LA CIENCIA Y EL MEDIOAMBIENTE. Capítulo 2: Del geosistema al ecosistema

 

 




PRESENTACIÓN  

En el año 2000 publiqué “El teatro de la ciencia y el drama ambiental”. Como indicaba en el prefacio de la obra, el título era un homenaje al ecólogo G. Evelyn Hutchinson inspirado en el título de su obra “El teatro ecológico y el drama evolutivo”. Señalaba entonces que si en la obra de Hutchinson el teatro era identificado como el escenario donde transcurre la acción evolutiva, la pretensión de “El teatro de la ciencia y el drama ambiental” era llevar la identificación a la aventura del conocimiento que supone la ciencia y, en particular, a la representación de un drama que interesa sobremanera conocer para paliar: la crisis ambiental. La metáfora, pues, estaba servida, e indagando en ella podíamos seguir la pista de los autores, escenarios, actores, tramoyas y tramas que implica toda obra teatral.

Así, se indicaba, las ciencias ambientales serían el joven autor teatral que propone una nueva obra en la que buscaría representar (léase interpretar, comprender) el medioambiente y la crisis ambiental de la forma más satisfactoria y adecuada que exigen las necesidades actuales. La obra sería, pues, el medio ambiente. El escenario, los sistemas naturales en los que discurre todo, pues también nosotros, las sociedades humanas los habitamos. El protagonista central, nosotros mismos. Las interacciones e intercambios entre humanos y geoecosistemas serían algunos de los elementos destacados de la trama, incluyendo los factores de riesgo que derivan de los procesos naturales, especialmente cuando se ven alterados o interferidos por las acciones humanas. La trama desencadena en la crisis ambiental, el momento de mayor dramatismo de la obra (en el que actualmente estamos inmersos), para la que se prefiguran posibles correcciones urgentes, aunque insuficientes, ya que solo se vislumbra una salida definitiva: el cambio de argumento del núcleo de la obra, una forma nueva de relación entre la humanidad y la naturaleza. Un cambio de guión.

Esa conclusión es, precisamente, la base argumentativa de “La cuarta cultura”, libro que publiqué en 2023 sugiriendo la necesidad de una nueva cultura global, tras las previas, definidas por las formas de vida cazadora-recolectora, agroganadera neolítica e industrial. Una nueva cultura capaz de superar la crisis ambiental global en que nos encontramos y que vendría definida por una forma de relación con el planeta auténticamente sostenible, es decir, mantenible dentro de los límites ambientales e inspirada por un modelo de desarrollo social cualitativo y no de mero crecimiento cuantitativo y desigual.

Tras escribir “La cuarta cultura”, volví a releer el contenido de “El teatro de la ciencia y el drama ambiental”, advirtiendo la pertinencia y vigencia de sus postulados básicos, por lo que decidí revisarlo y actualizarlo para ofrecerlo en una versión por capítulos y abierta a los aires libres del espacio digital. 

 

Jose Antonio Pascual Trillo


2. El escenario:

 

DEL GEOSISTEMA AL ECOSISTEMA

 

 

Decir que la Tierra es un pedazo de roca de tamaño planetario habitado por formas vivas es como decir que nuestro cuerpo es un esqueleto infestado de células.

 

Lynn Margulis y Dorion Sagan

Catedrática de Biología de la Universidad de Massachusetts y divulgador científico, respectivamente

 

 

 

El sistema Solar: nuestro hogar

 

El sistema Solar es un sistema de cuerpos que, por razones gravitatorias y cinéticas, giran alrededor del Sol. Algunos de esos cuerpos describen a su vez trayectorias giratorias alrededor de cuerpos mayores, que son los que trazan órbitas en torno al Sol. Este conocimiento, aprendido en la escuela mediante dibujos, esquemas y maquetas, no ha sido sencillo de adquirir para la humanidad. Es más, en la historia de su conocimiento se encuentran algunas de las páginas más famosas de la confrontación entre la ciencia moderna y los dogmas teológicos, presididas, quizás, por la obligada abjuración de Galileo Galilei en el 22 de junio de 1633 y su legendaria "Y, sin embargo, se mueve" que remite a la victoria final del pensamiento libre y científico del genial investigador de Pisa. En la estela de este pionero de la ciencia moderna, podemos emprender ahora un recorrido rápido por lo más básico del minúsculo trozo de Universo en el que se ubica nuestro hogar, la Tierra.

 

Tradicionalmente se han denominado planetas a los nueve cuerpos más voluminosos que trazan sus órbitas alrededor del Sol y asteroides a los cuerpos de menor tamaño, con órbitas similares a las de aquellos. La mayor parte de los asteroides se encuentran en un cinturón situado entre las órbitas de Marte y Júpiter, aunque también hay otros que describen otras órbitas. Del cinturón de asteroides procede la mayor parte de los fragmentos que, resultantes de colisiones aleatorias y las consiguientes desestabilizaciones orbitales, terminan cayendo sobre los planetas interiores. Cuando el planeta es la Tierra, muchos se desintegran en su colisión con los gasese de la atmósfera, pero otros, los de mayor tamaño, impactan en la superficie rocosa o sobre el agua de los océanos. Si quedan fragmentos de ese choque, son conocidos como meteoritos. Los impactos mayores pueden tener repercusiones importantes en la fisonomía planetaria e, incluso, sobre la evolución de la vida al alterar las condiciones ambientales del planeta. Ese fue el caso del asteroide que se precipitó sobre la zona del actual Yucatán hace unos 65 millones de años.

 

Los satélites, por su parte, son cuerpos de tamaño generalmente menor al de los planetas y que describen órbitas alrededor de ellos. De hecho, el término refiere a su supeditación orbital de un planeta y no a su tamaño, aunque existe una cierta relación entre ambos factores.

 

Finalmente, los cometas son cuerpos de tamaño menor que giran en torno al sol en órbitas muy excéntricas que interfieren con las más circulares de los planetas interiores, aunque en la parte de su recorrido más alejado del Sol se pueden alejar mucho de las órbitas planetarias interiores.

 

Este conjunto de cuerpos que interactúan debido a las atracciones gravitatorias tiene un origen relacionado con la formación del Sol a partir de una antigua nebulosa. Desde un punto de vista significativo, constituye un sistema aislado en términos de masa y energía, y lo suficientemente distante de otros sistemas o estrellas de la galaxia Vía Láctea a la que pertenece (y que, a su vez, está enormemente distante de otros conjuntos galácticos) como para considerarse poco afectado por factores externos.

 

Han sido descubiertos otros sistemas planetarios que giran en torno a otras estrellas de nuestra galaxia, un acontecimiento que era esperable en términos de probabilidad. Sin embargo, no tenemos constancia ni directa ni indirecta de vida fuera de la Tierra, más allá de la que nos puede sugerir el cálculo de probabilidades. En todo caso, las características especiales de la Tierra, determinadas por su distancia al Sol, su composición y su velocidad de giro sobre sí misma (aspectos que condicionan el rango de las temperaturas cerca de la superficie sólida así como la presencia de agua líquida, entre otras características particulares) han permitido la aparición y consolidación del fenómeno que denominamos vida y de su evolución a través de formas constituyentes que cumplen la condición de autopoiesis, una cuestión sobre la cual volveremos más adelante. Similares condiciones pueden estar presentes en muchos otros rincones del Universo, aunque, debido a las enormes distancias, probablemente nunca conoceremos.

 

 

Comparando planetas

 

Cuando se tiene un objeto único de un tipo determinado, es posible estudiarlo y conocer muchas cosas sobre él, pero la ausencia de objetos similares con los que establecer comparaciones, impide una visión más amplia. Esto es lo que ocurre con la vida terrestre: no tenemos la posibilidad de compararla con otras posibles vidas, ya que no conocemos ninguna forma de vida extraterrestre. A pesar de ello, podemos sospechar que determinadas condiciones del planeta Tierra son las responsables de la aparición de la vida aquí y, a partir de ello, tratar de analizar las condiciones de otros lugares del sistema solar o, incluso, de otros sistemas planetarios muy alejados. La exobiología o astrobiología se constituye, así, como un ámbito disciplinario cuyo cometido es investigar las condiciones y posibilidades de la vida extraterrestre. A ella contribuye también el progresivo conocimiento que vamos adquiriendo de los otros planetas, conocido como "planetología comparada" o "geoplanetología" ([1]).

