LA GESTIÓN DEL USO PÚBLICO EN ESPACIOS NATURALES

 


 

 

 

 

 

 

 

La gestión del uso público

en

ESPACIOS NATURALES

 

 

 

 

José Antonio Pascual Trillo

 

 

 

 

 

 

Miraguano S.A. Ediciones

 

2007

 

 

 

 

 

 

 

ISBN 978-84-7813-313-0

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 

 

 

 

Los espacios naturales constituyen una frecuente escapatoria temporal para una gran parte de los ciudadanos, que salen a buscar en los paisajes naturales y rurales lo que no les ofrece una vida urbana carente de elementos y percepciones naturales. En la actualidad, los más de 700 espacios naturales protegidos con que contamos en España reciben anualmente alrededor de treinta millones de visitas. El proceso de crecimiento de esta cifra ha sido vertiginoso: la red de parques nacionales recibe hoy cuatro veces más visitantes que hace tan solo quince años (Múgica y Gómez-Limón, 2002). El uso público, en su vertiente de actividad turística, ha alcanzado la categoría de fuente principal de ingresos para muchos de los territorios que albergan o circundan los espacios protegidos.

 

Sin embargo, este veloz incremento en las visitas a espacios protegidos no ha encontrado una respuesta adecuada para las demandas y exigencias que plantea. Entre ellas están las de un mejor conocimiento de las fragilidades y las capacidades que los territorios presentan a la hora de albergar las visitas sin menoscabo de sus valores (lo que constituye la llamada “capacidad de carga” o “de acogida”), una mayor información sobre las características de los visitantes y lo que buscan en sus visitas (es decir, las “características de la demanda”) o la aplicación de mecanismos eficaces para la evaluación y el seguimiento de los efectos causados por los usos recreativos y de ocio en la naturaleza, entre otras. Se trata de una serie de deficiencias que se han ido poniendo de manifiesto conforme el incremento de las visitas a los espacios naturales ha ido evidenciando la existencia de los problemas. Como ha señalado Alfonso Mulero (2002): “A nuestro juicio, la principal carencia es el déficit de planificación y regulación del uso público”.

 

Tan solo en los últimos años se advierte un importante esfuerzo por parte de técnicos y expertos por cubrir estos huecos con estudios, propuestas y planes dirigidos a construir un cuerpo teórico suficiente y permitir una aplicación práctica eficaz. Se perfila así un nuevo campo de estudios, preocupaciones, desarrollos y  técnicas que trata de resolver las necesidades de planificación y gestión en el ámbito del uso público. Junto a los estudios reglados de formación profesional destinada a formar técnicos superiores en estos aspectos (actualmente configurados como técnicos superiores en ordenación y gestión de los recursos naturales y paisajísticos), se extienden hoy también en los ámbitos universitarios los estudios propios de algunas universidades y cursos variados que incorporan contenidos formativos relacionados con el uso público de los espacios naturales.

 

Pero es necesario complementar todos estos esfuerzos formativos con otros que favorezcan la creación de los puestos de trabajo con los que cubrir las necesidades y dar respuestas a la demanda social de monitores, intérpretes, guías, educadores ambientales y trabajadores del sector del uso público en nuestros espacios naturales, así como disponer de las inversiones necesarias con las que dotar de los equipamientos necesarios a tales espacios. El juego combinado de la iniciativa privada y la pública es, como veremos, una clave de este proceso, aunque siempre debería permanecer bajo el impulso, el control y la planificación de las Administraciones Públicas, responsables últimas de la conservación de la naturaleza y sus recursos.

 

En este texto repasaremos los diversos aspectos que se den cita en el concepto de uso público, así como los criterios y elementos que han de atenderse desde su planificación y gestión en los espacios naturales, especialmente los protegidos.

 

 

 

 

 

 

 


INDICE

 

I. EL USO PÚBLICO

 

DFINICIÓN DE USO PÚBLICO

 

DIFERENCIAS Y MATICES DISTINTOS EN LAS DEFINICIONES

 

LA CONSERVACIÓN DE LA NATURALEZA Y EL USO PÚBLICO

 

LA PROTECCIÓN DE ESPACIOS NATURALES: TIPOS DE ESPACIOS PROTEGIDOS

 

II. EL USO PÚBLICO Y  OTROS USOS Y ACTIVIDADES TERRITORIALES

 

EL TURISMO Y EL USO PÚBLICO

 

EL USO PÚBLICO Y LOS USOS EXTRACTIVOS Y DE EXPLOTACIÓN

 

EL USO PÚBLICO Y EL DESARROLLO LOCAL SOSTENIBLE. EL ECODESARROLLO.

 

III. LA OFERTA: EL PATRIMONIO NATURAL Y CULTURAL

 

EL DIAGNÓSTICO DEL TERRITORIO

 

DIAGNÓSTICO DEL MEDIO FÍSICO-NATURAL

 

DIAGNÓSTICO DEL MEDIO SOCIO-ECONÓMICO

 

INTEGRACIÓN SISTÉMICA: UNIDADES AMBIENTALES Y ZONIFICACIÓN

 

LOS LÍMITES: LA CAPACIDAD DE CARGA O DE ACOGIDA

 

LA MEJORA DE LA OFERTA: RESTAURACIÓN, REGENERACIÓN Y RECUPERACIÓN AMBIENTAL

 

IV. LA DEMANDA: LOS VISITANTES

 

ANÁLISIS DE LA DEMANDA: ¿CÓMO CONOCER A LOS VISITANTES REALES Y POTENCIALES?

 

CARACTERÍSTICAS DE LA DEMANDA: PERFILES DE LOS VISITANTES

 

ACTUACIÓN SOBRE LA DEMANDA: PUBLICIDAD, COMUNICACIÓN Y ORIENTACIÓN DE LAS VISITAS (ACOGIDA)

 

V. LOS EQUIPAMIENTOS DE USO PÚBLICO

 

CENTROS DE ACOGIDA, DE INTERPRETACIÓN O DE VISITANTES

 

PUNTOS DE INFORMACIÓN

 

ECOMUSEOS, MUSEOS ETNOGRÁFICOS Y CENTROS TEMÁTICOS

 

SENDEROS, RUTAS E ITINERARIOS (PEATONALES, A CABALLO, CICLISTAS)

 

AULAS DE LA NATURALEZA Y OTROS EQUIPAMIENTOS DE EDUCACIÓN AMBIENTAL (GRANJA ESCUELA, AULA DE LA NATURALEZA, AULA DE ECOLOGÍA, CAMPO DE APRENDIZAJE, CENTRO DE EDUCACIÓN AMBIENTAL, CASA DE LA NATURALEZA, ESCUELA DE LA NATURALEZA, ETC.)

