El Arca de la Biodiversidad (de genes, especies y ecosistemas)
EL ARCA DE LA BIODIVERSIDAD
José Antonio Pascual Trillo
PREMIO PRISMA CASA DE LAS CIENCIAS 1996,
(Museos Científicos Coruñeses)
A Coruña
CELESTE EDICIONES
ISBN
84-8211-103-5
Depósito legal: M. 34.947-1997
En la memoria colectiva de los pueblos mesopotámicos
y mediterráneos permanece una leyenda mitológica que recogen tanto la Biblia
como el Gilgamés. Según ésta, los hombres hubieron de embarcarse en una gran
Arca con todos los seres vivos para superar así un ambiente hostil,
representado por un diluvio universal. El Arca salvadora simboliza la
biodiversidad indispensable para poder habitar el planeta.
ÍNDICE
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INTRODUCCIÓN
Agradecimientos
0. La
Diversidad de la Vida
Un Acuerdo para la Vida
1. El
Arca de las Especies
La Idea de Especie
¿Cuántas Especies?
Funciones y Servicios Ecológicos de las Especies
El Final de las Especies
2. El
Arca de los Genes
La Intuición del Gen
La Diversidad Domesticada, Creada y Expoliada
3. El
Arca de los Ecosistemas
La Noción de Ecosistema
La Diversidad en Ecología
Ecosistemas y Biodiversidad
¿Cuántos Ecosistemas?
La Aproximación Ecosistémica
El Valor de la Biodiversidad
4. Bibliografía
Citada
INTRODUCCIÓN
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Cada gen, especie o ecosistema perdido representa la
pérdida de una opción disponible para adaptarse al cambio local o global.
Elizabeth
Dowdeswell
Directora del
Programa de Naciones Unidas
para
el Medio Ambiente
Más del cuarenta por ciento de la economía mundial y
el ochenta por ciento de las necesidades de los pobres del mundo dependen de la
diversidad biológica.
Calestous
Juma
Secretario
Ejecutivo del
Convenio
para la Diversidad Biológica
Cuando, frente a la ría de Muros i Noia, en un
escenario tan magnífico como evocador, escribía este libro, pensaba que no es difícil
apreciar el valor de la naturaleza para nuestras vidas. Motivos, desde luego no
faltaban: desde las múltiples celebraciones de las aldeas y pueblos cercanos, a
menudo centradas en exaltar las aportaciones de la naturaleza a la gastronomía
gallega: Festas do Polbo, do Mexilón e Berberecho, da Cigala, do Percebe,...;
hasta la propia manifestación libre y gratuita que nos ofrecía diariamente la vida silvestre, los delfines
que remontaban en los atardeceres la ría, pegados a las rocas de la costa
meridional, o una pareja de Zarapitos Trinadores que se demoraba por la playa
de Caveiro en un día algo más sombrío de lo que tal vez gustaba a los ya
escasos bañistas, advirtiendo -ambas cosas- que el estío iba tocando a su fin.
Sin embargo, no siempre los hombres y mujeres somos
suficientemente conscientes de la estrecha ligazón que nos une al resto de los
seres vivos de la Tierra. A veces, incluso, el conjunto de nuestras acciones
nos lleva hasta el borde del precipicio y nos coloca en la situación de quien
corta distraída y estúpidamente la rama del árbol sobre la que está sentado.
Esta posición insostenible ya nos ha sido advertida
por numerosos indicadores que han pasado a teñirse con el rojo del aviso. La
ciencia ha empezado a comprender una pequeña parte de lo que está ocurriendo y
algo del por qué ocurre, pero muchas de nuestras acciones aún preceden
peligrosamente al conocimiento.
Hace ya casi tres años que el Convenio sobre la
Diversidad Biológica entró en vigor para la mayor parte de los Estados del
mundo (España entre ellos). La amenaza de una extinción masiva de especies
silvestres, la degradación de los ecosistemas como una metástasis descontrolada
que avanzara por doquier, y la pérdida de la riqueza genética de las
poblaciones silvestres y domesticadas son, con la propia amenaza del Hombre
para el Hombre, los motivos que impulsaron a adoptar este tratado.
Hoy, algo lejanos ya los ecos de la Cumbre de Río de
Janeiro, donde se pide un cambio en el modelo mundial de relación entre el
desarrollo y el medio ambiente, las cosas no han mejorado perceptiblemente.
La biodiversidad, un término que hizo fortuna desde
que los científicos advirtieron de la gravedad de la reducción en la variedad
de las formas de vida del planeta, constituye un requisito básico,
indispensable, en la estabilidad del ecosistema Tierra, al que hemos empezado a
llamar familiarmente Gaia. El conocimiento y la comprensión de la biodiversidad
en las diferentes escalas que la componen (genes, especies y ecosistemas) es,
hoy, mucho más que un reto científico: es una condición para la supervivencia.
Lejos de proseguir simplificando y vulgarizando un
planeta tan pletórico de vida como el que hemos recibido, hemos de aprender a
convivir respetando a nuestros vecinos. Las generaciones que vendrán no nos
pueden permitir que el Mundo "que nos han prestado por anticipado" se
lo leguemos empobrecido y moribundo.
La Ciencia tiene, sin duda, un papel destacado en
este reto.
La Sociedad, la última palabra.
José
Antonio Pascual Trillo
Agradecimientos
Escribir un libro constituye un ejercicio que
demanda muchas ayudas.
Eso hace que se haga prácticamente imposible constar
todos los agradecimientos necesarios.
De todas formas, éstos son, en este caso, algunos de
los indispensables:
A la Casa de las Ciencias de La Coruña, cuya labor
de divulgación científica le hace merecedora del reconocimiento social y
cultural de todos.
A Celeste Ediciones, por hacer realidad la
conversión de un texto inédito en un libro.
A Esteban Hernández Bermejo, por su amabilidad de
prologar este texto.
A todos aquellos que aparecen como protagonistas o
son mencionados directa o indirectamente en el libro, por cuanto su quehacer ha
hecho posible su redacción.
A Juan Antonio Garzón, Carmen Fernández, Marina y Lucía, por su hospitalidad generosa y reiterada
(en su casa de Caveiro encontré el marco ideal para
culminar este libro).
A Miriam García, que tuvo la paciencia de leerse los
borradores y
contribuir
con acertadas sugerencias a su mejora.
A Alicia Fernández, cuya compañía es siempre
fundamental.
Dado que el agradecimiento más básico ha de
dirigirse a quienes más se debe,
este libro está dedicado a mi madre y a la memoria
de mi padre.
Y, por supuesto, a los lectores.
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LA DIVERSIDAD
DE LA VIDA
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UN
ACUERDO PARA LA VIDA
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LA DIVERSIDAD DE LA VIDA
Memoria de una larga y apasionante aventura
La
vida sobre la Tierra puede estar a punto de cumplir su fiesta de aniversario
número 4.000 millones, si es que no lo ha hecho ya: como sucede con algunos
venerables ancianos, no hay constancia exacta de la fecha de su nacimiento.
Es
seguro que ninguna forma viva de las pioneras podrá hoy celebrarlo, ni tal vez
quede estirpe que pueda presumir de haberse mantenido invariada desde entonces,
aunque probablemente en el fondo de algunos lodazales a los que no alcanza el
oxígeno de la atmósfera habiten células no muy diferentes de las que iniciaron
la larga y trepidante aventura de la vida sobre un entonces joven planeta. Esos seres primitivos han de ser formas
ovoides muy sencillas con una estructura al modo bacteriano. Deben componerse
tan sólo de unos pocos ácidos nucleicos y escasas proteínas que ellas mismas se
fabrican, algunas de las cuales servirán para realizar unas cuantas actividades
metabólicas fundamentales, desde luego muy diferentes a las que suceden
diariamente en el interior de nuestras propias células.
Hace
muy poco una de esas candidatas a "abuelas de la vida" ha sido
analizada genéticamente por un grupo de investigadores. La han denominado Methanococcus
jannaschii, más coloquialmente: "Arqueón". Es una de las
formas de organización más simples que se conocen, encuadrada en el selecto
grupo de las arqueobacterias, pero lo más sorprendente es que apenas
comparte un 44 por ciento de su información genética con el resto del mundo
biológico conocido: se trata de un lejano pariente (y francamente especial).
Las
pequeñas arqueón viven, al parecer, en las chimeneas termales por donde
las dorsales oceánicas expelen calor y gases mientras crece y se expande el
fondo oceánico del Pacífico; al menos allí es donde fueron encontradas por el
submarino de bolsillo "Alvin" durante una de sus solitarias
expediciones de 1982. Arqueón formaba parte de un extraño mundo aislado
que ha irrumpido en el conocimiento humano como un elefante en una
cacharrería, rompiendo, con su excepcional riqueza y diversidad de formas
vivas, muchos de los esquemas que la ciencia se había construido sobre la vida
en los fondos marinos.
Mientras,
estas bacterias arcaicas, indiferentes a la cuestión de su relación evolutiva
con los otros seres vivos, se limitan a fabricar metano, hábito que les ha
supuesto el nombre con el que los científicos las han bautizado. Para ello,
toman anhídrido carbónico e hidrógeno, ambos abundantes en sus guaridas
profundas, y desarrollan su plácida y dilatada existencia; eso sí,
suficientemente alejadas de todo vestigio del letal oxígeno que, en algún
momento muy lejano (pero que, tal vez, Arqueón no ha olvidado), empezó a
acumularse sobre la superficie del planeta, expulsando a casi todos los de su
estirpe.
Ajenas
a los desvelos humanos por conocer acerca del origen de la vida, se limitan a
vivir a temperaturas que casi alcanzan las del punto de ebullición del agua
(exactamente entre los 48 y los 94º centígrados parece estar lo que consideran
un ambiente confortable), mientras los científicos que ahora las
contemplan se ponen de acuerdo para buscarles un lugar (en cualquier caso
honorable) sobre la compleja trama del árbol de la vida: ese del que todos
formamos parte, componiendo una abundante, diversa y no siempre bien avenida
familia.
En
un tiempo aún anterior a Arqueón, las condiciones ambientales
favorecieron un intenso dinamismo químico entre las sencillas y dispersas
moléculas del primer medio ambiente. Las tormentas eléctricas, los procesos
volcánicos y la radiación del sol (que entonces llegaría íntegra hasta las
desnudas rocas sin que ninguna Capa de Ozono ejerciera de filtro para
las ondas ultravioletas) alimentarían de energía esos procesos. Mucho tiempo
después, en 1953, Stanley Miller y Harold Urey, siguiendo la estela de las
propuestas del bioquímico ruso Alexander Ivanovich Oparin, consiguieron
reproducir algo parecido a ese ambiente primario. Al otro lado del cristal de
los matraces donde se trataban de emular las condiciones prebióticas del
planeta, empezaban a aparecer las primeras y más sencillas moléculas de la vida[1].
Algunas
de las primeras células debieron quedar atrapadas en lugares de intensa
acumulación mineral, terminando por fosilizarse en sus tumbas hasta ir a formar
parte del interior de aquellas rocas que se estaban creando. La mayor parte de
estos registros de la primera vida se perdieron con la erosión y el
desmenuzamiento de las piedras que los portaban, o bien éstas fueron fundidas y
alteradas, pero unas pocas resistieron casi intactas hasta nuestros días en
unos cuantos puntos del planeta. Esto sucedió, por ejemplo, en localidades de
lo que hoy es Sudáfrica, donde los lodos que servían de hábitat a las bacterias
quedaron sepultados bajo avalanchas de materiales efusivos volcánicos. Como nos
recuerdan Lynn Margulis y su hijo Dorion Sagan en su condensada y amena epopeya
sobre el dilatado transcurso de la vida sobre la Tierra[2],
fue el famoso paleobotánico de Harvard, Elso Barghoorn, ya fallecido, quien
rompió por primera vez ante un microscopio una de aquellas rocas volcánicas,
sacando a la nueva luz del planeta y de la ciencia (tres mil cuatrocientos
millones de años más viejos), el recuerdo diminuto y fósil de las bacterias que
yacían petrificadas en lo que hoy son los alrededores de la ciudad sudafricana
de Fig Tree.
Mucho
tiempo y muchos acontecimientos han transcurrido desde que las lavas
recubrieron y convirtieron en minúsculas huellas fósiles aquellas
desafortunadas bacterias de los albores de la vida. Hoy, las rocas que se
formaron al enfriarse el magma vomitado por la Tierra sobre los incautos
microorganismos forman parte de un país (Sudáfrica) habitado por una comunidad
de seres vivos cuya variedad total, aunque nos es desconocida en toda su
magnitud, es, sin ninguna duda, mucho más elevada que la de los tiempos en que
se enfriaban las rocas de Fig Tree. Tan sólo entre los seres vivos más
parecidos a nosotros, hay censadas allí 247 especies de mamíferos, 774 de aves,
299 de reptiles y 95 de anfibios. Ninguna de ellas, ni de otras formas que hoy
reconocemos como habituales, existía cuando entró en erupción el bactericida
volcán del Arqueense.
Las
rocas de Sudáfrica, en su condición de cámaras mortuorias que navegan por el
tiempo arrastrando en su panza los cadáveres de las primeras bacterias, son
semejantes a muchas otras que se han encontrado por tierras de Australia o del
Canadá, sobre los cratones que forman las zonas más estables y viejas de los
escudos continentales, allá donde se ubican los recuerdos más antiguos e
inalterados de los primeros tiempos. En Australia, por ejemplo, hay rocas que
conservan las más antiguas huellas de seres vivos que hayamos podido ver: son
los microfósiles de Warrawoona, en los que se observan formas bacterianas
esféricas y en alineados filamentos, muy similares a los que hoy constituyen
las actuales cianobacterias.
Después
de aquellos iniciales momentos vendrá la mayor revolución de la vida en
términos de modificación de las condiciones de habitabilidad del planeta. El
descubrimiento de nuevos mecanismos ingeniados para atrapar la energía solar y
lograr la rotura de las moléculas de agua (lo que, sin pretenderlo, iba
llenando de oxígeno la atmósfera) fue el inicio de un cambio planetario de
consecuencias espectaculares. La fotosíntesis fue la última responsable de la
modificación drástica de la atmósfera primigenia (aquella de carácter reductor
que gustaba a nuestra amiga arqueón) hasta convertirla en la actual capa
gaseosa donde la oxidación es el destino inevitable de todo compuesto
susceptible de ceder electrones. Este paso supuso, si no la desaparición, sí al
menos la relegación de las formas bacterianas iniciales a unos pocos reductos
marginales y protegidos, mientras las nuevas dueñas de la situación, aquellas
células que supieron adaptarse a las nuevas condiciones que la propia vida
había creado, ocuparon la mayor parte del espacio existente.
El
nuevo ambiente, incluyendo algunos rasgos climáticos generales, parece haberse
mantenido asombrosamente estable durante mucho tiempo. Ésto constituye para
algunos investigadores como la ya mencionada Lynn Margulis y el químico James
Lovelock, un indicio irrefutable del funcionamiento global de la biosfera al
modo de un "sistema homeostático", es decir, algo capaz de
mantener regulado su propio ambiente de acuerdo con sus "necesidades".
Actualmente,
en varios lugares del planeta (como en la hipersalina laguna Hamelin de la
costa Oeste de Australia), se pueden encontrar a poca profundidad o incluso
aflorando de las aguas, unos montículos rocosos cubiertos en su superficie por
capas gelatinosas y formados por estratos duros en su interior. Son el producto
de la actividad de millones de minúsculas cianobacterias fotosintetizadoras que
dedican sus vidas a capturar la luz solar que incide sobre la superficie de sus
montículos, activando de este modo su química vital (su metabolismo) y
mezclando la gelatina segregada (que les protege de la radiación ultravioleta)
con fragmentos de arenas. De este modo, se van añadiendo constantemente nuevas
capas endurecidas que, sucesivamente, van tapando los lechos de las bacterias
superficiales. Estrato tras estrato, crecen estos extraños y ancestrales
montículos llamados estromatolitos (lo que significa "lechos
rocosos") hasta componer un paisaje peculiar.
Esos
montículos silenciosos y arcanos de las lagunas someras son la herencia directa
y el recuerdo vívido de algunos de los primeros seres vivos, viviendo hoy tal y
como debieron hacerlo sus tatarabuelos lejanos. Cuando nos acercamos a ellos es
fácil que nos invada un vértigo maravilloso: no es otro que el de sentir el
latido primigenio de la aventura de la vida mirándonos, casi invariable, desde
una historia de miles de millones de años.
Junto
a estas reliquias vivas (que son una manifestación del éxito permanente que han
tenido algunas de las primeras "invenciones biológicas"), hoy
pueblan el planeta una miríada de otras formas vivas que componen comunidades
tan complejas y variadas como las de los arrecifes coralinos o los bosques
húmedos tropicales.
Esta
magnífica diversidad, que es producto tanto de la compleja evolución
estructural de las agrupaciones de organismos vivos, como del imparable proceso
de especiación y diversificación de la vida, es la que ha hecho habitable el
planeta para una especie como la nuestra: un simple tipo de primate recién
llegado, cuya mayor especialización biológica radica en la alta complejidad de
funciones que adquiere una parte de su sistema nervioso central, aunque para
ello no haya hecho falta más que unas mínimas variaciones en las comunes
secuencias de genes que constituyen los cromosomas del gran grupo de los
póngidos y homínidos: gorilas, chimpancés, orangutanes y humanos (nada que ver
con aquella brutal diferencia genética que realza el misterio de arqueón).
A
toda esta vorágine actual de formas vivas diferentes, a sus agrupaciones y a
sus variedades genéticas es a lo que hoy llamamos biodiversidad, un
término acuñado por un funcionario de la Academia Nacional de Ciencias de
Estados Unidos, de nombre Walter Rosen, que lo propuso con la idea de hacer más
"pegadizo" el título de "diversidad biológica"
que presidía el Foro científico convocado en aquel año de 1986 en Washington.
Ciertamente, Rosen consiguió su objetivo en una medida mayor que la de sus
pretensiones primeras, como recuerda en su magnífica biografía[3]
el "naturalista" Edward O. Wilson (que será un ilustre y asiduo
visitante en nuestro relato). La biodiversidad, pues, constituye la muestra más
palpable de que la diferencia es buena compañera de la complementariedad, la
estabilización ecológica y la supervivencia en la historia de la vida. Es más,
se trata de una condición por la cual la vida parece haber llegado a ser casi
indestructible y, a la par, maravillosa. Una gran lección que buena parte de la
humanidad ha olvidado y que es preciso recuperar.
MUY CERCA Y MUY LEJOS DE LA CUNA DE LA HUMANIDAD
De Nairobi a Río de Janeiro.
Laetoli
es una localidad ubicada en la actual Tanzania. Hace tres millones setecientos
mil años, tres primates[4]
caminaban por la extensa llanura recién cubierta de las cenizas depositadas
desde el cercano volcán Sadiman. Posiblemente se trataba de un grupo
familiar. Abría la marcha un macho, al que seguía la que parece una hembra (¿o
quizás sea un joven?). Ésta, de repente, abandonó los saltos que venía dando y
miró hacia su izquierda, tal vez atraída por algún animal de la sabana. Tras
ellos, quizás una cría seguía, pensativa, los pasos del macho primero. A su
alrededor, otros animales -elefantes, antílopes, pintadas, liebres...- también
cruzaban la planicie sobre la misma blanda capa de cenizas. El rastro de
huellas de los pies de los tres Australopithecus afarensis, da fe de su
caminar erguido, mientras permanecían vigilantes a las actitudes de los otros
animales que compartían con ellos el espacio africano, a lo peor sus posibles
predadores o, quizás, alguna presa que llevarse a la boca. Tras su paso, una
fina lluvia endureció las huellas de sus pisadas sin deformarlas y nuevas capas
de cenizas cayeron después, arrojadas desde la boca del activo Sandiman
que rugía en el horizonte. Las nuevas cenizas protegerán y ocultarán los moldes
ya formados, dejando que el tiempo consolide y petrifique el rastro.
De
nuevo en Laetoli, ahora durante 1976: en una zona boscosa situada a cuarenta
kilómetros al sur de la garganta de Olduvai, el equipo de antropólogos
comandados por Mary Leakey[5]
desentierra cuidadosamente los restos fosilizados de lo que parecen ser las
huellas de aquellos tres homínidos que hace mucho tiempo caminaron sobre las
cenizas de un antiguo volcán. Hoy, aquel descubrimiento del grupo de Leakey
constituye una de las más sólidas y antiguas pruebas de la adquisición de la
postura locomotora erguida por los australopitecinos, un trascendental paso
evolutivo en nuestra dirección.
No
muy lejos de Laetoli, en la actual Hadar, también en un tiempo remoto, una
hembra de Australopithecus afarensis con poco más de un metro de
estatura y una treintena de kilos de peso yace en el suelo y queda luego
sepultada por sucesivas capas de sedimentos. Tres millones de años después,
Donald Johanson, con Tom Gray y otros miembros del equipo que trabaja en el yacimiento
de Hadar, desenterrarán los restos más completos encontrados nunca de una
australopitecina. En la radio del campamento suena la canción "Lucy in
the Sky with Diamonds" de los Beatles. El esqueleto de la joven hembra
será bautizado con el nombre de la canción, pasando a ser uno de los más
famosos y emotivos restos prehumanos.
Las
tierras del Africa centroriental, atravesadas por la gran cicatriz que traza el
valle del Rift en su intento de escindir en dos el continente, son, con gran
probabilidad, el lugar donde ocurrió la diferenciación evolutiva entre dos
estirpes de grandes monos africanos, una de las cuales posiblemente conduce
hasta los homínidos. Es sólo una muestra más de los procesos de diversificación
evolutiva permanentemente activos en los linajes de los organismos vivos: una
de las muchas fórmulas que ensaya la vida para perpetuarse. Constituye, como
otras, el comienzo de una historia de tantas, pero ésta nos interesa
especialmente porque forma parte del más reciente tramo de nuestra propia
historia evolutiva, la que siempre hemos querido creer, de forma bastante estúpida,
que es diferente a la de los otros seres vivos o (cuando esto se reveló
radicalmente falso) al menos más importante. Como nos recuerdan Peter Andrews y
Christopher Stringer, del Museo de Historia Natural de Londres, ya desde la
nominación por Linneo, en 1758, tanto del Orden Primates ("el primero
de la lista", en alusión a la preponderancia del grupo que acoge a la
especie humana), como de nuestra propia especie (Homo sapiens), quedó
plasmada la petulancia con que nuestra estirpe se ha autoconsiderado casi
siempre, incluso desde el marco de la propia ciencia.
Pero
la fragilidad y el desamparo que tanto Lucy como los tres solitarios caminantes
de Laetoli debieron ofrecer a un imposible observador, serían, probablemente,
las constantes que acompañaron el devenir incierto de las sucesivas poblaciones
de "hombres hábiles", "erguidos" e "inteligentes";
hasta que una parte de la especie humana actual creyó finalmente adueñarse, en
forma orgullosa y a menudo prepotente, del planeta, llegando a olvidar su
continua dependencia de un medio y unos vecinos (los otros seres vivos) sin los
que resulta, a todas luces, incapaz de sobrevivir.
Relativamente
cerca de esa franja privilegiada de la Tierra en donde hemos visto que los
primeros homínidos empezaron su azarosa diáspora por el mundo (concretamente en
la ciudad de Nairobi) se adoptaba, en mayo de 1992, el texto definitivo del Convenio
sobre la Diversidad Biológica. Era el resultado de un largo proceso de
difíciles negociaciones políticas y diplomáticas. El texto acordado, como dirá
Vicente Sánchez, entonces embajador de Chile ante Kenia y ante el Programa de
Naciones Unidas para el Medio Ambiente, y que actuaba como presidente del
Comité Intergubernamental para la Negociación del Convenio, fue "la
culminación de un proceso que comenzó varios años atrás y probablemente
continuará durante algún tiempo en el futuro". Este proceso se inició
(continúa relatando V. Sánchez) "con la convicción -principalmente
entre los países desarrollados- de que se trataba de un convenio para 'la
conservación de especies', es decir, 'una convención sobre parques y reservas'.
Desde muy temprano, esta aproximación demostró ser incompleta y comenzó a ser
cambiada para incluir aspectos de la compleja interacción medio
ambiente/desarrollo"[6].
Un
mes más tarde, en el último de los grandes continentes al que llegaría la
especie humana que vimos echar a andar en Africa, se celebraría la publicitada Cumbre
de la Tierra de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio
Ambiente y Desarrollo, concretamente en Río de Janeiro. Allí, 157 gobiernos
firmarían el Convenio, abriendo así paso al proceso de ratificaciones que
llevarían a la entrada en vigor del mismo (tres meses después de alcanzar la
trigésima ratificación) el 29 de diciembre de 1993.
El
Convenio sobre la Diversidad Biológica es, ya hoy, un instrumento jurídico
internacional en vigor, cuya aplicación y desarrollo constructivo constituye
una de las bases más importantes en el anhelo de conseguir instaurar un nuevo
modelo de desarrollo mundial basado en fórmulas sostenibles tanto para la
sociedad como para el medio ambiente del planeta, de forma que podamos volver a
saber coexistir con las otras formas vivas de la Tierra, asegurándonos así unas
condiciones reales de supervivencia y de verdadera calidad de vida.
SE LEVANTA EL TELÓN: ¡HAY QUE ACTUAR!
Un proceso abierto y por desarrollar
El
Convenio suscrito en Río se inscribe en una nueva corriente mundial que exige
el cambio en las relaciones entre la humanidad y el medio ambiente, así como
entre los diferentes colectivos y generaciones de la humanidad. Es un proceso
cuya meta ha sido bautizada como el "desarrollo sostenible".
Se trata, pues, de caminar en pos de un nuevo horizonte equitativo, justo y
sostenible, tanto por razones de estabilidad ecológica como socioeconómica.
Es
un proceso que tiene en su haber apenas algo más que muchas palabras e ideas,
algunas promesas y muy pocos compromisos escritos y firmados. Obstaculizando su
aplicación se yergue una gran inercia y demasiados intereses inmovilistas por
parte de algunos sectores muy poderosos. Nadie, sin embargo, cuestiona
seriamente la necesidad de los cambios ni la gravedad de la situación. La
biodiversidad es el concepto central sobre el que giran los planteamientos, las
medidas y los objetivos recogidos en el tratado internacional suscrito.
Como
trataremos de ir analizando a lo largo de este libro (y como Vicente Sánchez
recogía en su análisis del proceso de negociación), la biodiversidad es mucho
más que la idea intuitiva primera de la conservación de las especies
silvestres. Los juegos de intereses, la introducción de desequilibrios
ecológicos en los medios naturales del planeta, el reparto desigual de los
beneficios económicos que genera el uso de los llamados recursos biológicos, la
incapacidad que demuestran los actuales instrumentos económicos y de adopción
de decisiones para conseguir respetar y tener en cuenta el verdadero valor de
la biodiversidad, el considerable grado de desconocimiento científico acerca de
la magnitud y la forma exacta que adopta la biodiversidad en el planeta, así
como de las características de sus funciones y tendencias; todos ellos son
aspectos relacionados con el mayor activo que nos aporta el Convenio en sus
tres objetivos básicos, ya recogidos en el artículo primero del texto:
"la
conservación de la diversidad biológica, la utilización sostenible de sus
componentes y la participación justa y equitativa en los beneficios que se
deriven de los recursos genéticos".
Son,
sin ninguna duda, unos objetivos, más que necesarios, indispensables en
relación a una biodiversidad que se define como:
"la
variabilidad de organismos vivos de cualquier fuente, incluidos, entre otros,
los ecosistemas terrestres y marinos, y otros ecosistemas acuáticos y los
complejos ecológicos de los que forman parte; comprende la diversidad de cada
especie, entre las especies y de los ecosistemas"[7].
Para
conseguir alcanzar o, al menos, tender hacia esos objetivos, hay que establecer
estrategias, planificar actuaciones, definir prioridades y, sobre todo, llevar
todo eso a la práctica[8],
porque el convenio no es el fin, sino, más bien, sólo el principio.
Pensado
como instrumento fundamental para el cambio, lo llegará a ser sólo a condición
de que se desarrolle y aplique con la firmeza y la decisión que exigen sus
objetivos; una condición que requiere importantes cambios en la actitud de los
poderes económicos y políticos dominantes, pero también en la de muchas
acciones diarias y cotidianas de casi todas las personas. Es fundamental que la
bandera de la biodiversidad, de su conservación y del uso sostenible y
equitativo, sea también una bandera enarbolada y exigida desde todos los
sectores de la sociedad mundial: científicos, instituciones, agentes sociales,
organismos no gubernamentales, comunidades locales, gobiernos....
La
recuperación de un equilibrio dinámico estabilizador (que se ha perdido con la
realización de las actuaciones más impactantes que nuestra especie ha aplicado
nunca sobre los ecosistemas de la Tierra) es una tarea urgente e ineludible. La
destrucción creciente de la diversidad de la vida es una amenaza para la
biosfera, pero, sobre todo, lo es para nuestra propia supervivencia y la de
nuestros descendientes, absolutamente dependientes de dicha diversidad.
Entender
todo ésto y actuar en consecuencia han de constituir las tareas programadas y
decididas que la humanidad debe asumir desde estos mismos momentos finales del
siglo XX. Para ello, uno de los primeros pasos reside en divulgar qué es, para
qué sirve, cuál es su relación con nosotros y qué ocurre con la diversidad de
la vida. A ello pretende contribuir, en la medida de sus posibilidades, este
libro. Si de él resulta una llamada, desde la ciencia a la conciencia, para
recuperar esa memoria ancestral que nos dice que nuestra vida depende de la
diversidad de las otras vidas, habrá cumplido su objetivo.
Lo
que no es poco.
_
1
EL ARCA
DE LAS ESPECIES
LA IDEA DE ESPECIE
ARISTÓTELES, LINNEO Y DARWIN, ENTRE OTROS.
Poniendo orden en el caos del mundo animado
La
ciencia clasifica y nombra a los organismos vivos en entidades que denomina
especies. La cultura popular hace algo similar.
Aunque
existe un aparente grado de evidencia natural en la idea de especie, lo cierto
es que el significado biológico de ésta no es tan sencillo y ni siquiera
resulta claro para los propios especialistas. De hecho, al menos cuatro o cinco
grandes tipos de conceptos de especie pueden ser rastreados entre los
utilizados en la actualidad por los biólogos.
A
menudo se personifica en Aristóteles el primer intento científico de abordar la
clasificación de los seres vivos. El filósofo helénico, que era hijo de un
médico real de Macedonia, catalogaba bajo el término de física a todo
conocimiento que versara sobre lo natural. Creó, así, un campo propio sobre el
que aplicar su filosofía de la naturaleza que tanta influencia habría de tener
en etapas históricas posteriores. En la ordenación posterior de su obra, la física
fue colocada por delante de otra parte que, por ello, fue llamada metafísica
(detrás de la física). La obra aristotélica se agrupó de este modo en
cuatro grandes bloques: la lógica, la física, la metafísica y la moral.
La
física de Aristóteles llega a identificar unas cuatrocientas especies, una
parte de las cuales provienen de los envíos que recibía de su protector (nada
menos que Alejandro Magno) desde las remotas tierras que éste iba conquistando
en una vida tan asombrosa como efímera. En Atenas, mientras paseaba,
Aristóteles enseñaba ("peripatéticamente") su filosofía a los
alumnos de su escuela, que era conocida por el Liceo, ya que estaba
ubicada en un lugar consagrado a Apolo Licio. A él debemos una primera organización
de los animales en sanguíneos y exangües, adelantando la
posterior divisoria zoológica de vertebrados e invertebrados.
Aristóteles
murió a los 38 años, dejando una voluminosa obra que fue escondida en una
bodega, al parecer para evitar que acabaran en manos del rey de Pérgamo, quien
no lo estimaba en exceso. De esa manera sus aportaciones científicas y
filosóficas permanecieron ocultas hasta que fueron rescatadas ya en el siglo I
de nuestra era, en los tiempos de Cicerón, momento en el que el griego
Andrónico de Rodas les dio el orden antes comentado. Sin embargo, nuevamente
volvieron a la condición del ostracismo tras el derrumbe del Imperio Romano,
para, como un Guadiana (cuando aún tenía Ojos en la manchega llanura),
retornar otra vez a la luz de la cultura científica, en esta ocasión de la mano
de las civilizaciones medievales árabes, persas y andalusíes.
Eran,
pues, obra conocida y muy respetada, cuando en el siglo XVIII, los naturalistas
europeos asistían impresionados a los envíos de pieles, ejemplares más o menos
conservados y pliegos de plantas que llegaban desde los remotos lugares del
planeta en donde recalaban las viajeras naves del viejo continente. En esta
época, uno de los temas que ya habían sido abordados por el filósofo de
Estagira dos mil años antes (la cuestión "de la generación de los
animales" que da título a uno de los libros de su Física) era
despachado mediante una sucinta explicación teológica que impedía, al recurrir
a causas mitológicas, el fundamentar la clasificación de los seres vivos sobre
más razonables argumentos científicos. Sin embargo, la lucha (con victoria) que
el cristianismo libraba entonces por imponer una visión planificada de la
Creación, frente a la más anárquica e impenetrable del "ciego azar"
(pues, a pesar de todo, las razones de Dios les parecían a aquellos hombres más
razonables que las del caos), presidió y orientó el devenir científico de los
siglos XVII y XVIII, alentando con ello los procesos de "descubrimiento"
de los sistemas de clasificación cuyo fin era desentrañar el "mensaje
divino" entregado con la Creación[9].
Hasta
la segunda década del siglo diecinueve no se alumbrará una explicación más
satisfactoria para el origen de las especies, con el suficiente rigor como para
sustituir aquellas tesis dominantes de tipo fijista o creacionista que veían a
los seres vivos como entidades inmutables. La nueva explicación llegará de la
mano de Charles Darwin y Alfred Wallace, pero eso sucederá un siglo después de
que un naturalista sueco se propusiera dar continuidad a las propuestas
incipientes de clasificación de los seres vivos que el discípulo aventajado de
Platón abordó dos milenios antes.
(Hay
que advertir en este momento de nuestro relato que, demasiado a menudo, la
divulgación de los hechos de la historia de la ciencia precisa de
simplificaciones excesivas, como la presente, para hacer más digerible y rápida
la labor de miles o millones de personas que se han enfrentado a las
interminables preguntas sobre la vida y la naturaleza, buscando darles una
respuesta satisfactoria y aportando, para ello, sus experiencias, explicaciones
y sugerencias, en un proceso excesivamente largo y complejo como para ser
reflejado en una pequeña obra de divulgación. Por eso, el recurso más cómodo
estriba en atender con mayor celo a las más relumbrantes escenas y personas que
se han asomado al amplio teatro del conocimiento, lo que no debe ser
interpretado como una negación o desprecio por los que no aparecen, entre los
que se incluyen no sólo científicos occidentales, sino también las otras
numerosas cosmovisiones e interpretaciones que otras culturas, a menudo tan
ricas y sugerentes o más que la europea u occidental, han ido construyendo
sobre la historia inabarcable del
pensamiento humano).
Ahora,
retomemos el hilo de la historia y viajemos desde las orillas mediterráneas a
las considerablemente más frías del Báltico.
ESTUDIO
EN UPPSALA
Tras las
huellas de Linneo
Uppsala
es una conocida e importante ciudad sueca de unos 150.000 habitantes, ubicada a
unos 70 km de Estocolmo. El conjunto de casas que define su núcleo central
aparece estratégicamente dominado por la mole del castillo que mandó construir
Gustavo Vasa en el siglo XVI. Enfrente de sus almenas se yerguen, no menos
altivas, las agujas de la catedral. Ambos edificios, en un permanente reto
mantenido durante siglos, siguen recordándonos hoy, en su tensa confrontación,
el receloso equilibrio medieval que existía entre los dos grandes poderes (el
militar y el religioso), mientras la urbe burguesa se afianzaba por debajo de
las desconfiadas miradas con que se obsequiaban mutuamente el alto clero y la
aristocracia militar.
El
origen de Uppsala parece remontarse hasta entroncar con la antigua existencia
de una pequeña villa nórdica conocida como Östra Aros. Según manifiestan
algunas crónicas que se han conservado, Östra Aros albergaba ya un templo
dedicado a los que serían los más famosos dioses de la Escandinavia legendaria:
Odin, Thor y Frej, activos en una época en que ya mitología y fortaleza
compartían la capacidad de legitimar los órdenes sociales imperantes.
En
el siglo XIII, Uppsala aún se decantaba por mantener sus influencias religiosas
sobre su entorno, habiéndose convertido en sede obispal, cuando las gestas
heroicas de los dioses escandinavos eran reemplazadas por una imparable
religión cristiana procedente de tierras más cálidas. La creación del obispado
supuso, como era de esperar, un paso relevante para la creciente importancia de
la ciudad. Esta línea de progresivo poder de Uppsala se mantendrá y afirmará en
1477 al conseguir albergar una de las primeras universidades del norte de Europa,
lo que la convirtió en uno de los más relevantes centros culturales y
científicos de esta región del continente, y el más sobresaliente del medioevo
nórdico. Un recuerdo actual de dicha época lo representa hoy la prestigiosa
biblioteca "Carolina Rediviva".
Para
el visitante ocasional, Uppsala es, pues, una agradable ciudad sueca en la que
no faltan los atractivos turísticos (aunque, eso sí, a precios notables). De
entre tales atractivos, a los interesados por la cultura científica ofrece una
suerte de peregrinación sentimental que lleva hasta un pequeño rincón de la
ciudad oculto detrás de una valla poco llamativa. Allí se abre la puerta que
nos permitirá el acceso al tranquilo jardín botánico que rodea a una casa
museo. Del jardín llama la atención la variedad y ordenación de las plantas que
allí crecen en un número aproximado a las 10.000 variedades. Cada grupo de
plantas aparece señalizado mediante pequeños rótulos de identificación en los
que pueden leerse los nombres latinos de su denominación científica.
Finalmente, a la entrada del jardín, a mano izquierda, una estatua oscura y
levemente bucólica nos dará la clave del aura naturalista ilustrada que flota
por el lugar: sobre un pedestal se yergue la imagen del que fue el dueño de la
casa y del jardín, además de responsable primero del sistema de nomenclatura
que siguen las dos palabras latinas de los carteles colocados al lado de cada
planta. Se trata de Karl von Linneo, también llamado Carolus Linnaeus usando el
mismo idioma que, en aquellos tiempos, concedía rango de élite a lo tratado por
la ciencia.
Este
Karl von Linneo del que nos habla su jardín de Uppsala nació en Rashult durante
1707 y falleció en la ciudad universitaria 71 años más tarde. Entre medias
escribió dos obras capitales destinadas a procurar la clasificación de las
plantas, Genera Plantarum (que fue publicada en 1737) y Species
Plantarum (en 1753). En ellas se sientan las bases de un revolucionario
sistema de nominación (hoy consolidado entre quienes se dedican a estas
tareas), consistente en bautizar mediante dos nombres latinos a cada especie
biológica. El primero de los nombres será compartido por todas las especies que
forman parte del mismo género (del mismo modo que un apellido es compartido por
toda una familia de personas), lo que constituye el primer nivel de
agrupamiento. El segundo identifica a cada especie de forma individual dentro
de su género (lo que equivaldría al nombre propio de las personas). Se obtienen
así combinaciones como las representadas por Salix alba, Graellsia
isabelae u Homo sapiens, respectivamente usadas para catalogar un
sauce, una mariposa o un mono que se autoconsidera particularmente inteligente.
Linneo
llegó a la ciudad de Uppsala durante el año de 1728 con el objetivo de estudiar
medicina en la que ya era una famosa Universidad. En 1731 dio inicio al trabajo
que le reportaría la inmortalidad científica, consistente en comenzar a
describir y nombrar científicamente las especies de seres vivos que habitan el
planeta, una tarea de la que, probablemente, no llegó a sospechar su verdadera
dimensión. Linneo catalogó alrededor de 9.000 especies de animales y plantas,
si hacemos caso de la edición de 1758 de su Systema Naturae (recordemos
las cuatrocientas de su antecesor Aristóteles).
Hoy,
más de dos siglos y medio después, el trabajo de nominación, clasificación y
descripción científica no sólo no ha terminado con los algo menos de dos
millones de especies ya descritas, sino que, con toda seguridad, no ha
alcanzado a cumplir ni con la mitad de todo el trabajo (para algunos biólogos
apenas hemos conseguido dar un nombre científico a una de cada cincuenta
especies existentes).
NATURALISTAS
TEJIENDO AL RITMO DE PENÉLOPE
El
transcurso paradójico del conocimiento de la biodiversidad
La
verdad es que los años correspondientes a los siglos dieciocho y diecinueve
representaron un importante periodo para la catalogación de las especies
animales y vegetales. Los principales países de la Europa Occidental estaban
consagrados en esos años a llevar a cabo un proceso de colonización mundial y
expansión determinante de casi todo lo que ocurriría después. Se trata de un
momento apasionante para la ciencia, pero susceptible de valoraciones muy críticas desde las vertientes ética y
ambiental, tal como apunta el historiador inglés Clive Ponting, para quien este
proceso histórico "se puede ver como el gradual establecimiento y
expansión de imperios y como la transmisión de la "civilización" a
pueblos menos afortunados. Desde una perspectiva ecológica, tal expansión
parece más una oleada de destrucción que se haya extendido por todo el mundo[10]".
De
cualquier modo, para los naturalistas europeos de entonces, la progresiva
llegada de ejemplares de especies procedentes de los más lejanos y recónditos
lugares del mundo, conforme sus barcos iban adueñándose de medio planeta o
comerciando con el otro medio, supuso una asombrosa revelación acerca de la
magnitud que tenía la diversidad de la Tierra.
Algunos, como Alexander von Humboldt o los mismos Charles Darwin y
Alfred Wallace, viajaron para ver personalmente la variedad de la vida,
dejándonos inestimables muestras de su calidad científica y narrativa en obras
maestras tanto del pensamiento científico como de la literatura de viajes;
otros se limitaron a desentrañar y analizar en los polvorientos laboratorios de
las viejas ciudades europeas lo que los baúles venidos de todo el mundo iban
descargando sobre sus mesas de estudio. Refugiados en algunos ambientes de los
prestigiosos museos de ciencias naturales o de historia natural del Viejo
Continente, aún podemos escudriñar la emoción científica de aquellas épocas. A
veces los recuerdos se nos asoman desde los propios nombres que portan las
calles de los antiguos escenarios que vieron diseccionar, clasificar y debatir
sobre los conjuntos de semillas, pieles, pliegos, huesos o botellas con
líquidos conservantes que provenían de lejanos rincones del planeta y salían de
los cajones y contenedores enviados. Es lo que ocurre en el Jardin des Plantes
de París, hoy rodeado por calles señaladas con los nombres de Buffon, Cuvier o
Geoffroy Saint-Hilaire, mientras no lejos se encuentra la dedicada al primer
director del Jardín, Daubenton, cuyo nombre designa también al género de una de
las criaturas que más admiración causó en su momento entre los naturalistas: el
famoso Aye-aye de Madagascar. Desde 1994, el Museo Nacional de Historia Natural
de París, que viera trabajar a tan prestigiosos naturalistas, acoge la Gran
Galería dedicada a la Evolución de la Vida. En este proceso de modernización se
puede ver tanto un salto estético en la concepción de las exposiciones biológicas
-aunque la escenografía de la sala sea, ciertamente, evocadora-, como un
recorrido de actualización científica que incorpora la explicación evolutiva de
las especies y su ecología a la divulgación. Algo semejante ha sucedido en
otros museos del mundo europeo, incluyendo el histórico Museo Nacional de
Ciencias Naturales de Madrid, cuya renovación le ha hecho perder buena parte de
aquel carácter evocador y nostálgico que tenían las colecciones y los gabinetes
de historia natural en los dos últimos siglos (se ha reconstruido, de todos
modos, una sala para recordar aquellas "estéticas" perdidas).
Lamentablemente, en el caso del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid
-y al contrario de su homólogo parisino-, ni en su actual emplazamiento, ni en
el originalmente habilitado por Carlos III para tal cometido (el actual Museo
del Prado, vecino al Real Jardín Botánico) encontraremos calles que nos hagan
recordar los nombres propios de la cultura naturalista española, como los de
José Celestino Mutis, José Viera y Clavijo, Antonio Pineda, Antonio José de Cavanilles,
...
Aunque
de forma somera, hemos asistido a un proceso histórico de descripción
vertiginosa de nuevos seres que nos llevó desde las cuatrocientas a las nueve
mil especies nominadas, y, de éstas, a los casi dos millones de especies hoy
conocidas. Sin embargo, podemos afirmar, paradójicamente, que la tarea de los
taxónomos (al igual que el tejer de la abnegada Penélope en su lejana Ítaca)
crece más que avanza; aunque en este caso no sea debido a un destejer nocturno,
sino a un incremento inusitado de la tarea: cada día se eleva el número de las
especies que (pensamos) nos falta aún por descubrir para terminar la lista. El
disparo cuantitativo de las cifras de especies sospechosamente existentes se
produjo en los años sesenta, cuando la ciencia se empezó a asomar a la
asombrosa riqueza biológica de los bosques tropicales. Tal vez deberíamos
esperar que nuestro mayor conocimiento del mundo nos hiciera más modestos y
humildes, llevándonos por la vía del conocido aserto socrático "sólo sé
que no sé nada", aunque sólo lo fuera en el modo irónico del filósofo
ateniense, pero no parece que sea así. Apenas sabemos algo más que la vaga idea
de que nos enfrentamos a un mundo que sospechamos más desconocido aún que el
que rodeaba, en su imaginación y pensamiento, a los científicos del siglo
dieciocho, cuando desembalaban aquellas pieles extrañas o recorrían tierras
remotas, arrastrando con ellos su admiración por un mundo nuevo.
EL
INVENTARIO INCOMPLETO
¿Cuántas
especies llevamos contadas?
Edward
O. Wilson estimó en 1988 que poco más de un millón cuatrocientas mil especies
-entre plantas, animales, hongos y microorganismos- han sido descritas y, por
tanto, poseen ya un nombre científico gracias al trabajo de miles de taxónomos
y biólogos sistemáticos. Podemos echar un vistazo a un resumen de sus cálculos,
recogido en el siguiente cuadro.
CUADRO.
Número de especies descritas por grupos biológicos, según la recopilación de
Wilson (1988)
|
GRUPO
BIOLÓGICO |
Nº DE ESPECIES
DESCRITAS |
|
Bacterias
y cianofíceas Hongos Algas Briofitas(1) Gimnospermas(2) Angiospermas(2) Protozoos Esponjas Cnidarios Gusanos
de varios grupos Crustáceos Insectos Moluscos Otros
invertebrados Peces
no teleósteos Teleósteos Anfibios Reptiles Aves(3) Mamíferos(4) TOTAL |
4.760 46.983 26.900 17.000 750 250.000 30.800 5.000 9.000 24.000 38.000 751.000 50.000 132.461 6.100 19.056 4.183 6.300 9.198 4.170 1.435.662 |
(1) Datos del World Conservation Monitoring Centre,
1988
(2) Datos de P.H. Raven, R.F. Evert & S.E.
Eichhorn, 1986
(3) Datos de J. Clements, 1981
(4) Datos de J.H. Honacki, K.E. Kinman & J.W. Koeppl,
1982
Algunos años después, en 1992, Robert M. May
(un físico pronto pasado a las filas de la ecología, donde alcanzará a ser uno
de sus más brillantes exponentes desde su trabajo en la Universidad de Oxford),
estimó que la cifra de especies descritas podría estar entre 1,5 y 1,8 millones[11].
Las
estimaciones hechas por otros autores, como Barnes, en 1989, o Stork y Gaston,
en 1990, son asimismo coincidentes con este tipo de magnitudes, lo que supone
un cierto aval común; pero la cuestión de ofrecer estos datos no es tarea fácil
y mucho menos exacta, ya que resulta preciso consultar a distintos
especialistas para poder ofrecer unos valores que son, de cualquier modo, sólo
aproximados.
El
informe sobre biodiversidad global publicado por el Centro Mundial de
Seguimiento de la Conservación[12]
ofrece también una recopilación de estimaciones relativas en este caso a los
animales (se ofrecen en el cuadro adjunto, junto con los nombres de los
investigadores que realizaron tales estimaciones y el año de las mismas). Este
tipo de recopilaciones muestran la disparidad de algunas cifras y reflejan con
ello la dificultad de la labor de estimación.
|
GRUPOS
DE ANIMALES |
Barnes 1989 |
May 1988 1990 |
Brusca
& Brusca 1990 |
WCMC 1992 |
|
Poríferos |
5.000 |
10.000 |
9.000 |
|
|
Cnidarios |
9.000 |
9.600 |
9.000 |
|
|
Platelmintos |
12.700 |
|
20.000 |
|
|
Rotíferos |
1.500 |
|
1.800 |
|
|
Nemátodos |
12.000 |
|
12.000 |
15.000 |
|
Ectoproctos |
4.000 |
4.000 |
4.500 |
|
|
Equinodermos |
6.000 |
6.000 |
6.000 |
|
|
Urocordados |
1.250 |
1.600 |
3.000 |
|
|
Vertebrados |
49.933 |
42.900 |
47.000 |
45.000 |
|
Quelicerados |
68.000 |
63.000 |
65.000 |
75.000 |
|
Crustáceos |
42.000 |
39.000 |
32.000 |
40.000 |
|
Miriápodos |
10.500 |
|
13.120 |
|
|
Hexápodos |
751.012 |
790.000 |
827.175 |
950.000 |
|
Moluscos |
50.000 |
45.000 |
100.000 |
70.000 |
|
Anélidos |
8.700 |
15.000 |
15.000 |
|
Aunque
existen inventarios o listados por grupos, el principal problema en estos casos
estriba en que no se dispone de un inventario centralizado que recoja todas las
especies descritas. El propio consorcio SCOPE-IUBS-UNESCO[13]
decidió impulsar en 1990 un programa de investigación sobre la biodiversidad
que incluyó la realización de un Seminario de Trabajo desarrollado en 1991 en
Harvard Forest, Peterham, Massachusetts[14].
Entre las recomendaciones surgidas de aquella reunión se encuentra la
preparación (para la que se pedía un plazo de 5 años) de un listado que
incluyera a todas las especies descritas a nivel de Familia o superior. Aún
ésto no ha sido posible.
Uno
de los últimos listados publicados sobre el número de especies descritas (que
tiene el interés de referirse a las categorías taxonómicas propuestas en el
llamado Sistema de los Cinco Reinos) aparece recogida en el magno
trabajo colectivo sobre "Evaluación de la Biodiversidad Global"
publicado por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente[15].
En el siguiente cuadro se muestran los datos sobre los números de especies de
cada uno de los cinco Reinos, así como para aquellos Phylla[16]
que superan las 5000 especies descritas.
|
MONERAS |
4.000 |
|
PROTOCTISTAS |
80.000 |
|
Actinópodos |
(6.000) |
|
Foraminíferos |
(10.000 |
|
Cilióforos |
(8.000) |
|
Apicomplejos
o Esporozoos |
(5.000) |
|
Rodófitos |
(5.000) |
|
Gamófitos |
(10.000) |
|
Bacilariófitos |
(12.000) |
|
PLANTAS |
270.000 |
|
Briófitos |
(16.000) |
|
Filicinófitos
o Pteridófitos |
(10.000) |
|
Espermatófitos
(5 Phylla) |
(240.000) |
|
ANIMALES |
1.320.000 |
|
Poríferos |
(10.000) |
|
Cnidarios |
(10.000) |
|
Platelmintos |
(20.000) |
|
Nemátodos |
(25.000) |
|
Equinodermos |
(45.000) |
|
Cordados |
(45.000) |
|
Artrópodos |
(1.085.000) |
|
Moluscos |
(70.000) |
|
Anélidos |
(12.000) |
|
HONGOS |
72.000 |
|
Total |
1.746.000 |
La
adjudicación de un nombre latino a una especie representa hoy, más allá de un
mero bautismo científico, la correspondiente adscripción de aquélla en un lugar
preciso del entramado de relaciones evolutivas y líneas filogenéticas que
relacionan a todos los seres vivos. Se trata, pues, de una nominación que
implica, paralela e ineludiblemente, una clasificación para el organismo
bautizado.
Aunque
el sistema de nominación y clasificación científica actual sea heredero del que
propusiera Carlos Linneo desde los trabajos realizados en su jardín y
laboratorio de Uppsala, muchos hechos posteriores a la muerte del insigne sueco
han modificado la percepción científica que hoy tenemos sobre las relaciones
existentes entre las distintas formas de organización de los seres vivos. El
principal de ellos ha sido, sin duda, la formulación y posterior aceptación por
la comunidad científica de la teoría de la evolución biológica por selección
natural, una teoría cuyos rudimentos básicos aparecieron expuestos por
primera vez en 1858 en sendos escritos aparecidos a la par en la revista de la Sociedad
Linneana y firmados por dos científicos muy diferentes. Uno de ellos era,
ya entonces, un reputado naturalista que 22 años antes había vuelto a
Inglaterra de un viaje científico realizado alrededor del mundo en compañía de
un inteligente, pero no por ello menos recalcitrante capitán (todo un personaje
de la época victoriana llamado Robert Fitz-Roy, que sería luego uno de los
adversarios más encarnizados de la teoría de la evolución). El otro era un
mucho más desconocido biólogo, catorce años más joven, que había pasado la
mitad de su vida en países tropicales; primero y más brevemente en el Amazonas
y luego en las Molucas, en la actual Indonesia. Sus nombres, como todos los
lectores habrán adivinado, eran los de Charles Robert Darwin y Alfred Rusell
Wallace.
UNA
TEORÍA QUE JUSTIFICA LAS CLASIFICACIONES
Las
implicaciones de la teoría de Darwin-Wallace
A
Charles Darwin le corresponde el galardón de ser el primero que dió una
explicación convincente para interpretar los mecanismos por los que las
especies evolucionan transformándose, creando otras nuevas o simplemente
desapareciendo. La verdad es que, en justicia, el galardón ha de ser compartido
con Wallace, aunque sea cierto que fue el primero quien más aportó tanto en
calidad como en cantidad a tal formulación, por lo que ha prevalecido su nombre
en la historia debido a su impresionante personalidad científica e intelectual.
Cuando,
finalmente, el mes de noviembre de 1859, Charles Darwin publicó El Origen de
las Especies fue (como él mismo reconoce en su Autobiografía) debido
a la lectura del ensayo titulado Sobre la tendencia de las variedades a
apartarse indefinidamente del tipo original, escrito y enviado a Darwin por
Wallace. De hecho, desde que en 1838 leyera el ensayo de Thomas Robert Malthus
sobre la población[17],
Darwin ya había escrito un primer resumen de su teoría en 1842 y una ampliación
en 1844, aunque sólo circularon entre sus influyentes amigos de los
restringidos círculos científicos de Londres. Al recibir el trabajo de Wallace
se decidió a publicar junto a él, en el Journal of Proceedings of the
Linnean Society, un resumen de su trabajo, lo que ocurrió en 1858. Como él
mismo reconoce, aquellos trabajos recibieron muy escasa atención, por lo que,
aconsejado por su antiguo profesor, el prestigioso geólogo Charles Lyell, y por
su amigo el botánico Joseph Hooker, terminó de escribir el que sería el libro
más famoso e influyente de la biología, tras trece meses y diez días de
frenética labor. De forma harto ocurrente, Darwin agradece a la recepción del
texto de Wallace el éxito de su obra, por haber sido ésta mucho más reducida y
condensada de lo que hubiera llegado a ser de continuar él mismo con la larga
redacción que había iniciado muchos años antes[18].
A
pesar de ello, en las primeras líneas del libro de Darwin, puede leerse:
Mi
obra está ahora (1859) casi terminada; pero como me llevará muchos años
completarla y mi salud está muy lejos de ser robusta, se me ha instado para que
publicase este resumen.
(Un
resumen, todo hay que decirlo, que se extiende brillantemente por más de
quinientas páginas de apretada letra en una edición normal).
La
explicación dada por Darwin y Wallace a lo que el primero llamará el
misterio de los misterios (el origen de las especies) parte, como dijimos,
de aplicar a la totalidad de los seres vivos las ideas que el economista
político Robert Malthus ya propuso en sus ensayos sobre la población;
deduciendo de ello que, si son muchos más los individuos producidos en
cualquier generación que los que sobreviven y se reproducen, habrá algún tipo
de diferencias determinantes de que el filtro selectivo (que denominaron selección
natural) actúe en uno u otro sentido, permitiendo la perpetuación de unas
formas y eliminado otras. Además, muchas de las características de los seres
vivos que diferencian sus posibilidades de supervivencia son hereditarias (ni
Darwin ni Wallace contaban con una teoría genética aceptable, pero
evidentemente se percataban de la existencia de la herencia como mecanismo de
transmisión de una buena parte de las características de los organismos a su
descendencia). De todo ello dedujeron las características básicas de los
mecanismos que, a largo plazo, determinarán la variación de las especies en el
tiempo. Hay que advertir que las condiciones que hacen que una especie o un
tipo de organismos prosperen en un momento dado no tienen porqué mantenerse indefinidamente;
de ahí que (contra lo que a veces se pretende, malinterpretando la teoría de
Darwin y Wallace) la selección natural no se decante siempre en el mismo
sentido ni en similar dirección, lo que invalida una posible idea de constante progreso
lineal con que algunos identifican erróneamente la evolución.
Del
mecanismo propuesto por Darwin y Wallace se deduce, pues, que las especies
existentes en un momento cualquiera de la historia de la vida han de provenir
de anteriores especies. Las variaciones favorecidas serán las de aquellas
formas genéticas que, en un momento y ambiente dados, consigan transmitir más
satisfactoria y numéricamente sus características hereditarias a las
generaciones siguientes. Hay que contar para ello con que en los organismos
vivos dotados de reproducción sexual los individuos son diferentes
genéticamente entre sí en su práctica totalidad[19],aunque
lo suficientemente parecidos como para poder reproducirse. La reproducción
sexual permite el intercambio del material genético con el fin de producir
nuevos organismos que serán, a su vez, parecidos, pero algo diferentes a los
parentales. Por eso, las similitudes genéticas entre las especies (que se
manifiestan a menudo en semejanzas fisiológicas y anatómicas) resultan ser la
muestra más palpable de la relación evolutiva, fundamentada en la existencia de
antepasados comunes recientes. De ahí que la nominación y clasificación
científica de una especie implique su colocación precisa en el amplio puzle
compuesto por el complejo cuadro de la evolución. Esta es la tarea que permite
ganarse la vida a los biosistemáticos de hoy (aunque sólo a algunos).
Por
supuesto que tras la historia vibrante de los debates iniciados en la Sociedad
Linneana y la Real Sociedad del Londres victoriano, vendrá una larga y
fructífera retahíla de nuevas teorías y avances científicos, de los que nacerá
la genética, la biología celular y molecular modernas o la ecología. Pero la
semilla necesaria para dotar de una entidad explicativa científica a la moderna
biología fue puesta en la forma del amplio paraguas que abrieron los geniales
Darwin y Wallace sobre las cabezas asombradas, tercas o reticentes de sus
colegas.
Aunque
ni Linneo ni la mayoría de los científicos de su época pensaran en modo alguno
de la manera que Darwin propondría un siglo después, el método que el
naturalista de Uppsala propuso resultó ser lo suficientemente plástico y
adecuado como para seguir resultando válido tras el varapalo científico de la
evolución. La razón de ello tal vez haya que buscarla en que, a pesar de que a
mediados del siglo XVIII se opinaba que las especies eran entidades propias e
inmutables, creadas por actos de origen divino (uno o varios, eso no estaba
claro), sí se creía que existían categorías superiores en las que era posible
agrupar las especies. Todo ello formaba parte del Plan de la Creación que era
(reflejo de la mentalidad racionalista e ilustrada del momento) armónico y
ordenado. Esta concepción no deja de ser sorprendente, pues no parece haber
ninguna razón clara por la que el Creador optara por inventar especies que
fueran, a su vez, agrupables en entidades jerárquicamente superiores (como
mamíferos, aves, hongos, plantas con flores, etc). Puestos a crear, ¿por qué no
hacer entidades totalmente distintas y no agrupables entre sí?. La respuesta a
estas cuestiones y otras similares no era fácil, pero siempre quedaba el
recurso (utilizado nada menos que por Leibniz, entre otros) de recurrir a
"determinadas razones de sabiduría y orden" que Dios se
reservaba, o a que "siempre que algo aparece reprensible en las obras
de Dios, debe adjudicárselo a nuestra ignorancia relativa".
Como
cuestionar la forma de actuar del Sumo Hacedor no ha constituido generalmente
una fórmula recomendable para disfrutar de una larga y tranquila vida, debatir
sobre estas profundidades no fue tampoco una tarea demasiado habitual.
LA NATURALEZA DEL TAXÓN MÁS NATURAL
La especie: ¿Realidad o ficción?
Como
hemos visto, los biólogos organizan y clasifican a los seres vivos en
categorías que denominamos especies. Hablamos, pues, de lobos, mariposas
de la col, sardinas o seres humanos como de entidades naturales diferenciadas
de otras entidades y, en algún sentido, homogéneas entre sí. Además, la
biología adopta una estructura de clasificación jerárquica, es decir, agrupa a
las especies en categorías superiores que van componiendo la compleja trama de
las clasificaciones taxonómicas: las especies se unen en géneros, éstos en
familias, las familias en órdenes, los órdenes en clases, éstas en troncos,
divisiones, Phylla o "fila" (el plural latino de
"filum" o Phillum) y éstos, finalmente, en los cinco Reinos en
que se clasifica, en último término, todo organismo vivo; una propuesta
sintética que debemos al ya fallecido biólogo de la Universidad de Cornell,
Robert H. Whittaker (1959). Tan sólo quedan excluidos de esta sistemática de
los Cinco Reinos los polémicos virus, sobre los que se discute su derecho a ser
definidos como seres vivos, puesto que, de cualquier modo, carecen de
estructura celular. Además, éstas macromoléculas o suborganismos
deben su existencia, probablemente, a la escapatoria, desde diferentes
organismos vivos, de moléculas genéticas protegidas por otras moléculas
proteicas. Dos relevantes biólogas de la talla de Lynn Margulis y Karlene V.
Schwartz, discípulas de Whittaker, han recopilado y proporcionado una excelente
visión general de estos "cinco reinos" en una conocida obra de
ese mismo título, un libro que el mismo Stephen Jay Gould califica, en su
prólogo, como un tesoro intelectual[20].
De
todas las categorías antes mencionadas se suele aceptar que la más natural
es la de especie, en tanto que las otras son entidades forzadas artificialmente
por la necesidad de agrupar dichas entidades naturales en otras
superiores. De hecho, en cualquier grupo de organismos y a cualquier escala es
frecuente encontrar discrepancias entre los expertos acerca de los límites
entre las agrupaciones, el números de ellas o su adscripción exacta.
Sin
embargo, no siempre resulta tan evidente la razón utilizada para considerar natural
la categoría de especie. En cuanto se escarba un poco en esta cuestión, se
encuentran algunos hechos que ponen en tela de juicio la aparente evidencia de
su naturalidad. Se trata de una contrariedad sin duda incómoda, pero con la que
no queda más remedio que convivir. De todas formas, algunos de estos problemas
son compartidos por todas aquellas labores que tratan de organizar en
categorías a entidades diversas: es, por tanto, una complicación que aparece
unida a la idea de clasificar.
Pero,
¿qué es clasificar?
Si
consultamos el Diccionario de Uso del Español de María Moliner,
encontraremos que "clasificar” es "dividir una cosa en
clases" o "asignar una cosa a una determinada clase o grupo".
Además, la "clase" queda definida como "cada grupo o
división que resulta de repartir las cosas de un conjunto poniendo juntas las
que tienen un mismo valor o ciertas características comunes".
Según
estas definiciones, parece evidente que una buena clasificación resultará de
averiguar o establecer con éxito cuáles son las características verdaderamente
importantes para las finalidades que pretendemos.
Dentro
de la Biología, la Sistemática constituye la ocupación de quienes tratan de
determinar el complejo entramado de relaciones evolutivas o filogenéticas
existentes entre los seres vivos, buscando un lugar en el que encaje cada uno
de los tipos de organismos.
Los
taxónomos, por su parte, se ocupan de estudiar y analizar las características
de los organismos con el propósito de encuadrarlos en un taxón o una categoría
taxonómica concreta, una de las cuales sería la propia especie biológica.
Es lo que hace un biólogo cuando clasifica un espécimen en una categoría y un
lugar determinado dentro del orden que establece la Sistemática. Es también lo
que realiza cualquiera cuando, ayudado tal vez por unas claves dicotómicas,
trata de averiguar el nombre de la especie a la que pertenece un espécimen.
Realmente,
Taxonomía y Sistemática han sido definidos, con mayor rigor, como quehaceres
propios y diferenciados. Ernst Mayr, uno de los "padres" de la teoría
sintética de la evolución (la forma de entender el proceso evolutivo
actualmente mayoritaria entre los biólogos, consistente en adaptar la teoría de
Darwin a la genética moderna y a otros avances de la biología que ha traído
este siglo), ha definido la Taxonomía como "la teoría y la práctica de
la clasificación de los organismos", mientras que la Sistemática sería
"el estudio científico de los tipos y diversidad de organismos y de las
relaciones entre ellos"[21].
No obstante, la tarea y contenido de ambas disciplinas siguen resultando lo
suficientemente próximas e imbricadas como para entrelazarse casi
indisolublemente.
Los
biólogos inventan nuevos taxones cuando un espécimen no encuentra acomodo en
las categorías preexistentes. Se definen así nuevas especies que requieren para
ello de una concienzuda descripción científica (aunque a veces la reducción del
número de ejemplares con que se cuenta o la parquedad de su conocimiento
relativiza considerablemente la afirmación anterior). Con ello se busca dar
seguridad a la búsqueda de acomodo sobre el complejo árbol filogenético de la
vida, incluso habilitando para ello nuevas ramas en aquél. Esto no siempre es
fácil y algunos casos tienen que encontrar una ubicación provisional mientras
se trata de averiguar más características fundamentales que nos permitan
reconstruir las relaciones evolutivas con otros organismos y, a través de
ellas, se justifique una colocación más precisa.
La
unicidad del ensayo evolutivo representado por cada especie distinta constituye
un motivo de admiración ante la estrategia siempre activa de la vida por
conseguir diversificar sus ya variadas formas. Por eso, la tarea de describir y
"catalogar" una nueva especie constituye una aventura científica
intelectualmente emocionante (y a veces humanamente absorbente). Algunos casos,
además, han llegado a constituir auténticas epopeyas humanas. Trataremos de
reconstruir algún ejemplo.
UN SIGLO ENTRE EL OKAPI Y EL MUNTJAC GIGANTE
Cómo se ficha una nueva especie
En
1901, el doctor Scatler recibió en su laboratorio unos trozos de piel que le habían
sido enviados desde la lejana Africa por su amigo Harry H. Johnston. La piel no
parecía pertenecer a ninguna especie conocida, por lo que Scatler decidió crear
una nueva especie con ellos, integrando a su desconocido portador en el grupo
de los caballos. Le puso el nombre de Equus johnstoni (algo así como el caballo
o la cebra de Johnston), según la costumbre científica (heredada de
Linneo, como ya vimos) de utilizar dos nombres latinos para nombrar a cada
especie. Se formulaba así para la ciencia una nueva especie dentro del grupo de
los caballos y las cebras; una especie que vivía en el corazón del entonces
Congo, el país del que provenía la piel que enviaba Johnston.
Mientras
tanto, el explorador se había obsesionado considerablemente en Africa con el
asunto de su supuesto équido de la selva, e insatisfecho con haber obtenido tan
sólo los restos incompletos de una piel, trataba de capturar un ejemplar de
aquella, al parecer, nueva y extraña especie sobre la que había escuchado
fascinantes relatos a los indígenas de la región. Finalmente, unos años más
tarde, en 1906, Johnston consiguió su propósito, gracias a lo cual de nuevo se
encontró sobre la mesa de un laboratorio científico un ejemplar, ahora
completo, del extraño animal centroafricano. El estudio detallado permitió
rectificar la primera e inadecuada clasificación de la piel inicial, integrando
a su portador en el grupo de las jirafas, lo que exigía un cambio en el nombre
del género. Nacería para la biología Okapia johnstoni, el raro Okapi,
una especie remanente de una línea evolutiva constatada por restos fósiles de
unos treinta millones de años y que tiene sus más cercanos parientes entre las
actuales jirafas, unos protagonistas habituales en el paisaje de la sabana
africana.
La
adscripción de una especie cualquiera a una u otra línea evolutiva implica,
como hemos visto, la concesión de un nombre (Okapia johnstoni, en el
caso anterior) que supone su automática asignación a un determinado género (en
este caso, uno nuevo: Okapia). Hecho esto, se define el acomodo final en
el linaje taxonómico completo. En el caso del Okapi, la línea completa de
adscripción taxonómica es la siguiente:
*Especie: Okapia johnstoni
(Sclater)
*Género: Okapia
*Familia: Giraffidae (Jiráfidos)
Superfamilia: Cervoidea
Grupo: Pecora
Suborden: Rumiantia (Rumiantes)
*Orden: Artiodactyla (Artiodáctilos)
Cohorte: Ferungulata
Infraclase: Eutheria
= Placentaria (Placentarios)
Subclase: Theria (Terios)
*Clase: Mammalia (Mamíferos)
Subphylum: Vertebrata
(Vertebrados)
*Phyllum: Chordata (Cordados)
*Reino: Animalia (Animales)
(se han señalado con un * las agrupaciones de
mayor relevancia)
De
ello podemos deducir, por ejemplo, que los Okapis deben compartir con los
restantes Jiráfidos algunos antepasados comunes que aparecieron en el Mioceno y
se distribuyeron durante el Plioceno por la Europa Meridional y Asia (a pesar
de los cual, los únicos dos géneros actuales: Giraffa y Okapia,
son exclusivamente africanos). Además, la adscripción de los Jiráfidos entre
los Cervoideos implica también que provienen de antepasados que comparten con
los actuales Cérvidos y con los ya extinguidos Palaeomerycidae, los
cuales, a su vez, se remontan en su existencia hasta el Oligoceno-Plioceno.
Todos ellos comparten con el resto de los Artiodáctilos un mismo origen, que
los paleontólogos sitúan en el Eoceno inferior, lo que les distingue de los
Perisodáctilos, los Carnívoros u otros tipos de Mamíferos, y de los que en
algún momento se separaron, siguiendo cada grupo su propio derrotero evolutivo.
Podríamos
pensar que peripecias como la protagonizada por Harry H. Johnston tras los
esquivos ejemplares de una extraña jirafa selvática con un cuello corto sólo
ocurrían a comienzos de este siglo. Nos equivocaríamos. Aunque sí es cierto que
la mayor parte de las especies de mamíferos deben haber sido ya descritas (lo
que no sucede con la mayor parte de los otros grupos de seres vivos), no se han
acabado las sorpresas al respecto. Lo veremos siguiendo otra crónica similar,
pero ahora desarrollada casi un siglo después y en otro continente.
A
comienzos de 1994, un cazador vietnamita lograba capturar en los bosques de su
país el primer ejemplar que pudo estudiar la ciencia del Saola, un rumiante de
una nueva especie sobre la que sólo se tenían confusas noticias, pues no había
podido estudiarse ningún ejemplar completo (una curiosa repetición de la
situación con Johnston y el Okapi en el Congo, casi un siglo antes). Al
hallazgo del Saola (bautizado científicamente como Pseudoryx nghetinghensis)
siguió un programa de investigación con fines científicos y conservacionistas
desarrollado conjuntamente por el Gobierno vietnamita y el Fondo Mundial para
la Conservación de la Naturaleza (World Wide Fund for the Nature), gracias al
cual se iniciaron diversos trabajos en la Reserva Natural de Vu Quang, situada
al norte del país y donde se localiza el hábitat natural del nuevo mamífero
descubierto. Como resultado inmediato del programa, en marzo del mismo año se
descubrió una nueva especie perteneciente al grupo de los muntiacs o muntjacs,
una subfamilia de cérvidos que se extiende desde el Sur de China hasta Birmania
y la India. Se trataba del Muntiac o Muntjac Gigante (que se encontró también
en la vecina Laos). A este nuevo integrante de nuestro familiar grupo de los
mamíferos, se le asignó el nombre latino de Megamuntiacus vuquangensis.
Tan
sólo en unos meses y como resultado de una investigación centrada en una
reducida aunque rica área tropical, la lista de Artiodáctilos fichados por la
ciencia se vio engrosada con dos nuevos integrantes[22].
La
lejana aventura de Johnston volvió a repetirse en el crepúsculo del segundo
milenio.
DARWIN Y LOS ZORROS DE CHILE
Sobre especies y subespecies
La
tarea antes descrita para el Okapi o el caso del Muntjak gigante no es, en modo
alguno, una excepción en el trabajo de los naturalistas, aunque en aquellos
casos destaque la relevancia (y el tamaño corporal) de las especies descritas.
Si no todos los días se descubre un nuevo mamífero, sí es válida la frecuencia
para otros grupos de organismos. Así, por ejemplo, tan sólo durante el periodo
1988/89 y para el grupo de los coleópteros (un Orden de la treintena que
componen la Clase de los Insectos, aunque el más numeroso), tuvieron lugar
2.134 procesos de descripción y catalogación de nuevas especies para la
ciencia, siendo recogidas en el Zoological Record (algo así como el
inventario de los nuevos "hallazgos" habidos en la taxonomía
de animales).
Entre
un millón y medio y casi dos millones de especies descritas han pasado por
procesos semejantes.
Los
sistemas que hoy utilizan los taxónomos con el fin de clasificar los
organismos, diferenciar las especies y construir grupos taxonómicos de
diferente nivel jerárquico, alcanzan ya una alta sofisticación técnica. De los
tradicionales estudios morfológicos que constituían la práctica fundamentación
de la clasificación en el pasado, se ha pasado (sin abandonar aquéllos) al
estudio complementario de sus propiedades fisiológicas, bioquímicas y
etológicas, aspectos a los que, últimamente, se ha añadido el análisis de las
características más propiamente identificativas del linaje evolutivo: los
genes, o su expresión más inmediata, las proteínas.
La
aplicación de técnicas complejas para escrutar las secuencias de ADN o para
desentrañar las de las proteínas (en un caso mediante secuenciadores de
nucleótidos y en el otro por electroforesis) se realiza en pocos casos, pero
cuando se hace permite trabajar sobre una base más cercana al criterio básico
de relación evolutiva, justificación de
la sistemática y la taxonomía. Esto es
lo que ocurrió en Chile con el caso del llamado Zorro de Darwin (Dusicyon
fulvipes), una especie endémica de los bosques templados lluviosos de la
isla de Chiloé.
El
Zorro de Darwin estaba considerado por muchos biólogos como una subespecie
insular de otro cánido chileno, el Zorro Chilla (D. griseus), habitante
del continente. De resultar cierta esa hipótesis, el Zorro de Darwin debería
llevar el nombre científico de Dusicyon griseus fulvipes, indicando con
ello el carácter subespecífico (es decir, con diferencias genéticas, pero no
suficientes como para alcanzar el estatus de especie distinta) respecto a una
especie que incluye, a su vez, a otras poblaciones y subespecies.
Sin
embargo, el hallazgo de poblaciones de zorros de Darwin coexistiendo en algunos
lugares del Chile continental con los chilla y con una tercera especie, los
zorros culpeo (D. culpaeus), hizo suponer que aquéllos ya debían haber
desarrollado los suficientes mecanismos de aislamiento genético como para
constituir un grupo genéticamente independiente y con un porvenir evolutivo
diferente del resto de los otros zorros. Había que demostrar para ello que las
poblaciones de Chiloé y las continentales del Zorro de Darwin eran
genéticamente similares entre sí, pero diferentes de las otras especies.
Para
confirmar estos supuestos, un amplio equipo de biólogos de diversas
nacionalidades llevó a cabo un estudio sobre 344 pares de nucleótidos ( los
monómeros o "unidades químicas" que componen las extensas
cadenas polímeras del ADN) que formaban parte de varias secuencias del ADN
mitocondrial de ambas poblaciones. Los resultados obtenidos[23]
permitieron asegurar tanto la coincidencia filética entre las poblaciones de
los zorros de Darwin continentales y los insulares de Chiloé, como el
aislamiento genético de ambos respecto a las otras dos especies estudiadas.
Lo
que parecía muy difícil de resolver sólo desde la base de los análisis
morfológicos y de comportamiento, era demostrado con la ayuda de la
investigación genética molecular.
Puede
parecer que este tipo de estudios tiene sólo un interés puramente "biológico"
o "científico". Sin embargo, la trascendencia puede ser
bastante mayor: la constatación de que los zorros de Darwin (una especie que
Darwin recolectó en Chiloé en 1834 durante su viaje a bordo del Beagle,
motivo por el cual hoy los zorros llevan su nombre) constituyen una especie
distinta, da un valor cualitativamente distinto a su posible extinción. Si los
resultados hubieran concluido que se trataba de una variante de los Chilla, su
extinción (con ser un asunto lamentable y representar una pérdida importante en
la diversidad genética de la especie) resultaría menos grave, al poderse
repoblar la isla con individuos procedentes de otras poblaciones Chilla. Pero,
al tratarse de una especie (y, por tanto, de un único y aislado experimento de
la vida sobre la Tierra), su desaparición representaría una pérdida
irreversible en la biodiversidad mundial de especies.
Lamentablemente,
la especie de zorro que Darwin observó en Chiloé es hoy una especie en peligro
de desaparecer de la Tierra: el proceso de alteración de los ecosistemas
forestales naturales de Chile ha sido constatado y denunciado por la asociación
CODEFF-Amigos de la Tierra de Chile[24],
que ha calculado en un 30 por 100 la reducción de la superficie de los bosques
nativos costeros del país, hábitat de los zorros. Esta pérdida de ecosistemas
forestales originales se debe sobre todo al esfuerzo de las compañías madereras
por sustituir esos bosques originales mediante masivas plantaciones de pinos
exóticos a la zona (Pinus radiata), más productivos en maderas para
papel. Este proceso de alteración ecológica (muy extendido en algunos países
como España) se viene desarrollando intensamente desde hace tan sólo una década
en Chile. Con la constatación del carácter de especie del Zorro de Darwin, la
destrucción de estos bosques nativos adquiere, pues, una nueva dimensión de
impacto ambiental, al arrastrar hacia la extinción a esta especie de cánido
única en el mundo.
De
seguir así las cosas, el Zorro de Darwin puede quedar reducido a la evocación
que puedan aportarnos los restos disecados de la especie, como los del ejemplar
llevado por el entonces joven naturalista inglés para ser expuesto en el Museo
de la Sociedad Zoológica. Una especie más se añadiría entonces a la larga lista de aquellas destinadas, por la codicia
o la insensibilidad (¿insensatez?) humanas, sólo a ser observadas en las
tristísimas salas que los museos de Historia Natural dedican a quienes ni nosotros
ni las próximas generaciones veremos nunca más vivos, como el Dodo, el Alca
Gigante o las al menos 242 especies de vertebrados que se han constatado como
extinguidas desde 1600 hasta la revisión que Walter Reid y Kenton Miller
hicieron para el Instituto de Recursos Mundiales en 1989[25]
(recientemente, el Centro Mundial de seguimiento para la Conservación ha
actualizado estos datos, ofreciendo la cifra documentada de 315 especies de
vertebrados extinguidos en dicho plazo).
Si
se piensa que las "distancias" genéticas que separan a muchas
especies son muy escasas, al representar tan sólo una mínima fracción de su
historia evolutiva (frente a la larga etapa del discurrir común por la historia
de la vida), es fácil entender que la tarea de clasificar no sea a menudo
sencilla. Por otra parte, nuestro "ojo" se ha acostumbrado a percibir
las diferencias en lo que está, en realidad, compuesto por una considerable
dosis de semejanzas, pero ese mismo "ojo" nos engaña fácilmente, al
percibir con mayor facilidad las diferencias de lo que nos es más próximo y
discernir más torpemente lo que nos resulta remoto. Así, la mayor parte de los
invertebrados pueden parecen similares a muchas personas (y no hablemos del
mundo de lo microscópico), mientras que cualquiera es capaz de discernir las
"enormes diferencias" existentes entre los distintos tipos de
vertebrados (y, por supuesto, entre éstos y la especie humana). Todo lo
contrario de lo que sucede en realidad, ya que la diferencia genética entre
chimpancés y humanos es tan mínima que resulta demasiado evidente que nos
esforzamos por distanciarnos a cualquier precio del resto de los seres vivos
cuando tratamos de poner tanta distancia taxonómica hasta con nuestros más
próximos parientes evolutivos.