 

Lo primero que se advierte en la comparación de unos cuerpos planetarios con otros es que no hay un "modelo" común. Desde un punto de vista geológico (aunque el término quizás no sea etimológicamente correcto, puesto que "geo" significa Tierra), los diferentes cuerpos planetarios y satélites del sistema Solar pueden identificarse con alguno de los siguientes tipos generales o categorías:

 

a)     Cuerpos planetarios que contienen abundantes silicatos y presencia de hierro en su composición. Eso les otorga una elevada densidad media (superior a 3 gramos por centímetro cúbico). Estos cuerpos manifiestan en la superficie de sus capas sólidas haber tenido o tener actividad “geológica” interna (tectónica y vulcanismo), aunque algunos revelan que la han perdido o están muy cerca de ello. Sus tamaños son medios o pequeños. Se trata de planetas y satélites similares a la Tierra. Incluyen todos los planetas "interiores" (Mercurio, Venus, Tierra y Marte), así como algunos satélites (como los jupiterianos Io y Europa, o la terrestre Luna).

 

b)     Cuerpos planetarios con abundantes silicatos y hielo en su composición sólida. Eso determina densidades menores que las del anterior grupo (entre 1,5 y 2 gramos por centímetro cúbico). No poseen manifestación de actividad tectónica o volcánica actual o pasada y son de tamaño pequeño. Plutón (hoy considerado “planeta enano”) y numerosos satélites de los planetas exteriores forman parte de este grupo.

 

c)     Cuerpos planetarios con escasez de silicatos en su composición y abundancia de sustancias gaseosas y plasmas, lo que genera densidades bajas (menores a 1,7 gramos por centímetro cúbico). Manifiestan una alta actividad en sus capas gaseosas externas. Poseen tamaños gigantescos. Son los planetas “gaseosos” gigantes: Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.

 

 

La cuestión diferencial de la atmósfera

 

No todos los planetas interiores conservan gases atrapados gravitatoriamente formando una capa gaseosa que rodea al planeta. De existir, esa capa es llamada atmósfera por similaridad con la terrestre.

 

Siguiendo la sugerencia de Michael McElroy, director del Departamento de Ciencias Planetarias y de la Tierra de la Universidad de Harvard ([2]), podemos hallar en los compuestos volátiles que forman las atmósferas planetarias un buen punto de inicio para nuestro breve análisis comparativo de los planetas.

 

Dado que Mercurio carece de atmósfera relevante, la comparación se limita a las atmósferas de Venus, Tierra y Marte. En el siguiente cuadro se pueden ver sus composiciones macroscópicas:

 

 

 

 

Dióxido de carbono

 

Nitrógeno

 

Oxígeno

 

Venus

 

       96,6 %

 

       3,2 %

 

      0,0%

 

Tierra

 

        0,03%

 

     79,0 %

 

    20,9%

 

Marte

 

       95,0 %

 

       2,7 %

 

    0,13%

  


 Gráfico 2.1. Comparación gráfica entre las composiciones gaseosas de tres planetas

 

La atmósfera terrestre identifica y diferencia claramente la Tierra con respecto a nuestros planetas vecinos. La primera faceta personal terrestre, pues, procede de su envoltura gaseosa.

 

Los elementos que forman los compuestos volátiles más interesantes, cuantitativamente hablando, son carbono, oxígeno, hidrógeno y nitrógeno. Los principales compuestos volátiles que forman son el dióxido de carbono, el nitrógeno molecular, el oxígeno molecular y el agua. ¿Qué ha ocurrido con ellos en cada planeta? ¿Por qué las diferencias?

 

Podríamos pensar que, en todos estos planetas, el agua debiera haber sido el compuesto volátil más abundante. Esto puede ser cierto en la Tierra y en Marte, pero no en Venus. La diferencia entre la Tierra y Marte, por su parte, estriba en que en nuestro planeta la presencia del agua es muy evidente, pero no tanto en Marte, y ello es debido a la distinta temperatura superficial de ambos planetas. Mientras que la Tierra mantiene una temperatura superficial que permite al agua permanecer mayoritariamente en su estado líquido, de forma que cubre casi las tres cuartas partes de su superficie, en Marte, por el contrario, se encuentra principalmente en forma sólida y combinada con las rocas de su superficie.

 

Venus contiene mucha menos agua de lo que se esperaría. Se piensa que debió tener casi tanta agua como la Tierra en sus inicios, pero la perdió fundamentalmente al formarse una densa capa de dióxido de carbono que generó un intensísimo efecto invernadero, elevando enormemente la temperatura y contribuyendo a la pérdida de agua del planeta. Así, en relación con el agua, Marte y la Tierra se asemejan por su presencia, aunque no por su cantidad; diferenciándose, ambas, de Venus, que la ha perdido prácticamente en su totalidad.

 

El segundo compuesto volátil es el dióxido de carbono. Tanto en Marte como en Venus constituye la mayoría de sus atmósferas. Sin embargo, en la Tierra apenas supone el 0,03 por ciento. La anomalía, pues, la presenta nuestro planeta en relación con sus "hermanos". En la Tierra, la mayor parte del carbono permanece "secuestrado" en sedimentos, fundamentalmente bajo la forma de carbonatos, de manera que, aunque la cantidad total de carbono es muy alta y comparable a la de los otros planetas interiores, la mayor parte no está en la atmósfera, sino en la litosfera. El oxígeno, por su parte, sí aparece en cantidad importante bajo forma gaseosa como oxígeno molecular (O2), constituyendo alrededor de una quinta parte de la atmósfera terrestre. En Venus o Marte no existe en esa forma, por lo que el oxígeno molecular supone un aspecto destacado de la personalidad de la atmósfera terrestre.

 

Finalmente, el tercer compuesto volátil mayoritario en las atmósferas planetarias es el nitrógeno. En la Tierra es, con mucha diferencia, el mayor componente de su atmósfera, apareciendo fundamentalmente en su forma molecular diatómica y gaseosa. Ocupa unas cuatro quintas partes de la atmósfera terrestre. En Marte y Venus, sin embargo, su presencia es muy reducida en la atmósfera. ¿Dónde está? En el caso de Marte, al menos, parece claro que su atmósfera lo ha ido perdiendo hacia el exterior.

 

En resumen: la atmósfera terrestre es claramente distinta de las atmósferas marciana y venusiana. Las principales diferencias residen en su bajo contenido en dióxido de carbono y la alta proporción de nitrógeno y oxígeno moleculares.

 

Sin embargo, la hipótesis más probable para las atmósferas primitivas de los tres planetas es que partieron de una situación inicial bastante similar. ¿Qué ha hecho, pues, que la atmósfera terrestre sea tan diferente? La respuesta radica en el mismo factor que caracteriza a la Tierra con respecto a los otros planetas: la presencia de vida.  De hecho, la composición atmosférica terrestre actual se parece a la que resultaría de eliminar de las emisiones gaseosas volcánicas procedentes de las dorsales o límites constructivos entre placas litosféricas la mayor parte del hidrógeno y del carbono albergado en los óxidos de carbono, añadiendole oxígeno en forma de gas. Una parte del hidrógeno eliminado pudo escaparse al exterior debido a su ligereza y otra parte reaccionaría luego con oxígeno formando agua, al igual que lo hizo el carbono originando rocas carbonatadas una vez que se liberó suficiente oxígeno gaseoso a la atmósfera procedente de un proceso inusual y propio de la tierra: la fotosíntesis biológica ([3]).

 

 

¿La vida? ¿Qué es la vida?

 

Ya en los años cuarenta, el físico vienés Erwin Schrödinger manifestó su interés por resolver una ardua cuestión: definir qué es la vida. Para ello echó mano de la reciente ciencia de la termodinámica ([4]).

 

Schrödinger centró su atención en la aparente capacidad que muestra la vida para "saltarse" las reglas termodinámicas, ya que los seres vivos son capaces de incrementar su "orden" interno (su "organización" propia) a costa del exterior, lo que parece una rebelión frente a la tendencia universal a diluirse progresivamente en un incremento irreversible de la desorganización y la entropía, conforme señala la Segunda Ley de la Termodinámica.