 

JARDINES BOTÁNICOS Y CENTROS DE FAUNA (RECUPERACIÓN Y MUESTRA)

 

ÁREAS RECREATIVAS Y DE ESPARCIMIENTO

 

MIRADORES, OBSERVATORIOS

 

APARCAMIENTOS

 

CENTROS DE DOCUMENTACIÓN E INVESTIGACIÓN

 

ALBERGUES Y REFUGIOS

 

ÁREAS Y ZONAS DE ACAMPADA Y CAMPAMENTOS

 

OFICINAS DE GESTIÓN

 

VI. SERVICIOS Y ACTIVIDADES DE USO PÚBLICO: INFORMACIÓN, , INTERPRETACIÓN Y EDUCACIÓN AMBIENTAL

 

INFORMACIÓN AMBIENTAL

 

INTERPRETACIÓN AMBIENTAL

 

EDUCACIÓN AMBIENTAL

 

 

VII. EL IMPACTO DEL USO PÚBLICO

 

IMPACTO AMBIENTAL Y EIA

 

EVALUACIÓN DE IMPACTOS DEL USO PÚBLICO

 

PREVENCIÓN Y SEGUIMIENTO DE CAMBIOS

 

CONTROL, CORRECCIÓN Y RESTAURACIÓN

 

VIII. LA PLANIFICACIÓN DEL USO PÚBLICO

 

INSTRUMENTOS PARA LA PLANIFICACIÓN DEL USO PÚBLICO

 

PLAN DE USO PÚBLICO EN UN ESPACIO NATURAL

 

EL MODELO DE USO PÚBLICO

 

DIRECTRICES RELACIONES CON SECTORES ECONÓMICOS E INSTITUCIONES RELACIONADAS CON EL USO DEL TERRITORIO

 

DIRECTRICES CON RESPECTO AL PERSONAL ADSCRITO AL USO PÚBLICO

 

DIRECTRICES DE GESTIÓN Y TIPOLOGÍA DE LOS EQUIPAMIENTOS

 

DIRECTRICES SOBRE PRESTACIÓN Y TIPOLOGÍA DE SERVICIOS

 

DIRECTRICES SOBRE DISTRIBUCIÓN TERRITORIAL DE EQUIPAMIENTOS Y SERVICIOS

 

DIRECTRICES SOBRE MECANISMOS Y FORMAS DE PARTICIPACIÓN DE LA POBLACIÓN

 

DIRECTRICES DE GESTIÓN ECONÓMICA Y PRESUPUESTARIA

 

IX. PROGRAMAS DE USO PÚBLICO

 

LOS PROGRAMAS DE USO PÚBLICO

 

EVALUACIÓN DE PLANES Y PROGRAMAS DE USO PÚBLICO

 

EVALUACIÓN DE EQUIPAMIENTOS

 

 

X. BIBLIOGRAFÍA

 


 

 

 

I. EL USO PÚBLICO

 

 

El uso público de los espacios naturales es un tipo de uso del territorio dirigido al acercamiento recreativo, educativo y cultural a la naturaleza y la cultura locales.

 

Puede haber sido planificado y destinado para el público en general o estar orientado específicamente a colectivos con demandas y características particulares, pero si se realiza en espacios naturales siempre deberá tener presente los criterios de conservación de la naturaleza.

 

Forman parte del uso público, por tanto, numerosos tipos de actividades, aunque se excluyen, eso sí, tanto aquellas que tienen prioritariamente un carácter explotador o extractivo de los recursos, como las que pretenden específicamente la conservación o la protección de tales recursos. Quedan fuera del término estricto, por lo tanto, los usos ganaderos, agrarios, mineros, cinegéticos, piscícolas o forestales; así como las actividades específicamente destinadas a la gestión de la conservación. Sin embargo, con todas ellas interactúa y se relaciona el uso público y, en el caso de las destinadas a la conservación, a ellas se debe supeditar.

 

El uso público puede considerarse, por todo ello, un tipo de uso del territorio con un potencial de impacto per cápita reducido de hacerse bien las cosas, aunque puede llegar a ser relevante cuando se supera la capacidad del medio para albergar visitas o actividades determinadas de los visitantes (lo que dependerá tanto del volumen y del tipo o comportamiento de las visitas como de la fragilidad de los ecosistemas que las acogen).

 

 

Uso público: inicio de la ruta del Alba, en el parque natural de Redes (Asturias)



DEFINICIÓN DE USO PÚBLICO

 

El Plan de Acción para los espacios naturales protegidos del Estado español es un documento de referencia elaborado por EUROPARC-España con la finalidad de hacer recomendaciones y ofrecer orientaciones en materia de planificación y gestión de los espacios naturales protegidos. Este Plan definió el “uso público” de la siguiente manera (Múgica de la Guerra y Gómez-Limón, 2002):

 

Conjunto de actividades, servicios y equipamientos que, independientemente de quien los gestione, debe proveer la administración del espacio protegido con la finalidad de acercar a los visitantes a sus valores naturales y culturales, de una forma ordenada, segura y que garantice la conservación y la difusión de tales valores a través de la información, la educación y la interpretación ambiental[1].

 

Vamos a analizar cada una de las partes e ideas contenidas en esta definición:

 

Primera idea: la finalidad o el objetivo del uso público es “acercar a los visitantes a los valores naturales y culturales”.

 

Esta idea es la central en relación con el uso público. Ya aparecía en las primeras declaraciones de espacios protegidos y, en particular, habitaba en la letra y el espíritu de las primeras leyes de creación de parques nacionales, así como en los planteamientos de los pioneros del movimiento de conservación de la naturaleza.

 

Así, la primera Ley española de Parques Nacionales (que data de 1916), al definir los parques nacionales en sus escuetos tres artículos, añade a la finalidad de “respetar y hacer que se respete la belleza natural de sus paisajes, la riqueza de su fauna y de su flora y las particularidades geológicas e hidrológicas que encierren”, la de “favorecer su acceso por vías de comunicación adecuadas”, en una clara intención de situar en el fomento del uso público uno de los dos objetivos fundamentales de la ley. Desde el principio, pues, el facilitar y favorecer el acercamiento de los ciudadanos a los que se consideran como los espacios más singulares y los paisajes más sobresalientes será, junto, con la puesta en marcha de medidas para su protección y preservación, un eje conductor de las políticas de declaración de espacios naturales.

