

                   LA IDEA DE ESPECIE

 

 

 

ARISTÓTELES, LINNEO Y DARWIN, ENTRE OTROS.

 

Poniendo orden en el caos del mundo animado

 

 

La ciencia clasifica y nombra a los organismos vivos en entidades que denomina especies. La cultura popular hace algo similar.

 

Aunque existe un aparente grado de evidencia natural en la idea de especie, lo cierto es que el significado biológico de ésta no es tan sencillo y ni siquiera resulta claro para los propios especialistas. De hecho, al menos cuatro o cinco grandes tipos de conceptos de especie pueden ser rastreados entre los utilizados en la actualidad por los biólogos.

 

A menudo se personifica en Aristóteles el primer intento científico de abordar la clasificación de los seres vivos. El filósofo helénico, que era hijo de un médico real de Macedonia, catalogaba bajo el término de física a todo conocimiento que versara sobre lo natural. Creó, así, un campo propio sobre el que aplicar su filosofía de la naturaleza que tanta influencia habría de tener en etapas históricas posteriores. En la ordenación posterior de su obra, la física fue colocada por delante de otra parte que, por ello, fue llamada metafísica (detrás de la física). La obra aristotélica se agrupó de este modo en cuatro grandes bloques: la lógica, la física, la metafísica y la moral.

La física de Aristóteles llega a identificar unas cuatrocientas especies, una parte de las cuales provienen de los envíos que recibía de su protector (nada menos que Alejandro Magno) desde las remotas tierras que éste iba conquistando en una vida tan asombrosa como efímera. En Atenas, mientras paseaba, Aristóteles enseñaba ("peripatéticamente") su filosofía a los alumnos de su escuela, que era conocida por el Liceo, ya que estaba ubicada en un lugar consagrado a Apolo Licio. A él debemos una primera organización de los animales en sanguíneos y exangües, adelantando la posterior divisoria zoológica de vertebrados e invertebrados.

Aristóteles murió a los 38 años, dejando una voluminosa obra que fue escondida en una bodega, al parecer para evitar que acabaran en manos del rey de Pérgamo, quien no lo estimaba en exceso. De esa manera sus aportaciones científicas y filosóficas permanecieron ocultas hasta que fueron rescatadas ya en el siglo I de nuestra era, en los tiempos de Cicerón, momento en el que el griego Andrónico de Rodas les dio el orden antes comentado. Sin embargo, nuevamente volvieron a la condición del ostracismo tras el derrumbe del Imperio Romano, para, como un Guadiana (cuando aún tenía Ojos en la manchega llanura), retornar otra vez a la luz de la cultura científica, en esta ocasión de la mano de las civilizaciones medievales árabes, persas y andalusíes.


Eran, pues, obra conocida y muy respetada, cuando en el siglo XVIII, los naturalistas europeos asistían impresionados a los envíos de pieles, ejemplares más o menos conservados y pliegos de plantas que llegaban desde los remotos lugares del planeta en donde recalaban las viajeras naves del viejo continente. En esta época, uno de los temas que ya habían sido abordados por el filósofo de Estagira dos mil años antes (la cuestión "de la generación de los animales" que da título a uno de los libros de su Física) era despachado mediante una sucinta explicación teológica que impedía, al recurrir a causas mitológicas, el fundamentar la clasificación de los seres vivos sobre más razonables argumentos científicos. Sin embargo, la lucha (con victoria) que el cristianismo libraba entonces por imponer una visión planificada de la Creación, frente a la más anárquica e impenetrable del "ciego azar" (pues, a pesar de todo, las razones de Dios les parecían a aquellos hombres más razonables que las del caos), presidió y orientó el devenir científico de los siglos XVII y XVIII, alentando con ello los procesos de "descubrimiento" de los sistemas de clasificación cuyo fin era desentrañar el "mensaje divino" entregado con la Creación[9].

Hasta la segunda década del siglo diecinueve no se alumbrará una explicación más satisfactoria para el origen de las especies, con el suficiente rigor como para sustituir aquellas tesis dominantes de tipo fijista o creacionista que veían a los seres vivos como entidades inmutables. La nueva explicación llegará de la mano de Charles Darwin y Alfred Wallace, pero eso sucederá un siglo después de que un naturalista sueco se propusiera dar continuidad a las propuestas incipientes de clasificación de los seres vivos que el discípulo aventajado de Platón abordó dos milenios antes.

 

(Hay que advertir en este momento de nuestro relato que, demasiado a menudo, la divulgación de los hechos de la historia de la ciencia precisa de simplificaciones excesivas, como la presente, para hacer más digerible y rápida la labor de miles o millones de personas que se han enfrentado a las interminables preguntas sobre la vida y la naturaleza, buscando darles una respuesta satisfactoria y aportando, para ello, sus experiencias, explicaciones y sugerencias, en un proceso excesivamente largo y complejo como para ser reflejado en una pequeña obra de divulgación. Por eso, el recurso más cómodo estriba en atender con mayor celo a las más relumbrantes escenas y personas que se han asomado al amplio teatro del conocimiento, lo que no debe ser interpretado como una negación o desprecio por los que no aparecen, entre los que se incluyen no sólo científicos occidentales, sino también las otras numerosas cosmovisiones e interpretaciones que otras culturas, a menudo tan ricas y sugerentes o más que la europea u occidental, han ido construyendo sobre la  historia inabarcable del pensamiento humano).

 

Ahora, retomemos el hilo de la historia y viajemos desde las orillas mediterráneas a las considerablemente más frías del Báltico.

 


ESTUDIO EN UPPSALA

 

Tras las huellas de Linneo

 

Uppsala es una conocida e importante ciudad sueca de unos 150.000 habitantes, ubicada a unos 70 km de Estocolmo. El conjunto de casas que define su núcleo central aparece estratégicamente dominado por la mole del castillo que mandó construir Gustavo Vasa en el siglo XVI. Enfrente de sus almenas se yerguen, no menos altivas, las agujas de la catedral. Ambos edificios, en un permanente reto mantenido durante siglos, siguen recordándonos hoy, en su tensa confrontación, el receloso equilibrio medieval que existía entre los dos grandes poderes (el militar y el religioso), mientras la urbe burguesa se afianzaba por debajo de las desconfiadas miradas con que se obsequiaban mutuamente el alto clero y la aristocracia militar.


El origen de Uppsala parece remontarse hasta entroncar con la antigua existencia de una pequeña villa nórdica conocida como Östra Aros. Según manifiestan algunas crónicas que se han conservado, Östra Aros albergaba ya un templo dedicado a los que serían los más famosos dioses de la Escandinavia legendaria: Odin, Thor y Frej, activos en una época en que ya mitología y fortaleza compartían la capacidad de legitimar los órdenes sociales imperantes.

En el siglo XIII, Uppsala aún se decantaba por mantener sus influencias religiosas sobre su entorno, habiéndose convertido en sede obispal, cuando las gestas heroicas de los dioses escandinavos eran reemplazadas por una imparable religión cristiana procedente de tierras más cálidas. La creación del obispado supuso, como era de esperar, un paso relevante para la creciente importancia de la ciudad. Esta línea de progresivo poder de Uppsala se mantendrá y afirmará en 1477 al conseguir albergar una de las primeras universidades del norte de Europa, lo que la convirtió en uno de los más relevantes centros culturales y científicos de esta región del continente, y el más sobresaliente del medioevo nórdico. Un recuerdo actual de dicha época lo representa hoy la prestigiosa biblioteca "Carolina Rediviva".

 

Para el visitante ocasional, Uppsala es, pues, una agradable ciudad sueca en la que no faltan los atractivos turísticos (aunque, eso sí, a precios notables). De entre tales atractivos, a los interesados por la cultura científica ofrece una suerte de peregrinación sentimental que lleva hasta un pequeño rincón de la ciudad oculto detrás de una valla poco llamativa. Allí se abre la puerta que nos permitirá el acceso al tranquilo jardín botánico que rodea a una casa museo. Del jardín llama la atención la variedad y ordenación de las plantas que allí crecen en un número aproximado a las 10.000 variedades. Cada grupo de plantas aparece señalizado mediante pequeños rótulos de identificación en los que pueden leerse los nombres latinos de su denominación científica. Finalmente, a la entrada del jardín, a mano izquierda, una estatua oscura y levemente bucólica nos dará la clave del aura naturalista ilustrada que flota por el lugar: sobre un pedestal se yergue la imagen del que fue el dueño de la casa y del jardín, además de responsable primero del sistema de nomenclatura que siguen las dos palabras latinas de los carteles colocados al lado de cada planta. Se trata de Karl von Linneo, también llamado Carolus Linnaeus usando el mismo idioma que, en aquellos tiempos, concedía rango de élite a lo tratado por la ciencia.

 

Este Karl von Linneo del que nos habla su jardín de Uppsala nació en Rashult durante 1707 y falleció en la ciudad universitaria 71 años más tarde. Entre medias escribió dos obras capitales destinadas a procurar la clasificación de las plantas, Genera Plantarum (que fue publicada en 1737) y Species Plantarum (en 1753). En ellas se sientan las bases de un revolucionario sistema de nominación (hoy consolidado entre quienes se dedican a estas tareas), consistente en bautizar mediante dos nombres latinos a cada especie biológica. El primero de los nombres será compartido por todas las especies que forman parte del mismo género (del mismo modo que un apellido es compartido por toda una familia de personas), lo que constituye el primer nivel de agrupamiento. El segundo identifica a cada especie de forma individual dentro de su género (lo que equivaldría al nombre propio de las personas). Se obtienen así combinaciones como las representadas por Salix alba, Graellsia isabelae u Homo sapiens, respectivamente usadas para catalogar un sauce, una mariposa o un mono que se autoconsidera particularmente inteligente.

Linneo llegó a la ciudad de Uppsala durante el año de 1728 con el objetivo de estudiar medicina en la que ya era una famosa Universidad. En 1731 dio inicio al trabajo que le reportaría la inmortalidad científica, consistente en comenzar a describir y nombrar científicamente las especies de seres vivos que habitan el planeta, una tarea de la que, probablemente, no llegó a sospechar su verdadera dimensión. Linneo catalogó alrededor de 9.000 especies de animales y plantas, si hacemos caso de la edición de 1758 de su Systema Naturae (recordemos las cuatrocientas de su antecesor Aristóteles).

Hoy, más de dos siglos y medio después, el trabajo de nominación, clasificación y descripción científica no sólo no ha terminado con los algo menos de dos millones de especies ya descritas, sino que, con toda seguridad, no ha alcanzado a cumplir ni con la mitad de todo el trabajo (para algunos biólogos apenas hemos conseguido dar un nombre científico a una de cada cincuenta especies existentes).

 


NATURALISTAS TEJIENDO AL RITMO DE PENÉLOPE

 

El transcurso paradójico del conocimiento de la biodiversidad

 

La verdad es que los años correspondientes a los siglos dieciocho y diecinueve representaron un importante periodo para la catalogación de las especies animales y vegetales. Los principales países de la Europa Occidental estaban consagrados en esos años a llevar a cabo un proceso de colonización mundial y expansión determinante de casi todo lo que ocurriría después. Se trata de un momento apasionante para la ciencia, pero susceptible de valoraciones muy  críticas desde las vertientes ética y ambiental, tal como apunta el historiador inglés Clive Ponting, para quien este proceso histórico "se puede ver como el gradual establecimiento y expansión de imperios y como la transmisión de la "civilización" a pueblos menos afortunados. Desde una perspectiva ecológica, tal expansión parece más una oleada de destrucción que se haya extendido por todo el mundo[10]".

 

De cualquier modo, para los naturalistas europeos de entonces, la progresiva llegada de ejemplares de especies procedentes de los más lejanos y recónditos lugares del mundo, conforme sus barcos iban adueñándose de medio planeta o comerciando con el otro medio, supuso una asombrosa revelación acerca de la magnitud que tenía la diversidad de la Tierra.  Algunos, como Alexander von Humboldt o los mismos Charles Darwin y Alfred Wallace, viajaron para ver personalmente la variedad de la vida, dejándonos inestimables muestras de su calidad científica y narrativa en obras maestras tanto del pensamiento científico como de la literatura de viajes; otros se limitaron a desentrañar y analizar en los polvorientos laboratorios de las viejas ciudades europeas lo que los baúles venidos de todo el mundo iban descargando sobre sus mesas de estudio. Refugiados en algunos ambientes de los prestigiosos museos de ciencias naturales o de historia natural del Viejo Continente, aún podemos escudriñar la emoción científica de aquellas épocas. A veces los recuerdos se nos asoman desde los propios nombres que portan las calles de los antiguos escenarios que vieron diseccionar, clasificar y debatir sobre los conjuntos de semillas, pieles, pliegos, huesos o botellas con líquidos conservantes que provenían de lejanos rincones del planeta y salían de los cajones y contenedores enviados. Es lo que ocurre en el Jardin des Plantes de París, hoy rodeado por calles señaladas con los nombres de Buffon, Cuvier o Geoffroy Saint-Hilaire, mientras no lejos se encuentra la dedicada al primer director del Jardín, Daubenton, cuyo nombre designa también al género de una de las criaturas que más admiración causó en su momento entre los naturalistas: el famoso Aye-aye de Madagascar. Desde 1994, el Museo Nacional de Historia Natural de París, que viera trabajar a tan prestigiosos naturalistas, acoge la Gran Galería dedicada a la Evolución de la Vida. En este proceso de modernización se puede ver tanto un salto estético en la concepción de las exposiciones biológicas -aunque la escenografía de la sala sea, ciertamente, evocadora-, como un recorrido de actualización científica que incorpora la explicación evolutiva de las especies y su ecología a la divulgación. Algo semejante ha sucedido en otros museos del mundo europeo, incluyendo el histórico Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, cuya renovación le ha hecho perder buena parte de aquel carácter evocador y nostálgico que tenían las colecciones y los gabinetes de historia natural en los dos últimos siglos (se ha reconstruido, de todos modos, una sala para recordar aquellas "estéticas" perdidas). Lamentablemente, en el caso del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid -y al contrario de su homólogo parisino-, ni en su actual emplazamiento, ni en el originalmente habilitado por Carlos III para tal cometido (el actual Museo del Prado, vecino al Real Jardín Botánico) encontraremos calles que nos hagan recordar los nombres propios de la cultura naturalista española, como los de José Celestino Mutis, José Viera y Clavijo, Antonio Pineda, Antonio José de Cavanilles, ...

 

Aunque de forma somera, hemos asistido a un proceso histórico de descripción vertiginosa de nuevos seres que nos llevó desde las cuatrocientas a las nueve mil especies nominadas, y, de éstas, a los casi dos millones de especies hoy conocidas. Sin embargo, podemos afirmar, paradójicamente, que la tarea de los taxónomos (al igual que el tejer de la abnegada Penélope en su lejana Ítaca) crece más que avanza; aunque en este caso no sea debido a un destejer nocturno, sino a un incremento inusitado de la tarea: cada día se eleva el número de las especies que (pensamos) nos falta aún por descubrir para terminar la lista. El disparo cuantitativo de las cifras de especies sospechosamente existentes se produjo en los años sesenta, cuando la ciencia se empezó a asomar a la asombrosa riqueza biológica de los bosques tropicales. Tal vez deberíamos esperar que nuestro mayor conocimiento del mundo nos hiciera más modestos y humildes, llevándonos por la vía del conocido aserto socrático "sólo sé que no sé nada", aunque sólo lo fuera en el modo irónico del filósofo ateniense, pero no parece que sea así. Apenas sabemos algo más que la vaga idea de que nos enfrentamos a un mundo que sospechamos más desconocido aún que el que rodeaba, en su imaginación y pensamiento, a los científicos del siglo dieciocho, cuando desembalaban aquellas pieles extrañas o recorrían tierras remotas, arrastrando con ellos su admiración por un mundo nuevo.

 


EL INVENTARIO INCOMPLETO

 

¿Cuántas especies llevamos contadas?

 

Edward O. Wilson estimó en 1988 que poco más de un millón cuatrocientas mil especies -entre plantas, animales, hongos y microorganismos- han sido descritas y, por tanto, poseen ya un nombre científico gracias al trabajo de miles de taxónomos y biólogos sistemáticos. Podemos echar un vistazo a un resumen de sus cálculos, recogido en el siguiente cuadro.

 

CUADRO. Número de especies descritas por grupos biológicos, según la recopilación de Wilson (1988)


 

                      GRUPO BIOLÓGICO

 

            Nº DE ESPECIES DESCRITAS

 

Bacterias y cianofíceas

Hongos

Algas

Briofitas(1)

Gimnospermas(2)

Angiospermas(2)

Protozoos

Esponjas

Cnidarios

Gusanos de varios grupos

Crustáceos

Insectos

Moluscos

Otros invertebrados

Peces no teleósteos

Teleósteos

Anfibios

Reptiles

Aves(3)

Mamíferos(4)

TOTAL

 

4.760

46.983

26.900

17.000

750

250.000

30.800

5.000

9.000

24.000

38.000

751.000

50.000

132.461

6.100

19.056

4.183

6.300

9.198

4.170

1.435.662

(1) Datos del World Conservation Monitoring Centre, 1988

(2) Datos de P.H. Raven, R.F. Evert & S.E. Eichhorn, 1986

(3) Datos de J. Clements, 1981

(4) Datos de J.H. Honacki, K.E. Kinman & J.W. Koeppl, 1982

 

 Algunos años después, en 1992, Robert M. May (un físico pronto pasado a las filas de la ecología, donde alcanzará a ser uno de sus más brillantes exponentes desde su trabajo en la Universidad de Oxford), estimó que la cifra de especies descritas podría estar entre 1,5 y 1,8 millones[11].

Las estimaciones hechas por otros autores, como Barnes, en 1989, o Stork y Gaston, en 1990, son asimismo coincidentes con este tipo de magnitudes, lo que supone un cierto aval común; pero la cuestión de ofrecer estos datos no es tarea fácil y mucho menos exacta, ya que resulta preciso consultar a distintos especialistas para poder ofrecer unos valores que son, de cualquier modo, sólo aproximados.

 

El informe sobre biodiversidad global publicado por el Centro Mundial de Seguimiento de la Conservación[12] ofrece también una recopilación de estimaciones relativas en este caso a los animales (se ofrecen en el cuadro adjunto, junto con los nombres de los investigadores que realizaron tales estimaciones y el año de las mismas). Este tipo de recopilaciones muestran la disparidad de algunas cifras y reflejan con ello la dificultad de la labor de estimación.

 

 

 

 

GRUPOS DE ANIMALES

 

Barnes

 1989

 

May

1988

1990

 

Brusca & Brusca

1990

 

WCMC 1992

 

Poríferos

 

5.000

 

10.000

 

9.000

 

 

 

Cnidarios

 

9.000

 

9.600

 

9.000

 

 

 

Platelmintos

 

12.700

 

 

 

20.000

 

 

 

Rotíferos

 

1.500

 

 

 

1.800

 

 

 

Nemátodos

 

12.000

 

 

 

12.000

 

15.000

 

Ectoproctos

 

4.000

 

4.000

 

4.500

 

 

 

Equinodermos

 

6.000

 

6.000

 

6.000

 

 

 

Urocordados

 

1.250

 

1.600

 

3.000

 

 

 

Vertebrados

 

49.933

 

42.900

 

47.000

 

45.000

 

Quelicerados

 

68.000

 

63.000

 

65.000

 

75.000

 

Crustáceos

 

42.000

 

39.000

 

32.000

 

40.000

 

Miriápodos

 

10.500

 

 

 

13.120

 

 

 

Hexápodos

 

751.012

 

790.000

 

827.175

 

950.000

 

Moluscos

 

50.000

 

45.000

 

100.000

 

70.000

 

Anélidos

 

8.700

 

15.000

 

15.000

 

 

 

Aunque existen inventarios o listados por grupos, el principal problema en estos casos estriba en que no se dispone de un inventario centralizado que recoja todas las especies descritas. El propio consorcio SCOPE-IUBS-UNESCO[13] decidió impulsar en 1990 un programa de investigación sobre la biodiversidad que incluyó la realización de un Seminario de Trabajo desarrollado en 1991 en Harvard Forest, Peterham, Massachusetts[14]. Entre las recomendaciones surgidas de aquella reunión se encuentra la preparación (para la que se pedía un plazo de 5 años) de un listado que incluyera a todas las especies descritas a nivel de Familia o superior. Aún ésto no ha sido posible.

 

Uno de los últimos listados publicados sobre el número de especies descritas (que tiene el interés de referirse a las categorías taxonómicas propuestas en el llamado Sistema de los Cinco Reinos) aparece recogida en el magno trabajo colectivo sobre "Evaluación de la Biodiversidad Global" publicado por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente[15]. En el siguiente cuadro se muestran los datos sobre los números de especies de cada uno de los cinco Reinos, así como para aquellos Phylla[16] que superan las 5000 especies descritas.

 

 

MONERAS

 

                            4.000

 

PROTOCTISTAS

 

                          80.000

 

                                                                                     Actinópodos

 

                          (6.000)

 

                                                                                   Foraminíferos

 

                         (10.000

 

                                                                                         Cilióforos

 

                          (8.000)

 

                                                            Apicomplejos o Esporozoos

 

                          (5.000)

 

                                                                                          Rodófitos

 

                          (5.000)

 

                                                                                        Gamófitos

 

                        (10.000)

 

                                                                                    Bacilariófitos

 

                        (12.000)

 

PLANTAS

 

                        270.000

 

                                                                                           Briófitos

 

                        (16.000)

 

                                                               Filicinófitos o Pteridófitos

 

                        (10.000)

 

                                                                Espermatófitos (5 Phylla)

 

                      (240.000)

 

ANIMALES

 

                     1.320.000

 

                                                                                           Poríferos

 

                        (10.000)

 

                                                                                          Cnidarios

 

                        (10.000)

 

                                                                                     Platelmintos

 

                        (20.000)

 

                                                                                       Nemátodos

 

                        (25.000)

 

                                                                                  Equinodermos

 

                        (45.000)

 

                                                                                          Cordados

 

                        (45.000)

 

                                                                                       Artrópodos

 

(1.085.000)

 

                                                                                          Moluscos

 

                        (70.000)

 

                                                                                           Anélidos

 

                        (12.000)

 

HONGOS

 

                          72.000

 

Total

 

                     1.746.000

 

 

La adjudicación de un nombre latino a una especie representa hoy, más allá de un mero bautismo científico, la correspondiente adscripción de aquélla en un lugar preciso del entramado de relaciones evolutivas y líneas filogenéticas que relacionan a todos los seres vivos. Se trata, pues, de una nominación que implica, paralela e ineludiblemente, una clasificación para el organismo bautizado.

 

Aunque el sistema de nominación y clasificación científica actual sea heredero del que propusiera Carlos Linneo desde los trabajos realizados en su jardín y laboratorio de Uppsala, muchos hechos posteriores a la muerte del insigne sueco han modificado la percepción científica que hoy tenemos sobre las relaciones existentes entre las distintas formas de organización de los seres vivos. El principal de ellos ha sido, sin duda, la formulación y posterior aceptación por la comunidad científica de la teoría de la evolución biológica por selección natural, una teoría cuyos rudimentos básicos aparecieron expuestos por primera vez en 1858 en sendos escritos aparecidos a la par en la revista de la Sociedad Linneana y firmados por dos científicos muy diferentes. Uno de ellos era, ya entonces, un reputado naturalista que 22 años antes había vuelto a Inglaterra de un viaje científico realizado alrededor del mundo en compañía de un inteligente, pero no por ello menos recalcitrante capitán (todo un personaje de la época victoriana llamado Robert Fitz-Roy, que sería luego uno de los adversarios más encarnizados de la teoría de la evolución). El otro era un mucho más desconocido biólogo, catorce años más joven, que había pasado la mitad de su vida en países tropicales; primero y más brevemente en el Amazonas y luego en las Molucas, en la actual Indonesia. Sus nombres, como todos los lectores habrán adivinado, eran los de Charles Robert Darwin y Alfred Rusell Wallace.

 


UNA TEORÍA QUE JUSTIFICA LAS CLASIFICACIONES

 

Las implicaciones de la teoría de Darwin-Wallace

 

A Charles Darwin le corresponde el galardón de ser el primero que dió una explicación convincente para interpretar los mecanismos por los que las especies evolucionan transformándose, creando otras nuevas o simplemente desapareciendo. La verdad es que, en justicia, el galardón ha de ser compartido con Wallace, aunque sea cierto que fue el primero quien más aportó tanto en calidad como en cantidad a tal formulación, por lo que ha prevalecido su nombre en la historia debido a su impresionante personalidad científica e intelectual.

Cuando, finalmente, el mes de noviembre de 1859, Charles Darwin publicó El Origen de las Especies fue (como él mismo reconoce en su Autobiografía) debido a la lectura del ensayo titulado Sobre la tendencia de las variedades a apartarse indefinidamente del tipo original, escrito y enviado a Darwin por Wallace. De hecho, desde que en 1838 leyera el ensayo de Thomas Robert Malthus sobre la población[17], Darwin ya había escrito un primer resumen de su teoría en 1842 y una ampliación en 1844, aunque sólo circularon entre sus influyentes amigos de los restringidos círculos científicos de Londres. Al recibir el trabajo de Wallace se decidió a publicar junto a él, en el Journal of Proceedings of the Linnean Society, un resumen de su trabajo, lo que ocurrió en 1858. Como él mismo reconoce, aquellos trabajos recibieron muy escasa atención, por lo que, aconsejado por su antiguo profesor, el prestigioso geólogo Charles Lyell, y por su amigo el botánico Joseph Hooker, terminó de escribir el que sería el libro más famoso e influyente de la biología, tras trece meses y diez días de frenética labor. De forma harto ocurrente, Darwin agradece a la recepción del texto de Wallace el éxito de su obra, por haber sido ésta mucho más reducida y condensada de lo que hubiera llegado a ser de continuar él mismo con la larga redacción que había iniciado muchos años antes[18].

A pesar de ello, en las primeras líneas del libro de Darwin, puede leerse:

 

Mi obra está ahora (1859) casi terminada; pero como me llevará muchos años completarla y mi salud está muy lejos de ser robusta, se me ha instado para que publicase este resumen.

 

(Un resumen, todo hay que decirlo, que se extiende brillantemente por más de quinientas páginas de apretada letra en una edición normal).

 

La explicación dada por Darwin y Wallace a lo que el primero llamará el misterio de los misterios (el origen de las especies) parte, como dijimos, de aplicar a la totalidad de los seres vivos las ideas que el economista político Robert Malthus ya propuso en sus ensayos sobre la población; deduciendo de ello que, si son muchos más los individuos producidos en cualquier generación que los que sobreviven y se reproducen, habrá algún tipo de diferencias determinantes de que el filtro selectivo (que denominaron selección natural) actúe en uno u otro sentido, permitiendo la perpetuación de unas formas y eliminado otras. Además, muchas de las características de los seres vivos que diferencian sus posibilidades de supervivencia son hereditarias (ni Darwin ni Wallace contaban con una teoría genética aceptable, pero evidentemente se percataban de la existencia de la herencia como mecanismo de transmisión de una buena parte de las características de los organismos a su descendencia). De todo ello dedujeron las características básicas de los mecanismos que, a largo plazo, determinarán la variación de las especies en el tiempo. Hay que advertir que las condiciones que hacen que una especie o un tipo de organismos prosperen en un momento dado no tienen porqué mantenerse indefinidamente; de ahí que (contra lo que a veces se pretende, malinterpretando la teoría de Darwin y Wallace) la selección natural no se decante siempre en el mismo sentido ni en similar dirección, lo que invalida una posible idea de constante progreso lineal con que algunos identifican erróneamente la evolución.


Del mecanismo propuesto por Darwin y Wallace se deduce, pues, que las especies existentes en un momento cualquiera de la historia de la vida han de provenir de anteriores especies. Las variaciones favorecidas serán las de aquellas formas genéticas que, en un momento y ambiente dados, consigan transmitir más satisfactoria y numéricamente sus características hereditarias a las generaciones siguientes. Hay que contar para ello con que en los organismos vivos dotados de reproducción sexual los individuos son diferentes genéticamente entre sí en su práctica totalidad[19],aunque lo suficientemente parecidos como para poder reproducirse. La reproducción sexual permite el intercambio del material genético con el fin de producir nuevos organismos que serán, a su vez, parecidos, pero algo diferentes a los parentales. Por eso, las similitudes genéticas entre las especies (que se manifiestan a menudo en semejanzas fisiológicas y anatómicas) resultan ser la muestra más palpable de la relación evolutiva, fundamentada en la existencia de antepasados comunes recientes. De ahí que la nominación y clasificación científica de una especie implique su colocación precisa en el amplio puzle compuesto por el complejo cuadro de la evolución. Esta es la tarea que permite ganarse la vida a los biosistemáticos de hoy (aunque sólo a algunos).

 

Por supuesto que tras la historia vibrante de los debates iniciados en la Sociedad Linneana y la Real Sociedad del Londres victoriano, vendrá una larga y fructífera retahíla de nuevas teorías y avances científicos, de los que nacerá la genética, la biología celular y molecular modernas o la ecología. Pero la semilla necesaria para dotar de una entidad explicativa científica a la moderna biología fue puesta en la forma del amplio paraguas que abrieron los geniales Darwin y Wallace sobre las cabezas asombradas, tercas o reticentes de sus colegas.

Aunque ni Linneo ni la mayoría de los científicos de su época pensaran en modo alguno de la manera que Darwin propondría un siglo después, el método que el naturalista de Uppsala propuso resultó ser lo suficientemente plástico y adecuado como para seguir resultando válido tras el varapalo científico de la evolución. La razón de ello tal vez haya que buscarla en que, a pesar de que a mediados del siglo XVIII se opinaba que las especies eran entidades propias e inmutables, creadas por actos de origen divino (uno o varios, eso no estaba claro), sí se creía que existían categorías superiores en las que era posible agrupar las especies. Todo ello formaba parte del Plan de la Creación que era (reflejo de la mentalidad racionalista e ilustrada del momento) armónico y ordenado. Esta concepción no deja de ser sorprendente, pues no parece haber ninguna razón clara por la que el Creador optara por inventar especies que fueran, a su vez, agrupables en entidades jerárquicamente superiores (como mamíferos, aves, hongos, plantas con flores, etc). Puestos a crear, ¿por qué no hacer entidades totalmente distintas y no agrupables entre sí?. La respuesta a estas cuestiones y otras similares no era fácil, pero siempre quedaba el recurso (utilizado nada menos que por Leibniz, entre otros) de recurrir a "determinadas razones de sabiduría y orden" que Dios se reservaba, o a que "siempre que algo aparece reprensible en las obras de Dios, debe adjudicárselo a nuestra ignorancia relativa".

Como cuestionar la forma de actuar del Sumo Hacedor no ha constituido generalmente una fórmula recomendable para disfrutar de una larga y tranquila vida, debatir sobre estas profundidades no fue tampoco una tarea demasiado habitual.

 


LA NATURALEZA DEL TAXÓN MÁS NATURAL

 

La especie: ¿Realidad o ficción?

 

Como hemos visto, los biólogos organizan y clasifican a los seres vivos en categorías que denominamos especies. Hablamos, pues, de lobos, mariposas de la col, sardinas o seres humanos como de entidades naturales diferenciadas de otras entidades y, en algún sentido, homogéneas entre sí. Además, la biología adopta una estructura de clasificación jerárquica, es decir, agrupa a las especies en categorías superiores que van componiendo la compleja trama de las clasificaciones taxonómicas: las especies se unen en géneros, éstos en familias, las familias en órdenes, los órdenes en clases, éstas en troncos, divisiones, Phylla o "fila" (el plural latino de "filum" o Phillum) y éstos, finalmente, en los cinco Reinos en que se clasifica, en último término, todo organismo vivo; una propuesta sintética que debemos al ya fallecido biólogo de la Universidad de Cornell, Robert H. Whittaker (1959). Tan sólo quedan excluidos de esta sistemática de los Cinco Reinos los polémicos virus, sobre los que se discute su derecho a ser definidos como seres vivos, puesto que, de cualquier modo, carecen de estructura celular. Además, éstas macromoléculas o suborganismos deben su existencia, probablemente, a la escapatoria, desde diferentes organismos vivos, de moléculas genéticas protegidas por otras moléculas proteicas. Dos relevantes biólogas de la talla de Lynn Margulis y Karlene V. Schwartz, discípulas de Whittaker, han recopilado y proporcionado una excelente visión general de estos "cinco reinos" en una conocida obra de ese mismo título, un libro que el mismo Stephen Jay Gould califica, en su prólogo, como un tesoro intelectual[20].

 

De todas las categorías antes mencionadas se suele aceptar que la más natural es la de especie, en tanto que las otras son entidades forzadas artificialmente por la necesidad de agrupar dichas entidades naturales en otras superiores. De hecho, en cualquier grupo de organismos y a cualquier escala es frecuente encontrar discrepancias entre los expertos acerca de los límites entre las agrupaciones, el números de ellas o su adscripción exacta.

 

Sin embargo, no siempre resulta tan evidente la razón utilizada para considerar natural la categoría de especie. En cuanto se escarba un poco en esta cuestión, se encuentran algunos hechos que ponen en tela de juicio la aparente evidencia de su naturalidad. Se trata de una contrariedad sin duda incómoda, pero con la que no queda más remedio que convivir. De todas formas, algunos de estos problemas son compartidos por todas aquellas labores que tratan de organizar en categorías a entidades diversas: es, por tanto, una complicación que aparece unida a la idea de clasificar.

 

Pero, ¿qué es clasificar?

Si consultamos el Diccionario de Uso del Español de María Moliner, encontraremos que "clasificar” es "dividir una cosa en clases" o "asignar una cosa a una determinada clase o grupo". Además, la "clase" queda definida como "cada grupo o división que resulta de repartir las cosas de un conjunto poniendo juntas las que tienen un mismo valor o ciertas características comunes".

Según estas definiciones, parece evidente que una buena clasificación resultará de averiguar o establecer con éxito cuáles son las características verdaderamente importantes para las finalidades que pretendemos.


Dentro de la Biología, la Sistemática constituye la ocupación de quienes tratan de determinar el complejo entramado de relaciones evolutivas o filogenéticas existentes entre los seres vivos, buscando un lugar en el que encaje cada uno de los tipos de organismos.

Los taxónomos, por su parte, se ocupan de estudiar y analizar las características de los organismos con el propósito de encuadrarlos en un taxón o una categoría taxonómica concreta, una de las cuales sería la propia especie biológica. Es lo que hace un biólogo cuando clasifica un espécimen en una categoría y un lugar determinado dentro del orden que establece la Sistemática. Es también lo que realiza cualquiera cuando, ayudado tal vez por unas claves dicotómicas, trata de averiguar el nombre de la especie a la que pertenece un espécimen.

Realmente, Taxonomía y Sistemática han sido definidos, con mayor rigor, como quehaceres propios y diferenciados. Ernst Mayr, uno de los "padres" de la teoría sintética de la evolución (la forma de entender el proceso evolutivo actualmente mayoritaria entre los biólogos, consistente en adaptar la teoría de Darwin a la genética moderna y a otros avances de la biología que ha traído este siglo), ha definido la Taxonomía como "la teoría y la práctica de la clasificación de los organismos", mientras que la Sistemática sería "el estudio científico de los tipos y diversidad de organismos y de las relaciones entre ellos"[21]. No obstante, la tarea y contenido de ambas disciplinas siguen resultando lo suficientemente próximas e imbricadas como para entrelazarse casi indisolublemente.

 

Los biólogos inventan nuevos taxones cuando un espécimen no encuentra acomodo en las categorías preexistentes. Se definen así nuevas especies que requieren para ello de una concienzuda descripción científica (aunque a veces la reducción del número de ejemplares con que se cuenta o la parquedad de su conocimiento relativiza considerablemente la afirmación anterior). Con ello se busca dar seguridad a la búsqueda de acomodo sobre el complejo árbol filogenético de la vida, incluso habilitando para ello nuevas ramas en aquél. Esto no siempre es fácil y algunos casos tienen que encontrar una ubicación provisional mientras se trata de averiguar más características fundamentales que nos permitan reconstruir las relaciones evolutivas con otros organismos y, a través de ellas, se justifique una colocación más precisa.

La unicidad del ensayo evolutivo representado por cada especie distinta constituye un motivo de admiración ante la estrategia siempre activa de la vida por conseguir diversificar sus ya variadas formas. Por eso, la tarea de describir y "catalogar" una nueva especie constituye una aventura científica intelectualmente emocionante (y a veces humanamente absorbente). Algunos casos, además, han llegado a constituir auténticas epopeyas humanas. Trataremos de reconstruir algún ejemplo.

 


UN SIGLO ENTRE EL OKAPI Y EL MUNTJAC GIGANTE

 

Cómo se ficha una nueva especie

 

En 1901, el doctor Scatler recibió en su laboratorio unos trozos de piel que le habían sido enviados desde la lejana Africa por su amigo Harry H. Johnston. La piel no parecía pertenecer a ninguna especie conocida, por lo que Scatler decidió crear una nueva especie con ellos, integrando a su desconocido portador en el grupo de los caballos. Le puso el nombre de Equus johnstoni (algo así como el caballo o la cebra de Johnston), según la costumbre científica (heredada de Linneo, como ya vimos) de utilizar dos nombres latinos para nombrar a cada especie. Se formulaba así para la ciencia una nueva especie dentro del grupo de los caballos y las cebras; una especie que vivía en el corazón del entonces Congo, el país del que provenía la piel que enviaba Johnston.

Mientras tanto, el explorador se había obsesionado considerablemente en Africa con el asunto de su supuesto équido de la selva, e insatisfecho con haber obtenido tan sólo los restos incompletos de una piel, trataba de capturar un ejemplar de aquella, al parecer, nueva y extraña especie sobre la que había escuchado fascinantes relatos a los indígenas de la región. Finalmente, unos años más tarde, en 1906, Johnston consiguió su propósito, gracias a lo cual de nuevo se encontró sobre la mesa de un laboratorio científico un ejemplar, ahora completo, del extraño animal centroafricano. El estudio detallado permitió rectificar la primera e inadecuada clasificación de la piel inicial, integrando a su portador en el grupo de las jirafas, lo que exigía un cambio en el nombre del género. Nacería para la biología Okapia johnstoni, el raro Okapi, una especie remanente de una línea evolutiva constatada por restos fósiles de unos treinta millones de años y que tiene sus más cercanos parientes entre las actuales jirafas, unos protagonistas habituales en el paisaje de la sabana africana.

 

La adscripción de una especie cualquiera a una u otra línea evolutiva implica, como hemos visto, la concesión de un nombre (Okapia johnstoni, en el caso anterior) que supone su automática asignación a un determinado género (en este caso, uno nuevo: Okapia). Hecho esto, se define el acomodo final en el linaje taxonómico completo. En el caso del Okapi, la línea completa de adscripción taxonómica es la siguiente:

 

*Especie:                    Okapia johnstoni (Sclater)

*Género:                    Okapia

*Familia:                    Giraffidae (Jiráfidos)

Superfamilia:             Cervoidea

Grupo:                        Pecora

Suborden:                   Rumiantia (Rumiantes)

*Orden:                      Artiodactyla (Artiodáctilos)

Cohorte:                     Ferungulata

Infraclase:                  Eutheria = Placentaria (Placentarios)

Subclase:                    Theria (Terios)

*Clase:                                   Mammalia (Mamíferos)

Subphylum:                Vertebrata (Vertebrados)

*Phyllum:                  Chordata (Cordados)

*Reino:                      Animalia (Animales)

 

(se han señalado con un * las agrupaciones de mayor relevancia)

 

De ello podemos deducir, por ejemplo, que los Okapis deben compartir con los restantes Jiráfidos algunos antepasados comunes que aparecieron en el Mioceno y se distribuyeron durante el Plioceno por la Europa Meridional y Asia (a pesar de los cual, los únicos dos géneros actuales: Giraffa y Okapia, son exclusivamente africanos). Además, la adscripción de los Jiráfidos entre los Cervoideos implica también que provienen de antepasados que comparten con los actuales Cérvidos y con los ya extinguidos Palaeomerycidae, los cuales, a su vez, se remontan en su existencia hasta el Oligoceno-Plioceno. Todos ellos comparten con el resto de los Artiodáctilos un mismo origen, que los paleontólogos sitúan en el Eoceno inferior, lo que les distingue de los Perisodáctilos, los Carnívoros u otros tipos de Mamíferos, y de los que en algún momento se separaron, siguiendo cada grupo su propio derrotero evolutivo.

Podríamos pensar que peripecias como la protagonizada por Harry H. Johnston tras los esquivos ejemplares de una extraña jirafa selvática con un cuello corto sólo ocurrían a comienzos de este siglo. Nos equivocaríamos. Aunque sí es cierto que la mayor parte de las especies de mamíferos deben haber sido ya descritas (lo que no sucede con la mayor parte de los otros grupos de seres vivos), no se han acabado las sorpresas al respecto. Lo veremos siguiendo otra crónica similar, pero ahora desarrollada casi un siglo después y en otro continente.

 

A comienzos de 1994, un cazador vietnamita lograba capturar en los bosques de su país el primer ejemplar que pudo estudiar la ciencia del Saola, un rumiante de una nueva especie sobre la que sólo se tenían confusas noticias, pues no había podido estudiarse ningún ejemplar completo (una curiosa repetición de la situación con Johnston y el Okapi en el Congo, casi un siglo antes). Al hallazgo del Saola (bautizado científicamente como Pseudoryx nghetinghensis) siguió un programa de investigación con fines científicos y conservacionistas desarrollado conjuntamente por el Gobierno vietnamita y el Fondo Mundial para la Conservación de la Naturaleza (World Wide Fund for the Nature), gracias al cual se iniciaron diversos trabajos en la Reserva Natural de Vu Quang, situada al norte del país y donde se localiza el hábitat natural del nuevo mamífero descubierto. Como resultado inmediato del programa, en marzo del mismo año se descubrió una nueva especie perteneciente al grupo de los muntiacs o muntjacs, una subfamilia de cérvidos que se extiende desde el Sur de China hasta Birmania y la India. Se trataba del Muntiac o Muntjac Gigante (que se encontró también en la vecina Laos). A este nuevo integrante de nuestro familiar grupo de los mamíferos, se le asignó el nombre latino de Megamuntiacus vuquangensis.

Tan sólo en unos meses y como resultado de una investigación centrada en una reducida aunque rica área tropical, la lista de Artiodáctilos fichados por la ciencia se vio engrosada con dos nuevos integrantes[22].

 

La lejana aventura de Johnston volvió a repetirse en el crepúsculo del segundo milenio.

 


DARWIN Y LOS ZORROS DE CHILE

 

Sobre especies y subespecies

 

La tarea antes descrita para el Okapi o el caso del Muntjak gigante no es, en modo alguno, una excepción en el trabajo de los naturalistas, aunque en aquellos casos destaque la relevancia (y el tamaño corporal) de las especies descritas. Si no todos los días se descubre un nuevo mamífero, sí es válida la frecuencia para otros grupos de organismos. Así, por ejemplo, tan sólo durante el periodo 1988/89 y para el grupo de los coleópteros (un Orden de la treintena que componen la Clase de los Insectos, aunque el más numeroso), tuvieron lugar 2.134 procesos de descripción y catalogación de nuevas especies para la ciencia, siendo recogidas en el Zoological Record (algo así como el inventario de los nuevos "hallazgos" habidos en la taxonomía de animales).

Entre un millón y medio y casi dos millones de especies descritas han pasado por procesos semejantes.

Los sistemas que hoy utilizan los taxónomos con el fin de clasificar los organismos, diferenciar las especies y construir grupos taxonómicos de diferente nivel jerárquico, alcanzan ya una alta sofisticación técnica. De los tradicionales estudios morfológicos que constituían la práctica fundamentación de la clasificación en el pasado, se ha pasado (sin abandonar aquéllos) al estudio complementario de sus propiedades fisiológicas, bioquímicas y etológicas, aspectos a los que, últimamente, se ha añadido el análisis de las características más propiamente identificativas del linaje evolutivo: los genes, o su expresión más inmediata, las proteínas.

La aplicación de técnicas complejas para escrutar las secuencias de ADN o para desentrañar las de las proteínas (en un caso mediante secuenciadores de nucleótidos y en el otro por electroforesis) se realiza en pocos casos, pero cuando se hace permite trabajar sobre una base más cercana al criterio básico de relación evolutiva,  justificación de la sistemática y la taxonomía.  Esto es lo que ocurrió en Chile con el caso del llamado Zorro de Darwin (Dusicyon fulvipes), una especie endémica de los bosques templados lluviosos de la isla de Chiloé.

 

El Zorro de Darwin estaba considerado por muchos biólogos como una subespecie insular de otro cánido chileno, el Zorro Chilla (D. griseus), habitante del continente. De resultar cierta esa hipótesis, el Zorro de Darwin debería llevar el nombre científico de Dusicyon griseus fulvipes, indicando con ello el carácter subespecífico (es decir, con diferencias genéticas, pero no suficientes como para alcanzar el estatus de especie distinta) respecto a una especie que incluye, a su vez, a otras poblaciones y subespecies.

Sin embargo, el hallazgo de poblaciones de zorros de Darwin coexistiendo en algunos lugares del Chile continental con los chilla y con una tercera especie, los zorros culpeo (D. culpaeus), hizo suponer que aquéllos ya debían haber desarrollado los suficientes mecanismos de aislamiento genético como para constituir un grupo genéticamente independiente y con un porvenir evolutivo diferente del resto de los otros zorros. Había que demostrar para ello que las poblaciones de Chiloé y las continentales del Zorro de Darwin eran genéticamente similares entre sí, pero diferentes de las otras especies.

Para confirmar estos supuestos, un amplio equipo de biólogos de diversas nacionalidades llevó a cabo un estudio sobre 344 pares de nucleótidos ( los monómeros o "unidades químicas" que componen las extensas cadenas polímeras del ADN) que formaban parte de varias secuencias del ADN mitocondrial de ambas poblaciones. Los resultados obtenidos[23] permitieron asegurar tanto la coincidencia filética entre las poblaciones de los zorros de Darwin continentales y los insulares de Chiloé, como el aislamiento genético de ambos respecto a las otras dos especies estudiadas.

Lo que parecía muy difícil de resolver sólo desde la base de los análisis morfológicos y de comportamiento, era demostrado con la ayuda de la investigación genética molecular.

 

Puede parecer que este tipo de estudios tiene sólo un interés puramente "biológico" o "científico". Sin embargo, la trascendencia puede ser bastante mayor: la constatación de que los zorros de Darwin (una especie que Darwin recolectó en Chiloé en 1834 durante su viaje a bordo del Beagle, motivo por el cual hoy los zorros llevan su nombre) constituyen una especie distinta, da un valor cualitativamente distinto a su posible extinción. Si los resultados hubieran concluido que se trataba de una variante de los Chilla, su extinción (con ser un asunto lamentable y representar una pérdida importante en la diversidad genética de la especie) resultaría menos grave, al poderse repoblar la isla con individuos procedentes de otras poblaciones Chilla. Pero, al tratarse de una especie (y, por tanto, de un único y aislado experimento de la vida sobre la Tierra), su desaparición representaría una pérdida irreversible en la biodiversidad mundial de especies. 

 

Lamentablemente, la especie de zorro que Darwin observó en Chiloé es hoy una especie en peligro de desaparecer de la Tierra: el proceso de alteración de los ecosistemas forestales naturales de Chile ha sido constatado y denunciado por la asociación CODEFF-Amigos de la Tierra de Chile[24], que ha calculado en un 30 por 100 la reducción de la superficie de los bosques nativos costeros del país, hábitat de los zorros. Esta pérdida de ecosistemas forestales originales se debe sobre todo al esfuerzo de las compañías madereras por sustituir esos bosques originales mediante masivas plantaciones de pinos exóticos a la zona (Pinus radiata), más productivos en maderas para papel. Este proceso de alteración ecológica (muy extendido en algunos países como España) se viene desarrollando intensamente desde hace tan sólo una década en Chile. Con la constatación del carácter de especie del Zorro de Darwin, la destrucción de estos bosques nativos adquiere, pues, una nueva dimensión de impacto ambiental, al arrastrar hacia la extinción a esta especie de cánido única en el mundo.

De seguir así las cosas, el Zorro de Darwin puede quedar reducido a la evocación que puedan aportarnos los restos disecados de la especie, como los del ejemplar llevado por el entonces joven naturalista inglés para ser expuesto en el Museo de la Sociedad Zoológica. Una especie más se añadiría entonces a la larga  lista de aquellas destinadas, por la codicia o la insensibilidad (¿insensatez?) humanas, sólo a ser observadas en las tristísimas salas que los museos de Historia Natural dedican a quienes ni nosotros ni las próximas generaciones veremos nunca más vivos, como el Dodo, el Alca Gigante o las al menos 242 especies de vertebrados que se han constatado como extinguidas desde 1600 hasta la revisión que Walter Reid y Kenton Miller hicieron para el Instituto de Recursos Mundiales en 1989[25] (recientemente, el Centro Mundial de seguimiento para la Conservación ha actualizado estos datos, ofreciendo la cifra documentada de 315 especies de vertebrados extinguidos en dicho plazo).

 

Si se piensa que las "distancias" genéticas que separan a muchas especies son muy escasas, al representar tan sólo una mínima fracción de su historia evolutiva (frente a la larga etapa del discurrir común por la historia de la vida), es fácil entender que la tarea de clasificar no sea a menudo sencilla. Por otra parte, nuestro "ojo" se ha acostumbrado a percibir las diferencias en lo que está, en realidad, compuesto por una considerable dosis de semejanzas, pero ese mismo "ojo" nos engaña fácilmente, al percibir con mayor facilidad las diferencias de lo que nos es más próximo y discernir más torpemente lo que nos resulta remoto. Así, la mayor parte de los invertebrados pueden parecen similares a muchas personas (y no hablemos del mundo de lo microscópico), mientras que cualquiera es capaz de discernir las "enormes diferencias" existentes entre los distintos tipos de vertebrados (y, por supuesto, entre éstos y la especie humana). Todo lo contrario de lo que sucede en realidad, ya que la diferencia genética entre chimpancés y humanos es tan mínima que resulta demasiado evidente que nos esforzamos por distanciarnos a cualquier precio del resto de los seres vivos cuando tratamos de poner tanta distancia taxonómica hasta con nuestros más próximos parientes evolutivos.

No obstante, lo cierto es que una vez iniciado el proceso de diferenciación genética que va distanciando progresivamente a dos poblaciones hasta el punto de hacerlas dos especies divergentes, aparecen ventajas selectivas para aquellos mecanismos que evitan la posibilidad de "equivocaciones" con respecto a con quién reproducirse, de forma que "no se pierda demasiado el tiempo y las energías" formando individuos híbridos no fértiles o ensayando apareamientos infructuosos e inútiles. De esta manera, hemos de esperar que progresen aquellos procedimientos que ayuden a afianzar las diferencias, allanando el camino al taxónomo.


 




TAXÓNOMOS SIN TITULACIÓN

 

Sobre el conocimiento indígena de las especies

 

Aunque a los habitantes de las ciudades se nos haya ido olvidando (o quizás es que nunca lo hemos sabido), deberíamos recordar que la mayor parte de la historia de la humanidad ha transcurrido en tan estrecha dependencia de la naturaleza que la capacidad de interpretación de ésta ha sido, más allá de una fuente de placer estético aún vigente, un factor clave para la supervivencia individual y la del grupo al que se pertenecía. Las poblaciones indígenas, cuya subsistencia actual aún depende estrechamente de la capacidad para desenvolverse correctamente en su medio natural, conservan como parte fundamental de sus culturas sistemas eficaces de clasificación y nomenclatura de los seres vivos con los que se relacionan. Estos sistemas tienen, debido a su motivo último, un marcado sesgo pragmático, aunque luego se camuflen bajo ornatos mitológicos y legendarios, para acabar formando parte de lo que, en el uniformado mundo actual, constituye la mayor parte de la actual diversidad cultural humana, un tipo de diversidad no menos amenazada que muchos de los componentes de la biodiversidad de los que venimos hablando.    

Difícilmente nos atreveríamos a calificar esos sistemas indígenas como "científicos" en el sentido estricto del término. Sin embargo, muchos etnólogos, antropólogos y biólogos han quedado impresionados por el grado de finura y adecuación biológica que muchos de ellos manifiestan, hasta el punto de que resultan, en algunos niveles, indistinguibles de las clasificaciones que los taxónomos han ido elaborando con el sofisticado apoyo de las modernas técnicas científicas.

Hasta que la formulación de la teoría evolutiva posibilitó una explicación causal y razonable para las semejanzas y diferencias entre las especies, las clasificaciones anteriores trataban de adivinar (nunca mejor empleado el término) el complejo plan de la Creación, hasta organizarlo comprensiblemente para los hombres. En el fondo, tales sistemas (que sí incluimos en la historia de la Ciencia) parten de criterios de causalidad del tipo de "porque así lo quiso Dios", compartidos tanto por el creacionismo cristiano como por muchas teologías y mitologías desarrolladas por diversas comunidades indígenas. Si en un caso encontramos un único creador y en otros la "divinización" se multiplica varias veces para inventar distintos seres relacionados con los animales o los fenómenos de la naturaleza, poco importa al caso. Lo cierto es que la verdadera diferencia cualitativa sólo se produce con la aparición de la explicación causal razonada aportada por el evolucionismo. Aparece entonces un elemento clave que separa los sistemas biológicos de clasificación de los puramente descriptivos y ausentes de explicación causal razonable. Aunque ambos tipos pueden compartir algunas formas de discernir y de establecer las diferencias formales entre sus clases de organismos hasta llegar a proponer resultados similares, lo cierto es que parten de presupuestos diametralmente opuestos.


Quizás hoy nos asombre comprobar que todos los musgos fueron una vez catalogados científicamente dentro de un único género o que los ánades reales han sido descritos en dos especies diferentes correspondientes, respectivamente, al macho y a la hembra, error que se ha repetido en varias ocasiones a lo largo de la historia de la taxonomía. Sin embargo, estos casos sólo reflejan el resultado de una observación insuficiente de la naturaleza, de forma que sus errores pueden corregirse sin necesidad de renunciar o cambiar ningún presupuesto teórico de los que fundamentan la clasificación biológica, sino, tan sólo, estudiando los organismos con mayor cuidado. Al volver la vista hacia "observadores de la naturaleza" tan experimentados y eficaces como lo son muchas de las comunidades indígenas, ¿qué diferencias reales encontramos entre las entidades de seres vivos que ellos distinguen y las especies aceptadas por la ciencia? La respuesta, como veremos, es que bien pocas. En muchos casos, esta circunstancia, más que para realzar el respeto y el aprecio de la ciencia y la sociedad moderna por las culturas indígenas, ha servido para desarrollar formas en las que apropiarse de tales conocimientos sin contrapartidas ni reconocimiento real de la labor que generaciones de pueblos autóctonos viviendo en medios difíciles ha desarrollado. Pero no es momento de adelantar aún acontecimientos sobre los que luego volveremos.

 

Veamos ahora algunos casos relativos al conocimiento indígena.

 

El primero de los múltiples casos posibles con que podemos ilustrar el grado de perfección en el conocimiento biológico indígena (aunque sólo aportaremos tres) lo encontramos en los ambientes húmedos de los bosques ecuatoriales americanos. Allí sobreviven aún muchos de los pueblos selváticos herederos de la gran comunidad amazónica que habitaba la zona antes de la llegada de los europeos (las cifras estimadas para la población de entonces son más altas de lo que muchas personas creen, ya que, para muchos antropólogos e historiadores, la población selvática superaba los cinco millones de habitantes en 1500). Los Siona-Secoya son hoy el pueblo que habita la cuenca del río Aguarico en Ecuador. Se trata de un pueblo cazador y recolector que extiende su territorio por más de mil kilómetros cuadrados de bosques húmedos ecuatoriales y que depende, por tanto, de su conocimiento acerca de los potenciales alimentos que ofrecen estos medios para poder sobrevivir en ellos, así como de las costumbres y hábitats que sus presas manifiestan. W. Vickers estudió durante un largo tiempo las costumbres de este pueblo durante sus partidas de caza. Para ello los acompañó en sus viajes detrás de sus presas a través de las selvas americanas, llegando a sumar más de 800 días de caminatas y experiencias comunes distribuidas a lo largo de una década. De esta actividad obtuvo una interesante información sobre la forma en que este pueblo se desenvuelve en su entorno. Para lo que nos interesa, los resultados de esta investigación etnobiológica aportaron diversos datos por los que hoy sabemos que los Siona-Secoya son capaces de reconocer alrededor de 2.000 especies botánicas diferentes existentes en su entorno, de las que utilizan habitualmente 224[26] (como comparación, hay que recordar que en toda España hay tan sólo unas 8.000 especies totales de plantas). No es preciso decir que una expedición científica que hubiera tenido que realizar un trabajo de reconocimiento taxonómico similar habría tenido un largo y duro trabajo por delante.

 

Un segundo ejemplo fue relatado por un prestigioso científico al que ya hemos mencionado antes. Se trata del conocido zoólogo Ernst Mayr, quien ha contado en varias ocasiones cómo comprobó personalmente, durante una expedición habida en 1928, la capacidad de los nativos para distinguir perfectamente 136 de las 137 especies de aves existentes en las montañas Arfak, situadas en el occidente de Nueva Guinea; tan sólo confundían entre sí dos especies del género Gerygone, que eran muy similares[27].

Finalmente, un tercer caso nos permitirá comprobar que las coincidencias en la clasificación científica y cultural indígena no se limitan necesariamente al nivel de especie. Es lo que hallaron los etnobotánicos Berlin, Breedlove y Raven al estudiar el sistema jerárquico de clasificación de las plantas que han elaborado los Tzeltal, un pueblo indígena de la convulsionada y maltratada región de Chiapas, al sur de Méjico. La cultura Tzeltal reconoce 471 tipos botánicos (taxones) que ordena en categorías superiores con un grado de similitud organizativa sorprendente respecto de los géneros y especies establecidos por la Taxonomía botánica[28].

En estos tres casos (y otros muchos más existentes) puede constatarse la proximidad a la idea de especie como unidad de clasificación que alcanza un conocimiento detallado de la naturaleza, aunque alejado de las pautas científicas de la biología, como es el indígena; por lo que cabe pensar en la evidencia "natural" de este concepto científico. Pero, si resulta tan alta la coincidencia en este punto entre el conocimiento cultural de los pueblos indígenas y el científico: ¿por qué muchos biólogos se muestran escépticos sobre el supuesto carácter natural del concepto de especie?.

 

El problema se encuentra en el hecho de que, debido al carácter evolutivo y genéticamente diverso de las especies, éstas no constituyen siempre una categoría tan clara, definida y suficientemente homogénea como parece a primera vista. La cuestión se agrava en algunos grupos de seres vivos, hasta llegar a perder el sentido de la categoría de especie en algunos de ellos.

Incluso en los grupos más próximos a nosotros, como las aves, el problema de la identidad natural de las especies no se circunscribe exclusivamente a la dificultad que pudiera existir en la diferenciación anatómica de los especímenes procedentes de dos especies distintas (como era el caso del único "error" que cometían los nativos de Nueva Guinea con sus aves), sino que va mucho más allá. Pero, para entender el fondo del asunto es preciso volver otra vez a la idea de evolución (aunque prometo que brevemente).

 




DARWIN Y WALLACE, DE NUEVO

 

La evolución de las especies

 

¿Cuál es el núcleo de la idea de Darwin-Wallace que tanto modificó el pensamiento de la biología y, con ella, del conjunto de la filosofía y la ciencia de finales del pasado siglo?

 

Realmente, la idea central contiene, en su formulación básica tal sencillez y belleza conceptual que, al igual que las grandes ideas que más han influido en la ciencia y el pensamiento, puede parecer extraño que no fuera anteriormente expuesta.

De hecho, ni Charles Darwin ni Alfred Wallace "inventaron" el evolucionismo, que ya anteriores pensadores y científicos como Lamarck o el propio abuelo de Darwin[29] habían defendido, sino que construyeron la explicación más válida y coherente (y con los argumentos y pruebas más convincentes) para explicar el proceso de la evolución.

Ya hemos comentado que Darwin nunca contó con una teoría adecuada sobre la herencia que le sirviera para apoyar en ella sus argumentos evolutivos (y eso a pesar de que Gregor Mendel había publicado ya en 1866 en las memorias de la Sociedad de Naturalistas de Brünn su trabajo Ensayos sobre los híbridos vegetales, donde se encuentran las bases del origen de la genética; un trabajo que no tuvo influencia real en la biología hasta su redescubrimiento en 1900). Por eso, El Origen de las Especies adolece de una importante ausencia genética. La complementación no se produciría hasta la primera mitad del presente siglo y, en realidad, continúa en la actualidad como uno de los ejes centrales de las preocupaciones que embargan a la moderna biología evolutiva.

La reformulación de la teoría de la evolución a partir de la luz aportada por la genética (nacida, a su vez, del rescate de las ideas de Mendel, realizado por  Hugo De Vries y Carl Correns en 1901) reforzará los contenidos de la teoría de Darwin y rellenará algunas lagunas. Así nacerá la llamada "teoría sintética de la evolución", formulada entre 1930 y 1950 por el paleontólogo Georges G. Simpson, los zoólogos Ernst Mayr (¿recuerdan?) y Julian Huxley, el genético Theodosius Dobzhansky y el botánico Ledyard Stebins, principalmente.

Hoy día, aun prevaleciendo el núcleo central de la explicación darwiniana, con los añadidos y ajustes aportados por el neodarwinismo, coexisten diferentes opiniones sobre el grado de importancia que en el proceso de la evolución han tenido los distintos mecanismos y procesos implicados, así como sobre su carácter homogéneo o irregular. Hay explicaciones neodarwinistas consideradas más "ortodoxas" y otras que ofrecen importantes matices diferenciadores. Por ejemplo, mientras unos se declaran "gradualistas", otros defienden la idea aportada por la teoría de los equilibrios puntuados siguiendo una propuesta que en 1972 realizaron Stephen J. Gould y Niles Eldredge, como una corrección de la teoría sintética de mediados de siglo. Según la teoría de Gould y Eldredge, la evolución de las especies no sigue un proceso gradual como sugieren los "ortodoxos gradualistas" , sino que se compone de largos periodos de estasis o inmovilidad, separados por periodos cortos de intensa modificación. Algunos han calificado esta teoría de heterodoxa e inadecuada frente a lo que sostiene la corriente mayoritaria de los evolucionistas graduales, manteniéndose un largo debate que aún no ha finalizado. De cualquier modo, palabras recientes (y modestas) de Niles Eldredge ofrecen una visión mucho más integrada de su propuesta en relación a la corriente ortodoxa de la teoría sintética:

 

"El equilibrio puntuado era cuestión de reunir la atención de George Simpson a las pautas evolutivas en el registro fósil con las conclusiones de Theodosius Dobzhansky y Ernst Mayr acerca de la naturaleza de las especies y las discontinuidades que surgen del proceso de especiación. Las implicaciones resultantes -una de las cuales es la naturaleza general de los sistemas biológicos a gran escala- han ocupado la mayor parte de mi atención[30]".

 

y aún más claro:

 

"Todos estamos de acuerdo en cuanto a lo fundamental del cambio evolutivo: la modificación adaptativa a través de la selección natural. (......)

El equilibrio puntuado reafirma la importancia de la discontinuidad en el discurso evolucionista. Aunque el papel de "defensores de la fé" suele atribuirse a los ultradarwinistas, en realidad fueron Mayr y Dobzhansky, como fundadores de la "síntesis moderna", quienes primero inyectaron un elemento de discontinuidad en el discurso evolucionista".  

 

Hay que advertir que Eldredge denomina ultradarwinistas a quienes defienden (en oposición a su sector, que él agrupa bajo el calificativo de "los naturalistas") que "la dinámica fundamental subyacente en todo lo que es de naturaleza biótica es un afán competitivo por dejar copias de los propios genes". Como más representativos de los ultradarwinistas señala con el dedo a John Maynard Smith, George Williams y Richard Dawkins.

De cualquier modo, hoy sabemos que todas las especies contienen un importante grado de diversidad genética, es decir, que aunque los cromosomas de todos los organismos de la especie alberguen muchas secuencias con la misma información para todos ellos, hay una fracción importante en la que existe posibilidad de variabilidad entre los individuos. Por ello no todos los organismos de una misma especie son genéticamente idénticos al modo en que lo son los gemelos homocigóticos o los organismos resultantes de algún proceso de reproducción asexual (por ejemplo, dos plantas obtenidas una de la otra por medio de un esqueje).

La variedad genética tiene su origen último en la mutación. Éste es un proceso en el cual la información genética se modifica y altera de forma absolutamente aleatoria. Es importante recalcar que la dirección de las mutaciones es impredecible y azarosa, porque éste es el punto principal que falla en la explicación de las teorías neolamarkianas, las cuales recurren a algún sistema -no encontrado- por el que desde el ambiente externo o desde la "voluntad" del organismo se pudiera guiar el proceso de cambio genético hacia lo conveniente, deseado o requerido por la especie (los consabidos cuellos largos para la jirafa que quiere alcanzar las ramas más altas o la inteligencia comprensiva para los gremiales seres humanos que carecen de otros elementos para su supervivencia, por poner dos ejemplos frecuentados).

Es cierto que a menudo reaparecen algunas ideas relacionadas con lo que Jean Baptiste Antoine de Monet, Caballero de Lamarck, propuso inicialmente en su Filosofía zoologica de 1809. Sucedió esto, por ejemplo, cuando Barbara MacClintock descubrió lo que le reportaría el Premio Nobel en 1983: los llamados genes saltarines o transposones. Éstos son trozos de material genético que pueden soltarse e intercambiarse con otros en los cromosomas, modificando así pautas importantes del fenotipo o manifestación externa del organismo. En ello algunos han querido ver una cierta forma en la que el ambiente puede actuar sobre la propia información genética. La forma de actuar desde el medio exterior sobre el genoma pudiera ser a través del efecto que parece tener el "estrés" ambiental (por ejemplo, la reducción en los recursos alimentarios) sobre la actuación de los sistemas reguladores y controladores de la recombinación genética del ADN, observados en algunas poblaciones de bacterias[31]. Se han descrito dos sistemas básicos de regulación, uno que trata de reparar los posibles pequeños errores cometidos en el proceso de duplicación o replicación del ADN (el llamado "sistema de reparación de errores" o SRE) y otro que actúa en casos de alteración grave del proceso de replicación del ADN (conocido como sistema SOS). La activación y desactivación de uno u otro parece que pudiera estar condicionada en algunos casos por situaciones de estrés ambiental, de forma que en estos casos se activaría la mutagénesis y se propiciaría la capacidad de aparición de nuevas formas de genes. De esta manera, un proceso de tipo lamarckiano podría estar interviniendo en la evolución de los organismos (al menos de los bacterianos, en los que se ha descrito esta situación, aunque también los otros organismos poseen esos sistemas de regulación de la replicación del ADN). Sin embargo, no puede decirse que esto suponga una "descalificación" del "núcleo central" de la teoría darwiniana de la evolución o de sus postulados básicos.

 

De todas formas, es conocido desde hace mucho tiempo que las tasas de mutación se pueden incrementar artificialmente o por algunas condiciones ambientales como la influencia de campos radiactivos y otras formas de radiación de alta energía, como la ultravioleta, o mediante sustancias químicas. Esta es la razón de que esperemos alarmados un incremento de los cánceres de piel en los próximos años, motivados por la mayor exposición de ésta a los rayos ultravioleta incrementados al producirse un adelgazamiento en la Capa de Ozono de la Estratósfera. Estos procesos de mutación se inician muchos años antes de que se manifiesten patológicamente por la aparición de tumores cancerosos. Algunas de tales mutaciones no consiguen ser corregidas en las "revisiones" que las células realizan sobre su propia información genética (como han explicado en un reciente artículo, publicado en la revista Investigación y Ciencia, los investigadores de la Universidad de Yale, David Leffell y Douglas Brash[32]), por lo que desembocan finalmente en la aparición de cánceres.

Aunque la mutación es un proceso indispensable de la evolución, supone, en la inmensa mayoría de los casos, un perjuicio importante para el organismo que la padece, particularmente si éste pertenece a una especie con una alta complejidad genética), dado que, en la mayor parte de las ocasiones, la alteración tendrá repercusiones negativas en forma de taras genéticas, enfermedades metabólicas, problemas de desarrollo, ... Tan sólo una fracción minúscula de las mutaciones producirá un efecto final en algún sentido positivo para los individuos que lo portan (siempre en relación a un ambiente concreto), mejorando sus posibilidades de supervivencia. En esas escasas situaciones, el gen nuevo se irá paulatinamente extendiendo por la población y cambiando su composición genética.

Para entender por qué una mutación es generalmente negativa, podemos pensar en lo que ocurriría si modificamos al azar un gen cualquiera en un ser humano (por ejemplo, alterando una secuencia de su ADN): por pura probabilidad, lo más seguro es que hagamos inviable la fabricación de una proteína importante y anulemos con ello una función fisiológica determinada. En muy pocas ocasiones alcanzaremos una situación que sea, en algún sentido, más favorable que la anterior. Es como si en una poesía de Federico García Lorca cambiáramos al azar unas letras en algunas palabras: la probabilidad de mejorar la composición poética del texto no parece a priori muy alta.

Según la teoría ortodoxa neodarwinista, es sobre este reducido campo del beneficio de las mutaciones sobre el que se asienta la evolución de los seres vivos. Sin embargo, algunos biólogos modernos, como Margulis, reniegan de esta idea, dudando de que tan sólo esa hipótesis pueda explicar un proceso evolutivo que ha llevado a generar la actual complejidad de los seres vivos.

De cualquier modo, la diversidad genética sí constituye la base última de evolución, haya o no procesos distintos a los formulados por la teoría sintética neodarwinista para explicar la aparición de formas vivas complejas. Los peldaños básicos de la escalera evolutiva parecen estar, por tanto, en las pequeñas diferencias entre los organismos: diferencias dentro de las especies que son lo suficientemente pequeñas como para permitir que los individuos se puedan reproducir entre sí, pero lo suficientemente grandes como para suponer grados distintos en la capacidad de sobrevivir y tener descendientes. De aquí podemos rescatar el concepto biológico primero de especie como la unidad de clasificación de los seres vivos formada por todos aquellos individuos que, en condiciones naturales, sean potencialmente capaces de intercambiar y compartir poblacionalmente la misma información genética.

 

Aquí reside, también, la causa por la que los individuos de una supuesta misma especie pueden llegar a presentar problemas en cuanto a su adscripción o pertenencia a esa unidad homogénea y diferente de las otras especies. En ocasiones, es difícil interpretar dónde reside el límite entre lo que podemos definir como especies y lo que sólo serían poblaciones subespecíficas de una misma unidad mayor. Esta situación es posible encontrarla en muchos organismos con distribuciones amplias o disgregadas en núcleos separados.

 

Algunos casos plantean situaciones más que complicadas, como veremos a continuación.


LAS MALVASÍAS AMENAZADAS POR SUS PARIENTES

 

Un caso de hibridación

 

La Laguna Salada constituye, junto a la Chica y la Juncosa, el complejo de humedales del Puerto de Santa María, en Cádiz. Se trata de un conjunto de cubetas inundables características de las comarcas subbéticas y próximas a los sistemas de Chiclana y Puerto Real y a la gran laguna aislada de Medina[33]. Este grupo de humedales posee un gran interés naturalístico por diversas razones y, de hecho, fueron declaradas como "Reservas Naturales de las Lagunas de Cádiz" por la Junta de Andalucía.

La Laguna Salada es la mayor de las lagunas del Puerto de Santa María, alcanzando su lámina máxima de agua casi las 37 hectáreas de extensión, que se ven rodeadas de un cinturón de vegetación constituido por eneas, carrizos, juncos y tarayes. La laguna, además de por motivos ecológicos, tiene un interés ornitológico particular al albergar una importante población reproductora de Malvasía Cabeciblanca, junto a otras aves amenazadas como las fochas cornudas y las cercetas pardillas. Por todo ello ha sido incluida en el listado de zonas húmedas de importancia internacional del Convenio de Ramsar.

 

La Malvasía Cabeciblanca (Oxyura leucocephala) es un curioso pato cuya distribución mundial se extiende desde el Mediterráneo Occidental hasta China, con su mayor contingente localizado en Kazakstán y Turquía, donde se estima que hay una población de unos 12.000 ejemplares de un total mundial de tan sólo 14.000, por lo que la especie se considera amenazada, habiendo sido catalogada en la categoría de "vulnerable" a dicha escala mundial[34]

En España, la población de malvasías es muy reducida, estimándose en la actualidad en poco más del medio millar de ejemplares (el último censo, coordinado por la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía, dio como resultado 665 individuos, casi todos afincados en lagunas andaluzas).  Esta población, aunque aún escasa, es el positivo producto de una lenta recuperación desde el desastre que supusieron los años setenta, en los que solamente se tenía constancia de la existencia de 22 ejemplares, consecuencia del intenso proceso de degradación y reducción de su hábitat natural. La protección de las lagunas andaluzas, fundamentales para las malvasías, así como un programa de cría en cautividad desarrollado en el ámbito del Parque Nacional de Doñana son algunas de las claves de la recuperación de la especie, que a pesar de todo sigue estando catalogada como "en peligro"[35] en nuestro país (la categoría que supone un mayor riesgo de extinción de las oficialmente reconocidas por la Unión Mundial para la Conservación-UICN, lo que significa que se está en la antesala de la extinción de no se adoptarse medidas rigurosas).

En 1990, los biólogos que siguen y controlan las lagunas y sus poblaciones de malvasía detectaron en la Laguna Salada la presencia de un individuo parecido, pero algo diferente al resto de las malvasías cabeciblancas habituales en los humedales del complejo lagunar. Dicho individuo fue el primer caso constatado de híbrido entre la especie euroasiática y otra especie americana, la llamada Malvasía Canela u Oxyura jamaicensis, alguno de cuyos ejemplares se habían visto ya en España en 1983. Según la nomenclatura utilizada en estos casos, los híbridos son nombrados científicamente como Oxyura jamaicensis x leucocephala. Posteriormente se han vuelto a detectar híbridos en la laguna del Rincón, en Córdoba, así como ejemplares de la especie americana reproduciéndose en el embalse de El Hondo, en Alicante.

La alarma se extendió en el equipo encargado del seguimiento de la especie española, pues la hibridación podía poner en gran riesgo la supervivencia de la población ibérica, máxime cuando se descubrió que no sólo los cruzamientos entre ejemplares americanos y europeos eran viables, sino que, además, los híbridos también eran fértiles, por lo que pueden aparecer individuos de una segunda generación híbrida, debido a cruces entre los híbridos de primera generación entre sí o con ejemplares de cualquiera de los parentales. Por otra parte, la especie americana resulta ser más dominante en cuanto a la transmisión de sus características diferenciales. Por todo ello, se inició un proceso de identificación y caza selectiva de los ejemplares de Malvasía Canela y de los híbridos con el fin de erradicar dicho peligro.