 

Efectivamente, la vida parece ir "a contracorriente" de algún modo. Pero no hay tal "ilegalidad". Schrödinger concluyó que la vida es, simplemente, capaz de alimentarse de "neguentropía" (un término que desagradó profundamente al químico Linus Pauling), es decir, de absorber energía e información del ambiente exterior (que se desorganiza por ello), para construir y mantener una organización interna altamente ordenada. Como no podía ser menos, la Segunda Ley se cumple también para la vida, pero para ello tenemos que considerar el sistema completo: el ser vivo y su ambiente. De hecho, no es posible entender un ser vivo sin un ambiente que lo mantenga. Considerando ambos, aumenta la entropía y se pierde organización, pero esa pérdida global encubre un reparto desigual, donde el subsistema vivo es capaz de incrementar su propia organización a costa de la pérdida que experimenta el ambiente. La vida pierde su capacidad de "ir a contracorriente" cuando no hay ambiente del que pueda obtener materia y energía. Si el Sol deja de lucir, la vida en la Tierra se diluirá en la misma degradación entrópica que gobierna la evolución del conjunto del Universo. Una vez más, la ayuda que supone observar desde un enfoque de sistemas resulta útil para interpretar correctamente lo que sucede.

 

Siguiendo ese axioma que sostiene que lo fundamental consiste en hacer las preguntas correctas, Schrödinger abordó una cuestión científica crucial a través de una pregunta filosófica básica (¿qué es la vida?). Para el creador de las ecuaciones de onda de la física cuántica, la vida acabaría siendo explicada desde postulados propios de la física y la química, aunque exigiendo a estas ciencias una visión menos mecanicista que la que guió su pasado (hay que recordar, por otra parte, que cuando Schödinger escribió su obra, aún no se había encontrado la estructura helicoidal del ADN, un hallazgo que llegaría poco después).

 

En 1994, cincuenta años después de las conferencias que motivaron la publicación de ¿Qué es la vida?, un grupo de investigadores se reunió en el Trinity College de Dublín, la ciudad que acogió a Schrödinger en su forzado exilio frente al nazismo, para homenajear la efeméride e intercambiar puntos de vista acerca de su permanenecia y perspectivas de futuro. Como dejaron recogido Michael Murphy y Luke O'Neill en la introducción del libro que editaron con motivo de dicho encuentro:

 

"En los cincuenta años transcurridos desde las conferencias de Schrödinger nos hemos acostumbrado al tema del "orden a partir del orden" y buena parte del deslumbrante progreso de la biología molecular durante este tiempo puede contemplarse como una derivación de las implicaciones de esta idea. En esto se basa buena parte de la reputación de "¿Qué es la vida?" El tema del "orden a partir del desorden" ha sido en general considerado de menor transcendencia. Sin embargo, ahora que la termodinámica de los sistemas fuera del equilibrio y las estructuras disipativas se está aplicando a los sistemas vivos, la importancia de este tema podría reafirmarse. Puede que dentro de otros cincuenta años "¿Qué es la vida?" se considere una obra profética más por su tratamiento de la termodinámica de lo sistemas vivos que por su predicción de la estructura del gen" ([5]).

 

En la estela de esta reflexión, el químico Ilya Prigogine dirigió su propia búsqueda de la explicación de la vida hacia la termodinámica de los sistemas alejados del equilibrio, proponiendo el concepto de estructuras disipativas, en el que se incluyen, además de los seres vivos, otros sistemas fisicoquímicos, como remolinos, llamas de fuego, algunas reacciones químicas peculiares (como la de Zhabotinski), etc.

 

Las estructuras disipativas de Prigogine son sistemas capaces de organizar sus estructuras internas mediante el flujo de energía que los atraviesa y que, en su transcurso, se disipa o pierde como energía útil. Este concepto permite establecer un isomorfismo, ciertamente sorprendente, entre un ser vivo y una llama de fuego.

 

En 1990, desde una "visión alternativa de las raíces biológicas de la inteligencia" ([6]), los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela incorporaron al esfuerzo por entender el complejo fenómeno de la vida otro concepto: la organización autopoyética o autopoiética ([7]). La base de la que partieron es, en apariencia, sencilla: "los seres vivos se caracterizan porque, literalmente, se producen continuamente a sí mismos". De acuerdo con la tesis de la autopoyesis, existen varios niveles de organización autopoyética. Un primer nivel es el constituido por las células, contempladas como sistemas de primer orden; los organismos metacelulares (pluricelulares) serían los sistemas autopoyéticos de segundo orden y, finalmente, los de tercer orden estarían constituidos por los fenómenos sociales que establecen los organismos. Se estructura así un marco explicativo coherente y sugestivo que estos biólogos desarrollaron creando una considerable expectación científica, aunque no carente de polémica: un cóctel atractivo en ciencia.

 

En un libro que recuperaba el título del de Schrödinger ([8]), la bióloga Lynn Margulis y su hijo Dorion Sagan (hijo también del astrofísico y divulgador científico Carl Sagan) defendieron un concepto de vida estructurada en escalas jerárquicas desde la bacteria a la biosfera. "Considerada en su mayor extensión fisiológica, la vida es la superficie planetaria" dejaron escrito. Tras este concepto se encuentra el pálpito de la teoría Gaia, habitualmente atribuida al químico inglés Lovelock, y en la que Margulis colaboró activamente. Dada la tergiversación cuasiteológica que ha experimentado en ocasiones esta teoría, Margulis y Sagan pusieron un especial cuidado en advertir que recelan tanto de la mecanización de la vida como de la vitalización de la materia. En esta línea, sentenciaron: "rechazamos el mecanicismo por ingenuo y el animismo por acientífico". Para ellos, la idea esencial de la vida reside en su capacidad para producir más de sí misma, noción cercana a la apuntada por Schrödinger, quien, como se ha dicho, se anticipó a la identificación de la estructura del cristal aperiódico capaz de contener la información necesaria con la que crear nuevas estructuras, así como trasladarla a la descendencia (el ADN). Margulis y Sagan acogieron también favorablemente la noción de autopoyesis de Maturana y Varela: "cambiar para que nada cambie es la esencia de la autopoyesis. Esto se aplica tanto a la biosfera como a la célula, y cuando se aplica a las especies conduce a la evolución".

 

En varios de sus numerosos textos, el añorado físico barcelonés Jorge Wagensberg, profesor de teoría de los procesos irreversibles, exdirector del Museo de la Ciencia de Barcelona y excelente divulgador científico, insistió también en la idea de buscar una explicación termodinámica para la vida: "un ser vivo se ajusta a la idea de un sistema termodinámico que intercambia materia y energía con el resto del universo para aferrarse al así llamado estado estacionario de no equilibrio". La necesidad de definir lo vivo con respecto a su entorno es, por tanto, una exigencia ampliamente reconocida del guión, pues el concepto de vida es indisoluble de la necesidad de un ambiente: "restar vivo es evitar que el resto del mundo devore las diferencias, es eludir el tedioso equilibrio final". La vida consiste, pues, en una lucha permanente contra la muerte termodinámica, evitando la conversión del ser vivo en aquello que lo envuelve (su entorno), pues eso es su muerte, el final de lo vivo: "un ser vivo es un rincón del universo empeñado en distinguirse de sus alrededores" ([9]). He ahí una sentencia científica plena de poesía.

 

La historia de la vida

 

A la par que la biología trata de ofrecer una definición aceptable de la vida, se avanza en la inacabable reconstrucción de la historia de la vida en el único lugar en el que tenemos constancia de su existencia: la Tierra. La reconstrucción ha logrado traspasar el umbral de lo descriptivo para introducirse con decisión en el ámbito de lo explicativo y de la interpretación comprensiva. Así, no sólo reconstruimos "anécdotas" de la historia de la vida, sino que identificamos procesos, tendencias y rasgos dinámicos capaces de levantar un armazón explicativo de la vida y su evolución.

 

Sabemos que el origen de la vida obedece a procesos fisicoquímicos producidos en determinados ambientes cuyas características básicas se tratan de simular en laboratorios, una práctica que iniciaron los famosos experimentos de Stanley Miller y Harold Urey en fecha tan temprana como 1953. Desde entonces, se ha avanzado considerablemente, de forma que, hoy, muchos biólogos piensan que la vida es una consecuencia casi irremediable de las condiciones iniciales de nuestro planeta. Es más, parece una consecuencia relativamente fácil, pues apenas se enfrió la Tierra, surgió la vida. Más lento (y al parecer más dificultoso) fue dar algunos de los pasos trascendentales hacia el cambio cualitativo de las primeras formas vivas. Curiosamente, lo que parecía más difícil (el origen de la vida) aparece en la actualidad como un "saltito" poco menos que inmediato en las condiciones de una Tierra recién enfriada. Por el contrario, pasos posteriores hacia un aumento de la complejidad de las formas de vida han requerido tiempos largos. Así, muchas de las viejas concepciones sobre la evolución global de la vida han debido ser replanteadas con las últimas averiguaciones científicas.

