¿Tan raro es ser un murciélago? Lecciones entre la ciencia y la filosofía

 

Cuevas de Lanquín, Guatemala.             © JAPT

No resulta difícil coincidir con la afirmación de que los murciélagos son un grupo de mamíferos especiales. Su originalidad con respecto al resto se centra en dos características: la capacidad de volar y la manera que tienen muchos de ellos de orientarse en el vuelo. Son su forma principal de moverse y ese particular sistema de percibir el entorno lo que les hace diferentes. La segunda peculiaridad recibe un nombre enrevesado: localización por eco o ecolocalización.

 A pesar de que ambas capacidades los deberían situar como organismos admirables, lo cierto es que la mayoría de las personas no los tienen en gran estima, hasta el punto de que no es raro encontrar quienes los califican como “ratas voladoras”, tirando de metáfora con otro animal no especialmente querido. Pero, además de poco halagador, el término no es afortunado, ya que los murciélagos no forman parte del grupo de los roedores, donde se incluyen las ratas, sino que componen uno propio denominado quirópteros.

 Las razones de esa animadversión tienen bastante que ver con las caras de la mayoría de ellos, que, de cerca, parecen poco amables, adornadas con unas orejas generalmente exageradas y dotadas de hocicos retorcidos donde suelen aflorar unos dientecillos amenazadores. Por otra parte, aunque solamente tres especies americanas de las más de mil que componen el grupo se alimentan de sangre, el mito del vampirismo ha extendido su mala fama sobre todo el grupo, añadiendo más elementos negativos a su estimación por el público. Además, el hecho de volar preferentemente de noche, dos aspectos alejados de nuestra forma preferente de vida (somos fundamentalmente seres andantes y diurnos) se suma al desalentador panorama de su valoración. Para terminar de empeorar las cosas, la reciente tragedia de la pandemia de covid-19 ubicó a los quirópteros en el siniestro lugar de los posibles transmisores de la enfermedad vírica. No en vano los murciélagos son realmente un reservorio de numerosos tipos de virus, particularmente del grupo de los coronavirus, la familia vírica a la que pertenece el SARS-CoV-2.

 Una vez más, lo que son adaptaciones verdaderamente sofisticadas (el vuelo, la percepción por ecolocalización, la nocturnidad, la resistencia vírica), pasan a convertirse a nuestros ojos en factores negativos. Porque el hecho de que sean reservorios de muchos virus es debido en parte a poseer un sistema inmunitario con gran capacidad para resistir sus efectos. También pueden transmitirnos la rabia, aunque en una proporción menor que lo hacen los perros. En cuanto a la forma de transmisión de los virus a los humanos, hay que decir que lo más probable no es que sea por mordedura, sino a través del contacto con sus heces, salvo en el caso de las tres especies de hematófagos americanos y, en los demás, si son atrapados y muerden para defenderse. Por tanto, la transmisión de enfermedades por contacto con sus heces quizás pueda servirnos para reflexionar sobre los problemas que se derivan del afán humano por no respetar los ámbitos de vida del resto de los seres vivos con los que compartimos el planeta, en este caso las cuevas-dormidero de los murciélagos, cuyos suelos quedan frecuentemente cubiertos de excrementos atiborrados de virus.

 

Cueva en Verapaz (Guatemala).         © JAPT



Volviendo a la ecolocalización, hay que decir que no todos los murciélagos son ecolocalizadores. Los que sí poseen esa facultad, lo que hacen es emitir sonidos de baja frecuencia cuyos ecos generados al rebotar en los objetos son recogidos por sus pabellones auriculares y trasladados al cerebro donde se convierten en una percepción espacial del entorno. Se trata de un mecanismo especialmente útil en ausencia de luminosidad, aunque todos los murciélagos han mantenido su capacidad de visión, lo que quiere decir que sigue resultándoles útil en diferentes grados, ya que la evolución, tremendamente austera, suele tender a hacer desaparecer estructuras que han perdido importancia cuando otras sustituyen su función.