 

¿De dónde provienen los ejemplares de Malvasía Canela aparecidos en el sur de España?

 

Ya hace algún tiempo, en varios puntos de Europa se detectaron ejemplares de esta especie  americana que se distribuye de forma natural desde el Canadá hasta la Tierra del Fuego (sólo en Estados Unidos se estimaron en los setenta unos 600.000 ejemplares reproductores). En la especie americana se reconocen tres subespecies: Oxyura jamaicensis jamaicensis; Oxyura jamaicensis andina y Oxyura jamaicensis ferruginea (en el caso de las subespecies se añade un tercer nombre al binomio latino). La razón de la presencia improbable de ejemplares americanos en Europa hay que buscarla en que en los años cincuenta, Gran Bretaña introdujo algunos ejemplares de una de las subespecies norteamericanas de malvasía (Oxyura jamaicensis jamaicensis) en el país, algunos de los cuales se escaparon y otros fueron liberados. Hacia finales de la década de los ochenta se estimó que, sólo en Gran Bretaña, la población escapada y asilvestrada alcanzaba los 2.400 individuos. Paralelamente, se han ido encontrando ejemplares divagantes expandiéndose por un amplio territorio que va desde Marruecos hasta Finlandia. Una vez más, una especie introducida escapaba del control humano y comenzaba a causar problemas ecológicos. Hay que recordar que la introducción de especie exóticas es considerada como uno de los procesos que más han contribuido a la extinción de otras especies en el mundo, de forma que para algunos expertos constituye ya la segunda causa de pérdida de biodiversidad mundial, tras la destrucción y fragmentación de los ecosistemas que constituyen los hábitats de las especies.

La Malvasía Canela (la americana) ha mostrado una capacidad adaptativa muy alta en Europa, al punto de empezar a poner en riesgo algunas de las poblaciones autóctonas (ya previamente amenazadas por otras actuaciones humanas) como la ibérica de Malvasías Cabeciblancas. Sin embargo, en relación con nuestro interés respecto a la definición de especie, viene a cuento la historia por tratarse de una situación en la que resulta posible el cruzamiento fértil entre las dos especies en condiciones naturales (aunque motivadas por el hombre). Ambas especies son perfectamente distinguibles entre sí, como recogen algunos trabajos publicados por los biólogos responsables del Plan de Cría en Cautividad, Carlos Urdiales y Pablo Pereira[36], con el fin de facilitar la diferenciación selectiva en el campo; incluso, manifiestan comportamientos diferentes, por ejemplo en el display de cortejo o conjunto de manifestaciones que preceden a la cópula en los machos. De no mediar la actuación humana, las dos especies, suficientemente aisladas por el Atlántico, proseguirían su diferenciación genética y sus vidas separadas, no siendo posible el cruzamiento entre ellas. Por otra parte, es evidente que se trata de dos formas genéticamente próximas, aunque los ornitólogos encuentren suficientes diferencias anatómicas. etológicas y ecológicas como para mantenerlas asignadas a especies distintas (no obstante, algunos zoólogos han propuesto su inclusión en lo que se denomina una superespecie). Sin duda, este caso, como otros, nos vuelve a dejar inermes ante la difícil frontera necesaria para la delimitación precisa del concepto de especie biológica.

 

(Por cierto, ya en 1996, la Junta de Andalucía anunció que se habían eliminado todos los ejemplares detectados en territorio español, aunque aún parecen quedar algunos en el sur de Portugal y el norte de Africa).




¿MULAS FÉRTILES?

 

Más sobre hibridación

 

Casi todo el mundo sabe que las mulas y los mulos son animales estériles. Casi todos sabemos que para obtener uno de estos animales es preciso cruzar un burro con una yegua o un caballo con una burra. Se trata de una hibridación entre dos especies, por lo que esperamos que no sea posible la hibridación fértil. Aquí sí estamos en lo cierto: la definición de especie como grupo aislado de reproducción funciona como predecimos. Sin embargo, hemos de recordar que las especies son entidades dinámicas; es decir: pueden cambiar y evolucionar (y, de hecho, lo hacen). El cambio procede siempre, en última instancia, de algún tipo de mutación, creciendo así la variabilidad genética dentro de la especie. La evolución se producirá por la variación en el tiempo de las características genéticas globales de las poblaciones, guiadas, según Darwin, por la selección natural (aunque no sea éste el único fenómeno que pueda intervenir). Algunos individuos sobreviven mejor y tienen más descendencia viable que otros con el consiguiente mayor influjo genético sobre la posteridad, lo que se ha querido significar mediante el término de "eficacia biológica" (una posible traducción del "fitness" inglés) como medida de la repercusión de la herencia genética de un individuo en las generaciones siguientes. Debido a todo ello, encontraremos diversas situaciones intermedias entre lo que podrían ser los extremos constituidos por dos poblaciones genéticamente similares, de un lado, y dos especies completamente aisladas, del otro.

En el caso de los burros y los caballos, se trata de dos especies próximas y con una importante relación filogenética, por lo que aún conservan suficientes semejanzas genéticas como para poder llevar a cabo con éxito la primera fase del proceso de formación de una cría híbrida. Sin embargo, son también lo suficientemente distintas como para que esa cría tenga problemas en su edad adulta con sus células reproductoras, que resultan ser incapaces de llevar a cabo la meiosis o división reductora (el proceso por el que la doble dotación cromosómica se reduce a la mitad con el fin de ser complementada con la otra mitad procedente del otro miembro de la pareja reproductora). Debido a esto, los mulos y mulas son estériles y ahí acaba toda la aventura de la hibridación: si el ganadero desea volver a tener mulos tiene que volver a recurrir a las especies originales. Caballos y burros, aunque modificados desde especies silvestres por la selección artificial humana, se comportan adecuadamente al concepto genético de especie.

Sin embargo, como hemos visto en el anterior caso de las malvasías, no todas las especies se comportan tan responsablemente para con los conceptos acuñados por los biólogos, de forma que incluso  encontraremos situaciones en las que la hibridación de lo que son reconocidamente especies distintas es capaz de iniciar sorprendentemente una nueva estirpe híbrida que resulta viable y algo diferente a las estirpes o especies ancestrales. Esto ocurre en algunos animales, pero resulta mucho más frecuente entre las plantas, en las que los límites del concepto de especie resultan a menudo más borrosas que en aquéllos. Estos casos de hibridación excepcional nos quieren decir que las especies parentales estaban lo bastante emparentadas evolutivamente como para que el mecanismo de especiación del que proceden no se haya consumado completamente, alcanzando el aislamiento genético absoluto.

En el caso de las plantas, el asunto se complica debido a la viabilidad de muchos mecanismos cromosómicos, generalmente letales entre los animales, pero que en aquellas deben haber supuesto una parte importante de sus procesos de especiación y diversificación. Uno de ellos es la poliploidía.

La poliploidía significa que cualquier célula normal (no reproductora) del organismo no posee dos dotaciones cromosómicas como sucede en los organismos "normales" o diploides (en los que una dotación se hereda del padre y la otra de la madre), sino que se tienen tres, cuatro o más dotaciones en cada célula normal del cuerpo. Esto se puede producir cuando, por algún error, se fusionan células reproductoras que no han sufrido la reducción meiótica en sus dotaciones cromosómicas y originan por ello un huevo o zigoto (y, de él, un nuevo organismo) que será "poliploide". En animales, de darse este proceso, suele conllevar la inviabilidad del nuevo organismo, con lo que se acaba el experimento, pero muchas plantas poliploides sí resultan ser viables, por lo que se puede producir a través de este mecanismo (y de forma instantánea) una nueva especie. De hecho, casi la mitad de las plantas con flores (que se agrupan en el Phyllum Angispermatófitos en la clasificación de los Cinco Reinos[37], o en la antigua Subdivisón Angiospermas de anteriores clasificaciones botánicas), resultan ser poliploides. Aunque la mayoría tienen dotaciones cromosómicas pares (cuatro, seis, ocho,..), algunas especies llegan a poseer dotaciones impares, en cuyo caso se hace imposible la reproducción sexual, pues es matemáticamente imposible distribuir equitativamente entre dos células gaméticas un número impar de cromosomas. No obstante, estas especies pueden perdurar mediante sistemas de reproducción asexual, como ocurre con muchas razas cultivadas de caña de azúcar, patatas o plátanos.

Aún más lejos va el caso de la llamada alopoliploidía, un proceso en el que se dan, a la par, la multiplicación de las dotaciones cromosómicas y la hibridación entre estirpes genéticas diferentes.

Con la existencia de estos procesos, la naturaleza consigue complicarle la tarea al taxónomo, al que le resulta mucho más difícil la definición de fronteras genéticas entre las estirpes reproductoras, el establecimiento de los niveles taxonómicos de especies, subespecies y variedades, y el seguimiento evolutivo de las plantas. Pero esa alta capacidad de diferenciación y diversificación genética que manifiestan muchas plantas ha representado, evolutivamente, una baza muy favorable para ellas, al permitir una adaptabilidad muy alta a los ambientes, utilizando en ocasiones la vía rápida de la modificación genética y alcanzando un rápido y eficaz incremento de su biodiversidad. Tal vez el hecho de que las plantas sean seres individualmente inmóviles haya propiciado el que la plasticidad genética fuera selectivamente beneficiada frente a lo que ocurrió en organismos móviles como los animales, que siempre han podido recurrir al movimiento para su readaptación ambiental.

Sin embargo, veremos que también las plantas se ven acosadas por un doble frente resultante de la contraposición de ventajas e inconvenientes entre  las formas de generación rápida de copias genéticas muy similares o idénticas (procesos de endogamia, reproducción asexual, etc.) y los más lentos mecanismos de formación de nuevos especímenes en los que se intercambia la información genética (reproducción sexual entre individuos).

 




ENAMORÁNDOSE EN SAN ANDRÉS DE TEIXIDO

 

Nuevas fuentes de diversidad.

 

                                         A San Andres de Teixido

                                                             vai do morto

                                                o que non foi de vivo

 

La premonición de San Andrés de Teixido alude a la importancia que los devotos dan a la peregrinación a este pequeño santuario. San Andrés de Teixido (unas decenas de casas alrededor de una iglesia del siglo XVII-XVIII) aparece ligado permanentemente a la larga historia de su santuario del que, al parecer, ya se encuentran noticias en el siglo XII. La aldea se ubica en el desplome de una ladera acantilada, escorada sobre el labio hundido de la falla que desgaja un trozo de la Serra da Capelada y la acerca al mar Atlántico, frecuentemente violento por estas tierras. Se trata de uno de esos lugares mágicos que forman parte de la esencia de la cultura gallega. La tradición aquí toma la forma de una peregrinación en romería que se produce varias veces al año, aunque la más importante tiene lugar el 8 de septiembre. A ella es a la que se refiere la rima, congregando a los que prefieren no tener que ir de muerto, sino bien vivos, mientras quizás llegan por las noches los que no cumplieron su cita en vida. Los romeros prenden de sus ropas ramitas de tejo en homenaje a esta planta mitológica para muchos pueblos del norte de la Península, la misma que da nombre al santuario.

Unas pequeñas matas abundantes junto al acantilado, donde forman suaves almohadones vegetales, encuentran también su hueco dentro de la simbología popular: se trata de la "herba namoradeira", una planta frecuente en este tipo de hábitat costero, pero que alcanza aquí la facultad de integrarse en una romería. La hierba de enamorar forma mullidas praderas que se prestan al retozo místico o carnal (según las preferencias de cada cual), de donde toma su calificativo popular, que para otros menos románticos se convierte en "preñadoira". Es una especie bien conocida por los botánicos, quienes, menos dados a la poética, la conocen como Armeria maritima.

Las armerias son plantas bastante fáciles de reconocer para un no experto: se trata de plantitas dotadas de una característica inflorescencia redondeada y solitaria, erguida al final de un tallo sin hojas. Esta inflorescencia (que es la agrupación de pequeñas flores individuales) posee un aspecto más o menos cilíndrico y es conocida en botánica como "glomérulo". De ella -y ésa es la característica inconfundible del género- sale una pequeña funda membranosa que recubre unos pocos centímetros del tallo áfilo, aunque sin alcanzar el suelo.

El género Armeria engloba un número todavía no precisado de especies en todo el mundo, pero que no parece superar el centenar. Gonzalo Nieto Feliner, subdirector del Real Jardín Botánico de Madrid y coeditor de la monumental obra del proyecto "Flora Iberica" que trata por primera vez de describir el conjunto de la flora vascular de la Península Ibérica e Islas Baleares, ha reconocido, en su revisión de este género, 52 especies ibéricas, además de un par de decenas de subespecies. Estos datos situarían a la Península Ibérica como el territorio más rico del mundo en especies de este género. Además, parece que el espacio ibérico resulta estar en el centro de la distribución mundial de especies de armerias, de forma que la diversidad de éstas se ve crecientemente reducida según se aleja uno de la Península en cualquier dirección. Así, el 90% de las especies ibéricas de Armeria son endémicas de nuestro territorio, es decir, no existen en ninguna otra parte del mundo.

 

¿A qué puede ser debida esa amplia diversidad de especies de este género en España?

 

Gonzalo Nieto se ha formulado esta misma pregunta y ha tratado de encontrar una respuesta aceptable. De su investigación, conocimiento y reflexión ha salido la siguiente hipótesis aportada para explicar el caso, la misma que nos servirá a nosotros para exponer algunos otros mecanismos que inciden en el incremento de la biodiversidad mundial.

uando se estudian las "armerias" se observa que son plantas algo especiales en cuanto a su reproducción. En casi todas las plantas existen mecanismos que tratan de evitar que se produzca la autofecundación. Esto quiere decir que se trata de evitar que las partes femeninas de la flor sean fecundadas por el polen de la parte masculina de esa misma flor, lo que representaría un incremento de la endogamia con posible aparición de problemas de viabilidad en los descendientes. La endogamia en las plantas puede ser estricta, es decir, autofecundación del mismo individuo, pero en otros organismos (incluida la especie humana) significa más bien la reproducción limitada a los miembros de un estrecho círculo familiar. Contra ella existen también mecanismos en muchos animales y en el caso de los humanos es posible que estén detrás del extendido tabú del incesto que comparten la mayoría de las culturas humanas. La razón de esta prevención biológica contra la endogamia es que ésta favorece la homocigosis (el hecho de que las dos dotaciones cromosómicas tengan, para un determinado gen, la misma variante), al limitarse la variabilidad genética a la existente en la familia. La homocigosis puede a su vez favorecer la aparición de expresiones letales o deletéreas de los genes recesivos que se mantienen en frecuencias bajas dentro de las poblaciones sin llegar a ser eliminados, debido a que en heterocigosis (cuando uno de los cromosomas lleva una variante del gen y el otro otra) no se manifiestan.

Volviendo a nuestras plantas, el mecanismo que estas especies desarrollan para evitar la autofecundación estriba en la autoincompatibilidad entre el polen y el estigma, que es la porción más exterior de la parte femenina de la flor, allí donde se ha de fijar el grano de polen para que luego descienda su núcleo por el tubo polínico hasta fusionarse con el óvulo femenino. De esta forma, encontramos dos tipos de individuos-planta en la especie, lo que determina que sólo sean posibles los cruces entre el polen de uno de estos tipos y el estigma del otro, o viceversa. Naturalmente, este mecanismo reduce las posibilidades de reproducción, pues no sólo evita la autofecundación, sino también la reproducción de un individuo con la mitad de sus congéneres, que pertenecerán al mismo tipo.

Sin embargo, se ha comprobado que este mecanismo no funciona apenas en las poblaciones que ocupan un área de distribución llamémosle periférica o alejada del núcleo de alta diversidad del género, constituido por la Península Ibérica. Esto se ha interpretado como un mecanismo que favorece la supervivencia de aquellos individuos más aislados, que ejercen de colonizadores de nuevos territorio para la especie. En esa situación, la reducción de la incompatibilidad para reproducirse con la mitad de la especie representa, sin duda, una ventaja adaptativa. Es algo así como si a los individuos "robinsones" aislados del resto de la especie se les permitiera una forma de reproducción imposible para el resto de la especie (tal vez en sus aisladas islas, tales robinsones deban agradecer la excepción). Ahora bien, lo que propone Gonzalo Nieto es que, en el caso de la Península Ibérica, el proceso de diversificación genética en especies se ha producido mediante una "hibridación de carácter introgresivo". Según esta hipótesis, aquellas poblaciones marginales o reducidas de una especie determinada de Armeria habrían sido capaces de cruzarse con ejemplares de otra especie y los híbridos resultantes habrían continuado mezclándose con ejemplares de una de las especies iniciales a través de un proceso que los genetistas denominan "retrocruzamiento", con lo que la nueva estirpe progresaría evolutivamente pareciéndose paulatinamente más a uno de sus ancestros. Este proceso, seguido del aislamiento genético de algunas de las poblaciones, bien pudiera explicar para este investigador del Jardín Botánico de Madrid la alta tasa de especiación que el género ha alcanzado en la Península Ibérica. Se trata de una hipótesis explicativa con una buena argumentación experimental que puede o no verse reforzada por posteriores trabajos, pero constituye, a buen seguro, una razonable explicación de la alta diversidad de las especies ibéricas de Armeria y, para nosotros, un útil ejemplo de un proceso potencialmente multiplicador de la diversidad de especies en el Reino Vegetal.


LOS BIBLIOTECARIOS DE ALEJANDRÍA

 

La aplicación de la definición de especie

 

El presidente de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia y profesor de la Universidad de California, el genetista de origen español Francisco J. Ayala, ha escrito en un reciente libro de divulgación que "la noción de especie está expresada en la siguiente definición: Las especies constan de grupos de individuos que son capaces de cruzarse entre sí, pero no con individuos perteneciente a otros grupos"[38].

Si analizamos este tipo de definición veremos que nos plantea dos problemas principales cuando tratamos de aplicarlo: el primero se no presentará en aquellos casos en los que es posible la reproducción entre individuos procedentes de lo que serían dos especies evolutivamente próximas. En esta situación podemos encontrar casos que nos resultarán más fáciles de solucionar, ya que en ellas sólo es posible el cruzamiento y la primera generación híbrida, pues los ejemplares resultantes son estériles: es el caso ya comentado de las mulas. Sin embargo, también hay casos, como el de las malvasías o las armerias, en los que la aplicación de un criterio rígidamente genético nos llevaría a tener que reconocer una sola especie, aunque con diferencias intraespecíficas marcadas, en contra de la opinión que sostiene la mayoría de los taxónomos especialistas en el grupo, basado en la constatación de otras numerosas diferencias justificativas de la separación en dos especies.

Un segundo tipo de problemas proviene de la condición potencial que nos impone la definición; una condición que no siempre puede ser constatable (y a menudo no lo es): ¿cómo saber si dos individuos procedentes de sendas poblaciones de una posible misma especie, ubicadas en dos lugares distantes, serían o no capaces de reproducirse entre sí?. La situación de juntarlos artificialmente puede implicar el suficiente grado de artificialidad como para considerar que no se corresponde con lo que ocurriría en la naturaleza. Por otra parte, no es posible saber si lo que tiene lugar en unas circunstancias excepcionales se mantendrá en otras distintas. Individuos de especies claramente diferentes tratan de copular a veces cuando se encuentran encerradas juntas y aisladas de congéneres de su propia especie. De esas cópulas se puede o no originar descendencia y, ésta, a su vez, ser o no fértil. Pero en condiciones naturales, integrados en poblaciones suficientemente amplias, no es fácil esperar estos mismos comportamientos. Incluso en el caso de las malvasías canelas, los hechos comentados de hibridación pudieran ser debido al aislamiento de los individuos americanos en un país en el que sólo encuentran ejemplares parecidos (las malvasía cabeciblancas) pero no iguales: ¿tratarían de reproducirse las malvasías americanas con las malvasías cabeciblancas si éstas llegaran hasta los ecosistemas americanos, donde las canelas son abundantes? No sabemos cuánto de la excepcionalidad del caso determina el comportamiento de los patos introducidos. ¿Cómo interpretar los diferentes sistemas reproductores de los individuos de una misma especie de armeria según pertenezcan a poblaciones periféricas o centrales?, ¿de qué manera explicar las bulas reproductoras otorgadas a los "robinsones" aislados y de qué forma agrupar a aquellas especies que hibridan introgresivamente?

Se conocen también muchos casos de especies que comprenden poblaciones genéticamente aisladas entre sí, de forma que nunca intercambian genes.  Esta situación parece favorecer una posterior especiación o formación de especies distintas, debido a que permite la evolución diferente de los dos grupos en sus respectivos ambientes. Ahora bien, ¿en qué momento de ese proceso temporal continuo podemos considerar que se ha conseguido la separación de las poblaciones en especies? Resolver ese enigma y los anteriores en una forma plenamente satisfactoria resulta francamente difícil, si no imposible, como lo es discriminar en un gradiente continuo un punto de ruptura.

 

Pero tampoco es factible establecer una frontera clara para aquellos casos en los que la variación genética gradual se superpone a la distribución geográfica de la especie, de forma que las poblaciones pueden permanecer aisladas genéticamente y las formas o los comportamientos de sus individuos variar de una forma gradual, casi imperceptible. En ese caso, la reproducción puede ser posible entre individuos procedentes de las poblaciones más cercanas entre sí (cuando llegan a coincidir en un mismo lugar o son artificialmente juntadas), pero resultar imposible entre individuos procedentes de las poblaciones más alejadas. De todas formas, podría darse una lenta y reducida transmisión de genes a lo largo de todo el espectro por medio de las poblaciones intermedias, o no, pero los individuos de las poblaciones de los extremos, al ser incapaces de cruzarse entre sí en el caso de coincidir, deberían ser agrupados en especies distintas cuyo límite es borroso e imposible de trazar en un mapa: ¿un absurdo?

 

Los anteriores ejemplos que hemos revisado no son más que algunos de los casos posibles de diversidad genética en procesos que, frecuentemente, conducen hasta la especiación de las poblaciones desde una o unas pocas especies originales. La imposición de fronteras en estos casos resulta una tarea más bien complicada. Por eso, estas situaciones (que no son sino constataciones de cómo actúan los mecanismos de la evolución) dificultan la aplicación práctica del concepto de especie, a la par que refuerzan la transcendencia evolutiva del mismo. Lo que adquiere valor, por un lado, pierde utilidad por el otro. Encontraremos soluciones posibles al interpretarlos como procesos inacabados en la formación de especies (que pueden o no terminar de materializarse), pero eso no nos resuelve el problema práctico y concreto de la clasificación en este momento. En el caso aludido de la variación continua de poblaciones, la evolución de la situación  en diferentes sentidos (como la diferenciación genética definitiva de las poblaciones extremas, el mantenimiento de la especie original o la atomización en distintas especies descendientes), probablemente dependerá de la frecuencia de los intercambios genéticos indirectos en el complejo esquema geográfico de las poblaciones aludidas. Mientras tanto, los taxónomos no tendrán más remedio que acordar un mismo criterio de nomenclatura y clasificación para poder hacer su trabajo.

 

Por eso, en la práctica coexisten distintos conceptos de especie biológica. En el amplio trabajo titulado "Evaluación de la Biodiversidad Global[39]" se recogen hasta siete de tales ideas. Veremos, simplificadamente, su fundamento.

El primer concepto, muy práctico y utilizado en Taxonomía, se puede denominar como "morfológico". Considera a las especies como "las poblaciones naturales más pequeñas permanentemente separadas de cualquier otra por una discontinuidad distintiva en las series de biotipos". Se basa, pues, en apreciaciones morfológicas o perceptibles, delimitadas por los taxónomos, así como en la idea de aislamiento.

Una segunda idea de especie procede de dos de los proponentes de la teoría sintética de la evolución, el genetista Dobzhansky y el zoólogo Mayr. Según ellos, la especie biológica sería "un grupo de poblaciones naturales reproductoras que no son capaces de aparearse satisfactoriamente con otros de tales grupos". Mayr añadió más tarde a esta definición la coletilla "y que ocupan un nicho específico en la naturaleza".

tro concepto, debido a Paterson y Vrba, y conocido como "de reconocimiento de especie", la entiende como "un grupo de organismos que reconoce a cada uno de los otros para los propósitos de apareamiento y fertilización".

A Templeton se debe la definición conocida como "de cohesión de especie"; dice que ésta es "el grupo más pequeño de individuos cohesivos que muestran mecanismos de cohesión intrínseca".

Un quinto tipo es considerado el "concepto ecológico" de especie y ha sido explicado por Van Valen como "un linaje que ocupa una zona adaptativa diferente en algún sentido de cualquier otro linaje en su rango y que evoluciona separadamente de todos los otros linajes fuera de ese rango".

El concepto de especie debido a Simpson y recogido por Wiley, dice: "un linaje simple de poblaciones ancestros-descendientes que es distinto a cualquier otro linaje, poseyendo sus propias tendencias evolutivas y destino histórico".

Finalmente, un concepto filogenético utilizado por diversos autores como Rosen, Eldredge, Cracraft y otros, define la especie como "el grupo más pequeño de organismos que es diagnosticablemente distinto a otro de tales grupos y dentro del cual hay un modelo parental de ancestros y descendientes".

 

Tras tamaño despliegue de definiciones, no nos ha de caber duda de lo plural, complejo y difícil que resulta la idea (sin embargo, clave) de especie en biología.

 

Pero no se reduce el problema a ese nivel, incluso el concepto que hemos utilizado frecuentemente de "población" (y que en ocasiones sirve para sustentar al de especie) resulta difícil de concretar y aplicar. De hecho, desde una vertiente práctica se ha tratado de definirlo con el fin de utilizarlo en técnicas de conteo y censo de vertebrados como "un agregado de individuos delimitado arbitrariamente en el tiempo y en el espacio"[40], lo que es poco menos que tirar la toalla.

 

            La idea de especie requiere de adaptaciones para casi cada grupo de organismos vivos, particularmente en los casos en los que el proceso de reproducción dominante no es parecido al nuestro, sino que, como en las bacterias, el intercambio genético se da, pero no va necesariamente ligado al proceso de reproducción o división celular.

Hemos de admitir que, a veces, las diferencias genéticas hacen difícil situar el listón en un punto concreto de la variación continua y compleja de las poblaciones silvestres, o que los comportamientos ecológicos y evolutivos resultan poco clarificadores para tomar decisiones, por lo que poner la mano en el fuego por una postura puede conllevar un alto riesgo de quemadura. En este sentido, podemos encontrar todos los casos posibles e intermedios; entonces será la tendencia prevalente (hacia la recuperación de la uniformidad genética de las poblaciones fragmentadas o hacia su definitiva e irreversible disgregación y alejamiento) la que determinará la definitiva aparición o no de especies distintas.

En el fondo de todo se oculta también el problema que subyace a toda clasificación que pretende tratar con entidades dotadas de variabilidad interna (y a la que se añade la dependencia de ambientes sometidos, a su vez, a procesos de modificación temporal e imprevisibilidad). No es poca, pues, la dificultad para llegar a conclusiones satisfactorias a partir de la frecuentemente escasa información de que disponen los taxónomos para decidir sobre una especie a clasificar; de ahí las nada raras situaciones en las que existe disparidad de criterios sobre las clasificaciones de los seres vivos; y ello a pesar de la existencia de cuatro Códigos o Comités Internacionales que se reúnen periódicamente para avalar los mecanismos, procesos y normas de la nomenclatura científica, relativos a zoología, botánica, bacterias y virus, además de un quinto relativo a la nomenclatura de las plantas cultivadas.

Realmente, lo que ocurre en la práctica es que la concreción y consiguiente aplicación del concepto de "especie biológica" queda en manos de los biólogos sistemáticos y taxónomos expertos en cada grupos de organismos, de forma que coexisten distintas aplicaciones e ideas en la construcción de la gran clasificación general de los seres vivos.

 

Y, de repente, en los últimos años, la tarea les crece a los taxónomos y biosistemáticos sin parar. Por un lado, las estimaciones sobre el número de especies existentes multiplican sus cifras; por el otro, se trabaja con el agobio de constatar que la diversidad de la vida se está viendo sometida a un proceso intenso de erosión y reducción debido a múltiples causas humanas, de forma que podemos estar perdiendo, según algunos científicos, hasta entre 50 y 100.000 especies cada año.

Según estas valoraciones, podemos sospechar que la velocidad de descripción de nuevas especies puede estar siendo considerablemente menor que la de su desaparición antes de haber sido siquiera nombradas. En ese sentido, la tarea trágica de los sistemáticos y taxónomos se empieza a parecer a la de unos desesperados bibliotecarios de Alejandría que tuvieran que hacer las fichas de los libros mientras el fuego va devorando velozmente los extensos anaqueles del edificio.

 

 

                                                                       _


               ¿CUÁNTAS ESPECIES?

 

 

LOS VECINOS

 

¿Con cuántas especies compartimos el Planeta?

 

Como vimos antes, hoy contamos con un registro de poco más de un millón y medio de especies. Sin embargo, aún no hay acuerdo acerca de la cantidad total de trabajo que le queda a la taxonomía para completar ese listado. Las estimaciones realizadas sobre el número total de  especies que nos acompañan en el planeta ofrecen datos, cuando menos, confusos. Las cifras que se han aventurado utilizando distintas formas de abordar la cuestión son, de cualquier modo, exorbitantes, pero el grado de diferencia es abultado: van desde los 3 hasta los 100 millones de especies totales. ¡Toda una horquilla de estimación!

Averiguar el número de especies que esperan a ser descritas sólo puede realizarse (y así se hace) utilizando técnicas indirectas de cálculo. La imprecisión de estos métodos, junto a la amplitud de la tarea, hace que las estimaciones obtenidas sean muy diferentes, provocando animadas polémicas científicas entre unos y otros sistemas de estimación y, por tanto, entre unos y otros investigadores.

 

¿Cómo funcionan estos métodos? ¿En qué se basan? ¿Son fiables? ¿Son homogéneos?

 

Realmente podríamos hacernos muchas preguntas sobre el tema. Vayamos, pues, por partes.

 

La estimación total del número de especies existentes (conocidas y desconocidas) exige, sobre todo, un cálculo aceptablemente fiable en el caso de los grupos de organismos más abundantes. Las disparidades en el número estimado de especies de insectos, nemátodos u hongos, por ejemplo, son las que van a determinar la mayor parte de las diferencias entre los resultados globales obtenidos. En el caso de las bacterias y otros grupos para los que el concepto de especie no es igual que para el resto, es preciso además aplicar criterios taxonómicos o de clasificación algo diferentes, aunque aquí los seguiremos interpretando como asimilados a la idea de especies utilizada en los otros grupos.

Anteriormente vimos una estimación del número de especies descritas debida al entomólogo Ed Wilson. Después de ésta se han llevado a cabo otros varios trabajos de recopilación, ya que, como sabemos, incluso la estimación de las especies descritas resulta un ejercicio difícil de realizar. Dado que muchas estimaciones sobre las especies totales se basan o utilizan datos de las ya descritas, volveremos a revisar brevemente esta cuestión.

 

Una lista reciente sobre el número de especies descritas en cada uno de los tipos principales de organismos aparece recogida por el Centro de Seguimiento para la Conservación Mundial (WCMC), en 1992, quien la obtuvo realizando consultas con expertos en cada grupo. El listado ofrece el siguiente aspecto:

 

 

 

Virus

 

          5.000

 

Bacterias

 

          4.000

 

Hongos

 

70.000

 

Protozoos

 

40.000

 

Algas

 

40.000

 

Fanerógamas (Plantas superiores)

 

250.000

 

Vertebrados

 

45.000

 

Nemátodos

 

15.000

 

Moluscos

 

70.000

 

Crustáceos

 

40.000

 

Arácnidos

 

75.000

 

Insectos

 

950.000

 

 

Estas listas no pueden ser usadas para obtener directamente una estimación del total multiplicando por algún factor el número de cada una. La razón de esta imposibilidad radica en que los datos responden a un grado de conocimiento que, se sabe, es muy diferente en cada uno de los grupos. Así, por ejemplo, de los dos grupos más numerosos recogidos en la tabla, muchos especialistas estiman que, en un caso (el de las plantas superiores), el número de especies realmente existentes podría alcanzar, a lo sumo, el doble de las especies conocidas, mientras que en el de los insectos hay estimaciones totales que llegan a multiplicar hasta por 50 y más el número de las conocidas, y ninguna desciende de considerar triplicable el número de las actualmente descritas.

De entre los grupos de organismos aparecidos en la tabla, los que según la mayor parte de los taxónomos tienen mayores posibilidades de alcanzar los números más elevados son, por este orden, los insectos (con estimaciones que los sitúan entre 3 y 100 millones), los hongos (entre 1 y 1,5 millones, ó aún más), los arácnidos (de 750.000 a un millón), los nemátodos (de medio millón a un millón, o más), las bacterias (entre el medio millón y varios millones de tipos asimilables a especies), las fanerógamas (entre 300.000 y el medio millón) y las algas (entre unas 200.000 y varios millones).

Ante esta situación, algunos autores han dirigido su atención hacia el ritmo de descripción de especies en cada grupo, pensando que pudiera estar relacionado con el número total de los que quedan por descubrir y, sirviera, por ello, para realizar estimaciones sobre los totales. Así, por ejemplo, las tasas de crecimiento anual en los ritmos de descripción de nuevas especies para grupos como los nemátodos o los hongos han triplicado a las que se han producido en los insectos, argumento que han utilizado autores como Kevin Gaston o Robert May para ofrecer estimaciones sobre el número total de insectos más bajas que las obtenidas por otros investigadores como Terry Erwin. La idea de que tales ritmos de descubrimiento de especies tienen que ver con el porcentaje de lo que queda por descubrir, ha sido muy cuestionado por otros científicos, que piensan que, más bien, tienen que ver con la intensidad del esfuerzo investigador, los métodos, los recursos y el número de taxónomos que trabajan en cada grupo.

 

De todas formas, las tasas más altas de descripción de nuevas especies sobre el número total conocido son las ya mencionadas de nemátodos y hongos (un crecimiento anual promedio, para la etapa situada entre 1978 y 1987, del 2,4%), seguidas de los crustáceos (1,74%) y los platelmintos (1,58%). Curiosamente, la tasa de crecimiento de las descripciones de insectos (0,76%) es aún menor que la de los vertebrados (0,82%), lo que desde luego no parece que tenga demasiada relación con el porcentaje de especies descritas sobre el total que esperamos en uno y otro grupo. Para tratar de afinar más estos métodos, se han elaborado curvas sobre la "evolución" de la velocidad en la descripción de especies, esperando que podrían estar mejor relacionados con la estimación de lo que queda por descubrir, pero de nuevo los resultados han sido contradictorios.

 

Otra línea de investigación ha centrado los esfuerzos en tratar de establecer las proporciones globales entre los grupos de organismos. Una vez establecidas unas relaciones aceptables entre los números de especies de cada tipo de seres vivos, se trata de obtener los valores absolutos de cada uno de ellos utilizando para ello la estimación de especies en el considerado más fiable. De esta manera, algunos autores han propuesto que por cada especie de insecto y de planta superior debe haber, al menos, una de nemátodo, un protozoario, un virus y una bacteria que les parasitan. Sobre estas bases y dependiendo de las estimaciones de los grupos sobre los que se calcula, se han obtenido cifras del total mundial de especies superiores a los cien millones.

 

También se han utilizado métodos basados en una esperada relación lineal existente entre el número de especies y cada tipo de tamaño corporal. Se ha visto que esta relación se cumple para los organismos de talla superior al centímetro, pero no en los menores de ese tamaño. Si suponemos que la falta de mantenimiento de la relación lineal entre los organismos mas pequeños es sólo debida al mayor desconocimiento taxonómico en estos organismos, obtendríamos, de la extrapolación consiguiente, una estimación sobre el número total de especies que May sitúa en los 10 millones.

 

En la siguiente tabla, realizada a partir de los datos recopilados por el ya citado Centro de Seguimiento de la Conservación Mundial, se reflejan alguna de las estimaciones hechas por especialistas y basadas en las proporciones que cada grupo representaría en el total global, tanto en relación a las especies ya descritas (lo que implica un nivel de incertidumbre medio), como sobre el total de lo que debería haber, partiendo para ello de una estimación prudente de unos 12,5 millones de especies totales (grado de incertidumbre alto). También se indica, al realizarse la estimación sobre el total, si hay un incremento o una disminución del porcentaje que el grupo representa en relación con lo que representaba acerca de la biodiversidad ya conocida.

 

 

 

 

 

 

 

 

                        

                   Grupos

 

porcentaje sobre las especies descritas

 

porcentaje sobre las especies estimadas

 

+/-

 

Insectos

 

56,4%

 

64,3%

 

+

 

Hongos

 

4,2%

 

8,0%

 

+

 

Arácnidos

 

4,5%

 

6,0%

 

+

 

Nemátodos

 

0,9%

 

4,0%

 

+

 

Virus

 

0,3%

 

4,0%

 

+

 

Bacterias

 

0,2%

 

3,2%

 

+

 

Plantas Superiores

 

14,3%

 

2,4%

 

-

 

Protozoarios

 

2,4%

 

1,6%

 

-

 

Moluscos

 

4,2%

 

1,6%

 

-

 

Algas

 

2,4%

 

1,6%

 

-

 

Crustáceos

 

2,4%

 

1,2%

 

-

 

otros invertebrados

 

4,0%

 

1,1%

 

-

 

otros artrópodos

 

1,2%

 

0,5%

 

-

 

Vertebrados

 

2,7%

 

0,4%

 

-

 

Según estos datos, y con todas las reservas apuntadas, los grupos que estarían más sobrerrepresentados en el conocimiento actual de la biodiversidad mundial (en relación a lo que se cree que debe haber) son las plantas superiores y los vertebrados, lo que era de esperar. Los menos representados serían los virus, las bacterias, los nemátodos y los hongos. A este respecto conviene recordar que la inclusión de los virus entre los grupos de organismos vivos es, como ya se ha dicho, seriamente cuestionada por muchos biólogos.

 




LA CLAVE ESTÁ EN LOS INSECTOS

 

La historia de una polémica abierta

 

Aunque casi todo lo relativo a la estimación de la biodiversidad mundial posee un elevado grado de incertidumbre, existen pocas dudas acerca de que el grupo de organismos más diverso es el de los insectos. De hecho, ya son el grupo que alberga más especies entre las descritas (alrededor de un 60%) y se supone que representarán al menos esa cifra entre las no descritas. De todas formas, el dominio de los insectos no es un hecho meramente "coyuntural", pues se trata de un grupo cuyos primeros representantes ya aparecen en el registro fósil hace unos 350 millones de años, durante el Devónico. Esto quiere decir que los insectos han superado diversos momentos de la historia geológica que representaron auténticas catástrofes biológicas durante las cuales desaparecieron muchos otros grupos de organismos a menudo dominantes en épocas pasadas. De algún modo, el ensayo evolutivo que representa la forma "insecto" ha logrado pervivir y diversificarse como ningún otro ensayo, con la excepción de las bacterias (pero esta comparación tal vez no sea pertinente).

La magnitud que alcanza la presencia de especies de insectos sobre el total de la biodiversidad va pareja también a la cantidad de individuos que cada una de ellas mantiene, sobre todo algunas. Los entomólogos Bert Hölldobler y Edward Wilson, en su libro "Viaje a las hormigas", ofrecen la siguiente estimación:

 

"El entomólogo británico C. B. Williams calculó una vez que el número de insectos vivos en la Tierra en un momento dado es de un trillón (1018). Si, para tomar una cifra moderada, el 1 por 100 de esta multitud son hormigas, su población total es de diez mil millones. Cada obrera pesa, por término medio, entre 1 y 5 miligramos, según la especie. Sumadas, todas las hormigas del mundo juntas pesan aproximadamente lo mismo que todos los seres humanos[41]"

 

Un poco más adelante, ambos científicos consideran que el peso seco de todas las hormigas de la pluvisilva amazónica del Brasil representa unas cuatro veces el de todos los vertebrados terrestres de dicho territorio. Lógicamente, la biomasa de todos los insectos representará un orden de magnitud mucho mayor. El número de taxónomos especializados en los diferentes grupos de insectos es francamente desigual: en 1992, Kevin J. Gaston, del Departamento de Entomología del Museo Británico de Historia Natural[42],  junto con Robert M. May, de la Universidad de Oxford (quien, como vimos, se ha preocupado repetidas veces del asunto del número de especies vivas[43]), estimaron que hay 30 veces más taxónomos especializados en cada especie de vertebrados tetrápodos que los que se dedican a cada una de las especie de invertebrados. Esto explicaría, junto a otras causas, el que la tasa de "aparición" de especies de vertebrados, con ser claramente un grupo mejor conocido, sea aún mayor que la de los insectos.

 

Con una publicación aparecida en 1982 (posteriormente completada con otro artículo aparecido en 1988), Terry Erwin, un investigador del Departamento de Ecología de la Institución Smithsoniana especializado en el estudio de los medios neotropicales, revolucionó la concepción tradicional acerca del número de especies vivientes al aplicar un nuevo sistema de estimación del total de especies de insectos tropicales. Lo que hizo Erwin fue realizar muestreos intensivos con su equipo en unos pocos árboles de los bosques tropicales húmedos y desarrollar a partir de sucesivas extrapolaciones un método de obtención del total global. Su estimación alcanzó la cifra de los treinta millones de especies de insectos existentes tan sólo en los medios tropicales terrestres, lo que permitiría elevar la cifra total de biodiversidad de especies mundial hasta el tramo más alto de la horquilla que hemos estado manejando.

Algunos investigadores han considerado las cifras de Erwin excesivas y se han producido varias réplicas y contrarréplicas entre defensores de unos y otros métodos (y sus valoraciones finales), un ejemplo de las cuales aparecía a finales de 1991 en una polémica entre los ya mencionados Gaston y Erwin recogida en las páginas de la revista Conservation Biology[44].

 

Pero veamos la base del cálculo innovador realizado por el entomólogo de la Smithsoniana.

Terry Erwin (quien afirma que sólo él está utilizando un método científico en la estimación del número de insectos, al ser el único susceptible de contrastación) desarrolló su famoso cálculo de treinta millones de especies de insectos tropicales partiendo de la base de que el problema fundamental de anteriores valoraciones estribaba en el desconocimiento sobre los insectos que viven en lo que se ha denominado el dosel forestal tropical, es decir, la parte más alta de los bosques lluviosos. Todos los biólogos se muestran de acuerdo en que los medios tropicales húmedos (las vulgarmente llamadas "selvas") representan los medios más ricos en formas vivas terrestres. Los porcentajes sobre la cantidad de especies albergadas sobre el total mundial pueden ser, de todas formas, diferentes, pues varían entre una cuarta parte y más de las tres cuartas partes (de nuevo, una alta incertidumbre), pero el consenso sobre la increíble riqueza biológica de los bosques tropicales es unánime. Por tanto, parecen un buen lugar en el que hacer los estudios sobre los que basar una estimación global.

La estadística matemática ha desarrollado métodos por los que se puede ofrecer una buena estimación de algo (muy popular en el caso de los porcentajes de apoyos previos en unas elecciones) mediante datos procedentes de muestreos parciales (que han de reunir determinadas condiciones), luego convenientemente extrapolados. Algo parecido hizo Erwin con los insectos. Dada la imposibilidad real de contar todas las especies existentes, eligió una especie arbórea de las muchas que existen en el medio tropical lluvioso, trabajando en un bosque de Panamá. La especie era Luehea seemannii, conocida en Centroamérica como Guácimo o Guácimo Colorado. Este árbol es una Tiliácea característica de los bosques húmedos y que puede encontrarse también en tierras inundables, por lo que suele formar parte de las floras ribereñas. Es, como muchos árboles tropicales, una planta de porte elevado, alcanzando con cierta facilidad los 40 metros de altura.

Luego, optó por basar su muestreo en el Orden más abundante entre los insectos: el de los coleópteros o escarabajos. De ellos, en la zona alta o dosel de 19 árboles encontró unas 1200 especies, de las que, tras estudiarlas, consideró que alrededor de 160 eran especies exclusivamente ligadas a este árbol. Este paso es importante porque inicia una secuencia de suposiciones sometidas a un grado importante de posible error (y, mediante otros estudios similares, medible o calculable). Por tanto, cifró en alrededor de esa cifra (160) el número de especies de coleópteros específicas de la zona alta en un tipo medio de árbol tropical. El fundamento de este cálculo estriba en que en los medios muy ricos en biodiversidad, como los bosques tropicales húmedos, las relaciones estrechas entre especies concretas de plantas e insectos tienden a extenderse, favoreciendo el establecimiento de dependencias estrictas entre unas y otras especies, de forma que muchas especies de insectos sólo se encuentren en determinadas plantas y nunca en otras. Esta especificidad en las relaciones suele convertirse en un callejón sin salida para muchas especies herbívoras que han seguido un largo proceso de coevolución (evolución conjunta y dependiente) respecto a una especie vegetal, si ésta termina por desaparecer. Del mismo modo, algunas funciones vitales de las plantas dependen estrechamente del concurso de otros organismos, como sucede con la polinización o la dispersión de semillas, lo que representa la otra cara del proceso de dependencia de destinos entre plantas y animales.

Volvamos al razonamiento de Terry Erwin: suponiendo que haya, como media aceptable, unas 160 especies de coleópteros específicos de la zona más alta de cada especie arbórea tropical, el siguiente paso será calcular cuántas especies arbóreas pueden existir en este tipo de ecosistemas. De nuevo se trata de un paso arriesgado por cuanto, al igual que no conocemos el número de insectos (que pretendemos estimar), tampoco tenemos un valor exacto de los árboles tropicales. Sin embargo, la incertidumbre en este caso es menor (es más fácil conocer el número de plantas, sobre todo de árboles, que el de insectos), por lo que el cálculo tiene sentido. La riqueza vegetal de los países tropicales es muy alta: un pequeño país centroamericano como Costa Rica, con tan sólo 51.100 kilómetros cuadrados (una décima parte de España), contiene más de 10.000 especies de plantas superiores[45] (más que toda España) y sólo en un bosque húmedo del país, como el de Corcovado, se calcula que hay, al menos, quinientas especies de árboles diferentes[46]. Además, la estimación del total de plantas superiores de la flora neotropical ha ido creciendo también con el tiempo, mientras que en 1964 se estimaron unas 25.000, en 1976, Peter Raven, del Jardín Botánico de Missouri, elevó la cifra hasta las 90.000, cifra coincidente con las estimaciones del malogrado Al Gentry[47] (85.000); mientras que en 1985, V.M. Toledo llegó hasta las 120.000 en un trabajo realizado para Conservancy International.

 

Terry Erwin utilizó para sus cálculos la cifra de 50.000 especies de árboles tropicales.

 

Quedaría por estimar, a partir del número medio de coleópteros específicos de las zonas altas de cada especie arbórea, el total de los insectos presentes en el conjunto de los árboles. Se trata, pues de dos pasos, cada una de ellos con su grado de incertidumbre y consiguiente error potencial.

Erwin calculó que los coleópteros constituyen un 40 por ciento del total de los insectos. Esta cifra corresponde a la que representan entre los insectos ya descritos, ya que se han calculado entre 290.000 y 370.000 las especies de coleópteros identificadas sobre un total de entre 750.000 y 900.000 insectos descritos, lo que viene a representar ese porcentaje del 40 por ciento. Así, las 160 especies de escarabajos que habitan las copas de los Guácimos panameños estudiados por Erwin, deberían compartir su hábitat con 240 especies de otros insectos también exclusivos de las partes altas de esos árboles, hasta completar las 400 especies de insectos cuyo único hábitat serían las copas de los Guácimos Colorados. Por otra parte, el investigador de la Smithsoniana consideró que la fauna entomológica de las copas por él analizadas representaría unos dos tercios del total de las especies de insectos que deben vivir ligadas al conjunto del árbol (copa y otras partes), por lo que el total de especies de insectos dependientes del Guácimo y  (considerando a estos árboles como especies representativas del resto) de cada una de las 50.000 especies arbóreas tropicales, alcanzaría las 600. Finalmente, al multiplicar el número estimado de especies de árboles tropicales por el número de especies de insectos ligados a cada una de ellas, se obtendría la famosa cifra de 30 millones de especies de insectos tropicales.

 

Es cierto que cada escalón del cálculo implica un importante grado de incertidumbre y potencial error, por lo que la cifra final puede variar considerablemente con pequeños cambios en las estimaciones utilizadas en cada paso. De hecho, Robert M. May mostró en 1992 su acuerdo con el sistema utilizado por Erwin, aunque modificó dos de tales estimaciones, obteniendo un valor final bastante diferente. Uno de los cambios era a la baja, pues la cifra de 160 especies de coleópteros herbívoros ligados específicamente a cada tipo de árbol le parecía a May exagerado, al pensar que es excesivo suponer que la quinta parte de  las especies de escarabajos herbívoros que se encuentran sobre un árbol tropical son exclusivamente dependientes de esa especie vegetal -recordemos que ése es el origen de las 160 aportada por Erwin-, por lo que redujo la cifra a una décima parte, lo que le parecía más real. La otra modificación propuesta por May fue al alza, pues para el físico-ecólogo de Oxford la relación entre los insectos de las copas y los de las otras zonas del árbol sería más bien la inversa de la propuesta por Erwin, es decir, un tercio en la copa y el resto en otras partes. Al recalcular los datos de acuerdo con estas modificaciones se obtiene una cifra final menor: unos 6 millones de especies de insectos tropicales.

Al margen de lo concreto de cada cifra obtenida, un interesante aspecto biológico en este tipo de polémicas estriba en la valoración acerca de la capacidad de los medios tropicales para crear microhábitats que permitirían la coexistencia de numerosas especies en entornos geográficos muy reducidos. De haber una alta capacidad de este tipo, distancias geográficas pequeñas supondrían importantes cambios en las especies existentes, repercutiendo así en un aumento considerable de la biodiversidad total. Algunos datos apoyan esta tesis mantenida por Terry Erwin. Como ejemplo, aporta los resultados de dos muestreos realizados sobre mariposas nocturnas, uno llevado a cabo en las selvas del Beni, en la zona amazónica de Bolivia, durante el cual se catalogaron 933 especies; y otro realizado en la localidad de Pakitza, en Perú, con un catálogo de 1.006 especies; ambos coinciden en tan sólo 60 especies, es decir un reducido 3,2% del total de las 1.939 mariposas, lo que refleja considerables cambios en una distancia geográfica pequeña. Otros resultados en esta línea mostraron que sólo había una coincidencia del 1% en las 1.080 especies de escarabajos muestreados en cuatro localidades cercanas a Manaos, en Brasil, y distantes entre sí un máximo de 67 kilómetros.

 

Sin embargo, para el ya mencionado Kevin Gaston, del Museo Británico, las cifras de Erwin siguen siendo excesivamente altas. Siguiendo una forma de cálculo totalmente diferente, este entomólogo aporta una estimación final de alrededor de unos diez millones de especies de insectos en el mundo como límite alto y unos cinco millones como más posible[48]. El sistema de Gaston parte de recoger las estimaciones personales dadas por diferentes taxónomos expertos en cada uno de los grupos de insectos. Este método ha sido tildado de "acientífico" por Erwin, que lo compara con el que utilizó en 1833 un naturalista llamado Westwood quien trataba de calcular el número total de especies de la "Creación" (se trataba, naturalmente, de un naturalista "fijista" anterior a la formulación de la teoría de Darwin-Wallace). Erwin critica especialmente el que los expertos consultados por Gaston no hubieran apenas trabajado en medios neotropicales y basaran sus estimas en opiniones "personales" supuestamente asentadas en el especial conocimiento de las colecciones de los museos, donde la fauna entomológica procedente del dosel forestal tropical es casi anecdótica. Por supuesto, Gaston contraataca opinando que menos seguridades le ofrece el estimar el total de las especies de insectos tropicales a partir del muestreo de unos pocos árboles. Sea como fuere, ambos sistemas tienen, sin duda, numerosas pegas, pero contienen el interés de ofrecer estimaciones acerca de un asunto cuanto menos francamente complicado de solventar.

 

Otra estimación a la baja del número total de insectos podemos encontrarla en los trabajos de dos investigadores del Instituto Politécnico de Liverpool, Ian D. Hodkinson y David S. Casson[49], publicados en un artículo aparecido en 1991. En este caso, la estimación se basa en la extrapolación al total de los insectos del porcentaje de nuevas especies descubiertas en un sólo grupo de insectos (los hemípteros) durante el curso de una investigación exhaustiva realizada en un ambiente tropical, en este caso de Indonesia: los bosques de Sulawesi. De las 1.690 especies catalogadas, un 63 por ciento eran nuevas. Al aplicar ese porcentaje al total de insectos, el número final alcanzaría apenas los dos a tres millones. El mismo Gaston ha llegado a aplicar otro método de estima, basado en el número de especies de plantas superiores: si cada una de ellas albergara una decena de especies de insectos dependientes (media obtenida de datos procedentes de distintas especies y diferentes lugares) y partiendo del criterio de unas 270.000 especies de plantas, la cifra de insectos resultaría próxima a la aportada por los anteriores autores: unos tres millones de insectos.

De todas formas, ninguno de los trabajos termina de resolver la cuestión, estableciendo considerables diferencias en cada estimación o en las consideraciones previas de cada una de ellas. Hemos visto como Erwin suponía una media, entre los árboles tropicales, de 600 especies de insectos por especie arbórea, un valor 60 veces superior al manejado por el entomólogo británico (aunque la de Gaston se refiere a todas las plantas y no sólo a los árboles tropicales, pero aún así ambos datos resultan demasiado contrapuestos). Por otra parte, aunque aceptáramos el porcentaje insectos/plantas de Gaston, seguiríamos contando con un alto grado de incertidumbre respecto del número total de especies de plantas superiores, ya que, aunque 270.000 es una cifra que goza de cierta coincidencia entre diversos botánicos, hay publicadas también estimaciones que alcanzan las 750.000. La diferencia volvería a multiplicar los cálculos sobre el número final de insectos en casi tres veces.

 

No sólo es Erwin quien cuestiona al alza las valoraciones tradicionales sobre la biodiversidad mundial de especies; cálculos tan sorprendentemente elevados para la biodiversidad mundial como los realizados por el investigador de la Smithsoniana con los coleópteros, se han ofrecido para los hongos por David L. Hawksworth, quien ha estimado en un millón seiscientas mil las especies de hongos, lo que significaría que sólo conoceríamos en la actualidad apenas un 5 por 100 del total realmente existente.

 

El hecho de que los insectos constituyan el grupo de mayor biodiversidad (y con ellos el taxón superior que los engloba, es decir, los artrópodos), no sólo tiene un interés para la llamada "ciencia pura", sino que ha motivado hechos como que entre las conclusiones del Seminario desarrollado en Oregon durante junio de 1991[50] sobre este tema, se incluya la propuesta de utilizar de forma prioritaria los inventarios y seguimiento de los insectos en la planificación de la conservación de la naturaleza, bajo cuatro criterios: la selección y diseño de áreas protegidas, la evaluación del potencial existente para el uso sostenible de los recursos naturales, el reforzamiento de los sistemas de conservación de hábitats mediante el seguimiento de las especies amenazadas, y la base para la selección de especies o grupos de especies indicadoras para su utilización en programas de seguimiento ecológico. De seguirse estas propuestas no sólo avanzaríamos en el mejor conocimiento de la biodiversidad mundial, sino también en la forma en que hemos de actuar sobre la naturaleza para no perderla.

 


¿POR QUÉ TANTAS?

 

Razones para la diversidad

 

Es notorio que en los ecosistemas tropicales ha de existir una fuerte competencia por sobrevivir: una dura "lucha por la vida" en la terminología que usó Darwin. No de otra manera hay que interpretar esas impresionantes construcciones vivientes que son los árboles, a menudo afianzados en su base por unos refuerzos que aumentan la difícil estabilidad del tronco sobre un escaso suelo laterítico tropical. La planta puede extenderse así  hacia arriba hasta alcanzar el medio centenar de metros. Al alcanzar el dosel se abrirá un ramaje que trata de captar la luz solar bajo la consigna casi olímpica de llegar a ser el más alto y el más fuerte de la zona.

Podría pensarse que en esas condiciones sólo unas pocas especies habrían dado con las mejores estrategias, dominando así el ecosistema completo y expulsando a los competidores. De hecho, esto parece que es lo que ocurre en los más monótonos bosques boreales, donde una o dos especies arbóreas ocupan casi en exclusiva el estrato más alto de los vegetales.

Sin embargo, en los medios tropicales no ocurre así. ¿Por qué?

Nadie tiene la respuesta completa, pero se han ofrecido diferentes explicaciones sobre cómo se puede ver favorecida la alta biodiversidad tropical. La mayor parte de ellas apuntan hacia el beneficioso emparejamiento que parece reinar entre la estabilidad climática (en condiciones de temperatura y humedad muy favorables para la vida) y la biodiversidad. Sin embargo, esto no representa sino una causa indirecta. Algunos científicos han tratado de ofrecer explicaciones más directas, aunque, sin duda, parciales. Veamos.

 

Hace ya un cuarto de siglo, Daniel Janzen, un ecólogo de la Universidad de Pennsylvania que viene trabajando desde hace mucho tiempo en Costa Rica, consideró que podía explicar una buena parte de la alta diversidad de las especies de árboles existentes en los medios tropicales recurriendo a la presencia de factores contradictorios que operan sobre la capacidad de supervivencia de las plantas recién germinadas. Su razonamiento[51] se basa en que una de las características esenciales de las plantas tropicales en su relación con los animales radica en tener que atenerse al hecho de que sólo prosperan aquéllas que consiguen reducir el número de sus enemigos. No se trata tanto de evitar la predación sobre las hojas o los tallos en su totalidad, sino de conseguir que sólo unas pocas especies animales sean capaces de hacerlo y en una forma limitada. De esta manera se han desarrollado numerosas características morfológicas como las cubiertas duras, espinas o corazas; en conjunto, toda una línea de defensa que podría calificarse como de defensa mecánica o física. Pero también se ha entrado en una guerra menos evidente, aunque posiblemente mucho más eficaz, esta vez de carácter químico: las plantas elaboran compuestos venenosos que hacen peligrosa la alimentación herbívora para aquellos incautos no suficientemente preparados frente a los tóxicos vegetales. Por su parte, los insectos, principales componentes del ejército de herbívoros tropicales, no se quedan a la zaga y han desarrollado antitoxinas y antídotos que dejan en el nivel de meros aprendices de alquimia a los más pérfidos y sagaces envenenadores y proveedores de antídotos de la saga de los Borgia. De hecho, algunos invertebrados llegan a ser capaces de reutilizar los venenos de sus presas hasta convertirse a su vez en peligros tóxicos ambulantes para sus respectivos predadores. Claro que en esta lucha permanente siempre hay bajas en ambos bandos.

Este tipo de estrategias de supervivencia y adaptación son más lentas en el tiempo y desembocan en una coevolución estrecha entre plantas que ejercen de presas e insectos que son sus predadores. La especialización es, pues, un paso inevitable en esta secuencia: no es posible desarrollar antídotos frente a demasiados venenos ni tampoco es factible desarrollar una respuesta adecuada para cada una de las distintas estrategias de las diversas plantas. Éste es, sin duda, un mecanismo que tiende a hacer aumentar el número de especies. Ahora bien, sólo llegará a ser eficaz como potenciador de la biodiversidad si permite que las plantas, que también compiten entre sí, mantengan ellas mismas una alta diversidad. Es decir, la variedad de estrategias conjuntas y, con ella, la diversidad de parejas o grupos de especies de plantas-insectos que interactúan, dependerá, desde luego, de que existan las suficientes condiciones para mantener un número alto de especies de plantas. De otro modo, de nuevo una especie vegetal dominaría y todas las otras estrategias, por muy "ajustadas" que fueran las relaciones planta-insecto, desaparecerían. 

¿Qué permite, pues, que se alcance una alta diversidad de plantas?

Uno de los momentos clave para las especies vegetales reside en la germinación de las semillas y en los primeros momentos del crecimiento de la nueva planta. Se trata del periodo más frágil de la vida del vegetal y es, a la vez, una etapa indispensable en la supervivencia de la especie: de nada vale que los árboles adultos sean prácticamente indestructibles si no es posible la regeneración y los nuevos plantones no son capaces de hacer continuar la saga.

Como hemos visto, en unas condiciones permanentemente favorables de humedad y temperatura como las que imperan en los ambientes tropicales, la aceleración de la actividad biológica hace que las relaciones entre predadores y presas estén muy definidas. Esto quiere decir que si queremos buscar a los predadores de una planta (por ejemplo, a sus insectos defoliadores), sin duda el mejor lugar lo encontraremos en la propia planta o en sus alrededores. Esto rige también para las jóvenes y tiernas plantas que acaban de germinar y se asoman por primera vez al nuevo escenario del bosque. Dicho más claro: el lugar de mayor riesgo para una joven planta estará en las proximidades de una planta adulta de su misma especie o en las de su propio progenitor.

Por otra parte, las plantas tienen dificultades para conseguir alejar de sí los frutos, de forma que la germinación de las nuevas plantas de la especie se produzca en nuevos lugares. Para ello, algunas desarrollan frutos apetitosos en los que gastan una buena cantidad de energía, con el fin de atraer a los animales frugívoros en cuyo intestino las semillas pueden viajar lejos de los ambientes maternos y de su cohorte de insectos voraces. A pesar de ello, una parte importante de las semillas terminará cayendo cerca de la planta madre; de hecho, la probabilidad de caída y germinación de las semillas decrece gradualmente según nos alejemos de la planta madre. Como con la lejanía respecto de la planta madre (o de cualquier planta de la misma especie) decrecen los riesgos de ser comido por insectos inmunes al mortífero arsenal químico del vegetal, la cuestión es que nos encontramos con dos gradientes de sentido contrario: la mayor parte de las semillas caen y germinan cerca de las plantas madres, por unas pocas que lo hacen lejos; mientras que las posibilidades de supervivencia son mayores cuanto más lejos se encuentre la joven planta de su progenitora.  En conclusión, tendremos una zona relativamente alejada de la planta madre, aunque no demasiado, en donde germina el mayor número de semillas con más altas posibilidades de prosperar: ni muy cerca (donde caen muchas, pero tienen demasiados riesgos de perecer), ni muy lejos (donde llegan muy pocas); ésa es la solución.

 

Si extendemos este modelo a muchas especies de plantas que comparten las mismas condiciones generales, el resultado es que quedan beneficiadas las situaciones de baja concentración de individuos de la misma especie vegetal, o, lo que es lo mismo, se favorece la alta diversidad. Con estas estrategias de dispersión y capacidad de germinación satisfactoria, las especies vegetales de los ambientes tropicales ven favorecida su coexistencia y, con ella, la biodiversidad global.

 


INCREMENTANDO LA ESPECIACION

 

Tipos de formación de especies que aumentan la diversidad

 

El origen de nuevas especies a partir de poblaciones pertenecientes a formas predecesoras constituye el proceso clave de la evolución, que es conocido con el nombre de especiación.

Ya Darwin señaló que existen diferentes tipos de procesos evolutivos de formación de especies, ya que algunos no implican la multiplicación de éstas, sino tan sólo la transformación morfológica y funcional en el tiempo de unas en otras. Este segundo tipo de especiación puede encontrarse en el registro fósil y caracteriza muchos estudios paleontológicos. Supone, además un nuevo concepto diacrónico de especie, en el que el problema estriba en diferenciar cuándo hablaremos de una nueva especie a partir de un precedente desaparecido, pero no nos interesa demasiado ahora, pues no contribuye a incrementar la biodiversidad sincrónica, es decir, la que se produce en un mismo tiempo.

Si nos limitamos a los mecanismos de especiación que sí permiten incrementar esa diversidad sincrónica, podemos encontrar tres posibilidades, basándonos para ello en  el uso de criterios geográficos discriminatorios. Se trata de tres maneras distintas de producirse la diferenciación de poblaciones de una misma especie en nuevas especies.

El primero de ellos ocurre cuando las poblaciones que se distancian genéticamente lo hacen en condiciones de completo aislamiento geográfico entre sí. Se da cuando las poblaciones están claramente separadas por alguna barrera geográfica que impide su contacto genético. Esta barrera dependerá del tipo de organismo de que se trate: puede ser un espacio marino, una cadena montañosa o un territorio desértico en el caso de organismos terrestres; mientras que podría ser un continente, una dorsal mesoceánica o las llanuras abisales para el caso de organismos marinos.

Este tipo de especiación es conocido como alopátrica y parece ser el más frecuente. En él, la inexistencia de intercambio genético entre las poblaciones aisladas permite que, bien por mecanismos dirigidos fundamentalmente por el azar (como la deriva genética), o por presiones selectivas diferentes determinadas por los distintos ambientes en que evolucionan las poblaciones, ambas terminen por distanciarse genéticamente, constituyendo, con el suficiente tiempo, otras tantas especies.

Un segundo tipo posible de especiación se producirá cuando las poblaciones inicien su separación genética a pesar de seguir compartiendo un mismo espacio geográfico. Se trata de un caso más controvertido, aunque se han descrito mecanismos genéticos que parecen favorecer este proceso, como es el caso de la poliploidía o multiplicación de la dotación cromosómica de los individuos que ya vimos. Además de esos procesos de especiación instantánea, muchos evolucionistas consideran también factible la especiación simpátrica (como se denomina) cuando hay microhábitat o nichos diferenciados dentro de un mismo territorio geográfico que son ocupados diferencialmente por subpoblaciones de la misma especie. Entonces, sin que las poblaciones que inician su proceso de aislamiento reproductivo se encuentren realmente distanciadas geográficamente, sí pueden aparecer mecanismos selectivos diferentes para cada una de las subpoblaciones, lo que llevaría a su distanciamiento genético.

Finalmente, el tercer tipo es, realmente, un caso intermedio entre los anteriores. Recoge la especiación que se produce entre poblaciones adyacentes (pero no superpuestas) de una misma especie. En este caso, el nombre utilizado para calificarla es el de parapátrica y, para algunos biólogos, no es más que un tipo de especiación alopátrica en el que no se da una barrera geográfica que aísle las poblaciones, ya que la mayor parte del proceso tiene lugar entre poblaciones distanciadas geográficamente. En la especiación parapátrica suelen producirse híbridos en la zona de contacto, aunque las presiones selectivas, diferentes en ambas poblaciones, hagan que éstos no tengan una suficiente eficacia biológica y, por tanto, no contribuyan a uniformizar genéticamente ambas poblaciones por medio de un alto intercambio genético entre ellas.

 




SAN MARCOS Y LAS INTERACCIONES TROPICALES

Mecanismos que hacen posible ser más en el mismo sitio

 

Los anteriores tipos de especiación constituyen una clasificación teórica de las formas de especiación en cualquier medio y especie. Veremos ahora, para las dos principales, algunos ejemplos de especiación en el mundo tropical, en donde la diversidad es mayor. En ambos se parte de la existencia de estrechas interacciones entre plantas y animales, que el medio tropical se presentan con gran profusión, en la línea que Janzen expuso para sus propuestas de coevolución y diversificación. Ambos ejemplos han sido descritos por Phyllis D. Coley, de la Universidad de Utah[52].

El primero de ellos se centra en la capacidad dispersiva a larga distancia que algunos animales, como las aves y los murciélagos, representan para los frutos de las plantas (ya hemos mencionado la importancia de este asunto). Ahora, siguiendo a Coley, veremos cómo la zoocoria, que es el nombre que recibe la dispersión de frutos por los animales, puede contribuir a la especiación y al incremento de la biodiversidad tropical: Supongamos que el fruto de un árbol (o sus semillas) es alejado del área biogeográfica en la que se encuentra la especie arbórea por un animal dispersador (lo que bien puede suceder con las aves o murciélagos). Si esas semillas germinan con éxito (cosa que también puede perfectamente suceder), no es descabellado pensar que con el tiempo pueda formarse una nueva población aislada de la especie arbórea (que, recordemos, tiene su población original alejada de la nueva). Nos encontraremos en una situación susceptible de acoger un proceso de especiación alopátrica, propiciado por el trabajo conjunto de árbol y el ave o murciélago dispersador de sus frutos. Ya sea debido a que la nueva población parte de un número escaso de individuos (y por tanto de una diversidad genética reducida), lo que puede determinar una evolución demasiado dependiente del azar, o ya sea porque las condiciones del nuevo lugar imponen presiones selectivas diferentes, se puede llegar con el tiempo a que la nueva población se haya diferenciado genéticamente lo suficiente de la original como para constituir una especie distinta. Ya hemos aumentado la biodiversidad global, pero, aún podemos incrementar la local del antiguo territorio de la especie arbórea si, en las nuevas circunstancias, se produce un nuevo caso de dispersión a larga distancia, pero ahora en el sentido inverso, es decir, desde semillas de la nueva especie originada que son transportadas hasta el antiguo territorio ocupado por la especie ancestral. Esta hipótesis no es demasiado descabellada, dado que si el primer viaje fue realizado por un ave o un murciélago que se alimentaban de los frutos de estos árboles, no es raro que ambos territorios formen parte del área biogeográfica de esa ave o murciélago por la que sus individuos se mueven, migran o circulan en varias direcciones. El resultado final es, pues, un incremento de la diversidad local en cada territorio y, consiguientemente, de la biodiversidad global.

Un segundo proceso apuntado por Coley se basa en otro tipo de interacción estrecha entre animales y plantas: el herbivorismo selectivo. Ya antes vimos cómo la guerra química desatada por las plantas para preservar sus hojas del ataque de los herbívoros generaba en los medios tropicales una selección intensa, de forma que los insectos se veían abocados a especializarse en la alimentación de una sola o unas pocas plantas, cuyos venenos podían contrarrestar en un permanente juego de coevolución y respuesta adecuada a los cambios de la otra especie. ¿Qué puede ocurrir en esta situación si se produce una mutación en la planta capaz de crear nuevas variantes en la toxicidad de las individuos que llevan el genoma cambiado? De no mediar los procesos de interacción apuntados, es posible que la mutación llegara a ser, tras varias generaciones, finalmente compartida (o no) por casi todos los individuos de la especie vegetal, lo que no supone una especiación en el sentido de multiplicación de especies (seguiríamos teniendo una sóla especie de planta). Sin embargo, razona Coley, en el caso de una interacción estrecha con un insecto herbívoro, el cambio producido en algunas plantas (las mutadas) introduce una nueva presión selectiva también en la población de insectos. Éstos, como toda población de animales, son también diversos genéticamente, de forma que, tal vez, algunos individuos sean capaces de resistir el cambio de toxicidad por resultar inmunes a las nuevas plantas mutadas, mientras otros se ven obligados a seguir consumiendo solamente las no mutadas. Tanto en el caso de la planta como en el del insecto tendremos dos subpoblaciones sometidas a interacciones y presiones selectivas distintas; que es, exactamente, lo que antes hemos considerado como condición de partida para un proceso de especiación simpátrico, sólo que ahora lo tenemos por partida doble. De continuar en esta línea podríamos obtener un aumento de la diversidad mediante una doble especiación simultánea en la planta y en el insecto: dos por uno.

 

Estos procesos de diversificación parecen producirse particularmente en los medios tropicales que gozan ya de una alta diversidad previa, a su vez condicionada por la favorable situación climática del ámbito tropical. De ser así, funcionaría en los ricos ambientes tropicales una suerte de retroalimentación positiva que permitiría seguir incrementando continuamente la diversidad sobre la base de la alta riqueza preexistente. Este incremento podría también alimentarse de otros medios adyacentes menos complejos, algo nada infrecuente en la naturaleza: donde más oportunidades hay, se producen mayores atractivos para coexistir en ecología. Dado que la diversidad es una forma de información ecológica, el significado del aumento de la biodiversidad en ecosistemas diversos es el de un incremento de la información allí donde más hay, incluso a costa de la información contenida en sistemas vecinos menos complejos; algo ya descrito en el estudio de las interacciones entre sistemas y que, como recuerda Margalef[53], se conoce en ecología como "el principio de San Marcos", debido al versículo 4:25 de su evangelio, donde se puede leer el siguiente singular proceso divino de reparto desigual (que parece haber constituido un relevante texto de cabecera para algunos representantes de importantes poderes económicos)[54]:

 

"Pues al que tiene se le dará, y al que no tiene, aún lo que tiene le será quitado"

 

Tal vez la poco equitativa fórmula del evangelista en su vertiente ecológica esté contribuyendo, en los trópicos biológicamente más ricos, al crecimiento de la biodiversidad.

 

El resultado de todo ello es la progresiva complejidad y riqueza específica de esos sistemas autoorganizados que son los bosques tropicales, hasta conseguir albergar en ellos a la mayor parte de la diversidad de especies de la Tierra. Pero también en otros medios existen procesos y mecanismos que contribuyen a incrementar la riqueza en especies del planeta. Algunos se producen, precisamente, en aquellos ambientes aislados, excepcionales o reducidos en los que las condiciones son parecidas a las que encontró Robinsón en su isla alejada de la civilización. Para comprobar uno de estos casos nos hemos de trasladar desde los húmedos bosques del trópico a una de las zonas más secas del sur de España.

 


FLORES EN EL CABO DE GATA

 

El drama y el valor de lo escaso

 

El Cabo de Gata es un área de la costa almeriense ciertamente espectacular. Algunos de los más impresionantes y extraños acantilados de la Península Ibérica se encuentran en este trozo de costa casi desértica que es hoy, afortunadamente, un espacio natural protegido. Parte de la vistosidad de la costa deriva del origen volcánico que tienen muchas de sus rocas. Además, junto a las dacitas y andesitas volcánicas, las claras rocas carbonatadas procedentes de los arrecifes coralinos que rodeaban a los antiguos volcanes añaden color y belleza al enclave, permitiendo a la imaginación del visitante reconstruir un impresionante paisaje de volcanes y fondos someros de arrecifes sobre un mar cálido. El punto más señalado del litoral lo constituye el propio Cabo de Gata, que se enfrenta al mar Mediterráneo asomando sus cantiles de varios centenares de metros sobre unas aguas generalmente tranquilas. Aproximarse desde Almería hasta el Cabo y doblarlo en dirección a la impresionante playa de Mónsul y la espléndida bahía de los Genoveses, a las que se ha de llegar caminando, constituye un paseo sumamente aconsejable a todo interesado por la belleza de la naturaleza. Muchos de los que lo hacen probablemente no reparen demasiado en unas pocas y modestas matas que crecen entre las rocas volcánicas del Cabo. Si estamos atentos y, además, nuestra visita coincide con la época de su floración, podremos advertir que se trata de plantas del tipo popularmente conocido como "bocas de dragón". Su nombre científico es Antirrhinum charidemi, lo que quiere decir algo así como la Boca de Dragón de las Ágatas o del Cabo de Gata, ya que el término charidemi hace referencia al nombre fenicio del Cabo: El Promontorio de las Ágatas o Promontorio Charidemo. Lo curioso del caso es que solamente podremos encontrar esta especie en los pocos centenares de metros que conforman los relieves volcánicos del Cabo almeriense: en ninguna otra parte del planeta la encontraremos viviendo en condiciones naturales. Por eso se dice que se trata de una especie endémica de estos taludes (endémico viene a querer decir exclusivo). Todo su ámbito geográfico mundial está, pues, concentrado y resumido aquí: si queremos verla hemos de acudir a tan impresionante lugar.