 

Los ya mencionados Margulis y Sagan han esbozado también una reconstrucción de la historia de la vida sobre la Tierra que tuvo como originalidad propia el empeño destacado por alejarse de cualquier tentación antropocéntrica, un sesgo frecuente en otros empeños similares. La titularon Microcosmos ([10]) y en su subtítulo encontramos información relevante sobre su contenido: cuatro mil millones de años de evolución desde nuestros ancestros microbianos. Leyéndolo, podemos asistir a una vertiginosa visión de la historia de la vida sobre la Tierra desde que, hace alrededor de unos cuatro mil millones de años atrás, aparecieron las primeras estructuras disipativas o entidades autopoyéticas, es decir, los precedentes inmediatos de la organización celular básica de los seres vivos.

 

El tiempo inicial de la Tierra es conocido en la geocronología como eón Hadeense, Hádico o Hadeano, extendiéndose desde hace unos 4.500 millones de años hasta los 3.900. Fue un periodo turbulento, definido sobre todo por el proceso de enfriamiento de la superficie terrestre que, hacia el final de dicho eón, había creado una corteza sólida. No es extraño que las referencias que tengamos de dicho momento sean indirectas, pues no nos quedan rocas que puedan testificar sobre aquellos tiempos. Sí los tenemos del eón posterior, el Arqueense, Arcaico o Arqueano, que se extiende hasta hace casi 2.500 millones de años ([11]). Es en algún momento de la fase inicial de esta segunda larga parte de la historia de la Tierra cuando surgió la vida, es decir, la formación de las primeras células (un proceso aún no reproducido en los laboratorios científicos, aunque sí se han ensayado diversos procesos parciales de formación de sus componentes esenciales: polinucleótidos, membranas...). De los primeros seres vivos, células minúsculas de gran simplicidad estructural, se han encontrado pruebas en Sudáfrica y, posteriormente, en Canadá y Groenlandia. Las más antiguas alcanzan una edad aproximada de 3.800 millones de años (los albores del Arqueense), siendo interpretadas como manifestaciones de actividades o procesos liugados a la vida, dado que no se trata propiamente de restos fósiles, sino de cosas tales como concentraciones de isótopos de carbono en proporciones similares a las de los organismos fotosintetizadores. Hay que esperar hasta los 3.400 millones de años (siempre dentro del Arqueense) para dar con los primeros microfósiles hallados en el Sur de África.

 

Lo interesante es que, como señalan Margulis y Sagan, "la transición de la materia inanimada a bacterias llevó menos tiempo que la transición desde las bacterias a los organismos superiores que conocemos". Así, desde las primeras impresiones que suponían que la vida se originó en el Cámbrico, la investigación científica retrasó el origen de la vida en más de 3.000 años. Una consecuencia inmediata es que la inmensa mayor parte de la historia de la vida ha estado presidida de forma exclusiva por formas unicelulares microscópicas dotadas de gran simplicidad en sus estructuras organizativas.

 

De igual modo, algunas otras "intuiciones" pioneras han caído con el progreso de los conocimientos. Hoy sabemos que los virus (considerados por la mayoría de los biólogos como formas no vivas dependientes de estructuras celulares vivas) no pueden ser las formas iniciales de la vida, entre otras razones por su necesidad de utilizar las estructuras celulares de otros organismos para replicarse. Como ocurre con muchas otras formas de verdadero parasitismo, estructuralmente más complejas que los virus, se trata de ensayos necesariamente posteriores al origen de las formas parasitadas, como dicta la lógica. En el fondo, tras la intuición de que las formas parasitarias son muy primitivas, está la eterna sombra de cierto prejuicio que sostiene que el "progreso evolutivo" se dirige siempre y necesariamente desde lo simple a lo complejo, una idea que enervaba a Stephen Gould y motivó numerosos escritos de repulsa por su parte ([12]).

 

Tampoco parece defendible la idea de que fueron primero los organismos de tipo autótrofo. Estos son capaces de generar su propia estructura mediante la utilización de la energía solar o a través de reacciones químicas inorgánicas, por lo que inicialmente parecía razonable pensar que precedieron a los heterótrofos, que se aprovechaban de la existencia de materias orgánicas nutritivas creadas por los primeros. Ese orden secuencial se trasladó con demasiada facilidad al orden cronológico. Sin embargo, algo fallaba en el razonamiento. Hoy se considera, por el contrario, que resulta más posible que las primeras células de tipo bacteriano progresaran consumiendo compuestos de tipo orgánico (en el sentido de la química orgánica) formados por reacciones inorgánicas (en el sentido de abióticas) entre sustancias químicas existentes en la superficie del planeta; reacciones propiciadas por la radiación solar ultravioleta que llegaba sin las actuales interferencias atmosféricas de la capa de ozono, o animadas por las descargas eléctricas que debían abundar en la inestable capa gaseosa terrestre. Por tanto, los heterótrofos debieron ser, paradójicamente, los primeros, aunque pronto debieron entrar en crisis conforme se agotaban los materiales orgánicos que devoraban en aquel primer macrofestín terrestre. Redes de fermentadores debieron encadenarse tróficamente con ellos para aprovechar los restos del festín y mantener las cualidades autopoyéticas exigidas para seguir construyendo seres vivos. No obstante, por mucho que mejoraran los sistemas capaces de "exprimir" la energía de la materia orgánica prebiótica, según ésta se iba gastando, la crisis general se incrementaría. Entonces se produciría la "innovación metabólica individual más importante en la historia de la vida en el planeta": la fotosíntesis.

 

Al principio, las bacterias fotosintetizadoras usaban hidrógeno o sulfuro de hidrógeno, por lo que no producían oxígeno como residuo, sino azufre (aún hay bacterias que utilizan este metabolismo); pero, pronto, con el fin de obtener el preciado hidrógeno, algunas estirpes se iniciaron en el uso del agua en la reacción fotosintética. Como consecuencia, se generaba un residuo gaseoso altamente reactivo: el oxígeno. El éxito de estas nuevas estirpes bacterianas que desarrollaron su fotosíntesis usando agua fue tal que dio origen al más profundo cambio atmosférico que haya acaecido en la Tierra desde su formación (en cierto modo, un proceso de cambio global brutal). Estamos en una época distante de la actualidad en unos 2.000 millones de años, dentro del eón Proterozoico, el momento de la desaparición o reducción drástica de numerosas bacterias incapaces de tolerar el nuevo gas reactivo. El evento determina un antes y un después en las características macroscópicas de la Tierra, haciendo imposible entender nada de lo que sucede en la superficie de nuestro planeta si no atiende a la existencia de formas vivas. No es solo que el salto desde una minúscula fracción de oxígeno gaseoso en la atmósfera, estimable en un 0,0001%, hasta el 21% actual represente una verdadera catástrofe para las bacterias anaerobias estrictas; es que las características oxidantes de la nueva atmósfera imponen un nuevo ambiente reactivo que condicionará la evolución de todo lo expuesto a la nueva atmósfera.

 

La aparición de los organismos fotosintetizadores (inicialmente bacterias, luego algas y plantas) hizo que el dióxido de carbono se convirtiera muy pronto en un compuesto relativamente escaso, a la vez que demandado en la cadena de reacciones destinadas a apropiarse de la energía solar y convertirla en energía bioquímica. El dióxido de carbono que los fotosintetizadores atrapaban del aire comenzó entonces a escasear en la atmósfera. El ciclo biogeoquímico del carbono se reformulaba, vaciándose del almacén atmósferico para incorporarse al compartimento creciente de los seres vivos, al constituir la base central de su estructura química, y almacenándose masivamente en los sedimentos terrestres, mayoritariamente en forma de carbonatos. Por su parte, el oxígeno molecular, tóxico para los primeros organismos, se acumulaba en la atmósfera como residuo de la nueva fotosíntesis, modificando así las características redox de la capa gaseosa (pasando de reductoras a oxidantes). Finalmente, el nitrógeno permaneció indiferente en la atmósfera sin capacidad de escape del campo gravitatorio terrestre (al contrario de lo que sucedió en Marte) y sin mezclarse apenas con los otros compuestos debido a su baja reactividad. De esta forma se configuró una atmósfera que no ha variado sustancialmente en cientos de millones de años: una permanencia que remite a la vida pues parece la secuela de una cierta homeostasis de un planeta vivo que funcionara como un inmenso ecosistema complejo autorregulado. Esa es la base que sustenta la teoría Gaia del químico James Lovelock, a la que ya hemos aludido ([13]).