No
obstante, lo cierto es que una vez iniciado el proceso de diferenciación
genética que va distanciando progresivamente a dos poblaciones hasta el punto
de hacerlas dos especies divergentes, aparecen ventajas selectivas para
aquellos mecanismos que evitan la posibilidad de "equivocaciones"
con respecto a con quién reproducirse, de forma que "no se pierda
demasiado el tiempo y las energías" formando individuos híbridos no
fértiles o ensayando apareamientos infructuosos e inútiles. De esta manera,
hemos de esperar que progresen aquellos procedimientos que ayuden a afianzar
las diferencias, allanando el camino al taxónomo.
TAXÓNOMOS SIN TITULACIÓN
Sobre el conocimiento indígena de las especies
Aunque
a los habitantes de las ciudades se nos haya ido olvidando (o quizás es que
nunca lo hemos sabido), deberíamos recordar que la mayor parte de la historia
de la humanidad ha transcurrido en tan estrecha dependencia de la naturaleza
que la capacidad de interpretación de ésta ha sido, más allá de una fuente de
placer estético aún vigente, un factor clave para la supervivencia individual y
la del grupo al que se pertenecía. Las poblaciones indígenas, cuya subsistencia
actual aún depende estrechamente de la capacidad para desenvolverse
correctamente en su medio natural, conservan como parte fundamental de sus
culturas sistemas eficaces de clasificación y nomenclatura de los seres vivos
con los que se relacionan. Estos sistemas tienen, debido a su motivo último, un
marcado sesgo pragmático, aunque luego se camuflen bajo ornatos mitológicos y
legendarios, para acabar formando parte de lo que, en el uniformado mundo
actual, constituye la mayor parte de la actual diversidad cultural
humana, un tipo de diversidad no menos amenazada que muchos de los componentes
de la biodiversidad de los que venimos hablando.
Difícilmente
nos atreveríamos a calificar esos sistemas indígenas como
"científicos" en el sentido estricto del término. Sin embargo, muchos
etnólogos, antropólogos y biólogos han quedado impresionados por el grado de finura
y adecuación biológica que muchos de ellos manifiestan, hasta el punto de que
resultan, en algunos niveles, indistinguibles de las clasificaciones que los
taxónomos han ido elaborando con el sofisticado apoyo de las modernas técnicas
científicas.
Hasta
que la formulación de la teoría evolutiva posibilitó una explicación causal y
razonable para las semejanzas y diferencias entre las especies, las
clasificaciones anteriores trataban de adivinar (nunca mejor empleado el
término) el complejo plan de la Creación, hasta organizarlo comprensiblemente
para los hombres. En el fondo, tales sistemas (que sí incluimos en la historia
de la Ciencia) parten de criterios de causalidad del tipo de "porque
así lo quiso Dios", compartidos tanto por el creacionismo cristiano
como por muchas teologías y mitologías desarrolladas por diversas comunidades
indígenas. Si en un caso encontramos un único creador y en otros la "divinización"
se multiplica varias veces para inventar distintos seres relacionados con los
animales o los fenómenos de la naturaleza, poco importa al caso. Lo cierto es
que la verdadera diferencia cualitativa sólo se produce con la aparición de la
explicación causal razonada aportada por el evolucionismo. Aparece entonces un
elemento clave que separa los sistemas biológicos de clasificación de los
puramente descriptivos y ausentes de explicación causal razonable. Aunque ambos
tipos pueden compartir algunas formas de discernir y de establecer las
diferencias formales entre sus clases de organismos hasta llegar a proponer
resultados similares, lo cierto es que parten de presupuestos diametralmente
opuestos.
Quizás
hoy nos asombre comprobar que todos los musgos fueron una vez catalogados
científicamente dentro de un único género o que los ánades reales han sido
descritos en dos especies diferentes correspondientes, respectivamente, al
macho y a la hembra, error que se ha repetido en varias ocasiones a lo largo de
la historia de la taxonomía. Sin embargo, estos casos sólo reflejan el
resultado de una observación insuficiente de la naturaleza, de forma que sus
errores pueden corregirse sin necesidad de renunciar o cambiar ningún
presupuesto teórico de los que fundamentan la clasificación biológica, sino,
tan sólo, estudiando los organismos con mayor cuidado. Al volver la vista hacia
"observadores de la naturaleza" tan experimentados y eficaces
como lo son muchas de las comunidades indígenas, ¿qué diferencias reales
encontramos entre las entidades de seres vivos que ellos distinguen y las
especies aceptadas por la ciencia? La respuesta, como veremos, es que bien
pocas. En muchos casos, esta circunstancia, más que para realzar el respeto y
el aprecio de la ciencia y la sociedad moderna por las culturas indígenas, ha
servido para desarrollar formas en las que apropiarse de tales conocimientos
sin contrapartidas ni reconocimiento real de la labor que generaciones de pueblos
autóctonos viviendo en medios difíciles ha desarrollado. Pero no es momento de
adelantar aún acontecimientos sobre los que luego volveremos.
Veamos
ahora algunos casos relativos al conocimiento indígena.
El
primero de los múltiples casos posibles con que podemos ilustrar el grado de
perfección en el conocimiento biológico indígena (aunque sólo aportaremos tres)
lo encontramos en los ambientes húmedos de los bosques ecuatoriales americanos.
Allí sobreviven aún muchos de los pueblos selváticos herederos de la gran
comunidad amazónica que habitaba la zona antes de la llegada de los europeos
(las cifras estimadas para la población de entonces son más altas de lo que
muchas personas creen, ya que, para muchos antropólogos e historiadores, la
población selvática superaba los cinco millones de habitantes en 1500). Los
Siona-Secoya son hoy el pueblo que habita la cuenca del río Aguarico en
Ecuador. Se trata de un pueblo cazador y recolector que extiende su territorio
por más de mil kilómetros cuadrados de bosques húmedos ecuatoriales y que
depende, por tanto, de su conocimiento acerca de los potenciales alimentos que
ofrecen estos medios para poder sobrevivir en ellos, así como de las costumbres
y hábitats que sus presas manifiestan. W. Vickers estudió durante un largo
tiempo las costumbres de este pueblo durante sus partidas de caza. Para ello
los acompañó en sus viajes detrás de sus presas a través de las selvas
americanas, llegando a sumar más de 800 días de caminatas y experiencias
comunes distribuidas a lo largo de una década. De esta actividad obtuvo una
interesante información sobre la forma en que este pueblo se desenvuelve en su
entorno. Para lo que nos interesa, los resultados de esta investigación etnobiológica
aportaron diversos datos por los que hoy sabemos que los Siona-Secoya son
capaces de reconocer alrededor de 2.000 especies botánicas diferentes
existentes en su entorno, de las que utilizan habitualmente 224[26]
(como comparación, hay que recordar que en toda España hay tan sólo unas 8.000
especies totales de plantas). No es preciso decir que una expedición científica
que hubiera tenido que realizar un trabajo de reconocimiento taxonómico similar
habría tenido un largo y duro trabajo por delante.
Un
segundo ejemplo fue relatado por un prestigioso científico al que ya hemos
mencionado antes. Se trata del conocido zoólogo Ernst Mayr, quien ha contado en
varias ocasiones cómo comprobó personalmente, durante una expedición habida en
1928, la capacidad de los nativos para distinguir perfectamente 136 de las 137
especies de aves existentes en las montañas Arfak, situadas en el occidente de
Nueva Guinea; tan sólo confundían entre sí dos especies del género Gerygone,
que eran muy similares[27].
Finalmente,
un tercer caso nos permitirá comprobar que las coincidencias en la
clasificación científica y cultural indígena no se limitan necesariamente al
nivel de especie. Es lo que hallaron los etnobotánicos Berlin, Breedlove y
Raven al estudiar el sistema jerárquico de clasificación de las plantas que han
elaborado los Tzeltal, un pueblo indígena de la convulsionada y maltratada
región de Chiapas, al sur de Méjico. La cultura Tzeltal reconoce 471 tipos
botánicos (taxones) que ordena en categorías superiores con un grado de similitud
organizativa sorprendente respecto de los géneros y especies establecidos por
la Taxonomía botánica[28].
En
estos tres casos (y otros muchos más existentes) puede constatarse la
proximidad a la idea de especie como unidad de clasificación que alcanza un
conocimiento detallado de la naturaleza, aunque alejado de las pautas
científicas de la biología, como es el indígena; por lo que cabe pensar en la
evidencia "natural" de este concepto científico. Pero, si resulta tan
alta la coincidencia en este punto entre el conocimiento cultural de los
pueblos indígenas y el científico: ¿por qué muchos biólogos se muestran escépticos
sobre el supuesto carácter natural del concepto de especie?.
El
problema se encuentra en el hecho de que, debido al carácter evolutivo y
genéticamente diverso de las especies, éstas no constituyen siempre una
categoría tan clara, definida y suficientemente homogénea como parece a primera
vista. La cuestión se agrava en algunos grupos de seres vivos, hasta llegar a
perder el sentido de la categoría de especie en algunos de ellos.
Incluso
en los grupos más próximos a nosotros, como las aves, el problema de la
identidad natural de las especies no se circunscribe exclusivamente a la
dificultad que pudiera existir en la diferenciación anatómica de los
especímenes procedentes de dos especies distintas (como era el caso del único
"error" que cometían los nativos de Nueva Guinea con sus
aves), sino que va mucho más allá. Pero, para entender el fondo del asunto es
preciso volver otra vez a la idea de evolución (aunque prometo que brevemente).
DARWIN Y WALLACE, DE NUEVO
La evolución de las especies
¿Cuál
es el núcleo de la idea de Darwin-Wallace que tanto modificó el pensamiento de
la biología y, con ella, del conjunto de la filosofía y la ciencia de finales
del pasado siglo?
Realmente,
la idea central contiene, en su formulación básica tal sencillez y belleza
conceptual que, al igual que las grandes ideas que más han influido en la
ciencia y el pensamiento, puede parecer extraño que no fuera anteriormente
expuesta.
De
hecho, ni Charles Darwin ni Alfred Wallace "inventaron" el
evolucionismo, que ya anteriores pensadores y científicos como Lamarck o el
propio abuelo de Darwin[29]
habían defendido, sino que construyeron la explicación más válida y coherente
(y con los argumentos y pruebas más convincentes) para explicar el proceso de
la evolución.
Ya
hemos comentado que Darwin nunca contó con una teoría adecuada sobre la
herencia que le sirviera para apoyar en ella sus argumentos evolutivos (y eso a
pesar de que Gregor Mendel había publicado ya en 1866 en las memorias de la
Sociedad de Naturalistas de Brünn su trabajo Ensayos sobre los híbridos
vegetales, donde se encuentran las bases del origen de la genética; un
trabajo que no tuvo influencia real en la biología hasta su redescubrimiento en
1900). Por eso, El Origen de las Especies adolece de una importante
ausencia genética. La complementación no se produciría hasta la primera mitad
del presente siglo y, en realidad, continúa en la actualidad como uno de los
ejes centrales de las preocupaciones que embargan a la moderna biología
evolutiva.
La
reformulación de la teoría de la evolución a partir de la luz aportada por la
genética (nacida, a su vez, del rescate de las ideas de Mendel, realizado
por Hugo De Vries y Carl Correns en
1901) reforzará los contenidos de la teoría de Darwin y rellenará algunas
lagunas. Así nacerá la llamada "teoría sintética de la evolución",
formulada entre 1930 y 1950 por el paleontólogo Georges G. Simpson, los
zoólogos Ernst Mayr (¿recuerdan?) y Julian Huxley, el genético Theodosius
Dobzhansky y el botánico Ledyard Stebins, principalmente.
Hoy
día, aun prevaleciendo el núcleo central de la explicación darwiniana, con los
añadidos y ajustes aportados por el neodarwinismo, coexisten diferentes
opiniones sobre el grado de importancia que en el proceso de la evolución han
tenido los distintos mecanismos y procesos implicados, así como sobre su carácter
homogéneo o irregular. Hay explicaciones neodarwinistas consideradas más "ortodoxas"
y otras que ofrecen importantes matices diferenciadores. Por ejemplo, mientras
unos se declaran "gradualistas", otros defienden la idea
aportada por la teoría de los equilibrios puntuados siguiendo una propuesta
que en 1972 realizaron Stephen J. Gould y Niles Eldredge, como una corrección
de la teoría sintética de mediados de siglo. Según la teoría de Gould y
Eldredge, la evolución de las especies no sigue un proceso gradual como
sugieren los "ortodoxos gradualistas" , sino que se compone de
largos periodos de estasis o inmovilidad, separados por periodos cortos
de intensa modificación. Algunos han calificado esta teoría de heterodoxa e
inadecuada frente a lo que sostiene la corriente mayoritaria de los
evolucionistas graduales, manteniéndose un largo debate que aún no ha
finalizado. De cualquier modo, palabras recientes (y modestas) de Niles
Eldredge ofrecen una visión mucho más integrada de su propuesta en relación a
la corriente ortodoxa de la teoría sintética:
"El
equilibrio puntuado era cuestión de reunir la atención de George Simpson a las
pautas evolutivas en el registro fósil con las conclusiones de Theodosius
Dobzhansky y Ernst Mayr acerca de la naturaleza de las especies y las
discontinuidades que surgen del proceso de especiación. Las implicaciones
resultantes -una de las cuales es la naturaleza general de los sistemas
biológicos a gran escala- han ocupado la mayor parte de mi atención[30]".
y aún más
claro:
"Todos
estamos de acuerdo en cuanto a lo fundamental del cambio evolutivo: la
modificación adaptativa a través de la selección natural. (......)
El
equilibrio puntuado reafirma la importancia de la discontinuidad en el discurso
evolucionista. Aunque el papel de "defensores de la fé" suele
atribuirse a los ultradarwinistas, en realidad fueron Mayr y Dobzhansky, como
fundadores de la "síntesis moderna", quienes primero inyectaron un
elemento de discontinuidad en el discurso evolucionista".
Hay
que advertir que Eldredge denomina ultradarwinistas a quienes defienden
(en oposición a su sector, que él agrupa bajo el calificativo de "los
naturalistas") que "la dinámica fundamental subyacente en todo
lo que es de naturaleza biótica es un afán competitivo por dejar copias de los
propios genes". Como más representativos de los ultradarwinistas
señala con el dedo a John Maynard Smith, George Williams y Richard Dawkins.
De
cualquier modo, hoy sabemos que todas las especies contienen un importante
grado de diversidad genética, es decir, que aunque los cromosomas de todos los
organismos de la especie alberguen muchas secuencias con la misma información
para todos ellos, hay una fracción importante en la que existe posibilidad de
variabilidad entre los individuos. Por ello no todos los organismos de una
misma especie son genéticamente idénticos al modo en que lo son los gemelos
homocigóticos o los organismos resultantes de algún proceso de reproducción
asexual (por ejemplo, dos plantas obtenidas una de la otra por medio de un
esqueje).
La
variedad genética tiene su origen último en la mutación. Éste es un
proceso en el cual la información genética se modifica y altera de forma
absolutamente aleatoria. Es importante recalcar que la dirección de las
mutaciones es impredecible y azarosa, porque éste es el punto principal que
falla en la explicación de las teorías neolamarkianas, las cuales recurren a
algún sistema -no encontrado- por el que desde el ambiente externo o desde la
"voluntad" del organismo se pudiera guiar el proceso de cambio genético
hacia lo conveniente, deseado o requerido por la especie (los consabidos
cuellos largos para la jirafa que quiere alcanzar las ramas más altas o la
inteligencia comprensiva para los gremiales seres humanos que carecen de otros
elementos para su supervivencia, por poner dos ejemplos frecuentados).
Es
cierto que a menudo reaparecen algunas ideas relacionadas con lo que Jean
Baptiste Antoine de Monet, Caballero de Lamarck, propuso inicialmente en su Filosofía
zoologica de 1809. Sucedió esto, por ejemplo, cuando Barbara MacClintock
descubrió lo que le reportaría el Premio Nobel en 1983: los llamados genes
saltarines o transposones. Éstos son trozos de material genético que
pueden soltarse e intercambiarse con otros en los cromosomas, modificando así
pautas importantes del fenotipo o manifestación externa del organismo.
En ello algunos han querido ver una cierta forma en la que el ambiente puede
actuar sobre la propia información genética. La forma de actuar desde el medio
exterior sobre el genoma pudiera ser a través del efecto que parece tener el "estrés"
ambiental (por ejemplo, la reducción en los recursos alimentarios) sobre la
actuación de los sistemas reguladores y controladores de la recombinación
genética del ADN, observados en algunas poblaciones de bacterias[31].
Se han descrito dos sistemas básicos de regulación, uno que trata de reparar
los posibles pequeños errores cometidos en el proceso de duplicación o
replicación del ADN (el llamado "sistema de reparación de errores" o
SRE) y otro que actúa en casos de alteración grave del proceso de replicación
del ADN (conocido como sistema SOS). La activación y desactivación de uno u
otro parece que pudiera estar condicionada en algunos casos por situaciones de
estrés ambiental, de forma que en estos casos se activaría la mutagénesis y se
propiciaría la capacidad de aparición de nuevas formas de genes. De esta
manera, un proceso de tipo lamarckiano podría estar interviniendo en la
evolución de los organismos (al menos de los bacterianos, en los que se ha
descrito esta situación, aunque también los otros organismos poseen esos
sistemas de regulación de la replicación del ADN). Sin embargo, no puede
decirse que esto suponga una "descalificación" del
"núcleo central" de la teoría darwiniana de la evolución o de sus
postulados básicos.
De
todas formas, es conocido desde hace mucho tiempo que las tasas de mutación se
pueden incrementar artificialmente o por algunas condiciones ambientales como
la influencia de campos radiactivos y otras formas de radiación de alta
energía, como la ultravioleta, o mediante sustancias químicas. Esta es la razón
de que esperemos alarmados un incremento de los cánceres de piel en los
próximos años, motivados por la mayor exposición de ésta a los rayos
ultravioleta incrementados al producirse un adelgazamiento en la Capa de Ozono
de la Estratósfera. Estos procesos de mutación se inician muchos años antes de
que se manifiesten patológicamente por la aparición de tumores cancerosos.
Algunas de tales mutaciones no consiguen ser corregidas en las "revisiones"
que las células realizan sobre su propia información genética (como han
explicado en un reciente artículo, publicado en la revista Investigación y
Ciencia, los investigadores de la Universidad de Yale, David Leffell y
Douglas Brash[32]),
por lo que desembocan finalmente en la aparición de cánceres.
Aunque
la mutación es un proceso indispensable de la evolución, supone, en la inmensa
mayoría de los casos, un perjuicio importante para el organismo que la padece,
particularmente si éste pertenece a una especie con una alta complejidad
genética), dado que, en la mayor parte de las ocasiones, la alteración tendrá
repercusiones negativas en forma de taras genéticas, enfermedades metabólicas,
problemas de desarrollo, ... Tan sólo una fracción minúscula de las mutaciones
producirá un efecto final en algún sentido positivo para los individuos que lo
portan (siempre en relación a un ambiente concreto), mejorando sus
posibilidades de supervivencia. En esas escasas situaciones, el gen nuevo se
irá paulatinamente extendiendo por la población y cambiando su composición
genética.
Para
entender por qué una mutación es generalmente negativa, podemos pensar en lo
que ocurriría si modificamos al azar un gen cualquiera en un ser humano (por ejemplo,
alterando una secuencia de su ADN): por pura probabilidad, lo más seguro es que
hagamos inviable la fabricación de una proteína importante y anulemos con ello
una función fisiológica determinada. En muy pocas ocasiones alcanzaremos una
situación que sea, en algún sentido, más favorable que la anterior. Es como si
en una poesía de Federico García Lorca cambiáramos al azar unas letras en
algunas palabras: la probabilidad de mejorar la composición poética del texto
no parece a priori muy alta.
Según
la teoría ortodoxa neodarwinista, es sobre este reducido campo del beneficio de
las mutaciones sobre el que se asienta la evolución de los seres vivos. Sin
embargo, algunos biólogos modernos, como Margulis, reniegan de esta idea,
dudando de que tan sólo esa hipótesis pueda explicar un proceso evolutivo que
ha llevado a generar la actual complejidad de los seres vivos.
De
cualquier modo, la diversidad genética sí constituye la base última de
evolución, haya o no procesos distintos a los formulados por la teoría
sintética neodarwinista para explicar la aparición de formas vivas complejas.
Los peldaños básicos de la escalera evolutiva parecen estar, por tanto, en las
pequeñas diferencias entre los organismos: diferencias dentro de las especies
que son lo suficientemente pequeñas como para permitir que los individuos se
puedan reproducir entre sí, pero lo suficientemente grandes como para suponer
grados distintos en la capacidad de sobrevivir y tener descendientes. De aquí
podemos rescatar el concepto biológico primero de especie como la unidad de
clasificación de los seres vivos formada por todos aquellos individuos que, en
condiciones naturales, sean potencialmente capaces de intercambiar y compartir
poblacionalmente la misma información genética.
Aquí
reside, también, la causa por la que los individuos de una supuesta misma
especie pueden llegar a presentar problemas en cuanto a su adscripción o
pertenencia a esa unidad homogénea y diferente de las otras especies. En
ocasiones, es difícil interpretar dónde reside el límite entre lo que podemos
definir como especies y lo que sólo serían poblaciones subespecíficas de una
misma unidad mayor. Esta situación es posible encontrarla en muchos organismos
con distribuciones amplias o disgregadas en núcleos separados.
Algunos
casos plantean situaciones más que complicadas, como veremos a continuación.
LAS MALVASÍAS AMENAZADAS POR SUS PARIENTES
Un caso de hibridación
La
Laguna Salada constituye, junto a la Chica y la Juncosa, el complejo de
humedales del Puerto de Santa María, en Cádiz. Se trata de un conjunto de
cubetas inundables características de las comarcas subbéticas y próximas a los
sistemas de Chiclana y Puerto Real y a la gran laguna aislada de Medina[33].
Este grupo de humedales posee un gran interés naturalístico por diversas
razones y, de hecho, fueron declaradas como "Reservas Naturales de las
Lagunas de Cádiz" por la Junta de Andalucía.
La
Laguna Salada es la mayor de las lagunas del Puerto de Santa María, alcanzando
su lámina máxima de agua casi las 37 hectáreas de extensión, que se ven
rodeadas de un cinturón de vegetación constituido por eneas, carrizos, juncos y
tarayes. La laguna, además de por motivos ecológicos, tiene un interés
ornitológico particular al albergar una importante población reproductora de
Malvasía Cabeciblanca, junto a otras aves amenazadas como las fochas cornudas y
las cercetas pardillas. Por todo ello ha sido incluida en el listado de zonas
húmedas de importancia internacional del Convenio de Ramsar.
La
Malvasía Cabeciblanca (Oxyura leucocephala) es un curioso pato cuya
distribución mundial se extiende desde el Mediterráneo Occidental hasta China,
con su mayor contingente localizado en Kazakstán y Turquía, donde se estima que
hay una población de unos 12.000 ejemplares de un total mundial de tan sólo
14.000, por lo que la especie se considera amenazada, habiendo sido catalogada
en la categoría de "vulnerable" a dicha escala mundial[34]
En
España, la población de malvasías es muy reducida, estimándose en la actualidad
en poco más del medio millar de ejemplares (el último censo, coordinado por la
Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía, dio como resultado 665
individuos, casi todos afincados en lagunas andaluzas). Esta población, aunque aún escasa, es el
positivo producto de una lenta recuperación desde el desastre que supusieron
los años setenta, en los que solamente se tenía constancia de la existencia de
22 ejemplares, consecuencia del intenso proceso de degradación y reducción de
su hábitat natural. La protección de las lagunas andaluzas, fundamentales para
las malvasías, así como un programa de cría en cautividad desarrollado en el
ámbito del Parque Nacional de Doñana son algunas de las claves de la
recuperación de la especie, que a pesar de todo sigue estando catalogada como
"en peligro"[35]
en nuestro país (la categoría que supone un mayor riesgo de extinción de las
oficialmente reconocidas por la Unión Mundial para la Conservación-UICN, lo que
significa que se está en la antesala de la extinción de no se adoptarse medidas
rigurosas).
En
1990, los biólogos que siguen y controlan las lagunas y sus poblaciones de
malvasía detectaron en la Laguna Salada la presencia de un individuo parecido,
pero algo diferente al resto de las malvasías cabeciblancas habituales en los
humedales del complejo lagunar. Dicho individuo fue el primer caso constatado
de híbrido entre la especie euroasiática y otra especie americana, la llamada
Malvasía Canela u Oxyura jamaicensis, alguno de cuyos ejemplares se
habían visto ya en España en 1983. Según la nomenclatura utilizada en estos
casos, los híbridos son nombrados científicamente como Oxyura jamaicensis x
leucocephala. Posteriormente se han vuelto a detectar híbridos en la laguna
del Rincón, en Córdoba, así como ejemplares de la especie americana
reproduciéndose en el embalse de El Hondo, en Alicante.
La
alarma se extendió en el equipo encargado del seguimiento de la especie
española, pues la hibridación podía poner en gran riesgo la supervivencia de la
población ibérica, máxime cuando se descubrió que no sólo los cruzamientos
entre ejemplares americanos y europeos eran viables, sino que, además, los
híbridos también eran fértiles, por lo que pueden aparecer individuos de una
segunda generación híbrida, debido a cruces entre los híbridos de primera
generación entre sí o con ejemplares de cualquiera de los parentales. Por otra
parte, la especie americana resulta ser más dominante en cuanto a la
transmisión de sus características diferenciales. Por todo ello, se inició un
proceso de identificación y caza selectiva de los ejemplares de Malvasía Canela
y de los híbridos con el fin de erradicar dicho peligro.
¿De
dónde provienen los ejemplares de Malvasía Canela aparecidos en el sur de
España?
Ya
hace algún tiempo, en varios puntos de Europa se detectaron ejemplares de esta
especie americana que se distribuye de
forma natural desde el Canadá hasta la Tierra del Fuego (sólo en Estados Unidos
se estimaron en los setenta unos 600.000 ejemplares reproductores). En la
especie americana se reconocen tres subespecies: Oxyura jamaicensis
jamaicensis; Oxyura jamaicensis andina y Oxyura jamaicensis
ferruginea (en el caso de las subespecies se añade un tercer nombre al
binomio latino). La razón de la presencia improbable de ejemplares americanos
en Europa hay que buscarla en que en los años cincuenta, Gran Bretaña introdujo
algunos ejemplares de una de las subespecies norteamericanas de malvasía (Oxyura
jamaicensis jamaicensis) en el país, algunos de los cuales se escaparon y
otros fueron liberados. Hacia finales de la década de los ochenta se estimó
que, sólo en Gran Bretaña, la población escapada y asilvestrada alcanzaba los
2.400 individuos. Paralelamente, se han ido encontrando ejemplares divagantes
expandiéndose por un amplio territorio que va desde Marruecos hasta Finlandia.
Una vez más, una especie introducida escapaba del control humano y comenzaba a
causar problemas ecológicos. Hay que recordar que la introducción de especie
exóticas es considerada como uno de los procesos que más han contribuido a la
extinción de otras especies en el mundo, de forma que para algunos expertos
constituye ya la segunda causa de pérdida de biodiversidad mundial, tras la
destrucción y fragmentación de los ecosistemas que constituyen los hábitats de
las especies.
La
Malvasía Canela (la americana) ha mostrado una capacidad adaptativa muy alta en
Europa, al punto de empezar a poner en riesgo algunas de las poblaciones
autóctonas (ya previamente amenazadas por otras actuaciones humanas) como la
ibérica de Malvasías Cabeciblancas. Sin embargo, en relación con nuestro
interés respecto a la definición de especie, viene a cuento la historia por
tratarse de una situación en la que resulta posible el cruzamiento fértil entre
las dos especies en condiciones naturales (aunque motivadas por el hombre).
Ambas especies son perfectamente distinguibles entre sí, como recogen algunos
trabajos publicados por los biólogos responsables del Plan de Cría en
Cautividad, Carlos Urdiales y Pablo Pereira[36],
con el fin de facilitar la diferenciación selectiva en el campo; incluso,
manifiestan comportamientos diferentes, por ejemplo en el display de
cortejo o conjunto de manifestaciones que preceden a la cópula en los machos.
De no mediar la actuación humana, las dos especies, suficientemente aisladas
por el Atlántico, proseguirían su diferenciación genética y sus vidas
separadas, no siendo posible el cruzamiento entre ellas. Por otra parte, es
evidente que se trata de dos formas genéticamente próximas, aunque los
ornitólogos encuentren suficientes diferencias anatómicas. etológicas y
ecológicas como para mantenerlas asignadas a especies distintas (no obstante,
algunos zoólogos han propuesto su inclusión en lo que se denomina una superespecie).
Sin duda, este caso, como otros, nos vuelve a dejar inermes ante la difícil
frontera necesaria para la delimitación precisa del concepto de especie
biológica.
(Por
cierto, ya en 1996, la Junta de Andalucía anunció que se habían eliminado todos
los ejemplares detectados en territorio español, aunque aún parecen quedar
algunos en el sur de Portugal y el norte de Africa).
¿MULAS
FÉRTILES?
Más sobre
hibridación
Casi
todo el mundo sabe que las mulas y los mulos son animales estériles. Casi todos
sabemos que para obtener uno de estos animales es preciso cruzar un burro con
una yegua o un caballo con una burra. Se trata de una hibridación entre dos
especies, por lo que esperamos que no sea posible la hibridación fértil. Aquí
sí estamos en lo cierto: la definición de especie como grupo aislado de
reproducción funciona como predecimos. Sin embargo, hemos de recordar que las
especies son entidades dinámicas; es decir: pueden cambiar y evolucionar (y, de
hecho, lo hacen). El cambio procede siempre, en última instancia, de algún tipo
de mutación, creciendo así la variabilidad genética dentro de la especie. La
evolución se producirá por la variación en el tiempo de las características
genéticas globales de las poblaciones, guiadas, según Darwin, por la selección
natural (aunque no sea éste el único fenómeno que pueda intervenir). Algunos
individuos sobreviven mejor y tienen más descendencia viable que otros con el
consiguiente mayor influjo genético sobre la posteridad, lo que se ha querido
significar mediante el término de "eficacia biológica" (una
posible traducción del "fitness" inglés) como medida de la
repercusión de la herencia genética de un individuo en las generaciones
siguientes. Debido a todo ello, encontraremos diversas situaciones intermedias
entre lo que podrían ser los extremos constituidos por dos poblaciones genéticamente
similares, de un lado, y dos especies completamente aisladas, del otro.
En
el caso de los burros y los caballos, se trata de dos especies próximas y con
una importante relación filogenética, por lo que aún conservan suficientes
semejanzas genéticas como para poder llevar a cabo con éxito la primera fase
del proceso de formación de una cría híbrida. Sin embargo, son también lo
suficientemente distintas como para que esa cría tenga problemas en su edad
adulta con sus células reproductoras, que resultan ser incapaces de llevar a
cabo la meiosis o división reductora (el proceso por el que la doble dotación
cromosómica se reduce a la mitad con el fin de ser complementada con la otra
mitad procedente del otro miembro de la pareja reproductora). Debido a esto,
los mulos y mulas son estériles y ahí acaba toda la aventura de la hibridación:
si el ganadero desea volver a tener mulos tiene que volver a recurrir a las
especies originales. Caballos y burros, aunque modificados desde especies
silvestres por la selección artificial humana, se comportan adecuadamente al
concepto genético de especie.
Sin
embargo, como hemos visto en el anterior caso de las malvasías, no todas las
especies se comportan tan responsablemente para con los conceptos acuñados por
los biólogos, de forma que incluso
encontraremos situaciones en las que la hibridación de lo que son
reconocidamente especies distintas es capaz de iniciar sorprendentemente una
nueva estirpe híbrida que resulta viable y algo diferente a las estirpes o
especies ancestrales. Esto ocurre en algunos animales, pero resulta mucho más
frecuente entre las plantas, en las que los límites del concepto de especie
resultan a menudo más borrosas que en aquéllos. Estos casos de hibridación
excepcional nos quieren decir que las especies parentales estaban lo bastante
emparentadas evolutivamente como para que el mecanismo de especiación del que
proceden no se haya consumado completamente, alcanzando el aislamiento genético
absoluto.
En
el caso de las plantas, el asunto se complica debido a la viabilidad de muchos
mecanismos cromosómicos, generalmente letales entre los animales, pero que en
aquellas deben haber supuesto una parte importante de sus procesos de
especiación y diversificación. Uno de ellos es la poliploidía.
La
poliploidía significa que cualquier célula normal (no reproductora) del
organismo no posee dos dotaciones cromosómicas como sucede en los organismos
"normales" o diploides (en los que una dotación se hereda del
padre y la otra de la madre), sino que se tienen tres, cuatro o más dotaciones
en cada célula normal del cuerpo. Esto se puede producir cuando, por algún
error, se fusionan células reproductoras que no han sufrido la reducción
meiótica en sus dotaciones cromosómicas y originan por ello un huevo o zigoto
(y, de él, un nuevo organismo) que será "poliploide". En
animales, de darse este proceso, suele conllevar la inviabilidad del nuevo
organismo, con lo que se acaba el experimento, pero muchas plantas poliploides
sí resultan ser viables, por lo que se puede producir a través de este
mecanismo (y de forma instantánea) una nueva especie. De hecho, casi la mitad
de las plantas con flores (que se agrupan en el Phyllum Angispermatófitos
en la clasificación de los Cinco Reinos[37],
o en la antigua Subdivisón Angiospermas de anteriores clasificaciones
botánicas), resultan ser poliploides. Aunque la mayoría tienen dotaciones
cromosómicas pares (cuatro, seis, ocho,..), algunas especies llegan a poseer
dotaciones impares, en cuyo caso se hace imposible la reproducción sexual, pues
es matemáticamente imposible distribuir equitativamente entre dos células
gaméticas un número impar de cromosomas. No obstante, estas especies pueden
perdurar mediante sistemas de reproducción asexual, como ocurre con muchas
razas cultivadas de caña de azúcar, patatas o plátanos.
Aún
más lejos va el caso de la llamada alopoliploidía, un proceso en el que
se dan, a la par, la multiplicación de las dotaciones cromosómicas y la
hibridación entre estirpes genéticas diferentes.
Con
la existencia de estos procesos, la naturaleza consigue complicarle la tarea al
taxónomo, al que le resulta mucho más difícil la definición de fronteras
genéticas entre las estirpes reproductoras, el establecimiento de los niveles
taxonómicos de especies, subespecies y variedades, y el seguimiento evolutivo
de las plantas. Pero esa alta capacidad de diferenciación y diversificación
genética que manifiestan muchas plantas ha representado, evolutivamente, una
baza muy favorable para ellas, al permitir una adaptabilidad muy alta a los
ambientes, utilizando en ocasiones la vía rápida de la modificación genética y
alcanzando un rápido y eficaz incremento de su biodiversidad. Tal vez el hecho
de que las plantas sean seres individualmente inmóviles haya propiciado el que
la plasticidad genética fuera selectivamente beneficiada frente a lo que
ocurrió en organismos móviles como los animales, que siempre han podido
recurrir al movimiento para su readaptación ambiental.
Sin
embargo, veremos que también las plantas se ven acosadas por un doble frente
resultante de la contraposición de ventajas e inconvenientes entre las formas de generación rápida de copias
genéticas muy similares o idénticas (procesos de endogamia, reproducción
asexual, etc.) y los más lentos mecanismos de formación de nuevos especímenes
en los que se intercambia la información genética (reproducción sexual entre
individuos).
ENAMORÁNDOSE
EN SAN ANDRÉS DE TEIXIDO
Nuevas
fuentes de diversidad.
A
San Andres de Teixido
vai
do morto
o
que non foi de vivo
La
premonición de San Andrés de Teixido alude a la importancia que los devotos dan
a la peregrinación a este pequeño santuario. San Andrés de Teixido (unas
decenas de casas alrededor de una iglesia del siglo XVII-XVIII) aparece ligado
permanentemente a la larga historia de su santuario del que, al parecer, ya se
encuentran noticias en el siglo XII. La aldea se ubica en el desplome de una
ladera acantilada, escorada sobre el labio hundido de la falla que desgaja un
trozo de la Serra da Capelada y la acerca al mar Atlántico, frecuentemente
violento por estas tierras. Se trata de uno de esos lugares mágicos que forman
parte de la esencia de la cultura gallega. La tradición aquí toma la forma de
una peregrinación en romería que se produce varias veces al año, aunque la más
importante tiene lugar el 8 de septiembre. A ella es a la que se refiere la
rima, congregando a los que prefieren no tener que ir de muerto, sino bien
vivos, mientras quizás llegan por las noches los que no cumplieron su cita en
vida. Los romeros prenden de sus ropas ramitas de tejo en homenaje a esta
planta mitológica para muchos pueblos del norte de la Península, la misma que
da nombre al santuario.
Unas
pequeñas matas abundantes junto al acantilado, donde forman suaves almohadones
vegetales, encuentran también su hueco dentro de la simbología popular: se
trata de la "herba namoradeira", una planta frecuente en este
tipo de hábitat costero, pero que alcanza aquí la facultad de integrarse en una
romería. La hierba de enamorar forma mullidas praderas que se prestan al
retozo místico o carnal (según las preferencias de cada cual), de donde toma su
calificativo popular, que para otros menos románticos se convierte en "preñadoira".
Es una especie bien conocida por los botánicos, quienes, menos dados a la
poética, la conocen como Armeria maritima.
Las
armerias son plantas bastante fáciles de reconocer para un no experto:
se trata de plantitas dotadas de una característica inflorescencia redondeada y
solitaria, erguida al final de un tallo sin hojas. Esta inflorescencia (que es
la agrupación de pequeñas flores individuales) posee un aspecto más o menos
cilíndrico y es conocida en botánica como "glomérulo". De ella
-y ésa es la característica inconfundible del género- sale una pequeña funda
membranosa que recubre unos pocos centímetros del tallo áfilo, aunque sin
alcanzar el suelo.
El
género Armeria engloba un número todavía no precisado de especies en
todo el mundo, pero que no parece superar el centenar. Gonzalo Nieto Feliner,
subdirector del Real Jardín Botánico de Madrid y coeditor de la monumental obra
del proyecto "Flora Iberica" que trata por primera vez de
describir el conjunto de la flora vascular de la Península Ibérica e Islas
Baleares, ha reconocido, en su revisión de este género, 52 especies ibéricas,
además de un par de decenas de subespecies. Estos datos situarían a la Península
Ibérica como el territorio más rico del mundo en especies de este género.
Además, parece que el espacio ibérico resulta estar en el centro de la
distribución mundial de especies de armerias, de forma que la diversidad de
éstas se ve crecientemente reducida según se aleja uno de la Península en
cualquier dirección. Así, el 90% de las especies ibéricas de Armeria son
endémicas de nuestro territorio, es decir, no existen en ninguna otra parte del
mundo.
¿A
qué puede ser debida esa amplia diversidad de especies de este género en España?
Gonzalo
Nieto se ha formulado esta misma pregunta y ha tratado de encontrar una
respuesta aceptable. De su investigación, conocimiento y reflexión ha salido la
siguiente hipótesis aportada para explicar el caso, la misma que nos servirá a
nosotros para exponer algunos otros mecanismos que inciden en el incremento de
la biodiversidad mundial.
uando
se estudian las "armerias" se observa que son plantas algo
especiales en cuanto a su reproducción. En casi todas las plantas existen
mecanismos que tratan de evitar que se produzca la autofecundación. Esto quiere
decir que se trata de evitar que las partes femeninas de la flor sean
fecundadas por el polen de la parte masculina de esa misma flor, lo que
representaría un incremento de la endogamia con posible aparición de problemas
de viabilidad en los descendientes. La endogamia en las plantas puede ser
estricta, es decir, autofecundación del mismo individuo, pero en otros
organismos (incluida la especie humana) significa más bien la reproducción
limitada a los miembros de un estrecho círculo familiar. Contra ella existen
también mecanismos en muchos animales y en el caso de los humanos es posible
que estén detrás del extendido tabú del incesto que comparten la mayoría de las
culturas humanas. La razón de esta prevención biológica contra la endogamia es
que ésta favorece la homocigosis (el hecho de que las dos dotaciones
cromosómicas tengan, para un determinado gen, la misma variante), al limitarse
la variabilidad genética a la existente en la familia. La homocigosis puede a
su vez favorecer la aparición de expresiones letales o deletéreas de los genes recesivos
que se mantienen en frecuencias bajas dentro de las poblaciones sin llegar a
ser eliminados, debido a que en heterocigosis (cuando uno de los cromosomas
lleva una variante del gen y el otro otra) no se manifiestan.
Volviendo
a nuestras plantas, el mecanismo que estas especies desarrollan para evitar la
autofecundación estriba en la autoincompatibilidad entre el polen y el estigma,
que es la porción más exterior de la parte femenina de la flor, allí donde se
ha de fijar el grano de polen para que luego descienda su núcleo por el tubo
polínico hasta fusionarse con el óvulo femenino. De esta forma, encontramos dos
tipos de individuos-planta en la especie, lo que determina que sólo sean
posibles los cruces entre el polen de uno de estos tipos y el estigma del otro,
o viceversa. Naturalmente, este mecanismo reduce las posibilidades de
reproducción, pues no sólo evita la autofecundación, sino también la
reproducción de un individuo con la mitad de sus congéneres, que pertenecerán
al mismo tipo.
Sin
embargo, se ha comprobado que este mecanismo no funciona apenas en las
poblaciones que ocupan un área de distribución llamémosle periférica o alejada
del núcleo de alta diversidad del género, constituido por la Península Ibérica.
Esto se ha interpretado como un mecanismo que favorece la supervivencia de
aquellos individuos más aislados, que ejercen de colonizadores de nuevos
territorio para la especie. En esa situación, la reducción de la
incompatibilidad para reproducirse con la mitad de la especie representa, sin
duda, una ventaja adaptativa. Es algo así como si a los individuos "robinsones"
aislados del resto de la especie se les permitiera una forma de reproducción
imposible para el resto de la especie (tal vez en sus aisladas islas, tales
robinsones deban agradecer la excepción). Ahora bien, lo que propone Gonzalo
Nieto es que, en el caso de la Península Ibérica, el proceso de diversificación
genética en especies se ha producido mediante una "hibridación de
carácter introgresivo". Según esta hipótesis, aquellas poblaciones
marginales o reducidas de una especie determinada de Armeria habrían
sido capaces de cruzarse con ejemplares de otra especie y los híbridos
resultantes habrían continuado mezclándose con ejemplares de una de las
especies iniciales a través de un proceso que los genetistas denominan "retrocruzamiento",
con lo que la nueva estirpe progresaría evolutivamente pareciéndose
paulatinamente más a uno de sus ancestros. Este proceso, seguido del
aislamiento genético de algunas de las poblaciones, bien pudiera explicar para
este investigador del Jardín Botánico de Madrid la alta tasa de especiación que
el género ha alcanzado en la Península Ibérica. Se trata de una hipótesis
explicativa con una buena argumentación experimental que puede o no verse
reforzada por posteriores trabajos, pero constituye, a buen seguro, una
razonable explicación de la alta diversidad de las especies ibéricas de Armeria
y, para nosotros, un útil ejemplo de un proceso potencialmente multiplicador de
la diversidad de especies en el Reino Vegetal.
LOS BIBLIOTECARIOS DE ALEJANDRÍA
La aplicación de la definición de especie
El
presidente de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia y profesor
de la Universidad de California, el genetista de origen español Francisco J.
Ayala, ha escrito en un reciente libro de divulgación que "la noción de
especie está expresada en la siguiente definición: Las especies constan de
grupos de individuos que son capaces de cruzarse entre sí, pero no con
individuos perteneciente a otros grupos"[38].
Si
analizamos este tipo de definición veremos que nos plantea dos problemas
principales cuando tratamos de aplicarlo: el primero se no presentará en
aquellos casos en los que es posible la reproducción entre individuos
procedentes de lo que serían dos especies evolutivamente próximas. En esta
situación podemos encontrar casos que nos resultarán más fáciles de solucionar,
ya que en ellas sólo es posible el cruzamiento y la primera generación híbrida,
pues los ejemplares resultantes son estériles: es el caso ya comentado de las
mulas. Sin embargo, también hay casos, como el de las malvasías o las armerias,
en los que la aplicación de un criterio rígidamente genético nos llevaría a
tener que reconocer una sola especie, aunque con diferencias intraespecíficas marcadas,
en contra de la opinión que sostiene la mayoría de los taxónomos especialistas
en el grupo, basado en la constatación de otras numerosas diferencias
justificativas de la separación en dos especies.
Un
segundo tipo de problemas proviene de la condición potencial que nos impone la
definición; una condición que no siempre puede ser constatable (y a menudo no
lo es): ¿cómo saber si dos individuos procedentes de sendas poblaciones de una
posible misma especie, ubicadas en dos lugares distantes, serían o no capaces
de reproducirse entre sí?. La situación de juntarlos artificialmente puede
implicar el suficiente grado de artificialidad como para considerar que no se
corresponde con lo que ocurriría en la naturaleza. Por otra parte, no es
posible saber si lo que tiene lugar en unas circunstancias excepcionales se
mantendrá en otras distintas. Individuos de especies claramente diferentes
tratan de copular a veces cuando se encuentran encerradas juntas y aisladas de
congéneres de su propia especie. De esas cópulas se puede o no originar
descendencia y, ésta, a su vez, ser o no fértil. Pero en condiciones naturales,
integrados en poblaciones suficientemente amplias, no es fácil esperar estos
mismos comportamientos. Incluso en el caso de las malvasías canelas, los hechos
comentados de hibridación pudieran ser debido al aislamiento de los individuos
americanos en un país en el que sólo encuentran ejemplares parecidos (las
malvasía cabeciblancas) pero no iguales: ¿tratarían de reproducirse las
malvasías americanas con las malvasías cabeciblancas si éstas llegaran hasta
los ecosistemas americanos, donde las canelas son abundantes? No sabemos cuánto
de la excepcionalidad del caso determina el comportamiento de los patos introducidos.
¿Cómo interpretar los diferentes sistemas reproductores de los individuos de
una misma especie de armeria según pertenezcan a poblaciones periféricas o
centrales?, ¿de qué manera explicar las bulas reproductoras otorgadas a los
"robinsones" aislados y de qué forma agrupar a aquellas
especies que hibridan introgresivamente?
Se
conocen también muchos casos de especies que comprenden poblaciones
genéticamente aisladas entre sí, de forma que nunca intercambian genes. Esta situación parece favorecer una posterior
especiación o formación de especies distintas, debido a que permite la
evolución diferente de los dos grupos en sus respectivos ambientes. Ahora bien,
¿en qué momento de ese proceso temporal continuo podemos considerar que se ha
conseguido la separación de las poblaciones en especies? Resolver ese enigma y
los anteriores en una forma plenamente satisfactoria resulta francamente
difícil, si no imposible, como lo es discriminar en un gradiente continuo un
punto de ruptura.
Pero
tampoco es factible establecer una frontera clara para aquellos casos en los
que la variación genética gradual se superpone a la distribución geográfica de
la especie, de forma que las poblaciones pueden permanecer aisladas
genéticamente y las formas o los comportamientos de sus individuos variar de
una forma gradual, casi imperceptible. En ese caso, la reproducción puede ser
posible entre individuos procedentes de las poblaciones más cercanas entre sí
(cuando llegan a coincidir en un mismo lugar o son artificialmente juntadas),
pero resultar imposible entre individuos procedentes de las poblaciones más
alejadas. De todas formas, podría darse una lenta y reducida transmisión de
genes a lo largo de todo el espectro por medio de las poblaciones intermedias,
o no, pero los individuos de las poblaciones de los extremos, al ser incapaces
de cruzarse entre sí en el caso de coincidir, deberían ser agrupados en
especies distintas cuyo límite es borroso e imposible de trazar en un mapa: ¿un
absurdo?
Los
anteriores ejemplos que hemos revisado no son más que algunos de los casos
posibles de diversidad genética en procesos que, frecuentemente, conducen hasta
la especiación de las poblaciones desde una o unas pocas especies originales.
La imposición de fronteras en estos casos resulta una tarea más bien
complicada. Por eso, estas situaciones (que no son sino constataciones de cómo actúan
los mecanismos de la evolución) dificultan la aplicación práctica del concepto
de especie, a la par que refuerzan la transcendencia evolutiva del mismo. Lo
que adquiere valor, por un lado, pierde utilidad por el otro. Encontraremos
soluciones posibles al interpretarlos como procesos inacabados en la formación
de especies (que pueden o no terminar de materializarse), pero eso no nos
resuelve el problema práctico y concreto de la clasificación en este momento.
En el caso aludido de la variación continua de poblaciones, la evolución de la
situación en diferentes sentidos (como
la diferenciación genética definitiva de las poblaciones extremas, el
mantenimiento de la especie original o la atomización en distintas especies
descendientes), probablemente dependerá de la frecuencia de los intercambios
genéticos indirectos en el complejo esquema geográfico de las poblaciones
aludidas. Mientras tanto, los taxónomos no tendrán más remedio que acordar un
mismo criterio de nomenclatura y clasificación para poder hacer su trabajo.
Por
eso, en la práctica coexisten distintos conceptos de especie biológica. En el
amplio trabajo titulado "Evaluación de la Biodiversidad Global[39]"
se recogen hasta siete de tales ideas. Veremos, simplificadamente, su
fundamento.
El
primer concepto, muy práctico y utilizado en Taxonomía, se puede denominar como
"morfológico". Considera a las especies como "las
poblaciones naturales más pequeñas permanentemente separadas de cualquier otra
por una discontinuidad distintiva en las series de biotipos". Se basa,
pues, en apreciaciones morfológicas o perceptibles, delimitadas por los
taxónomos, así como en la idea de aislamiento.
Una
segunda idea de especie procede de dos de los proponentes de la teoría
sintética de la evolución, el genetista Dobzhansky y el zoólogo Mayr. Según
ellos, la especie biológica sería "un grupo de poblaciones naturales
reproductoras que no son capaces de aparearse satisfactoriamente con otros de
tales grupos". Mayr añadió más tarde a esta definición la coletilla
"y que ocupan un nicho específico en la naturaleza".
tro
concepto, debido a Paterson y Vrba, y conocido como "de reconocimiento
de especie", la entiende como "un grupo de organismos que
reconoce a cada uno de los otros para los propósitos de apareamiento y
fertilización".
A
Templeton se debe la definición conocida como "de cohesión de especie";
dice que ésta es "el grupo más pequeño de individuos cohesivos que
muestran mecanismos de cohesión intrínseca".
Un
quinto tipo es considerado el "concepto ecológico" de especie
y ha sido explicado por Van Valen como "un linaje que ocupa una zona
adaptativa diferente en algún sentido de cualquier otro linaje en su rango y
que evoluciona separadamente de todos los otros linajes fuera de ese rango".
El
concepto de especie debido a Simpson y recogido por Wiley, dice: "un
linaje simple de poblaciones ancestros-descendientes que es distinto a
cualquier otro linaje, poseyendo sus propias tendencias evolutivas y destino
histórico".
Finalmente,
un concepto filogenético utilizado por diversos autores como Rosen, Eldredge,
Cracraft y otros, define la especie como "el grupo más pequeño de
organismos que es diagnosticablemente distinto a otro de tales grupos y dentro
del cual hay un modelo parental de ancestros y descendientes".
Tras
tamaño despliegue de definiciones, no nos ha de caber duda de lo plural,
complejo y difícil que resulta la idea (sin embargo, clave) de especie en
biología.
Pero
no se reduce el problema a ese nivel, incluso el concepto que hemos utilizado
frecuentemente de "población" (y que en ocasiones sirve para
sustentar al de especie) resulta difícil de concretar y aplicar. De hecho,
desde una vertiente práctica se ha tratado de definirlo con el fin de
utilizarlo en técnicas de conteo y censo de vertebrados como "un
agregado de individuos delimitado arbitrariamente en el tiempo y en el espacio"[40],
lo que es poco menos que tirar la toalla.
La
idea de especie requiere de adaptaciones para casi cada grupo de organismos
vivos, particularmente en los casos en los que el proceso de reproducción
dominante no es parecido al nuestro, sino que, como en las bacterias, el
intercambio genético se da, pero no va necesariamente ligado al proceso de
reproducción o división celular.
Hemos
de admitir que, a veces, las diferencias genéticas hacen difícil situar el
listón en un punto concreto de la variación continua y compleja de las
poblaciones silvestres, o que los comportamientos ecológicos y evolutivos
resultan poco clarificadores para tomar decisiones, por lo que poner la mano en
el fuego por una postura puede conllevar un alto riesgo de quemadura. En este
sentido, podemos encontrar todos los casos posibles e intermedios; entonces
será la tendencia prevalente (hacia la recuperación de la uniformidad genética
de las poblaciones fragmentadas o hacia su definitiva e irreversible
disgregación y alejamiento) la que determinará la definitiva aparición o no de
especies distintas.
En
el fondo de todo se oculta también el problema que subyace a toda clasificación
que pretende tratar con entidades dotadas de variabilidad interna (y a la que
se añade la dependencia de ambientes sometidos, a su vez, a procesos de
modificación temporal e imprevisibilidad). No es poca, pues, la dificultad para
llegar a conclusiones satisfactorias a partir de la frecuentemente escasa
información de que disponen los taxónomos para decidir sobre una especie a
clasificar; de ahí las nada raras situaciones en las que existe disparidad de
criterios sobre las clasificaciones de los seres vivos; y ello a pesar de la
existencia de cuatro Códigos o Comités Internacionales que se reúnen
periódicamente para avalar los mecanismos, procesos y normas de la nomenclatura
científica, relativos a zoología, botánica, bacterias y virus, además de un
quinto relativo a la nomenclatura de las plantas cultivadas.
Realmente,
lo que ocurre en la práctica es que la concreción y consiguiente aplicación del
concepto de "especie biológica" queda en manos de los biólogos
sistemáticos y taxónomos expertos en cada grupos de organismos, de forma que
coexisten distintas aplicaciones e ideas en la construcción de la gran
clasificación general de los seres vivos.
Y,
de repente, en los últimos años, la tarea les crece a los taxónomos y
biosistemáticos sin parar. Por un lado, las estimaciones sobre el número de
especies existentes multiplican sus cifras; por el otro, se trabaja con el
agobio de constatar que la diversidad de la vida se está viendo sometida a un
proceso intenso de erosión y reducción debido a múltiples causas humanas, de
forma que podemos estar perdiendo, según algunos científicos, hasta entre 50 y
100.000 especies cada año.
Según
estas valoraciones, podemos sospechar que la velocidad de descripción de nuevas
especies puede estar siendo considerablemente menor que la de su desaparición
antes de haber sido siquiera nombradas. En ese sentido, la tarea trágica de los
sistemáticos y taxónomos se empieza a parecer a la de unos desesperados
bibliotecarios de Alejandría que tuvieran que hacer las fichas de los libros
mientras el fuego va devorando velozmente los extensos anaqueles del edificio.
_
¿CUÁNTAS ESPECIES?
LOS VECINOS
¿Con cuántas especies compartimos el Planeta?
Como
vimos antes, hoy contamos con un registro de poco más de un millón y medio de
especies. Sin embargo, aún no hay acuerdo acerca de la cantidad total de
trabajo que le queda a la taxonomía para completar ese listado. Las
estimaciones realizadas sobre el número total de especies que nos acompañan en el planeta
ofrecen datos, cuando menos, confusos. Las cifras que se han aventurado
utilizando distintas formas de abordar la cuestión son, de cualquier modo,
exorbitantes, pero el grado de diferencia es abultado: van desde los 3 hasta
los 100 millones de especies totales. ¡Toda una horquilla de estimación!
Averiguar
el número de especies que esperan a ser descritas sólo puede realizarse (y así
se hace) utilizando técnicas indirectas de cálculo. La imprecisión de estos
métodos, junto a la amplitud de la tarea, hace que las estimaciones obtenidas
sean muy diferentes, provocando animadas polémicas científicas entre unos y
otros sistemas de estimación y, por tanto, entre unos y otros investigadores.
¿Cómo
funcionan estos métodos? ¿En qué se basan? ¿Son fiables? ¿Son homogéneos?
Realmente
podríamos hacernos muchas preguntas sobre el tema. Vayamos, pues, por partes.
La
estimación total del número de especies existentes (conocidas y desconocidas)
exige, sobre todo, un cálculo aceptablemente fiable en el caso de los grupos de
organismos más abundantes. Las disparidades en el número estimado de especies
de insectos, nemátodos u hongos, por ejemplo, son las que van a determinar la
mayor parte de las diferencias entre los resultados globales obtenidos. En el
caso de las bacterias y otros grupos para los que el concepto de especie no es
igual que para el resto, es preciso además aplicar criterios taxonómicos o de
clasificación algo diferentes, aunque aquí los seguiremos interpretando como
asimilados a la idea de especies utilizada en los otros grupos.
Anteriormente
vimos una estimación del número de especies descritas debida al entomólogo Ed
Wilson. Después de ésta se han llevado a cabo otros varios trabajos de
recopilación, ya que, como sabemos, incluso la estimación de las especies
descritas resulta un ejercicio difícil de realizar. Dado que muchas
estimaciones sobre las especies totales se basan o utilizan datos de las ya
descritas, volveremos a revisar brevemente esta cuestión.
Una
lista reciente sobre el número de especies descritas en cada uno de los tipos
principales de organismos aparece recogida por el Centro de Seguimiento para la
Conservación Mundial (WCMC), en 1992, quien la obtuvo realizando consultas con
expertos en cada grupo. El listado ofrece el siguiente aspecto:
|
Virus |
5.000 |
|
Bacterias |
4.000 |
|
Hongos |
70.000 |
|
Protozoos |
40.000 |
|
Algas |
40.000 |
|
Fanerógamas
(Plantas superiores) |
250.000 |
|
Vertebrados |
45.000 |
|
Nemátodos |
15.000 |
|
Moluscos |
70.000 |
|
Crustáceos |
40.000 |
|
Arácnidos |
75.000 |
|
Insectos |
950.000 |
Estas
listas no pueden ser usadas para obtener directamente una estimación del total
multiplicando por algún factor el número de cada una. La razón de esta
imposibilidad radica en que los datos responden a un grado de conocimiento que,
se sabe, es muy diferente en cada uno de los grupos. Así, por ejemplo, de los
dos grupos más numerosos recogidos en la tabla, muchos especialistas estiman
que, en un caso (el de las plantas superiores), el número de especies realmente
existentes podría alcanzar, a lo sumo, el doble de las especies conocidas,
mientras que en el de los insectos hay estimaciones totales que llegan a
multiplicar hasta por 50 y más el número de las conocidas, y ninguna desciende
de considerar triplicable el número de las actualmente descritas.
De
entre los grupos de organismos aparecidos en la tabla, los que según la mayor
parte de los taxónomos tienen mayores posibilidades de alcanzar los números más
elevados son, por este orden, los insectos (con estimaciones que los sitúan
entre 3 y 100 millones), los hongos (entre 1 y 1,5 millones, ó aún más), los
arácnidos (de 750.000 a un millón), los nemátodos (de medio millón a un millón,
o más), las bacterias (entre el medio millón y varios millones de tipos
asimilables a especies), las fanerógamas (entre 300.000 y el medio millón) y
las algas (entre unas 200.000 y varios millones).
Ante
esta situación, algunos autores han dirigido su atención hacia el ritmo de
descripción de especies en cada grupo, pensando que pudiera estar relacionado
con el número total de los que quedan por descubrir y, sirviera, por ello, para
realizar estimaciones sobre los totales. Así, por ejemplo, las tasas de
crecimiento anual en los ritmos de descripción de nuevas especies para grupos
como los nemátodos o los hongos han triplicado a las que se han producido en
los insectos, argumento que han utilizado autores como Kevin Gaston o Robert
May para ofrecer estimaciones sobre el número total de insectos más bajas que
las obtenidas por otros investigadores como Terry Erwin. La idea de que tales
ritmos de descubrimiento de especies tienen que ver con el porcentaje de lo que
queda por descubrir, ha sido muy cuestionado por otros científicos, que piensan
que, más bien, tienen que ver con la intensidad del esfuerzo investigador, los
métodos, los recursos y el número de taxónomos que trabajan en cada grupo.
De
todas formas, las tasas más altas de descripción de nuevas especies sobre el
número total conocido son las ya mencionadas de nemátodos y hongos (un
crecimiento anual promedio, para la etapa situada entre 1978 y 1987, del 2,4%),
seguidas de los crustáceos (1,74%) y los platelmintos (1,58%). Curiosamente, la
tasa de crecimiento de las descripciones de insectos (0,76%) es aún menor que
la de los vertebrados (0,82%), lo que desde luego no parece que tenga demasiada
relación con el porcentaje de especies descritas sobre el total que esperamos
en uno y otro grupo. Para tratar de afinar más estos métodos, se han elaborado
curvas sobre la "evolución" de la velocidad en la descripción
de especies, esperando que podrían estar mejor relacionados con la estimación
de lo que queda por descubrir, pero de nuevo los resultados han sido
contradictorios.
Otra
línea de investigación ha centrado los esfuerzos en tratar de establecer las
proporciones globales entre los grupos de organismos. Una vez establecidas unas
relaciones aceptables entre los números de especies de cada tipo de seres
vivos, se trata de obtener los valores absolutos de cada uno de ellos
utilizando para ello la estimación de especies en el considerado más fiable. De
esta manera, algunos autores han propuesto que por cada especie de insecto y de
planta superior debe haber, al menos, una de nemátodo, un protozoario, un virus
y una bacteria que les parasitan. Sobre estas bases y dependiendo de las
estimaciones de los grupos sobre los que se calcula, se han obtenido cifras del
total mundial de especies superiores a los cien millones.
También
se han utilizado métodos basados en una esperada relación lineal existente
entre el número de especies y cada tipo de tamaño corporal. Se ha visto que
esta relación se cumple para los organismos de talla superior al centímetro,
pero no en los menores de ese tamaño. Si suponemos que la falta de
mantenimiento de la relación lineal entre los organismos mas pequeños es sólo
debida al mayor desconocimiento taxonómico en estos organismos, obtendríamos,
de la extrapolación consiguiente, una estimación sobre el número total de
especies que May sitúa en los 10 millones.
En
la siguiente tabla, realizada a partir de los datos recopilados por el ya
citado Centro de Seguimiento de la Conservación Mundial, se reflejan alguna de
las estimaciones hechas por especialistas y basadas en las proporciones que
cada grupo representaría en el total global, tanto en relación a las especies
ya descritas (lo que implica un nivel de incertidumbre medio), como sobre el
total de lo que debería haber, partiendo para ello de una estimación prudente
de unos 12,5 millones de especies totales (grado de incertidumbre alto).
También se indica, al realizarse la estimación sobre el total, si hay un
incremento o una disminución del porcentaje que el grupo representa en relación
con lo que representaba acerca de la biodiversidad ya conocida.
|
Grupos |
porcentaje sobre las especies descritas |
porcentaje sobre las especies estimadas |
+/- |
|
Insectos |
56,4% |
64,3% |
+ |
|
Hongos |
4,2% |
8,0% |
+ |
|
Arácnidos |
4,5% |
6,0% |
+ |
|
Nemátodos |
0,9% |
4,0% |
+ |
|
Virus |
0,3% |
4,0% |
+ |
|
Bacterias |
0,2% |
3,2% |
+ |
|
Plantas
Superiores |
14,3% |
2,4% |
- |
|
Protozoarios |
2,4% |
1,6% |
- |
|
Moluscos |
4,2% |
1,6% |
- |
|
Algas |
2,4% |
1,6% |
- |
|
Crustáceos |
2,4% |
1,2% |
- |
|
otros
invertebrados |
4,0% |
1,1% |
- |
|
otros
artrópodos |
1,2% |
0,5% |
- |
|
Vertebrados |
2,7% |
0,4% |
- |
Según
estos datos, y con todas las reservas apuntadas, los grupos que estarían más
sobrerrepresentados en el conocimiento actual de la biodiversidad mundial (en
relación a lo que se cree que debe haber) son las plantas superiores y los
vertebrados, lo que era de esperar. Los menos representados serían los virus,
las bacterias, los nemátodos y los hongos. A este respecto conviene recordar
que la inclusión de los virus entre los grupos de organismos vivos es, como ya
se ha dicho, seriamente cuestionada por muchos biólogos.
LA CLAVE ESTÁ EN LOS INSECTOS
La historia de una polémica abierta
Aunque
casi todo lo relativo a la estimación de la biodiversidad mundial posee un
elevado grado de incertidumbre, existen pocas dudas acerca de que el grupo de
organismos más diverso es el de los insectos. De hecho, ya son el grupo que
alberga más especies entre las descritas (alrededor de un 60%) y se supone que
representarán al menos esa cifra entre las no descritas. De todas formas, el
dominio de los insectos no es un hecho meramente "coyuntural", pues
se trata de un grupo cuyos primeros representantes ya aparecen en el registro
fósil hace unos 350 millones de años, durante el Devónico. Esto quiere decir
que los insectos han superado diversos momentos de la historia geológica que
representaron auténticas catástrofes biológicas durante las cuales
desaparecieron muchos otros grupos de organismos a menudo dominantes en épocas
pasadas. De algún modo, el ensayo evolutivo que representa la forma "insecto"
ha logrado pervivir y diversificarse como ningún otro ensayo, con la excepción
de las bacterias (pero esta comparación tal vez no sea pertinente).
La
magnitud que alcanza la presencia de especies de insectos sobre el total de la
biodiversidad va pareja también a la cantidad de individuos que cada una de
ellas mantiene, sobre todo algunas. Los entomólogos Bert Hölldobler y Edward
Wilson, en su libro "Viaje a las hormigas", ofrecen la
siguiente estimación:
"El
entomólogo británico C. B. Williams calculó una vez que el número de insectos
vivos en la Tierra en un momento dado es de un trillón (1018). Si,
para tomar una cifra moderada, el 1 por 100 de esta multitud son hormigas, su
población total es de diez mil millones. Cada obrera pesa, por término medio,
entre 1 y 5 miligramos, según la especie. Sumadas, todas las hormigas del mundo
juntas pesan aproximadamente lo mismo que todos los seres humanos[41]"
Un
poco más adelante, ambos científicos consideran que el peso seco de todas las
hormigas de la pluvisilva amazónica del Brasil representa unas cuatro veces el
de todos los vertebrados terrestres de dicho territorio. Lógicamente, la
biomasa de todos los insectos representará un orden de magnitud mucho mayor. El
número de taxónomos especializados en los diferentes grupos de insectos es
francamente desigual: en 1992, Kevin J. Gaston, del Departamento de Entomología
del Museo Británico de Historia Natural[42], junto con Robert M. May, de la Universidad de
Oxford (quien, como vimos, se ha preocupado repetidas veces del asunto del
número de especies vivas[43]),
estimaron que hay 30 veces más taxónomos especializados en cada especie de
vertebrados tetrápodos que los que se dedican a cada una de las especie de
invertebrados. Esto explicaría, junto a otras causas, el que la tasa de
"aparición" de especies de vertebrados, con ser claramente un grupo
mejor conocido, sea aún mayor que la de los insectos.
Con
una publicación aparecida en 1982 (posteriormente completada con otro artículo
aparecido en 1988), Terry Erwin, un investigador del Departamento de Ecología
de la Institución Smithsoniana especializado en el estudio de los medios
neotropicales, revolucionó la concepción tradicional acerca del número de
especies vivientes al aplicar un nuevo sistema de estimación del total de
especies de insectos tropicales. Lo que hizo Erwin fue realizar muestreos
intensivos con su equipo en unos pocos árboles de los bosques tropicales
húmedos y desarrollar a partir de sucesivas extrapolaciones un método de
obtención del total global. Su estimación alcanzó la cifra de los treinta
millones de especies de insectos existentes tan sólo en los medios tropicales
terrestres, lo que permitiría elevar la cifra total de biodiversidad de
especies mundial hasta el tramo más alto de la horquilla que hemos estado
manejando.
Algunos
investigadores han considerado las cifras de Erwin excesivas y se han producido
varias réplicas y contrarréplicas entre defensores de unos y otros métodos (y
sus valoraciones finales), un ejemplo de las cuales aparecía a finales de 1991
en una polémica entre los ya mencionados Gaston y Erwin recogida en las páginas
de la revista Conservation Biology[44].
Pero
veamos la base del cálculo innovador realizado por el entomólogo de la
Smithsoniana.
Terry
Erwin (quien afirma que sólo él está utilizando un método científico en la
estimación del número de insectos, al ser el único susceptible de
contrastación) desarrolló su famoso cálculo de treinta millones de especies de
insectos tropicales partiendo de la base de que el problema fundamental de
anteriores valoraciones estribaba en el desconocimiento sobre los insectos que
viven en lo que se ha denominado el dosel forestal tropical, es decir, la parte
más alta de los bosques lluviosos. Todos los biólogos se muestran de acuerdo en
que los medios tropicales húmedos (las vulgarmente llamadas "selvas")
representan los medios más ricos en formas vivas terrestres. Los porcentajes
sobre la cantidad de especies albergadas sobre el total mundial pueden ser, de
todas formas, diferentes, pues varían entre una cuarta parte y más de las tres
cuartas partes (de nuevo, una alta incertidumbre), pero el consenso sobre la
increíble riqueza biológica de los bosques tropicales es unánime. Por tanto,
parecen un buen lugar en el que hacer los estudios sobre los que basar una
estimación global.
La
estadística matemática ha desarrollado métodos por los que se puede ofrecer una
buena estimación de algo (muy popular en el caso de los porcentajes de apoyos
previos en unas elecciones) mediante datos procedentes de muestreos parciales
(que han de reunir determinadas condiciones), luego convenientemente
extrapolados. Algo parecido hizo Erwin con los insectos. Dada la imposibilidad
real de contar todas las especies existentes, eligió una especie arbórea de las
muchas que existen en el medio tropical lluvioso, trabajando en un bosque de
Panamá. La especie era Luehea seemannii, conocida en Centroamérica como
Guácimo o Guácimo Colorado. Este árbol es una Tiliácea característica de los
bosques húmedos y que puede encontrarse también en tierras inundables, por lo
que suele formar parte de las floras ribereñas. Es, como muchos árboles
tropicales, una planta de porte elevado, alcanzando con cierta facilidad los 40
metros de altura.
Luego,
optó por basar su muestreo en el Orden más abundante entre los insectos: el de
los coleópteros o escarabajos. De ellos, en la zona alta o dosel de 19 árboles
encontró unas 1200 especies, de las que, tras estudiarlas, consideró que
alrededor de 160 eran especies exclusivamente ligadas a este árbol. Este paso
es importante porque inicia una secuencia de suposiciones sometidas a un grado
importante de posible error (y, mediante otros estudios similares, medible o
calculable). Por tanto, cifró en alrededor de esa cifra (160) el número de
especies de coleópteros específicas de la zona alta en un tipo medio de árbol
tropical. El fundamento de este cálculo estriba en que en los medios muy ricos
en biodiversidad, como los bosques tropicales húmedos, las relaciones estrechas
entre especies concretas de plantas e insectos tienden a extenderse,
favoreciendo el establecimiento de dependencias estrictas entre unas y otras
especies, de forma que muchas especies de insectos sólo se encuentren en
determinadas plantas y nunca en otras. Esta especificidad en las relaciones
suele convertirse en un callejón sin salida para muchas especies herbívoras que
han seguido un largo proceso de coevolución (evolución conjunta y dependiente)
respecto a una especie vegetal, si ésta termina por desaparecer. Del mismo
modo, algunas funciones vitales de las plantas dependen estrechamente del
concurso de otros organismos, como sucede con la polinización o la dispersión
de semillas, lo que representa la otra cara del proceso de dependencia de
destinos entre plantas y animales.
Volvamos
al razonamiento de Terry Erwin: suponiendo que haya, como media aceptable, unas
160 especies de coleópteros específicos de la zona más alta de cada especie
arbórea tropical, el siguiente paso será calcular cuántas especies arbóreas
pueden existir en este tipo de ecosistemas. De nuevo se trata de un paso
arriesgado por cuanto, al igual que no conocemos el número de insectos (que
pretendemos estimar), tampoco tenemos un valor exacto de los árboles
tropicales. Sin embargo, la incertidumbre en este caso es menor (es más fácil
conocer el número de plantas, sobre todo de árboles, que el de insectos), por
lo que el cálculo tiene sentido. La riqueza vegetal de los países tropicales es
muy alta: un pequeño país centroamericano como Costa Rica, con tan sólo 51.100
kilómetros cuadrados (una décima parte de España), contiene más de 10.000
especies de plantas superiores[45]
(más que toda España) y sólo en un bosque húmedo del país, como el de
Corcovado, se calcula que hay, al menos, quinientas especies de árboles
diferentes[46].
Además, la estimación del total de plantas superiores de la flora neotropical
ha ido creciendo también con el tiempo, mientras que en 1964 se estimaron unas
25.000, en 1976, Peter Raven, del Jardín Botánico de Missouri, elevó la cifra
hasta las 90.000, cifra coincidente con las estimaciones del malogrado Al
Gentry[47]
(85.000); mientras que en 1985, V.M. Toledo llegó hasta las 120.000 en un
trabajo realizado para Conservancy International.
Terry
Erwin utilizó para sus cálculos la cifra de 50.000 especies de árboles
tropicales.
Quedaría
por estimar, a partir del número medio de coleópteros específicos de las zonas
altas de cada especie arbórea, el total de los insectos presentes en el
conjunto de los árboles. Se trata, pues de dos pasos, cada una de ellos con su
grado de incertidumbre y consiguiente error potencial.
Erwin
calculó que los coleópteros constituyen un 40 por ciento del total de los
insectos. Esta cifra corresponde a la que representan entre los insectos ya
descritos, ya que se han calculado entre 290.000 y 370.000 las especies de coleópteros
identificadas sobre un total de entre 750.000 y 900.000 insectos descritos, lo
que viene a representar ese porcentaje del 40 por ciento. Así, las 160 especies
de escarabajos que habitan las copas de los Guácimos panameños estudiados por
Erwin, deberían compartir su hábitat con 240 especies de otros insectos también
exclusivos de las partes altas de esos árboles, hasta completar las 400
especies de insectos cuyo único hábitat serían las copas de los Guácimos
Colorados. Por otra parte, el investigador de la Smithsoniana consideró que la
fauna entomológica de las copas por él analizadas representaría unos dos
tercios del total de las especies de insectos que deben vivir ligadas al
conjunto del árbol (copa y otras partes), por lo que el total de especies de
insectos dependientes del Guácimo y
(considerando a estos árboles como especies representativas del resto)
de cada una de las 50.000 especies arbóreas tropicales, alcanzaría las 600.
Finalmente, al multiplicar el número estimado de especies de árboles tropicales
por el número de especies de insectos ligados a cada una de ellas, se obtendría
la famosa cifra de 30 millones de especies de insectos tropicales.
Es
cierto que cada escalón del cálculo implica un importante grado de
incertidumbre y potencial error, por lo que la cifra final puede variar
considerablemente con pequeños cambios en las estimaciones utilizadas en cada
paso. De hecho, Robert M. May mostró en 1992 su acuerdo con el sistema
utilizado por Erwin, aunque modificó dos de tales estimaciones, obteniendo un
valor final bastante diferente. Uno de los cambios era a la baja, pues la cifra
de 160 especies de coleópteros herbívoros ligados específicamente a cada tipo
de árbol le parecía a May exagerado, al pensar que es excesivo suponer que la
quinta parte de las especies de
escarabajos herbívoros que se encuentran sobre un árbol tropical son
exclusivamente dependientes de esa especie vegetal -recordemos que ése es el
origen de las 160 aportada por Erwin-, por lo que redujo la cifra a una décima
parte, lo que le parecía más real. La otra modificación propuesta por May fue
al alza, pues para el físico-ecólogo de Oxford la relación entre los insectos
de las copas y los de las otras zonas del árbol sería más bien la inversa de la
propuesta por Erwin, es decir, un tercio en la copa y el resto en otras partes.
Al recalcular los datos de acuerdo con estas modificaciones se obtiene una
cifra final menor: unos 6 millones de especies de insectos tropicales.
Al
margen de lo concreto de cada cifra obtenida, un interesante aspecto biológico
en este tipo de polémicas estriba en la valoración acerca de la capacidad de
los medios tropicales para crear microhábitats que permitirían la coexistencia
de numerosas especies en entornos geográficos muy reducidos. De haber una alta
capacidad de este tipo, distancias geográficas pequeñas supondrían importantes
cambios en las especies existentes, repercutiendo así en un aumento
considerable de la biodiversidad total. Algunos datos apoyan esta tesis
mantenida por Terry Erwin. Como ejemplo, aporta los resultados de dos muestreos
realizados sobre mariposas nocturnas, uno llevado a cabo en las selvas del
Beni, en la zona amazónica de Bolivia, durante el cual se catalogaron 933 especies;
y otro realizado en la localidad de Pakitza, en Perú, con un catálogo de 1.006
especies; ambos coinciden en tan sólo 60 especies, es decir un reducido 3,2%
del total de las 1.939 mariposas, lo que refleja considerables cambios en una
distancia geográfica pequeña. Otros resultados en esta línea mostraron que sólo
había una coincidencia del 1% en las 1.080 especies de escarabajos muestreados
en cuatro localidades cercanas a Manaos, en Brasil, y distantes entre sí un
máximo de 67 kilómetros.
Sin
embargo, para el ya mencionado Kevin Gaston, del Museo Británico, las cifras de
Erwin siguen siendo excesivamente altas. Siguiendo una forma de cálculo
totalmente diferente, este entomólogo aporta una estimación final de alrededor
de unos diez millones de especies de insectos en el mundo como límite alto y
unos cinco millones como más posible[48].
El sistema de Gaston parte de recoger las estimaciones personales dadas por
diferentes taxónomos expertos en cada uno de los grupos de insectos. Este
método ha sido tildado de "acientífico" por Erwin, que lo compara con
el que utilizó en 1833 un naturalista llamado Westwood quien trataba de
calcular el número total de especies de la "Creación" (se
trataba, naturalmente, de un naturalista "fijista" anterior a
la formulación de la teoría de Darwin-Wallace). Erwin critica especialmente el
que los expertos consultados por Gaston no hubieran apenas trabajado en medios
neotropicales y basaran sus estimas en opiniones "personales"
supuestamente asentadas en el especial conocimiento de las colecciones de los
museos, donde la fauna entomológica procedente del dosel forestal tropical es
casi anecdótica. Por supuesto, Gaston contraataca opinando que menos
seguridades le ofrece el estimar el total de las especies de insectos
tropicales a partir del muestreo de unos pocos árboles. Sea como fuere, ambos
sistemas tienen, sin duda, numerosas pegas, pero contienen el interés de
ofrecer estimaciones acerca de un asunto cuanto menos francamente complicado de
solventar.
Otra
estimación a la baja del número total de insectos podemos encontrarla en los
trabajos de dos investigadores del Instituto Politécnico de Liverpool, Ian D.
Hodkinson y David S. Casson[49],
publicados en un artículo aparecido en 1991. En este caso, la estimación se
basa en la extrapolación al total de los insectos del porcentaje de nuevas
especies descubiertas en un sólo grupo de insectos (los hemípteros) durante el
curso de una investigación exhaustiva realizada en un ambiente tropical, en
este caso de Indonesia: los bosques de Sulawesi. De las 1.690 especies
catalogadas, un 63 por ciento eran nuevas. Al aplicar ese porcentaje al total
de insectos, el número final alcanzaría apenas los dos a tres millones. El
mismo Gaston ha llegado a aplicar otro método de estima, basado en el número de
especies de plantas superiores: si cada una de ellas albergara una decena de
especies de insectos dependientes (media obtenida de datos procedentes de distintas
especies y diferentes lugares) y partiendo del criterio de unas 270.000
especies de plantas, la cifra de insectos resultaría próxima a la aportada por
los anteriores autores: unos tres millones de insectos.
De
todas formas, ninguno de los trabajos termina de resolver la cuestión,
estableciendo considerables diferencias en cada estimación o en las
consideraciones previas de cada una de ellas. Hemos visto como Erwin suponía
una media, entre los árboles tropicales, de 600 especies de insectos por
especie arbórea, un valor 60 veces superior al manejado por el entomólogo
británico (aunque la de Gaston se refiere a todas las plantas y no sólo a los
árboles tropicales, pero aún así ambos datos resultan demasiado contrapuestos).
Por otra parte, aunque aceptáramos el porcentaje insectos/plantas de Gaston,
seguiríamos contando con un alto grado de incertidumbre respecto del número
total de especies de plantas superiores, ya que, aunque 270.000 es una cifra
que goza de cierta coincidencia entre diversos botánicos, hay publicadas
también estimaciones que alcanzan las 750.000. La diferencia volvería a
multiplicar los cálculos sobre el número final de insectos en casi tres veces.