Hoy, la especie sobrevive gracias a las exitosas medidas adoptadas para el fortalecimiento de sus poblaciones, acometidas desde 1978 por los gestores del medio natural: una advertencia que conviene hacer para no olvidar que muchas de estas singularísimas especies se ven gravemente amenazadas de desaparición al ser alteradas sus reducidas zonas de vida, lo que supone, además, la extinción irreversible de una forma única en el planeta.

Muchas especies participan de las características de aislamiento y reducción del territorio del Antirrinum del Cabo de Gata, enriqueciendo la diversidad de la Tierra con una singularidad única que personaliza los medios donde viven. Son auténticos experimentos biológicos que contribuyen en forma destacada a la biodiversidad mundial, pero que airean, desde su reducida presencia, el drama de su fragilidad, lo que las hace particularmente proclives a engrosar la creciente lista de las especies amenazadas o ya perdidas por la agresión humana. Son, además, muestras palpables de la forma en que la vida se diversifica y enriquece la Tierra: una prueba más de cómo actúa la evolución y de las maneras en que la vida logra multiplicar sus formas y colonizar el planeta. Mientras algunos sobreviven desde la potencia que da la abundancia y la ubicuidad, otros lo hacen desde la modestia de la escasez y la especialización en lo raro.

 

¿Cómo se han formado? ¿De dónde provienen?


ROBINSON CRUSOE

 

Los endemismos

 

El libro del puritano inglés Daniel Defoe, "Vida y extraordinarias y portentosas aventuras de Robinson Crusoe de York, navegante", publicada en 1719, se basó realmente en la historia de un escocés, Alexander Sherkirk, quien vivió un tiempo aislado en la isla de Juan Fernández, hoy parte de la nación chilena. Al contrario que Robinson, Alexander no construyó una cabaña de troncos y palmas, sino que vivía en una cueva, ascendiendo todos los días a lo alto de su isla para otear el horizonte marino en busca de una posible salvación. Tampoco su isla volcánica reunía las tropicales que tiene la isla del libro de Defoe; sin embargo, Juan Fernández es un lugar en el que el número de especies exclusivas es muy alto.

 Pero ¿qué tiene que ver la historia de Robinson/Sherkirk y sus islas con la biodiversidad?

No cabe duda de que si Alexander Sherkirk sobrevivió en Juan Fernández fue porque consiguió desarrollar una forma de vida capaz de adaptarse y aprovechar los recursos de la isla a partir de sus propias posibilidades como miembro de la especie humana, ya que estuvo aislado mucho tiempo sin contacto con otros humanos. La situación característica de un "robinsón" está presidida por la idea de aislamiento respecto a sus congéneres (un término que proviene del mismo origen etimológico que "isla"). Sin duda, en esas condiciones, los "robinsones" deben basar sus posibilidades de sobrevivir en llevar a cabo adecuadas variaciones respecto a su forma anterior de vida, siempre partiendo de lo que son y saben hacer. Las condiciones son otras, los recursos disponibles también, así como las relaciones con los demás: lo único inicialmente igual es el propio organismo; sin embargo, al final, de subsistir, se habrá logrado "crear" uno nuevo.

Todo esto es lo que afronta cualquier individuo de cualquier especie que arribe a una isla. Si se trata de un organismo perteneciente a una especie dotada de reproducción sexual, la permanencia de la especie en  la isla dependerá, lógicamente, de la coexistencia de más de un individuo y más de un sexo; pero, además, dependerá del éxito individual en las nuevas condiciones de los organismos pioneros y de sus descendientes. Se tratará siempre de poblaciones pequeñas y aisladas de los territorios habituales de la especie; y las condiciones de aislamiento dependerán, entre otras cosas, de la distancia de la isla al continente desde donde llegaron los primeros individuos. Cuanto mayor sea esa distancia (en relación a la capacidad de movilidad de los organismos), tanto mayor será el grado o rigor del aislamiento.

Edward Wilson y Robert McArthur comprendieron que el número de especies de una isla debería depender de la distancia de ésta a la costa y de su superficie. El primer factor resulta lógico por estar relacionado con la dificultad para que lleguen organismos nuevos a la isla (la tragedia de Robinson/Sherkirk), mientras que el segundo tiene que ver más con la capacidad del ambiente insular para albergar un mayor o menor número de especies diferentes, que competirán por el uso de los recursos insulares. A partir de estas ideas elaboraron una teoría científica, dando nacimiento a lo que se ha llamado la "biogeografía insular"[55]. Posteriormente, Wilson, junto a un entonces estudiante de ecología, Simberloff, experimentó en los Cayos de Florida los supuestos de la teoría elaborada junto a MacArthur (quien por aquellas fechas ya había fallecido prematuramente, truncando una de las vidas científicas más prolíficas de la ecología del momento). Los resultados obtenidos en la experiencia avalaban las predicciones de la propuesta y hoy la idea de ambos investigadores sigue siendo considerada útil para explicar las características específicas de la biodiversidad insular.

Otro relevante investigador, Charles Darwin, también encontraría inspiración científica en el estudio de medios insulares: las islas Galápagos, un conjunto insular alejado mil kilómetros del continente americano y dependiente administrativamente de Ecuador. En este caso, la característica que más llamó la atención del joven Darwin no fue exactamente el número de especies, sino su singularidad y el grado de parentesco que parecían mostrar muchas de ellas, en particular los famosos pinzones que luego llevarían su nombre. Ambas características encontraban una satisfactoria explicación a partir del supuesto (que ya bullía en la cabeza del naturalista inglés) de que las especies evolucionan, de forma que los descendientes de los organismos llegados a la isla se diversificarían variando sus originales características genéticas y morfológicas hasta generar el ramillete de especies que ahora ocupaba los diferentes ambientes de las islas. Lo mismo que los pinzones, un rosario de tortugas gigantes ocupa las islas, habiéndose diversificado mediante los mismos procesos de radiación evolutiva de los pioneros. Algunas de ellas se encuentran hoy en grave peligro de extinción. de hecho, la variedad propia de la isla Pinta se creía totalmente extinguida; sin embargo, en 1971 apareció un ejemplar viejo que resultó ser el último y solitario representante de la estirpe (ésta sí extinguida al no existir posibilidad de continuación). Hoy, "George el Solitario", como fue bautizado, arrastra sus 90 kilos de peso por la isla de Santa Cruz, a la que fue trasladado, sin saber que nunca más en su vida volverá a encontrarse con otro ejemplar de su mismo tipo[56].

La especie o especies que tras muchas generaciones consiguen permanecer en una isla pueden terminar resultando francamente diferentes de la especie original que vino desde el continente. Se forman así nuevas formas mediante el proceso que denominamos antes como especiación alopátrica. Ésta es la explicación dada al hecho de que en las islas la frecuencia o proporción de especies únicas sea muy alta. Estas especies son, por tanto, "endemismos" o "especies endémicas" de dicho enclave. Pero el proceso también puede darse en "lugares-isla" dentro de los continentes (enclaves particulares aislados o únicos), por lo que los endemismos no son exclusivamente insulares en su sentido estricto. Por tanto, los términos "endemismo" y "endémico" no debieran utilizarse sin hacer referencia al territorio que habitan: hablaremos de los endemismos de una isla, una montaña, un lago, una comarca, un estado..., pero siempre hay que explicitar el ámbito al que se circunscribe el endemismo ((balear ibérico, escandinavo,  ....)

Aunque algunos endemismos son los restos sobrevivientes de poblaciones mucho más numerosas en el pasado, cuyos espacios ecológicos se han visto reducidos hoy (es el caso, por ejemplo, de muchas especies alpinas refugiadas en zonas actuales de altas cumbres donde encuentran unas condiciones semejantes a las de las etapas glaciales en las que conocieron su mayor apogeo), muchos otros son descendientes de unos "robinsones" aislados (en el sentido de poblaciones reproductoras) cuyas adaptaciones y variaciones genéticas posteriores les han terminado por aislar ya definitiva y genéticamente de sus antecesores. Se han convertido en "otra cosa": son nuevas especies y la biodiversidad del planeta ha vuelto a incrementarse con ellas.

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FUNCIONES Y SERVICIOS ECOLÓGICOS DE LAS ESPECIES

 

 

IMPORTANCIA, DOMINIO Y CONTROL

 

Dominancia y especies dominantes

 

"La importancia que una especie adquiere en un determinado ecosistema podría ser evaluada por los cambios que se producirían en él si dicha especie desapareciera". Aunque la idea puede ser válida no parece muy recomendable su aplicación como método de estudio. No obstante, como consecuencia de la degradación de muchos ecosistemas, se pueden encontrar numerosos casos "experimentales" sobre los que basar esa evaluación. Ni siquiera la desgraciada existencia de este tipo de situaciones ha sido suficientemente aprovechada, al menos, para conocer un poco más sobre la función que cumplen las especies en los ecosistemas; tan sólo unos pocos casos han podido ser analizados, extrayendo de ello algunas conclusiones. En la mayoría de éstos, sin embargo, el daño tiene más de una víctima y los efectos se entremezclan, por lo que las variables sobre las que buscar explicaciones son muchas.

 

Una idea sencilla, pero apreciada entre naturalistas y ecólogos, es que no todas las especies ejercen con la misma intensidad su influjo sobre la estructura y el funcionamiento de los ecosistemas. Es evidente que algunas, debido al número de sus individuos o a su biomasa, parecen tener un mayor peso sobre la comunidad o el medio que otras. Pero, no es sólo el número o el peso las causas de diferencias en la incidencia ecológica, también pueden intervenir en esta cuestión otros mecanismos más sutiles y menos evidentes.

 

A nadie le extraña que, en los biomas templados, en los mediterráneos o en los boreales, los bosques sean denominados con el nombre de la especie arbórea que predomina y determina el paisaje: hablamos de hayedos, de robledales o de pinares silvestres. Pero lo que es normal en lugares como Europa, Norteamérica o el sur del continente latinoamericano, no lo es (ni sería posible) en otros ambientes como los tropicales. Si un malayo, una zaireña o un brasileño tuvieran que denominar sus bosques a partir del nombre de un sólo árbol se encontrarían ante un importante problema: ¿cuál elegir? ¿qué especie es más frecuente, más importante o representativa? Una idea de la dificultad para contestar estas preguntas puede darla el hecho de comparar las diez especies de árboles que, como media, crecen en un bosque bien conservado centroeuropeo, con las doscientos veinte que pueblan, también como media, un bosque tropical malayo.


En un encinar (por usar un ejemplo cercano), la importancia de la "encina" como especie parece, intuitiva y  perceptivamente, mucho mayor que la del resto de las especies vegetales que componen su cohorte florística (para no salirnos del Reino Vegetal). Aunque siempre podemos estar equivocados, a favor de la mayor importancia de la encina concurren dos factores principales: el primero radica en el número o proporción de sus ejemplares frente a otros de similar biomasa; el segundo deriva de su singularidad, es decir del gran porte que manifiestan sus individuos frente a los de otras especies. Podremos encontrar especies de mayor biomasa individual (tal vez algunos alcornoques que crecen entre las encinas), pero son mucho menos frecuentes en el conjunto del encinar: por eso hemos llamado así al bosque (si no tendríamos un alcornocal). También podremos encontrar especies más abundantes en cuanto al número de ejemplares (por ejemplo, las abundantes gramíneas llamadas Agrostis castellana que cubren buena parte de los suelos en los encinares adehesados madrileños), pero es fácil que su pequeño porte nos incline a pensar que su incidencia ecológica debe ser menor que la de las encinas para el conjunto del ecosistema. ¿Estaremos en lo cierto?

 

Se suele utilizar en ecología el término de "especies dominantes" para denominar, lógicamente, a las que "dominan" el ecosistema, pero es realmente difícil decidir cuáles son los criterios de una dominancia verdadera, más allá de los que pueden resultar de una mera inspección y percepción visual, incluso mejorada mediante el uso de mediciones instrumentales más precisas. El término "dominancia" ha tenido particular fortuna en el ámbito de las escuelas fitosociológicas. Braun Blanquet, su más reconocido fundador, entendió que el porcentaje de recubrimiento del suelo, llamado cobertura, podía ser utilizado como un buen sistema para valorar el grado de dominancia de las especies arbóreas o arbustivas. Además, tiene la ventaja de su fácil cuantificación. El máximo representante de la "Escuela de Zurich-Montpellier" reconoce que "muchas veces las especies dominantes tienen poca importancia para la distinción y delimitación de las comunidades en nuestro sentido, debido a que muchas veces tienen una gran amplitud ecológica"[57].

El sistema de Braun-Blanquet puede que resulte más un método descriptivo, clasificatorio y de ordenación de las comunidades vegetales que una explicación de las funciones ecológicas que cumplen tales comunidades, pero es ciertamente útil, como ha demostrado su rápida expansión en Europa. Como el mayor interés en los inventarios reside en las especies llamadas "características", es decir, las que se dan sólo en uno o unos pocos tipos de agrupaciones vegetales (las llamadas "asociaciones" en la terminología fitosociológica), se alcanza pronto una caracterización fácil que favorece la ulterior clasificación y jerarquización.

En ecología de comunidades, sin embargo, se suele preferir medir la dominancia de una especie mediante la proporción destacada que ésta tiene en la comunidad, utilizando para ello el número de individuos o la biomasa total en un determinado ecosistema. Lo cierto es que la dominancia queda reflejada en la proporción del espacio, de la masa o del número de individuos que "ocupa" una especie en un ecosistema. A este respecto, Margalef advierte que "sólo se puede hablar de especies dominantes en comunidades de diversidad baja"[58]; en el fondo se trata de una consecuencia lógica de las propias definiciones de diversidad ecológica y de dominancia: el hecho de que no haya especies dominantes o sobresalientes en número (mídase como se quiera) es casi una condición para que la diversidad ecológica de la comunidad sea alta.

Pero en la primera idea de incidencia o influencia sobre el conjunto del ecosistema, parece que la idea de dominancia, en el sentido de los fitosociólogos o en el de los biólogos de comunidades y ecólogos, no representaría más que una forma parcial de aproximación al problema. Más útil puede ser tratar de utilizar otro tipo de indicadores, como la cantidad total del flujo de energía del ecosistema que es canalizado "a través de" o mediante las actividades de la especie en cuestión, o la fracción "controlada" de los ciclos biogeoquímicos; incluso más: la cantidad de información total que reside en la especie respecto a la que alberga el ecosistema. No en vano, energía, materia e información son los parámetros básicos en la definición de la estructura y del funcionamiento de los sistemas ecológicos.

Todos estaríamos de acuerdo en que la incidencia de la especie humana en el ecosistema global de la Tierra es muy elevada. Si utilizamos para estimarlo un indicador tan pobre como el de la dominancia no alcanzaremos a tener una valoración ni remotamente aproximada. Los 5.500 millones de individuos que constituyeron en 1993 la población humana total del planeta es una cifra asombrosamente alta para una especie de vertebrado, pero no representa, en el conjunto de las especies animales, un papel tan "dominante" como el que realmente sabemos que ejercemos sobre los ecosistemas. Tampoco se deduce la magnitud de nuestra influencia del porcentaje de la biomasa humana respecto al total de biomasa de otros organismos.

Sin embargo, si pensamos (como Peter Vitousek, los Ehrlich y P.A. Matson han calculado[59]) que la humanidad en conjunto controla ya un cuarenta por ciento de la energía aportada por los vegetales a los ecosistemas a través de la fotosíntesis (la única vía relevante de entrada de energía química en los sistemas vivos), tendremos una referencia mucho más real del verdadero grado en que nuestra "dominancia" es aplastante (tanto que muchos organismos ya no la soportan).

Por tanto, las nociones de dominancia basadas en los usuales criterios de proporción de ejemplares respecto a los de la comunidad total, o de superficie ocupada por organismos inertes como las plantas, no constituyen necesariamente un buen indicador del grado real de incidencia o importancia que una especie adquiere en el conjunto del ecosistema. Veremos cómo existen casos comprobados de influencias determinantes más allá del número de sus ejemplares o de sus proporciones respecto a otras especies.

 


LAS NUTRIAS MARINAS COMEN Y DEJAN COMER A LAS "LINTERNAS DE ARISTÓTELES"

 

Las especies "clave"

 

En los ecosistemas litorales de las costas del Pacífico Norte habitan las nutrias marinas (Enhidra lutris). Éstos son mustélidos de considerable tamaño que llegan a alcanzar un peso de 37 kg. y viven una vida casi absolutamente marina. Sus poblaciones se extendían antaño a lo largo de las costas que van desde la Baja California hasta el Norte del Japón, incluyendo los cordones de las Islas Aleutianas. Sin embargo, durante los siglos XVIII y XIX, la mejora en las capacidades de las naves y la elevada rentabilidad comercial del negocio de las pieles desembocó en una caza abusiva de la especie que la llevó al borde de la desaparición, un proceso que se ha producido paralela y trágicamente en otras especies de interés comercial. A principios del siglo XX apenas quedaba ya una docena de colonias de estos animales, con una población total estimada en alrededor de un millar de individuos, cifra equivalente a la población media de las especies que fueron incluidas en las listas del Acta de Especies en Peligro de Extinción de U.S.A. entre 1985 y 1991, según los datos obtenidos por varios investigadores del Fondo de Defensa Ambiental de ese país[60]. Iniciado un programa de protección de la especie, la respuesta de las nutrias fue francamente positiva: al disminuir la presión excesiva de la caza humana, las colonias de estos mamíferos progresaban en ambientes en los que encontraban su alimento en cantidad anormalmente alta, por haber estado ausentes de él durante años. Cada año, el crecimiento de las poblaciones llegaba hasta el 20%. En muchos lugares se recuperó pronto el equilibrio entre las nutrias y sus recursos alimenticios, de forma que hoy podemos encontrar zonas en las que esta situación se viene manteniendo ya desde hace algunas décadas. También hay lugares que no han sido recolonizados por las nutrias, lo que ha permitido estudiar las diferencias existentes entre unos y otros lugares y deducir de ello la influencia que tiene la especie en el ecosistema litoral del Pacífico Norte.

La razón de que tenga un particular interés este estudio estriba en que se sabe que la nutria marina del Pacífico Norte forma parte de una cadena trófica tan simple como fundamental en la estructura y composición de los ecosistemas costeros de esta región del planeta. Las nutrias se alimentan preferentemente de erizos marinos, pertenecientes a varias especies del género Strongylocentrotus. Ha sido muy divulgada la forma en que las nutrias rompen con ayuda de piedras el esqueleto de los erizos de mar. Lo hacen flotando sobre las olas panza arriba y esgrimiendo con sus patas delanteras la piedra, con la que golpean al erizo soportado sobre su vientre. No hay duda de que la imagen resulta entre simpática y cómica. Los equinodermos, por su parte, se alimentan de diversas especies de algas marinas que constituyen "praderas" o auténticos "bosquecillos" subacuáticos; entre ellas hay especies de distintos géneros y tipos: Agarum, Costaria, Laminaria, Alaria, ...

Se trata, pues, de una cadena trófica sencilla, "de libro", en la que tres especies o grupos de especies mantienen una dependencia alimentaria casi exclusiva: productores vegetales (las algas), herbívoros o consumidores primarios (los erizos de mar) y carnívoros, consumidores secundarios o predadores (las nutrias). Un ecosistema sobre el que elaborar un modelo sencillo como lo fue el ya famoso de las liebres árticas y los linces que suele ilustrar el tratamiento de las ecuaciones predador/presa de Lotka y Volterra en los libros de ecología y dinámica de poblaciones.

El control creado por las relaciones entre las diferentes poblaciones depende de que se mantengan cada uno de los componentes de la red trófica: si en una cadena lineal salta un eslabón, toda la cadena se deshace.  

Pronto se comprobó (primero en los ecosistemas costeros de California) que la desaparición de las nutrias marinas comportaba la aparición de un efecto dominó: a través de la sobreabundancia de los erizos marinos se llegaba a un drástico deterioro de las comunidades de algas. Se producía algo así como una "deforestación" de los fondos acuáticos por "sobrepastoreo" de los numerosos erizos que, pronto, agotaban el alimento que llevarse a la boca (la cual acoge un aparato raspador que recibe el curioso nombre de "linterna de Aristóteles" por ser el filósofo griego quien lo describió). En conclusión, la desaparición de las nutrias conducía al empobrecimiento de las comunidades de algas y a una drástica alteración del ecosistema costero.

Para algunos autores, sin embargo, la influencia de otros factores externos a esta sencilla cadena trófica tiene mayor importancia que la de cada miembro de la cadena en la determinación de la estructura ecológica del medio. Este tipo de opinión pone en cuestión la suposición de que la pérdida de las nutrias marinas es la causa principal de los graves efectos detectados en las comunidades de algas.

Esta controversia llevó a dos investigadores de las universidades de California y Washington, James Estes y David Duggins, a analizar en detalle los verdaderos efectos ecológicos de la presencia o ausencia de las nutrias sobre una amplia banda geográfica que incluía las costas con y sin nutrias marinas de Alaska y las Islas Aleutianas. Sus trabajos, publicados en la revista Ecological Monographs de la Sociedad Ecológica de América, concluyen que hay pocas dudas de que las comunidades de algas son altamente dependientes, en esos ecosistemas costeros del Pacífico Norte, de la presencia de las nutrias marinas, las cuales establecen un rígido y estabilizador control sobre las poblaciones de herbívoros, principalmente erizos marinos, que a su vez inciden sobre el restante nivel de la cadena de alimentación. Los estudios ecológicos sobre el papel de las nutrias marinas en el Pacífico Norte han constituido una activa línea de investigación entre los ecólogos norteamericanos: ya en 1988 el mismo James Estes y G.R. Van Blaricom editaron un libro colectivo con varios especialistas sobre la comunidad ecológica donde habitan estos animales[61], mientras que en 1992 un grupo de autores[62] analizaron la influencia, que parece algo menor, de las nutrias marinas sobre las comunidades costeras de fondos sedimentarios blandos, desarrollando sus estudios en las islas Kodiak de Alaska.

 

Tras este tipo de estudios, se puede afirmar que las especies como la nutria marina del Pacífico Norte tienen un efecto o incidencia muy alto en la configuración, estabilidad y estructura ecológica de los ecosistemas en los que habitan. Esa importancia no se deduce fácilmente de los resultados obtenidos aplicando diversos índices de abundancia o calculando la proporción del número de ejemplare de la especie sobre el total de la comunidad, sino que derivan de la función ecológica que ejercen sobre la estructura de la comunidad. Para ellas introdujo R.T. Paine en 1969, en un artículo publicado en la revista American Naturalist[63], el término de "especies clave" ("keystone species", en inglés). Como aplicación concreta de ese concepto, las especies del tipo de las nutrias marinas representan la idea de "predadores clave", es decir, especies que "determinarían por sí solas la mayor parte de las pautas de la estructura de la comunidad de presas, incluyendo la distribución, abundancia, composición, tamaño y diversidad[64]". El proceso determinante de la influencia de una especie predadora clave se basa, según la hipótesis de Paine, en dos propiedades: la primera supone que el predador consume y controla preferentemente a la especie presa, determinando así su abundancia; la segunda radica en que la especie presa excluye por competencia a otras especies de la comunidad. Se trata, pues, de un doble efecto: el de la relación predador-presa y el de la exclusión por competencia entre la presa y otras especies competidoras.

 

En su último libro titulado "Geographical Ecology"[65], el influyente ecólogo Robert MacArthur, ya gravemente enfermo (moriría ese mismo año), introducía la idea de interacción fuerte (o estrecha) entre varias especies. Este tipo de interacción está en la base de la noción sobre las especies "clave" y ha sido comprobada en diversos medios, particularmente en ecosistemas acuáticos. En un estudio desarrollado por varios biólogos del Departamento de Zoología de la Universidad del Estado de Oregón, por ejemplo, se investigó la aplicación de este concepto a la relación entre un predador, la estrella de mar Pisaster ochraceus, y las especies presa, los mejillones Mytilus californianus y Mytilus trossulus, en dos áreas de la costa de Oregón (la Bahía Boiler y Strawberry Hill): los resultados avalan tanto la validez como la utilidad de este tipo de conceptos aplicados al análisis de las relaciones ecológicas.

Sobre la base de este tipo de estudios, que permiten comprender algo más sobre el funcionamiento de las interacciones estrechas entre las especies, así como la influencia de las especies "clave", se obtienen conclusiones importantes para la gestión y conservación de los ecosistemas. Sin duda, este tipo de conceptos, que siguen sometidos a análisis y comprobación por parte de muchas investigaciones ecológicas actuales, contribuyen a aportarnos una importante fuente de conocimiento y reflexión en el campo de la ecología de la conservación y la gestión de los ecosistemas.


LA IMPORTANCIA DE LOS HIGOS TROPICALES

 

Más sobre las especies clave

 

En los bosques de las tierras bajas del trópico húmedo peruano, muchas aves y mamíferos se alimentan exclusivamente de los frutos que ofrece el dosel forestal. Durante la mayor parte del año, las lluvias caracterizan el tiempo meteorológico de estas tierras (de cualquier modo siempre francamente lluvioso).  En esas condiciones son numerosas las especies de plantas que ofrecen a los animales frugívoros los suculentos productos que llevan, en su interior, la apuesta de la dispersión: las semillas de las que dependerá la siguiente generación. Aunque puede pensarse que los comedores de frutos son, de algún modo, predadores de las plantas, en la mayor parte de los casos ésto no se ajusta a la realidad: la relación entre el animal frugívoro y la planta se parece más a un caso de mutualismo que al de predación. En este sentido, los frugívoros se distancian claramente de los comedores de hojas que sí resultan especies predadoras o parásitas (el límite es difuso) de los vegetales. ¿En qué radica la diferencia?

 

Las hojas de las plantas constituyen los órganos donde tiene lugar una de las funciones más indispensables de la vida vegetal: la fotosíntesis. Su pérdida total o parcial representa, pues, una desventaja competitiva frente a otras plantas y una pérdida de vitalidad y de las posibilidades de supervivencia. Los frutos, sin embargo, son estructuras diseñadas especialmente para ser ofrecidas como bocado a los animales, tratando de conseguir a cambio una opción de "transporte y alejamiento" de las semillas que van en su interior, algo nada fácil para los vegetales por sí solos. El objetivo del fruto (al contrario que el de la hoja) es ser comido. Se trata de un alto precio que paga la planta, puesto que en su fabricación gasta una considerable cantidad de energía y materiales nutritivos, pero le compensa, habida cuenta del éxito evolutivo que han tenido los grupos de vegetales que han optado por esta vía. Para completar la estrategia, mientras que el fruto ha de ofrecer un atractivo para los animales frugívoros, la semilla (que va oculta en su interior) ha de estar protegida por unas cubiertas lo suficientemente resistentes como para atravesar el tracto digestivo sin que las posibilidades de germinación sufran menoscabo. En ocasiones, incluso, llega a ser necesario que la semilla pase por algún intestino animal para que se pueda producir la germinación de la semilla, lo que sin duda es una mayor garantía de que ésta no habrá caído en las inmediatas proximidades de la planta progenitora.

Pero resulta que en las tierras bajas del Perú tropical (donde iniciábamos este relato) hay una pequeña parte del año durante la cual las lluvias escasean. Es un periodo en el que la mayoría de las plantas del bosque no están interesadas en apostar por la dispersión de sus frutos, por lo que hay un importante parón en la producción de éstos. Sin embargo, en esa época las numerosas especies de animales y plantas que han centrado sus hábitos alimentarios en la dieta frugívora siguen estando presentes, por lo que siguen teniendo una necesidad acuciante de frutos. No se trata de un periodo muy largo, éste de la época seca, pero resulta evidentemente crucial para los animales que se alimentan de frutos.

Afortunadamente, unas pocas especies de árboles mantienen su fructificación en ese periodo. Como observó John W. Terborgh[66], del Centro para la Conservación Tropical de la Universidad de Duke, los animales frugívoros pierden en esta época hasta una décima parte o más de su peso corporal, pero sobreviven gracias, fundamentalmente, a la presencia de frutos en muchos higuerones (especies que pertenecen al género Ficus). Éstas representan tal vez sólo una de cada cien especies arbóreas del bosque tropical, pero en este periodo mantienen al 80% de la biomasa animal de vertebrados.

Coincidiremos en que estas especies de higuerones merecen el calificativo de especies clave, al coincidir en ellos alguno de los "centros de gravedad" ecológica de los bosques peruanos, constituyendo hitos trascendentales en el mantenimiento de las redes de interacciones del ecosistema. Sin duda, la reducción en el número o presencia de estas especies o, peor aún,  su desaparición tendría unas consecuencias amplificadas sobre la estabilidad de las biocenosis tropicales.

 

Esto, ya de por sí, tal vez sea suficientemente concluyente, pero es que no acaba aquí la historia.

 

Los higuerones, como la mayoría de las plantas superiores tropicales, necesitan del concurso de especies animales que le ayuden en la polinización. Se trata de árboles muy especializados en este sentido: la mayor parte de las especies tiene una avispa polinizadora propia. Éstas viven estrechamente ligadas al higuerón al que polinizan y del que dependen para vivir e instalar sus nidos. De hecho, los himenópteros sólo pueden sobrevivir unos pocos días alejados del árbol con el que les une algo más que "una larga amistad", de forma que, cuando abandonan uno, deben darse prisa para encontrar otro árbol del mismo tipo antes de que pase demasiado tiempo. Además, y para colmo, resultan ser malos voladores, por lo que la densidad de los higuerones debe ser suficientemente elevada como para que puedan encontrar otro árbol florido relativamente cercano. En este punto hay que advertir que los individuos de una misma especie de higuerón no florecen simultáneamente, lo que complica bastante las cosas.

Resumiendo: tenemos un periodo crucial del año en el que la mayoría de las especies de mamíferos y aves que se alimentan exclusivamente de frutos depende estrictamente de unas cuantas especies de higuerones, los cuales, a su vez, dependen cada uno directamente de una especie de avispa que cuando abandona uno de esos árboles ha de encontrar urgentemente otro árbol próximo de la misma especie y, además, florido, para poder cumplir con su función polinizadora (y sobrevivir, de paso). Creo que volveremos a coincidir en que hemos de catalogar, con todo merecimiento, a estas avispas entre las especies clave del ecosistema forestal del trópico peruano.

 

Ahora, la pregunta inmediata que nos puede venir a la mente podría ser: ¿qué efectos en cadena han de producirse en los bosques de las tierras bajas del trópico húmedo del Perú si, por alguna razón, las avispas son eliminadas?. Es difícil dar una respuesta, pero, sin embargo, tal vez sea más fácil pensar que pocos hubieran apostado, antes de conocer algunas de las características de esta historia, por augurar demasiado males a partir de la simple desaparición de unas poco atractivas avispas, ¿o no?.

 


LAS BONDADES DE LOS MURCIÉLAGOS GIGANTES

 

Algunas relaciones tan intensas como imprescindibles

 

Hemos visto que la polinización y la dispersión de semillas constituyen sendas fases del ciclo vital de las plantas superiores que dependen, en muchos casos, del concurso de animales. También vimos que, sobre todo en los medios tropicales, la relación especializada entre el polinizador o dispersor y la planta suele ser muy estrecha, algo que permite asegurar que la "cesión" del polen o la semilla se hace en condiciones muy favorables para que el uno llegue hasta la flor de otro ejemplar de la misma especie, o la otra termine en un lugar y unas condiciones que permitan su germinación y consiguiente éxito.


El primer lugar entre las especies polinizadoras está ocupado por las numerosas especies de insectos que contribuyen a esta tarea. Las plantas, además, son consumadas seductoras de insectos, “inventando" mil y un trucos para atraer a las especies polinizadoras y evitar que el polen acabe en manos de "desaprensivos" u "oportunistas de tres al cuarto", los cuales, al contrario de los seguros polinizadores específicos, no llevarán el precioso polen, con gran probabilidad, hasta otra flor de la misma especie.

Las formas de las flores, la disposición de sus sacos polínicos o el ofrecimiento de perfumados nectarios que recompensen con sus nutritivas sustancias azucaradas a los polinizadores "fieles" (en muchos casos, la disposición rebuscada de éstos sólo permite el acceso hasta el precioso néctar a determinadas especies): éstos son algunos de los mecanismos desarrollados por las plantas con el fin de estrechar los lazos que les unen a sus polinizadores.

Algo parecido ocurre con la dispersión de los frutos, aunque aquí es más difícil asegurar las cosas. El fruto, esa cubierta nutritiva que encubre la semilla, es el artificio destinado a atraer a los animales dispersores, como ya dijimos. Aquí, la especificidad se trata de conseguir mediante el estrechamiento de la relación trófica entre el animal y la planta: cuanto más dependa la alimentación del animal frugívoro de la planta, tanto más dependerá la dispersión de los frutos de la labor del animal como agente de transporte. Como ya comentamos, en muchas ocasiones las semillas no llegan a germinar hasta no haber pasado por el tracto digestivo de determinadas especies dispersoras: esto representa un paso más en la certeza de que las semillas germinarán algo alejadas de la planta madre y en unas buenas condiciones para el desarrollo de la nueva planta, bien debido al lugar donde los animales depositan habitualmente sus heces, bien por encontrarse acompañadas de buena cantidad de materia orgánica que favorecerá los primeros momentos de la germinación.

Puede advertirse, por tanto, el alto valor que adquiere la biodiversidad faunística en relación al cumplimiento de estas dos fases trascendentales para la vida de las plantas. Se trata, pues, de un auténtico "servicio ecológico" y, además, fundamental. Pero también hay una vertiente económica, cuantificable en parte en unidades monetarias, al depender muchas plantas comerciales de este "servicio ecológico". Es decir, no sería posible desarrollar el ciclo vital completo de muchas plantas que producen bienes económicos (como frutos, madera, fibras, sustancias químicas u otros), de no mediar el concurso de las especies polinizadoras o dispersoras.

Un grupo de animales de gran importancia en la polinización y dispersión de semillas de numerosas plantas tropicales son los murciélagos, a menudo poco reconocidos por los humanos. Marty S. Fujita, del Museo de Zoología de la Universidad de Harvard, y Merlin D. Tuttle, de la Sociedad Internacional para la Conservación de los Murciélagos, han estudiado la relación entre el grupo de los murciélagos frugívoros pertenecientes a la Familia Pteropidae  o Pteropodidae  (que incluye a las especies de "zorros voladores" más grandes del mundo) y las plantas de los medios tropicales de Asia y Africa donde existen estos megaquirópteros[67]. Según los datos reunidos por la Sociedad Internacional para la Conservación de los Murciélagos, unas 289 especies de plantas dependen para su propagación de estos animales. De ellas, los dos investigadores estudiaron 186, correspondientes a la zona tropical del Asia Oriental. Tras un programa de seguimiento, Fujita y Tuttle encontraron que se extraían 448 productos de interés económico de estas plantas dispersadas por los murciélagos; productos que se podían encontrar en los 17 mercados de Malasia que visitaron, de los que un 23 por 100 correspondía a materiales relacionados con la madera (se incluyen las doce especies madereras de mayor importancia en Malasia, uno de los países exportadores más importantes del mundo), un 19 por 100 eran productos de alimentación o utilizados para fabricar bebidas, y un 15 por 100 más eran utilizados para fabricar medicinas. El valor económico de todo ello, dependiente del "servicio ecológico" realizado por la dispersión de las semillas y la polinización que realizaban estos "zorros voladores" era, pues, de una gran magnitud y no sólo desde el punto de vista local: tan sólo uno de los 448 productos vegetales (el procedente de Palaguiun, una Sapotácea malaya cuyas semillas son dispersadas por varias especies de murciélagos del género Cynopterus) alcanzó en 1985 un valor de exportación anual, sólo en Malasia, de 5 millones de dólares USA.

A pesar de todo, ambos autores constataron la progresiva reducción de la diversidad de los murciélagos en toda su área de distribución debido a la creciente agresión humana sobre sus poblaciones; de hecho ya se han extinguido varias de las especies del grupo.

 


ACACIAS ESPINOSAS Y HORMIGAS AGRESIVAS: UN EQUIPO FORMIDABLE

 

Más sobre las interacciones entre animales y plantas

 

Las interacciones entre animales y plantas pueden ser agrupadas en dos categorías principales. La primera englobaría todas las interacciones en las que el animal y la planta son antagonistas o enemigos, por decirlo de algún modo. La otra, por el contrario, implica que ambos cooperen en beneficio mutuo, es decir, supone algún tipo de mutualismo. El ejemplo más típico del primer grupo son las relaciones predador-presa o parásito-hospedador, dos versiones de un mismo tipo fundamental de relación. Una buena representación del segundo son los ejemplos, ya comentados antes, de los polinizadores con las plantas polinizadas o de los dispersores de semillas respecto a las plantas productoras de éstas.

Sin embargo, hay otros casos más de este segundo tipo: veamos alguno.

En las costas del Pacífico centroamericano se da un tipo de ecosistema conocido como bosque tropical seco. Este bioma se encuentra aún más amenazado que sus más conocidos "parientes", los bosques tropicales húmedos o lluviosos. Los bosques secos del trópico centroamericano ocupaban hace tiempo una extensa franja costera que se extendía casi ininterrumpidamente a lo largo de todo el Istmo. Se habla de 550.000 kilómetros cuadrados (un poco más de la extensión total de España) para estimar la superficie ocupada hace quinientos años por estos ecosistemas en la vertiente Pacífica de Centroamérica. También se calcula que, hoy, su extensión total apenas alcanza un 2 por 100 de la original[68]. De hecho, se ha iniciado un plan para la restauración del bosque seco tropical en el área de Guanacaste, en Costa Rica,donde subsiste uno de los últimos y mejores reductos de estas formaciones. En esta zona, donde se ubica el Parque Nacional Santa Rosa, el visitante puede encontrar, entre la vegetación arbórea que define el ecosistema seco tropical, unos árboles de porte moderado que se denominan localmente cornizuelos. Se trata de Acacia collinsii, una mimosácea frecuente en la región, provista de hojas compuestas y con el típico aspecto de los arbolillos del bosque seco. Pero, sin duda, lo que más facilita su identificación es la presencia de unas imponentes espinas de considerable tamaño que, en grupos con forma de cornamenta o tríos afilados, ornamentan por doquier las ramas. Una inspección más detenida de estas espinas engrosadas permite comprobar que, en la base del extremo afilado o en el inicio de los abultados cuerpos que componen la parte inferior de la espina, hay, frecuentemente, unos orificios de paso a lo que parece ser el interior hueco de la espina. No es difícil tampoco percatarse de la abundancia de hormigas que patrullan por las ramas y las hojas de la acacia. Se trata de alguna especie del género Pseudomyrmex, tal vez P. ferruginea, pero también posiblemente P. belti o P. nigrocincta. Cada árbol tiene una colonia de una sóla de estas tres especies y parece que hay diferencias en el tipo de hábitat que prefieren una u otra de las especies de hormiga de la acacia. Aunque una acacia joven puede ser colonizada inicialmente por varias hormigas reinas, en cuanto una de ellas consigue prosperar y criar una generación de obreras, éstas se encargan de eliminar todo vestigio de las otras colonias y reinas hasta apoderarse de todo el árbol (y sus alrededores).

Un arbolillo de éstos puede llegar a contener hasta quince mil hormigas obreras y cincuenta mil larvas al inicio de la época lluviosa. Naturalmente, las hormigas de la acacia constituyen una importante defensa para la planta que, añadida a la presencia de las espinas, hace que muchos artrópodos y vertebrados se lo piensen dos veces antes de acercarse a la acacia, y si lo hacen, sean simplemente expulsados del árbol por estos feroces himenópteros y las agudas espinas. Además, las ramas tiernas y los brotes de otras plantas que llegan a tocar la acacia son también atacados por las hormigas, de manera que se llega a definir un círculo de aclareo en torno al árbol. Curiosamente, la labor de las hormigas protege la nidificación de algunas aves como los Bienteveo Grandes (Pitangus sulphuratus), unos tiránidos comunes de cuerpo amarillo y dotados de una vistosa franja superciliar blanca sobre otra ocular negra. Estas aves hacen sus nidos con cierta frecuencia sobre las acacias, ya que, aunque inicialmente son atacados por las hormigas, luego son ignorados, lo que no ocurre con los predadores que pretendieran trepar por el tronco hasta los huevos o los pollos del ave. Por ello, parece que el éxito reproductivo de los Bienteveo que nidifican sobre las acacias aumenta considerablemente.

La asociación entre acacias y hormigas, muy frecuente, constituye una interacción de tipo mutualista capaz de haber determinado otra línea auténticamente paralela de coevolución dependiente entre uno y otro géneros (pues son varias las especies de unas y otras implicadas)[69], beneficiándose así la supervivencia de ambos y, de paso, alguna otra que, como el Bienteveo Grande consigue aprovecharse del viejo dicho castellano de "quien a buen árbol se arrima,....". Nuevamente, las relaciones estrechas favorecen el "empaquetamiento" y coexistencia de especies y, con ellos, la biodiversidad.

 

 

 

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EL FINAL DE LAS ESPECIES

 

¡TODAS LAS ESPECIES ESTÁN EXTINGUIDAS!

 

Extinciones y catástrofes

 

La preocupación por la extinción de especies es una muestra de sensibilidad mínima ante la magnitud de la catástrofe que la reducción de la biodiversidad puede suponer para la Tierra y para la propia especie humana. Lo importante es que la preocupación pase a ser un cambio en los comportamientos negativos. Sin embargo, los procesos de extinción no siempre han sido bien comprendidos por parte del gran público, incluso entre aquellos interesados por el asunto. Tal vez la denominación de "especie en vías de extinción", utilizada en muchas noticias y documentales sobre este tema, no haya sido demasiado afortunada. De hecho, parece conllevar un fatalismo determinista que no sabemos si es irremediable o no. En la mayor parte de los casos, el verdadero fatalismo para la especie en cuestión es la propia presencia y actividad humana, por lo que la vía de la extinción viene representada por una vía humana (incluso, a veces, el término se vuelve literal y es una "vía de comunicación" en forma de autopista o similar la que da la puntilla a la especie amenazada).

Pero también las especies, de forma natural, se extinguen. De otro modo no sería necesaria la tarea de reconstrucción de fósiles, a los que hoy nadie encuentra vivos y coleando por el planeta (a pesar de los intentos de los vecinos del Lago Ness y similares por fomentar el turismo en sus tierras). El problema radica en que la mayoría de las especies que ahora están a punto de desaparecer (y la desaparición de una especie es siempre irreversible) lo son como consecuencia de las actividades humanas ejercidas sobre su medio o sobre ellas mismas.

Aún así, parece conveniente no contribuir a extender la confusión sobre lo que significan la extinción y la amenaza de extinción, pues ésta parece alcanzar en algunos casos tintes casi humorísticos. Cuando en 1991 visité por primera vez el área de Tortuguero en la costa caribeña occidental de Costa Rica como parte de un programa de cooperación internacional, estuvimos conversando con un biólogo mejicano que coordinaba para la C.C.C. (la "Caribean Conservation Corporation") los trabajos de marcado y seguimiento de las tortugas marinas de la especie Chelonia mydas. Esta tortuga marina que viene a poner aquí sus huevos es la misma tortuga verde que los bucaneros y marineros del Caribe comieron durante años en forma de carne y sopa, llegando a diezmar una especie que fue tradicional sustento de los pueblos Sumus y Misquitos, tradicionales habitantes de las costas atlánticas de Nicaragua y Costa Rica. Por la noche, a la par que los estudiantes y biólogos marcaban con anillas las tortugas que arrastraban con dificultad su corpachón presado sobre las arenas de la playa de Tortuguero, los visitantes acudían a ver el espectacular sistema de nidificación, convertido en uno de los atractivos turísticos del área.


Los colaboradores en el seguimiento de las tortugas explicaban a los visitantes algunas de las características de estos curiosos quelonios, a la vez que les informaban de la lamentable situación en que se encontraba la especie debido a causas humanas, destacando, entre los principales impactos, la propia pesca abusiva y la pérdida por ocupación urbanística de los lugares donde las tortugas han venido reproduciéndose durante milenios. Además de la información, los biólogos y estudiantes tenían por costumbre recoger las preguntas más chocantes, hilarantes o absurdas que les hacían los visitantes, reflejándolas luego en un tablón colocado en su caseta ordenadas por cantidad y "calidad". Hay que reiterar que las preguntas se realizaban mientras el grupo de turistas observaba los esfuerzos de una hembra para llegar hasta un buen lugar y cavar en él un hueco donde evacuar sus huevos. "¿Es ésta una especie extinguida?" resultaba ser una de las más sorprendentes (y frecuentes) preguntas de los admirados turistas agrupados en torno a la sufrida quelonia, la cual, ajena a tales filosóficas cuestiones, seguía esforzándose por depositar su rosario de huevos en el agujero abierto.

 

Si la anterior historia puede simbolizar algunas de las confusiones existentes acerca de las ideas de extinción y amenaza, es apropiado también referir al respecto otra anécdota de muy distinto signo, pero también dotada de una considerable dosis de ironía, que recoge, en uno de sus numerosos y excelentes textos[70], el paleontólogo de Harvard, Stephen J. Gould. En ella se relata cómo, a menudo, su prestigioso colega Dave Raup inicia sus brillantes conferencias sobre el registro fósil y las especies actuales afirmando (para considerable sorpresa de su auditorio) que "en una primera aproximación, todas las especies están extinguidas" . He osado utilizar esa idea para iniciar este espacio.

 

 Si adoptamos los criterios habitualmente utilizados para tratar con la complejidad de una distribución estadística y queremos resumir su alto grado de información, simplificando hacia lo más relevante o estadísticamente significativo, terminaremos despreciando lo más escaso o raro. En esta línea, la afirmación de Raup no resulta descabellada, a pesar de que el vigor de la variedad de la vida actual hace la frase tan evidentemente falsa como llamativa a los oídos de cualquier auditorio. Y es que el 99% de todas las especies que han existido en la historia de la vida sobre la Tierra ya han desaparecido; o, lo que es igual, las especies actuales sólo representan menos del 1% de las que han existido en tiempos anteriores.

¿Cómo y por qué se han extinguido las especies que ya no existen?

 

La cuestión no es fácil de determinar, pero al menos sabemos que, si nos atenemos a la coincidencia y ritmo de desaparición, hay dos formas principales de producirse las extinciones. La primera ocurre cuando las especies desaparecen a velocidades y en cantidades reducidas, de una forma aproximadamente gradual. En esos casos van siendo sustituidas por otras nuevas que se forman a velocidades similares. Esta forma de extinción queda reflejada en el registro fósil a través de cambios suaves de las faunas y floras sin constituir grandes tragedias colectivas (aunque sí, claro, individuales: las de las propias especies que desaparecen). Este tipo de situaciones caracteriza la inmensa mayor parte de la historia de la vida sobre la Tierra.

Durante estos procesos (llamémosles habituales), algunas especies no son capaces de resistir el cambio gradual de las condiciones (un cambio no marcadamente abrupto). Quizás el problema es que no consiguen adaptarse y sobrevivir en las nuevas condiciones de competencia con especies que van apareciendo, o que ellas mismas van evolucionando empujadas por presiones de selección ambiental sobre su propia variabilidad genética, aunque, en este último caso, más que de extinción de una especie, hablaremos de una evolución hacia nuevas formas. Son los extensos periodos de "tranquilidad" o "normalidad" evolutiva, durante los cuales apenas percibimos los cambios (no obstante, siempre presentes), hasta que no adoptamos la perspectiva de un tiempo largo. Es como convivir con una persona que cambia gradualmente, pero de cuyos cambios apenas somos conscientes; sólo una visión retrospectiva, por medio de una imagen que rescatamos de varios años atrás, nos hace conscientes del paso del tiempo (en un retrato que no poseyera las inquietantes facultades del de Dorian Gray).

Los paleontólogos han llamado "extinción de fondo" a esta pérdida suave y gradual de especies en el devenir de la historia de la vida.

Pero hay otros momentos biohistóricos en los que la extinción de especies se ha disparado en forma catastrófica, constituyendo auténticas crisis de la biodiversidad del momento y determinando "extinciones en masa". En esos periodos, las faunas y floras cambian drástica y velozmente al desaparecer una buena parte de sus representantes. La identificación de tales momentos ha fundamentado los hiatos de separación entre las diferentes eras, periodos y edades en que los paleontólogos subdividen la historia de la Tierra. Fueron momentos dramáticos, aunque no muy numerosos, en los que "algo" provocó tales cambios en las condiciones existentes para la vida que una parte significativa de los seres vivos no fue capaz de sobrevivir, produciéndose la extinción en masa.

 

Ambos procesos (la extinción de fondo y la extinción en masa) han determinado la historia de la biodiversidad sobre nuestro planeta, aunque la vida siempre ha sobrevivido a ambas formas de "destrucción" o cambio. En unos casos, lo ha hecho por medio de una reposición tan gradual como lo era la extinción; en los otros, reduciendo de manera espectacular la magnitud de la diversidad anterior, e iniciando un proceso de recuperación tras un periodo más o menos largo de "convalecencia". De ambos procesos son consecuencia también la evolución y el cambio de las especies; y de ambos es efecto final la diferencia entre las faunas y floras actuales y las pretéritas. Juntos tienen como corolario la extensa lista de especies sólo recordadas por sus fósiles, la misma  que hace afirmar a Dave Raup su irónico aserto sobre la no existencia, estadísticamente significativa, de especies vivas.

 


LA NORMALIDAD DE LA MUERTE

 

La extinción de fondo

 

En los momentos "normales" de la historia de la vida sobre la Tierra, muchas especies han aparecido a través de alguno de los mecanismos de especiación; luego han seguido una trayectoria vital más o menos larga, y, finalmente, han acabado desapareciendo de la faz del planeta, dejando, a lo sumo, algunos restos de cómo fueron (en la forma de las rocas que han heredado sus morfologías).

La manera de desaparecer también puede ser diferente. En unos casos (la extinción verdadera), la desaparición refleja la pérdida del hilo evolutivo, de la herencia genética directa. En éstos, la especie desaparece sin que exista una "heredera": se produce, si acaso, un reemplazamiento del papel desarrollado por la especie extinta por otra u otras especies, o bien el "espacio adaptativo" queda un tiempo libre hasta ser ocupado por otras especies.  En otros casos, la desaparición no constituye una verdadera extinción del linaje evolutivo, sino sólo la desaparición de unas formas determinadas que hemos catalogado en el registro fósil como una especie concreta. Estas especies, que ciertamente han desaparecido como tales formas identificables, representan una evolución hacia nuevas especies (y formas morfológicas) derivadas genéticamente de las anteriores, aunque el registro fósil nos indique la extinción de una forma (especie) y la aparición de otra u otras.

Ambas circunstancias se producen en lo que hemos llamado periodos normales de la historia de la vida y ambas tienen un ritmo de ejercicio considerablemente lento, de forma que especiación y extinción corren a la par, o progresa más la especiación, en cuyo caso la vida se enriquece y diversifica.

 


UNA HISTORIA DE HACE 250 MILLONES DE AÑOS

 

El final del Pérmico

 

Hace unos 250 millones de años, la Tierra poseía una configuración de mares y continentes muy diferente a la actual. En esos momentos está finalizando el periodo de la Historia de la Tierra que muchos millones de años sería conocido como "Pérmico".

El Pérmico cierra toda una era dotada de características propias, conocida como Paleozoico (lo que significa "la fauna antigua"), y abre la puerta a una nueva era llamada de la "fauna media" (el Mesozoico).

En aquellos lejanos años de los finales del Pérmico, las tierras emergidas se agrupaban en un gran conjunto continental, la Pangea. Modernamente este megacontinente pérmico es conocido como Pangea 2, pues hay constatación suficiente para creer que al menos en una ocasión (al comienzo del Paleozoico y, por tanto, más de 500 millones de años antes de la actualidad) hubo otra Pangea 1. Una rica fauna poblaba aquellos mares y tierras emergidas. Especies que alcanzaban varios metros de longitud testifican el éxito de la complejidad anatómica y estructural alcanzada ya entonces por los vertebrados, un grupo que manifestará más tarde una importante radiación evolutiva formando numerosas líneas filogenéticas, entre las que destacarán las de los reptiles: será la denominada "radiación amniota". Junto a ellos, los mucho más numerosos grupos de invertebrados (moluscos, equinodermos, artrópodos y otros) poblaban los mares y se adentraban también en los medios terrestres.

Pero algo ocurrió en los últimos momentos del Pérmico. En un periodo de unos 5 a 10 millones de años, los acontecimientos y cambios se precipitaron: el nivel de oxígeno en la atmósfera sufrió dos cambios seguidos: un importante descenso inicial y una brusca elevación posterior; paralelamente, el carbono almacenado en los gases de la atmósfera sufrió un proceso tan rápido como opuesto al del oxígeno. La explicación a estos bruscos cambios producidos en el marco de tan sólo unos pocos millones de años debe hallarse en mecanismos ligados a las profundas y veloces modificaciones de las temperaturas globales del planeta y de las condiciones marinas, pero no hay ni unanimidad ni claridad en la opinión de los científicos sobre las causas últimas desencadenantes del cataclismo.

El golpe del cambio fue demasiado brusco para muchos organismos vivos. Según los datos recogidos por el profesor de la Universidad de Chicago J. John Sepkoski Jr., el 54 por 100 de las familias (la categoría taxonómica inmediatamente superior a la de género) de animales marinos desapareció en el corto plazo de los últimos cinco millones de años del Pérmico. La hecatombe es aún mayor si nos fijamos en las escalas taxonómicas inferiores: tan sólo entre el 16 y el 22 por 100 de los géneros de animales marinos y apenas 4 de cada 100 especies sobrevivieron a la catástrofe. El drama reflejado en los datos es relatado por Michael J. Benton, profesor de la Universidad de Briston, en su capítulo Cuatro pies en el suelo que forma parte del magnífico texto titulado El libro de la vida[71]:

 

"los mares perdieron el 98 por 100 de los crinoideos (los lirios de mar), el 78 por 100 de braquiópodos articulados, el 76 por 100 de briozoos, el 71 por 100 de cefalópodos y el 50 por 100 de los microscópicos foraminíferos planctónicos. Desaparecieron completamente varios grupos importantes, entre ellos los blastoideos (equinodermos pedunculados), euriptéridos, corales tabulados y rugosos (que ya venían diezmados de la crisis tardodevónica) y los trilobites que aún quedaban."

 

La cifra de pérdida del 96 por 100 de todas las especies marinas, proporcionada por Dave Raup (colega de Sepkoski en la Universidad de Chicago y el mismo que, con su ironía, nos permitía comprender la verdadera proporción entre fósiles y especies vivas), ha sido considerada demasiado elevada, ya que algunas causas metodológicas presentes en este tipo de estudios pueden contribuir a una estimación al alza. Según otros expertos, como Douglas H. Erwin, del Museo Nacional de Historia Natural de Washington, unas cifras del 85 al 90 por 100 resultarían "más plausibles"[72]. De cualquier modo, el asunto no desmerece del calificativo de una auténtica catástrofe. El mismo Michael J. Benton contabilizó la pérdida de un 73 por 100 de las familias de tetrápodos terrestres, lo que representaría una extinción del 98 o 99 por 100 de las especies existentes, aunque el total de las familias estudiadas sea menos representativo que el de las marinas. Cabe afirmar, pues, que la extinción también fue masiva para la biodiversidad terrestre.

 

Los acontecimientos acaecidos a finales del Pérmico abrirán la vía para que unas nuevas formas de vida se adueñen del planeta, lo que, a su vez, permitirá a los futuros paleontólogos trazar una línea divisoria entre el Paleozoico y el Mesozoico. Pero lo ocurrido a finales del Pérmico no es un suceso aislado o excepcional, pues hay al menos una veintena de acontecimientos de este tipo (que cabe calificar de extinciones masivas) jalonando la evolución de la vida. De ellos, cinco constituyen la serie de los episodios más dramáticos.

 


LA BRUTALIDAD DE LA MUERTE

 

Las extinciones en masa

 

El ya aludido John J, Sepkoski Jr., en una obra colectiva editada por Eldredge en 1992[73], y en un artículo aparecido en 1993[74] en la revista Paleobiology, recogió la existencia de varios momentos de extinciones masivas habidos durante los últimos 600 millones de años, constatados a través del registro fósil de animales marinos. Aunque es más rica la secuencia de los datos documentados sobre las extinciones marinas, también algunos episodios de extinciones masivas de especies terrestres han sido recogidos, lo que significa que nadie se ha librado del drama en esos periodos críticos. Algunos de los principales momentos calificables como extinciones masivas de la historia de la Tierra (de los que hay suficiente constancia a través del análisis paleontológico) se relatan, muy brevemente, a continuación.

 

A finales del Cámbrico, uno de esos procesos de extinción masiva se llevará por delante una gran parte de la fauna marina cámbrica; la cual, a juzgar por los estudios de los fósiles de Burguess Shale, contenía un número impresionante de formas de vida radicalmente diferentes a las que luego pasaron el "embudo" de la catástrofe (más adelante volveremos sobre la fauna de ese lugar actualmente ubicado en la Columbia Británica).

 

El Ordovícico Tardío, un periodo transcurrido hace 438 millones de años, ofrece otro caso crítico. Este momento es considerado por muchos como el segundo más importante por el número de los grupos desaparecidos. Sepkoski calculó en un 70 por 100 el porcentaje de las pérdidas ocurridas en las especies marinas. Se vieron muy afectados los braquiópodos, equinodermos, trilobites y ostrácodos. Se piensa que las glaciaciones provocadas por la localización del gran continente Gondwana sobre el Polo Sur de entonces, así como las modificaciones de los niveles marinos, ejercieron como principales causantes de los cambios drásticos.

 

El Devónico Superior, unos 367 millones de años atrás, representó otra etapa de extinción masiva. En este caso se piensa que la duración del proceso de extinción fue de unos 2,2 millones de años. Como señalan los paleontólogos Erle G. Kauffman y P.J. Harries[75], en este caso existen evidencias de dos episodios marinos de anoxia o empobrecimiento en oxígeno de las aguas oceánicas. La extinción afectará a muchos grupos entre los que destacan numerosas familias de cefalópodos, trilobites y cnidarios.

 

El final del Pérmico, ya relatado en anteriores líneas, ha sido el periodo constatado como de mayor intensidad en la actividad exterminadora de las formas de vida preexistentes.

 

Hace unos 225 millones de años, durante el Triásico Tardío, vuelve a producirse una extinción masiva en las faunas marinas y terrestres. Mientras que en las primeras se ven afectados numerosos peces, equinodermos, cnidarios, briozoos o moluscos, en las faunas terrestres son algunos de los grupos de reptiles triásicos los que pierden buena parte de sus efectivos: los cinodontos, tecodontos, rincosaurios y dicinodontos pasan de dominar a desaparecer o reducirse espectacularmente. Este proceso de extinción masiva se reproduce apenas 20 millones de años después, marcando la transición con el Jurásico. Si en la primera fase parece que el mayor golpe se lo llevaron los grupos terrestres, en la segunda fueron los marinos los más afectados. Tras ambas hecatombes vendrá la radiación evolutiva de los grupos de dinosaurios que caracterizará los tiempos siguientes.

 

La transición Jurásico-Cretácica representa también un periodo de extinción masiva que comporta la eliminación de numerosas especies y abre nuevos huecos para la aparición de la fauna cretácica.

 

La siguiente gran extinción en masa será la más famosa de la historia de la vida, al menos entre niños y niñas. Será la que conllevará la desaparición del dominio de los dinosaurios. Conocida como la transición Cretácico-Terciaria se localiza en el tiempo hace unos 65 millones de años y ha sido muy popularizada por la llamada "dinomanía" que ha invadido en los últimos años el contenido de películas, dibujos, exposiciones o libros (incluso una marca de galletas llevó las figuras a sus productos y patrocinó una exposición de estos reptiles en el Museo Nacional de Ciencias Naturales: aún así resulta sorprendente el interés que los dinosaurios despiertan en muchos niños, de forma que algunos de ellos, incluso de corta edad, son capaces de nombrar y describir decenas de especies diferentes de los grandes y prehistóricos saurios). En este proceso desaparecerán no sólo los dinosaurios, sino también otros muchos grupos, tanto marinos (como los amonites o diversos grupos componentes del plancton calcáreo), como terrestres (entre los que se incluye el 65 por 100 de las especies de plantas). Este proceso de extinción masiva es el que reúne más pruebas sobre la incidencia de causas externas, concretamente el impacto de algún meteorito, según la hipótesis lanzada por Luis Álvarez y propuesta ya en 1980 en un artículo aparecido en la revista Science[76]. Existen, además, buenos candidatos para la localización del impacto, destacando la hipótesis del cráter Chicxulub, ubicado en el Yucatán.


El Eoceno Tardío también trae un episodio calificable como de extinción masiva, haciendo desaparecer a diversos grupos entre los que figuran muchos de los condilartros (unos mamíferos que para algunos están en la base de los modernos ungulados), diversos grupos de primates y muchos perisodáctilos (el grupo de los actuales caballos), por reducir la lista a las bajas infringidas en el grupo de los mamíferos. Este proceso, que da paso al Oligoceno, se ha denominado "El Gran Corte", y parece haber sido provocado por un brusco enfriamiento de las temperaturas, ocurrido en el corto espacio de un millón de años.

 

Finalmente, la crisis del Pleistoceno, con consecuencias importantes para la fauna terrestre, puede considerarse otro proceso de extinción en masa, aunque sus características son más leves que las de los comentados anteriormente. Para algunos, este proceso no habría acabado aún y podría llegar a enlazar con otro más drástico cuya causa, por primera vez, estaría claramente desvelada: la propia actividad humana. Cierto; de confirmarse los datos apuntados por numerosos científicos (y esa confirmación va viéndose avalada con cada nuevo trabajo desarrollado) estaríamos viviendo el inicio de un proceso similar al de las extinciones en masa que han esquilmado de formas de vida el planeta en momentos anteriores, sólo que ahora ese frenético ritmo de extinción (se habla hasta de la posible pérdida de una cuarta parte de la biodiversidad en unas pocas décadas y parejos ritmos de muerte global) se debería a la imprudencia de una especie cuyo agresivo impacto sobre la Tierra puede suponer, según todos los indicios y de continuar con la trayectoria actual, su propia destrucción.

 


EPISODIOS PARTICULARES Y ¿ACTUALES?    

 

Características de las extinciones en masa

 

 Jordi Agustí, director del Instituto de Paleontología M. Crusafont de la Diputación de Barcelona, se encargó de la introducción y la edición de un libro[77] que recoge las ponencias y debates habidos en unas jornadas que sobre "Dinámica de las extinciones en la biosfera" reunieron durante dos días de marzo de 1993, en el marco del activísimo Museo de la Ciencia de Barcelona, a una buena representación de expertos en esta cuestión. Según J. Agustí[78] (y como corolario de las jornadas), los grandes ejes que podrían caracterizar al modelo general de las extinciones en masa se reflejarían en los siguientes puntos.

En primer lugar, el carácter más o menos periódico o repetido de los episodios de extinción en masa, según se constata en el registro fósil de la historia de la vida.

 

En segundo lugar, la amplia incidencia de estos procesos y su estructura similar entre sí, con una primera fase impredecible de extinción y una posterior recuperación, relativamente predecible.

En tercer lugar, el carácter impredecible y catastrófico de las primeras fases de las extinciones en masa, en las que (salvo la importancia que puede tener poseer un amplio rango de distribución geográfica al nivel de género) los rasgos que conferían resistencia a la extinción en anteriores momentos resultan ahora inoperantes.

En cuarto lugar, la multicausalidad de los procesos, derivados de las condiciones globales previas a la extinción en masa.

En quinto lugar, la particular incidencia sobre los ecosistemas tropicales, que resultan ser los más afectados y los que tardan luego más en recuperarse.

Y, en sexto lugar, el carácter relativamente predecible y determinista de la recuperación posterior a la extinción en masa, que tiene, sin embargo, un devenir muy variable que dependerá de los supervivientes concretos.

 

Las extinciones en masa, por sus características y modos de "actuar" no parecen constituir mecanismos adecuados para promover la adaptación de las especies. Al actuar de una forma muy aleatoria en relación a momentos "normales" anteriores y ocurrir en lapsos de tiempo muy cortos y separados por largos periodos definidos por otros mecanismos de selección diferentes (que llevan aparejados los mecanismos de "extinción de fondo"), constituyen lo que Raup ha denominado como "selección no constructiva", para diferenciarla de la selección desarrollada en los tiempos "normales" y causante de las extinciones de fondo.

Las extinciones en masa o catastróficas son episodios fundamentales en la interpretación de la historia de la vida, pero muy particulares y contingentes. Es cierto que, aunque algunos procesos de extinción masiva responden claramente al extremo definido como catástrofe masiva, otros momentos resultan ser intermedios entre lo que hemos llamado la extinción de fondo y la extinción masiva. Es lo que se puede interpretar del proceso ocurrido durante el Cuaternario y que afectó fundamentalmente a la fauna terrestre en los medios fríos y esteparios del planeta, según la opinión del paleontólogo polaco Kazimierz Kowalski acerca de la extinción de los mamíferos durante el Cuaternario[79].

 

Desgraciadamente, el estudio actual de las extinciones en masa cobra un interés excepcionalmente elevado no sólo a causa del afán científico por conocer más sobre la historia de la vida, sino por la menos entusiasta necesidad de saber cómo han funcionado en el pasado procesos en los que, tal vez debido a nuestras propias actividades, podamos estar incurriendo.

 


CRIATURAS DEL CÁMBRICO

 

Una historia de azares

 

En 1909, el ilustre paleontólogo Charles Doolittle Walcott localizó en la Columbia Británica un yacimiento fósil datado como del Cámbrico, con una riqueza asombrosa de restos de organismos petrificados. El posterior trabajo de Harry Whittington, Derek Briggs y Simon Conway Morris ha permitido abrir una vía sorprendente en la interpretación de estas piedras conocidas como los fósiles de Burguess Shale por el nombre de la zona que alberga el impresionante conjunto procedente de unos 530 millones de años atrás. La sustanciosa historia del descubrimiento, su reinterpretación junto a las lecciones que se derivan sobre la construcción de la ciencia, los elementos y factores que intervinieron en ella y la reflexión sobre nuestra visión general de la historia de la vida constituyen, de la mano del paleontólogo Stephen Jay Gould, el tema de uno de los libros más maravillosos de entre los muchos que este excelente divulgador ha aportado a la literatura científica: "La vida maravillosa. Burguess Shale y la naturaleza de la historia". En él (con la magistral habilidad que posee Gould para sacar siempre un nuevo conejo del sombrero cuando todo parecía haber llegado al cénit del misterio desvelado) se recoge la revelación final sobre la interpretación filogenética de uno de los fósiles aparecidos en Burguess Shale y sus consecuencias para la conclusión de la historia. El fósil se denominó Pikaia gracilens.

Pikaia fue un pequeño ser que vivió junto a las otras muchas especies fosilizadas que forman parte del yacimiento de las montañas de la Columbia Británica. Por su aspecto y forma fue inicialmente interpretado como un gusano poliqueto (un grupo de organismos con representantes actuales). Sin embargo, la revisión reciente de los fósiles obligó a una reinterpretación de los restos petrificados de la pequeña Pikaia para situarla entre los cordados. La diferencia es abismal, particularmente si la observamos (como es normal) desde el siempre interesado y parcial punto de vista que los humanos ponemos en lo que tiene relación con nosotros mismos, pues significa que el fósil pertenece a alguna parte antigua de nuestra misma rama evolutiva. Se trata, en palabras de Gould del "eslabón perdido y final en nuestro relato de contingencia, la conexión directa entre la diezmación de Burguess Shale y la eventual evolución humana[80]".

Lo interesante del caso estriba en la lección que podemos extraer como conclusión global del estudio de la fauna de Burguess Shale: la fauna cámbrica, al contrario de lo que se ha venido interpretando, fue de una gran riqueza en formas vivas estructuralmente muy diferentes. Por decirlo de algún modo, la cantidad de potencialidades filogenéticas que albergaba esta fauna cámbrica es asombrosa. Sin embargo, una catástrofe de extinción masiva acabó con la gran mayoría de las formas presentes en Burguess Shale. Ni la prodigiosa Wiwaxia, con sus hileras de espinas; ni Hallucigenia, un organismo soportado por siete pares de apéndices espinosos que le mantienen sobre el sustrato, mientras sobre su dorso se yerguen siete tentáculos de punta bifurcada que conceden al animal un aspecto bien descrito por su nombre; ni el gigante Anomalocaris, que fue finalmente interpretado al unir piezas fósiles anteriormente descritas como pertenecientes a organismos distintos, siendo trozos de un mismo animal metamérico parecido en algunas cosas (pero diferente en otras muchas) a los actuales artrópodos; ni los Dinomischus, Nectocaris, Amiskwia u Opabinia, todos ellos de formas extremadamente extrañas,...; ninguno de ellos sobrevivió a la extinción en masa. Sin embargo, algún pequeño y modesto Pikaia o una especie próxima debió conseguir pasar aquella barrera de extinción masiva y perpetuó hasta hoy una forma de organización anatómica que terminó originando organismos provistos de una columna vertebral en cuyo interior se refugia un sistema nervioso progresivamente complejo.

Pikaia es una especie que, comparada con los otros extraños seres vivos que componían la fauna cámbrica, no parecía tener demasiadas posibilidades de supervivencia, de modo que, probablemente, nadie apostaría fuerte a su favor frente a las posibilidades de las otras morfologías aparecidas entre los restos fósiles previos al desastre. Y, sin embargo, las otras extrañas y poderosas formas desaparecieron en la hecatombe cámbrica, mientras que, milagrosamente, aquel diminuto y poco relevante cordado sobrevivió. Nos dice Gould:

 

"rebobínese la cinta de la vida hasta los tiempos de Burguess Shale y hágase tocar de nuevo. Si Pikaia no sobrevive en la repetición, somos barridos de la historia futura: todos nosotros, desde el tiburón al petirrojo y al orangután. Y no creo que ningún pronosticador, si hubiera dispuesto de la evidencia de Burguess Shale como la conocemos hoy en día, hubiera concedido ventajas muy favorables a la persistencia de Pikaia".

 

Una buena historia para una mejor reflexión que nos permita situar, una vez más, nuestra presencia en su justo y modesto lugar, para sacar de ello las conclusiones pertinentes. Volviendo de nuevo a la sugerente prosa del paleontólogo de Harvard:

 

"Y así, si usted quiere formular la pregunta de todos los tiempos (¿por qué existen los seres humanos?), una parte principal de la respuesta, relacionada con aquellos aspectos del tema que la ciencia puede tratar de algún modo, debe ser:  Porque Pikaia sobrevivió a la diezmación de Burguess Shale",

 

Nada más..., y nada menos.

 


DE VUELTA AL PRESENTE: UNA CATÁSTROFE ANUNCIADA

 

Extinciones y amenazas actuales

 

Ya antes vimos como muchos investigadores piensan que estamos en el inicio de una catástrofe de extinción masiva de especies debida a la modificación de los sistemas naturales por las actividades humanas. Puede entenderse que si no es posible ofrecer una única cifra fiable para estimar el número de especies vivas, menos lo es el acordar cuántas desaparecen cada año. Aún así, hay estimaciones que cifran en hasta 100.000 las especies que podrían estar desapareciendo cada año. Otras, más modestas, sitúan entre 50 y 100 las especies diarias que pasan al cajón de lo que nunca más volverá a habitar el planeta.

Cualquiera que sea la cifra real de extinciones, lo cierto es que se está introduciendo en la naturaleza un factor de inestabilidad ecológica sumamente preocupante. Si en toda esta historia hay algo seguro, es que la humanidad sería incapaz de sobrevivir en una Tierra con una biodiversidad muy reducida. Muchos opinan que el camino actual determinado por las actividades humanas modernas conduce a ese planeta pobre y arruinado.

 

La Unión Mundial para la Conservación (UICN), organización internacional que agrupa a numerosos organismos gubernamentales y organizaciones no gubernamentales preocupadas por la conservación de la naturaleza y sus recursos, lleva mucho tiempo proponiendo unos sistemas unificados con el fin de catalogar con diferentes grados de intensidad las especies que están amenazadas de desaparición bien a escala mundial o en un territorio concreto. Estas categorías han sido actualizadas en el reciente Congreso Mundial de Conservación, celebrado en Montreal durante el otoño de 1996, por lo que aún no se han utilizado en su nueva versión mas que en la nueva Lista Roja Mundial presentada por UICN. Según los datos actualizados, una cuarta parte de las especies de mamíferos de todo el mundo se encuentran amenazados de extinción, proporción que afecta también a las especies de anfibios y es superada por los peces (más de un tercio de las especies están amenazadas). El caso de los reptiles es parecido: una de cada cinco especies aparece en la Lista Roja, mientras las aves, más ubicuas y móviles, se ven amenazadas en una proporción algo superior a una de cada diez.

 

En España, la catalogación en Listas Rojas que asignan una categoría de gravedad de su situación a las especies amenazadas no está aún establecida para todos los grupos. En realidad, la única lista completa (y revisada una vez) ha sido la establecida para el grupo de los animales vertebrados. Los datos que ofrece no son precisamente confortadores. Según la segunda y última revisión realizada, editada en 1992 como Libro Rojo de los Vertebrados de España y coordinada por los biólogos Juan Carlos Blanco y Jose Luis González[81] con las aportaciones de casi una cuarentena de biólogos y naturalistas, el 37 por 100 de las especies de vertebrados españoles están amenazadas en algún grado. Los grupos más afectados son los mamíferos y los peces: en ambos casos más de la mitad de las especies están amenazadas. Además, han desaparecido 9 especies originalmente existentes en el territorio español y 43 (un 7 por 100) están dentro de la categoría de mayor peligro, denominada "en peligro de extinción"; una categoría definida como "taxón en peligro de extinción y cuya supervivencia es improbable si los factores causales continúan actuando. Se incluyen aquellos taxones que se juzgan en peligro inminente de extinción, porque sus efectivos han disminuido hasta un nivel crítico o sus hábitats han sido drásticamente reducidos. Así mismo se incluyen los taxones que posiblemente están extinguidos, pero que han sido vistos con certeza en estado silvestre en los últimos cincuenta años".