 

Para muchos biólogos que participan de la visión propuesta por Margulis lo más relevante del resto de la historia de la vida reside en la constitución de nuevas formas celulares (las llamadas eucariotas) mediante la "endosimbiosis seriada" de organismos de tipo procariota (células sin núcleo) que quedaron englobados dentro de otros procariotas de mayor tamaño, transformándose los englobados en orgánulos especializados en el interior del nuevo conjunto celular. Estos procesos de endosimbiosis se habrían dado en tres o cuatro pasos consecutivos,  generándose así las mitocondrias, los cloroplastos (estos solo en estirpes vegetales) y, quizás los undulipodios (para estas estructuras no hay acuerdo unánime). Tras estos procesos de formación de una nueva forma celular compleja, la célula eucarióta dotada de núcleo, membranas interiores y orgánulos diferenciados, tan sólo queda un último gran salto estructural evolutivo, consistente en la constitución de organismos pluricelulares (siempre a partir de células eucariotas).

 

La evolución de las formas pluricelulares supone una sucesión jalonada de innovaciones anatómicas y funcionales a partir de mucho "bricolaje chapucero". Un recorrido evolutivo no exento de extinciones: estirpes que abandonaron en algún momento el planeta de los vivos dejando, a lo sumo, un recuerdo fósil de su existencia. Algunas de estas extinciones han ocurrido de forma masiva, en forma de episodios catastróficos que barrieron biocenosis completas de la faz de la Tierra y a las que sucedieron periodos en los que la aparición de nuevas oportunidades permitió el ensayo de nuevas formas a partir de los supervivientes. En otras ocasiones, la desaparición de especies se produce de forma individual y discreta, bien por transformación en formas herederas, bien por extinción completa de la estirpe; un proceso constante en la evolución de la vida en la Tierra que se conoce como extinción de fondo. Estos procesos de extinción catastrófica y de fondo coexisten con la generación de nuevas formas en procesos evolutivos que suponen la modificación de una especie previa que se transforma en otra diferente (anagénesis) o su diversificación en otras varias (cladogénesis). Estos procesos contrapuestos de especiación y extinción protagonizan así una compleja historia de la vida cuyo hilo argumental tratan de identificar los científicos para elaborar un relato que el paleontólogo Richard Fortey, del Museo Británico de Historia Natural, ha denominado, con humor, como una "biografía no autorizada" ([14]).

 

La Tierra: subsistemas naturales en interacción

 

La estrecha interacción existente entre la vida y el planeta Tierra otorga un interés especial a un enfoque holístico que fuera capaz de integrar el conjunto como un todo. Sin embargo, la configuración histórica de las ciencias ha adoptado un itinerario fundamentalmente analítico y considerablemente reduccionista en la aplicación de métodos y en la identificación de los objetivos por alcanzar. La progresiva especialización científica ha contribuido así a repartir el conjunto del planeta vivo en partes o componentes distintos que eran motivo concreto de indagación por parte de cada colectivo de investigadores. Hay, sin duda, poderosas razones para ello, dada la magnitud de la empresa y la sofisticación constante de técnicas y métodos que exigen la hiperespecialización dada la dificultad de abarcar contenidos excesivos. Pero, a la vez, la especialización analítica ha dificultado la necesaria interpretación global del conjunto, así como el de las interacciones entre sus partes componentes. Los caminos divergentes de la especialización disciplinaria distancian a los diferentes especialistas en el manejo de técnicas, en los enfoques y hasta en el léxico generado, llegando a comprometer su capacidad para "dialogar" y cooperar. Este tipo de dificultades se han puesto de relieve especialmente al tener que afrontar problemas ambientales globales, como es el caso del cambio climático. Así, una meteorología que siguiera restringiendo su atención a la física de la atmósfera dificilmente podría desarrollar un enfoque geohistórico de la atmósfera, siendo ésta una cuestión relevante al tratar de abordar la complejidad del cambio climático ([15]).

 

Aunque la especialización pueda resultar obligada por la sofisticación de la investigación científica, no debería limitarse a una sola de sus dimensiones (la del reduccionismo), ni tampoco excluir la necesaria cooperación y colaboración interdisciplinar, pues aunque la tendencia mayoritaria hacia una espacialización analítico-reduccionista ha reportado grandes avances científicos, una línea de especialización de cariz generalista ofrece interesantes perspectivas para una conceptualización y teorización más holística. De hecho, buena parte de las grandes teorías científicas derivan de enfoques generalistas y globales, ya que toda teoría tiene vocación de globalidad. Esto resulta particularmente evidente en el caso de las ciencias naturales, como se pone de manifiesto al contemplar el carácter globalizador de la teoría celular y la teoría evolutiva, bases principales de la biología moderna, o, en el caso de las ciencias de la Tierra, la tectónica global. Es curioso observar, a este respecto, que la ciencia que más y con mayor éxito ha desarrollado el enfoque analítico-reduccionista, la física, carece, sin embargo, hasta hoy y a pesar de todos sus esfuerzos, de una teoría global unificadora

 

El avasallador Probablemente sea debido a que las aplicaciones y desarrollos cientificosexigen una especialización reduccionista, las fuerzas compartimentalizadoras de los saberes académicamente constituidos se adueñan de la situación.

 

Si adoptamos el enfoque propuesto por Thomas Kuhn de una ciencia que evoluciona en dos etapas diferenciadas, quizás podamos dar con una de las posibles razones del amplio prestigio del análisis reduccionista frente al enfoque holístico. Y es que, durante la mayor parte del desarrollo de una ciencia (la fase que Kuhn denomina "ciencia normal"), la mayor parte de la comunidad científica centra sus esfuerzos en ampliar los conocimientos existentes aplicando un determinado “paradigma científico”, una especie de enorme paraguas teórico que ha sido consensuado y es ampliamente aceptado. En esta fase de la ciencia es esperable que encuentren un mayor protagonismo las metodologías más analítico-reduccionistas, pues se trata de aplicar lo global a casos particulares y recovecos que es necesario explicar e interpretar. Sin embargo, de cuando en cuando surge una etapa convulsa, que Kuhn calificó como “revolución científica” en la que se formula un nuevo paradigma global desde el que entender la ciencia. Es en este nuevo esfuerzo del conocimiento en el que los enfoques más globalizadores y holísticos pueden encuentrar un encaje más a su medida.

 

Aplicando esto a la comprensión de la Tierra como un todo, resulta indudable que la física del aire sigue resultando una disciplina indispensable o que la química de los gases representará una parte esencial de los conocimientos necesarios para comprender lo que ocurre en las capas altas de la estratosfera debido a la llegada de los fluorocarbonados, o en la troposfera con los gases de efecto invernadero emitidos por la industria; pero también podemos advertir que se hacen necesarios enfoques que nos permitan dar un sentido global y coherente a los conocimientos aportados por las diferentes disciplinas, porque la interacción entre los distintos ámbitos de estudio de cada campo científico resulta ser un factor imprescindible para avanzar en la interpretación de unos fenómenos complejos que implican a la física y la química, pero también a la biología, la geología, la sociología, la política o la economía.

 

Por eso es importante abordar también la interpretación de la Tierra como un conjunto y desde una perspectiva sistémica en la que diferentes subsistemas interaccionan. Para ello es necesaria la aportación del conocimiento científico procedente de cada campo disciplinar, pero también lograr integrar esos conocimientos y enfocarlos con perspectivas inter y transdisciplinares. Una vez más podemos recurrir al aludido caso de la atmósfera: para comprender lo que esta ocurriendo a partir de la liberación masiva de dióxido de carbono y otros gases de efecto  invernadero debemos abordar la interacción entre los grandes compartimentos terrestres: la atmósfera, la hidrósfera, la litosfera y la biosfera. El recurso a una visión integradora de los sistemas que interaccionan resulta obligada.