 

Segunda idea: ese acercamiento debe hacerse de “una forma ordenada, segura y que garantice la conservación y difusión de tales valores

 

Esta idea contiene la obligación de regular, controlar y, en suma, gestionar el uso público para hacer compatibles los dos objetivos centrales de las políticas de espacios naturales protegidos: la de difusión-conocimiento y la de conservación-mantenimiento.

 

Indica que la gestión del uso público debe quedar supeditada y ser complementaria a la gestión de conservación del espacio natural. A los efectos prácticos, esto supone que el plan de uso público no puede ser contradictorio con el plan de conservación, formando parte ambos del plan de uso y gestión del espacio (o plan de manejo, como se suele denominar en Latinoamérica).

 

Tercera idea: los mecanismos a través de los cuales opera la difusión de los valores naturales y culturales del espacio, objeto del uso público, son “la información, la educación y la interpretación ambiental

 

Se definen, así, tres ámbitos de actuación, que exigirán en adelante una explicación más detallada, pero que ya nos sugieren tres grados de profundización creciente. Aunque diferentes entre sí, se trata de tres estrategias de difusión y transmisión de los valores naturales y culturales, intercomunicadas e imbricadas de una forma que resulta en procesos no siempre absolutamente discriminables.

 

Cuarta idea: el uso público incluye “actividades, servicios y equipamientos

 

Los objetivos de difusión de los valores del espacio natural, canalizados a través de los procesos de información, interpretación y educación, suponen la realización de actividades, la prestación de servicios y el establecimiento y utilización de equipamientos e infraestructuras para el desarrollo de aquellos.

                                                          

Quinta idea: independientemente de quien lo gestione, el uso público debe ser provisto “por la administración del espacio protegido

 

Este apartado dirige claramente la responsabilidad de la provisión del uso público hacia la administración responsable de la protección del espacio, es decir, hacia una Administración Pública, aunque admite la posibilidad de que la gestión sea transferida o encargada, de una forma controlada, a otras instituciones, entidades u organizaciones.

 

Hay que entender que esta especificación se refiere al uso público en los espacios naturales protegidos, dado que en espacios naturales que no gozan de la declaración legal de protección y cuya titularidad es privada, tanto la provisión del uso público como su gestión dependerán, evidentemente, de la voluntad e interés de los propietarios, aunque siempre existirá un marco normativo y unos compromisos generales de conservación de los recursos naturales y el patrimonio natural por los que han de velar las Administraciones Públicas que son los responsables y garantes últimos de la conservación de la naturaleza.

 

Hasta aquí la definición propuesta por EUROPARC-España.

 

Existen otras definiciones de uso público aportadas por diferentes organismos. Algunas de ellas se ofrecen a continuación:

 

 Conjunto de prácticas y actividades que se derivan del uso y disfrute por parte de las personas que acuden a los espacios protegidos, individual o colectivamente, de forma espontánea u organizada, con el fin principal de disfrutar de sus valores naturales, ambientales, estéticos, paisajísticos o culturales” (Organismo Autónomo Parques Nacionales. Ministerio de Medio Ambiente)

 

Conjunto de actividades y prácticas, relacionadas con el recreo, la cultura y la educación, que son apoyadas por un conjunto de programas, servicios e instalaciones que, independientemente de quien las gestione, debe garantizar la administración del espacio protegido con la finalidad de acercar a los visitantes a sus valores naturales y culturales, de una forma ordenada, segura y que garantice la conservación y la difusión de tales valores por medio de la información, la educación y la interpretación ambientales” (Junta de Andalucía, en su Estrategia de Acción para la Gestión del Uso Público en la Red de Espacios Naturales Protegidos –se trata de una definición muy similar y relacionada con la utilizada por EUROPARC-España)

 

Conjunto de actividades que tienen relación con la atención a los visitantes, reales o potenciales, de un espacio natural, protegido o no. Estas funciones son, generalmente, las de divulgación, información-orientación, oferta de servicios y equipamientos, recreo, interpretación, didáctica, educativa, etc.” (FIDA: Fundación para la Investigación y el Desarrollo Ambiental, dependiente de la Comunidad de Madrid)

 

 

DIFERENCIAS Y MATICES DISTINTOS EN LAS DEFINICIONES

 

De los diferentes aspectos incluidos en la definición de EUROPARC-España, los que gozan de un menor grado de acuerdo general con otras definiciones utilizadas o propuestas tienen que ver, sobre todo, con la referencia explícita al grado de compromiso o de detalle con que son identificadas las administraciones responsables de los espacios naturales protegidos con respecto al uso público. La mayoría de las definiciones reconocen algún grado de compromiso de estas administraciones con el uso público (como no podía ser menos), pero no con la misma intensidad con que lo hace la de EUROPARC. Estas matizaciones adquieren una importancia que va más allá de la puramente teorética, al comportar diferencias en las exigencias de gestión y en los repartos de responsabilidades.

 

Por otra parte, la mayor parte de las aportaciones sobre planificación y gestión del uso público tienden a reducirse al ámbito de los espacios naturales protegidos. Esta precisión es importante por cuanto en estos lugares aparece normalmente bien definida el área o unidad de gestión responsable de la gestión del espacio; algo que se diluye considerablemente a la hora de aplicar el concepto de uso público a espacios naturales que no poseen una declaración legal como espacios protegidos. El uso público en espacios naturales que no han sido declarados como protegidos queda por lo general en una situación de mayor indeterminación en cuanto a las capacidades de gestión pública, salvo en los casos en los que el territorio sea de titularidad pública.

 

Finalmente, también hay un cierto grado de controversia o de disparidad de criterios a la hora de definir las distancias y aproximaciones entre el concepto de uso público y dos ámbitos cercanos: los de la educación ambiental y el turismo. Mientras que el primero suele contemplarse como una de las actividades propias del uso público (aunque frecuentemente desde una perspectiva de complementación con la educación desarrollada en otros ámbitos, generalmente ligados al sistema educativo formal), el caso del turismo plantea una interesante reflexión sobre unos límites (entre turismo y uso público) de perfiles difusos.

