Los sesgos cognitivos en la venta de postulados acientíficos (o cómo presentar libros dogmáticos bajo la etiqueta de científicos)

 

 

Imagen que contiene exterior, oso, roca, árbol

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El culto a los muertos, a los que se les considera vivos en otra dimensión, interesados aún en asuntos mundanos o que tienen la capacidad de influir en los vivos, es común a muchas religiones.

Restos humanos en Sulawesi, a los que se les ceden cigarrillos para que puedan seguir fumando en el más allá (© JAPT)

 

 

Si por algo se caracteriza el mundo actual es por el dinamismo de los avances del conocimiento en un contexto histórico caracterizado por el alto grado de implantación de la educación formal entre la población en una sociedad con enorme dependencia de la ciencia y la tecnología. Por eso sorprenden la proliferación de los bulos conspiranoicos (algunos francamente demenciales), el éxito social de numerosas pseudociencias o el alto número de devotos a diferentes formas de negacionismo científico. El efecto multiplicador de las redes sociales y ciertos enfoques populistas aplicados con generosidad por parte de algunos medios de comunicación más tradicionales están detrás, sin duda, de la gran capacidad de difusión y éxito de la banalidad, animada por una cierta expansión de la estupidez colectiva. Curiosamente, una parte de la explicación del triunfo de muchas de estas formulaciones irracionales reside en verse revestidas de un lenguaje pretendidamente científico e incluso estar presentadas, en ocasiones, por portavoces revestidos de un cierto pedigrí científico.  Por eso, no hay nada más perturbador que encontrar personas con formación o cargos científicos aplicados en difundir ideas pseudocientíficas o claramente anticientíficas amparados en el prestigio y carisma de su profesión o títulos, difundiendo argumentos falaces, medias verdades o directamente falsedades ante auditorios deseosos de escuchar lo que quieren oír. Es decir, abusando de los sesgos de autoridad, de grupo o efecto de arrastre, y de confirmación que nos afectan, de un modo u otro, a todos los humanos y a los que algunos no parecen resistirse.

 

Precisemos esto:

 

Los sesgos cognitivos son fallos, errores o desviaciones de pensamiento derivados posiblemente de la historia evolutiva de la especie en la que tuvieron algún papel al actuar como atajos del pensamiento a fin de tomar decisiones rápidas, pero que hoy nos causan un notable perjuicio al conducirnos frecuentemente a comportamientos irracionales, viscerales o apenas meditados. Los mencionados anteriormente son especialmente eficaces en la transmisión de bulos y falsedades.

 

El sesgo de autoridad se refiere a la tendencia humana a dejarse influir por los juicios y opiniones procedentes de personas que nos aparecen revestidas de cierta autoridad, independientemente del valor o racionalidad de aquellos. Este sesgo cognitivo ha sido utilizado en muchas ocasiones para introducir o fomentar posturas irracionales o meridianamente falsas por parte de personas u organizaciones interesadas en su difusión. Un ejemplo destacado lo constituyó el caso de los llamados “Médicos por la verdad”, una red difusa que, durante la pandemia de la covid-19, buscaba intoxicar socialmente con la idea conspiranoica de que la pandemia era una farsa orquestada por una extraña conjura de poderes ocultos con el fin de privar de derechos a la población, a la par que proponían y fomentaban remedios y pseudoterapias acientíficas alternativas para desacreditar las medidas propuestas por las autoridades sanitarias de los países (aislamiento, búsqueda de vacunas, etc.). La red se apoyaba en portavoces que se presentaban como médicos, aunque el movimiento fuera denunciado por las organizaciones médicas colegiadas, las instituciones sanitarias y la comunidad científica, abriéndose expedientes individuales en varios casos[1]. Hoy puede parecer extravagante la propuesta, pero no hay que olvidar que en 2020 el entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump propuso ensayar con inyecciones de detergente o con “una tremenda luz ultravioleta o simplemente una luz muy poderosa” para enfrentarse al coronavirus[2]. A pesar de esta y otra serie inacabable de declaraciones anticientíficas e irresponsables, Trump volvió a ser elegido presidente en 2024.