No
sólo es Erwin quien cuestiona al alza las valoraciones tradicionales sobre la
biodiversidad mundial de especies; cálculos tan sorprendentemente elevados para
la biodiversidad mundial como los realizados por el investigador de la
Smithsoniana con los coleópteros, se han ofrecido para los hongos por David L.
Hawksworth, quien ha estimado en un millón seiscientas mil las especies de
hongos, lo que significaría que sólo conoceríamos en la actualidad apenas un 5
por 100 del total realmente existente.
El
hecho de que los insectos constituyan el grupo de mayor biodiversidad (y con
ellos el taxón superior que los engloba, es decir, los artrópodos), no sólo
tiene un interés para la llamada "ciencia pura", sino que ha motivado
hechos como que entre las conclusiones del Seminario desarrollado en Oregon
durante junio de 1991[50]
sobre este tema, se incluya la propuesta de utilizar de forma prioritaria los
inventarios y seguimiento de los insectos en la planificación de la
conservación de la naturaleza, bajo cuatro criterios: la selección y diseño de
áreas protegidas, la evaluación del potencial existente para el uso sostenible
de los recursos naturales, el reforzamiento de los sistemas de conservación de
hábitats mediante el seguimiento de las especies amenazadas, y la base para la
selección de especies o grupos de especies indicadoras para su utilización en
programas de seguimiento ecológico. De seguirse estas propuestas no sólo
avanzaríamos en el mejor conocimiento de la biodiversidad mundial, sino también
en la forma en que hemos de actuar sobre la naturaleza para no perderla.
¿POR QUÉ TANTAS?
Razones para la diversidad
Es
notorio que en los ecosistemas tropicales ha de existir una fuerte competencia
por sobrevivir: una dura "lucha por la vida" en la
terminología que usó Darwin. No de otra manera hay que interpretar esas
impresionantes construcciones vivientes que son los árboles, a menudo
afianzados en su base por unos refuerzos que aumentan la difícil estabilidad
del tronco sobre un escaso suelo laterítico tropical. La planta puede
extenderse así hacia arriba hasta
alcanzar el medio centenar de metros. Al alcanzar el dosel se abrirá un ramaje
que trata de captar la luz solar bajo la consigna casi olímpica de llegar a ser
el más alto y el más fuerte de la zona.
Podría
pensarse que en esas condiciones sólo unas pocas especies habrían dado con las
mejores estrategias, dominando así el ecosistema completo y expulsando a los
competidores. De hecho, esto parece que es lo que ocurre en los más monótonos
bosques boreales, donde una o dos especies arbóreas ocupan casi en exclusiva el
estrato más alto de los vegetales.
Sin
embargo, en los medios tropicales no ocurre así. ¿Por qué?
Nadie
tiene la respuesta completa, pero se han ofrecido diferentes explicaciones
sobre cómo se puede ver favorecida la alta biodiversidad tropical. La mayor
parte de ellas apuntan hacia el beneficioso emparejamiento que parece reinar
entre la estabilidad climática (en condiciones de temperatura y humedad muy
favorables para la vida) y la biodiversidad. Sin embargo, esto no representa
sino una causa indirecta. Algunos científicos han tratado de ofrecer
explicaciones más directas, aunque, sin duda, parciales. Veamos.
Hace
ya un cuarto de siglo, Daniel Janzen, un ecólogo de la Universidad de
Pennsylvania que viene trabajando desde hace mucho tiempo en Costa Rica,
consideró que podía explicar una buena parte de la alta diversidad de las
especies de árboles existentes en los medios tropicales recurriendo a la
presencia de factores contradictorios que operan sobre la capacidad de
supervivencia de las plantas recién germinadas. Su razonamiento[51]
se basa en que una de las características esenciales de las plantas tropicales
en su relación con los animales radica en tener que atenerse al hecho de que
sólo prosperan aquéllas que consiguen reducir el número de sus enemigos. No se
trata tanto de evitar la predación sobre las hojas o los tallos en su
totalidad, sino de conseguir que sólo unas pocas especies animales sean capaces
de hacerlo y en una forma limitada. De esta manera se han desarrollado
numerosas características morfológicas como las cubiertas duras, espinas o
corazas; en conjunto, toda una línea de defensa que podría calificarse como de
defensa mecánica o física. Pero también se ha entrado en una guerra menos
evidente, aunque posiblemente mucho más eficaz, esta vez de carácter químico:
las plantas elaboran compuestos venenosos que hacen peligrosa la alimentación
herbívora para aquellos incautos no suficientemente preparados frente a los
tóxicos vegetales. Por su parte, los insectos, principales componentes del
ejército de herbívoros tropicales, no se quedan a la zaga y han desarrollado
antitoxinas y antídotos que dejan en el nivel de meros aprendices de alquimia a
los más pérfidos y sagaces envenenadores y proveedores de antídotos de la saga
de los Borgia. De hecho, algunos invertebrados llegan a ser capaces de
reutilizar los venenos de sus presas hasta convertirse a su vez en peligros
tóxicos ambulantes para sus respectivos predadores. Claro que en esta lucha
permanente siempre hay bajas en ambos bandos.
Este
tipo de estrategias de supervivencia y adaptación son más lentas en el tiempo y
desembocan en una coevolución estrecha entre plantas que ejercen de presas e
insectos que son sus predadores. La especialización es, pues, un paso
inevitable en esta secuencia: no es posible desarrollar antídotos frente a
demasiados venenos ni tampoco es factible desarrollar una respuesta adecuada
para cada una de las distintas estrategias de las diversas plantas. Éste es,
sin duda, un mecanismo que tiende a hacer aumentar el número de especies. Ahora
bien, sólo llegará a ser eficaz como potenciador de la biodiversidad si permite
que las plantas, que también compiten entre sí, mantengan ellas mismas una alta
diversidad. Es decir, la variedad de estrategias conjuntas y, con ella, la
diversidad de parejas o grupos de especies de plantas-insectos que interactúan,
dependerá, desde luego, de que existan las suficientes condiciones para
mantener un número alto de especies de plantas. De otro modo, de nuevo una
especie vegetal dominaría y todas las otras estrategias, por muy
"ajustadas" que fueran las relaciones planta-insecto,
desaparecerían.
¿Qué
permite, pues, que se alcance una alta diversidad de plantas?
Uno
de los momentos clave para las especies vegetales reside en la germinación de
las semillas y en los primeros momentos del crecimiento de la nueva planta. Se
trata del periodo más frágil de la vida del vegetal y es, a la vez, una etapa
indispensable en la supervivencia de la especie: de nada vale que los árboles
adultos sean prácticamente indestructibles si no es posible la regeneración y
los nuevos plantones no son capaces de hacer continuar la saga.
Como
hemos visto, en unas condiciones permanentemente favorables de humedad y
temperatura como las que imperan en los ambientes tropicales, la aceleración de
la actividad biológica hace que las relaciones entre predadores y presas estén
muy definidas. Esto quiere decir que si queremos buscar a los predadores de una
planta (por ejemplo, a sus insectos defoliadores), sin duda el mejor lugar lo
encontraremos en la propia planta o en sus alrededores. Esto rige también para
las jóvenes y tiernas plantas que acaban de germinar y se asoman por primera
vez al nuevo escenario del bosque. Dicho más claro: el lugar de mayor riesgo
para una joven planta estará en las proximidades de una planta adulta de su
misma especie o en las de su propio progenitor.
Por
otra parte, las plantas tienen dificultades para conseguir alejar de sí los
frutos, de forma que la germinación de las nuevas plantas de la especie se
produzca en nuevos lugares. Para ello, algunas desarrollan frutos apetitosos en
los que gastan una buena cantidad de energía, con el fin de atraer a los
animales frugívoros en cuyo intestino las semillas pueden viajar lejos de los
ambientes maternos y de su cohorte de insectos voraces. A pesar de ello, una
parte importante de las semillas terminará cayendo cerca de la planta madre; de
hecho, la probabilidad de caída y germinación de las semillas decrece
gradualmente según nos alejemos de la planta madre. Como con la lejanía
respecto de la planta madre (o de cualquier planta de la misma especie)
decrecen los riesgos de ser comido por insectos inmunes al mortífero arsenal
químico del vegetal, la cuestión es que nos encontramos con dos gradientes de
sentido contrario: la mayor parte de las semillas caen y germinan cerca de las
plantas madres, por unas pocas que lo hacen lejos; mientras que las
posibilidades de supervivencia son mayores cuanto más lejos se encuentre la
joven planta de su progenitora. En
conclusión, tendremos una zona relativamente alejada de la planta madre, aunque
no demasiado, en donde germina el mayor número de semillas con más altas
posibilidades de prosperar: ni muy cerca (donde caen muchas, pero tienen
demasiados riesgos de perecer), ni muy lejos (donde llegan muy pocas); ésa es
la solución.
Si
extendemos este modelo a muchas especies de plantas que comparten las mismas
condiciones generales, el resultado es que quedan beneficiadas las situaciones
de baja concentración de individuos de la misma especie vegetal, o, lo que es
lo mismo, se favorece la alta diversidad. Con estas estrategias de dispersión y
capacidad de germinación satisfactoria, las especies vegetales de los ambientes
tropicales ven favorecida su coexistencia y, con ella, la biodiversidad global.
INCREMENTANDO LA ESPECIACION
Tipos de formación de especies que aumentan la diversidad
El
origen de nuevas especies a partir de poblaciones pertenecientes a formas
predecesoras constituye el proceso clave de la evolución, que es conocido con
el nombre de especiación.
Ya
Darwin señaló que existen diferentes tipos de procesos evolutivos de formación
de especies, ya que algunos no implican la multiplicación de éstas, sino tan
sólo la transformación morfológica y funcional en el tiempo de unas en otras.
Este segundo tipo de especiación puede encontrarse en el registro fósil y
caracteriza muchos estudios paleontológicos. Supone, además un nuevo concepto
diacrónico de especie, en el que el problema estriba en diferenciar cuándo
hablaremos de una nueva especie a partir de un precedente desaparecido, pero no
nos interesa demasiado ahora, pues no contribuye a incrementar la biodiversidad
sincrónica, es decir, la que se produce en un mismo tiempo.
Si
nos limitamos a los mecanismos de especiación que sí permiten incrementar esa
diversidad sincrónica, podemos encontrar tres posibilidades, basándonos para
ello en el uso de criterios geográficos
discriminatorios. Se trata de tres maneras distintas de producirse la
diferenciación de poblaciones de una misma especie en nuevas especies.
El
primero de ellos ocurre cuando las poblaciones que se distancian genéticamente
lo hacen en condiciones de completo aislamiento geográfico entre sí. Se da
cuando las poblaciones están claramente separadas por alguna barrera geográfica
que impide su contacto genético. Esta barrera dependerá del tipo de organismo
de que se trate: puede ser un espacio marino, una cadena montañosa o un
territorio desértico en el caso de organismos terrestres; mientras que podría
ser un continente, una dorsal mesoceánica o las llanuras abisales para el caso
de organismos marinos.
Este
tipo de especiación es conocido como alopátrica y parece ser el más
frecuente. En él, la inexistencia de intercambio genético entre las poblaciones
aisladas permite que, bien por mecanismos dirigidos fundamentalmente por el
azar (como la deriva genética), o por presiones selectivas diferentes determinadas
por los distintos ambientes en que evolucionan las poblaciones, ambas terminen
por distanciarse genéticamente, constituyendo, con el suficiente tiempo, otras
tantas especies.
Un
segundo tipo posible de especiación se producirá cuando las poblaciones inicien
su separación genética a pesar de seguir compartiendo un mismo espacio
geográfico. Se trata de un caso más controvertido, aunque se han descrito
mecanismos genéticos que parecen favorecer este proceso, como es el caso de la
poliploidía o multiplicación de la dotación cromosómica de los individuos que
ya vimos. Además de esos procesos de especiación instantánea, muchos
evolucionistas consideran también factible la especiación simpátrica (como
se denomina) cuando hay microhábitat o nichos diferenciados dentro de un mismo
territorio geográfico que son ocupados diferencialmente por subpoblaciones de
la misma especie. Entonces, sin que las poblaciones que inician su proceso de
aislamiento reproductivo se encuentren realmente distanciadas geográficamente,
sí pueden aparecer mecanismos selectivos diferentes para cada una de las
subpoblaciones, lo que llevaría a su distanciamiento genético.
Finalmente,
el tercer tipo es, realmente, un caso intermedio entre los anteriores. Recoge
la especiación que se produce entre poblaciones adyacentes (pero no
superpuestas) de una misma especie. En este caso, el nombre utilizado para
calificarla es el de parapátrica y, para algunos biólogos, no es más que
un tipo de especiación alopátrica en el que no se da una barrera geográfica que
aísle las poblaciones, ya que la mayor parte del proceso tiene lugar entre
poblaciones distanciadas geográficamente. En la especiación parapátrica suelen
producirse híbridos en la zona de contacto, aunque las presiones selectivas,
diferentes en ambas poblaciones, hagan que éstos no tengan una suficiente
eficacia biológica y, por tanto, no contribuyan a uniformizar genéticamente
ambas poblaciones por medio de un alto intercambio genético entre ellas.
SAN MARCOS Y LAS INTERACCIONES TROPICALES
Mecanismos que hacen posible ser más en el mismo sitio
Los
anteriores tipos de especiación constituyen una clasificación teórica de las
formas de especiación en cualquier medio y especie. Veremos ahora, para las dos
principales, algunos ejemplos de especiación en el mundo tropical, en donde la
diversidad es mayor. En ambos se parte de la existencia de estrechas
interacciones entre plantas y animales, que el medio tropical se presentan con
gran profusión, en la línea que Janzen expuso para sus propuestas de
coevolución y diversificación. Ambos ejemplos han sido descritos por Phyllis D.
Coley, de la Universidad de Utah[52].
El
primero de ellos se centra en la capacidad dispersiva a larga distancia que
algunos animales, como las aves y los murciélagos, representan para los frutos
de las plantas (ya hemos mencionado la importancia de este asunto). Ahora,
siguiendo a Coley, veremos cómo la zoocoria, que es el nombre que recibe la dispersión
de frutos por los animales, puede contribuir a la especiación y al incremento
de la biodiversidad tropical: Supongamos que el fruto de un árbol (o sus
semillas) es alejado del área biogeográfica en la que se encuentra la especie
arbórea por un animal dispersador (lo que bien puede suceder con las aves o
murciélagos). Si esas semillas germinan con éxito (cosa que también puede
perfectamente suceder), no es descabellado pensar que con el tiempo pueda
formarse una nueva población aislada de la especie arbórea (que, recordemos,
tiene su población original alejada de la nueva). Nos encontraremos en una
situación susceptible de acoger un proceso de especiación alopátrica,
propiciado por el trabajo conjunto de árbol y el ave o murciélago dispersador
de sus frutos. Ya sea debido a que la nueva población parte de un número escaso
de individuos (y por tanto de una diversidad genética reducida), lo que puede
determinar una evolución demasiado dependiente del azar, o ya sea porque las
condiciones del nuevo lugar imponen presiones selectivas diferentes, se puede
llegar con el tiempo a que la nueva población se haya diferenciado
genéticamente lo suficiente de la original como para constituir una especie
distinta. Ya hemos aumentado la biodiversidad global, pero, aún podemos
incrementar la local del antiguo territorio de la especie arbórea si, en las
nuevas circunstancias, se produce un nuevo caso de dispersión a larga
distancia, pero ahora en el sentido inverso, es decir, desde semillas de la
nueva especie originada que son transportadas hasta el antiguo territorio
ocupado por la especie ancestral. Esta hipótesis no es demasiado descabellada,
dado que si el primer viaje fue realizado por un ave o un murciélago que se
alimentaban de los frutos de estos árboles, no es raro que ambos territorios
formen parte del área biogeográfica de esa ave o murciélago por la que sus
individuos se mueven, migran o circulan en varias direcciones. El resultado
final es, pues, un incremento de la diversidad local en cada territorio y,
consiguientemente, de la biodiversidad global.
Un
segundo proceso apuntado por Coley se basa en otro tipo de interacción estrecha
entre animales y plantas: el herbivorismo selectivo. Ya antes vimos cómo la
guerra química desatada por las plantas para preservar sus hojas del ataque de
los herbívoros generaba en los medios tropicales una selección intensa, de
forma que los insectos se veían abocados a especializarse en la alimentación de
una sola o unas pocas plantas, cuyos venenos podían contrarrestar en un
permanente juego de coevolución y respuesta adecuada a los cambios de la otra
especie. ¿Qué puede ocurrir en esta situación si se produce una mutación en la
planta capaz de crear nuevas variantes en la toxicidad de las individuos que
llevan el genoma cambiado? De no mediar los procesos de interacción apuntados,
es posible que la mutación llegara a ser, tras varias generaciones, finalmente
compartida (o no) por casi todos los individuos de la especie vegetal, lo que
no supone una especiación en el sentido de multiplicación de especies
(seguiríamos teniendo una sóla especie de planta). Sin embargo, razona Coley,
en el caso de una interacción estrecha con un insecto herbívoro, el cambio
producido en algunas plantas (las mutadas) introduce una nueva presión
selectiva también en la población de insectos. Éstos, como toda población de
animales, son también diversos genéticamente, de forma que, tal vez, algunos
individuos sean capaces de resistir el cambio de toxicidad por resultar inmunes
a las nuevas plantas mutadas, mientras otros se ven obligados a seguir consumiendo
solamente las no mutadas. Tanto en el caso de la planta como en el del insecto
tendremos dos subpoblaciones sometidas a interacciones y presiones selectivas
distintas; que es, exactamente, lo que antes hemos considerado como condición
de partida para un proceso de especiación simpátrico, sólo que ahora lo tenemos
por partida doble. De continuar en esta línea podríamos obtener un aumento de
la diversidad mediante una doble especiación simultánea en la planta y en el
insecto: dos por uno.
Estos
procesos de diversificación parecen producirse particularmente en los medios
tropicales que gozan ya de una alta diversidad previa, a su vez condicionada
por la favorable situación climática del ámbito tropical. De ser así,
funcionaría en los ricos ambientes tropicales una suerte de retroalimentación
positiva que permitiría seguir incrementando continuamente la diversidad sobre
la base de la alta riqueza preexistente. Este incremento podría también
alimentarse de otros medios adyacentes menos complejos, algo nada infrecuente
en la naturaleza: donde más oportunidades hay, se producen mayores atractivos
para coexistir en ecología. Dado que la diversidad es una forma de información
ecológica, el significado del aumento de la biodiversidad en ecosistemas
diversos es el de un incremento de la información allí donde más hay, incluso a
costa de la información contenida en sistemas vecinos menos complejos; algo ya
descrito en el estudio de las interacciones entre sistemas y que, como recuerda
Margalef[53],
se conoce en ecología como "el principio de San Marcos",
debido al versículo 4:25 de su evangelio, donde se puede leer el siguiente
singular proceso divino de reparto desigual (que parece haber constituido un
relevante texto de cabecera para algunos representantes de importantes poderes
económicos)[54]:
"Pues
al que tiene se le dará, y al que no tiene, aún lo que tiene le será
quitado"
Tal
vez la poco equitativa fórmula del evangelista en su vertiente ecológica esté
contribuyendo, en los trópicos biológicamente más ricos, al crecimiento de la
biodiversidad.
El
resultado de todo ello es la progresiva complejidad y riqueza específica de
esos sistemas autoorganizados que son los bosques tropicales, hasta conseguir
albergar en ellos a la mayor parte de la diversidad de especies de la Tierra.
Pero también en otros medios existen procesos y mecanismos que contribuyen a
incrementar la riqueza en especies del planeta. Algunos se producen,
precisamente, en aquellos ambientes aislados, excepcionales o reducidos en los
que las condiciones son parecidas a las que encontró Robinsón en su isla
alejada de la civilización. Para comprobar uno de estos casos nos hemos de
trasladar desde los húmedos bosques del trópico a una de las zonas más secas
del sur de España.
FLORES EN EL CABO DE GATA
El drama y el valor de lo escaso
El
Cabo de Gata es un área de la costa almeriense ciertamente espectacular.
Algunos de los más impresionantes y extraños acantilados de la Península
Ibérica se encuentran en este trozo de costa casi desértica que es hoy,
afortunadamente, un espacio natural protegido. Parte de la vistosidad de la
costa deriva del origen volcánico que tienen muchas de sus rocas. Además, junto
a las dacitas y andesitas volcánicas, las claras rocas carbonatadas procedentes
de los arrecifes coralinos que rodeaban a los antiguos volcanes añaden color y
belleza al enclave, permitiendo a la imaginación del visitante reconstruir un
impresionante paisaje de volcanes y fondos someros de arrecifes sobre un mar
cálido. El punto más señalado del litoral lo constituye el propio Cabo de Gata,
que se enfrenta al mar Mediterráneo asomando sus cantiles de varios centenares
de metros sobre unas aguas generalmente tranquilas. Aproximarse desde Almería
hasta el Cabo y doblarlo en dirección a la impresionante playa de Mónsul y la
espléndida bahía de los Genoveses, a las que se ha de llegar caminando,
constituye un paseo sumamente aconsejable a todo interesado por la belleza de
la naturaleza. Muchos de los que lo hacen probablemente no reparen demasiado en
unas pocas y modestas matas que crecen entre las rocas volcánicas del Cabo. Si
estamos atentos y, además, nuestra visita coincide con la época de su
floración, podremos advertir que se trata de plantas del tipo popularmente
conocido como "bocas de dragón". Su nombre científico es Antirrhinum
charidemi, lo que quiere decir algo así como la Boca de Dragón de las
Ágatas o del Cabo de Gata, ya que el término charidemi hace referencia
al nombre fenicio del Cabo: El Promontorio de las Ágatas o Promontorio
Charidemo. Lo curioso del caso es que solamente podremos encontrar esta especie
en los pocos centenares de metros que conforman los relieves volcánicos del
Cabo almeriense: en ninguna otra parte del planeta la encontraremos viviendo en
condiciones naturales. Por eso se dice que se trata de una especie endémica de
estos taludes (endémico viene a querer decir exclusivo). Todo su ámbito
geográfico mundial está, pues, concentrado y resumido aquí: si queremos verla
hemos de acudir a tan impresionante lugar.
Hoy,
la especie sobrevive gracias a las exitosas medidas adoptadas para el
fortalecimiento de sus poblaciones, acometidas desde 1978 por los gestores del
medio natural: una advertencia que conviene hacer para no olvidar que muchas de
estas singularísimas especies se ven gravemente amenazadas de desaparición al
ser alteradas sus reducidas zonas de vida, lo que supone, además, la extinción
irreversible de una forma única en el planeta.
Muchas
especies participan de las características de aislamiento y reducción del territorio
del Antirrinum del Cabo de Gata, enriqueciendo la diversidad de la Tierra con
una singularidad única que personaliza los medios donde viven. Son auténticos
experimentos biológicos que contribuyen en forma destacada a la biodiversidad
mundial, pero que airean, desde su reducida presencia, el drama de su
fragilidad, lo que las hace particularmente proclives a engrosar la creciente
lista de las especies amenazadas o ya perdidas por la agresión humana. Son,
además, muestras palpables de la forma en que la vida se diversifica y
enriquece la Tierra: una prueba más de cómo actúa la evolución y de las maneras
en que la vida logra multiplicar sus formas y colonizar el planeta. Mientras
algunos sobreviven desde la potencia que da la abundancia y la ubicuidad, otros
lo hacen desde la modestia de la escasez y la especialización en lo raro.
¿Cómo
se han formado? ¿De dónde provienen?
ROBINSON CRUSOE
Los endemismos
El
libro del puritano inglés Daniel Defoe, "Vida y extraordinarias y
portentosas aventuras de Robinson Crusoe de York, navegante",
publicada en 1719, se basó realmente en la historia de un escocés, Alexander
Sherkirk, quien vivió un tiempo aislado en la isla de Juan Fernández, hoy parte
de la nación chilena. Al contrario que Robinson, Alexander no construyó una
cabaña de troncos y palmas, sino que vivía en una cueva, ascendiendo todos los
días a lo alto de su isla para otear el horizonte marino en busca de una
posible salvación. Tampoco su isla volcánica reunía las tropicales que tiene la
isla del libro de Defoe; sin embargo, Juan Fernández es un lugar en el que el
número de especies exclusivas es muy alto.
Pero ¿qué tiene que ver la historia de
Robinson/Sherkirk y sus islas con la biodiversidad?
No
cabe duda de que si Alexander Sherkirk sobrevivió en Juan Fernández fue porque
consiguió desarrollar una forma de vida capaz de adaptarse y aprovechar los
recursos de la isla a partir de sus propias posibilidades como miembro de la
especie humana, ya que estuvo aislado mucho tiempo sin contacto con otros
humanos. La situación característica de un "robinsón" está
presidida por la idea de aislamiento respecto a sus congéneres (un término que
proviene del mismo origen etimológico que "isla"). Sin duda, en esas
condiciones, los "robinsones" deben basar sus posibilidades de
sobrevivir en llevar a cabo adecuadas variaciones respecto a su forma anterior
de vida, siempre partiendo de lo que son y saben hacer. Las condiciones son
otras, los recursos disponibles también, así como las relaciones con los demás:
lo único inicialmente igual es el propio organismo; sin embargo, al final, de
subsistir, se habrá logrado "crear" uno nuevo.
Todo
esto es lo que afronta cualquier individuo de cualquier especie que arribe a
una isla. Si se trata de un organismo perteneciente a una especie dotada de
reproducción sexual, la permanencia de la especie en la isla dependerá, lógicamente, de la
coexistencia de más de un individuo y más de un sexo; pero, además, dependerá
del éxito individual en las nuevas condiciones de los organismos pioneros y de
sus descendientes. Se tratará siempre de poblaciones pequeñas y aisladas de los
territorios habituales de la especie; y las condiciones de aislamiento
dependerán, entre otras cosas, de la distancia de la isla al continente desde
donde llegaron los primeros individuos. Cuanto mayor sea esa distancia (en
relación a la capacidad de movilidad de los organismos), tanto mayor será el
grado o rigor del aislamiento.
Edward
Wilson y Robert McArthur comprendieron que el número de especies de una isla
debería depender de la distancia de ésta a la costa y de su superficie. El
primer factor resulta lógico por estar relacionado con la dificultad para que
lleguen organismos nuevos a la isla (la tragedia de Robinson/Sherkirk),
mientras que el segundo tiene que ver más con la capacidad del ambiente insular
para albergar un mayor o menor número de especies diferentes, que competirán
por el uso de los recursos insulares. A partir de estas ideas elaboraron una
teoría científica, dando nacimiento a lo que se ha llamado la "biogeografía
insular"[55].
Posteriormente, Wilson, junto a un entonces estudiante de ecología, Simberloff,
experimentó en los Cayos de Florida los supuestos de la teoría elaborada junto
a MacArthur (quien por aquellas fechas ya había fallecido prematuramente,
truncando una de las vidas científicas más prolíficas de la ecología del
momento). Los resultados obtenidos en la experiencia avalaban las predicciones
de la propuesta y hoy la idea de ambos investigadores sigue siendo considerada
útil para explicar las características específicas de la biodiversidad insular.
Otro
relevante investigador, Charles Darwin, también encontraría inspiración
científica en el estudio de medios insulares: las islas Galápagos, un conjunto
insular alejado mil kilómetros del continente americano y dependiente
administrativamente de Ecuador. En este caso, la característica que más llamó
la atención del joven Darwin no fue exactamente el número de especies, sino su
singularidad y el grado de parentesco que parecían mostrar muchas de ellas, en
particular los famosos pinzones que luego llevarían su nombre. Ambas
características encontraban una satisfactoria explicación a partir del supuesto
(que ya bullía en la cabeza del naturalista inglés) de que las especies
evolucionan, de forma que los descendientes de los organismos llegados a la
isla se diversificarían variando sus originales características genéticas y
morfológicas hasta generar el ramillete de especies que ahora ocupaba los
diferentes ambientes de las islas. Lo mismo que los pinzones, un rosario de
tortugas gigantes ocupa las islas, habiéndose diversificado mediante los mismos
procesos de radiación evolutiva de los pioneros. Algunas de ellas se encuentran
hoy en grave peligro de extinción. de hecho, la variedad propia de la isla
Pinta se creía totalmente extinguida; sin embargo, en 1971 apareció un ejemplar
viejo que resultó ser el último y solitario representante de la estirpe (ésta
sí extinguida al no existir posibilidad de continuación). Hoy, "George
el Solitario", como fue bautizado, arrastra sus 90 kilos de peso por
la isla de Santa Cruz, a la que fue trasladado, sin saber que nunca más en su
vida volverá a encontrarse con otro ejemplar de su mismo tipo[56].
La
especie o especies que tras muchas generaciones consiguen permanecer en una
isla pueden terminar resultando francamente diferentes de la especie original
que vino desde el continente. Se forman así nuevas formas mediante el proceso
que denominamos antes como especiación alopátrica. Ésta es la explicación dada
al hecho de que en las islas la frecuencia o proporción de especies únicas sea
muy alta. Estas especies son, por tanto, "endemismos" o "especies
endémicas" de dicho enclave. Pero el proceso también puede darse en
"lugares-isla" dentro de los continentes (enclaves particulares
aislados o únicos), por lo que los endemismos no son exclusivamente insulares
en su sentido estricto. Por tanto, los términos "endemismo" y
"endémico" no debieran utilizarse sin hacer referencia al
territorio que habitan: hablaremos de los endemismos de una isla, una montaña,
un lago, una comarca, un estado..., pero siempre hay que explicitar el ámbito
al que se circunscribe el endemismo ((balear ibérico, escandinavo, ....)
Aunque
algunos endemismos son los restos sobrevivientes de poblaciones mucho más
numerosas en el pasado, cuyos espacios ecológicos se han visto reducidos hoy
(es el caso, por ejemplo, de muchas especies alpinas refugiadas en zonas
actuales de altas cumbres donde encuentran unas condiciones semejantes a las de
las etapas glaciales en las que conocieron su mayor apogeo), muchos otros son
descendientes de unos "robinsones" aislados (en el sentido de
poblaciones reproductoras) cuyas adaptaciones y variaciones genéticas
posteriores les han terminado por aislar ya definitiva y genéticamente de sus
antecesores. Se han convertido en "otra cosa": son nuevas
especies y la biodiversidad del planeta ha vuelto a incrementarse con ellas.
_
FUNCIONES Y SERVICIOS ECOLÓGICOS DE LAS ESPECIES
IMPORTANCIA, DOMINIO Y CONTROL
Dominancia y especies dominantes
"La
importancia que una especie adquiere en un determinado ecosistema podría ser
evaluada por los cambios que se producirían en él si dicha especie
desapareciera". Aunque la idea puede ser válida no parece muy
recomendable su aplicación como método de estudio. No obstante, como
consecuencia de la degradación de muchos ecosistemas, se pueden encontrar
numerosos casos "experimentales" sobre los que basar esa
evaluación. Ni siquiera la desgraciada existencia de este tipo de situaciones
ha sido suficientemente aprovechada, al menos, para conocer un poco más sobre
la función que cumplen las especies en los ecosistemas; tan sólo unos pocos
casos han podido ser analizados, extrayendo de ello algunas conclusiones. En la
mayoría de éstos, sin embargo, el daño tiene más de una víctima y los efectos
se entremezclan, por lo que las variables sobre las que buscar explicaciones
son muchas.
Una
idea sencilla, pero apreciada entre naturalistas y ecólogos, es que no todas
las especies ejercen con la misma intensidad su influjo sobre la estructura y
el funcionamiento de los ecosistemas. Es evidente que algunas, debido al número
de sus individuos o a su biomasa, parecen tener un mayor peso sobre la
comunidad o el medio que otras. Pero, no es sólo el número o el peso las causas
de diferencias en la incidencia ecológica, también pueden intervenir en esta
cuestión otros mecanismos más sutiles y menos evidentes.
A
nadie le extraña que, en los biomas templados, en los mediterráneos o en los
boreales, los bosques sean denominados con el nombre de la especie arbórea que
predomina y determina el paisaje: hablamos de hayedos, de robledales o de
pinares silvestres. Pero lo que es normal en lugares como Europa, Norteamérica
o el sur del continente latinoamericano, no lo es (ni sería posible) en otros
ambientes como los tropicales. Si un malayo, una zaireña o un brasileño
tuvieran que denominar sus bosques a partir del nombre de un sólo árbol se
encontrarían ante un importante problema: ¿cuál elegir? ¿qué especie es más
frecuente, más importante o representativa? Una idea de la dificultad para
contestar estas preguntas puede darla el hecho de comparar las diez especies de
árboles que, como media, crecen en un bosque bien conservado centroeuropeo, con
las doscientos veinte que pueblan, también como media, un bosque tropical
malayo.
En
un encinar (por usar un ejemplo cercano), la importancia de la "encina"
como especie parece, intuitiva y
perceptivamente, mucho mayor que la del resto de las especies vegetales
que componen su cohorte florística (para no salirnos del Reino Vegetal). Aunque
siempre podemos estar equivocados, a favor de la mayor importancia de la encina
concurren dos factores principales: el primero radica en el número o proporción
de sus ejemplares frente a otros de similar biomasa; el segundo deriva de su
singularidad, es decir del gran porte que manifiestan sus individuos frente a
los de otras especies. Podremos encontrar especies de mayor biomasa individual
(tal vez algunos alcornoques que crecen entre las encinas), pero son mucho
menos frecuentes en el conjunto del encinar: por eso hemos llamado así al
bosque (si no tendríamos un alcornocal). También podremos encontrar especies
más abundantes en cuanto al número de ejemplares (por ejemplo, las abundantes
gramíneas llamadas Agrostis castellana que cubren buena parte de los
suelos en los encinares adehesados madrileños), pero es fácil que su pequeño
porte nos incline a pensar que su incidencia ecológica debe ser menor que la de
las encinas para el conjunto del ecosistema. ¿Estaremos en lo cierto?
Se
suele utilizar en ecología el término de "especies dominantes"
para denominar, lógicamente, a las que "dominan" el
ecosistema, pero es realmente difícil decidir cuáles son los criterios de una
dominancia verdadera, más allá de los que pueden resultar de una mera
inspección y percepción visual, incluso mejorada mediante el uso de mediciones
instrumentales más precisas. El término "dominancia" ha tenido
particular fortuna en el ámbito de las escuelas fitosociológicas. Braun
Blanquet, su más reconocido fundador, entendió que el porcentaje de
recubrimiento del suelo, llamado cobertura, podía ser utilizado como un
buen sistema para valorar el grado de dominancia de las especies arbóreas o
arbustivas. Además, tiene la ventaja de su fácil cuantificación. El máximo
representante de la "Escuela de Zurich-Montpellier" reconoce
que "muchas veces las especies dominantes tienen poca importancia para
la distinción y delimitación de las comunidades en nuestro sentido, debido a
que muchas veces tienen una gran amplitud ecológica"[57].
El
sistema de Braun-Blanquet puede que resulte más un método descriptivo,
clasificatorio y de ordenación de las comunidades vegetales que una explicación
de las funciones ecológicas que cumplen tales comunidades, pero es ciertamente
útil, como ha demostrado su rápida expansión en Europa. Como el mayor interés
en los inventarios reside en las especies llamadas "características",
es decir, las que se dan sólo en uno o unos pocos tipos de agrupaciones
vegetales (las llamadas "asociaciones" en la terminología fitosociológica),
se alcanza pronto una caracterización fácil que favorece la ulterior
clasificación y jerarquización.
En
ecología de comunidades, sin embargo, se suele preferir medir la dominancia de
una especie mediante la proporción destacada que ésta tiene en la comunidad,
utilizando para ello el número de individuos o la biomasa total en un
determinado ecosistema. Lo cierto es que la dominancia queda reflejada en la
proporción del espacio, de la masa o del número de individuos que "ocupa"
una especie en un ecosistema. A este respecto, Margalef advierte que "sólo
se puede hablar de especies dominantes en comunidades de diversidad baja"[58];
en el fondo se trata de una consecuencia lógica de las propias definiciones de diversidad
ecológica y de dominancia: el hecho de que no haya especies
dominantes o sobresalientes en número (mídase como se quiera) es casi una
condición para que la diversidad ecológica de la comunidad sea alta.
Pero
en la primera idea de incidencia o influencia sobre el conjunto del ecosistema,
parece que la idea de dominancia, en el sentido de los fitosociólogos o en el
de los biólogos de comunidades y ecólogos, no representaría más que una forma
parcial de aproximación al problema. Más útil puede ser tratar de utilizar otro
tipo de indicadores, como la cantidad total del flujo de energía del ecosistema
que es canalizado "a través de" o mediante las actividades de la
especie en cuestión, o la fracción "controlada" de los ciclos
biogeoquímicos; incluso más: la cantidad de información total que reside en la
especie respecto a la que alberga el ecosistema. No en vano, energía, materia e
información son los parámetros básicos en la definición de la estructura y del
funcionamiento de los sistemas ecológicos.
Todos
estaríamos de acuerdo en que la incidencia de la especie humana en el
ecosistema global de la Tierra es muy elevada. Si utilizamos para estimarlo un
indicador tan pobre como el de la dominancia no alcanzaremos a tener una
valoración ni remotamente aproximada. Los 5.500 millones de individuos que
constituyeron en 1993 la población humana total del planeta es una cifra
asombrosamente alta para una especie de vertebrado, pero no representa, en el
conjunto de las especies animales, un papel tan "dominante"
como el que realmente sabemos que ejercemos sobre los ecosistemas. Tampoco se
deduce la magnitud de nuestra influencia del porcentaje de la biomasa humana
respecto al total de biomasa de otros organismos.
Sin
embargo, si pensamos (como Peter Vitousek, los Ehrlich y P.A. Matson han
calculado[59])
que la humanidad en conjunto controla ya un cuarenta por ciento de la energía
aportada por los vegetales a los ecosistemas a través de la fotosíntesis (la
única vía relevante de entrada de energía química en los sistemas vivos),
tendremos una referencia mucho más real del verdadero grado en que nuestra
"dominancia" es aplastante (tanto que muchos organismos ya no
la soportan).
Por
tanto, las nociones de dominancia basadas en los usuales criterios de
proporción de ejemplares respecto a los de la comunidad total, o de superficie
ocupada por organismos inertes como las plantas, no constituyen necesariamente
un buen indicador del grado real de incidencia o importancia que una especie
adquiere en el conjunto del ecosistema. Veremos cómo existen casos comprobados
de influencias determinantes más allá del número de sus ejemplares o de sus
proporciones respecto a otras especies.
LAS NUTRIAS MARINAS COMEN Y DEJAN COMER A LAS "LINTERNAS DE
ARISTÓTELES"
Las especies "clave"
En
los ecosistemas litorales de las costas del Pacífico Norte habitan las nutrias
marinas (Enhidra lutris). Éstos son mustélidos de considerable tamaño
que llegan a alcanzar un peso de 37 kg. y viven una vida casi absolutamente
marina. Sus poblaciones se extendían antaño a lo largo de las costas que van
desde la Baja California hasta el Norte del Japón, incluyendo los cordones de
las Islas Aleutianas. Sin embargo, durante los siglos XVIII y XIX, la mejora en
las capacidades de las naves y la elevada rentabilidad comercial del negocio de
las pieles desembocó en una caza abusiva de la especie que la llevó al borde de
la desaparición, un proceso que se ha producido paralela y trágicamente en
otras especies de interés comercial. A principios del siglo XX apenas quedaba
ya una docena de colonias de estos animales, con una población total estimada
en alrededor de un millar de individuos, cifra equivalente a la población media
de las especies que fueron incluidas en las listas del Acta de Especies en
Peligro de Extinción de U.S.A. entre 1985 y 1991, según los datos obtenidos
por varios investigadores del Fondo de Defensa Ambiental de ese país[60].
Iniciado un programa de protección de la especie, la respuesta de las nutrias
fue francamente positiva: al disminuir la presión excesiva de la caza humana,
las colonias de estos mamíferos progresaban en ambientes en los que encontraban
su alimento en cantidad anormalmente alta, por haber estado ausentes de él
durante años. Cada año, el crecimiento de las poblaciones llegaba hasta el 20%.
En muchos lugares se recuperó pronto el equilibrio entre las nutrias y sus
recursos alimenticios, de forma que hoy podemos encontrar zonas en las que esta
situación se viene manteniendo ya desde hace algunas décadas. También hay
lugares que no han sido recolonizados por las nutrias, lo que ha permitido
estudiar las diferencias existentes entre unos y otros lugares y deducir de
ello la influencia que tiene la especie en el ecosistema litoral del Pacífico
Norte.
La
razón de que tenga un particular interés este estudio estriba en que se sabe
que la nutria marina del Pacífico Norte forma parte de una cadena trófica tan
simple como fundamental en la estructura y composición de los ecosistemas
costeros de esta región del planeta. Las nutrias se alimentan preferentemente
de erizos marinos, pertenecientes a varias especies del género Strongylocentrotus.
Ha sido muy divulgada la forma en que las nutrias rompen con ayuda de piedras
el esqueleto de los erizos de mar. Lo hacen flotando sobre las olas panza
arriba y esgrimiendo con sus patas delanteras la piedra, con la que golpean al
erizo soportado sobre su vientre. No hay duda de que la imagen resulta entre
simpática y cómica. Los equinodermos, por su parte, se alimentan de diversas
especies de algas marinas que constituyen "praderas" o
auténticos "bosquecillos" subacuáticos; entre ellas hay
especies de distintos géneros y tipos: Agarum, Costaria, Laminaria,
Alaria, ...
Se
trata, pues, de una cadena trófica sencilla, "de libro", en la
que tres especies o grupos de especies mantienen una dependencia alimentaria
casi exclusiva: productores vegetales (las algas), herbívoros o consumidores
primarios (los erizos de mar) y carnívoros, consumidores secundarios o
predadores (las nutrias). Un ecosistema sobre el que elaborar un modelo
sencillo como lo fue el ya famoso de las liebres árticas y los linces que suele
ilustrar el tratamiento de las ecuaciones predador/presa de Lotka y Volterra en
los libros de ecología y dinámica de poblaciones.
El
control creado por las relaciones entre las diferentes poblaciones depende de
que se mantengan cada uno de los componentes de la red trófica: si en una
cadena lineal salta un eslabón, toda la cadena se deshace.
Pronto
se comprobó (primero en los ecosistemas costeros de California) que la
desaparición de las nutrias marinas comportaba la aparición de un efecto
dominó: a través de la sobreabundancia de los erizos marinos se llegaba a un
drástico deterioro de las comunidades de algas. Se producía algo así como una
"deforestación" de los fondos acuáticos por "sobrepastoreo"
de los numerosos erizos que, pronto, agotaban el alimento que llevarse a la
boca (la cual acoge un aparato raspador que recibe el curioso nombre de "linterna
de Aristóteles" por ser el filósofo griego quien lo describió). En
conclusión, la desaparición de las nutrias conducía al empobrecimiento de las
comunidades de algas y a una drástica alteración del ecosistema costero.
Para
algunos autores, sin embargo, la influencia de otros factores externos a esta
sencilla cadena trófica tiene mayor importancia que la de cada miembro de la
cadena en la determinación de la estructura ecológica del medio. Este tipo de
opinión pone en cuestión la suposición de que la pérdida de las nutrias marinas
es la causa principal de los graves efectos detectados en las comunidades de
algas.
Esta
controversia llevó a dos investigadores de las universidades de California y
Washington, James Estes y David Duggins, a analizar en detalle los verdaderos
efectos ecológicos de la presencia o ausencia de las nutrias sobre una amplia
banda geográfica que incluía las costas con y sin nutrias marinas de Alaska y
las Islas Aleutianas. Sus trabajos, publicados en la revista Ecological
Monographs de la Sociedad Ecológica de América, concluyen que hay pocas
dudas de que las comunidades de algas son altamente dependientes, en esos
ecosistemas costeros del Pacífico Norte, de la presencia de las nutrias
marinas, las cuales establecen un rígido y estabilizador control sobre las
poblaciones de herbívoros, principalmente erizos marinos, que a su vez inciden
sobre el restante nivel de la cadena de alimentación. Los estudios ecológicos
sobre el papel de las nutrias marinas en el Pacífico Norte han constituido una
activa línea de investigación entre los ecólogos norteamericanos: ya en 1988 el
mismo James Estes y G.R. Van Blaricom editaron un libro colectivo con varios
especialistas sobre la comunidad ecológica donde habitan estos animales[61],
mientras que en 1992 un grupo de autores[62]
analizaron la influencia, que parece algo menor, de las nutrias marinas sobre
las comunidades costeras de fondos sedimentarios blandos, desarrollando sus
estudios en las islas Kodiak de Alaska.
Tras
este tipo de estudios, se puede afirmar que las especies como la nutria marina
del Pacífico Norte tienen un efecto o incidencia muy alto en la configuración,
estabilidad y estructura ecológica de los ecosistemas en los que habitan. Esa
importancia no se deduce fácilmente de los resultados obtenidos aplicando
diversos índices de abundancia o calculando la proporción del número de
ejemplare de la especie sobre el total de la comunidad, sino que derivan de la
función ecológica que ejercen sobre la estructura de la comunidad. Para ellas
introdujo R.T. Paine en 1969, en un artículo publicado en la revista American
Naturalist[63],
el término de "especies clave" ("keystone species",
en inglés). Como aplicación concreta de ese concepto, las especies del tipo de
las nutrias marinas representan la idea de "predadores clave",
es decir, especies que "determinarían por sí solas la mayor parte de
las pautas de la estructura de la comunidad de presas, incluyendo la
distribución, abundancia, composición, tamaño y diversidad[64]".
El proceso determinante de la influencia de una especie predadora clave se
basa, según la hipótesis de Paine, en dos propiedades: la primera supone que el
predador consume y controla preferentemente a la especie presa, determinando
así su abundancia; la segunda radica en que la especie presa excluye por
competencia a otras especies de la comunidad. Se trata, pues, de un doble
efecto: el de la relación predador-presa y el de la exclusión por competencia
entre la presa y otras especies competidoras.
En
su último libro titulado "Geographical Ecology"[65],
el influyente ecólogo Robert MacArthur, ya gravemente enfermo (moriría ese
mismo año), introducía la idea de interacción fuerte (o estrecha) entre varias
especies. Este tipo de interacción está en la base de la noción sobre las
especies "clave" y ha sido comprobada en diversos medios,
particularmente en ecosistemas acuáticos. En un estudio desarrollado por varios
biólogos del Departamento de Zoología de la Universidad del Estado de Oregón,
por ejemplo, se investigó la aplicación de este concepto a la relación entre un
predador, la estrella de mar Pisaster ochraceus, y las especies presa,
los mejillones Mytilus californianus y Mytilus trossulus, en dos
áreas de la costa de Oregón (la Bahía Boiler y Strawberry Hill): los resultados
avalan tanto la validez como la utilidad de este tipo de conceptos aplicados al
análisis de las relaciones ecológicas.
Sobre
la base de este tipo de estudios, que permiten comprender algo más sobre el
funcionamiento de las interacciones estrechas entre las especies, así como la
influencia de las especies "clave", se obtienen conclusiones
importantes para la gestión y conservación de los ecosistemas. Sin duda, este
tipo de conceptos, que siguen sometidos a análisis y comprobación por parte de
muchas investigaciones ecológicas actuales, contribuyen a aportarnos una
importante fuente de conocimiento y reflexión en el campo de la ecología de la
conservación y la gestión de los ecosistemas.
LA IMPORTANCIA DE LOS HIGOS TROPICALES
Más sobre las especies clave
En
los bosques de las tierras bajas del trópico húmedo peruano, muchas aves y
mamíferos se alimentan exclusivamente de los frutos que ofrece el dosel
forestal. Durante la mayor parte del año, las lluvias caracterizan el tiempo
meteorológico de estas tierras (de cualquier modo siempre francamente
lluvioso). En esas condiciones son
numerosas las especies de plantas que ofrecen a los animales frugívoros los
suculentos productos que llevan, en su interior, la apuesta de la dispersión:
las semillas de las que dependerá la siguiente generación. Aunque puede
pensarse que los comedores de frutos son, de algún modo, predadores de las
plantas, en la mayor parte de los casos ésto no se ajusta a la realidad: la
relación entre el animal frugívoro y la planta se parece más a un caso de
mutualismo que al de predación. En este sentido, los frugívoros se distancian
claramente de los comedores de hojas que sí resultan especies predadoras o
parásitas (el límite es difuso) de los vegetales. ¿En qué radica la diferencia?
Las
hojas de las plantas constituyen los órganos donde tiene lugar una de las
funciones más indispensables de la vida vegetal: la fotosíntesis. Su pérdida
total o parcial representa, pues, una desventaja competitiva frente a otras
plantas y una pérdida de vitalidad y de las posibilidades de supervivencia. Los
frutos, sin embargo, son estructuras diseñadas especialmente para ser ofrecidas
como bocado a los animales, tratando de conseguir a cambio una opción de "transporte
y alejamiento" de las semillas que van en su interior, algo nada fácil
para los vegetales por sí solos. El objetivo del fruto (al contrario que el de
la hoja) es ser comido. Se trata de un alto precio que paga la planta, puesto
que en su fabricación gasta una considerable cantidad de energía y materiales
nutritivos, pero le compensa, habida cuenta del éxito evolutivo que han tenido
los grupos de vegetales que han optado por esta vía. Para completar la
estrategia, mientras que el fruto ha de ofrecer un atractivo para los animales
frugívoros, la semilla (que va oculta en su interior) ha de estar protegida por
unas cubiertas lo suficientemente resistentes como para atravesar el tracto
digestivo sin que las posibilidades de germinación sufran menoscabo. En
ocasiones, incluso, llega a ser necesario que la semilla pase por algún
intestino animal para que se pueda producir la germinación de la semilla, lo
que sin duda es una mayor garantía de que ésta no habrá caído en las inmediatas
proximidades de la planta progenitora.
Pero
resulta que en las tierras bajas del Perú tropical (donde iniciábamos este
relato) hay una pequeña parte del año durante la cual las lluvias escasean. Es
un periodo en el que la mayoría de las plantas del bosque no están interesadas
en apostar por la dispersión de sus frutos, por lo que hay un importante parón
en la producción de éstos. Sin embargo, en esa época las numerosas especies de
animales y plantas que han centrado sus hábitos alimentarios en la dieta
frugívora siguen estando presentes, por lo que siguen teniendo una necesidad
acuciante de frutos. No se trata de un periodo muy largo, éste de la época
seca, pero resulta evidentemente crucial para los animales que se alimentan de
frutos.
Afortunadamente,
unas pocas especies de árboles mantienen su fructificación en ese periodo. Como
observó John W. Terborgh[66],
del Centro para la Conservación Tropical de la Universidad de Duke, los
animales frugívoros pierden en esta época hasta una décima parte o más de su
peso corporal, pero sobreviven gracias, fundamentalmente, a la presencia de
frutos en muchos higuerones (especies que pertenecen al género Ficus).
Éstas representan tal vez sólo una de cada cien especies arbóreas del bosque
tropical, pero en este periodo mantienen al 80% de la biomasa animal de
vertebrados.
Coincidiremos
en que estas especies de higuerones merecen el calificativo de especies
clave, al coincidir en ellos alguno de los "centros de gravedad"
ecológica de los bosques peruanos, constituyendo hitos trascendentales en el
mantenimiento de las redes de interacciones del ecosistema. Sin duda, la
reducción en el número o presencia de estas especies o, peor aún, su desaparición tendría unas consecuencias
amplificadas sobre la estabilidad de las biocenosis tropicales.
Esto,
ya de por sí, tal vez sea suficientemente concluyente, pero es que no acaba
aquí la historia.
Los
higuerones, como la mayoría de las plantas superiores tropicales, necesitan del
concurso de especies animales que le ayuden en la polinización. Se trata de
árboles muy especializados en este sentido: la mayor parte de las especies
tiene una avispa polinizadora propia. Éstas viven estrechamente ligadas al
higuerón al que polinizan y del que dependen para vivir e instalar sus nidos.
De hecho, los himenópteros sólo pueden sobrevivir unos pocos días alejados del
árbol con el que les une algo más que "una larga amistad", de
forma que, cuando abandonan uno, deben darse prisa para encontrar otro árbol
del mismo tipo antes de que pase demasiado tiempo. Además, y para colmo,
resultan ser malos voladores, por lo que la densidad de los higuerones debe ser
suficientemente elevada como para que puedan encontrar otro árbol florido
relativamente cercano. En este punto hay que advertir que los individuos de una
misma especie de higuerón no florecen simultáneamente, lo que complica bastante
las cosas.
Resumiendo:
tenemos un periodo crucial del año en el que la mayoría de las especies de
mamíferos y aves que se alimentan exclusivamente de frutos depende
estrictamente de unas cuantas especies de higuerones, los cuales, a su vez,
dependen cada uno directamente de una especie de avispa que cuando abandona uno
de esos árboles ha de encontrar urgentemente otro árbol próximo de la misma
especie y, además, florido, para poder cumplir con su función polinizadora (y
sobrevivir, de paso). Creo que volveremos a coincidir en que hemos de
catalogar, con todo merecimiento, a estas avispas entre las especies clave
del ecosistema forestal del trópico peruano.
Ahora,
la pregunta inmediata que nos puede venir a la mente podría ser: ¿qué efectos
en cadena han de producirse en los bosques de las tierras bajas del trópico
húmedo del Perú si, por alguna razón, las avispas son eliminadas?. Es difícil
dar una respuesta, pero, sin embargo, tal vez sea más fácil pensar que pocos
hubieran apostado, antes de conocer algunas de las características de esta
historia, por augurar demasiado males a partir de la simple desaparición de
unas poco atractivas avispas, ¿o no?.
LAS BONDADES DE LOS MURCIÉLAGOS GIGANTES
Algunas relaciones tan intensas como imprescindibles
Hemos
visto que la polinización y la dispersión de semillas constituyen sendas fases
del ciclo vital de las plantas superiores que dependen, en muchos casos, del
concurso de animales. También vimos que, sobre todo en los medios tropicales,
la relación especializada entre el polinizador o dispersor y la planta suele
ser muy estrecha, algo que permite asegurar que la "cesión"
del polen o la semilla se hace en condiciones muy favorables para que el uno
llegue hasta la flor de otro ejemplar de la misma especie, o la otra termine en
un lugar y unas condiciones que permitan su germinación y consiguiente éxito.
El
primer lugar entre las especies polinizadoras está ocupado por las numerosas
especies de insectos que contribuyen a esta tarea. Las plantas, además, son
consumadas seductoras de insectos, “inventando" mil y un trucos
para atraer a las especies polinizadoras y evitar que el polen acabe en manos
de "desaprensivos" u "oportunistas de tres al cuarto",
los cuales, al contrario de los seguros polinizadores específicos, no llevarán
el precioso polen, con gran probabilidad, hasta otra flor de la misma especie.
Las
formas de las flores, la disposición de sus sacos polínicos o el ofrecimiento
de perfumados nectarios que recompensen con sus nutritivas sustancias
azucaradas a los polinizadores "fieles" (en muchos casos, la
disposición rebuscada de éstos sólo permite el acceso hasta el precioso néctar
a determinadas especies): éstos son algunos de los mecanismos desarrollados por
las plantas con el fin de estrechar los lazos que les unen a sus polinizadores.
Algo
parecido ocurre con la dispersión de los frutos, aunque aquí es más difícil
asegurar las cosas. El fruto, esa cubierta nutritiva que encubre la semilla, es
el artificio destinado a atraer a los animales dispersores, como ya dijimos.
Aquí, la especificidad se trata de conseguir mediante el estrechamiento de la
relación trófica entre el animal y la planta: cuanto más dependa la
alimentación del animal frugívoro de la planta, tanto más dependerá la
dispersión de los frutos de la labor del animal como agente de transporte. Como
ya comentamos, en muchas ocasiones las semillas no llegan a germinar hasta no
haber pasado por el tracto digestivo de determinadas especies dispersoras: esto
representa un paso más en la certeza de que las semillas germinarán algo
alejadas de la planta madre y en unas buenas condiciones para el desarrollo de
la nueva planta, bien debido al lugar donde los animales depositan
habitualmente sus heces, bien por encontrarse acompañadas de buena cantidad de
materia orgánica que favorecerá los primeros momentos de la germinación.
Puede
advertirse, por tanto, el alto valor que adquiere la biodiversidad faunística
en relación al cumplimiento de estas dos fases trascendentales para la vida de
las plantas. Se trata, pues, de un auténtico "servicio ecológico"
y, además, fundamental. Pero también hay una vertiente económica, cuantificable
en parte en unidades monetarias, al depender muchas plantas comerciales de este
"servicio ecológico". Es decir, no sería posible desarrollar
el ciclo vital completo de muchas plantas que producen bienes económicos (como
frutos, madera, fibras, sustancias químicas u otros), de no mediar el concurso
de las especies polinizadoras o dispersoras.
Un
grupo de animales de gran importancia en la polinización y dispersión de
semillas de numerosas plantas tropicales son los murciélagos, a menudo poco
reconocidos por los humanos. Marty S. Fujita, del Museo de Zoología de la
Universidad de Harvard, y Merlin D. Tuttle, de la Sociedad Internacional para
la Conservación de los Murciélagos, han estudiado la relación entre el grupo de
los murciélagos frugívoros pertenecientes a la Familia Pteropidae o Pteropodidae (que incluye a las especies de "zorros
voladores" más grandes del mundo) y las plantas de los medios
tropicales de Asia y Africa donde existen estos megaquirópteros[67].
Según los datos reunidos por la Sociedad Internacional para la Conservación de
los Murciélagos, unas 289 especies de plantas dependen para su propagación de
estos animales. De ellas, los dos investigadores estudiaron 186,
correspondientes a la zona tropical del Asia Oriental. Tras un programa de
seguimiento, Fujita y Tuttle encontraron que se extraían 448 productos de
interés económico de estas plantas dispersadas por los murciélagos; productos
que se podían encontrar en los 17 mercados de Malasia que visitaron, de los que
un 23 por 100 correspondía a materiales relacionados con la madera (se incluyen
las doce especies madereras de mayor importancia en Malasia, uno de los países
exportadores más importantes del mundo), un 19 por 100 eran productos de alimentación
o utilizados para fabricar bebidas, y un 15 por 100 más eran utilizados para
fabricar medicinas. El valor económico de todo ello, dependiente del "servicio
ecológico" realizado por la dispersión de las semillas y la
polinización que realizaban estos "zorros voladores" era,
pues, de una gran magnitud y no sólo desde el punto de vista local: tan sólo
uno de los 448 productos vegetales (el procedente de Palaguiun, una
Sapotácea malaya cuyas semillas son dispersadas por varias especies de
murciélagos del género Cynopterus) alcanzó en 1985 un valor de
exportación anual, sólo en Malasia, de 5 millones de dólares USA.
A
pesar de todo, ambos autores constataron la progresiva reducción de la
diversidad de los murciélagos en toda su área de distribución debido a la
creciente agresión humana sobre sus poblaciones; de hecho ya se han extinguido
varias de las especies del grupo.
ACACIAS ESPINOSAS Y HORMIGAS AGRESIVAS: UN EQUIPO FORMIDABLE
Más sobre las interacciones entre animales y plantas
Las
interacciones entre animales y plantas pueden ser agrupadas en dos categorías
principales. La primera englobaría todas las interacciones en las que el animal
y la planta son antagonistas o enemigos, por decirlo de algún modo. La otra,
por el contrario, implica que ambos cooperen en beneficio mutuo, es decir,
supone algún tipo de mutualismo. El ejemplo más típico del primer grupo
son las relaciones predador-presa o parásito-hospedador, dos versiones de un
mismo tipo fundamental de relación. Una buena representación del segundo son
los ejemplos, ya comentados antes, de los polinizadores con las plantas
polinizadas o de los dispersores de semillas respecto a las plantas productoras
de éstas.
Sin
embargo, hay otros casos más de este segundo tipo: veamos alguno.
En
las costas del Pacífico centroamericano se da un tipo de ecosistema conocido
como bosque tropical seco. Este bioma se encuentra aún más amenazado que
sus más conocidos "parientes", los bosques tropicales húmedos
o lluviosos. Los bosques secos del trópico centroamericano ocupaban hace tiempo
una extensa franja costera que se extendía casi ininterrumpidamente a lo largo
de todo el Istmo. Se habla de 550.000 kilómetros cuadrados (un poco más de la
extensión total de España) para estimar la superficie ocupada hace quinientos
años por estos ecosistemas en la vertiente Pacífica de Centroamérica. También
se calcula que, hoy, su extensión total apenas alcanza un 2 por 100 de la
original[68].
De hecho, se ha iniciado un plan para la restauración del bosque seco tropical
en el área de Guanacaste, en Costa Rica,donde subsiste uno de los últimos y
mejores reductos de estas formaciones. En esta zona, donde se ubica el Parque
Nacional Santa Rosa, el visitante puede encontrar, entre la vegetación arbórea
que define el ecosistema seco tropical, unos árboles de porte moderado que se
denominan localmente cornizuelos. Se trata de Acacia collinsii,
una mimosácea frecuente en la región, provista de hojas compuestas y con el
típico aspecto de los arbolillos del bosque seco. Pero, sin duda, lo que más
facilita su identificación es la presencia de unas imponentes espinas de
considerable tamaño que, en grupos con forma de cornamenta o tríos afilados,
ornamentan por doquier las ramas. Una inspección más detenida de estas espinas engrosadas
permite comprobar que, en la base del extremo afilado o en el inicio de los
abultados cuerpos que componen la parte inferior de la espina, hay,
frecuentemente, unos orificios de paso a lo que parece ser el interior hueco de
la espina. No es difícil tampoco percatarse de la abundancia de hormigas que
patrullan por las ramas y las hojas de la acacia. Se trata de alguna especie
del género Pseudomyrmex, tal vez P. ferruginea, pero también
posiblemente P. belti o P. nigrocincta. Cada árbol tiene una
colonia de una sóla de estas tres especies y parece que hay diferencias en el
tipo de hábitat que prefieren una u otra de las especies de hormiga de la
acacia. Aunque una acacia joven puede ser colonizada inicialmente por varias
hormigas reinas, en cuanto una de ellas consigue prosperar y criar una
generación de obreras, éstas se encargan de eliminar todo vestigio de las otras
colonias y reinas hasta apoderarse de todo el árbol (y sus alrededores).
Un
arbolillo de éstos puede llegar a contener hasta quince mil hormigas obreras y
cincuenta mil larvas al inicio de la época lluviosa. Naturalmente, las hormigas
de la acacia constituyen una importante defensa para la planta que, añadida a
la presencia de las espinas, hace que muchos artrópodos y vertebrados se lo
piensen dos veces antes de acercarse a la acacia, y si lo hacen, sean
simplemente expulsados del árbol por estos feroces himenópteros y las agudas
espinas. Además, las ramas tiernas y los brotes de otras plantas que llegan a
tocar la acacia son también atacados por las hormigas, de manera que se llega a
definir un círculo de aclareo en torno al árbol. Curiosamente, la labor de las
hormigas protege la nidificación de algunas aves como los Bienteveo Grandes (Pitangus
sulphuratus), unos tiránidos comunes de cuerpo amarillo y dotados de una
vistosa franja superciliar blanca sobre otra ocular negra. Estas aves hacen sus
nidos con cierta frecuencia sobre las acacias, ya que, aunque inicialmente son
atacados por las hormigas, luego son ignorados, lo que no ocurre con los
predadores que pretendieran trepar por el tronco hasta los huevos o los pollos
del ave. Por ello, parece que el éxito reproductivo de los Bienteveo que
nidifican sobre las acacias aumenta considerablemente.
La
asociación entre acacias y hormigas, muy frecuente, constituye una interacción
de tipo mutualista capaz de haber determinado otra línea auténticamente
paralela de coevolución dependiente entre uno y otro géneros (pues son varias
las especies de unas y otras implicadas)[69],
beneficiándose así la supervivencia de ambos y, de paso, alguna otra que, como
el Bienteveo Grande consigue aprovecharse del viejo dicho castellano de "quien
a buen árbol se arrima,....". Nuevamente, las relaciones estrechas
favorecen el "empaquetamiento" y coexistencia de especies y,
con ellos, la biodiversidad.
_
EL FINAL DE LAS ESPECIES
¡TODAS LAS ESPECIES ESTÁN EXTINGUIDAS!
Extinciones y catástrofes
La
preocupación por la extinción de especies es una muestra de sensibilidad mínima
ante la magnitud de la catástrofe que la reducción de la biodiversidad puede
suponer para la Tierra y para la propia especie humana. Lo importante es que la
preocupación pase a ser un cambio en los comportamientos negativos. Sin
embargo, los procesos de extinción no siempre han sido bien comprendidos por
parte del gran público, incluso entre aquellos interesados por el asunto. Tal
vez la denominación de "especie en vías de extinción",
utilizada en muchas noticias y documentales sobre este tema, no haya sido
demasiado afortunada. De hecho, parece conllevar un fatalismo determinista que
no sabemos si es irremediable o no. En la mayor parte de los casos, el
verdadero fatalismo para la especie en cuestión es la propia presencia y
actividad humana, por lo que la vía de la extinción viene representada
por una vía humana (incluso, a veces, el término se vuelve literal y es
una "vía de comunicación" en forma de autopista o similar la que da
la puntilla a la especie amenazada).
Pero
también las especies, de forma natural, se extinguen. De otro modo no sería
necesaria la tarea de reconstrucción de fósiles, a los que hoy nadie encuentra
vivos y coleando por el planeta (a pesar de los intentos de los vecinos del
Lago Ness y similares por fomentar el turismo en sus tierras). El problema
radica en que la mayoría de las especies que ahora están a punto de desaparecer
(y la desaparición de una especie es siempre irreversible) lo son como
consecuencia de las actividades humanas ejercidas sobre su medio o sobre ellas
mismas.
Aún
así, parece conveniente no contribuir a extender la confusión sobre lo que
significan la extinción y la amenaza de extinción, pues ésta parece alcanzar en
algunos casos tintes casi humorísticos. Cuando en 1991 visité por primera vez
el área de Tortuguero en la costa caribeña occidental de Costa Rica como parte
de un programa de cooperación internacional, estuvimos conversando con un
biólogo mejicano que coordinaba para la C.C.C. (la "Caribean
Conservation Corporation") los trabajos de marcado y seguimiento de
las tortugas marinas de la especie Chelonia mydas. Esta tortuga marina
que viene a poner aquí sus huevos es la misma tortuga verde que los bucaneros y
marineros del Caribe comieron durante años en forma de carne y sopa, llegando a
diezmar una especie que fue tradicional sustento de los pueblos Sumus y
Misquitos, tradicionales habitantes de las costas atlánticas de Nicaragua y
Costa Rica. Por la noche, a la par que los estudiantes y biólogos marcaban con
anillas las tortugas que arrastraban con dificultad su corpachón presado sobre
las arenas de la playa de Tortuguero, los visitantes acudían a ver el
espectacular sistema de nidificación, convertido en uno de los atractivos
turísticos del área.
Los
colaboradores en el seguimiento de las tortugas explicaban a los visitantes
algunas de las características de estos curiosos quelonios, a la vez que les
informaban de la lamentable situación en que se encontraba la especie debido a
causas humanas, destacando, entre los principales impactos, la propia pesca
abusiva y la pérdida por ocupación urbanística de los lugares donde las
tortugas han venido reproduciéndose durante milenios. Además de la información,
los biólogos y estudiantes tenían por costumbre recoger las preguntas más
chocantes, hilarantes o absurdas que les hacían los visitantes, reflejándolas
luego en un tablón colocado en su caseta ordenadas por cantidad y
"calidad". Hay que reiterar que las preguntas se realizaban mientras
el grupo de turistas observaba los esfuerzos de una hembra para llegar hasta un
buen lugar y cavar en él un hueco donde evacuar sus huevos. "¿Es ésta
una especie extinguida?" resultaba ser una de las más sorprendentes (y
frecuentes) preguntas de los admirados turistas agrupados en torno a la sufrida
quelonia, la cual, ajena a tales filosóficas cuestiones, seguía esforzándose
por depositar su rosario de huevos en el agujero abierto.
Si
la anterior historia puede simbolizar algunas de las confusiones existentes
acerca de las ideas de extinción y amenaza, es apropiado también referir al
respecto otra anécdota de muy distinto signo, pero también dotada de una
considerable dosis de ironía, que recoge, en uno de sus numerosos y excelentes
textos[70],
el paleontólogo de Harvard, Stephen J. Gould. En ella se relata cómo, a menudo,
su prestigioso colega Dave Raup inicia sus brillantes conferencias sobre el
registro fósil y las especies actuales afirmando (para considerable sorpresa de
su auditorio) que "en una primera aproximación, todas las especies
están extinguidas" . He osado utilizar esa idea para iniciar este
espacio.
Si adoptamos los criterios habitualmente
utilizados para tratar con la complejidad de una distribución estadística y
queremos resumir su alto grado de información, simplificando hacia lo más
relevante o estadísticamente significativo, terminaremos despreciando lo más
escaso o raro. En esta línea, la afirmación de Raup no resulta descabellada, a
pesar de que el vigor de la variedad de la vida actual hace la frase tan
evidentemente falsa como llamativa a los oídos de cualquier auditorio. Y es que
el 99% de todas las especies que han existido en la historia de la vida sobre
la Tierra ya han desaparecido; o, lo que es igual, las especies actuales sólo
representan menos del 1% de las que han existido en tiempos anteriores.
¿Cómo
y por qué se han extinguido las especies que ya no existen?
La
cuestión no es fácil de determinar, pero al menos sabemos que, si nos atenemos
a la coincidencia y ritmo de desaparición, hay dos formas principales de
producirse las extinciones. La primera ocurre cuando las especies desaparecen a
velocidades y en cantidades reducidas, de una forma aproximadamente gradual. En
esos casos van siendo sustituidas por otras nuevas que se forman a velocidades
similares. Esta forma de extinción queda reflejada en el registro fósil a
través de cambios suaves de las faunas y floras sin constituir grandes
tragedias colectivas (aunque sí, claro, individuales: las de las propias
especies que desaparecen). Este tipo de situaciones caracteriza la inmensa
mayor parte de la historia de la vida sobre la Tierra.
Durante
estos procesos (llamémosles habituales), algunas especies no son capaces de
resistir el cambio gradual de las condiciones (un cambio no marcadamente
abrupto). Quizás el problema es que no consiguen adaptarse y sobrevivir en las
nuevas condiciones de competencia con especies que van apareciendo, o que ellas
mismas van evolucionando empujadas por presiones de selección ambiental sobre
su propia variabilidad genética, aunque, en este último caso, más que de
extinción de una especie, hablaremos de una evolución hacia nuevas formas. Son
los extensos periodos de "tranquilidad" o "normalidad"
evolutiva, durante los cuales apenas percibimos los cambios (no obstante,
siempre presentes), hasta que no adoptamos la perspectiva de un tiempo largo.
Es como convivir con una persona que cambia gradualmente, pero de cuyos cambios
apenas somos conscientes; sólo una visión retrospectiva, por medio de una
imagen que rescatamos de varios años atrás, nos hace conscientes del paso del
tiempo (en un retrato que no poseyera las inquietantes facultades del de Dorian
Gray).
Los
paleontólogos han llamado "extinción de fondo" a esta pérdida
suave y gradual de especies en el devenir de la historia de la vida.
Pero
hay otros momentos biohistóricos en los que la extinción de especies se ha
disparado en forma catastrófica, constituyendo auténticas crisis de la
biodiversidad del momento y determinando "extinciones en masa".
En esos periodos, las faunas y floras cambian drástica y velozmente al
desaparecer una buena parte de sus representantes. La identificación de tales
momentos ha fundamentado los hiatos de separación entre las diferentes eras,
periodos y edades en que los paleontólogos subdividen la historia de la Tierra.
Fueron momentos dramáticos, aunque no muy numerosos, en los que "algo"
provocó tales cambios en las condiciones existentes para la vida que una parte
significativa de los seres vivos no fue capaz de sobrevivir, produciéndose la
extinción en masa.
Ambos
procesos (la extinción de fondo y la extinción en masa) han determinado la
historia de la biodiversidad sobre nuestro planeta, aunque la vida siempre ha
sobrevivido a ambas formas de "destrucción" o cambio. En unos
casos, lo ha hecho por medio de una reposición tan gradual como lo era la
extinción; en los otros, reduciendo de manera espectacular la magnitud de la
diversidad anterior, e iniciando un proceso de recuperación tras un periodo más
o menos largo de "convalecencia". De ambos procesos son consecuencia
también la evolución y el cambio de las especies; y de ambos es efecto final la
diferencia entre las faunas y floras actuales y las pretéritas. Juntos tienen
como corolario la extensa lista de especies sólo recordadas por sus fósiles, la
misma que hace afirmar a Dave Raup su
irónico aserto sobre la no existencia, estadísticamente significativa, de
especies vivas.
LA NORMALIDAD DE LA MUERTE
La extinción de fondo
En
los momentos "normales" de la historia de la vida sobre la Tierra,
muchas especies han aparecido a través de alguno de los mecanismos de
especiación; luego han seguido una trayectoria vital más o menos larga, y,
finalmente, han acabado desapareciendo de la faz del planeta, dejando, a lo
sumo, algunos restos de cómo fueron (en la forma de las rocas que han heredado
sus morfologías).
La
manera de desaparecer también puede ser diferente. En unos casos (la extinción
verdadera), la desaparición refleja la pérdida del hilo evolutivo, de la
herencia genética directa. En éstos, la especie desaparece sin que exista una
"heredera": se produce, si acaso, un reemplazamiento del papel
desarrollado por la especie extinta por otra u otras especies, o bien el "espacio
adaptativo" queda un tiempo libre hasta ser ocupado por otras
especies. En otros casos, la
desaparición no constituye una verdadera extinción del linaje evolutivo, sino
sólo la desaparición de unas formas determinadas que hemos catalogado en el
registro fósil como una especie concreta. Estas especies, que ciertamente han
desaparecido como tales formas identificables, representan una evolución hacia
nuevas especies (y formas morfológicas) derivadas genéticamente de las
anteriores, aunque el registro fósil nos indique la extinción de una forma
(especie) y la aparición de otra u otras.
Ambas
circunstancias se producen en lo que hemos llamado periodos normales de la
historia de la vida y ambas tienen un ritmo de ejercicio considerablemente
lento, de forma que especiación y extinción corren a la par, o progresa más la
especiación, en cuyo caso la vida se enriquece y diversifica.
UNA HISTORIA DE HACE 250 MILLONES DE AÑOS
El final del Pérmico
Hace
unos 250 millones de años, la Tierra poseía una configuración de mares y
continentes muy diferente a la actual. En esos momentos está finalizando el
periodo de la Historia de la Tierra que muchos millones de años sería conocido
como "Pérmico".
El
Pérmico cierra toda una era dotada de características propias, conocida como
Paleozoico (lo que significa "la fauna antigua"), y abre la puerta a
una nueva era llamada de la "fauna media" (el Mesozoico).
En
aquellos lejanos años de los finales del Pérmico, las tierras emergidas se
agrupaban en un gran conjunto continental, la Pangea. Modernamente este
megacontinente pérmico es conocido como Pangea 2, pues hay constatación
suficiente para creer que al menos en una ocasión (al comienzo del Paleozoico
y, por tanto, más de 500 millones de años antes de la actualidad) hubo otra
Pangea 1. Una rica fauna poblaba aquellos mares y tierras emergidas. Especies
que alcanzaban varios metros de longitud testifican el éxito de la complejidad
anatómica y estructural alcanzada ya entonces por los vertebrados, un grupo que
manifestará más tarde una importante radiación evolutiva formando numerosas
líneas filogenéticas, entre las que destacarán las de los reptiles: será la denominada
"radiación amniota". Junto a ellos, los mucho más numerosos
grupos de invertebrados (moluscos, equinodermos, artrópodos y otros) poblaban
los mares y se adentraban también en los medios terrestres.
Pero
algo ocurrió en los últimos momentos del Pérmico. En un periodo de unos 5 a 10
millones de años, los acontecimientos y cambios se precipitaron: el nivel de
oxígeno en la atmósfera sufrió dos cambios seguidos: un importante descenso
inicial y una brusca elevación posterior; paralelamente, el carbono almacenado
en los gases de la atmósfera sufrió un proceso tan rápido como opuesto al del
oxígeno. La explicación a estos bruscos cambios producidos en el marco de tan
sólo unos pocos millones de años debe hallarse en mecanismos ligados a las
profundas y veloces modificaciones de las temperaturas globales del planeta y
de las condiciones marinas, pero no hay ni unanimidad ni claridad en la opinión
de los científicos sobre las causas últimas desencadenantes del cataclismo.
El
golpe del cambio fue demasiado brusco para muchos organismos vivos. Según los
datos recogidos por el profesor de la Universidad de Chicago J. John Sepkoski
Jr., el 54 por 100 de las familias (la categoría taxonómica inmediatamente
superior a la de género) de animales marinos desapareció en el corto plazo de
los últimos cinco millones de años del Pérmico. La hecatombe es aún mayor si
nos fijamos en las escalas taxonómicas inferiores: tan sólo entre el 16 y el 22
por 100 de los géneros de animales marinos y apenas 4 de cada 100 especies
sobrevivieron a la catástrofe. El drama reflejado en los datos es relatado por
Michael J. Benton, profesor de la Universidad de Briston, en su capítulo Cuatro
pies en el suelo que forma parte del magnífico texto titulado El libro
de la vida[71]:
"los
mares perdieron el 98 por 100 de los crinoideos (los lirios de mar), el 78 por
100 de braquiópodos articulados, el 76 por 100 de briozoos, el 71 por 100 de
cefalópodos y el 50 por 100 de los microscópicos foraminíferos planctónicos.
Desaparecieron completamente varios grupos importantes, entre ellos los
blastoideos (equinodermos pedunculados), euriptéridos, corales tabulados y
rugosos (que ya venían diezmados de la crisis tardodevónica) y los trilobites
que aún quedaban."
La
cifra de pérdida del 96 por 100 de todas las especies marinas, proporcionada
por Dave Raup (colega de Sepkoski en la Universidad de Chicago y el mismo que,
con su ironía, nos permitía comprender la verdadera proporción entre fósiles y
especies vivas), ha sido considerada demasiado elevada, ya que algunas causas
metodológicas presentes en este tipo de estudios pueden contribuir a una
estimación al alza. Según otros expertos, como Douglas H. Erwin, del Museo
Nacional de Historia Natural de Washington, unas cifras del 85 al 90 por 100
resultarían "más plausibles"[72].
De cualquier modo, el asunto no desmerece del calificativo de una auténtica
catástrofe. El mismo Michael J. Benton contabilizó la pérdida de un 73 por 100
de las familias de tetrápodos terrestres, lo que representaría una extinción
del 98 o 99 por 100 de las especies existentes, aunque el total de las familias
estudiadas sea menos representativo que el de las marinas. Cabe afirmar, pues,
que la extinción también fue masiva para la biodiversidad terrestre.
Los
acontecimientos acaecidos a finales del Pérmico abrirán la vía para que unas
nuevas formas de vida se adueñen del planeta, lo que, a su vez, permitirá a los
futuros paleontólogos trazar una línea divisoria entre el Paleozoico y el
Mesozoico. Pero lo ocurrido a finales del Pérmico no es un suceso aislado o
excepcional, pues hay al menos una veintena de acontecimientos de este tipo
(que cabe calificar de extinciones masivas) jalonando la evolución de la vida.
De ellos, cinco constituyen la serie de los episodios más dramáticos.
LA BRUTALIDAD DE LA MUERTE
Las extinciones en masa
El
ya aludido John J, Sepkoski Jr., en una obra colectiva editada por Eldredge en
1992[73],
y en un artículo aparecido en 1993[74]
en la revista Paleobiology, recogió la existencia de varios momentos de
extinciones masivas habidos durante los últimos 600 millones de años,
constatados a través del registro fósil de animales marinos. Aunque es más rica
la secuencia de los datos documentados sobre las extinciones marinas, también
algunos episodios de extinciones masivas de especies terrestres han sido
recogidos, lo que significa que nadie se ha librado del drama en esos periodos
críticos. Algunos de los principales momentos calificables como extinciones
masivas de la historia de la Tierra (de los que hay suficiente constancia a
través del análisis paleontológico) se relatan, muy brevemente, a continuación.
A
finales del Cámbrico, uno de esos procesos de extinción masiva se llevará por
delante una gran parte de la fauna marina cámbrica; la cual, a juzgar por los
estudios de los fósiles de Burguess Shale, contenía un número impresionante de
formas de vida radicalmente diferentes a las que luego pasaron el
"embudo" de la catástrofe (más adelante volveremos sobre la fauna de
ese lugar actualmente ubicado en la Columbia Británica).