 

LA CONSERVACIÓN DE LA NATURALEZA Y EL USO PÚBLICO

 

Aunque quizás parezca algo exagerado afirmar que “el uso público se vuelve sinónimo de conservación; es su nuevo nombre, su garantía, su herramienta imprescindible” (Crespo de Nogueira, 2002), lo cierto es que la interrelación entre ambos conceptos (uso público y conservación) tiene que ser muy estrecha (y cada vez más) para bien de ambos.

 

Como hemos visto, los espacios naturales protegidos nacieron ya con el doble objetivo de favorecer e integrar los objetivos de uso público y conservación. Desde entonces, esta meta no ha dejado de hacerse más necesaria a cada nuevo paso. Sin embargo, no hay que olvidar que la conservación ha de ser la directriz dominante en el proceso general de anudamiento entre ambos objetivos. Así, el ordenamiento del uso público debe plantearse a partir de las condiciones y las restricciones que determine la gestión dirigida a la conservación de la naturaleza siempre que exista un cierto grado de naturalidad y valor ambiental asociados al territorio sometido a uso público, y de forma particularmente acusada en el caso de los espacios protegidos.

 

Por ello, en la planificación de espacios naturales, lo primero por hacer es realizar un diagnóstico de la situación del territorio que incluya un análisis de sus componentes, una identificación de su estructura y una dilucidación del dinamismo ecológico que hace funcional el territorio; claves que se resumen en el “aspecto” general que adoptan los componentes en el espacio y que percibimos con agrado (lo que llamamos el “paisaje”). Este diagnóstico valorativo (pues debe incluir una evaluación de lo analizado) constituye el primer paso, para, a continuación, definir los objetivos, directrices y medidas más adecuadas para la conservación y, en su caso, restauración de los valores y situaciones analizados. Este esquema general es el que debieran seguir los Planes de Ordenación de los Recursos Naturales (habitualmente conocidos como PORN) en el caso de nuestro país, creados como figura específica por la Ley 4/89 de Conservación de los espacios naturales y de la flora y la fauna silvestres, aprobada en 1989. En cualquier caso, es el primer escalón de cualquier proceso de planificación física y de ordenación territorial destinado a ubicar de forma razonada y razonable los diferentes usos en un territorio, llámese como se quiera el instrumento planificador concreto utilizado para ello.

 

A continuación debe venir una planificación de la gestión a implantar, destinada a definir los objetivos y medidas para el uso y gestión del territorio y sus recursos en una situación ya normativizada (es decir, en un espacio natural protegido por una declaración específica): hay que definir los objetivos que se pretenden alcanzar en unos plazos concretos, especificar las actuaciones y medidas a implantar y los recursos (humanos, económicos) necesarios para ello, determinar los mecanismos de valoración y evaluación de logros y de replanteamientos de los planes, etc.

 

 

 

Medidas de gestión de conservación  Barrera para evitar que los anfibios crucen una carretera (P.R. Cuenca Alta del Manzanares, Madrid).

 

Estos son los contenidos de los planes llamados de uso y gestión (Planes Rectores de Uso y Gestión en la legislación marco española) o planes de manejo. Es un tipo de planificación que establece las medidas a aplicar desde la búsqueda de unos objetivos fundamentalmente orientados hacia la conservación de la naturaleza y los paisajes en los espacios declarados como protegidos, pero también se incluyen aquí objetivos y medidas destinados a potenciar e impulsar el uso público y el desarrollo equilibrado y sostenible de las poblaciones que dependen o utilizan tradicionalmente esos territorios y sus recursos. En este último caso, suelen elaborarse planes específicos y diferenciados, que reciben distintas denominaciones: Planes de Desarrollo Sostenible, Planes Sectoriales, Planes de Desarrollo Rural, etc.).

 

La parte concreta de los planes de uso y gestión que se refiere al uso público es, lógicamente, la que constituye la planificación y gestión del uso público, un apartado que ha ido adquiriendo un grado creciente de importancia y atención, por lo que ya suele exigir un tratamiento particularizado, aunque siempre supeditado a los criterios de la gestión dirigida a la conservación.

 

Organigrama de las relaciones entre los diferentes instrumentos de planificación y gestión de espacios naturales protegidos

 

 

LA PROTECCIÓN DE ESPACIOS NATURALES: TIPOS DE ESPACIOS PROTEGIDOS

 

El nacimiento de las políticas de espacios naturales protegidos se identifica con la declaración del Parque Nacional de Yellowstone, en Estados Unidos de Norteamérica, que tuvo lugar en 1872, seguido de la declaración de otros muchos parques nacionales en otros países (en España, la Montaña de Covadonga y Ordesa, en 1918). De hecho, todavía, la mayoría de la gente identifica y nombra casi cualquier espacio protegido con los términos parque nacional o parque natural. Sin embargo, la evolución de las ideas sobre los espacios protegidos en los últimos 125 años ha sido importante y compleja, ganando en riqueza de matices y adaptación a las diferentes situaciones existentes (Pascual Trillo, 1999; Mulero, 2002).

 

Desde la constitución de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) en 1948, esta organización internacional[2] ha velado entre otros asuntos por la correcta aplicación de los criterios de protección de espacios naturales, generando recomendaciones y propuestas internacionales que permitan comparar y equiparar las diferentes figuras de declaración creadas. Para ello, en 1978 estableció unas directrices generales que han sido sometidas a revisión en diferentes ocasiones y pasaron a constituir en el Congreso Mundial de Parques y Áreas Protegidas celebrado en Caracas en 1992 el actual sistema de categorías de espacios protegidos en función de los objetivos prioritarios que orientan la gestión de tales áreas o espacios

 

La UICN entiende como área protegida lo siguiente:

 

“Una superficie de tierra y/o mar especialmente consagrada a la protección y el mantenimiento de la diversidad biológica, así como de los recursos naturales y los  recursos culturales asociados, y manejada a través de medios jurídicos u otros medios eficaces”.