Según confesión propia, fue la excepcionalidad de esta forma de percepción del entorno por sonar o ecolocalización la que llevó al filósofo Thomas Nagel a elegir los murciélagos como protagonistas de su famoso artículo titulado “¿Cómo es ser un murciélago?”[1], donde reflexiona sobre la incapacidad de entender la forma de ser de otros, especialmente cuando esos otros son tan diferente a nosotros como lo puede ser ese murciélago que se guía por los ecos recibidos por el rebote de sus chillidos ultrasónicos en los objetos. El artículo contenía una gran carga de profundidad, por cuanto cuestionaba la posibilidad de explicar la conciencia (cuya existencia en muchos animales sí admite Nagel) utilizando criterios objetivos y metodologías científicas, dado el carácter subjetivo de aquella. Su cuestionamiento filosófico llega a poner contra las cuerdas la propia posibilidad de la comprensión científica, un asunto que abordé en mi libro “Las ventanas del sentido común” [2] y que ha sido debatido y rebatido por muchos filósofos y científicos, convirtiendo el asunto en un referente de los debate científico-filosóficos sobre la conciencia, los límites de la comprensión racional y la propia ciencia.

 Nagel sustentaba su elección de los murciélagos como protagonistas de su reflexión en una doble vertiente: la proximidad filogenética a los humanos como miembros de la misma familia mamíferos frente a la elección de organismos más alejados (aves, invertebrados, etc.), lo que nos facilita contemplarlos como cercanos, y la paradójica impresión de estar ante “una forma de vida fundamentalmente alienígena” -en su texto hace incluso referencia al término “marcianos”- debido a su extraña -para nosotros- forma de percepción. Así, la cercanía evolutiva nos hace aceptar sin mucho problema que se trata de animales poseedores de experiencia, concediéndonos la posibilidad de pensar que “hay algo que se siente al ser un murciélago”. Es ese algo lo que, para Nagel, nos resulta incomprensible, ya que -sostiene- “el sonar de los murciélagos, aunque claramente una forma de percepción, no se asemeja en su funcionamiento a ningún sentido que poseamos, y no hay razón para suponer que sea subjetivamente similar a algo que podamos experimentar o imaginar”.


Pura Goa Lawah (templo de los murciélagos). Bali.         © JAPT



Aunque atrajo mucho interés y propició una secuela de numerosas referencias, no convenció Nagel ni muchos menos a todos los filósofos y quizás tuvo menos éxito entre los científicos. Entre los filósofos enfrentados destaca Daniel Dennet, quien dedicó un apartado completo de su libro “La conciencia explicada”[3] al artículo de Nagel. Para Dennet, lo interesante de la cuestión apuntada por Nagel es lo que podemos aprender sobre la conciencia del murciélago y no si podemos convertir nuestras mentes en mentes de murciélago: “Hay bastantes cosas que podemos llegar a conocer sobre lo que se siente al ser un murciélago y Nagel ni ningún otro nos han demostrado que haya algo particularmente interesante o teóricamente relevante que nos sea inaccesible”, escribió.

 En todo caso, la visionaria elección de Nagel ofrece una ocasión propicia para revisar algunas cosas sobre los murciélagos, la percepción y la evolución.

 Los murciélagos forman un amplio conjunto de especies de mamíferos agrupados en el orden quirópteros o Chiroptera[4], siendo el segundo más numeroso, solo por detrás de los roedores. De hecho, casi una de cada cinco especies de mamíferos vuela, lo que no deja de ser un dato sorprendente, sobre todo si tenemos en cuenta que los quirópteros son los únicos representantes del grupo con esa capacidad plena, pues, aunque unas pocas especies de otros grupos han adquirido habilidades planeadoras, no realizan vuelos auténticos con posibilidad de remontarse. Esa capacidad inusitada entre los mamíferos ha favorecido una amplia dispersión geográfica, muestra de su éxito evolutivo, haciendo que todos los continentes y numerosas islas oceánicas, con excepción de la Antártida, cuenten con especies del grupo.

 Si el volar representa una convergencia adaptativa de los murciélagos con las aves, lo cierto es que la estructura que les permite volar se asemeja más a la que desarrollaron los pterosaurios, un grupo de reptiles voladores ya extintos (de forma estricta se definen como sauróptidos arcosarios, pues los reptiles son un grupo muy heterogéneo que no resiste el escrutinio actual de la taxonomía cladística).

 

Pájaro volando en el cielo

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Las alas de los murciélagos se logran extendiendo una membrana entre los dedos alargados: el patagio.