El
Ordovícico Tardío, un periodo transcurrido hace 438 millones de años, ofrece
otro caso crítico. Este momento es considerado por muchos como el segundo más
importante por el número de los grupos desaparecidos. Sepkoski calculó en un 70
por 100 el porcentaje de las pérdidas ocurridas en las especies marinas. Se
vieron muy afectados los braquiópodos, equinodermos, trilobites y ostrácodos.
Se piensa que las glaciaciones provocadas por la localización del gran
continente Gondwana sobre el Polo Sur de entonces, así como las modificaciones
de los niveles marinos, ejercieron como principales causantes de los cambios
drásticos.
El
Devónico Superior, unos 367 millones de años atrás, representó otra etapa de
extinción masiva. En este caso se piensa que la duración del proceso de
extinción fue de unos 2,2 millones de años. Como señalan los paleontólogos Erle
G. Kauffman y P.J. Harries[75],
en este caso existen evidencias de dos episodios marinos de anoxia o
empobrecimiento en oxígeno de las aguas oceánicas. La extinción afectará a
muchos grupos entre los que destacan numerosas familias de cefalópodos,
trilobites y cnidarios.
El
final del Pérmico, ya relatado en anteriores líneas, ha sido el periodo
constatado como de mayor intensidad en la actividad exterminadora de las formas
de vida preexistentes.
Hace
unos 225 millones de años, durante el Triásico Tardío, vuelve a producirse una
extinción masiva en las faunas marinas y terrestres. Mientras que en las
primeras se ven afectados numerosos peces, equinodermos, cnidarios, briozoos o
moluscos, en las faunas terrestres son algunos de los grupos de reptiles
triásicos los que pierden buena parte de sus efectivos: los cinodontos,
tecodontos, rincosaurios y dicinodontos pasan de dominar a desaparecer o
reducirse espectacularmente. Este proceso de extinción masiva se reproduce
apenas 20 millones de años después, marcando la transición con el Jurásico. Si
en la primera fase parece que el mayor golpe se lo llevaron los grupos
terrestres, en la segunda fueron los marinos los más afectados. Tras ambas
hecatombes vendrá la radiación evolutiva de los grupos de dinosaurios que
caracterizará los tiempos siguientes.
La
transición Jurásico-Cretácica representa también un periodo de extinción masiva
que comporta la eliminación de numerosas especies y abre nuevos huecos para la
aparición de la fauna cretácica.
La
siguiente gran extinción en masa será la más famosa de la historia de la vida,
al menos entre niños y niñas. Será la que conllevará la desaparición del
dominio de los dinosaurios. Conocida como la transición Cretácico-Terciaria se
localiza en el tiempo hace unos 65 millones de años y ha sido muy popularizada
por la llamada "dinomanía" que ha invadido en los últimos años
el contenido de películas, dibujos, exposiciones o libros (incluso una marca de
galletas llevó las figuras a sus productos y patrocinó una exposición de estos
reptiles en el Museo Nacional de Ciencias Naturales: aún así resulta
sorprendente el interés que los dinosaurios despiertan en muchos niños, de
forma que algunos de ellos, incluso de corta edad, son capaces de nombrar y
describir decenas de especies diferentes de los grandes y prehistóricos
saurios). En este proceso desaparecerán no sólo los dinosaurios, sino también
otros muchos grupos, tanto marinos (como los amonites o diversos grupos
componentes del plancton calcáreo), como terrestres (entre los que se incluye
el 65 por 100 de las especies de plantas). Este proceso de extinción masiva es
el que reúne más pruebas sobre la incidencia de causas externas, concretamente
el impacto de algún meteorito, según la hipótesis lanzada por Luis Álvarez y
propuesta ya en 1980 en un artículo aparecido en la revista Science[76].
Existen, además, buenos candidatos para la localización del impacto, destacando
la hipótesis del cráter Chicxulub, ubicado en el Yucatán.
El
Eoceno Tardío también trae un episodio calificable como de extinción masiva,
haciendo desaparecer a diversos grupos entre los que figuran muchos de los
condilartros (unos mamíferos que para algunos están en la base de los modernos
ungulados), diversos grupos de primates y muchos perisodáctilos (el grupo de
los actuales caballos), por reducir la lista a las bajas infringidas en el
grupo de los mamíferos. Este proceso, que da paso al Oligoceno, se ha
denominado "El Gran Corte", y parece haber sido provocado por
un brusco enfriamiento de las temperaturas, ocurrido en el corto espacio de un
millón de años.
Finalmente,
la crisis del Pleistoceno, con consecuencias importantes para la fauna
terrestre, puede considerarse otro proceso de extinción en masa, aunque sus
características son más leves que las de los comentados anteriormente. Para
algunos, este proceso no habría acabado aún y podría llegar a enlazar con otro
más drástico cuya causa, por primera vez, estaría claramente desvelada: la
propia actividad humana. Cierto; de confirmarse los datos apuntados por
numerosos científicos (y esa confirmación va viéndose avalada con cada nuevo
trabajo desarrollado) estaríamos viviendo el inicio de un proceso similar al de
las extinciones en masa que han esquilmado de formas de vida el planeta en
momentos anteriores, sólo que ahora ese frenético ritmo de extinción (se habla
hasta de la posible pérdida de una cuarta parte de la biodiversidad en unas
pocas décadas y parejos ritmos de muerte global) se debería a la imprudencia de
una especie cuyo agresivo impacto sobre la Tierra puede suponer, según todos
los indicios y de continuar con la trayectoria actual, su propia destrucción.
EPISODIOS PARTICULARES Y ¿ACTUALES?
Características de las extinciones en masa
Jordi Agustí, director del Instituto de
Paleontología M. Crusafont de la Diputación de Barcelona, se encargó de la
introducción y la edición de un libro[77]
que recoge las ponencias y debates habidos en unas jornadas que sobre "Dinámica
de las extinciones en la biosfera" reunieron durante dos días de marzo
de 1993, en el marco del activísimo Museo de la Ciencia de Barcelona, a una
buena representación de expertos en esta cuestión. Según J. Agustí[78]
(y como corolario de las jornadas), los grandes ejes que podrían caracterizar
al modelo general de las extinciones en masa se reflejarían en los siguientes
puntos.
En
primer lugar, el carácter más o menos periódico o repetido de los episodios de
extinción en masa, según se constata en el registro fósil de la historia de la
vida.
En
segundo lugar, la amplia incidencia de estos procesos y su estructura similar
entre sí, con una primera fase impredecible de extinción y una posterior
recuperación, relativamente predecible.
En
tercer lugar, el carácter impredecible y catastrófico de las primeras fases de
las extinciones en masa, en las que (salvo la importancia que puede tener
poseer un amplio rango de distribución geográfica al nivel de género) los
rasgos que conferían resistencia a la extinción en anteriores momentos resultan
ahora inoperantes.
En
cuarto lugar, la multicausalidad de los procesos, derivados de las condiciones
globales previas a la extinción en masa.
En
quinto lugar, la particular incidencia sobre los ecosistemas tropicales, que
resultan ser los más afectados y los que tardan luego más en recuperarse.
Y,
en sexto lugar, el carácter relativamente predecible y determinista de la
recuperación posterior a la extinción en masa, que tiene, sin embargo, un
devenir muy variable que dependerá de los supervivientes concretos.
Las
extinciones en masa, por sus características y modos de "actuar" no
parecen constituir mecanismos adecuados para promover la adaptación de las
especies. Al actuar de una forma muy aleatoria en relación a momentos
"normales" anteriores y ocurrir en lapsos de tiempo muy cortos y
separados por largos periodos definidos por otros mecanismos de selección
diferentes (que llevan aparejados los mecanismos de "extinción de fondo"),
constituyen lo que Raup ha denominado como "selección no constructiva",
para diferenciarla de la selección desarrollada en los tiempos "normales"
y causante de las extinciones de fondo.
Las
extinciones en masa o catastróficas son episodios fundamentales en la
interpretación de la historia de la vida, pero muy particulares y contingentes.
Es cierto que, aunque algunos procesos de extinción masiva responden claramente
al extremo definido como catástrofe masiva, otros momentos resultan ser
intermedios entre lo que hemos llamado la extinción de fondo y la extinción
masiva. Es lo que se puede interpretar del proceso ocurrido durante el
Cuaternario y que afectó fundamentalmente a la fauna terrestre en los medios
fríos y esteparios del planeta, según la opinión del paleontólogo polaco
Kazimierz Kowalski acerca de la extinción de los mamíferos durante el
Cuaternario[79].
Desgraciadamente,
el estudio actual de las extinciones en masa cobra un interés
excepcionalmente elevado no sólo a causa del afán científico por conocer más
sobre la historia de la vida, sino por la menos entusiasta necesidad de saber
cómo han funcionado en el pasado procesos en los que, tal vez debido a nuestras
propias actividades, podamos estar incurriendo.
CRIATURAS DEL CÁMBRICO
Una historia de azares
En
1909, el ilustre paleontólogo Charles Doolittle Walcott localizó en la Columbia
Británica un yacimiento fósil datado como del Cámbrico, con una riqueza
asombrosa de restos de organismos petrificados. El posterior trabajo de Harry
Whittington, Derek Briggs y Simon Conway Morris ha permitido abrir una vía
sorprendente en la interpretación de estas piedras conocidas como los fósiles
de Burguess Shale por el nombre de la zona que alberga el impresionante
conjunto procedente de unos 530 millones de años atrás. La sustanciosa historia
del descubrimiento, su reinterpretación junto a las lecciones que se derivan
sobre la construcción de la ciencia, los elementos y factores que intervinieron
en ella y la reflexión sobre nuestra visión general de la historia de la vida
constituyen, de la mano del paleontólogo Stephen Jay Gould, el tema de uno de
los libros más maravillosos de entre los muchos que este excelente divulgador
ha aportado a la literatura científica: "La vida maravillosa. Burguess
Shale y la naturaleza de la historia". En él (con la magistral
habilidad que posee Gould para sacar siempre un nuevo conejo del sombrero
cuando todo parecía haber llegado al cénit del misterio desvelado) se recoge la
revelación final sobre la interpretación filogenética de uno de los fósiles
aparecidos en Burguess Shale y sus consecuencias para la conclusión de la
historia. El fósil se denominó Pikaia gracilens.
Pikaia
fue un pequeño ser que vivió junto a las otras muchas especies fosilizadas que
forman parte del yacimiento de las montañas de la Columbia Británica. Por su
aspecto y forma fue inicialmente interpretado como un gusano poliqueto (un
grupo de organismos con representantes actuales). Sin embargo, la revisión
reciente de los fósiles obligó a una reinterpretación de los restos
petrificados de la pequeña Pikaia para situarla entre los cordados. La
diferencia es abismal, particularmente si la observamos (como es normal) desde
el siempre interesado y parcial punto de vista que los humanos ponemos en lo
que tiene relación con nosotros mismos, pues significa que el fósil pertenece a
alguna parte antigua de nuestra misma rama evolutiva. Se trata, en palabras de
Gould del "eslabón perdido y final en nuestro relato de contingencia,
la conexión directa entre la diezmación de Burguess Shale y la eventual
evolución humana[80]".
Lo
interesante del caso estriba en la lección que podemos extraer como conclusión
global del estudio de la fauna de Burguess Shale: la fauna cámbrica, al
contrario de lo que se ha venido interpretando, fue de una gran riqueza en
formas vivas estructuralmente muy diferentes. Por decirlo de algún modo, la
cantidad de potencialidades filogenéticas que albergaba esta fauna cámbrica es
asombrosa. Sin embargo, una catástrofe de extinción masiva acabó con la gran
mayoría de las formas presentes en Burguess Shale. Ni la prodigiosa Wiwaxia,
con sus hileras de espinas; ni Hallucigenia, un organismo soportado por
siete pares de apéndices espinosos que le mantienen sobre el sustrato, mientras
sobre su dorso se yerguen siete tentáculos de punta bifurcada que conceden al
animal un aspecto bien descrito por su nombre; ni el gigante Anomalocaris,
que fue finalmente interpretado al unir piezas fósiles anteriormente descritas
como pertenecientes a organismos distintos, siendo trozos de un mismo animal
metamérico parecido en algunas cosas (pero diferente en otras muchas) a los
actuales artrópodos; ni los Dinomischus, Nectocaris, Amiskwia
u Opabinia, todos ellos de formas extremadamente extrañas,...; ninguno
de ellos sobrevivió a la extinción en masa. Sin embargo, algún pequeño y
modesto Pikaia o una especie próxima debió conseguir pasar aquella
barrera de extinción masiva y perpetuó hasta hoy una forma de organización
anatómica que terminó originando organismos provistos de una columna vertebral
en cuyo interior se refugia un sistema nervioso progresivamente complejo.
Pikaia
es una especie que, comparada con los otros extraños seres vivos que componían
la fauna cámbrica, no parecía tener demasiadas posibilidades de supervivencia,
de modo que, probablemente, nadie apostaría fuerte a su favor frente a las
posibilidades de las otras morfologías aparecidas entre los restos fósiles
previos al desastre. Y, sin embargo, las otras extrañas y poderosas formas
desaparecieron en la hecatombe cámbrica, mientras que, milagrosamente, aquel
diminuto y poco relevante cordado sobrevivió. Nos dice Gould:
"rebobínese
la cinta de la vida hasta los tiempos de Burguess Shale y hágase tocar de
nuevo. Si Pikaia no sobrevive en la repetición, somos barridos de la historia
futura: todos nosotros, desde el tiburón al petirrojo y al orangután. Y no creo
que ningún pronosticador, si hubiera dispuesto de la evidencia de Burguess
Shale como la conocemos hoy en día, hubiera concedido ventajas muy favorables a
la persistencia de Pikaia".
Una
buena historia para una mejor reflexión que nos permita situar, una vez más,
nuestra presencia en su justo y modesto lugar, para sacar de ello las
conclusiones pertinentes. Volviendo de nuevo a la sugerente prosa del
paleontólogo de Harvard:
"Y
así, si usted quiere formular la pregunta de todos los tiempos (¿por qué
existen los seres humanos?), una parte principal de la respuesta, relacionada
con aquellos aspectos del tema que la ciencia puede tratar de algún modo, debe
ser: Porque Pikaia sobrevivió a la
diezmación de Burguess Shale",
Nada
más..., y nada menos.
DE VUELTA
AL PRESENTE: UNA CATÁSTROFE ANUNCIADA
Extinciones
y amenazas actuales
Ya
antes vimos como muchos investigadores piensan que estamos en el inicio de una
catástrofe de extinción masiva de especies debida a la modificación de los
sistemas naturales por las actividades humanas. Puede entenderse que si no es
posible ofrecer una única cifra fiable para estimar el número de especies
vivas, menos lo es el acordar cuántas desaparecen cada año. Aún así, hay
estimaciones que cifran en hasta 100.000 las especies que podrían estar
desapareciendo cada año. Otras, más modestas, sitúan entre 50 y 100 las
especies diarias que pasan al cajón de lo que nunca más volverá a habitar el
planeta.
Cualquiera
que sea la cifra real de extinciones, lo cierto es que se está introduciendo en
la naturaleza un factor de inestabilidad ecológica sumamente preocupante. Si en
toda esta historia hay algo seguro, es que la humanidad sería incapaz de
sobrevivir en una Tierra con una biodiversidad muy reducida. Muchos opinan que
el camino actual determinado por las actividades humanas modernas conduce a ese
planeta pobre y arruinado.
La
Unión Mundial para la Conservación (UICN), organización internacional que
agrupa a numerosos organismos gubernamentales y organizaciones no
gubernamentales preocupadas por la conservación de la naturaleza y sus
recursos, lleva mucho tiempo proponiendo unos sistemas unificados con el fin de
catalogar con diferentes grados de intensidad las especies que están amenazadas
de desaparición bien a escala mundial o en un territorio concreto. Estas
categorías han sido actualizadas en el reciente Congreso Mundial de
Conservación, celebrado en Montreal durante el otoño de 1996, por lo que aún no
se han utilizado en su nueva versión mas que en la nueva Lista Roja Mundial
presentada por UICN. Según los datos actualizados, una cuarta parte de las
especies de mamíferos de todo el mundo se encuentran amenazados de extinción,
proporción que afecta también a las especies de anfibios y es superada por los
peces (más de un tercio de las especies están amenazadas). El caso de los
reptiles es parecido: una de cada cinco especies aparece en la Lista Roja,
mientras las aves, más ubicuas y móviles, se ven amenazadas en una proporción
algo superior a una de cada diez.
En
España, la catalogación en Listas Rojas que asignan una categoría de gravedad
de su situación a las especies amenazadas no está aún establecida para todos
los grupos. En realidad, la única lista completa (y revisada una vez) ha sido
la establecida para el grupo de los animales vertebrados. Los datos que ofrece
no son precisamente confortadores. Según la segunda y última revisión
realizada, editada en 1992 como Libro Rojo de los Vertebrados de España y
coordinada por los biólogos Juan Carlos Blanco y Jose Luis González[81]
con las aportaciones de casi una cuarentena de biólogos y naturalistas, el 37
por 100 de las especies de vertebrados españoles están amenazadas en algún
grado. Los grupos más afectados son los mamíferos y los peces: en ambos casos
más de la mitad de las especies están amenazadas. Además, han desaparecido 9
especies originalmente existentes en el territorio español y 43 (un 7 por 100)
están dentro de la categoría de mayor peligro, denominada "en peligro
de extinción"; una categoría definida como "taxón en peligro
de extinción y cuya supervivencia es improbable si los factores causales
continúan actuando. Se incluyen aquellos taxones que se juzgan en peligro
inminente de extinción, porque sus efectivos han disminuido hasta un nivel
crítico o sus hábitats han sido drásticamente reducidos. Así mismo se incluyen
los taxones que posiblemente están extinguidos, pero que han sido vistos con
certeza en estado silvestre en los últimos cincuenta años".
|
Grupos
de vertebrados |
Especies
extinguidas |
Especies
existentes |
Especies
amenazadas |
% de
especies amenazas |
|
Peces |
1 |
50 |
26 |
52% |
|
Anfibios |
0 |
25 |
5 |
20% |
|
Reptiles |
1 |
53 |
15 |
28% |
|
Aves |
5 |
354 |
118 |
33% |
|
Mamíferos |
2 |
111 |
57 |
51% |
|
Total |
9 |
593 |
221 |
37% |
(Datos procedentes de Blanco y González,
1992)
Para
otros grupos de organismos españoles, el conocimiento es más fragmentario, por
lo que no hay Lista Rojas completas. Sin embargo, una idea puede obtenerse a
partir de algunos catálogos regionales. En Andalucía, desde el activo Jardín
Botánico de Córdoba, dirigido por Esteban Hernández Bermejo, actual presidente
del Comité Español de la UICN, se coordinó un estudio sobre la situación de la
flora andaluza que permite evaluar su estado de conservación. Según este
revelador trabajo[82],
de las aproximadamente 4.000 especies que componen la flora silvestre de
Andalucía, 1.074 fueron catalogadas a nivel de especie o subespecie como
"de protección recomendada" por tratarse de especies raras o
amenazadas de extinción, lo que representa una cuarta parte del total. El
catálogo, además, ubica 64 especies o subespecies en los niveles de mayor
riesgo de extinción.
Podemos
afirmar que la riqueza de la flora española, que se ve incrementada por una
alta tasa de endemismos que hacen más importante nuestro compromiso con la
biodiversidad mundial, está siendo progresivamente comprometida por numerosas
actividades humanas que interfieren con la existencia de formas vegetales que
han alcanzado y colonizado nuestros territorios desde floras distantes o han
logrado pasar los difíciles momentos derivados de los cambios climáticos
ligados a los procesos de la glaciación cuaternaria. Cada pérdida de taxones
locales o regionales (mucho más los endemismos, que suponen una pérdida
irreversible a escala mundial), puede representar una alteración ecológica del
medio cuyas consecuencias no son tal vez fácilmente deducibles, pero que incluyen,
al menos, la del empobrecimiento del lugar en que vivimos.
Muchos
otros datos similares aportados por numerosos estudios de diferentes lugares
del planeta nos permiten afirmar que tanto a escala local como regional,
nacional o mundial, la pérdida de especies y taxones es un asunto generalizado
y en progresión que es preciso corregir con urgencia. Las consecuencias que
podemos aprender de lo que ha ocurrido en los acontecimientos de extinciones
masivas habidos en momentos anteriores de la Historia de la Tierra nos ofrecen
una importante perspectiva para situar una reflexión que no deberíamos ignorar.
_
2
EL ARCA DE LOS
GENES
LA INTUICIÓN DEL GEN
EL ACIDO DESOXIRRIBONUCLEICO, MÁS CONOCIDO COMO ADN
Unidad en la diversidad
Los
seres vivos han adoptado muy diferentes formas a lo largo la historia de la
Tierra. Todas ellas tienen en común una buena cantidad de características; de
hecho, todos los organismos, aún siendo tan dispares entre sí como lo son un trilobites
del Cámbrico, la gran ballena azul actual, una bacteria intestinal o cualquiera
de los helechos arborescentes que durante el Carbonífero poblaban los
continentes, se basan en el mismo fundamento químico y están dotados de una
base orgánica similar. Aunque nos pueda parecer que estas criaturas vivas poco
es lo que tienen en común, realmente todas son profundamente parecidas entre
sí.
La
similitud última y más fundamental proviene de que todas ellas están
construidas sobre una base química común determinada por una serie de
compuestos relacionados con la química del carbono. Los ladrillos de la vida,
por tanto, son todos del mismo tipo. Además, destaca otro hecho fundamental que
aúna, más si cabe, a todos los organismos vivos: es la presencia en todos de
unas moléculas en las que reside la herencia genética, esto es, la información
proveniente de sus ancestros y que determina lo que será o, mejor, lo que podrá
llegar a ser el organismo desde el mismo momento de su formación. Luego, que
tales capacidades se desarrollen total o parcialmente, con una cierta
orientación u otra, dependerá de las condiciones concretas de su desarrollo y
ambiente. Esto es válido tanto si media un mecanismo de reproducción sexual
(basado en el intercambio de la información genética o en la fusión de dos
células especiales llamadas gametos), como si lo que existe es un proceso de
tipo asexual por el que se origina un nuevo organismo normalmente idéntico a su
predecesor desde el punto de vista genético. En esas moléculas (en algunos
organismos hay sólo una) reside toda la información disponible para el nuevo
ser: la "cartera con toda la documentación" sobre cómo ha de
construir sus características vitales y desarrollar sus potencialidades. Esas
moléculas clave son los ácidos nucleicos, que, en la mayoría de los casos (con
la excepción de algunos tipos de virus), son del tipo conocido como ADN, las
siglas del Ácido DesoxirriboNucleico.
El
ADN, cuya estructura en doble hélice fue propuesta en 1953 por los entonces
jóvenes investigadores James Watson y Francis Crick, es la imagen misma del
misterio de la herencia y la base de la vida. De hecho, la doble hélice ha
llegado a significar, en la simbología de la divulgación científica, la
expresión última de la vida.
La
universal dependencia que los seres vivos mantienen con respecto a las largas
moléculas de los ácidos nucleicos permite intuir que todas las formas de vida
existentes tienen un mismo y único origen último. En pura lógica funcional, no
parece que tuviera que ser exclusivamente una forma del ácido nucleico la única
que permitiera albergar y transmitir la información genética de los organismos
vivos; podríamos imaginar algunos otros tipos de estructuras moleculares
capaces de realizar tan crucial función. Sin embargo, por alguna razón (de la
que no aún podemos precisar su grado de necesidad o su cuota de azar),
fueron este tipo de ácidos de complicada estructura molecular los que
adquirieron la misión biológica, desde los albores de la vida, de ser garantes
de la herencia.
Estas
moléculas tan particulares fueron extendiéndose por el planeta, a la par que,
con ellos, se diversificaban los tipos de organismos vivos. La expansión
mundial de las moléculas nucleicas se produce a partir de que éstas revelan su
capacidad para realizar su duplicación exacta; un proceso denominado "replicación"
(la formación de "réplicas" o duplicados iguales). De no
intervenir nada más, esta facultad supondría que todos los organismos seguirían
portando el mismo material genético que llevaba el primer ser vivo, teniendo,
por tanto, sus mismas características básicas (al menos en el sentido
genético). Pero sucede que, con cierta frecuencia, se producen errores en el
proceso de replicación o que los nucleótidos componentes del ADN sufren algún
cambio químico (por ejemplo, en su secuencia) debido a causas fortuitas y en
direcciones impredecibles. En estos casos se introducen variaciones en la
secuencia genética original que no son sino modificaciones de la información hereditaria:
se trata de las conocidas "mutaciones". De ellas nace, en
última instancia, toda la diversidad genética de la vida.
Finalmente,
algunos otros procesos (como la recombinación, la sexualidad o la
simbiogénesis) incrementarán y repartirán dicha diversidad debida a las
mutaciones por toda la comunidad de organismos.
DOÑA BLANCA DE NAVARRA, KASPAR HAUSER, ESENIOS, MOMIAS Y ÁMBARES
Los genes como instrumento de indagación
En
1441 moría en Santa María la Real de Nieva (actual provincia de Segovia) Doña
Blanca I, Reina del Navarra. En su testamento, la heredera de la estirpe de los
reyes navarros dejó escrita su voluntad de ser enterrada en Ujué, un
espectacular enclave navarro presidido por una iglesia-fortaleza encaramada
sobre la colina donde se ubica la villa. En la iglesia de la fortaleza aún se
puede admirar la talla románica de una de las más hermosas vírgenes morenas
medievales (una estatua que fue favorita entre los miembros de la familia real
de Evreux, a la que pertenecía Blanca), y en alguno de los mesones de la
localidad degustarse un excelente plato de migas.
La
muerte de Blanca inició una época violenta debida al enfrentamiento entre su
hijo Carlos, Príncipe de Viana, y el que fuera el esposo de la Reina (y por
ello Rey de Navarra), Juan, quien habría de heredar, 17 años más tarde, el
vecino Reino de Aragón. La excusa de la polémica nace del confuso testamento de
Doña Blanca en el que declara Rey a su hijo Carlos, pero contando con el
necesario consentimiento de su padre. Para unos, esto no era sino una cortesía
más o menos retórica hacia el marido de Blanca, pero, para otros, se trataba de
un manifiesto criterio de herencia depositado en las manos y la voluntad de Don
Juan.
Los
combates entre padre e hijo dividieron la Navarra medieval en dos facciones
nobiliarias enfrentadas: los beamonteses, partidarios del de Viana,
organizados por Luis de Beaumont y agrupados en torno a la Navarra montañesa y
ganadera; y los agramonteses, favorables al futuro Juan II, asentados en
las tierras bajas de la Ribera de Navarra. La polémica se saldó con la victoria
final de los partidarios del padre, que unió los dos reinos.
Quinientos
cincuenta y cuatro años más tarde, el párroco de la iglesia de Santa María la
Real de Nieva decide acometer una pequeña obra en la zona del altar mayor del
templo. Para ello contrata a un obrero de la localidad. Durante las obras, al
quitar unos azulejos ornamentados con un escudo, este albañil descubrirá el
tipo de arco ojival de sillería que solía realizarse para acoger en su vano el
sepulcro de una persona relevante. Detrás lo que sería un segundo arco y bajo
una cúpula celestial aparecerán, finalmente, unos restos humanos. A pesar de la
poca colaboración y presteza que, al decir de las crónicas, mostró el cura, el
hallazgo es finalmente revelado y pronto se deduce que los restos pueden ser
los de la reina navarra. (De ser así, la desafortunada Doña Blanca, al final de
su vida, no habría visto atendidas ninguna de sus dos voluntades
testamentarias: ni su hijo, el Príncipe de Viana, alcanzó a ser coronado Rey,
ni los restos de la reina fueron nunca trasladados a Ujué, pero tal vez a esas
alturas ambos asuntos le importaran poco).
Para
asegurarse de que los restos encontrados en Santa María la Real de Nieva eran
los de Blanca de Navarra, se propuso realizar un estudio de su ADN. Esto puede
parecer sorprendente dado el imaginable estado de aquellos tras más de 5 siglos
de enterramiento, pero veremos que se trata de una tarea que, desde luego, no
alcanzará a figurar en ningún récord Guiness, por mucho que podamos
asombrarnos de la posibilidad de su realización. La cuestión consiste en
comparar el ADN mitocondrial obtenido de estos restos con el de algún supuesto
pariente próximo, de forma que pueda establecerse o descartarse el parentesco
genético entre ellos. Además, el pariente con el que hay que establecer la
comparación ha de estar supuestamente emparentado por vía materna directa con
Blanca de Navarra. Valdrían por ello tanto los restos de su madre Doña Leonor,
la esposa de Carlos II de Navarra, como los de su hijo, don Carlos de Viana. La
razón de la exigencia de relación maternolineal radica en que las mitocondrias
del zigoto o célula-huevo resultante de la fusión del espermatozoide paterno y
el óvulo materno, vienen de la madre (del óvulo) y, por tanto, pertenecen a su
línea hereditaria.
Es
interesante recordar aquí que el ADN mitocondrial es un ADN distinto al que se
encuentra en el núcleo de la célula (las mitocondrias son orgánulos encargados
de la respiración o combustión aerobia, y se encuentran en el citoplasma) y que
no tiene participación en los procesos de intercambio genético y división
cromosómica que definen el reparto de la herencia genética "normal".
Según la teoría de Lynn Margulis sobre la formación de la célula eucariótica,
se trata del material genético procedente de los cromosomas de las mitocondrias
cuando éstas eran un tipo de bacterias. Estas bacterias-mitocondrias se habrían
integrado en otras células mayores en un proceso de "endosimbiosis"
ocurrido en los albores de la vida sobre la Tierra, quedando desde entonces
como orgánulos especializados en la respiración aerobia dentro de las células
complejas que llamamos eucarióticas y que constituyen todas las células de los
animales o las plantas[83].
La comparación entre los ADN mitocondriales debe realizarse, por tanto, entre
células pertenecientes a presuntos parientes, de los que uno debe ser la madre
del otro.
De
ser ciertas las suposiciones sobre Doña Blanca, los ADN mitocondriales deberían
ser idénticos, puesto que las mitocondrias de Carlos de Viana tienen que
provenir de las existentes en el óvulo de doña Blanca que le dio origen (y las
de ésta vendrían del óvulo de Doña Leonor). Además, la ventaja de estas
comparaciones estriba en que posibles casos de paternidad dudosa no afectan al
análisis, al no intervenir para nada la herencia paterna. Por ello, aunque el
de Viana no fuera el hijo biológico de Juan II, la prueba no se vería afectada.
Por eso, en los estudios de paternidad no se utilizan estos ADN mitocondriales,
sino los nucleares, es decir, la verdadera herencia cromosómica del organismo.
A
partir de aquí, la historia del caso se complica hasta el punto de intervenir
los intereses políticos de las diferentes Comunidades Autónomas implicadas.
Navarra elige la opción de comparar los restos con los del Principe de Viana,
para lo que se solicita un permiso de exhumación de los restos de éste, que se
encuentran en el monasterio de Poblet de Cataluña. Sin embargo, muchos
historiadores desconfían del grado de certeza de los restos enterrados en
Poblet, debido al largo periodo de abandono que pasó este monasterio después de
la desamortización del siglo XIX. No obstante, prevalece esta propuesta.
Unos
meses más tarde, a finales de 1995, el informe de la comparación entre los dos
ADN (los procedentes de los restos de la iglesia de la localidad segoviana y
los del monasterio de Poblet) demuestra que no proceden de personas
emparentadas. Pero no se ha resuelto nada: el misterio de los restos de ambas
persiste, aunque no por culpa del estudio del ADN, sino por el lamentable
diseño obligado para un experimento que ha pretendido averiguar la relación
genética entre dos restos dudosos. Es cierto que la confirmación del parentesco
afirmaría la identidad de ambos, pero al ser los dos "presuntos"
restos reales: ¿qué confirma el descubrimiento de su no parentesco? Ahora está
claro que uno de los dos (o los dos) no es lo que se pensaba, pero... ¿cuál?
(¿o ambos?).
La
historia nos permite comprobar (estupefactos) el grado de simbolismo a que se
llega a aferrar la memoria histórica de los pueblos (se ha abierto también una
polémica sobre el destino que debe darse a los restos), y la facilidad con la
que, al parecer, aún hoy es posible acometer obras carentes de los mínimos
requisitos de adecuación artística en lugares de alta relevancia histórica y
monumental como es el monasterio de Santa María la Real de Nieva (la cúpula
polícroma descubierta, según parece, ya mencionada en algunas crónicas
medievales, fue destruida durante la obra encargada por el cura al albañil,
que, como recordábamos, fue acometida sin asesoramiento artístico adecuado al
lugar y continuada tras el hallazgo y hasta su finalización sin que se solicitara
la presencia de ningún experto en arte). Pero, el posible descubrimiento de los
restos de Blanca de Navarra[84]
nos sirve aquí para ilustrar las posibilidades de los mecanismos de análisis
genético y su capacidad de aplicación a estudios muy variados.
No
se trata, sin embargo, de un caso particularmente extremo, sino tan sólo
representativo de estos estudios basados en el ADN (y útil también para valorar
cómo potentes herramientas científicas pueden ser inutilizadas por el uso de
diseños inadecuados). Los análisis de ADN procedentes de momias egipcias, en el
caso de restos humanos, son mucho más lejanos en el tiempo. Por otra parte, ha
sido reciente noticia científica el análisis genético de los restos de la
sangre que empapó la ropa, aún conservada, del que fue el más famoso de los
"niños salvajes", Kaspar Hauser, quien fue encontrado
abandonado misteriosamente en los bosques de Nuremberg y murió asesinado en
1833. La cuestión en este caso es averiguar, 160 años después, si se trataba de
un príncipe heredero de la familia Bade, como parecen apuntar algunos datos,
abandonado de niño para procurarle la muerte, como consecuencia de una
conspiración.
También
ha sido utilizada la técnica del ADN para tratar de ordenar los fragmentos
encontrados de los manuscritos del Mar Muerto, escritos por los esenios sobre
pieles de cabra. En este caso, el problema reside en cómo guiarse para
recomponer el original a partir de los numerosos trozos descolocados. La
identificación de las relaciones entre los pedazos de pieles mediante su ADN
facilitó la buscada reconstrucción del puzle.
Otra
noticia científica de este tenor fue el controvertido hallazgo de ADN
procedente de los restos fósiles de un dinosaurio, publicado en 1994 en la
revista Science. De confirmarse (existen importantes dudas de que los
restos correspondan realmente a un dinosaurio), representaría un paso extraordinario
para el análisis comparativo con ADN de otros vertebrados y la obtención de
consecuencias evolutivas. Los huesos del pretendido dinosaurio fósil se
encontraban, debido a su localización en un yacimiento de carbón bituminoso, en
un estado de fosilización muy especial, reuniendo condiciones excepcionales
para poder estudiar una secuencia genética que ha esperado 85 millones de años
a que un equipo de investigadores de una Universidad de Utah lo analizara. Pero,
de no corresponder finalmente al ADN de un dinosaurio, el material genético
recuperado ni siquiera ostentaría el récord de antigüedad para un trozo
de ADN recuperado, pues iría detrás de otro, ya recuperado en 1993,
correspondiente a un insecto aprisionado en el ámbar y datado en unos cien
millones de años. Lo que sí iría es por delante de un tercero, correspondiente
a una magnolia de unos 20 millones de años. ¡Toda una hazaña la de descifrar un
mensaje genético procedente de tiempos tan remotos!
Aunque
puede ser excesiva la imaginación del escritor Michael Crichton al dar vida a
"Parque Jurásico" recuperando la vida de los dinosaurios por
medio del ADN obtenido de su sangre (fosilizada en el interior de insectos
picadores atrapados en ámbar), el trabajo de la ciencia no anda muy a la zaga
en cuanto a la realización de prodigios y, como veremos más adelante, a la
posible creación de importantes problemas.
¿MARIONETAS DE GENES EGOISTAS O PARÁSITOS DE UN MACROORGANISMO?
Ultradarwinistas y globalistas
La
importancia de la información genética para los seres vivos es tan fundamental
y sugerente que Richard Dawkins[85],
un prestigioso etólogo de Oxford, ha propuesto una forma extrema de abordar la
dependencia de los seres vivos respecto a los ácidos nucleicos. Según este
autor, los seres vivos podrían interpretarse como meras "armaduras"
en las que el ADN se refugiaría para poder cumplir sus verdaderas finalidades:
reproducirse y copiarse a sí mismo. Las estructuras celulares y pluricelulares
no seríamos nada más que artificios más o menos complejos al servicio de esas
minúsculas fracciones de información genética que son los genes, entendidos
como aquellas partes de las moléculas de ácido nucleico que tienen un
significado concreto o, en palabras de Dawkins: "la unidad genética que
es bastante pequeña para durar un gran número de generaciones y para ser
distribuida y esparcida en forma de muchas copias".
Dawkins
utiliza el término "máquinas de supervivencia" para definir a
todo tipo de organismo vivo, tanto animales y plantas como bacterias o virus:
constituiríamos, pues, máquinas de supervivencia "para un mismo tipo de
reproductor, las moléculas denominadas ADN". Por si no ha quedado
suficientemente claro, el zoólogo de Oxford insiste: "un mono es una
máquina que preserva a los genes en las copas de los árboles, un pez es una
máquina que preserva a los genes en el agua".
Se
trata de una visión provocadora que para muchos puede resultar sin duda
inquietante y casi excéntrica, pero desde luego no poco sugerente. Hay que
aclarar, para quienes esta breve y necesariamente simplificadora alusión pueda
hacer pensar que Dawkins no merece demasiada atención o carece de seriedad, que
se trata de un biólogo reconocido, aunque sea claramente reduccionista su forma
de enfocar esta cuestión. Dawkins se reclama a sí mismo -y así se le reconoce
habitualmente- como plenamente integrado en la interpretación neodarwinista
dominante. Él mismo afirmaba recientemente en un artículo publicado en "Investigación
y Ciencia" que para la visión más tradicionalmente darwiniana
(explicitada en la idea de que "la selección natural favorece a los
individuos mejor dotados para sobrevivir y reproducirse"), "el
'punto de vista del gen' presenta ciertas ventajas". Con tanta crudeza
como claridad, el profesor de Oxford concluye: "el ADN ni se preocupa
ni sabe. El ADN es, sin más. Y nosotros bailamos al son de su música".
Mientras
reflexionamos sobre esto, en la misma revista científica podremos encontrar un
texto breve que trata sobre "Estructuras antigénicas", escrito
por Antonio Villaverde, de la Universidad Autónoma de Barcelona. En él, leemos
frases como la siguiente: "... Para ello, insertamos un segmento de ADN
que codifica el péptido antigénico en diferentes regiones del gen lacZ de
Escherichia coli..."., donde se hace referencia a una de las muchas
técnicas desarrolladas por la actual ingeniería genética. Si nos fijamos en
ambos y coincidentes artículos (en el espacio y tiempo), tal vez podamos pensar
que hoy, más bien, son algunos genes los que empiezan a bailar al son que le
tocan determinadas "máquinas de supervivencia", generalmente
vestidas con bata blanca. Y la pregunta siguiente podría ser: ¿cuál de las dos
visiones puede llegar a ser más terrorífica?
En
último extremo, la teoría de Dawkins nos conduce a pensar que la extinción de
muchas especies pasadas representaría tan sólo la pérdida de unas determinadas máquinas
de supervivencia que sirvieron en su momento para que unos cuantos genes se
perpetuaran en su lucha contra el tiempo. Muchos de ellos continuaron su
decurso en otras nuevas máquinas de supervivencia creadas por nuevas
combinaciones de rosarios de genes. Así, la desaparición de los dinosaurios
representaría la pérdida de algunos genes que tal vez no pudieron pasar a
nuevas máquinas de supervivencia, pero otros de los pequeños dictadores
egoístas sí perseveraron bajo nuevos armazones, ahora alados y emplumados. Así,
la hipotética recuperación de formas vivas pasadas, planteada en la aludida
novela de Michael Crichton llevada al cine por Steven Spielberg, donde los
dinosaurios son reconstruidos a partir de los restos de sus ADN recuperados,
sería, además de una interesante reflexión, una forma de recuperar genes que se
quedaron por el camino al perecer con sus máquinas de supervivencia,
cuyo fracaso vital fue el suyo (al modo que lo es, para el marino, el
hundimiento de su buque: sobre todo si se ahoga con él).
Otros
investigadores han puesto el listón en el otro extremo, de forma que entienden
la biosfera como un gran organismo; aunque a Margulis (que comparte mucho de la
idea) no le gusta en absoluto este término para calificar a la Tierra, sino más
bien el de "un ecosistema", comprendiendo que el otro término
-que Lovelock sí ha usado- es tan sólo un reclamo más propagandístico y
sensibilizador[86].
La diferencia, de cualquier modo, estriba en el nivel al que queramos conceder
la individualidad (una categoría tal vez demasiado resbaladiza): el gen o el
organismo.
Para
Lynn Margulis la evolución desde las primeras formas de vida, unos cuatro mil
millones de años atrás, en un planeta ciertamente muy poco parecido al actual,
debe los principales avances a la simbiosis o cooperación entre los
microorganismos[87],
a menudo forzada por el azar o las circunstancias. Las tesis evolutivas de
Margulis constituyen hoy la más aceptable forma de explicar cómo se ha llegado
a la compleja estructura de las células eucarióticas. Tienen, además, la virtud de apelar a un concepto de gran
valor ético como es la cooperación (aunque, científicamente, eso no añada el
más mínimo grado de validez a su teoría, siempre resultará más agradable oir
que también la cooperación forma parte importante de la evolución, por más que
sepamos que se trata de una satisfacción ética y antropocéntrica, poco
relevante para la realidad amoral de la evolución).
La
hipótesis de Gaia ("Una idea biológica, pero no antropocéntrica. Los
que quieran ver en Gaia una Madre Tierra para el hombre no encontrarán solaz en
ella", dirá la prestigiosa bióloga de Massachusetts) ha sido debida
principalmente a James Lovelock, un químico convertido en uno de los
investigadores más originales y atípicos de nuestro siglo. Lovelock ofreció el
primer esbozo completo de su hipótesis en 1979, creando una inmediata
controversia científica. Posteriormente, en 1988, editó "Las edades de
Gaia" donde pormenoriza y actualiza su teoría que defiende que la Tierra
es y se comporta, en su totalidad, como un sistema vivo (o un sistema
autoorganizado).
Se
trata de una visión holística, sistémica: el polo opuesto de Dawkins y algunos
neodarwinistas. Margulis dirá con rotundidad: "aunque admiro
enormemente las contribuciones de Darwin y estoy de acuerdo con la mayor parte
de sus análisis teóricos, razón por la cual me considero darwinista, no soy
neodarwinista". Y añade: "La tradición de la genética de
poblaciones neodarwinista tiene, pienso, yo, reminiscencias de la frenología, y
es una clase de ciencia que puede esperar exactamente el mismo destino. Retrospectivamente
parecerá ridícula, porque es ridícula". Duras palabras, sin duda; la
polémica estará servida.
Recurriré
a Lovelock para expresar en sus propios términos la idea de Gaia. Para ello,
repasaremos el inicio de una antigua conferencia suya, de 1973, sobre la
hipótesis Gaia, desarrollada dentro de los cursos sobre evolución ambiental de
Boston y Massachusetts (un escenario central en la nueva forma de entender la
evolución por los biólogos holistas o sistémicos), que han sido editados en
forma de libro[88]:
"Lo
que se viene llamando la visión Gaia considera a la atmósfera parte integral de
la biosfera; aquí la atmósfera no es simplemente un sistema físico-químico
separado que interactúa de forma pasiva con la vida sobre la Tierra. Muchos
tomarán esto como una mera especulación, pero trataré de probar que no lo es.
Incluso si fracaso en este intento, creo que encontrarán que la visión Gaia
genera nuevas preguntas que de otro modo nunca habrían sido cuestionadas"
La
idea central de Gaia es que la vida regula el medio ambiente y tiene, por
tanto, efectos globales. La Tierra, más que un soporte, es un ecosistema: un
sistema complejo autoorganizado. Desde este punto de vista, o nos integramos
"sin molestar" en dicho complejo, o seremos, tarde o temprano,
expulsados violentamente de su seno (aunque antes hayamos conseguido causar
importantes "patologías" en la salud de Gaia).
MENDEL, DOGMAS Y DNI GENÉTICO
El núcleo de la genética
En
la segunda mitad del siglo pasado, un monje centroeuropeo aficionado a la
jardinería dio con la clave del mecanismo de la herencia, utilizando para ello
un ingenioso diseño experimental. Ese hombre era Gregor Mendel. Sus ideas, sin
embargo, no tendrían la menor fortuna ni trascendencia hasta su
redescubrimiento en los albores del presente siglo.
Numerosas
investigaciones posteriores han ido aclarando muchos de los mecanismos
moleculares que intervienen en la herencia y en la manifestación de los
caracteres genéticos. No obstante, cada nuevo paso del conocimiento ha abierto
nuevos interrogantes al incrementar paralelamente la complejidad de la
cuestión. De hecho, hoy sabemos que Mendel debió ser aún más sagaz de lo que se
deduce de su descubrimiento de las leyes genéticas que llevan su nombre, pues
antes hubo de investigar hasta lograr seleccionar precisamente aquellos
caracteres que las cumplen (caracteres mendelianos se llaman hoy en su
honor), pues no todos siguen ese comportamiento relativamente sencillo.
En
algunos momentos, los avances habidos en el conocimiento de la genética
molecular han llevado a la impresión de que se podría llegar a comprender casi
todo lo relevante para la vida desde este campo específico del conocimiento
científico, de forma que la biología podría resumirse, en lo esencial, a la
genética molecular y la bioquímica. Fueron años de gran auge para las
corrientes reduccionistas de la biología. No en vano se producían avances
sensacionales, como los representados por el descubrimiento de la ADN
polimerasa (la molécula responsable de la duplicación del ADN), debido al
equipo dirigido por Arthur Kornberg; el desentrañamiento del código genético,
en el que participaron activamente biólogos de la talla de Severo Ochoa,
Niremberg y Khorana; o el hallazgo de los primeros mecanismos de control
genético sobre la expresión de la herencia, con Jacob y Monod a la cabeza. La gran influencia, no sólo científica sino
también pública, que tuvo el libro "El azar y la necesidad"
del último de los científicos señalados[89]
dice mucho sobre tales perspectivas. Sin embargo, una vez más, el reduccionismo
estricto acaba mostrando sus limitaciones, de forma que no todos los biólogos
no genéticos han ido al paro, y vuelven a ser necesarias formas complementarias
más complejas (en el sentido moderno de esta palabra) para avanzar en la
interpretación de las enrevesadas relaciones entre herencia, desarrollo y
ambiente; incluso cuando, como ahora, ocupa una gran atención científica el
programa "Genoma Humano" que busca descifrar toda la secuencia
genética de nuestra especie.
No
obstante, una parte esencial del funcionamiento más básico de la herencia está
contenido en lo que, con una expresión poco científica y demasiado influida por
la euforia de los años más triunfalistas de la genética molecular, se ha
denominado el dogma central de la biología molecular. Tres fundamentales
procesos componen este mal llamado "dogma".
La
replicación o duplicación del ADN es el primer proceso. Tiene lugar en
el interior del núcleo en el caso de las células eucariótas, mientras que en
las procariotas (que carecen de núcleo) se da, lógicamente, en el común espacio
celular. Se trata de un proceso obligado para que pueda producirse luego la
división de la célula manteniendo cada célula hija la misma y completa dotación
genética. Es, por tanto, lo que permite que las generaciones de bacterias u
organismos unicelulares sigan conservando indefinidamente su información
genética completa, o que todas las células del cuerpo de un organismo
pluricelular posean la misma dotación cromosómica, aunque luego cada una de
ellas pueda hacer un uso diferenciado de ella, en función de su papel en el
organismo.
La
transcripción del ADN supone la elaboración de una nueva molécula, parecida,
pero algo diferente: el ARN (en el que la Desoxirribosa es sustituida por
Ribosa, entre otros cambios; lo que motiva la variación del nombre: Ácido
RiboNucleico). El "molde" para crear el ARN es
una parte del propio ADN: los genes cuya expresión es necesaria para la célula
en un momento dado. Por eso, el ARN representa la información genética que
viaja desde el núcleo (en el caso de las células eucariotas) hasta los ribosomas
del citoplasma; de ahí que este tipo de ARN (hay otros) reciba el nombre de ARN
mensajero. Este "recadero" lleva la información necesaria
copiada desde los "archivos centrales" hasta las "fábricas"
de proteínas, evitando el riesgo de perder información original del ADN), que,
además, en conjunto es demasiado extensa, por lo que sólo se extrae la que se
necesita en el momento. Hay que pensar que la longitud desplegada de toda la
información cromosómica de una célula humana alcanzaría los 2 metros y 36
centímetros (y no es de las más extensas: la de cualquier célula somática del
anfibio Amphiuma means se extendería a lo largo de unos 62 metros).
La
traducción del ARN, finalmente, es el proceso por el que la información
copiada en forma de ARN y procedente del ADN del núcleo, es
"traducida" en los ribosomas con el fin de construir las moléculas de
proteínas, algunas de las cuales tendrán actividad enzimática (es decir,
guiarán el metabolismo y la bioquímica celular). Simplificando mucho, cada gen
del ADN contiene las instrucciones (la secuencia) para fabricar una determinada
proteína. Por tanto, las proteínas de un ser vivo son el resultado directo de
su información genética. Así, la ausencia de un gen o la existencia de genes
defectuosos pueden provocar a su vez la ausencia de proteínas claves para la
vida del organismo o su sustitución por proteínas defectuosas. En ocasiones
ésto puede representar la inviabilidad del organismo. Se calcula que hay entre
tres mil y cinco mil enfermedades humanas debidas directamente a la presencia
de genes anómalos.
Las
proteínas fabricadas por un organismo son, por tanto, la expresión de su
documento de identidad genético. Para construirlas hay que reunir aminoácidos
(las moléculas sencillas que, unidas en determinados órdenes, forman las
proteínas), bien fabricándolos (las plantas, por ejemplo, pueden hacerlo), bien
consumiéndolos (los animales han de ingerir proteínas de otros organismos para
obtener aminoácidos de ellas). Pero, por mucho que alguien consuma proteínas de
otro organismo, las propias le serán dictadas por los propios genes, lo que no
deja de ser un consuelo para los que somos amantes declarados de productos tan
exquisitos como el jamón ibérico, por ejemplo.
SEXO, MENTIRAS Y BACTERIAS PICANTES
La diversidad genética y el sexo
Dijimos:
toda la diversidad genética (los millones de genes diferentes) proviene, en
último extremo, de la existencia de mutaciones o modificaciones aleatorias de
los genes. Ésto es globalmente cierto, aunque la forma en que se aprovecha y
difunde la diversidad originada por la mutación (particularmente cuando ya
existe una suficiente complejidad genética), es aún objeto de controversia.
Para Lynn Margulis (volvemos a traer a colación a la influyente bióloga a quien
ya hemos acudido en otras ocasiones), basar en las mutaciones aleatorias -la
mayoría de ellas, letales- la principal causa del cambio evolutivo es absurdo.
Dirá al respecto:
"La
cuestión es de dónde procede la variación útil sobre la que actúa la selección.
Este problema aún no ha sido resuelto. Pero yo afirmo que la variación
hereditaria procede de las fusiones, de lo que los rusos, especialmente
Konstantin S. Mereschkovsky, denominaban simbiogénesis y el norteamericano Ivan
Emanuel Wallin llamaba simbionticismo[90]"
Otro
investigador frecuentemente mencionado en estas páginas, Stephen Gould, sugiere
en el capítulo "De neumáticos a sandalias" de su libro "Ocho
cerditos[91]"
que es precisamente la abrumadora redundancia de la herencia genética (la mayor
parte de cada cromosoma está constituido por secuencias genéticas repetidas) la
que supone "el prerrequisito crucial para la evolución de la
complejidad". Deducirá: "si existen varias copias de los
genes, pero sólo una de ellas satisface las necesidades funcionales del cuerpo,
las demás copias ofrecen vía libre para la experimentación y la variación, y
ocasionales golpes de buena suerte pueden conducir a la adquisición de nuevas
capacidades". Desde luego no es lo mismo de Margulis, pero ofrece una
sugerente visión de cómo puede operar también la evolución.
Pero,
retornemos al tema de la mutación.
Aunque
hay muchos tipos de mutaciones, el punto común de todos ellos es que
representan formas de cambio genético. Lógicamente, un proceso así no puede ser
muy frecuente. De hecho, las tasas de mutación suelen ser muy bajas, lo cual
resulta positivo porque las mutaciones a menudo representan la aparición de
problemas genéticos y enfermedades que pueden llegar a hacer inviable a sus
portadores.
En
los organismos de reproducción fundamentalmente asexual (es decir, aquellos que
generan su descendencia por métodos que suponen nuevos individuos genéticamente
idénticos a los parentales, como son la división, la fragmentación o la
gemación o formación de yemas), la reproducción significa la aparición de
"copias" literales de los padres (en este caso, del padre o de
la madre, como se prefiera, porque sólo hay uno). Para que una población con
reproducción exclusivamente asexual varíe genéticamente, es preciso que se
produzca una mutación y que los herederos de la estirpe mutante resulten
viables y progresen. Si éstos se reproducen más rápida o eficazmente que el
resto y sobreviven igual o mejor que los demás, a la larga observaremos un
cambio genético poblacional. De cualquier modo, durante la coexistencia de
ambas estirpes genéticas se habrá ampliado la diversidad genética de nuestra
población.
De
existir sólo este sistema de reproducción, algunas posibles ventajas genéticas,
ligadas a la existencia de variabilidad o diversidad, se pierden al no ser
posible el intercambio genético. Para comprobarlo, pongamos por caso el de una
estirpe de organismos muy sencillos (por ejemplo de tipo bacteriano) con
reproducción exclusivamente asexual. Añadamos que viven en un medio rico en
celulosa, glucógeno y glucosa, aunque sólo pueden alimentarse de esta última
(debido a su arsenal bioquímico, genéticamente determinado). Al ser tanto la
celulosa como el glucógeno compuesto formados por glucosas unidas por enlaces
químicos, aunque de un tipo diferente en cada caso, nuestras bacterias se
verían favorecidas si se produjera en ellas una mutación que les permitiera
digerir una u otra de aquellas moléculas abundantes en el medio. Supongamos que
un dios bacteriano (el azar ha sido frecuentemente identificado con los manejos
caprichosos de supuestos seres superiores, por lo que recurriremos a esta
pequeña broma) concediera a alguna de nuestras bacterias la adquisición de
dicho gen (realmente, una modificación al azar de otro gen de los existentes en
las bacterias). En ese caso, la bacteria señalada por el dios caprichoso y
todas sus descendientes podrían, por ejemplo, fabricar celulasa: la enzima que
rompe la celulosa en sus glucosas componentes. La situación sería ahora muy
favorable a la herencia asexual e idéntica genéticamente de nuestra favorecida
bacteria mutante (que, si tuviera intelecto, se consideraría indudablemente una
estirpe "elegida" por su dios particular), ya que todas las herederas
mutantes serían capaces de alimentarse de un nuevo producto abundante en el
medio y vedado, sin embargo, a las otras bacterias. Pero si alguna de estas
otras sufriera (es un decir) una nueva mutación que le hiciera capaz de
producir la enzima que rompe el glucógeno en glucosas, habría otra línea
genética de herederos con la posibilidad exclusiva de alimentarse de otro de
los productos abundantes en su medio (¿otra nueva estirpe elegida?).
Tendríamos,
pues, tres líneas genéticas distintas en nuestra, antaño, homogénea población
de bacterias. La menos eficaz de todas ellas es la representada por los
herederos directos de las originales, que no poseen ninguno de los genes
mutantes y, por tanto, se ven limitados a seguir consumiendo la cada vez más
escasa glucosa, a la que pueden acceder todas las otras bacterias (una estirpe
desagraciada, sin diosecillos benefactores).
En
esta situación, la mayor ventaja hipotética estribaría en poder construir una
nueva bacteria que juntara las dos mutaciones favorables y pudiera así
alimentarse tanto de la glucosa original como de los dos nuevos alimentos, el
glucógeno y la celulosa. Pero las mutaciones son hechos fortuitos, escasos y
sobre los que los organismos no tienen ninguna capacidad de control que les
permita "orientar" interesadamente su cambio genético[92]
(salvo, quizás, "rezar"; en nuestra particular broma). Por
ello, resultaría poco probable que alguna de las mutaciones ya ocurridas se
volviera a producir y, precisamente, en la estirpe adecuada: la mutación de la
celulasa en la estirpe que ya posee la mutación para alimentarse del glucógeno,
o viceversa. Sin duda, habría que esperar demasiadas generaciones y tiempo para
que esto ocurriera en la forma adecuada.
Pero
la situación mejoraría de golpe si una bacteria que posee el gen de la celulasa
fuera capaz de intercambiarlo con otra que pueda descomponer el glucógeno en
glucosas. Entonces, nuestra azarosa espera de baja probabilidad se limitaría a
un mero intercambio genético e instantáneo (para muchas bacterias, sorprendidas
por el hecho de ver a congéneres que "comen a dos carrillos",
se trataría de un milagro, cuando sería sólo un trato "inteligente").
En realidad, se trata de un intercambio genético que se descubrió muy pronto en
la Historia de la Vida, tal vez hace unos 3.000 millones de años (ya que las
bacterias lo poseen) y que concede una importante ventaja selectiva, radicada
en la capacidad de incrementar y difundir con celeridad la diversidad genética
nacida de la mutación. Es el primer y más generalizado caso de los procesos de
tipo sexual.
La
aparición de células más complicadas (las eucariotas) y la formación de
organismos pluricelulares llevó a la necesidad de complicar también los
mecanismos de reproducción sexual en estos nuevos seres (protoctistas, hongos,
animales y plantas), por lo que la sexualidad, entendida originalmente como un
mero intercambio genético (que no precisa, por tanto, de reproducción
paralela), se complicó hasta constituir lo que se denomina reproducción
sexual o sexualidad meiótica.
En
el caso de la mayor parte de los animales, los individuos tienen que crear
células especiales reproductoras (los llamados gametos), diferenciadas
según el sexo en espermatozoides y óvulos. Las células que originarán los
gametos sufren un proceso de reducción de su dotación genética (que es,
inicialmente, la del organismo en general, o la de cualquier célula "normal"
de dicho organismo) a la mitad; es decir, se quedarán con un sólo gen por cada
"carácter o tipo de información genética básica", en vez de los
dos que posee cualquier otra célula del cuerpo (una procede de la herencia
paterna y otra de la materna[93]).
De este modo, la unión de los gametos (la fecundación) originará una
nueva célula llamada cigoto, que recompondrá la dotación genética doble
(diploide) y originará, por división y diferenciación celular (el desarrollo),
un nuevo organismo diferente genéticamente de sus padres, sin que haya tenido
que producirse una mutación de por medio.
De
este modo, las especies sexuales consiguen incrementar sustancialmente su
diversidad genética respecto a las de mera reproducción asexual, posibilitando
una mejor adaptación de sus poblaciones a los ambientes variables y una
consiguiente mayor capacidad de evolución.
A
pesar de ello, la reproducción asexual es tremendamente eficaz cuando se trata
de colonizar un medio y la fórmula genética de la que se dispone es muy
adecuada en él. El escaso gasto energético que comportan estas formas de
reproducción, la no necesidad de encontrar pareja y la ausencia del riesgo de
que aparezcan, en el intercambio, combinaciones genéticas menos eficaces que
las de los padres, son algunas de las claves del éxito de estos procesos
biológicos: por ello se mantienen en muchos organismos. Pero también
representan un callejón sin salida cuando las condiciones cambian y se
incrementa la competencia con formas más plásticas y adaptables. El intercambio
genético (una forma de sexualidad) que muestran muchas moneras (bacterias y
afines) es una solución sumamente versátil, flexible y eficaz, pero no puede
ser utilizado por los organismos eucariontes, cuyas células mantienen encerrado
su material genético en un compartimento diferenciado (el núcleo). Por ello,
éstos debieron "inventar" la sexualidad meiótica, en la que
hay sexos diferentes y un proceso especial de reducción genética, previo a la
unión de los núcleos. Todo esto complicó sustancialmente la sexualidad que ya
tenían las bacterias e incrementó el "gasto energético", pero
manteniendo la finalidad última de incrementar la diversidad genética.
El
hecho de que existan todas estas modalidades, así como el de que muchos
organismos manifiesten formas diferentes de reproducción o de intercambio
genético en distintos ciclos de su vida es, posiblemente, un buen argumento
para comprender que cada una de ellas tiene sus ventajas y sus desventajas y
que, además, puede o no resultar apropiada a las características específicas de
cada ser vivo. Como señalan Lynn Margulis y Dorion Sagan[94],
la reproducción sexual resulta de la necesidad de unir los dos procesos
previos: la reducción en el número (doble) de los cromosomas y la fusión
nuclear y celular; de modo que en razón de los caminos evolutivos
seguidos desde los organismos unicelulares a los pluricelulares, éstos se han
visto obligados a mantener los dos procesos ligados, constituyendo así la
llamada reproducción sexual, de la que estos autores afirman que "biológicamente
sigue siendo una pérdida de tiempo y energía" en relación al intercambio
sexual rápido y eficaz de las bacterias (aunque, puestos a elegir, no creo que
la especie humana deba quejarse de lo que le deparó el destino).
A
pesar de lo que a veces parece, la sexualidad es un proceso prácticamente
universal en la vida. Si en ocasiones ha querido ser identificada sólo con
aquellos organismos que poseían la reproducción sexual, ello no es sino un
error: sexualidad y reproducción son, en principio, asuntos diferentes, porque
hay sexualidad sin reproducción y reproducción sin sexualidad (podríamos decir,
irónicamente, que aunque pese a algunos puritanos y fundamentalistas). Y, si
no, que se lo pregunten a las bacterias.
UNA HISTORIA CON MUCHA FIEBRE
El terreno resbaladizo de las ventajas selectivas
La
malaria es una enfermedad endémica en muchas áreas de Africa, Latinoamérica y
Asia. En realidad se trata de una de las variedades del paludismo: la provocada
por la forma malariae del Plasmodium, un protozoo microscópico.
Los plasmodios fueron descritos por primera vez en 1881 por Alphonse Laveran,
un médico francés destinado en Argel. Por aquellos años, Louis Pasteur trataba
de convencer en Francia a los miembros de la Academia de Medicina sobre lo
correcto de su teoría acerca de los microorganismos patógenos, e iniciaba con
Roux sus definitivos trabajos sobre la rabia. El momento para las ciencias
biológicas y la medicina era clave, pues los partidarios y contrarios de la
naciente microbiología se enfrentaban en el seno de las comunidades
científicas. Laveran, convencido microbiólogo, terminó trabajando en el
Instituto Pasteur y fue galardonado con el Premio Nobel en 1907.
El
descubrimiento y aislamiento de los agentes patógenos, aunque constituya un
primer paso fundamental, no implica la solución inmediata de ninguna
enfermedad. La malaria, que es la forma más maligna del paludismo, sigue
constituyendo hoy día un factor de mortalidad muy importante, sobre todo entre
los niños, en muchos países tropicales. La quimioterapia, desarrollada a partir
de productos como la quinina y los derivados de la quinolina, guanidina y
acridina, ha aportado paliativos importantes, pero sin llegar a solucionar el
mal. Los recientes trabajos del científico colombiano Manuel Patarroyo, además
de airear algunos espurios intereses latentes en buena parte de la industria
farmacéutica y evidenciar la capacidad que algunos pueden tener para
obstaculizar la democratización de los avances sanitarios, ha abierto con su
vacuna sintética una esperanza para la solución de la malaria.
Africa
Central constituye una de las principales zonas afectadas por el paludismo.
Allí conviven el hombre, el protozoo causante de la enfermedad y el mosquito
transmisor Anopheles. Es frecuente también la existencia de hombres y
mujeres centroafricanos afectados por la anemia falciforme, una
enfermedad de la sangre que se manifiesta en que los glóbulos rojos adoptan una
forma de hoz diferente a la de platillos redondeados que poseen las células
sanguíneas normales.
El
primer encuentro entre la ciencia y la anemia falciforme proviene del médico
norteamericano James Herrick, quien la describió por primera vez al examinar a
un joven paciente oriundo del Africa tropical con numerosos problemas de salud,
tales como disfunción cardíaca, dificultades respiratorias y problemas con la
cicatrización de las heridas. Corría el año 1904, cuando Herrick detectó que la
sangre de su paciente contenía la mitad de la hemoglobina que una persona sana.
Además, numerosos glóbulos rojos de su sangre eran morfológicamente anormales,
presentando formas finas, alargadas, en forma de hoz y con bordes
redondeados. Mas tarde se supo que el caso analizado por Herrick era
bastante frecuente entre la población negra centroafricana. De hecho, una de
cada cuatro mil personas de Africa poseía esa variedad de glóbulos rojos, lo
que constituía una causa frecuente de muerte.
Más
tarde se determinó con total fiabilidad el carácter genético de la anemia
falciforme. Los individuos afectados son los homocigotos para el gen causante
de la anemia. Éstos tienen la misma versión genética anormal en cada una de las
dos posiciones que cualquier célula humana no reproductoras posee para cada
gen; una en cada cromosoma homólogo). Por eso, su única información genética al
respecto es la del gen responsable de la anemia falciforme, que corresponde a
una variante del gen de la hemoglobina. De esta forma, estos individuos sólo
pueden fabricar la variante de la hemoglobina que se denomina como hemoglobina
S, frente a la forma normal, denominada hemoglobina A. Las
diferencias entre ambas hemoglobinas fueron estudiadas por Linus Pauling (el
único científico que ha recibido dos Premios Nobel) y Harvey Itano en 1949 y,
algo más tarde, por Vernon Ingram. La diferencia molecular que hay entre las
hemoglobinas A y S reside exclusivamente en el aminoácido que ocupa la posición
sexta de la cadena β de la proteína[95].
El único cambio del habitual ácido glutámico (que ocupa esa posición en la
hemoglobina normal) por la valina que hay en la hemoglobina S, responsable de
la anemia falciforme, conlleva la aparición en los glóbulos rojos de la forma
anormal y, con ellos, de la enfermedad. La causa última estriba en la
aparición, con la valina, de un punto de atracción y adhesión entre las
moléculas de hemoglobina S, lo que determina la formación de agregados que
deforman los glóbulos rojos, dándoles la forma de hoz característica de la
patología.
El
gen de la hemoglobina S (la defectuosa) es un alelo[96]
recesivo del gen normal. Por eso, si un individuo posee un gen normal y otro
determinante de la hemoglobina S (los individuos así se denominan heterocigotos
para ese gen, con lo que se quiere señalar la presencia de alelos distintos)
"puede" más el gen normal. En estos casos, la persona no
manifiesta sensiblemente la enfermedad, pues tan sólo uno de cada cien glóbulos
rojos adopta una forma anormal, lo que puede acarrear algunas consecuencias
negativas en determinadas situaciones, pero no representa un problema grave
para la vida común de la persona.
La
sorpresa llegó cuando la capacidad de determinación genética permitió que se
realizaran estudios estadísticos en algunas poblaciones centroafricanas: en
algunos lugares se comprobó que hasta el 40% de los individuos analizados
poseían un gen falciforme. Tasas tan elevadas no podían ser resultado del azar
y no cuadraban en absoluto con lo que cabría esperar de la actuación de la
selección natural, claramente negativa para el alelo falciforme.
Se
sabe que la selección natural actúa de múltiples maneras, de forma que el
problema de la frecuente muerte de los afectados por la anemia falciforme no
debía ser la única vía de presión selectiva en este caso (de otra manera no
resultaría lógica la alta frecuencia de genes "anómalos"). Una
comparación visual entre los mapas de las zonas con alta frecuencia génica de
la anemia falciforme y los de incidencia de la malaria (de la que parecía que
nos habíamos olvidado) aporta la solución: los glóbulos rojos falciformes
resultan estar menos afectados que los normales por los plasmodios causantes de
la malaria, que es mortal en muchos niños y en algunos adultos. Se entrecruzan
así dos factores contradictorios de selección natural: uno que favorece a los
individuos portadores de las células falciformes frente a la instalación del
parásito de la malaria, y otro que perjudica a los portadores de tales células
por presentar la hemoglobina S con problemas de solubilidad. Anthony C. Allison
demostró en 1956 que, en esa situación, los individuos heterocigóticos (los
portadores del gen falciforme, pero que no manifiestan radicalmente la
enfermedad por poseer el otro gen con la hemoglobina "normal") poseen
ventaja selectiva global frente a los homocigotos, tanto falciformes (que
suelen morir de los graves problemas causados por la anemia) como normales (que
se ven mucho más expuestos a morir de malaria).
Aunque
hoy en día las teóricas ventajas de los heterocigotos no se mantienen, al haber
progresado la lucha contra la malaria, el caso de la anemia falciforme permite
comprobar un modo de actuación compleja de la selección natural que favorece la
diversidad génica, incluyendo a un gen que produce una proteína ineficaz en
condiciones normales. La aparición de esta proteína (como las de los más de 300
tipos de hemoglobinas genéticamente defectuosas encontradas en seres humanos)
procede de mutaciones aparecidas con el tiempo en el gen de la hemoglobina.
Normalmente estas mutaciones generan proteínas defectuosas o inútiles, por lo
que son eliminadas mediante selección natural o se mantienen con frecuencias
génicas bajísimas en la población global; pero, en algunos casos, como el de la
anemia falciforme, la aparición de ventajas selectivas en ambientes específicos
mantiene el nivel de diversidad génica alto, base de muchas de las capacidades
de adaptación de la especie. Es por ello que la diversidad genética puede constituir,
a la par, una fuente de problemas y dramas individuales para algunos, y un
factor indispensable para la capacidad de sobrevivir y adaptarse evolutivamente
que debe mantener una especie o población. El drama individual, cuando lo hay,
es un sacrificio necesario en las especies silvestres para mantener las
expectativas evolutivas y la supervivencia a medio y largo plazo. De no ser un
factor favorecido por la selección y la evolución, la diversidad genética
habría sido sustituida por la uniformidad genética de las poblaciones. Pero a
la vida (al contrario de lo que parece que les sucede a las sociedades
industriales modernas) le gusta la diversidad.
UNA NUEVA ERA ¿BUENA O MALA?
El genoma humano
Al
igual que el gen que codifica para la anemia falciforme o la hemoglobina "normal",
se piensa que hay, aproximadamente, otros 100.000 genes que componen el llamado
genoma humano, es decir, la parte significativa de la información
genética albergada en los cromosomas. Aún se comprende muy mal el sentido y la
forma en que está recogida y almacenada la información genética, pues de los
aproximadamente tres mil millones de pares de bases nitrogenadas que contiene
el genoma humano completo, se cree que sólo entre un tres y un diez por ciento
tiene un significado real de codificación de proteínas.
El
primer organismo vivo (no virus) cuyo genoma total fue descifrado ha sido la
bacteria Haemophilus influenzae, que posee 1.749 genes representados por
1.830.121 pares de bases nitrogenadas. El trabajo de determinación de esta
secuencia fue dirigido por Craig Venter, un investigador norteamericano que
presentó en 1995 sus resultados a la Sociedad Americana de Microbiología. Cinco
años antes, en 1990, se iniciaba un amplio proyecto liderado por los Estados
Unidos de América que trata de averiguar la secuencia completa de los genes que
componen el genoma humano. El presupuesto del programa federal norteamericano
destinado a este fin alcanza los 375.000 millones de pesetas y su duración
prevista se extendía inicialmente a lo largo de unos quince años, aunque
algunos resultados han hecho declarar a Francis Collins, director del Centro de
Investigaciones sobre el Genoma Humano de USA, que podría estar finalizado un
par de años antes. La puesta en marcha de un programa de investigación como
éste ha motivado fuertes debates, incluyendo la discusión sobre si la inversión
económica realizada constituye una adecuada "apuesta" frente a
otras posibilidades. Otro problema que muchos críticos detectan en esta
polémica cuestión estriba en el uso y reparto de los futuros beneficios que
esta vía de investigación va a reportar. Es cierto que el conocimiento del
genoma humano podrá permitir la comprensión de muchas cosas tal vez necesarias
para paliar numerosos padecimientos humanos, así como para comprender la causa
de numerosos procesos que están detrás del funcionamiento celular y
fisiológico; sin embargo, también creará situaciones que lindan peligrosamente o
pueden trasgredir los límites éticos del comportamiento humano. La terapia
genética debería quedar delimitada por los planteamientos derivados de una
bioética consensuada y controladora, y no al revés; mientras que los beneficios
deparados por este tipo de conocimiento y actuación debieran ser considerados
como parte del patrimonio de la humanidad y ser distribuidos de la forma más
equitativa posible. Sin embargo, los progresos tecnológicos y científicos
avanzan más deprisa que los acuerdos éticos, en tanto que el control
democrático y social de los mismos es más bien escaso o nulo.
Los
derechos sobre la propiedad intelectual o industrial, ligados al espinoso tema
de las patentes, parecen pesar mucho más en el reparto de beneficios y en el
control de los conocimientos que otras consideraciones más humanitarias. El
debate sobre la admisibilidad de patentar genes está discurriendo por el menos
confortador de los debates, sometido al silencio y oscurantismo que imponen los
intereses económicos más fuertes. De hecho, ya se han producido varios casos
preocupantes. Además, el asunto está incluso interfiriendo en el desarrollo del
propio proyecto de investigación, denunciándose que muchas compañías implicadas
tratan de ocultar su información sobre las secuencias genéticas que puedan
tener algún interés comercial. El debate no debiera limitarse al caso del
genoma humano, sino ampliarse al derecho de patentar cualquier organismo vivo,
pues parece inaceptable que se puedan llegar a admitir patentes sobre la vida,
aunque ya se esté haciendo en algunos países y existan importantes presiones
para generalizar esta práctica. En medio de esta situación, ya ha comenzado la
carrera de las compañías farmacéuticas y los centros de investigación médica
para patentar genes, incluso de humanos (ya hay cultivos celulares registrados
en USA pertenecientes a etnias indígenas de Panamá, Colombia, Venezuela, Brasil
o Nueva Guinea), situando el techo de lo posible en las patentes sobre genes
humanos en un punto que muchos ven cercano al del horror.
Las
posibilidades que se abren en relación al conocimiento de enfermedades
genéticas contienen, al menos, dos caras y dependiendo de su utilización
producirán beneficios u horrores para la humanidad. Lamentablemente no escasean
los Mr. Hydes en esta situación: si ya en el campo del seguro médico, como
consecuencia de los "avances" de la genética humana, se han producido
negativas de las compañías en la extensión de pólizas que cubran a individuos
con historias familiares de cáncer, no es difícil pensar sobre lo que nos puede
deparar el futuro. Al igual que sucede en el campo de los seguros, se advierte
una peligrosa tendencia al control genético de los datos en algunos sectores
laborales. A este respecto, Tim Bardsley recogía recientemente en Investigación
y Ciencia[97]
las opiniones del mencionado director del Centro de Investigaciones sobre el
Genoma Humano de Estados Unidos: "veremos que esto sucederá a mayor
escala, ya que todos corremos algún tipo de riesgo". "Esto”,
en el contexto del artículo, se refiere a la pérdida del trabajo o del seguro
por una persona que tiene un patrimonio genético susceptible de adquirir una
enfermedad hereditaria.
La
genética humana, las biotecnologías, la bioética, la bioseguridad y la terapia
génica han inaugurado una nueva etapa en la historia de la especie humana.
Lamentablemente, algunas de ellas van mucho más deprisa que las otras.
PATENTES DE CORSO
Los genes patentados
Los
corsarios eran así denominados por poseer "patentes de corso".
Una patente de corso consistía en el permiso real (la "patente")
para actuar con artes de piratería en la mar, pero sin poder ser calificados
como piratas. Los corsarios partían de puerto protegidos bajo el pabellón real.
1991,
en Panamá: una mujer de la etnia Ngobe
acude enferma a un hospital de la capital. Esta aparentemente intrascendental
circunstancia se resuelve sin demasiadas novedades respecto a otros casos
semejantes; tan sólo el que la mujer, antes de ser sometida a unos análisis
médicos, ha dejado firmado un papel al que no ha prestado demasiada atención
(¿sabe leer?).
Desde
entonces, en los laboratorios de la Colección de Culturas Tipo de Rockville,
Maryland, se encuentran depositadas algunas células obtenidas de aquella mujer.
Los cultivos celulares se han recogido porque los investigadores sospechaban
que podrían tener interés en la investigación sobre la leucemia y, tal vez, el
SIDA. Cualquiera encontrará un alto valor humanitario en este tipo de
investigaciones y en sus posibles consecuencias para el bienestar de la
humanidad. La única pega reside en que en ellas sólo hay lugar para el
reconocimiento, a los efectos de los beneficios económicos que se deriven, para
las empresas e instituciones propietarias de las "células",
que antes fueron parte de una paciente panameña y de una determinada población
étnica. No existe ningún mecanismo por el que éstas (la mujer o su pueblo), o
las cualquiera de más de 700 comunidades indígenas que están siendo analizadas
por numerosos investigadores ligados a proyectos relativos al Genoma Humano,
vayan a recibir algún beneficio de su aportación como "materia prima"
a una causa que, a buen seguro, luego difícilmente podrán pagar, en caso de
necesitarla. A ello se añade, además, la desagradable circunstancia de que la
mayoría de esas etnias están pasando por tiempos tristes con pérdida de
identidad, aculturación, expulsión de sus lugares de vida tradicionales o
simple extinción física, motivados en la mayor parte de los casos, por las
mismas civilizaciones que ahora buscan, con afán privatizador, sus genes.
La
diversidad étnica es una parte de la biodiversidad. Recientemente, un panel de
expertos en ecología, entre los que se encontraban investigadores de la talla
de Simon Levin (Universidad de Princeton), Jane Lubchenco (Universidad de
Oregon), Gordon Orians (Universidad de Washington) o Peter Vitousek
(Universidad de Stanford), se unía a una idea ya formulada en diversas
ocasiones por numerosas organizaciones no gubernamentales: el reconocimiento de
que la diversidad étnica (y cultural) es un elemento clave en el concepto de
biodiversidad[98].
Aunque esta idea no se incorporó explícitamente al Convenio sobre la Diversidad
Biológica firmado en Río de Janeiro en 1992, cada vez es más evidente su
fundamento y la necesidad de su reconocimiento real.
El
mayor interés actual para las empresas de investigación y recolección de genes
humanos reside en localizar, obtener, patentar (apropiarse) y guardar lo más
rápidamente posible (la competencia es importante) las células-muestra con
dicha diversidad genética humana. Se trata, pues, de una carrera contra el
tiempo, tal como están las cosas. Por eso, la organización no gubernamental
canadiense RAFI, que fue la denunciante del caso antes referido, se opone
frontalmente a la continuación en las presentes circunstancias del "Proyecto
Diversidad del Genoma Humano" que busca catalogar las variaciones de
la diversidad genética humana entre poblaciones y etnias. Para muchas
organizaciones indigenistas, ambientalistas o humanitarias, se trata de un
bocado demasiado apetitoso para la boca ansiosa de las compañías patentadoras
de genes. Denunciaba Tim Beardsley en Investigación y Ciencia:
"Human Genoma Science y Incyte Pharmaceuticals (dos compañías farmacéuticas)
andan ahora patentando secuencias afanosamente". Como ellas, otras
muchas han iniciado una nueva era de "Conquista del Oeste". En
este contexto, una teórica investigación antropológica puede convertirse
realmente en una batalla de intereses comerciales con la apropiación y
privatización de genes en medio de normas de uso y legalidades nada claras y
menos éticas, cuya conclusión no es evidente. "A río revuelto, ganancia
de pescadores", se dice; y no es raro que en tales circunstancias los
peces desconfíen. No resulta demasiado tranquilizador el panorama actual, y
aunque todos asumen como lícito el reconocimiento de los méritos de la
investigación y del desarrollo de conocimientos y medicinas, no sucede lo mismo
con los beneficios para las poblaciones origen de los conocimientos, totalmente
indefensas al respecto. Algo no va bien cuando muchas personas en el mundo
siguen muriendo o padeciendo males cuya curación sería, simplemente, cuestión
de repartir algo mejor los cuidados médicos ya existentes o el alimento,
mientras se destinan ingentes esfuerzos y dinero al desentrañamiento de los
genes en medio de una nueva fiebre del oro desatada en pos de los presuntos
beneficios adivinados de una dudosa medicina genética.
De
nuevo, la complejidad de las relaciones entre la ciencia, la tecnología, la
sociedad y la ética nos muestra alguna de sus menos agradables caras.