 

Las áreas protegidas, así definidas, tienen diferentes objetivos posibles de gestión, entre los que la UICN destaca los siguientes:

 

  • Investigación científica
  • Protección de zonas silvestres
  • Preservación de las especies y la diversidad genética
  • Mantenimiento de los servicios ambientales
  • Protección de características naturales y culturales específicas
  • Turismo y recreación
  • Educación
  • Utilización sostenible de los recursos derivados de ecosistemas naturales
  • Mantenimiento de los atributos culturales y tradicionales

 

Por eso, en función de la prioridad de unos u otros objetivos de gestión, se establecen por la UICN las siguientes categorías de áreas protegidas atendiendo a su prioridad de gestión (aunque cada una de ellas pueda y suela tener, además, otros objetivos secundarios de gestión):

 

I. Protección integral (Reserva Natural Estricta/ Área Natural Silvestre)

II.  Conservación de ecosistemas y turismo (Parque Nacional o Natural)

III. Conservación de las características naturales (Monumento Natural)

IV. Conservación a través de la gestión activa (Área de Gestión de Hábitat y/o Especies)

V. Conservación de paisajes terrestres y marinos, y recreo (Paisajes Terrestres y Marinos Protegidos)

VI. Utilización sostenible de los ecosistemas naturales (Área Protegida con Recursos Gestionados)

 

De esta manera, se establecen las 6 categorías de espacios protegidos (la primera con una subdivisión) del siguiente modo:

 

Ia: Reserva Natural Estricta

Ib: Área Natural Silvestre

II. Parque nacional o Natural

III. Monumento Natural

IV. Área de Gestión de Especies o Hábitat

V. Paisaje Protegido Terrestre o Marino

VI. Área Protegida con Recursos Gestionados.

 

 

Una mayor especificación de los objetivos principales y secundarios de estas categorías aparece en el siguiente cuadro:

 

 

 

OBJETIVO DE GESTIÓN

 Ia

 Ib

 II

 III

 IV

 V

VI

Investigación científica

 1

 3

 2

 2

 2

 2

 3

Protección de zonas silvestres

 2

 1

 2

 3

 3

 -

 2

Preservación de las especies y la diversidad genética

 1

 2

 1

 1

 1

 2

 1

Mantenimiento de los servicios ambientales

 2

 1

 1

 -

 1

 2

 1

Protección de características naturales y culturales específicas

 -

 -

 2

 1

 3

 1

 3

Turismo y recreación

 -

 2

 1

 1

 3

 1

 3

Educación

 -

 -

 2

 2

 2

 2

 3

Uso sostenible de los recursos derivados de ecosistemas naturales

 -

 3

 3

 -

 2

 2

 1

Mantenimiento de los atributos culturales y tradicionales

 -

 -

 -

 -

 -

 1

 2

Clave:

1 Objetivo Principal

2 Objetivo Secundario

3 Objetivo potencialmente aplicable

- No se aplica

 

 

Las ideas básicas sobre las que la UICN hace hincapié a la hora de señalar el sentido de esta propuesta de categorización son las siguientes:

 

-        El criterio prioritario de gestión es el factor de determinación de los tipos o categorías (por lo tanto, es preciso partir de la definición explícita de objetivos en la declaración del espacio protegidos para asignar la categoría correspondiente).

-        La asignación a una determinada categoría no implica ninguna consideración sobre la eficacia de la gestión (es tan solo una asignación en relación con los objetivos pretendidos).

-        Se trata de un sistema de categorías internacional que pretende permitir la comparación entre espacios naturales de distintos países.

-        Los nombres nacionales de los espacios protegidos no tienen por qué coincidir con los de la categoría internacional a las que se deben asignar.

-        Todas las categorías son importantes, al abarcar un amplio espectro de objetivos de integración entre conservación y actividades humanas, aunque si hay una escala en el sistema en función del grado de intervención humana.

 

Es importante destacar el hecho de que los nombres de estas categorías no se corresponden necesariamente con los que los estados (o las comunidades autónomas, en el caso de España) dan a sus espacios protegidos, por lo que un parque nacional de un determinado país, por ejemplo, puede no corresponder a la categoría II de la Lista de Naciones Unidas, establecida en función de las categorías establecidas por UICN.

 

En España, los nombres dados a los espacios protegidos varían de una forma exageradamente amplia, dado que cada Comunidad Autónoma ha optado por un sistema propio y diferenciado de nomenclatura que, para colmo, no sigue tampoco las directrices de categorías internacionales en ningún caso. Como resultado, la variedad de términos aplicados (casi 50 figuras distintas en el conjunto del Estado) y la dificultad de establecer una comparación razonable es elevada. Una vez más parece que la razonable defensa de las peculiaridades y características propias ha desembocado en un absurdo e innecesario ejercicio de confusión.

II. EL USO PÚBLICO Y OTROS USOS Y ACTIVIDADES TERRITORIALES

 

 

EL TURISMO Y EL USO PÚBLICO

 

El turismo es una actividad muy relacionada con el uso público, particularmente aquellas modalidades de turismo calificadas como turismo rural, turismo en  la naturaleza o ecoturismo, aunque todas ellas necesitan de matizaciones y precisiones dado el considerable grado de confusión que hay en el uso de estos términos. Por ello, se ha tratado de clarificarlos mediante definiciones que detallen el sentido preciso de cada uno de ellos.

 

Una definición general de turismo lo identifica como el “conjunto de actividades que realizan las personas durante sus viajes y estancias en lugares distintos a los de su entorno habitual por un periodo de tiempo consecutivo inferior a un año con fines de ocio, negocio y otros motivos” (Organización Mundial del Turismo).

 

De acuerdo con esto, la mayoría de las actividades de uso público entrarían en la definición de turismo, aunque no puede afirmarse lo contrario: numerosas actividades turísticas no pueden ser calificadas en modo alguno como de uso público. Por ello, en los espacios naturales en los que vamos a tener actividades turísticas, algunas de las cuales cabe calificar de uso público, la delimitación es interesante, dado que de ella puede depender la identificación de las competencias de gestión de esas actividades y, por consiguiente, el deslinde de responsabilidades entre quienes se ocupan de administrar el sector del turismo y quienes lo hacen con respecto al uso público.

 

Por ello, una de las consecuencias prácticas importantes de resolver los potenciales conflictos entre ambos conceptos (turismo y uso público) radica en la discriminación clara de las competencias y responsabilidades que corresponden al área de gestión del sector turístico y a la del uso público en el caso de los espacios naturales. El hecho de que la mayor parte del uso público regulado en espacios naturales se ubique en espacios legalmente protegidos supone un aspecto interesante para la identificación de las unidades o áreas de gestión del uso público, ubicándolas en la Administración responsable del espacio protegido. Sin embargo, las unidades administrativas competentes sobre los aspectos turísticos se suelen ubicar o depender de ámbitos administrativos (ministerios o consejerías) diferentes y distantes de aquellos que acogen a las unidades o áreas responsables de la gestión del uso público, lo que añade ciertas dificultades a la hora de la coordinación entre ambas.