Pteropus giganteus       © JAPT


 

Los pterosaurios se extinguieron junto a los dinosaurios no aviarios y otros muchos grupos en la crisis finicretácica, hace unos 65 millones de años. Por lo tanto, nunca coincidieron con los murciélagos ya que estos surgieron en el eoceno, siendo los restos más antiguos encontrados los atribuidos a la especie fósil Icaronycteris gunnelli, aparecidos en el estado norteamericano de Wyoming y datados en algo más de 52 millones de años[5]. Eso significa que mucho antes de los murciélagos, los pterosaurios dieron con la clave de un tipo de vuelo basado en alas logradas mediante el alargamiento de determinados huesos de las extremidades anteriores entre los cuales se extendía la piel constituyendo un tipo de expansiones denominadas técnicamente patagios. Pero, mientras que en los murciélagos participan todos los dedos en la configuración del patagio, en el caso de los pterosaurios solo se alargaba el cuarto dedo. Podría parecer un sistema más frágil, pero lo cierto es que algunos pterosaurios superaron en tamaño a cualquier animal volador conocido, con el cénit en Quetzalcoatlus northropi, que debió asistir al abrupto final del cretácico y cuya envergadura alar superaba los diez metros. Los murciélagos no han alcanzado ni de lejos tamaños equiparables, siendo la mayoría de sus envergaduras muy modestas. Por otra parte, no existiendo relación filogenética directa entre pterosaurios y mamíferos, la copia del modelo “patagio” por los murciélagos, representa una reinvención y no una herencia.

 Las aves desarrollaron también un sistema anatómico funcional para el vuelo totalmente independiente del de los murciélagos, asimismo anterior en el tiempo. Aunque con indudables semejanzas, el ala aviar es una estructura muy diferente al patagio quiróptero o al de los pterosaurios. En este caso, la base reside en la invención de la pluma, cuya imbricación permite la creación de una amplia base de sustentación de gran ligereza y que conlleva otras diversas ventajas. Hoy sabemos que las plumas formaron parte de la anatomía de bastantes grupos de dinosaurios no voladores, por lo que se ha generado una importante controversia sobre su ventaja evolutiva inicial, probablemente ligada tanto a la termorregulación como a su capacidad de ampliación de la superficie de las extremidades anteriores no tanto para volar, sino para equilibrarse en la carrera. En todo caso, lo cierto es que, de todos los grupos de dinosaurios, solamente los aviares sobrevivieron a la catástrofe cretácica (en este punto hay que recordar que, filogenéticamente hablando, las aves son dinosaurios).



 

Archaeopteryx lithographica, una de las primeras aves.          © JAPT



Ante cualquier estructura o función sofisticada surge la misma pregunta: ¿qué ventaja evolutiva representó en sus inicios, cuando las estructuras aún no estaban perfeccionadas? Fue el caso de la evolución de los primeros ojos que tanto preocupó a Darwin (de la que me hice eco en mi libro “Las ventanas del sentido común”[6]). En la situación que ahora nos ocupa, la pregunta sería: ¿cómo fue el inicio del vuelo en los murciélagos?

 Quizás una respuesta nos la puedan ofrecer los actuales colugos, un pequeño y aislado grupo de mamíferos planeadores, antaño más numerosos, de los que tan solo quedan dos especies -el colugo filipino y el de Sonda- como únicos representantes de todo un orden: los dermópteros o Dermoptera[7].

 Los dedos de los colugos no son alargados como los de los murciélagos, pero sí presentan una extensión de piel entre ellos al modo de “dedos palmeados” similares a los que tienen otros animales como las anátidas, sin ir más lejos. Con ellos se busca formar una superficie ligera que sirva para desplazar un fluido (el agua en el caso de los patos y el aire en el de los colugos), al formar una especie de micropatagio. No es una superficie suficiente para el vuelo y ni siquiera para un planeo decente, que requiere de una mayor extensión que los colugos consiguen gracias a las expansiones tegumentarias situadas a ambos lados del cuerpo. En conjunto, con la superficie total lograda al extender las extremidades y abrir los dedos se logra el planeo de un árbol a otro. Por tanto, los dedos palmeados de los colugos resultan insuficientes para volar y solo pueden apoyar un planeo limitado basado en otras expansiones tegumentarias, pero es fácil deducir que un alargamiento importante de los dedos palmeados con la consiguiente ampliación del micropatagio interdigital posibilitaría una superficie suficiente para planear con soltura o, como en el caso de los murciélagos, llegar a conseguir el vuelo remontante.