 

 

 

Grupos de vertebrados

 

Especies extinguidas

 

Especies existentes

 

Especies amenazadas

 

% de especies amenazas

 

Peces

 

1

 

50

 

26

 

52%

 

Anfibios

 

0

 

25

 

5

 

20%

 

Reptiles

 

1

 

53

 

15

 

28%

 

Aves

 

5

 

354

 

118

 

33%

 

Mamíferos

 

2

 

111

 

57

 

51%

 

Total

 

9

 

593

 

221

 

37%

   (Datos procedentes de Blanco y González, 1992)

 

 

Para otros grupos de organismos españoles, el conocimiento es más fragmentario, por lo que no hay Lista Rojas completas. Sin embargo, una idea puede obtenerse a partir de algunos catálogos regionales. En Andalucía, desde el activo Jardín Botánico de Córdoba, dirigido por Esteban Hernández Bermejo, actual presidente del Comité Español de la UICN, se coordinó un estudio sobre la situación de la flora andaluza que permite evaluar su estado de conservación. Según este revelador trabajo[82], de las aproximadamente 4.000 especies que componen la flora silvestre de Andalucía, 1.074 fueron catalogadas a nivel de especie o subespecie como "de protección recomendada" por tratarse de especies raras o amenazadas de extinción, lo que representa una cuarta parte del total. El catálogo, además, ubica 64 especies o subespecies en los niveles de mayor riesgo de extinción.

Podemos afirmar que la riqueza de la flora española, que se ve incrementada por una alta tasa de endemismos que hacen más importante nuestro compromiso con la biodiversidad mundial, está siendo progresivamente comprometida por numerosas actividades humanas que interfieren con la existencia de formas vegetales que han alcanzado y colonizado nuestros territorios desde floras distantes o han logrado pasar los difíciles momentos derivados de los cambios climáticos ligados a los procesos de la glaciación cuaternaria. Cada pérdida de taxones locales o regionales (mucho más los endemismos, que suponen una pérdida irreversible a escala mundial), puede representar una alteración ecológica del medio cuyas consecuencias no son tal vez fácilmente deducibles, pero que incluyen, al menos, la del empobrecimiento del lugar en que vivimos.

 

Muchos otros datos similares aportados por numerosos estudios de diferentes lugares del planeta nos permiten afirmar que tanto a escala local como regional, nacional o mundial, la pérdida de especies y taxones es un asunto generalizado y en progresión que es preciso corregir con urgencia. Las consecuencias que podemos aprender de lo que ha ocurrido en los acontecimientos de extinciones masivas habidos en momentos anteriores de la Historia de la Tierra nos ofrecen una importante perspectiva para situar una reflexión que no deberíamos ignorar.

 

                                                                       _

 

 

 


            2

EL ARCA DE LOS GENES

 

          LA INTUICIÓN DEL GEN

 

 

EL ACIDO DESOXIRRIBONUCLEICO, MÁS CONOCIDO COMO ADN

 

Unidad en la diversidad

 

Los seres vivos han adoptado muy diferentes formas a lo largo la historia de la Tierra. Todas ellas tienen en común una buena cantidad de características; de hecho, todos los organismos, aún siendo tan dispares entre sí como lo son un trilobites del Cámbrico, la gran ballena azul actual, una bacteria intestinal o cualquiera de los helechos arborescentes que durante el Carbonífero poblaban los continentes, se basan en el mismo fundamento químico y están dotados de una base orgánica similar. Aunque nos pueda parecer que estas criaturas vivas poco es lo que tienen en común, realmente todas son profundamente parecidas entre sí.

La similitud última y más fundamental proviene de que todas ellas están construidas sobre una base química común determinada por una serie de compuestos relacionados con la química del carbono. Los ladrillos de la vida, por tanto, son todos del mismo tipo. Además, destaca otro hecho fundamental que aúna, más si cabe, a todos los organismos vivos: es la presencia en todos de unas moléculas en las que reside la herencia genética, esto es, la información proveniente de sus ancestros y que determina lo que será o, mejor, lo que podrá llegar a ser el organismo desde el mismo momento de su formación. Luego, que tales capacidades se desarrollen total o parcialmente, con una cierta orientación u otra, dependerá de las condiciones concretas de su desarrollo y ambiente. Esto es válido tanto si media un mecanismo de reproducción sexual (basado en el intercambio de la información genética o en la fusión de dos células especiales llamadas gametos), como si lo que existe es un proceso de tipo asexual por el que se origina un nuevo organismo normalmente idéntico a su predecesor desde el punto de vista genético. En esas moléculas (en algunos organismos hay sólo una) reside toda la información disponible para el nuevo ser: la "cartera con toda la documentación" sobre cómo ha de construir sus características vitales y desarrollar sus potencialidades. Esas moléculas clave son los ácidos nucleicos, que, en la mayoría de los casos (con la excepción de algunos tipos de virus), son del tipo conocido como ADN, las siglas del Ácido DesoxirriboNucleico.

 

El ADN, cuya estructura en doble hélice fue propuesta en 1953 por los entonces jóvenes investigadores James Watson y Francis Crick, es la imagen misma del misterio de la herencia y la base de la vida. De hecho, la doble hélice ha llegado a significar, en la simbología de la divulgación científica, la expresión última de la vida.


La universal dependencia que los seres vivos mantienen con respecto a las largas moléculas de los ácidos nucleicos permite intuir que todas las formas de vida existentes tienen un mismo y único origen último. En pura lógica funcional, no parece que tuviera que ser exclusivamente una forma del ácido nucleico la única que permitiera albergar y transmitir la información genética de los organismos vivos; podríamos imaginar algunos otros tipos de estructuras moleculares capaces de realizar tan crucial función. Sin embargo, por alguna razón (de la que no aún podemos precisar su grado de necesidad o su cuota de azar), fueron este tipo de ácidos de complicada estructura molecular los que adquirieron la misión biológica, desde los albores de la vida, de ser garantes de la herencia.

Estas moléculas tan particulares fueron extendiéndose por el planeta, a la par que, con ellos, se diversificaban los tipos de organismos vivos. La expansión mundial de las moléculas nucleicas se produce a partir de que éstas revelan su capacidad para realizar su duplicación exacta; un proceso denominado "replicación" (la formación de "réplicas" o duplicados iguales). De no intervenir nada más, esta facultad supondría que todos los organismos seguirían portando el mismo material genético que llevaba el primer ser vivo, teniendo, por tanto, sus mismas características básicas (al menos en el sentido genético). Pero sucede que, con cierta frecuencia, se producen errores en el proceso de replicación o que los nucleótidos componentes del ADN sufren algún cambio químico (por ejemplo, en su secuencia) debido a causas fortuitas y en direcciones impredecibles. En estos casos se introducen variaciones en la secuencia genética original que no son sino modificaciones de la información hereditaria: se trata de las conocidas "mutaciones". De ellas nace, en última instancia, toda la diversidad genética de la vida.

Finalmente, algunos otros procesos (como la recombinación, la sexualidad o la simbiogénesis) incrementarán y repartirán dicha diversidad debida a las mutaciones por toda la comunidad de organismos.

 


DOÑA BLANCA DE NAVARRA, KASPAR HAUSER, ESENIOS, MOMIAS Y ÁMBARES

 

Los genes como instrumento de indagación

 

En 1441 moría en Santa María la Real de Nieva (actual provincia de Segovia) Doña Blanca I, Reina del Navarra. En su testamento, la heredera de la estirpe de los reyes navarros dejó escrita su voluntad de ser enterrada en Ujué, un espectacular enclave navarro presidido por una iglesia-fortaleza encaramada sobre la colina donde se ubica la villa. En la iglesia de la fortaleza aún se puede admirar la talla románica de una de las más hermosas vírgenes morenas medievales (una estatua que fue favorita entre los miembros de la familia real de Evreux, a la que pertenecía Blanca), y en alguno de los mesones de la localidad degustarse un excelente plato de migas.

La muerte de Blanca inició una época violenta debida al enfrentamiento entre su hijo Carlos, Príncipe de Viana, y el que fuera el esposo de la Reina (y por ello Rey de Navarra), Juan, quien habría de heredar, 17 años más tarde, el vecino Reino de Aragón. La excusa de la polémica nace del confuso testamento de Doña Blanca en el que declara Rey a su hijo Carlos, pero contando con el necesario consentimiento de su padre. Para unos, esto no era sino una cortesía más o menos retórica hacia el marido de Blanca, pero, para otros, se trataba de un manifiesto criterio de herencia depositado en las manos y la voluntad de Don Juan.

Los combates entre padre e hijo dividieron la Navarra medieval en dos facciones nobiliarias enfrentadas: los beamonteses, partidarios del de Viana, organizados por Luis de Beaumont y agrupados en torno a la Navarra montañesa y ganadera; y los agramonteses, favorables al futuro Juan II, asentados en las tierras bajas de la Ribera de Navarra. La polémica se saldó con la victoria final de los partidarios del padre, que unió los dos reinos.


Quinientos cincuenta y cuatro años más tarde, el párroco de la iglesia de Santa María la Real de Nieva decide acometer una pequeña obra en la zona del altar mayor del templo. Para ello contrata a un obrero de la localidad. Durante las obras, al quitar unos azulejos ornamentados con un escudo, este albañil descubrirá el tipo de arco ojival de sillería que solía realizarse para acoger en su vano el sepulcro de una persona relevante. Detrás lo que sería un segundo arco y bajo una cúpula celestial aparecerán, finalmente, unos restos humanos. A pesar de la poca colaboración y presteza que, al decir de las crónicas, mostró el cura, el hallazgo es finalmente revelado y pronto se deduce que los restos pueden ser los de la reina navarra. (De ser así, la desafortunada Doña Blanca, al final de su vida, no habría visto atendidas ninguna de sus dos voluntades testamentarias: ni su hijo, el Príncipe de Viana, alcanzó a ser coronado Rey, ni los restos de la reina fueron nunca trasladados a Ujué, pero tal vez a esas alturas ambos asuntos le importaran poco).

Para asegurarse de que los restos encontrados en Santa María la Real de Nieva eran los de Blanca de Navarra, se propuso realizar un estudio de su ADN. Esto puede parecer sorprendente dado el imaginable estado de aquellos tras más de 5 siglos de enterramiento, pero veremos que se trata de una tarea que, desde luego, no alcanzará a figurar en ningún récord Guiness, por mucho que podamos asombrarnos de la posibilidad de su realización. La cuestión consiste en comparar el ADN mitocondrial obtenido de estos restos con el de algún supuesto pariente próximo, de forma que pueda establecerse o descartarse el parentesco genético entre ellos. Además, el pariente con el que hay que establecer la comparación ha de estar supuestamente emparentado por vía materna directa con Blanca de Navarra. Valdrían por ello tanto los restos de su madre Doña Leonor, la esposa de Carlos II de Navarra, como los de su hijo, don Carlos de Viana. La razón de la exigencia de relación maternolineal radica en que las mitocondrias del zigoto o célula-huevo resultante de la fusión del espermatozoide paterno y el óvulo materno, vienen de la madre (del óvulo) y, por tanto, pertenecen a su línea hereditaria.

 

Es interesante recordar aquí que el ADN mitocondrial es un ADN distinto al que se encuentra en el núcleo de la célula (las mitocondrias son orgánulos encargados de la respiración o combustión aerobia, y se encuentran en el citoplasma) y que no tiene participación en los procesos de intercambio genético y división cromosómica que definen el reparto de la herencia genética "normal". Según la teoría de Lynn Margulis sobre la formación de la célula eucariótica, se trata del material genético procedente de los cromosomas de las mitocondrias cuando éstas eran un tipo de bacterias. Estas bacterias-mitocondrias se habrían integrado en otras células mayores en un proceso de "endosimbiosis" ocurrido en los albores de la vida sobre la Tierra, quedando desde entonces como orgánulos especializados en la respiración aerobia dentro de las células complejas que llamamos eucarióticas y que constituyen todas las células de los animales o las plantas[83]. La comparación entre los ADN mitocondriales debe realizarse, por tanto, entre células pertenecientes a presuntos parientes, de los que uno debe ser la madre del otro.

 

De ser ciertas las suposiciones sobre Doña Blanca, los ADN mitocondriales deberían ser idénticos, puesto que las mitocondrias de Carlos de Viana tienen que provenir de las existentes en el óvulo de doña Blanca que le dio origen (y las de ésta vendrían del óvulo de Doña Leonor). Además, la ventaja de estas comparaciones estriba en que posibles casos de paternidad dudosa no afectan al análisis, al no intervenir para nada la herencia paterna. Por ello, aunque el de Viana no fuera el hijo biológico de Juan II, la prueba no se vería afectada. Por eso, en los estudios de paternidad no se utilizan estos ADN mitocondriales, sino los nucleares, es decir, la verdadera herencia cromosómica del organismo.

A partir de aquí, la historia del caso se complica hasta el punto de intervenir los intereses políticos de las diferentes Comunidades Autónomas implicadas. Navarra elige la opción de comparar los restos con los del Principe de Viana, para lo que se solicita un permiso de exhumación de los restos de éste, que se encuentran en el monasterio de Poblet de Cataluña. Sin embargo, muchos historiadores desconfían del grado de certeza de los restos enterrados en Poblet, debido al largo periodo de abandono que pasó este monasterio después de la desamortización del siglo XIX. No obstante, prevalece esta propuesta.

Unos meses más tarde, a finales de 1995, el informe de la comparación entre los dos ADN (los procedentes de los restos de la iglesia de la localidad segoviana y los del monasterio de Poblet) demuestra que no proceden de personas emparentadas. Pero no se ha resuelto nada: el misterio de los restos de ambas persiste, aunque no por culpa del estudio del ADN, sino por el lamentable diseño obligado para un experimento que ha pretendido averiguar la relación genética entre dos restos dudosos. Es cierto que la confirmación del parentesco afirmaría la identidad de ambos, pero al ser los dos "presuntos" restos reales: ¿qué confirma el descubrimiento de su no parentesco? Ahora está claro que uno de los dos (o los dos) no es lo que se pensaba, pero... ¿cuál? (¿o ambos?).

 

La historia nos permite comprobar (estupefactos) el grado de simbolismo a que se llega a aferrar la memoria histórica de los pueblos (se ha abierto también una polémica sobre el destino que debe darse a los restos), y la facilidad con la que, al parecer, aún hoy es posible acometer obras carentes de los mínimos requisitos de adecuación artística en lugares de alta relevancia histórica y monumental como es el monasterio de Santa María la Real de Nieva (la cúpula polícroma descubierta, según parece, ya mencionada en algunas crónicas medievales, fue destruida durante la obra encargada por el cura al albañil, que, como recordábamos, fue acometida sin asesoramiento artístico adecuado al lugar y continuada tras el hallazgo y hasta su finalización sin que se solicitara la presencia de ningún experto en arte). Pero, el posible descubrimiento de los restos de Blanca de Navarra[84] nos sirve aquí para ilustrar las posibilidades de los mecanismos de análisis genético y su capacidad de aplicación a estudios muy variados.

No se trata, sin embargo, de un caso particularmente extremo, sino tan sólo representativo de estos estudios basados en el ADN (y útil también para valorar cómo potentes herramientas científicas pueden ser inutilizadas por el uso de diseños inadecuados). Los análisis de ADN procedentes de momias egipcias, en el caso de restos humanos, son mucho más lejanos en el tiempo. Por otra parte, ha sido reciente noticia científica el análisis genético de los restos de la sangre que empapó la ropa, aún conservada, del que fue el más famoso de los "niños salvajes", Kaspar Hauser, quien fue encontrado abandonado misteriosamente en los bosques de Nuremberg y murió asesinado en 1833. La cuestión en este caso es averiguar, 160 años después, si se trataba de un príncipe heredero de la familia Bade, como parecen apuntar algunos datos, abandonado de niño para procurarle la muerte, como consecuencia de una conspiración.

También ha sido utilizada la técnica del ADN para tratar de ordenar los fragmentos encontrados de los manuscritos del Mar Muerto, escritos por los esenios sobre pieles de cabra. En este caso, el problema reside en cómo guiarse para recomponer el original a partir de los numerosos trozos descolocados. La identificación de las relaciones entre los pedazos de pieles mediante su ADN facilitó la buscada reconstrucción del puzle.


Otra noticia científica de este tenor fue el controvertido hallazgo de ADN procedente de los restos fósiles de un dinosaurio, publicado en 1994 en la revista Science. De confirmarse (existen importantes dudas de que los restos correspondan realmente a un dinosaurio), representaría un paso extraordinario para el análisis comparativo con ADN de otros vertebrados y la obtención de consecuencias evolutivas. Los huesos del pretendido dinosaurio fósil se encontraban, debido a su localización en un yacimiento de carbón bituminoso, en un estado de fosilización muy especial, reuniendo condiciones excepcionales para poder estudiar una secuencia genética que ha esperado 85 millones de años a que un equipo de investigadores de una Universidad de Utah lo analizara. Pero, de no corresponder finalmente al ADN de un dinosaurio, el material genético recuperado ni siquiera ostentaría el récord de antigüedad para un trozo de ADN recuperado, pues iría detrás de otro, ya recuperado en 1993, correspondiente a un insecto aprisionado en el ámbar y datado en unos cien millones de años. Lo que sí iría es por delante de un tercero, correspondiente a una magnolia de unos 20 millones de años. ¡Toda una hazaña la de descifrar un mensaje genético procedente de tiempos tan remotos!

 

Aunque puede ser excesiva la imaginación del escritor Michael Crichton al dar vida a "Parque Jurásico" recuperando la vida de los dinosaurios por medio del ADN obtenido de su sangre (fosilizada en el interior de insectos picadores atrapados en ámbar), el trabajo de la ciencia no anda muy a la zaga en cuanto a la realización de prodigios y, como veremos más adelante, a la posible creación de importantes problemas.

 


¿MARIONETAS DE GENES EGOISTAS O PARÁSITOS DE UN MACROORGANISMO?

 

Ultradarwinistas y globalistas

 

La importancia de la información genética para los seres vivos es tan fundamental y sugerente que Richard Dawkins[85], un prestigioso etólogo de Oxford, ha propuesto una forma extrema de abordar la dependencia de los seres vivos respecto a los ácidos nucleicos. Según este autor, los seres vivos podrían interpretarse como meras "armaduras" en las que el ADN se refugiaría para poder cumplir sus verdaderas finalidades: reproducirse y copiarse a sí mismo. Las estructuras celulares y pluricelulares no seríamos nada más que artificios más o menos complejos al servicio de esas minúsculas fracciones de información genética que son los genes, entendidos como aquellas partes de las moléculas de ácido nucleico que tienen un significado concreto o, en palabras de Dawkins: "la unidad genética que es bastante pequeña para durar un gran número de generaciones y para ser distribuida y esparcida en forma de muchas copias".

Dawkins utiliza el término "máquinas de supervivencia" para definir a todo tipo de organismo vivo, tanto animales y plantas como bacterias o virus: constituiríamos, pues, máquinas de supervivencia "para un mismo tipo de reproductor, las moléculas denominadas ADN". Por si no ha quedado suficientemente claro, el zoólogo de Oxford insiste: "un mono es una máquina que preserva a los genes en las copas de los árboles, un pez es una máquina que preserva a los genes en el agua".

Se trata de una visión provocadora que para muchos puede resultar sin duda inquietante y casi excéntrica, pero desde luego no poco sugerente. Hay que aclarar, para quienes esta breve y necesariamente simplificadora alusión pueda hacer pensar que Dawkins no merece demasiada atención o carece de seriedad, que se trata de un biólogo reconocido, aunque sea claramente reduccionista su forma de enfocar esta cuestión. Dawkins se reclama a sí mismo -y así se le reconoce habitualmente- como plenamente integrado en la interpretación neodarwinista dominante. Él mismo afirmaba recientemente en un artículo publicado en "Investigación y Ciencia" que para la visión más tradicionalmente darwiniana (explicitada en la idea de que "la selección natural favorece a los individuos mejor dotados para sobrevivir y reproducirse"), "el 'punto de vista del gen' presenta ciertas ventajas". Con tanta crudeza como claridad, el profesor de Oxford concluye: "el ADN ni se preocupa ni sabe. El ADN es, sin más. Y nosotros bailamos al son de su música".

Mientras reflexionamos sobre esto, en la misma revista científica podremos encontrar un texto breve que trata sobre "Estructuras antigénicas", escrito por Antonio Villaverde, de la Universidad Autónoma de Barcelona. En él, leemos frases como la siguiente: "... Para ello, insertamos un segmento de ADN que codifica el péptido antigénico en diferentes regiones del gen lacZ de Escherichia coli..."., donde se hace referencia a una de las muchas técnicas desarrolladas por la actual ingeniería genética. Si nos fijamos en ambos y coincidentes artículos (en el espacio y tiempo), tal vez podamos pensar que hoy, más bien, son algunos genes los que empiezan a bailar al son que le tocan determinadas "máquinas de supervivencia", generalmente vestidas con bata blanca. Y la pregunta siguiente podría ser: ¿cuál de las dos visiones puede llegar a ser más terrorífica?

 

En último extremo, la teoría de Dawkins nos conduce a pensar que la extinción de muchas especies pasadas representaría tan sólo la pérdida de unas determinadas máquinas de supervivencia que sirvieron en su momento para que unos cuantos genes se perpetuaran en su lucha contra el tiempo. Muchos de ellos continuaron su decurso en otras nuevas máquinas de supervivencia creadas por nuevas combinaciones de rosarios de genes. Así, la desaparición de los dinosaurios representaría la pérdida de algunos genes que tal vez no pudieron pasar a nuevas máquinas de supervivencia, pero otros de los pequeños dictadores egoístas sí perseveraron bajo nuevos armazones, ahora alados y emplumados. Así, la hipotética recuperación de formas vivas pasadas, planteada en la aludida novela de Michael Crichton llevada al cine por Steven Spielberg, donde los dinosaurios son reconstruidos a partir de los restos de sus ADN recuperados, sería, además de una interesante reflexión, una forma de recuperar genes que se quedaron por el camino al perecer con sus máquinas de supervivencia, cuyo fracaso vital fue el suyo (al modo que lo es, para el marino, el hundimiento de su buque: sobre todo si se ahoga con él).

 

Otros investigadores han puesto el listón en el otro extremo, de forma que entienden la biosfera como un gran organismo; aunque a Margulis (que comparte mucho de la idea) no le gusta en absoluto este término para calificar a la Tierra, sino más bien el de "un ecosistema", comprendiendo que el otro término -que Lovelock sí ha usado- es tan sólo un reclamo más propagandístico y sensibilizador[86]. La diferencia, de cualquier modo, estriba en el nivel al que queramos conceder la individualidad (una categoría tal vez demasiado resbaladiza): el gen o el organismo.

 

Para Lynn Margulis la evolución desde las primeras formas de vida, unos cuatro mil millones de años atrás, en un planeta ciertamente muy poco parecido al actual, debe los principales avances a la simbiosis o cooperación entre los microorganismos[87], a menudo forzada por el azar o las circunstancias. Las tesis evolutivas de Margulis constituyen hoy la más aceptable forma de explicar cómo se ha llegado a la compleja estructura de las células eucarióticas. Tienen, además,  la virtud de apelar a un concepto de gran valor ético como es la cooperación (aunque, científicamente, eso no añada el más mínimo grado de validez a su teoría, siempre resultará más agradable oir que también la cooperación forma parte importante de la evolución, por más que sepamos que se trata de una satisfacción ética y antropocéntrica, poco relevante para la realidad amoral de la evolución).

La hipótesis de Gaia ("Una idea biológica, pero no antropocéntrica. Los que quieran ver en Gaia una Madre Tierra para el hombre no encontrarán solaz en ella", dirá la prestigiosa bióloga de Massachusetts) ha sido debida principalmente a James Lovelock, un químico convertido en uno de los investigadores más originales y atípicos de nuestro siglo. Lovelock ofreció el primer esbozo completo de su hipótesis en 1979, creando una inmediata controversia científica. Posteriormente, en 1988, editó "Las edades de Gaia" donde pormenoriza y actualiza su teoría que defiende que la Tierra es y se comporta, en su totalidad, como un sistema vivo (o un sistema autoorganizado).

Se trata de una visión holística, sistémica: el polo opuesto de Dawkins y algunos neodarwinistas. Margulis dirá con rotundidad: "aunque admiro enormemente las contribuciones de Darwin y estoy de acuerdo con la mayor parte de sus análisis teóricos, razón por la cual me considero darwinista, no soy neodarwinista". Y añade: "La tradición de la genética de poblaciones neodarwinista tiene, pienso, yo, reminiscencias de la frenología, y es una clase de ciencia que puede esperar exactamente el mismo destino. Retrospectivamente parecerá ridícula, porque es ridícula". Duras palabras, sin duda; la polémica estará servida.

 

Recurriré a Lovelock para expresar en sus propios términos la idea de Gaia. Para ello, repasaremos el inicio de una antigua conferencia suya, de 1973, sobre la hipótesis Gaia, desarrollada dentro de los cursos sobre evolución ambiental de Boston y Massachusetts (un escenario central en la nueva forma de entender la evolución por los biólogos holistas o sistémicos), que han sido editados en forma de libro[88]:

 

"Lo que se viene llamando la visión Gaia considera a la atmósfera parte integral de la biosfera; aquí la atmósfera no es simplemente un sistema físico-químico separado que interactúa de forma pasiva con la vida sobre la Tierra. Muchos tomarán esto como una mera especulación, pero trataré de probar que no lo es. Incluso si fracaso en este intento, creo que encontrarán que la visión Gaia genera nuevas preguntas que de otro modo nunca habrían sido cuestionadas"

 

La idea central de Gaia es que la vida regula el medio ambiente y tiene, por tanto, efectos globales. La Tierra, más que un soporte, es un ecosistema: un sistema complejo autoorganizado. Desde este punto de vista, o nos integramos "sin molestar" en dicho complejo, o seremos, tarde o temprano, expulsados violentamente de su seno (aunque antes hayamos conseguido causar importantes "patologías" en la salud de Gaia).

 


MENDEL, DOGMAS Y DNI GENÉTICO

 

El núcleo de la genética

 

En la segunda mitad del siglo pasado, un monje centroeuropeo aficionado a la jardinería dio con la clave del mecanismo de la herencia, utilizando para ello un ingenioso diseño experimental. Ese hombre era Gregor Mendel. Sus ideas, sin embargo, no tendrían la menor fortuna ni trascendencia hasta su redescubrimiento en los albores del presente siglo.

 

Numerosas investigaciones posteriores han ido aclarando muchos de los mecanismos moleculares que intervienen en la herencia y en la manifestación de los caracteres genéticos. No obstante, cada nuevo paso del conocimiento ha abierto nuevos interrogantes al incrementar paralelamente la complejidad de la cuestión. De hecho, hoy sabemos que Mendel debió ser aún más sagaz de lo que se deduce de su descubrimiento de las leyes genéticas que llevan su nombre, pues antes hubo de investigar hasta lograr seleccionar precisamente aquellos caracteres que las cumplen (caracteres mendelianos se llaman hoy en su honor), pues no todos siguen ese comportamiento relativamente sencillo.

En algunos momentos, los avances habidos en el conocimiento de la genética molecular han llevado a la impresión de que se podría llegar a comprender casi todo lo relevante para la vida desde este campo específico del conocimiento científico, de forma que la biología podría resumirse, en lo esencial, a la genética molecular y la bioquímica. Fueron años de gran auge para las corrientes reduccionistas de la biología. No en vano se producían avances sensacionales, como los representados por el descubrimiento de la ADN polimerasa (la molécula responsable de la duplicación del ADN), debido al equipo dirigido por Arthur Kornberg; el desentrañamiento del código genético, en el que participaron activamente biólogos de la talla de Severo Ochoa, Niremberg y Khorana; o el hallazgo de los primeros mecanismos de control genético sobre la expresión de la herencia, con Jacob y Monod a la cabeza.  La gran influencia, no sólo científica sino también pública, que tuvo el libro "El azar y la necesidad" del último de los científicos señalados[89] dice mucho sobre tales perspectivas. Sin embargo, una vez más, el reduccionismo estricto acaba mostrando sus limitaciones, de forma que no todos los biólogos no genéticos han ido al paro, y vuelven a ser necesarias formas complementarias más complejas (en el sentido moderno de esta palabra) para avanzar en la interpretación de las enrevesadas relaciones entre herencia, desarrollo y ambiente; incluso cuando, como ahora, ocupa una gran atención científica el programa "Genoma Humano" que busca descifrar toda la secuencia genética de nuestra especie.

 

No obstante, una parte esencial del funcionamiento más básico de la herencia está contenido en lo que, con una expresión poco científica y demasiado influida por la euforia de los años más triunfalistas de la genética molecular, se ha denominado el dogma central de la biología molecular. Tres fundamentales procesos componen este mal llamado "dogma".

 

La replicación o duplicación del ADN es el primer proceso. Tiene lugar en el interior del núcleo en el caso de las células eucariótas, mientras que en las procariotas (que carecen de núcleo) se da, lógicamente, en el común espacio celular. Se trata de un proceso obligado para que pueda producirse luego la división de la célula manteniendo cada célula hija la misma y completa dotación genética. Es, por tanto, lo que permite que las generaciones de bacterias u organismos unicelulares sigan conservando indefinidamente su información genética completa, o que todas las células del cuerpo de un organismo pluricelular posean la misma dotación cromosómica, aunque luego cada una de ellas pueda hacer un uso diferenciado de ella, en función de su papel en el organismo.

 

La transcripción del ADN supone la elaboración de una nueva molécula, parecida, pero algo diferente: el ARN (en el que la Desoxirribosa es sustituida por Ribosa, entre otros cambios; lo que motiva la variación del nombre: Ácido RiboNucleico). El "molde" para crear el ARN es una parte del propio ADN: los genes cuya expresión es necesaria para la célula en un momento dado. Por eso, el ARN representa la información genética que viaja desde el núcleo (en el caso de las células eucariotas) hasta los ribosomas del citoplasma; de ahí que este tipo de ARN (hay otros) reciba el nombre de ARN mensajero. Este "recadero" lleva la información necesaria copiada desde los "archivos centrales" hasta las "fábricas" de proteínas, evitando el riesgo de perder información original del ADN), que, además, en conjunto es demasiado extensa, por lo que sólo se extrae la que se necesita en el momento. Hay que pensar que la longitud desplegada de toda la información cromosómica de una célula humana alcanzaría los 2 metros y 36 centímetros (y no es de las más extensas: la de cualquier célula somática del anfibio Amphiuma means se extendería a lo largo de unos 62 metros).

 

La traducción del ARN, finalmente, es el proceso por el que la información copiada en forma de ARN y procedente del ADN del núcleo, es "traducida" en los ribosomas con el fin de construir las moléculas de proteínas, algunas de las cuales tendrán actividad enzimática (es decir, guiarán el metabolismo y la bioquímica celular). Simplificando mucho, cada gen del ADN contiene las instrucciones (la secuencia) para fabricar una determinada proteína. Por tanto, las proteínas de un ser vivo son el resultado directo de su información genética. Así, la ausencia de un gen o la existencia de genes defectuosos pueden provocar a su vez la ausencia de proteínas claves para la vida del organismo o su sustitución por proteínas defectuosas. En ocasiones ésto puede representar la inviabilidad del organismo. Se calcula que hay entre tres mil y cinco mil enfermedades humanas debidas directamente a la presencia de genes anómalos.

 

Las proteínas fabricadas por un organismo son, por tanto, la expresión de su documento de identidad genético. Para construirlas hay que reunir aminoácidos (las moléculas sencillas que, unidas en determinados órdenes, forman las proteínas), bien fabricándolos (las plantas, por ejemplo, pueden hacerlo), bien consumiéndolos (los animales han de ingerir proteínas de otros organismos para obtener aminoácidos de ellas). Pero, por mucho que alguien consuma proteínas de otro organismo, las propias le serán dictadas por los propios genes, lo que no deja de ser un consuelo para los que somos amantes declarados de productos tan exquisitos como el jamón ibérico, por ejemplo.

 


SEXO, MENTIRAS Y BACTERIAS PICANTES

 

La diversidad genética y el sexo

 

Dijimos: toda la diversidad genética (los millones de genes diferentes) proviene, en último extremo, de la existencia de mutaciones o modificaciones aleatorias de los genes. Ésto es globalmente cierto, aunque la forma en que se aprovecha y difunde la diversidad originada por la mutación (particularmente cuando ya existe una suficiente complejidad genética), es aún objeto de controversia. Para Lynn Margulis (volvemos a traer a colación a la influyente bióloga a quien ya hemos acudido en otras ocasiones), basar en las mutaciones aleatorias -la mayoría de ellas, letales- la principal causa del cambio evolutivo es absurdo. Dirá al respecto:

 

"La cuestión es de dónde procede la variación útil sobre la que actúa la selección. Este problema aún no ha sido resuelto. Pero yo afirmo que la variación hereditaria procede de las fusiones, de lo que los rusos, especialmente Konstantin S. Mereschkovsky, denominaban simbiogénesis y el norteamericano Ivan Emanuel Wallin llamaba simbionticismo[90]"

 

Otro investigador frecuentemente mencionado en estas páginas, Stephen Gould, sugiere en el capítulo "De neumáticos a sandalias" de su libro "Ocho cerditos[91]" que es precisamente la abrumadora redundancia de la herencia genética (la mayor parte de cada cromosoma está constituido por secuencias genéticas repetidas) la que supone "el prerrequisito crucial para la evolución de la complejidad". Deducirá: "si existen varias copias de los genes, pero sólo una de ellas satisface las necesidades funcionales del cuerpo, las demás copias ofrecen vía libre para la experimentación y la variación, y ocasionales golpes de buena suerte pueden conducir a la adquisición de nuevas capacidades". Desde luego no es lo mismo de Margulis, pero ofrece una sugerente visión de cómo puede operar también la evolución.

 

Pero, retornemos al tema de la mutación.

Aunque hay muchos tipos de mutaciones, el punto común de todos ellos es que representan formas de cambio genético. Lógicamente, un proceso así no puede ser muy frecuente. De hecho, las tasas de mutación suelen ser muy bajas, lo cual resulta positivo porque las mutaciones a menudo representan la aparición de problemas genéticos y enfermedades que pueden llegar a hacer inviable a sus portadores.

En los organismos de reproducción fundamentalmente asexual (es decir, aquellos que generan su descendencia por métodos que suponen nuevos individuos genéticamente idénticos a los parentales, como son la división, la fragmentación o la gemación o formación de yemas), la reproducción significa la aparición de "copias" literales de los padres (en este caso, del padre o de la madre, como se prefiera, porque sólo hay uno). Para que una población con reproducción exclusivamente asexual varíe genéticamente, es preciso que se produzca una mutación y que los herederos de la estirpe mutante resulten viables y progresen. Si éstos se reproducen más rápida o eficazmente que el resto y sobreviven igual o mejor que los demás, a la larga observaremos un cambio genético poblacional. De cualquier modo, durante la coexistencia de ambas estirpes genéticas se habrá ampliado la diversidad genética de nuestra población.


De existir sólo este sistema de reproducción, algunas posibles ventajas genéticas, ligadas a la existencia de variabilidad o diversidad, se pierden al no ser posible el intercambio genético. Para comprobarlo, pongamos por caso el de una estirpe de organismos muy sencillos (por ejemplo de tipo bacteriano) con reproducción exclusivamente asexual. Añadamos que viven en un medio rico en celulosa, glucógeno y glucosa, aunque sólo pueden alimentarse de esta última (debido a su arsenal bioquímico, genéticamente determinado). Al ser tanto la celulosa como el glucógeno compuesto formados por glucosas unidas por enlaces químicos, aunque de un tipo diferente en cada caso, nuestras bacterias se verían favorecidas si se produjera en ellas una mutación que les permitiera digerir una u otra de aquellas moléculas abundantes en el medio. Supongamos que un dios bacteriano (el azar ha sido frecuentemente identificado con los manejos caprichosos de supuestos seres superiores, por lo que recurriremos a esta pequeña broma) concediera a alguna de nuestras bacterias la adquisición de dicho gen (realmente, una modificación al azar de otro gen de los existentes en las bacterias). En ese caso, la bacteria señalada por el dios caprichoso y todas sus descendientes podrían, por ejemplo, fabricar celulasa: la enzima que rompe la celulosa en sus glucosas componentes. La situación sería ahora muy favorable a la herencia asexual e idéntica genéticamente de nuestra favorecida bacteria mutante (que, si tuviera intelecto, se consideraría indudablemente una estirpe "elegida" por su dios particular), ya que todas las herederas mutantes serían capaces de alimentarse de un nuevo producto abundante en el medio y vedado, sin embargo, a las otras bacterias. Pero si alguna de estas otras sufriera (es un decir) una nueva mutación que le hiciera capaz de producir la enzima que rompe el glucógeno en glucosas, habría otra línea genética de herederos con la posibilidad exclusiva de alimentarse de otro de los productos abundantes en su medio (¿otra nueva estirpe elegida?).

Tendríamos, pues, tres líneas genéticas distintas en nuestra, antaño, homogénea población de bacterias. La menos eficaz de todas ellas es la representada por los herederos directos de las originales, que no poseen ninguno de los genes mutantes y, por tanto, se ven limitados a seguir consumiendo la cada vez más escasa glucosa, a la que pueden acceder todas las otras bacterias (una estirpe desagraciada, sin diosecillos benefactores).

En esta situación, la mayor ventaja hipotética estribaría en poder construir una nueva bacteria que juntara las dos mutaciones favorables y pudiera así alimentarse tanto de la glucosa original como de los dos nuevos alimentos, el glucógeno y la celulosa. Pero las mutaciones son hechos fortuitos, escasos y sobre los que los organismos no tienen ninguna capacidad de control que les permita "orientar" interesadamente su cambio genético[92] (salvo, quizás, "rezar"; en nuestra particular broma). Por ello, resultaría poco probable que alguna de las mutaciones ya ocurridas se volviera a producir y, precisamente, en la estirpe adecuada: la mutación de la celulasa en la estirpe que ya posee la mutación para alimentarse del glucógeno, o viceversa. Sin duda, habría que esperar demasiadas generaciones y tiempo para que esto ocurriera en la forma adecuada.

Pero la situación mejoraría de golpe si una bacteria que posee el gen de la celulasa fuera capaz de intercambiarlo con otra que pueda descomponer el glucógeno en glucosas. Entonces, nuestra azarosa espera de baja probabilidad se limitaría a un mero intercambio genético e instantáneo (para muchas bacterias, sorprendidas por el hecho de ver a congéneres que "comen a dos carrillos", se trataría de un milagro, cuando sería sólo un trato "inteligente"). En realidad, se trata de un intercambio genético que se descubrió muy pronto en la Historia de la Vida, tal vez hace unos 3.000 millones de años (ya que las bacterias lo poseen) y que concede una importante ventaja selectiva, radicada en la capacidad de incrementar y difundir con celeridad la diversidad genética nacida de la mutación. Es el primer y más generalizado caso de los procesos de tipo sexual.

La aparición de células más complicadas (las eucariotas) y la formación de organismos pluricelulares llevó a la necesidad de complicar también los mecanismos de reproducción sexual en estos nuevos seres (protoctistas, hongos, animales y plantas), por lo que la sexualidad, entendida originalmente como un mero intercambio genético (que no precisa, por tanto, de reproducción paralela), se complicó hasta constituir lo que se denomina reproducción sexual o sexualidad meiótica.

En el caso de la mayor parte de los animales, los individuos tienen que crear células especiales reproductoras (los llamados gametos), diferenciadas según el sexo en espermatozoides y óvulos. Las células que originarán los gametos sufren un proceso de reducción de su dotación genética (que es, inicialmente, la del organismo en general, o la de cualquier célula "normal" de dicho organismo) a la mitad; es decir, se quedarán con un sólo gen por cada "carácter o tipo de información genética básica", en vez de los dos que posee cualquier otra célula del cuerpo (una procede de la herencia paterna y otra de la materna[93]). De este modo, la unión de los gametos (la fecundación) originará una nueva célula llamada cigoto, que recompondrá la dotación genética doble (diploide) y originará, por división y diferenciación celular (el desarrollo), un nuevo organismo diferente genéticamente de sus padres, sin que haya tenido que producirse una mutación de por medio.

De este modo, las especies sexuales consiguen incrementar sustancialmente su diversidad genética respecto a las de mera reproducción asexual, posibilitando una mejor adaptación de sus poblaciones a los ambientes variables y una consiguiente mayor capacidad de evolución.

A pesar de ello, la reproducción asexual es tremendamente eficaz cuando se trata de colonizar un medio y la fórmula genética de la que se dispone es muy adecuada en él. El escaso gasto energético que comportan estas formas de reproducción, la no necesidad de encontrar pareja y la ausencia del riesgo de que aparezcan, en el intercambio, combinaciones genéticas menos eficaces que las de los padres, son algunas de las claves del éxito de estos procesos biológicos: por ello se mantienen en muchos organismos. Pero también representan un callejón sin salida cuando las condiciones cambian y se incrementa la competencia con formas más plásticas y adaptables. El intercambio genético (una forma de sexualidad) que muestran muchas moneras (bacterias y afines) es una solución sumamente versátil, flexible y eficaz, pero no puede ser utilizado por los organismos eucariontes, cuyas células mantienen encerrado su material genético en un compartimento diferenciado (el núcleo). Por ello, éstos debieron "inventar" la sexualidad meiótica, en la que hay sexos diferentes y un proceso especial de reducción genética, previo a la unión de los núcleos. Todo esto complicó sustancialmente la sexualidad que ya tenían las bacterias e incrementó el "gasto energético", pero manteniendo la finalidad última de incrementar la diversidad genética.

El hecho de que existan todas estas modalidades, así como el de que muchos organismos manifiesten formas diferentes de reproducción o de intercambio genético en distintos ciclos de su vida es, posiblemente, un buen argumento para comprender que cada una de ellas tiene sus ventajas y sus desventajas y que, además, puede o no resultar apropiada a las características específicas de cada ser vivo. Como señalan Lynn Margulis y Dorion Sagan[94], la reproducción sexual resulta de la necesidad de unir los dos procesos previos: la reducción en el número (doble) de los cromosomas y la fusión nuclear y celular; de modo que en razón de los caminos evolutivos seguidos desde los organismos unicelulares a los pluricelulares, éstos se han visto obligados a mantener los dos procesos ligados, constituyendo así la llamada reproducción sexual, de la que estos autores afirman que "biológicamente sigue siendo una pérdida de tiempo y energía" en relación al intercambio sexual rápido y eficaz de las bacterias (aunque, puestos a elegir, no creo que la especie humana deba quejarse de lo que le deparó el destino).

A pesar de lo que a veces parece, la sexualidad es un proceso prácticamente universal en la vida. Si en ocasiones ha querido ser identificada sólo con aquellos organismos que poseían la reproducción sexual, ello no es sino un error: sexualidad y reproducción son, en principio, asuntos diferentes, porque hay sexualidad sin reproducción y reproducción sin sexualidad (podríamos decir, irónicamente, que aunque pese a algunos puritanos y fundamentalistas). Y, si no, que se lo pregunten a las bacterias.


UNA HISTORIA CON MUCHA FIEBRE

 

El terreno resbaladizo de las ventajas selectivas

 

La malaria es una enfermedad endémica en muchas áreas de Africa, Latinoamérica y Asia. En realidad se trata de una de las variedades del paludismo: la provocada por la forma malariae del Plasmodium, un protozoo microscópico. Los plasmodios fueron descritos por primera vez en 1881 por Alphonse Laveran, un médico francés destinado en Argel. Por aquellos años, Louis Pasteur trataba de convencer en Francia a los miembros de la Academia de Medicina sobre lo correcto de su teoría acerca de los microorganismos patógenos, e iniciaba con Roux sus definitivos trabajos sobre la rabia. El momento para las ciencias biológicas y la medicina era clave, pues los partidarios y contrarios de la naciente microbiología se enfrentaban en el seno de las comunidades científicas. Laveran, convencido microbiólogo, terminó trabajando en el Instituto Pasteur y fue galardonado con el Premio Nobel en 1907.

El descubrimiento y aislamiento de los agentes patógenos, aunque constituya un primer paso fundamental, no implica la solución inmediata de ninguna enfermedad. La malaria, que es la forma más maligna del paludismo, sigue constituyendo hoy día un factor de mortalidad muy importante, sobre todo entre los niños, en muchos países tropicales. La quimioterapia, desarrollada a partir de productos como la quinina y los derivados de la quinolina, guanidina y acridina, ha aportado paliativos importantes, pero sin llegar a solucionar el mal. Los recientes trabajos del científico colombiano Manuel Patarroyo, además de airear algunos espurios intereses latentes en buena parte de la industria farmacéutica y evidenciar la capacidad que algunos pueden tener para obstaculizar la democratización de los avances sanitarios, ha abierto con su vacuna sintética una esperanza para la solución de la malaria.

Africa Central constituye una de las principales zonas afectadas por el paludismo. Allí conviven el hombre, el protozoo causante de la enfermedad y el mosquito transmisor Anopheles. Es frecuente también la existencia de hombres y mujeres centroafricanos afectados por la anemia falciforme, una enfermedad de la sangre que se manifiesta en que los glóbulos rojos adoptan una forma de hoz diferente a la de platillos redondeados que poseen las células sanguíneas normales.

El primer encuentro entre la ciencia y la anemia falciforme proviene del médico norteamericano James Herrick, quien la describió por primera vez al examinar a un joven paciente oriundo del Africa tropical con numerosos problemas de salud, tales como disfunción cardíaca, dificultades respiratorias y problemas con la cicatrización de las heridas. Corría el año 1904, cuando Herrick detectó que la sangre de su paciente contenía la mitad de la hemoglobina que una persona sana. Además, numerosos glóbulos rojos de su sangre eran morfológicamente anormales, presentando formas finas, alargadas, en forma de hoz y con bordes redondeados. Mas tarde se supo que el caso analizado por Herrick era bastante frecuente entre la población negra centroafricana. De hecho, una de cada cuatro mil personas de Africa poseía esa variedad de glóbulos rojos, lo que constituía una causa frecuente de muerte.

Más tarde se determinó con total fiabilidad el carácter genético de la anemia falciforme. Los individuos afectados son los homocigotos para el gen causante de la anemia. Éstos tienen la misma versión genética anormal en cada una de las dos posiciones que cualquier célula humana no reproductoras posee para cada gen; una en cada cromosoma homólogo). Por eso, su única información genética al respecto es la del gen responsable de la anemia falciforme, que corresponde a una variante del gen de la hemoglobina. De esta forma, estos individuos sólo pueden fabricar la variante de la hemoglobina que se denomina como hemoglobina S, frente a la forma normal, denominada hemoglobina A. Las diferencias entre ambas hemoglobinas fueron estudiadas por Linus Pauling (el único científico que ha recibido dos Premios Nobel) y Harvey Itano en 1949 y, algo más tarde, por Vernon Ingram. La diferencia molecular que hay entre las hemoglobinas A y S reside exclusivamente en el aminoácido que ocupa la posición sexta de la cadena β de la proteína[95]. El único cambio del habitual ácido glutámico (que ocupa esa posición en la hemoglobina normal) por la valina que hay en la hemoglobina S, responsable de la anemia falciforme, conlleva la aparición en los glóbulos rojos de la forma anormal y, con ellos, de la enfermedad. La causa última estriba en la aparición, con la valina, de un punto de atracción y adhesión entre las moléculas de hemoglobina S, lo que determina la formación de agregados que deforman los glóbulos rojos, dándoles la forma de hoz característica de la patología.

El gen de la hemoglobina S (la defectuosa) es un alelo[96] recesivo del gen normal. Por eso, si un individuo posee un gen normal y otro determinante de la hemoglobina S (los individuos así se denominan heterocigotos para ese gen, con lo que se quiere señalar la presencia de alelos distintos) "puede" más el gen normal. En estos casos, la persona no manifiesta sensiblemente la enfermedad, pues tan sólo uno de cada cien glóbulos rojos adopta una forma anormal, lo que puede acarrear algunas consecuencias negativas en determinadas situaciones, pero no representa un problema grave para la vida común de la persona.

La sorpresa llegó cuando la capacidad de determinación genética permitió que se realizaran estudios estadísticos en algunas poblaciones centroafricanas: en algunos lugares se comprobó que hasta el 40% de los individuos analizados poseían un gen falciforme. Tasas tan elevadas no podían ser resultado del azar y no cuadraban en absoluto con lo que cabría esperar de la actuación de la selección natural, claramente negativa para el alelo falciforme.

Se sabe que la selección natural actúa de múltiples maneras, de forma que el problema de la frecuente muerte de los afectados por la anemia falciforme no debía ser la única vía de presión selectiva en este caso (de otra manera no resultaría lógica la alta frecuencia de genes "anómalos"). Una comparación visual entre los mapas de las zonas con alta frecuencia génica de la anemia falciforme y los de incidencia de la malaria (de la que parecía que nos habíamos olvidado) aporta la solución: los glóbulos rojos falciformes resultan estar menos afectados que los normales por los plasmodios causantes de la malaria, que es mortal en muchos niños y en algunos adultos. Se entrecruzan así dos factores contradictorios de selección natural: uno que favorece a los individuos portadores de las células falciformes frente a la instalación del parásito de la malaria, y otro que perjudica a los portadores de tales células por presentar la hemoglobina S con problemas de solubilidad. Anthony C. Allison demostró en 1956 que, en esa situación, los individuos heterocigóticos (los portadores del gen falciforme, pero que no manifiestan radicalmente la enfermedad por poseer el otro gen con la hemoglobina "normal") poseen ventaja selectiva global frente a los homocigotos, tanto falciformes (que suelen morir de los graves problemas causados por la anemia) como normales (que se ven mucho más expuestos a morir de malaria).

Aunque hoy en día las teóricas ventajas de los heterocigotos no se mantienen, al haber progresado la lucha contra la malaria, el caso de la anemia falciforme permite comprobar un modo de actuación compleja de la selección natural que favorece la diversidad génica, incluyendo a un gen que produce una proteína ineficaz en condiciones normales. La aparición de esta proteína (como las de los más de 300 tipos de hemoglobinas genéticamente defectuosas encontradas en seres humanos) procede de mutaciones aparecidas con el tiempo en el gen de la hemoglobina. Normalmente estas mutaciones generan proteínas defectuosas o inútiles, por lo que son eliminadas mediante selección natural o se mantienen con frecuencias génicas bajísimas en la población global; pero, en algunos casos, como el de la anemia falciforme, la aparición de ventajas selectivas en ambientes específicos mantiene el nivel de diversidad génica alto, base de muchas de las capacidades de adaptación de la especie. Es por ello que la diversidad genética puede constituir, a la par, una fuente de problemas y dramas individuales para algunos, y un factor indispensable para la capacidad de sobrevivir y adaptarse evolutivamente que debe mantener una especie o población. El drama individual, cuando lo hay, es un sacrificio necesario en las especies silvestres para mantener las expectativas evolutivas y la supervivencia a medio y largo plazo. De no ser un factor favorecido por la selección y la evolución, la diversidad genética habría sido sustituida por la uniformidad genética de las poblaciones. Pero a la vida (al contrario de lo que parece que les sucede a las sociedades industriales modernas) le gusta la diversidad.

 


UNA NUEVA ERA ¿BUENA O MALA?

 

El genoma humano

 

Al igual que el gen que codifica para la anemia falciforme o la hemoglobina "normal", se piensa que hay, aproximadamente, otros 100.000 genes que componen el llamado genoma humano, es decir, la parte significativa de la información genética albergada en los cromosomas. Aún se comprende muy mal el sentido y la forma en que está recogida y almacenada la información genética, pues de los aproximadamente tres mil millones de pares de bases nitrogenadas que contiene el genoma humano completo, se cree que sólo entre un tres y un diez por ciento tiene un significado real de codificación de proteínas.

El primer organismo vivo (no virus) cuyo genoma total fue descifrado ha sido la bacteria Haemophilus influenzae, que posee 1.749 genes representados por 1.830.121 pares de bases nitrogenadas. El trabajo de determinación de esta secuencia fue dirigido por Craig Venter, un investigador norteamericano que presentó en 1995 sus resultados a la Sociedad Americana de Microbiología. Cinco años antes, en 1990, se iniciaba un amplio proyecto liderado por los Estados Unidos de América que trata de averiguar la secuencia completa de los genes que componen el genoma humano. El presupuesto del programa federal norteamericano destinado a este fin alcanza los 375.000 millones de pesetas y su duración prevista se extendía inicialmente a lo largo de unos quince años, aunque algunos resultados han hecho declarar a Francis Collins, director del Centro de Investigaciones sobre el Genoma Humano de USA, que podría estar finalizado un par de años antes. La puesta en marcha de un programa de investigación como éste ha motivado fuertes debates, incluyendo la discusión sobre si la inversión económica realizada constituye una adecuada "apuesta" frente a otras posibilidades. Otro problema que muchos críticos detectan en esta polémica cuestión estriba en el uso y reparto de los futuros beneficios que esta vía de investigación va a reportar. Es cierto que el conocimiento del genoma humano podrá permitir la comprensión de muchas cosas tal vez necesarias para paliar numerosos padecimientos humanos, así como para comprender la causa de numerosos procesos que están detrás del funcionamiento celular y fisiológico; sin embargo, también creará situaciones que lindan peligrosamente o pueden trasgredir los límites éticos del comportamiento humano. La terapia genética debería quedar delimitada por los planteamientos derivados de una bioética consensuada y controladora, y no al revés; mientras que los beneficios deparados por este tipo de conocimiento y actuación debieran ser considerados como parte del patrimonio de la humanidad y ser distribuidos de la forma más equitativa posible. Sin embargo, los progresos tecnológicos y científicos avanzan más deprisa que los acuerdos éticos, en tanto que el control democrático y social de los mismos es más bien escaso o nulo.

Los derechos sobre la propiedad intelectual o industrial, ligados al espinoso tema de las patentes, parecen pesar mucho más en el reparto de beneficios y en el control de los conocimientos que otras consideraciones más humanitarias. El debate sobre la admisibilidad de patentar genes está discurriendo por el menos confortador de los debates, sometido al silencio y oscurantismo que imponen los intereses económicos más fuertes. De hecho, ya se han producido varios casos preocupantes. Además, el asunto está incluso interfiriendo en el desarrollo del propio proyecto de investigación, denunciándose que muchas compañías implicadas tratan de ocultar su información sobre las secuencias genéticas que puedan tener algún interés comercial. El debate no debiera limitarse al caso del genoma humano, sino ampliarse al derecho de patentar cualquier organismo vivo, pues parece inaceptable que se puedan llegar a admitir patentes sobre la vida, aunque ya se esté haciendo en algunos países y existan importantes presiones para generalizar esta práctica. En medio de esta situación, ya ha comenzado la carrera de las compañías farmacéuticas y los centros de investigación médica para patentar genes, incluso de humanos (ya hay cultivos celulares registrados en USA pertenecientes a etnias indígenas de Panamá, Colombia, Venezuela, Brasil o Nueva Guinea), situando el techo de lo posible en las patentes sobre genes humanos en un punto que muchos ven cercano al del horror.

 

Las posibilidades que se abren en relación al conocimiento de enfermedades genéticas contienen, al menos, dos caras y dependiendo de su utilización producirán beneficios u horrores para la humanidad. Lamentablemente no escasean los Mr. Hydes en esta situación: si ya en el campo del seguro médico, como consecuencia de los "avances" de la genética humana, se han producido negativas de las compañías en la extensión de pólizas que cubran a individuos con historias familiares de cáncer, no es difícil pensar sobre lo que nos puede deparar el futuro. Al igual que sucede en el campo de los seguros, se advierte una peligrosa tendencia al control genético de los datos en algunos sectores laborales. A este respecto, Tim Bardsley recogía recientemente en Investigación y Ciencia[97] las opiniones del mencionado director del Centro de Investigaciones sobre el Genoma Humano de Estados Unidos: "veremos que esto sucederá a mayor escala, ya que todos corremos algún tipo de riesgo". "Esto”, en el contexto del artículo, se refiere a la pérdida del trabajo o del seguro por una persona que tiene un patrimonio genético susceptible de adquirir una enfermedad hereditaria.

La genética humana, las biotecnologías, la bioética, la bioseguridad y la terapia génica han inaugurado una nueva etapa en la historia de la especie humana. Lamentablemente, algunas de ellas van mucho más deprisa que las otras.

 


PATENTES DE CORSO

 

Los genes patentados

 

Los corsarios eran así denominados por poseer "patentes de corso". Una patente de corso consistía en el permiso real (la "patente") para actuar con artes de piratería en la mar, pero sin poder ser calificados como piratas. Los corsarios partían de puerto protegidos bajo el pabellón real.

 

1991, en Panamá:  una mujer de la etnia Ngobe acude enferma a un hospital de la capital. Esta aparentemente intrascendental circunstancia se resuelve sin demasiadas novedades respecto a otros casos semejantes; tan sólo el que la mujer, antes de ser sometida a unos análisis médicos, ha dejado firmado un papel al que no ha prestado demasiada atención (¿sabe leer?).


Desde entonces, en los laboratorios de la Colección de Culturas Tipo de Rockville, Maryland, se encuentran depositadas algunas células obtenidas de aquella mujer. Los cultivos celulares se han recogido porque los investigadores sospechaban que podrían tener interés en la investigación sobre la leucemia y, tal vez, el SIDA. Cualquiera encontrará un alto valor humanitario en este tipo de investigaciones y en sus posibles consecuencias para el bienestar de la humanidad. La única pega reside en que en ellas sólo hay lugar para el reconocimiento, a los efectos de los beneficios económicos que se deriven, para las empresas e instituciones propietarias de las "células", que antes fueron parte de una paciente panameña y de una determinada población étnica. No existe ningún mecanismo por el que éstas (la mujer o su pueblo), o las cualquiera de más de 700 comunidades indígenas que están siendo analizadas por numerosos investigadores ligados a proyectos relativos al Genoma Humano, vayan a recibir algún beneficio de su aportación como "materia prima" a una causa que, a buen seguro, luego difícilmente podrán pagar, en caso de necesitarla. A ello se añade, además, la desagradable circunstancia de que la mayoría de esas etnias están pasando por tiempos tristes con pérdida de identidad, aculturación, expulsión de sus lugares de vida tradicionales o simple extinción física, motivados en la mayor parte de los casos, por las mismas civilizaciones que ahora buscan, con afán privatizador, sus genes.

 

La diversidad étnica es una parte de la biodiversidad. Recientemente, un panel de expertos en ecología, entre los que se encontraban investigadores de la talla de Simon Levin (Universidad de Princeton), Jane Lubchenco (Universidad de Oregon), Gordon Orians (Universidad de Washington) o Peter Vitousek (Universidad de Stanford), se unía a una idea ya formulada en diversas ocasiones por numerosas organizaciones no gubernamentales: el reconocimiento de que la diversidad étnica (y cultural) es un elemento clave en el concepto de biodiversidad[98]. Aunque esta idea no se incorporó explícitamente al Convenio sobre la Diversidad Biológica firmado en Río de Janeiro en 1992, cada vez es más evidente su fundamento y la necesidad de su reconocimiento real.

 

El mayor interés actual para las empresas de investigación y recolección de genes humanos reside en localizar, obtener, patentar (apropiarse) y guardar lo más rápidamente posible (la competencia es importante) las células-muestra con dicha diversidad genética humana. Se trata, pues, de una carrera contra el tiempo, tal como están las cosas. Por eso, la organización no gubernamental canadiense RAFI, que fue la denunciante del caso antes referido, se opone frontalmente a la continuación en las presentes circunstancias del "Proyecto Diversidad del Genoma Humano" que busca catalogar las variaciones de la diversidad genética humana entre poblaciones y etnias. Para muchas organizaciones indigenistas, ambientalistas o humanitarias, se trata de un bocado demasiado apetitoso para la boca ansiosa de las compañías patentadoras de genes. Denunciaba Tim Beardsley en Investigación y Ciencia: "Human Genoma Science y Incyte Pharmaceuticals (dos compañías farmacéuticas) andan ahora patentando secuencias afanosamente". Como ellas, otras muchas han iniciado una nueva era de "Conquista del Oeste". En este contexto, una teórica investigación antropológica puede convertirse realmente en una batalla de intereses comerciales con la apropiación y privatización de genes en medio de normas de uso y legalidades nada claras y menos éticas, cuya conclusión no es evidente. "A río revuelto, ganancia de pescadores", se dice; y no es raro que en tales circunstancias los peces desconfíen. No resulta demasiado tranquilizador el panorama actual, y aunque todos asumen como lícito el reconocimiento de los méritos de la investigación y del desarrollo de conocimientos y medicinas, no sucede lo mismo con los beneficios para las poblaciones origen de los conocimientos, totalmente indefensas al respecto. Algo no va bien cuando muchas personas en el mundo siguen muriendo o padeciendo males cuya curación sería, simplemente, cuestión de repartir algo mejor los cuidados médicos ya existentes o el alimento, mientras se destinan ingentes esfuerzos y dinero al desentrañamiento de los genes en medio de una nueva fiebre del oro desatada en pos de los presuntos beneficios adivinados de una dudosa medicina genética.

 

De nuevo, la complejidad de las relaciones entre la ciencia, la tecnología, la sociedad y la ética nos muestra alguna de sus menos agradables caras.

 

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            LA DIVERSIDAD DOMESTICADA Y CREADA

 

VACAS, BACTERIAS Y PROGRESO

 

Evolución, selección y formas genéticas nacidas de la mano del hombre

 

Mucho antes del advenimiento de las modernas técnicas de aislamiento, determinación y manipulación del material genético, hecho que ha acontecido hace muy pocos años, la capacidad humana de influir en la formación de nuevas constituciones genéticas se limitaba a seleccionar, en unas pocas especies domesticadas, los organismos reproductores. De esta sencilla manera se ha conseguido incrementar la capacidad lechera de las vacas o hacer que el tamaño y la jugosidad de los frutos comestibles aumentaran generación tras generación hasta niveles sorprendentes. Producto de este tipo de actuación humana, iniciada con la invención de la ganadería y la agricultura, es la creación de formas genéticas "domesticas" a partir de las especies silvestres. Se han obtenido así las diferentes formas y variedades de cultivos vegetales o de razas de ganado y animales domésticos. Esta diversidad genética cultivada o domesticada también forma parte del concepto de biodiversidad mundial.

Los seres humanos han sabido aplicar desde hace años las consecuencias de unas teorías evolutivas y genéticas que no serían expuestas de forma científica hasta finales del siglo XIX. No en balde el primer capítulo de la obra capital de Darwin versa sobre "la variación en el estado doméstico". En él se analizan cuestiones relativas a las razas y variedades domésticas, su origen y sus conclusiones para la hipótesis de la evolución por selección. El mecanismo usado por los agricultores y ganaderos consiste, en el fondo, en remedar la actuación de la selección natural, sólo que ahora son los intereses humanos los que sustituyen a los factores de la selección natural: por eso se ha denominado a esta forma la selección artificial.

Escribirá el naturalista inglés en el primer capítulo de su "Origen":

 

"No podemos suponer que todas las castas se produjeron de repente tan perfectas y útiles como las vemos ahora; realmente, en muchos casos sabemos que no ha sido ésta su historia. La clave está en el poder del hombre para la selección acumulativa: la naturaleza produce variaciones sucesivas, el hombre las aumenta en determinadas direcciones útiles para él. En este sentido puede decirse que ha hecho por sí mismo razas útiles[99]".

 

La selección natural carece de intereses propios o, incluso, de direcciones constantes. Lo que puede resultar seleccionado positivamente en un determinado tiempo y lugar, puede serlo en sentido contrario en otro. Un ejemplo de esto lo hallaremos en la diferente actuación del clima sobre las plantas, según los ambientes: mientras que en zonas muy cálidas y secas la selección opera anulando a los vegetales incapaces de preservar sus reservas internas de agua, en los ambientes hiperhúmedos la selección beneficia a quienes consiguen sobrevivir sin perder sus nutrientes en un mundo en el que la abundancia de agua -y el consiguiente arrastre de los nutrientes- determina la condición característica del medio. En el caso de los animales acuáticos, por ejemplo, la variación de la selección va desde aquellos ambientes en los que se necesita disponer de mecanismos que eviten la invasión de agua exterior atraída osmóticamente por las sales orgánicas del cuerpo; hasta los que -como la Artemia salina- viviendo en medios hipersalinos, deben luchar por evitar la pérdida del agua de su cuerpo, atraída desde el exterior por la misma, pero ahora contraria fuerza de la presión osmótica. Ambas presiones selectivas, como se ve, resultan exactamente opuestas.

Con el tiempo también pueden cambiar drásticamente las orientaciones de la selección natural: mientras discurría el Arcaico, más de dos mil quinientos millones de años atrás, la atmósfera estaba compuesta fundamentalmente de anhídrido carbónico y gases reductores, lo que favorecía una vida de tipo anaerobio. Sin embargo, desde el Proterozoico, ya con un ambiente mayoritariamente oxidante debido al gas expelido por los organismos "verdes", los seres anaerobios han quedado relegados a unos pocos espacios aislados del tóxico gas que inundaba la atmósfera, como los sedimentos profundos, los fondos abisales o incluso los intestinos de muchos animales. Los dominadores del pasado fueron relegados a poco menos que fugitivos del presente.

Al no tener la selección natural una única y permanente dirección, es evidente que resulta incapaz de orientar la evolución en un sentido único y claro, definible como la vía del progreso. Sin embargo, es habitual en muchas ilustraciones el representar la evolución como una flecha dirigida inequívocamente desde una bacteria arcaica hasta "la culminación" del proceso, el hombre (pasando por diversos estadios que pueden incluir el de los protozoos, algún invertebrado, diversos reptiles y los inevitables monos). Una divertida y antigua canción que cantaba el dúo "Vainica Doble" ironiza sagazmente sobre esa idea:

 

"Yo, … ¿quién soy?

Gusano de anteayer,

ameba de un pasado lejano,

insecto hoy,

mañana... ¿yo qué sé?

DDT: ¡detente en tu función!;

no perjudiques mi evolución

¡permíteme llegar a chimpancé.!

Y, después, subiendo un escalón,

(si encuentro aquel perdido eslabón)

cambiaré manos por pies.

Si en los pies coloco mi razón,

habré obtenido, en un dos por tres,

la humana condición[100]"

 

 Aunque, desde el punto de vista científico, esta visión del proceso evolutivo no sea más que una mala caricatura, lo cierto es que forma parte de la idea principal sobre la evolución de numerosas personas. Sin embargo, no hay una única línea ni tampoco una dirección precisa en la evolución. Una de las personas que más esfuerzos de divulgación ha dedicado a combatir esta perniciosa idea ha sido Stephen Jay Gould, quien puede considerarse un brillante fustigador de lo que ha llamado la idea de la "marcha del progreso humano" o la "visión confortable de la inevitabilidad y superioridad del hombre" en la evolución. Aunque son muchos los textos en que aborda este tema, tal vez el más sugestivo al respecto sea su apasionante libro "La vida maravillosa" y, particularmente, el capítulo 1: "La iconografía de una expectativa". En palabras suyas:

 

"En la evolución no existe el progreso. El cambio evolutivo en el curso del tiempo no representa un progreso tal como lo entendemos. El progreso no es inevitable. Buena parte de la evolución no sólo no es ascendente, sino que es descendente en términos de complejidad morfológica. No estamos avanzando hacia un estadio superior[101]"

 

Tal vez se pueda explicar más extensamente o "más alto", pero es difícil dejarlo más claro.

 

Aunque resulte más que razonable la destrucción de la tesis del progreso dirigido hacia el hombre (salvo para quienes mantengan en ello creencias de tipo mitológico o religioso, pero en ese caso nos habremos salido del ámbito de la ciencia), a muchos puede parecer exagerada la negación de determinados tipos de progreso evolutivo. En especial resulta difícil no reconocer que a lo largo de la Historia de la Vida se ha producido un "progreso" en el sentido de un aumento de la complejidad de las formas vivas que habitan el planeta: parece evidente que hoy existen más formas complejas que en los albores de la vida, Incluso (a pesar de sus reticencias) nuestro paleontólogo de Harvard lo admitirá: "no niego que, a través del tiempo, el organismo más "avanzado" ha tendido hacia un incremento de la complejidad"[102]. ¿Se contradice en esto Gould?. No, porque, para él, eso no es progreso en el sentido real del término, sino una mera consecuencia de un hecho inicial: el que la vida se inicia desde lo más sencillo, de forma que cualquier cambio ciego (no dirigido) termina produciendo un incremento en la complejidad del organismo menos simple y, con él, del conjunto de la vida. Volvamos a sus palabras:

 

"por razones propias de la química orgánica y de la física de los sistemas autoorganizados, la vida surgió en el límite o muy cerca del límite inferior de tamaño y de complejidad preservables en el registro fósil. Dado que la diversidad, entendida como número de especies, ha aumentado con el tiempo, los valores extremos en la distribución de la complejidad sólo pueden moverse en una dirección".

 

Por mucho que admiremos al autor de "El pulgar del panda", no podemos ocultar que existen otras interpretaciones mantenidas por otros biólogos. De hecho, la teoría de la simbiogénesis defendida brillantemente por otra excepcional bióloga que se ha asomado a estas páginas casi tanto como Gould, Lynn Margulis, sustenta una versión de la evolución como progreso hacia el aumento de la complejidad, y lo hace utilizando como mecanismo el cooperativismo simbionte que funcionaría al modo de un motor acelerador de cambios. No obstante, estamos casi seguros de que la pasión de Margulis por las bacterias la llevaría a mostrarse sumamente complacida con las siguientes apostillas de Steve Gould:

 

"El organismo modal del planeta es hoy, siempre lo ha sido, y probablemente siempre lo será, una célula procariota. (...) Nosotros podemos acabar con nosotros mismos en un holocausto nuclear, pero los procariotas probablemente resistirán como valientes hasta que el Sol estalle."

 

Pero, volvamos de nuevo a la cuestión inicial de la selección artificial, de la que no nos hemos olvidado. Ahí sí hay una dirección clara motivada por los intereses humanos. No siempre, empero, es fácil o posible su consecución y casi siempre ha exigido considerables esfuerzos por parte de los cultivadores o ganaderos, con avances y retrocesos. De ellos han resultado formas genéticas tan sorprendentes -y algunas tan aberrantes desde el punto de vista de las especies naturales- como las especies cultivadas con frutos, hojas, tubérculos o raíces hipertrofiados (según los diferentes casos en los que el producto de interés provenga de uno u otro de estos órganos), vacas con producciones lecheras de varias decenas de litros diarias, perros de formas inverosímiles, gatos de pelajes sedosos y miopía intensa, o palomas de diseños surrealistas. Darwin eligió esta última especie en su capítulo sobre las razas domésticas, en el que comentará: "como creo que siempre es preferible estudiar algún grupo especial, después de madura reflexión he elegido el de las palomas domesticas[103]"; para ello el genial naturalista inglés obtuvo "todas las razas que pude comprar o conseguir”, ...

 

Hoy día, se pretende dar un arriesgado salto que nos lleve de una forma de actuar darwiniana (la selección artificial de los organismos reproductores) a otra filosóficamente lamarckiana (la potencial orientación de las capacidades genéticas de las especies desde el exterior), mediante el uso de técnicas procedentes del campo de la ingeniería genética. Las modernas biotecnologías son ya capaces de crear algunos organismos modificados genéticamente por medio del traslado, eliminación o adición de genes. Ya en 1994, Calgene, una empresa de alimentación, inició en Estados Unidos la "era de los alimentos transgénicos" con la comercialización de un tomate capaz de resistir mucho tiempo sin descomponerse y cuyas células llevaban genes microbianos. Mientras unos ven en estas líneas una nueva promesa de progreso (algunos también como "promesa de beneficios económicos"), otros vuelven con horror la vista hacia la aparición de casos tan recientes como el "mal de las vacas locas" que, sin llegar a ser siquiera un caso de transgenismo, sí puede ser considerado como un "pariente pobre" de las técnicas de intromisión y artificialización de la producción natural de alimentos (en esta caso, el origen parece residir en la utilización de dietas "carnívoras" en el engorde de las vacas) con consecuencias aún impredecibles.

En Paris, a finales del mes de mayo de 1996, casi un centenar de científicos e investigadores independientes realizaron un llamamiento contra el "reduccionismo" genético y biológico de las biotecnologías, que parece llevarnos hacia la manipulación o el "bricolaje" genético incontrolado, ignorando la complejidad de las relaciones entre genética, organismo y ambiente. Es una más de las numerosas voces que empiezan a clamar contra este nuevo descontrol social de la tecnología biológica, que puede incrementar los ya numerosos problemas ambientales. Uno de los primeros pasos dados por el Convenio sobre la Diversidad Biológica ha sido solicitar la redacción de un "Protocolo" sobre "Bioseguridad", como intento de avanzar en la recuperación de ese perdido control social y ambiental sobre las biotecnologías y sus efectos. Como conoce bien la bióloga Elisa Barahona, técnica del Ministerio Español de Medio Ambiente -antes Obras Públicas, Transporte y Medio Ambiente- sobre la que ha descansado la mayor parte del seguimiento español del Convenio sobre la Diversidad Biológica, los avances al respecto son muy desiguales entre los diferentes países, por lo que el desarrollo de legislaciones estrictas en los países más industrializados y la ausencia de capacidad de control y legislación en los menos desarrollados puede llevar a que se deriven las pruebas y actuaciones "experimentales" a las tierras incontroladas de los países pobres. Muchas organizaciones no gubernamentales piden hoy la aprobación de una moratoria mundial para el desarrollo de investigaciones transgénicas hasta que no se cuente con las suficientes garantías de control.

 

Mientras se debaten las cuestiones relacionadas con la "creación" de nuevos organismos transgénicos, paralelamente a la erosión de la biodiversidad silvestre se está produciendo una no menos acusada pérdida de la diversidad genética "domesticada", representada por los cultivos y las razas ganaderas tradicionales, base de los agrosistemas y los paisajes seminaturales. Los procesos de homogeneización, intensificación y simplificación de las prácticas agropecuarias, derivados de los intereses de las grandes empresas y compañías multinacionales que controlan el sector agroalimentario, son la causa principal de esta pérdida de biodiversidad que amenaza también a la viabilidad futura de este sector primario. La propia FAO, el Organismo de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, ha advertido sobre la pérdida de biodiversidad en los cultivos: especies de cultivo tradicional, como el trigo, el maíz, el tomate, diversos frutales o algunas hortalizas, han perdido en el plazo de menos de cien años, porcentajes entre el 80 al 95 por 100 de sus variedades. En el sector ganadero, la cuestión de la pérdida de diversidad es paralela; según el citado Organismo de Naciones Unidas, unas 1.500 razas de animales domésticas de un total aproximado de 5.000 podrían desaparecer en breve, según su "programa de vigilancia mundial para la diversidad de animales domésticos".

 

La disminución de la riqueza genética de la ganadería y agricultura avanza a la par que lo hace la pérdida de los valores culturales agrarios y aumenta la fragilidad de los sistemas agropecuarios. Las poblaciones campesinas y locales, acosadas por la imposición de modelos de industrialización intensiva de la agricultura, están perdiendo gran parte de sus saberes tradicionales, su identidad cultural e, incluso, sus capacidades autónomas de subsistencia y sostenibilidad ecológica. "Más allá del mero reconocimiento de su rol en el mantenimiento y el mejoramiento de los recursos fitogenéticos", ha escrito una de las organizaciones no gubernamentales más activas en este campo, como es GRAIN[104] , "deberíamos llegar a una discusión a nivel internacional de la aplicación de los derechos de los agricultores". El debate está abierto sin duda , pero no todos  los participantes están disponiendo del mismo tiempo para "hablar" y mucho menos de la posibilidad de "ser escuchados".