 

La expansión cuantitativa del turismo es, con toda seguridad, uno de los fenómenos más característicos de los últimos tiempos. A la par, se ha producido una diversificación de las formas de ese turismo en expansión, que han ido recibiendo diferentes nombres, no siempre precisos ni suficientemente delimitados. La proliferación de  términos como los de “turismo en la naturaleza”, “turismo rural”, “turismo activo”, “turismo de aventura”, “turismo sostenible” o “ecoturismo” ha motivado la búsqueda de criterios que los hagan identificables y diferenciables entre sí y frente a otras formas de turismo.

 

Los cuatro primeros (turismo en la naturaleza, turismo rural, turismo activo y turismo de aventura) hacen referencia bien al lugar de realización de la actividad turística (turismo en la naturaleza, turismo rural), bien a alguna característica de la misma, relacionada con el dinamismo, el riesgo o la exigencia deportiva (turismo activo, turismo de aventura). Sin embargo, ninguna contiene necesariamente elementos de sometimiento de la actividad a criterios de respeto ambiental o a limitaciones por tal motivo, ni responden obligatoriamente a objetivos definidos de conservación o protección de la naturaleza. Son, por tanto, términos puramente descriptivos, sin condicionantes éticos o ambientales, aunque actualmente también se busca delimitarlos con mayor precisión, a fin de reglamentarlos y permitir así una mayor y mejor identificación de su sentido. Así, por ejemplo, el turismo rural ha sido definido como “actividad turística realizada en el medio rural, compuesta por una oferta integrada de ocio, dirigida a una demanda cuya motivación es el contacto con el entorno autóctono y que tenga una interrelación con la sociedad local” (Actas del Congreso de Turismo Rural y Activo. Junta de Comunidades de Castilla y León. Ávila, 1995) o, de una forma más sencilla, se trata de un tipo de turismo en que se pretende que la cultura rural sea un componente clave del producto turístico.

 

Por su parte, el turismo en la naturaleza corresponde hoy a lo que Ceballos-Lascurain (1987) llamó, en su momento, ecoturismo, en la que se suele considerar la primera definición formal del término: “viajar a áreas naturales relativamente sin perturbar o no contaminadas con el objetivo específico de estudiar, admirar y disfrutar del paisaje y su flora y fauna silvestre, tanto como manifestaciones culturales existentes (tanto del pasado como del presente) que se encuentran en estas áreas”.

 

Ciertamente se pueden hacer viajes a áreas naturales buscando disfrutar de sus elementos y paisajes sin que medien pautas de respeto por sus valores o generando a su paso impactos serios por no respetar determinadas normas o exigencias ambientales. Por tanto, puede haber turismo en la naturaleza o turismo rural impactantes. Sin embargo, el turismo sostenible o el ecoturismo que hoy se quieren delimitar de forma rigurosa como tales, se autoimponen estrictas exigencias de tipo ambiental determinadas por su misma definición.  

 

El turismo sostenible fue redefinido en agosto de 2004 por la Organización Mundial del Turismo con motivo la reunión de su Comité de Desarrollo Sostenible en Tailandia. El objetivo consiste en aplicar a la práctica turística los criterios de sostenibilidad, en sus tres vertientes: ambiental, sociocultural y económica. Así, turismo sostenible sería aquel que:

 

- Da un uso óptimo a los recursos ambientales, que son un elemento fundamental del desarrollo turístico, manteniendo los procesos ecológicos esenciales y ayudando a conservar los recursos naturales y la diversidad biológica.

- Respeta la autenticidad sociocultural de las comunidades anfitrionas, conservando sus activos culturales arquitectónicos y vivos y sus valores tradicionales, contribuyendo al entendimiento y a la tolerancia intercultural.

- Asegura unas actividades económicas viables a largo plazo, que reporten a todos los agentes unos beneficios socioeconómicos bien distribuidos, entre los que se cuenten oportunidades de empleo estable y de obtención de ingresos y servicios sociales para las comunidades anfitrionas.

 

La OMT advierte que estas directrices deberían ser aplicadas a todo tipo de actividad turística y destino, incluyendo, por supuesto, las formas de turismo de masas. De esa forma, el turismo sostenible se configuraría como el objetivo al que todo turismo debe tender, del mismo modo que el desarrollo sostenible es el objetivo a alcanzar desde la modificación del modelo de desarrollo económico actual. Aunque ninguna de las dos pretensiones se esté consiguiendo, no deja de ser loable y deseable su identificación como aspiración y objetivo a perseguir.

 

A su vez, la Carta europea del turismo sostenible, elaborada por la Federación de Parques Naturales Regionales de Francia e impulsada por la Federación EUROPARC, define el turismo sostenible como “cualquier forma de desarrollo, equipamiento o actividad turística que respete y preserve a largo plazo los recursos naturales, culturales y sociales y que contribuya de manera positiva y equitativa al desarrollo económico y a la plenitud de los individuos que viven, trabajan o realizan una estancia en los espacios protegidos”.

 

 

Centro ecológico de los Guatuzos (Nicaragua) producto de un proyecto de cooperación internacional entre Amigos de la Tierra de España y Fundar de Nicaragua

 

El ecoturismo, por su parte, significa un tipo particular de turismo (de turismo sostenible, por supuesto). Según la declaración acordada en la Cumbre Mundial sobre Ecoturismo celebrada en Québec en mayo de 2002 (que fue declarado año internacional del ecoturismo), el ecoturismo abraza los principios del turismo sostenible y, además, se adhiere a los siguientes principios que lo hacen diferente de otras formas menos “exigentes” de turismo sostenible:

 

- Contribuye activamente a la conservación del patrimonio natural y cultural.

- Incluye a las comunidades locales e indígenas en su planificación, desarrollo y explotación, contribuyendo a su bienestar.

- Interpreta el patrimonio natural y cultural del destino para los visitantes

- Se presta mejor a los viajeros independientes, así como a los circuitos organizados para grupos de tamaño reducido.