 

Una rama de un árbol

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Colugo (Galeopterus variegatus). Borneo.         © JAPT


 

Sabemos que no fue así en el caso de los colugos, porque, aunque en el pasado se les trató de emparentar con los quirópteros, los estudios más recientes ubican a los dermópteros muy cerca de los primates actuales, agrupados en un clado denominado primatomorfos. Cabe pensar, pues, que el ensayo planeador de los dermápteros se quedó a medio camino del éxito evolutivo del vuelo, permaneciendo anclados a la necesidad de sus expansiones tegumentarias laterales sin ensayar la opción de alargar los huesos de los dedos con la consiguiente formación de un amplio patagio, algo que sí ensayaron los murciélagos, superando de este modo los límites del planeo y alcanzando la excelencia del vuelo, un paso que les permitió expandirse y diversificarse en las más de 1400 especies actuales que se distribuyen por todo el orbe, en tanto que los dermápteros quedaron reducidos a tan solo dos especies refugiadas en una pequeña esquina insular del planeta.

 Aunque fueron los últimos llegados al vuelo de entre los vertebrados, los murciélagos se especializaron en una dirección mucho menos explorada por sus competidores alados: el vuelo nocturno, encontrando ahí un nicho poco frecuentado. Para ello hubieron de adquirir formas de percepción especialmente adecuadas para el mundo nocturno, siendo la más llamativa la consistente en una doble adaptación especial del oído y de la emisión de sonidos laríngeos conocida como ecolocalización. No fueron los únicos, ya que esta forma de percepción también ha sido ensayada al menos en otros tres grupos de mamíferos: el de los cetáceos con dientes, como delfines o cachalotes (dentro del orden cetartiodáctilos), el de las musarañas errantes (orden eulipotiflos) y el de los tenrecs (orden afrosorícidos); así como por dos grupos de aves: el de los guácharos (orden caprimulgiformes) y el de los vencejos y salanganas (orden apodiformes).

 

Imagen que contiene murciélago, edificio, animal, mamífero

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Murciélagos en un ambiente antrópico: ciudad amurallada de Fatehpur Sikri (India).     © JAPT


 Aproximadamente la mitad de las especies de murciélagos utilizan la ecolocalización laríngea para orientarse. Se trata de un mecanismo similar al sonar que emplean los barcos para detectar el fondo marino o los bancos de peces y caracteriza especialmente a los tradicionalmente conocidos como microquirópteros. Estos son un amplio grupo llamados así por ser, en general, más pequeños que el resto, que se agrupan bajo el término de megaquirópteros y forman una sola familia: los Pteropodidos o zorros voladores frugívoros, que, con escasa excepciones, no suelen ser ecolocalizadores. Sin embargo, esta vieja clasificación de micro y megaquirópteros no ha resistido el moderno escrutinio de la genética molecular evolutiva, pues al aplicar técnicas modernas de análisis genético-molecular, los taxónomos cladistas (aquellos que buscan establecer las clasificaciones en base a las filogenias evolutivas: quién desciende quién) han reorganizado el orden quirópteros manteniendo la división en dos subórdenes, pero con composiciones no exactamente iguales a las de la clasificación anterior. Los nuevos subgrupos han complicado, además, su nomenclatura. La mayoría de los viejos microquiróteros constituyen ahora el suborden de los yangoquirópteros o vespertilionifomes, formado por 14 familias; mientras que el otro suborden responde al nombre de yinpteroquirópteros o pteropodiformes, en donde los pteropodidos se unen a otras seis familias más. Aunque los nuevos nombres se antojan difíciles, resulta fácil recordarlos si los simplificamos a murciélagos yin y yang, los dos conceptos complementarios y opuestos del taoísmo que, juntos, forman el famoso círculo blanquinegro del tao.