 

Por su parte, el sesgo de grupo es la tendencia a extremar las posiciones propias al formar parte de un grupo que las defiende, haciéndolo con el fin de aumentar la identificación con él. Junto con el efecto de arrastre, que supone la tendencia a sumarse de forma acrítica a las opiniones o pensamientos adoptados por otros y que se consideran tendencia o son mayoritarias en el seno del grupo al que se pertenece o del que se quiere formar parte, suponen un efecto poderoso de expansión y radicalización de las posturas extremas.

 

Finalmente, el sesgo de confirmación lleva a creer, confiar o recordar con preferencia la información que coincide con las creencias o pensamientos propios. Este sesgo conduce a adoptar o sostener interpretaciones infundadas, razonamientos erróneos, posturas irracionales e incluso empecinamientos fanáticos. Fue descrito inicialmente por el psicólogo cognitivo Peter Wason, quien lo demostró con un conocido experimento que ya relaté en mi libro “La Cuarta Cultura”[3].

 

Un ejemplo de la utilización interesada de estos sesgos cognitivos en favor de ideas poco científicas lo encontramos en un conjunto de libros de reciente publicación que, con una intensa promoción, han alcanzado un gran éxito de ventas. Estos textos comparten una interpretación espiritual y notoriamente acientífica de la llamada lucidez terminal y versan sobre las denominadas experiencias cercanas a la muerte, presentándolas bajo lo que parecen premisas científicas.

 

¿En qué consisten la supuesta lucidez terminal y las experiencias cercanas a la muerte?

 

La lucidez terminal fue definida provisionalmente en 2018 en el curso de un taller de expertos organizado por el Instituto Nacional sobre el Envejecimiento (NIE) de Estados Unidos. Fue caracterizada como un “episodio de comunicación o conexión inesperada, espontánea, significativa y relevante en un paciente que se supone que ha perdido permanentemente la capacidad de interacción verbal o conductual coherente debido a un proceso de demencia progresivo y fisiopatológico”. El fenómeno, realmente poco y mal estudiado, ha sido referido, sin embargo, como un interesante objeto de investigación por cuanto podría "motivar la reconsideración de los paradigmas de la demencia y acentuar nuevas vías para la terapia”, lo que podría redundar en mejoras en aspectos tales como la recuperación de la conciencia después de la anestesia, el tratamiento de lesiones cerebrales o accidentes cerebrovasculares: “Si se verifica sistemáticamente, las implicaciones neurobiológicas indican que el cerebro, incluso en el contexto de la demencia grave, es capaz de acceder a redes funcionales para generar una comunicación e interacción significativas con el mundo. Esto motivaría la reconsideración de los paradigmas actuales de la demencia, con nuevas vías en el enfoque de la neurociencia de los sistemas para la intervención terapéutica”[4].

 

La revisión y análisis crítico de esta pionera definición provisional de la lucidez paradójica fue abordada algo después por un equipo liderado por Andrew Peterson, de la Universidad de Pennsylvania, concluyendo en la necesidad de refinar y precisar la definición, a fin de incorporar conceptos básicos que precisarían de una mayor aclaración: “La lucidez paradójica es un fenómeno emergente, pero poco comprendido, en personas con demencia grave. La investigación sistemática podría arrojar luz sobre su manifestación clínica y la neurobiología subyacente, lo que podría allanar el camino para nuevas terapias que reviertan las deficiencias causadas por enfermedades neurodegenerativas. Sin embargo, el concepto clínico de lucidez paradójica no está bien caracterizado, lo que limita el progreso en esta etapa incipiente de la investigación”[5].

 

Quizás una conclusión provisional acertada sea la que ofrecieron en 2024 dos especialistas españoles en geriatría: “En el ámbito de la lucidez paradójica parece que lo único que se puede afirmar es que existe. Es un campo de investigación donde casi todo está por hacer, desde una definición con las menores zonas de sombra posibles, determinar la fisiología de los episodios, hasta la metodología a emplear para la búsqueda prospectiva de los casos y la forma de medirla”[6].