 

Construir una visión sistémica global de la Tierra actual como planeta condicionado por la presencia de la vida supone un paso ineludible para comprender su estructura y funcionamiento natural. Este objetivo supone la necesaria interlocución entre las distintas ciencias naturales. Pero la cosa se complica aún más cuando añadimos la variable humana, sin la que el entendimiento de lo que está ocurriendo resulta imposible. Por ello es preciso atender a la interacción constante y creciente del subsistema humano con el resto de los subsistemas naturales, lo que pide la participación de las denominadas ciencias sociales. Un asunto complejo, dado el alejamiento y la trayectoria independiente y poco dialogada que ha caracterizado el crecimiento y desarrollo de todos estos campos del conocimiento. Sin embargo, no solo la satisfacción de la natural curiosidad humana que guía el avance del conocimiento, sino también la necesidad, cada vez más urgente, de contar con herramientas basadas en el saber para afrontar el enorme reto que representan los problemas ambientales, hace que esa demanda de diálogo inter y transdisciplinar resulte simplemente acuciante. Ese es el desafío y la justificación de las ciencias ambientales, un campo transdisciplinar en sí mismo que requiere de la colaboración interdisciplinar, de un lado, pero también de una elaboración sistémica transdisciplinar para comprender de forma holística la estructura y la dinámica tanto de la naturaleza como de las sociedades humanas, así como de sus interacciones.

 

El dilema de las ciencias de la Tierra

 

Hemos hablado de la Tierra como totalidad que integra la humanidad y la naturaleza junto al sustrato geológico que los soporta. Esa totalidad es recogida en la concepción más ambiciosa del geo-ecosistema global: la idea de Gaia. Sin embargo, veremos que no todos hablan de lo mismo cuando hablan de las ciencias de la Tierra.

 

La propuesta de unas nuevas ciencias de la Tierra surgió fundamentalmente del ámbito científico anglosajón. Nació como reconstrucción epistemológica de la geología al enfrentarla al nuevo paradigma emergente de la tectónica global, propuesta como teoría explicativa global de lo que vemos en la superficie terrestre sólida. Era una interpretación sistémica de la Tierra no viva que orillaba en buena medida el paradigma geológico previo.

 

Uno de los científicos que redondeó esa propuesta tectónica, el investigador de la Universidad de Toronto Tuzo Wilson ([16]), justificaba su defensa del término "Ciencia de la Tierra", propuesto en torno a 1968, asegurando que "el campo de la Geología se ha reducido". Wilson argumentaba que "hoy los expertos en estos asuntos [cambios relativos del límite entre tierra y mar, terremotos, calor terrestre...] son los geodestas y los geofísicos y pocos de ellos han recibido una formación sólida en Geología". Tuzo afirmaba, así, que se trataba de una auténtica revolución científica: "parece que hay que volver a examinar en su conjunto el programa de las Ciencias de la Tierra y que asistimos a un cambio semejante al que se produjo cuando la Física moderna reemplazó a la Física clásica en la enseñanza universitaria. Debemos estudiar la Tierra como un todo, como un sistema único".

 

En la propuesta científicamente revolucionaria de Tuzo Wilson estaba el germen de un enfoque sistémico de la Tierra. Derivado de él, en último extremo, puede que advirtamos el camino hacia el estudio de esa totalidad bautizada como Gaia (aunque no lo explicita Wilson). Es sintomático a este respecto que su artículo fuera publicado en una revista titulada "Vida y Medio". Sin embargo, las aportaciones concretas de Wilson se limitaron al geosistema, sin alcanzar la globalidad del sistema Tierra como ecosistema o biogeosistema (y menos aún, como sistema autoorganizado del que forma parte el subsistema social humano).

 

Hoy, los defensores de ampliar el ámbito geológico a las ciencias de la Tierra como campo epistémico suelen recurrir a la visión sistémica de Wilson para referirse a la reconstrucción de las ciencias geológicas. Se puede constatar en la explicación que elige el diccionario de la ciencia de la Oxford University Press ([17]) para presentar las "ciencias de la Tierra":

 

"Grupo de ciencias que estudian la Tierra. Las más importantes son la geología, la geografía, la oceanografía, la meteorología, la geofísica y la geoquímica"

 

El caballo de batalla original de Wilson y de los defensores de la ciencia de la Tierra fue la incorporación de la idea del dinamismo consustancial a la tectónica global. En palabras de Tuzo Wilson:

 

"Osaría sugerir que el principal obstáculo para el progreso en la Ciencia de la Tierra es la doctrina de una Tierra esencialmente estática. Constatar que la Tierra es móvil, he aquí el nuevo paradigma necesario"

 

Y, en relación con la importancia de la teoría general como globalizadora:

 

"lo que le falta a la Ciencia de la Tierra no son tanto las técnicas elegantes, sino ideas unificadoras".

 

Ambas cuestiones (técnicas elegantes e ideas unificadoras) requerían de avances considerables, inabordables en la primera mitad del siglo XX. Lo constataba en los albores del XXI Claude Jappart, director del Instituto de Física del Globo de París ([18]):

 

"Las ciencias de la Tierra sólo justifican plenamente su nombre desde hace unos decenios. Sólo desde los años 1960-1970, en efecto, disponemos de los conocimientos y los instrumentos necesarios para estudiar el funcionamiento del conjunto del planeta".

 

En esta línea integradora y superadora se situó, ya en nuestro país, el geólogo de la universidad Complutense, Francisco Anguita, quien identificó la génesis de las ciencias de la Tierra en la fusión de unas "ciencias de la Tierra sólida" y unas "ciencias de la Tierra fluida" ([19]), un hito que Anguita hace coincidir con la aparición, en 1963, de la obra de Arthur N. Strahler: "The Earth Sciences". Pero la reflexión de Anguita acerca del condicional de Strahler ("¿Están los océanos en la Tierra? entonces, la Oceanografía debe considerarse tan Ciencia de la Tierra como la Mineralogía") se limitó a ese ámbito, sin continuar con la posible extensión de su pregunta a un ámbito mayor: ¿Está la vida en la Tierra? entonces... ([20]).

 

Sin embargo, aunque la ampliación de la geología hacia las ciencias de la Tierra se quedó ahí, no resulta demasiado aventurado aceptar que, partiendo del enfoque de Tuzo Wilson de una Tierra física global y sistémica, puede darse ese nuevo paso conceptual que conduce a la idea del sistema ecológico global: Gaia. Una continuidad en la reflexión que conduciría a una visión más amplia y global del planeta que alberga la vida.

 

Geosistemas y biosistemas

 

El geosistema es, pues, la unidad de aproximación sistémica a ese objeto de estudio que es la parte inanimada del planeta Tierra. En muchos libros de geología, geofísica o ciencias de la Tierra podemos encontrar distintas aproximaciones a esta idea. Encontraremos así referencias constantes a sistemas geológicos, entre los que el mismo ciclo de Wilson aparece como un referente clave de la explicación dinámica global.

 

También forman parte de esta concepción sistémica los ciclos geoquímicos, con los que se busca representar los flujos (en circuitos cerrados) de los principales elementos químicos. En este caso, aparece la necesidad de abordar el salto integrador al que antes aludíamos, al resultar necesario transgredir los límites de la materia inerte y abordarlos correctamente como ciclos biogeoquímicos. Esto pone en evidencia que el límite del subsistema geofísico resulta estrecho como para abordar satisfactoriamente la interpretación de lo que ocurre sin considerar los sistemas biológicos.

 

Siempre que busquemos interpretaciones globales chocaremos con el hecho de que el reduccionismo disciplinario nos limita. Por eso, los ciclos geoquímicos han evolucionado desde la geoquímica y la geofísica hacia su integración con la ecología. Esta, por su parte, ha buscado la expansión temática desde una ecología de los sistemas naturales inalterados hacia una ecología global o ambiental que incorpora las actividades humanas.