_
LA DIVERSIDAD DOMESTICADA Y CREADA
VACAS, BACTERIAS Y PROGRESO
Evolución, selección y formas genéticas nacidas de la mano del hombre
Mucho
antes del advenimiento de las modernas técnicas de aislamiento, determinación y
manipulación del material genético, hecho que ha acontecido hace muy pocos
años, la capacidad humana de influir en la formación de nuevas constituciones
genéticas se limitaba a seleccionar, en unas pocas especies domesticadas, los
organismos reproductores. De esta sencilla manera se ha conseguido incrementar
la capacidad lechera de las vacas o hacer que el tamaño y la jugosidad de los
frutos comestibles aumentaran generación tras generación hasta niveles
sorprendentes. Producto de este tipo de actuación humana, iniciada con la
invención de la ganadería y la agricultura, es la creación de formas genéticas
"domesticas" a partir de las especies silvestres. Se han obtenido así
las diferentes formas y variedades de cultivos vegetales o de razas de ganado y
animales domésticos. Esta diversidad genética cultivada o domesticada también
forma parte del concepto de biodiversidad mundial.
Los
seres humanos han sabido aplicar desde hace años las consecuencias de unas
teorías evolutivas y genéticas que no serían expuestas de forma científica
hasta finales del siglo XIX. No en balde el primer capítulo de la obra capital
de Darwin versa sobre "la variación en el estado doméstico".
En él se analizan cuestiones relativas a las razas y variedades domésticas, su
origen y sus conclusiones para la hipótesis de la evolución por selección. El
mecanismo usado por los agricultores y ganaderos consiste, en el fondo, en
remedar la actuación de la selección natural, sólo que ahora son los intereses
humanos los que sustituyen a los factores de la selección natural: por eso se
ha denominado a esta forma la selección artificial.
Escribirá
el naturalista inglés en el primer capítulo de su "Origen":
"No
podemos suponer que todas las castas se produjeron de repente tan perfectas y
útiles como las vemos ahora; realmente, en muchos casos sabemos que no ha sido
ésta su historia. La clave está en el poder del hombre para la selección
acumulativa: la naturaleza produce variaciones sucesivas, el hombre las aumenta
en determinadas direcciones útiles para él. En este sentido puede decirse que
ha hecho por sí mismo razas útiles[99]".
La
selección natural carece de intereses propios o, incluso, de direcciones
constantes. Lo que puede resultar seleccionado positivamente en un determinado
tiempo y lugar, puede serlo en sentido contrario en otro. Un ejemplo de esto lo
hallaremos en la diferente actuación del clima sobre las plantas, según los
ambientes: mientras que en zonas muy cálidas y secas la selección opera
anulando a los vegetales incapaces de preservar sus reservas internas de agua,
en los ambientes hiperhúmedos la selección beneficia a quienes consiguen
sobrevivir sin perder sus nutrientes en un mundo en el que la abundancia de
agua -y el consiguiente arrastre de los nutrientes- determina la condición
característica del medio. En el caso de los animales acuáticos, por ejemplo, la
variación de la selección va desde aquellos ambientes en los que se necesita
disponer de mecanismos que eviten la invasión de agua exterior atraída
osmóticamente por las sales orgánicas del cuerpo; hasta los que -como la Artemia
salina- viviendo en medios hipersalinos, deben luchar por evitar la pérdida
del agua de su cuerpo, atraída desde el exterior por la misma, pero ahora
contraria fuerza de la presión osmótica. Ambas presiones selectivas, como se
ve, resultan exactamente opuestas.
Con
el tiempo también pueden cambiar drásticamente las orientaciones de la
selección natural: mientras discurría el Arcaico, más de dos mil quinientos
millones de años atrás, la atmósfera estaba compuesta fundamentalmente de
anhídrido carbónico y gases reductores, lo que favorecía una vida de tipo
anaerobio. Sin embargo, desde el Proterozoico, ya con un ambiente
mayoritariamente oxidante debido al gas expelido por los organismos
"verdes", los seres anaerobios han quedado relegados a unos pocos
espacios aislados del tóxico gas que inundaba la atmósfera, como los sedimentos
profundos, los fondos abisales o incluso los intestinos de muchos animales. Los
dominadores del pasado fueron relegados a poco menos que fugitivos del
presente.
Al
no tener la selección natural una única y permanente dirección, es evidente que
resulta incapaz de orientar la evolución en un sentido único y claro, definible
como la vía del progreso. Sin embargo, es habitual en muchas
ilustraciones el representar la evolución como una flecha dirigida
inequívocamente desde una bacteria arcaica hasta "la culminación"
del proceso, el hombre (pasando por diversos estadios que pueden incluir el de
los protozoos, algún invertebrado, diversos reptiles y los inevitables monos).
Una divertida y antigua canción que cantaba el dúo "Vainica Doble"
ironiza sagazmente sobre esa idea:
"Yo,
… ¿quién soy?
Gusano
de anteayer,
ameba
de un pasado lejano,
insecto
hoy,
mañana...
¿yo qué sé?
DDT:
¡detente en tu función!;
no
perjudiques mi evolución
¡permíteme
llegar a chimpancé.!
Y,
después, subiendo un escalón,
(si
encuentro aquel perdido eslabón)
cambiaré
manos por pies.
Si
en los pies coloco mi razón,
habré
obtenido, en un dos por tres,
la
humana condición[100]"
Aunque, desde el punto de vista científico,
esta visión del proceso evolutivo no sea más que una mala caricatura, lo cierto
es que forma parte de la idea principal sobre la evolución de numerosas
personas. Sin embargo, no hay una única línea ni tampoco una dirección precisa
en la evolución. Una de las personas que más esfuerzos de divulgación ha
dedicado a combatir esta perniciosa idea ha sido Stephen Jay Gould, quien puede
considerarse un brillante fustigador de lo que ha llamado la idea de la "marcha
del progreso humano" o la "visión confortable de la
inevitabilidad y superioridad del hombre" en la evolución. Aunque son
muchos los textos en que aborda este tema, tal vez el más sugestivo al respecto
sea su apasionante libro "La vida maravillosa" y,
particularmente, el capítulo 1: "La iconografía de una expectativa".
En palabras suyas:
"En
la evolución no existe el progreso. El cambio evolutivo en el curso del tiempo
no representa un progreso tal como lo entendemos. El progreso no es inevitable.
Buena parte de la evolución no sólo no es ascendente, sino que es descendente
en términos de complejidad morfológica. No estamos avanzando hacia un estadio
superior[101]"
Tal
vez se pueda explicar más extensamente o "más alto", pero es difícil
dejarlo más claro.
Aunque
resulte más que razonable la destrucción de la tesis del progreso dirigido
hacia el hombre (salvo para quienes mantengan en ello creencias de tipo
mitológico o religioso, pero en ese caso nos habremos salido del ámbito de la
ciencia), a muchos puede parecer exagerada la negación de determinados tipos de
progreso evolutivo. En especial resulta difícil no reconocer que a lo largo de
la Historia de la Vida se ha producido un "progreso" en el
sentido de un aumento de la complejidad de las formas vivas que habitan el
planeta: parece evidente que hoy existen más formas complejas que en los
albores de la vida, Incluso (a pesar de sus reticencias) nuestro paleontólogo
de Harvard lo admitirá: "no niego que, a través del tiempo, el
organismo más "avanzado" ha tendido hacia un incremento de la
complejidad"[102].
¿Se contradice en esto Gould?. No, porque, para él, eso no es progreso en el
sentido real del término, sino una mera consecuencia de un hecho inicial: el
que la vida se inicia desde lo más sencillo, de forma que cualquier cambio
ciego (no dirigido) termina produciendo un incremento en la complejidad del
organismo menos simple y, con él, del conjunto de la vida. Volvamos a sus
palabras:
"por
razones propias de la química orgánica y de la física de los sistemas
autoorganizados, la vida surgió en el límite o muy cerca del límite inferior de
tamaño y de complejidad preservables en el registro fósil. Dado que la
diversidad, entendida como número de especies, ha aumentado con el tiempo, los
valores extremos en la distribución de la complejidad sólo pueden moverse en
una dirección".
Por
mucho que admiremos al autor de "El pulgar del panda", no
podemos ocultar que existen otras interpretaciones mantenidas por otros
biólogos. De hecho, la teoría de la simbiogénesis defendida brillantemente por
otra excepcional bióloga que se ha asomado a estas páginas casi tanto como
Gould, Lynn Margulis, sustenta una versión de la evolución como progreso hacia
el aumento de la complejidad, y lo hace utilizando como mecanismo el
cooperativismo simbionte que funcionaría al modo de un motor acelerador de cambios.
No obstante, estamos casi seguros de que la pasión de Margulis por las
bacterias la llevaría a mostrarse sumamente complacida con las siguientes
apostillas de Steve Gould:
"El
organismo modal del planeta es hoy, siempre lo ha sido, y probablemente siempre
lo será, una célula procariota. (...) Nosotros podemos acabar con nosotros
mismos en un holocausto nuclear, pero los procariotas probablemente resistirán
como valientes hasta que el Sol estalle."
Pero,
volvamos de nuevo a la cuestión inicial de la selección artificial, de la que
no nos hemos olvidado. Ahí sí hay una dirección clara motivada por los
intereses humanos. No siempre, empero, es fácil o posible su consecución y casi
siempre ha exigido considerables esfuerzos por parte de los cultivadores o
ganaderos, con avances y retrocesos. De ellos han resultado formas genéticas
tan sorprendentes -y algunas tan aberrantes desde el punto de vista de las
especies naturales- como las especies cultivadas con frutos, hojas, tubérculos
o raíces hipertrofiados (según los diferentes casos en los que el producto de
interés provenga de uno u otro de estos órganos), vacas con producciones
lecheras de varias decenas de litros diarias, perros de formas inverosímiles,
gatos de pelajes sedosos y miopía intensa, o palomas de diseños surrealistas.
Darwin eligió esta última especie en su capítulo sobre las razas domésticas, en
el que comentará: "como creo que siempre es preferible estudiar algún
grupo especial, después de madura reflexión he elegido el de las palomas
domesticas[103]";
para ello el genial naturalista inglés obtuvo "todas las razas que pude
comprar o conseguir”, ...
Hoy
día, se pretende dar un arriesgado salto que nos lleve de una forma de actuar
darwiniana (la selección artificial de los organismos reproductores) a otra
filosóficamente lamarckiana (la potencial orientación de las capacidades
genéticas de las especies desde el exterior), mediante el uso de técnicas
procedentes del campo de la ingeniería genética. Las modernas biotecnologías
son ya capaces de crear algunos organismos modificados genéticamente por medio
del traslado, eliminación o adición de genes. Ya en 1994, Calgene, una empresa
de alimentación, inició en Estados Unidos la "era de los alimentos
transgénicos" con la comercialización de un tomate capaz de resistir mucho
tiempo sin descomponerse y cuyas células llevaban genes microbianos. Mientras
unos ven en estas líneas una nueva promesa de progreso (algunos también como
"promesa de beneficios económicos"), otros vuelven con horror la
vista hacia la aparición de casos tan recientes como el "mal de las
vacas locas" que, sin llegar a ser siquiera un caso de transgenismo,
sí puede ser considerado como un "pariente pobre" de las técnicas de
intromisión y artificialización de la producción natural de alimentos (en esta
caso, el origen parece residir en la utilización de dietas
"carnívoras" en el engorde de las vacas) con consecuencias aún
impredecibles.
En
Paris, a finales del mes de mayo de 1996, casi un centenar de científicos e
investigadores independientes realizaron un llamamiento contra el
"reduccionismo" genético y biológico de las biotecnologías, que
parece llevarnos hacia la manipulación o el "bricolaje" genético
incontrolado, ignorando la complejidad de las relaciones entre genética,
organismo y ambiente. Es una más de las numerosas voces que empiezan a clamar
contra este nuevo descontrol social de la tecnología biológica, que puede
incrementar los ya numerosos problemas ambientales. Uno de los primeros pasos
dados por el Convenio sobre la Diversidad Biológica ha sido solicitar la
redacción de un "Protocolo" sobre "Bioseguridad",
como intento de avanzar en la recuperación de ese perdido control social y
ambiental sobre las biotecnologías y sus efectos. Como conoce bien la bióloga
Elisa Barahona, técnica del Ministerio Español de Medio Ambiente -antes Obras
Públicas, Transporte y Medio Ambiente- sobre la que ha descansado la mayor
parte del seguimiento español del Convenio sobre la Diversidad Biológica, los
avances al respecto son muy desiguales entre los diferentes países, por lo que
el desarrollo de legislaciones estrictas en los países más industrializados y
la ausencia de capacidad de control y legislación en los menos desarrollados
puede llevar a que se deriven las pruebas y actuaciones
"experimentales" a las tierras incontroladas de los países pobres.
Muchas organizaciones no gubernamentales piden hoy la aprobación de una
moratoria mundial para el desarrollo de investigaciones transgénicas hasta que
no se cuente con las suficientes garantías de control.
Mientras
se debaten las cuestiones relacionadas con la "creación" de nuevos
organismos transgénicos, paralelamente a la erosión de la biodiversidad
silvestre se está produciendo una no menos acusada pérdida de la diversidad
genética "domesticada", representada por los cultivos y las
razas ganaderas tradicionales, base de los agrosistemas y los paisajes
seminaturales. Los procesos de homogeneización, intensificación y
simplificación de las prácticas agropecuarias, derivados de los intereses de
las grandes empresas y compañías multinacionales que controlan el sector
agroalimentario, son la causa principal de esta pérdida de biodiversidad que
amenaza también a la viabilidad futura de este sector primario. La propia FAO,
el Organismo de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, ha
advertido sobre la pérdida de biodiversidad en los cultivos: especies de cultivo
tradicional, como el trigo, el maíz, el tomate, diversos frutales o algunas
hortalizas, han perdido en el plazo de menos de cien años, porcentajes entre el
80 al 95 por 100 de sus variedades. En el sector ganadero, la cuestión de la
pérdida de diversidad es paralela; según el citado Organismo de Naciones
Unidas, unas 1.500 razas de animales domésticas de un total aproximado de 5.000
podrían desaparecer en breve, según su "programa de vigilancia mundial
para la diversidad de animales domésticos".
La
disminución de la riqueza genética de la ganadería y agricultura avanza a la
par que lo hace la pérdida de los valores culturales agrarios y aumenta la
fragilidad de los sistemas agropecuarios. Las poblaciones campesinas y locales,
acosadas por la imposición de modelos de industrialización intensiva de la
agricultura, están perdiendo gran parte de sus saberes tradicionales, su
identidad cultural e, incluso, sus capacidades autónomas de subsistencia y
sostenibilidad ecológica. "Más allá del mero reconocimiento de su rol
en el mantenimiento y el mejoramiento de los recursos fitogenéticos",
ha escrito una de las organizaciones no gubernamentales más activas en este
campo, como es GRAIN[104]
, "deberíamos llegar a una discusión a nivel internacional de la
aplicación de los derechos de los agricultores". El debate está
abierto sin duda , pero no todos los
participantes están disponiendo del mismo tiempo para "hablar" y
mucho menos de la posibilidad de "ser escuchados".
LLANTO POR SUMERIA
Del cambio neolítico
Se
admite generalmente que la humanidad dio su primer gran salto cualitativo con
el paso de las prácticas de recolección y caza a las agrícolas y ganaderas.
Esta idea olvida, de todas formas, que una importante parte de la humanidad ha
mantenido hasta hoy sistemas de vida ligados a la caza y el llamado
extractivismo. Muchas de estas formas coexisten con otras prácticas. De hecho,
desde los albores de la humanidad, la mayor parte de los seres humanos han
vivido desarrollando formas de vida cazadoras recolectoras, hasta constituir un
60 por 100 de la población humana total, frente a un 35% de tipo agropecuario y
un 5% con formas de vida industrial. Hoy, las sociedades que siguen manteniendo
la forma de vida que ha caracterizado a la mayor parte de la humanidad se
encuentran en situación muy precaria y en franco retroceso. Las razones de ello
no son debidas exclusivamente al mayor primitivismo e inferioridad de estas
formas de subsistir, como cierta "propaganda" quiere hacer
ver, sino, sobre todo, al aplastamiento y expulsión de estas sociedades por
otras más poderosas. De hecho, lo que ocurre no es una conversión a una vida
mejor ofrecida por las civilizaciones más avanzadas técnicamente: la mayor
parte de los individuos procedentes de culturas tradicionales no
industrializadas, después de ser desplazados de sus medios de vida, malviven
hacinados engrosando los grandes cinturones de miseria de las metrópolis del
Tercer Mundo. Por otra parte, la pérdida de estas culturas conlleva pérdidas
culturales y de capacidad de "sostenibilidad" ecológica de la
humanidad. En el resultado de reuniones de análisis sobre la práctica del
extractivismo, como la que la UICN (Unión Mundial para la Naturaleza) y la
Comisión de las Comunidades Europeas llevaron a cabo en Amacayacu, Colombia,
durante 1992[105],
se reconoce el mayor compromiso que manifiestan en sus formas de vida y
actuación estas sociedades para con la conservación y la sustentabilidad de sus
medios. Por eso no deja de resultar paradójico que a veces se haya querido
"vender" la idea del uso sostenible de los recursos
desde el mundo industrializado hacia comunidades que lo vienen practicando hace
muchos años y de las que más bien habría que aprender.
La
mal llamada Revolución Neolítica[106]
supuso, con el tiempo, la aparición de una nueva forma dominante en el desarrollo de la vida
humana sobre el planeta. Este salto no se saldó sin un daño ambiental
considerable. Como recoge Ponting en su "Historia verde del mundo"[107],
los impactos ambientales provocados por las primeras prácticas agrícolas
fueron, desde el primer momento, elevados. Prácticamente ninguno de los lugares
que vieron agacharse por primera vez a los hombres para plantar y cosechar
resistieron indefinidamente la aplicación de tales prácticas. En Sumeria,
considerada como la cuna más antigua del experimento agrario, el desequilibrio
generado en el ecosistema mesopotámico motivó la erosión, la salinización y,
finalmente, la desertificación de lo que constituía un auténtico vergel: para
muchos la ubicación del Paraíso Terrenal. Ponting recoge en su libro la cita al
respecto del asombrado arqueólogo de la ciudad caldea de Ur, Leonard Woolley:
"¿Por
qué, si Ur fue la capital de un imperio, si Sumeria fue una vez un inmenso
granero, ha quedado la población reducida a la nada y hasta el suelo perdió su
virtud?".
No
ha sido Sumeria el único ejemplo de la degradación ambiental motivada por las
primeras prácticas agrícolas. En el valle del Indo, la sociedad agraria recién
constituida duró sólo unos 500 años antes de provocar, como en Mesopotamia, la
salinización y pérdida de los suelos fértiles[108].
Algo semejante debió ocurrir en la Mesoamérica Antigua, donde el hundimiento
veloz de la civilización mejicana de Teotihuacán y la de los mayas del Yucatán
sólo encuentra una explicación satisfactoria para los arqueólogos a través de
las consecuencias de la degradación ambiental de un entorno del que dependía la
alimentación de la población.
Sin
embargo, en algunos casos, las sociedades agrarias también encontraron maneras
de reequilibrar sus formas de uso con las dinámicas ecológicas del medio,
consiguiendo no caer en el desastre. Hoy podemos encontrar civilizaciones
agrarias que se han integrado aceptablemente en sus ecosistemas, junto a otras
que progresivamente lo siguen degradando. De hecho, cada nuevo salto o paso de
la humanidad ha debido buscar formas de ajustarse a la naturaleza,
modificándola, pero tratando de alcanzar un nuevo equilibrio dinámico
sostenible. La cuestión, en la actualidad, estriba en saber si los procesos de
intensificación en el uso de los recursos, el abandono de los desperdicios y
desechos de la sociedad industrial y la propia presión demográfica, no
transgreden ya, definitivamente, la capacidad de sustentación de la Tierra.
VAVILOV
El origen de los cultivos
Distintas
culturas del mundo, de una forma aislada, descubrieron que era posible
controlar la germinación de las plantas y convertirlas en sistemas de
producción concentrada de alimento. La selección artificial formó pronto parte
de las prácticas de cultivo y se consiguió avanzar considerablemente en los
niveles de producción de alimentos y de adaptación de los cultivos. De igual
manera, la domesticación de especies animales supuso la creación de cabañas
ganaderas, aunque parece que ya las sociedades cazadoras habían iniciado la
práctica de la domesticación con los perros, aunque para otros fines. De hecho,
en muchas culturas los cánidos han ejercido numerosas funciones alejadas de la
de convertirse en alimento: ésta es la razón que ha llevado al conocido antropólogo
norteamericano Marvin Harris[109]
a justificar la aversión de muchas sociedades respecto a comer carne de perro.
En otras, sin embargo, sí se comían perros, como refleja el divertido y algo
cruel relato de Harris sobre el destino de unos cachorrillos de la perra spaniel,
propiedad del embajador británico en Pekín: estos perrillos habían sido
obsequiados al ministro de Asuntos Exteriores chino, en respuesta a su
admiración por la perra. Algunos días después del regalo, en el curso de otra
recepción diplomática, la cortés pregunta del embajador -"¿qué le
parecieron los cachorros?"- encontró, al parecer, una no menos cortés
(a su manera), aunque inesperada contestación por parte del ministro: "estaban
deliciosos".
Las
distintas sociedades agrarias debieron buscar aquellas de entre las plantas
silvestres de su entorno que les parecieron más nutritivas o interesantes para
cultivar. Probablemente muy pronto se dieron intercambios entre civilizaciones,
produciéndose pequeñas migraciones de cultivos, que alcanzaron su punto
de inflexión a raíz de la expansión europea: del siglo XIV en adelante.
En
el área ubicada entre Palestina e Irán, la incipiente agricultura seleccionó
algunas especies silvestres que parecieron especialmente indicadas,
obteniéndose así las actuales variedades cultivadas de trigos, garbanzos,
lentejas, cebadas o guisantes, entre otras. Mientras, en China, en los extensos
campos ubicados sobre sedimentos eólicos se desarrolló primero el mijo, luego
el arroz y, finalmente, la soja. Otro de los núcleos originarios de la
agricultura, Centroamérica, vio nacer los primeros cultivos de tomates,
papayas, aguacates, chiles, guayabas, calabazas, frijoles y chayotes, antes de
convertirse por definición en la cultura del maíz. Más al sur, los pueblos
andinos ensayaban el cultivo de la patata y diversas variedades de chiles y
frijoles.
A
mediados de este siglo, el botánico agrícola ruso, V.I. Vavilov[110],
se propuso analizar las relaciones entre las culturas y las especies
cultivadas. Partiendo de la distribución silvestre de las especies cultivadas y
el uso agrario posterior, identificó aquellas áreas del mundo particularmente
ricas en diversidad genética cultivada. Desde sus trabajos, estas zonas se
conocen como "centros de diversidad fitogenética cultivada" o
"centros Vavilov". En sólo diez áreas del planeta, se
encuentra el origen de la veintena de cultivos que representa alrededor del 90
por 100 de las calorías alimentarias ingeridas en el mundo. La alimentación
mundial está muy concentrada en muy pocos productos, ya que la mayoría de la
población no tiene acceso a una variedad suficiente de alimentos (y, a menudo,
tampoco tiene acceso a la cantidad suficiente): de las 2.300 especies
cultivadas que, se calcula, existen en el mundo, tan sólo tres cultivos (arroz,
maíz y trigo) recogen el 60 por 100 de las calorías ingeridas por la humanidad.
En
América se encuentran cuatro de las áreas principales de diversidad genética de
cultivos: América Central, que constituye el centro genético del maíz, el
poroto o frijol y el boniato o batata; la Región Andina, subdividida en dos
núcleos principales, con el maní o cacahuete, el poroto o judía de Lima y las
patatas o papas; y el área del sur brasileño y norte del Paraguay, cuna de la
mandioca o casava, el coco y la piña.
El
Viejo Mundo alberga el resto de las siete áreas Vavilov. El Mediterráneo
Occidental ha sido cuna de la colza y la avena, mientras que la parte Oriental
de la Cuenca y el Oriente Próximo lo fue del centeno, la cebada, el trigo y la
arveja. La zona del llamado Cuerno de Africa (la Región Etiópica) constituye el
origen del sorgo, la cebada y el mijo. En las estepas del Asia Central nacieron
variedades del trigo junto a la manzana o la zanahoria, mientras que la India
produjo variedades de arroz y el trigo enano. Finalmente, China fue la cuna de
variedades de mijo, arroz, soja, así como de naranjas o melocotones; mientras
el Sudeste asiático vió nacer los plátanos y las bananas, la caña de azúcar, el
ñame (una batata) y algunas variedades de arroz.
Aunque
los Centros Vavilov sigan constituyendo una buena explicación para el cultivo
original de las plantas en función de su origen genético y la biodiversidad
local, diversos estudios posteriores han apuntado hacia una mayor complejidad
en el proceso de "domesticación" de las especies silvestres,
tal como fue recordado en el seno de la Conferencia de Expertos en
Biodiversidad convocada en Trondheim (Noruega) conjuntamente por el Programa de
Naciones Unidas para el Medio Ambiente y el gobierno noruego[111],
durante 1993. Como ejemplo, el arroz parece que fue domesticado al menos
en un par de ocasiones y geografías: a partir de la especie silvestre Oryza
sativa en Asia, y a partir de Oryza glaberrima en el África
Occidental. Del mismo modo, las batatas cultivadas proceden de varios procesos
de inicio del cultivo a partir de diversas especies del género Dioscorea,
tanto en África, con D. rotundata y D. cayenensis; como en
América (D. trifida) y Asia (D. alata y D. esculenta). Y
se trata, tan sólo, de algunos ejemplos.
MAIZ CON PAPAS Y CULTURA
La magnitud de la diversidad genética domesticada
Si
en el platillo negativo de la balanza ambiental puesta en marcha por la
Revolución Neolítica vimos la aparición de sociedades insostenibles que
alteraron y degradaron su medio hasta extenuarlo, en el lado positivo
encontramos la creación y multiplicación de formas genéticas cultivadas y
domesticadas que incrementan la biodiversidad. Éstas son, además, un elemento
estrechamente relacionado con la diversidad cultural humana. Al igual que la
biodiversidad de especies silvestres forma parte indisoluble de la cultura y la
cosmovisión de las sociedades cazadoras, la diversidad fitogenética y ganadera
constituye una parte fundamental en la forma de interpretar la vida por parte
de las sociedades agrarias. Muchos remanentes de un quehacer agrario anterior
impregnan aún hoy no pocas actitudes y comportamientos del hombre y la mujer
industriales, aunque desarraigados de las actividades que les dieron el
sentido. El mismo término "cultura" viene, como es de sobra
conocido, de la misma raíz que cultivo (cultus), por eso hablamos
tanto de una persona cultivada como de una persona culta. Nuestro
refranero está plagado de frases provenientes del mundo del agro. El calendario
de fiestas cristianas se ha superpuesto al agrícola, camuflando los motivos
originales de las festividades ligadas a las tareas del campo. Nos preparamos
(si no formamos parte de las crecientes filas del paro) para la jornada laboral;
y hasta el mismo noble término de "radical", que califica a
los que buscan la raíz de las cosas (y que no habría que confundir con el de extremista
o fanático, a pesar del empecinamiento que se pone en llamar a éstos con
el nombre de aquellos), nos trae indudables reminiscencias culturales del
campo. La cultura agraria sigue, pues, arraigada en nuestras mentes, a
pesar de que ya influyen considerablemente más en nuestras vidas los cambios de
humor de Wall Street que las nubes, lluvias y claros que se suceden sobre
nuestras cabezas.
Todavía
hoy, un 60 por 100 de la agricultura mundial es realizada por campesinos que
utilizan métodos tradicionales de laboreo, produciendo entre el 15 y el 20 por
ciento de los alimentos que se consumen en el mundo, a la vez que mantienen en
un régimen sostenible los suelos y cultivos que trabajan, lo que no ocurre con
la mayor parte de la agricultura altamente tecnificada, que produce mucho más,
pero degrada y contamina la tierra hasta alcanzar un límite de insostenibilidad
manifiesta. Además, en estas formas tradicionales de agricultura se encuentra
la fuente que asegura la supervivencia y variedad de los cultivos agrícolas,
pues son las verdaderas mantenedoras de la diversidad genética.
Podríamos
preguntarnos: ¿para qué necesitamos tanta diversidad genética en los cultivos?
Realmente, en muchas dietas apenas entran una veintena de productos
alimenticios. Entonces: ¿son sólo consideraciones ambientales las que
justifican el valor de la diversidad genética de los cultivos y de las
variedades silvestres de donde surgen? ¿Y la economía? (realmente siempre que
llega esta inevitable pregunta, surge la duda acerca de si lo que realmente se
quiere decir es: ¿y la economía de los sectores más ricos?, pero, tal vez por
decoro, se suele formular de la primera manera).
Independientemente
de las muchas otras argumentaciones que se pueden ofrecer para justificar como
fundamental el mantenimiento de la diversidad genética, una de las situaciones
que recogió el conocido informe de la Comisión Mundial del Medio Ambiente y del
Desarrollo (el influyente "Informe Brundtland") nos ofrece
suficientes ideas para la respuesta a nuestra pregunta "económica":
"El
cultivo del maíz en los Estados Unidos sufrió un grave revés en 1970, cuando un
hongo que ataca las hojas arruinó los cultivos causando pérdidas de más de dos
mil millones de dólares a los agricultores. Posteriormente se encontró material
genético resistente a los hongos en variedades genéticas que se originaron en
México. Más recientemente, se descubrió una especie primitiva de maíz en un
bosque montano del centro de México meridional. Esta planta silvestre es el
pariente más antiguo que se conozca del maíz moderno y sobrevivía en sólo tres
minúsculos terrenos que abarcaban apenas cuatro hectáreas en una zona amenazada
de destrucción por los agricultores y leñadores. La especie silvestre es
perenne, mientras que todas las demás especies de maíz son anuales. Su
cruzamiento con variedades comerciales de maíz abre para los agricultores las
perspectivas del ahorro de los gastos anuales de arar y sembrar, ya que la
nueva variedad crecería año tras año por su propia cuenta. Los beneficios
genéticos de esta planta silvestre, descubierta cuando apenas quedaban unos
pocos miles de tallos, podría totalizar varios miles de millones de dólares
anuales[112]".
Las
comunidades agrícolas tradicionales son las principales valedoras y
mantenedoras de la biodiversidad agraria. Indígenas como los Huastac de Méjico
gestionan ecosistemas agrarios en lo que viven más de 3.000 especies útiles,
como comprobó Alcorn[113];
Clawson[114],
por su parte, ha constatado que los Ifugao de la isla de Luzón, en Filipinas,
identifican unas 200 variedades de batata, mientras que Dove observó que cada
familia de los Kantu de Kalimantau, en Indonesia, cultiva una media de 17
variedades de arroz, de un total de 44 gestionadas por el conjunto de la
comunidad[115];
a su vez, Daniela Soleri y David Cleveland, del Centro para la Población, la
Alimentación y el Medio Ambiente, recogen la cifra de 17 variedades de maíz
cultivadas por los Hopi de Norteamérica, con una media de 6 variedades
cultivadas por finca[116].
Las páginas de revistas como Economic Botany y los boletines de
organizaciones como GRAIN[117]
se han llenado desde los años ochenta con datos similares.
Realmente
la riqueza de variedades cultivadas por los campesinos del mundo es inmensa. Se
calcula que entre 2.000 y 3.000 variedades de papas o patatas se cultivan en la
actualidad a partir de unas 8 especies silvestres originales, tan sólo en los
Andes. Muchas familias andinas son capaces de diferenciar y cultivar entre 25 y
32 variedades de este tubérculo, mientras que en Papúa-Nueva Guinea se han
llegado a contabilizar hasta 5.000 variedades de batata.
Algunos
de estos cultivos han alcanzado una categoría que va más allá de la de
constituir un simple alimento: son ya parte indisoluble de una cultura y su
forma de comprender el mundo. Puede decirse que sin ellos, la pérdida de la
identidad es casi inmediata. Este tipo de culturas agrarias están en la base de
formas sociales que han alcanzado un elevado grado de control integrado en el
ambiente. Como señala el economista ecológico de la Universidad Autónoma de
Barcelona, Joan Martínez Alier, en el Perú, bajo la cultura de la
"papa", se mantiene aún una "utopía andina" cuyos
fundamentos radican, para el investigador catalán, en los logros admirables de
la agricultura prehispánica, que ha desembocado en lo que él denomina una
suerte de "ecologismo-popular"[118].
De hecho, muchos pueblos andinos siguen en la actualidad aportando nuevas
variedades de papas a los mercados de su cordillera, lo que repercute en su
reputación entre la comunidad de los vecinos. Sus conocimientos, saberes y
prácticas son parte de un patrimonio cultural heredado de cientos de
generaciones, que hace posible que hoy distingan y cultiven tan alto número de
variedades distintas.
LA HERENCIA DESPRECIADA
Presente y futuro de la biodiversidad domesticada
A
pesar de los anteriores datos, la situación presente es francamente
preocupante. Al igual que la biodiversidad silvestre se ve acosada por
múltiples actividades humanas[119],
la domesticada sufre un similar proceso de reducción. En este caso, la
homogeneidad y uniformismo que interesa a los factores de producción industrial
y comercial, impuesto por las grandes compañías y multinacionales
agroalimentarias, repercute en la pérdida de diversidad genética. Walter Reid y
Kenton Miller, del Instituto de Recursos Mundiales, ya advirtieron en 1989[120]
acerca de este problema, aportando algunos datos como los siguientes: el 62 por
100 de las variedades de arroz cultivadas en Bangladesh, el 74 por 100 de las
de Indonesia y el 75 por 100 de Sri Lanka proceden de un único pariente;
podemos sospechar el grado de diversidad genética que albergan.
La
pérdida de biodiversidad cultivada tendrá, sin duda, numerosas y desagradables
consecuencias para la humanidad. El problema estriba en que la moderna
agricultura propagada por los intereses económicos de las grandes compañías
prefiere seguir ignorando los problemas y los riesgos aparejados, y mantener
una permanente "huida hacia adelante". La llama Revolución
Verde dejó una considerable frustración y preocupación en muchos analistas de
la agricultura, pero la lección no ha bastado. Ignorando los problemas de la
contaminación y la creciente carestía e insostenibilidad ecológica del proceso
de intensificación en el uso de pesticidas, la solución a la pérdida de
eficacia de estos productos ha sido continuar incrementando su uso. Ya el
ecólogo Robert M. May (el mismo que hemos visto en otras ocasiones tratando de
estimar la magnitud de la biodiversidad) publicó en 1985 que unos 400 tipos de
plagas resisten hoy sin ningún problema a la presencia de uno o varios tipos de
pesticidas; recientemente el informe de 1996 del Worldwatch Institute
recogía la cifra ya publicada de 900 especies de plagas resistentes a
pesticidas según datos de 1994[121].
Se trata de la respuesta inmune que el uso de pesticidas termina teniendo sobre
las poblaciones de las plagas, debido a que la selección artificial ejercida
por el producto tóxico sobre la especie plaga ha llevado a que, finalmente,
toda la población esté compuesta por aquellas formas genéticas resistentes al
producto utilizado. De hecho, en los Estados Unidos de América, en el plazo de
unas pocas décadas, se ha duplicado la proporción de los cultivos perdidos por
plagas, a pesar del constante incremento en el uso de pesticidas.
Este
asunto plantea además, el problema de la amenaza a la salud no sólo ambiental,
sino de las personas y especialmente de los propios agricultores, que tiene el
abuso de pesticidas. La Organización Mundial de la Salud, en una estimación
considerada "conservadora" ofrecía la cifra de un millón de
accidentes laborales anuales por intoxicación con plaguicidas, aunque Barbara
Dinham eleva la cifra, según recoge el aludido informe del Worldwatch
Institute, a cifras de entre 3 y 25 millones de afectados. En España, los datos
son también preocupantes; en las Jornadas de Trabajo sobre Productos
Fitosanitarios, organizadas en Rota
(Cádiz) durante 1990 por Amigos de la Tierra, con el apoyo de la Junta de
Andalucía y las Comunidades Europeas, María del Carmen González, del Servicio
de Salud de Almería, hablaba de un incremento de casi dos veces y media, en tan
sólo 8 años, para el número de ingresados en urgencias por intoxicación con
pesticidas en la zona del Poniente de Almería, donde se reúne el 70 por 100 del
total nacional de cultivos bajo plástico[122].
La
debilidad biológica creciente de los cultivos genéticamente uniformes es un
hecho constatado, pero también lo es que se trata de un proceso que permite
incrementar los beneficios y el dominio de quienes controlan el recurso del
germoplasma agrícola. Una forma habitual de actuar por parte de estos sectores
ha consistido en ir despojando poco a poco a los agricultores de su tradicional
autosuficiencia en materia de granos y semillas, algo que siempre ha formado
parte de la cultura agraria. Si los campesinos reservaban lo mas selecto de su
cosecha para plantar en la estación o ciclo siguiente, ejerciendo una suerte de
selección artificial propia, ahora se ven abocados a depender de la compra
anual de granos seleccionados por unas pocas grandes multinacionales agrarias.
Con el comercio, al contrario de lo que propugnan algunos admiradores del
mercado, viene la trampa, como veremos. Los granos que se compran permitirán
una cosecha muy productiva, aunque incrementan el riesgo de plagas, demandando
por ello considerables cantidades de pesticidas, y suelen requerir notables
dosis de fertilizantes y el uso de técnicas de cultivo a menudo más
intensificadas para desarrollar su mayor potencialidad productiva, todo lo cual
redunda en la necesidad de importantes gastos económicos y energéticos (pero en
muchos países todo esto está subvencionado o favorecido por líneas de
créditos). Aunque la cosecha pueda no ser sostenible por mucho tiempo, pues
frecuentemente agota los suelos, contamina las aguas, dilapida energía procedente
de fuentes fósiles, como el gasoil de tractores, cosechadoras, empacadoras,
etc.; y abusa del regadío, puede, sin embargo, ser rentable de mediar algunos
apoyos externos a las inversiones necesarias (subsidios, reducciones fiscales u
otros). Pero, los nuevos granos o semillas obtenidos de la cosecha, aunque son
aptos para la venta, no lo son para sembrar una nueva generación del cultivo,
ya que se trata de granos procedentes de una variedad híbrida, de forma que si
se usan para plantar, el cultivo perderá sus propiedades. Por ello, el
campesino se ve obligado a comprar, en cada estación o ciclo agrícola, nuevos
granos o semillas a la compañía agroalimentaria, la cual los tiene,
naturalmente, patentados. La dependencia se convierte, así, en permanente.
A
pesar de todo, en muchos casos los campesinos y agricultores mantienen un
fuerte apego por sus variedades propias, desconfiando de las que le ofrecen las
compañías (otras veces, simplemente, no pueden pagarlas). Camila Montecinos,
una chilena coordinadora del "Programa de Desarrollo y Conservación de
la Biodiversidad en Comunidades de Pequeños Agricultores", que reúne a
15 organismos, universidades, asociaciones o centros de otros tantos países,
relata que en Costa Rica, Nicaragua y Honduras, por ejemplo, los campesinos se
basan en gran parte en sus propias variedades, alcanzando éstas un 44% en el
caso del maíz y un 37% en el de los porotos (judías), considerando dos cultivos
muy "trabajados" por el sector llamado "formal" de
la agricultura. En el caso de los países del sur de África, el uso de
variedades certificadas de sorgo no supera el 5% del área total de cultivo y es
prácticamente inexistente para el arroz, cacahuete (maní) o judía[123].
DERECHOS CON MAYÚSCULAS Y DERECHOS CON MINÚSCULAS
La controversia sobre las patentes
Sobre
el tema del patentado se ha generado una importante controversia, aunque no
alcanza a poner en cuestión la profunda injusticia que representa. La
Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) ha
llegado a proponer un Compromiso Internacional sobre los Recursos Genéticos que
contemple lo que se ha llamado los "Derechos de los agricultores",
que incluiría la creación de un fondo genético internacional para la
conservación y uso de los recursos fitogenéticos. Estos "derechos de
los agricultores" provienen de la contribución pasada, presente y
futura de los agricultores en la conservación, mejora y provisión de los
recursos fitogenéticos, especialmente de aquellos provenientes de los centros
de origen/diversidad. La renegociación de este Compromiso es vista como una
posibilidad de incidir hacia el reconocimiento de tales derechos en una forma
si no completamente satisfactoria, si al menos algo más positiva que la
ausencia absoluta actual.
En
el marco de la aplicación del Convenio sobre la Diversidad Biológica no se ha avanzado
aún apenas por esa vía. Como ha señalado la conocida activista india Vandana
Shiva, "el principal problema con los derechos de los campesinos como
han sido propuestos por la FAO estriba en que los campesinos no han tenido
presencia en la negociación de los derechos de la biodiversidad y la
determinación de los modos de utilización de ésta. Además, las contribuciones
al fondo genético son voluntarias, al contrario del pago de royalties en el
caso de los Derechos de Propiedad Intelectual"[124].
Los
términos del debate aparecen muy desequilibrados en cuanto a su capacidad de
influencia real. Mientras el apoyo básico a la línea del reconocimiento de los
derechos campesinos e indígenas, como una de las formas de reparto equitativo
de los beneficios de la biodiversidad, radica en el articulado por aplicar del
Convenio de Biodiversidad y en la declaración de la FAO (que carece de
capacidad jurídica de compromiso), del lado de los derechos de propiedad
intelectual está el mucho más potente sector ligado al desarrollo y los
intereses del Tratado sobre Derechos de Propiedad Intelectual Relacionados con
el Comercio, iniciado en el marco del GATT y continuado sobre la base de la
Organización Mundial del Comercio.
La
situación ha llevado a reclamar el reconocimiento de los "Derechos
Colectivos de Propiedad Intelectual", una idea que ha llegado a
movilizar a numerosos campesinos: sólo los agricultores de Karnataka, agrupados
en el movimiento Semilla Satiagraha, reunieron a medio millón de reclamantes el
2 de octubre de 1992 en la localidad de Hospet, en la India[125].
Los
propios indígenas, a través de sus organizaciones también han exigido el
reconocimiento efectivo de sus derechos en estas cuestiones. Durante la II
Reunión del Convenio de Biodiversidad, celebrada en Yakarta, Indonesia, a
finales de 1995, la Red de Biodiversidad de los Pueblos Indígenas presentó una
"Declaración de los Pueblos Indígenas sobre Acceso y Derechos de
Propiedad Intelectual", en la que se tacha de "biopiratería"
a las actividades de "bioprospección”, “en tanto no se realicen
suficientes consultas con las propias organizaciones de indígenas y
agricultores"[126].
PIRATAS Y "BUSCANEROS"
Bioprospección o biopiratería
El
problema de la "biopiratería" trasgrede el ámbito de la
diversidad genética domesticada para invadir el conjunto del asunto de la
biodiversidad. De hecho, constituye uno de los "puntos calientes"
en la aplicación del Convenio sobre la Biodiversidad, donde se habla del acceso
a los recursos genéticos, pero a condición de un reparto equitativo de
los beneficios obtenidos, lo que, como hemos visto, se da de bruces con el
tema de los derechos de propiedad intelectual (industrial). El Instituto
de Recursos del Mundo, junto al INBio de Costa Rica, la Alianza de los Bosques
Húmedos y el Centro Africano de Estudios sobre Tecnología de Nairobi, como
contribución a la Estrategia para la Biodiversidad Global, se reunieron
en 1993 para ofrecer en un libro una serie de artículos sobre su visión del
espinoso tema de la "prospección de la biodiversidad"[127].
Para ellos hay, especialmente, tres obstáculos o problemas (que deben ser
solventados) en la justificación de la "bioprospección" como
contribución al desarrollo sostenible de las naciones y a la supervivencia a
largo plazo de la biodiversidad silvestre. Son, en primer lugar, el que el
creciente interés comercial por la biodiversidad no incremente la inversión en
la conservación de los recursos biológicos, por ser éstos considerados en la
economía como "bienes públicos sin rivalidad" (es decir, que
su uso por un individuo no reduce su valor para otros que también lo usan); en
segundo lugar, que no haya garantías de que las instituciones creadas para
captar los beneficios de la biodiversidad contribuyan realmente al crecimiento
económico de los países menos desarrollados; y en tercer lugar, que la
prospección de la biodiversidad no se constituya como una de las principales
formas de elevar los estándares de vida en los países pobres.
Esta
visión trata de integrar la bioprospección como parte del acceso a los recursos
genéticos en un marco de desarrollo sostenible; pero muchos sospechan que, de
todas maneras, los pobres de los países menos desarrollados (entre los que se
encuentran la mayor parte de las comunidades indígenas y campesinos
tradicionales, que son, precisamente, los sectores donde radica tanto el
conocimiento más efectivo de la biodiversidad silvestre, como el origen y el
uso de la diversidad cultivada), tampoco llegarán esta vez a recibir algo
relevante de lo que puedan obtener los países subdesarrollados, una vez que el
Convenio de Biodiversidad ha consagrado a nivel internacional el principio de
la soberanía nacional sobre los recursos ligados a la biodiversidad.
Incluso
dentro del seno de países ricos en biodiversidad, pero no sobrados de control
sobre sus recursos ni ricos en tecnologías o recursos financieros, se están
produciendo debates entre unos y otros sectores sociales acerca de la relación
entre acceso a la biodiversidad y control de los beneficios de la misma. A este
respecto, uno de los casos más interesantes es el de Costa Rica, donde tuvo
gran impacto mundial el paso dado por el Instituto de Biodiversidad, INBio, una
institución privada, pero avalada por el Gobierno del país al concederle la
posibilidad de "negociar" con un recurso adscrito a la soberanía del
Estado, como es la biodiversidad. INBio firmó un contrato privado con la
poderosa compañía farmacéutica Merkx para la prospección de la biodiversidad de
Costa Rica y el desarrollo de usos derivados de ella. Sin embargo,
recientemente, se ha presentado en la Asamblea Legislativa del país un
interesantísimo Proyecto de Ley de Biodiversidad, desarrollado en gran parte
desde la Oficina Regional de la UICN en este país, en la que se pone coto a la
libre prospección y acceso a los recursos biogenéticos del país, regulándolo a
través de la "Comisión Nacional de Biodiversidad" que recoge a
sectores representativos del Estado, los campesinos, el sector
científico-académico y los grupos autóctonos. Esta democrática Comisión sería
la encargada de formular la política nacional al respecto de la biodiversidad
en línea del Convenio, tanto en los aspectos de conservación y uso sostenible
como en los de acceso, transferencia tecnológica y reparto de beneficios. Una
buena parte de los ojos de quienes se interesan por la capacidad del Convenio
sobre la Biodiversidad y sus aspectos más positivos para modificar las
situaciones vigentes, se encuentran pendientes del fuerte debate nacional
costarricense de estos momentos. Cualquiera que sea su solución, sin duda el
proyecto de Ley inspirará muchas otras propuestas para acometer
legislativamente esta compleja cuestión.
La
importancia del conocimiento indígena para la bioprospección es considerable.
Para ello basta reflexionar sobre lo siguiente: mientras que actualmente la
realización al azar de actividades de prospección sobre recursos biológicos
potencialmente útiles para la industria farmacéutica ofrece una media de un
producto de interés comercial por cada diez mil examinados, la proporción pasa
a ser de uno por cada dos cuando se realiza sobre la base del apoyo en la
información aportada por las culturas indígenas; éste es el balance reconocido
por una de las compañías que utilizan estas estrategias[128].
Según
esto: ¿de quién es el mérito, a quién deben corresponder derechos de propiedad
y cómo debiera ser considerado un reparto justo y equitativo de los
beneficios?.
_
3
EL ARCA DE LOS ECOSISTEMAS
LA NOCIÓN
DE ECOSISTEMA
UNA DE OSTRAS EN KIEL
El origen de la biocenosis
El
Waddenzee constituye una de las áreas intermareales más amplias del planeta.
Extendiéndose desde los Países Bajos hasta las costas occidentales de Alemania,
este mar litoral aparece delimitado por un largo rosario de islotes que trazan
su frontera con el mar abierto. Se define así un amplio espacio en el que las
mareas se toman el trabajo de liberar y ocultar alternativamente muchos
kilómetros cuadrados de fangos. Los flujos de pleamares y bajamares mueven en
este ambiente de escasa profundidad un volumen altísimo de partículas en
suspensión, muchas de ellas de carácter orgánico, lo que determina una dinámica
ecológica muy activa. Sales nitrogenadas y fosfatadas, junto a otras moléculas
orgánicas, se sedimentan constantemente en los fondos marinos y costeros debido
a la pérdida de la capacidad sustentadora de unas aguas que se remansan y
pierden energía con ello. Cada litro de agua puede aportar más de 20 miligramos
de materiales al crecimiento de los lodos. Naturalmente, este aporte orgánico y
nutritivo dispara el crecimiento de un fitoplancton muy denso y, por
consiguiente, de su zooplancton dependiente; ambos, a su vez, sirven de
alimento a las comunidades bentónicas que se ocultan entre los arenales y
fangos subacuáticos.
En
estas comunidades de los fondos (tan poco profundos que una importante
proporción de ellos queda periódicamente al aire) destaca la presencia de los
moluscos filtradores: son organismos particularmente hábiles en la tarea de
atrapar y procesar las materias orgánicas y los seres vivos microscópicos que
traen las aguas. Ya en 1966, J. Verwey calculó que los mejillones del Wadden
holandés filtran, en un período tan corto como dos semanas, un volumen
equivalente al de toda el agua de este mar litoral: unos 5 kilómetros cúbicos
pasan en ese tiempo por entre los pelos filtradores de estos bivalvos. Con
ello, los animalitos crean un total de biomasa propia al año ("carne de
mejillón") de unos 20 millones de kilogramos.
Junto
a los mejillones, muchas otras especies de bivalvos filtradores contribuyen a
la tarea de tamizar e integrar en los ciclos nutritivos de estas comunidades
los 360 millones de kilos de materia orgánica disponibles anualmente en este
mar. Cálculos globales del número de individuos existentes cifran la población
de mejillones en unos 110 mil millones y la de berberechos en unos 15 mil
millones[129].
Naturalmente puede sospecharse el atractivo de estas zonas para numerosas otras
especies (incluyendo al hombre) que ven en estos organismos una fuente de
alimento aprovechable.
El
sistema litoral se extiende, como hemos dicho, hasta las costas del norte de
Alemania, en el Estado de Schleswig-Holstein, cuya capital ostenta Kiel, "la
ciudad del viento". Kiel ha
sido tradicionalmente un centro de investigación marina y litoral de reconocido
prestigio. Fue en su Universidad donde, en 1877, un biólogo llamado Karl Möbius
propuso por primera vez un término que, por su utilidad conceptual, haría
fortuna en el desarrollo de la ecología. Este término fue "biocenosis",
que Möbius acuñó en el marco de un trabajo sobre la biología y las aplicaciones económicas de las ostras
de esta zona, pues se trata de una importante fuente tradicional de ingresos
para las localidades costeras. Unos años antes, en las vecinas costas francesas
que se extienden entre Oleron y Rochefort (donde se daba una lucrativa
actividad marisquera) se había producido una espectacular caída de los ingresos
económicos derivados de las ostras, ligada a la reducción drástica de las
capturas. El declive se debía a la sobreexplotación extractiva que sufrió esta
zona tras la apertura de una línea de tren y la inmediata demanda de los
mercados del interior. La cantidad de ostras que se extraían en la zona tras el
declive de las poblaciones de estos invertebrados se redujo a un 3 por 100 del
original, y ello en el transcurso de tan sólo una década a mediados del siglo
pasado.
No
es extraño que esta situación, vista desde la cercana Alemania y bajo la
perspectiva del dicho "cuando las barbas del vecino veas pelar..."
llevara a los científicos alemanes (y a quienes subvencionan sus estudios) a
"remojarse las suyas", interesándose repentinamente por
conocer mejor la dinámica poblacional y ecológica de los bivalvos y su
respuesta frente a las presiones explotadoras de los humanos. Es en este
contexto en el que Möbius desarrolló sus trabajos y los publicó en un texto
donde se proponía utilizar el término biocenosis para definir una
comunidad de seres vivos constituida por "una selección dada de especies e
individuos que se influyen mutuamente y se mantienen de forma duradera en una
zona delimitada".
En
los textos posteriores de ecología, la biocenosis se convertiría en la fracción
viva de un ecosistema, que era otro término novedoso en las ciencias
biológicas. En esta ocasión fue el ecólogo inglés Arthur G. Tansley quien
primero lo empleó, allá por 1935, en un artículo publicado en la revista Ecology.
En realidad, la finalidad de este artículo era atacar con dureza las ideas que
proponían por aquel tiempo algunos investigadores del campo de la llamada
ecología vegetal, encabezados principalmente por John Phillips, un aventajado
discípulo del ya famoso ecólogo vegetal norteamericano Frederics Clements, que
pasa por ser el "padre" del concepto de sucesión ecológica.
Pero,
volvamos a la idea de biocenosis de Möbius.
Si
nos fijamos, podemos encontrar en ella algunos antecedentes de una parte de lo
que ahora llamamos biodiversidad. Esta premonición es especialmente acertada si
aplicamos el concepto a la variedad de formas de vida que coexisten en un
ámbito geográfico o un lugar determinado: entonces prácticamente representan lo
mismo.
Desde
Möbius y sus estudios sobre las ostras, la noción de ecosistema se ha
beneficiado mucho del éxito que tuvo la propuesta de utilizar un enfoque más
global u holístico en la ecología. Esta aproximación, que tendrá mucho que ver
con la noción de sistema que el biólogo Bertalanffy y otros irán construyendo y
aplicando en los diferentes campos de las ciencias y técnicas desde la primera
mitad del siglo XX, realmente determinará el uso y la concepción que muchos
investigadores utilicen para desarrollar la ecología o comprender los
ecosistemas. De este modo, aunque subsiste la original definición de biocenosis
o comunidad biológica como la parte viva del sistema ecológico o ecosistema, el
propio éxito posterior de la idea de ecosistema llevará a la necesidad de
considerar global y conjuntamente el estudio de lo vivo y de su ambiente
inerte; la biocenosis y el biotopo, se dirá en la jerga habitual de muchos
textos, produciendo cierto desagrado en muchos ecosistemistas que no
comparten tal "reduccionismo". Considerados como una única e
indisoluble unidad funcional y dinámica, los ecosistemas serán definidos por
aspectos globales, del tipo de su estructura, función o las interacciones
existentes entre sus componentes. De este modo, el ecosistema se convertirá en
el nivel más complejo que puede alcanzar en su aplicación la idea de
biodiversidad. La variedad y diversidad de ecosistemas ("sistemas
ecológicos en los que los organismos vivos interactúan entre sí y con los
elementos del medio inerte") será, pues, la escala más alta de la
biodiversidad, tras la diversidad genética y la de especies. La ingente
cantidad de variantes que asumen los sistemas ecológicos formará parte de esa
idea de biodiversidad que venimos tratando de desarrollar. De hecho, la
variedad total de ecosistemas de la Tierra (cualquiera que sea el ámbito o
escala concreta a la que apliquemos esa idea de ecosistema), o el mismo
ecosistema Tierra (la noción de Gaia de Lovelock), con todas sus formas
específicas de expresión local o regional, se convertirán, así, en el máximo
exponente del término biodiversidad.
UNA DEFINICIÓN INDEFINIDA QUE EXIGE ACUERDOS
El ecosistema
Probablemente
no haya término más profusamente usado en la ecología y las ciencias
ambientales que el de ecosistema. Proveniente de la unión de las dos palabras
de "sistema ecológico", el ecosistema es realmente un concepto
cómodo y aplicable a casi cualquier fracción de la naturaleza que nos convenga.
Es verdad que podríamos encontrar numerosas definiciones para este término tan
adaptable, pero ninguna resulta ser completamente del gusto de todos. Hay desde
definiciones tan extensas como, tal vez, poco esclarecedoras, hasta la
simplicidad útil del ecólogo español Ramón Margalef, quien usa el concepto, sin
terminar de definirlo, para dar sentido epistemológico a la ciencia ecológica:
"la ecología es la biología de los ecosistemas" dirá -y no es
el único- en su voluminosa "Ecología"[130].
Más adelante, en la misma obra, aclara: "ecosistema y comunidad son
términos que no presuponen ninguna dimensión o nivel de estructura y se pueden
aplicar indistintamente a cualquiera de ellos". Tras nuestro inicial
alborozo por alcanzar la cima de la idea de biodiversidad con el uso del
ecosistema, ahora tal vez nos resulte un jarro de agua fría comprobar que es
difícil precisar qué se quiere decir exactamente cuando se habla de "diversidad
de ecosistemas", pero ya casi estamos acostumbrados después de ver los
casos correspondientes a las especies y a los genes.
Recientemente,
en las páginas del Boletín de la Sociedad de Ecología de América[131],
Roger D. Blew, de la Fundación para la Investigación y la Ciencia Ambiental,
ofrecía sus reflexiones "sobre la definición de ecosistema".
En ellas, Blew recoge las tres principales aproximaciones a la noción de
ecología como ciencia de los ecosistemas. En la primera, el centro del interés
biológico reside en algún organismo focal que sirve de elemento identificador
del ecosistema. En la segunda, el ecosistema es presentado como la sede de una
serie de procesos, fundamentalmente definidos por el flujo de materiales y de
energía, en los que los organismos actúan como vectores o vehículos de éstos.
Finalmente, la tercera aproximación contempla al ecosistema como el lugar
geográfico que reúne áreas de similar topografía, clima y biota. Veremos cómo
la historia de la ecología y de los términos que la integran explica la
existencia de esas múltiples versiones y visiones de los sistemas ecológicos y
de la propia ciencia.
No
obstante, hay mucho de intuitivo en la idea de variedad o diversidad de
ecosistemas. Es fácil entender que hay más "variedad de ecosistemas"
en la ladera de una montaña suficientemente alta que en una monótona zona llana
cercana. Realmente, podríamos definir los tipos de ecosistemas que queramos en
cualquiera de estos dos territorios u otros, pues al no existir ni un nivel de
estructura ni una regla precisa para definir el ecosistema, como señalaba
Margalef, es nuestra la decisión; aunque no lo razonable que le pueda parecer a
otros.
De
cualquier modo, resulta más evidente definir distintos tipos de sistemas
ecológicos (de niveles comparables) en la ladera que en el llano. Por eso,
acordando un nivel de complejidad estructural determinado y una estructura
interna aceptablemente homogénea, alcanzaremos rápidos acuerdos en la
delimitación de los ecosistemas, lo que nos permitirá establecer comparaciones
y medidas de diversidad y variedad. Si el nivel elegido para las formaciones
fisiognómicas o funcionales se corresponde con una escala del tipo de los
bosques, por ejemplo, entonces, en nuestro caso de la montaña y el llano
podremos comprobar nuestra intuición de que una es más diversa ecológicamente
que el otro. Tal vez averigüemos las causas de ello (climáticas, edáficas, topográficas,
...) o no; pero, al menos, habremos avanzado hacia la posibilidad de establecer
comparaciones. Esto es lo que pretendemos al utilizar la idea de diversidad
de ecosistemas como componente de la biodiversidad.
Hay
formas y clasificaciones útiles sobre las que asentar los acuerdos posibles
acerca del nivel de las estructuras o dimensiones de los ecosistemas, de manera
que podamos llegar a la "comparación" o "medición"
de las diversidades de ecosistemas entre unos u otros territorios. Sin embargo,
no todos los ecólogos están de acuerdo en cuál es la más apropiada.
Probablemente, los más estrictos rechazarán la mayoría de estas
clasificaciones, que se basan generalmente más en aspectos gerealmente fisiognómicos
-o más perceptibles- del ecosistema; pero todo dependerá de si nos movemos en
un terreno teórico, de difícil acuerdo, o en uno más práctico y aplicado, en el
que el acuerdo es necesario y, por tanto, casi obligado.
Para
el ecólogo Fernando González Bernáldez[132],
el "fenosistema" es "el conjunto de componentes
perceptibles en forma de panorama, escena o paisaje" de un ecosistema,
mientras que lo que llamaba el "criptosistema" sería lo
oculto, lo de más difícil observación y que subyace al anterior. En este
sentido, la mayor parte de las clasificaciones útiles de los ecosistemas se
basan en esa faceta del paisaje más fácilmente perceptible (el "fenosistema"),
pero su validez descansará en que sean capaces de manifestar o indicar las
características fundamentales que forman parte de la "zona oscura"
o "criptosistema". Realmente puede advertirse un estrecho
paralelismo entre estas propuestas de Bernáldez y las nociones genéticas de
"fenotipo" y "genotipo". Este paralelismo
asemejaría la tarea de genetistas y ecólogos, pues ambos tratan de desentrañar
lo oculto y fundamental a partir de lo externo y evidente; tarea común, de
todas formas, a la de cualquier detective e investigador.
No
obtendremos de esta tarea, como señala Margalef, verdaderas clasificaciones
estructurales o funcionales, pero nos podrán resultar suficientemente
satisfactorias, al menos para el nivel de descripción comprensiva que es básico
en la interpretación de la naturaleza.
HISTORIAS Y SECUELAS DE LOS TÉRMINOS EN ECOLOGÍA
Más términos ecológicos
La
Ecología como ciencia ha sido considerada heredera de muchas otras formas
científicas precedentes que han tratado de comprender las relaciones entre los
organismos, así como la función que éstos cumplen en la naturaleza. Alguien ha
dicho que la ecología es lo que queda cuando todo lo importante ya ha sido
estudiado (lo que no deja de ser algo exagerado y demasiado modesto); sin
embargo, la mayoría ha querido ver en la ecología más bien un compendio de
disciplinas o una ciencia sintética. Margalef ha defendido la idea (que muchos
comparten) de que la ecología es más un asunto transdisciplinar que
interdisciplinar.
Jean
Paul Deléage, profesor de Historia de la Ciencia en una de las universidades
parisinas, inició en 1991 su popular "Historia de la Ecología"
con un capítulo significativamente titulado "La más humana de las
Ciencias Naturales". Pero, para alcanzar esa calificación, la ecología
ha necesitado de esa formulación imprescindible del paradigma biológico que es
la Teoría de la Evolución (el genetista Dobzhansky solía decir que "nada
tiene sentido en la biología si no es a la luz de la evolución") y a
partir de ella ha ido construyendo su campo de integración y transgresión.
Si
las raíces de la ecología cabe buscarlas entre las aportaciones del
naturalista, geógrafo y viajero Alexander von Humboldt, el término definitivo
por la que hoy se conoce fue realmente acuñado por Ernst Haeckel[133],
un relevante discípulo de Darwin. Muchas de las definiciones aún utilizadas que
se corresponden con la primera de las aproximaciones al ecosistema de que nos
hablaba Roger Blew antes, nacen de la propuesta original de Haeckel, quien
propuso: "Por ecología entendemos la totalidad de la ciencia de las
relaciones del organismo con el medio". Esta primera acepción, que
supuso el nacimiento del término, ha quedado relegada para muchos a una especie
de "protoecología" que también se conoce como "autoecología",
un objetivo alejado de la visión más global y sistémica que representaría la
verdadera ecología (para algunos, "sinecología").
Si,
estudiando las ostras de Kiel, Möbius propuso el término biocenosis (que
nos parecía próximo al de "comunidad de seres vivos"), otro
término fructífero en ecología será el de "biosfera". Eduard
Suess, el famoso profesor de geología de la Universidad de Viena, fue quien
primero lo utilizó en su obra de mayor repercusión, titulada "La faz de
la Tierra"; aunque sería el minerólogo y geofísico ruso Vladimir
Ivanovich Vernadsky quien aportaría a esta palabra su sentido más actual. Pero,
de todos los términos que jalonan -y complican- la historia de la ecología, el
de mayor trascendencia, junto al de "ecología", es, sin duda,
el de "ecosistema": una feliz invención de Arthur G. Tansley,
aquel investigador preocupado por rebatir las ideas sobre ecología vegetal que
proponían Frederic Clements en Nebraska y Henry Charles Cowles en Chicago. En
esas primeras décadas del nuevo siglo XX es cuando las escuelas de botánicos
norteamericanos, presididos por la transcendental obra de Clements, se hacen
con las riendas en la orientación de la nueva ciencia ecológica, a través del
lanzamiento de nuevos conceptos como biomas, sucesión, clímax,.. Tansley, incómodo con estos aires, dirige en
1935 una fuerte diatriba contra el organicismo imperante en las tesis de los de
Chicago y Nebraska. Su artículo se verá publicado en la prestigiosa revista
"Ecology", que en ese año sacaba ya su número 16 (en 1996, la
revista, que no ha dejado de publicarse por la Sociedad Ecológica de América,
va por su número 77). El título no deja lugar a dudas respecto a su ánimo beligerante:
“El uso y el abuso de los conceptos y términos relativos a la vegetación"
se denominará, nada menos. En él, Tansley propondrá usar el término "ecosistema"
para englobar "las unidades de base de la naturaleza en la superficie
de la Tierra". Nace así una nueva palabra para englobar un concepto
que incluye tanto lo vivo como lo inanimado, y enfocar hacia su estudio los
esfuerzos de la ecología. La idea alcanzará tanta importancia como para
convertirse en el objeto central de la moderna ecología, suplantando aquella
primera acepción de Haeckel que ya vimos. Así llegamos a la ecología como
"ciencia de los ecosistemas".
Ramón
Margalef, en una obra de título significativo[134],
aporta dos razones para explicar el éxito que tuvo el término de Tansley: la
primera es que "liberó a los ecólogos de su antigua obsesión por las
unidades (biomas, biocenosis, asociaciones, comunidades, etc.) al mostrar que
tales unidades podían ser útiles, pero eran innecesarias"; la segunda
será que "proporciona un enlace con la teoría de sistemas". Sin embargo, hay que reconocer que el sentido
inicial dado por Tansley a su "ecosistema" es más modesto que
el que luego se impondrá, pues en la evolución de la idea moderna de ecosistema
participarán numerosos ecólogos. Pascal Acot, autor de otra sugerente "Historia
de la Ecología", señala a Raymond Lindeman (un relevante limnólogo que
fallecería antes de cumplir los treinta años) como el "padre"
intelectual de la más moderna noción de ecosistema, en una historia tan
reciente como intensa.
DEL CIRCULO AL SISTEMA
La aparición científica del estudio de los sistemas
Mientras
Tansley arremetía con fuerza contra el organicismo de los biomas, en Viena un
joven profesor de biología llamado Ludwig von Bertalanffy sentaba las primeras
bases para la formulación de lo que se llamaría la Teoría General de
Sistemas. Aunque el libro definitivo de Bertalanffy no verá la luz hasta
1968, su trabajo influirá en numerosos investigadores desde mucho antes. Su
propuesta se inscribirá entonces en el eje de una serie de tendencias que cabe
calificar de revolucionarias en el seno de la Ciencia. No en balde, el
fundador de la "sistémica" se sentirá identificado con la
forma de entender la evolución de las teorías científicas que Thomas S. Kuhn
propuso en 1962 en su libro "La estructura de las revoluciones
científicas". El estructuralismo, mientras tanto, había ido creando la
masa intelectual necesaria para centrar el punto de vista en la globalidad del
armazón que tiene todo objeto de estudio, y en las relaciones entre las
diferentes partes de ese armazón. Bertalanffy dio un paso más y propuso una
visión sistémica para la ciencia, en la que lo que importa es la propia
interacción por encima de las partes que interactúan. Se abre así el camino
para la exploración de la "complejidad organizada" y de todo
un abanico de nuevos campos científicos y técnicos.
Viena
bien puede considerarse la cuna de esa nueva forma de ver las cosas complejas
desde la perspectiva del conjunto. La idea central radica en que no es
imprescindible desmenuzar todo objeto de estudio para comprenderlo, como parece
preconizar la ciencia reduccionista, dominante desde el "Discurso del
Método" de Descartes. De hecho, ese enfoque clásico puede llegar a
hacer perder la esencia de las cosas, opinan los "sistémicos",
impidiendo una interpretación general correcta.
La
noción de la "Gestalt" (lo que significa algo así como la
"estructura", pero en un sentido menos material que esencial)
irá cobrando fuerza en varios campos del conocimiento durante la época de
entreguerras, haciendo especial fortuna en el de la psicología. En esa época,
desde una Viena pletórica, asentada en el corazón de la vieja Europa Central,
se empezaba a vislumbrar una nueva estrategia para el acercamiento a los
problemas (que ya se adivinaban demasiado complejos).
¿Qué
ocurría en la Viena de los años previos a la II Guerra Mundial?
La
producción filosófica vienesa durante el período de entreguerras ha pasado a la
historia del pensamiento principalmente bajo el nombre del Círculo de Viena.
Un grupo de pensadores, primero agrupados bajo la égida de Moritz Schlick,
recién llegado a la universidad de la ciudad austriaca en 1922, y luego
dirigidos por Rudolf Carnap, quiso dar forma filosófica a la "concepción
científica del mundo" que el siglo parecía haber traído. Nacía lo que
se llamó el neopositivismo, positivismo o empirismo lógico. El
grupo se amparaba realmente bajo el nombre de "Sociedad Ernst Mach",
tomando el nombre de este ilustre científico y filósofo austriaco que había
fallecido en 1916 en Baviera y del que tomaron muchas de las ideas precursoras
del cientifismo del Círculo. A Ernst Mach, además, se le reconoce una gran
influencia en la evolución antimecanicista que guio el pensamiento de Einstein,
la misma que le llevó a su ruptura conceptual en pos de la teoría de la
relatividad. La Sociedad Ernst Mach redactó y se identificó ante el
mundo con el "Manifiesto del Círculo de Viena de la concepción
científica del mundo", iniciando una corta fase de gran influencia
filosófica y científica que duró hasta los años inmediatos al estallido de la
Segunda Guerra Mundial. La preocupación de aquellos pensadores, por construir
una versión conceptual precisa de los nuevos derroteros por los que la ciencia
transitaba desde la formulación de la teoría de la relatividad y la física
cuántica, contribuyó a un importante reforzamiento de la moderna filosofía de
la ciencia frente a las concepciones positivistas anteriores, aún ligadas al
inductivismo nacido de la mecánica como "paradigma" de la
construcción científica.
Sin
embargo, la evolución política de aquellos años no era favorable para las
aventuras del pensamiento y el debate racional. Una de las terribles
consecuencias del encontronazo brutal entre la construcción del conocimiento de
unos y el fanatismo ideológico de otros la encontramos en el asesinato ocurrido
en 1936 en las escaleras de la universidad (en las garras del odio de un
estudiante nazi) del que fuera impulsor del Círculo de Viena, el filósofo
Moritz Schlick. Lo que nació en las décadas de los diez y los veinte al amparo
de los amables cafés de Viena, con las tertulias del matemático Hans Hahn, el
sociólogo Otto Neurath y el físico Philip Frank (quien, en 1912, había sucedido
a Einstein en la cátedra de la Universidad de Praga) fue objeto del odio fanático
de las ideologías de la muerte que se extendían ensangrentando Europa y que ya
en España habían acuñado aquel alarido inhumano de "muera la
inteligencia" que tuvo que oír en Salamanca nuestro Unamuno.
En
el ambiente anterior a ese odio, preocupado por dar una forma lógica a la nueva
manera de ver las cosas e impregnado de la influencia de la ciencia (y
fundamentalmente de la física), el biólogo Bertalanffy reconoce que heredó su
primera formación filosófica. Sin embargo, pronto se vio demasiado influido por
otras tendencias, entre las que él incluye el misticismo alemán, el relativismo
histórico de Spengler y la historia del arte, "aunado a otras
actividades no ortodoxas", ... lo que "le impidió llegar a ser
un buen positivista" dirá, con humor, años más tarde[135].
No es extraño que por esa línea se alejara pronto del neopositivismo del
Círculo de Viena.
Es
curioso constatar que también por aquellos años (en 1924) nacía en Viena un tal
Paul K. Feyerabend, el mismo que, muchos años después, daría nacimiento a lo
que se ha llamado el "anarquismo metodológico", situado casi
en las antípodas filosóficas de los planteamientos del Círculo de Viena. Aunque
(como Imre Lakatos) es, de algún modo, uno de los "hijos descarriados"
de Karl Popper -quien, por cierto, asistía también en aquellos años de
entreguerras (aunque sin pertenecer) a las reuniones del Círculo de Viena-,
Feyerabend queda en la proximidad relativa (pero mucho más allá) del
pensamiento de Thomas Kuhn, el
historiador de la ciencia que revolucionaría la visión de su construcción
frente a las tesis del neopositivismo o empirismo lógico de los de Viena y las
del posterior falsacionismo o falsabilismo de Popper.
Paralelamente,
en Suiza, Jean Piaget, que había iniciado sus estudios de biología, emprendía
la tarea de intentar comprender los principios que guían la construcción mental
y las estructuras del saber. Objetivos que le conducirían a crear en Ginebra,
durante 1955, el Centro Internacional de Epistemología Genética. La Gestalt,
como teoría de la percepción global, y los inicios de las ideas de Piaget sobre
la psicología y la epistemología genética estarían entre los enfoques que
Thomas S. Kuhn analizaría en la Universidad de Harvard para proponer el concepto de "paradigma” como
"realizaciones científicas universalmente reconocidas que, durante
cierto tiempo, proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad
científica". Más tarde, en la postdata añadida al libro en su edición
de 1969, Kuhn analiza algunos de los varios sentidos de este complejo término e
indica que "un paradigma es lo que los miembros de una comunidad
científica comparten". Así, la historia de una ciencia puede dividirse
en períodos de "ciencia normal", durante los que la aplicación
de un paradigma produce el desarrollo científico dominante; y períodos de
"revolución científica", generados a partir de la emergencia
de un nuevo paradigma tras un proceso de crisis.
No
es extraño ni casual que Bertalanffy sienta una particular predilección por las
ideas de Thomas Kuhn, a quien dedica una adecuada referencia en la introducción
a su obra más conocida, la "Teoría General de los Sistemas",
construida a partir de textos suyos anteriores. También se hará eco de la
coherencia (que sería reconocida por el mismo Piaget) entre las concepciones
subyacentes a la epistemología genética y la teoría general de sistemas.
El
largo proceso iniciado en los años veinte y treinta, desembocará con los
sesenta en la formulación de la teoría general de sistemas. El mismo
Bertalanffy aboga por un proceder propio de su teoría general de sistemas, que
resultaría en una epistemología de sistemas muy diferente de las otras
metodologías y formas de encarar la construcción del conocimiento, de forma que
escribirá (recordando sus orígenes intelectuales cercanos al pensamiento del
Círculo de Viena):
"de
lo anterior se desprende cuánto difiere de la epistemología del positivismo o
empirismo lógico, con todo y que comparta su actitud científica[136]".
El
desarrollo de lo que se ha llamado la sistémica o el enfoque
sistémico ha sido rápido y fructífero en algunos campos, aunque no ausente
de importantes críticas; de hecho, la teoría general de sistemas alimenta o se
alimenta de muchas otras propuestas conocidas: la cibernética de Norbert
Wiener (1948), la teoría de la información de Shannon y Weaver (1949) o
la teoría de juegos de von Neumann y Morgenstern (1947), por ejemplo.
Son, pues, los años inmediatos a la Segunda Guerra Mundial los que conocerán
las aportaciones sectoriales del enfoque global; los mismos que convergerán en
los sesenta en el desarrollo de la sistémica. Más adelante, las ciencias de la
complejidad buscarán su desarrollo desde aquellas propuestas: se añadirán a la
lista la teoría de las catástrofes del matemático francés René Thom, la teoría
del caos, con David Ruelle; la geometría de los fractales de Benoît
Mandelbrot, los trabajos de Ilya Prigogine con estructuras disipativas y
sistemas termodinámicos alejados del equilibrio,...Y, en el horizonte de
algunos centros (como el Instituto de Santa Fé de Nuevo Méjico) se perseguirá
la idea de alcanzar, con el cambio de milenio, una teoría unificada de los
sistemas complejos[137].
SISTEMAS EN ECOLOGÍA IGUAL A ECOSISTEMAS
Volviendo al ecosistema
Ya
desde la propia terminología, los ecosistemas son sistemas ecológicos;
participan, por tanto, de la teoría de sistemas. Más aún, utilizando las nuevas
definiciones impulsadas por los estudiosos de la complejidad, se trataría de un
excelente ejemplo de "sistemas complejos adaptativos".
Como
ya vimos, Ramón Margalef indica entre los presuntos éxitos del término "ecosistema"
el de servir de enlace con la teoría de sistemas; sin embargo, a continuación,
el prestigioso ecólogo español matiza, algo zumbón: "Queda en pie,
desde luego, el grado en que merece ser tomada en serio la teoría de sistemas,
lo mismo que la cibernética: si ambas han proporcionado intuiciones y análisis
nuevos, o si simplemente no han hecho más que llamar la atención hacia lo obvio"[138]
Es evidente el escepticismo con que Margalef trata en ésta y otras ocasiones la
utilidad de la teoría general de sistemas; ya en otro libro anterior[139],
señalaría: "Existe una teoría de los sistemas generales, aunque es
oportuno preguntarse en qué medida ha contribuido al progreso científico, si lo
ha hecho realmente".
De
cualquier modo, no es fácil contradecir que el ecosistema, como objeto de
estudio de la ecología, participa plenamente de la idea de sistema, se
considere o no útil la aportación concreta de la teoría general de sistemas al
desarrollo de la ecología. En ese sentido, la visión sistémica, entendida como
un enfoque que atiende antes al campo de las interacciones entre los elementos
que a los mismos elementos constitutivos, constituye una parte sustancial del
estudio científico de la ecología. De
hecho, la sistémica o el método sistémico es, en palabras de uno de sus más
reconocidos impulsores en España, "una adecuada coordinación de
análisis y síntesis del sistema objeto de estudio[140]".
Un método, pues, que pretende rescatar lo bueno del holismo y lo bueno del
reduccionismo, aportando con ello un nuevo enfoque al estudio de las entidades
complejas.
HÁBITAT VERSUS ECOSISTEMAS
La pugna terminológica en la Unión Europea.
Varios
años le costó a la Unión Europea aprobar una Directiva[141]
donde abordara el tema de la conservación no ya de un grupo de organismos
concretos (ya existía la Directiva de conservación de las aves silvestres desde
1979) o de un tipo de espacios naturales específico (bosques, humedales...),
sino desde la más amplia perspectiva de los medios y sistemas ecológicos de los
que depende la viabilidad de la flora y fauna europea silvestres. El 21 de mayo
de 1992 (unos días antes de la celebración de la Cumbre de la Tierra en
Río de Janeiro), el Consejo de las Comunidades Europeas aprobó por fin la
"Directiva 92/43/CEE relativa a la conservación de los hábitat
naturales y de la fauna y flora silvestres", tras un largo proceso de
discusiones internas. Para algunos ecólogos se perdía la ocasión de haber
utilizado el más adecuado nombre y concepto de ecosistemas frente al de hábitat,
si es que la orientación que se quería dar era verdaderamente la de conservar
los sistemas de relaciones ecológicas que sustentan la diversidad de las
especies silvestres y la configuración de los paisajes naturales. No obstante,
se optó por utilizar un término relativo que exige concretar de qué especie o
comunidad se habla; porque, para la mayoría de los ecólogos, el uso del término
"hábitat" requiere aclarar la identidad del definidor del
hábitat, ya que por ese concepto se entiende el lugar, espacio o territorio en
que habita algún determinado organismo, especie, población o comunidad.
Naturalmente,
el hábitat de una especie se corresponderá con el ecosistema, una parte del
mismo o, incluso, los diversos ecosistemas en los que aquélla vive: el hábitat
del Águila Imperial Ibérica está constituido por los encinares mediterráneos;
sin duda, ecosistemas. Podría parecer que es lo mismo, pero no lo es, pues
mientras podemos hablar del ecosistema de los encinares mediterráneos,
en el caso del hábitat debemos hablar del hábitat del águila imperial.
Lo mismo, pero distinto.
La
Directiva realmente usa el término hábitat con dos sentidos: como
hábitat y como sinónimo de ecosistema. Por eso, resulta adecuado su uso cuando
se refiere a los lugares seleccionados (que han de formar parte de la futura
Red Natura 2.000: una red europea de espacios protegidos de interés comunitario),
por ser los espacios donde habitan una serie de especies que aparecen
listadas por su particular relevancia en el contexto europeo (se recogen en el anexo II de la propia Directiva,
incluyendo tanto especies vegetales como animales), pero resulta inadecuado
cuando se aplica a lugares definidos por sí mismos, en cuyo caso habría sido
más correcto usar el término y el concepto "ecosistemas" (hay
hábitats, en este sentido, listados en el anexo I: "hábitats naturales
de interés comunitario"). De hecho, la propia definición que asume la
Directiva para hábitat no es la habitualmente utilizada por los ecólogos. Dice
así: "zonas terrestres o acuáticas diferenciadas por sus
características geográficas, abióticas y bióticas, tanto si son enteramente
naturales como seminaturales". Con esa idea, más de un ecólogo se
dirá: ¡Ah, sí, quiere decir ecosistemas!