 

Los episodios de lucidez terminal forman parte de un conjunto de fenómenos que han sido englobados bajo el término genérico de episodios cercanos a la muerte. Aparte del indudable interés que pueden tener para la investigación científica, constituyen para algunos un argumento fácil para desviar la vista hacia cuestiones más religiosas que otra cosa. Pero, a pesar del pretendido interés de presentarlos hoy como una primicia por parte de algunos médicos y psicólogos metidos a vendedores de libros y conferencias, no se trata de una cuestión demasiado novedosa, ya que siempre ha existido interés por todo lo que afecta a una supuesta continuidad de algo nuestro tras la muerte. Sin ir más lejos, alrededor de una cuarta de los estadounidenses creen hoy día en la reencarnación[7] (un 18% opinan, además, que los muertos pueden causar daño a los vivos). El tema, por otra parte, forma parte nuclear de varias religiones orientales con numerosos seguidores, como es el caso del budismo o del hinduismo.

 

Probablemente haya sido Charles B. Greyson (hoy, con 79 años, profesor emérito de psicología y ciencias neuroconductuales de la universidad de Virginia) quien merezca encabezar el impulso actual dado a los estudios sobre los llamados episodios cercanos a la muerte. Greyson dirigió en el pasado la División de estudios perceptivos de dicha universidad, una institución atípica y no poco polémica fundada en 1965 por Ian Stevenson, un bioquímico que creía en la reencarnación (la institución recibió en su momento la visita del Dalai lama) y fue quien inauguró un experimento parapsicológico, aún inconcluso, consistente simplemente en una cerradura de combinación sencilla de seis números. La combinación solo era conocida por Stevenson, que falleció en 2007. La base del experimento consiste en esperar que alguien reciba la revelación de Stevenson sobre la clave y desde el más allá para así poder abrir el candado. El experimento esta inconcluso porque, aunque ha habido varios candidatos a abrirlo, con o sin ayuda de médiums, el candado sigue sin ser abierto.

 

Quizás pueda parecer un tanto excéntrico el interés de Stevenson por la reencarnación, pero hay que reconocer que trató de investigarla desde una perspectiva más o menos científica. Otra cosa es que sus resultados resulten más desalentadores que esperanzadores. En cualquier caso, su estela fue aprovechada por Greyson y sus continuadores para engrosar un campo parapsicológico que ha encontrado en la publicación y venta de libros y conferencias su mayor solidez, lo que evidencia que cuando al asunto espiritual se le une el interés que suscitan potenciales o reales ganancias económicas, la cuestión adquiere un mayor atractivo.

 

Greyson rebuscaba, ya en 2010, en los nuevos campos de la física cuántica el territorio científico en el que anclar su explicación de la reencarnación y las experiencias cercanas a la muerte. En un artículo publicado aquel año se adentra, desde el recelo hacia la física clásica, el reduccionismo y la psicología materialistas, en la justificación cuántica, de la que asegura que “incluye la conciencia en su formulación”. En dicho artículo, sostiene que “las experiencias cercanas a la muerte incluyen fenómenos que desafían el reduccionismo materialista, como la mejora de la actividad mental y la memoria durante el deterioro cerebral, las percepciones precisas desde una perspectiva externa al cuerpo y las visiones reportadas de personas fallecidas, incluyendo aquellas que no se sabía previamente que estaban muertas. La conciencia compleja, que incluye la cognición, la percepción y la memoria, en condiciones como un paro cardíaco y la anestesia general, cuando no puede asociarse con el funcionamiento normal del cerebro, requiere una psicología revisada basada no en la física clásica del siglo XIX, sino en la física cuántica del siglo XXI, que incluye la conciencia en su formulación conceptual”.

 

El recurso al abuso manipulador de la física cuántica para explicar supuestos fenómenos paranormales se asienta en su difícil comprensión por la mayoría de la gente, haciendo exitosa la famosa frase, atribuida a Richard Feynman, de que “si crees que entiendes la mecánica cuántica, es que no entiendes la mecánica cuántica”, aunque posiblemente lo que quiso decir el genial físico es que la mecánica cuántica simplemente no puede entenderse desde las intuiciones procedentes de la vida cotidiana. Pero para quien la utiliza torticeramente para apoyar ideas más que resbaladizas, esas que se trata de vender, lo que importa es que tú no la entiendas, sin que resulte relevante que quien las esgrime tampoco la entienda. La cuestión es presentarla como algo favorable a la propuesta de difícil encaje que trata de venderte.