 

La integración permite que el planeta puede entenderse desde la interacción de los grandes subsistemas que lo componen. Resulta factible el abordaje sistémico de la atmósfera, de la hidrosfera, de la litosfera y de la biosfera, integrándolos como subsistemas que interactúan. Existen numerosas propuestas al respecto y no es de extrañar que muchas de las pioneras vinieran desde el campo de la climatología global. Es lo que propuso, por ejemplo, el paleoclimatólogo Javier Martín Chivelet que, en la primera parte de su libro Cambios climáticos ([21]), sugiere sentar previamente algunos conocimientos básicos sobre los que sustentar luego la estructura de interconexiones que resulta necesaria para comprender el conjunto. Es evidente            que el conocimiento básico de los componentes de un sistema representa un paso previo en su comprensión, pero trabajar con subsistemas que interactúan implica aceptar que hay cuestiones del sistema total que sólo se comprenden desde una perspectiva global.

 

Ecosistemas

 

La noción de ecosistema constituye el fundamento de un nuevo paradigma en la historia de la ecología. El concepto permite una concreción amplia, por lo que se puede afirmar que un ecosistema puede ser determinado en la forma que al investigador le interese: un charco efímero y minúsculo es tan "ecosistema" como el mar Mediterráneo, si así lo queremos expresar.

 

El origen del término surge en la literatura científica de la mano de Arthur Tansley. Y lo hace en el curso de una fuerte polémica sobre las comunidades vegetales y las ideas organicistas allá por 1935.  La aportación de Tansley al proponer este término busca integrar los factores abióticos del medio con la idea de comunidad o de biocenosis que ya había lanzado Moebius en 1877 ([22]). Pero, curiosamente, el nacimiento y los primeros balbuceos de la ecología corresponden a una parte que hoy suele aparecer marginada del núcleo central de las preocupaciones de los ecólogos: la llamada autoecología, es decir, la "ecología" de un organismo o de una especie, lo que la rodea y condiciona.

 

Sin embargo, la ecología moderna se expandió a partir de la propuesta autoecológica hacia su configuración como una ciencia integradora que se entiende fundamentalmente a partir de la idea de ecosistema: su objeto de estudio. Para algunos, en esa evolución transgresora, la ecología ha llegado a trascender los límites de las ciencias naturales al incorporar preocupaciones de las llamadas ciencias sociales, ya que no sería posible entender el ecosistema global sin atender a la actuación del subsistema humano en su seno. Fue en este sentido en el que Jean Paul Deleage tituló la introducción de su libro "Historia de la Ecología" como "La más humana de las ciencias naturales" ([23]). Así, el final de esa evolución integradora de la ecología sería su conversión en la ciencia del medioambiente. Menos ambiciosa, la ecología biológica ha sido definida dentro de las ciencias naturales como "la biología de los ecosistemas"

 

Los ecosistemas son el resultado de apolicar el concepto de sistema a ámbitos donde coexisten e interactúan seres vivos. Dado que los ecosistemas actuales estén en su práctica totalidad intervenidos por actividades humanas, resulta interesante ensayar una clasificación jerárquica que los ordene por el grado de intervención antrópica. Esta ordenación permite, a su vez, identificar relaciones dinámicas y servir de marco para su interpretación. Si, además, relacionamos este esquema con una cierta consideración de su calidad, podremos establecer criterios de desabilidad ambiental. Así, ya en el informe "Cuidar la Tierra. Estrategia para el futuro de la vida", que publicaron conjuntamente UICN, PNUMA y WWF en 1991 ([24]), se ofrecía un cuadro esquemático a este respecto.

 

Gráfico 2.2. Ecosistemas ordenados en función de su sostenibilidad potencial

 

 

 


 

En ese cuadro se recogen los diversos pasos en la transformación antrópica desde los ecosistemas más naturales o silvestres hasta los más intervenidos o degradados, en una trayectoria que representa pérdidas en la capacidad de autorregulación ecológica y un consecuente incremento de la intervención humana que supone una merma de la capacidad de sustentación o sustentabilidad, entendida como la potencialidad de mantenimiento en el tiempo de la estructura y funcionalidad de los sistemas intervenidos (relacionada con la estabilidad, por tanto). Los cambios inducidos por los humanos lo son en el sentido que en el cuadro se señala con trazos más gruesos: suelen derivar en un paso hacia sistemas alterados, simplificados y menos sostenibles; de manera que sería necesaria una actuación en sentido inverso, de restauración y rehabilitación, si se pretende recuperar algunas de las condiciones básicas de sustentabilidad que se indican en el cuadro mediante una serie de usos relacionados con cada uno de los tipos de sistemas intervenidos. Dado que para la humanidad resulta imprescindible intervenir en muchos sistemas naturales derivándolos hacia sistemas intervenidos, la solución estriba en construir modelos territoriales diversificados con representación de diferentes sistemas, evitando al traspaso de la línea discontinua inferior y recuperando los degradados mediante actuaciones de restauración ecológica.

 

 

El Ecosistema Tierra

 

En una ciencia integrada, la Tierra se entiende, pues, como un gran sistema global en el que se pueden delimitar subsistemas en constante interacción. La forma de definir estos subsistemas depende de los intereses que guíen el estudio, pero parece razonable atender a fronteras de fácil identificación. Es el caso más simple de la delimitación de ecosistemas terrestres (en el sentido de no marinos) frente a marinos: la interfase se percibe bien. Sin embargo, hay que destacara que el único ecosistema que puede considerarse como cerrado a efectos de los flujos de materia es el ecosistema global, del que no debemos olvidar que es abierto a los efectos de los flujos energéticos. Todos los subsistemas que consideremos tendrán la consideración de abiertos tanto desde el punto de vista de la materia (puesto que la intercambian con otros subsistemas vecinos) como de la energía (flujos constantes que entran y salen de ellos). En ese sentido, una buena guía para delimitar desde el punto de vista sistémico un ecosistema es la de buscar los límites que muestran un grado menor de intercambio de materia o energía; pero eso no siempre resulta fácil, por lo que se suele recurrir a la idea de buscar límites fácilmente perceptibles.

 

A los efectos de engtender ambiental o ecológicamente la Tierra, lo más recomendable no es optar por la subdivisión disciplinaria en sistemas abstractos del tipo de biosistemas frente a geosistemas o similares, pues estas divisiones responden a categorías que no favorecen la interpretación sistémica del funcionamiento dinámico de los ecosistemas. Por eso, la idea de definir el ecosistema como una suma algebraica del tipo de:

 

      ECOSISTEMA = BIOTOPO + BIOCENOSIS

 

puede ser útil como fórmula descriptiva con fines didácticos básicos, pero no contribuye demasiado a la concepción sistémica del ecosistema. El problema estriba en que no se trata de dos subsistemas independientes que interactúan, sino de dos categorías establecidas desde una concepción disciplinaria que incluyen componentes fuertemente integrados. Desde una visión de análisis de sistemas, resulta más satisfactorio buscar divisiones de caracter espacial (porciones espaciales como subsistemas de un sistema mayor) o, incluso fijar la vista en los componentes dinámicos (como son los niveles de acumulación de la materia o los niveles procesadores de la energía) entre los que se establecen flujos o vías de comunicación, al estilo de los gráficos ecológicos como el que se muestra en relación con el flujo de energía

Este tipo de aproximaciones o modelizaciones sistémicas representan fórmulas más satisfactorias a la hora de sintetizar el funcionamiento de los sistemas ecológicos.


 

                                       Gráfico 2.3. Flujo de energía en un ecosistema

 

La Teoría Gaia

 

El máximo nivel de conceptualización holística de la Tierra como un todo lo representa posiblemente la teoría Gaia, que interpreta el planeta como un sistema con capacidad de autorregulación.

 

De acuerdo con el químico James Lovelock ([25]), la teoría de Gaia ofrece una visión de la Tierra basada en cuatro ideas fundamentales:

 

-        La vida es un fenómeno a escala planetaria, a la cual resulta ser casi inmortal y sin necesidad de reproducción ([26])

 

-        Los organismos vivos no pueden ocupar un planeta sino de forma total, nunca parcialmente, ya que la regulación del medio ambiente, indispensable para la vida, requiere un número suficiente de organismos ([27]).

 

- El concepto de adaptación neodarwinista se resiente desde la perspectiva de Gaia: la evolución de las especies y del medio inerte físico-químico aparecen como un único proceso.

 

- El campo teórico de la ecología se amplía: se precisan modelos de sistemas únicos que integren las especies vivas y el medioambiente fisicoquímico.