La
explicación a este pequeño equívoco viene por el punto de partida que utiliza
la Directiva (las cosas nunca vienen solas): el llamado programa CORINE,
adoptado por una "Decisión" del Consejo de la Comunidad
Europea, en 1985. Este programa, que contiene a su vez el proyecto BIOTOPOS
CORINE, busca inventariar los "lugares naturales" europeos
a partir de la definición de éstos como hábitats, aunque (para colmo)
utiliza el término "biotopo", que quiere decir lugar
topográfico y que en ecología siempre fue indicativo de la parte no biótica (no
viva) del ecosistema, es decir, la "contraparte" de la
biocenosis.
En
último término, el problema radica en que se adoptó la tipología de los
fitosociólogos[142]
para determinar los "biotopos-biocenosis-hábitat-ecosistemas"
(como se quiera decir finalmente) europeos, lo que, además de la irritación de
algunos ecólogos poco propensos a aceptar esta línea como delimitadora de
sistemas ecológicos, hace que se hayan ido introduciendo numerosos deslices
terminológicos que han desembocado en la actual confusión. En cualquier caso, para lo que nos importa en
el fondo (que no es otra cosa que la conservación de la maltrecha naturaleza
europea), la cuestión está en si la metodología utilizada para la selección de
los lugares permitirá delimitar éstos adecuadamente para luego poder aplicarles
una gestión acorde con los fines de conservación de los sistemas ecológicos,
sus procesos y su biodiversidad.
EXPERIENCIAS Y DEBATES EN DOÑANA
Diversidad de hábitat en España y de ecosistemas en Doñana
Podemos
utilizar el sistema de categorización o tipificación de "hábitat"
de la Directiva de la U.E., con todas sus pegas, para ver cómo es factible
establecer comparaciones cuantificables sobre la diversidad de
ecosistemas/hábitats. Este ejercicio nos permitirá, de paso, comprobar el alto
valor que la biodiversidad española (en cualquiera de sus niveles) representa
en el contexto europeo occidental.
Como
parte del proceso de aplicación de la Directiva, tuvo lugar en Sanlúcar de
Barrameda, a finales de 1993, un Seminario Técnico organizado por la
Administración Española y la Comunitaria con asistencia de técnicos de todos
los Estados de la Comunidad Europea. A orillas del Guadalquivir y frente a lo
que el escritor José Manuel Caballero Bonald llamará en su libro "Campo
de Agramante" la "extensión proteica de Doñana", se
pretendía poner en común la situación de los trabajos de identificación de las
áreas a proteger en cada uno de los (entonces) 12 Estados del Tratado.
Independientemente de la conclusión final del proceso, los datos aportados en
el seminario nos ofrecen la posibilidad de comparar estimadores de la
diversidad de ecosistemas en unos y otros países sobre la base de una misma
tipología (independientemente del grado de acuerdo con ella). Veamos:
La
Directiva comunitaria (a partir del mencionado inventario CORINE) identifica
220 tipos principales de "hábitats" europeos, de los que
entresaca 63, que considera de valor prioritario en cuanto a su conservación.
Según los datos aportados, España acoge un 60 por 100 del listado total (es
decir, 130 hábitats presentes en su territorio) y un 68 por 100 de los establecidos
como prioritarios (30). Estos porcentajes permiten aproximarnos de forma cuantitativa al grado de importancia,
relevancia o representatividad que la biodiversidad de ecosistemas españoles
tiene en el contexto de la Europa comunitaria. Aún más, podemos continuar
nuestras comparaciones y comprobar el grado de representatividad de otros
Estados. Así encontramos que el Reino Unido cuenta con un 33 por 100 de los
hábitats totales y un 30 por 100 de los prioritarios o que Dinamarca posee tan
sólo un 25 por 100 de los totales y un 21 por 100 de los considerados
prioritarios. Estas cifras no son absolutas, pero sí indican una mayor
diversidad de tipos de hábitats (con alguna relación, sin duda, con la
diversidad de ecosistemas) en España que en Gran Bretaña o Dinamarca. Podemos
confirmar con datos que España es un territorio más diverso en ecosistemas que
los otros países mencionados.
De
todas formas, la relatividad y precaución no deben ser abandonadas, pues muchas
características de la forma de establecer las clasificaciones sobre las que se
asienta la comparación, tendrán efectos determinantes en ésta. Así, por
ejemplo, se ha criticado por parte de algunos biólogos españoles el desigual
grado de finura de unos u otros tipos de "hábitats" definidos
por CORINE. En este caso, los resultados de la comparación anterior entre la
biodiversidad española y la de otros países europeos se verían reforzados,
puesto que al inventario se le achaca un mayor detalle en la identificación de
los hábitats más frecuentes en las regiones septentrionales de Europa que en
los mediterráneos. Así, por ejemplo, distingue
16 tipos de dunas marítimas propias de las costas atlánticas del Mar del
Norte y del Báltico, mientras que tan sólo hay 8 tipos diferentes de bosques
esclerófilos mediterráneos. El grado de heterogeneidad en los criterios para el
establecimiento de estas clases hace que, incluso dentro de una misma
metodología de clasificación (la fitosociológica, en este caso) podamos seguir
encontrando cierta disparidad de criterios.
Por
eso es fundamental conocer cuál es el criterio que se ha adoptado en una
clasificación de sistemas ecológicos, si queremos obtener de ella una
determinada valoración o evaluación de la diversidad de ecosistemas. De otro
modo, la utilidad real de este tipo de apreciaciones será escasa. Así, por
ejemplo, cuando el programa MAB de la UNESCO determina la existencia de "20
tipos de ecosistemas terrestres y 8 acuáticos" en la Reserva de la
Biosfera de Doñana, está utilizando un criterio de tipificación concreto que sólo permitirá la comparación o
la evaluación absoluta si lo conocemos y lo tenemos en cuenta; porque, para el
mismo caso, aproximadamente, el "Mapa Ecológico de la Reserva Biológica
de Doñana" que elaboraron C. Allier, Fernando González Bernáldez y
Luis Ramírez Díaz en 1974, distingue tres grandes (!) tipos de ecosistemas,
aunque tan sólo de uno de ellos (la marisma), puedan diferenciarse (usando
métodos fitosociológicos) 4 subtipos con, al menos, 12 grupos basados en la
aplicación de criterios de asociación vegetal. Sin embargo, si hubiéramos
aplicado métodos ecológico-matemáticos de clasificación multifactorial sobre
los inventarios de parcelas (usando también sólo la vegetación), podríamos
haber diferenciado 5 zonas (subsistemas) con características ecológicas
diferentes, según la estructura y variación de su vegetación.
En
resumen, dependiendo de la escala, del método y de los criterios utilizados,
los resultados finales variarán de forma considerable.
UN TIPO DE CRITERIOS IMPLICA UN TIPO DE GESTIÓN
Formas de ver la gestión en la conservación de la naturaleza
En
todo el mundo, la superficie protegida, al menos sobre el papel de una
declaración formal, ronda el 6 por 100. Esta cifra es hoy apenas superada en
España; aunque todavía a mediados de 1994, los 465 espacios españoles
protegidos entonces representaban sólo el 5,75 por 100 de todo el territorio,
según datos recopilados por la Sección Española de la Federación de Parques
Naturales y Nacionales de Europa[143]).
Estas cifras, tanto a nivel mundial, como en España, resultan claramente
insuficientes: en el primer caso, ya el propio Congreso Mundial de Parques,
celebrado en Caracas en 1992, a través de su Plan de Acción, se fijaba como
objetivo llegar al 10 por 100 de la superficie mundial protegida. En España,
por otra parte, se espera que la aplicación de la Directiva
"Hábitats" de la Unión Europea lleve a elevar la actual superficie
protegida a no menos de un 15 por 100 del territorio, incorporado a la Red
Natura 2000. Incluso, la asociación ADENA-WWF España, en un pionero análisis
previo había ofrecido una cifra superior: alrededor de un 20 a 25 por 100.
De
todas maneras, y contando con que la protección de espacios naturales debiera
ser tan sólo una de las muchas medidas a adoptar -y nunca la única- en la
conservación de la biodiversidad y la sostenibilidad ecológica del medio, el
problema de la escasez de superficie declarada como protegida esconde detrás
una situación aún menos satisfactoria: la ausencia de gestión en la mayor parte
de los espacios declarados como protegidos. Humberto da Cruz, el ecologista que
fuera por breve tiempo director del ICONA, ha estimado en apenas un 10 por 100
el número de los espacios "protegidos" que poseen los instrumentos
básicos de planificación y gestión, denominados Planes de Uso y Gestión, bien
en uso, bien en una fase de elaboración avanzada[144].
Aún
en estos pocos casos en los que hay planificación y gestión, ésta recibe una
buena dosis de críticas. De hecho, muchos ecólogos no creen que la línea
dominante que ha marcado la pauta hasta hoy en la conservación y gestión de la
naturaleza y los espacios protegidos de Europa y España sea la correcta, y
abogan por instaurar una nueva visión de tipo "ecosistémico".
Carlos Montes, de la Universidad Autónoma de Madrid, que ha trabajado
especialmente en los ecosistemas de las aguas continentales, coordinando el más
completo inventario realizado sobre los humedales españoles[145],
es uno de los defensores de esta idea. Para él, las administraciones
ambientales españolas han seguido hasta hoy, de forma aislada o complementaria,
tres criterios[146]
para la conservación y gestión de humedales naturales protegidos (y nada hace
pensar que no sea extensible al resto de espacios naturales protegidos).
Veámoslos.
El
primero sería lo que denomina "criterio biologista". Parte del
"protagonismo de las especies" y llevaría a un "modelo
de gestión afectiva". El ejemplo tipo puede ser el caso de la
protección de humedales orientado a la protección de los flamencos; se trata de
una línea de conservación dirigida a la protección de una especie emblemática,
ignorando los efectos ecológicos que se derivan sobre las lagunas en donde se
concentran. La gestión en este tipo de casos sólo tiene ojos para la especie
"talismán" (los flamencos, en el ejemplo), de forma que el medio
llega a ser acondicionado para ella, si es preciso. En el extremo, se
terminaría en un sistema de "gestión asistida", semejable,
para Montes, a la que tiene lugar en los zoológicos o en los jardines
botánicos.
El
segundo sería el "criterio intuitivo", determinado por el
"protagonismo de los gestores", y que conduciría a un modelo
de "gestión protagonista". Montes lo ve especialmente
utilizado en los llamados proyectos de restauración ecológica. El
divorcio entre investigación y gestión en materia de conservación de la naturaleza
agrava los males inherentes a este tipo de gestión. Un ejemplo de ello lo
identifica el limnólogo de la Universidad Autónoma en el espinoso caso de lo
que llama los intentos de "restauración paisajística" de Las
Tablas de Daimiel. En esta antaño magnífica área de humedales se está
utilizando, para recuperar la perdida imagen y paisaje del humedal, el bombeo
de agua desde el acueducto Tajo-Segura (aunque con resultados irrelevantes para
la magnitud del problema, por otra parte); pero, además, se hace en tiempo
inadecuado en relación con las fluctuaciones naturales, aunque políticamente
conveniente. Situaciones de este tipo también han caracterizado las relaciones
entre gestión e investigación (muy ligada al CSIC, a través de la Estación
Biológica, pero también desde las universidades) en el caso del Parque Nacional
de Doñana.
El
tercero de los criterios sería el "político". Éste, amparado
en el "protagonismo de la opinión pública", depararía un
"modelo de gestión escaparate" para Carlos Montes. En este
caso, la línea de actuación viene determinada por el interés político en dar
satisfacción a lo que parezcan ser demandas del público, aun cuando éstas
puedan llegar a ser inventadas o manipuladas desde el mismo sector político. De
este criterio surge la excesiva proliferación de infraestructuras y
construcciones destinadas al llamado uso público de los espacios protegidos,
que, si bien son necesarias para satisfacer objetivos básicos de estos
enclaves, pueden convertirse en abusivas y contrarias a otros objetivos aún más
importantes si concentran todos los esfuerzos y tareas de la gestión. El Parque
Nacional de Doñana puede representar un buen ejemplo de la aplicación de este
criterio con la construcción desmedida de centros e instalaciones en su
derredor e interior, incluso afectando a su propio patrimonio cultural
(Marismillas, Vetalengua, ...).
Frente
a estas líneas, algunos como Carlos Montes piden un cambio de orientación en la
planificación, selección y gestión de espacios protegidos, encuadrable en lo
que se ha empezado a denominar la "gestión ecosistémica". Esta
idea parte de querer sustituir una actitud "afectiva" en la
conservación por otra más "racional", algo que ya expuso
Carlos Herrera (un investigador relevante, precisamente de la Estación
Biológica de Doñana) en el marco de un Simposio sobre Invernada de Aves en la
Península Ibérica organizado por la Sociedad Española de Ornitología[147].
La actitud "racional" sería, para Herrera, la de conservar sistemas
funcionales completos, sobre la base de la integridad de sus relaciones
biológicas y su grado de "naturalidad". Esta actitud es más
ambiciosa que la "afectiva", porque, en el fondo, la engloba:
"aspira a conservar los protagonistas de la obra mediante la
preservación de su argumento", dirá el investigador del CSIC. Ese
"argumento" no es otro que la compleja red de interacciones
que conecta a las especies. Se avanzaría así hacia la consideración del
ecosistema como el motivo de la conservación y a la ecología como la principal
fuente de conocimiento para ello.
_
LA
DIVERSIDAD EN ECOLOGÍA
DIVERSIDAD EN ECOLOGÍA: OTRA COSA
Dos conceptos a menudo mezclados
Los
ecólogos han venido utilizando el término "diversidad" o
"diversidad ecológica" para referirse a una medida que les
permita evaluar o medir dos cosas a la vez: la cantidad de especies que viven
en un ecosistema, y la abundancia relativa de éstas. Por tanto, se trata de un
concepto distinto, aunque relacionado con el de diversidad biológica o
biodiversidad. Vamos a verlo.
El
primer concepto que forma parte de la idea de la diversidad ecológica,
el número de especies, se conoce técnicamente como "riqueza específica".
Aunque a veces pueda ser utilizado para expresar el "todo" de
la diversidad ecológica, realmente sólo expresa una parte de ella.
La
segunda idea, representada por las frecuencias o proporciones entre el número
de individuos de las especies presentes, se denomina "equitabilidad"
o "uniformidad". Hace referencia a que las especies que
coexisten en un ecosistema no mantienen, por lo general, el mismo número de
individuos entre sí, ni un similar grado de "representatividad"
en él. Suele haber unas pocas especies muy frecuentes, bastantes con un número
medio de individuos y numerosas escasas o francamente raras. De todas formas,
este modelo general depende considerablemente del tipo de ecosistema al que nos
refiramos.
Este
parámetro (la diversidad) es considerado por la ecología como un indicador
importante de las características macroscópicas de los ecosistemas, ya que se
le supone relacionado con el grado de evolución del sistema, al que también se
ha denominado "estado sucesional". Por eso, los ecólogos
tratan de medirlo utilizando fórmulas matemáticas complejas en forma de índices
que buscan medir a la vez ambos componentes: el número total de especies y las
frecuencias o abundancias relativas de cada una. El grado en el que los
diferentes índices propuestos valoran o dan pesos distintos a uno u otro de
ambos componentes de la diversidad ecológica, los diferencian entre sí. Anne E.
Magurran, de la Universidad de Gales del Norte y autora de un tratado sobre la
medición de la diversidad ecológica[148],
divide los índices propuestos en tres tipos: los que miden la riqueza de
especies (es decir, el número de éstas); los que modelizan la abundancia de
especies, describiendo la distribución de ésta; y los que miden la abundancia
proporcional de las especies. Como puede imaginarse, la cantidad de índices
propuestos para estimar la diversidad ecológica es muy alto. Desde Mac Arthur a
Margalef (pasando por la aplicación de índices propuestos inicialmente con
otros fines, como el que utilizaron Shannon y Weaver para la información,
probablemente el más utilizado de todos), numerosos ecólogos se han visto
tentados a proponer fórmulas para su medición, mientras una considerable
cantidad de artículos publicados en revistas científicas tratan de evaluar y
ponderar la eficacia, utilidad o adecuación de unos u otros. Toda esta cantidad
de publicaciones sobre este tema puede servirnos para comprender la importancia
que la ecología ha dado a este parámetro.
ECO-BITS
La información en ecología
Basándose
en la semejanza existente entre la información contenida en los códigos
cifrados o mensajes y la existente en los ecosistemas, en forma del número y
frecuencia relativa de sus especies, C. E. Shannon y W. Weaver propusieron un
índice de cálculo sencillo que mide la cantidad de información sobre la base
conceptual aportada por la teoría de la comunicación[149].
La aplicación del índice de Shannon a los ecosistemas ofrece una estimación de
la diversidad ecológica en bits. El bit, popularizado por la expansión
de los ordenadores (no hay que confundir con el byte), viene de
comprimir en una las palabras inglesas "binary digit": dígito
binario. Como es sabido, un sistema binario consta sólo de dos dígitos, de
forma que en él sólo podemos jugar, por ejemplo, con el 0 y el 1 (o el
"si" y el "no"). Un interruptor simple "habla"
en un lenguaje binario: abierto o cerrado; sí o no; 1 o 0. La menor unidad de
información, por tanto, será un bit (un byte, sin embargo, es una combinación
de interruptores, cuyo número hay que precisar; en informática se utilizan de
ocho en ocho: son los "octetos"; de ahí que haya 28
símbolos en el código ASCII).
¿Cómo
se aplica este índice de medida de la información a la diversidad de un ecosistema?
Para
ello, se usa una fórmula relativamente sencilla:
H' = -S pi log2 pi
en ella,
pi representa la proporción de individuos de la especie i-ésima; por
tanto, en una muestra, representa la proporción de individuos de una especie
(la "i") sobre el total.
Aunque
no vamos a seguir profundizando aquí sobre este tema, que se sale de los
objetivos planteados, lo visto es suficiente para comprobar que el índice de
Shannon-Weaver tiene la ventaja de una aplicación fácil, aunque lo complicado
sea obtener los datos necesarios a partir de muestras adecuadas. Sin embargo,
como nos advierte Margalef, el índice de Shannon, siendo, muy posiblemente, el
más usado por los ecólogos, no tiene una fácil interpretación.
Veremos
de una forma sencilla que, de todas formas, la diversidad ecológica tiene mucho
que ver con la idea de información.
TRES TRISTES ECOSISTEMAS PARA UN JUEGO INSTRUCTIVO
Un ejemplo para comprender la idea de diversidad.
Propongo
que inventemos un ecosistema cada día, durante tres días. Así, sin duda,
obtendremos tres ecosistemas.
El
primer día inventaremos un ecosistema con tan sólo dos especies (es lunes y no
tenemos mucha imaginación ni ánimos para más). Además (para hacerlo más fácil),
cada una de ellas tendrá el mismo número de ejemplares que la otra (nos da
igual el número concreto).
El
segundo día (ya con más ganas) crearemos un ecosistema de tres especies; pero
como tampoco es cosa de cambiar todas las variables (es martes todavía)
mantendremos el criterio anterior de un mismo número de individuos en todas
ellas (sigue sin importarnos el número exacto).
El
tercer día (por fin es miércoles) nos sentimos con fuerzas suficientes para
cambiar la otra variable (la proporción de individuos entre especies); pero
para no liarnos demasiado con la tarea, mantendremos la cifra de tres especies
en nuestro nuevo ecosistema. ¿Qué proporciones entre ellas inventamos? Una de las especies la haremos muy frecuente
y las otras muy raras: por cada diez individuos totales, ocho lo serán de una
especie y una de cada una de las otras dos.
Del
cuarto al séptimo día podemos descansar de nuestra tarea creativa (es la
ventaja de limitarnos a tres ecosistemas). No obstante, para no abandonarnos a
la molicie más absoluta, nos preguntaremos ¿qué pasa con la diversidad, en cada
caso?
Hagamos
entrar en nuestros ecosistemas a tres infortunados ecólogos, uno en cada uno
(no hemos de crearlos nosotros mismos, gastaríamos otros tres días y sólo nos
hubiera quedado el domingo para pensar: podemos escogerlos de entre los muchos
que hay en paro a pesar de que los problemas ecológicos no faltan). Como somos
algo malévolos, pero ecuánimes (?), los someteremos a la misma prueba. Debemos
partir de la condición de que cada uno de los individuos de cada una de las
especies creadas tiene la misma probabilidad de ser visto que cualquier otro en
todos y cada uno de los ecosistemas en que se hayan presentes. También debemos
informar a cada ecólogo de las especies y el número de individuos de cada una
que hay en su ecosistema. A continuación, les sometemos a la prueba: les pedimos que nos digan cuál será la
primera especie que se encontrarán caminando por su ecosistema al azar. Si
aciertan, en premio (recordemos que estaban en paro) les daremos trabajo como
ecólogos del ecosistema, pero si fallan les expulsamos de él. ¿Somos ecuánimes?
¿Cuántos contratados tendremos?
Es
evidente que la información de que dispone cada ecólogo para procurarse el
trabajo es distinta a la de sus colegas. Y esa información está relacionada
con la diversidad del ecosistema que le ha tocado en suerte (o en mala
suerte).
Si
fuéramos ecólogos en paro y quisiéramos trabajar, desde luego nos gustaría
estar en el último de los ecosistemas creados: sobre tres especies, con una
proporción de 8:1:1 en el número de individuos de cada una, tan sólo a un
estúpido se le ocurriría apostar por una especie que no fuera la primera.
Nuestro nivel de posibilidades es aquí muy alto: un ochenta por ciento.
Si,
de todas formas, no podemos elegir ese ecosistema, entre los dos restantes
optaríamos por el que tiene sólo dos especies frente al que tiene tres. En el
primer caso, tendríamos un cincuenta por ciento de posibilidades de acertar,
mientras que en el segundo sólo habría un 33,3 por ciento. En ambos casos nos
da igual por qué especie apostemos.
Dicho
de otro modo, si pudiéramos elegir el ecosistema en el que entrar y apostar, lo
haríamos por el menos diverso, porque en él hay menos información,
de forma que nosotros tenemos más posibilidades de acertar. Cuanto más complejo
y variado es un sistema, menos predicciones podemos hacer: la diversidad es un
parámetro que tiene que ver con la información que alberga el sistema. Si hay
mucha diversidad, habrá mucha información reunida y nos resultará difícil, en
un juego de azar, acertar. Si hay poca información y diversidad, nuestras
posibilidades aumentarán.
De
nuevo, en otra forma: en un sistema poco diverso en alternativas, como el del
lanzamiento de una moneda, el hacer predicciones azarosas (como el obtener una
determinada cara) tiene un bajo nivel de incertidumbre (la mitad de las
posibilidades, si la moneda no está trucada), mientras que en un sistema más
complejo en variedades, como la baraja americana, las predicciones son más
complejas y difíciles: obtener un póquer de tréboles en la primera mano es poco
probable (si no hay jugadores con habilidades particulares o magos de la talla
de Juan Tamariz en la mesa, en cuyo caso nada de lo anterior será válido). Es
cierto que lo dicho refleja algunas características de un tipo de información
concreta y que debe ser matizado desde la perspectiva de ciertos sistemas
aparentemente muy sencillos, pero dotados de un alto grado de estocasticidad
intrínseca. Por esa vía entraríamos en el apasionante campo de las teorías
matemáticas del caos, pero nos saldríamos de nuestros objetivos.
Retornando
a nuestra pequeña creación ecológica, podríamos también estar interesados en
analizar en qué componentes de la diversidad ecológica se diferencian los tres
tristes ecosistemas (estaremos de acuerdo en que ninguno de ellos es demasiado
animado). Veremos que dos de ellos tienen una misma riqueza de especies (tres
especies), que es superior a la del tercero (sólo dos). Sin embargo, dos de los
ecosistemas son equivalentes en cuanto a su distribución de proporciones entre
las especies (todas las especies tienen igual número de individuos), mientras
que el tercero tiene una distribución muy escorada hacia una especie (que es
muy abundante). El comportamiento diferente de los dos componentes hace que
varíe la diversidad de cada uno.
Si
hubiéramos usado la fórmula de Shannon, obtendríamos los siguientes valores:
para el ecosistema del lunes (dos especies equiprobables) el valor es 1. El del
martes (tres especies equiprobables), en el que menos nos gustaría ser
sometidos a la prueba, es, como esperamos, el de mayor diversidad (1,6).
Finalmente, el ecosistema del miércoles, al que preferimos para apostar, es,
lógicamente, el menos diverso de los tres: 0,9.
(Un
interesante análisis explicativo de los diferentes conceptos o formas de
interpretar y clasificar la información, la complejidad y la aleatoriedad ha
sido recogido en una obra divulgativa del físico Murray Gell-Mann[150],
codescubridor de los quarks, Premio Nobel en 1969, y hoy director del Instituto
de Santa Fe, dedicado al estudio de la complejidad).
DIVERSÍSIMOS
Máximos en la diversidad
A
diferencia de nuestra pereza creativa demostrada en el anterior ejercicio, la
naturaleza tiende, cuando se la deja, a incrementar la diversidad ecológica. Un
símil de un ecosistema complejo o maduro es el de un ecosistema diverso. Hay
considerables diferencias, pues, en la diversidad ecológica de los ecosistemas.
En
el Departamento Interuniversitario de Ecología de las Universidades Autónoma y
Complutense de Madrid existe una línea de investigación que trata de averiguar
algunos aspectos del comportamiento de las comunidades vegetales mediterráneas
en relación con su diversidad ecológica. En algunos de estos trabajos,
realizados con pastizales ganaderos de las dehesas ibéricas, se han encontrado
valores de diversidad sorprendentemente elevados, de forma que resultan
comparables a los más altos encontrados en cualquier otro tipo de ecosistema
del planeta. Bien es cierto que la diversidad alta de los pastizales ibéricos
aparece sólo si es calculada sobre la comunidad de plantas, mientras que, en
los medios tropicales, los valores de diversidad son elevadísimos casi en
cualquier tipo de comunidad sobre la que basemos nuestros cálculos. Existen,
pues, valores altos y bajos. Sin duda, el mínimo lo encontraremos en las
condiciones de total uniformidad: donde no hay diversidad o la diversidad es 0;
pero, nos podríamos preguntar: ¿hay valores máximos en la naturaleza?, ¿hay límites?
Cuando
se plantea esta cuestión, uno de los caminos para hallar una respuesta reside
en comparar los valores obtenidos en diferentes comunidades y estudios. En este
punto hay que advertir que el cálculo de la diversidad ecológica se realiza
sobre la base de entidades comparables en algún sentido y con un fin.
Normalmente se escogen especies procedentes de un mismo grupo taxonómico
determinado (por ejemplo, especies de plantas fanerógamas, especies de aves,
...). ¿Qué ocurre entonces?: por encima de ciertos valores (medidos en unidades
de información), no se han encontrado ecosistemas más diversos. Hay máximos.
Francisco
Díaz Pineda, de la Universidad Complutense de Madrid, suele precaver a sus
alumnos acerca de las posibilidades de que un ecosistema alcance una diversidad
ecológica de, digamos, diez bits, o de veinte (no se han encontrado nunca por
encima de valores bastante menores). Utilizando su formación bioquímica, Díaz
Pineda compara dicha pretensión con la de quien afirmara tener una disolución
con un pH de 18, por ejemplo. ¡Revisa tus datos!, sería la respuesta en tales
casos.
En
el caso del pH, el valor de 18 (sobre la base de la concentración total de los
iones OH- y H+ en el agua y la definición química de pH) resulta
matemáticamente imposible. Sin embargo, una diversidad de diez bits sí es
matemáticamente posible: basta un ecosistema con poco más de 1.000 (exactamente
1.014 o 210) especies equiprobables. Pero ¿es esto posible en la naturaleza?
Parece
que no. Ahora bien, no es por el hecho de la imposibilidad matemática o
hipotética del caso, sino por un tipo de imposibilidad que podríamos llamar
"ecológica" y que se manifiesta en el hecho de no conocerse
casos reales con tan alta diversidad. El límite en las comunidades de
organismos emparentados está en un número poco mayor de 6 bits, es decir, el
equivalente a la información contenida en un ecosistema compuesto por 64
especies equifrecuentes. Deben, pues, existir motivos ecológicos que hacen improbable
o imposible la superación de ciertos valores de diversidad ecológica. Pero
¿cuáles? y ¿por qué?
DIVERSIDAD, ESTABILIDAD, FRATERNIDAD
Límites a la diversidad
Hace
ya más de dos décadas, Robert M. May, el infatigable físico australiano
reconvertido en ecólogo, publicó en la Editorial de la Universidad de Princeton
un libro titulado "Stability and Complexity in Model Ecosystems"[151].
Este libro, además de convertirse en uno de los textos más influyentes sobre su
temática, introdujo una importante paradoja en la forma de considerar algunas
cuestiones ecológicas. Según mostraba May a través del uso de modelos
ecológicos, la complejidad de los ecosistemas (entendida como más especies,
más interrelacionadas) suponía, en algunos casos, menos estabilidad. Esta
idea era novedosa, porque generalmente se había considerado que había una
relación positiva entre complejidad y estabilidad. La solución a estas
cuestiones aún no se ha alcanzado plenamente, y lo cierto es que el libro ya
aseguraba que las relaciones entre diversidad, complejidad y estabilidad era un
tema mucho más complejo y difícil de desentrañar de lo que se pensaba
anteriormente.
La
cuestión clave está en cómo y porqué aumenta la estabilidad de un ecosistema
(una vez que nos pongamos de acuerdo en qué es eso de la estabilidad) y cuánto
de ese incremento de estabilidad tiene que ver con la diversidad ecológica. Un
nuevo concepto intervino pronto en el asunto, como señaló May, y es la
denominada "conectividad" o "conectancia": no
todas las especies de un ecosistema mantienen relaciones relevantes entre sí,
por lo que no sólo vale considerar el número total y la proporción de especies,
sino que es fundamental apreciar también el número de conexiones o
interacciones (alimenticias o de otro tipo) que las especies mantienen entre
sí; y establecer (de un modo más preciso) la comparación de éstas con el total
de las teóricamente posibles. La conectividad parece ser un buen
estimador de la complejidad y de la estabilidad que adquiere el sistema, de
forma que buena parte de algunos esfuerzos investigadores se han dirigido por
esa vía. Desafortunadamente, desentrañar qué relaciones son relevantes en una
red potencial de conexiones tan compleja como la que existe en cualquier
ecosistema de un mínimo interés no es tarea fácil.
Antes
comentamos que el primer problema, como casi siempre sucede, viene ya desde la
propia dificultad que ofrece el concepto de estabilidad. Ya en 1969, Richard
Lewontin, un prestigioso genetista de poblaciones de Harvard, recogió en un
libro colectivo sobre diversidad y estabilidad en ecosistemas, los diversos
tipos de estabilidad que Gordon Orians, posteriormente, resumiría en 7 tipos: constancia
(como ausencia de cambio en algún parámetro del sistema), persistencia
(como tiempo de supervivencia de un sistema o de alguno de sus componentes), inercia
(como capacidad para resistir perturbaciones externas), elasticidad
(como velocidad de retorno a un estado anterior tras una perturbación), amplitud
o estabilidad global (como superficie o espacio en el que un sistema es
estable), estabilidad cíclica (como propiedad de oscilar alrededor de un
punto o zona) y estabilidad de trayectoria (como propiedad de
desplazarse hacia un punto o zona final independientemente de los puntos de
partida). Esta complicación del concepto, realizada a partir de supuestos
extraídos de la física, fue, sin embargo, cuestionada por otros autores de la
talla de Ramón Margalef, quien ha considerado la estabilidad (extendiendo las
calificaciones a la diversidad y a la madurez de los ecosistemas) como "impresiones
toscas sobre el comportamiento aparente de los sistemas físicos" y que
"no admiten definición o múltiples definiciones"[152].
Paradójicamente, Margalef ha dedicado una buena parte de sus brillantes
investigaciones en ecología a la diversidad, siendo considerado uno de los más
activos constructores de este concepto ecológico.
De
hecho, para Margalef, la cuestión de la diversidad y la estabilidad ha sido mal
planteada por la tradición naturalista. En su libro "Teoría de los
sistemas ecológicos"[153],
afirma: "en realidad, la diversidad alta es una consecuencia de la
estabilidad, definida de manera 'apropiada'; pero no una causa activa e
independiente de dicha estabilidad". Bordearíamos pues la tautología.
Parece
que la mejor explicación que existe para la alta diversidad en ecosistemas como
los bosques tropicales o los arrecifes de coral estriba en su permanente
estabilidad a lo largo de un tiempo largo. Se trataría de una consecuencia,
pues, del mantenimiento de unas condiciones, definibles "apropiadamente"
como estables durante un tiempo extenso. Según esto, la diversidad se
entendería como un resultado final (e inherente) de la estabilidad.
Razonando
de una manera inversa, podríamos pensar que los sistemas ecológicos más
inestables o impredecibles serán aquellos que ofrezcan los valores de
diversidad más bajos. Esa consecuencia podemos buscarla en la naturaleza: la
encontramos en los sistemas sometidos a una alta tasa de fluctuaciones de gran
recurrencia y poca predectibilidad. Éstos resultan incapaces de albergar
valores altos de diversidad ecológica. Es lo que ocurre en los ríos en los que,
de forma aleatoria para sus habitantes, se vierten cantidades pequeñas de
nutrientes orgánicos (contaminantes) en diversos puntos, se producen
represamientos y liberaciones de aguas que determinan flujos diferentes a los
estacionales naturales, etc. (en fin, el tipo de cosas que sucede en casi todos
nuestros ríos, por otra parte): la diversidad cae abruptamente. La razón
estriba en la imposibilidad de que progresen redes sofisticadas de alta
conectividad. Estos sistemas constantemente impactados no consiguen albergar
procesos internos del tipo de la predación especializada, las relaciones
intensas de polinización o de dispersión, parasitismo, simbiosis, o
comensalismo, no aparecen relaciones que puedan constituir fórmulas de
auténtica coevolución y dependencia evolutiva; en resumen, no hay interacciones
estrechas que permitan aumentar la conexión entre las especies existentes y
abrir posibles nuevos espacios para otras; algo habitual, sin embargo, en los
sistemas ecológicos complejos del tipo de los bosques maduros.
Si
sobre la existencia de redes de conectividad intensa es sobre lo que se asienta
un espacio ecológico de perfiles complejos es porque ésa es la base de un
sistema diverso. Sin embargo, una insuficiente estabilidad en las condiciones
ambientales impide el progreso y afianzamiento de las estrategias de vida que
los ecólogos denominan estrategias K, un nombre proveniente de la letra
utilizada para expresar la densidad máxima de una población en un ambiente
dado, la "capacidad de carga" máxima. Los estrategas de la
K coinciden con las formas muy especializadas en el uso más eficaz de la
energía (si ése es nuestro foco de observación), mientras que al otro extremo
de las estrategias vitales encontraremos a los estrategas de la r; la
letra que proviene de la expresión de la tasa de incremento de una población
dada. Los estrategas de la r utilizan mecanismos de crecimiento muy
rápido, con una escasa eficiencia en el uso de la energía (muy eficaces en
crecer pero poco eficientes en el uso: una definición aplicable totalmente a la
sociedad humana moderna). Son, por tanto, estrategias muy útiles en aquellos
ambientes en los que existe una gran disponibilidad de energía, pero poco
competitivas en los que la energía es un bien escaso y solicitado. En cierta
forma, las estrategias r se ven bien representadas por las especies
pioneras: aquéllas que son capaces de colonizar nuevos e impredecibles medios,
o sistemas en los que la fluctuación es elevada, incluyendo momentos de gran
disponibilidad de energía: como vertidos aleatorios de contaminantes orgánicos
en un río, pero también afloramientos eventuales en los medios marinos. Estas
especies son "oportunistas" en su forma de actuar y suelen
constituir formas dominantes en determinados momentos de la vida de los
ecosistemas, los mismos en los que no se encuentra una diversidad alta. Cuando
el sistema goza de tranquilidad y estabilidad, y es capaz de incrementar su
información (por ejemplo, en forma de aumentos de la diversidad), los
estrategas de la r son sustituidos por los estrategas de la K, más
capaces de competir en estos sistemas estables en los que su alta eficiencia en
el control de la información y el uso de la energía (en una forma única y
original respecto al resto de los organismos) les hace ser mucho más viables.
Por otra parte, estas especies establecen redes de conectividad mucho más
específicas e intensas, con unas pocas interacciones muy fuertes, lo que
repercute en la posibilidad de seguir incrementando la estabilidad y el número
de especies coexistentes. De algún modo el "empaquetamiento"
de formas vivas capaces de convivir aumenta (y, con él, la diversidad, en
suma).
En
resumen: interpretamos como ecosistemas maduros a las etapas y lugares,
productos de una larga estabilidad ambiental, en los que la vida es capaz de
construir redes complejas y tupidas de interacciones muy especializadas, que
dan como resultado la capacidad de coexistir y coincidir a muchas especies en
proporciones no muy diferentes, definiendo así lo que llamamos una diversidad
ecológica alta. Se trata, pues, de una coexistencia en la diversidad, con
bastante estabilidad de por medio y, sólo en determinados aspectos, fraternal.
Veremos,
a continuación, algunos casos.
_
ECOSISTEMAS Y
BIODIVERSIDAD
LOS TEMPLOS DE LA VIDA TERRESTRE
La pluvisilva tropical
Cuando
en septiembre de 1799, el joven naturalista Alexander von Humboldt ascendió
desde Cumaná por el territorio de los indios chaima hasta el macizo montañoso
de Nueva Andalucía, se topó por primera vez con la vegetación de los trópicos
en toda su inmensidad. Dejó escrito:
"las
copas de los árboles, de las que pendían bejucos coronados de largas
inflorescencias, formaban una enorme alfombra verde, cuya coloración oscura
daba mayor brillo aún a la luz"[154].
El
viajero alemán (que pasaría a la historia como el padre de la moderna
ciencia geográfica) se apercibió al instante de que la vida que bulle en la
selva lo hace fundamentalmente en el estrato arbóreo más alto. La sagaz
interpretación del espacio de las copas arbóreas como una gran alfombra verde
es, tal vez, la mejor equiparación ecológica que pueda hacerse entre los
ecosistemas tropicales y los templados, de los que Humboldt procedía. Es una
lástima que lo que el perspicaz naturalista y geógrafo tardara escasos minutos
en comprender sea hoy efectivamente ignorado por muchas de las fórmulas de
explotación irracional que se vienen introduciendo desde occidente en numerosos
ecosistemas tropicales, tratando de convertirlos en prados de pasto para el
ganado.
Después
de que la FAO informara que la deforestación medida en el comienzo de los 80
superaba, tan sólo en el conjunto de la América Latina, los 4 millones de
hectáreas anuales[155], vino una etapa en la que parecía que iban a
mejorar algo las cosas. Sin embargo, en la Amazonía brasileña ha crecido la
deforestación en los últimos tres años, según datos del propio Gobierno, en
casi un 30 por 100.
Aunque
las cifras arrojen toda su carga de verdadera magnitud sobre el drama de la
pérdida de bosques, la comprobación visual de la tragedia tropical es
personalmente más impactante: el sobrevuelo de las tierras atlánticas de
Nicaragua o Costa Rica, por ejemplo, muestran al alucinado observador, junto a
territorios sorprendentes y magníficos como los bosques de la Reserva Biológica
del Indio-Maíz o la extensión del Parque Nacional Braulio Carrillo, una
sucesión de destrucción que lleva desde el despale inicial por fuego o sierra
mecánica, al efímero pasto donde unos raquíticos cebúes subsistirán unos pocos
años. En otras ocasiones, es la invasión amenazadora de las bananeras la
causante del destrozo forestal que precede a un intenso impacto sobre las aguas
(abuso de plaguicidas) y las comunidades locales, perpetuando un modelo socioeconómico
fuertemente dependiente de intereses económicos radicados en el exterior. Para
las bananeras centroamericanas siguen aún vigentes las palabras del poeta Pablo
Neruda en su Canto General:
"
Cuando sonó la trompeta, estuvo
todo
preparado en la tierra
y
Jehová repartió el mundo
a
Coca Cola Inc., Anaconda,
Ford
Motors, y otras entidades:
la
Compañía Frutera Inc.
se
reservó lo más jugoso,
la
costa central de mi tierra,
la
dulce cintura de América."
Las
tierras denudadas serán pronto fácil presa de la erosión traída por las
abundantes lluvias regionales. Los mineralizados suelos se verán arrastrados
por los ríos, llenando de sedimentos, para colmo, los bancos recifales y los
prados marinos donde las tortugas del Caribe encontraban en tiempos solaz y
alimento. La cadena de consecuencias ambientales no se detiene en los primeros
eslabones.
La
sucesión del impacto de la deforestación tropical continúa, en el caso
latinoamericano, a lo largo de todo el continente hasta alcanzar sus bosques
más sureños. Lo pude ver la primera vez que visité Bolivia, durante la
celebración de un Seminario sobre Desarrollo y Medio Ambiente en América Latina
que se celebraba en el Centro de Formación para el Desarrollo de Santa Cruz de
la Sierra, en Bolivia coordinado por Miguel Ángel Recio, de la Agencia Española
de Cooperación Internacional. Entonces sobrevolamos los bosques del norte de
Santa Cruz, una zona ubicada dentro de la Región subtropical de las tierras
bajas de Bolivia, en un departamento que aún supera el 70% de cobertura
forestal[156].
Bajo las alas de nuestra avioneta se extendía un manto verde horadado por
frecuentes plataformas de deforestación desde las que se elevaban numerosas
columnas de humos: hasta una veintena era posible divisar conjuntamente en un
sólo instante. (Si, además, el piloto pierde el rumbo en una zona no demasiado
alejada de donde se ocultan los laboratorios del narcotráfico, por lo que
decide aterrizar en una perdida pista a fin de orientarse de nuevo, no es de
extrañar que el vuelo haya quedado en la memoria de los pasajeros).
Y
entre los bosques centroamericanos castigados por el avance de las bananeras y
la presión de las multinacionales de las hamburguesas, y los bosques
incendiados de Bolivia, la más extensa sucesión de selvas tropicales del
planeta sigue sometida a una presión insostenible de despale e incendio, cuyas
consecuencias pueden ser verdaderamente trágicas.
(Abrimos
aquí un paréntesis respecto al tema de los bosques tropicales para aclarar una
cuestión a veces confundida: no debe pensarse que el único problema forestal
mundial estriba en la pérdida de los bosques tropicales. El drama de los
bosques templados le ha precedido en el tiempo. Las actividades humanas y el
poblamiento de estas regiones se ha llevado por delante la mayor parte de los
bosques europeos, bastantes asiáticos y una parte sustancial de los
norteamericanos. Si en ellos la biodiversidad es menor que en el mundo
tropical, no son menos importantes las consecuencias, como tampoco resulta
menos necesaria la regeneración y adopción de políticas de conservación y uso
sostenible en ellos. Según un reciente estudio[157]
realizado en 19 países de Europa, sólo 6 conservan aún bosques primarios (son
Finlandia, Suecia, Noruega, Grecia, Turquía y Austria) y su superficie total
apenas alcanza al uno por mil de la extensión forestal original: menos del tres
por mil de la actual. Europa carece ya de bosques primarios. A pesar de ello,
tampoco las políticas forestales europeas mejoran de forma suficiente: en un
análisis realizado por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), sobre trece
países europeos, sólo 5 dirigen sus políticas forestales en forma relativamente
aceptable desde el punto de vista de la sostenibilidad ambiental. Son Holanda,
Suecia, Austria, Dinamarca y Suiza. Pero ninguno alcanza la mejor categoría de
gestión en la escala utilizada para la evaluación. Los otros 8 (también por
orden, son Finlandia, Alemania, Reino Unido, Bélgica, Francia, Italia, Noruega
y España) se ubican en la categoría de una gestión forestal pobre o muy pobre.
España, además de ocupar el último lugar, viene perdiendo en las últimas décadas
una media de doscientas mil hectáreas de superficie forestal cada año, de las
que alrededor de la mitad son áreas arboladas. Tampoco en los bosques templados
del otro hemisferio las cosas van demasiado bien: en Chile, la destrucción y
reemplazo de bosques naturales ha alcanzado tal magnitud que CODEFF-Amigos de
la Tierra de Chile calcula que no quedarán bosques nativos en algunas regiones
del país dentro de sólo unas tres décadas, de seguir el ritmo actual de
destrucción. De hecho, en la Región Norte del país no existen ya prácticamente
bosques originales (si ese es el camino al desarrollo, van encaminados). En los
12 tipos forestales principales del país hay 11 especies arbóreas o arbustivas
en peligro y 26 vulnerables[158].
Lamentablemente, la tragedia de los bosques tropicales no es ni única, ni
original).
Al
contrario de los ecosistemas templados, en donde la mayor parte de la biomasa
se localiza en los primeros niveles del suelo, en los medios tropicales está
situada por encima del escaso suelo y, en gran proporción, muy por encima. Los
bosques tropicales húmedos son sistemas ecológicos donde muchos organismos
vivos pugnan en una compleja lucha por alcanzar los estratos más altos donde
llega la luz solar. El interior del bosque es un reino de penumbra, y para
alcanzar el dosel más alto vale todo. Algunos llegan arriba por sus propios
medios, aprovechándose del claro eventual que se produce cuando cae un gigante
arbóreo, por ejemplo; pero es un trabajo lento y azaroso, donde la competencia
es feroz. Por ello, otros utilizan las más variadas técnicas para alcanzar el
reino de los elegidos, como trepar apoyándose en los sólidos troncos ya
existentes. Y puesto que para trepar es preciso poseer sólidas estructuras de
anclaje, ¿por qué no aprovechar de paso esas estructuras para tratar de
capturar algunos de los jugos nutritivos que corren por el interior del árbol soporte?
Nacen así todas las formas imaginables de trepadores, pícaros y espabilados;
desde los epífitos que sólo buscan el apoyo seguro de un tronco rígido y firme
del que carecen, hasta los parásitos más sofisticados que pueda imaginarse.
Incluso los hay que, tras recubrir con su abrazo vegetal a la planta que les ha
servido de soporte, acaban ahogándola, como hacen las higueras estranguladoras
que en Centroamérica llaman acertadamente "matapalos". Realmente, las
mil y una estrategias de los epífitos son exitosas en este medio y prueba de
ello es la proliferación de sus formas: tan sólo entre Centro y Sudamérica se
ha estimado que hay más de 15.500 especies de epífitos[159].
La
razón de que puedan existir epífitos no parásitos (entre los que se incluyen
las apreciadas orquídeas) radica en la capacidad de acumular entre sus raíces
pequeñas partículas que forman un microsuelo, obteniendo de este modo los
nutrientes necesarios para la planta. Además, muchos epífitos contienen en sus
raíces micorrizas con hongos que les facilitan los minerales necesarios. Más
aún, se sabe que algunos epífitos favorecen a sus árboles soporte, ya que se ha
descubierto en algunos de éstos pequeñas raíces con las que penetran en los
precarios suelos formados por los epífitos en su base, obteniendo así parte de
los nutrientes que ahí se acumulan. Si
el epífito se creía listo, la planta soporte no es siempre una ingenua.
Quizás
el tipo más conocido de epífitos es el representado por la estirpe de las
Bromeliáceas, una familia con numerosas especies adaptadas a esta forma de
vida. Estas plantas adoptan la forma de una roseta circular hueca y abierta por
arriba, de la que salen las largas y acanaladas hojas en todas direcciones; la
oquedad central sirve para albergar agua y materias nutritivas que puedan caer
de las alturas. Además de constituir un aljibe de uso propio, representa una
pequeña piscina a varios metros de altura para otros organismos. Entre esta
característica y otras, estos consumados estrategas del anclaje diversifican
las opciones para la vida a la altura del bosque en la que la vida tiene más
luz. Se han descrito hasta 250 especies animales viviendo dependientes de las
bromeliáceas epífitas, desde aves que las utilizan como nidos, hasta anfibios
que cierran su ciclo reproductor en las cavidades centrales llenas de agua,
pasando por los numerosos insectos siempre omnipresentes.
Como
advirtió Humboldt, cuando se camina por un bosque tropical se experimenta la
sensación de quedar ausente de lo más importante del juego de la vida, algo que
parece ocurrir unas decenas de metros más arriba. Ello ha motivado que los
investigadores tropicales hayan tratado de acercarse a ese escenario vivo
ubicado unas decenas de metros por encima del suelo; para ello han tenido que
inventar diferentes sistemas y mecanismos para poder ascender hasta el dosel
forestal y mantenerse en él. Uno de los pioneros en la invención y uso de estas
técnicas ha sido Donald R. Perry, quien ha escrito sobre algunas de esas formas
espectaculares de estudiar el dosel[160].
También ha utilizado estos mecanismos para crear una nueva forma de visitar el
bosque tropical húmedo, inaugurada en 1994, al construir un "teleférico
de la selva" en las afueras del Parque Nacional Braulio Carrillo de
Costa Rica. Con un bajo impacto sobre el medio, debido a la ubicación y al
cuidado en la forma de instalarlo, el teleférico permite una nueva visión a los
visitantes de la zona del bosque tropical más interesante.
Aquellos
organismos que carecen de la habilidad o la capacidad suficiente para ascender
a las alturas vegetales (y no tienen a mano un teleférico como el de Perry) ven
limitado su espacio vital a la zona menos activa y más oscura del ecosistema.
Por ello, entre los animales de la selva proliferan las garras, los dedos y las
colas prensiles, junto a toda clase de útiles que permitan aferrarse o moverse
con soltura por las ramas. En el caso de los vegetales incapaces de crear las
enormes estructuras de las ceibas o los Ficus, con sus contrafuertes en
la parte baja del tronco, lo que proliferan son los zarcillos, raicillas,
haustorios o estructuras lianoides.
El
funcionamiento ecológico de un bosque tropical húmedo tiene muchos puntos en
común con el del medio marino, lo que ha llevado a frecuentes comparaciones por
parte de algunos ecólogos. En ambos encontramos una primera capa
fotosintetizadora situada en la zona más alta; en ella se realiza la producción
vegetal y se inician y aceleran los ciclos de las materias y nutrientes. Dado
el influjo de la gravedad, parece lógico que la actividad de los organismos que
viven en la zona alta de cualquiera de estos ecosistemas se dirija a tratar de
apoderarse de los elementos más valiosos antes de que se pierdan en las
profundidades umbrosas de los estratos inferiores del bosque. Sin embargo, la
diferencia sustancial entre el medio oceánico abierto (no tanto los medios
costeros) y los bosques tropicales húmedos reside en que mientras que los
nutrientes que pasan de un cierto nivel de profundidad desaparecen de los
sistemas superficiales casi definitivamente (aunque existen formas de
recuperación y retorno de materiales por medio de las migraciones verticales, a
veces diarias, de numerosos organismos consumidores, muchas sustancias terminan
cayendo por debajo del "nivel de rescate", perdiéndose hacia los
fondos abisales), en el caso de las selvas son pronto recuperados por los
sistemas vivos que habitan en los estratos inferiores, incorporándose a la
biomasa forestal desde las raíces vegetales o siendo transportados hasta las
capas altas, labor que realizan numerosas hormigas, aves u otros animales que
comunican los medios cercanos al suelo con las capas altas de los árboles.
Dado
el alto nivel de humedad y las favorables temperaturas de los trópicos húmedos para las actividades
biológicas de descomposición y mineralización realizadas por los
microorganismos, la vida media de un nutriente fuera de un organismo vivo es
realmente breve. Puede caricaturizarse esto diciendo que las hojas que caen
desde las ramas altas apenas consiguen llegar al suelo intactas, pues
prácticamente se van descomponiendo durante su caída. Sin llegar a este
extremo, lo cierto es que los bosques tropicales húmedos no consiguen formar
suelos estructurados con capas superficiales de humus, como los de los bosques
de los climas templados, y ello sí es consecuencia directa del enorme dinamismo
de los niveles tróficos que se ocupan del reciclado de los nutrientes: hongos,
microorganismos, ácaros, insectos, etc.
Estos
asombrosos ecosistemas que extienden su "césped aéreo"
espectacular por un territorio que apenas llega al seis por ciento de la
superficie terrestre son, con toda certeza, los templos de la diversidad de la
vida sobre la Tierra; los lugares donde la vida ha alcanzado su mayor
dinamismo, y, con él, su mayor variedad. Aunque se hayan reducido en un
porcentaje elevado desde que, hace dos siglos, Alexander von Humboldt los
visitara (se habla de una pérdida de la mitad de la superficie de las
pluvisilvas tropicales), aún los bosques tropicales mantienen refugiada a la
mayor parte de la biodiversidad del planeta.
EL MAR TAMBIÉN EXISTE
Biodiversidad marina
La
atención que se ha prestado a la biodiversidad marina es muy escasa si la
comparamos con la que se ha dedicado a la terrestre; no es de recibo que seamos
una especie terrestre y eso determina tanto nuestra concepción del mundo como
buena parte de nuestros intereses, incluso de conocimiento. Recientemente, dos
investigadores del Instituto de Biología de la Conservación Marina
llamaban la atención sobre este particular señalando que tan sólo un 5 por 100
de los últimos 742 artículos publicados por la prestigiosa revista científica Convervation
Biology habían versado sobre biodiversidad marina, frente a un 9 por 100
dedicados a la diversidad de los medios acuáticos continentales y un 67 por
100% a la terrestre[161]. Si tenemos en cuenta que el 99 por 100 del
volumen ocupado por la biosfera (espacio donde existe vida) está representado
por los mares y océanos, la proporción refleja, ciertamente, una atención
sesgada (que no hay que achacar a un desinterés especial de la revista
científica objeto de los datos, puesto que en otras no específicamente marinas
un análisis semejante lleva a la misma conclusión, sino a la investigación en
general).
A
pesar de todo, hay indicios de que algunos sectores de la investigación no se
resignan a perpetuar este mayor olvido. Así, más de un centenar de científicos,
ecologistas e investigadores han contribuido a la elaboración de una propuesta
complementaria a la Estrategia Global para la Biodiversidad (un
documento mundial elaborado por el Instituto de Recursos Mundiales y la Unión
Mundial para la Conservación o UICN), titulada "Diversidad
Biológica Marina Global: Una estrategia para introducir la conservación en la
toma de decisiones", coordinado desde el Centro para la
Conservación Marina por Elliott Norse. Esto es importante, por cuanto la
idea de conservación y uso sostenible de la biodiversidad (objetivo central del
Convenio Mundial sobre Biodiversidad) alcanza y ha de materializarse también en
los sistemas marinos y oceánicos; de hecho, entre los primeros capítulos a
desarrollar en la aplicación del Tratado internacional se ha decidido que
figure la biodiversidad mundial, por lo que se requieren formulaciones y
estrategias adecuadas para orientar las actuaciones.
Aunque
generalmente se ha admitido que los medios marinos y oceánicos son menos
diversos que los terrestres, eso sólo es cierto desde el punto de vista del
número de especies presentes (biodiversidad de especies), pero no se puede
decir lo mismo si consideramos la diversidad a la escala de los grandes tipos
de organización biológica, es decir, comparando la variedad de categorías
taxonómicas o taxones más “altos". Si lo hacemos así, veremos que,
para el Reino de los Animales (el grupo de organismos más diversificado en
especies), 33 de los 34 niveles taxonómicos más altos (los llamados phyla
o "troncos") se encuentran en mares y océanos, y 15 de ellos
solamente ahí, pues son exclusivamente marinos. Dicho de otro modo: sólo 19 de
las 34 grandes estirpes animales se encuentran en tierra firme. En este
sentido, la diversidad de las grandes estrategias evolutivas (los grandes
"ensayos de la organización orgánica") está mucho mejor
representada entre los animales en los mares que en la tierra. Aún más, la
afirmación que abre este párrafo está empezando a ser cuestionada por los
hallazgos de algunas investigaciones recientes que indican que podría haber
hasta unos diez millones de especies tan sólo en los mares abisales. La
confirmación de este tipo de cifras situaría el número esperable de especies
marinas en niveles mucho más próximos al de las terrestres de lo que se pensaba
hace algún tiempo, aunque todavía conozcamos cuatro especies terrestres por
cada una de las marinas que ha descrito la ciencia.
Los
equivalentes a los bosques tropicales terrestres han sido, en la literatura
sobre la diversidad marina, los arrecifes de coral. La enorme riqueza en
especies y formas de estos sorprendentes ecosistemas marinos propicia la
comparación. Sin embargo, no son los únicos medios oceánicos ricos en formas
diferentes de vida: los trabajos publicados por Grassle[162]
abrieron una nueva perspectiva sobre la diversidad existentes en los fondos
marinos profundos: en un área de tan sólo 21 metros cuadrados (lo que equivale
a una habitación media tirando a pequeña) se censaron 898 especies diferentes
correspondientes a un centenar de familias y doce phyla distintos. De
ellas, 460 (más de la mitad) eran desconocidas para la ciencia. Aunque los
arrecifes de coral sigan ostentando la imagen de la riqueza de formas de vida
marinas, no es tan monótono el medio submarino profundo como pueda parecer a
muchos.
LOS ALTARES MARINOS
Los arrecifes de coral
Roberto
de la Grive, el protagonista de la tercera novela de Umberto Eco titulada
"La isla del día de antes", hereda del misterioso y sagaz
jesuita Caspar Wanderdrossel, una prodigiosa máscara de cuero que le permitirá
asomarse por primera vez a los someros fondos marinos que sólo intuye desde el
barco y que lo separan inexorablemente de la isla donde se conserva el misterio
del tiempo de ayer. El relator de las andanzas de nuestro particular "anti-Robinson"
describe la visión del piamontés, a través de la máscara del jesuita, con las
siguientes palabras:
"¡Aquellos
eran los corales! Su primera impresión fue, a juzgar por sus notas, confusa y
atónita. Hízose la impresión de encontrarse en la tienda de un mercader de
telas, que adereza ante sus ojos cendales y tafetanes, brocados, rasos,
damascos, terciopelos, y flecos, borlas y caireles, y luego estolas, capas
fluviales, casullas, dalmáticas. Pero las telas movíanse con vida propia con la
sensualidad de bailarinas orientales".
Ni
siquiera la estética barroca (a la que es de esperar que estuviera acostumbrado
De la Grive) puede con la descripción del arrecife que, para su infortunio, le
aleja de su anhelada isla. Ha de recurrir entonces a darle el tono sensual que
percibe en la imaginería oriental para así tratar de aproximarse a una
descripción suficiente, pues le resultan poco adecuadas las imágenes estáticas
de las abigarradas y coloridas telas que acuden a su memoria. Más tarde, cuando
por fin alcanza a ver algo que su cabeza puede asemejar con lo antes visto,
afirma, siempre por boca del autor del palimpsesto de sus notas:
"...
he aquí que de improviso hizo erupción una cohorte de seres que éstos sí, él
podía reconocer, o por lo menos, parangonar con algo ya visto. Eran peces que
se intersecaban como estrellas fugaces en el cielo de agosto, y al componer y
surtir los tonos y los dibujos de sus escamas parecía que la naturaleza hubiere
querido demostrar cuál variedad de mordientes existe en el universo y cuántos
pueden reunirse en una sola superficie"[163].
No
es sorprendente la admiración de nuestro náufrago incapaz de alcanzar su isla,
pues los arrecifes de coral constituyen los ecosistemas marinos más ricos en
formas de vida. Un solo arrecife de unos pocos kilómetros puede llegar a
albergar tantas especies diferentes de peces como todo el Mediterráneo junto:
unos cuatrocientos. Al igual que los bosques tropicales húmedos para el caso de
los ecosistemas terrestres, los arrecifes representan los altares de la
biodiversidad marina: cerca de una tercera parte de las especies de peces
marinos vive en estos medios, hasta alcanzar, con sólo las conocidas por la
biología, la cifra de unas cuatro mil especies.
Contemplados
ya en la primera Estrategia Mundial de Conservación de la UICN-PNUMA-WWF
(editada en 1980) como uno de los ecosistemas de excepcional diversidad, e
identificados expresamente por su interés en el capítulo 17 (el titulado
"un Programa mundial para proteger las zonas ricas en recursos
genéticos"), los arrecifes de coral se extienden por más de 600.000
kilómetros cuadrados de fondos marinos a profundidades que van desde la
superficie hasta más de treinta metros, lo que representa tan sólo un 15 por
100 de los ecosistemas marinos costeros. El sesenta por ciento de estos
sistemas (que forman las mayores construcciones continuas creadas por los seres
vivos con sus cuerpos) se encuentran en el Océano Índico, un catorce por ciento
en el Caribe, un trece por ciento en el Pacífico Sur y un doce por ciento más
en el Pacífico Norte, quedando el resto (apenas un uno por ciento) distribuido
entre el Atlántico Sur y el Pacífico Este, según los datos recogidos en el
informe "Diversidad Global" del Centro de Seguimiento de la
Conservación Mundial[164].
Agrupando un tanto, podemos simplificar su presencia mundial en dos grandes
áreas del globo: la Zona Atlántica (concentrada fundamentalmente en torno al
Caribe) y la Zona Indo-Pacífica (mucho más extensa que la primera).
Se
conoce poco sobre la ecología de los peces de los arrecifes de coral, aunque
parecen existir importantes diferencias entre el comportamiento de los que
habitan los arrecifes muy aislados (por encontrarse ubicados en el entorno de
islas oceánicas) y los que ocupan los arrecifes costeros de las áreas
continentales. En el primer caso, estudios recientes informan de la existencia
de un ciclo vital especial que debería ser tenido en cuenta para aplicar una gestión
de los recursos marinos en sus áreas vitales que consiga evitar la pérdida de
la diversidad piscícola. Vincent Dufour y Serge Planes, del Centro de
Investigación Insular de la Polinesia Francesa, junto a Peter Doherty, del Instituto
Australiano de Ciencias Marinas, han investigado el ciclo de vida de los
peces de los arrecifes marinos del Pacífico en el entorno de la Polinesia
Francesa, donde las poblaciones se encuentran bastante aisladas entre sí, dada
la lejanía existente entre los arrecifes insulares. En estos casos, la mayor
parte de los peces que vuelven para reproducirse en los arrecifes proceden de
las larvas que se han criado en ellos. En el seguimiento efectuado por estos
autores, las larvas abandonaron pronto el protector arrecife e iniciaron una
etapa de su vida en la que deambulaban llevados por las corrientes oceánicas,
formando parte del plancton pelágico del alta mar. Los supervivientes de estas
fases (en las que se da una muy alta mortalidad) vuelven a los arrecifes para
convertirse en juveniles; de no poder hacerlo así en estos medios, su nueva
coloración (de larvas son transparentes) les haría totalmente visibles y
llamativos en alta mar. La vuelta al arrecife parece actuar, además, como un
factor desencadenante de la conversión de las larvas en juveniles. La fase de
dispersión de las larvas aumenta la posibilidad de nuevas colonizaciones en
otros arrecifes y, tal vez, una huida de éstos durante las fases en que son más
vulnerables, ya que los ecosistemas del arrecife son, además, los medios en los
que la presión de la predación es más alta (de hecho, alrededor de las dos
terceras partes de los peces del arrecife son predadores). De cualquier modo,
de no poder contar con la cercanía de un arrecife al acercarse el período de
metamorfosis de la larva, éstas perecerían en alta mar.
Según
los trabajos de los citados autores[165],
el intercambio genético que se produce entre las diferentes poblaciones de las
mismas especies en los arrecifes insulares aislados y dispersos depende, en
gran manera, de las variaciones de las corrientes marinas. En algunos casos,
dicho intercambio genético es muy pobre, por lo que, en la práctica, se trata
de poblaciones prácticamente aisladas. En el caso de los arrecifes continuos
(como en la Gran Barrera Australiana), el intercambio genético depende sobre
todo de la duración de la fase larvaria oceánica que permite grandes
movilidades de los ejemplares durante la misma.
Estos
investigadores concluyen que tales circunstancias debieran ser muy tenidas en
cuenta si queremos preservar y usar sosteniblemente los recursos piscícolas
ligados a los arrecifes de coral. Para ello, piden habilitar sistemas de
conservación y gestión a la escala de cada arrecife en los sistemas aislados o
con escasa comunicación genética de las poblaciones de peces que de ellos
dependen; mientras que, en los casos de las barreras recifales continuas, se
adecuaría mejor un sistema de protección completa de las áreas integradas en el
arrecife.
También
en los altares de la diversidad marina parece evidente que el mayor
conocimiento de los mecanismos ecológicos que guían el funcionamiento de los
ecosistemas y las especies apunta a la necesidad de modificar muchas de las
actuales actividades humanas, de forma a reorientar el uso de los recursos
hacia nuevas formas menos destructivas, incluyendo la conservación estricta de
lugares estratégicos.
Los
arrecifes de coral de la Polinesia han sido protagonistas mundiales a su pesar
durante finales de 1995 y comienzos de 1996. Como es sabido, dos de ellos
(Mururoa y Fangataufa) fueron objetivos de las pruebas nucleares francesas una
vez más (afortunadamente la última). La lejanía de poblaciones humanas
numerosas e influyentes en la opinión pública internacional y la soberbia
nuclear del gobierno francés de Chirac fueron, sin duda razones de la
realización de estas pruebas fuertemente contestadas por una opinión mundial
crecientemente reacia al riesgo nuclear y encabezada por numerosas
organizaciones no gubernamentales, con Greenpeace enfrentando sus barcos a la
Armada Francesa. No en vano, poco antes de las series de pruebas nucleares francesas,
Clinton, por su parte, pedía perdón a las víctimas (más bien a sus familiares)
de los ensayos radiactivos autorizados por anteriores gobiernos
norteamericanos, iniciados ya en los años cuarenta. Aquellos ensayos habían
afectado a miles de personas (además del medio ambiente), aunque el
reconocimiento oficial de su existencia haya tenido que esperar más de medio
siglo a la realización de un informe del Comité Presidencial de dicho país.
Paralelamente, China ha continuado tras los franceses sus ensayos nucleares (aunque
en medio terrestre) amparados en su vasto territorio y en medio de un
decepcionante silencio internacional. (Recientemente, se ha avanzado en este
aspecto con el acuerdo en el seno del Tratado de No Proliferación Nuclear, de
forma que se abren esperanzas de que nunca más se vuelvan a realizar pruebas
nucleares en el mundo, aunque aún existe la amenaza de los ingentes arsenales
atómicos).
Las
islas de arrecifes de coral que, como Mururoa y Fangataufa, adoptan unas
curiosas y atractivas formas circulares o elípticas son denominadas atolones.
Frecuentes en la zona del Pacífico, se encuentran entre las construcciones más
llamativas de los seres vivos. Una vez más debemos a la prodigiosa capacidad de
Charles Darwin la interpretación más satisfactoria de que disponemos sobre el
origen de estos atolones, como otro de los numerosos frutos del viaje de cinco
años del joven naturalista por el mundo. Según Darwin, los atolones son el
producto de la construcción de arrecifes por los corales alrededor de los
frecuentes volcanes que, en medio del océano, constituyen islas dispersas. La
erosión y posterior hundimiento del edificio volcánico hace que desaparezca
paulatinamente bajo las aguas, pero el activo anillo de corales que rodeaba su
perímetro continuará manteniendo su presencia subsuperficial, a baja
profundidad. De la erosión de las construcciones de los corales procederán las
níveas playas que forman los atolones y les otorgan gran parte de su belleza.
Se forman así, poco a poco, estos singulares enclaves que albergarán en su
derredor algunos de los ecosistemas más diversos del mundo marino (en ocasiones
alejados por distancias enormes de otros enclaves semejantes), esperando
orgullosos en medio de un océano azul y cálido. La vida, una vez más, aparece
como artífice de nuevos paraísos allí donde se instala.
"Es
irónico", han dicho Boyce Thorne-Miller y John Catena, dos científicos
de la Sociedad Oceánica[166],
"que sea una especie terrestre, Homo sapiens, quien amenaza la vida en
los océanos". Es necesario -añadiríamos- que sea la misma especie la
que ponga de una vez coto y orden en sus actuaciones, remediando así los
considerables daños que está infligiendo a la vida.
AVISO A NAVEGANTES INCAUTOS
Los efectos humanos sobre la diversidad ecológica
Las
consecuencias de la historia de las actividades humanas sobre la naturaleza pueden simplificarse como un
amplio programa de simplificación de los ecosistemas. De los originales bosques
maduros y complejos, la humanidad ha ido dando cuenta hasta dejar tras sí
extensos campos de gramíneas, pastos o cultivos, a menudo del mismo tipo. La
diversidad es uno de los parámetros de los sistemas ecológicos que más
claramente detecta la existencia de actividad humana.
La
explotación humana de los ecosistemas se dirige, al menos inicialmente, hacia
la obtención de recursos. Desde el primer momento, las sociedades humanas
buscaron en la naturaleza elementos indispensables para su alimentación o para
la fabricación de herramientas, vestidos o cobijos; necesidades todas ellas
básicas. La mayoría de los recursos básicos forman parte de los ciclos de
materiales característicos del funcionamiento de los ecosistemas: pieles y
carne de animales, agua, leña, frutos, hojas, etc. Posteriormente, conforme se
incrementaba la complejidad de los productos demandados por la especie humana,
muchos otros recursos naturales, esta vez minerales, se fueron incorporando a
la lista, sin que los primeros desaparecieran de ella (muy al contrario, su uso
se intensificaba).
La
obtención de recursos biológicos básicos se puede realizar de dos maneras: en
una, simplemente se extraen aquellos recursos que interesan del medio; en la
otra, se intenta modificar la estructura y el funcionamiento de los ecosistemas
para conseguir aumentar la producción natural de lo que interesa obtener. Las
poblaciones de tipo cazador-recolector utilizan fundamentalmente el primer tipo
de estrategias en la explotación de sus ecosistemas, mientras que las
sociedades agricultoras tradicionales personifican el segundo tipo de obtención
de recursos básicos. La moderna sociedad industrial usa ambas con gran
intensidad.
Si
una sociedad humana pretende ser sostenible (lo que quiere decir que actúa de
forma que pueda mantenerse indefinidamente), debe conseguir asegurar la
estabilidad de su medio. Ésto, entre otras cosas, quiere decir que sus usos han
de poder ser perdurables en el tiempo: es preciso que la naturaleza reponga lo
que le es quitado y, de este modo, no pierda sistemática y descontroladamente
sus componentes o su capacidad de seguir funcionando como lo hacía. En el caso
de las actividades extractivas centradas en los recursos biológicos silvestres,
como la caza, la pesca, la recolección de frutos y de productos vegetales, la
actividad no debe superar la capacidad de reposición de los recursos por el
ecosistema. Al tratarse de recursos potencialmente renovables (la renovabilidad
no es una condición segura, sino siempre potencial, que acaba cuando el uso es
excesivo o se producen alteraciones graves en los procesos que permiten la
regeneración), la condición es mantenerse dentro de las tasas de renovación: la
extracción ha de ser igual o menor que la renovación natural. No sólo ha de
respetarse un volumen máximo de extracción del recurso por unidad de tiempo (no
se pueden cazar más ciervos que los que resultan del "superávit"
de la reproducción efectiva de la especie, de forma que el número de ciervos
deberá seguir siendo indefinidamente estable después de integrar la caza humana
en la dinámica poblacional de la especie), sino que también ha de asegurarse el
mantenimiento de las características estructurales y funcionales del ecosistema
que lo hacen viable (no vale con cazar un número razonable de ciervos si, a la
vez, se altera el medio de forma que éstos ya no pueden sobrevivir en él).
En
el caso de las formas de explotación que alteran la estructura y dinamismo del
ecosistema tratando de conseguir un mayor aporte de los recursos que interesa
obtener (como es el caso de las actividades agrarias), la sostenibilidad reside
en "crear" un nuevo tipo de ecosistema capaz también de ser
indefinidamente estable. Esto siempre implica conservar una buena parte de las
características originales del medio natural, tanto en el seno de los nuevos
sistemas ("agrosistemas"), como a su alrededor (espacios
naturales o seminaturales que rodean y "alimentan" a los
sistemas alterados. Por supuesto, el nivel de extracción también se debe
incluir en la condición de sostenibilidad, pero son sobre todo las condiciones
de estabilidad del medio las que determinan el mantenimiento de la viabilidad.
A
lo largo de la historia y la geografía encontraremos bastantes ejemplos tanto
de sociedades cazadoras recolectoras, como de civilizaciones agrarias que no
han cumplido estas condiciones de sostenibilidad y, por ello, se han arruinado
y desaparecido. A los ejemplos que ya vimos de Sumeria o de los mayas, podemos
añadir el de los habitantes iniciales de la Isla de Pascua tal como recoge, en
su primer capítulo, el libro sobre la historia de la humanidad y el medio
ambiente de Clive Ponting[167]
y refleja la película "Rapa Nui", rodada hace pocos años.
Aquella civilización que levantó los enigmáticos y monumentales "moais"
para luego desaparecer velozmente tras haber esquilmado los recursos de su
limitada isla, es hoy un buen ejemplo de cómo la excesiva presión sobre los
recursos supone, en un sistema limitado (y todos los sistemas ecológicos lo
son, incluida su máxima expresión: la Tierra en conjunto), un camino seguro
hacia la degradación del ambiente y la consiguiente desaparición de la sociedad
que así actúa.
Todos
los casos pasados, por muy graves que fueran para sus actores, tuvieron una
repercusión limitada geográficamente, aunque con diferentes grados de expansión
e intensidad. Sólo hoy, por primera vez en la historia de la humanidad, son la
biosfera, tal como la conocemos, y la especie humana en conjunto las que se
encuentran amenazados por un sistema económico mundial que resulta insostenible
por no respetar las reglas y condiciones básicas que toda forma de interacción
con un sistema de estas características (limitado, cerrado y con una entrada
constante de energía) ha de seguir. El análisis básico de las condiciones de un
sistema sostenible puede ser un ejercicio relativamente sencillo, fácilmente
comprensible y muy educativo[168].
Pero,
¿es que no hay ejemplos actuales de sistemas humanos sostenibles? (aunque sea a
una escala local).
Desde
un punto de vista ecológico, la principal diferencia entre las formas de actuar
de la humanidad y las de la naturaleza estriba en que mientras ésta tiende a
complejizar los sistemas ecológicos, aumentando la diversidad de las formas de
vida coexistentes, creando una maraña de relaciones tróficas entre ellas y
acumulando la materia en forma de biomasa; la actuación humana va siempre en el
sentido contrario: trata de simplificar el sistema, reducir el número de
especies participantes en los sistemas intervenidos, favorecer sólo a aquellas
que ofrecen interés por su uso (e indirectamente a los que se adaptan a las
nuevas condiciones, que resultan ser, generalmente, del tipo que llamamos estrategas
de la r), reducir la biomasa a favor de la producción,... Es decir, si en
la naturaleza la pradera tendería a hacerse bosque, con la humanidad ocurre lo
contrario (y, a menudo, se termina en el erial o en el predesierto).
Ese
proceso de simplificación, inherente a la actividad humana sobre el medio,
también ha conseguido crear algunos sistemas seminaturales en los que el
control humano y las tendencias "naturales" del medio han
alcanzado un nuevo e interesante equilibrio dinámico (y por tanto resultan sostenibles).
En esos casos, además, se advierte el afianzamiento cultural de unos patrones
estéticos que se dirigen hacia la valoración del paisaje creado, resultado de
la interacción entre sociedad y naturaleza. No es extraño, así, que los
mediterráneos apreciemos nuestros paisajes adehesados; los atlánticos, el
"bocage" que alterna setos y pastos; o el inca las estables
terrazas sobre las laderas andinas. Los paisajes percibidos como bellos suelen
serlo también por ser "funcionalmente útiles" y "ecológicamente
equilibrados". Junto a estos aspectos, es posible que otros factores,
más innatos, puedan también estar actuando como criterios de valoración
subliminares. Entre ellos, tal vez esté la propia presencia de las diferentes formas
de vida (la "biofilia", sobre la que ha escrito Edward Wilson[169]);
o los efectos psicofisiológicos que la vegetación y el agua parecen tener sobre
las personas (lo que González Bernáldez denominó una "estética
preprogramada" en su ensayo "Invitación a la ecología humana.
La adaptación afectiva al entorno"[170]).
Claro
que las tendencias dominantes en la forma actual de usar el medio natural no
van por ahí, por lo que la sostenibilidad local es hoy una característica
ausente en la actuación humana global sobre la biosfera, por más que puedan
quedar ejemplos locales. De hecho, antes de pretender poner en marcha supuestos
sistemas sostenibles, parece lógico empezar por conservar y aprender de los
existentes. Eso implica, entre otras cosas, que la propia ciencia y sociedad
modernas vuelvan también su mirada hacia los saberes y las culturas locales y
minoritarias, no con el objetivo de arrebatarles su conocimiento para seguir
alimentando las pretensiones dominantes de un sistema esquilmador e injusto
-recuérdense las referencias anteriores acerca de la "biopiratería-,
sino para aprender, respetar e integrar todos aquellos comportamientos que nos
permitan separarnos de un camino que se empieza a asemejar demasiado a la ruta
segura hacia el desastre.
Como ya mencionamos antes, el equipo formado
por Peter Vitousek, Paul y Ann Ehrlich y P. Matson, calcularon (y publicaron en
un artículo aparecido en la revista BioScience en 1986[171])
que más del 40 por 100 de la Productividad Primaria Neta Potencial terrestre es
usada o controlada por la humanidad, como consecuencia de los cambios ejercido
en el uso del territorio. Ese 40 por 100 se compone de un 4 por 100
directamente consumido por los humanos y sus "colaboradores esclavos"
(los animales domésticos); un 26,7 por 100 que tiene lugar en sistemas
intensamente dominados por la especie humana y otro 11,7 por 100 que se pierde
como resultado de las actividades humanas, alimentadoras de procesos como la
desertificación, el descenso de la productividad potencial por cultivos o la
anulación de superficies naturales ocupadas por la urbanización u otras
actuaciones. Es importante que comprendamos la magnitud de una apropiación de
ese calibre sobre el total potencial de la Productividad Primaria Neta
terrestre: quiere decir que apenas dejamos libre de nuestra influencia algo más
de la mitad de la única forma de entrada de energía a los ecosistemas.
Alrededor de la mitad de la superficie terrestre sin hielos ha sido
transformada, alterada o utilizada por las actividades humanas[172].
La alteración o apropiación de una gran parte de los ciclos de materiales
fundamentales para la vida es, como hemos visto respecto del motor básico del
funcionamiento de los ecosistemas (el flujo de energía), un resultado de las
actividades humanas actuales. Veamos dos ejemplos concretos de esto.
El
consumo directo mundial de agua (un recurso básico fundamental para toda forma
de vida) supera ya los 4.300 kilómetros cúbicos, una cantidad que representa
más del 10 por 100 de toda el agua de escorrentía neta que circula por los
continentes, según recoge Sandra Postel del Worldwatch Institute[173].
Paralelamente, ya es mayor la cantidad anual de Nitrógeno que es fijado por
actividades humanas que la debida a procesos naturales[174],
lo que significa una distorsión absoluta de un ciclo básico en la biosfera como
es el ciclo del nitrógeno.
Por
lo que conocemos, podemos concluir con total certeza que la incidencia humana
sobre los ecosistemas ha alcanzado tal grado de magnitud como ninguna otra
especie aislada de la historia de la vida en la Tierra ha tenido nunca. En
relación al aspecto concreto del impacto humano sobre la diversidad biológica,
la cuestión es, de todas formas, difícil de estimar en toda su escala, pero sin
duda dramática: si ni tan siquiera podemos ofrecer una cifra mínimamente
aproximada de la magnitud de la riqueza mundial de especies, parece evidente
que menos podremos pretender dar una valoración suficiente sobre la repercusión
que en ella tienen nuestras acciones. Tampoco desde el concepto de diversidad
ecológica, que hemos venido comentando en este capítulo, obtendremos una
respuesta suficiente, aunque todos los indicios e indagaciones apunten a un
acuerdo prácticamente unánime en la gravedad del proceso de pérdida de
diversidad ecológica, tanto de los ecosistemas intervenidos por las actividades
humanas, como de los influidos en algún modo por ella. Sin embargo, todos los
investigadores, científicos y activistas que trabajan por la construcción de un
modelo de desarrollo o de sociedad sostenible consideran como pilares básicos y
absolutamente imprescindibles del cambio necesario el mantenimiento de la
biodiversidad mundial y local en sus tres escalas: genética, de especies y de
ecosistemas.
Volvamos
a continuación a la cuestión de la magnitud de la diversidad de ecosistemas.
_
¿CUÁNTOS
ECOSISTEMAS?
ESCALAS DISTINTAS PARA INTERESES DIFERENTES
La relatividad de las escalas para comparar.