 

Este es el caso de los exitosos libros del cirujano jubilado Manuel Sans Segarra que versan sobre lo que llama la supraconciencia[8], escritos en colaboración con el periodista y empresario especializado en la organización de los eventos y en la difusión de las ideas de Sans, con cerca de un millón de seguidores en Instagram y una ristra inacabable de charlas por teatros de toda España. Sostiene Sans en sus libros que la supraconciencia “es eterna, existe siempre, lo que pasa, es que está en otra dimensión energética que nosotros no podemos percibir. Cuando decide incorporarse a la vida de la dimensión humana, que es tridimensional, entonces se introduce en un cuerpo y nacemos. Pero cuando no, está en otro plano energético que se llama el plano astral”[9].

 

¿De qué nos suena esto? ¿quizás en parte del catecismo? ¿tal vez del esoterismo medieval o de los yoquis orientales?

 

Desde luego se trata de un lenguaje mucho más cercano a lo religioso que a lo científico, más propio del dogma que de la experimentación y la ciencia. Pero, a pesar de ello, Sans sostiene que hay “pruebas objetivas certificadas y con base científica que nos permiten afirmar que la muerte física no es el fin de nuestra existencia. Nuestra existencia real perdura después en otra dimensión energética”[10].

 

¿Es así?

 

En realidad, las experiencias cercanas a la muerte encuentran explicaciones desde la ciencia bastante más prosaicas que las que pretende Sans Segarra en sus libros y conferencias teatrales: La hipoxia es una de ellas: una baja aportación de oxígeno en la parte occipital de la corteza cerebral, por ejemplo, genera una pérdida de visión lateral que simula la sensación de estar atravesando un túnel, una de esas percepciones que los atraídos por las pretendidas experiencias paranormales suelen referir. También aparece este efecto en casos de epilepsias o migrañas y se ha reproducido experimentalmente en situaciones que hacen creer a los pacientes que flotan en el aire u otras alucinaciones tan caras a los esoterismos y misticismos, sin que ello signifique ningún tránsito del acá al más allá, ni de ida ni de vuelta.

 

Desde el lado de la ciencia, Olaf Blanke, Nathan Faivre y Sebastián Diéguez, neurocientíficos de la Escuela politécnica federal de Lausanne, en Suiza han sugerido un marco neurológico para el estudio de las experiencias cercanas a la muerte y las llamadas experiencias extracorporales. Para ellos, “investigaciones neurológicas y neurocientíficas recientes sugieren que las experiencias extracorporales son el resultado de una integración multisensorial corporal alterada, principalmente en la corteza temporoparietal derecha”, Por su parte, “las experiencias cercanas a la muerte se definen de forma más vaga y se refieren a un conjunto de fenómenos subjetivos, que a menudo incluyen una experiencia extracorporal, que se desencadenan por una situación potencialmente mortal”[11]. Estos autores organizan las experiencias cercanas a la muerte en dos tipos: el primero, asociado con el hemisferio izquierdo del cerebro, supone una alteración del sentido del tiempo e impresiones de volar; mientras que el segundo, que afecta al hemisferio derecho, es el que hace ver o comunicarse con espíritus, escuchar voces, sonidos, etc.

 

Pero el cirujano jubilado San Segarra se empeña en buscar las explicaciones científicas en supuestos efectos cuánticos. Así, al comienzo de su primer libro asegura que se trata de explorar “la idea de que la conciencia no es simplemente el resultado de la actividad neuronal en el cerebro, sino que reside en un nivel más profundo y fundamental de la realidad”. Para ello, lo más importante, dice, es que “vamos a buscar fundamentos científicos que apoyen la certeza de que la Supraconciencia existe, y aquí las referencias a la mecánica cuántica son fundamentales”.