Entre los murciélagos yin, solo una familia alberga especies con ecolocalización faríngea. Son los rinolófidos (Rhinolophidae), formada por 109 especies agrupadas en un único género (Rinolophus) y conocidos en general como murciélagos de herradura. El resto de los ecolocalizadores faríngeos son especies pertenecientes al otro suborden (los murciélagos yang).

  Esta situación ha vuelto sumamente complicada la explicación del origen evolutivo de la ecolocalización laríngea de los murciélagos al existir tanto la posibilidad de un origen único como la de orígenes múltiples. Y ello sin entrar en la complejidad añadida que supone considerar las diferencias de grado en las formas de ecolocalización que utilizan los quirópteros (los hay de frecuencias constantes, moduladas, de alto o de bajo ciclo de trabajo, etc.). En todo caso, si se trata de una adaptación original de los primeros quirópteros existentes, ésta se habría perdido posteriormente en una de las ramas filogenéticas derivadas, donde, además, se habría dado una cierta recuperación por parte de algunos mediante una forma de ecolocalización algo diferente. La otra posibilidad es la existencia de varios orígenes en la adquisición evolutiva de la ecolocalización por parte de los quirópteros.

 

Murciélago de herradura (Rinolophus).   © JAPT


Habida cuenta de la relación estrecha entre el origen y evolución de la ecolocalización en los quirópteros y el árbol filogenético del grupo, en el que ha de basarse su organización taxonómica, se han venido multiplicando en los últimos años las investigaciones dirigidas a esclarecer la cuestión escrutando la anatomía detallada del sistema auditivo de los murciélagos y su desarrollo embriológico. El asunto ha ido y venido con trabajos contradictorios que han situado la cuestión en un apasionante debate. Así, estudios pioneros se decantaron por la opción de varios orígenes diferentes, argumentando que parece poco probable la pérdida en los pteropodidos de una adaptación tan exitosa como la ecolocalización, para ser recuperada posteriormente de forma precaria en algunas especies del grupo o relacionadas[8]. Algo después, centrándose en el desarrollo embrionario de la cóclea, una estructura auditiva asociada a la ecolocalización laríngea, otros investigadores encontraron mayor apoyo para la tesis del origen único al encontrar un desarrollo inicial similar en todos los murciélagos que se ralentiza luego en el caso de los linajes no ecolocalizadores, dejando en ellos esta estructura como vestigial[9]. No pasó mucho tiempo hasta que nuevos trabajos embriológicos sobre el desarrollo del aparato auditivo rebatieron lo anterior para volver a defender el origen independiente de la ecolocalización en cada uno de los dos grupos de murciélagos (yang y yin), herederos de un hipotético ancestro que sería no ecolocalizador y sugiriendo por tanto un proceso de evolución convergente de la ecolocalización en las líneas filogéneticas yin y yang[10] 

 En esta misma línea, un reciente trabajo desarrollado en los laboratorios de la Universidad de Chicago quiere sentenciar el debate tras escrutar con tomografías computerizadas (los famosos TAC de las pruebas médicas) los oídos de casi cuarenta especies de murciélagos[11]En este estudio que se pretende definitivo, los investigadores encuentran importantes diferencias anatómicas en los canales óseos que protegen las neuronas del ganglio espiral que conectan las células ciliadas del oído interno (donde se recogen las vibraciones de los sonidos) con el nervio auditivo que traslada esa información al cerebro. Así, los murciélagos yin compartirían la forma de su canal óseo con la mayoría de los otros mamíferos, mientras que los yang presentan un canal diferente y más abierto que les proporcionaría mayores posibilidades para la diversificación de los nervios ganglionares y sus conexiones con el cerebro (recordemos que es en el grupo de los murciélagos yang donde se da la mayor generalización de las capacidades de ecolocalización).