Dada
la amplitud de criterios que, como vimos, se utilizan para definir o delimitar
los ecosistemas, toda comparación o estimación de su diversidad debe ir
precedida de una clarificación del sentido en que empleamos el término
ecosistema. La primera condición, en este sentido, sería la de situarnos en un
nivel espacial adecuado a nuestros fines concretos. Si estamos interesados por
la diversidad de ecosistemas a una escala continental, habremos de elegir el
nivel de organización ecosistémico adecuado a ella. Desde luego, las escalas de
organización que discriminan los tipos de charcas temporales entre sí no
parecen ser ahora las más adecuadas para nosotros. Sí lo serán aquéllas que
establecen unidades diferentes del tipo de los grandes biomas terrestres.
Deberemos, pues, elegir la escala que mejor se acomoda a lo que queremos, en un
gradiente casi continuo entre lo microscópico (microecosistemas) y la unidad
global (la biosfera en su conjunto o el ecosistema Tierra); en cada escalón
advertiremos diferencias marcadas en cuanto a los componentes, pero tendremos
aspectos comunes en el ámbito de la estructura y el funcionamiento. Si nuestra
finalidad, por el contrario, estribara en comparar la diversidad de regiones
con una extensión de unas decenas de kilómetros (por ejemplo, del tipo de las
existentes a lo largo de las vertientes de un sistema montañoso, como Los Picos
de Europa), deberemos elegir una escala de ecosistemas menor, como la que nos
permite discriminar los tipos de pastizales según su composición florística
dominante. Esta escala tendrá sentido para nuestros fines.
Por
eso existen diferentes escalas y niveles en las clasificaciones de los
ecosistemas. Además, incluso dentro de un mismo nivel, a menudo podemos
encontrar más de un tipo de clasificación atendiendo a los componentes del
ecosistema que se utilizan para ordenarlos y definirlos.
Si
ya nos hemos puesto de acuerdo en la escala de organización espacial con la que
queremos medir o diferenciar nuestros ecosistemas, el siguiente paso que
podemos dar consiste en establecer un sistema de identificación rápida que nos
permita (lo más fácilmente posible) aplicar nuestros criterios y solucionar los
casos que se nos presenten. Los sistemas más utilizados consisten en determinar
los indicadores bióticos más fiables, constantes y fáciles de percibir.
Frecuentemente se recurre a sistemas de clasificación de las comunidades de
seres vivos (más que de ecosistemas en su sentido más global); a menudo, éstas
se basan en las características de la vegetación. No está demasiado claro si
este método no supone ignorar muchas de las características importantes de los
ecosistemas; es decir, si la identificación exclusiva de las diferencias en la
composición del ecosistema, evaluadas sólo a través de unos pocos tipos de
organismos, aunque sean los considerados más representativos, no sacrifica la
identificación de las posibles diferencias sistémicas, estructurales o
funcionales que es lo que verdaderamente nos interesa. Utilizando las
asociaciones de especies vegetales como criterio de identificación de los
ecosistemas (al considerar que reflejan más que ningún otro tipo de organismos
las condiciones más influyentes en el funcionamiento y estructura del
ecosistema, a la escala que nos movemos), tal vez hayamos llegado a definir,
como una de las unidades básicas, un determinado tipo de bosque; el hayedo
cantábrico, por ejemplo. La presencia de estos hayedos nos servirá como
criterio de delimitación de nuestro ecosistema, que es mucho más que las mismas
hayas, pues también comprenderá un tipo de suelo, de condiciones climáticas,
los tipos de animales que los habitan o utilizan, etc. Pero nada nos asegura
que tras ese mismo aparente aspecto y composición que nos ofrecen los hayedos
cantábricos no se oculten algunas diferencias ecológicas que podrían tener un
interés relevante en el funcionamiento del ecosistema, incluso a la escala
regional que nos interesa; o, de otro modo, si otros tipos de bosque o matorral
no resultan realmente suficientemente similares a los hayedos cantábricos desde
el punto de vista de los aspectos fundamentales de la estructura ecológica y funcional
del sistema ecológico constituido. De hecho, para quienes basan la
determinación de ecosistemas en verdaderas asociaciones vegetales, no siempre
son las especies más "visibles" las determinantes del tipo de
asociación, sino las llamadas "especies características" o
"fieles". Pero esto sólo es una manifestación más de que no es
tan sencillo determinar lo global a partir de la identificación de algunos de
sus componentes.
La
necesidad creciente de la aplicación práctica hace que la ecología no pueda
mantenerse en una suerte de torre de marfil de lo puramente teórico. La ciencia
pura o básica, se ve día a día más enfrentada a la necesidad de dar respuestas prácticas,
creándose paralelamente una ciencia aplicada dependiente. Por eso, la utilidad
y el pragmatismo de los métodos de tipificación y cartografiado de comunidades
han favorecido su desarrollo y aplicación como sistemas prácticos para la
delimitación de ecosistemas. Habitualmente medimos y clasificamos los
ecosistemas por la apariencia o composición de sus "formaciones"
de seres vivos, fijándonos en los indicadores que creemos más representativos
de sus biocenosis, o en las fisonomías más características, en las que
predomina frecuentemente la mayor atención a la fracción vegetal del
ecosistema; a pesar de lo inapropiado del término, se establecen
clasificaciones de "ecosistemas vegetales" para cartografiar
el territorio. En resumen, casi todas las clasificaciones (al menos entre los
ecosistemas terrestres, pero mucho menos en los acuáticos) suelen responder a
este tipo de criterios. A pesar de conocer las limitaciones, a menudo se trata
de decidir entre lo posible y lo perfecto.
UNA CLASIFICACIÓN MUNDIAL
Las zonas de vida de Holdridge
Leslie
R. Holdridge, un ecólogo tropical que fundó el Centro Científico Tropical en
San José de Costa Rica, elaboró el concepto práctico de "zonas de vida",
con el que trataba de solucionar lo que llamó el problema de las unidades
básicas en ecología. Después de trabajar durante varios años en medios
forestales de Luisiana, Puerto Rico, Colombia, Costa Rica y Haití (éste último,
un país que, paradójica y desgraciadamente, es hoy considerado, junto con El
Salvador, como el más desforestado de Latinoamérica, hasta el punto de aparecer
ya en las estadísticas mundiales como despojado de bosques primarios),
Holdridge se interesó especialmente en los sistemas de clasificación de climas
que había elaborado Köppen, y en los diversos ensayos que sobre distribución de
la vegetación habían escrito autores como Grisebach, Warming, Schimper u otros.
Moviéndose dentro de la tradición geográfica que parte de las relaciones
privilegiadas entre el clima y le vegetación (una tradición iniciada nada menos
que por Alexander von Humboldt), Holdridge propuso un sistema de clasificación
en "zonas de vida" para toda la parte terrestre del planeta.
Su sistema ha sido muy utilizado sobre todo en América Latina, pero también ha
sido aplicado en otros medios, generalmente tropicales, como Kenia o Tailandia,
con el fin de cartografiar y clasificar de forma rápida los tipos de
ecosistemas.
Las
zonas de vida se definen a partir de los valores promedios de
temperatura, precipitación y humedad que caracterizan el ecosistema; la
diferencia estriba en que se trata de parámetros cuya medición ha de hacerse en
la zona "biótica", es decir, interesa la medida de estos factores en
los lugares en que realmente afectan a la vida de los seres vivos. De todas
formas, la utilidad práctica del sistema de Holdridge viene de la posibilidad
que brinda de identificar las zonas de vida en el campo mediante el reconocimiento
de formaciones, paisajes y estructuras
vegetales relativamente sencillos.
Cuando
un ecólogo no tropical se enfrenta al complejo y diverso mundo ecuatorial, las
dificultades que encuentra para aplicar los sistemas de trabajo habituales en
las zonas templadas le hacen la tarea a menudo impracticable. La ausencia de
estaciones permanentes de toma de datos (por ejemplo, meteorológicas) que le
proporcionen información acerca de las características sobre las que basar sus
criterios de clasificación, o la posible escasez de estudios previos o de
informaciones científicas en las que apoyarse puede que motiven los primeros
problemas, pero los más graves vienen de la dificultad para aplicar métodos que
han sido ideados para sistemas considerablemente más sencillos, como son los
medios templados o fríos, a ecosistemas de una complejidad y diversidad
asombrosas. Un fitosociólogo de la escuela francosuiza que tratara de aplicar
la metodología propuesta por Braun-Blanquet directamente a un bosque lluvioso
del Perú, posiblemente acabaría en un hospital especializado en curas de
reposo. Por eso, el éxito de la clasificación de Holdridge proviene de su
facilidad de aplicación en estos medios. Como él mismo señaló: "la
indicación más positiva del carácter natural de las zonas de vida fue el hecho
de poder cartografiar vastas áreas de América Latina, únicamente con base al
reconocimiento de las zonas de vida en el campo mismo"[175].
Con los trabajos de aplicación de su método de tipificación en zonas tropicales
de Africa o Asia, Holdridge demostró, además, la posibilidad de reconocer sus
zonas de vida en otros lugares, independientemente de las grandes diferencias
taxonómicas existentes entre biocenosis tan distantes.
Las
zonas de vida en que Holdridge divide la biosfera parten de tres tipos
principales de información: la biotemperatura[176]
media anual, la precipitación anual media y la altitud sobre el nivel del mar.
Define 7 regiones latitudinales utilizando la biotemperatura media anual al
nivel del mar:
|
Regiones |
Min |
Max |
|
POLAR |
0º |
1,5º |
|
SUBPOLAR |
1,5º |
3º |
|
BOREAL |
3º |
6º |
|
TEMPLADA
FRÍA |
6º |
12º |
|
TEMPLADA
CÁLIDA |
12º |
18º |
|
SUBTROPICAL |
18º |
24º |
|
TROPICAL |
24º |
30º |
Asimismo,
establece 7 fajas o pisos altitudinales que tienen que ver también con
la biotemperatura anual media y que varían en sus márgenes de altitud en
función de la región latitudinal en que se encuentren. Son:
BASAL
PREMONTANO
MONTANO
BAJO
MONTANO
SUBALPINO
ALPINO
NIVAL
Finalmente,
diferencia 12 categorías relativas a la humedad, denominadas "provincias
de humedad". Son:
DESECADO
SUPERÁRIDO
PERÁRIDO
ÁRIDO
SEMIÁRIDO
SUBHÚMEDO
HÚMEDO
PERHÚMEDO
SUPERHÚMEDO
SEMISATURADO
SUBSATURADO
SATURADO
Al
conjugar en un diagrama piramidal estos tres factores (regiones latitudinales,
pisos orres`pondientes aaltitudinales y provincias de humedad) resultan
espacios hexagonales correspondientes a las "zonas de vida", con
nombres como: "Bosque Seco Montano Bajo Subtropical", "Páramo
Muy Húmedo Subalpino Tropical", etc. La clasificación prosigue a
escalas menores con asociaciones que subdividen las zonas de vida. Holdridge
agrupa las asociaciones en cuatro clases básicas: climáticas, edáficas,
atmosféricas e hídricas. Un ejemplo de asociación de este tipo puede ser la Asociación
de Suelo Fértil Inundado Estacionalmente por Aguas Dulces sobre Terrazas
Fluviales Bajas, dentro de la zona de vida Bosque Húmedo Tropical; este
caso es el llamado catival, una formación dominada por Prioria
copaifera[177].
MÉTODOS PARA TODOS LOS GUSTOS
Otras formas de encarar la clasificación
Ciertamente
no es el sistema de zonas de vida de Leslie Holdridge la única propuesta para
tipificar formaciones o biocenosis. Raunkjaer, un botánico danés, ideó ya en la
primera y segunda década de este siglo un sistema muy utilizado aún hoy para la
clasificación de los tipos biológicos vegetales de las regiones templadas y
frías. Su sistema se fundamenta en las estrategias de resistencia invernal y en
la consiguiente ubicación de las yemas de reemplazo en los vegetales. Según
Raunkjaer las diferentes estrategias de las plantas pueden agruparse en 10
categorías:
PLANCTÓFITOS
EDAFÓFITOS
ENDÓFITOS
TERÓFITOS
HIDRÓFITOS
GEÓFITOS
HEMICRIPTÓFITOS
CAMÉFITOS
FANERÓFITOS
EPÍFITOS
La
diferente representación de estas categorías en un ecosistema, que se ha
llamado su espectro fisonómico, hace que se diferencien los tipos de
ecosistemas por el tipo de su respuesta biológica frente a las características
climáticas y a la historia ecológica del lugar. Al contrario de la
clasificación de Holdridge, la propuesta de Raunkjaer es totalmente inadecuada
para las regiones tropicales, aunque sí se ha usado satisfactoriamente en las
regiones áridas y semiáridas. En los años cincuenta, Pierre Dansereau retomó la
idea del sistema de Raunkjaer e, ideando una serie de símbolos, propuso una
forma de representación de los tipos de vegetación según sus tipos biológicos.
Por
su parte, Davis y Richard, habían introducido en América un sistema de
representación de las formaciones forestales en forma de diagrama con la escala
de alturas que alcanzan los tipos principales de vegetales, muy útil para dar
una idea de la fisonomía dominante. Éste sistema fue continuado por los
trabajos realizados por J. S. Beard en la América Tropical.
Además
de los anteriores, existen otros muchos sistemas parecidos o relacionados, casi
siempre basados en la aplicación de criterios climáticos o fitofisiognómicos,
como los de Eduard Rübel de 1930, Huguet del Villar en 1929, Brockmann-Jerosch
en 1935 o E. Warming en 1933. La coincidencia de fechas da idea del momento
histórico en el que se produjo la mayor coincidencia en el interés científico
por este tipo de clasificaciones mundiales. De algún modo todos estos métodos
son deudores de la propuesta primera del genial Alexander von Humboldt, quien
ya diferenció "más de dieciséis formas de vegetación diferente",
según recoge en su libro sobre "Aspectos de la Naturaleza", de
1805.
En
Europa Occidental, las clasificaciones dominantes en la literatura científica y
la cartografía suelen estar influidas por las aportaciones de la llamada "Escuela
de Zurich-Montpellier". Ésta ha llegado a establecer toda una
jerarquía de formaciones vegetales, en las que las entidades "naturales"
son las Asociaciones (como en la Sistemática lo son las especies), las
cuales pueden agruparse en Alianzas, y éstas en Ordenes que, a su
vez, constituyen Clases.
La
fitosociología se constituye así sobre la base de un principio básico y
sencillo como es el de que las especies aparecen en la naturaleza agrupadas en
una forma determinada. Cuenta Ramón Margalef en su Teoría de los sistemas
ecológicos[178]
que el fundador de la fitosociología, el grisón Josias Braun-Blanquet, le
expuso los fundamentos de su método del siguiente modo: "lo único que
podemos saber es qué especies se encuentran juntas: construyamos una
representación de la naturaleza sobre estas bases". Tal vez sea un
fundamento tan sencillo como lógico, aunque algunos opinan que sería importante
tratar de saber algo más.
Lo
cierto es que la "Escuela de Zurich-Montpellier" ha hecho
fortuna entre muchos ecólogos vegetales y botánicos, resultando una línea
práctica de trabajo muy utilizada en el continente europeo. De hecho (como
vimos antes), los inventarios utilizados en la Unión Europea para cartografiar
y tipificar los tipos de "hábitats", siguen en líneas
generales estos criterios fitosociológicos. En España, la cartografía de
formaciones vegetales potenciales (las que se supone que deberían existir de no
mediar la actividad humana) y la de las formaciones corológicas vegetales
(también utilizadas como base para la definición de los tipos de biocenosis y
de los "hábitats" de interés comunitario), han sido realizadas
por equipos de fitosociólogos dirigidos por el botánico de la Universidad
Complutense de Madrid, Salvador Rivas-Martínez, el principal impulsor de la
aplicación de la fitosociología en España y a quien se debe la constitución de
una activa escuela de especialistas en fitosociología, que ha supuesto una gran
producción de trabajos.
Inicialmente,
la fitosociología fue propuesta por Braun-Blanquet como "una parte muy
significativa de la biosociología", queriendo hacer de ésta "una
ciencia básica que considera e investiga los resultados de muchos campos de la
ciencia desde un punto de vista muy determinado, el de la vida en común de los
organismos". Sin embargo, lo cierto es que salvo unos pocos trabajos
aplicados siguiendo los métodos "sigmatistas[179]"
en los campos de la zoología, el verdadero éxito de esta escuela y sus
propuestas taxocenóticas ha quedado bastante limitado al campo de las
comunidades vegetales.
Indica
Margalef que la fitosociología "al requerir listas completas de la
composición específica de las comunidades", por razones prácticas, no
se puede aplicar "ni a sistemas de flora muy rica, como las selvas
tropicales, ni a conjuntos igualmente ricos y de taxonomía difícil, como los
insectos, y mucho menos a las etapas avanzadas de la sucesión, y principalmente
cuando la sucesión ocurre en sistemas de alta diversidad, con especies muy
numerosas". La aplicación de
unos métodos de clasificación u otros se debe a muchos condicionantes, de forma
que puede hablarse de un reparto geográfico (e incluso "geopolítico")
en el predominio del uso de unos u otros sistemas de tipificación. Basta pensar
en la idoneidad de la aplicación de muchos de estos sistemas de clasificación y
tipificación en los ámbitos geográficos donde se formularon inicialmente para
comprender que, a pesar de la pretensión universalista de muchos de ellos,
mantienen una considerable dependencia de las características regionales o
locales. Este puede ser el caso de la Escuela de Montpellier, de la que venimos
hablado. Su eficacia se ve bastante limitada fuera de algunas regiones
determinadas del globo; particularmente los mundos mediterráneos y alpinos que
la vieron nacer. La advertencia de Margalef sobre su escasa utilidad en medios
tropicales es pertinente al respecto. De igual modo, las líneas de trabajo
derivadas de los estudios de Clements en Norteamérica y que configuran el
inicio de su teoría sobre los clímax, rinde tributo, tanto en su origen
como posiblemente en su consiguiente capacidad de aplicación, al ámbito de los
continuos y bellísimos paisajes de las altas latitudes continentales, donde la
extensión de las formaciones boscosas homogéneas ciertamente facilita una
interpretación finalista, como es la teoría del clímax sucesional. No hay, por
tanto, uniformidad ni acuerdo en los métodos, lo que obstaculiza en parte la
posibilidad de establecer comparaciones sobre la diversidad de ecosistemas,
fuera de las mismas zonas, basadas en uno sólo de estos sistemas. Mas fácil
resulta, sin embargo, establecer comparaciones aceptables sobre la riqueza en
diversidad de ecosistemas dentro de regiones donde se puede aplicar
satisfactoriamente el mismo método de tipificación.
LIMNOLOGÍA Y DISCRIMINACIÓN DE ECOSISTEMAS
Más cosas sobre las formas de medir la diversidad de ecosistemas
Al
tratar de comprender los ecosistemas desde un punto de vista global, se hace
necesaria la búsqueda de características "macroscópicas" que
nos permitan realizar esa aproximación "sistémica". Estas
características son del tipo de la diversidad ecológica, la estabilidad
estructural, la productividad, la conectividad de las redes tróficas, la
eficiencia energética o la acumulación de la información en la organización
ecosistémica. Para algunas de ellas se han propuesto diferentes algoritmos
matemáticos capaces de ofrecer valores cuantificados. Sin embargo, casi todos
ellos requieren un grado de conocimiento de los ecosistemas "diferente"
del que ofrecen muchos estudios biológicos. A veces, incluso, las técnicas de
obtención de datos no son suficientemente generalizables, resultan poco
prácticas o no están muy extendidas; de ahí que caractericen estudios
ecológicos concretos, pero no hayan originado formas sistemáticas de
clasificación aceptadas o generalizadas en grado suficiente entre los ecólogos.
Posiblemente
sea la parte de la ecología que se ocupa del estudio de los ecosistemas de
aguas no marinas, según la definición que da Margalef[180]
a la limnología (o del conjunto de las aguas dulces o
epicontinentales si optamos por la que adopta en 1922 la Sociedad
Internacional de Limnología), la que ha desarrollado una menor dependencia
en sus sistemas de clasificación ecológica en relación a los componentes
vegetales. En la limnología se ha desarrollado y utilizado más que en la
ecología terrestre el estudio de los otros componentes y factores abióticos del
medio para establecer los tipos y características ecológicas, aplicándose más
el estudio de esos parámetros que hemos definido como sistémicos. Tal vez el
mayor peso aparente de los factores abióticos en la percepción de los tipos de
ecosistemas acuáticos esté en la base de esta peculiaridad de la limnología
frente a la ecología no acuática. Mientras en ésta es frecuente determinar el
tipo de ecosistemas usando la macrovegetación, y especialmente las condiciones
principales del sustrato o del clima que la afectan (se habla de brezales
psammófilos, de hayedos subalpinos, etc); en la limnología de los lagos, por
ejemplo, éstos se clasifican a menudo mediante otros criterios como los
factores geohistóricos, derivados del origen o el momento de organización
(estado de sucesión) en que se encuentran. A menudo, las clasificaciones toman
como criterio central un parámetro macroscópico, como la productividad,
obteniéndose así la clasificación tradicional de los lagos en un gradiente de
oligotrofia/eutrofia, que tiene mucho que ver con el estado sucesional del
sistema lacustre, pero también con las características regionales y
latitudinales de su ámbito geográfico. En otros casos, la selección se hace
atendiendo a una característica estructural espacial, como es la
estratificación de las aguas y el dinamismo de su mezcla vertical, obteniéndose
los tipos monomícticos, dimícticos, amícticos, ... Este tipo de clasificaciones
permite, además, hacer adaptaciones regionales que, al margen de su interés
científico estricto, facilitan su uso aplicado para orientar las formas de
gestión y de protección de estos ecosistemas o de sus territorios circundantes.
Fue, por ejemplo, el sistema utilizado por
el equipo de limnólogos de la Universidad Autónoma de Madrid dirigido
por Carlos Montes, para realizar el Inventario de Zonas Húmedas de España del
que ya hemos hecho anterior referencia. Las consecuencias que tales criterios
de tipificación tienen para la política de protección de la naturaleza (tanto
desde el punto de vista de la selección de espacios a proteger, como desde las
medidas de gestión a aplicar) son también importantes como vimos.
Ciertamente
una clasificación de las zonas húmedas españolas realizada a partir de criterios ecosistémicos no nos aportará las
mismas conclusiones que otra basada en el estudio de una única comunidad de
organismos, como pueden ser los listados y censos de aves acuáticas,
tradicionalmente utilizados por el Convenio de Ramsar sobre protección de
humedales como principal y casi único requisito para la declaración de su
importancia internacional, hasta que hace pocos años se introdujeron más y más
amplios criterios, entre ellos los ecológicos, avanzándose con ello hacia una
perspectiva ecosistémica en la protección de los humedales. Las conclusiones,
tanto para la política de declaración de espacios a proteger, como para los
sistemas de gestión y manejo del medio, son, ciertamente, distintas.
De
todos modos, no hay que olvidar que en la limnología se parte de una definición
natural del ecosistema que facilita el propio medio. Las fronteras ("ecotonos")
son aquí nítidas: los lagos se delimitan con cierta facilidad (aunque no tanto
sus áreas de dependencia o influencia) y ahí reside el principal criterio de
establecimiento del ecosistema. Por otra parte, el flujo principal de
materiales es fácil adscribirlo al ciclo del agua. A continuación, sólo nos
queda establecer las formas de tipificación de las unidades (lagos, charcos, lagunas...)
que están ya más o menos preestablecidas y que reflejan pocas dudas acerca de
su identificación. Sólo se presentan problemas cuando se afronta el estudio de
un sistema no uniforme, como sucede con el caso del "lago-río"
originado por un embalse: se trata de un sistema formado por dos subsistemas
diferentes; de un lado, la cola, que se comporta de una forma muy parecida a la
de un ecosistema fluvial (sistema lótico); del otro, la zona próxima a
la presa, que se asemeja a un ecosistema lacustre (sistema lenítico). En
la ecología no acuática, sin embargo, el primer problema que enfrenta el
ecólogo es el de establecer sus unidades: hay que definirlas, identificarlas y
delimitarlas y todo eso representa ya un primer obstáculo y un problema a
solventar. Por eso se recurre a privilegiar los aspectos "visibles"
y "representativos" del ecosistema, como la macrovegetación.
LIMES,
ECOTONOS Y ECOCLINAS
Límites
entre ecosistemas
Dada
la importancia que tiene la delimitación de ecosistemas, no es extraño que la
ecología se haya interesado particularmente en este tema de los límites entre
los ecosistemas o, dicho de otro modo, de las interfases, ecotonos o zonas en
las que se produce una transición entre unas características ecológicas que son
básicamente homogéneas en cada lado, pero diferentes entre ambos.
Desde
un plano teórico, el cambio en las magnitudes macroscópicas ecológicamente
relevantes al trasladarnos de un lugar a otro representaría el mejor indicio de
cambio de ecosistema. Así, la variación en las características abióticas
relevantes suele ser interpretada como un cambio en el tipo de ecosistema. Por
otra parte, la influencia del tiempo en la evolución de los sistemas ecológicos
puede determinar características ecológicas que los hacen diferentes. En este
caso se trataría de diferencias entre estadios diferentes de un posible mismo
tipo de ecosistema que evoluciona a lo largo de lo que se conoce como una sucesión
ecológica. Así, el tiempo puede determinar diferencias importantes en la
cantidad de información asimilada por la organización del sistema, lo que
implica la existencia de diferencias estructurales y dinámicas. El ecosistema
se autoorganiza en el tiempo: va de estadios simples y poco diversos
hacia etapas maduras y diversas.
De forma muy simplificada, cambios, fronteras
o diferencias del primer tipo son los que se suelen observar a lo largo de una
ladera en la que aparecen formaciones vegetales y animales distintas asentadas
sobre ambientes edáficos y climáticos no menos diferentes, aunque todas ellas
puedan tener un mismo grado de madurez (no esperamos que el paso del tiempo
convierta al encinar de la base del Guadarrama en un matorral de piorno serrano
que coexiste con pinos silvestre unos cientos de metros más arriba, o viceversa).
Cambios, fronteras o diferencias del segundo tipo de los explicados antes,
pueden ser los que encontremos entre un bosque inalterado y el matorral
procedente de la regeneración natural que sigue a un incendio reciente en una
parte de aquel. Si en el primer caso son las condiciones abióticas las
determinantes fundamentales del cambio que se aprecia entre un tipo y otro de sistemas;
en el segundo es, sobre todo, el peso de los acontecimientos históricos el que
define y determina las distintas condiciones que se perciben. Estas diferencias
han sido catalogadas por algunos ecólogos, definiendo tipo de límites,
gradientes de cambio y fronteras, configurando toda una tipología de
denominaciones sobre ecoclinas, ecotonos, limes divergens, limes
convergens, fronteras asimétricas etc.
De
todas formas, en ocasiones, los acontecimientos históricos llegan a ser tan
determinantes como para terminar alterando las supuestas bases estructurales y
dinámicas comunes que comparten dos etapas de un mismo tipo de ecosistema. Un
incendio en un bosque mediterráneo da paso a un proceso de regeneración que
desembocará, esperamos, en el mismo tipo de bosque que fue arrasado por las
llamas, tras varios años de recuperación natural; pero muchos incendios
repetidos en el mismo bosque mediterráneo darán paso a un proceso que puede
desembocar en la desertificación del lugar: no habrá, en un tiempo biológicamente
razonable, un bosque en aquel lugar. Bueno será tener presente esto, habida
cuenta de la perseverancia en quemar nuestros ya escasos bosques.
LA
APROXIMACIÓN ECOSISTÉMICA
BIORREGIONES Y ECORREGIONES
Una escala regional para los ecosistemas
Ante
la complejidad de las diferentes escalas y niveles posibles en la diversidad de
ecosistemas, se han realizado diversas propuestas para organizarlos
jerárquicamente. De hecho, estas "taxonomías" aplicadas a la
diversidad de sistemas ecológicos pueden compararse con las existentes en los
otros dos grandes componentes de la biodiversidad, la genética y la de
especies. Es lo que hizo Francesco Di Castri, de la UNESCO, en una propuesta
donde la diversidad de ecosistemas recibe el calificativo de "diversidad
ecológica" y la diversidad de especies el de "diversidad
taxonómica"[181].
A continuación, se recoge el cuadro sintético de Di Castri.
CUADRO DE RELACIONES JERÁRQUICAS ENTRE ESCALAS DE DIVERSIDAD
DIVERSIDAD GENÉTICA
comunidad
población
organismo
célula
molécula
DIVERSIDAD TAXONÓMICA
reino
filum
clase
orden
familia
género
especie
subespecie
DIVERSIDAD ECOLÓGICA
biosfera
bioma
paisaje
ecosistema
hábitat nicho
También
Vernon Heywood, de la Universidad de Reading, con Ivar Baste, del Programa de
Naciones Unidas para el Medio Ambiente, han ofrecido un tipo similar de
ordenaciones jerárquicas[182]
para los tres tipos de biodiversidad.
CUADRO DE ORGANIZACIÓN
JERÁRQUICA DE LA BIODIVERSIDAD,
(estando relacionadas las
escalas por el nivel de poblaciones)
DIVERSIDAD ORGANÍSMICA
reinos
fila
familias
géneros
especies
subespecies
poblaciones
individuos
DIVERSIDAD GENÉTICA
poblaciones
individuos
cromosomas
genes
nucleótidos
DIVERSIDAD ECOLÓGICA
biomas
biorregiones
paisajes
ecosistemas
hábitats
nichos
poblaciones
Aunque
es posible advertir el uso de algunos términos en un sentido que no todos
admitirían en biología y ecología, este tipo de clasificaciones tienen la
virtud de mostrar la existencia de diferentes niveles y escalas en la
organización jerárquica de los tipos de biodiversidad, lo que no es poco.
En
las columnas que ahora más nos interesan (las correspondientes a la diversidad
ecológica, tomada ésta en el sentido de un componente de la biodiversidad),
encontramos algunas similitudes y también algunas diferencias entre ambas
propuestas. Sin embargo, es posible
integrar los niveles superiores a ecosistema de ambas y obtener una única
escala definida por la siguiente secuencia:
BIOSFERA
BIOMAS
BIORREGIONES
PAISAJES
ECOSISTEMAS
En
esta escala se encuentra resumida una aproximación geográfica al concepto de
ecosistema que, si desde la Ecología Teórica tal vez no se vea como demasiado
adecuada (pues todos los niveles de la escala podrían ser considerados a su vez
como ecosistemas), sí ha resultado práctica para la Ecología Aplicada. La clave
geográfica de la escala se centra en la definición de la unidad "biorregión"
o "ecorregión", un término que coincide con la escala regional
utilizada en la biogeografía.
Kenton
Miller, exdirector de la UICN que ahora dirige el Programa de Recursos
Biológicos e Instituciones del Instituto de Recursos Mundiales, ha definido la
"biorregión" como "un espacio geográfico que contiene un
ecosistema completo o varios relacionados"[183], tratando de delimitar la
ubicación del concepto de ecosistema en la escala espacial manejada. Para
Miller, la aproximación biorregional sería la escala adecuada para el
tratamiento de la unidad de gestión. De hecho, así ha sido aplicado en diversos
casos del Oeste de Canadá, Australia o California.
La
biorregión resulta más un tópico útil para la planificación técnica y la
ecología aplicada que un concepto estrechamente ligado a la estructuración de
los ecosistemas. En este sentido, su aplicación constituye una buena apuesta
para una planificación y gestión ecosistémica del territorio; algo que, como
vimos antes, constituye un objetivo necesario para muchos ecólogos. En este
sentido, los programas de gestión ecosistémica debieran ser establecidos sobre
una base territorial relacionada con este tipo de unidades: las ecorregiones o
biorregiones. De este modo, se conseguiría trabajar con sistemas ecológicos
dotados de una cierta unidad funcional suficientemente coherente y amplia como
para obtener resultados relevantes para una escala territorial amplia y los
recursos naturales existentes en ella.
El "Comité para las bases científicas
de la Gestión Ecosistémica" de la Sociedad Ecológica de América,
en su informe de mayo de 1995, ha definido este nuevo modelo de gestión que
trata de aplicarse en Norteamérica como un tipo de gestión "dirigido
por fines explícitos, ejecutado mediante prácticas, protocolos y políticas, y
hecho aplicable mediante programas de seguimiento e investigación fundamentados
en nuestros mayores conocimientos de las interacciones ecológicas y los
procesos necesarios para mantener la composición, estructura y gestión de los
ecosistemas".
La
nueva filosofía de la gestión de la naturaleza, siendo complementaria, es más
ambiciosa que las tradicionales fórmulas que fundamentan la selección de los
espacios a proteger en la presencia de algunas especies consideradas relevantes
o que han sido seleccionadas por su precaria situación poblacional, su interés
biológico u otros aspectos. Ambos enfoques gozan de elementos positivos y,
posiblemente, el modelo ligado a la conservación de especies concretas no deba
ser abandonado cuando se trata de poblaciones muy alteradas e impactadas por
las actuaciones humanas, pero se manifiesta una mayor capacidad para alcanzar
un modelo globalmente satisfactorio de conservación y uso sostenible de la
naturaleza en los sistemas basados en la planificación y gestión de
ecosistemas.
Canadá,
el país al que definitivamente ha ido a parar la sede del Convenio de
Biodiversidad (España era otro candidato), es uno de los Estados que ha tratado
de aplicar algunos criterios de planificación ecosistémica a su territorio.
Cuando se trata de avanzar en esta línea, es necesario que el aparato
científico-técnico del país desarrolle un sistema de organización y
clasificación para cada uno de los niveles y unidades de la escala
ecorregional. "Biodiversidad de Canadá", el informe publicado
por el Centro Canadiense de la Biodiversidad del Museo de la Naturaleza en
Ontario[184],
recoge la identificación de 117 ecorregiones terrestres y 29 marinas en Canadá,
lo que entre otras cosas sirve para comprobar que 45 de las primeras y 27 de
las segundas aún no están representadas en el sistemas de espacios protegidos
del país. Ello no obsta para que también se apliquen los sistemas de detección
de especies amenazadas, de forma que también se identifican 239 amenazadas (y 9
ya extinguidas). Además, se señalan 23 áreas de alta endemicidad para las
plantas y 17 para animales. La coexistencia de diversos métodos y sistemas para
enfrentar la pérdida de biodiversidad y los efectos negativos sobre la
estructura y composición de los ecosistemas se percibe cada vez más como un
nuevo elemento clave para el desarrollo adecuado de políticas de conservación y
uso sostenible de los recursos. En esa coexistencia, la planificación ecológica
y la gestión ecosistémica se revelan como estrategias crecientemente
indispensables.
En
diversos lugares del mundo se están empezando a utilizar este tipo de
aproximaciones ecológicas a la planificación y gestión. Miller, en su ya
aludido informe, recoge el análisis de casos en
Europa (mar de Wadden), África (Serengueti), Norteamérica (Yellowstone),
América Latina (La Amistad) o Australia (Gran Barrera de Arrecife). Ninguno es,
tal vez, completamente satisfactorio, pero en cada uno de ellos se perciben
importantes avances sobre los planteamientos anteriores basados en la
delimitación de áreas protegidas de un tamaño necesariamente pequeño y con
modelos de gestión en los que difícilmente se consideraban los procesos
ecológicos a una escala regional.
Además,
a partir de la definición de conjuntos de áreas protegidas, una de las
aplicaciones regionales básicas consistiría en la creación de verdaderos
sistemas integrados e interrelacionados de espacios gestionados bajo criterios
coherentes. El estudio de la biodiversidad y de la ecología de la conservación
está demostrando que sólo a través de este tipo de criterios se logra enfrentar
con mínimas garantías una de las más problemáticas amenazas a la conservación
de la vida silvestre, como es la fragmentación de los hábitat.
Como
reconoce Kenton Miller, no existe una escala única válida para todos los casos
y lugares, por lo que la solución tiene mucho de específica en cada uno de
ellos. De ahí que resulte más necesario que nunca el diálogo entre la ciencia,
las técnicas aplicadas, las instituciones, las poblaciones y los agentes
sociales organizados.
PARCHES Y REMEDOS
La fragmentación de los hábitats
Tal
como muestra la aproximación ecosistémica regional, uno de los problemas
fundamentales en la conservación de la naturaleza estriba en la incapacidad
demostrada por la mayoría de los métodos aplicados hasta hoy para enfrentarse a
la destrucción de los procesos ecológicos. A pesar de que hay casi 10.000
espacios protegidos en el Mundo, cubriendo una superficie total de casi 150.000
kilómetros cuadrados (lo que representa un 6,3 por 100 de la extensión
continental), lo cierto es que se sigue detectando una pérdida de biodiversidad
en todos sus componentes y en casi todos los lugares. Unido a la necesidad de
aumentar la superficie protegida y presuntamente sometida a una gestión que
tiene por uno de sus fines principales el mantenimiento de la diversidad de la
vida (aunque la mayoría de los espacios protegidos son “parques de papel",
sin el menor tipo de gestión, control o seguimiento reales), parece necesario
acometer también algunas modificaciones en los tradicionales sistemas de
planificación y gestión.
Junto
a la introducción de especies exóticas, la sobreexplotación directa (caza,
pesca, tala,..), la contaminación, la expansión de la intensificación agrícola
y el proceso de cambio climático, la Estrategia Global para la Biodiversidad[185],
un documento conjunto de la Unión Mundial para la Conservación (UICN), el
Instituto de Recursos Mundiales (WRI) y el Programa de Naciones Unidas para el
Medio Ambiente (PNUMA), señalaba ya la
fragmentación de hábitats como una de las seis principales causas de la pérdida
de biodiversidad global.
La
fragmentación de los ecosistemas es un proceso por el que éstos se van
degradando y destruyendo, quedando restos aislados y a menudo excesivamente
distanciados entre sí como para que las comunidades que los habitan puedan
seguir subsistiendo. Si un bosque es cruzado por autopistas, talado
parcialmente para hacer tierras de labor y convertido en una colección de
bosquecillos aislados, tendremos un claro proceso de destrucción y
fragmentación del ecosistema original.
La
gravedad del proceso de fragmentación aumenta dependiendo de la intensidad y de
las características concretas de los usos y actividades que rodean los
fragmentos. Que puedan mantenerse los flujos genéticos entre las poblaciones
silvestres refugiadas en los fragmentos del ecosistema original o que se
posibilite el funcionamiento y perpetuación de procesos naturales importantes
para la vida son factores clave en la viabilidad ecológica del medio, que
depende también del "tamaño" efectivo de los fragmentos. A
menudo, el sistema degradado que se encuentra entre los "trozos" del
ecosistema original ejerce más de separación que de nexo de unión: entonces es
cuando se manifiesta con la mayor gravedad el proceso de fragmentación. En esas
condiciones de aislamiento entre los fragmentos del ecosistema original, la
situación evolucionará dependiendo del tamaño de éstos y de la agresión o de
los impactos que reciban en sus fronteras. Si los fragmentos son pequeños,
están aislados y sufren presión en sus fronteras, es evidente que estaremos en
los umbrales de un proceso imparable de degeneración y regresión hasta la total
desaparición del ecosistema original y la biodiversidad ligada.
La
mayor parte de los conjuntos de áreas protegidas existentes funcionan como
modelos de ecosistemas fragmentados: las "islas" o "fragmentos"
están constituidos por los propios espacios protegidos que son, a menudo,
demasiado pequeños, están excesivamente aislados entre sí y sufren importantes
presiones desde sus zonas limítrofes. Por eso, a veces la superficie total
residual de un ecosistema en una región (o, similarmente, la extensión del
total de áreas protegidas en un país) no dice mucho acerca de la viabilidad del
conjunto natural de la región. Para ello deberíamos también conocer las
características ecológicas del modelo de fragmentación que hay, cómo se
distribuyen los espacios residuales y si se comunican genéticamente tales
"fragmentos".
Como
ya tuvimos ocasión de ver, Ed Wilson (quien a estas alturas es ya un habitual
en este texto) estableció con Robert MacArthur un modelo para explicar la
colonización y supervivencia de los organismos en las islas, al que denominaron
"Teoría de la Biogeografía Insular". Ese mismo modelo ha
constituido la base de la mayor parte de los análisis de las relaciones entre
el número de especies que se mantienen y la superficie que va quedando de los
ecosistemas originales. Junto a algunos modelos genéticos y demográficos, estos
sistemas constituyen casi las únicas herramientas de que disponen los biólogos
para comprender la mecánica de la extinción[186].
Utilizando este tipo de modelos es como se han podido ofrecer cifras del tipo
del ya antiguo cálculo de un mínimo de 4.000 especies que estarían
desapareciendo anualmente tan sólo debido a la deforestación de los bosques
tropicales húmedos[187]
(aunque esta cifra asciende, al utilizar los extremos máximos de algunas
estimaciones hasta 50.000 o incluso 100.000 especies al año)
Según
la teoría de MacArthur-Wilson, la curva de especies/superficie en una isla
seguiría un tipo de función como la expresada por la fórmula:
N = K A X
donde N
indica el número de especies, A la superficie y K y X son constantes
proporcionales que dependen del tipo de especies y características como su
capacidad de movilidad, determinándose de forma empírica.
La
aplicación de esta teoría al cálculo de las tasas de extinción esperables
consiste en dar la vuelta al argumento primero: la reducción de la superficie
original irá expulsando especies del ecosistema en la forma que expresa el
comportamiento de la curva entre número de especies y superficie que queda
formando una unidad. Para un valor de X considerado empíricamente adecuado a
algunos medios (como es 0,27), mientras mantengamos el 90 por 100 de la
superficie original del ecosistema, tan sólo habrá desaparecido una mínima
fracción de la diversidad de especies (alrededor de un 3 por ciento); pero al
alcanzar la destrucción a la mitad del ecosistema original, esperaremos ya que
un 17 por 100 de las especies se hayan extinguido. Ésto es debido a que la
reducción superficial obliga a un mayor "empaquetamiento" de
las especies en un espacio menor, lo que funciona sin pérdida de especies
(aunque sí de densidades de cada una) hasta un límite, que depende de las
características y de las capacidades de adaptación de cada especie a las nuevas
condiciones de presión ambiental y competencia. La curva se desploma cuando
traspasamos un grado de reducción que nos lleva a quedarnos con menos de la
cuarta parte del ecosistema; el mantenimiento de sólo el 20 por 100 de la superficie
original implica la desaparición del 35 por 100 de las especies originales;
mientras que si sólo nos quedara el 10 por 100 de la extensión, se habrá
extinguido aproximadamente la mitad de las especies. Por ese entonces nuestro
reducido ecosistema ya no se parecerá casi nada al original.
El
grave problema real estriba en que en numerosas partes del mundo la extensión
superficial que queda de los ecosistemas originales se ha situado ya en las
zonas de la curva donde se dispara el proceso de extinción de especies.
Cualquier nuevo paso en el sentido de reducir lo que queda se manifestará en un
rosario de extinciones mucho más grave y amplio que las que tuvieron
destrucciones similares en la superficie original ocurridas en el pasado.
Podemos afirmar que estamos en el umbral de presenciar la extinción en masa de
numerosas especies si proseguimos con nuestras actividades de destrucción de
los ecosistemas.
Hay
que advertir que el cálculo de la superficie residual que utilicemos en la
aplicación de las curvas especies/superficie derivadas de la Teoría de Mac
Arthur y Wilson tiene que ser el del tamaño efectivo de los ecosistemas. Esto
quiere decir que los porcentajes de superficie global por regiones o países no
es necesariamente válido si queremos averiguar en qué punto de la curva nos
encontramos, ya que no ofrece información sobre el grado de fragmentación de la
superficie que queda. En ocasiones un dato como el de un 25 por 100 de
superficie remanente puede ocultar un drama mucho mayor del que parece si esa
superficie resulta de la suma de numerosos pedacitos minúsculos y aislados de
pequeños e inviables ecosistemas; en ese caso, el tamaño efectivo real tal vez
no sea superior a un porcentaje de un sólo dígito; estaríamos en la antesala de
la desaparición del ecosistema y sus especies dependientes.
Tratando
de aplicar estas consecuencias se encuentran las propuestas de comunicar por
corredores biológicos o genéticos los sistemas de áreas protegidas. Éste es un
método para aumentar el tamaño efectivo de la superficie que aún queda. A la
par, con ello se busca también dar alguna respuesta a una de las mayores
tragedias potenciales que se avecinan: la del previsible efecto catastrófico
que el anunciado cambio climático puede representar para la biodiversidad
mundial. En ocasiones, este tipo de propuestas que constituyen auténticas
estrategias de planificación de la conservación superan el marco nacional, para
situarse en la órbita de las regiones globales, como sucede en el caso de la
propuesta de corredores centroamericanos del llamado "proyecto Pantera",
que pudiera permitir a uno de estos animales, por ejemplo, llegar desde Méjico
hasta Colombia. Esta propuesta en concreto ya fue analizada en una Conferencia
Regional celebrada en la localidad de Heredia de Costa Rica durante 1993[188].
La
planificación regional y la gestión ecosistémica aparecen cada día más
claramente como dos grandes estrategias indispensables para enfrentarse a las
crecientes demandas que un drama anunciado como es la pérdida de la
biodiversidad global exige de la Ciencia, la Técnica y la Sociedad.
_
EL VALOR
DE LA BIODIVERSIDAD
ÉRASE UNA VEZ....
Un cuento
La
cuestión del valor y el precio siempre ha sido muy polémica. Considerada una de
las claves identificadoras de una forma determinada de entender la economía, la
interpretación que ésta le ha dado hasta hoy no es, precisamente, del agrado de
todo el mundo. Si, además la aplicamos a cuestiones como la de la
biodiversidad, la situación se pone al rojo vivo. Por eso, para empezar un tema
tan complejo podemos hacerlo al viejo estilo: vamos a contar un cuento.
"Érase
una vez un país del llamado Mundo Pobre, que estaba cubierto de extensos
bosques en los que crecían numerosos árboles de maderas duras y nobles.
La
gente vivía en este país en condiciones de subsistencia, utilizando lo que el
medio les ofrecía y autoabasteciéndose siempre que podían. Apenas había
intercambios con gentes lejanas, por lo que el comercio era casi exclusivamente
local.
En
un tiempo llegaron hombres de tierras remotas e hicieron ver a los habitantes
de aquel país que su atraso económico y tecnológico era mucho. También les
dijeron que el mundo moderno ofrecía muchas ventajas. Para alcanzarlas, la
clave residía en no encerrarse en uno mismo, sino en abrirse al comercio: había
que comprar y vender. ¡El mejor ejemplo era su propio país!: un lugar de
riqueza donde la gente disponía de numerosas cosas y podía considerarse en
verdad rica (desde luego aquellos hombres lo parecían). Eso era simplemente
porque estaban abiertos al comercio y a un mundo de intercambio y progreso.
La
propuesta parecía sabia y buena. Aquel país lo que tenía para comerciar eran
sus bosques y maderas, lo que era una suerte porque eran interesantes para los
hombres que habían traído aquellas nuevas ideas. Por eso, a pesar de que
algunos habitantes no acababan de entender el cambio de vida (¡siempre hay
inadaptados al progreso!), casi todo el país se puso a trabajar para vender su
madera.
Pronto
aprendieron que el camino del progreso exige sacrificios. No toda la madera
interesaba, sino tan sólo algunos árboles. Por ello era preciso abatir
bastantes hasta obtener uno de interés que fuera posible vender. Además, al
exigir un cambio en las costumbres de trabajo, muchos habitantes tuvieron que
dejar sus antiguas tareas de subsistencia. De todas formas, conforme se iban
vendiendo árboles iba llegando el dinero con el que ahora se podían comprar
muchos productos que el país nunca había conocido. Claro que muchas cosas que
antes se hacían en el país ahora ya ni se hacían ni se encontraban, pero no
importaba porque se podían "importar" sustitutos suficientes (aquella
era una de las nuevas palabras venidas con los tiempos del cambio).
De
este modo, pronto el país se centró en la casi única tarea de cortar y vender
árboles para obtener madera. Nunca antes había habido tanto comercio. Es verdad
que el precio al que en el extranjero se compraba la madera variaba y dependía
de personas que allí nadie conocía, de forma que a veces se ganaba más y otras
menos, pero la senda iniciada seguía trayendo dinero y, con él la posibilidad
de comprar más cosas. Esto era fundamental, porque ya en el país casi toda la
actividad se centraba en cortar madera.
Los
dirigentes del país estaban contentos, porque éste había iniciado un importante
ascenso en aquella lista que ordenaba a todos los países del mundo en función
de su riqueza. Eso era debido a que la lista medía la cantidad de dinero que se
movía por el país; luego ésta se podía dividir entre el número de habitantes.
Como antes apenas había dinero moviéndose por el país, la "renta per
cápita" (aquella división del dinero entre los habitantes) era muy baja,
lo cual mostraba el atraso económico que tenían, como les explicaron los
extranjeros y ellos comprendieron pronto. Ahora, con la venta de madera, el
país, sin llegar a ser rico ni mucho menos, había incrementado
considerablemente su valor de "renta" y su puesto en la tabla
mundial.
Aunque
la renta calculada era la misma para todos los habitantes, lo cierto era que
unos pocos habitantes del país (los que
habían sido más listos o más hábiles o habían tenido más suerte) sí se habían
realmente enriquecido, mientras otros muchos no lo habían logrado en absoluto
e, incluso, algunos habían retrocedido en su nivel de vida, porque ahora, al no
haber casi autosubsistencia y producción propia de artículos básicos, era
absolutamente preciso tener dinero para poder comprar cualquier cosa. ¡Pero es
que siempre el progreso ha exigido sacrificios!
Sin
embargo, aquellos mercados lejanos que ponían el precio a la madera eran cada
día más exigentes, de forma que, proporcionalmente, la madera cada vez valía
menos en relación al aumento de los precios de las ya muchas necesidades que el
país "en vías de progreso" iba teniendo (esto segundo en realidad era
bueno al parecer, porque era el mejor indicio de que se iba por el camino
adecuado).
Como
las necesidades crecían, el país recurrió repetidas veces a pedir dinero fuera
para superar algunos momentos especialmente delicados, porque (le habían
explicado) exportaba menos de lo que importaba y algo llamado "balanza de
pagos" le era negativo. El dinero prestado había que devolverlo y, además,
pagar algunos intereses por el préstamo (como es lógico), pero el país aún
seguía teniendo suficiente madera como para que ir pagando las deudas (o al
menos los intereses).
Llegó
un momento en que lo que debía el país era mucho, de manera que del extranjero
le hablaron muy en serio. Tenía que hacer mucho más esfuerzo por pagar lo que
debía y gastar menos, pues si no nunca lo conseguiría. Eso requería una más
intensa explotación de los bosques (ya iban quedando menos, pero aún había
bastantes) y además destinar la mayor parte de los beneficios al pago de lo que
se debía. Los mismos extranjeros dirían como había que "ajustarse" a
un uso del dinero correcto.
Ya
se cortaban árboles a un ritmo como nunca se había hecho, de acuerdo con los
criterios que imponían los de fuera. Se vendía al precio que ponía unos
mercados de algún otro país lejano, pero la mayor parte de lo que se obtenía de
la venta ni siquiera llegaba al interior del país, puesto que servía para pagar
lo que se debía y sus intereses (bueno, realmente apenas alcanzaba para éstos).
A muchos habitantes ya no les parecía una idea magnífica aquel tipo "de
vía al progreso" por el que habían apostado, pero no había ya otra opción;
además, dependían del poco dinero que llegaba, porque ya todo había que
comprarlo fuera. Es verdad que a unos pocos parecía irles realmente bien, pero
eso no repercutía en sus vecinos, porque la mayoría de ellos tenían el dinero
en el extranjero donde, de verdad, sí eran ricos.
Llegó
un día en que el país comprobó desolado que ya apenas tenía bosques ni madera
que vender. Pronto los extranjeros que habían asesorado y dado tantas ideas se
fueron a otros países que tuvieran bosques y abandonaron aquel. Ya no había
nada que comprar (ni que vender). Para colmo, la pérdida de los bosques no
había sido el único mal, sino que había traído consecuencias: los ríos bajaban
ahora sucios al no haber raíces que sujetasen las tierras, había problemas con
el agua en algunos lugares y épocas, ya no había suelos productivos porque los
bosques no los mantenían y la agricultura de subsistencia era un recuerdo del
pasado lejano. La gente dependía para las cosas más básicas de productos que
había en el extranjero, pero ya no llegaba dinero para adquirirlos.
Aquella
renta que había subido en tiempos empezó a caer en picado, pero ya no
importaba: la gente que podía trataba de huir del país hacia donde le habían
dicho que estaba la riqueza y se ponía el precio a las cosas".
Sólo
es un ingenuo cuento, naturalmente. Ahora veamos cómo es la realidad.
COSTA DE MARFIL, POR EJEMPLO.
Records en deforestación
Costa
de Marfil es un país africano de unos 322 mil kilómetros cuadrados, es decir,
unas dos terceras partes de la superficie de España. Dentro del contexto de los
países del Africa Occidental no es un país de los más pobres, si aceptamos como
estimación la renta de paridad de poder adquisitivo o renta per cápita
"real" (una corrección del PIB per cápita): aunque es algo
inferior a la de su vecina Ghana (un 23% más alto, pero con un menor PNB per
cápita), es, sin embargo, bastante superior a la de sus otras vecinas Liberia
(en un 60%) o Guinea (casi 3 veces inferior). No obstante, ese valor es tan
sólo un 7% de la paridad de poder adquisitivo o renta real de USA o un 13% de
la española.
La
economía de Costa de Marfil[189]
creció de una forma considerable desde los años de su independencia en 1960,
centrándose en tres productos de exportación: la madera, el cacao y el café,
tres productos muy dependientes de los precios del mercado internacional. De
hecho su PNB creció a un ritmo del 6,8% anual entre 1965 y 1980, mientras que
en la década de los ochenta redujo ese crecimiento al 0,5% anual. Del total de
todo su flujo económico, prácticamente la mitad (un 47%) ha sido debido a la
agricultura, tanto en 1965 como en 1990.
Sin embargo, el PNB comenzó a descender en la última década, de forma
que entre 1992 y 1993 llegó a reducirse en casi un 3%. Visto desde la
perspectiva de la renta, contando con el altísimo crecimiento demográfico, que
fue del 3,8% anual en la década de los 80, la caída en ese año es mayor: más de
un 7%. Por otra parte, la deuda externa supera en más de 2,2 veces al total del
PNB y representa el valor de todas las exportaciones del país durante 5 años y
cuatro meses.
Pero
echemos un vistazo, por encima de los datos monetarios, a una de las
principales fuentes de riqueza de Costa de Marfil: las maderas tropicales de
sus bosques[190],
que le hicieron alcanzar en 1973 el cuarto puesto mundial en exportación de
madera (unos tres millones y medio de metros cúbicos).
El
primer tronco exportado de una de las maderas más preciadas del país, el acajou
(Khaya ivonensis) fue, al parecer, enviado a Francia en 1885, pero
sería el nuevo siglo el que vería un progresivo crecimiento en las
exportaciones de madera, facilitadas por la situación costera de Costa de
Marfil. De aquella primera especie vendida al extranjero en 1885, se pasó a
exportar madera de 28 especies en 1973 y de 36 en 1988, ya que se ampliaba el
número de especies a cortar, al aumentar la rareza de las más preciadas. Si en
1900, la producción maderera del país africano era de menos de 9.000 metros
cúbicos de madera, esta cifra se multiplicó por dos en una década, por más de
10 en la siguiente década y por casi 16 en una tercera. En cincuenta años, el
factor de multiplicación era de 26, mientras en 1960, año de la independencia,
llegó a 118. En 1970, el valor de producción era casi tres veces y media
superior al de 1960; en 1973 se alcanza (en el valor de exportación) el cuarto
puesto mundial, ya comentado; y en 1977 se llega al récord de producción anual:
más de cinco veces el dato de 1960 y más de 600 veces el del primer año del
siglo.
La
producción, desde entonces, empezó a caer tras unos cuantos años de
estancamiento. Tres años después del máximo alcanzado en 1977, la producción
era un 93 % de aquel valor, y siete años más (1987) llevaron a una caída que
dejó la producción en poco más del 60% del mismo. Se evidenciaba el
comportamiento característico de un recurso sobreexplotado y de un uso
insostenible.
La
explotación forestal en Costa de Marfil no ha conocido nunca la aplicación de
técnicas de regeneración o reforestación, que no interesaban a las compañías
madereras (generalmente extranjeras). No se conocía apenas nada sobre la
silvicultura de sus bosques y no se ponían en marcha programas de investigación
para conocerla. La deforestación alcanzó el ritmo más vertiginoso que haya
conocido ningún territorio del mundo (y hay importantes competidores), de
manera que entre 2.800 y 3.500 kilómetros cuadrados de bosques han desaparecido
anualmente en cada una de las últimas cuatro décadas. Si se mantuviera el ritmo
actual, los apenas 31.000 kilómetros cuadrados de tierras forestales (que son
una décima parte del país), de las que tan sólo 13.000 (y muy fragmentadas)
acogen bosques (el resto son matorrales y sabanas), serían un simple recuerdo
al comienzo del nuevo siglo.
Los
bosques originales se extendían en Costa de Marfil desde las secas tierras del
norte al húmedo y lluvioso sur costero, dotando al país africano de un paisaje
forestal impresionante, de forma que, a comienzos de siglo, el 40% del
territorio eran bosques primarios, y a mediados aún quedaban doce millones de
hectáreas. Hoy, Costa de Marfil es un país tropical donde no quedan bosques
primarios o vírgenes y posiblemente no quedarán tampoco bosques secundarios en
los próximos años...
La
tragedia de la pérdida de los bosques en este país ha tenido, además, otras
repercusiones dramáticas sobre el clima y el régimen hídrico, con algunos años
muy problemáticos a mediados de los ochenta. Por otra parte, la conversión del
cuarto exportador mundial de madera en un importador neto de este producto se
ha producido sin que el país haya salido de una situación económica y
socialmente pobre, en el que la esperanza de vida al nacer es hoy de tan sólo
51 años (ha descendido en los últimos), donde apenas un treinta por ciento de
la población tiene acceso regular a servicios de salud y en el que la tasa de
alfabetización de mujeres adultas alcanza apenas a un cuarenta por ciento.
Desde
luego, no es Costa de Marfil un caso aislado en el drama de la pérdida mundial
de los bosques. Indonesia, por ejemplo, ha multiplicado por 200, en sólo dos
décadas, su volumen exportador de maderas nobles. En India y Tailandia, al
igual que vimos en Costa de Marfil, ya no quedan bosques originales. El mismo
Banco Mundial calculó que otros 23 países tradicionalmente exportadores de
maderas tropicales dejarán de serlo para comienzos del próximo siglo, quedando
sólo diez con posibilidades de continuar haciéndolo. Todo ésto no impide, de
todos modos, que se siga sin hacer apenas nada por establecer estrategias de
uso sostenible de los bosques, conservando los bosques primarios y gestionando
los bosques extractivos de una forma sostenible. Apenas dos de cada mil lugares
de explotación en el Mundo actuaban de forma responsable y sostenible, según
reconoce la propia Organización Internacional de Madera Tropical (ITTO). Por
otra parte, el sistema mundial de explotación distribuye los beneficios de una
forma profundamente desigual: según el Instituto Forestal de Oxford, de los
beneficios económicos ligados a la extracción de las maderas tropicales, tan
sólo un diez por ciento revierte a los países productores (donde, además, sigue
habiendo luego problemas en la distribución interna de esa pequeña cantidad).
El uso y consumo de las maderas nobles es, por supuesto, una cuestión de los
países ricos, muchos de los cuales perdieron ya una buena parte de sus espacios
forestales. En ese consumo mundial destacan Japón, Estados Unidos y la Unión
Europea. Sólo ésta última importa más de trece mil millones de metros cúbicos
de madera tropical al año, con un valor calculado de 3,8 billones de dólares[191],
de los que la mayoría quedan en manos de compañías europeas (recordemos el
reparto de las ganancias).
Recordemos
que estos bosques tropicales que están desapareciendo a un ritmo que ha llegado
a alcanzar los veinte millones de hectáreas al año (alrededor de la mitad de la
superficie de España), constituyen los laboratorios de la vida en el planeta;
allí donde se mantiene la mayor parte de la biodiversidad mundial. Su pérdida
es un golpe del que difícilmente se recobrará la diversidad de la vida en la
Tierra.
Ciertamente,
Costa de Marfil no es el país del cuento triste narrado antes, porque aquel era
un país inventado que no existe; pero demasiadas partes de su historia
recuerdan demasiado a algunas del cuento (y lo malo es que no es el único país
real al que le ocurre esto).
Puede
que igual que sucedió con las consecuencia que extrajo Möbius y los
mariscadores de Kiel de la historia de las ostras francesas, la tragedia de los
bosques de países como Costa de Marfil sea una triste lección para todo el
mundo. ¿La aprenderemos?
LOS DADOS TRUCADOS
Tomando decisiones
Los
griegos utilizaban el término "axía" para referirse tanto al
valor como al precio. De ese vocablo helénico derivó el castellano "axiológico",
que refiere al valor ético o moral. De hecho, hoy "valor" nos
rememora tanto el valor ético como el valor más mundano o económico.
Un
recorrido histórico por las acepciones del término valor nos permitiría ir
viendo su frecuente utilización por parte de filósofos y éticos. Sin embargo,
fueron los economistas los que, al centrar sus preocupaciones sobre el sentido
de este término para ellos, hicieron que fuera restringiéndose desde la
acepción de "utilidad intrínseca de algo", hasta incluir la
"utilidad social de las cosas" (el "valor de uso")
y, finalmente, el llamado "valor de cambio". Ya David Ricardo
se esforzó a principios del siglo XIX por diferenciar "valor"
y "riqueza", discutiendo la capacidad del valor ("de
cambio") para servir como medida de la riqueza, y entendiendo ésta de
forma más amplia que la mayoría de los otros economistas pioneros y algunos
posteriores. Pero en la economía que se haría dominante prevalecerá la
tendencia hacia la reducción conceptual del término "riqueza",
limitándola a "aquel conjunto de cosas útiles que tienen valor de
cambio". Como señala el economista José Manuel Naredo[192],
se resuelve, así, tautológicamente, la pretensión última de utilizar, como
indicador eficiente de la producción de riqueza, la propia producción de
valores de cambio.
Para
ver cómo algunos pioneros de la economía analizaron la capacidad del valor
"precio" para servir como instrumento de toma de decisiones,
puede ser conveniente recurrir a John Stuart Mill, quien afirmaba en sus "Principios
de Economía Política" que "a lo que puede obtenerse sin
trabajo ni sacrificio, no se le puede poner precio, por muy útil o necesario
que sea". Utilidad, necesidad y valor-precio se alejaban
inexorablemente por esta vía.
La
incapacidad de la economía para asignar un precio relacionado con la utilidad,
llevará a Carlos Marx a constatar en sus "Elementos fundamentales para
la Crítica de la Economía Política" que "el valor de uso, en
cuanto sustancia presupuesta, queda al margen de la economía y de sus
determinaciones formales". En la sociedad de las mercancías, "el
simple material natural por cuanto no hay en él ningún trabajo humano
objetivado, por cuanto es por ende mera materia y existe independientemente del
trabajo humano, no tiene valor alguno".
Los precios, nos dicen hoy, se establecen por
el mercado. Si la economía opta por mantener esta única opción para el valor de
cambio, a muchos no les parecerá razonable ni ético que la asignación de
precios sea la única (ni posiblemente la más determinante) de las maneras por
las que se adoptan luego las decisiones importantes, habida cuenta del abismo
existente entre utilidad y necesidad, por un lado, y entre valor de cambio y
precio, por el otro. De todos modos, la cuestión de la asignación social de valores
(sean éstos axiológicos o éticos, o lo sean económicos) ha sido y será siempre
un tema difícil para cualquier colectivo social. Todo sistema de valoración
refleja indudablemente criterios y convenios sociales subyacentes, aunque
también participe de otros factores que podríamos considerar más "objetivables".
Los economistas, preocupados seriamente por el asunto, han desarrollado
numerosas teorías sobre el concepto de valor, aunque, en su discurrir y
precisar, han ido alejándose sustancialmente de la concepción común e inicial
del valor ético y económico, sin que, mayoritariamente, hayan conseguido
integrar en sus teorías otras dimensiones de la idea de valor como, por
ejemplo, las ambientales. De todos modos, tal vez lo más acertado y sucinto que
se haya escrito nunca sobre este espinoso asunto se lo debamos al poeta Antonio
Machado quien, en sus "Proverbios y Cantares", afirmó:
Todo
necio
confunde
valor y precio
una
máxima que desde luego no deja nada bien a la mayor parte de las formas de
valoración económica ni a sus valedores.
Pocos
aceptarán de partida que, efectivamente, valor y precio sean cosas parecidas.
Sin embargo, es cierto que la mayoría de nuestros comportamientos (necios,
pues) reflejan una constante identificación práctica entre ambos conceptos
("Tanto cuestas, tanto vales" es, sin duda, una máxima que
aplicamos con frecuencia en nuestras vidas). Del mismo modo que tratar de tomar
decisiones a partir de los resultados obtenidos en un juego de dados trucados,
adoptarlas en función del precio de las cosas (como si esa fuera una buena
estimación de su valor) es, para muchos, además de una necedad, una trampa
inaceptable.
Los
economistas neoclásicos han creado todo un sistema de justificación teórica de
la asignación de precios por el mercado, en buena medida acorazado por una
desarrollada formalización matemática. Sin embargo, para algunos como el citado
José Manuel Naredo, (economista y estadístico y uno de los más lúcidos
fustigadores de la economía neoclásica), todo es pura farsa bajo una apariencia
científica. Ha escrito:
"aunque
hoy se esconden con pudor los signos externos del nuevo culto religioso, ello
no quita para que en medios académicos se siga respirando un inconfundible
tufillo a sacristía, pues ese culto subsiste, como subsisten, en buena medida,
las creencias que lo hicieron posible y los resultados, tales como la formación
de sectas y capillas entre las que se hace difícil cualquier entendimiento
racional.[193]"
Desde
luego al leer párrafos como el anterior, cuesta creer que el lugar de trabajo
de este autor haya sido durante largos años la propia Administración Pública
española -concretamente el Ministerio de Economía y Hacienda- antes de pasar a
depender de una institución financiera pública, pero la comparación empalidece
cuando vemos que uno de los mayores valedores de la Economía Ecológica radical
es un economista que ha desarrollado buena parte de su tarea profesional (desde
luego con poco éxito en el convencimiento de sus patrones) en el Banco Mundial:
Herman E. Daly. Sin duda, la estrategia del "sistema" para con
sus heterodoxos ha cambiado desde los tiempos de la Inquisición (aunque tal vez
sea una flexibilidad posibilitada por la creciente facultad de éste para
permanecer impermeable a tan heréticas como saludables críticas).
José
Luis Sampedro, el prestigioso padre intelectual de la escuela española de
Estructura Económica (transmutado en la actualidad en exitoso escritor),
aseguraba en la contraportada del libro de Naredo "La economía en
evolución" lo siguiente:
"en
fin, para ser breve, hoy me considero un metaeconomista (pues hay que rebasar
los moldes de la teoría convencional de los premios Nobel) y, por haber sido yo
cocinero antes que fraile -permítaseme este lenguaje como antídoto a la
pedantería-, aseguro que el libro de José Manuel Naredo es sumamente valioso
para ir preparando a los economistas del futuro. Es incluso necesario que se
multipliquen libros así y que llegue a los estudiosos -y a los consagrados no
dogmáticos- el lenguaje de un nuevo enfoque."
Un
nuevo enfoque, ciertamente. Un enfoque que reniega de la posibilidad de valorar
adecuadamente las cosas mediante los instrumentos y métodos de la economía
existente, capaces de confundir lo importante con aquello a lo que el mercado
asigna un precio elevado, y, no conforme con el absurdo, asentar en ello lo
fundamental de la toma de decisiones de la Sociedad. Un enfoque que exige
abandonar la valoración monetaria al uso como el instrumento esencial de
decisión para las acciones que las sociedades humanas adoptan sobre sí o en
relación con el medio ambiente. En suma, un nuevo enfoque que supone abandonar
el ya descubierto juego de asignar valores con unos dados cargados como
principal fórmula para decidir lo importante.
DE LA ECONOMÍA AMBIENTAL Y DE LA ECONOMÍA ECOLÓGICA
Propuestas de mejora en la asignación del valor
Es
cierto que muchos economistas han percibido con claridad los estrechos límites
que su disciplina se ha autoimpuesto con la atención prioritaria a los valores
monetarios y con su modo de asignación. La incapacidad para tratar los nuevos
problemas ambientales desde los instrumentos convencionales de análisis y
decisión de la economía dominante ha llevado a algunos a proponer vías de
solución que pueden ser más o menos radicales. Como señalaron David Pearce y
Kerry Turner en su "Economía de los Recursos Naturales y del Medio
Ambiente":
"mientras
los economistas normalmente aceptan que, de modo general, los individuos y las
sociedades tienen varios objetivos, ellos tienden a trabajar con sólo uno de
ellos: la eficiencia económica"[194].
Estos
economistas, codirectores del Centro para la Investigación Económica y
Social del Medio Ambiente Global, con sede en Londres, encabezan una línea
reformista de la economía que se ha denominado como ambiental, una línea
crítica que busca hacer digerible para la economía el problema de la gestión
del medio ambiente. No constituye la propuesta más radical en el campo de los
economistas preocupados por el medio ambiente, pero tratan de deshacer algunos
de los numerosos y graves entuertos que la economía convencional introduce
sobre la base de su ignorancia para con los temas ambientales.
Desde
esta línea (la economía ambiental) han surgido escritos dirigidos a
establecer una "taxonomía" de los valores económicos en
relación al medio ambiente. Se trata de un intento de categorizar o clasificar
los distintos tipos de valores que deben ser tenidos en cuenta. Para ello, el
"valor económico total" se considera constituido por la suma
de los llamados "valores de uso actual", "valores de
opción" y "valores de existencia". Veremos que se
quiere decir con ello.
El
"valor de uso actual" refleja la valoración monetaria que se obtiene del uso real actual de algo. En el
caso de la biodiversidad este tipo de valor viene recogido por la realización
de actividades como la caza, la pesca, la recolección de plantas silvestres, el
uso de productos procedentes de los seres vivos para la construcción de
herramientas, útiles, viviendas o como fuente de energía, etc. También trata de
integrar el beneficio proveniente de otros usos como los recreativos, que
pueden ser relativamente transformables en unidades monetarias a través del
mercado mediante la estimación de lo que los usuarios estarían dispuestos a
pagar por disfrutar de un espacio natural protegido, por ejemplo.
El
"valor de opción" vendría representado por el beneficio
potencial que tendría un recurso frente a su valor de uso actual. Se trataría
de medir la preferencia o disposición a pagar por reservarse la opción de
poderse convertir en usuario de eses recurso en el futuro. Un ejemplo de ello
sería la disposición de muchos ciudadanos a pagar por conservar un enclave
natural, aunque no tengan previsto visitarlo por el momento; se reservan, sin
embargo, la opción de una visita futura al pagar por mantenerlo.
El
"valor de opción" y el de "uso actual"
constituyen conjuntamente los "valores de uso" en la
terminología utilizada por Pearce y Turner. Hay que advertir, sin embargo, que
la obtención de estimaciones de éstos en unidades monetarias no es precisamente
fácil, aunque se han propuesto diversos tipos de aproximaciones a su cálculo.
De hecho, ni siquiera los "valores de uso actual" son
recogidos en su totalidad por las valoraciones económicas habituales sobre las
que se asientan las decisiones políticas y económicas. En relación a la
biodiversidad, tan sólo aquellos recursos biológicos que entran en un mercado y
son objeto de intercambio con moneda, son realmente valorados (mejor o peor,
pero valorados en dinero). No lo son aquellos recursos que cubren y satisfacen
necesidades evidentes (y transcendentales) como la alimentación o la obtención
de energía, si se realizan fuera del ámbito de los mecanismos del mercado que
la contabilidad económica utiliza para hacer sus cuentas. Cuando un campesino o
una indígena comen un fruto o un animal obtenido con sus propias manos y
trabajo, aunque dicho ser vivo tenga un evidente valor de uso para ellos, no es
detectado por los instrumentos de valoración económica ni entra en las
contabilidades nacionales (al no existir para la economía oficial, no tiene el
menor peso en la toma de decisiones basadas en ella).
Finalmente,
queda otro tipo de valores económicos, que antes hemos llamado "de
existencia" y que también se han denominado "intrínsecos".
Éstos recogen el valor propio (valor por sí mismo) de algo, independientemente
de su uso actual, futuro o potencial por parte de la especie humana. Se trata
de un valor poco tratable para la economía, aunque Pearce y Turner hablan de
que este tipo de valor es captado y expresado por las personas "a
través de sus preferencias en la forma de un valor de no uso". Son,
por ejemplo, los valores ligados a la demostración de preocupación o simpatías
que mucha gente manifiesta por "respetar los derechos o el bienestar de
los seres no humanos".
Este
tipo de aproximaciones, características de la línea emprendida por la economía
ambiental, no resulta suficientemente satisfactoria para muchos ecólogos y
economistas, los cuales han tratado de ir más lejos en sus propuestas de
modificación, planteando la ruptura con la economía convencional. Nació así la
llamada Economía Ecológica que cuenta con una Sociedad Internacional
para la Economía Ecológica de carácter multidisciplinario. Este nuevo campo
de conocimiento transdisciplinar busca, en palabras de Joy Bartholomew
(directora del Centro para la Negociación Política, sito en Estados
Unidos de América), estudiar "las relaciones entre los ecosistemas y
los sistemas económicos". Propone una nueva relación entre Economía y
Ecología, de forma que se integre conceptualmente "el subsistema
económico como parte del más amplio sistema ecológico". La Economía
Ecológica trata también de diferenciarse de la Economía Ambiental (también
llamada de los Recursos Naturales), a la que califica de "aplicación de
la economía neoclásica a los problemas ambientales y de los recursos";
por contra, intenta encontrar un nuevo enfoque para ambas, Economía y Ecología,
buscando constituirse en un nuevo paradigma científico (para utilizar la
terminología de Thomas Kuhn). Según ésto, los economistas ecológicos tratan de
salir de lo que consideran una crisis del paradigma económico clásico a través
de un proceso caracterizado como de "tensión esencial" (de
nuevo Kuhn) que envuelve a todos los científicos "revolucionarios”
rechazados por el paradigma dominante, mientras ellos, a su vez, rechazan los
dogmas de aquel. Al ser ambas concepciones globales mutuamente inconmensurables
durante el período de crisis y revolución científica, será la habilidad
conceptual, social y política de los propulsores de cada uno de los paradigmas
en lucha, la que tendrá el papel determinante (al menos eso pensaba Kuhn, que
ha muerto recientemente).
Tanto
los economistas ambientales como los economistas ecológicos comparten la idea
de que, hasta hoy, los instrumentos propuestos desde la economía neoclásica han
resultado insuficientes e insatisfactorios como para ser considerados útiles en
el campo de la resolución de los problemas del medio ambiente. Además, los
economistas ecológicos creen que las aportaciones "moderadas"
de los economistas ambientales son propuestas "para cambiar de modo que
todo siga igual". En el caso de la biodiversidad, la opinión de
aquéllos sería que no es posible dar una verdadera solución al problema de la
pérdida de la biodiversidad mediante la aplicación exclusiva de las propuestas
reformistas.
De
la constatación de que la sociedad mundial actual no posee la característica de
la "sostenibilidad" (es decir, que su forma de actuar conduce
indefectiblemente y en un plazo no demasiado lejano a la crisis ambiental
total), dan fe numerosos indicadores como el crecimiento de la contaminación,
el cambio climático, la progresiva desertificación de tierras áridas y
semiáridas, la distribución y crecimiento de la pobreza o la propia pérdida de
biodiversidad. Esta constatación no es
exclusiva de un sector de pensadores o investigadores, sino que es, al menos
formalmente, asumida por la firma de la práctica totalidad de los
representantes y dirigentes del mundo, como quedó recogido en los documentos
finales de la Conferencia de Río de Janeiro de 1992, que exigen la necesidad de
instaurar un nuevo modelo económico, social y ambiental (lo que se ha llamado
el "desarrollo sostenible"). Es cierto que ese nuevo modelo no
existe aún más que en la mente y el deseo de muchas personas, por lo que es
preciso no vaciarlo de contenido o adulterarlo haciéndolo pasar por lo que no
es antes de que llegue a ser real. De ahí que los científicos, investigadores y
pensadores unidos en torno a las nuevas propuestas de la Economía Ecológica
traten de concretar los criterios básicos y condiciones operativas que han de
regir para una "sociedad sostenible" y la "sustentabilidad"
o "sostenibilidad" global. Entre ellos hay, sin duda,
diferentes tendencias, pero también una base común que une a personas
procedentes tanto de países del llamado Norte económico (como Robert Constanza,
Herman Daly, Paul Ehrlich, Barry Commoner, Michael Redcliff o Paul Ekins, entre
otros muchos), como del Sur (Vandana Shiva, Ramachandra Guha, Anil Agarwal,
Víctor M. Toledo, Enrique Leff, Gallopin o El Serafy, también entre otros
muchos). En España han hecho aportaciones a estas corrientes economistas como
Joan Martínez Alier, Luis Jiménez Herrero, Federico Aguilera Klink, José Manuel
Naredo o David Rivas[195]. También a la escala de organizaciones no
gubernamentales que trabajan en medio ambiente y desarrollo se puede ver una
orientación que comparte objetivos y planteamientos con tales ideas en algunas
grandes redes internacionales, como La Red del Tercer Mundo (Third World
Network), Amigos de la Tierra (Friends of the Earth) o Greenpeace. Aunque no
representan el peso dominante en las decisiones del mundo, deberíamos
concederles mayor capacidad en un futuro tan cercano como hoy mismo.
LOS BOSQUES DE HOJAS DE LAUREL
La laurisilva canaria y sus habitantes
Un
ejemplo concreto del valor local de la biodiversidad lo podemos encontrar en el
caso de la laurisilva, uno de los ecosistemas más característicos de la Región
Macaronésica, el área biogeográfica tan particular en la que se enclava el
archipiélago de las Canarias.
La
laurisilva es una formación boscosa procedente de las extensas formaciones
subtropicales que se extendían por gran parte del Africa del Norte y del Sur de
Europa durante el Mioceno y el Plioceno, es decir, parte del llamado Terciario
o Cenozoico reciente. Las variaciones climáticas que vinieron con el
Cuaternario modificaron el ambiente de esta amplia región y, con él, la
laurisilva quedó relegada a unos pocos enclaves favorables para sus
características. Estos bosques necesitan una alta humedad atmosférica en forma
de nieblas, que permite que las plantas de la laurisilva puedan captar el agua
por condensación sobre sus hojas lustrosas, permitiendo que las gotas formadas
resbalen hasta el suelo. Se genera así una suerte de lluvia inducida y el
umbroso interior del bosque se convierte en un continuo gotear de aguas que no
provienen directamente de una precipitación normal, sino de la condensación
sobre las superficies foliares. Los suelos se empapan así con una cantidad de
agua que es varias veces superior a la que recibirían en otro caso. El aspecto
neblinoso y sofocante que caracteriza a estos bosques lleva al visitante al
recuerdo de los elevados bosques tropicales nubosos, en los que se produce este
mismo tipo de fenómeno, aunque más acusadamente.
Aunque
también hay bosques de este tipo refugiados en algunos barrancos umbrosos y
cárcavas del sur de la península Ibérica, en Canarias están mucho mejor
representados. Además en el ámbito insular, la laurisilva evolucionó de forma
propia, ocupando el estrato altitudinal situado entre los 500 y 1.100 metros
sobre el nivel del mar, con una orientación dominante hacia las vertientes
septentrionales de las islas, allí donde los vientos alisios del noreste forman
los famosos "mares de nubes". Cualquiera que haya visitado el
macizo de Anaga en Tenerife o la Isla de Gomera habrá reparado, sin duda, en la
asimetría de las laderas a oriente y occidente, que no sólo se manifiestan en
la distinta vegetación presente, sino también (lo que en realidad es la causa)
en la acumulación de nubes a un lado y el predominio de la insolación directa
al otro.
La
evolución aislada de los bosques canarios de hojas de laurel ha determinado que
posean una altísima tasa de endemicidad, es decir, que numerosas especies que
no se encuentran en ninguna otra parte del mundo se den allí. Muchas de ellas
son exclusivas del Reino Macaronésico (que comprende, además del
archipiélago canario, los sistemas de Madeira, Cabo Verde, Azores y las
pequeñas Islas Salvajes); sin embargo, otras son exclusivas del complejo
insular canario. María García Morales, estudiando estos medios boscosos
canarios, encuentra 29 especies de un total de 48 especies características (un
sesenta por ciento) que son exclusivas o endémicas de las islas macaronésicas.
De ellas, 16 (una de cada tres) sólo se dan en las Canarias.