LLANTO POR SUMERIA

 

Del cambio neolítico

 

Se admite generalmente que la humanidad dio su primer gran salto cualitativo con el paso de las prácticas de recolección y caza a las agrícolas y ganaderas. Esta idea olvida, de todas formas, que una importante parte de la humanidad ha mantenido hasta hoy sistemas de vida ligados a la caza y el llamado extractivismo. Muchas de estas formas coexisten con otras prácticas. De hecho, desde los albores de la humanidad, la mayor parte de los seres humanos han vivido desarrollando formas de vida cazadoras recolectoras, hasta constituir un 60 por 100 de la población humana total, frente a un 35% de tipo agropecuario y un 5% con formas de vida industrial. Hoy, las sociedades que siguen manteniendo la forma de vida que ha caracterizado a la mayor parte de la humanidad se encuentran en situación muy precaria y en franco retroceso. Las razones de ello no son debidas exclusivamente al mayor primitivismo e inferioridad de estas formas de subsistir, como cierta "propaganda" quiere hacer ver, sino, sobre todo, al aplastamiento y expulsión de estas sociedades por otras más poderosas. De hecho, lo que ocurre no es una conversión a una vida mejor ofrecida por las civilizaciones más avanzadas técnicamente: la mayor parte de los individuos procedentes de culturas tradicionales no industrializadas, después de ser desplazados de sus medios de vida, malviven hacinados engrosando los grandes cinturones de miseria de las metrópolis del Tercer Mundo. Por otra parte, la pérdida de estas culturas conlleva pérdidas culturales y de capacidad de "sostenibilidad" ecológica de la humanidad. En el resultado de reuniones de análisis sobre la práctica del extractivismo, como la que la UICN (Unión Mundial para la Naturaleza) y la Comisión de las Comunidades Europeas llevaron a cabo en Amacayacu, Colombia, durante 1992[105], se reconoce el mayor compromiso que manifiestan en sus formas de vida y actuación estas sociedades para con la conservación y la sustentabilidad de sus medios. Por eso no deja de resultar paradójico que a veces se haya querido "vender" la idea del uso sostenible de los recursos desde el mundo industrializado hacia comunidades que lo vienen practicando hace muchos años y de las que más bien habría que aprender.

 

La mal llamada Revolución Neolítica[106] supuso, con el tiempo, la aparición de una nueva  forma dominante en el desarrollo de la vida humana sobre el planeta. Este salto no se saldó sin un daño ambiental considerable. Como recoge Ponting en su "Historia verde del mundo"[107], los impactos ambientales provocados por las primeras prácticas agrícolas fueron, desde el primer momento, elevados. Prácticamente ninguno de los lugares que vieron agacharse por primera vez a los hombres para plantar y cosechar resistieron indefinidamente la aplicación de tales prácticas. En Sumeria, considerada como la cuna más antigua del experimento agrario, el desequilibrio generado en el ecosistema mesopotámico motivó la erosión, la salinización y, finalmente, la desertificación de lo que constituía un auténtico vergel: para muchos la ubicación del Paraíso Terrenal. Ponting recoge en su libro la cita al respecto del asombrado arqueólogo de la ciudad caldea de Ur, Leonard Woolley:

 

"¿Por qué, si Ur fue la capital de un imperio, si Sumeria fue una vez un inmenso granero, ha quedado la población reducida a la nada y hasta el suelo perdió su virtud?".

 

No ha sido Sumeria el único ejemplo de la degradación ambiental motivada por las primeras prácticas agrícolas. En el valle del Indo, la sociedad agraria recién constituida duró sólo unos 500 años antes de provocar, como en Mesopotamia, la salinización y pérdida de los suelos fértiles[108]. Algo semejante debió ocurrir en la Mesoamérica Antigua, donde el hundimiento veloz de la civilización mejicana de Teotihuacán y la de los mayas del Yucatán sólo encuentra una explicación satisfactoria para los arqueólogos a través de las consecuencias de la degradación ambiental de un entorno del que dependía la alimentación de la población.


Sin embargo, en algunos casos, las sociedades agrarias también encontraron maneras de reequilibrar sus formas de uso con las dinámicas ecológicas del medio, consiguiendo no caer en el desastre. Hoy podemos encontrar civilizaciones agrarias que se han integrado aceptablemente en sus ecosistemas, junto a otras que progresivamente lo siguen degradando. De hecho, cada nuevo salto o paso de la humanidad ha debido buscar formas de ajustarse a la naturaleza, modificándola, pero tratando de alcanzar un nuevo equilibrio dinámico sostenible. La cuestión, en la actualidad, estriba en saber si los procesos de intensificación en el uso de los recursos, el abandono de los desperdicios y desechos de la sociedad industrial y la propia presión demográfica, no transgreden ya, definitivamente, la capacidad de sustentación de la Tierra.

 


VAVILOV

 

El origen de los cultivos

 

Distintas culturas del mundo, de una forma aislada, descubrieron que era posible controlar la germinación de las plantas y convertirlas en sistemas de producción concentrada de alimento. La selección artificial formó pronto parte de las prácticas de cultivo y se consiguió avanzar considerablemente en los niveles de producción de alimentos y de adaptación de los cultivos. De igual manera, la domesticación de especies animales supuso la creación de cabañas ganaderas, aunque parece que ya las sociedades cazadoras habían iniciado la práctica de la domesticación con los perros, aunque para otros fines. De hecho, en muchas culturas los cánidos han ejercido numerosas funciones alejadas de la de convertirse en alimento: ésta es la razón que ha llevado al conocido antropólogo norteamericano Marvin Harris[109] a justificar la aversión de muchas sociedades respecto a comer carne de perro. En otras, sin embargo, sí se comían perros, como refleja el divertido y algo cruel relato de Harris sobre el destino de unos cachorrillos de la perra spaniel, propiedad del embajador británico en Pekín: estos perrillos habían sido obsequiados al ministro de Asuntos Exteriores chino, en respuesta a su admiración por la perra. Algunos días después del regalo, en el curso de otra recepción diplomática, la cortés pregunta del embajador -"¿qué le parecieron los cachorros?"- encontró, al parecer, una no menos cortés (a su manera), aunque inesperada contestación por parte del ministro: "estaban deliciosos".

 

Las distintas sociedades agrarias debieron buscar aquellas de entre las plantas silvestres de su entorno que les parecieron más nutritivas o interesantes para cultivar. Probablemente muy pronto se dieron intercambios entre civilizaciones, produciéndose pequeñas migraciones de cultivos, que alcanzaron su punto de inflexión a raíz de la expansión europea: del siglo XIV en adelante.

En el área ubicada entre Palestina e Irán, la incipiente agricultura seleccionó algunas especies silvestres que parecieron especialmente indicadas, obteniéndose así las actuales variedades cultivadas de trigos, garbanzos, lentejas, cebadas o guisantes, entre otras. Mientras, en China, en los extensos campos ubicados sobre sedimentos eólicos se desarrolló primero el mijo, luego el arroz y, finalmente, la soja. Otro de los núcleos originarios de la agricultura, Centroamérica, vio nacer los primeros cultivos de tomates, papayas, aguacates, chiles, guayabas, calabazas, frijoles y chayotes, antes de convertirse por definición en la cultura del maíz. Más al sur, los pueblos andinos ensayaban el cultivo de la patata y diversas variedades de chiles y frijoles.

A mediados de este siglo, el botánico agrícola ruso, V.I. Vavilov[110], se propuso analizar las relaciones entre las culturas y las especies cultivadas. Partiendo de la distribución silvestre de las especies cultivadas y el uso agrario posterior, identificó aquellas áreas del mundo particularmente ricas en diversidad genética cultivada. Desde sus trabajos, estas zonas se conocen como "centros de diversidad fitogenética cultivada" o "centros Vavilov". En sólo diez áreas del planeta, se encuentra el origen de la veintena de cultivos que representa alrededor del 90 por 100 de las calorías alimentarias ingeridas en el mundo. La alimentación mundial está muy concentrada en muy pocos productos, ya que la mayoría de la población no tiene acceso a una variedad suficiente de alimentos (y, a menudo, tampoco tiene acceso a la cantidad suficiente): de las 2.300 especies cultivadas que, se calcula, existen en el mundo, tan sólo tres cultivos (arroz, maíz y trigo) recogen el 60 por 100 de las calorías ingeridas por la humanidad.

En América se encuentran cuatro de las áreas principales de diversidad genética de cultivos: América Central, que constituye el centro genético del maíz, el poroto o frijol y el boniato o batata; la Región Andina, subdividida en dos núcleos principales, con el maní o cacahuete, el poroto o judía de Lima y las patatas o papas; y el área del sur brasileño y norte del Paraguay, cuna de la mandioca o casava, el coco y la piña.

El Viejo Mundo alberga el resto de las siete áreas Vavilov. El Mediterráneo Occidental ha sido cuna de la colza y la avena, mientras que la parte Oriental de la Cuenca y el Oriente Próximo lo fue del centeno, la cebada, el trigo y la arveja. La zona del llamado Cuerno de Africa (la Región Etiópica) constituye el origen del sorgo, la cebada y el mijo. En las estepas del Asia Central nacieron variedades del trigo junto a la manzana o la zanahoria, mientras que la India produjo variedades de arroz y el trigo enano. Finalmente, China fue la cuna de variedades de mijo, arroz, soja, así como de naranjas o melocotones; mientras el Sudeste asiático vió nacer los plátanos y las bananas, la caña de azúcar, el ñame (una batata) y algunas variedades de arroz.

 

Aunque los Centros Vavilov sigan constituyendo una buena explicación para el cultivo original de las plantas en función de su origen genético y la biodiversidad local, diversos estudios posteriores han apuntado hacia una mayor complejidad en el proceso de "domesticación" de las especies silvestres, tal como fue recordado en el seno de la Conferencia de Expertos en Biodiversidad convocada en Trondheim (Noruega) conjuntamente por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente y el gobierno noruego[111], durante 1993. Como ejemplo, el arroz parece que fue domesticado al menos en un par de ocasiones y geografías: a partir de la especie silvestre Oryza sativa en Asia, y a partir de Oryza glaberrima en el África Occidental. Del mismo modo, las batatas cultivadas proceden de varios procesos de inicio del cultivo a partir de diversas especies del género Dioscorea, tanto en África, con D. rotundata y D. cayenensis; como en América (D. trifida) y Asia (D. alata y D. esculenta). Y se trata, tan sólo, de algunos ejemplos.

 


MAIZ CON PAPAS Y CULTURA

 

La magnitud de la diversidad genética domesticada

 

Si en el platillo negativo de la balanza ambiental puesta en marcha por la Revolución Neolítica vimos la aparición de sociedades insostenibles que alteraron y degradaron su medio hasta extenuarlo, en el lado positivo encontramos la creación y multiplicación de formas genéticas cultivadas y domesticadas que incrementan la biodiversidad. Éstas son, además, un elemento estrechamente relacionado con la diversidad cultural humana. Al igual que la biodiversidad de especies silvestres forma parte indisoluble de la cultura y la cosmovisión de las sociedades cazadoras, la diversidad fitogenética y ganadera constituye una parte fundamental en la forma de interpretar la vida por parte de las sociedades agrarias. Muchos remanentes de un quehacer agrario anterior impregnan aún hoy no pocas actitudes y comportamientos del hombre y la mujer industriales, aunque desarraigados de las actividades que les dieron el sentido. El mismo término "cultura" viene, como es de sobra conocido, de la misma raíz que cultivo (cultus), por eso hablamos tanto de una persona cultivada como de una persona culta. Nuestro refranero está plagado de frases provenientes del mundo del agro. El calendario de fiestas cristianas se ha superpuesto al agrícola, camuflando los motivos originales de las festividades ligadas a las tareas del campo. Nos preparamos (si no formamos parte de las crecientes filas del paro) para la jornada laboral; y hasta el mismo noble término de "radical", que califica a los que buscan la raíz de las cosas (y que no habría que confundir con el de extremista o fanático, a pesar del empecinamiento que se pone en llamar a éstos con el nombre de aquellos), nos trae indudables reminiscencias culturales del campo. La cultura agraria sigue, pues, arraigada en nuestras mentes, a pesar de que ya influyen considerablemente más en nuestras vidas los cambios de humor de Wall Street que las nubes, lluvias y claros que se suceden sobre nuestras cabezas.

Todavía hoy, un 60 por 100 de la agricultura mundial es realizada por campesinos que utilizan métodos tradicionales de laboreo, produciendo entre el 15 y el 20 por ciento de los alimentos que se consumen en el mundo, a la vez que mantienen en un régimen sostenible los suelos y cultivos que trabajan, lo que no ocurre con la mayor parte de la agricultura altamente tecnificada, que produce mucho más, pero degrada y contamina la tierra hasta alcanzar un límite de insostenibilidad manifiesta. Además, en estas formas tradicionales de agricultura se encuentra la fuente que asegura la supervivencia y variedad de los cultivos agrícolas, pues son las verdaderas mantenedoras de la diversidad genética.

 

Podríamos preguntarnos: ¿para qué necesitamos tanta diversidad genética en los cultivos? Realmente, en muchas dietas apenas entran una veintena de productos alimenticios. Entonces: ¿son sólo consideraciones ambientales las que justifican el valor de la diversidad genética de los cultivos y de las variedades silvestres de donde surgen? ¿Y la economía? (realmente siempre que llega esta inevitable pregunta, surge la duda acerca de si lo que realmente se quiere decir es: ¿y la economía de los sectores más ricos?, pero, tal vez por decoro, se suele formular de la primera manera). 

Independientemente de las muchas otras argumentaciones que se pueden ofrecer para justificar como fundamental el mantenimiento de la diversidad genética, una de las situaciones que recogió el conocido informe de la Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo (el influyente "Informe Brundtland") nos ofrece suficientes ideas para la respuesta a nuestra pregunta "económica":

"El cultivo del maíz en los Estados Unidos sufrió un grave revés en 1970, cuando un hongo que ataca las hojas arruinó los cultivos causando pérdidas de más de dos mil millones de dólares a los agricultores. Posteriormente se encontró material genético resistente a los hongos en variedades genéticas que se originaron en México. Más recientemente, se descubrió una especie primitiva de maíz en un bosque montano del centro de México meridional. Esta planta silvestre es el pariente más antiguo que se conozca del maíz moderno y sobrevivía en sólo tres minúsculos terrenos que abarcaban apenas cuatro hectáreas en una zona amenazada de destrucción por los agricultores y leñadores. La especie silvestre es perenne, mientras que todas las demás especies de maíz son anuales. Su cruzamiento con variedades comerciales de maíz abre para los agricultores las perspectivas del ahorro de los gastos anuales de arar y sembrar, ya que la nueva variedad crecería año tras año por su propia cuenta. Los beneficios genéticos de esta planta silvestre, descubierta cuando apenas quedaban unos pocos miles de tallos, podría totalizar varios miles de millones de dólares anuales[112]".

 

Las comunidades agrícolas tradicionales son las principales valedoras y mantenedoras de la biodiversidad agraria. Indígenas como los Huastac de Méjico gestionan ecosistemas agrarios en lo que viven más de 3.000 especies útiles, como comprobó Alcorn[113]; Clawson[114], por su parte, ha constatado que los Ifugao de la isla de Luzón, en Filipinas, identifican unas 200 variedades de batata, mientras que Dove observó que cada familia de los Kantu de Kalimantau, en Indonesia, cultiva una media de 17 variedades de arroz, de un total de 44 gestionadas por el conjunto de la comunidad[115]; a su vez, Daniela Soleri y David Cleveland, del Centro para la Población, la Alimentación y el Medio Ambiente, recogen la cifra de 17 variedades de maíz cultivadas por los Hopi de Norteamérica, con una media de 6 variedades cultivadas por finca[116]. Las páginas de revistas como Economic Botany y los boletines de organizaciones como GRAIN[117] se han llenado desde los años ochenta con datos similares.

 

Realmente la riqueza de variedades cultivadas por los campesinos del mundo es inmensa. Se calcula que entre 2.000 y 3.000 variedades de papas o patatas se cultivan en la actualidad a partir de unas 8 especies silvestres originales, tan sólo en los Andes. Muchas familias andinas son capaces de diferenciar y cultivar entre 25 y 32 variedades de este tubérculo, mientras que en Papúa-Nueva Guinea se han llegado a contabilizar hasta 5.000 variedades de batata.

 

Algunos de estos cultivos han alcanzado una categoría que va más allá de la de constituir un simple alimento: son ya parte indisoluble de una cultura y su forma de comprender el mundo. Puede decirse que sin ellos, la pérdida de la identidad es casi inmediata. Este tipo de culturas agrarias están en la base de formas sociales que han alcanzado un elevado grado de control integrado en el ambiente. Como señala el economista ecológico de la Universidad Autónoma de Barcelona, Joan Martínez Alier, en el Perú, bajo la cultura de la "papa", se mantiene aún una "utopía andina" cuyos fundamentos radican, para el investigador catalán, en los logros admirables de la agricultura prehispánica, que ha desembocado en lo que él denomina una suerte de "ecologismo-popular"[118]. De hecho, muchos pueblos andinos siguen en la actualidad aportando nuevas variedades de papas a los mercados de su cordillera, lo que repercute en su reputación entre la comunidad de los vecinos. Sus conocimientos, saberes y prácticas son parte de un patrimonio cultural heredado de cientos de generaciones, que hace posible que hoy distingan y cultiven tan alto número de variedades distintas.

 


LA HERENCIA DESPRECIADA

 

Presente y futuro de la biodiversidad domesticada

 

A pesar de los anteriores datos, la situación presente es francamente preocupante. Al igual que la biodiversidad silvestre se ve acosada por múltiples actividades humanas[119], la domesticada sufre un similar proceso de reducción. En este caso, la homogeneidad y uniformismo que interesa a los factores de producción industrial y comercial, impuesto por las grandes compañías y multinacionales agroalimentarias, repercute en la pérdida de diversidad genética. Walter Reid y Kenton Miller, del Instituto de Recursos Mundiales, ya advirtieron en 1989[120] acerca de este problema, aportando algunos datos como los siguientes: el 62 por 100 de las variedades de arroz cultivadas en Bangladesh, el 74 por 100 de las de Indonesia y el 75 por 100 de Sri Lanka proceden de un único pariente; podemos sospechar el grado de diversidad genética que albergan.

 

La pérdida de biodiversidad cultivada tendrá, sin duda, numerosas y desagradables consecuencias para la humanidad. El problema estriba en que la moderna agricultura propagada por los intereses económicos de las grandes compañías prefiere seguir ignorando los problemas y los riesgos aparejados, y mantener una permanente "huida hacia adelante". La llama Revolución Verde dejó una considerable frustración y preocupación en muchos analistas de la agricultura, pero la lección no ha bastado. Ignorando los problemas de la contaminación y la creciente carestía e insostenibilidad ecológica del proceso de intensificación en el uso de pesticidas, la solución a la pérdida de eficacia de estos productos ha sido continuar incrementando su uso. Ya el ecólogo Robert M. May (el mismo que hemos visto en otras ocasiones tratando de estimar la magnitud de la biodiversidad) publicó en 1985 que unos 400 tipos de plagas resisten hoy sin ningún problema a la presencia de uno o varios tipos de pesticidas; recientemente el informe de 1996 del Worldwatch Institute recogía la cifra ya publicada de 900 especies de plagas resistentes a pesticidas según datos de 1994[121]. Se trata de la respuesta inmune que el uso de pesticidas termina teniendo sobre las poblaciones de las plagas, debido a que la selección artificial ejercida por el producto tóxico sobre la especie plaga ha llevado a que, finalmente, toda la población esté compuesta por aquellas formas genéticas resistentes al producto utilizado. De hecho, en los Estados Unidos de América, en el plazo de unas pocas décadas, se ha duplicado la proporción de los cultivos perdidos por plagas, a pesar del constante incremento en el uso de pesticidas.


Este asunto plantea además, el problema de la amenaza a la salud no sólo ambiental, sino de las personas y especialmente de los propios agricultores, que tiene el abuso de pesticidas. La Organización Mundial de la Salud, en una estimación considerada "conservadora" ofrecía la cifra de un millón de accidentes laborales anuales por intoxicación con plaguicidas, aunque Barbara Dinham eleva la cifra, según recoge el aludido informe del Worldwatch Institute, a cifras de entre 3 y 25 millones de afectados. En España, los datos son también preocupantes; en las Jornadas de Trabajo sobre Productos Fitosanitarios, organizadas  en Rota (Cádiz) durante 1990 por Amigos de la Tierra, con el apoyo de la Junta de Andalucía y las Comunidades Europeas, María del Carmen González, del Servicio de Salud de Almería, hablaba de un incremento de casi dos veces y media, en tan sólo 8 años, para el número de ingresados en urgencias por intoxicación con pesticidas en la zona del Poniente de Almería, donde se reúne el 70 por 100 del total nacional de cultivos bajo plástico[122].

 

La debilidad biológica creciente de los cultivos genéticamente uniformes es un hecho constatado, pero también lo es que se trata de un proceso que permite incrementar los beneficios y el dominio de quienes controlan el recurso del germoplasma agrícola. Una forma habitual de actuar por parte de estos sectores ha consistido en ir despojando poco a poco a los agricultores de su tradicional autosuficiencia en materia de granos y semillas, algo que siempre ha formado parte de la cultura agraria. Si los campesinos reservaban lo mas selecto de su cosecha para plantar en la estación o ciclo siguiente, ejerciendo una suerte de selección artificial propia, ahora se ven abocados a depender de la compra anual de granos seleccionados por unas pocas grandes multinacionales agrarias. Con el comercio, al contrario de lo que propugnan algunos admiradores del mercado, viene la trampa, como veremos. Los granos que se compran permitirán una cosecha muy productiva, aunque incrementan el riesgo de plagas, demandando por ello considerables cantidades de pesticidas, y suelen requerir notables dosis de fertilizantes y el uso de técnicas de cultivo a menudo más intensificadas para desarrollar su mayor potencialidad productiva, todo lo cual redunda en la necesidad de importantes gastos económicos y energéticos (pero en muchos países todo esto está subvencionado o favorecido por líneas de créditos). Aunque la cosecha pueda no ser sostenible por mucho tiempo, pues frecuentemente agota los suelos, contamina las aguas, dilapida energía procedente de fuentes fósiles, como el gasoil de tractores, cosechadoras, empacadoras, etc.; y abusa del regadío, puede, sin embargo, ser rentable de mediar algunos apoyos externos a las inversiones necesarias (subsidios, reducciones fiscales u otros). Pero, los nuevos granos o semillas obtenidos de la cosecha, aunque son aptos para la venta, no lo son para sembrar una nueva generación del cultivo, ya que se trata de granos procedentes de una variedad híbrida, de forma que si se usan para plantar, el cultivo perderá sus propiedades. Por ello, el campesino se ve obligado a comprar, en cada estación o ciclo agrícola, nuevos granos o semillas a la compañía agroalimentaria, la cual los tiene, naturalmente, patentados. La dependencia se convierte, así, en permanente.

 

A pesar de todo, en muchos casos los campesinos y agricultores mantienen un fuerte apego por sus variedades propias, desconfiando de las que le ofrecen las compañías (otras veces, simplemente, no pueden pagarlas). Camila Montecinos, una chilena coordinadora del "Programa de Desarrollo y Conservación de la Biodiversidad en Comunidades de Pequeños Agricultores", que reúne a 15 organismos, universidades, asociaciones o centros de otros tantos países, relata que en Costa Rica, Nicaragua y Honduras, por ejemplo, los campesinos se basan en gran parte en sus propias variedades, alcanzando éstas un 44% en el caso del maíz y un 37% en el de los porotos (judías), considerando dos cultivos muy "trabajados" por el sector llamado "formal" de la agricultura. En el caso de los países del sur de África, el uso de variedades certificadas de sorgo no supera el 5% del área total de cultivo y es prácticamente inexistente para el arroz, cacahuete (maní) o judía[123].


DERECHOS CON MAYÚSCULAS Y DERECHOS CON MINÚSCULAS

 

La controversia sobre las patentes

 

Sobre el tema del patentado se ha generado una importante controversia, aunque no alcanza a poner en cuestión la profunda injusticia que representa. La Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) ha llegado a proponer un Compromiso Internacional sobre los Recursos Genéticos que contemple lo que se ha llamado los "Derechos de los agricultores", que incluiría la creación de un fondo genético internacional para la conservación y uso de los recursos fitogenéticos. Estos "derechos de los agricultores" provienen de la contribución pasada, presente y futura de los agricultores en la conservación, mejora y provisión de los recursos fitogenéticos, especialmente de aquellos provenientes de los centros de origen/diversidad. La renegociación de este Compromiso es vista como una posibilidad de incidir hacia el reconocimiento de tales derechos en una forma si no completamente satisfactoria, si al menos algo más positiva que la ausencia absoluta actual.

 

En el marco de la aplicación del Convenio sobre la Diversidad Biológica no se ha avanzado aún apenas por esa vía. Como ha señalado la conocida activista india Vandana Shiva, "el principal problema con los derechos de los campesinos como han sido propuestos por la FAO estriba en que los campesinos no han tenido presencia en la negociación de los derechos de la biodiversidad y la determinación de los modos de utilización de ésta. Además, las contribuciones al fondo genético son voluntarias, al contrario del pago de royalties en el caso de los Derechos de Propiedad Intelectual"[124].

 

Los términos del debate aparecen muy desequilibrados en cuanto a su capacidad de influencia real. Mientras el apoyo básico a la línea del reconocimiento de los derechos campesinos e indígenas, como una de las formas de reparto equitativo de los beneficios de la biodiversidad, radica en el articulado por aplicar del Convenio de Biodiversidad y en la declaración de la FAO (que carece de capacidad jurídica de compromiso), del lado de los derechos de propiedad intelectual está el mucho más potente sector ligado al desarrollo y los intereses del Tratado sobre Derechos de Propiedad Intelectual Relacionados con el Comercio, iniciado en el marco del GATT y continuado sobre la base de la Organización Mundial del Comercio.

La situación ha llevado a reclamar el reconocimiento de los "Derechos Colectivos de Propiedad Intelectual", una idea que ha llegado a movilizar a numerosos campesinos: sólo los agricultores de Karnataka, agrupados en el movimiento Semilla Satiagraha, reunieron a medio millón de reclamantes el 2 de octubre de 1992 en la localidad de Hospet, en la India[125].

Los propios indígenas, a través de sus organizaciones también han exigido el reconocimiento efectivo de sus derechos en estas cuestiones. Durante la II Reunión del Convenio de Biodiversidad, celebrada en Yakarta, Indonesia, a finales de 1995, la Red de Biodiversidad de los Pueblos Indígenas presentó una "Declaración de los Pueblos Indígenas sobre Acceso y Derechos de Propiedad Intelectual", en la que se tacha de "biopiratería" a las actividades de "bioprospección”, “en tanto no se realicen suficientes consultas con las propias organizaciones de indígenas y agricultores"[126].

 


PIRATAS Y "BUSCANEROS"

 

Bioprospección o biopiratería

 

El problema de la "biopiratería" trasgrede el ámbito de la diversidad genética domesticada para invadir el conjunto del asunto de la biodiversidad. De hecho, constituye uno de los "puntos calientes" en la aplicación del Convenio sobre la Biodiversidad, donde se habla del acceso a los recursos genéticos, pero a condición de un reparto equitativo de los beneficios obtenidos, lo que, como hemos visto, se da de bruces con el tema de los derechos de propiedad intelectual (industrial). El Instituto de Recursos del Mundo, junto al INBio de Costa Rica, la Alianza de los Bosques Húmedos y el Centro Africano de Estudios sobre Tecnología de Nairobi, como contribución a la Estrategia para la Biodiversidad Global, se reunieron en 1993 para ofrecer en un libro una serie de artículos sobre su visión del espinoso tema de la "prospección de la biodiversidad"[127]. Para ellos hay, especialmente, tres obstáculos o problemas (que deben ser solventados) en la justificación de la "bioprospección" como contribución al desarrollo sostenible de las naciones y a la supervivencia a largo plazo de la biodiversidad silvestre. Son, en primer lugar, el que el creciente interés comercial por la biodiversidad no incremente la inversión en la conservación de los recursos biológicos, por ser éstos considerados en la economía como "bienes públicos sin rivalidad" (es decir, que su uso por un individuo no reduce su valor para otros que también lo usan); en segundo lugar, que no haya garantías de que las instituciones creadas para captar los beneficios de la biodiversidad contribuyan realmente al crecimiento económico de los países menos desarrollados; y en tercer lugar, que la prospección de la biodiversidad no se constituya como una de las principales formas de elevar los estándares de vida en los países pobres.

Esta visión trata de integrar la bioprospección como parte del acceso a los recursos genéticos en un marco de desarrollo sostenible; pero muchos sospechan que, de todas maneras, los pobres de los países menos desarrollados (entre los que se encuentran la mayor parte de las comunidades indígenas y campesinos tradicionales, que son, precisamente, los sectores donde radica tanto el conocimiento más efectivo de la biodiversidad silvestre, como el origen y el uso de la diversidad cultivada), tampoco llegarán esta vez a recibir algo relevante de lo que puedan obtener los países subdesarrollados, una vez que el Convenio de Biodiversidad ha consagrado a nivel internacional el principio de la soberanía nacional sobre los recursos ligados a la biodiversidad.

Incluso dentro del seno de países ricos en biodiversidad, pero no sobrados de control sobre sus recursos ni ricos en tecnologías o recursos financieros, se están produciendo debates entre unos y otros sectores sociales acerca de la relación entre acceso a la biodiversidad y control de los beneficios de la misma. A este respecto, uno de los casos más interesantes es el de Costa Rica, donde tuvo gran impacto mundial el paso dado por el Instituto de Biodiversidad, INBio, una institución privada, pero avalada por el Gobierno del país al concederle la posibilidad de "negociar" con un recurso adscrito a la soberanía del Estado, como es la biodiversidad. INBio firmó un contrato privado con la poderosa compañía farmacéutica Merkx para la prospección de la biodiversidad de Costa Rica y el desarrollo de usos derivados de ella. Sin embargo, recientemente, se ha presentado en la Asamblea Legislativa del país un interesantísimo Proyecto de Ley de Biodiversidad, desarrollado en gran parte desde la Oficina Regional de la UICN en este país, en la que se pone coto a la libre prospección y acceso a los recursos biogenéticos del país, regulándolo a través de la "Comisión Nacional de Biodiversidad" que recoge a sectores representativos del Estado, los campesinos, el sector científico-académico y los grupos autóctonos. Esta democrática Comisión sería la encargada de formular la política nacional al respecto de la biodiversidad en línea del Convenio, tanto en los aspectos de conservación y uso sostenible como en los de acceso, transferencia tecnológica y reparto de beneficios. Una buena parte de los ojos de quienes se interesan por la capacidad del Convenio sobre la Biodiversidad y sus aspectos más positivos para modificar las situaciones vigentes, se encuentran pendientes del fuerte debate nacional costarricense de estos momentos. Cualquiera que sea su solución, sin duda el proyecto de Ley inspirará muchas otras propuestas para acometer legislativamente esta compleja cuestión.

 

La importancia del conocimiento indígena para la bioprospección es considerable. Para ello basta reflexionar sobre lo siguiente: mientras que actualmente la realización al azar de actividades de prospección sobre recursos biológicos potencialmente útiles para la industria farmacéutica ofrece una media de un producto de interés comercial por cada diez mil examinados, la proporción pasa a ser de uno por cada dos cuando se realiza sobre la base del apoyo en la información aportada por las culturas indígenas; éste es el balance reconocido por una de las compañías que utilizan estas estrategias[128].

 

Según esto: ¿de quién es el mérito, a quién deben corresponder derechos de propiedad y cómo debiera ser considerado un reparto justo y equitativo de los beneficios?.


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EL ARCA DE LOS ECOSISTEMAS

 

 

LA NOCIÓN DE  ECOSISTEMA

 

 

UNA DE OSTRAS EN KIEL

 

El origen de la biocenosis

 

El Waddenzee constituye una de las áreas intermareales más amplias del planeta. Extendiéndose desde los Países Bajos hasta las costas occidentales de Alemania, este mar litoral aparece delimitado por un largo rosario de islotes que trazan su frontera con el mar abierto. Se define así un amplio espacio en el que las mareas se toman el trabajo de liberar y ocultar alternativamente muchos kilómetros cuadrados de fangos. Los flujos de pleamares y bajamares mueven en este ambiente de escasa profundidad un volumen altísimo de partículas en suspensión, muchas de ellas de carácter orgánico, lo que determina una dinámica ecológica muy activa. Sales nitrogenadas y fosfatadas, junto a otras moléculas orgánicas, se sedimentan constantemente en los fondos marinos y costeros debido a la pérdida de la capacidad sustentadora de unas aguas que se remansan y pierden energía con ello. Cada litro de agua puede aportar más de 20 miligramos de materiales al crecimiento de los lodos. Naturalmente, este aporte orgánico y nutritivo dispara el crecimiento de un fitoplancton muy denso y, por consiguiente, de su zooplancton dependiente; ambos, a su vez, sirven de alimento a las comunidades bentónicas que se ocultan entre los arenales y fangos subacuáticos. 

En estas comunidades de los fondos (tan poco profundos que una importante proporción de ellos queda periódicamente al aire) destaca la presencia de los moluscos filtradores: son organismos particularmente hábiles en la tarea de atrapar y procesar las materias orgánicas y los seres vivos microscópicos que traen las aguas. Ya en 1966, J. Verwey calculó que los mejillones del Wadden holandés filtran, en un período tan corto como dos semanas, un volumen equivalente al de toda el agua de este mar litoral: unos 5 kilómetros cúbicos pasan en ese tiempo por entre los pelos filtradores de estos bivalvos. Con ello, los animalitos crean un total de biomasa propia al año ("carne de mejillón") de unos 20 millones de kilogramos.

Junto a los mejillones, muchas otras especies de bivalvos filtradores contribuyen a la tarea de tamizar e integrar en los ciclos nutritivos de estas comunidades los 360 millones de kilos de materia orgánica disponibles anualmente en este mar. Cálculos globales del número de individuos existentes cifran la población de mejillones en unos 110 mil millones y la de berberechos en unos 15 mil millones[129]. Naturalmente puede sospecharse el atractivo de estas zonas para numerosas otras especies (incluyendo al hombre) que ven en estos organismos una fuente de alimento aprovechable.

El sistema litoral se extiende, como hemos dicho, hasta las costas del norte de Alemania, en el Estado de Schleswig-Holstein, cuya capital ostenta Kiel, "la ciudad del viento".  Kiel ha sido tradicionalmente un centro de investigación marina y litoral de reconocido prestigio. Fue en su Universidad donde, en 1877, un biólogo llamado Karl Möbius propuso por primera vez un término que, por su utilidad conceptual, haría fortuna en el desarrollo de la ecología. Este término fue "biocenosis", que Möbius acuñó en el marco de un trabajo sobre la biología  y las aplicaciones económicas de las ostras de esta zona, pues se trata de una importante fuente tradicional de ingresos para las localidades costeras. Unos años antes, en las vecinas costas francesas que se extienden entre Oleron y Rochefort (donde se daba una lucrativa actividad marisquera) se había producido una espectacular caída de los ingresos económicos derivados de las ostras, ligada a la reducción drástica de las capturas. El declive se debía a la sobreexplotación extractiva que sufrió esta zona tras la apertura de una línea de tren y la inmediata demanda de los mercados del interior. La cantidad de ostras que se extraían en la zona tras el declive de las poblaciones de estos invertebrados se redujo a un 3 por 100 del original, y ello en el transcurso de tan sólo una década a mediados del siglo pasado.

No es extraño que esta situación, vista desde la cercana Alemania y bajo la perspectiva del dicho "cuando las barbas del vecino veas pelar..." llevara a los científicos alemanes (y a quienes subvencionan sus estudios) a "remojarse las suyas", interesándose repentinamente por conocer mejor la dinámica poblacional y ecológica de los bivalvos y su respuesta frente a las presiones explotadoras de los humanos. Es en este contexto en el que Möbius desarrolló sus trabajos y los publicó en un texto donde se proponía utilizar el término biocenosis para definir una comunidad de seres vivos constituida por "una selección dada de especies e individuos que se influyen mutuamente y se mantienen de forma duradera en una zona delimitada".

En los textos posteriores de ecología, la biocenosis se convertiría en la fracción viva de un ecosistema, que era otro término novedoso en las ciencias biológicas. En esta ocasión fue el ecólogo inglés Arthur G. Tansley quien primero lo empleó, allá por 1935, en un artículo publicado en la revista Ecology. En realidad, la finalidad de este artículo era atacar con dureza las ideas que proponían por aquel tiempo algunos investigadores del campo de la llamada ecología vegetal, encabezados principalmente por John Phillips, un aventajado discípulo del ya famoso ecólogo vegetal norteamericano Frederics Clements, que pasa por ser el "padre" del concepto de sucesión ecológica.

Pero, volvamos a la idea de biocenosis de Möbius.

Si nos fijamos, podemos encontrar en ella algunos antecedentes de una parte de lo que ahora llamamos biodiversidad. Esta premonición es especialmente acertada si aplicamos el concepto a la variedad de formas de vida que coexisten en un ámbito geográfico o un lugar determinado: entonces prácticamente representan lo mismo.

Desde Möbius y sus estudios sobre las ostras, la noción de ecosistema se ha beneficiado mucho del éxito que tuvo la propuesta de utilizar un enfoque más global u holístico en la ecología. Esta aproximación, que tendrá mucho que ver con la noción de sistema que el biólogo Bertalanffy y otros irán construyendo y aplicando en los diferentes campos de las ciencias y técnicas desde la primera mitad del siglo XX, realmente determinará el uso y la concepción que muchos investigadores utilicen para desarrollar la ecología o comprender los ecosistemas. De este modo, aunque subsiste la original definición de biocenosis o comunidad biológica como la parte viva del sistema ecológico o ecosistema, el propio éxito posterior de la idea de ecosistema llevará a la necesidad de considerar global y conjuntamente el estudio de lo vivo y de su ambiente inerte; la biocenosis y el biotopo, se dirá en la jerga habitual de muchos textos, produciendo cierto desagrado en muchos ecosistemistas que no comparten tal "reduccionismo". Considerados como una única e indisoluble unidad funcional y dinámica, los ecosistemas serán definidos por aspectos globales, del tipo de su estructura, función o las interacciones existentes entre sus componentes. De este modo, el ecosistema se convertirá en el nivel más complejo que puede alcanzar en su aplicación la idea de biodiversidad. La variedad y diversidad de ecosistemas ("sistemas ecológicos en los que los organismos vivos interactúan entre sí y con los elementos del medio inerte") será, pues, la escala más alta de la biodiversidad, tras la diversidad genética y la de especies. La ingente cantidad de variantes que asumen los sistemas ecológicos formará parte de esa idea de biodiversidad que venimos tratando de desarrollar. De hecho, la variedad total de ecosistemas de la Tierra (cualquiera que sea el ámbito o escala concreta a la que apliquemos esa idea de ecosistema), o el mismo ecosistema Tierra (la noción de Gaia de Lovelock), con todas sus formas específicas de expresión local o regional, se convertirán, así, en el máximo exponente del término biodiversidad.

 


UNA DEFINICIÓN INDEFINIDA QUE EXIGE ACUERDOS

 

El ecosistema

 

Probablemente no haya término más profusamente usado en la ecología y las ciencias ambientales que el de ecosistema. Proveniente de la unión de las dos palabras de "sistema ecológico", el ecosistema es realmente un concepto cómodo y aplicable a casi cualquier fracción de la naturaleza que nos convenga. Es verdad que podríamos encontrar numerosas definiciones para este término tan adaptable, pero ninguna resulta ser completamente del gusto de todos. Hay desde definiciones tan extensas como, tal vez, poco esclarecedoras, hasta la simplicidad útil del ecólogo español Ramón Margalef, quien usa el concepto, sin terminar de definirlo, para dar sentido epistemológico a la ciencia ecológica: "la ecología es la biología de los ecosistemas" dirá -y no es el único- en su voluminosa "Ecología"[130]. Más adelante, en la misma obra, aclara: "ecosistema y comunidad son términos que no presuponen ninguna dimensión o nivel de estructura y se pueden aplicar indistintamente a cualquiera de ellos". Tras nuestro inicial alborozo por alcanzar la cima de la idea de biodiversidad con el uso del ecosistema, ahora tal vez nos resulte un jarro de agua fría comprobar que es difícil precisar qué se quiere decir exactamente cuando se habla de "diversidad de ecosistemas", pero ya casi estamos acostumbrados después de ver los casos correspondientes a las especies y a los genes.

 

Recientemente, en las páginas del Boletín de la Sociedad de Ecología de América[131], Roger D. Blew, de la Fundación para la Investigación y la Ciencia Ambiental, ofrecía sus reflexiones "sobre la definición de ecosistema". En ellas, Blew recoge las tres principales aproximaciones a la noción de ecología como ciencia de los ecosistemas. En la primera, el centro del interés biológico reside en algún organismo focal que sirve de elemento identificador del ecosistema. En la segunda, el ecosistema es presentado como la sede de una serie de procesos, fundamentalmente definidos por el flujo de materiales y de energía, en los que los organismos actúan como vectores o vehículos de éstos. Finalmente, la tercera aproximación contempla al ecosistema como el lugar geográfico que reúne áreas de similar topografía, clima y biota. Veremos cómo la historia de la ecología y de los términos que la integran explica la existencia de esas múltiples versiones y visiones de los sistemas ecológicos y de la propia ciencia.

No obstante, hay mucho de intuitivo en la idea de variedad o diversidad de ecosistemas. Es fácil entender que hay más "variedad de ecosistemas" en la ladera de una montaña suficientemente alta que en una monótona zona llana cercana. Realmente, podríamos definir los tipos de ecosistemas que queramos en cualquiera de estos dos territorios u otros, pues al no existir ni un nivel de estructura ni una regla precisa para definir el ecosistema, como señalaba Margalef, es nuestra la decisión; aunque no lo razonable que le pueda parecer a otros.


De cualquier modo, resulta más evidente definir distintos tipos de sistemas ecológicos (de niveles comparables) en la ladera que en el llano. Por eso, acordando un nivel de complejidad estructural determinado y una estructura interna aceptablemente homogénea, alcanzaremos rápidos acuerdos en la delimitación de los ecosistemas, lo que nos permitirá establecer comparaciones y medidas de diversidad y variedad. Si el nivel elegido para las formaciones fisiognómicas o funcionales se corresponde con una escala del tipo de los bosques, por ejemplo, entonces, en nuestro caso de la montaña y el llano podremos comprobar nuestra intuición de que una es más diversa ecológicamente que el otro. Tal vez averigüemos las causas de ello (climáticas, edáficas, topográficas, ...) o no; pero, al menos, habremos avanzado hacia la posibilidad de establecer comparaciones. Esto es lo que pretendemos al utilizar la idea de diversidad de ecosistemas como componente de la biodiversidad.

 

Hay formas y clasificaciones útiles sobre las que asentar los acuerdos posibles acerca del nivel de las estructuras o dimensiones de los ecosistemas, de manera que podamos llegar a la "comparación" o "medición" de las diversidades de ecosistemas entre unos u otros territorios. Sin embargo, no todos los ecólogos están de acuerdo en cuál es la más apropiada. Probablemente, los más estrictos rechazarán la mayoría de estas clasificaciones, que se basan generalmente más en aspectos gerealmente fisiognómicos -o más perceptibles- del ecosistema; pero todo dependerá de si nos movemos en un terreno teórico, de difícil acuerdo, o en uno más práctico y aplicado, en el que el acuerdo es necesario y, por tanto, casi obligado.

Para el ecólogo Fernando González Bernáldez[132], el "fenosistema" es "el conjunto de componentes perceptibles en forma de panorama, escena o paisaje" de un ecosistema, mientras que lo que llamaba el "criptosistema" sería lo oculto, lo de más difícil observación y que subyace al anterior. En este sentido, la mayor parte de las clasificaciones útiles de los ecosistemas se basan en esa faceta del paisaje más fácilmente perceptible (el "fenosistema"), pero su validez descansará en que sean capaces de manifestar o indicar las características fundamentales que forman parte de la "zona oscura" o "criptosistema". Realmente puede advertirse un estrecho paralelismo entre estas propuestas de Bernáldez y las nociones genéticas de "fenotipo" y "genotipo". Este paralelismo asemejaría la tarea de genetistas y ecólogos, pues ambos tratan de desentrañar lo oculto y fundamental a partir de lo externo y evidente; tarea común, de todas formas, a la de cualquier detective e investigador.

No obtendremos de esta tarea, como señala Margalef, verdaderas clasificaciones estructurales o funcionales, pero nos podrán resultar suficientemente satisfactorias, al menos para el nivel de descripción comprensiva que es básico en la interpretación de la naturaleza.

 


HISTORIAS Y SECUELAS DE LOS TÉRMINOS EN ECOLOGÍA

 

Más términos ecológicos

 

La Ecología como ciencia ha sido considerada heredera de muchas otras formas científicas precedentes que han tratado de comprender las relaciones entre los organismos, así como la función que éstos cumplen en la naturaleza. Alguien ha dicho que la ecología es lo que queda cuando todo lo importante ya ha sido estudiado (lo que no deja de ser algo exagerado y demasiado modesto); sin embargo, la mayoría ha querido ver en la ecología más bien un compendio de disciplinas o una ciencia sintética. Margalef ha defendido la idea (que muchos comparten) de que la ecología es más un asunto transdisciplinar que interdisciplinar.

Jean Paul Deléage, profesor de Historia de la Ciencia en una de las universidades parisinas, inició en 1991 su popular "Historia de la Ecología" con un capítulo significativamente titulado "La más humana de las Ciencias Naturales". Pero, para alcanzar esa calificación, la ecología ha necesitado de esa formulación imprescindible del paradigma biológico que es la Teoría de la Evolución (el genetista Dobzhansky solía decir que "nada tiene sentido en la biología si no es a la luz de la evolución") y a partir de ella ha ido construyendo su campo de integración y transgresión.

Si las raíces de la ecología cabe buscarlas entre las aportaciones del naturalista, geógrafo y viajero Alexander von Humboldt, el término definitivo por la que hoy se conoce fue realmente acuñado por Ernst Haeckel[133], un relevante discípulo de Darwin. Muchas de las definiciones aún utilizadas que se corresponden con la primera de las aproximaciones al ecosistema de que nos hablaba Roger Blew antes, nacen de la propuesta original de Haeckel, quien propuso: "Por ecología entendemos la totalidad de la ciencia de las relaciones del organismo con el medio". Esta primera acepción, que supuso el nacimiento del término, ha quedado relegada para muchos a una especie de "protoecología" que también se conoce como "autoecología", un objetivo alejado de la visión más global y sistémica que representaría la verdadera ecología (para algunos, "sinecología").

 

Si, estudiando las ostras de Kiel, Möbius propuso el término biocenosis (que nos parecía próximo al de "comunidad de seres vivos"), otro término fructífero en ecología será el de "biosfera". Eduard Suess, el famoso profesor de geología de la Universidad de Viena, fue quien primero lo utilizó en su obra de mayor repercusión, titulada "La faz de la Tierra"; aunque sería el minerólogo y geofísico ruso Vladimir Ivanovich Vernadsky quien aportaría a esta palabra su sentido más actual. Pero, de todos los términos que jalonan -y complican- la historia de la ecología, el de mayor trascendencia, junto al de "ecología", es, sin duda, el de "ecosistema": una feliz invención de Arthur G. Tansley, aquel investigador preocupado por rebatir las ideas sobre ecología vegetal que proponían Frederic Clements en Nebraska y Henry Charles Cowles en Chicago. En esas primeras décadas del nuevo siglo XX es cuando las escuelas de botánicos norteamericanos, presididos por la transcendental obra de Clements, se hacen con las riendas en la orientación de la nueva ciencia ecológica, a través del lanzamiento de nuevos conceptos como biomas, sucesión, clímax,..  Tansley, incómodo con estos aires, dirige en 1935 una fuerte diatriba contra el organicismo imperante en las tesis de los de Chicago y Nebraska. Su artículo se verá publicado en la prestigiosa revista "Ecology", que en ese año sacaba ya su número 16 (en 1996, la revista, que no ha dejado de publicarse por la Sociedad Ecológica de América, va por su número 77). El título no deja lugar a dudas respecto a su ánimo beligerante: “El uso y el abuso de los conceptos y términos relativos a la vegetación" se denominará, nada menos. En él, Tansley propondrá usar el término "ecosistema" para englobar "las unidades de base de la naturaleza en la superficie de la Tierra". Nace así una nueva palabra para englobar un concepto que incluye tanto lo vivo como lo inanimado, y enfocar hacia su estudio los esfuerzos de la ecología. La idea alcanzará tanta importancia como para convertirse en el objeto central de la moderna ecología, suplantando aquella primera acepción de Haeckel que ya vimos. Así llegamos a la ecología como "ciencia de los ecosistemas".

Ramón Margalef, en una obra de título significativo[134], aporta dos razones para explicar el éxito que tuvo el término de Tansley: la primera es que "liberó a los ecólogos de su antigua obsesión por las unidades (biomas, biocenosis, asociaciones, comunidades, etc.) al mostrar que tales unidades podían ser útiles, pero eran innecesarias"; la segunda será que "proporciona un enlace con la teoría de sistemas".  Sin embargo, hay que reconocer que el sentido inicial dado por Tansley a su "ecosistema" es más modesto que el que luego se impondrá, pues en la evolución de la idea moderna de ecosistema participarán numerosos ecólogos. Pascal Acot, autor de otra sugerente "Historia de la Ecología", señala a Raymond Lindeman (un relevante limnólogo que fallecería antes de cumplir los treinta años) como el "padre" intelectual de la más moderna noción de ecosistema, en una historia tan reciente como intensa.

 


DEL CIRCULO AL SISTEMA

 

La aparición científica del estudio de los sistemas

 

Mientras Tansley arremetía con fuerza contra el organicismo de los biomas, en Viena un joven profesor de biología llamado Ludwig von Bertalanffy sentaba las primeras bases para la formulación de lo que se llamaría la Teoría General de Sistemas. Aunque el libro definitivo de Bertalanffy no verá la luz hasta 1968, su trabajo influirá en numerosos investigadores desde mucho antes. Su propuesta se inscribirá entonces en el eje de una serie de tendencias que cabe calificar de revolucionarias en el seno de la Ciencia. No en balde, el fundador de la "sistémica" se sentirá identificado con la forma de entender la evolución de las teorías científicas que Thomas S. Kuhn propuso en 1962 en su libro "La estructura de las revoluciones científicas". El estructuralismo, mientras tanto, había ido creando la masa intelectual necesaria para centrar el punto de vista en la globalidad del armazón que tiene todo objeto de estudio, y en las relaciones entre las diferentes partes de ese armazón. Bertalanffy dio un paso más y propuso una visión sistémica para la ciencia, en la que lo que importa es la propia interacción por encima de las partes que interactúan. Se abre así el camino para la exploración de la "complejidad organizada" y de todo un abanico de nuevos campos científicos y técnicos.

 

Viena bien puede considerarse la cuna de esa nueva forma de ver las cosas complejas desde la perspectiva del conjunto. La idea central radica en que no es imprescindible desmenuzar todo objeto de estudio para comprenderlo, como parece preconizar la ciencia reduccionista, dominante desde el "Discurso del Método" de Descartes. De hecho, ese enfoque clásico puede llegar a hacer perder la esencia de las cosas, opinan los "sistémicos", impidiendo una interpretación general correcta.

La noción de la "Gestalt" (lo que significa algo así como la "estructura", pero en un sentido menos material que esencial) irá cobrando fuerza en varios campos del conocimiento durante la época de entreguerras, haciendo especial fortuna en el de la psicología. En esa época, desde una Viena pletórica, asentada en el corazón de la vieja Europa Central, se empezaba a vislumbrar una nueva estrategia para el acercamiento a los problemas (que ya se adivinaban demasiado complejos).

¿Qué ocurría en la Viena de los años previos a la II Guerra Mundial?

 

La producción filosófica vienesa durante el período de entreguerras ha pasado a la historia del pensamiento principalmente bajo el nombre del Círculo de Viena. Un grupo de pensadores, primero agrupados bajo la égida de Moritz Schlick, recién llegado a la universidad de la ciudad austriaca en 1922, y luego dirigidos por Rudolf Carnap, quiso dar forma filosófica a la "concepción científica del mundo" que el siglo parecía haber traído. Nacía lo que se llamó el neopositivismo, positivismo o empirismo lógico. El grupo se amparaba realmente bajo el nombre de "Sociedad Ernst Mach", tomando el nombre de este ilustre científico y filósofo austriaco que había fallecido en 1916 en Baviera y del que tomaron muchas de las ideas precursoras del cientifismo del Círculo. A Ernst Mach, además, se le reconoce una gran influencia en la evolución antimecanicista que guio el pensamiento de Einstein, la misma que le llevó a su ruptura conceptual en pos de la teoría de la relatividad. La Sociedad Ernst Mach redactó y se identificó ante el mundo con el "Manifiesto del Círculo de Viena de la concepción científica del mundo", iniciando una corta fase de gran influencia filosófica y científica que duró hasta los años inmediatos al estallido de la Segunda Guerra Mundial. La preocupación de aquellos pensadores, por construir una versión conceptual precisa de los nuevos derroteros por los que la ciencia transitaba desde la formulación de la teoría de la relatividad y la física cuántica, contribuyó a un importante reforzamiento de la moderna filosofía de la ciencia frente a las concepciones positivistas anteriores, aún ligadas al inductivismo nacido de la mecánica como "paradigma" de la construcción científica.

Sin embargo, la evolución política de aquellos años no era favorable para las aventuras del pensamiento y el debate racional. Una de las terribles consecuencias del encontronazo brutal entre la construcción del conocimiento de unos y el fanatismo ideológico de otros la encontramos en el asesinato ocurrido en 1936 en las escaleras de la universidad (en las garras del odio de un estudiante nazi) del que fuera impulsor del Círculo de Viena, el filósofo Moritz Schlick. Lo que nació en las décadas de los diez y los veinte al amparo de los amables cafés de Viena, con las tertulias del matemático Hans Hahn, el sociólogo Otto Neurath y el físico Philip Frank (quien, en 1912, había sucedido a Einstein en la cátedra de la Universidad de Praga) fue objeto del odio fanático de las ideologías de la muerte que se extendían ensangrentando Europa y que ya en España habían acuñado aquel alarido inhumano de "muera la inteligencia" que tuvo que oír en Salamanca nuestro Unamuno.

 

En el ambiente anterior a ese odio, preocupado por dar una forma lógica a la nueva manera de ver las cosas e impregnado de la influencia de la ciencia (y fundamentalmente de la física), el biólogo Bertalanffy reconoce que heredó su primera formación filosófica. Sin embargo, pronto se vio demasiado influido por otras tendencias, entre las que él incluye el misticismo alemán, el relativismo histórico de Spengler y la historia del arte, "aunado a otras actividades no ortodoxas", ... lo que "le impidió llegar a ser un buen positivista" dirá, con humor, años más tarde[135]. No es extraño que por esa línea se alejara pronto del neopositivismo del Círculo de Viena.

Es curioso constatar que también por aquellos años (en 1924) nacía en Viena un tal Paul K. Feyerabend, el mismo que, muchos años después, daría nacimiento a lo que se ha llamado el "anarquismo metodológico", situado casi en las antípodas filosóficas de los planteamientos del Círculo de Viena. Aunque (como Imre Lakatos) es, de algún modo, uno de los "hijos descarriados" de Karl Popper -quien, por cierto, asistía también en aquellos años de entreguerras (aunque sin pertenecer) a las reuniones del Círculo de Viena-, Feyerabend queda en la proximidad relativa (pero mucho más allá) del pensamiento de  Thomas Kuhn, el historiador de la ciencia que revolucionaría la visión de su construcción frente a las tesis del neopositivismo o empirismo lógico de los de Viena y las del posterior falsacionismo o falsabilismo de Popper.


Paralelamente, en Suiza, Jean Piaget, que había iniciado sus estudios de biología, emprendía la tarea de intentar comprender los principios que guían la construcción mental y las estructuras del saber. Objetivos que le conducirían a crear en Ginebra, durante 1955, el Centro Internacional de Epistemología Genética. La Gestalt, como teoría de la percepción global, y los inicios de las ideas de Piaget sobre la psicología y la epistemología genética estarían entre los enfoques que Thomas S. Kuhn analizaría en la Universidad de Harvard para proponer  el concepto de "paradigma” como "realizaciones científicas universalmente reconocidas que, durante cierto tiempo, proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica". Más tarde, en la postdata añadida al libro en su edición de 1969, Kuhn analiza algunos de los varios sentidos de este complejo término e indica que "un paradigma es lo que los miembros de una comunidad científica comparten". Así, la historia de una ciencia puede dividirse en períodos de "ciencia normal", durante los que la aplicación de un paradigma produce el desarrollo científico dominante; y períodos de "revolución científica", generados a partir de la emergencia de un nuevo paradigma tras un proceso de crisis.

No es extraño ni casual que Bertalanffy sienta una particular predilección por las ideas de Thomas Kuhn, a quien dedica una adecuada referencia en la introducción a su obra más conocida, la "Teoría General de los Sistemas", construida a partir de textos suyos anteriores. También se hará eco de la coherencia (que sería reconocida por el mismo Piaget) entre las concepciones subyacentes a la epistemología genética y la teoría general de sistemas.

 

El largo proceso iniciado en los años veinte y treinta, desembocará con los sesenta en la formulación de la teoría general de sistemas. El mismo Bertalanffy aboga por un proceder propio de su teoría general de sistemas, que resultaría en una epistemología de sistemas muy diferente de las otras metodologías y formas de encarar la construcción del conocimiento, de forma que escribirá (recordando sus orígenes intelectuales cercanos al pensamiento del Círculo de Viena):

 

"de lo anterior se desprende cuánto difiere de la epistemología del positivismo o empirismo lógico, con todo y que comparta su actitud científica[136]".

 

El desarrollo de lo que se ha llamado la sistémica o el enfoque sistémico ha sido rápido y fructífero en algunos campos, aunque no ausente de importantes críticas; de hecho, la teoría general de sistemas alimenta o se alimenta de muchas otras propuestas conocidas: la cibernética de Norbert Wiener (1948), la teoría de la información de Shannon y Weaver (1949) o la teoría de juegos de von Neumann y Morgenstern (1947), por ejemplo. Son, pues, los años inmediatos a la Segunda Guerra Mundial los que conocerán las aportaciones sectoriales del enfoque global; los mismos que convergerán en los sesenta en el desarrollo de la sistémica. Más adelante, las ciencias de la complejidad buscarán su desarrollo desde aquellas propuestas: se añadirán a la lista la teoría de las catástrofes del matemático francés René Thom, la teoría del caos, con David Ruelle; la geometría de los fractales de Benoît Mandelbrot, los trabajos de Ilya Prigogine con estructuras disipativas y sistemas termodinámicos alejados del equilibrio,...Y, en el horizonte de algunos centros (como el Instituto de Santa Fé de Nuevo Méjico) se perseguirá la idea de alcanzar, con el cambio de milenio, una teoría unificada de los sistemas complejos[137].

 


SISTEMAS EN ECOLOGÍA IGUAL A ECOSISTEMAS

 

Volviendo al ecosistema

 

Ya desde la propia terminología, los ecosistemas son sistemas ecológicos; participan, por tanto, de la teoría de sistemas. Más aún, utilizando las nuevas definiciones impulsadas por los estudiosos de la complejidad, se trataría de un excelente ejemplo de "sistemas complejos adaptativos".

Como ya vimos, Ramón Margalef indica entre los presuntos éxitos del término "ecosistema" el de servir de enlace con la teoría de sistemas; sin embargo, a continuación, el prestigioso ecólogo español matiza, algo zumbón: "Queda en pie, desde luego, el grado en que merece ser tomada en serio la teoría de sistemas, lo mismo que la cibernética: si ambas han proporcionado intuiciones y análisis nuevos, o si simplemente no han hecho más que llamar la atención hacia lo obvio"[138] Es evidente el escepticismo con que Margalef trata en ésta y otras ocasiones la utilidad de la teoría general de sistemas; ya en otro libro anterior[139], señalaría: "Existe una teoría de los sistemas generales, aunque es oportuno preguntarse en qué medida ha contribuido al progreso científico, si lo ha hecho realmente".

 

De cualquier modo, no es fácil contradecir que el ecosistema, como objeto de estudio de la ecología, participa plenamente de la idea de sistema, se considere o no útil la aportación concreta de la teoría general de sistemas al desarrollo de la ecología. En ese sentido, la visión sistémica, entendida como un enfoque que atiende antes al campo de las interacciones entre los elementos que a los mismos elementos constitutivos, constituye una parte sustancial del estudio científico de la ecología.  De hecho, la sistémica o el método sistémico es, en palabras de uno de sus más reconocidos impulsores en España, "una adecuada coordinación de análisis y síntesis del sistema objeto de estudio[140]". Un método, pues, que pretende rescatar lo bueno del holismo y lo bueno del reduccionismo, aportando con ello un nuevo enfoque al estudio de las entidades complejas.

 


HÁBITAT VERSUS ECOSISTEMAS

 

La pugna terminológica en la Unión Europea.

 

Varios años le costó a la Unión Europea aprobar una Directiva[141] donde abordara el tema de la conservación no ya de un grupo de organismos concretos (ya existía la Directiva de conservación de las aves silvestres desde 1979) o de un tipo de espacios naturales específico (bosques, humedales...), sino desde la más amplia perspectiva de los medios y sistemas ecológicos de los que depende la viabilidad de la flora y fauna europea silvestres. El 21 de mayo de 1992 (unos días antes de la celebración de la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro), el Consejo de las Comunidades Europeas aprobó por fin la "Directiva 92/43/CEE relativa a la conservación de los hábitat naturales y de la fauna y flora silvestres", tras un largo proceso de discusiones internas. Para algunos ecólogos se perdía la ocasión de haber utilizado el más adecuado nombre y concepto de ecosistemas frente al de hábitat, si es que la orientación que se quería dar era verdaderamente la de conservar los sistemas de relaciones ecológicas que sustentan la diversidad de las especies silvestres y la configuración de los paisajes naturales. No obstante, se optó por utilizar un término relativo que exige concretar de qué especie o comunidad se habla; porque, para la mayoría de los ecólogos, el uso del término "hábitat" requiere aclarar la identidad del definidor del hábitat, ya que por ese concepto se entiende el lugar, espacio o territorio en que habita algún determinado organismo, especie, población o comunidad.

Naturalmente, el hábitat de una especie se corresponderá con el ecosistema, una parte del mismo o, incluso, los diversos ecosistemas en los que aquélla vive: el hábitat del Águila Imperial Ibérica está constituido por los encinares mediterráneos; sin duda, ecosistemas. Podría parecer que es lo mismo, pero no lo es, pues mientras podemos hablar del ecosistema de los encinares mediterráneos, en el caso del hábitat debemos hablar del hábitat del águila imperial. Lo mismo, pero distinto.

La Directiva realmente usa el término hábitat con dos sentidos: como hábitat y como sinónimo de ecosistema. Por eso, resulta adecuado su uso cuando se refiere a los lugares seleccionados (que han de formar parte de la futura Red Natura 2.000: una red europea de espacios protegidos de interés comunitario), por ser los espacios donde habitan una serie de especies que aparecen listadas por su particular relevancia en el contexto europeo (se recogen  en el anexo II de la propia Directiva, incluyendo tanto especies vegetales como animales), pero resulta inadecuado cuando se aplica a lugares definidos por sí mismos, en cuyo caso habría sido más correcto usar el término y el concepto "ecosistemas" (hay hábitats, en este sentido, listados en el anexo I: "hábitats naturales de interés comunitario"). De hecho, la propia definición que asume la Directiva para hábitat no es la habitualmente utilizada por los ecólogos. Dice así: "zonas terrestres o acuáticas diferenciadas por sus características geográficas, abióticas y bióticas, tanto si son enteramente naturales como seminaturales". Con esa idea, más de un ecólogo se dirá: ¡Ah, sí, quiere decir ecosistemas!

La explicación a este pequeño equívoco viene por el punto de partida que utiliza la Directiva (las cosas nunca vienen solas): el llamado programa CORINE, adoptado por una "Decisión" del Consejo de la Comunidad Europea, en 1985. Este programa, que contiene a su vez el proyecto BIOTOPOS CORINE, busca inventariar los "lugares naturales" europeos a partir de la definición de éstos como hábitats, aunque (para colmo) utiliza el término "biotopo", que quiere decir lugar topográfico y que en ecología siempre fue indicativo de la parte no biótica (no viva) del ecosistema, es decir, la "contraparte" de la biocenosis.

En último término, el problema radica en que se adoptó la tipología de los fitosociólogos[142] para determinar los "biotopos-biocenosis-hábitat-ecosistemas" (como se quiera decir finalmente) europeos, lo que, además de la irritación de algunos ecólogos poco propensos a aceptar esta línea como delimitadora de sistemas ecológicos, hace que se hayan ido introduciendo numerosos deslices terminológicos que han desembocado en la actual confusión.  En cualquier caso, para lo que nos importa en el fondo (que no es otra cosa que la conservación de la maltrecha naturaleza europea), la cuestión está en si la metodología utilizada para la selección de los lugares permitirá delimitar éstos adecuadamente para luego poder aplicarles una gestión acorde con los fines de conservación de los sistemas ecológicos, sus procesos y su biodiversidad.

 


EXPERIENCIAS Y DEBATES EN DOÑANA

 

Diversidad de hábitat en España y de ecosistemas en Doñana

 

Podemos utilizar el sistema de categorización o tipificación de "hábitat" de la Directiva de la U.E., con todas sus pegas, para ver cómo es factible establecer comparaciones cuantificables sobre la diversidad de ecosistemas/hábitats. Este ejercicio nos permitirá, de paso, comprobar el alto valor que la biodiversidad española (en cualquiera de sus niveles) representa en el contexto europeo occidental.

Como parte del proceso de aplicación de la Directiva, tuvo lugar en Sanlúcar de Barrameda, a finales de 1993, un Seminario Técnico organizado por la Administración Española y la Comunitaria con asistencia de técnicos de todos los Estados de la Comunidad Europea. A orillas del Guadalquivir y frente a lo que el escritor José Manuel Caballero Bonald llamará en su libro "Campo de Agramante" la "extensión proteica de Doñana", se pretendía poner en común la situación de los trabajos de identificación de las áreas a proteger en cada uno de los (entonces) 12 Estados del Tratado. Independientemente de la conclusión final del proceso, los datos aportados en el seminario nos ofrecen la posibilidad de comparar estimadores de la diversidad de ecosistemas en unos y otros países sobre la base de una misma tipología (independientemente del grado de acuerdo con ella). Veamos:

La Directiva comunitaria (a partir del mencionado inventario CORINE) identifica 220 tipos principales de "hábitats" europeos, de los que entresaca 63, que considera de valor prioritario en cuanto a su conservación. Según los datos aportados, España acoge un 60 por 100 del listado total (es decir, 130 hábitats presentes en su territorio) y un 68 por 100 de los establecidos como prioritarios (30). Estos porcentajes permiten aproximarnos de forma  cuantitativa al grado de importancia, relevancia o representatividad que la biodiversidad de ecosistemas españoles tiene en el contexto de la Europa comunitaria. Aún más, podemos continuar nuestras comparaciones y comprobar el grado de representatividad de otros Estados. Así encontramos que el Reino Unido cuenta con un 33 por 100 de los hábitats totales y un 30 por 100 de los prioritarios o que Dinamarca posee tan sólo un 25 por 100 de los totales y un 21 por 100 de los considerados prioritarios. Estas cifras no son absolutas, pero sí indican una mayor diversidad de tipos de hábitats (con alguna relación, sin duda, con la diversidad de ecosistemas) en España que en Gran Bretaña o Dinamarca. Podemos confirmar con datos que España es un territorio más diverso en ecosistemas que los otros países mencionados.

De todas formas, la relatividad y precaución no deben ser abandonadas, pues muchas características de la forma de establecer las clasificaciones sobre las que se asienta la comparación, tendrán efectos determinantes en ésta. Así, por ejemplo, se ha criticado por parte de algunos biólogos españoles el desigual grado de finura de unos u otros tipos de "hábitats" definidos por CORINE. En este caso, los resultados de la comparación anterior entre la biodiversidad española y la de otros países europeos se verían reforzados, puesto que al inventario se le achaca un mayor detalle en la identificación de los hábitats más frecuentes en las regiones septentrionales de Europa que en los mediterráneos. Así, por ejemplo, distingue  16 tipos de dunas marítimas propias de las costas atlánticas del Mar del Norte y del Báltico, mientras que tan sólo hay 8 tipos diferentes de bosques esclerófilos mediterráneos. El grado de heterogeneidad en los criterios para el establecimiento de estas clases hace que, incluso dentro de una misma metodología de clasificación (la fitosociológica, en este caso) podamos seguir encontrando cierta disparidad de criterios.

Por eso es fundamental conocer cuál es el criterio que se ha adoptado en una clasificación de sistemas ecológicos, si queremos obtener de ella una determinada valoración o evaluación de la diversidad de ecosistemas. De otro modo, la utilidad real de este tipo de apreciaciones será escasa. Así, por ejemplo, cuando el programa MAB de la UNESCO determina la existencia de "20 tipos de ecosistemas terrestres y 8 acuáticos" en la Reserva de la Biosfera de Doñana, está utilizando un criterio de tipificación  concreto que sólo permitirá la comparación o la evaluación absoluta si lo conocemos y lo tenemos en cuenta; porque, para el mismo caso, aproximadamente, el "Mapa Ecológico de la Reserva Biológica de Doñana" que elaboraron C. Allier, Fernando González Bernáldez y Luis Ramírez Díaz en 1974, distingue tres grandes (!) tipos de ecosistemas, aunque tan sólo de uno de ellos (la marisma), puedan diferenciarse (usando métodos fitosociológicos) 4 subtipos con, al menos, 12 grupos basados en la aplicación de criterios de asociación vegetal. Sin embargo, si hubiéramos aplicado métodos ecológico-matemáticos de clasificación multifactorial sobre los inventarios de parcelas (usando también sólo la vegetación), podríamos haber diferenciado 5 zonas (subsistemas) con características ecológicas diferentes, según la estructura y variación de su vegetación.

En resumen, dependiendo de la escala, del método y de los criterios utilizados, los resultados finales variarán de forma considerable.

 


UN TIPO DE CRITERIOS IMPLICA UN TIPO DE GESTIÓN

 

Formas de ver la gestión en la conservación de la naturaleza

 

En todo el mundo, la superficie protegida, al menos sobre el papel de una declaración formal, ronda el 6 por 100. Esta cifra es hoy apenas superada en España; aunque todavía a mediados de 1994, los 465 espacios españoles protegidos entonces representaban sólo el 5,75 por 100 de todo el territorio, según datos recopilados por la Sección Española de la Federación de Parques Naturales y Nacionales de Europa[143]). Estas cifras, tanto a nivel mundial, como en España, resultan claramente insuficientes: en el primer caso, ya el propio Congreso Mundial de Parques, celebrado en Caracas en 1992, a través de su Plan de Acción, se fijaba como objetivo llegar al 10 por 100 de la superficie mundial protegida. En España, por otra parte, se espera que la aplicación de la Directiva "Hábitats" de la Unión Europea lleve a elevar la actual superficie protegida a no menos de un 15 por 100 del territorio, incorporado a la Red Natura 2000. Incluso, la asociación ADENA-WWF España, en un pionero análisis previo había ofrecido una cifra superior: alrededor de un 20 a 25 por 100.

 

De todas maneras, y contando con que la protección de espacios naturales debiera ser tan sólo una de las muchas medidas a adoptar -y nunca la única- en la conservación de la biodiversidad y la sostenibilidad ecológica del medio, el problema de la escasez de superficie declarada como protegida esconde detrás una situación aún menos satisfactoria: la ausencia de gestión en la mayor parte de los espacios declarados como protegidos. Humberto da Cruz, el ecologista que fuera por breve tiempo director del ICONA, ha estimado en apenas un 10 por 100 el número de los espacios "protegidos" que poseen los instrumentos básicos de planificación y gestión, denominados Planes de Uso y Gestión, bien en uso, bien en una fase de elaboración avanzada[144].

 

Aún en estos pocos casos en los que hay planificación y gestión, ésta recibe una buena dosis de críticas. De hecho, muchos ecólogos no creen que la línea dominante que ha marcado la pauta hasta hoy en la conservación y gestión de la naturaleza y los espacios protegidos de Europa y España sea la correcta, y abogan por instaurar una nueva visión de tipo "ecosistémico". Carlos Montes, de la Universidad Autónoma de Madrid, que ha trabajado especialmente en los ecosistemas de las aguas continentales, coordinando el más completo inventario realizado sobre los humedales españoles[145], es uno de los defensores de esta idea. Para él, las administraciones ambientales españolas han seguido hasta hoy, de forma aislada o complementaria, tres criterios[146] para la conservación y gestión de humedales naturales protegidos (y nada hace pensar que no sea extensible al resto de espacios naturales protegidos). Veámoslos.

 

El primero sería lo que denomina "criterio biologista". Parte del "protagonismo de las especies" y llevaría a un "modelo de gestión afectiva". El ejemplo tipo puede ser el caso de la protección de humedales orientado a la protección de los flamencos; se trata de una línea de conservación dirigida a la protección de una especie emblemática, ignorando los efectos ecológicos que se derivan sobre las lagunas en donde se concentran. La gestión en este tipo de casos sólo tiene ojos para la especie "talismán" (los flamencos, en el ejemplo), de forma que el medio llega a ser acondicionado para ella, si es preciso. En el extremo, se terminaría en un sistema de "gestión asistida", semejable, para Montes, a la que tiene lugar en los zoológicos o en los jardines botánicos.

 

El segundo sería el "criterio intuitivo", determinado por el "protagonismo de los gestores", y que conduciría a un modelo de "gestión protagonista". Montes lo ve especialmente utilizado en los llamados proyectos de restauración ecológica. El divorcio entre investigación y gestión en materia de conservación de la naturaleza agrava los males inherentes a este tipo de gestión. Un ejemplo de ello lo identifica el limnólogo de la Universidad Autónoma en el espinoso caso de lo que llama los intentos de "restauración paisajística" de Las Tablas de Daimiel. En esta antaño magnífica área de humedales se está utilizando, para recuperar la perdida imagen y paisaje del humedal, el bombeo de agua desde el acueducto Tajo-Segura (aunque con resultados irrelevantes para la magnitud del problema, por otra parte); pero, además, se hace en tiempo inadecuado en relación con las fluctuaciones naturales, aunque políticamente conveniente. Situaciones de este tipo también han caracterizado las relaciones entre gestión e investigación (muy ligada al CSIC, a través de la Estación Biológica, pero también desde las universidades) en el caso del Parque Nacional de Doñana.