 

Se trataría, por tanto, de una modalidad de turismo sostenible que exige una gran implicación y compromiso de los viajeros con los lugares visitados y sus habitantes. En este sentido, la Declaración de Québec contempla un total de 49 recomendaciones, dirigidas tanto a gobiernos como al sector privado, las ONGs, instituciones académicas y de investigación, instituciones financieras, comunidades locales e indígenas (OMT, 2002, Pérez de las Heras, 2004).

 

 

Por tanto, no todo el turismo que afecta al uso público de espacios naturales puede calificarse como “ecoturismo”, ni mucho menos. Por ello, no hay que confundir el ecoturismo con el turismo rural o el turismo en la naturaleza, aunque haya modalidades de estos que sí puedan ser calificadas como formas de ecoturismo.  

 

Las modalidades que adopte el turismo de naturaleza o “en” la naturaleza dependerán en buena medida del tipo o perfil de comportamiento o conducta que manifiesten los turistas que las practican. Así, se han propuesto diferentes formas de categorización de estas conductas, dependiendo del grado de interés o motivación que impulse al turista. Una forma de clasificación en tipos de turistas de naturaleza, agrupados en compartimentos ciertamente no estancos, puede ser la siguiente (Pulido, 2002):

 

- Turistas casuales: Son los que llegan de una forma casual y casi inconsciente a un espacio natural. Poseen poca sensibilidad ambiental y la motivación de su visita es ajena a la oferta específica del espacio.

 

-Turistas ocasionales: Son visitantes atraídos por la idea de disfrutar brevemente de un espacio natural de una forma ocasional, dentro de un viaje más amplio y con otras motivaciones. Suelen estar poco informados del área visitada dado que ese no es el objetivo central de su viaje.

 

- Turistas vocacionales: Poseen un amplio espectro de intereses por la naturaleza, poseyendo una alta valoración de la misma como lugar donde desarrollar sus actividades de ocio. De hecho, se caracterizan precisamente por buscar en la naturaleza su espacio de ocio preferente.

 

- Turistas bien informados: Poseen una alta preparación e información sobre la naturaleza que visitan, ya que es precisamente la naturaleza el objetivo concreto de su viaje, por lo que valoran especialmente su grado de conservación y buscan en ellas rasgos específicos.

 

- Turistas especializados: Son personas que se especializan en algún aspecto concreto de la oferta del espacio natural (observación de aves, buceo, interpretación geomorfológica, etc.). En realidad, se trata de un grupo que mantiene importantes vinculaciones y solapamientos con el anterior y el posterior, pudiendo también considerarse un subtipo de ellos.

 

- Turistas científicos: El objeto de la visita de estos viajeros es de carácter científico, como objeto de una investigación, un estudio o un tipo de aprendizaje específicos.

 

- Ecoturistas: Se supone la existencia de un componente ético en este tipo de viajeros, que viajan como una forma de compromiso con la comprensión y la conservación de los valores ambientales y culturales de los lugares visitados. En realidad, supone un estilo de viajar en sí mismo.

 

De acuerdo con este tipo de caracterizaciones, la consideración del perfil de los visitantes de un espacio natural es fundamental a la hora de abordar la planificación turística y también la planificación del uso público, al tratarse de tipologías que parten de expectativas diferentes y de las que se derivan conductas distintas, por lo que deberían ser tenidas en cuenta cuidadosamente.

 

EL USO PÚBLICO Y LOS USOS EXTRACTIVOS Y DE EXPLOTACIÓN

 

Los usos extractivos de recursos naturales en un territorio, sean de carácter tradicional o no, no son considerados como parte del uso público. Por ello, las actividades agrarias, ganaderas, forestales (de extracción de madera u otros recursos del monte), mineras, de cantería, caza o pesca, entre otras, quedan excluidas de la concepción del uso público.

 

Sin embargo, conviene hacer algunas precisiones al respecto, dado que hay actividades extractivas en origen que han ido transformándose en prácticas deportivas o de recreo y ocio. Sucede esto de forma particularmente evidente con la caza y la pesca continental (y una parte de la costera), actividades que tienen hoy, por lo general y en nuestras sociedades en particular, un carácter más marcadamente de recreo y diversión que comercial o extractivo. En este sentido, pueden considerarse actividades relacionadas con otras de uso público, como el senderismo, la observación de la naturaleza o el montañismo. Una situación parecida es la de ciertas prácticas originales de extractivismo convertidas en fórmulas de ocio, como la búsqueda de setas o la recolección de frutos silvestres.

 

Por otra parte, algunas actividades de explotación económica, como la ganadería o ciertas formas de agricultura, mantienen una estrecha relación con el uso público, no para ser consideradas como actividades de uso público, sino por constituir formas de modelado del territorio responsables de la existencia de paisajes demandados o valorados positivamente por el uso público. Incluso las propias actividades específicas de esos usos pueden convertirse en actividades de ocio o de educación ambiental al ser integradas dentro de los programas de ecoturismo o en proyectos educativos que buscan acercar al visitante o adentrar al estudiante en el conocimiento de las formas de explotación rural tradicional de los recursos: ordeño, siembra, alimentación de los animales domésticos, recolección, siega, etc. No hay que olvidar que algunos de los primeros equipamientos de educación ambiental en medios rurales fueron las “granjas-escuelas”, que nacieron precisamente con estos fines.

 

No obstante, siempre es posible encontrar el sentido real de la actividad antes de analizar si forma parte o no del abanico de actividades consideradas como de uso público.

 

EL USO PÚBLICO Y EL DESARROLLO LOCAL SOSTENIBLE. EL ECODESARROLLO.

 

El aumento de visitantes a los espacios naturales ha generado un aumento de empleo y renta muy importante tanto por vía de la creación de puestos de trabajo específicamente en el sector, como inducidos a través de sectores dependientes o cercanos, fundamentalmente los turísticos, de restauración y alojamiento.

 

Este impulso económico es muy importante en la planificación de los modelos de desarrollo local en los espacios naturales y sus entornos, generalmente territorios de baja densidad de población y niveles de renta medios o bajos. La posibilidad de contar con estos nuevos ingresos que compatibilizan la economía endógena con la conservación de los recursos naturales (dentro del concepto de ecodesarrollo) y basan el desarrollo en el respeto y el sometimiento a los criterios de sostenibilidad (concepto de desarrollo sostenible) resulta de gran interés para dar viabilidad económica a estos territorios. Para ello se han de elaborar planes de desarrollo local, desarrollo sostenible o integrado que apliquen en estos lugares los criterios que no se están aplicando en las zonas de mayor degradación ambiental y de alta densidad de usos industriales, urbanísticos  y de población (lo que no deja de resultar paradójico).