Considerando
todas las especies vegetales superiores que se presentan en la laurisilva
(111), 63 constituyen endemismos macaronésicos y 38 de ellos son especies
exclusivamente canarias (no hemos de pensar que sólo las especies vegetales de
este bosque son singulares, también abundan los endemismos canarios o
macaronésicos entre los animales: las palomas rabiche y turqué son, quizás los
ejemplos más señalados de una fauna propia y singular).
Según
la citada García Morales, los guanches, que constituían la población indígena
canaria anterior a la colonización española, consumían 8 de las especies
presentes en la laurisilva; mientras que los campesinos tradicionales canarios,
posteriores a la colonización, han incluido en su dieta 9 de tales especies
(aunque sólo se repiten tres de ellas en ambas dietas). Entre ambos grupos se
han consumido como alimento 14 especies. Además de ellas, otras 7 especies son
comestibles, aunque nunca hayan sido comidas habitualmente por ninguno de los
dos grupos. Hay, pues, una cifra total de 21 especies potencialmente
comestibles para los humanos. La laurisilva es, en cierto modo, la despensa
terrestre de las Islas Canarias. Pero no sólo.
Los
guanches usaban el laurel o "loro" para la confección
de bastones con fines ceremoniales, así como la madera de otras dos especies de
árboles o arbustos que, si bien no son específicos del bosque de laurisilva,
aparecen también en él. Son el barbusano, un árbol de tronco rojizo y
madera dura que usaban para hacer jabalinas de caza y bastones de mando
llamados "añepas", y el brezo, usado para la elaboración de
bastones de pastoreo.
La
cultura campesina tradicional, por su parte, ha utilizado la madera del acebiño
y del follado, dos especies vegetales típicas de la laurisilva, para la
elaboración de útiles como la techumbre de las viviendas, las lanzas y los
bastones de pastoreo o los banotes utilizados para los juegos de palo. A ellos
hay que sumar tres especies más, presentes (aunque no típicas) de la
laurisilva. Son los ya mencionados brezo y barbusano, y la faya.
Además,
hay cuatro especies presentes en los bosques de hojas de laurel que poseen
utilidades tintóreas y 26 más que han sido empleadas en la medicina popular.
Entre ellas está la infusión de la raíz de zarzaparrilla (utilizada
contra las enfermedades de la sangre, el reumatismo, la artritis y la gota), la
corteza del viñátigo (usada como antiséptico), la corteza y cenizas del sauce
(empleadas como analgésico y antiinflamatorio), las hojas del ortigón del
monte (como antitusivo), la infusión de la doradilla (como
diurético), el aceite de las bayas del laurel (usado para emplastos y
linimentos) o el sabugo (utilizado como purgante, antiinflamatorio y
cicatrizante, según la parte de la planta que se elija).
Estos
bosques ocupaban en Tenerife durante la época de los aborígenes guanches toda
la vertiente norte de la isla a lo largo de un continuo vegetal que iba desde
Teno hasta Anaga. Hoy, sin embargo, se ven reducidos al Monte de Las Mercedes,
las áreas de Taganana y Chinobre (en Anaga), y el Monte del Agua (en Los
Silos). Subsisten también en La Gomera, El Hierro y La Palma, pero han
desaparecido prácticamente de la isla de Gran Canaria, llevándose con ellos
parte de la riqueza ecológica canaria y de las raíces culturales aborígenes y
campesinas. Los mejores bosques actuales de hoja de laurel son los que ocupan
el centro de la isla de La Gomera, alrededor de la cima que presenció el
sacrificio legendario de la princesa gomera Gara y el príncipe guanche Jonay.
Según la crónica mitológica, Jonay cruzaba diariamente el espacio marino que
separa las dos islas de Tenerife y Gomera para ir a ver a su amada Garay. Para
ello utilizaba una piel de cabra inflada de aire a modo de flotador (otro uso
sin duda singular de productos procedentes de la biodiversidad). Como suele
ocurrir en estas desgraciadas historias, su amor atentaba contra algún
sacrosanto principio establecido, por lo que, siguiendo la leyenda, ambos
amantes tuvieron finalmente que suicidarse juntos, tras una larga persecución
por los fanáticos de sus poblados y al quedar atrapados, sin posible
escapatoria, en la más alta cima de la isla canaria, que hoy lleva sus nombres
unidos (lo que no dejó unir el hombre, unió la topografía, cabría decir
en este caso). También para el último acto que acabó con sus vidas y los
transportó a la leyenda, Jonay y Gara utilizaron otro producto de la
biodiversidad: una afilada rama de brezo.
Desde
1981, Garajonay forma parte de la Red de Parques Nacionales españoles, y desde
1986 es considerada parte del Patrimonio Mundial por declaración de la UNESCO.
También
algunos activistas canarios, con el conocido ecologista canario Paco Barreda en
primera fila, han tratado de dotar al área de Anaga en Tenerife (el último
refugio importante de los bosques de laurel tinerfeños) de un régimen de
protección y gestión adecuado a sus múltiples valores, pero aquí la historia ha
tenido mucho de oscilante, con avances y retrocesos permanentes que ponen en
evidencia la existencia de numerosos conflictos de intereses.
Hoy
día, sin duda, Garajonay constituye uno de los principales atractivos
turísticos de la isla de La Gomera, lo que puede ser indicador de la
importancia del valor económico que conlleva la conservación de los bosques de
hoja de laurel. En algún momento anterior a que el flujo turístico fuera el
motor económico gomero, ese valor habría sido catalogado por los economistas
ambientales como un valor de opción. Su desaparición, sin embargo, no
habría sido posible medirla a través de la consecuente pérdida de interés
turístico de la isla; algo que está ocurriendo sin duda en aquellos lugares
donde se hizo desaparecer el bosque laurifolio canario. Sin embargo, el valor
indudable que los bosques de laurel han tenido -y aún tienen, en algunos casos-
como valores de uso directo para las poblaciones locales campesinas (y
anteriormente los aborígenes gomeros) no se vio suficientemente recogido entre
las consideraciones que más influyeron en la toma de decisiones pasadas, razón
por la cual hoy ha desaparecido una parte sustancial de aquellos bosques.
Si
en Canarias se ha iniciado un proceso de conservación de los últimos bosques de
laurel (y otros sistemas naturales insulares), ha sido motivado en gran medida
por su relación con el turismo y su capacidad de dinamización económica. Sin
embargo, por encima de estos valores, hay otros aún más importantes, que son
los que aseguran la viabilidad ecológica y humana de los medios canarios,
plasmadas tanto en valores de uso como culturales, los servicios ecológicos en
forma de agua potable, la estabilidad climática, la formación y sujeción de
suelos, etc. La consideración de estos valores intrínsecos empieza también a
ser exigida por muchos como uno de los factores esenciales en la toma de
decisiones de la actuación sobre el medio. La valoración real de estos bosques
de hojas de laurel no podrá nunca ser verdaderamente estimada en términos tan
simples como los que puede representar una cifra de monedas de cualquier tipo.
Y desde luego no desde la perspectiva de tener que asentar exclusivamente a
partir de dicha cifra una decisión fundamental para el futuro del ecosistema
canario en el que se inscriben sus propios habitantes. Afortunadamente nuevos
enfoques están siendo propuestos en la nueva y esperanzadora orientación del
enfoque de la sostenibilidad[196].
PARQUES NACIONALES
Otro valor de la conservación
Si
un espacio natural protegido ha sido particularmente publicitado en el mundo,
es, sin duda, el Parque Nacional Yellowstone en los Estados Unidos. Además de
por las conocidas andanzas animadas del Oso Yogui y su balbuceante amigo Boo
Boo, Yellowstone goza del prestigio de haber sido el primer Parque Nacional
declarado en el mundo, allá por 1872. Con él se inauguraba una nueva forma de
preservar algunos medios naturales que la revolución industrial y la creciente
ocupación urbana e industrial del territorio amenazaban con hacer desaparecer.
El
movimiento de protección de la naturaleza se ha extendido por el mundo
diseminando la idea de conservar, bajo unos criterios de preservación y gestión
acorde, los espacios naturales más impresionantes del planeta. Junto a esta
idea, loable sin duda, viajaban unos criterios definidos sobre lo que era más
valioso. Esos criterios se identificaban a menudo con la presencia de paisajes
propios de los grandes espacios montañosos o con los lugares donde la vida
silvestre era más visiblemente espectacular. Junto a los grandes picos y
cordilleras, elogiados por alpinistas y montañeros, se fue también extendiendo
a través de los relatos de los grandes viajeros y exploradores la idea de
preservar lugares como las extensas llanuras africanas, pletóricas de manadas de
grandes rumiantes y feroces predadores, orladas por aquellos rosarios de
lagunas salinas que permitían la congregación de miríadas de aves acuáticas
presididas por los flamencos.
En
el caso de Europa, los espacios que gozaron del favor inicial de esta nueva
concepción de la protección de la naturaleza fueron los reductos montañosos de
las grandes cadenas alpinas, donde el tiempo geológico no había logrado limar
aún las agudas aristas ni suavizar los orgullosos perfiles de los picos.
En
un continente que había perdido en gran parte su carácter originalmente
silvestre, las áreas de montaña mantenían aún un poco de aquél. Suiza fue el
primer país europeo que inauguró, con la declaración del Schweizerischer en
1914, la nueva fórmula de conservación en el continente. Lamentablemente, Suiza
se quedó ahí y nunca más declaró un nuevo parque nacional.
España
no tardó en seguir el camino de la declaración de espacios protegidos, con la
promulgación en 1916 de la Ley de Parques Nacionales. Dos años después se
declararon los dos primeros en los dos paisajes montañosos más genuinamente
"alpinos" de la Península: la Montaña de Covadonga, en los
Picos de Europa (con ribetes mítico-religiosos añadidos), y el Valle de Ordesa,
en Los Pirineos.
La
burguesía ilustrada de la época (en un país que ha mostrado escasos períodos de
ilustración en sus clases dirigentes) supo en aquellos momentos enlazar con
aquel incipiente movimiento a favor de la preservación de los paisajes "nacionales",
aun cuando el sesgo en la valoración de estos hiciera decantar toda la
admiración hacia un tipo específico, desatendiendo la conservación de lo que,
en realidad, constituye la mayor parte de los medios naturales españoles.
Han
tenido que pasar 8 décadas para que, finalmente, se haya producido en Cabañeros
(un espacio, por cierto, que estuvo a punto de convertirse en el campo de tiro
aéreo de la OTAN) la declaración del primer Parque Nacional de bosque y
matorral mediterráneo de España[197].
En
los años ochenta se produjo en España una importante actividad en el campo de
la declaración de espacios protegidos, coincidente con la asunción de
competencias en este terreno por las Comunidades Autónomas. Aunque muchas de
las declaraciones no han sido seguidas por la habilitación de los mecanismos e
instrumentos básicos de gestión y seguimiento que necesitan este tipo de
espacios, sí son demostración de la percepción por parte de los poderes
políticos de una demanda social a favor de la conservación de la naturaleza.
Andalucía fue la pionera en dar una respuesta ambiciosa a esta demanda, con la
creación de la primera Agencia de Medio Ambiente de España (cuyo primer
director fue Tomás Azcárate, luego Presidente del Comité MAB de la UNESCO) y la
declaración de una parte representativa de su territorio como espacio protegido[198],
aunque siga estando pendiente dotar a la totalidad de los espacios declarados
de suficientes instrumentos, medios y capacidad de gestión para cumplir sus
objetivos.
Sobre
el sentir de los ilustrados defensores de la protección de la naturaleza
durante la segunda década del siglo nos puede dar una idea la cita siguiente,
recogida del Decreto-Ley que creó el Parque Nacional de Ordesa:
"...si
los montes y valles conservan el aspecto peculiar de la Patria, en su primitivo
estado natural."
Hoy
día, este sentir puede parecernos deliciosamente romántico, aunque bastante
necesitado de correcciones y complementos. De todos modos, seguiremos admirando
el espíritu original de los pioneros conservacionistas norteamericanos y de la
Liga Suiza para la Protección de la Naturaleza que impulsó aquel primer Parque
europeo, así como el de sus sucesores en cada país en que se produjo el influjo
de las ideas conservacionistas.
Desde
la óptica de algunos, la declaración de aquellos primeros parques nacionales
respondía a una fase de romanticismo naturalista de la que todavía no nos hemos
librado totalmente. En el fondo, esta visión percibe la conservación de
espacios naturales como un cierto obstáculo para el desarrollo económico,
tolerable sólo cuando queda reducido a su justa medida: unos pocos y muy
elegidos lugares. Otros advierten en esta tendencia, iniciada a finales del
siglo pasado, una capacidad potencial para subirse al tren de la modernidad
económica, y hacen hincapié en los importantes montos económicos que el turismo
ligado a los espacios naturales anda ya moviendo en el mundo. De hecho, hay
países, como Costa Rica o Kenia, en los que los ingresos por este motivo se
sitúan en el primer lugar de la economía nacional. En Costa Rica, por ejemplo,
frente a los doce millones de dólares invertidos anualmente en el mantenimiento
de los parques naturales, los ingresos producidos por el total de visitantes,
de los que una gran parte acuden atraídos por la naturaleza de este pequeño
país centroamericano, ascienden a 330 millones de dólares, es decir, casi 30
veces más; tal como recoge el presidente del Grupo de Trabajo de la Comisión de
Parques de la UICN, Lee Thomas[199].
Hay
casos que nos advierten de que el valor, incluso económico en el sentido más
"monetario" posible, puede surgir de los aspectos más insospechados,
desorientando al más estricto de los economistas al uso. La única idea válida
que queda entonces para abordar la relación entre ecosistemas y valor sería
aquella expresada en la frase, usada en otros ámbitos y con un sentido que nada
tiene que ver con éste, de: "el valor se le supone".
Volvamos
ahora sobre nuestros pasos y retornaremos al primer Parque Nacional del mundo:
Yellowstone, en Wyoming.
YELLOWSTONE: TIERRA DE BACTERIAS
Aún más sobre el valor de la conservación.
Si
tuviéramos que confeccionar un catálogo de los valores naturales de
Yellowstone, con la idea de destacar aquéllos que más relación tienen con la
generación de recursos económicos en cualquier sentido, pensaríamos sin duda en
los 170 a 350 osos grises (Ursus arctos horribilis, los famosos "grizzly")
existentes en el parque, también en los bisontes (Bison bison) herederos
de aquellos "búfalos" a los que los pioneros fueron
aniquilando según avanzaban por los antiguos territorios indígenas;
probablemente también incluiríamos los impresionantes paisajes ligados al cañón
del río o, con toda certeza, los más de doscientos géiseres que jalonan el
parque; incluso podríamos llegar a considerar los diferentes tipos de
vegetación que se reparten por el amplio rango de altitudes que determinan los
14 complejos montañosos de la zona. Pero si alguien nos sugiriera que incluyéramos
a los microbios de Yellowstone en la lista, lo tomaríamos por un humorista o
por un loco. Desde luego pocos apostarían por el interés económico de unos
cuantos microorganismos que se refugian al calor hirviente de los admirables géiseres
del Parque. ¡Nadie se acerca a Wyoming (salvo tal vez algún microbiólogo, pero
éstos no abundan) atraído por las bacterias invisibles!, sin embargo, la
anterior lista de valores naturales (que cualquiera hubiera aceptado)
constituye, sin duda, el centro de los reclamos turísticos que atrae a los
visitantes y moviliza importantes capitales hacia la zona.
Pero,
entre los pocos que sí incluirían las bacterias en su lista estarían los altos
ejecutivos de la Cetus Corporation, una importante compañía que tiene su
sede en California. Su extraña apuesta estaría bien apoyada en la ganancia de
al menos trescientos millones de dólares (más de 35.000 millones de pesetas)
que esta empresa cobró en 1991 por la venta a la Hoffmann-La Roche de sus
derechos de patente sobre la denominada técnica PCR de replicación de
secuencias de ADN. Veamos la historia.
Los
geiseres de Yellowstone, que tienen nombres tan curiosos como Architectural,
Viejo Fiel o Steamboat, son manifestaciones volcánicas muy
espectaculares. Consisten en surtidores naturales que lanzan de forma
intermitente chorros de agua a alta temperatura mezclada con vapores
sulfurosos. Su presencia en Yellowstone es una evidencia más de la fracturación
del subsuelo del Parque, que permite la conexión entre la superficie y las
zonas más profundas y calientes. El calentamiento de las aguas subterráneas que
circulan por entre las fisuras las lleva hasta su temperatura de ebullición,
con la consiguiente aparición en superficie de los chorros intermitentes que
atraen el interés de los numerosos turistas del parque.
La
existencia en Yellowstone de ese alto número de fuentes hidrotermales fue lo
que llevó a Thomas Brock a estudiar los microorganismos existentes en sus aguas
hirvientes. En 1965 encontró una bacteria que vivía sin mayores problemas en
las aguas termales de Yellowstone hasta una temperatura de 82ºC, capaz de matar
a la mayor parte de los otros organismos. Como resulta habitual en la
investigación microbiológica de Estados Unidos, Brock depositó una muestra de
su microorganismo, al que denominó Thermus aquaticus, en la colección de
cultivos-tipo norteamericanos, donde pasaría unos tranquilos años sin mayores
contratiempos.
Bastantes
años más tarde, durante la década de los años ochenta, varias empresas del
campo de la ingeniería genética, andaban buscando la manera de reproducir a una
gran escala y en condiciones de laboratorio (lo que se denomina in vitro,
de forma bastante gráfica) un proceso genético vital para la reproducción de
los organismos: la replicación del ADN. Recordemos: el ADN, garante de la
herencia de la célula, ha de ser transmitido en su totalidad a cada una de las
células hijas durante el proceso de división celular. Para ello es preciso que,
antes, dicho ADN sea duplicado o "replicado". De eso se
encargan unas enzimas que reciben el nombre genérico de polimerasas y que, con
variaciones, existen en todas las células (en esto trabajó Kornberg).
La
reproducción artificial de este proceso permitiría hacer miles o millones de
copias a partir de un único fragmento de ADN, lo que tendría un interés
económico y científico muy elevado. De hecho, hoy, la técnica de reacción en
cadena de la polimerasa (PCR) se utiliza en campos tan diversos como la
investigación forense, el diagnóstico de enfermedades, el proyecto Genoma
Humano o las investigaciones biológicas y antropológicas. Ya vimos cómo con su
uso era posible averiguar la relación genética de los restos supuestos de la
reina Doña Blanca de Navarra, recomponer los manuscritos hallados en el Mar
Muerto e impresos sobre pellejos de animales u otras "proezas" por el
estilo.
Para
que las polimerasas puedan actuar reproduciendo los fragmentos de ADN, es
preciso que antes las dos ramas de la doble hélice molecular que modelizaron
por primera vez Watson y Crick se separen. El mejor método para ello es aportar
una gran cantidad de calor, naturalmente en condiciones extracelulares. Sin
embargo, existe un problema: el mismo calor que hace separarse las dos ramas
del ADN inutiliza a la polimerasa. Esta enzima, como sucede a la mayor parte de
las proteínas, se desnaturaliza a altas temperaturas; se desorganiza y pierde
sus funciones como sucede con las proteínas del huevo cuando éste se fríe.
En
busca de una solución a este problema, los investigadores de una de esas
compañías (la aludida Cetus Corporation), que entonces trabajaban también en
desarrollar las técnicas de diagnóstico de la anemia falciforme (aquella
enfermedad genética de la que ya hemos hablado en otra parte de este libro),
recurrieron al microorganismo depositado por Brock en el laboratorio de
cultivos-tipo casi dos décadas antes y que, al parecer, era capaz de vivir a
altas temperaturas en los difíciles medios hidrotermales del primer Parque
Nacional del mundo. A partir de ahí, la investigación bioquímica consiguió poner
a punto una técnica de replicación denominada reacción en cadena de
polimerasa (RCP, en inglés PCR) basada en la polimerasa que Thermus
aquaticus fabrica con el fin de duplicar su propio material genético a más
de 70ºC, entre los géiseres de Yellowstone.
Un
producto de la biodiversidad (implicando a los tres componentes: un gen
-la ADN polimerasa de Thermus aquaticus, conocida técnicamente como Taq-
de una especie que sobrevive en un determinado ecosistema) era
capaz de transformarse en una elevada y creciente factura de dólares a los ojos
de una compañía biotecnológica. Para ello, fue indispensable que unos
proteccionistas norteamericanos lograran asegurar la conservación de los géiseres
y de los ecosistemas de Yellowstone más de un siglo atrás, permitiendo la
perpetuación de los hábitat donde una minúscula bacteria consiguió desarrollar
los mecanismos biológicos necesarios para vivir cerca del punto de ebullición
del agua, y, entre ellos, fabricar la polimerasa que genera tan millonarios
rendimientos.
En
este caso, la protección de un espacio natural posibilitó la creación de una
fabulosa riqueza económica, además de los bienes sociales derivados de los usos
adecuados. Pero difícilmente nadie hasta los años ochenta hubiera sido capaz de
hacer una valoración económica acertada de lo que la destrucción de los géiseres
de Yellowstone hubiera supuesto en el caso de tener que realizar un análisis
coste-beneficio tradicional sobre una hipotética propuesta de, digamos,
construir una urbanización de lujo con calefacción térmica incluida y buenas
vistas (incluyendo la visita frecuente del simpático Oso Yogui y sus amigos)
sobre el territorio de Yellowstone.
(Por
cierto, nadie preguntó a la sufrida bacteria de las aguas calientes ni a los
defensores de Yellowstone -e, indirectamente, de las bacterias
termorresistentes- si estaban de acuerdo con que su polimerasa fuera
privatizada y patentada por una compañía de biotecnología. Pero ese punto ya lo
hemos visto en otro lugar)
LOS PRECIOS DE LA VIDA, A PESAR DE TODO
Más sobre Yellowstone
En
la Gran Región de Yellowstone que rodea a este Parque Nacional y el de
Gran Teton, e incluye tierras pertenecientes a tres Estados (Montana, Wyoming e
Idaho), los análisis monetarios indican que ha habido un crecimiento
considerable de la influencia positiva de los espacios protegidos en la
economía local. A pesar de ser una región de grandes valores en recursos
naturales extraíbles, en la actualidad el sector ligado a las actividades
recreativas en la naturaleza acapara el 83% de los empleos relacionados con los
bosques, por tan sólo un 11% de los derivados de usos extractivos, según los
datos del Servicio Forestal de Estados Unidos. Del mismo modo, las actividades
recreativas representan el 80% de los beneficios anuales obtenidos de los
medios forestales en la Gran Región, frente a sólo un 5% procedente de la
comercialización de la madera extraída.
Por
otra parte, los servicios locales, relacionados con el sector del recreo y el
turismo de naturaleza, constituyen la mayor parte del crecimiento económico en
una zona no precisamente deprimida: el empleo ligado a este sector creció desde
el 53% en 1969, hasta el 62% en 1987, reemplazando empleos de otros sectores en
tasas de casi dos por uno. Los ingresos derivados de las exportaciones de la
región en los sectores agrario, de minería y manufacturas decayeron desde los
años finales de la década de los 70, mientras se producía un constante
crecimiento de los otros sectores económicos no extractivos, fundamentalmente
relacionados con el recreo, el ocio y la naturaleza, para los que son
indispensables las políticas de conservación, como ha demostrado el economista
de la Universidad de Montana Thomas Michael Power[200].
Sin duda, la economía actual del Área del Gran Yellowstone, en los términos
económicos más ortodoxos que puedan exigirse, gira en torno a los usos no
extractivos ligados al disfrute y la conservación de la naturaleza en la zona.
Por tanto, su conservación, además de posibilitar una de las mejores calidades
ambientales de vida, lejos de poder considerarse un freno a la economía,
representa su principal sostén.
No
es el único caso. Según datos manejados por la Comisión de Parques de la UICN,
las actividades ligadas a medios naturales en Canadá mueven una cantidad de
6.500 millones de dólares al año y mantienen unos 160.000 puestos de trabajo en
este país norteamericano; mientras Australia ingresa 2.000 millones de dólares
anuales de sus parques nacionales[201].
Tampoco es un caso exclusivo de países ricos: en la pobre Nicaragua, Nestor
Windevoxhel, de la Oficina Regional de la UICN calculó en un millón y medio de
dólares los beneficios netos totales que dejaría la utilización turística
dentro de un modelo de desarrollo sostenible de los manglares de los Héroes y
Mártires de Veracruz en la costa del Pacífico[202];
del lado de la explotación sostenible del manglar, compatible con su
conservación, el cálculo alcanzaba en el estudio de 1992 casi 11 millones de
dólares frente a los menos de 6 que se obtienen ahora de su destrucción que es obviamente insostenible (en 1990 se
llegaron a perder 397 hectáreas del manglar de la zona, quedando unas 8.700
hectáreas).
En
muchos casos, los cálculos se han dirigido a estimar el valor económico (con
todas las limitaciones de éste) de lo perdido y que no se ve reflejado en las
contabilidades nacionales. Así, según recoge el economista del WWF
internacional, Fulai Sheng[203],
China habría perdido tan sólo en 1988 alrededor de mil millones de dólares con
la deforestación de sus bosques, y Costa Rica en el período de 1970 a 1989
habría perdido una cantidad cuatro veces mayor debido a la pérdida de suelos,
pesca y bosques, según conocido trabajo desarrollado por el Instituto de
Recursos Mundiales.
CURIOSIDAD NADA BALADÍ: HAY UN NORTE Y HAY UN SUR
Relación entre lo que se reserva el Norte económico y lo que queda
para el Sur.
En
El Sur también existe (un excelente disco del cantante Joan Manuel
Serrat sobre textos de Mario Benedetti) se oía decir al poeta uruguayo por boca
del cantante catalán:
con
sus llaves del reino
el
norte es el que ordena
pero
aquí abajo abajo
el
hambre disponible
recurre
al fruto amargo
de
lo que otros deciden
con
su esperanza dura
el
sur también existe
A
veces pareciera que, efectivamente, hay que recordar al Norte que el Sur
también existe. Pero no es menos cierto que, cuando tiene interés, el Norte se
acuerda de la existencia del Sur sin más ayudas.
Claro
que hay que precisar que Norte y Sur son algo más que meros criterios
geográficos. Han pasado a ser descriptores socioeconómicos: es Sur el
desheredado, el que no tiene voz, el pobre, el que es olvidado, el
subdesarrollado; es Norte el poderoso, el avanzado, el que decide, el
desarrollado. Por eso, hay Norte en el Norte geográfico, pero también en el Sur
del planeta, y viceversa. Son Norte, en este particular sentido, la mayor parte
de las clases dirigentes de los países del Sur, como resultan ser Sur los
pobres de las opulentas sociedades del Norte. Posiblemente sea una mala
terminología, pero ha hecho fortuna y constituye una forma de denominación
frecuentemente manejada.
Admitámosla
y advertiremos que mientras que la capacidad de decisión, el control, la
tecnología y la industria, se encuentran instaladas en ese Norte genérico, en
el Sur se ubican otras cosas, cuyo valor impone el Norte. Ya vimos que en la
asignación tan particular del valor de cambio, también hay algunos aspectos no
exclusivamente arbitrarios. Algo no demasiado fácil de cuantificar en dinero,
como es la diversidad de la vida, puede de repente cobrar un inusitado interés
comercial y valorarse en dólares, yenes o marcos. Así, los ecosistemas
tropicales han adquirido un repentino interés para algunas compañías a través
de sus plantas tropicales, los hongos de sus bosques umbríos ecuatoriales o las
peligrosas serpientes de las selvas. La razón estriba en que hay una potencial
fuente de suculentas ganancias en la capacidad genética de estos organismos
para fabricar compuestos químicos complejos. Lo que antes carecía de valor y
era, aún más, un impedimento al progreso y al desarrollo económico pasa a
constituir un laboratorio valioso para extraer remedios comercializables en un
mercado sanitario de cuantiosos beneficios.
Es
entonces cuando el olvidado Sur es recordado por el Norte. Los obstáculos al
desarrollo económico se convierten ahora en recursos convertibles en pingües
negocios y toda la escala de valores se trastoca sin que casi nadie pierda la
compostura.
La
empresa Hoechst, conocida por ser una de las principales productoras de los
famosos CFC destructores de la capa de ozono, se anunciaba hace poco sin rubor
en la prensa diaria bajo una hermosa foto del interior de un bosque tropical
con un lema que explicaba: "Aquí vive la Bothrops jararaca". A
continuación, se aclaraba que del veneno de esa serpiente brasileña la compañía
obtiene unos albuminoides capaces de potenciar la acción hormonal de la
bradicinina, un compuesto que reduce la tensión arterial y abre esperanzadoras
perspectivas para el tratamiento de las enfermedades cardiocirculatorias. Nada
se deduce en el anuncio de que los importantes avances médicos que se obtienen
del veneno de la serpiente brasileña repercutan en beneficios reales para el hábitat
de esta o para los indígenas que quizás lo compartan. Tampoco parece que la
exposición humanitaria del anuncio de Hoechst, en donde se explica “como, a
partir de los fenómenos químicos presentes en la naturaleza y de los
conocimientos que de ellos se adquieren, podemos salvar vidas humanas",
constituya una garantía de que se piense en repartir mínimamente tales
beneficios en una forma algo equitativa entre quienes de verdad los necesiten.
Sin
menospreciar la importancia para la humanidad de este tipo de avances
científicos, no hay que olvidar que son realizados precisamente bajo la base de
un sistema que ha demostrado no ser capaz en absoluto de mejorar el reparto de
beneficios alcanzados de una forma equitativa y ética; aún más: no estar
interesado en ello. Las mismas corporaciones que se anuncian a sus potenciales
clientes bajo tan ecológicos como humanitarios lemas propagandísticos,
presionan luego con fuerza en la exigencia de seguir privatizando los
beneficios del uso de unos productos que proceden de la propia diversidad de la
vida y que, a menudo (como vimos en otro lugar), son identificados utilizando a
las propias comunidades locales e indígenas, que no son invitadas luego al
reparto de la tarta (y tienen suerte si no son expulsadas de sus alrededores).
En todo este asunto es difícil guiarse entre el caos generado por las mismas
voces que dicen cosas opuestas en función del foro y del auditorio, de forma
que lo que es pregonado ante un foro público como un motivo humanitario y una
conquista de la humanidad, pasa a constituir un derecho inalienable de la
compañía en una negociación de pasillo. Empieza a no saberse qué defiende cada
cual y qué oculta cada quién, en un juego que a algunos parece tan propio de
nuestro siglo como asegura el desgarrado y magnífico tango de Enrique Santos
Discépolo[204]:
Pero
que el siglo veinte
es
un despliegue de maldad insolente
ya
no hay quien lo niegue.
Vivimos
todos revolcaos en un merengue
y
en un mismo lodo todos manoseaos
¿Cambiará
la cosa con el inminente cambio de siglo?
PROPIETARIOS Y PRECIOS
Nuevos valores que tienen precio e inmediato propietario
En
1991 se estimó que en el mundo rico alrededor de una cuarta parte de las
medicinas usadas se basan en el uso de plantas y sus derivados, mientras que la
cifra superaría las tres cuartas partes en el caso del mundo pobre[205].
El valor de la factura monetaria en el primer caso es exorbitante; muy pequeña,
sin embargo, en el segundo. Lo que ocurre es que en el mundo rico la conversión
a dinero de casi cualquier uso es algo más automática e inmediata (aunque pueda
ser irreal), mientras que en el pobre no. La mayor parte del uso real de los
productos medicinales obtenidos directamente de las plantas no pasan, en los
países pobres, por el "mercado" ni los detecta la contabilidad
nacional ni aparecen en el capítulo de "haberes" de las grandes
multinacionales farmacéuticas del mundo. Por ello, no es de extrañar que se
haga mayor hincapié en valorar -en todos los sentidos del término- la parte de
la medicina que sí produce beneficios económicos a la poderosa industria
farmacéutica. Un importante número de estudios se han dirigido a poner de
manifiesto la trascendental importancia de la biodiversidad en proveer de
principios básicos a diversos sectores económicos, entre ellos y
destacadamente, la medicina. Si se analiza la factura total que puede alcanzar
el comercio de productos farmacéuticos en el mundo desarrollado puede
encontrarse un impresionante volumen de dinero ligado a la explotación de la
biodiversidad vegetal. Por eso, la imagen de la biodiversidad (sobre todo la
ligada a los medios tropicales) ha llegado a formar parte de la publicidad de
las compañías farmacéuticas como veíamos antes, aprovechando la creciente
preocupación de la ciudadanía por la conservación de la vida silvestre. Sin
embargo, ese interés publicitario no ha pasado aún en casi ningún caso del
nivel del "aprovechamiento oportunista" para la venta de los
productos o la consolidación de la imagen de marca. Aún no hay una traducción
en inversiones concretas de la industria farmacéutica para la conservación de
los ecosistemas que más contribuyen a sus importantes beneficios económicos, ni
a quienes han sido garantes de su conservación y, a menudo, revelación. Algunas
iniciativas, como la recogida en el convenio privado firmado entre la gran
compañía farmacéutica Merck y la institución privada INBIO de Costa Rica
(presentada por sus valedores como uno de los mayores logros en la conservación
de la biodiversidad ligada a su utilización en biotecnologías[206]),
reporta algunos beneficios económicos a la conservación de la biodiversidad,
aunque, para algunos, el asunto es tan descompensado que un prestigioso
economista comentó al respecto: "que barato se venden los pobres"[207].
Este caso, además, ha sido cuestionado seriamente con la aplicación de los
principios del Convenio de Biodiversidad a la redacción de un reciente y
debatido proyecto de Ley de Biodiversidad en el país centroamericano. De hecho,
aunque el Convenio otorga la soberanía sobre la diversidad biológica a los
Estados, en este caso quien "vende" a la multinacional farmacéutica
es una institución privada.
Ya
en 1993, el Instituto de Recursos Mundiales de USA, El Instituto Nacional de
Biodiversidad de Costa Rica, la Alianza del Bosque Húmedo de USA y el Centro
Africano para Estudios de Tecnología de Kenia, recogían en un libro[208]
las 21 Compañías más activas en la prospección y recolección de plantas y
productos naturales. Entre ellas están CIBA-GEIGY, que trabaja utilizando como
colectores a la Academia China de las Ciencias o el Instituto Oceanográfico
Harbor Branch; Merck & Co, trabajando con materiales recolectados por el
INBIO, el Jardín Botánico de Nueva York o MYCOsearch; Monsanto, que recibe
productos del Jardín Botánico de Missouri, etc. En 1990 la estimación de las
ventas comerciales de los fármacos basados en productos vegetales alcanzaba los
15.500 millones de dólares sólo en Estados Unidos, mientras que en el conjunto
del mundo más industrializado (USA, Japón, Australia, Canadá y Europa
Occidental) superaría ya en 1985 los 43.000 millones de dólares. Pero ¿cuánto
de ello repercute en las comunidades que velan por los medios de donde sale
tanta biodiversidad benéfica?
Para
responder a esa pregunta podemos recurrir a otro caso que relata Vicky Reyes[209]
a propósito de una de las pocas compañías farmacéuticas que sí reconocen, al
menos, la necesidad de pagar en términos de "reciprocidad" la
deuda contraída con las comunidades indígenas que les facilitan información
fundamental para su "bioprospección". Se trata de la compañía Shaman
Pharmaceuticals que actúa en el campo de la bioprospección de plantas desde
1989 en Africa, Asia y Sudamérica a través de una red de colectores que
utilizan los conocimientos de los indígenas y procuraban una media en 1992 de unas
200 muestras comerciales al año, fundamentalmente de productos analgésicos,
antivirales y antifúngicos. El caso referido por Reyes tiene lugar en la
comunidad de Jatún Molino, formada por quichuas ecuatorianos, quienes facilitan
la valiosa información de su cultura étnica sobre las plantas medicinales
locales, lo que sirve a la compañía para orientar sus trabajos en forma
decisiva. Los términos de la "reciprocidad" (cuya necesidad
dice reconocer la compañía) consistieron en este caso en unos 3.000 dólares
totales aportados por la empresa a la comunidad indígena; en ellos se incluyen
algunos salarios modestos para los que trabajaban en actividades de recolección
(pero éso no parece ser reciprocidad, sino en todo caso un mero pago por un
trabajo, como señala adecuadamente Reyes), así como la ampliación de un campo
de tierra cercano que sirve de aeropuerto (que era necesario también para que
llegaran los técnicos de Shaman), la compra de una vaca para alimentar a la
comunidad (y al equipo de la empresa), un botiquín y visitas médicas
semestrales a la comunidad. Desde luego, una reciprocidad que es, cuando menos,
cuestionable.
En
otro caso también peruano recogido por la misma autora, la Empresa
Liofilizadora del Pacífico espera realizar ventas por valor de unos 25 millones
de dólares al año gracias a la comercialización de las lianas llamadas Uña de
Gato (Uncaria tomentosa). Paralelamente, tenía previsto destinar tan
sólo 60.000 dólares (un 2,4 por mil) para las comunidades ashaninkas del lugar,
aunque hay que decir que ni siquiera era como propiedad intelectual, sino en
concepto de cultivo de la planta.
Lo
que sí ha crecido a una velocidad inusitada es la preocupación por integrar la apropiación
de la biodiversidad (su utilización, se entiende) en los mecanismos de los
derechos de propiedad intelectuales, controlados por las compañías. Las altas
cifras económicas que, como hemos advertido antes, se manejan en torno al uso
de la biodiversidad por parte de algunos sectores industriales (especialmente
el de la producción de medicamentos, pero no solo), hacen que no se haya
tardado mucho en desarrollar las presiones necesarias para conseguir que las
reglas del juego incluyan la posibilidad de apropiarse de los beneficios del
uso de la biodiversidad mediante los derechos de propiedad intelectual.
Manuel
Illescas, experto español que formó parte de la delegación española en la
negociación del Convenio en representación de la Oficina de Patentes y Marcas
del Ministerio de Comercio, explicaba que "una patente es definida
generalmente como el contrato entre un inventor y la sociedad, en la que cada
parte debe atender a ciertos requisitos. La sociedad debe garantizar al
inventor el monopolio en la explotación de la invención. Esta es la esencia del
Derecho de Propiedad Intelectual. El inventor, por otra parte, debe revelar su
invención. Esto contribuye al crecimiento del conocimiento técnico común[210]". Según ésto, cabría esperar que el tema de los
derechos de propiedad intelectual se pudiera aplicar sólo a los "inventos"
realizados en relación a los recursos biológicos. En el campo de las
biotecnologías, ésto ya de por sí exigiría no pocas precisiones y limitaciones
en el rango de aplicabilidad y en la plasmación de la idea de "inventos
originales". Sin embargo, la situación se ha desbordado de forma
extraordinaria: actualmente están reconocidas por Estados Unidos de América
patentes sobre líneas celulares de miembros de diversas etnias, como la tribu
Hagahai de Papúa-Nueva Guinea y la etnia Ngobe de Panamá (del que ya hablamos
en otro lugar), mientras que algunas compañías han comenzado una auténtica "caza
y patente de genes" humanos, animales o vegetales, como si se hubiera
abierto alguna veda. Esto ha motivado la formulación de algunas consultas ante
la Corte Internacional de Justicia, principalmente acerca de la patentabilidad
del material genético humano, pero los hechos consumados van mucho más deprisa
que las reflexiones éticas o la clarificación jurídica.
De
hecho, en el seno de la Organización del Genoma Humano, que trabaja desde 1988
en el descifrado de los genes humanos, se debate la cuestión del patentado de
los genes humanos. Para algunos "genomistas" partidarios de
este patentado "libre", como Craig Venter[211],
presidente del Instituto de Investigación Genómica de Rockville en Maryland,
que ha comenzado a patentar secuencias de ADN humano y fue uno de los
desveladores de la secuencia de genes de "arqueón" (aquella
bacteria de las profundidades marinas que nos acompañó al principio de libro),
la cuestión está clara a favor del derecho de patente. Los argumentos aportados
por Venter en una entrevista publicada por el diario EL PAÍS en el marco
de la celebración del Congreso Internacional de la Organización del Genoma
Humano (HUGO), en Heiselberg (Alemania), son los siguientes:
"El
tema de patentar el material genético es muy importante y complicado. Su
prohibición daría lugar al secretismo. Algunos datos se ocultan por miedo a que
se rechace su registro. Y no se obtendrán nuevos diagnósticos y terapias sin
algún tipo de propiedad intelectual. Por lo general, las compañías, incluidas
la que yo fundé, tratan de patentar todo lo que sea posible. Lo mismo ocurre en
la industria farmacéutica. Es una medida de defensa, ya que no saben qué va a
ser importante. La única forma de obtener nuevos medicamentos en ausencia de la
propiedad intelectual sería que los financiara el Gobierno, lo que provocaría
una tremenda subida de impuestos. El actual sistema no es tan malo.[212]"
Ciertamente
la cuestión es compleja, pero se advierte que algunas de sus afirmaciones
pueden tener una extraña connotación de advertencia amenazadora si uno las
formula literalmente y variando tan sólo el tono de la dicción. Se trata de
toda una defensa del "status quo" por parte de quienes se
encuentran bien a gusto en él. Mientras tanto, el país más poderoso del
planeta, el mismo que impulsa el proyecto del Genoma Humano, y donde radican la
mayoría de las grandes compañías de biotecnología, se niega a ratificar el
Convenio sobre la Diversidad Biológica, ya casi en solitario. Lamentablemente,
sin dejar de reconocer la contundencia de los hechos y el peso de la realidad
de cómo funciona el entramado científico-industrial, tal vez sea también
interesante tratar de recabar la opinión de aquellos millones de personas que
se quedan francamente lejos tanto de la
modernidad de los avances científicos como del alcance de sus potenciales
beneficios, aunque algunas veces algunos de ellos sean objeto del interés repentino
de tales avances realizados para el "bien de la humanidad"
(eso sí, con patente industrial incluida).
Ya
en 1985 la Corte de Apelaciones de la Oficina de Patentes y Marcas de los
Estados Unidos de América aceptó el derecho de patente de los organismos
vegetales y en 1990 algo semejante sucedió en la Unión Europea. De hecho, las
patentes sobre procedimientos microbiológicos datan, en su reconocimiento
jurídico, de la Convención de Estrasburgo de 1963. El truco ha consistido en ir
ampliando la extensión de lo patentado desde "los procedimientos"
hasta "lo producido", incorporando en esto último a los nuevos
organismos, sus partes o sus genes. De esta forma, la patente de un invento
termina convirtiéndose en una forma de apropiación o privatización de la base
de la vida o de la vida misma. En ese caso: ¿dónde queda la idea de soberanía
estatal de los recursos biológicos que pregona el Convenio sobre la
Biodiversidad?, ¿qué queda para una necesaria bioética que constituya un marco
referencial para la ciencia y la tecnología de lo que es aceptable o no en la
apropiación de algo tan básico como la vida?, ¿qué debe hacer un individuo que
porta un gen que ha sido patentado por una industria o un consorcio científico?
Recientemente,
el Instituto Roslin de Edimburgo ha anunciado el éxito de un programa de
clonación que ha producido cinco ovejas genéticamente idénticas, lo que ha sido
proclamado por la prensa como el anuncio de una "revolución ganadera[213]".
Anteriormente, en 1994, la industria Calgene lanzó al mercado el primer tomate
transgénico del mundo y en 1995 la marca británica Zeneca ofreció latas de
salsa de tomate transgénico modificado para evitar la putrefacción del
producto. El camino abierto es el de la privatización de la vida y sus formas
utilizables por la humanidad. Inmediatamente, como ha sucedido en casos
similares, la línea abierta progresará hacia la monopolización de la vida y sus
usos por las compañías de mayor poder económico. No es algo novedoso, aunque sí
en su grado actual: es exactamente lo que se ha venido sucediendo en el marco
de la agricultura progresivamente industrializada.
Recientemente,
en el país económicamente más influyente de Europa, Alemania, se libra una
importante batalla entre los partidarios y contrarios de los productos
genéticamente modificados. Las secciones alemanas de Greenpeace y de Amigos de
la Tierra (Bund), junto a una organización de consumidores han comenzado en
septiembre de 1996 una fuerte campaña contra la soja genéticamente modificada
producida por la poderosa multinacional Monsanto. Según Greenpeace, hasta un
87% de los consumidores alemanes está dispuesto a rechazar estos productos
alterados genéticamente. La clave radica en que este tipo de datos pueden
llevar a las grandes compañías alimentarias (Nestlé, Unilever, Danone,..) a
rechazar el producto de Monsanto y en general los alimentos modificados en sus
genes. De ser así, la suma de voluntades pequeñas de los ciudadanos como
consumidores, habrán vencido la poderosa voluntad económica de empresas
multinacionales.
Ciertamente, los consumidores tienen motivos
para estar particularmente sensibilizados frente a alteraciones de cualquier
tipo en los alimentos. La interminable secuela del llamado mal de las "vacas
locas" inglesas, la encefalopatía espongiforme bovina ligada a las
alteraciones dietéticas del ganado y definitivamente vinculada con la
enfermedad de Creutsfeld Jakob humana, no deja de mostrar las consecuencias del
camino de artificialización y supeditación de la agroganadería a los intereses
exclusivos del beneficio económico.
Se
trata de un camino sin retorno fácil, ya que la dependencia se va haciendo
progresivamente mayor. Algo que, en una medida cualitativamente más acentuada y
grave, parece adivinarse tras las actuales presiones en defensa de las patentes
y los derechos de propiedad intelectual (industrial, habría que decir) sobre la
biodiversidad. Es mucho el dinero actualmente en juego y mucho más el que se
adivina para el futuro (junto al poder que ello representa), como para que la
lógica de lo existente sea puesta en cuestión. ¿no?.
La
ciencia y la técnica se enfrentan una vez más a la necesidad de supeditarse a
unos fines sociales éticos o abandonarse a las órdenes de los poderes
económicos. Un dilema cuya resolución calificará a la ciencia y técnica del
siglo XXI.
CIENCIA, ECONOMÍA Y POLÍTICA
Más sobre la toma de decisiones y los valores
Después
de lo visto es fácil entender que el debate del que antes hablábamos, entre una
forma de abordar la economía u otra, no es un problema exclusivamente académico
o científico, sino, más bien, un problema con fundamentales consecuencias
sociales y políticas. Estas consecuencias radican en el hecho de que la función
asignada a los sistemas políticos como "grandes sistemas de
transformación de las demandas sociales en decisiones políticas", se
ven recientemente asumidas por la ciencia económica en las sociedades actuales.
El criterio económico se convierte en el factor central de la toma de
decisiones. La dictadura del capital es un hecho incuestionable.
Por
eso, la forma de encarar la valoración económica, su consideración sobre los
criterios sociales, éticos y ambientales (la "internalización"
de éstos) son aspectos sustanciales que modificarán la toma de decisiones
final. Los economistas y los biólogos del comportamiento a menudo han hecho uso
de sistemas que permiten "formalizar" los mecanismos de toma
de decisiones ante disyuntivas que contienen un alto grado de incertidumbre.
Alguna de estas formas de "sistematizar" la toma de decisiones
tiene que ver con el desarrollo de lo que se ha denominado la teoría de
juegos, que ya comentamos de pasada cuando asistíamos al advenimiento de la
idea de sistemas. Utilizando las ideas de la teoría de juegos, basada en la
posibilidad de valorar distintos escenarios posibles en relación a diferentes
posturas o actuaciones por adoptar, la Directora del Centro para la Negociación
Política, Joy Bartholomew, sugirió el enfoque que veremos a continuación y que
permite, de forma muy simplificada, representar lo que está en juego y
facilitar una posición al respecto[214].
Como colofón a nuestra visión de la conservación y el uso de la biodiversidad,
es una elegante forma de plantear la necesidad de progresar hacia un modelo más
amplio y ambicioso llamado "sostenibilidad" en donde podamos
encontrar nuestro futuro, junto al mantenimiento de la actual diversidad
biológica mundial.
EL JUEGO DE LA DOCTORA BARTHOLOMEW
Jugar a no perder es mejor que jugar a ganar
Analicemos
racionalmente el siguiente juego que propone Joy Bartholomew: Supongamos que
hemos de tomar la decisión de seguir una de las dos políticas propuestas y
enfrentadas en el tema de cómo debemos actuar ante el problema ambiental
mundial. La primera opción (que podríamos llamar, siguiendo a Bartholomew, la
de los "optimistas tecnológicos") supone que el crecimiento
económico es consustancial al progreso: hay que apostar por él. Se parte de la
idea de que los problemas de la energía, el uso de los recursos (su
agotamiento) y la acumulación de los residuos (la contaminación), se
solucionarán en el futuro a través de la creación y el uso inteligente de
nuevas tecnologías (obsérvese que siempre estamos debatiendo entre opciones
preocupadas por el medio ambiente, pues se trata de opciones racionales e
"informadas" no de posiciones mezquinas de interés puramente
espurio).
Esta
primera postura exige desarrollar tecnologías enfocadas a la solución de los
problemas ambientales y admite muchas de las líneas de desarrollo de la
economía ambiental que buscan integrar la variable ambiental en la toma de
decisiones de la economía, aunque sin variar sustancialmente las bases (lo que
llamamos "núcleo duro") del modelo.
La
segunda postura es la de los que llamaremos los "escépticos
tecnológicos". Éstos opinan que la tecnología no puede burlar los
límites de las leyes físicas y del sistema ecológico, es decir, no puede
resolver lo que son problemas derivados del mal uso de un sistema limitado, no
creciente y materialmente cerrado (la Tierra). Para ellos, de acuerdo con su
punto de partida, el crecimiento es insostenible, por lo que ha de cesar en
algún momento. La única solución es cambiar de objetivos y sustituir la idea de
un progreso basado en el crecimiento (de la producción, del consumo...) por la
de un desarrollo cualitativo de las potencialidades y ecológicamente
sostenible.
En
palabras de Joy Bartholomew: "los optimistas arguyen que, a menos que
creamos en la posibilidad de un futuro optimista y actuemos en consecuencia,
éste nunca se logrará. Los escépticos aseguran que los optimistas traerán la
decadencia más temprano, al consumir los recursos demasiado aprisa, y que para
"sostener" la biosfera deberíamos empezar inmediatamente a conservar
los recursos".
Dos
posturas, pues, irreconciliables: ¿qué hacer?
El
grado de incertidumbre es alto y el nivel de riesgo también. Bartholomew nos
propone, para salir del paso, aplicar una muy simplificada técnica de teoría de
juegos: la llamada "matriz de ganancias". Hay que construir
una matriz en la que, por un lado, hay una entrada para cada una de las dos
políticas alternativas ("optimistas tecnológicos" y "escépticos
tecnológicos"). Podemos situar esta entrada como filas, es decir, cada
política alternativa servirá de entrada a una fila de la matriz. La otra
entrada de la matriz, representada por las columnas, representa el
comportamiento real del mundo. se trata de algo que no conocemos, pero que
podemos resumir en dos tipos de respuestas: el primero es el que manejan los
optimistas tecnológicos como base argumental de su modelo, es decir, los
problemas ambientales se resolverán mediante la tecnología. El mundo, en esta
primera columna, se comportaría como predicen los optimistas. La segunda
columna representa la hipotética situación que suponen los escépticos: los problemas
ambientales tienen que ver con la finitud y los límites del sistema Tierra, por
lo que no se pueden solucionar a base de más crecimiento y más tecnología.
Ya
podemos construir nuestra sencilla "matriz de ganancias":
|
MATRIZ DE GANANCIAS |
Comportamiento real del mundo |
||
|
Los optimistas tienen razón |
Los escépticos tienen razón |
||
|
Política a aplicar |
La de los optimistas |
A |
B |
|
la de los pesimistas |
C |
D |
|
Para
tener una idea de lo que habrá dentro de cada una de las cuatro celdas hemos de
confrontar lo que supone cada fila (la política a aplicar que le corresponde)
en el marco de cada columna (la situación de comportamiento real del mundo que
le corresponde). Veamos:
La
primera celda, que hemos llamado A, ocurre cuando optamos por la política que
preconizan los optimistas tecnológicos en un mundo que se va a comportar como
ellos mismos predicen. El "escenario" es positivo, pues las
"ganancias" son altas. La estrategia ha funcionado en el
pasado produciendo beneficios económicos; según las hipótesis de la celda lo
seguirá haciendo en el futuro (el modelo no entra en cuestiones de otro tipo,
como el reparto de los beneficios o similares; solamente analiza la adecuación
en un ambiente de incertidumbre entre optar por una alternativa u otra respecto
al problema ambiental).
La
segunda celda, que llamaremos B, se produce también cuando aplicamos la
política de crecimiento preconizada por los optimistas, pero ahora el mundo se
comporta como suponen los escépticos. La consecuencia es el desastre ambiental.
La
tercera celda, C, sucede cuando adoptamos la política de los escépticos en un
mundo en el que las cosas ocurren como suponen sus adversarios, los optimistas.
Hemos dejado de crecer (como podríamos) al ser demasiado prudentes; no hay
desastre (no lo iba a haber tampoco de haber adoptado la otra estrategia "optimista"),
pero tampoco obtenemos "ganancias altas". El resultado es
moderado: ni desastre ambiental ni avance social, pero estamos perdiendo
oportunidades o beneficios económicos que podríamos haber alcanzado sin
riesgos.
La
cuarta y última celda o escenario posible es la que hemos llamado D. Ocurre
cuando optamos por las propuestas de los escépticos en un mundo que ocurre como
ellos predicen. Nos hemos librado de un desastre seguro (al que estaríamos
abocados de haber seguido la estrategia de los optimistas), y hemos acertado
tanto en la política a seguir como en la suposición de cómo funciona el mundo
real. La "ganancia" no es la más alta de los cuatro escenarios
posibles (la celda A es la más alta), pero es la más alta posible en la
realidad de nuestro mundo, y es tolerable: ganamos menos que lo que gana
teóricamente el máximo de los escenarios, pero no caemos en el desastre del
escenario peor.
Naturalmente
si conociéramos con certeza cómo se comportará el mundo real, la matriz de
ganancias carecería de sentido, pues se limitaría a una matriz de una columna y
dos filas: dos alternativas y no cuatro. Los resultados serían evidentes. Pero,
aunque cada modelo de política alternativa sustenta una idea diferente de cómo
se comporta el mundo (y por éso propone una estrategia diferente), aceptamos en
nuestro juego que no tenemos elementos de juicio suficientes para averiguar
cuál de las dos formas propuestas es la que más se acerca al verdadero y
desconocido comportamiento del mundo, por lo que no nos queremos decantar a
priori por ninguna.
En
estas circunstancias, la matriz de ganancias nos indica cuál es la estrategia
mejor o la estrategia para "ganar" según la teoría de juegos.
Y ésta nos dice que la mejor estrategia es la de escoger la política que tenga
un menor coste en el caso de resultar equivocada (la teoría de juegos, que
puede modelizarse matemáticamente, es una estrategia de toma de decisiones ante
situaciones de incertidumbre con el fin de optar por la solución que mejor
permite "vencer"). Nos dice: "para ganar en estas
situaciones, lo que hay que hacer es jugar a no perder".
Por tanto, sobre la base de la incertidumbre
acerca del verdadero funcionamiento del mundo real, habremos de elegir la
política de los escépticos, pues nunca nos llevará a la peor posibilidad de las
cuatro: el desastre ambiental. Aunque sabemos que renunciamos a la posibilidad
de alcanzar el mejor de los resultados posibles, nos aseguramos resultados
siempre tolerables o moderados. La otra estrategia nos ofrece el "caramelo"
de poder alcanzar el mejor resultado de los posibles, pero entraña el "veneno"
del terrible riesgo de caer en el peor de ellos. Es un "caramelo
envenenado".
Según
se demuestra matemáticamente, los prudentes ganan a la larga en este tipo de
juegos, mientras que los arriesgados terminan pereciendo.
En
resumen, el peor resultado de los posibles bajo la política a elegir (la de los
escépticos) es aún un resultado bastante bueno: ése es el ámbito del
desarrollo sostenible.
Si,
además, por los indicios que se observan en el comportamiento del planeta, uno
cree que la incertidumbre se decanta mucho más del lado de dar la razón a
quienes creen que la crisis ambiental es algo más que un "bluf"
y que mantener el rumbo actual de crecimiento económico y presión sobre los
recursos, confiando en la tecnología como solución, no es prudente ni
razonable, entonces el inteligente juego que nos propone la doctora Joy
Bartholomew le reforzará en sus convicciones.
La
diversidad de la vida, de poder jugar, probablemente también se decantaría por
sus conclusiones.
_
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[1] Un excelente acercamiento a estas cuestiones lo
ofrece el libro "Evolución Ambiental", "un estudio de la
historia del ambiente desde los tiempos prebióticos hasta el presente".
Margulis y Olendzenski, 1992.
NOTA: Las referencias bibliográficas que aparecen a
pie de página pueden ser consultadas en el listado que se recoge al final del
libro.
[2] Margulis y Sagan, 1986. Dorion Sagan, biólogo como
su madre, es hijo de Lynn Margulis y su primer marido, el conocido astrofísico
Carl Sagan, recientemente fallecido.
[3] Wilson, 1994.
[4] Otras interpretaciones reducen a dos el número de
individuos de Australopithecus qua dejaron las huellas en Laetoli.
[5] Mary Leakey ha sido la paleontóloga humana más
legendaria. Figura central de toda una dinastía (los "Leakey") que
incluye a su marido Louis, su hijo Richard y su nieta Louise, murió
recientemente, a sus 83 años, el pasado 9 de diciembre de 1996.
[6] Página 9 de "The Convention on Biological
Diversity:Negociations and Contents", del libro de Sánchez y Juma
"Biodiplomacy".
[7] Artículo 2 del Convenio sobre la Diversidad
Biológica: "Términos utilizados".
[8] Pascual, 1996.
[9] Horacio
Capel ha recreado esta polémica, referida a los orígenes de la geomorfología
española, en su obra "La física sagrada". Capel, 1985.
[10] Ponting, 1991.
[11] May, 1992
[12] WCMC, 1992
[13] IUBS son las siglas inglesas de la Unión
Internacional de Ciencias Biológicas, una organización creada en 1919 que
agrupa a miembros adheridos a través de las Academias de Ciencias, Consejos
Nacionales de Investigación y Asociaciones Nacionales de Investigación. SCOPE
corresponde a las siglas del Comité Científico para los Problemas Ambientales,
creado dentro del Consejo Internacional de Uniones Científicas (ICSU); y UNESCO
es el conocido Organismo de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura;
su instrumento de actuación en estos temas es el programa MAB (Hombre y
Biosfera).
[14] Como resultado de dicha reunión se publicó el
documento From Genes to Ecosystems: A Research Agenda for Biodiversity, editada
por el profesor de la Universidad de Harvard, Otto T. Solbrig. IUBS, 1991.
[15] V.H. Heywood (ed.), 1995.
[16] Phylla (que es el plural de Phyllum) constituye la
categoría inmediata inferior a Reino. Representa, por tanto, los grandes linajes
evolutivos de cada uno de los cinco Reinos que encuadran a los seres vivos.
[17]Thomas Robert Malthus, preocupado por la relación
entre el crecimiento de la población y la producción de alimentos, publicó en
1798 su primera edición del Ensayo sobre
el principio de la población, en el que sostenía que el crecimiento de la
población era el principal problema para el futuro, por tratarse de un
crecimiento potencial de tipo exponencial frente al aritmético que podrían
experimentar los alimentos.
[18]Darwin afirma en su autobiografía, y en referencia
al Origen de las especies, que si lo hubiera publicado a la escala en que
comenzó a escribirlo en 1856, el libro hubiera sido cuatro o cinco veces más
grueso que el Origen, y muy pocos hubieran tenido la paciencia para leerlo.
Para la época y el tipo de libro, el Origen tuvo un éxito editorial
sorprendente: los 1250 ejemplares de la primera edición se vendieron el mismo
día de su publicación; en 16 años se vendieron 16.000 ejemplares de la edición
inglesa y fue traducido a numerosos idiomas.
[19] Tan sólo son idénticos genéticamente aquellos
individuos procedentes de algún tipo de reproducción asexual, los organismos
originados por partenogénesis o aquellos procedentes de un óvulo fecundado
dividido en dos o más zigotos que se desarrollan satisfactoriamente; lo que, en
cierto modo, puede ser asimilado a un proceso de reproducción asexual o
clonación del zigoto genéticamente ya diferenciado: es el caso de los gemelos
homocigóticos o idénticos, existentes en nuestra propia especie.
[20]Margulis & Schwartz, 1982.
[21] Mayr, 1969.
[22] Una crónica de esta historia puede encontrarse en
el artículo de Shantini Dawson, del WWF de Vietnam, publicada en el boletín de
la UICN (3/95)
[23] Yahnke, C.J. et al. 1996
[24] CODEFF, 1992.
[25] Reid y Miller, 1989. La cifra, por el sistema
utilizado para la catalogación de especies extinguidas, es ofrecida como una
estimación mínima.
[26] Vickers y Plowmans, 1984.
[27] Este caso aparece recogido varias veces en la
literatura de divulgación científica, por lo que se bastante conocido. Así, es
referido por Edward O. Wilson en su "La diversidad de la vida".
También el prestigioso físico descubridor de los quarks, Murray Gell-Mann,
recoge este relato en su obra divulgativa El quark y el jaguar.
[28] Berlin, Breedlove y Raven, 1974.
[29] Erasmus Darwin, médico, publicó en 1796 un tratado
(gran parte de él en verso como recoge Milner en su Diccionario de la
evolución) en el que plasmó sus ideas evolucionistas seis décadas antes de la
fechade aparición del libro de su nieto. El libro se titulaba Zoonomía o Las
leyes de la vida orgánica.
[30] Este texto forma parte del artículo Una guerra de
palabras de Niles Eldredge, incluido en el libro La Tercera Cultura, editado
por John Brockman (Brockman, 1995).
[31] Una excelente revisión del estado de estos
conocimientos puede encontrarse en el reciente artículo del colectivo de
investigadores franceses "TaMaRa"(1996), publicado en Mundo
Científico.
[32] Leffell y Brash, 1996.
[33] Una descripción general de la importancia de los
humedales de la región (y en general de toda España), puede consultarse en la
obra de Santos Casado y Carlos Montes, 1995.
[34] Hoyo, Elliott y Sargatal, 1992 (vol. 1).
[35]La catalogación de las especies de vertebrados
amenazados se recoge en un Libro Rojo siguiendo las categorías propuestas por
la UICN al respecto. Blanco y González, 1992.
[36] Urdiales y Pereira, 1993.
[37] Margulis y Schwartz, 1982.
[38] Ayala, 1994.
[39] Heywood, 1995.
[40] Tellería, 1986.
[41]Hölldobler y Wilson, 1994.
[42]El Museo Británico de Historia Natural, situado en
Londres, alberga en sus colecciones probablemente a más de la mitad de los
ejemplares representativos de las especies de insectos descritas.
[43] May, 1986, 1988, 1990, 1992
[44] Gaston, 1991a y 1991b; Erwin 1991.
[45] WCMC, 1992.
[46] Janzen, 1983.
[47] Al Gentry, del Jardín Botánico de Missouri, fue uno
de los botánicos que mayor conocimiento aportó sobre la flora neotropical.
Murió trágicamente el 3 de agosto de 1993 cuando cayó con su avioneta cerca de
Guayaquil, en Ecuador, mientras dirigía uno de los trabajos del Programa de
Evaluación Rápida de la Internacional para la Conservación, dirigido a
inventariar la biodiversidad en zonas tropicales poco conocidas.
[48]Gaston, 1991a.
[49] Hodkinson & Casson, 1991.
[50] Kremen et al. 1993
[51] Janzen, 1970.
[52] P.D. Coley: The Role of Plant/Animal Interactions in
Preserving Biodiversity, en Sandlund & Schei, 1993.
[53] Margalef, 1980.
[54] Aunque el evangelista Marcos se haya quedado con el
nombre del principio ecológico, no es el único que refiere la idea de abundar
en las diferencias. San Mateo (13:12) dirá: "Porque al que tiene, se le
dará más y abundará; y al que no tiene aún aquello que tiene le será
quitado"; y más adelante incluso lo aplica en la parábola de los talentos,
reiterando la máxima al premiar con lo poco que le quedaba del pobre a las
ganancias de quien negoció bien sus dineros (25:29). Aún, San Lucas recoge la
misma máxima también en dos ocasiones: advertencia y aplicación (8:18 y 19:26),
en este caso en la parábola de las minas, que debe ser especialmente querida
por los banqueros pues el desposeído lo fue por no haber dado el dinero a
éstos. Por tanto, el principio de la desigualdad de las relaciones ecológicas
bien pudiera estar avalado por los tres evangelistas (San Juan no se pronuncia
al respecto).
[55] Mac Arthur y Wilson, 1967.
[56] Miller, 1990.
[57] Página 73 de la versión española de
"Fitosociología". Braun Blanquet, 1951.
[58] Página 370 de la 2ª edición de
"Ecología". Margalef,
1977.
[59] Vitousek et al, 1986.
[60] Wilcove, McMillan y Winston, 1993.
[61] Van Blaricom & Estes, 1988.
[62] Kvitek et al, 1992.
[63] Paine, 1969.
[64]Menge et al, 1994.
[65] Mac Arthur, 1972.
[66] Terborgh, 1986
[67] Fujita & Tuttle, 1991.
[68] D. Janzen, 1986.
[69] Janzen, 1966.
[70] La cita pertenece al capítulo titulado "La
regla áurea: una escala apropiada para nuestra crisis ambiental" que forma
parte del libro "Ocho cerditos": Gould (1993).
[71] Capítulo 3 en S. J. Gould (ed.), 1993. El Libro de
la Vida fue Premio "Casa de las Ciencias" en la sección de
"Libros Editados" en 1994.
[72]En "La extinción en masa del Pérmico y su
impacto evolutivo". Agustí (ed.), 1996. Recientemente Erwin ha publicado
un interesante artículo sobre la extinción pérmica donde recoge la actualidad del estado de los
conocimientos y su interpretación de ellos: Erwin, 1996.
[73] "Phylogenetic and ecologic patterns in the
Phanerozoic history of marine diversity", en Eldredge (ed.), 1992.
[74] Sepkoski, 1993.
[75] Capítulo "Las consecuencias de la extinción en
masa", páginas 17-60 en Agustí (ed.), 1996.
[76] L.W. Álvarez, W. Álvarez, F. Asaro y H.V. Michel,
1980.
[77] J. Agustí (editor), 1996.
[78]La introducción-presentación de J. Agustí, dentro
del libro comentado, lleva por título "La evolución: entre el Edén y el
estrés" (paginas 7-15).
[79] Agustí, 1996: páginas 193 a 212.
[80] Gould, 1989.
[81] Blanco y González, 1992.
[82] Hernández Bermejo y Clemente Muñoz, 1994.
[83]
La bióloga Lynn Margulis es la principal responsable de la teoría que explica
la complejidad creciente de la vida gracias a sucesivos procesos de simbiosis
habidos entre células inicialmente procariotas (del tipo de las bacterias)
hasta constituir entidades interdependientes, ligadas indisolublemente por la
evolución. Su libro "El origen de la célula" explica las bases de su
interpretación evolutiva. Margulis, 1982.
[84]
El relato relativo a Boña Blanca de Navarra ha aparecido en diferentes
informaciones sobre el descubrimiento de los restos óseos aparecidos en Santa
María la Real de Nieva. Particularmente documentado es el magnífico artículo de
J.M. Martí Font en EL PAIS (7/5/95)
[85]
Richard Dawkins es un etólogo discípulo de Niko Tinbergen, que ha divulgado su
visión de la evolución desde un libro asequible, didáctico y no poco controvertido:
“El gen egoísta". Para algunos, como Gould o Eldredge, representa una
corriente extremadamente "ortodoxa" del evolucionismo sintético que
ha sido denominada "ultradarwinismo". Dawkins, 1976.
[86] Margulis recoge algunas de sus opiniones en su
artículo "Gaia es una pícara tenaz", en Brockman, 1995.
[87] Un relato fascinante (tomando el término del empleado en el
prólogo por Lewis Thomas) de estos procesos de cooperación entre células que
abarcan los 4.500 millones de años de la vida sobre la Tierra, puede
encontrarse en el libro que Margulis ha escrito junto a su hijo Dorion Sagan.
Margulis & Sagan, 1986.
[88] El texto de Lovelock se incluye en Margulis &
Olendzensky, 1992.
[89] Monod, 1970.
[90] De
"Gaia es una pícara tenaz", en Brockman, 1995.
[91] Gould, 1993.
[92]
Esta es la principal diferencia entre la teoría evolutiva de Lamarck y la
Darwin. Lamarck pensaba que los organismos son capaces de "orientar"
su evolución mediante cambios orgánicos que se reflejaran en cambios genéticos
o hereditarios; "la función crea el órgano" es, en cierto modo, su
lema. Darwin, por el contrario, lo negaba. Los datos experimentales y los
estudios evolutivos apoyan esa segunda versión.
[93] Esto constituye una notable simplificación, aunque
aceptable para nuestros fines. No obstante, incluso en organismos tan
"normales" como nosotros (que nos consideramos "norma de
normalidad"), no siempre se produce: por ejemplo, los genes que se ubican
en los segmentos diferenciales de los cromosomas sexuales (X e Y) están en los
hombres representados sólo una vez, lo que implica una dotación haploide.
[94] Margulis y Sagan, 1986.
[95]La
hemoglobina es una proteína formada por cuatro unidades o cadenas de
aminoácidos, iguales dos a dos, las denominadas cadenas α y β. En
total, la hemoglobina contiene 574 aminoácidos.
[97] "Información vital: Tendencias en genética
humana", en el número 236 de la revista, correspondiente a mayo de 1996.
[98] El mensaje completo, constituido por 20
"reconocimientos" apareció publicado por dos investigadores del
Instituto de Ecología de la Universidad de Georgia en el Boletín de la Sociedad
Ecológica de América, 77:166-167, de julio de 1996.
[99] Darwin, 1859.
[100] "Canción del eslabón perdido".
[101] El texto corresponde al inicio de El cuadro de la
historia de la vida, incluido en el libro La tercera cultura, editado por John
Brockman, en 1995.
[102] "De neumáticos a sandalias", en Gould,
1993.
[103] Darwin, 1859.
[104] En la revista editada conjuntamente por Grain y
Redes-Amigos de la Tierra de Uruguay: Biodiversidad. Cultivos y Culturas.
Grain, 1994.
[105] Ruiz, Sayer y Cohen, 1993.
[106] Como señala el historiador inglés Clive Ponting,
aunque supondrá un cambio drástico en los hábitos de vida, no tiene las
características generalmente pedidas a una revolución.
[107] Capítulos "La primera gran transición" y
"Destrucción y supervivencia". Ponting, 1991.
[108] Puede parecer que 500 años es mucho tiempo, pero lo
importante es que denota la instalación de un sistema no sostenible. Además,
hay que considerar la débil tecnología que utilizaban estas culturas, a pesar
de lo cual se deterioraba el funcionamiento básico de la naturaleza. Hoy día,
estos procesos de destrucción son considerablemente más veloces: puede
comprobarse en el actual ritmo de salinización de buena parte de la costa
almeriense, murciana o valenciana, provocado por las prácticas intensivas de cultivo
y regadío.
[109] Harris, 1985.
[110] Vavilov, 1951.
[111] Ponencia de David Wood de la Asociación
Internacional de Germoplasma y Jillian Jenné, del Instituto de Recursos
Naturales. En Sandlund & Schei,
1993.
[112] Párrafo 32 del informe Nuestro Futuro Común. WCED,
1987.
[113] Alcorn, 1984.
[114] Clawson, 1985.
[115] Dove, 1985.
[116] Soleri y Cleveland, 1996.
[117] GRAIN (Acción Internacional para los Recursos
Genéticos) edita el boletín "Seedlings", y con REDES-Amigos de la
Tierra de Uruguay, la revista "Biodiversidad Cultivos y Culturas".
[118] Martínez Alier, 1992.
[119] May, 1985.
[120] Reid & Miller, 1989.
[121] Artículo de Gary Gardner sobre "La protección
de los recursos agrícolas",
Brown (ed), 1996.
[122] Amigos de la Tierra, 1991.
[123] Montesinos, 1995.
[124] Del artículo "Genetic Resoures and Indineous
Knowledge", de V. Shiva. En Sánchez y Juma, 1994.
[125] Shiva, 1994.
[126] Esta "declaración" ha sido incluida en el
artículo de GRAIN sobre "El derecho de los pueblos a la
biodiversidad" publicado en el número 6 (diciembre de 1995) de la revista
de esta asociación y Redes-Amigos de la Tierra de Uruguay "Biodiversidad.
Cultivos y Culturas".
[127] Reid et al, 1993.
[128] Reyes, 1996.
[129] Los datos, procedentes de un estudio desarrollado
por Verwey, fueron recogidos por el zoólogo del Museo Nacional de Historia
Natural de Francia, Jean Dorst (1971).
[130] Margalef, 1977.
[131] Volumen 7, número 3, correspondiente a Julio de
1996.
[132] Fernando González Bernáldez, catedrático de
Ecología en la Universidad Autónoma de
Madrid, falleció en 1992, unos pocos días antes de que en Río de Janeiro
se celebrara la Cumbre sobre Medio Ambiente y Desarrollo. Entre sus numerosas
aportaciones a la ciencia está la de un nuevo enfoque del paisaje desde la
ecología, algunas de cuyas contribuciones se recogieron en una obra divulgativa
titulada precisamente "Ecología y paisaje". González Bernáldez, 1981.
[133] En su obra "Generelle Morphologie der
Organismem".
[134] "Teoría de los sistemas ecológicos";
págs: 79-80.
[135] En la "Introducción" a su "Teoría
General de Sistemas": Bertalanffy, 1968.
[136] Prefacio a la edición revisada de su "Teoría
General de Sistemas".
[137] Referencia a este Instituto tan particular puede
encontrarse en el libro "El quark y el jaguar" de Murray Gell-Mann
(1994), director del mismo. Por otra parte, una reciente crítica a los estudios
sobre la complejidad puede encontrarse en el artículo de John Horgan publicado
en Investigación y Ciencia (1995).
[138] Pág 80 de su libro "Teoría de los sistemas
ecológicos".
[139] "La Biosfera, entre la termodinámica y el
juego". Pág 4.
[140] En el "prólogo" de Javier Aracil a
"Dinámica de Sistemas" de Silvio Martínez y Alberto Requena (1986).
[141]Las Directivas de las Unión Europea (en una
desafortunada traducción oficial al castellano, ya que resultaría más adecuado
haberlas denominado "directrices") son leyes de obligado cumplimiento
por parte de los Estados miembros y que se han de trasponer en leyes propias.
[142] La "Fitosociología" o "Sociología
Vegetal" es una escuela de la botánica que propone una serie de bases para
el estudio de las comunidades vegetales o "sociedades vegetales".
[143] Sección del Estado Español de la F.P.N.N.E. 1996.
[144] Da Cruz, 1996.
[145] Montes, 1991.
[146] Montes, 1995.
[147] Herrera, 1988.
[148] Magurran, 1988.
[149] Shannon & Weaver, 1949.
[150] Gell-Mann, 1994.
[151] May, 1973.
[152] Ambas referencias de Orians y Margalef proceden de
los debates habidos en el "Primer Congreso Internacional de
Ecología", organizado en La Haya en 1974, que fueron publicados bajo el
título de "Conceptos Unificadores en Ecología" por W.H. Van Dobben y
R.H. Lowe-Mc Connell (1975).
[153] Margalef, 1991.
[154] Humboldt, 1981 (refundición y edición española que
ciertamente permite satisfacer el deseo de Humboldt para su obra, recogido por
Plott en el prefacio: "... que el viaje que realicé en los años de la
prometedora juventud sea leído con placer")
[155] FAO, 1985.
[156] Montes de Oca, 1989.
[157] Ibero, 1995.
[158] CODEFF-Amigos de la Tierra de Chile, 1992.
[161] Irish & Norse, 1996.
[162] Grassle, 1989
[163] Ambas citas corresponden al capítulo 32 de la
citada novela de Umberto Eco, que, en su versión castellana (traducida por
Helena Lozano), porta un título tan literario como sugerente: "Paraíso
cerrado para muchos".
[164] WCMC, 1992.
[165] Versión en castellano de "La Recherche".
El artículo se publicó en el número 160, correspondiente a septiembre de 1995.
[166] La Sociedad
Océanica se unió en 1989, junto al Instituto de Política Ambiental a Amigos de
la Tierra de Estados Unidos constituyendo la nueva organización norteamericana
de esta amplia red internacional. Thorne-Miller & Catena, 1991.
[167] Ponting, 1991.
[168] Pascual, 1995
[169] Como señala en su libro autobiográfico "El
naturalista", Edward Wilson utilizó por primera vez el nombre
"biofilia" en un artículo aparecido en el New York Times de 14 de
enero de 1979. Más tarde, en 1984, usó el nombre y el concepto en un libro del
mismo título. Wilson, 1994.
[170] González Bernáldez, 1985.
[171] Vitousek,
Ehrlich, Ehrlich y Matson, 1986.
[172] Turner et al, 1990.
[173] Postel, 1993.
[174] Esta afirmación pertenece al ya mencionado ecólogo
de la Universidad Stanford de California, Peter M. Vitousek, a partir del
análisis de los resultados de diversos estudios realizados por distintos
investigadores, incluido él mismo, y aportados en la conferencia de recepción
del prestigioso premio "Robert H. MacArthur" que concede la Sociedad
Ecológica Americana. El texto de la conferencia fue publicado en la revista
Ecology: Vitousek, 1994.
[175] Pág 4 de su obra "Ecología basada en zonas de
vida" (de la edición castellana de 1987).
[176] Holdridge define "biotemperatura" como la
temperatura a la cual tiene lugar el crecimiento vegetativo, siendo algo
diferente a la temperatura "meteorológica".
[177] Ejemplo indicado en el propio libro de Holdridge .
[178] Margalef, 1991.
[179] Se denomina así porque la Escuela Internacional de
Geobotánica Mediterránea y Alpina, con sede en Montpellier, porta por siglas
"SIGMA".
[180] En la página 1 de su Limnología (Margalef, 1983)
[181] Di Castri, 1995.
[182] Heywood, 1995.
[183] Miller, 1996.
[184] Mosquin, Whiting & Mc Allister, 1995.
[185] WRI, UICN y PNUMA, 1992.
[186] C. M. Herrera: "La gestión de la diversidad
biológica", en Naredo y Parra (comp.), 1993.
[187] Ehrlich & Wilson, 1991.
[188] Vega (ed.) 1993.
[189] Datos procedentes del Banco Mundial, principalmente
de Banco Mundial, 1994.
[190] Datos principalmente procedentes de Sayer, Harcourt
y Collins, 1992.
[191] Datos procedentes de la Coordinación Europea de
Amigos de la Tierra (CEAT), 1994.
[192] En la página 130 de su libro “La economía en
evolución".
[193] Naredo, 1987.
[195] Algunos análisis globales que recogen estas
propuestas y su evolución pueden encontrarse en los trabajos de los economistas
José Manuel Naredo (1987), Joan Martínez Alier y Klaus Schlüpmann (1991) o Luis
Jiménez Herrero (1996). La revista en lengua española "Ecología
Política" (dirigida por Martínez Alier, de la Universidad de Barcelona) y
la de lengua inglesa "Ecological Economics" son algunos ejemplos de
las numerosas publicaciones que siguen esta orientación.
[196] Aguilera Klink et al, 1994.
[197] Referencias a la conservación de la naturaleza
pueden encontrarse en Da Cruz, 1996. Para el caso de los Parques Nacionales
españoles, destaca el artículo de Javier de Sebastián (que fue director del
Parque Nacional de Covadonga), incluido en dicho libro.
[198] Garay y Molina, 1991.
[199] Thomas, 1995.
[200]Power, 1991.
[201]Thomas, 1995.
[202] Windevoxhell, 1995.
[203] Sheng, 1995.
[204] Cambalache
[205] Principe, 1991.
[206] Puede verse en Reid et al, 1993, principalmente los
artículos en que interviene el director del INBIO, Rodrigo Gámez.
[207] Martínez Alier, 1992.
[208] Reid et al, 1993.
[209] Reyes, 1996.
[210] Illescas, 1994
[211] Es el mismo que ha liderado la descripción genética
de la arqueobacteria arqueón, que aparece al principio de este libro.
[212] Entrevista realizada por Andrea Comas a Craig
Venter y publicada en el diario EL PAÍS de fecha 27/3/96.
[213] Noticia firmada por Eleanor Lawrence y recogida de
Nature News Service, aparecida en el diario EL PAÍS el 7/3/96
[214] Expuesto por Joy Bartholomew en el curso del
Seminario sobre Políticas Económicas para el Desarrollo Sostenible en
Centroamérica, celebrado en Costa Rica en noviembre de 1991. Bartholomew, 1992.