 

Efectivamente, toda su argumentación científica (si es que así pudiera calificarse) se sustenta en alusiones a la mecánica cuántica. Para ello, dedica el capítulo 6 de su libro (“Abrir la mente a la física cuántica”) a tratar de explicar para sus lectores esta rama de la física, encabezando el texto con una cita premonitoria de Niels Bohr: “Si la mecánica cuántica no te ha impactado profundamente, entonces no la has entendido”. Y es ciertamente premonitoria, porque de la lectura del citado capítulo se deduce, con cierta vergüenza ajena, que Sans Segarra no ha entendido en absoluto la física cuántica, ya que la colección de errores, incorrecciones y mentiras que acumula en su libro son abrumadores, como ha demostrado y expuesto en un muy recomendable video explicativo el doctor en física cuántica e ingeniero de telecomunicaciones, además de divulgador científico, Javier Santaolalla[12], quien afirma que el texto de San Segarra “más que un libro top en ventas parece el trabajo de un chico de bachillerato que no fue a clase”. El texto de Sans Segarra, lejos de explicar la mecánica cuántica se adentra sin rubor en lo que bien puede calificarse como un tipo de misticismo cuántico sin apenas rigor científico. Por ello, mas le habría valido atender a la advertencia del físico del Instituto de física fundamental del CSIC, Carlos Sabin, cuando anuncia que hay malas noticias para quienes creen que la física cuántica es “una manera de escapar a las leyes de la física y entrar en un mundo nuevo donde todo está permitido, todo es impredecible y la realidad puede modificarse a voluntad”[13] (eso es, exactamente, lo que hace Sans Segarra en su libro).

 

No se limita Sans a tergiversar y demostrar su ignorancia acerca de la física cuántica y su pretendida explicación de la supraconciencia (lo que podría justificarse por tratarse de un médico cirujano y no de un físico cuántico, aunque ello no le exime de la arrogancia de pretender dar lecciones de un saber del que carece), pues también se adentra sin rubor por la senda de un vergonzoso negacionismo evolutivo, demostrando que, a pesar de su formación biológica como médico, no ha entendido (o su obcecación mística le ha hecho olvidar) los amplios y sólidos consensos científicos sobre la evolución biológica alcanzados hace ya mucho tiempo. Es lamentable leer en el capítulo 10 de su libro algo tan peregrino como lo siguiente: “Dado que la teoría de la evolución planteada por el naturalista Charles Darwin (1809-1882) está incompleta, puede pensarse en la intervención del diseñador inteligente, de la conciencia pura, sin la materia, como fuerza primordial del universo”. La simplicidaddel argumento (si puede calificarse de tal) hace empequeñecer la anterior opinión de Santaolalla sobre “el trabajo de un chico de bachillerato que no fue a clase”, aunque ahora referida a la biología evolutiva. Esta adscripción de Sans Segarra al dogma acientífico de los creacionistas, amparados ahora bajo el paraguas del “diseño inteligente”, lo retrata con un perfil muy poco acorde con la ciencia biológica.

 