 

            El tercero de los criterios sería el "político". Éste, amparado en el "protagonismo de la opinión pública", depararía un "modelo de gestión escaparate" para Carlos Montes. En este caso, la línea de actuación viene determinada por el interés político en dar satisfacción a lo que parezcan ser demandas del público, aun cuando éstas puedan llegar a ser inventadas o manipuladas desde el mismo sector político. De este criterio surge la excesiva proliferación de infraestructuras y construcciones destinadas al llamado uso público de los espacios protegidos, que, si bien son necesarias para satisfacer objetivos básicos de estos enclaves, pueden convertirse en abusivas y contrarias a otros objetivos aún más importantes si concentran todos los esfuerzos y tareas de la gestión. El Parque Nacional de Doñana puede representar un buen ejemplo de la aplicación de este criterio con la construcción desmedida de centros e instalaciones en su derredor e interior, incluso afectando a su propio patrimonio cultural (Marismillas, Vetalengua, ...).

Frente a estas líneas, algunos como Carlos Montes piden un cambio de orientación en la planificación, selección y gestión de espacios protegidos, encuadrable en lo que se ha empezado a denominar la "gestión ecosistémica". Esta idea parte de querer sustituir una actitud "afectiva" en la conservación por otra más "racional", algo que ya expuso Carlos Herrera (un investigador relevante, precisamente de la Estación Biológica de Doñana) en el marco de un Simposio sobre Invernada de Aves en la Península Ibérica organizado por la Sociedad Española de Ornitología[147]. La actitud "racional" sería, para Herrera, la de conservar sistemas funcionales completos, sobre la base de la integridad de sus relaciones biológicas y su grado de "naturalidad". Esta actitud es más ambiciosa que la "afectiva", porque, en el fondo, la engloba: "aspira a conservar los protagonistas de la obra mediante la preservación de su argumento", dirá el investigador del CSIC. Ese "argumento" no es otro que la compleja red de interacciones que conecta a las especies. Se avanzaría así hacia la consideración del ecosistema como el motivo de la conservación y a la ecología como la principal fuente de conocimiento para ello.

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LA DIVERSIDAD EN ECOLOGÍA

 

DIVERSIDAD EN ECOLOGÍA: OTRA COSA

 

Dos conceptos a menudo mezclados

 

Los ecólogos han venido utilizando el término "diversidad" o "diversidad ecológica" para referirse a una medida que les permita evaluar o medir dos cosas a la vez: la cantidad de especies que viven en un ecosistema, y la abundancia relativa de éstas. Por tanto, se trata de un concepto distinto, aunque relacionado con el de diversidad biológica o biodiversidad. Vamos a verlo.

El primer concepto que forma parte de la idea de la diversidad ecológica, el número de especies, se conoce técnicamente como "riqueza específica". Aunque a veces pueda ser utilizado para expresar el "todo" de la diversidad ecológica, realmente sólo expresa una parte de ella.

La segunda idea, representada por las frecuencias o proporciones entre el número de individuos de las especies presentes, se denomina "equitabilidad" o "uniformidad". Hace referencia a que las especies que coexisten en un ecosistema no mantienen, por lo general, el mismo número de individuos entre sí, ni un similar grado de "representatividad" en él. Suele haber unas pocas especies muy frecuentes, bastantes con un número medio de individuos y numerosas escasas o francamente raras. De todas formas, este modelo general depende considerablemente del tipo de ecosistema al que nos refiramos.

Este parámetro (la diversidad) es considerado por la ecología como un indicador importante de las características macroscópicas de los ecosistemas, ya que se le supone relacionado con el grado de evolución del sistema, al que también se ha denominado "estado sucesional". Por eso, los ecólogos tratan de medirlo utilizando fórmulas matemáticas complejas en forma de índices que buscan medir a la vez ambos componentes: el número total de especies y las frecuencias o abundancias relativas de cada una. El grado en el que los diferentes índices propuestos valoran o dan pesos distintos a uno u otro de ambos componentes de la diversidad ecológica, los diferencian entre sí. Anne E. Magurran, de la Universidad de Gales del Norte y autora de un tratado sobre la medición de la diversidad ecológica[148], divide los índices propuestos en tres tipos: los que miden la riqueza de especies (es decir, el número de éstas); los que modelizan la abundancia de especies, describiendo la distribución de ésta; y los que miden la abundancia proporcional de las especies. Como puede imaginarse, la cantidad de índices propuestos para estimar la diversidad ecológica es muy alto. Desde Mac Arthur a Margalef (pasando por la aplicación de índices propuestos inicialmente con otros fines, como el que utilizaron Shannon y Weaver para la información, probablemente el más utilizado de todos), numerosos ecólogos se han visto tentados a proponer fórmulas para su medición, mientras una considerable cantidad de artículos publicados en revistas científicas tratan de evaluar y ponderar la eficacia, utilidad o adecuación de unos u otros. Toda esta cantidad de publicaciones sobre este tema puede servirnos para comprender la importancia que la ecología ha dado a este parámetro.

 


ECO-BITS

 

La información en ecología

 

Basándose en la semejanza existente entre la información contenida en los códigos cifrados o mensajes y la existente en los ecosistemas, en forma del número y frecuencia relativa de sus especies, C. E. Shannon y W. Weaver propusieron un índice de cálculo sencillo que mide la cantidad de información sobre la base conceptual aportada por la teoría de la comunicación[149]. La aplicación del índice de Shannon a los ecosistemas ofrece una estimación de la diversidad ecológica en bits. El bit, popularizado por la expansión de los ordenadores (no hay que confundir con el byte), viene de comprimir en una las palabras inglesas "binary digit": dígito binario. Como es sabido, un sistema binario consta sólo de dos dígitos, de forma que en él sólo podemos jugar, por ejemplo, con el 0 y el 1 (o el "si" y el "no"). Un interruptor simple "habla" en un lenguaje binario: abierto o cerrado; sí o no; 1 o 0. La menor unidad de información, por tanto, será un bit (un byte, sin embargo, es una combinación de interruptores, cuyo número hay que precisar; en informática se utilizan de ocho en ocho: son los "octetos"; de ahí que haya 28 símbolos en el código ASCII).

 

¿Cómo se aplica este índice de medida de la información a la diversidad de un ecosistema?

Para ello, se usa una fórmula relativamente sencilla:

 

                                         H' = -S pi log2 pi

 

en ella, pi representa la proporción de individuos de la especie i-ésima; por tanto, en una muestra, representa la proporción de individuos de una especie (la "i") sobre el total.

Aunque no vamos a seguir profundizando aquí sobre este tema, que se sale de los objetivos planteados, lo visto es suficiente para comprobar que el índice de Shannon-Weaver tiene la ventaja de una aplicación fácil, aunque lo complicado sea obtener los datos necesarios a partir de muestras adecuadas. Sin embargo, como nos advierte Margalef, el índice de Shannon, siendo, muy posiblemente, el más usado por los ecólogos, no tiene una fácil interpretación.

Veremos de una forma sencilla que, de todas formas, la diversidad ecológica tiene mucho que ver con la idea de información.

 


TRES TRISTES ECOSISTEMAS PARA UN JUEGO INSTRUCTIVO

 

Un ejemplo para comprender la idea de diversidad.

 

Propongo que inventemos un ecosistema cada día, durante tres días. Así, sin duda, obtendremos tres ecosistemas.

El primer día inventaremos un ecosistema con tan sólo dos especies (es lunes y no tenemos mucha imaginación ni ánimos para más). Además (para hacerlo más fácil), cada una de ellas tendrá el mismo número de ejemplares que la otra (nos da igual el número concreto).

El segundo día (ya con más ganas) crearemos un ecosistema de tres especies; pero como tampoco es cosa de cambiar todas las variables (es martes todavía) mantendremos el criterio anterior de un mismo número de individuos en todas ellas (sigue sin importarnos el número exacto).

El tercer día (por fin es miércoles) nos sentimos con fuerzas suficientes para cambiar la otra variable (la proporción de individuos entre especies); pero para no liarnos demasiado con la tarea, mantendremos la cifra de tres especies en nuestro nuevo ecosistema. ¿Qué proporciones entre ellas inventamos?  Una de las especies la haremos muy frecuente y las otras muy raras: por cada diez individuos totales, ocho lo serán de una especie y una de cada una de las otras dos.


Del cuarto al séptimo día podemos descansar de nuestra tarea creativa (es la ventaja de limitarnos a tres ecosistemas). No obstante, para no abandonarnos a la molicie más absoluta, nos preguntaremos ¿qué pasa con la diversidad, en cada caso?

 

Hagamos entrar en nuestros ecosistemas a tres infortunados ecólogos, uno en cada uno (no hemos de crearlos nosotros mismos, gastaríamos otros tres días y sólo nos hubiera quedado el domingo para pensar: podemos escogerlos de entre los muchos que hay en paro a pesar de que los problemas ecológicos no faltan). Como somos algo malévolos, pero ecuánimes (?), los someteremos a la misma prueba. Debemos partir de la condición de que cada uno de los individuos de cada una de las especies creadas tiene la misma probabilidad de ser visto que cualquier otro en todos y cada uno de los ecosistemas en que se hayan presentes. También debemos informar a cada ecólogo de las especies y el número de individuos de cada una que hay en su ecosistema. A continuación, les sometemos a la prueba:  les pedimos que nos digan cuál será la primera especie que se encontrarán caminando por su ecosistema al azar. Si aciertan, en premio (recordemos que estaban en paro) les daremos trabajo como ecólogos del ecosistema, pero si fallan les expulsamos de él. ¿Somos ecuánimes? ¿Cuántos contratados tendremos?

 

Es evidente que la información de que dispone cada ecólogo para procurarse el trabajo es distinta a la de sus colegas. Y esa información está relacionada con la diversidad del ecosistema que le ha tocado en suerte (o en mala suerte).

Si fuéramos ecólogos en paro y quisiéramos trabajar, desde luego nos gustaría estar en el último de los ecosistemas creados: sobre tres especies, con una proporción de 8:1:1 en el número de individuos de cada una, tan sólo a un estúpido se le ocurriría apostar por una especie que no fuera la primera. Nuestro nivel de posibilidades es aquí muy alto: un ochenta por ciento.

Si, de todas formas, no podemos elegir ese ecosistema, entre los dos restantes optaríamos por el que tiene sólo dos especies frente al que tiene tres. En el primer caso, tendríamos un cincuenta por ciento de posibilidades de acertar, mientras que en el segundo sólo habría un 33,3 por ciento. En ambos casos nos da igual por qué especie apostemos.

Dicho de otro modo, si pudiéramos elegir el ecosistema en el que entrar y apostar, lo haríamos por el menos diverso, porque en él hay menos información, de forma que nosotros tenemos más posibilidades de acertar. Cuanto más complejo y variado es un sistema, menos predicciones podemos hacer: la diversidad es un parámetro que tiene que ver con la información que alberga el sistema. Si hay mucha diversidad, habrá mucha información reunida y nos resultará difícil, en un juego de azar, acertar. Si hay poca información y diversidad, nuestras posibilidades aumentarán.

De nuevo, en otra forma: en un sistema poco diverso en alternativas, como el del lanzamiento de una moneda, el hacer predicciones azarosas (como el obtener una determinada cara) tiene un bajo nivel de incertidumbre (la mitad de las posibilidades, si la moneda no está trucada), mientras que en un sistema más complejo en variedades, como la baraja americana, las predicciones son más complejas y difíciles: obtener un póquer de tréboles en la primera mano es poco probable (si no hay jugadores con habilidades particulares o magos de la talla de Juan Tamariz en la mesa, en cuyo caso nada de lo anterior será válido). Es cierto que lo dicho refleja algunas características de un tipo de información concreta y que debe ser matizado desde la perspectiva de ciertos sistemas aparentemente muy sencillos, pero dotados de un alto grado de estocasticidad intrínseca. Por esa vía entraríamos en el apasionante campo de las teorías matemáticas del caos, pero nos saldríamos de nuestros objetivos.

Retornando a nuestra pequeña creación ecológica, podríamos también estar interesados en analizar en qué componentes de la diversidad ecológica se diferencian los tres tristes ecosistemas (estaremos de acuerdo en que ninguno de ellos es demasiado animado). Veremos que dos de ellos tienen una misma riqueza de especies (tres especies), que es superior a la del tercero (sólo dos). Sin embargo, dos de los ecosistemas son equivalentes en cuanto a su distribución de proporciones entre las especies (todas las especies tienen igual número de individuos), mientras que el tercero tiene una distribución muy escorada hacia una especie (que es muy abundante). El comportamiento diferente de los dos componentes hace que varíe la diversidad de cada uno.

Si hubiéramos usado la fórmula de Shannon, obtendríamos los siguientes valores: para el ecosistema del lunes (dos especies equiprobables) el valor es 1. El del martes (tres especies equiprobables), en el que menos nos gustaría ser sometidos a la prueba, es, como esperamos, el de mayor diversidad (1,6). Finalmente, el ecosistema del miércoles, al que preferimos para apostar, es, lógicamente, el menos diverso de los tres: 0,9.

 

(Un interesante análisis explicativo de los diferentes conceptos o formas de interpretar y clasificar la información, la complejidad y la aleatoriedad ha sido recogido en una obra divulgativa del físico Murray Gell-Mann[150], codescubridor de los quarks, Premio Nobel en 1969, y hoy director del Instituto de Santa Fe, dedicado al estudio de la complejidad).

 


DIVERSÍSIMOS

 

Máximos en la diversidad

 

A diferencia de nuestra pereza creativa demostrada en el anterior ejercicio, la naturaleza tiende, cuando se la deja, a incrementar la diversidad ecológica. Un símil de un ecosistema complejo o maduro es el de un ecosistema diverso. Hay considerables diferencias, pues, en la diversidad ecológica de los ecosistemas.

En el Departamento Interuniversitario de Ecología de las Universidades Autónoma y Complutense de Madrid existe una línea de investigación que trata de averiguar algunos aspectos del comportamiento de las comunidades vegetales mediterráneas en relación con su diversidad ecológica. En algunos de estos trabajos, realizados con pastizales ganaderos de las dehesas ibéricas, se han encontrado valores de diversidad sorprendentemente elevados, de forma que resultan comparables a los más altos encontrados en cualquier otro tipo de ecosistema del planeta. Bien es cierto que la diversidad alta de los pastizales ibéricos aparece sólo si es calculada sobre la comunidad de plantas, mientras que, en los medios tropicales, los valores de diversidad son elevadísimos casi en cualquier tipo de comunidad sobre la que basemos nuestros cálculos. Existen, pues, valores altos y bajos. Sin duda, el mínimo lo encontraremos en las condiciones de total uniformidad: donde no hay diversidad o la diversidad es 0; pero, nos podríamos preguntar: ¿hay valores máximos en la naturaleza?, ¿hay límites?

Cuando se plantea esta cuestión, uno de los caminos para hallar una respuesta reside en comparar los valores obtenidos en diferentes comunidades y estudios. En este punto hay que advertir que el cálculo de la diversidad ecológica se realiza sobre la base de entidades comparables en algún sentido y con un fin. Normalmente se escogen especies procedentes de un mismo grupo taxonómico determinado (por ejemplo, especies de plantas fanerógamas, especies de aves, ...). ¿Qué ocurre entonces?: por encima de ciertos valores (medidos en unidades de información), no se han encontrado ecosistemas más diversos. Hay máximos.


Francisco Díaz Pineda, de la Universidad Complutense de Madrid, suele precaver a sus alumnos acerca de las posibilidades de que un ecosistema alcance una diversidad ecológica de, digamos, diez bits, o de veinte (no se han encontrado nunca por encima de valores bastante menores). Utilizando su formación bioquímica, Díaz Pineda compara dicha pretensión con la de quien afirmara tener una disolución con un pH de 18, por ejemplo. ¡Revisa tus datos!, sería la respuesta en tales casos.

En el caso del pH, el valor de 18 (sobre la base de la concentración total de los iones OH- y H+ en el agua y la definición química de pH) resulta matemáticamente imposible. Sin embargo, una diversidad de diez bits sí es matemáticamente posible: basta un ecosistema con poco más de 1.000 (exactamente 1.014 o 210) especies equiprobables. Pero ¿es esto posible en la naturaleza?

Parece que no. Ahora bien, no es por el hecho de la imposibilidad matemática o hipotética del caso, sino por un tipo de imposibilidad que podríamos llamar "ecológica" y que se manifiesta en el hecho de no conocerse casos reales con tan alta diversidad. El límite en las comunidades de organismos emparentados está en un número poco mayor de 6 bits, es decir, el equivalente a la información contenida en un ecosistema compuesto por 64 especies equifrecuentes. Deben, pues, existir motivos ecológicos que hacen improbable o imposible la superación de ciertos valores de diversidad ecológica. Pero ¿cuáles? y ¿por qué?


DIVERSIDAD, ESTABILIDAD, FRATERNIDAD

 

Límites a la diversidad

 

Hace ya más de dos décadas, Robert M. May, el infatigable físico australiano reconvertido en ecólogo, publicó en la Editorial de la Universidad de Princeton un libro titulado "Stability and Complexity in Model Ecosystems"[151]. Este libro, además de convertirse en uno de los textos más influyentes sobre su temática, introdujo una importante paradoja en la forma de considerar algunas cuestiones ecológicas. Según mostraba May a través del uso de modelos ecológicos, la complejidad de los ecosistemas (entendida como más especies, más interrelacionadas) suponía, en algunos casos, menos estabilidad. Esta idea era novedosa, porque generalmente se había considerado que había una relación positiva entre complejidad y estabilidad. La solución a estas cuestiones aún no se ha alcanzado plenamente, y lo cierto es que el libro ya aseguraba que las relaciones entre diversidad, complejidad y estabilidad era un tema mucho más complejo y difícil de desentrañar de lo que se pensaba anteriormente.

La cuestión clave está en cómo y porqué aumenta la estabilidad de un ecosistema (una vez que nos pongamos de acuerdo en qué es eso de la estabilidad) y cuánto de ese incremento de estabilidad tiene que ver con la diversidad ecológica. Un nuevo concepto intervino pronto en el asunto, como señaló May, y es la denominada "conectividad" o "conectancia": no todas las especies de un ecosistema mantienen relaciones relevantes entre sí, por lo que no sólo vale considerar el número total y la proporción de especies, sino que es fundamental apreciar también el número de conexiones o interacciones (alimenticias o de otro tipo) que las especies mantienen entre sí; y establecer (de un modo más preciso) la comparación de éstas con el total de las teóricamente posibles. La conectividad parece ser un buen estimador de la complejidad y de la estabilidad que adquiere el sistema, de forma que buena parte de algunos esfuerzos investigadores se han dirigido por esa vía. Desafortunadamente, desentrañar qué relaciones son relevantes en una red potencial de conexiones tan compleja como la que existe en cualquier ecosistema de un mínimo interés no es tarea fácil.

Antes comentamos que el primer problema, como casi siempre sucede, viene ya desde la propia dificultad que ofrece el concepto de estabilidad. Ya en 1969, Richard Lewontin, un prestigioso genetista de poblaciones de Harvard, recogió en un libro colectivo sobre diversidad y estabilidad en ecosistemas, los diversos tipos de estabilidad que Gordon Orians, posteriormente, resumiría en 7 tipos: constancia (como ausencia de cambio en algún parámetro del sistema), persistencia (como tiempo de supervivencia de un sistema o de alguno de sus componentes), inercia (como capacidad para resistir perturbaciones externas), elasticidad (como velocidad de retorno a un estado anterior tras una perturbación), amplitud o estabilidad global (como superficie o espacio en el que un sistema es estable), estabilidad cíclica (como propiedad de oscilar alrededor de un punto o zona) y estabilidad de trayectoria (como propiedad de desplazarse hacia un punto o zona final independientemente de los puntos de partida). Esta complicación del concepto, realizada a partir de supuestos extraídos de la física, fue, sin embargo, cuestionada por otros autores de la talla de Ramón Margalef, quien ha considerado la estabilidad (extendiendo las calificaciones a la diversidad y a la madurez de los ecosistemas) como "impresiones toscas sobre el comportamiento aparente de los sistemas físicos" y que "no admiten definición o múltiples definiciones"[152]. Paradójicamente, Margalef ha dedicado una buena parte de sus brillantes investigaciones en ecología a la diversidad, siendo considerado uno de los más activos constructores de este concepto ecológico.

De hecho, para Margalef, la cuestión de la diversidad y la estabilidad ha sido mal planteada por la tradición naturalista. En su libro "Teoría de los sistemas ecológicos"[153], afirma: "en realidad, la diversidad alta es una consecuencia de la estabilidad, definida de manera 'apropiada'; pero no una causa activa e independiente de dicha estabilidad". Bordearíamos pues la tautología.

Parece que la mejor explicación que existe para la alta diversidad en ecosistemas como los bosques tropicales o los arrecifes de coral estriba en su permanente estabilidad a lo largo de un tiempo largo. Se trataría de una consecuencia, pues, del mantenimiento de unas condiciones, definibles "apropiadamente" como estables durante un tiempo extenso. Según esto, la diversidad se entendería como un resultado final (e inherente) de la estabilidad.

Razonando de una manera inversa, podríamos pensar que los sistemas ecológicos más inestables o impredecibles serán aquellos que ofrezcan los valores de diversidad más bajos. Esa consecuencia podemos buscarla en la naturaleza: la encontramos en los sistemas sometidos a una alta tasa de fluctuaciones de gran recurrencia y poca predectibilidad. Éstos resultan incapaces de albergar valores altos de diversidad ecológica. Es lo que ocurre en los ríos en los que, de forma aleatoria para sus habitantes, se vierten cantidades pequeñas de nutrientes orgánicos (contaminantes) en diversos puntos, se producen represamientos y liberaciones de aguas que determinan flujos diferentes a los estacionales naturales, etc. (en fin, el tipo de cosas que sucede en casi todos nuestros ríos, por otra parte): la diversidad cae abruptamente. La razón estriba en la imposibilidad de que progresen redes sofisticadas de alta conectividad. Estos sistemas constantemente impactados no consiguen albergar procesos internos del tipo de la predación especializada, las relaciones intensas de polinización o de dispersión, parasitismo, simbiosis, o comensalismo, no aparecen relaciones que puedan constituir fórmulas de auténtica coevolución y dependencia evolutiva; en resumen, no hay interacciones estrechas que permitan aumentar la conexión entre las especies existentes y abrir posibles nuevos espacios para otras; algo habitual, sin embargo, en los sistemas ecológicos complejos del tipo de los bosques maduros.

Si sobre la existencia de redes de conectividad intensa es sobre lo que se asienta un espacio ecológico de perfiles complejos es porque ésa es la base de un sistema diverso. Sin embargo, una insuficiente estabilidad en las condiciones ambientales impide el progreso y afianzamiento de las estrategias de vida que los ecólogos denominan estrategias K, un nombre proveniente de la letra utilizada para expresar la densidad máxima de una población en un ambiente dado, la "capacidad de carga" máxima. Los estrategas de la K coinciden con las formas muy especializadas en el uso más eficaz de la energía (si ése es nuestro foco de observación), mientras que al otro extremo de las estrategias vitales encontraremos a los estrategas de la r; la letra que proviene de la expresión de la tasa de incremento de una población dada. Los estrategas de la r utilizan mecanismos de crecimiento muy rápido, con una escasa eficiencia en el uso de la energía (muy eficaces en crecer pero poco eficientes en el uso: una definición aplicable totalmente a la sociedad humana moderna). Son, por tanto, estrategias muy útiles en aquellos ambientes en los que existe una gran disponibilidad de energía, pero poco competitivas en los que la energía es un bien escaso y solicitado. En cierta forma, las estrategias r se ven bien representadas por las especies pioneras: aquéllas que son capaces de colonizar nuevos e impredecibles medios, o sistemas en los que la fluctuación es elevada, incluyendo momentos de gran disponibilidad de energía: como vertidos aleatorios de contaminantes orgánicos en un río, pero también afloramientos eventuales en los medios marinos. Estas especies son "oportunistas" en su forma de actuar y suelen constituir formas dominantes en determinados momentos de la vida de los ecosistemas, los mismos en los que no se encuentra una diversidad alta. Cuando el sistema goza de tranquilidad y estabilidad, y es capaz de incrementar su información (por ejemplo, en forma de aumentos de la diversidad), los estrategas de la r son sustituidos por los estrategas de la K, más capaces de competir en estos sistemas estables en los que su alta eficiencia en el control de la información y el uso de la energía (en una forma única y original respecto al resto de los organismos) les hace ser mucho más viables. Por otra parte, estas especies establecen redes de conectividad mucho más específicas e intensas, con unas pocas interacciones muy fuertes, lo que repercute en la posibilidad de seguir incrementando la estabilidad y el número de especies coexistentes. De algún modo el "empaquetamiento" de formas vivas capaces de convivir aumenta (y, con él, la diversidad, en suma).

En resumen: interpretamos como ecosistemas maduros a las etapas y lugares, productos de una larga estabilidad ambiental, en los que la vida es capaz de construir redes complejas y tupidas de interacciones muy especializadas, que dan como resultado la capacidad de coexistir y coincidir a muchas especies en proporciones no muy diferentes, definiendo así lo que llamamos una diversidad ecológica alta. Se trata, pues, de una coexistencia en la diversidad, con bastante estabilidad de por medio y, sólo en determinados aspectos, fraternal.

Veremos, a continuación, algunos casos.

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ECOSISTEMAS Y BIODIVERSIDAD

 

LOS TEMPLOS DE LA VIDA TERRESTRE

 

La pluvisilva tropical

 

Cuando en septiembre de 1799, el joven naturalista Alexander von Humboldt ascendió desde Cumaná por el territorio de los indios chaima hasta el macizo montañoso de Nueva Andalucía, se topó por primera vez con la vegetación de los trópicos en toda su inmensidad. Dejó escrito:

 

"las copas de los árboles, de las que pendían bejucos coronados de largas inflorescencias, formaban una enorme alfombra verde, cuya coloración oscura daba mayor brillo aún a la luz"[154].

 

El viajero alemán (que pasaría a la historia como el padre de la moderna ciencia geográfica) se apercibió al instante de que la vida que bulle en la selva lo hace fundamentalmente en el estrato arbóreo más alto. La sagaz interpretación del espacio de las copas arbóreas como una gran alfombra verde es, tal vez, la mejor equiparación ecológica que pueda hacerse entre los ecosistemas tropicales y los templados, de los que Humboldt procedía. Es una lástima que lo que el perspicaz naturalista y geógrafo tardara escasos minutos en comprender sea hoy efectivamente ignorado por muchas de las fórmulas de explotación irracional que se vienen introduciendo desde occidente en numerosos ecosistemas tropicales, tratando de convertirlos en prados de pasto para el ganado.

Después de que la FAO informara que la deforestación medida en el comienzo de los 80 superaba, tan sólo en el conjunto de la América Latina, los 4 millones de hectáreas anuales[155],  vino una etapa en la que parecía que iban a mejorar algo las cosas. Sin embargo, en la Amazonía brasileña ha crecido la deforestación en los últimos tres años, según datos del propio Gobierno, en casi un 30 por 100.

Aunque las cifras arrojen toda su carga de verdadera magnitud sobre el drama de la pérdida de bosques, la comprobación visual de la tragedia tropical es personalmente más impactante: el sobrevuelo de las tierras atlánticas de Nicaragua o Costa Rica, por ejemplo, muestran al alucinado observador, junto a territorios sorprendentes y magníficos como los bosques de la Reserva Biológica del Indio-Maíz o la extensión del Parque Nacional Braulio Carrillo, una sucesión de destrucción que lleva desde el despale inicial por fuego o sierra mecánica, al efímero pasto donde unos raquíticos cebúes subsistirán unos pocos años. En otras ocasiones, es la invasión amenazadora de las bananeras la causante del destrozo forestal que precede a un intenso impacto sobre las aguas (abuso de plaguicidas) y las comunidades locales, perpetuando un modelo socioeconómico fuertemente dependiente de intereses económicos radicados en el exterior. Para las bananeras centroamericanas siguen aún vigentes las palabras del poeta Pablo Neruda en su Canto General:

 

" Cuando sonó la trompeta, estuvo


todo preparado en la tierra

y Jehová repartió el mundo

a Coca Cola Inc., Anaconda,

Ford Motors, y otras entidades:

la Compañía Frutera Inc.

se reservó lo más jugoso,

la costa central de mi tierra,

la dulce cintura de América."

 

Las tierras denudadas serán pronto fácil presa de la erosión traída por las abundantes lluvias regionales. Los mineralizados suelos se verán arrastrados por los ríos, llenando de sedimentos, para colmo, los bancos recifales y los prados marinos donde las tortugas del Caribe encontraban en tiempos solaz y alimento. La cadena de consecuencias ambientales no se detiene en los primeros eslabones.

La sucesión del impacto de la deforestación tropical continúa, en el caso latinoamericano, a lo largo de todo el continente hasta alcanzar sus bosques más sureños. Lo pude ver la primera vez que visité Bolivia, durante la celebración de un Seminario sobre Desarrollo y Medio Ambiente en América Latina que se celebraba en el Centro de Formación para el Desarrollo de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia coordinado por Miguel Ángel Recio, de la Agencia Española de Cooperación Internacional. Entonces sobrevolamos los bosques del norte de Santa Cruz, una zona ubicada dentro de la Región subtropical de las tierras bajas de Bolivia, en un departamento que aún supera el 70% de cobertura forestal[156]. Bajo las alas de nuestra avioneta se extendía un manto verde horadado por frecuentes plataformas de deforestación desde las que se elevaban numerosas columnas de humos: hasta una veintena era posible divisar conjuntamente en un sólo instante. (Si, además, el piloto pierde el rumbo en una zona no demasiado alejada de donde se ocultan los laboratorios del narcotráfico, por lo que decide aterrizar en una perdida pista a fin de orientarse de nuevo, no es de extrañar que el vuelo haya quedado en la memoria de los pasajeros).

Y entre los bosques centroamericanos castigados por el avance de las bananeras y la presión de las multinacionales de las hamburguesas, y los bosques incendiados de Bolivia, la más extensa sucesión de selvas tropicales del planeta sigue sometida a una presión insostenible de despale e incendio, cuyas consecuencias pueden ser verdaderamente trágicas.

 

(Abrimos aquí un paréntesis respecto al tema de los bosques tropicales para aclarar una cuestión a veces confundida: no debe pensarse que el único problema forestal mundial estriba en la pérdida de los bosques tropicales. El drama de los bosques templados le ha precedido en el tiempo. Las actividades humanas y el poblamiento de estas regiones se ha llevado por delante la mayor parte de los bosques europeos, bastantes asiáticos y una parte sustancial de los norteamericanos. Si en ellos la biodiversidad es menor que en el mundo tropical, no son menos importantes las consecuencias, como tampoco resulta menos necesaria la regeneración y adopción de políticas de conservación y uso sostenible en ellos. Según un reciente estudio[157] realizado en 19 países de Europa, sólo 6 conservan aún bosques primarios (son Finlandia, Suecia, Noruega, Grecia, Turquía y Austria) y su superficie total apenas alcanza al uno por mil de la extensión forestal original: menos del tres por mil de la actual. Europa carece ya de bosques primarios. A pesar de ello, tampoco las políticas forestales europeas mejoran de forma suficiente: en un análisis realizado por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), sobre trece países europeos, sólo 5 dirigen sus políticas forestales en forma relativamente aceptable desde el punto de vista de la sostenibilidad ambiental. Son Holanda, Suecia, Austria, Dinamarca y Suiza. Pero ninguno alcanza la mejor categoría de gestión en la escala utilizada para la evaluación. Los otros 8 (también por orden, son Finlandia, Alemania, Reino Unido, Bélgica, Francia, Italia, Noruega y España) se ubican en la categoría de una gestión forestal pobre o muy pobre. España, además de ocupar el último lugar, viene perdiendo en las últimas décadas una media de doscientas mil hectáreas de superficie forestal cada año, de las que alrededor de la mitad son áreas arboladas. Tampoco en los bosques templados del otro hemisferio las cosas van demasiado bien: en Chile, la destrucción y reemplazo de bosques naturales ha alcanzado tal magnitud que CODEFF-Amigos de la Tierra de Chile calcula que no quedarán bosques nativos en algunas regiones del país dentro de sólo unas tres décadas, de seguir el ritmo actual de destrucción. De hecho, en la Región Norte del país no existen ya prácticamente bosques originales (si ese es el camino al desarrollo, van encaminados). En los 12 tipos forestales principales del país hay 11 especies arbóreas o arbustivas en peligro y 26 vulnerables[158]. Lamentablemente, la tragedia de los bosques tropicales no es ni única, ni original).

 

Al contrario de los ecosistemas templados, en donde la mayor parte de la biomasa se localiza en los primeros niveles del suelo, en los medios tropicales está situada por encima del escaso suelo y, en gran proporción, muy por encima. Los bosques tropicales húmedos son sistemas ecológicos donde muchos organismos vivos pugnan en una compleja lucha por alcanzar los estratos más altos donde llega la luz solar. El interior del bosque es un reino de penumbra, y para alcanzar el dosel más alto vale todo. Algunos llegan arriba por sus propios medios, aprovechándose del claro eventual que se produce cuando cae un gigante arbóreo, por ejemplo; pero es un trabajo lento y azaroso, donde la competencia es feroz. Por ello, otros utilizan las más variadas técnicas para alcanzar el reino de los elegidos, como trepar apoyándose en los sólidos troncos ya existentes. Y puesto que para trepar es preciso poseer sólidas estructuras de anclaje, ¿por qué no aprovechar de paso esas estructuras para tratar de capturar algunos de los jugos nutritivos que corren por el interior del árbol soporte? Nacen así todas las formas imaginables de trepadores, pícaros y espabilados; desde los epífitos que sólo buscan el apoyo seguro de un tronco rígido y firme del que carecen, hasta los parásitos más sofisticados que pueda imaginarse. Incluso los hay que, tras recubrir con su abrazo vegetal a la planta que les ha servido de soporte, acaban ahogándola, como hacen las higueras estranguladoras que en Centroamérica llaman acertadamente "matapalos". Realmente, las mil y una estrategias de los epífitos son exitosas en este medio y prueba de ello es la proliferación de sus formas: tan sólo entre Centro y Sudamérica se ha estimado que hay más de 15.500 especies de epífitos[159].

La razón de que puedan existir epífitos no parásitos (entre los que se incluyen las apreciadas orquídeas) radica en la capacidad de acumular entre sus raíces pequeñas partículas que forman un microsuelo, obteniendo de este modo los nutrientes necesarios para la planta. Además, muchos epífitos contienen en sus raíces micorrizas con hongos que les facilitan los minerales necesarios. Más aún, se sabe que algunos epífitos favorecen a sus árboles soporte, ya que se ha descubierto en algunos de éstos pequeñas raíces con las que penetran en los precarios suelos formados por los epífitos en su base, obteniendo así parte de los nutrientes que ahí se acumulan.  Si el epífito se creía listo, la planta soporte no es siempre una ingenua.

Quizás el tipo más conocido de epífitos es el representado por la estirpe de las Bromeliáceas, una familia con numerosas especies adaptadas a esta forma de vida. Estas plantas adoptan la forma de una roseta circular hueca y abierta por arriba, de la que salen las largas y acanaladas hojas en todas direcciones; la oquedad central sirve para albergar agua y materias nutritivas que puedan caer de las alturas. Además de constituir un aljibe de uso propio, representa una pequeña piscina a varios metros de altura para otros organismos. Entre esta característica y otras, estos consumados estrategas del anclaje diversifican las opciones para la vida a la altura del bosque en la que la vida tiene más luz. Se han descrito hasta 250 especies animales viviendo dependientes de las bromeliáceas epífitas, desde aves que las utilizan como nidos, hasta anfibios que cierran su ciclo reproductor en las cavidades centrales llenas de agua, pasando por los numerosos insectos siempre omnipresentes.

Como advirtió Humboldt, cuando se camina por un bosque tropical se experimenta la sensación de quedar ausente de lo más importante del juego de la vida, algo que parece ocurrir unas decenas de metros más arriba. Ello ha motivado que los investigadores tropicales hayan tratado de acercarse a ese escenario vivo ubicado unas decenas de metros por encima del suelo; para ello han tenido que inventar diferentes sistemas y mecanismos para poder ascender hasta el dosel forestal y mantenerse en él. Uno de los pioneros en la invención y uso de estas técnicas ha sido Donald R. Perry, quien ha escrito sobre algunas de esas formas espectaculares de estudiar el dosel[160]. También ha utilizado estos mecanismos para crear una nueva forma de visitar el bosque tropical húmedo, inaugurada en 1994, al construir un "teleférico de la selva" en las afueras del Parque Nacional Braulio Carrillo de Costa Rica. Con un bajo impacto sobre el medio, debido a la ubicación y al cuidado en la forma de instalarlo, el teleférico permite una nueva visión a los visitantes de la zona del bosque tropical más interesante.

Aquellos organismos que carecen de la habilidad o la capacidad suficiente para ascender a las alturas vegetales (y no tienen a mano un teleférico como el de Perry) ven limitado su espacio vital a la zona menos activa y más oscura del ecosistema. Por ello, entre los animales de la selva proliferan las garras, los dedos y las colas prensiles, junto a toda clase de útiles que permitan aferrarse o moverse con soltura por las ramas. En el caso de los vegetales incapaces de crear las enormes estructuras de las ceibas o los Ficus, con sus contrafuertes en la parte baja del tronco, lo que proliferan son los zarcillos, raicillas, haustorios o estructuras lianoides.


El funcionamiento ecológico de un bosque tropical húmedo tiene muchos puntos en común con el del medio marino, lo que ha llevado a frecuentes comparaciones por parte de algunos ecólogos. En ambos encontramos una primera capa fotosintetizadora situada en la zona más alta; en ella se realiza la producción vegetal y se inician y aceleran los ciclos de las materias y nutrientes. Dado el influjo de la gravedad, parece lógico que la actividad de los organismos que viven en la zona alta de cualquiera de estos ecosistemas se dirija a tratar de apoderarse de los elementos más valiosos antes de que se pierdan en las profundidades umbrosas de los estratos inferiores del bosque. Sin embargo, la diferencia sustancial entre el medio oceánico abierto (no tanto los medios costeros) y los bosques tropicales húmedos reside en que mientras que los nutrientes que pasan de un cierto nivel de profundidad desaparecen de los sistemas superficiales casi definitivamente (aunque existen formas de recuperación y retorno de materiales por medio de las migraciones verticales, a veces diarias, de numerosos organismos consumidores, muchas sustancias terminan cayendo por debajo del "nivel de rescate", perdiéndose hacia los fondos abisales), en el caso de las selvas son pronto recuperados por los sistemas vivos que habitan en los estratos inferiores, incorporándose a la biomasa forestal desde las raíces vegetales o siendo transportados hasta las capas altas, labor que realizan numerosas hormigas, aves u otros animales que comunican los medios cercanos al suelo con las capas altas de los árboles.

Dado el alto nivel de humedad y las favorables temperaturas  de los trópicos húmedos para las actividades biológicas de descomposición y mineralización realizadas por los microorganismos, la vida media de un nutriente fuera de un organismo vivo es realmente breve. Puede caricaturizarse esto diciendo que las hojas que caen desde las ramas altas apenas consiguen llegar al suelo intactas, pues prácticamente se van descomponiendo durante su caída. Sin llegar a este extremo, lo cierto es que los bosques tropicales húmedos no consiguen formar suelos estructurados con capas superficiales de humus, como los de los bosques de los climas templados, y ello sí es consecuencia directa del enorme dinamismo de los niveles tróficos que se ocupan del reciclado de los nutrientes: hongos, microorganismos, ácaros, insectos, etc.

Estos asombrosos ecosistemas que extienden su "césped aéreo" espectacular por un territorio que apenas llega al seis por ciento de la superficie terrestre son, con toda certeza, los templos de la diversidad de la vida sobre la Tierra; los lugares donde la vida ha alcanzado su mayor dinamismo, y, con él, su mayor variedad. Aunque se hayan reducido en un porcentaje elevado desde que, hace dos siglos, Alexander von Humboldt los visitara (se habla de una pérdida de la mitad de la superficie de las pluvisilvas tropicales), aún los bosques tropicales mantienen refugiada a la mayor parte de la biodiversidad del planeta.

 


EL MAR TAMBIÉN EXISTE

 

Biodiversidad marina

 

La atención que se ha prestado a la biodiversidad marina es muy escasa si la comparamos con la que se ha dedicado a la terrestre; no es de recibo que seamos una especie terrestre y eso determina tanto nuestra concepción del mundo como buena parte de nuestros intereses, incluso de conocimiento. Recientemente, dos investigadores del Instituto de Biología de la Conservación Marina llamaban la atención sobre este particular señalando que tan sólo un 5 por 100 de los últimos 742 artículos publicados por la prestigiosa revista científica Convervation Biology habían versado sobre biodiversidad marina, frente a un 9 por 100 dedicados a la diversidad de los medios acuáticos continentales y un 67 por 100% a la terrestre[161].  Si tenemos en cuenta que el 99 por 100 del volumen ocupado por la biosfera (espacio donde existe vida) está representado por los mares y océanos, la proporción refleja, ciertamente, una atención sesgada (que no hay que achacar a un desinterés especial de la revista científica objeto de los datos, puesto que en otras no específicamente marinas un análisis semejante lleva a la misma conclusión, sino a la investigación en general).

A pesar de todo, hay indicios de que algunos sectores de la investigación no se resignan a perpetuar este mayor olvido. Así, más de un centenar de científicos, ecologistas e investigadores han contribuido a la elaboración de una propuesta complementaria a la Estrategia Global para la Biodiversidad (un documento mundial elaborado por el Instituto de Recursos Mundiales y la Unión Mundial para la Conservación o UICN), titulada "Diversidad Biológica Marina Global: Una estrategia para introducir la conservación en la toma de decisiones", coordinado desde el Centro para la Conservación Marina por Elliott Norse. Esto es importante, por cuanto la idea de conservación y uso sostenible de la biodiversidad (objetivo central del Convenio Mundial sobre Biodiversidad) alcanza y ha de materializarse también en los sistemas marinos y oceánicos; de hecho, entre los primeros capítulos a desarrollar en la aplicación del Tratado internacional se ha decidido que figure la biodiversidad mundial, por lo que se requieren formulaciones y estrategias adecuadas para orientar las actuaciones.

 

Aunque generalmente se ha admitido que los medios marinos y oceánicos son menos diversos que los terrestres, eso sólo es cierto desde el punto de vista del número de especies presentes (biodiversidad de especies), pero no se puede decir lo mismo si consideramos la diversidad a la escala de los grandes tipos de organización biológica, es decir, comparando la variedad de categorías taxonómicas o taxones más “altos". Si lo hacemos así, veremos que, para el Reino de los Animales (el grupo de organismos más diversificado en especies), 33 de los 34 niveles taxonómicos más altos (los llamados phyla o "troncos") se encuentran en mares y océanos, y 15 de ellos solamente ahí, pues son exclusivamente marinos. Dicho de otro modo: sólo 19 de las 34 grandes estirpes animales se encuentran en tierra firme. En este sentido, la diversidad de las grandes estrategias evolutivas (los grandes "ensayos de la organización orgánica") está mucho mejor representada entre los animales en los mares que en la tierra. Aún más, la afirmación que abre este párrafo está empezando a ser cuestionada por los hallazgos de algunas investigaciones recientes que indican que podría haber hasta unos diez millones de especies tan sólo en los mares abisales. La confirmación de este tipo de cifras situaría el número esperable de especies marinas en niveles mucho más próximos al de las terrestres de lo que se pensaba hace algún tiempo, aunque todavía conozcamos cuatro especies terrestres por cada una de las marinas que ha descrito la ciencia.

 

Los equivalentes a los bosques tropicales terrestres han sido, en la literatura sobre la diversidad marina, los arrecifes de coral. La enorme riqueza en especies y formas de estos sorprendentes ecosistemas marinos propicia la comparación. Sin embargo, no son los únicos medios oceánicos ricos en formas diferentes de vida: los trabajos publicados por Grassle[162] abrieron una nueva perspectiva sobre la diversidad existentes en los fondos marinos profundos: en un área de tan sólo 21 metros cuadrados (lo que equivale a una habitación media tirando a pequeña) se censaron 898 especies diferentes correspondientes a un centenar de familias y doce phyla distintos. De ellas, 460 (más de la mitad) eran desconocidas para la ciencia. Aunque los arrecifes de coral sigan ostentando la imagen de la riqueza de formas de vida marinas, no es tan monótono el medio submarino profundo como pueda parecer a muchos.

 


LOS ALTARES MARINOS

 

Los arrecifes de coral

 

Roberto de la Grive, el protagonista de la tercera novela de Umberto Eco titulada "La isla del día de antes", hereda del misterioso y sagaz jesuita Caspar Wanderdrossel, una prodigiosa máscara de cuero que le permitirá asomarse por primera vez a los someros fondos marinos que sólo intuye desde el barco y que lo separan inexorablemente de la isla donde se conserva el misterio del tiempo de ayer. El relator de las andanzas de nuestro particular "anti-Robinson" describe la visión del piamontés, a través de la máscara del jesuita, con las siguientes palabras:

 

"¡Aquellos eran los corales! Su primera impresión fue, a juzgar por sus notas, confusa y atónita. Hízose la impresión de encontrarse en la tienda de un mercader de telas, que adereza ante sus ojos cendales y tafetanes, brocados, rasos, damascos, terciopelos, y flecos, borlas y caireles, y luego estolas, capas fluviales, casullas, dalmáticas. Pero las telas movíanse con vida propia con la sensualidad de bailarinas orientales".

 

Ni siquiera la estética barroca (a la que es de esperar que estuviera acostumbrado De la Grive) puede con la descripción del arrecife que, para su infortunio, le aleja de su anhelada isla. Ha de recurrir entonces a darle el tono sensual que percibe en la imaginería oriental para así tratar de aproximarse a una descripción suficiente, pues le resultan poco adecuadas las imágenes estáticas de las abigarradas y coloridas telas que acuden a su memoria. Más tarde, cuando por fin alcanza a ver algo que su cabeza puede asemejar con lo antes visto, afirma, siempre por boca del autor del palimpsesto de sus notas:

 

"... he aquí que de improviso hizo erupción una cohorte de seres que éstos sí, él podía reconocer, o por lo menos, parangonar con algo ya visto. Eran peces que se intersecaban como estrellas fugaces en el cielo de agosto, y al componer y surtir los tonos y los dibujos de sus escamas parecía que la naturaleza hubiere querido demostrar cuál variedad de mordientes existe en el universo y cuántos pueden reunirse en una sola superficie"[163].

 

No es sorprendente la admiración de nuestro náufrago incapaz de alcanzar su isla, pues los arrecifes de coral constituyen los ecosistemas marinos más ricos en formas de vida. Un solo arrecife de unos pocos kilómetros puede llegar a albergar tantas especies diferentes de peces como todo el Mediterráneo junto: unos cuatrocientos. Al igual que los bosques tropicales húmedos para el caso de los ecosistemas terrestres, los arrecifes representan los altares de la biodiversidad marina: cerca de una tercera parte de las especies de peces marinos vive en estos medios, hasta alcanzar, con sólo las conocidas por la biología, la cifra de unas cuatro mil especies.

Contemplados ya en la primera Estrategia Mundial de Conservación de la UICN-PNUMA-WWF (editada en 1980) como uno de los ecosistemas de excepcional diversidad, e identificados expresamente por su interés en el capítulo 17 (el titulado "un Programa mundial para proteger las zonas ricas en recursos genéticos"), los arrecifes de coral se extienden por más de 600.000 kilómetros cuadrados de fondos marinos a profundidades que van desde la superficie hasta más de treinta metros, lo que representa tan sólo un 15 por 100 de los ecosistemas marinos costeros. El sesenta por ciento de estos sistemas (que forman las mayores construcciones continuas creadas por los seres vivos con sus cuerpos) se encuentran en el Océano Índico, un catorce por ciento en el Caribe, un trece por ciento en el Pacífico Sur y un doce por ciento más en el Pacífico Norte, quedando el resto (apenas un uno por ciento) distribuido entre el Atlántico Sur y el Pacífico Este, según los datos recogidos en el informe "Diversidad Global" del Centro de Seguimiento de la Conservación Mundial[164]. Agrupando un tanto, podemos simplificar su presencia mundial en dos grandes áreas del globo: la Zona Atlántica (concentrada fundamentalmente en torno al Caribe) y la Zona Indo-Pacífica (mucho más extensa que la primera).

Se conoce poco sobre la ecología de los peces de los arrecifes de coral, aunque parecen existir importantes diferencias entre el comportamiento de los que habitan los arrecifes muy aislados (por encontrarse ubicados en el entorno de islas oceánicas) y los que ocupan los arrecifes costeros de las áreas continentales. En el primer caso, estudios recientes informan de la existencia de un ciclo vital especial que debería ser tenido en cuenta para aplicar una gestión de los recursos marinos en sus áreas vitales que consiga evitar la pérdida de la diversidad piscícola. Vincent Dufour y Serge Planes, del Centro de Investigación Insular de la Polinesia Francesa, junto a Peter Doherty, del Instituto Australiano de Ciencias Marinas, han investigado el ciclo de vida de los peces de los arrecifes marinos del Pacífico en el entorno de la Polinesia Francesa, donde las poblaciones se encuentran bastante aisladas entre sí, dada la lejanía existente entre los arrecifes insulares. En estos casos, la mayor parte de los peces que vuelven para reproducirse en los arrecifes proceden de las larvas que se han criado en ellos. En el seguimiento efectuado por estos autores, las larvas abandonaron pronto el protector arrecife e iniciaron una etapa de su vida en la que deambulaban llevados por las corrientes oceánicas, formando parte del plancton pelágico del alta mar. Los supervivientes de estas fases (en las que se da una muy alta mortalidad) vuelven a los arrecifes para convertirse en juveniles; de no poder hacerlo así en estos medios, su nueva coloración (de larvas son transparentes) les haría totalmente visibles y llamativos en alta mar. La vuelta al arrecife parece actuar, además, como un factor desencadenante de la conversión de las larvas en juveniles. La fase de dispersión de las larvas aumenta la posibilidad de nuevas colonizaciones en otros arrecifes y, tal vez, una huida de éstos durante las fases en que son más vulnerables, ya que los ecosistemas del arrecife son, además, los medios en los que la presión de la predación es más alta (de hecho, alrededor de las dos terceras partes de los peces del arrecife son predadores). De cualquier modo, de no poder contar con la cercanía de un arrecife al acercarse el período de metamorfosis de la larva, éstas perecerían en alta mar.

Según los trabajos de los citados autores[165], el intercambio genético que se produce entre las diferentes poblaciones de las mismas especies en los arrecifes insulares aislados y dispersos depende, en gran manera, de las variaciones de las corrientes marinas. En algunos casos, dicho intercambio genético es muy pobre, por lo que, en la práctica, se trata de poblaciones prácticamente aisladas. En el caso de los arrecifes continuos (como en la Gran Barrera Australiana), el intercambio genético depende sobre todo de la duración de la fase larvaria oceánica que permite grandes movilidades de los ejemplares durante la misma.

Estos investigadores concluyen que tales circunstancias debieran ser muy tenidas en cuenta si queremos preservar y usar sosteniblemente los recursos piscícolas ligados a los arrecifes de coral. Para ello, piden habilitar sistemas de conservación y gestión a la escala de cada arrecife en los sistemas aislados o con escasa comunicación genética de las poblaciones de peces que de ellos dependen; mientras que, en los casos de las barreras recifales continuas, se adecuaría mejor un sistema de protección completa de las áreas integradas en el arrecife.

También en los altares de la diversidad marina parece evidente que el mayor conocimiento de los mecanismos ecológicos que guían el funcionamiento de los ecosistemas y las especies apunta a la necesidad de modificar muchas de las actuales actividades humanas, de forma a reorientar el uso de los recursos hacia nuevas formas menos destructivas, incluyendo la conservación estricta de lugares estratégicos.

Los arrecifes de coral de la Polinesia han sido protagonistas mundiales a su pesar durante finales de 1995 y comienzos de 1996. Como es sabido, dos de ellos (Mururoa y Fangataufa) fueron objetivos de las pruebas nucleares francesas una vez más (afortunadamente la última). La lejanía de poblaciones humanas numerosas e influyentes en la opinión pública internacional y la soberbia nuclear del gobierno francés de Chirac fueron, sin duda razones de la realización de estas pruebas fuertemente contestadas por una opinión mundial crecientemente reacia al riesgo nuclear y encabezada por numerosas organizaciones no gubernamentales, con Greenpeace enfrentando sus barcos a la Armada Francesa. No en vano, poco antes de las series de pruebas nucleares francesas, Clinton, por su parte, pedía perdón a las víctimas (más bien a sus familiares) de los ensayos radiactivos autorizados por anteriores gobiernos norteamericanos, iniciados ya en los años cuarenta. Aquellos ensayos habían afectado a miles de personas (además del medio ambiente), aunque el reconocimiento oficial de su existencia haya tenido que esperar más de medio siglo a la realización de un informe del Comité Presidencial de dicho país. Paralelamente, China ha continuado tras los franceses sus ensayos nucleares (aunque en medio terrestre) amparados en su vasto territorio y en medio de un decepcionante silencio internacional. (Recientemente, se ha avanzado en este aspecto con el acuerdo en el seno del Tratado de No Proliferación Nuclear, de forma que se abren esperanzas de que nunca más se vuelvan a realizar pruebas nucleares en el mundo, aunque aún existe la amenaza de los ingentes arsenales atómicos).

 

Las islas de arrecifes de coral que, como Mururoa y Fangataufa, adoptan unas curiosas y atractivas formas circulares o elípticas son denominadas atolones. Frecuentes en la zona del Pacífico, se encuentran entre las construcciones más llamativas de los seres vivos. Una vez más debemos a la prodigiosa capacidad de Charles Darwin la interpretación más satisfactoria de que disponemos sobre el origen de estos atolones, como otro de los numerosos frutos del viaje de cinco años del joven naturalista por el mundo. Según Darwin, los atolones son el producto de la construcción de arrecifes por los corales alrededor de los frecuentes volcanes que, en medio del océano, constituyen islas dispersas. La erosión y posterior hundimiento del edificio volcánico hace que desaparezca paulatinamente bajo las aguas, pero el activo anillo de corales que rodeaba su perímetro continuará manteniendo su presencia subsuperficial, a baja profundidad. De la erosión de las construcciones de los corales procederán las níveas playas que forman los atolones y les otorgan gran parte de su belleza. Se forman así, poco a poco, estos singulares enclaves que albergarán en su derredor algunos de los ecosistemas más diversos del mundo marino (en ocasiones alejados por distancias enormes de otros enclaves semejantes), esperando orgullosos en medio de un océano azul y cálido. La vida, una vez más, aparece como artífice de nuevos paraísos allí donde se instala.

 

"Es irónico", han dicho Boyce Thorne-Miller y John Catena, dos científicos de la Sociedad Oceánica[166], "que sea una especie terrestre, Homo sapiens, quien amenaza la vida en los océanos". Es necesario -añadiríamos- que sea la misma especie la que ponga de una vez coto y orden en sus actuaciones, remediando así los considerables daños que está infligiendo a la vida.

 




AVISO A NAVEGANTES INCAUTOS

 

Los efectos humanos sobre la diversidad ecológica

 

Las consecuencias de la historia de las actividades humanas sobre la  naturaleza pueden simplificarse como un amplio programa de simplificación de los ecosistemas. De los originales bosques maduros y complejos, la humanidad ha ido dando cuenta hasta dejar tras sí extensos campos de gramíneas, pastos o cultivos, a menudo del mismo tipo. La diversidad es uno de los parámetros de los sistemas ecológicos que más claramente detecta la existencia de actividad humana.

La explotación humana de los ecosistemas se dirige, al menos inicialmente, hacia la obtención de recursos. Desde el primer momento, las sociedades humanas buscaron en la naturaleza elementos indispensables para su alimentación o para la fabricación de herramientas, vestidos o cobijos; necesidades todas ellas básicas. La mayoría de los recursos básicos forman parte de los ciclos de materiales característicos del funcionamiento de los ecosistemas: pieles y carne de animales, agua, leña, frutos, hojas, etc. Posteriormente, conforme se incrementaba la complejidad de los productos demandados por la especie humana, muchos otros recursos naturales, esta vez minerales, se fueron incorporando a la lista, sin que los primeros desaparecieran de ella (muy al contrario, su uso se intensificaba).

La obtención de recursos biológicos básicos se puede realizar de dos maneras: en una, simplemente se extraen aquellos recursos que interesan del medio; en la otra, se intenta modificar la estructura y el funcionamiento de los ecosistemas para conseguir aumentar la producción natural de lo que interesa obtener. Las poblaciones de tipo cazador-recolector utilizan fundamentalmente el primer tipo de estrategias en la explotación de sus ecosistemas, mientras que las sociedades agricultoras tradicionales personifican el segundo tipo de obtención de recursos básicos. La moderna sociedad industrial usa ambas con gran intensidad.

Si una sociedad humana pretende ser sostenible (lo que quiere decir que actúa de forma que pueda mantenerse indefinidamente), debe conseguir asegurar la estabilidad de su medio. Ésto, entre otras cosas, quiere decir que sus usos han de poder ser perdurables en el tiempo: es preciso que la naturaleza reponga lo que le es quitado y, de este modo, no pierda sistemática y descontroladamente sus componentes o su capacidad de seguir funcionando como lo hacía. En el caso de las actividades extractivas centradas en los recursos biológicos silvestres, como la caza, la pesca, la recolección de frutos y de productos vegetales, la actividad no debe superar la capacidad de reposición de los recursos por el ecosistema. Al tratarse de recursos potencialmente renovables (la renovabilidad no es una condición segura, sino siempre potencial, que acaba cuando el uso es excesivo o se producen alteraciones graves en los procesos que permiten la regeneración), la condición es mantenerse dentro de las tasas de renovación: la extracción ha de ser igual o menor que la renovación natural. No sólo ha de respetarse un volumen máximo de extracción del recurso por unidad de tiempo (no se pueden cazar más ciervos que los que resultan del "superávit" de la reproducción efectiva de la especie, de forma que el número de ciervos deberá seguir siendo indefinidamente estable después de integrar la caza humana en la dinámica poblacional de la especie), sino que también ha de asegurarse el mantenimiento de las características estructurales y funcionales del ecosistema que lo hacen viable (no vale con cazar un número razonable de ciervos si, a la vez, se altera el medio de forma que éstos ya no pueden sobrevivir en él).

En el caso de las formas de explotación que alteran la estructura y dinamismo del ecosistema tratando de conseguir un mayor aporte de los recursos que interesa obtener (como es el caso de las actividades agrarias), la sostenibilidad reside en "crear" un nuevo tipo de ecosistema capaz también de ser indefinidamente estable. Esto siempre implica conservar una buena parte de las características originales del medio natural, tanto en el seno de los nuevos sistemas ("agrosistemas"), como a su alrededor (espacios naturales o seminaturales que rodean y "alimentan" a los sistemas alterados. Por supuesto, el nivel de extracción también se debe incluir en la condición de sostenibilidad, pero son sobre todo las condiciones de estabilidad del medio las que determinan el mantenimiento de la viabilidad.

A lo largo de la historia y la geografía encontraremos bastantes ejemplos tanto de sociedades cazadoras recolectoras, como de civilizaciones agrarias que no han cumplido estas condiciones de sostenibilidad y, por ello, se han arruinado y desaparecido. A los ejemplos que ya vimos de Sumeria o de los mayas, podemos añadir el de los habitantes iniciales de la Isla de Pascua tal como recoge, en su primer capítulo, el libro sobre la historia de la humanidad y el medio ambiente de Clive Ponting[167] y refleja la película "Rapa Nui", rodada hace pocos años. Aquella civilización que levantó los enigmáticos y monumentales "moais" para luego desaparecer velozmente tras haber esquilmado los recursos de su limitada isla, es hoy un buen ejemplo de cómo la excesiva presión sobre los recursos supone, en un sistema limitado (y todos los sistemas ecológicos lo son, incluida su máxima expresión: la Tierra en conjunto), un camino seguro hacia la degradación del ambiente y la consiguiente desaparición de la sociedad que así actúa.

Todos los casos pasados, por muy graves que fueran para sus actores, tuvieron una repercusión limitada geográficamente, aunque con diferentes grados de expansión e intensidad. Sólo hoy, por primera vez en la historia de la humanidad, son la biosfera, tal como la conocemos, y la especie humana en conjunto las que se encuentran amenazados por un sistema económico mundial que resulta insostenible por no respetar las reglas y condiciones básicas que toda forma de interacción con un sistema de estas características (limitado, cerrado y con una entrada constante de energía) ha de seguir. El análisis básico de las condiciones de un sistema sostenible puede ser un ejercicio relativamente sencillo, fácilmente comprensible y muy educativo[168].

Pero, ¿es que no hay ejemplos actuales de sistemas humanos sostenibles? (aunque sea a una escala local).

 

Desde un punto de vista ecológico, la principal diferencia entre las formas de actuar de la humanidad y las de la naturaleza estriba en que mientras ésta tiende a complejizar los sistemas ecológicos, aumentando la diversidad de las formas de vida coexistentes, creando una maraña de relaciones tróficas entre ellas y acumulando la materia en forma de biomasa; la actuación humana va siempre en el sentido contrario: trata de simplificar el sistema, reducir el número de especies participantes en los sistemas intervenidos, favorecer sólo a aquellas que ofrecen interés por su uso (e indirectamente a los que se adaptan a las nuevas condiciones, que resultan ser, generalmente, del tipo que llamamos estrategas de la r), reducir la biomasa a favor de la producción,... Es decir, si en la naturaleza la pradera tendería a hacerse bosque, con la humanidad ocurre lo contrario (y, a menudo, se termina en el erial o en el predesierto).


Ese proceso de simplificación, inherente a la actividad humana sobre el medio, también ha conseguido crear algunos sistemas seminaturales en los que el control humano y las tendencias "naturales" del medio han alcanzado un nuevo e interesante equilibrio dinámico (y por tanto resultan sostenibles). En esos casos, además, se advierte el afianzamiento cultural de unos patrones estéticos que se dirigen hacia la valoración del paisaje creado, resultado de la interacción entre sociedad y naturaleza. No es extraño, así, que los mediterráneos apreciemos nuestros paisajes adehesados; los atlánticos, el "bocage" que alterna setos y pastos; o el inca las estables terrazas sobre las laderas andinas. Los paisajes percibidos como bellos suelen serlo también por ser "funcionalmente útiles" y "ecológicamente equilibrados". Junto a estos aspectos, es posible que otros factores, más innatos, puedan también estar actuando como criterios de valoración subliminares. Entre ellos, tal vez esté la propia presencia de las diferentes formas de vida (la "biofilia", sobre la que ha escrito Edward Wilson[169]); o los efectos psicofisiológicos que la vegetación y el agua parecen tener sobre las personas (lo que González Bernáldez denominó una "estética preprogramada" en su ensayo "Invitación a la ecología humana. La adaptación afectiva al entorno"[170]).

Claro que las tendencias dominantes en la forma actual de usar el medio natural no van por ahí, por lo que la sostenibilidad local es hoy una característica ausente en la actuación humana global sobre la biosfera, por más que puedan quedar ejemplos locales. De hecho, antes de pretender poner en marcha supuestos sistemas sostenibles, parece lógico empezar por conservar y aprender de los existentes. Eso implica, entre otras cosas, que la propia ciencia y sociedad modernas vuelvan también su mirada hacia los saberes y las culturas locales y minoritarias, no con el objetivo de arrebatarles su conocimiento para seguir alimentando las pretensiones dominantes de un sistema esquilmador e injusto -recuérdense las referencias anteriores acerca de la "biopiratería-, sino para aprender, respetar e integrar todos aquellos comportamientos que nos permitan separarnos de un camino que se empieza a asemejar demasiado a la ruta segura hacia el desastre.

 Como ya mencionamos antes, el equipo formado por Peter Vitousek, Paul y Ann Ehrlich y P. Matson, calcularon (y publicaron en un artículo aparecido en la revista BioScience en 1986[171]) que más del 40 por 100 de la Productividad Primaria Neta Potencial terrestre es usada o controlada por la humanidad, como consecuencia de los cambios ejercido en el uso del territorio. Ese 40 por 100 se compone de un 4 por 100 directamente consumido por los humanos y sus "colaboradores esclavos" (los animales domésticos); un 26,7 por 100 que tiene lugar en sistemas intensamente dominados por la especie humana y otro 11,7 por 100 que se pierde como resultado de las actividades humanas, alimentadoras de procesos como la desertificación, el descenso de la productividad potencial por cultivos o la anulación de superficies naturales ocupadas por la urbanización u otras actuaciones. Es importante que comprendamos la magnitud de una apropiación de ese calibre sobre el total potencial de la Productividad Primaria Neta terrestre: quiere decir que apenas dejamos libre de nuestra influencia algo más de la mitad de la única forma de entrada de energía a los ecosistemas. Alrededor de la mitad de la superficie terrestre sin hielos ha sido transformada, alterada o utilizada por las actividades humanas[172]. La alteración o apropiación de una gran parte de los ciclos de materiales fundamentales para la vida es, como hemos visto respecto del motor básico del funcionamiento de los ecosistemas (el flujo de energía), un resultado de las actividades humanas actuales. Veamos dos ejemplos concretos de esto.

El consumo directo mundial de agua (un recurso básico fundamental para toda forma de vida) supera ya los 4.300 kilómetros cúbicos, una cantidad que representa más del 10 por 100 de toda el agua de escorrentía neta que circula por los continentes, según recoge Sandra Postel del Worldwatch Institute[173]. Paralelamente, ya es mayor la cantidad anual de Nitrógeno que es fijado por actividades humanas que la debida a procesos naturales[174], lo que significa una distorsión absoluta de un ciclo básico en la biosfera como es el ciclo del nitrógeno.


Por lo que conocemos, podemos concluir con total certeza que la incidencia humana sobre los ecosistemas ha alcanzado tal grado de magnitud como ninguna otra especie aislada de la historia de la vida en la Tierra ha tenido nunca. En relación al aspecto concreto del impacto humano sobre la diversidad biológica, la cuestión es, de todas formas, difícil de estimar en toda su escala, pero sin duda dramática: si ni tan siquiera podemos ofrecer una cifra mínimamente aproximada de la magnitud de la riqueza mundial de especies, parece evidente que menos podremos pretender dar una valoración suficiente sobre la repercusión que en ella tienen nuestras acciones. Tampoco desde el concepto de diversidad ecológica, que hemos venido comentando en este capítulo, obtendremos una respuesta suficiente, aunque todos los indicios e indagaciones apunten a un acuerdo prácticamente unánime en la gravedad del proceso de pérdida de diversidad ecológica, tanto de los ecosistemas intervenidos por las actividades humanas, como de los influidos en algún modo por ella. Sin embargo, todos los investigadores, científicos y activistas que trabajan por la construcción de un modelo de desarrollo o de sociedad sostenible consideran como pilares básicos y absolutamente imprescindibles del cambio necesario el mantenimiento de la biodiversidad mundial y local en sus tres escalas: genética, de especies y de ecosistemas.

 

Volvamos a continuación a la cuestión de la magnitud de la diversidad de ecosistemas.

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¿CUÁNTOS ECOSISTEMAS?

 

ESCALAS DISTINTAS PARA INTERESES DIFERENTES

 

La relatividad de las escalas para comparar.

 

Dada la amplitud de criterios que, como vimos, se utilizan para definir o delimitar los ecosistemas, toda comparación o estimación de su diversidad debe ir precedida de una clarificación del sentido en que empleamos el término ecosistema. La primera condición, en este sentido, sería la de situarnos en un nivel espacial adecuado a nuestros fines concretos. Si estamos interesados por la diversidad de ecosistemas a una escala continental, habremos de elegir el nivel de organización ecosistémico adecuado a ella. Desde luego, las escalas de organización que discriminan los tipos de charcas temporales entre sí no parecen ser ahora las más adecuadas para nosotros. Sí lo serán aquéllas que establecen unidades diferentes del tipo de los grandes biomas terrestres. Deberemos, pues, elegir la escala que mejor se acomoda a lo que queremos, en un gradiente casi continuo entre lo microscópico (microecosistemas) y la unidad global (la biosfera en su conjunto o el ecosistema Tierra); en cada escalón advertiremos diferencias marcadas en cuanto a los componentes, pero tendremos aspectos comunes en el ámbito de la estructura y el funcionamiento. Si nuestra finalidad, por el contrario, estribara en comparar la diversidad de regiones con una extensión de unas decenas de kilómetros (por ejemplo, del tipo de las existentes a lo largo de las vertientes de un sistema montañoso, como Los Picos de Europa), deberemos elegir una escala de ecosistemas menor, como la que nos permite discriminar los tipos de pastizales según su composición florística dominante. Esta escala tendrá sentido para nuestros fines.

Por eso existen diferentes escalas y niveles en las clasificaciones de los ecosistemas. Además, incluso dentro de un mismo nivel, a menudo podemos encontrar más de un tipo de clasificación atendiendo a los componentes del ecosistema que se utilizan para ordenarlos y definirlos.

Si ya nos hemos puesto de acuerdo en la escala de organización espacial con la que queremos medir o diferenciar nuestros ecosistemas, el siguiente paso que podemos dar consiste en establecer un sistema de identificación rápida que nos permita (lo más fácilmente posible) aplicar nuestros criterios y solucionar los casos que se nos presenten. Los sistemas más utilizados consisten en determinar los indicadores bióticos más fiables, constantes y fáciles de percibir. Frecuentemente se recurre a sistemas de clasificación de las comunidades de seres vivos (más que de ecosistemas en su sentido más global); a menudo, éstas se basan en las características de la vegetación. No está demasiado claro si este método no supone ignorar muchas de las características importantes de los ecosistemas; es decir, si la identificación exclusiva de las diferencias en la composición del ecosistema, evaluadas sólo a través de unos pocos tipos de organismos, aunque sean los considerados más representativos, no sacrifica la identificación de las posibles diferencias sistémicas, estructurales o funcionales que es lo que verdaderamente nos interesa. Utilizando las asociaciones de especies vegetales como criterio de identificación de los ecosistemas (al considerar que reflejan más que ningún otro tipo de organismos las condiciones más influyentes en el funcionamiento y estructura del ecosistema, a la escala que nos movemos), tal vez hayamos llegado a definir, como una de las unidades básicas, un determinado tipo de bosque; el hayedo cantábrico, por ejemplo. La presencia de estos hayedos nos servirá como criterio de delimitación de nuestro ecosistema, que es mucho más que las mismas hayas, pues también comprenderá un tipo de suelo, de condiciones climáticas, los tipos de animales que los habitan o utilizan, etc. Pero nada nos asegura que tras ese mismo aparente aspecto y composición que nos ofrecen los hayedos cantábricos no se oculten algunas diferencias ecológicas que podrían tener un interés relevante en el funcionamiento del ecosistema, incluso a la escala regional que nos interesa; o, de otro modo, si otros tipos de bosque o matorral no resultan realmente suficientemente similares a los hayedos cantábricos desde el punto de vista de los aspectos fundamentales de la estructura ecológica y funcional del sistema ecológico constituido. De hecho, para quienes basan la determinación de ecosistemas en verdaderas asociaciones vegetales, no siempre son las especies más "visibles" las determinantes del tipo de asociación, sino las llamadas "especies características" o "fieles". Pero esto sólo es una manifestación más de que no es tan sencillo determinar lo global a partir de la identificación de algunos de sus componentes.

 

La necesidad creciente de la aplicación práctica hace que la ecología no pueda mantenerse en una suerte de torre de marfil de lo puramente teórico. La ciencia pura o básica, se ve día a día más enfrentada a la necesidad de dar respuestas prácticas, creándose paralelamente una ciencia aplicada dependiente. Por eso, la utilidad y el pragmatismo de los métodos de tipificación y cartografiado de comunidades han favorecido su desarrollo y aplicación como sistemas prácticos para la delimitación de ecosistemas. Habitualmente medimos y clasificamos los ecosistemas por la apariencia o composición de sus "formaciones" de seres vivos, fijándonos en los indicadores que creemos más representativos de sus biocenosis, o en las fisonomías más características, en las que predomina frecuentemente la mayor atención a la fracción vegetal del ecosistema; a pesar de lo inapropiado del término, se establecen clasificaciones de "ecosistemas vegetales" para cartografiar el territorio. En resumen, casi todas las clasificaciones (al menos entre los ecosistemas terrestres, pero mucho menos en los acuáticos) suelen responder a este tipo de criterios. A pesar de conocer las limitaciones, a menudo se trata de decidir entre lo posible y lo perfecto.

 


UNA CLASIFICACIÓN MUNDIAL

 

Las zonas de vida de Holdridge

 

Leslie R. Holdridge, un ecólogo tropical que fundó el Centro Científico Tropical en San José de Costa Rica, elaboró el concepto práctico de "zonas de vida", con el que trataba de solucionar lo que llamó el problema de las unidades básicas en ecología. Después de trabajar durante varios años en medios forestales de Luisiana, Puerto Rico, Colombia, Costa Rica y Haití (éste último, un país que, paradójica y desgraciadamente, es hoy considerado, junto con El Salvador, como el más desforestado de Latinoamérica, hasta el punto de aparecer ya en las estadísticas mundiales como despojado de bosques primarios), Holdridge se interesó especialmente en los sistemas de clasificación de climas que había elaborado Köppen, y en los diversos ensayos que sobre distribución de la vegetación habían escrito autores como Grisebach, Warming, Schimper u otros. Moviéndose dentro de la tradición geográfica que parte de las relaciones privilegiadas entre el clima y le vegetación (una tradición iniciada nada menos que por Alexander von Humboldt), Holdridge propuso un sistema de clasificación en "zonas de vida" para toda la parte terrestre del planeta. Su sistema ha sido muy utilizado sobre todo en América Latina, pero también ha sido aplicado en otros medios, generalmente tropicales, como Kenia o Tailandia, con el fin de cartografiar y clasificar de forma rápida los tipos de ecosistemas.


Las zonas de vida se definen a partir de los valores promedios de temperatura, precipitación y humedad que caracterizan el ecosistema; la diferencia estriba en que se trata de parámetros cuya medición ha de hacerse en la zona "biótica", es decir, interesa la medida de estos factores en los lugares en que realmente afectan a la vida de los seres vivos. De todas formas, la utilidad práctica del sistema de Holdridge viene de la posibilidad que brinda de identificar las zonas de vida en el campo mediante el reconocimiento de formaciones, paisajes  y estructuras vegetales relativamente sencillos.