 Admitiendo estas últimas conclusiones a favor de un origen diferente de la ecolocalización en cada uno de los dos grupos de murciélagos (yin y yang), con un desarrollo convergente posterior, aunque diferenciado anatómica y funcionalmente, podríamos convenir que la peculiar característica que atrajo la atención del filósofo Nagel sobre estos animales y le hizo presentarlos como si fueran una especie de marcianos, no afecta a todos los murciélagos, excluyendo especialmente a los zorros voladores frugívoros, cuyos sistemas perceptivos, muy centrados en la vista y el olfato, los alejaría de esa concepción nageliana de alienígenas con los que nos resultaría imposible la intercomprensión, para situarlos mucho más cerca de nosotros mismos que de sus parientes insectívoros. Por otra parte, la causa del extrañamiento de los murciélagos ecolocalizadores con respecto a nuestro mundo perceptivo no se habría dado una vez en su historia evolutiva sino al menos en dos ocasiones. Para colmo, hoy sabemos que la ecolocalización no queda tan alejada de nuestro marco perceptivo como pretendía Nagel, pues está bien documentada cierta capacidad humana para utilizar el eco procedente de sonidos autoemitidos con el fin de percibir el entorno inmediato, una capacidad particularmente acusada y desarrollada en el caso de algunos ciegos.

 

Murciélagos saliendo al atardecer de la cueva de los ciervos (Deer Cave) en Mulu (Borneo)       © JAPT


 

Calificada en ocasiones como audición espacial o percepción del espacio auditivo, la forma humana de ecolocalización en un sentido amplio fue ya motivo de discusión desde que la propuso Pierre Viley en 1914[12] con el fin de explicar la capacidad que mostraban los ciegos (él mismo lo era) para presentir la presencia de objetos cercanos. Posteriormente, ya en los años cuarenta, tuvieron lugar las primeras experiencias que demostraban la existencia de esta forma de percepción en humanos, especialmente acusada en el caso de invidentes. Refrendadas por estudios más recientes, algunos expertos han llegado a decir lo siguiente: “Algunas personas ciegas desarrollan habilidades de ecolocalización notables y pueden evaluar la posición, el tamaño, la distancia, la forma y el material de los objetos mediante ondas sonoras reflejadas. Tras el entrenamiento, las personas con visión normal también pueden usar la ecolocalización para percibir objetos y pueden desarrollar habilidades comparables, aunque generalmente algo inferiores, a las de las personas ciegas”[13]. Incluso, llevándolo quizás a un extremo, algunos autores calificaron la ecolocalización como “una parte normal de nuestra experiencia perceptiva consciente”[14].

 Coincidente con esa caída de los muros de separación entre los murciélagos ecolocalizadores y nosotros en cuanto a la percepción del entorno habría que apuntar que tampoco es tan diferente la generación de los sonidos que emiten los murciélagos (aunque sí lo hagan en frecuencias inalcanzables por nuestros oídos) de la que nosotros mismos empleamos para generar los nuestros. Los más sofisticados quirópteros emplean también su laringe como fuente de una fonación que luego es modulada o articulada en el tracto vocal, surgiendo el sonido bien por la boca abierta (de ahí ese aspecto amenazador de los murciélagos volando con las fauces abiertas) o bien por las fosas nasales (un estilo más discreto). Es cierto que lo que sí exige la percepción por ecolocalización es un aparato auditivo muy fino, lo que, además de al órgano del oído y los pabellones auriculares, concierne a las estructuras encefálicas implicadas, como son los colículos inferiores, situados en el tectum o techo del mesencéfalo, es decir, entre el tronco encefálico y el cerebro propiamente dicho. Estos núcleos son los nexos más relevantes en la ruta auditiva hacia la interpretación cerebral de los ecos y la consiguiente configuración de un espacio perceptivo tridimensional. Lo corroboran estudios de anatomía comparativa que muestran que los colículos inferiores de los quirópteros yang ecolocalizadores son apreciablemente mayores que los que poseen los yin no ecolocalizadores, situándose los pocos yin ecolocalizadores entre medias[15].



 

Pteropodido en Bali   © JAPT


Esas diferencias de tamaño en los colículos inferiores se ajustan bien a la idea de diferencias en las estrategias perceptivas entre los murciélagos ecolocalizadores cazadores e insectívoros y los no ecolocalizadores, guiados éstos últimos de forma preferente por la vista y el olfato y un comportamiento alimentario frugívoro. Por otra parte, las exigencias de ligereza que impone una ágil locomoción aérea en persecución de los insectos alados frente a un menor condicionante en el caso de la búsqueda de frutos inmóviles puede que también hayan intervenido en las tendencias evolutivas de cada cual. Los ojos grandes y un espacio cerebral destinado a la visión y el olfato mayores en el caso de los antes denominados megaquirópteros con tamaños corporales relativamente grandes, frente a la exigencia de tamaños menores y más ágiles y un mayor desarrollo de los espacios cerebrales destinados a la audición en el caso de los microquirópteros que, sin embargo, nunca han llegado a renunciar a los órganos visuales.