 

Según Lovelock, Gaia es una unidad que goza de algunas de las características de un gran organismo vivo. Es cierto que no necesita reproducirse, pero sí posee, según su propuesta, ciertas facultades propias de los seres vivos. En este sentido, advierte que Gaia no es un sinónimo de la biosfera, en el sentido que ésta tiene de la parte del planeta donde se asienta la vida. Por otra parte, frente a quienes objetan que no es posible considerar vivo algo como la Tierra donde una gran parte del supuesto "organismo" esta formado por rocas y materia inanimada, Lovelock, adoptando una sugerencia del físico Rothstein, recomienda volver la mirada hacia las secuoyas, esos árboles gigantes en los que un 90% de la masa esta constituida por materia no viva (algo que ocurre, con distintas proporciones, en cualquier árbol vetusto).

 

La teoría de Gaia tal como la formula Lovelock ha sido fuertemente criticada por muchos científicos que la consideran una idea más "teológica" que científica, aun cuando sea sugestiva y sugerente. Sin embargo, fue apoyada por Lynn Margulis, una de las personas que más ha influido en la biología actual, que contribuyó de forma destacada a su formulación, advirtiendo, eso sí, que, en su afán por divulgarla, Lovelock había cometido ciertos "excesos" terminológicos inadecuados, como denominar organismo a la Tierra, aunque ello no invalide la potencialidad teórica de Gaia. En la propuesta de Margulis ([28]), Gaia o la Tierra es un ecosistema, un enorme ecosistema global con las características de autorregulación que advirtió Lovelock.

 

Visto desde este punto de vista, la historia de la Tierra es de la de un proceso de autoorganización de un sistema complejo capaz de establecer un orden interno y mantener ciertas "constantes" dinámicas propias que son las que caracterizan la vida. Lo curioso del caso es que esa autoorganización evolutiva ha terminado generando un organismo social capaz de crear subsistemas antrópicos desde los que logra alterar la propia dinámica y composición del planeta.



[1]. Francisco Anguita Virella y Gabriel Castilla Cañamero. 2010. Planetas. Editorial Rueda. Madrid.

[2] M. McElroy: Comparación de las atmósferas planetarias: Marte, Venus y la Tierra. Capítulo del libro de Margulis y Olendzenski (eds.). 1996. Evolución ambiental. Alianza Editorial. Barcelona.

[3] J. Martín Chivelet. 1999. Cambios Climáticos. Una aproximación al sistema Tierra Ediciones Libertarias. Madrid.

[4] Esta preocupación dió origen a un librito breve, pero muy influyente, publicado por primera vez en 1944 y titulado ¿Qué es la vida? (Tusquets, 1988; en castellano)

[5] Los textos del encuentro se han publicado en 1999 en castellano por la Editorial Tusquets bajo el título La biología del futuro. ¿Qué es la vida? Cincuenta años después.

[6] El libro de Maturana y Varela se titula El árbol del conocimiento. Fue editado por Debate en 1996.

[7] De auto, propio; y poiein, composición: composición, organización propia.

[8] ¿Qué es la vida?, libro editado por Margulis y Sagan y traducido al castellano en 1996 por la editorial Tusquets.

[9] Las frases entrecomilladas pertenecen al texto titulado El progreso, ¿un concepto acabado o emergente?, del libro del mismo título editado por Wagensberg y Agustí, resultante de unas jornadas celebradas en Barcelona durante 1995 sobre "Evolución y progreso" (Tusquets Editores. Barcelona. 1998)

[10] El libro publicado en inglés en 1986 ha sido editado en castellano en 1995. Ver bibliografía

[11] El Hádico y el Arcaíco, junto al posterior Proterozoico forman el llamado supereón Precámbrico (o Criptozoico), que se extiende hasta el incio del actual eón Fanerozoico, hace 542 millones de años, cuyo primer periodo es conocido como Cámbrico (inicio del Paleozoico o era Primaria), de donde viene el nombre dado a todo el tiempo anterior.

[12]  Aunque este prolífico y genial autor ha escrito numerosos artículos al respecto, tal vez su libro "La grandeza de la vida" represente un compendio asequible de sus refdlexiones al respecto, muchas recogidas en artículos de libros anteriores. Este libro, editado en inglés ("Full House") en 1996, fue publicado en castellano por Editorial Crítica en 1997.

[13] El texto de J. Lovelock titulado Las edades de Gaia. Una biografía de nuestro planeta vivo, publicado en español en 1993 por Tusquets (Barcelona), es, posiblemente, la presentación más asequible de esta teoría.

[14] R. Fortey (1999): La vida. Una biografía no autorizada. Editorial Taurus.

[15] Algunas de las claves de la complejidad y de la necesaria interdisciplinariedad para comprender, investigar y actuar ante el cambio climático fueron señaladas como esenciales, ya en 1999, en el libro editado por el CSIC y coordinado por Felix Hernández Álvarez titulado El calentamiento global en España. Un análisis de sus efectos económicos y ambientales. 

[16] "Revolución en las Ciencias de la Tierra" es un texto procedente de 1968 en el que J. Tuzo Wilson explicaba y anunciaba el nacimiento de este cuerpo de conocimiento científico. La referencia original es "Revolution dens les Sciences de la Terre". Vie et Milieu, XIX, 2 B: 395-424. Como homenaje al investigador con motivo de su muerte fue publicado en español, en 1993, por la revista "Enseñanza de las Ciencias de la Tierra" 1 (2): 72-85.

[17] Traducción española en Editorial Teide S.A., Barcelona: Diccionario de las Ciencias Teide. 1992.

[18] Las ciencias de la Tierra en busca de método. Mundo Científico, 213. Junio de 2000.

[19]  El artículo, titulado "Geología y Ciencias de la Tierra: etimología y un poco de historia", fue publicado en el volumen 4 (3) 1996, de la revista "Enseñanza de las Ciencias de la Tierra" (páginas 177-180), perteneciente a la Asociación Española para la Enseñanza de las Ciencias de la Tierra (AEPECT) de la que Paco Anguita fue su primer presidente.

[20] En su momento, el bachillerato español incorporó una materia denominada "Ciencias de la Tierra y del Medio Ambiente" en la que no quedaba claro el sentido de la Ciencia de la Tierra y menos aún su anexión a las Ciencias del Medio Ambiente, algo sobre lo que mostré en su momento una opinión crítica ("Por unas ciencias ambientales y unas ciencias de la Tierra. Reflexiones críticas y propuestas para un debate" publicado en el número 16 (2) 1998 de la revista "Enseñanza de las Ciencias"). La posterior evolución no ha sido tampoco demasiado afortunada, ni para las ciencias ambientales, ni para unas ciencias de la Tierra/geología. Ya en otras ocasiones nos hemos pronunciado por una reconsideración de esta materia que condujera a una diferenciación entre unas ciencias ambientales, necesarias en todas las modalidades del bachillerato, y unas ciencias de la Tierra, específicas del bachillerato científico como materia básica. Ver: J.A. Pascual. 1988. “De unas Ciencias de la Tierra y del medio ambiente hacia unas Ciencias de la Tierra y unas Ciencias ambientales” (Enseñanza de las Ciencias de la Tierra nº 6 (1): 47-51). J.A. Pascual. 2017. “Necesitamos la Geología también en Bachillerato” (Enseñanza de las Ciencias de la Tierra. Monográfico: «Didáctica de las Ciencias de la Tierra» Vol 25 (3): 274-284).

[21] Publicado por Ediciones Libertarias (1999).

[22] La historia de los conceptos ecológicos ha sido relatada por Pascal Acot y Jean Paul Deléage en sendos textos titulados Historia de la ecología.

[23]  J. P. Deléage. 1993. Historia de la ecología. ICARIA. Barcelona.

 

[24] UICN-PNUMA-WWF, 1991 (ver bibliografía del final del libro)

[25] J. Lovelock. 1993. Las edades de Gaia. Una biografía de nuestro planeta vivo. Tusquets. Barcelona.

[26] Esto, a la escala temporal del universo, exigiría una "reproducción" de la vida en otros planetas, cuando desaparezcan los ya "ocupados" (sólo la Tierra, por lo que conocemos hasta ahora).

[27] Esta idea la utilizó Lovelock para criticar las altas inversiones previstas por la NASA de experimentos microbiológicos en Marte, sugiriendo que se podía llegar a la misma conclusión de determinación de la existencia de vida aplicando este principio.

[28] L. Margulis. 1996. Gaia es una pícara tenaz. En: J. Brockman (ed.). La tercera cultura. Tusquets Editores. Barcelona.