Cuando un ecólogo no tropical se enfrenta al complejo y diverso mundo ecuatorial, las dificultades que encuentra para aplicar los sistemas de trabajo habituales en las zonas templadas le hacen la tarea a menudo impracticable. La ausencia de estaciones permanentes de toma de datos (por ejemplo, meteorológicas) que le proporcionen información acerca de las características sobre las que basar sus criterios de clasificación, o la posible escasez de estudios previos o de informaciones científicas en las que apoyarse puede que motiven los primeros problemas, pero los más graves vienen de la dificultad para aplicar métodos que han sido ideados para sistemas considerablemente más sencillos, como son los medios templados o fríos, a ecosistemas de una complejidad y diversidad asombrosas. Un fitosociólogo de la escuela francosuiza que tratara de aplicar la metodología propuesta por Braun-Blanquet directamente a un bosque lluvioso del Perú, posiblemente acabaría en un hospital especializado en curas de reposo. Por eso, el éxito de la clasificación de Holdridge proviene de su facilidad de aplicación en estos medios. Como él mismo señaló: "la indicación más positiva del carácter natural de las zonas de vida fue el hecho de poder cartografiar vastas áreas de América Latina, únicamente con base al reconocimiento de las zonas de vida en el campo mismo"[175]. Con los trabajos de aplicación de su método de tipificación en zonas tropicales de Africa o Asia, Holdridge demostró, además, la posibilidad de reconocer sus zonas de vida en otros lugares, independientemente de las grandes diferencias taxonómicas existentes entre biocenosis tan distantes.

 

Las zonas de vida en que Holdridge divide la biosfera parten de tres tipos principales de información: la biotemperatura[176] media anual, la precipitación anual media y la altitud sobre el nivel del mar. Define 7 regiones latitudinales utilizando la biotemperatura media anual al nivel del mar:

 

 

                  Regiones

 

Min

 

Max

 

POLAR          

 

 

1,5º

 

SUBPOLAR

 

1,5º

 

 

BOREAL

 

 

 

TEMPLADA FRÍA           

 

 

12º

 

TEMPLADA CÁLIDA

 

12º

 

18º

 

SUBTROPICAL

 

 18º

 

24º

 

TROPICAL

 

24º

 

30º

 

 

Asimismo, establece 7 fajas o pisos altitudinales que tienen que ver también con la biotemperatura anual media y que varían en sus márgenes de altitud en función de la región latitudinal en que se encuentren. Son:

 

BASAL

PREMONTANO

MONTANO BAJO

MONTANO

SUBALPINO

ALPINO

NIVAL

 

Finalmente, diferencia 12 categorías relativas a la humedad, denominadas "provincias de humedad". Son:

 

DESECADO

SUPERÁRIDO

PERÁRIDO

ÁRIDO

SEMIÁRIDO

SUBHÚMEDO

HÚMEDO

PERHÚMEDO

SUPERHÚMEDO

SEMISATURADO

SUBSATURADO

SATURADO

 

Al conjugar en un diagrama piramidal estos tres factores (regiones latitudinales, pisos orres`pondientes aaltitudinales y provincias de humedad) resultan espacios hexagonales correspondientes a las "zonas de vida", con nombres como: "Bosque Seco Montano Bajo Subtropical", "Páramo Muy Húmedo Subalpino Tropical", etc. La clasificación prosigue a escalas menores con asociaciones que subdividen las zonas de vida. Holdridge agrupa las asociaciones en cuatro clases básicas: climáticas, edáficas, atmosféricas e hídricas. Un ejemplo de asociación de este tipo puede ser la Asociación de Suelo Fértil Inundado Estacionalmente por Aguas Dulces sobre Terrazas Fluviales Bajas, dentro de la zona de vida Bosque Húmedo Tropical; este caso es el llamado catival, una formación dominada por Prioria copaifera[177].


MÉTODOS PARA TODOS LOS GUSTOS

 

Otras formas de encarar la clasificación

 

Ciertamente no es el sistema de zonas de vida de Leslie Holdridge la única propuesta para tipificar formaciones o biocenosis. Raunkjaer, un botánico danés, ideó ya en la primera y segunda década de este siglo un sistema muy utilizado aún hoy para la clasificación de los tipos biológicos vegetales de las regiones templadas y frías. Su sistema se fundamenta en las estrategias de resistencia invernal y en la consiguiente ubicación de las yemas de reemplazo en los vegetales. Según Raunkjaer las diferentes estrategias de las plantas pueden agruparse en 10 categorías:

 

PLANCTÓFITOS

EDAFÓFITOS

ENDÓFITOS

TERÓFITOS

HIDRÓFITOS

GEÓFITOS

HEMICRIPTÓFITOS

CAMÉFITOS

FANERÓFITOS

EPÍFITOS

 

La diferente representación de estas categorías en un ecosistema, que se ha llamado su espectro fisonómico, hace que se diferencien los tipos de ecosistemas por el tipo de su respuesta biológica frente a las características climáticas y a la historia ecológica del lugar. Al contrario de la clasificación de Holdridge, la propuesta de Raunkjaer es totalmente inadecuada para las regiones tropicales, aunque sí se ha usado satisfactoriamente en las regiones áridas y semiáridas. En los años cincuenta, Pierre Dansereau retomó la idea del sistema de Raunkjaer e, ideando una serie de símbolos, propuso una forma de representación de los tipos de vegetación según sus tipos biológicos.

 

Por su parte, Davis y Richard, habían introducido en América un sistema de representación de las formaciones forestales en forma de diagrama con la escala de alturas que alcanzan los tipos principales de vegetales, muy útil para dar una idea de la fisonomía dominante. Éste sistema fue continuado por los trabajos realizados por J. S. Beard en la América Tropical.

 

Además de los anteriores, existen otros muchos sistemas parecidos o relacionados, casi siempre basados en la aplicación de criterios climáticos o fitofisiognómicos, como los de Eduard Rübel de 1930, Huguet del Villar en 1929, Brockmann-Jerosch en 1935 o E. Warming en 1933. La coincidencia de fechas da idea del momento histórico en el que se produjo la mayor coincidencia en el interés científico por este tipo de clasificaciones mundiales. De algún modo todos estos métodos son deudores de la propuesta primera del genial Alexander von Humboldt, quien ya diferenció "más de dieciséis formas de vegetación diferente", según recoge en su libro sobre "Aspectos de la Naturaleza", de 1805.

 

En Europa Occidental, las clasificaciones dominantes en la literatura científica y la cartografía suelen estar influidas por las aportaciones de la llamada "Escuela de Zurich-Montpellier". Ésta ha llegado a establecer toda una jerarquía de formaciones vegetales, en las que las entidades "naturales" son las Asociaciones (como en la Sistemática lo son las especies), las cuales pueden agruparse en Alianzas, y éstas en Ordenes que, a su vez, constituyen Clases.

La fitosociología se constituye así sobre la base de un principio básico y sencillo como es el de que las especies aparecen en la naturaleza agrupadas en una forma determinada. Cuenta Ramón Margalef en su Teoría de los sistemas ecológicos[178] que el fundador de la fitosociología, el grisón Josias Braun-Blanquet, le expuso los fundamentos de su método del siguiente modo: "lo único que podemos saber es qué especies se encuentran juntas: construyamos una representación de la naturaleza sobre estas bases". Tal vez sea un fundamento tan sencillo como lógico, aunque algunos opinan que sería importante tratar de saber algo más.

Lo cierto es que la "Escuela de Zurich-Montpellier" ha hecho fortuna entre muchos ecólogos vegetales y botánicos, resultando una línea práctica de trabajo muy utilizada en el continente europeo. De hecho (como vimos antes), los inventarios utilizados en la Unión Europea para cartografiar y tipificar los tipos de "hábitats", siguen en líneas generales estos criterios fitosociológicos. En España, la cartografía de formaciones vegetales potenciales (las que se supone que deberían existir de no mediar la actividad humana) y la de las formaciones corológicas vegetales (también utilizadas como base para la definición de los tipos de biocenosis y de los "hábitats" de interés comunitario), han sido realizadas por equipos de fitosociólogos dirigidos por el botánico de la Universidad Complutense de Madrid, Salvador Rivas-Martínez, el principal impulsor de la aplicación de la fitosociología en España y a quien se debe la constitución de una activa escuela de especialistas en fitosociología, que ha supuesto una gran producción de trabajos.

Inicialmente, la fitosociología fue propuesta por Braun-Blanquet como "una parte muy significativa de la biosociología", queriendo hacer de ésta "una ciencia básica que considera e investiga los resultados de muchos campos de la ciencia desde un punto de vista muy determinado, el de la vida en común de los organismos". Sin embargo, lo cierto es que salvo unos pocos trabajos aplicados siguiendo los métodos "sigmatistas[179]" en los campos de la zoología, el verdadero éxito de esta escuela y sus propuestas taxocenóticas ha quedado bastante limitado al campo de las comunidades vegetales.

Indica Margalef que la fitosociología "al requerir listas completas de la composición específica de las comunidades", por razones prácticas, no se puede aplicar "ni a sistemas de flora muy rica, como las selvas tropicales, ni a conjuntos igualmente ricos y de taxonomía difícil, como los insectos, y mucho menos a las etapas avanzadas de la sucesión, y principalmente cuando la sucesión ocurre en sistemas de alta diversidad, con especies muy numerosas".  La aplicación de unos métodos de clasificación u otros se debe a muchos condicionantes, de forma que puede hablarse de un reparto geográfico (e incluso "geopolítico") en el predominio del uso de unos u otros sistemas de tipificación. Basta pensar en la idoneidad de la aplicación de muchos de estos sistemas de clasificación y tipificación en los ámbitos geográficos donde se formularon inicialmente para comprender que, a pesar de la pretensión universalista de muchos de ellos, mantienen una considerable dependencia de las características regionales o locales. Este puede ser el caso de la Escuela de Montpellier, de la que venimos hablado. Su eficacia se ve bastante limitada fuera de algunas regiones determinadas del globo; particularmente los mundos mediterráneos y alpinos que la vieron nacer. La advertencia de Margalef sobre su escasa utilidad en medios tropicales es pertinente al respecto. De igual modo, las líneas de trabajo derivadas de los estudios de Clements en Norteamérica y que configuran el inicio de su teoría sobre los clímax, rinde tributo, tanto en su origen como posiblemente en su consiguiente capacidad de aplicación, al ámbito de los continuos y bellísimos paisajes de las altas latitudes continentales, donde la extensión de las formaciones boscosas homogéneas ciertamente facilita una interpretación finalista, como es la teoría del clímax sucesional. No hay, por tanto, uniformidad ni acuerdo en los métodos, lo que obstaculiza en parte la posibilidad de establecer comparaciones sobre la diversidad de ecosistemas, fuera de las mismas zonas, basadas en uno sólo de estos sistemas. Mas fácil resulta, sin embargo, establecer comparaciones aceptables sobre la riqueza en diversidad de ecosistemas dentro de regiones donde se puede aplicar satisfactoriamente el mismo método de tipificación.

 


LIMNOLOGÍA Y DISCRIMINACIÓN DE ECOSISTEMAS

 

Más cosas sobre las formas de medir la diversidad de ecosistemas

 

Al tratar de comprender los ecosistemas desde un punto de vista global, se hace necesaria la búsqueda de características "macroscópicas" que nos permitan realizar esa aproximación "sistémica". Estas características son del tipo de la diversidad ecológica, la estabilidad estructural, la productividad, la conectividad de las redes tróficas, la eficiencia energética o la acumulación de la información en la organización ecosistémica. Para algunas de ellas se han propuesto diferentes algoritmos matemáticos capaces de ofrecer valores cuantificados. Sin embargo, casi todos ellos requieren un grado de conocimiento de los ecosistemas "diferente" del que ofrecen muchos estudios biológicos. A veces, incluso, las técnicas de obtención de datos no son suficientemente generalizables, resultan poco prácticas o no están muy extendidas; de ahí que caractericen estudios ecológicos concretos, pero no hayan originado formas sistemáticas de clasificación aceptadas o generalizadas en grado suficiente entre los ecólogos.

Posiblemente sea la parte de la ecología que se ocupa del estudio de los ecosistemas de aguas no marinas, según la definición que da Margalef[180] a la limnología (o del conjunto de las aguas dulces o epicontinentales si optamos por la que adopta en 1922 la Sociedad Internacional de Limnología), la que ha desarrollado una menor dependencia en sus sistemas de clasificación ecológica en relación a los componentes vegetales. En la limnología se ha desarrollado y utilizado más que en la ecología terrestre el estudio de los otros componentes y factores abióticos del medio para establecer los tipos y características ecológicas, aplicándose más el estudio de esos parámetros que hemos definido como sistémicos. Tal vez el mayor peso aparente de los factores abióticos en la percepción de los tipos de ecosistemas acuáticos esté en la base de esta peculiaridad de la limnología frente a la ecología no acuática. Mientras en ésta es frecuente determinar el tipo de ecosistemas usando la macrovegetación, y especialmente las condiciones principales del sustrato o del clima que la afectan (se habla de brezales psammófilos, de hayedos subalpinos, etc); en la limnología de los lagos, por ejemplo, éstos se clasifican a menudo mediante otros criterios como los factores geohistóricos, derivados del origen o el momento de organización (estado de sucesión) en que se encuentran. A menudo, las clasificaciones toman como criterio central un parámetro macroscópico, como la productividad, obteniéndose así la clasificación tradicional de los lagos en un gradiente de oligotrofia/eutrofia, que tiene mucho que ver con el estado sucesional del sistema lacustre, pero también con las características regionales y latitudinales de su ámbito geográfico. En otros casos, la selección se hace atendiendo a una característica estructural espacial, como es la estratificación de las aguas y el dinamismo de su mezcla vertical, obteniéndose los tipos monomícticos, dimícticos, amícticos, ... Este tipo de clasificaciones permite, además, hacer adaptaciones regionales que, al margen de su interés científico estricto, facilitan su uso aplicado para orientar las formas de gestión y de protección de estos ecosistemas o de sus territorios circundantes. Fue, por ejemplo, el sistema utilizado por  el equipo de limnólogos de la Universidad Autónoma de Madrid dirigido por Carlos Montes, para realizar el Inventario de Zonas Húmedas de España del que ya hemos hecho anterior referencia. Las consecuencias que tales criterios de tipificación tienen para la política de protección de la naturaleza (tanto desde el punto de vista de la selección de espacios a proteger, como desde las medidas de gestión a aplicar) son también importantes como vimos.

Ciertamente una clasificación de las zonas húmedas españolas realizada a partir de  criterios ecosistémicos no nos aportará las mismas conclusiones que otra basada en el estudio de una única comunidad de organismos, como pueden ser los listados y censos de aves acuáticas, tradicionalmente utilizados por el Convenio de Ramsar sobre protección de humedales como principal y casi único requisito para la declaración de su importancia internacional, hasta que hace pocos años se introdujeron más y más amplios criterios, entre ellos los ecológicos, avanzándose con ello hacia una perspectiva ecosistémica en la protección de los humedales. Las conclusiones, tanto para la política de declaración de espacios a proteger, como para los sistemas de gestión y manejo del medio, son, ciertamente, distintas.

 

De todos modos, no hay que olvidar que en la limnología se parte de una definición natural del ecosistema que facilita el propio medio. Las fronteras ("ecotonos") son aquí nítidas: los lagos se delimitan con cierta facilidad (aunque no tanto sus áreas de dependencia o influencia) y ahí reside el principal criterio de establecimiento del ecosistema. Por otra parte, el flujo principal de materiales es fácil adscribirlo al ciclo del agua. A continuación, sólo nos queda establecer las formas de tipificación de las unidades (lagos, charcos, lagunas...) que están ya más o menos preestablecidas y que reflejan pocas dudas acerca de su identificación. Sólo se presentan problemas cuando se afronta el estudio de un sistema no uniforme, como sucede con el caso del "lago-río" originado por un embalse: se trata de un sistema formado por dos subsistemas diferentes; de un lado, la cola, que se comporta de una forma muy parecida a la de un ecosistema fluvial (sistema lótico); del otro, la zona próxima a la presa, que se asemeja a un ecosistema lacustre (sistema lenítico). En la ecología no acuática, sin embargo, el primer problema que enfrenta el ecólogo es el de establecer sus unidades: hay que definirlas, identificarlas y delimitarlas y todo eso representa ya un primer obstáculo y un problema a solventar. Por eso se recurre a privilegiar los aspectos "visibles" y "representativos" del ecosistema, como la macrovegetación.

 


LIMES, ECOTONOS Y ECOCLINAS

 

Límites entre ecosistemas

 

Dada la importancia que tiene la delimitación de ecosistemas, no es extraño que la ecología se haya interesado particularmente en este tema de los límites entre los ecosistemas o, dicho de otro modo, de las interfases, ecotonos o zonas en las que se produce una transición entre unas características ecológicas que son básicamente homogéneas en cada lado, pero diferentes entre ambos.

Desde un plano teórico, el cambio en las magnitudes macroscópicas ecológicamente relevantes al trasladarnos de un lugar a otro representaría el mejor indicio de cambio de ecosistema. Así, la variación en las características abióticas relevantes suele ser interpretada como un cambio en el tipo de ecosistema. Por otra parte, la influencia del tiempo en la evolución de los sistemas ecológicos puede determinar características ecológicas que los hacen diferentes. En este caso se trataría de diferencias entre estadios diferentes de un posible mismo tipo de ecosistema que evoluciona a lo largo de lo que se conoce como una sucesión ecológica. Así, el tiempo puede determinar diferencias importantes en la cantidad de información asimilada por la organización del sistema, lo que implica la existencia de diferencias estructurales y dinámicas. El ecosistema se autoorganiza en el tiempo: va de estadios simples y poco diversos hacia etapas maduras y diversas.

 De forma muy simplificada, cambios, fronteras o diferencias del primer tipo son los que se suelen observar a lo largo de una ladera en la que aparecen formaciones vegetales y animales distintas asentadas sobre ambientes edáficos y climáticos no menos diferentes, aunque todas ellas puedan tener un mismo grado de madurez (no esperamos que el paso del tiempo convierta al encinar de la base del Guadarrama en un matorral de piorno serrano que coexiste con pinos silvestre unos cientos de metros más arriba, o viceversa). Cambios, fronteras o diferencias del segundo tipo de los explicados antes, pueden ser los que encontremos entre un bosque inalterado y el matorral procedente de la regeneración natural que sigue a un incendio reciente en una parte de aquel. Si en el primer caso son las condiciones abióticas las determinantes fundamentales del cambio que se aprecia entre un tipo y otro de sistemas; en el segundo es, sobre todo, el peso de los acontecimientos históricos el que define y determina las distintas condiciones que se perciben. Estas diferencias han sido catalogadas por algunos ecólogos, definiendo tipo de límites, gradientes de cambio y fronteras, configurando toda una tipología de denominaciones sobre ecoclinas, ecotonos, limes divergens, limes convergens, fronteras asimétricas etc.

De todas formas, en ocasiones, los acontecimientos históricos llegan a ser tan determinantes como para terminar alterando las supuestas bases estructurales y dinámicas comunes que comparten dos etapas de un mismo tipo de ecosistema. Un incendio en un bosque mediterráneo da paso a un proceso de regeneración que desembocará, esperamos, en el mismo tipo de bosque que fue arrasado por las llamas, tras varios años de recuperación natural; pero muchos incendios repetidos en el mismo bosque mediterráneo darán paso a un proceso que puede desembocar en la desertificación del lugar: no habrá, en un tiempo biológicamente razonable, un bosque en aquel lugar. Bueno será tener presente esto, habida cuenta de la perseverancia en quemar nuestros ya escasos bosques.


        LA APROXIMACIÓN ECOSISTÉMICA

 

BIORREGIONES Y ECORREGIONES

 

Una escala regional para los ecosistemas

 

Ante la complejidad de las diferentes escalas y niveles posibles en la diversidad de ecosistemas, se han realizado diversas propuestas para organizarlos jerárquicamente. De hecho, estas "taxonomías" aplicadas a la diversidad de sistemas ecológicos pueden compararse con las existentes en los otros dos grandes componentes de la biodiversidad, la genética y la de especies. Es lo que hizo Francesco Di Castri, de la UNESCO, en una propuesta donde la diversidad de ecosistemas recibe el calificativo de "diversidad ecológica" y la diversidad de especies el de "diversidad taxonómica"[181]. A continuación, se recoge el cuadro sintético de Di Castri.

 

CUADRO DE RELACIONES JERÁRQUICAS ENTRE ESCALAS DE DIVERSIDAD


DIVERSIDAD GENÉTICA 

comunidad

población

organismo

célula

molécula


DIVERSIDAD TAXONÓMICA

reino

filum

clase

orden

familia

género

especie

subespecie


DIVERSIDAD ECOLÓGICA

biosfera

bioma

paisaje

ecosistema

hábitat nicho

 


También Vernon Heywood, de la Universidad de Reading, con Ivar Baste, del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, han ofrecido un tipo similar de ordenaciones jerárquicas[182] para los tres tipos de biodiversidad.

 


CUADRO DE ORGANIZACIÓN JERÁRQUICA DE LA BIODIVERSIDAD,

(estando relacionadas las escalas por el nivel de poblaciones)


DIVERSIDAD ORGANÍSMICA

reinos

fila

familias

géneros

especies

subespecies

poblaciones

individuos

 

DIVERSIDAD GENÉTICA 

poblaciones

individuos

cromosomas

genes

nucleótidos

 

DIVERSIDAD ECOLÓGICA

biomas

biorregiones

paisajes

ecosistemas

hábitats

nichos

poblaciones

 


 

Aunque es posible advertir el uso de algunos términos en un sentido que no todos admitirían en biología y ecología, este tipo de clasificaciones tienen la virtud de mostrar la existencia de diferentes niveles y escalas en la organización jerárquica de los tipos de biodiversidad, lo que no es poco.

 

En las columnas que ahora más nos interesan (las correspondientes a la diversidad ecológica, tomada ésta en el sentido de un componente de la biodiversidad), encontramos algunas similitudes y también algunas diferencias entre ambas propuestas.  Sin embargo, es posible integrar los niveles superiores a ecosistema de ambas y obtener una única escala definida por la siguiente secuencia:

                                                              BIOSFERA

                                                                  BIOMAS

                                                    BIORREGIONES

                                                               PAISAJES

                                                      ECOSISTEMAS

 

En esta escala se encuentra resumida una aproximación geográfica al concepto de ecosistema que, si desde la Ecología Teórica tal vez no se vea como demasiado adecuada (pues todos los niveles de la escala podrían ser considerados a su vez como ecosistemas), sí ha resultado práctica para la Ecología Aplicada. La clave geográfica de la escala se centra en la definición de la unidad "biorregión" o "ecorregión", un término que coincide con la escala regional utilizada en la biogeografía.

Kenton Miller, exdirector de la UICN que ahora dirige el Programa de Recursos Biológicos e Instituciones del Instituto de Recursos Mundiales, ha definido la "biorregión" como "un espacio geográfico que contiene un ecosistema completo o varios relacionados"[183], tratando de delimitar la ubicación del concepto de ecosistema en la escala espacial manejada. Para Miller, la aproximación biorregional sería la escala adecuada para el tratamiento de la unidad de gestión. De hecho, así ha sido aplicado en diversos casos del Oeste de Canadá, Australia o California.

La biorregión resulta más un tópico útil para la planificación técnica y la ecología aplicada que un concepto estrechamente ligado a la estructuración de los ecosistemas. En este sentido, su aplicación constituye una buena apuesta para una planificación y gestión ecosistémica del territorio; algo que, como vimos antes, constituye un objetivo necesario para muchos ecólogos. En este sentido, los programas de gestión ecosistémica debieran ser establecidos sobre una base territorial relacionada con este tipo de unidades: las ecorregiones o biorregiones. De este modo, se conseguiría trabajar con sistemas ecológicos dotados de una cierta unidad funcional suficientemente coherente y amplia como para obtener resultados relevantes para una escala territorial amplia y los recursos naturales existentes en ella.

 El "Comité para las bases científicas de la Gestión Ecosistémica" de la Sociedad Ecológica de América, en su informe de mayo de 1995, ha definido este nuevo modelo de gestión que trata de aplicarse en Norteamérica como un tipo de gestión "dirigido por fines explícitos, ejecutado mediante prácticas, protocolos y políticas, y hecho aplicable mediante programas de seguimiento e investigación fundamentados en nuestros mayores conocimientos de las interacciones ecológicas y los procesos necesarios para mantener la composición, estructura y gestión de los ecosistemas".

La nueva filosofía de la gestión de la naturaleza, siendo complementaria, es más ambiciosa que las tradicionales fórmulas que fundamentan la selección de los espacios a proteger en la presencia de algunas especies consideradas relevantes o que han sido seleccionadas por su precaria situación poblacional, su interés biológico u otros aspectos. Ambos enfoques gozan de elementos positivos y, posiblemente, el modelo ligado a la conservación de especies concretas no deba ser abandonado cuando se trata de poblaciones muy alteradas e impactadas por las actuaciones humanas, pero se manifiesta una mayor capacidad para alcanzar un modelo globalmente satisfactorio de conservación y uso sostenible de la naturaleza en los sistemas basados en la planificación y gestión de ecosistemas.

Canadá, el país al que definitivamente ha ido a parar la sede del Convenio de Biodiversidad (España era otro candidato), es uno de los Estados que ha tratado de aplicar algunos criterios de planificación ecosistémica a su territorio. Cuando se trata de avanzar en esta línea, es necesario que el aparato científico-técnico del país desarrolle un sistema de organización y clasificación para cada uno de los niveles y unidades de la escala ecorregional. "Biodiversidad de Canadá", el informe publicado por el Centro Canadiense de la Biodiversidad del Museo de la Naturaleza en Ontario[184], recoge la identificación de 117 ecorregiones terrestres y 29 marinas en Canadá, lo que entre otras cosas sirve para comprobar que 45 de las primeras y 27 de las segundas aún no están representadas en el sistemas de espacios protegidos del país. Ello no obsta para que también se apliquen los sistemas de detección de especies amenazadas, de forma que también se identifican 239 amenazadas (y 9 ya extinguidas). Además, se señalan 23 áreas de alta endemicidad para las plantas y 17 para animales. La coexistencia de diversos métodos y sistemas para enfrentar la pérdida de biodiversidad y los efectos negativos sobre la estructura y composición de los ecosistemas se percibe cada vez más como un nuevo elemento clave para el desarrollo adecuado de políticas de conservación y uso sostenible de los recursos. En esa coexistencia, la planificación ecológica y la gestión ecosistémica se revelan como estrategias crecientemente indispensables.

 

En diversos lugares del mundo se están empezando a utilizar este tipo de aproximaciones ecológicas a la planificación y gestión. Miller, en su ya aludido informe, recoge el análisis de casos en  Europa (mar de Wadden), África (Serengueti), Norteamérica (Yellowstone), América Latina (La Amistad) o Australia (Gran Barrera de Arrecife). Ninguno es, tal vez, completamente satisfactorio, pero en cada uno de ellos se perciben importantes avances sobre los planteamientos anteriores basados en la delimitación de áreas protegidas de un tamaño necesariamente pequeño y con modelos de gestión en los que difícilmente se consideraban los procesos ecológicos a una escala regional.

Además, a partir de la definición de conjuntos de áreas protegidas, una de las aplicaciones regionales básicas consistiría en la creación de verdaderos sistemas integrados e interrelacionados de espacios gestionados bajo criterios coherentes. El estudio de la biodiversidad y de la ecología de la conservación está demostrando que sólo a través de este tipo de criterios se logra enfrentar con mínimas garantías una de las más problemáticas amenazas a la conservación de la vida silvestre, como es la fragmentación de los hábitat.

Como reconoce Kenton Miller, no existe una escala única válida para todos los casos y lugares, por lo que la solución tiene mucho de específica en cada uno de ellos. De ahí que resulte más necesario que nunca el diálogo entre la ciencia, las técnicas aplicadas, las instituciones, las poblaciones y los agentes sociales organizados.

 


PARCHES Y REMEDOS

 

La fragmentación de los hábitats

 

Tal como muestra la aproximación ecosistémica regional, uno de los problemas fundamentales en la conservación de la naturaleza estriba en la incapacidad demostrada por la mayoría de los métodos aplicados hasta hoy para enfrentarse a la destrucción de los procesos ecológicos. A pesar de que hay casi 10.000 espacios protegidos en el Mundo, cubriendo una superficie total de casi 150.000 kilómetros cuadrados (lo que representa un 6,3 por 100 de la extensión continental), lo cierto es que se sigue detectando una pérdida de biodiversidad en todos sus componentes y en casi todos los lugares. Unido a la necesidad de aumentar la superficie protegida y presuntamente sometida a una gestión que tiene por uno de sus fines principales el mantenimiento de la diversidad de la vida (aunque la mayoría de los espacios protegidos son “parques de papel", sin el menor tipo de gestión, control o seguimiento reales), parece necesario acometer también algunas modificaciones en los tradicionales sistemas de planificación y gestión.

 

Junto a la introducción de especies exóticas, la sobreexplotación directa (caza, pesca, tala,..), la contaminación, la expansión de la intensificación agrícola y el proceso de cambio climático, la Estrategia Global para la Biodiversidad[185], un documento conjunto de la Unión Mundial para la Conservación (UICN), el Instituto de Recursos Mundiales (WRI) y el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA),  señalaba ya la fragmentación de hábitats como una de las seis principales causas de la pérdida de biodiversidad global.


La fragmentación de los ecosistemas es un proceso por el que éstos se van degradando y destruyendo, quedando restos aislados y a menudo excesivamente distanciados entre sí como para que las comunidades que los habitan puedan seguir subsistiendo. Si un bosque es cruzado por autopistas, talado parcialmente para hacer tierras de labor y convertido en una colección de bosquecillos aislados, tendremos un claro proceso de destrucción y fragmentación del ecosistema original.

La gravedad del proceso de fragmentación aumenta dependiendo de la intensidad y de las características concretas de los usos y actividades que rodean los fragmentos. Que puedan mantenerse los flujos genéticos entre las poblaciones silvestres refugiadas en los fragmentos del ecosistema original o que se posibilite el funcionamiento y perpetuación de procesos naturales importantes para la vida son factores clave en la viabilidad ecológica del medio, que depende también del "tamaño" efectivo de los fragmentos. A menudo, el sistema degradado que se encuentra entre los "trozos" del ecosistema original ejerce más de separación que de nexo de unión: entonces es cuando se manifiesta con la mayor gravedad el proceso de fragmentación. En esas condiciones de aislamiento entre los fragmentos del ecosistema original, la situación evolucionará dependiendo del tamaño de éstos y de la agresión o de los impactos que reciban en sus fronteras. Si los fragmentos son pequeños, están aislados y sufren presión en sus fronteras, es evidente que estaremos en los umbrales de un proceso imparable de degeneración y regresión hasta la total desaparición del ecosistema original y la biodiversidad ligada.

 

La mayor parte de los conjuntos de áreas protegidas existentes funcionan como modelos de ecosistemas fragmentados: las "islas" o "fragmentos" están constituidos por los propios espacios protegidos que son, a menudo, demasiado pequeños, están excesivamente aislados entre sí y sufren importantes presiones desde sus zonas limítrofes. Por eso, a veces la superficie total residual de un ecosistema en una región (o, similarmente, la extensión del total de áreas protegidas en un país) no dice mucho acerca de la viabilidad del conjunto natural de la región. Para ello deberíamos también conocer las características ecológicas del modelo de fragmentación que hay, cómo se distribuyen los espacios residuales y si se comunican genéticamente tales "fragmentos".

 

Como ya tuvimos ocasión de ver, Ed Wilson (quien a estas alturas es ya un habitual en este texto) estableció con Robert MacArthur un modelo para explicar la colonización y supervivencia de los organismos en las islas, al que denominaron "Teoría de la Biogeografía Insular". Ese mismo modelo ha constituido la base de la mayor parte de los análisis de las relaciones entre el número de especies que se mantienen y la superficie que va quedando de los ecosistemas originales. Junto a algunos modelos genéticos y demográficos, estos sistemas constituyen casi las únicas herramientas de que disponen los biólogos para comprender la mecánica de la extinción[186]. Utilizando este tipo de modelos es como se han podido ofrecer cifras del tipo del ya antiguo cálculo de un mínimo de 4.000 especies que estarían desapareciendo anualmente tan sólo debido a la deforestación de los bosques tropicales húmedos[187] (aunque esta cifra asciende, al utilizar los extremos máximos de algunas estimaciones hasta 50.000 o incluso 100.000 especies al año)

 

Según la teoría de MacArthur-Wilson, la curva de especies/superficie en una isla seguiría un tipo de función como la expresada por la fórmula:

 

                                                        N = K A X

 

donde N indica el número de especies, A la superficie y K y X son constantes proporcionales que dependen del tipo de especies y características como su capacidad de movilidad, determinándose de forma empírica.

La aplicación de esta teoría al cálculo de las tasas de extinción esperables consiste en dar la vuelta al argumento primero: la reducción de la superficie original irá expulsando especies del ecosistema en la forma que expresa el comportamiento de la curva entre número de especies y superficie que queda formando una unidad. Para un valor de X considerado empíricamente adecuado a algunos medios (como es 0,27), mientras mantengamos el 90 por 100 de la superficie original del ecosistema, tan sólo habrá desaparecido una mínima fracción de la diversidad de especies (alrededor de un 3 por ciento); pero al alcanzar la destrucción a la mitad del ecosistema original, esperaremos ya que un 17 por 100 de las especies se hayan extinguido. Ésto es debido a que la reducción superficial obliga a un mayor "empaquetamiento" de las especies en un espacio menor, lo que funciona sin pérdida de especies (aunque sí de densidades de cada una) hasta un límite, que depende de las características y de las capacidades de adaptación de cada especie a las nuevas condiciones de presión ambiental y competencia. La curva se desploma cuando traspasamos un grado de reducción que nos lleva a quedarnos con menos de la cuarta parte del ecosistema; el mantenimiento de sólo el 20 por 100 de la superficie original implica la desaparición del 35 por 100 de las especies originales; mientras que si sólo nos quedara el 10 por 100 de la extensión, se habrá extinguido aproximadamente la mitad de las especies. Por ese entonces nuestro reducido ecosistema ya no se parecerá casi nada al original.

El grave problema real estriba en que en numerosas partes del mundo la extensión superficial que queda de los ecosistemas originales se ha situado ya en las zonas de la curva donde se dispara el proceso de extinción de especies. Cualquier nuevo paso en el sentido de reducir lo que queda se manifestará en un rosario de extinciones mucho más grave y amplio que las que tuvieron destrucciones similares en la superficie original ocurridas en el pasado. Podemos afirmar que estamos en el umbral de presenciar la extinción en masa de numerosas especies si proseguimos con nuestras actividades de destrucción de los ecosistemas.

Hay que advertir que el cálculo de la superficie residual que utilicemos en la aplicación de las curvas especies/superficie derivadas de la Teoría de Mac Arthur y Wilson tiene que ser el del tamaño efectivo de los ecosistemas. Esto quiere decir que los porcentajes de superficie global por regiones o países no es necesariamente válido si queremos averiguar en qué punto de la curva nos encontramos, ya que no ofrece información sobre el grado de fragmentación de la superficie que queda. En ocasiones un dato como el de un 25 por 100 de superficie remanente puede ocultar un drama mucho mayor del que parece si esa superficie resulta de la suma de numerosos pedacitos minúsculos y aislados de pequeños e inviables ecosistemas; en ese caso, el tamaño efectivo real tal vez no sea superior a un porcentaje de un sólo dígito; estaríamos en la antesala de la desaparición del ecosistema y sus especies dependientes.

Tratando de aplicar estas consecuencias se encuentran las propuestas de comunicar por corredores biológicos o genéticos los sistemas de áreas protegidas. Éste es un método para aumentar el tamaño efectivo de la superficie que aún queda. A la par, con ello se busca también dar alguna respuesta a una de las mayores tragedias potenciales que se avecinan: la del previsible efecto catastrófico que el anunciado cambio climático puede representar para la biodiversidad mundial. En ocasiones, este tipo de propuestas que constituyen auténticas estrategias de planificación de la conservación superan el marco nacional, para situarse en la órbita de las regiones globales, como sucede en el caso de la propuesta de corredores centroamericanos del llamado "proyecto Pantera", que pudiera permitir a uno de estos animales, por ejemplo, llegar desde Méjico hasta Colombia. Esta propuesta en concreto ya fue analizada en una Conferencia Regional celebrada en la localidad de Heredia de Costa Rica durante 1993[188].

La planificación regional y la gestión ecosistémica aparecen cada día más claramente como dos grandes estrategias indispensables para enfrentarse a las crecientes demandas que un drama anunciado como es la pérdida de la biodiversidad global exige de la Ciencia, la Técnica y la Sociedad.

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EL VALOR DE LA BIODIVERSIDAD

 

ÉRASE UNA VEZ....

 

Un cuento

 

 

La cuestión del valor y el precio siempre ha sido muy polémica. Considerada una de las claves identificadoras de una forma determinada de entender la economía, la interpretación que ésta le ha dado hasta hoy no es, precisamente, del agrado de todo el mundo. Si, además la aplicamos a cuestiones como la de la biodiversidad, la situación se pone al rojo vivo. Por eso, para empezar un tema tan complejo podemos hacerlo al viejo estilo: vamos a contar un cuento.

 

"Érase una vez un país del llamado Mundo Pobre, que estaba cubierto de extensos bosques en los que crecían numerosos árboles de maderas duras y nobles.

La gente vivía en este país en condiciones de subsistencia, utilizando lo que el medio les ofrecía y autoabasteciéndose siempre que podían. Apenas había intercambios con gentes lejanas, por lo que el comercio era casi exclusivamente local.

En un tiempo llegaron hombres de tierras remotas e hicieron ver a los habitantes de aquel país que su atraso económico y tecnológico era mucho. También les dijeron que el mundo moderno ofrecía muchas ventajas. Para alcanzarlas, la clave residía en no encerrarse en uno mismo, sino en abrirse al comercio: había que comprar y vender. ¡El mejor ejemplo era su propio país!: un lugar de riqueza donde la gente disponía de numerosas cosas y podía considerarse en verdad rica (desde luego aquellos hombres lo parecían). Eso era simplemente porque estaban abiertos al comercio y a un mundo de intercambio y progreso.

La propuesta parecía sabia y buena. Aquel país lo que tenía para comerciar eran sus bosques y maderas, lo que era una suerte porque eran interesantes para los hombres que habían traído aquellas nuevas ideas. Por eso, a pesar de que algunos habitantes no acababan de entender el cambio de vida (¡siempre hay inadaptados al progreso!), casi todo el país se puso a trabajar para vender su madera.

Pronto aprendieron que el camino del progreso exige sacrificios. No toda la madera interesaba, sino tan sólo algunos árboles. Por ello era preciso abatir bastantes hasta obtener uno de interés que fuera posible vender. Además, al exigir un cambio en las costumbres de trabajo, muchos habitantes tuvieron que dejar sus antiguas tareas de subsistencia. De todas formas, conforme se iban vendiendo árboles iba llegando el dinero con el que ahora se podían comprar muchos productos que el país nunca había conocido. Claro que muchas cosas que antes se hacían en el país ahora ya ni se hacían ni se encontraban, pero no importaba porque se podían "importar" sustitutos suficientes (aquella era una de las nuevas palabras venidas con los tiempos del cambio).

De este modo, pronto el país se centró en la casi única tarea de cortar y vender árboles para obtener madera. Nunca antes había habido tanto comercio. Es verdad que el precio al que en el extranjero se compraba la madera variaba y dependía de personas que allí nadie conocía, de forma que a veces se ganaba más y otras menos, pero la senda iniciada seguía trayendo dinero y, con él la posibilidad de comprar más cosas. Esto era fundamental, porque ya en el país casi toda la actividad se centraba en cortar madera.

Los dirigentes del país estaban contentos, porque éste había iniciado un importante ascenso en aquella lista que ordenaba a todos los países del mundo en función de su riqueza. Eso era debido a que la lista medía la cantidad de dinero que se movía por el país; luego ésta se podía dividir entre el número de habitantes. Como antes apenas había dinero moviéndose por el país, la "renta per cápita" (aquella división del dinero entre los habitantes) era muy baja, lo cual mostraba el atraso económico que tenían, como les explicaron los extranjeros y ellos comprendieron pronto. Ahora, con la venta de madera, el país, sin llegar a ser rico ni mucho menos, había incrementado considerablemente su valor de "renta" y su puesto en la tabla mundial.

Aunque la renta calculada era la misma para todos los habitantes, lo cierto era que unos pocos habitantes del país  (los que habían sido más listos o más hábiles o habían tenido más suerte) sí se habían realmente enriquecido, mientras otros muchos no lo habían logrado en absoluto e, incluso, algunos habían retrocedido en su nivel de vida, porque ahora, al no haber casi autosubsistencia y producción propia de artículos básicos, era absolutamente preciso tener dinero para poder comprar cualquier cosa. ¡Pero es que siempre el progreso ha exigido sacrificios!

Sin embargo, aquellos mercados lejanos que ponían el precio a la madera eran cada día más exigentes, de forma que, proporcionalmente, la madera cada vez valía menos en relación al aumento de los precios de las ya muchas necesidades que el país "en vías de progreso" iba teniendo (esto segundo en realidad era bueno al parecer, porque era el mejor indicio de que se iba por el camino adecuado).

Como las necesidades crecían, el país recurrió repetidas veces a pedir dinero fuera para superar algunos momentos especialmente delicados, porque (le habían explicado) exportaba menos de lo que importaba y algo llamado "balanza de pagos" le era negativo. El dinero prestado había que devolverlo y, además, pagar algunos intereses por el préstamo (como es lógico), pero el país aún seguía teniendo suficiente madera como para que ir pagando las deudas (o al menos los intereses).

Llegó un momento en que lo que debía el país era mucho, de manera que del extranjero le hablaron muy en serio. Tenía que hacer mucho más esfuerzo por pagar lo que debía y gastar menos, pues si no nunca lo conseguiría. Eso requería una más intensa explotación de los bosques (ya iban quedando menos, pero aún había bastantes) y además destinar la mayor parte de los beneficios al pago de lo que se debía. Los mismos extranjeros dirían como había que "ajustarse" a un uso del dinero correcto.

Ya se cortaban árboles a un ritmo como nunca se había hecho, de acuerdo con los criterios que imponían los de fuera. Se vendía al precio que ponía unos mercados de algún otro país lejano, pero la mayor parte de lo que se obtenía de la venta ni siquiera llegaba al interior del país, puesto que servía para pagar lo que se debía y sus intereses (bueno, realmente apenas alcanzaba para éstos). A muchos habitantes ya no les parecía una idea magnífica aquel tipo "de vía al progreso" por el que habían apostado, pero no había ya otra opción; además, dependían del poco dinero que llegaba, porque ya todo había que comprarlo fuera. Es verdad que a unos pocos parecía irles realmente bien, pero eso no repercutía en sus vecinos, porque la mayoría de ellos tenían el dinero en el extranjero donde, de verdad, sí eran ricos.

Llegó un día en que el país comprobó desolado que ya apenas tenía bosques ni madera que vender. Pronto los extranjeros que habían asesorado y dado tantas ideas se fueron a otros países que tuvieran bosques y abandonaron aquel. Ya no había nada que comprar (ni que vender). Para colmo, la pérdida de los bosques no había sido el único mal, sino que había traído consecuencias: los ríos bajaban ahora sucios al no haber raíces que sujetasen las tierras, había problemas con el agua en algunos lugares y épocas, ya no había suelos productivos porque los bosques no los mantenían y la agricultura de subsistencia era un recuerdo del pasado lejano. La gente dependía para las cosas más básicas de productos que había en el extranjero, pero ya no llegaba dinero para adquirirlos.

Aquella renta que había subido en tiempos empezó a caer en picado, pero ya no importaba: la gente que podía trataba de huir del país hacia donde le habían dicho que estaba la riqueza y se ponía el precio a las cosas".

 

Sólo es un ingenuo cuento, naturalmente. Ahora veamos cómo es la realidad.

 


COSTA DE MARFIL, POR EJEMPLO.

 

Records en deforestación

 

Costa de Marfil es un país africano de unos 322 mil kilómetros cuadrados, es decir, unas dos terceras partes de la superficie de España. Dentro del contexto de los países del Africa Occidental no es un país de los más pobres, si aceptamos como estimación la renta de paridad de poder adquisitivo o renta per cápita "real" (una corrección del PIB per cápita): aunque es algo inferior a la de su vecina Ghana (un 23% más alto, pero con un menor PNB per cápita), es, sin embargo, bastante superior a la de sus otras vecinas Liberia (en un 60%) o Guinea (casi 3 veces inferior). No obstante, ese valor es tan sólo un 7% de la paridad de poder adquisitivo o renta real de USA o un 13% de la española.             

La economía de Costa de Marfil[189] creció de una forma considerable desde los años de su independencia en 1960, centrándose en tres productos de exportación: la madera, el cacao y el café, tres productos muy dependientes de los precios del mercado internacional. De hecho su PNB creció a un ritmo del 6,8% anual entre 1965 y 1980, mientras que en la década de los ochenta redujo ese crecimiento al 0,5% anual. Del total de todo su flujo económico, prácticamente la mitad (un 47%) ha sido debido a la agricultura, tanto en 1965 como en 1990.  Sin embargo, el PNB comenzó a descender en la última década, de forma que entre 1992 y 1993 llegó a reducirse en casi un 3%. Visto desde la perspectiva de la renta, contando con el altísimo crecimiento demográfico, que fue del 3,8% anual en la década de los 80, la caída en ese año es mayor: más de un 7%. Por otra parte, la deuda externa supera en más de 2,2 veces al total del PNB y representa el valor de todas las exportaciones del país durante 5 años y cuatro meses.

 

Pero echemos un vistazo, por encima de los datos monetarios, a una de las principales fuentes de riqueza de Costa de Marfil: las maderas tropicales de sus bosques[190], que le hicieron alcanzar en 1973 el cuarto puesto mundial en exportación de madera (unos tres millones y medio de metros cúbicos).

El primer tronco exportado de una de las maderas más preciadas del país, el acajou (Khaya ivonensis) fue, al parecer, enviado a Francia en 1885, pero sería el nuevo siglo el que vería un progresivo crecimiento en las exportaciones de madera, facilitadas por la situación costera de Costa de Marfil. De aquella primera especie vendida al extranjero en 1885, se pasó a exportar madera de 28 especies en 1973 y de 36 en 1988, ya que se ampliaba el número de especies a cortar, al aumentar la rareza de las más preciadas. Si en 1900, la producción maderera del país africano era de menos de 9.000 metros cúbicos de madera, esta cifra se multiplicó por dos en una década, por más de 10 en la siguiente década y por casi 16 en una tercera. En cincuenta años, el factor de multiplicación era de 26, mientras en 1960, año de la independencia, llegó a 118. En 1970, el valor de producción era casi tres veces y media superior al de 1960; en 1973 se alcanza (en el valor de exportación) el cuarto puesto mundial, ya comentado; y en 1977 se llega al récord de producción anual: más de cinco veces el dato de 1960 y más de 600 veces el del primer año del siglo.

La producción, desde entonces, empezó a caer tras unos cuantos años de estancamiento. Tres años después del máximo alcanzado en 1977, la producción era un 93 % de aquel valor, y siete años más (1987) llevaron a una caída que dejó la producción en poco más del 60% del mismo. Se evidenciaba el comportamiento característico de un recurso sobreexplotado y de un uso insostenible.

 

La explotación forestal en Costa de Marfil no ha conocido nunca la aplicación de técnicas de regeneración o reforestación, que no interesaban a las compañías madereras (generalmente extranjeras). No se conocía apenas nada sobre la silvicultura de sus bosques y no se ponían en marcha programas de investigación para conocerla. La deforestación alcanzó el ritmo más vertiginoso que haya conocido ningún territorio del mundo (y hay importantes competidores), de manera que entre 2.800 y 3.500 kilómetros cuadrados de bosques han desaparecido anualmente en cada una de las últimas cuatro décadas. Si se mantuviera el ritmo actual, los apenas 31.000 kilómetros cuadrados de tierras forestales (que son una décima parte del país), de las que tan sólo 13.000 (y muy fragmentadas) acogen bosques (el resto son matorrales y sabanas), serían un simple recuerdo al comienzo del nuevo siglo.

Los bosques originales se extendían en Costa de Marfil desde las secas tierras del norte al húmedo y lluvioso sur costero, dotando al país africano de un paisaje forestal impresionante, de forma que, a comienzos de siglo, el 40% del territorio eran bosques primarios, y a mediados aún quedaban doce millones de hectáreas. Hoy, Costa de Marfil es un país tropical donde no quedan bosques primarios o vírgenes y posiblemente no quedarán tampoco bosques secundarios en los próximos años...

La tragedia de la pérdida de los bosques en este país ha tenido, además, otras repercusiones dramáticas sobre el clima y el régimen hídrico, con algunos años muy problemáticos a mediados de los ochenta. Por otra parte, la conversión del cuarto exportador mundial de madera en un importador neto de este producto se ha producido sin que el país haya salido de una situación económica y socialmente pobre, en el que la esperanza de vida al nacer es hoy de tan sólo 51 años (ha descendido en los últimos), donde apenas un treinta por ciento de la población tiene acceso regular a servicios de salud y en el que la tasa de alfabetización de mujeres adultas alcanza apenas a un cuarenta por ciento.

Desde luego, no es Costa de Marfil un caso aislado en el drama de la pérdida mundial de los bosques. Indonesia, por ejemplo, ha multiplicado por 200, en sólo dos décadas, su volumen exportador de maderas nobles. En India y Tailandia, al igual que vimos en Costa de Marfil, ya no quedan bosques originales. El mismo Banco Mundial calculó que otros 23 países tradicionalmente exportadores de maderas tropicales dejarán de serlo para comienzos del próximo siglo, quedando sólo diez con posibilidades de continuar haciéndolo. Todo ésto no impide, de todos modos, que se siga sin hacer apenas nada por establecer estrategias de uso sostenible de los bosques, conservando los bosques primarios y gestionando los bosques extractivos de una forma sostenible. Apenas dos de cada mil lugares de explotación en el Mundo actuaban de forma responsable y sostenible, según reconoce la propia Organización Internacional de Madera Tropical (ITTO). Por otra parte, el sistema mundial de explotación distribuye los beneficios de una forma profundamente desigual: según el Instituto Forestal de Oxford, de los beneficios económicos ligados a la extracción de las maderas tropicales, tan sólo un diez por ciento revierte a los países productores (donde, además, sigue habiendo luego problemas en la distribución interna de esa pequeña cantidad). El uso y consumo de las maderas nobles es, por supuesto, una cuestión de los países ricos, muchos de los cuales perdieron ya una buena parte de sus espacios forestales. En ese consumo mundial destacan Japón, Estados Unidos y la Unión Europea. Sólo ésta última importa más de trece mil millones de metros cúbicos de madera tropical al año, con un valor calculado de 3,8 billones de dólares[191], de los que la mayoría quedan en manos de compañías europeas (recordemos el reparto de las ganancias).

Recordemos que estos bosques tropicales que están desapareciendo a un ritmo que ha llegado a alcanzar los veinte millones de hectáreas al año (alrededor de la mitad de la superficie de España), constituyen los laboratorios de la vida en el planeta; allí donde se mantiene la mayor parte de la biodiversidad mundial. Su pérdida es un golpe del que difícilmente se recobrará la diversidad de la vida en la Tierra.

 

Ciertamente, Costa de Marfil no es el país del cuento triste narrado antes, porque aquel era un país inventado que no existe; pero demasiadas partes de su historia recuerdan demasiado a algunas del cuento (y lo malo es que no es el único país real al que le ocurre esto).

Puede que igual que sucedió con las consecuencia que extrajo Möbius y los mariscadores de Kiel de la historia de las ostras francesas, la tragedia de los bosques de países como Costa de Marfil sea una triste lección para todo el mundo. ¿La aprenderemos?

 


LOS DADOS TRUCADOS

 

Tomando decisiones

 

Los griegos utilizaban el término "axía" para referirse tanto al valor como al precio. De ese vocablo helénico derivó el castellano "axiológico", que refiere al valor ético o moral. De hecho, hoy "valor" nos rememora tanto el valor ético como el valor más mundano o económico.

Un recorrido histórico por las acepciones del término valor nos permitiría ir viendo su frecuente utilización por parte de filósofos y éticos. Sin embargo, fueron los economistas los que, al centrar sus preocupaciones sobre el sentido de este término para ellos, hicieron que fuera restringiéndose desde la acepción de "utilidad intrínseca de algo", hasta incluir la "utilidad social de las cosas" (el "valor de uso") y, finalmente, el llamado "valor de cambio". Ya David Ricardo se esforzó a principios del siglo XIX por diferenciar "valor" y "riqueza", discutiendo la capacidad del valor ("de cambio") para servir como medida de la riqueza, y entendiendo ésta de forma más amplia que la mayoría de los otros economistas pioneros y algunos posteriores. Pero en la economía que se haría dominante prevalecerá la tendencia hacia la reducción conceptual del término "riqueza", limitándola a "aquel conjunto de cosas útiles que tienen valor de cambio". Como señala el economista José Manuel Naredo[192], se resuelve, así, tautológicamente, la pretensión última de utilizar, como indicador eficiente de la producción de riqueza, la propia producción de valores de cambio.

Para ver cómo algunos pioneros de la economía analizaron la capacidad del valor "precio" para servir como instrumento de toma de decisiones, puede ser conveniente recurrir a John Stuart Mill, quien afirmaba en sus "Principios de Economía Política" que "a lo que puede obtenerse sin trabajo ni sacrificio, no se le puede poner precio, por muy útil o necesario que sea". Utilidad, necesidad y valor-precio se alejaban inexorablemente por esta vía.


La incapacidad de la economía para asignar un precio relacionado con la utilidad, llevará a Carlos Marx a constatar en sus "Elementos fundamentales para la Crítica de la Economía Política" que "el valor de uso, en cuanto sustancia presupuesta, queda al margen de la economía y de sus determinaciones formales". En la sociedad de las mercancías, "el simple material natural por cuanto no hay en él ningún trabajo humano objetivado, por cuanto es por ende mera materia y existe independientemente del trabajo humano, no tiene valor alguno".

 

 Los precios, nos dicen hoy, se establecen por el mercado. Si la economía opta por mantener esta única opción para el valor de cambio, a muchos no les parecerá razonable ni ético que la asignación de precios sea la única (ni posiblemente la más determinante) de las maneras por las que se adoptan luego las decisiones importantes, habida cuenta del abismo existente entre utilidad y necesidad, por un lado, y entre valor de cambio y precio, por el otro. De todos modos, la cuestión de la asignación social de valores (sean éstos axiológicos o éticos, o lo sean económicos) ha sido y será siempre un tema difícil para cualquier colectivo social. Todo sistema de valoración refleja indudablemente criterios y convenios sociales subyacentes, aunque también participe de otros factores que podríamos considerar más "objetivables". Los economistas, preocupados seriamente por el asunto, han desarrollado numerosas teorías sobre el concepto de valor, aunque, en su discurrir y precisar, han ido alejándose sustancialmente de la concepción común e inicial del valor ético y económico, sin que, mayoritariamente, hayan conseguido integrar en sus teorías otras dimensiones de la idea de valor como, por ejemplo, las ambientales. De todos modos, tal vez lo más acertado y sucinto que se haya escrito nunca sobre este espinoso asunto se lo debamos al poeta Antonio Machado quien, en sus "Proverbios y Cantares", afirmó:

 

                                                               Todo necio

                                           confunde valor y precio

 

una máxima que desde luego no deja nada bien a la mayor parte de las formas de valoración económica ni a sus valedores.

 

Pocos aceptarán de partida que, efectivamente, valor y precio sean cosas parecidas. Sin embargo, es cierto que la mayoría de nuestros comportamientos (necios, pues) reflejan una constante identificación práctica entre ambos conceptos ("Tanto cuestas, tanto vales" es, sin duda, una máxima que aplicamos con frecuencia en nuestras vidas). Del mismo modo que tratar de tomar decisiones a partir de los resultados obtenidos en un juego de dados trucados, adoptarlas en función del precio de las cosas (como si esa fuera una buena estimación de su valor) es, para muchos, además de una necedad, una trampa inaceptable.

Los economistas neoclásicos han creado todo un sistema de justificación teórica de la asignación de precios por el mercado, en buena medida acorazado por una desarrollada formalización matemática. Sin embargo, para algunos como el citado José Manuel Naredo, (economista y estadístico y uno de los más lúcidos fustigadores de la economía neoclásica), todo es pura farsa bajo una apariencia científica. Ha escrito:

 

"aunque hoy se esconden con pudor los signos externos del nuevo culto religioso, ello no quita para que en medios académicos se siga respirando un inconfundible tufillo a sacristía, pues ese culto subsiste, como subsisten, en buena medida, las creencias que lo hicieron posible y los resultados, tales como la formación de sectas y capillas entre las que se hace difícil cualquier entendimiento racional.[193]"

 

Desde luego al leer párrafos como el anterior, cuesta creer que el lugar de trabajo de este autor haya sido durante largos años la propia Administración Pública española -concretamente el Ministerio de Economía y Hacienda- antes de pasar a depender de una institución financiera pública, pero la comparación empalidece cuando vemos que uno de los mayores valedores de la Economía Ecológica radical es un economista que ha desarrollado buena parte de su tarea profesional (desde luego con poco éxito en el convencimiento de sus patrones) en el Banco Mundial: Herman E. Daly. Sin duda, la estrategia del "sistema" para con sus heterodoxos ha cambiado desde los tiempos de la Inquisición (aunque tal vez sea una flexibilidad posibilitada por la creciente facultad de éste para permanecer impermeable a tan heréticas como saludables críticas).

 

José Luis Sampedro, el prestigioso padre intelectual de la escuela española de Estructura Económica (transmutado en la actualidad en exitoso escritor), aseguraba en la contraportada del libro de Naredo "La economía en evolución" lo siguiente:

 

"en fin, para ser breve, hoy me considero un metaeconomista (pues hay que rebasar los moldes de la teoría convencional de los premios Nobel) y, por haber sido yo cocinero antes que fraile -permítaseme este lenguaje como antídoto a la pedantería-, aseguro que el libro de José Manuel Naredo es sumamente valioso para ir preparando a los economistas del futuro. Es incluso necesario que se multipliquen libros así y que llegue a los estudiosos -y a los consagrados no dogmáticos- el lenguaje de un nuevo enfoque."

 

Un nuevo enfoque, ciertamente. Un enfoque que reniega de la posibilidad de valorar adecuadamente las cosas mediante los instrumentos y métodos de la economía existente, capaces de confundir lo importante con aquello a lo que el mercado asigna un precio elevado, y, no conforme con el absurdo, asentar en ello lo fundamental de la toma de decisiones de la Sociedad. Un enfoque que exige abandonar la valoración monetaria al uso como el instrumento esencial de decisión para las acciones que las sociedades humanas adoptan sobre sí o en relación con el medio ambiente. En suma, un nuevo enfoque que supone abandonar el ya descubierto juego de asignar valores con unos dados cargados como principal fórmula para decidir lo importante.

 


DE LA ECONOMÍA AMBIENTAL Y DE LA ECONOMÍA ECOLÓGICA

 

Propuestas de mejora en la asignación del valor

 

Es cierto que muchos economistas han percibido con claridad los estrechos límites que su disciplina se ha autoimpuesto con la atención prioritaria a los valores monetarios y con su modo de asignación. La incapacidad para tratar los nuevos problemas ambientales desde los instrumentos convencionales de análisis y decisión de la economía dominante ha llevado a algunos a proponer vías de solución que pueden ser más o menos radicales. Como señalaron David Pearce y Kerry Turner en su "Economía de los Recursos Naturales y del Medio Ambiente":

 

"mientras los economistas normalmente aceptan que, de modo general, los individuos y las sociedades tienen varios objetivos, ellos tienden a trabajar con sólo uno de ellos: la eficiencia económica"[194].

 

Estos economistas, codirectores del Centro para la Investigación Económica y Social del Medio Ambiente Global, con sede en Londres, encabezan una línea reformista de la economía que se ha denominado como ambiental, una línea crítica que busca hacer digerible para la economía el problema de la gestión del medio ambiente. No constituye la propuesta más radical en el campo de los economistas preocupados por el medio ambiente, pero tratan de deshacer algunos de los numerosos y graves entuertos que la economía convencional introduce sobre la base de su ignorancia para con los temas ambientales.

Desde esta línea (la economía ambiental) han surgido escritos dirigidos a establecer una "taxonomía" de los valores económicos en relación al medio ambiente. Se trata de un intento de categorizar o clasificar los distintos tipos de valores que deben ser tenidos en cuenta. Para ello, el "valor económico total" se considera constituido por la suma de los llamados "valores de uso actual", "valores de opción" y "valores de existencia". Veremos que se quiere decir con ello.

 

El "valor de uso actual" refleja la valoración monetaria que  se obtiene del uso real actual de algo. En el caso de la biodiversidad este tipo de valor viene recogido por la realización de actividades como la caza, la pesca, la recolección de plantas silvestres, el uso de productos procedentes de los seres vivos para la construcción de herramientas, útiles, viviendas o como fuente de energía, etc. También trata de integrar el beneficio proveniente de otros usos como los recreativos, que pueden ser relativamente transformables en unidades monetarias a través del mercado mediante la estimación de lo que los usuarios estarían dispuestos a pagar por disfrutar de un espacio natural protegido, por ejemplo.

El "valor de opción" vendría representado por el beneficio potencial que tendría un recurso frente a su valor de uso actual. Se trataría de medir la preferencia o disposición a pagar por reservarse la opción de poderse convertir en usuario de eses recurso en el futuro. Un ejemplo de ello sería la disposición de muchos ciudadanos a pagar por conservar un enclave natural, aunque no tengan previsto visitarlo por el momento; se reservan, sin embargo, la opción de una visita futura al pagar por mantenerlo.

El "valor de opción" y el de "uso actual" constituyen conjuntamente los "valores de uso" en la terminología utilizada por Pearce y Turner. Hay que advertir, sin embargo, que la obtención de estimaciones de éstos en unidades monetarias no es precisamente fácil, aunque se han propuesto diversos tipos de aproximaciones a su cálculo. De hecho, ni siquiera los "valores de uso actual" son recogidos en su totalidad por las valoraciones económicas habituales sobre las que se asientan las decisiones políticas y económicas. En relación a la biodiversidad, tan sólo aquellos recursos biológicos que entran en un mercado y son objeto de intercambio con moneda, son realmente valorados (mejor o peor, pero valorados en dinero). No lo son aquellos recursos que cubren y satisfacen necesidades evidentes (y transcendentales) como la alimentación o la obtención de energía, si se realizan fuera del ámbito de los mecanismos del mercado que la contabilidad económica utiliza para hacer sus cuentas. Cuando un campesino o una indígena comen un fruto o un animal obtenido con sus propias manos y trabajo, aunque dicho ser vivo tenga un evidente valor de uso para ellos, no es detectado por los instrumentos de valoración económica ni entra en las contabilidades nacionales (al no existir para la economía oficial, no tiene el menor peso en la toma de decisiones basadas en ella).

Finalmente, queda otro tipo de valores económicos, que antes hemos llamado "de existencia" y que también se han denominado "intrínsecos". Éstos recogen el valor propio (valor por sí mismo) de algo, independientemente de su uso actual, futuro o potencial por parte de la especie humana. Se trata de un valor poco tratable para la economía, aunque Pearce y Turner hablan de que este tipo de valor es captado y expresado por las personas "a través de sus preferencias en la forma de un valor de no uso". Son, por ejemplo, los valores ligados a la demostración de preocupación o simpatías que mucha gente manifiesta por "respetar los derechos o el bienestar de los seres no humanos".

Este tipo de aproximaciones, características de la línea emprendida por la economía ambiental, no resulta suficientemente satisfactoria para muchos ecólogos y economistas, los cuales han tratado de ir más lejos en sus propuestas de modificación, planteando la ruptura con la economía convencional. Nació así la llamada Economía Ecológica que cuenta con una Sociedad Internacional para la Economía Ecológica de carácter multidisciplinario. Este nuevo campo de conocimiento transdisciplinar busca, en palabras de Joy Bartholomew (directora del Centro para la Negociación Política, sito en Estados Unidos de América), estudiar "las relaciones entre los ecosistemas y los sistemas económicos". Propone una nueva relación entre Economía y Ecología, de forma que se integre conceptualmente "el subsistema económico como parte del más amplio sistema ecológico". La Economía Ecológica trata también de diferenciarse de la Economía Ambiental (también llamada de los Recursos Naturales), a la que califica de "aplicación de la economía neoclásica a los problemas ambientales y de los recursos"; por contra, intenta encontrar un nuevo enfoque para ambas, Economía y Ecología, buscando constituirse en un nuevo paradigma científico (para utilizar la terminología de Thomas Kuhn). Según ésto, los economistas ecológicos tratan de salir de lo que consideran una crisis del paradigma económico clásico a través de un proceso caracterizado como de "tensión esencial" (de nuevo Kuhn) que envuelve a todos los científicos "revolucionarios” rechazados por el paradigma dominante, mientras ellos, a su vez, rechazan los dogmas de aquel. Al ser ambas concepciones globales mutuamente inconmensurables durante el período de crisis y revolución científica, será la habilidad conceptual, social y política de los propulsores de cada uno de los paradigmas en lucha, la que tendrá el papel determinante (al menos eso pensaba Kuhn, que ha muerto recientemente).

 

Tanto los economistas ambientales como los economistas ecológicos comparten la idea de que, hasta hoy, los instrumentos propuestos desde la economía neoclásica han resultado insuficientes e insatisfactorios como para ser considerados útiles en el campo de la resolución de los problemas del medio ambiente. Además, los economistas ecológicos creen que las aportaciones "moderadas" de los economistas ambientales son propuestas "para cambiar de modo que todo siga igual". En el caso de la biodiversidad, la opinión de aquéllos sería que no es posible dar una verdadera solución al problema de la pérdida de la biodiversidad mediante la aplicación exclusiva de las propuestas reformistas.

De la constatación de que la sociedad mundial actual no posee la característica de la "sostenibilidad" (es decir, que su forma de actuar conduce indefectiblemente y en un plazo no demasiado lejano a la crisis ambiental total), dan fe numerosos indicadores como el crecimiento de la contaminación, el cambio climático, la progresiva desertificación de tierras áridas y semiáridas, la distribución y crecimiento de la pobreza o la propia pérdida de biodiversidad.  Esta constatación no es exclusiva de un sector de pensadores o investigadores, sino que es, al menos formalmente, asumida por la firma de la práctica totalidad de los representantes y dirigentes del mundo, como quedó recogido en los documentos finales de la Conferencia de Río de Janeiro de 1992, que exigen la necesidad de instaurar un nuevo modelo económico, social y ambiental (lo que se ha llamado el "desarrollo sostenible"). Es cierto que ese nuevo modelo no existe aún más que en la mente y el deseo de muchas personas, por lo que es preciso no vaciarlo de contenido o adulterarlo haciéndolo pasar por lo que no es antes de que llegue a ser real. De ahí que los científicos, investigadores y pensadores unidos en torno a las nuevas propuestas de la Economía Ecológica traten de concretar los criterios básicos y condiciones operativas que han de regir para una "sociedad sostenible" y la "sustentabilidad" o "sostenibilidad" global. Entre ellos hay, sin duda, diferentes tendencias, pero también una base común que une a personas procedentes tanto de países del llamado Norte económico (como Robert Constanza, Herman Daly, Paul Ehrlich, Barry Commoner, Michael Redcliff o Paul Ekins, entre otros muchos), como del Sur (Vandana Shiva, Ramachandra Guha, Anil Agarwal, Víctor M. Toledo, Enrique Leff, Gallopin o El Serafy, también entre otros muchos). En España han hecho aportaciones a estas corrientes economistas como Joan Martínez Alier, Luis Jiménez Herrero, Federico Aguilera Klink, José Manuel Naredo o David Rivas[195].  También a la escala de organizaciones no gubernamentales que trabajan en medio ambiente y desarrollo se puede ver una orientación que comparte objetivos y planteamientos con tales ideas en algunas grandes redes internacionales, como La Red del Tercer Mundo (Third World Network), Amigos de la Tierra (Friends of the Earth) o Greenpeace. Aunque no representan el peso dominante en las decisiones del mundo, deberíamos concederles mayor capacidad en un futuro tan cercano como hoy mismo.

 


LOS BOSQUES DE HOJAS DE LAUREL

 

La laurisilva canaria y sus habitantes

 

Un ejemplo concreto del valor local de la biodiversidad lo podemos encontrar en el caso de la laurisilva, uno de los ecosistemas más característicos de la Región Macaronésica, el área biogeográfica tan particular en la que se enclava el archipiélago de las Canarias.

La laurisilva es una formación boscosa procedente de las extensas formaciones subtropicales que se extendían por gran parte del Africa del Norte y del Sur de Europa durante el Mioceno y el Plioceno, es decir, parte del llamado Terciario o Cenozoico reciente. Las variaciones climáticas que vinieron con el Cuaternario modificaron el ambiente de esta amplia región y, con él, la laurisilva quedó relegada a unos pocos enclaves favorables para sus características. Estos bosques necesitan una alta humedad atmosférica en forma de nieblas, que permite que las plantas de la laurisilva puedan captar el agua por condensación sobre sus hojas lustrosas, permitiendo que las gotas formadas resbalen hasta el suelo. Se genera así una suerte de lluvia inducida y el umbroso interior del bosque se convierte en un continuo gotear de aguas que no provienen directamente de una precipitación normal, sino de la condensación sobre las superficies foliares. Los suelos se empapan así con una cantidad de agua que es varias veces superior a la que recibirían en otro caso. El aspecto neblinoso y sofocante que caracteriza a estos bosques lleva al visitante al recuerdo de los elevados bosques tropicales nubosos, en los que se produce este mismo tipo de fenómeno, aunque más acusadamente.

            Aunque también hay bosques de este tipo refugiados en algunos barrancos umbrosos y cárcavas del sur de la península Ibérica, en Canarias están mucho mejor representados. Además en el ámbito insular, la laurisilva evolucionó de forma propia, ocupando el estrato altitudinal situado entre los 500 y 1.100 metros sobre el nivel del mar, con una orientación dominante hacia las vertientes septentrionales de las islas, allí donde los vientos alisios del noreste forman los famosos "mares de nubes". Cualquiera que haya visitado el macizo de Anaga en Tenerife o la Isla de Gomera habrá reparado, sin duda, en la asimetría de las laderas a oriente y occidente, que no sólo se manifiestan en la distinta vegetación presente, sino también (lo que en realidad es la causa) en la acumulación de nubes a un lado y el predominio de la insolación directa al otro.


La evolución aislada de los bosques canarios de hojas de laurel ha determinado que posean una altísima tasa de endemicidad, es decir, que numerosas especies que no se encuentran en ninguna otra parte del mundo se den allí. Muchas de ellas son exclusivas del Reino Macaronésico (que comprende, además del archipiélago canario, los sistemas de Madeira, Cabo Verde, Azores y las pequeñas Islas Salvajes); sin embargo, otras son exclusivas del complejo insular canario. María García Morales, estudiando estos medios boscosos canarios, encuentra 29 especies de un total de 48 especies características (un sesenta por ciento) que son exclusivas o endémicas de las islas macaronésicas. De ellas, 16 (una de cada tres) sólo se dan en las Canarias.

Considerando todas las especies vegetales superiores que se presentan en la laurisilva (111), 63 constituyen endemismos macaronésicos y 38 de ellos son especies exclusivamente canarias (no hemos de pensar que sólo las especies vegetales de este bosque son singulares, también abundan los endemismos canarios o macaronésicos entre los animales: las palomas rabiche y turqué son, quizás los ejemplos más señalados de una fauna propia y singular).

Según la citada García Morales, los guanches, que constituían la población indígena canaria anterior a la colonización española, consumían 8 de las especies presentes en la laurisilva; mientras que los campesinos tradicionales canarios, posteriores a la colonización, han incluido en su dieta 9 de tales especies (aunque sólo se repiten tres de ellas en ambas dietas). Entre ambos grupos se han consumido como alimento 14 especies. Además de ellas, otras 7 especies son comestibles, aunque nunca hayan sido comidas habitualmente por ninguno de los dos grupos. Hay, pues, una cifra total de 21 especies potencialmente comestibles para los humanos. La laurisilva es, en cierto modo, la despensa terrestre de las Islas Canarias. Pero no sólo.

Los guanches usaban el laurel o "loro" para la confección de bastones con fines ceremoniales, así como la madera de otras dos especies de árboles o arbustos que, si bien no son específicos del bosque de laurisilva, aparecen también en él. Son el barbusano, un árbol de tronco rojizo y madera dura que usaban para hacer jabalinas de caza y bastones de mando llamados "añepas", y el brezo, usado para la elaboración de bastones de pastoreo.

La cultura campesina tradicional, por su parte, ha utilizado la madera del acebiño y del follado, dos especies vegetales típicas de la laurisilva, para la elaboración de útiles como la techumbre de las viviendas, las lanzas y los bastones de pastoreo o los banotes utilizados para los juegos de palo. A ellos hay que sumar tres especies más, presentes (aunque no típicas) de la laurisilva. Son los ya mencionados brezo y barbusano, y la faya.

Además, hay cuatro especies presentes en los bosques de hojas de laurel que poseen utilidades tintóreas y 26 más que han sido empleadas en la medicina popular. Entre ellas está la infusión de la raíz de zarzaparrilla (utilizada contra las enfermedades de la sangre, el reumatismo, la artritis y la gota), la corteza del viñátigo (usada como antiséptico), la corteza y cenizas del sauce (empleadas como analgésico y antiinflamatorio), las hojas del ortigón del monte (como antitusivo), la infusión de la doradilla (como diurético), el aceite de las bayas del laurel (usado para emplastos y linimentos) o el sabugo (utilizado como purgante, antiinflamatorio y cicatrizante, según la parte de la planta que se elija).

Estos bosques ocupaban en Tenerife durante la época de los aborígenes guanches toda la vertiente norte de la isla a lo largo de un continuo vegetal que iba desde Teno hasta Anaga. Hoy, sin embargo, se ven reducidos al Monte de Las Mercedes, las áreas de Taganana y Chinobre (en Anaga), y el Monte del Agua (en Los Silos). Subsisten también en La Gomera, El Hierro y La Palma, pero han desaparecido prácticamente de la isla de Gran Canaria, llevándose con ellos parte de la riqueza ecológica canaria y de las raíces culturales aborígenes y campesinas. Los mejores bosques actuales de hoja de laurel son los que ocupan el centro de la isla de La Gomera, alrededor de la cima que presenció el sacrificio legendario de la princesa gomera Gara y el príncipe guanche Jonay. Según la crónica mitológica, Jonay cruzaba diariamente el espacio marino que separa las dos islas de Tenerife y Gomera para ir a ver a su amada Garay. Para ello utilizaba una piel de cabra inflada de aire a modo de flotador (otro uso sin duda singular de productos procedentes de la biodiversidad). Como suele ocurrir en estas desgraciadas historias, su amor atentaba contra algún sacrosanto principio establecido, por lo que, siguiendo la leyenda, ambos amantes tuvieron finalmente que suicidarse juntos, tras una larga persecución por los fanáticos de sus poblados y al quedar atrapados, sin posible escapatoria, en la más alta cima de la isla canaria, que hoy lleva sus nombres unidos (lo que no dejó unir el hombre, unió la topografía, cabría decir en este caso). También para el último acto que acabó con sus vidas y los transportó a la leyenda, Jonay y Gara utilizaron otro producto de la biodiversidad: una afilada rama de brezo.