 

Imagen que contiene exterior, animal, rebaño, pájaro

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¿Como es descansar cabeza abajo colgado de una rama?    

Pteropus giganteus (Sri Lanka)               © JAPT


 Pasado un cierto tiempo desde que Nagel planteara su célebre pregunta sobre cómo es ser un murciélago y sin que podamos concluir definitivamente que han sido resueltos todos los recovecos que se sugirieron con ella, tanto en relación con sus efectos sobre la comprensión de la conciencia como sobre su significado, lo cierto es que la ciencia no ha dejado de avanzar desde entonces, y lo ha hecho más en la línea de acortar la distancia que se pretendía entre la comprensión de cómo son unos mamíferos alados que no resultan tan alienígenas como se pretendió. En ese sentido, quizás tampoco parezca tan improbable aquello de entender cómo es ser otro. Y hasta es probable que puedan sacarse algunas interesantes reflexiones sobre ello con respecto a nuestra capacidad de empatizar con quienes no son uno mismo. Algo que no nos vendría mal en estos tiempos.

 

 

 

 



[1] Nagel, T. 1974. "What Is It Like to Be a Bat?". The Philosophical Review. 83 (4): 435–450.

[2] Pascual Trillo, J.A. 2024. Las ventanas del sentido común”. Ed. Laetoli. Pamplona.

[3] Dennet D. 1991. Conciousness explained”. Little, Brown and Company. Boston. (Trad cast: “La conciencia explicada”. Paidós. Barcelona. 1995).

[4] Wilson, D. E. & Mittermeier, R.A. (eds.). 2019. “Handbook of the Mammals of the World”. Vol. 9: “Bats”. Lynx Edicions. Barcelona.

[5] Rietbergen, T.B.; van den Hoek Ostende, L.W.; Aase A. et al. 2023. “The oldest known bat skeletons and their implications for Eocene chiropteran diversification”. PLOS ONE 18(4): e0283505.

[6] Pascual Trillo, J.A. 2023. “La cuarta cultura”. Ed. Popular. Madrid.

[7] Wilson, D. E. & Mittermeier, R.A. (eds.). 2018. “Handbook of the Mammals of the World”. Vol. 8: “Insectivores, Sloths and Colugos”. Lynx Edicions. Barcelona

[8] Eick, G.N.; Jacobs, D.S. and Matthee, C.A. 2005. “A Nuclear DNA Phylogenetic Perspective on the Evolution of Echolocation and Historical Biogeography of Extant Bats (Chiroptera)”. Molecular Biology and Evolution 22 (9):1869–1886

[9] Wang, Z.; Zhu, T.; Xue, H. et al. 2017. “Prenatal development supports a single origin of laryngeal echolocation in bats”. Nature Ecology and Evolution 1(2): 21.

[10] Nojiri, T.; Wilson, L.A.B.; López-Aguirre, C. et al. 2021. “Embryonic evidence uncovers convergent origins of laryngeal echolocation in bats”. Current Biology 31(7): 1353-1365.

[11] Sulser, R.B.; Patterson, B.D.; Urban, D.J. et al. 2022. “Evolution of inner ear neuroanatomy of bats and implications for echolocation”. Nature 602: 449–454.

[12] Viley, P. 1914. “Le monde des aveugles: essai de psychologie”. E. Flammarion. Paris

[13] Kolarik, A.J.; Cirstea, S.; Pardhan, S. & Moore, B.C.J. 2014. “A summary of research investigating echolocation abilities of blind and sighted humans”. Hearing Research 310: 60-68.

[14] Eric Schwitzgebel, E. and Michael S. Gordon, M.S. 2000. “How Well Do We Know Our Own Conscious Experience? The Case of Human Echolocation”. Philosophical Topics 28: 235-246.

[15] Hu, K.; Li, Y.; Gu, X. et al. 2006. “Brain structures of echolocating and nonecholocating bats, derived in vivo from magnetic resonance images”. Neuroreport 17(16):1743-1746.