El libro de San Segarra es, por tanto, un texto fundamentalmente religioso, lo que no es ni bueno ni malo en sí mismo. Lo que sí resulta aterrador es que pretenda hacerlo pasar por científico, a pesar de la estela de mentiras, errores y falsedades, con su buena dosis de negacionismo científico, en la que sustenta sus postulados. A este respecto, resulta revelador constatar cómo en la presentación de su libro, tras las referencias a su exitosa carrera como cirujano (sesgo de autoridad), durante la cual dice que mantuvo su “compromiso con el método científico y una creencia en el poder de la ciencia para mejorar la medicina” (¡menos mal!), San Segarra confiesa que fue una experiencia que le trasladó cierto paciente que había pasado por un periodo crítico lo que lo había transformado (¿trastornado?) tan profundamente como el rayo divino había hecho con Saulo; en su caso haciéndolo caer del caballo de una ciencia en el que venía montado para, tras levantarse como un renacido San Pablo, concluir iluminadamente que el método científico no es suficiente para explicar su nueva visión existencial. Quizás afectado aún por aquel pasado científico (al que, de hecho, renuncia), dice haber buscado en la física cuántica (que no logró entender, como bien demuestra en su alucinada explicación a los lectores) el supuesto amarre para un devaneo espiritual al que trata de presentar como una nueva ciencia. Lo sorprendente (y con ello enlazamos con el motivo y origen de este artículo) es que semejante delirio parece encandilar a muchos lectores y asistentes a sus espectáculos en teatros, precisamente en estos tiempos en los que la sociedad está más formada y más debe a la ciencia. Tiempos revueltos, estos, en los que los bulos, desinformaciones y falsedades campan a sus anchas esgrimidos por ultras, pseudocientíficos y populistas sin escrúpulos que explotan, consciente o inconscientemente, pero con éxito, el pernicioso efecto de los sesgos cognitivos de autoridad, de grupo y de confirmación que heredamos de nuestro pasado evolutivo y que tanto nos condicionan hoy, si renunciamos al sosiego de una reflexión racional que exige su tiempo y el gasto energético que implica recurrir a nuestra corteza prefrontal cerebral y no solo al impulsivo sistema límbico que guía nuestros impulsos emocionales más primarios.

 

 


 

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS



[1] Efe. 2021. “Médicos por la Verdad: la red negacionista que se expande por el mundo”. 1 de abril de 2021 [https://efe.com/mundo/2021-04-01/medicos-por-la-verdad-red-negacionista/]

[2] Ante la avalancha de críticas, en una comparecencia posterior, Trump argumento que solo estaba “poniendo a prueba a los periodistas” en una mas de sus constantes mentiras vertidas con el mayor descaro, como se puede ver simplemente leyendo o viendo la crónica real de sus declaraciones originales [https://www.bbc.com/mundo/noticias-52417742]

[3] J.A. Pascual Trillo. 2023. “La cuarta cultura”. Editorial Popular, Madrid. 2023)

[4] G. A. Mashour, L. Frank, A. Batthyany et al. 2019. “Paradoxical lucidity: a potential paradigm shift for the neurobiology and treatment of severe dementias”. Alzheimers Dement. 15 (8): 1107-1114.

[5] A. Peterson, J. Clapp, E. A. Largent et al. 2022. “What is paradoxical lucidity? The answer begins with its definition”. Alzheimers Dement. 18 (3): 513-521.

[6] B. Álvarez-Fernández y J. M. Marín-Carmona. 2024. “Lucidez paradójica e identidad personal en pacientes con demencia avanzada: ¿cambio de paradigma?”. Revista Española de Geriatría y Gerontología 59 (5): 101493,

[7] Informe del Pew Research Center del 7 de diciembre de 2023 [https://www.pewresearch.org/religion/2023/12/07/spiritual-beliefs/]. En una encuesta anterior, realizada en la primavera de 2023, el 53 % de los adultos estadounidenses afirmaron haber recibido alguna vez la visita de un familiar fallecido en un sueño o de cualquier otra forma.

[8] Sans Segarra, M. 2024. “La Supraconciencia existe: Vida después de la vida”. Editorial Planeta. Barcelona.

San Segarra, M. 2025. “Ego y supraconciencia”. Editorial Planeta. Barcelona.

[9] Entrevista a San Segarra en El Plural  el 21 de septiembre de 2024.

 [https://www.elplural.com/playtime/libros/dr-sans-segarra-medico-investiga-inmortalidad-muerte-fisica-no-fin_337338102]

[10] Entrevista en El Mundo, el 18 de septiembre de 2024.

 [https://www.elmundo.es/papel/historias/2024/09/17/66e99a4721efa03d0a8b45aa.html]

[11] Blanke, O.; Faivre, N. & Dieguez, S. 2016. “Leaving Body and Life Behind: Out-of-Body and Near-Death Experience”. Chapter 20, Pages: 323-347, in: Laureys, S.; Gosseries, O. & Tononi, G. (eds) “The Neurology of Conciousness” (Second Edition). Chapter 20. Academic Press. San Diego (California).

[13] Sabin, C. 2020. “Verdades y mentiras de la física cuántica”. CSIC-La Catarata. Madrid.