 

Desde 1981, Garajonay forma parte de la Red de Parques Nacionales españoles, y desde 1986 es considerada parte del Patrimonio Mundial por declaración de la UNESCO.

También algunos activistas canarios, con el conocido ecologista canario Paco Barreda en primera fila, han tratado de dotar al área de Anaga en Tenerife (el último refugio importante de los bosques de laurel tinerfeños) de un régimen de protección y gestión adecuado a sus múltiples valores, pero aquí la historia ha tenido mucho de oscilante, con avances y retrocesos permanentes que ponen en evidencia la existencia de numerosos conflictos de intereses.

Hoy día, sin duda, Garajonay constituye uno de los principales atractivos turísticos de la isla de La Gomera, lo que puede ser indicador de la importancia del valor económico que conlleva la conservación de los bosques de hoja de laurel. En algún momento anterior a que el flujo turístico fuera el motor económico gomero, ese valor habría sido catalogado por los economistas ambientales como un valor de opción. Su desaparición, sin embargo, no habría sido posible medirla a través de la consecuente pérdida de interés turístico de la isla; algo que está ocurriendo sin duda en aquellos lugares donde se hizo desaparecer el bosque laurifolio canario. Sin embargo, el valor indudable que los bosques de laurel han tenido -y aún tienen, en algunos casos- como valores de uso directo para las poblaciones locales campesinas (y anteriormente los aborígenes gomeros) no se vio suficientemente recogido entre las consideraciones que más influyeron en la toma de decisiones pasadas, razón por la cual hoy ha desaparecido una parte sustancial de aquellos bosques.

Si en Canarias se ha iniciado un proceso de conservación de los últimos bosques de laurel (y otros sistemas naturales insulares), ha sido motivado en gran medida por su relación con el turismo y su capacidad de dinamización económica. Sin embargo, por encima de estos valores, hay otros aún más importantes, que son los que aseguran la viabilidad ecológica y humana de los medios canarios, plasmadas tanto en valores de uso como culturales, los servicios ecológicos en forma de agua potable, la estabilidad climática, la formación y sujeción de suelos, etc. La consideración de estos valores intrínsecos empieza también a ser exigida por muchos como uno de los factores esenciales en la toma de decisiones de la actuación sobre el medio. La valoración real de estos bosques de hojas de laurel no podrá nunca ser verdaderamente estimada en términos tan simples como los que puede representar una cifra de monedas de cualquier tipo. Y desde luego no desde la perspectiva de tener que asentar exclusivamente a partir de dicha cifra una decisión fundamental para el futuro del ecosistema canario en el que se inscriben sus propios habitantes. Afortunadamente nuevos enfoques están siendo propuestos en la nueva y esperanzadora orientación del enfoque de la sostenibilidad[196].

 


PARQUES NACIONALES

 

Otro valor de la conservación

 

Si un espacio natural protegido ha sido particularmente publicitado en el mundo, es, sin duda, el Parque Nacional Yellowstone en los Estados Unidos. Además de por las conocidas andanzas animadas del Oso Yogui y su balbuceante amigo Boo Boo, Yellowstone goza del prestigio de haber sido el primer Parque Nacional declarado en el mundo, allá por 1872. Con él se inauguraba una nueva forma de preservar algunos medios naturales que la revolución industrial y la creciente ocupación urbana e industrial del territorio amenazaban con hacer desaparecer.

 

El movimiento de protección de la naturaleza se ha extendido por el mundo diseminando la idea de conservar, bajo unos criterios de preservación y gestión acorde, los espacios naturales más impresionantes del planeta. Junto a esta idea, loable sin duda, viajaban unos criterios definidos sobre lo que era más valioso. Esos criterios se identificaban a menudo con la presencia de paisajes propios de los grandes espacios montañosos o con los lugares donde la vida silvestre era más visiblemente espectacular. Junto a los grandes picos y cordilleras, elogiados por alpinistas y montañeros, se fue también extendiendo a través de los relatos de los grandes viajeros y exploradores la idea de preservar lugares como las extensas llanuras africanas, pletóricas de manadas de grandes rumiantes y feroces predadores, orladas por aquellos rosarios de lagunas salinas que permitían la congregación de miríadas de aves acuáticas presididas por los flamencos.

En el caso de Europa, los espacios que gozaron del favor inicial de esta nueva concepción de la protección de la naturaleza fueron los reductos montañosos de las grandes cadenas alpinas, donde el tiempo geológico no había logrado limar aún las agudas aristas ni suavizar los orgullosos perfiles de los picos.

En un continente que había perdido en gran parte su carácter originalmente silvestre, las áreas de montaña mantenían aún un poco de aquél. Suiza fue el primer país europeo que inauguró, con la declaración del Schweizerischer en 1914, la nueva fórmula de conservación en el continente. Lamentablemente, Suiza se quedó ahí y nunca más declaró un nuevo parque nacional.

España no tardó en seguir el camino de la declaración de espacios protegidos, con la promulgación en 1916 de la Ley de Parques Nacionales. Dos años después se declararon los dos primeros en los dos paisajes montañosos más genuinamente "alpinos" de la Península: la Montaña de Covadonga, en los Picos de Europa (con ribetes mítico-religiosos añadidos), y el Valle de Ordesa, en Los Pirineos.

La burguesía ilustrada de la época (en un país que ha mostrado escasos períodos de ilustración en sus clases dirigentes) supo en aquellos momentos enlazar con aquel incipiente movimiento a favor de la preservación de los paisajes "nacionales", aun cuando el sesgo en la valoración de estos hiciera decantar toda la admiración hacia un tipo específico, desatendiendo la conservación de lo que, en realidad, constituye la mayor parte de los medios naturales españoles.

Han tenido que pasar 8 décadas para que, finalmente, se haya producido en Cabañeros (un espacio, por cierto, que estuvo a punto de convertirse en el campo de tiro aéreo de la OTAN) la declaración del primer Parque Nacional de bosque y matorral mediterráneo de España[197].

En los años ochenta se produjo en España una importante actividad en el campo de la declaración de espacios protegidos, coincidente con la asunción de competencias en este terreno por las Comunidades Autónomas. Aunque muchas de las declaraciones no han sido seguidas por la habilitación de los mecanismos e instrumentos básicos de gestión y seguimiento que necesitan este tipo de espacios, sí son demostración de la percepción por parte de los poderes políticos de una demanda social a favor de la conservación de la naturaleza. Andalucía fue la pionera en dar una respuesta ambiciosa a esta demanda, con la creación de la primera Agencia de Medio Ambiente de España (cuyo primer director fue Tomás Azcárate, luego Presidente del Comité MAB de la UNESCO) y la declaración de una parte representativa de su territorio como espacio protegido[198], aunque siga estando pendiente dotar a la totalidad de los espacios declarados de suficientes instrumentos, medios y capacidad de gestión para cumplir sus objetivos.

 

Sobre el sentir de los ilustrados defensores de la protección de la naturaleza durante la segunda década del siglo nos puede dar una idea la cita siguiente, recogida del Decreto-Ley que creó el Parque Nacional de Ordesa:

 

"...si los montes y valles conservan el aspecto peculiar de la Patria, en su primitivo estado natural."

 

Hoy día, este sentir puede parecernos deliciosamente romántico, aunque bastante necesitado de correcciones y complementos. De todos modos, seguiremos admirando el espíritu original de los pioneros conservacionistas norteamericanos y de la Liga Suiza para la Protección de la Naturaleza que impulsó aquel primer Parque europeo, así como el de sus sucesores en cada país en que se produjo el influjo de las ideas conservacionistas.

Desde la óptica de algunos, la declaración de aquellos primeros parques nacionales respondía a una fase de romanticismo naturalista de la que todavía no nos hemos librado totalmente. En el fondo, esta visión percibe la conservación de espacios naturales como un cierto obstáculo para el desarrollo económico, tolerable sólo cuando queda reducido a su justa medida: unos pocos y muy elegidos lugares. Otros advierten en esta tendencia, iniciada a finales del siglo pasado, una capacidad potencial para subirse al tren de la modernidad económica, y hacen hincapié en los importantes montos económicos que el turismo ligado a los espacios naturales anda ya moviendo en el mundo. De hecho, hay países, como Costa Rica o Kenia, en los que los ingresos por este motivo se sitúan en el primer lugar de la economía nacional. En Costa Rica, por ejemplo, frente a los doce millones de dólares invertidos anualmente en el mantenimiento de los parques naturales, los ingresos producidos por el total de visitantes, de los que una gran parte acuden atraídos por la naturaleza de este pequeño país centroamericano, ascienden a 330 millones de dólares, es decir, casi 30 veces más; tal como recoge el presidente del Grupo de Trabajo de la Comisión de Parques de la UICN, Lee Thomas[199].

 

Hay casos que nos advierten de que el valor, incluso económico en el sentido más "monetario" posible, puede surgir de los aspectos más insospechados, desorientando al más estricto de los economistas al uso. La única idea válida que queda entonces para abordar la relación entre ecosistemas y valor sería aquella expresada en la frase, usada en otros ámbitos y con un sentido que nada tiene que ver con éste, de: "el valor se le supone".

 

Volvamos ahora sobre nuestros pasos y retornaremos al primer Parque Nacional del mundo: Yellowstone, en Wyoming.

 


YELLOWSTONE: TIERRA DE BACTERIAS

 

Aún más sobre el valor de la conservación.

 

Si tuviéramos que confeccionar un catálogo de los valores naturales de Yellowstone, con la idea de destacar aquéllos que más relación tienen con la generación de recursos económicos en cualquier sentido, pensaríamos sin duda en los 170 a 350 osos grises (Ursus arctos horribilis, los famosos "grizzly") existentes en el parque, también en los bisontes (Bison bison) herederos de aquellos "búfalos" a los que los pioneros fueron aniquilando según avanzaban por los antiguos territorios indígenas; probablemente también incluiríamos los impresionantes paisajes ligados al cañón del río o, con toda certeza, los más de doscientos géiseres que jalonan el parque; incluso podríamos llegar a considerar los diferentes tipos de vegetación que se reparten por el amplio rango de altitudes que determinan los 14 complejos montañosos de la zona. Pero si alguien nos sugiriera que incluyéramos a los microbios de Yellowstone en la lista, lo tomaríamos por un humorista o por un loco. Desde luego pocos apostarían por el interés económico de unos cuantos microorganismos que se refugian al calor hirviente de los admirables géiseres del Parque. ¡Nadie se acerca a Wyoming (salvo tal vez algún microbiólogo, pero éstos no abundan) atraído por las bacterias invisibles!, sin embargo, la anterior lista de valores naturales (que cualquiera hubiera aceptado) constituye, sin duda, el centro de los reclamos turísticos que atrae a los visitantes y moviliza importantes capitales hacia la zona.

 

Pero, entre los pocos que sí incluirían las bacterias en su lista estarían los altos ejecutivos de la Cetus Corporation, una importante compañía que tiene su sede en California. Su extraña apuesta estaría bien apoyada en la ganancia de al menos trescientos millones de dólares (más de 35.000 millones de pesetas) que esta empresa cobró en 1991 por la venta a la Hoffmann-La Roche de sus derechos de patente sobre la denominada técnica PCR de replicación de secuencias de ADN. Veamos la historia.

 

Los geiseres de Yellowstone, que tienen nombres tan curiosos como Architectural, Viejo Fiel o Steamboat, son manifestaciones volcánicas muy espectaculares. Consisten en surtidores naturales que lanzan de forma intermitente chorros de agua a alta temperatura mezclada con vapores sulfurosos. Su presencia en Yellowstone es una evidencia más de la fracturación del subsuelo del Parque, que permite la conexión entre la superficie y las zonas más profundas y calientes. El calentamiento de las aguas subterráneas que circulan por entre las fisuras las lleva hasta su temperatura de ebullición, con la consiguiente aparición en superficie de los chorros intermitentes que atraen el interés de los numerosos turistas del parque.

La existencia en Yellowstone de ese alto número de fuentes hidrotermales fue lo que llevó a Thomas Brock a estudiar los microorganismos existentes en sus aguas hirvientes. En 1965 encontró una bacteria que vivía sin mayores problemas en las aguas termales de Yellowstone hasta una temperatura de 82ºC, capaz de matar a la mayor parte de los otros organismos. Como resulta habitual en la investigación microbiológica de Estados Unidos, Brock depositó una muestra de su microorganismo, al que denominó Thermus aquaticus, en la colección de cultivos-tipo norteamericanos, donde pasaría unos tranquilos años sin mayores contratiempos.

Bastantes años más tarde, durante la década de los años ochenta, varias empresas del campo de la ingeniería genética, andaban buscando la manera de reproducir a una gran escala y en condiciones de laboratorio (lo que se denomina in vitro, de forma bastante gráfica) un proceso genético vital para la reproducción de los organismos: la replicación del ADN. Recordemos: el ADN, garante de la herencia de la célula, ha de ser transmitido en su totalidad a cada una de las células hijas durante el proceso de división celular. Para ello es preciso que, antes, dicho ADN sea duplicado o "replicado". De eso se encargan unas enzimas que reciben el nombre genérico de polimerasas y que, con variaciones, existen en todas las células (en esto trabajó Kornberg).


La reproducción artificial de este proceso permitiría hacer miles o millones de copias a partir de un único fragmento de ADN, lo que tendría un interés económico y científico muy elevado. De hecho, hoy, la técnica de reacción en cadena de la polimerasa (PCR) se utiliza en campos tan diversos como la investigación forense, el diagnóstico de enfermedades, el proyecto Genoma Humano o las investigaciones biológicas y antropológicas. Ya vimos cómo con su uso era posible averiguar la relación genética de los restos supuestos de la reina Doña Blanca de Navarra, recomponer los manuscritos hallados en el Mar Muerto e impresos sobre pellejos de animales u otras "proezas" por el estilo.

Para que las polimerasas puedan actuar reproduciendo los fragmentos de ADN, es preciso que antes las dos ramas de la doble hélice molecular que modelizaron por primera vez Watson y Crick se separen. El mejor método para ello es aportar una gran cantidad de calor, naturalmente en condiciones extracelulares. Sin embargo, existe un problema: el mismo calor que hace separarse las dos ramas del ADN inutiliza a la polimerasa. Esta enzima, como sucede a la mayor parte de las proteínas, se desnaturaliza a altas temperaturas; se desorganiza y pierde sus funciones como sucede con las proteínas del huevo cuando éste se fríe.

En busca de una solución a este problema, los investigadores de una de esas compañías (la aludida Cetus Corporation), que entonces trabajaban también en desarrollar las técnicas de diagnóstico de la anemia falciforme (aquella enfermedad genética de la que ya hemos hablado en otra parte de este libro), recurrieron al microorganismo depositado por Brock en el laboratorio de cultivos-tipo casi dos décadas antes y que, al parecer, era capaz de vivir a altas temperaturas en los difíciles medios hidrotermales del primer Parque Nacional del mundo. A partir de ahí, la investigación bioquímica consiguió poner a punto una técnica de replicación denominada reacción en cadena de polimerasa (RCP, en inglés PCR) basada en la polimerasa que Thermus aquaticus fabrica con el fin de duplicar su propio material genético a más de 70ºC, entre los géiseres de Yellowstone.

 

Un producto de la biodiversidad (implicando a los tres componentes: un gen -la ADN polimerasa de Thermus aquaticus, conocida técnicamente como Taq- de una especie que sobrevive en un determinado ecosistema) era capaz de transformarse en una elevada y creciente factura de dólares a los ojos de una compañía biotecnológica. Para ello, fue indispensable que unos proteccionistas norteamericanos lograran asegurar la conservación de los géiseres y de los ecosistemas de Yellowstone más de un siglo atrás, permitiendo la perpetuación de los hábitat donde una minúscula bacteria consiguió desarrollar los mecanismos biológicos necesarios para vivir cerca del punto de ebullición del agua, y, entre ellos, fabricar la polimerasa que genera tan millonarios rendimientos.

 

En este caso, la protección de un espacio natural posibilitó la creación de una fabulosa riqueza económica, además de los bienes sociales derivados de los usos adecuados. Pero difícilmente nadie hasta los años ochenta hubiera sido capaz de hacer una valoración económica acertada de lo que la destrucción de los géiseres de Yellowstone hubiera supuesto en el caso de tener que realizar un análisis coste-beneficio tradicional sobre una hipotética propuesta de, digamos, construir una urbanización de lujo con calefacción térmica incluida y buenas vistas (incluyendo la visita frecuente del simpático Oso Yogui y sus amigos) sobre el territorio de Yellowstone.

 

(Por cierto, nadie preguntó a la sufrida bacteria de las aguas calientes ni a los defensores de Yellowstone -e, indirectamente, de las bacterias termorresistentes- si estaban de acuerdo con que su polimerasa fuera privatizada y patentada por una compañía de biotecnología. Pero ese punto ya lo hemos visto en otro lugar)

 


LOS PRECIOS DE LA VIDA, A PESAR DE TODO

 

Más sobre Yellowstone

 

En la Gran Región de Yellowstone que rodea a este Parque Nacional y el de Gran Teton, e incluye tierras pertenecientes a tres Estados (Montana, Wyoming e Idaho), los análisis monetarios indican que ha habido un crecimiento considerable de la influencia positiva de los espacios protegidos en la economía local. A pesar de ser una región de grandes valores en recursos naturales extraíbles, en la actualidad el sector ligado a las actividades recreativas en la naturaleza acapara el 83% de los empleos relacionados con los bosques, por tan sólo un 11% de los derivados de usos extractivos, según los datos del Servicio Forestal de Estados Unidos. Del mismo modo, las actividades recreativas representan el 80% de los beneficios anuales obtenidos de los medios forestales en la Gran Región, frente a sólo un 5% procedente de la comercialización de la madera extraída.

Por otra parte, los servicios locales, relacionados con el sector del recreo y el turismo de naturaleza, constituyen la mayor parte del crecimiento económico en una zona no precisamente deprimida: el empleo ligado a este sector creció desde el 53% en 1969, hasta el 62% en 1987, reemplazando empleos de otros sectores en tasas de casi dos por uno. Los ingresos derivados de las exportaciones de la región en los sectores agrario, de minería y manufacturas decayeron desde los años finales de la década de los 70, mientras se producía un constante crecimiento de los otros sectores económicos no extractivos, fundamentalmente relacionados con el recreo, el ocio y la naturaleza, para los que son indispensables las políticas de conservación, como ha demostrado el economista de la Universidad de Montana Thomas Michael Power[200]. Sin duda, la economía actual del Área del Gran Yellowstone, en los términos económicos más ortodoxos que puedan exigirse, gira en torno a los usos no extractivos ligados al disfrute y la conservación de la naturaleza en la zona. Por tanto, su conservación, además de posibilitar una de las mejores calidades ambientales de vida, lejos de poder considerarse un freno a la economía, representa su principal sostén.

 

No es el único caso. Según datos manejados por la Comisión de Parques de la UICN, las actividades ligadas a medios naturales en Canadá mueven una cantidad de 6.500 millones de dólares al año y mantienen unos 160.000 puestos de trabajo en este país norteamericano; mientras Australia ingresa 2.000 millones de dólares anuales de sus parques nacionales[201]. Tampoco es un caso exclusivo de países ricos: en la pobre Nicaragua, Nestor Windevoxhel, de la Oficina Regional de la UICN calculó en un millón y medio de dólares los beneficios netos totales que dejaría la utilización turística dentro de un modelo de desarrollo sostenible de los manglares de los Héroes y Mártires de Veracruz en la costa del Pacífico[202]; del lado de la explotación sostenible del manglar, compatible con su conservación, el cálculo alcanzaba en el estudio de 1992 casi 11 millones de dólares frente a los menos de 6 que se obtienen ahora de su destrucción  que es obviamente insostenible (en 1990 se llegaron a perder 397 hectáreas del manglar de la zona, quedando unas 8.700 hectáreas).

En muchos casos, los cálculos se han dirigido a estimar el valor económico (con todas las limitaciones de éste) de lo perdido y que no se ve reflejado en las contabilidades nacionales. Así, según recoge el economista del WWF internacional, Fulai Sheng[203], China habría perdido tan sólo en 1988 alrededor de mil millones de dólares con la deforestación de sus bosques, y Costa Rica en el período de 1970 a 1989 habría perdido una cantidad cuatro veces mayor debido a la pérdida de suelos, pesca y bosques, según conocido trabajo desarrollado por el Instituto de Recursos Mundiales.

 


CURIOSIDAD NADA BALADÍ: HAY UN NORTE Y HAY UN SUR

 

Relación entre lo que se reserva el Norte económico y lo que queda para el Sur.

 

En El Sur también existe (un excelente disco del cantante Joan Manuel Serrat sobre textos de Mario Benedetti) se oía decir al poeta uruguayo por boca del cantante catalán:

 

con sus llaves del reino

el norte es el que ordena

pero aquí abajo abajo

el hambre disponible

recurre al fruto amargo

de lo que otros deciden

 

con su esperanza dura

el sur también existe

 

A veces pareciera que, efectivamente, hay que recordar al Norte que el Sur también existe. Pero no es menos cierto que, cuando tiene interés, el Norte se acuerda de la existencia del Sur sin más ayudas.

Claro que hay que precisar que Norte y Sur son algo más que meros criterios geográficos. Han pasado a ser descriptores socioeconómicos: es Sur el desheredado, el que no tiene voz, el pobre, el que es olvidado, el subdesarrollado; es Norte el poderoso, el avanzado, el que decide, el desarrollado. Por eso, hay Norte en el Norte geográfico, pero también en el Sur del planeta, y viceversa. Son Norte, en este particular sentido, la mayor parte de las clases dirigentes de los países del Sur, como resultan ser Sur los pobres de las opulentas sociedades del Norte. Posiblemente sea una mala terminología, pero ha hecho fortuna y constituye una forma de denominación frecuentemente manejada.

Admitámosla y advertiremos que mientras que la capacidad de decisión, el control, la tecnología y la industria, se encuentran instaladas en ese Norte genérico, en el Sur se ubican otras cosas, cuyo valor impone el Norte. Ya vimos que en la asignación tan particular del valor de cambio, también hay algunos aspectos no exclusivamente arbitrarios. Algo no demasiado fácil de cuantificar en dinero, como es la diversidad de la vida, puede de repente cobrar un inusitado interés comercial y valorarse en dólares, yenes o marcos. Así, los ecosistemas tropicales han adquirido un repentino interés para algunas compañías a través de sus plantas tropicales, los hongos de sus bosques umbríos ecuatoriales o las peligrosas serpientes de las selvas. La razón estriba en que hay una potencial fuente de suculentas ganancias en la capacidad genética de estos organismos para fabricar compuestos químicos complejos. Lo que antes carecía de valor y era, aún más, un impedimento al progreso y al desarrollo económico pasa a constituir un laboratorio valioso para extraer remedios comercializables en un mercado sanitario de cuantiosos beneficios.


Es entonces cuando el olvidado Sur es recordado por el Norte. Los obstáculos al desarrollo económico se convierten ahora en recursos convertibles en pingües negocios y toda la escala de valores se trastoca sin que casi nadie pierda la compostura.

La empresa Hoechst, conocida por ser una de las principales productoras de los famosos CFC destructores de la capa de ozono, se anunciaba hace poco sin rubor en la prensa diaria bajo una hermosa foto del interior de un bosque tropical con un lema que explicaba: "Aquí vive la Bothrops jararaca". A continuación, se aclaraba que del veneno de esa serpiente brasileña la compañía obtiene unos albuminoides capaces de potenciar la acción hormonal de la bradicinina, un compuesto que reduce la tensión arterial y abre esperanzadoras perspectivas para el tratamiento de las enfermedades cardiocirculatorias. Nada se deduce en el anuncio de que los importantes avances médicos que se obtienen del veneno de la serpiente brasileña repercutan en beneficios reales para el hábitat de esta o para los indígenas que quizás lo compartan. Tampoco parece que la exposición humanitaria del anuncio de Hoechst, en donde se explica “como, a partir de los fenómenos químicos presentes en la naturaleza y de los conocimientos que de ellos se adquieren, podemos salvar vidas humanas", constituya una garantía de que se piense en repartir mínimamente tales beneficios en una forma algo equitativa entre quienes de verdad los necesiten.

Sin menospreciar la importancia para la humanidad de este tipo de avances científicos, no hay que olvidar que son realizados precisamente bajo la base de un sistema que ha demostrado no ser capaz en absoluto de mejorar el reparto de beneficios alcanzados de una forma equitativa y ética; aún más: no estar interesado en ello. Las mismas corporaciones que se anuncian a sus potenciales clientes bajo tan ecológicos como humanitarios lemas propagandísticos, presionan luego con fuerza en la exigencia de seguir privatizando los beneficios del uso de unos productos que proceden de la propia diversidad de la vida y que, a menudo (como vimos en otro lugar), son identificados utilizando a las propias comunidades locales e indígenas, que no son invitadas luego al reparto de la tarta (y tienen suerte si no son expulsadas de sus alrededores). En todo este asunto es difícil guiarse entre el caos generado por las mismas voces que dicen cosas opuestas en función del foro y del auditorio, de forma que lo que es pregonado ante un foro público como un motivo humanitario y una conquista de la humanidad, pasa a constituir un derecho inalienable de la compañía en una negociación de pasillo. Empieza a no saberse qué defiende cada cual y qué oculta cada quién, en un juego que a algunos parece tan propio de nuestro siglo como asegura el desgarrado y magnífico tango de Enrique Santos Discépolo[204]:

 

Pero que el siglo veinte

es un despliegue de maldad insolente

ya no hay quien lo niegue.

Vivimos todos revolcaos en un merengue

y en un mismo lodo todos manoseaos

 

¿Cambiará la cosa con el inminente cambio de siglo?

 


PROPIETARIOS Y PRECIOS

 

Nuevos valores que tienen precio e inmediato propietario

 

En 1991 se estimó que en el mundo rico alrededor de una cuarta parte de las medicinas usadas se basan en el uso de plantas y sus derivados, mientras que la cifra superaría las tres cuartas partes en el caso del mundo pobre[205]. El valor de la factura monetaria en el primer caso es exorbitante; muy pequeña, sin embargo, en el segundo. Lo que ocurre es que en el mundo rico la conversión a dinero de casi cualquier uso es algo más automática e inmediata (aunque pueda ser irreal), mientras que en el pobre no. La mayor parte del uso real de los productos medicinales obtenidos directamente de las plantas no pasan, en los países pobres, por el "mercado" ni los detecta la contabilidad nacional ni aparecen en el capítulo de "haberes" de las grandes multinacionales farmacéuticas del mundo. Por ello, no es de extrañar que se haga mayor hincapié en valorar -en todos los sentidos del término- la parte de la medicina que sí produce beneficios económicos a la poderosa industria farmacéutica. Un importante número de estudios se han dirigido a poner de manifiesto la trascendental importancia de la biodiversidad en proveer de principios básicos a diversos sectores económicos, entre ellos y destacadamente, la medicina. Si se analiza la factura total que puede alcanzar el comercio de productos farmacéuticos en el mundo desarrollado puede encontrarse un impresionante volumen de dinero ligado a la explotación de la biodiversidad vegetal. Por eso, la imagen de la biodiversidad (sobre todo la ligada a los medios tropicales) ha llegado a formar parte de la publicidad de las compañías farmacéuticas como veíamos antes, aprovechando la creciente preocupación de la ciudadanía por la conservación de la vida silvestre. Sin embargo, ese interés publicitario no ha pasado aún en casi ningún caso del nivel del "aprovechamiento oportunista" para la venta de los productos o la consolidación de la imagen de marca. Aún no hay una traducción en inversiones concretas de la industria farmacéutica para la conservación de los ecosistemas que más contribuyen a sus importantes beneficios económicos, ni a quienes han sido garantes de su conservación y, a menudo, revelación. Algunas iniciativas, como la recogida en el convenio privado firmado entre la gran compañía farmacéutica Merck y la institución privada INBIO de Costa Rica (presentada por sus valedores como uno de los mayores logros en la conservación de la biodiversidad ligada a su utilización en biotecnologías[206]), reporta algunos beneficios económicos a la conservación de la biodiversidad, aunque, para algunos, el asunto es tan descompensado que un prestigioso economista comentó al respecto: "que barato se venden los pobres"[207]. Este caso, además, ha sido cuestionado seriamente con la aplicación de los principios del Convenio de Biodiversidad a la redacción de un reciente y debatido proyecto de Ley de Biodiversidad en el país centroamericano. De hecho, aunque el Convenio otorga la soberanía sobre la diversidad biológica a los Estados, en este caso quien "vende" a la multinacional farmacéutica es una institución privada.

 

            Ya en 1993, el Instituto de Recursos Mundiales de USA, El Instituto Nacional de Biodiversidad de Costa Rica, la Alianza del Bosque Húmedo de USA y el Centro Africano para Estudios de Tecnología de Kenia, recogían en un libro[208] las 21 Compañías más activas en la prospección y recolección de plantas y productos naturales. Entre ellas están CIBA-GEIGY, que trabaja utilizando como colectores a la Academia China de las Ciencias o el Instituto Oceanográfico Harbor Branch; Merck & Co, trabajando con materiales recolectados por el INBIO, el Jardín Botánico de Nueva York o MYCOsearch; Monsanto, que recibe productos del Jardín Botánico de Missouri, etc. En 1990 la estimación de las ventas comerciales de los fármacos basados en productos vegetales alcanzaba los 15.500 millones de dólares sólo en Estados Unidos, mientras que en el conjunto del mundo más industrializado (USA, Japón, Australia, Canadá y Europa Occidental) superaría ya en 1985 los 43.000 millones de dólares. Pero ¿cuánto de ello repercute en las comunidades que velan por los medios de donde sale tanta biodiversidad benéfica?

 

Para responder a esa pregunta podemos recurrir a otro caso que relata Vicky Reyes[209] a propósito de una de las pocas compañías farmacéuticas que sí reconocen, al menos, la necesidad de pagar en términos de "reciprocidad" la deuda contraída con las comunidades indígenas que les facilitan información fundamental para su "bioprospección". Se trata de la compañía Shaman Pharmaceuticals que actúa en el campo de la bioprospección de plantas desde 1989 en Africa, Asia y Sudamérica a través de una red de colectores que utilizan los conocimientos de los indígenas y procuraban una media en 1992 de unas 200 muestras comerciales al año, fundamentalmente de productos analgésicos, antivirales y antifúngicos. El caso referido por Reyes tiene lugar en la comunidad de Jatún Molino, formada por quichuas ecuatorianos, quienes facilitan la valiosa información de su cultura étnica sobre las plantas medicinales locales, lo que sirve a la compañía para orientar sus trabajos en forma decisiva. Los términos de la "reciprocidad" (cuya necesidad dice reconocer la compañía) consistieron en este caso en unos 3.000 dólares totales aportados por la empresa a la comunidad indígena; en ellos se incluyen algunos salarios modestos para los que trabajaban en actividades de recolección (pero éso no parece ser reciprocidad, sino en todo caso un mero pago por un trabajo, como señala adecuadamente Reyes), así como la ampliación de un campo de tierra cercano que sirve de aeropuerto (que era necesario también para que llegaran los técnicos de Shaman), la compra de una vaca para alimentar a la comunidad (y al equipo de la empresa), un botiquín y visitas médicas semestrales a la comunidad. Desde luego, una reciprocidad que es, cuando menos, cuestionable.

En otro caso también peruano recogido por la misma autora, la Empresa Liofilizadora del Pacífico espera realizar ventas por valor de unos 25 millones de dólares al año gracias a la comercialización de las lianas llamadas Uña de Gato (Uncaria tomentosa). Paralelamente, tenía previsto destinar tan sólo 60.000 dólares (un 2,4 por mil) para las comunidades ashaninkas del lugar, aunque hay que decir que ni siquiera era como propiedad intelectual, sino en concepto de cultivo de la planta.

 

Lo que sí ha crecido a una velocidad inusitada es la preocupación por integrar la apropiación de la biodiversidad (su utilización, se entiende) en los mecanismos de los derechos de propiedad intelectuales, controlados por las compañías. Las altas cifras económicas que, como hemos advertido antes, se manejan en torno al uso de la biodiversidad por parte de algunos sectores industriales (especialmente el de la producción de medicamentos, pero no solo), hacen que no se haya tardado mucho en desarrollar las presiones necesarias para conseguir que las reglas del juego incluyan la posibilidad de apropiarse de los beneficios del uso de la biodiversidad mediante los derechos de propiedad intelectual.


Manuel Illescas, experto español que formó parte de la delegación española en la negociación del Convenio en representación de la Oficina de Patentes y Marcas del Ministerio de Comercio, explicaba que "una patente es definida generalmente como el contrato entre un inventor y la sociedad, en la que cada parte debe atender a ciertos requisitos. La sociedad debe garantizar al inventor el monopolio en la explotación de la invención. Esta es la esencia del Derecho de Propiedad Intelectual. El inventor, por otra parte, debe revelar su invención. Esto contribuye al crecimiento del conocimiento técnico común[210]".  Según ésto, cabría esperar que el tema de los derechos de propiedad intelectual se pudiera aplicar sólo a los "inventos" realizados en relación a los recursos biológicos. En el campo de las biotecnologías, ésto ya de por sí exigiría no pocas precisiones y limitaciones en el rango de aplicabilidad y en la plasmación de la idea de "inventos originales". Sin embargo, la situación se ha desbordado de forma extraordinaria: actualmente están reconocidas por Estados Unidos de América patentes sobre líneas celulares de miembros de diversas etnias, como la tribu Hagahai de Papúa-Nueva Guinea y la etnia Ngobe de Panamá (del que ya hablamos en otro lugar), mientras que algunas compañías han comenzado una auténtica "caza y patente de genes" humanos, animales o vegetales, como si se hubiera abierto alguna veda. Esto ha motivado la formulación de algunas consultas ante la Corte Internacional de Justicia, principalmente acerca de la patentabilidad del material genético humano, pero los hechos consumados van mucho más deprisa que las reflexiones éticas o la clarificación jurídica.

De hecho, en el seno de la Organización del Genoma Humano, que trabaja desde 1988 en el descifrado de los genes humanos, se debate la cuestión del patentado de los genes humanos. Para algunos "genomistas" partidarios de este patentado "libre", como Craig Venter[211], presidente del Instituto de Investigación Genómica de Rockville en Maryland, que ha comenzado a patentar secuencias de ADN humano y fue uno de los desveladores de la secuencia de genes de "arqueón" (aquella bacteria de las profundidades marinas que nos acompañó al principio de libro), la cuestión está clara a favor del derecho de patente. Los argumentos aportados por Venter en una entrevista publicada por el diario EL PAÍS en el marco de la celebración del Congreso Internacional de la Organización del Genoma Humano (HUGO), en Heiselberg (Alemania), son los siguientes:

 

"El tema de patentar el material genético es muy importante y complicado. Su prohibición daría lugar al secretismo. Algunos datos se ocultan por miedo a que se rechace su registro. Y no se obtendrán nuevos diagnósticos y terapias sin algún tipo de propiedad intelectual. Por lo general, las compañías, incluidas la que yo fundé, tratan de patentar todo lo que sea posible. Lo mismo ocurre en la industria farmacéutica. Es una medida de defensa, ya que no saben qué va a ser importante. La única forma de obtener nuevos medicamentos en ausencia de la propiedad intelectual sería que los financiara el Gobierno, lo que provocaría una tremenda subida de impuestos. El actual sistema no es tan malo.[212]"

 

Ciertamente la cuestión es compleja, pero se advierte que algunas de sus afirmaciones pueden tener una extraña connotación de advertencia amenazadora si uno las formula literalmente y variando tan sólo el tono de la dicción. Se trata de toda una defensa del "status quo" por parte de quienes se encuentran bien a gusto en él. Mientras tanto, el país más poderoso del planeta, el mismo que impulsa el proyecto del Genoma Humano, y donde radican la mayoría de las grandes compañías de biotecnología, se niega a ratificar el Convenio sobre la Diversidad Biológica, ya casi en solitario. Lamentablemente, sin dejar de reconocer la contundencia de los hechos y el peso de la realidad de cómo funciona el entramado científico-industrial, tal vez sea también interesante tratar de recabar la opinión de aquellos millones de personas que se quedan francamente lejos tanto de  la modernidad de los avances científicos como del alcance de sus potenciales beneficios, aunque algunas veces algunos de ellos sean objeto del interés repentino de tales avances realizados para el "bien de la humanidad" (eso sí, con patente industrial incluida).

 

Ya en 1985 la Corte de Apelaciones de la Oficina de Patentes y Marcas de los Estados Unidos de América aceptó el derecho de patente de los organismos vegetales y en 1990 algo semejante sucedió en la Unión Europea. De hecho, las patentes sobre procedimientos microbiológicos datan, en su reconocimiento jurídico, de la Convención de Estrasburgo de 1963. El truco ha consistido en ir ampliando la extensión de lo patentado desde "los procedimientos" hasta "lo producido", incorporando en esto último a los nuevos organismos, sus partes o sus genes. De esta forma, la patente de un invento termina convirtiéndose en una forma de apropiación o privatización de la base de la vida o de la vida misma. En ese caso: ¿dónde queda la idea de soberanía estatal de los recursos biológicos que pregona el Convenio sobre la Biodiversidad?, ¿qué queda para una necesaria bioética que constituya un marco referencial para la ciencia y la tecnología de lo que es aceptable o no en la apropiación de algo tan básico como la vida?, ¿qué debe hacer un individuo que porta un gen que ha sido patentado por una industria o un consorcio científico?

 

Recientemente, el Instituto Roslin de Edimburgo ha anunciado el éxito de un programa de clonación que ha producido cinco ovejas genéticamente idénticas, lo que ha sido proclamado por la prensa como el anuncio de una "revolución ganadera[213]". Anteriormente, en 1994, la industria Calgene lanzó al mercado el primer tomate transgénico del mundo y en 1995 la marca británica Zeneca ofreció latas de salsa de tomate transgénico modificado para evitar la putrefacción del producto. El camino abierto es el de la privatización de la vida y sus formas utilizables por la humanidad. Inmediatamente, como ha sucedido en casos similares, la línea abierta progresará hacia la monopolización de la vida y sus usos por las compañías de mayor poder económico. No es algo novedoso, aunque sí en su grado actual: es exactamente lo que se ha venido sucediendo en el marco de la agricultura progresivamente industrializada.

Recientemente, en el país económicamente más influyente de Europa, Alemania, se libra una importante batalla entre los partidarios y contrarios de los productos genéticamente modificados. Las secciones alemanas de Greenpeace y de Amigos de la Tierra (Bund), junto a una organización de consumidores han comenzado en septiembre de 1996 una fuerte campaña contra la soja genéticamente modificada producida por la poderosa multinacional Monsanto. Según Greenpeace, hasta un 87% de los consumidores alemanes está dispuesto a rechazar estos productos alterados genéticamente. La clave radica en que este tipo de datos pueden llevar a las grandes compañías alimentarias (Nestlé, Unilever, Danone,..) a rechazar el producto de Monsanto y en general los alimentos modificados en sus genes. De ser así, la suma de voluntades pequeñas de los ciudadanos como consumidores, habrán vencido la poderosa voluntad económica de empresas multinacionales.

 Ciertamente, los consumidores tienen motivos para estar particularmente sensibilizados frente a alteraciones de cualquier tipo en los alimentos. La interminable secuela del llamado mal de las "vacas locas" inglesas, la encefalopatía espongiforme bovina ligada a las alteraciones dietéticas del ganado y definitivamente vinculada con la enfermedad de Creutsfeld Jakob humana, no deja de mostrar las consecuencias del camino de artificialización y supeditación de la agroganadería a los intereses exclusivos del beneficio económico.


Se trata de un camino sin retorno fácil, ya que la dependencia se va haciendo progresivamente mayor. Algo que, en una medida cualitativamente más acentuada y grave, parece adivinarse tras las actuales presiones en defensa de las patentes y los derechos de propiedad intelectual (industrial, habría que decir) sobre la biodiversidad. Es mucho el dinero actualmente en juego y mucho más el que se adivina para el futuro (junto al poder que ello representa), como para que la lógica de lo existente sea puesta en cuestión. ¿no?.

 

La ciencia y la técnica se enfrentan una vez más a la necesidad de supeditarse a unos fines sociales éticos o abandonarse a las órdenes de los poderes económicos. Un dilema cuya resolución calificará a la ciencia y técnica del siglo XXI.

 


CIENCIA, ECONOMÍA Y POLÍTICA

 

Más sobre la toma de decisiones y los valores

 

Después de lo visto es fácil entender que el debate del que antes hablábamos, entre una forma de abordar la economía u otra, no es un problema exclusivamente académico o científico, sino, más bien, un problema con fundamentales consecuencias sociales y políticas. Estas consecuencias radican en el hecho de que la función asignada a los sistemas políticos como "grandes sistemas de transformación de las demandas sociales en decisiones políticas", se ven recientemente asumidas por la ciencia económica en las sociedades actuales. El criterio económico se convierte en el factor central de la toma de decisiones. La dictadura del capital es un hecho incuestionable.

Por eso, la forma de encarar la valoración económica, su consideración sobre los criterios sociales, éticos y ambientales (la "internalización" de éstos) son aspectos sustanciales que modificarán la toma de decisiones final. Los economistas y los biólogos del comportamiento a menudo han hecho uso de sistemas que permiten "formalizar" los mecanismos de toma de decisiones ante disyuntivas que contienen un alto grado de incertidumbre. Alguna de estas formas de "sistematizar" la toma de decisiones tiene que ver con el desarrollo de lo que se ha denominado la teoría de juegos, que ya comentamos de pasada cuando asistíamos al advenimiento de la idea de sistemas. Utilizando las ideas de la teoría de juegos, basada en la posibilidad de valorar distintos escenarios posibles en relación a diferentes posturas o actuaciones por adoptar, la Directora del Centro para la Negociación Política, Joy Bartholomew, sugirió el enfoque que veremos a continuación y que permite, de forma muy simplificada, representar lo que está en juego y facilitar una posición al respecto[214]. Como colofón a nuestra visión de la conservación y el uso de la biodiversidad, es una elegante forma de plantear la necesidad de progresar hacia un modelo más amplio y ambicioso llamado "sostenibilidad" en donde podamos encontrar nuestro futuro, junto al mantenimiento de la actual diversidad biológica mundial.

 


EL JUEGO DE LA DOCTORA BARTHOLOMEW

 

Jugar a no perder es mejor que jugar a ganar

 

Analicemos racionalmente el siguiente juego que propone Joy Bartholomew: Supongamos que hemos de tomar la decisión de seguir una de las dos políticas propuestas y enfrentadas en el tema de cómo debemos actuar ante el problema ambiental mundial. La primera opción (que podríamos llamar, siguiendo a Bartholomew, la de los "optimistas tecnológicos") supone que el crecimiento económico es consustancial al progreso: hay que apostar por él. Se parte de la idea de que los problemas de la energía, el uso de los recursos (su agotamiento) y la acumulación de los residuos (la contaminación), se solucionarán en el futuro a través de la creación y el uso inteligente de nuevas tecnologías (obsérvese que siempre estamos debatiendo entre opciones preocupadas por el medio ambiente, pues se trata de opciones racionales e "informadas" no de posiciones mezquinas de interés puramente espurio).

Esta primera postura exige desarrollar tecnologías enfocadas a la solución de los problemas ambientales y admite muchas de las líneas de desarrollo de la economía ambiental que buscan integrar la variable ambiental en la toma de decisiones de la economía, aunque sin variar sustancialmente las bases (lo que llamamos "núcleo duro") del modelo.

La segunda postura es la de los que llamaremos los "escépticos tecnológicos". Éstos opinan que la tecnología no puede burlar los límites de las leyes físicas y del sistema ecológico, es decir, no puede resolver lo que son problemas derivados del mal uso de un sistema limitado, no creciente y materialmente cerrado (la Tierra). Para ellos, de acuerdo con su punto de partida, el crecimiento es insostenible, por lo que ha de cesar en algún momento. La única solución es cambiar de objetivos y sustituir la idea de un progreso basado en el crecimiento (de la producción, del consumo...) por la de un desarrollo cualitativo de las potencialidades y ecológicamente sostenible.

En palabras de Joy Bartholomew: "los optimistas arguyen que, a menos que creamos en la posibilidad de un futuro optimista y actuemos en consecuencia, éste nunca se logrará. Los escépticos aseguran que los optimistas traerán la decadencia más temprano, al consumir los recursos demasiado aprisa, y que para "sostener" la biosfera deberíamos empezar inmediatamente a conservar los recursos".

 

Dos posturas, pues, irreconciliables: ¿qué hacer?

 

El grado de incertidumbre es alto y el nivel de riesgo también. Bartholomew nos propone, para salir del paso, aplicar una muy simplificada técnica de teoría de juegos: la llamada "matriz de ganancias". Hay que construir una matriz en la que, por un lado, hay una entrada para cada una de las dos políticas alternativas ("optimistas tecnológicos" y "escépticos tecnológicos"). Podemos situar esta entrada como filas, es decir, cada política alternativa servirá de entrada a una fila de la matriz. La otra entrada de la matriz, representada por las columnas, representa el comportamiento real del mundo. se trata de algo que no conocemos, pero que podemos resumir en dos tipos de respuestas: el primero es el que manejan los optimistas tecnológicos como base argumental de su modelo, es decir, los problemas ambientales se resolverán mediante la tecnología. El mundo, en esta primera columna, se comportaría como predicen los optimistas. La segunda columna representa la hipotética situación que suponen los escépticos: los problemas ambientales tienen que ver con la finitud y los límites del sistema Tierra, por lo que no se pueden solucionar a base de más crecimiento y más tecnología.

Ya podemos construir nuestra sencilla "matriz de ganancias":

 

 

MATRIZ DE GANANCIAS

 

Comportamiento real del mundo

 

Los optimistas tienen razón

 

Los escépticos tienen razón

 

 

Política a aplicar

 

La de los optimistas

 

            A

 

            B

 

la de los pesimistas

 

            C

 

            D

 

Para tener una idea de lo que habrá dentro de cada una de las cuatro celdas hemos de confrontar lo que supone cada fila (la política a aplicar que le corresponde) en el marco de cada columna (la situación de comportamiento real del mundo que le corresponde). Veamos:

 

La primera celda, que hemos llamado A, ocurre cuando optamos por la política que preconizan los optimistas tecnológicos en un mundo que se va a comportar como ellos mismos predicen. El "escenario" es positivo, pues las "ganancias" son altas. La estrategia ha funcionado en el pasado produciendo beneficios económicos; según las hipótesis de la celda lo seguirá haciendo en el futuro (el modelo no entra en cuestiones de otro tipo, como el reparto de los beneficios o similares; solamente analiza la adecuación en un ambiente de incertidumbre entre optar por una alternativa u otra respecto al problema ambiental).

 

La segunda celda, que llamaremos B, se produce también cuando aplicamos la política de crecimiento preconizada por los optimistas, pero ahora el mundo se comporta como suponen los escépticos. La consecuencia es el desastre ambiental.

 

La tercera celda, C, sucede cuando adoptamos la política de los escépticos en un mundo en el que las cosas ocurren como suponen sus adversarios, los optimistas. Hemos dejado de crecer (como podríamos) al ser demasiado prudentes; no hay desastre (no lo iba a haber tampoco de haber adoptado la otra estrategia "optimista"), pero tampoco obtenemos "ganancias altas". El resultado es moderado: ni desastre ambiental ni avance social, pero estamos perdiendo oportunidades o beneficios económicos que podríamos haber alcanzado sin riesgos.

 

La cuarta y última celda o escenario posible es la que hemos llamado D. Ocurre cuando optamos por las propuestas de los escépticos en un mundo que ocurre como ellos predicen. Nos hemos librado de un desastre seguro (al que estaríamos abocados de haber seguido la estrategia de los optimistas), y hemos acertado tanto en la política a seguir como en la suposición de cómo funciona el mundo real. La "ganancia" no es la más alta de los cuatro escenarios posibles (la celda A es la más alta), pero es la más alta posible en la realidad de nuestro mundo, y es tolerable: ganamos menos que lo que gana teóricamente el máximo de los escenarios, pero no caemos en el desastre del escenario peor.

 

Naturalmente si conociéramos con certeza cómo se comportará el mundo real, la matriz de ganancias carecería de sentido, pues se limitaría a una matriz de una columna y dos filas: dos alternativas y no cuatro. Los resultados serían evidentes. Pero, aunque cada modelo de política alternativa sustenta una idea diferente de cómo se comporta el mundo (y por éso propone una estrategia diferente), aceptamos en nuestro juego que no tenemos elementos de juicio suficientes para averiguar cuál de las dos formas propuestas es la que más se acerca al verdadero y desconocido comportamiento del mundo, por lo que no nos queremos decantar a priori por ninguna.

En estas circunstancias, la matriz de ganancias nos indica cuál es la estrategia mejor o la estrategia para "ganar" según la teoría de juegos. Y ésta nos dice que la mejor estrategia es la de escoger la política que tenga un menor coste en el caso de resultar equivocada (la teoría de juegos, que puede modelizarse matemáticamente, es una estrategia de toma de decisiones ante situaciones de incertidumbre con el fin de optar por la solución que mejor permite "vencer"). Nos dice: "para ganar en estas situaciones, lo que hay que hacer es jugar a no perder".

 

 Por tanto, sobre la base de la incertidumbre acerca del verdadero funcionamiento del mundo real, habremos de elegir la política de los escépticos, pues nunca nos llevará a la peor posibilidad de las cuatro: el desastre ambiental. Aunque sabemos que renunciamos a la posibilidad de alcanzar el mejor de los resultados posibles, nos aseguramos resultados siempre tolerables o moderados. La otra estrategia nos ofrece el "caramelo" de poder alcanzar el mejor resultado de los posibles, pero entraña el "veneno" del terrible riesgo de caer en el peor de ellos. Es un "caramelo envenenado".

 

Según se demuestra matemáticamente, los prudentes ganan a la larga en este tipo de juegos, mientras que los arriesgados terminan pereciendo.

 

En resumen, el peor resultado de los posibles bajo la política a elegir (la de los escépticos) es aún un resultado bastante bueno: ése es el ámbito del desarrollo sostenible.

 

Si, además, por los indicios que se observan en el comportamiento del planeta, uno cree que la incertidumbre se decanta mucho más del lado de dar la razón a quienes creen que la crisis ambiental es algo más que un "bluf" y que mantener el rumbo actual de crecimiento económico y presión sobre los recursos, confiando en la tecnología como solución, no es prudente ni razonable, entonces el inteligente juego que nos propone la doctora Joy Bartholomew le reforzará en sus convicciones.

 

La diversidad de la vida, de poder jugar, probablemente también se decantaría por sus conclusiones.

 

                                                                       _


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[1] Un excelente acercamiento a estas cuestiones lo ofrece el libro "Evolución Ambiental", "un estudio de la historia del ambiente desde los tiempos prebióticos hasta el presente". Margulis y Olendzenski, 1992.

NOTA: Las referencias bibliográficas que aparecen a pie de página pueden ser consultadas en el listado que se recoge al final del libro.

[2] Margulis y Sagan, 1986. Dorion Sagan, biólogo como su madre, es hijo de Lynn Margulis y su primer marido, el conocido astrofísico Carl Sagan, recientemente fallecido.

[3] Wilson, 1994.

[4] Otras interpretaciones reducen a dos el número de individuos de Australopithecus qua dejaron las huellas en Laetoli.

[5] Mary Leakey ha sido la paleontóloga humana más legendaria. Figura central de toda una dinastía (los "Leakey") que incluye a su marido Louis, su hijo Richard y su nieta Louise, murió recientemente, a sus 83 años, el pasado 9 de diciembre de 1996.

[6] Página 9 de "The Convention on Biological Diversity:Negociations and Contents", del libro de Sánchez y Juma "Biodiplomacy".

[7] Artículo 2 del Convenio sobre la Diversidad Biológica: "Términos utilizados".

[8] Pascual, 1996.

[9]  Horacio Capel ha recreado esta polémica, referida a los orígenes de la geomorfología española, en su obra "La física sagrada". Capel, 1985.

[10] Ponting, 1991.

[11] May, 1992

[12] WCMC, 1992

[13] IUBS son las siglas inglesas de la Unión Internacional de Ciencias Biológicas, una organización creada en 1919 que agrupa a miembros adheridos a través de las Academias de Ciencias, Consejos Nacionales de Investigación y Asociaciones Nacionales de Investigación. SCOPE corresponde a las siglas del Comité Científico para los Problemas Ambientales, creado dentro del Consejo Internacional de Uniones Científicas (ICSU); y UNESCO es el conocido Organismo de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura; su instrumento de actuación en estos temas es el programa MAB (Hombre y Biosfera).

[14] Como resultado de dicha reunión se publicó el documento From Genes to Ecosystems: A Research Agenda for Biodiversity, editada por el profesor de la Universidad de Harvard, Otto T. Solbrig. IUBS, 1991.

[15] V.H. Heywood (ed.), 1995.

[16] Phylla (que es el plural de Phyllum) constituye la categoría inmediata inferior a Reino. Representa, por tanto, los grandes linajes evolutivos de cada uno de los cinco Reinos que encuadran a los seres vivos.

[17]Thomas Robert Malthus, preocupado por la relación entre el crecimiento de la población y la producción de alimentos, publicó en 1798 su primera edición del  Ensayo sobre el principio de la población, en el que sostenía que el crecimiento de la población era el principal problema para el futuro, por tratarse de un crecimiento potencial de tipo exponencial frente al aritmético que podrían experimentar los alimentos.

[18]Darwin afirma en su autobiografía, y en referencia al Origen de las especies, que si lo hubiera publicado a la escala en que comenzó a escribirlo en 1856, el libro hubiera sido cuatro o cinco veces más grueso que el Origen, y muy pocos hubieran tenido la paciencia para leerlo. Para la época y el tipo de libro, el Origen tuvo un éxito editorial sorprendente: los 1250 ejemplares de la primera edición se vendieron el mismo día de su publicación; en 16 años se vendieron 16.000 ejemplares de la edición inglesa y fue traducido a numerosos idiomas.

[19] Tan sólo son idénticos genéticamente aquellos individuos procedentes de algún tipo de reproducción asexual, los organismos originados por partenogénesis o aquellos procedentes de un óvulo fecundado dividido en dos o más zigotos que se desarrollan satisfactoriamente; lo que, en cierto modo, puede ser asimilado a un proceso de reproducción asexual o clonación del zigoto genéticamente ya diferenciado: es el caso de los gemelos homocigóticos o idénticos, existentes en nuestra propia especie.

[20]Margulis & Schwartz, 1982.

[21] Mayr, 1969.

[22] Una crónica de esta historia puede encontrarse en el artículo de Shantini Dawson, del WWF de Vietnam, publicada en el boletín de la UICN (3/95)

[23] Yahnke, C.J. et al. 1996

[24] CODEFF, 1992.

[25] Reid y Miller, 1989. La cifra, por el sistema utilizado para la catalogación de especies extinguidas, es ofrecida como una estimación mínima.

[26] Vickers y Plowmans, 1984.

[27] Este caso aparece recogido varias veces en la literatura de divulgación científica, por lo que se bastante conocido. Así, es referido por Edward O. Wilson en su "La diversidad de la vida". También el prestigioso físico descubridor de los quarks, Murray Gell-Mann, recoge este relato en su obra divulgativa El quark y el jaguar.

[28] Berlin, Breedlove y Raven, 1974.

[29] Erasmus Darwin, médico, publicó en 1796 un tratado (gran parte de él en verso como recoge Milner en su Diccionario de la evolución) en el que plasmó sus ideas evolucionistas seis décadas antes de la fechade aparición del libro de su nieto. El libro se titulaba Zoonomía o Las leyes de la vida orgánica.

[30] Este texto forma parte del artículo Una guerra de palabras de Niles Eldredge, incluido en el libro La Tercera Cultura, editado por John Brockman (Brockman, 1995).

[31] Una excelente revisión del estado de estos conocimientos puede encontrarse en el reciente artículo del colectivo de investigadores franceses "TaMaRa"(1996), publicado en Mundo Científico.

[32] Leffell y Brash, 1996.

[33] Una descripción general de la importancia de los humedales de la región (y en general de toda España), puede consultarse en la obra de Santos Casado y Carlos Montes, 1995.

[34] Hoyo, Elliott y Sargatal, 1992 (vol. 1).

[35]La catalogación de las especies de vertebrados amenazados se recoge en un Libro Rojo siguiendo las categorías propuestas por la UICN al respecto. Blanco y González, 1992.

[36] Urdiales y Pereira, 1993.

[37] Margulis y Schwartz, 1982.

[38] Ayala, 1994.

[39] Heywood, 1995.

[40] Tellería, 1986.

[41]Hölldobler y Wilson, 1994.

[42]El Museo Británico de Historia Natural, situado en Londres, alberga en sus colecciones probablemente a más de la mitad de los ejemplares representativos de las especies de insectos descritas.

[43] May, 1986, 1988, 1990, 1992

[44] Gaston, 1991a y 1991b; Erwin 1991.

[45] WCMC, 1992.

[46] Janzen, 1983.

[47] Al Gentry, del Jardín Botánico de Missouri, fue uno de los botánicos que mayor conocimiento aportó sobre la flora neotropical. Murió trágicamente el 3 de agosto de 1993 cuando cayó con su avioneta cerca de Guayaquil, en Ecuador, mientras dirigía uno de los trabajos del Programa de Evaluación Rápida de la Internacional para la Conservación, dirigido a inventariar la biodiversidad en zonas tropicales poco conocidas.

[48]Gaston, 1991a.

[49] Hodkinson & Casson, 1991.

[50] Kremen et al. 1993

[51] Janzen, 1970.

[52] P.D. Coley: The Role of Plant/Animal Interactions in Preserving Biodiversity, en Sandlund & Schei, 1993.

[53] Margalef, 1980.

[54] Aunque el evangelista Marcos se haya quedado con el nombre del principio ecológico, no es el único que refiere la idea de abundar en las diferencias. San Mateo (13:12) dirá: "Porque al que tiene, se le dará más y abundará; y al que no tiene aún aquello que tiene le será quitado"; y más adelante incluso lo aplica en la parábola de los talentos, reiterando la máxima al premiar con lo poco que le quedaba del pobre a las ganancias de quien negoció bien sus dineros (25:29). Aún, San Lucas recoge la misma máxima también en dos ocasiones: advertencia y aplicación (8:18 y 19:26), en este caso en la parábola de las minas, que debe ser especialmente querida por los banqueros pues el desposeído lo fue por no haber dado el dinero a éstos. Por tanto, el principio de la desigualdad de las relaciones ecológicas bien pudiera estar avalado por los tres evangelistas (San Juan no se pronuncia al respecto).

[55] Mac Arthur y Wilson, 1967.

[56] Miller, 1990.

[57] Página 73 de la versión española de "Fitosociología". Braun Blanquet, 1951.

[58] Página 370 de la 2ª edición de "Ecología". Margalef, 1977.

[59] Vitousek et al, 1986.

[60] Wilcove, McMillan y Winston, 1993.

[61] Van Blaricom & Estes, 1988.

[62] Kvitek et al, 1992.

[63] Paine, 1969.

[64]Menge et al, 1994.

[65] Mac Arthur, 1972.

[66] Terborgh, 1986

[67] Fujita & Tuttle, 1991.

[68] D. Janzen, 1986.

[69] Janzen, 1966.

[70] La cita pertenece al capítulo titulado "La regla áurea: una escala apropiada para nuestra crisis ambiental" que forma parte del libro "Ocho cerditos": Gould (1993).

[71] Capítulo 3 en S. J. Gould (ed.), 1993. El Libro de la Vida fue Premio "Casa de las Ciencias" en la sección de "Libros Editados" en 1994.

[72]En "La extinción en masa del Pérmico y su impacto evolutivo". Agustí (ed.), 1996. Recientemente Erwin ha publicado un interesante artículo sobre la extinción pérmica  donde recoge la actualidad del estado de los conocimientos y su interpretación de ellos: Erwin, 1996.

[73] "Phylogenetic and ecologic patterns in the Phanerozoic history of marine diversity", en Eldredge (ed.), 1992.

[74] Sepkoski, 1993.

[75] Capítulo "Las consecuencias de la extinción en masa", páginas 17-60 en Agustí (ed.), 1996.

[76] L.W. Álvarez, W. Álvarez, F. Asaro y H.V. Michel, 1980.

[77] J. Agustí (editor), 1996.

[78]La introducción-presentación de J. Agustí, dentro del libro comentado, lleva por título "La evolución: entre el Edén y el estrés" (paginas 7-15).

[79] Agustí, 1996: páginas 193 a 212.

[80]  Gould, 1989.

[81] Blanco y González, 1992.

[82] Hernández Bermejo y Clemente Muñoz, 1994.

     [83] La bióloga Lynn Margulis es la principal responsable de la teoría que explica la complejidad creciente de la vida gracias a sucesivos procesos de simbiosis habidos entre células inicialmente procariotas (del tipo de las bacterias) hasta constituir entidades interdependientes, ligadas indisolublemente por la evolución. Su libro "El origen de la célula" explica las bases de su interpretación evolutiva. Margulis, 1982.

     [84] El relato relativo a Boña Blanca de Navarra ha aparecido en diferentes informaciones sobre el descubrimiento de los restos óseos aparecidos en Santa María la Real de Nieva. Particularmente documentado es el magnífico artículo de J.M. Martí Font en EL PAIS (7/5/95)

     [85] Richard Dawkins es un etólogo discípulo de Niko Tinbergen, que ha divulgado su visión de la evolución desde un libro asequible, didáctico y no poco controvertido: “El gen egoísta". Para algunos, como Gould o Eldredge, representa una corriente extremadamente "ortodoxa" del evolucionismo sintético que ha sido denominada "ultradarwinismo". Dawkins, 1976.

[86] Margulis recoge algunas de sus opiniones en su artículo "Gaia es una pícara tenaz", en Brockman, 1995.

 [87] Un relato fascinante (tomando el término del empleado en el prólogo por Lewis Thomas) de estos procesos de cooperación entre células que abarcan los 4.500 millones de años de la vida sobre la Tierra, puede encontrarse en el libro que Margulis ha escrito junto a su hijo Dorion Sagan. Margulis & Sagan, 1986.

[88] El texto de Lovelock se incluye en Margulis & Olendzensky, 1992.

[89] Monod, 1970.

[90]  De "Gaia es una pícara tenaz", en Brockman, 1995.

[91] Gould, 1993.

     [92] Esta es la principal diferencia entre la teoría evolutiva de Lamarck y la Darwin. Lamarck pensaba que los organismos son capaces de "orientar" su evolución mediante cambios orgánicos que se reflejaran en cambios genéticos o hereditarios; "la función crea el órgano" es, en cierto modo, su lema. Darwin, por el contrario, lo negaba. Los datos experimentales y los estudios evolutivos apoyan esa segunda versión.

[93] Esto constituye una notable simplificación, aunque aceptable para nuestros fines. No obstante, incluso en organismos tan "normales" como nosotros (que nos consideramos "norma de normalidad"), no siempre se produce: por ejemplo, los genes que se ubican en los segmentos diferenciales de los cromosomas sexuales (X e Y) están en los hombres representados sólo una vez, lo que implica una dotación haploide.

[94] Margulis y Sagan, 1986.

     [95]La hemoglobina es una proteína formada por cuatro unidades o cadenas de aminoácidos, iguales dos a dos, las denominadas cadenas α y β. En total, la hemoglobina contiene 574 aminoácidos.

     [96]Se denominan alelos a las variantes de un gen.

[97] "Información vital: Tendencias en genética humana", en el número 236 de la revista, correspondiente a mayo de 1996.

[98] El mensaje completo, constituido por 20 "reconocimientos" apareció publicado por dos investigadores del Instituto de Ecología de la Universidad de Georgia en el Boletín de la Sociedad Ecológica de América, 77:166-167, de julio de 1996.

[99] Darwin, 1859.

[100] "Canción del eslabón perdido".

[101] El texto corresponde al inicio de El cuadro de la historia de la vida, incluido en el libro La tercera cultura, editado por John Brockman, en 1995.

[102] "De neumáticos a sandalias", en Gould, 1993.

[103] Darwin, 1859.

[104] En la revista editada conjuntamente por Grain y Redes-Amigos de la Tierra de Uruguay: Biodiversidad. Cultivos y Culturas. Grain, 1994.

[105] Ruiz, Sayer y Cohen, 1993.

[106] Como señala el historiador inglés Clive Ponting, aunque supondrá un cambio drástico en los hábitos de vida, no tiene las características generalmente pedidas a una revolución.

[107] Capítulos "La primera gran transición" y "Destrucción y supervivencia". Ponting, 1991.

[108] Puede parecer que 500 años es mucho tiempo, pero lo importante es que denota la instalación de un sistema no sostenible. Además, hay que considerar la débil tecnología que utilizaban estas culturas, a pesar de lo cual se deterioraba el funcionamiento básico de la naturaleza. Hoy día, estos procesos de destrucción son considerablemente más veloces: puede comprobarse en el actual ritmo de salinización de buena parte de la costa almeriense, murciana o valenciana, provocado por las prácticas intensivas de cultivo y regadío.

[109] Harris, 1985.

[110] Vavilov, 1951.

[111] Ponencia de David Wood de la Asociación Internacional de Germoplasma y Jillian Jenné, del Instituto de Recursos Naturales.  En Sandlund & Schei, 1993.

[112] Párrafo 32 del informe Nuestro Futuro Común. WCED, 1987.

[113] Alcorn, 1984.

[114] Clawson, 1985.

[115] Dove, 1985.

[116] Soleri y Cleveland, 1996.

[117] GRAIN (Acción Internacional para los Recursos Genéticos) edita el boletín "Seedlings", y con REDES-Amigos de la Tierra de Uruguay, la revista "Biodiversidad Cultivos y Culturas".

[118] Martínez Alier, 1992.

[119] May, 1985.

[120] Reid & Miller, 1989.

[121] Artículo de Gary Gardner sobre "La protección de los recursos agrícolas",  Brown  (ed), 1996.

[122] Amigos de la Tierra, 1991.

[123] Montesinos, 1995.

[124] Del artículo "Genetic Resoures and Indineous Knowledge", de V. Shiva. En Sánchez y Juma, 1994.

[125] Shiva, 1994.

[126] Esta "declaración" ha sido incluida en el artículo de GRAIN sobre "El derecho de los pueblos a la biodiversidad" publicado en el número 6 (diciembre de 1995) de la revista de esta asociación y Redes-Amigos de la Tierra de Uruguay "Biodiversidad. Cultivos y Culturas".

[127] Reid et al, 1993.

[128] Reyes, 1996.

[129] Los datos, procedentes de un estudio desarrollado por Verwey, fueron recogidos por el zoólogo del Museo Nacional de Historia Natural de Francia, Jean Dorst (1971).

[130] Margalef, 1977.

[131] Volumen 7, número 3, correspondiente a Julio de 1996.

[132] Fernando González Bernáldez, catedrático de Ecología en la Universidad Autónoma de  Madrid, falleció en 1992, unos pocos días antes de que en Río de Janeiro se celebrara la Cumbre sobre Medio Ambiente y Desarrollo. Entre sus numerosas aportaciones a la ciencia está la de un nuevo enfoque del paisaje desde la ecología, algunas de cuyas contribuciones se recogieron en una obra divulgativa titulada precisamente "Ecología y paisaje". González Bernáldez, 1981.

[133] En su obra "Generelle Morphologie der Organismem".

[134] "Teoría de los sistemas ecológicos"; págs: 79-80.

[135] En la "Introducción" a su "Teoría General de Sistemas": Bertalanffy, 1968.

[136] Prefacio a la edición revisada de su "Teoría General de Sistemas".

[137] Referencia a este Instituto tan particular puede encontrarse en el libro "El quark y el jaguar" de Murray Gell-Mann (1994), director del mismo. Por otra parte, una reciente crítica a los estudios sobre la complejidad puede encontrarse en el artículo de John Horgan publicado en Investigación y Ciencia (1995).

[138] Pág 80 de su libro "Teoría de los sistemas ecológicos".

[139] "La Biosfera, entre la termodinámica y el juego". Pág 4.

[140] En el "prólogo" de Javier Aracil a "Dinámica de Sistemas" de Silvio Martínez y Alberto Requena (1986).

[141]Las Directivas de las Unión Europea (en una desafortunada traducción oficial al castellano, ya que resultaría más adecuado haberlas denominado "directrices") son leyes de obligado cumplimiento por parte de los Estados miembros y que se han de trasponer en leyes propias.

[142] La "Fitosociología" o "Sociología Vegetal" es una escuela de la botánica que propone una serie de bases para el estudio de las comunidades vegetales o "sociedades vegetales".

[143] Sección del Estado Español de la F.P.N.N.E. 1996.

[144] Da Cruz, 1996.

[145] Montes, 1991.

[146] Montes, 1995.

[147] Herrera, 1988.

[148] Magurran, 1988.

[149] Shannon & Weaver, 1949.

[150] Gell-Mann, 1994.

[151] May, 1973.

[152] Ambas referencias de Orians y Margalef proceden de los debates habidos en el "Primer Congreso Internacional de Ecología", organizado en La Haya en 1974, que fueron publicados bajo el título de "Conceptos Unificadores en Ecología" por W.H. Van Dobben y R.H. Lowe-Mc Connell (1975).

[153] Margalef, 1991.

[154] Humboldt, 1981 (refundición y edición española que ciertamente permite satisfacer el deseo de Humboldt para su obra, recogido por Plott en el prefacio: "... que el viaje que realicé en los años de la prometedora juventud sea leído con placer")

[155] FAO, 1985.

[156] Montes de Oca, 1989.

[157] Ibero, 1995.

[158] CODEFF-Amigos de la Tierra de Chile, 1992.

     [159]  La estimación es de Donald R. Perry (1985).

    [160] Perry, 1985.

[161] Irish & Norse, 1996.

[162] Grassle, 1989

[163] Ambas citas corresponden al capítulo 32 de la citada novela de Umberto Eco, que, en su versión castellana (traducida por Helena Lozano), porta un título tan literario como sugerente: "Paraíso cerrado para muchos".

[164] WCMC, 1992.

[165] Versión en castellano de "La Recherche". El artículo se publicó en el número 160, correspondiente a septiembre de 1995.

[166]  La Sociedad Océanica se unió en 1989, junto al Instituto de Política Ambiental a Amigos de la Tierra de Estados Unidos constituyendo la nueva organización norteamericana de esta amplia red internacional. Thorne-Miller & Catena, 1991.

[167] Ponting, 1991.

[168] Pascual, 1995

[169] Como señala en su libro autobiográfico "El naturalista", Edward Wilson utilizó por primera vez el nombre "biofilia" en un artículo aparecido en el New York Times de 14 de enero de 1979. Más tarde, en 1984, usó el nombre y el concepto en un libro del mismo título. Wilson, 1994.

[170] González Bernáldez, 1985.

[171]  Vitousek, Ehrlich, Ehrlich y Matson, 1986.

[172] Turner et al, 1990.

[173] Postel, 1993.

[174] Esta afirmación pertenece al ya mencionado ecólogo de la Universidad Stanford de California, Peter M. Vitousek, a partir del análisis de los resultados de diversos estudios realizados por distintos investigadores, incluido él mismo, y aportados en la conferencia de recepción del prestigioso premio "Robert H. MacArthur" que concede la Sociedad Ecológica Americana. El texto de la conferencia fue publicado en la revista Ecology: Vitousek, 1994.

[175] Pág 4 de su obra "Ecología basada en zonas de vida" (de la edición castellana de 1987).

[176] Holdridge define "biotemperatura" como la temperatura a la cual tiene lugar el crecimiento vegetativo, siendo algo diferente a la temperatura "meteorológica".

[177] Ejemplo indicado en el propio libro de Holdridge .

[178] Margalef, 1991.

[179] Se denomina así porque la Escuela Internacional de Geobotánica Mediterránea y Alpina, con sede en Montpellier, porta por siglas "SIGMA".

[180] En la página 1 de su Limnología (Margalef, 1983)

[181] Di Castri, 1995.

[182] Heywood, 1995.

[183] Miller, 1996.

[184] Mosquin, Whiting & Mc Allister, 1995.

[185] WRI, UICN y PNUMA, 1992.

[186] C. M. Herrera: "La gestión de la diversidad biológica", en Naredo y Parra (comp.), 1993.

[187] Ehrlich & Wilson, 1991.

[188] Vega (ed.) 1993.

[189] Datos procedentes del Banco Mundial, principalmente de Banco Mundial, 1994.

[190] Datos principalmente procedentes de Sayer, Harcourt y Collins, 1992.

[191] Datos procedentes de la Coordinación Europea de Amigos de la Tierra (CEAT), 1994.

[192] En la página 130 de su libro “La economía en evolución".

[193] Naredo, 1987.

     [194] Pearce & Turner, 1990.

[195] Algunos análisis globales que recogen estas propuestas y su evolución pueden encontrarse en los trabajos de los economistas José Manuel Naredo (1987), Joan Martínez Alier y Klaus Schlüpmann (1991) o Luis Jiménez Herrero (1996). La revista en lengua española "Ecología Política" (dirigida por Martínez Alier, de la Universidad de Barcelona) y la de lengua inglesa "Ecological Economics" son algunos ejemplos de las numerosas publicaciones que siguen esta orientación.

[196] Aguilera Klink et al, 1994.

[197] Referencias a la conservación de la naturaleza pueden encontrarse en Da Cruz, 1996. Para el caso de los Parques Nacionales españoles, destaca el artículo de Javier de Sebastián (que fue director del Parque Nacional de Covadonga), incluido en dicho libro.

[198] Garay y Molina, 1991.

[199] Thomas, 1995.

[200]Power, 1991.

[201]Thomas, 1995.

[202] Windevoxhell, 1995.

[203] Sheng, 1995.

[204] Cambalache

[205] Principe, 1991.

[206] Puede verse en Reid et al, 1993, principalmente los artículos en que interviene el director del INBIO, Rodrigo Gámez.

[207] Martínez Alier, 1992.

[208] Reid et al, 1993.

[209] Reyes, 1996.

[210] Illescas, 1994

[211] Es el mismo que ha liderado la descripción genética de la arqueobacteria arqueón, que aparece al principio de este libro.

[212] Entrevista realizada por Andrea Comas a Craig Venter y publicada en el diario EL PAÍS de fecha 27/3/96.

[213] Noticia firmada por Eleanor Lawrence y recogida de Nature News Service, aparecida en el diario EL PAÍS el 7/3/96

[214] Expuesto por Joy Bartholomew en el curso del Seminario sobre Políticas Económicas para el Desarrollo Sostenible en Centroamérica, celebrado en Costa Rica en noviembre de 1991. Bartholomew, 1992.