 

Esto ha llevado a una situación poco afortunada, consistente en creer que los modelos y propuestas del desarrollo sostenible están pensadas especialmente para ser aplicadas a este tipo de territorios en los que, por lo general, la sostenibilidad ambiental es mucho mayor que en el resto. Muy al contrario, donde verdaderamente sería fundamental aplicar los criterios ambientales de avance hacia la sostenibilidad y el desarrollo sostenible sería en las grandes áreas industriales, urbanas, periurbanas y de turismo masivo; pero ahí no se produce con el mismo énfasis, ni siquiera declarativo, que lo que se pretende en los entornos de los espacios naturales protegidos. Se trata de un craso error de concepción que no se sabe si hay que achacar al desconocimiento o, mucho peor, a la falta de un interés real por implantar verdaderamente las propuestas de cambio hacia la sostenibilidad a los modelos de desarrollo económico.

 

En cualquier caso, lo que si es cierto es que los entornos de los espacios naturales protegidos ofrecen un gran interés y potencialidad a la hora de ensayar y configurar mecanismos ejemplares de relación entre las actividades humanas, el uso público, la conservación de los recursos y la protección de los valores naturales, aspectos que hay que potenciar.

 

Sin embargo es preciso ser muy claros al respecto: la proximidad a espacios naturales relevantes o la pertenencia al área de influencia socioeconómica de estos no puede ser una excusa para cambiar el estilo y la tipología de los núcleos de población de forma que se desvirtúe el sentido, la historia y la integración ambiental que los ha caracterizado. La exagerada tendencia al crecimiento, a cualquier precio, que caracteriza los afanes de buena parte de los ayuntamientos, movidos por el peligroso hecho de depender para su financiación del urbanismo local, junto a los intereses especulativos que movilizan buena parte de las economías locales, hace que aparezcan en las inmediaciones de los espacios protegidos intereses económicos que nada tienen que ver con las justas necesidades de mejoras en la calidad de vida y el desarrollo sociocultural de sus habitantes. El “paraguas” terminológico del “desarrollo sostenible” no puede encubrir ni justificar alteraciones o modificaciones en los ámbitos rurales del entorno de los espacios naturales que nada tienen  que ver con el sentido de aquellos conceptos. Por ello, es absolutamente imprescindible exigir una aplicación precisa del sentido del desarrollo sostenible y denunciar su mal uso, al amparo del cual se escuchan supuestas reivindicaciones que no son sino el amparo de intereses económicos bajo modos de desarrollo totalmente alejados de lo que la sostenibilidad o el ecodesarrollo postulan.

 

Hay que recordar que el término “ecodesarrollo” es cronológicamente anterior al de desarrollo sostenible, presentando un enfoque más local. Fue en 1974 cuando Ignacy Sachs lo formuló como una modalidad de desarrollo respetuosa con el medio ambiente basada en el uso preferente de los recursos locales, con la vista puesta en la potenciación de las tecnologías apropiadas a cada una de las realidades concretas de cada lugar: de ahí su especificidad regional y la persecución de modelos de fomento de la capacidad de autodecisión de las comunidades locales; un conjunto que disgustó al entonces Secretario de Estado de USA, Henry Kissinger, quien exigió en su momento su eliminación de las propuestas de Naciones Unidas (Naredo, 1999).

 

El desarrollo sostenible presenta una dimensión más global, entrando en la escena internacional de la mano del informe de la Comisión Brundtland de 1997 y convirtiéndose en la estrella de las propuestas mediáticas a partir de la Cumbre de Río de 1992. Su definición, poco operativa, se refiere a una forma de desarrollo que consiga “asegurar que satisfaga las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las propias” (CMMAD, 1998).

 

Ante una definición tan abierta, no es extraño que se hayan apuntado casi todos a hacerse una foto a su lado, aunque los planteamientos desde los que hay que hacerla operativa recojan luego medidas bastante más exigentes y menos aplicadas. Por eso, es importante insistir en la diferencia extrema entre la idea del desarrollo autosostenido o sostenido (un concepto anterior, propio de la economía más tradicional) y el del desarrollo sostenible. En realidad cada uno representa un pensamiento opuesto: mientras el desarrollo sostenible tiene exigencias ambientales, el desarrollo sostenido (al que habría que denominar más bien como crecimiento sostenido, pues a eso se reduce) aspira tan solo a un incremento de las magnitudes económicas a tasas constantes (“sostenidas”).

 

Como no se ha conseguido hasta ahora encontrar una forma de crecimiento económico que no suponga incrementos similares (si no mayores) en el consumo de los recursos o en la emisión de residuos contaminantes, el concepto de crecimiento sostenido es exactamente el opuesto al del desarrollo sostenible, que aspira a una mejora del bienestar humano (no exclusivamente centrado en el mero crecimiento de las magnitudes económicas) mediante mecanismos económicos que puedan perpetuarse indefinidamente en el tiempo al no reducir con su actividad la base de los recursos naturales y los ecosistemas sobre los que se fundamenta la sostenibilidad del planeta y del propio bienestar humano.

 

En ese sentido, aunque el desarrollo sostenible puede comportar en sus fases iniciales etapas de crecimiento económico en el sentido tradicional, al aceptar la existencia de límites ambientales, debe desembocar en etapas maduras en mecanismos de desarrollo centrados en la mejora cualitativa del bienestar humano, tendiendo hacia economías en estado estacionario en cuanto al consumo de los recursos, la ocupación del espacio ambiental y la emisión de contaminantes (Daly, 1989).

 

 

La idea de sostenibilidad significa renunciar a aumentar el espacio ambiental que el sistema económico humano ocupa en el seno del sistema ecológico (limitado y no creciente), así como los flujos entrante y saliente de recursos y residuos.


 


III. LA OFERTA: EL PATRIMONIO NATURAL Y CULTURAL

 

La ordenación territorial y la planificación física con base ecológica suponen, en última instancia, contraponer o enfrentar dos tipos de factores: de un lado, la oferta del territorio, con sus capacidades, valores y fragilidades; y, del otro, la demanda de usos, con sus intereses económicos y sus demandas sociales. Del correcto ajuste entre ambos factores surgirán las bases sobre las que compatibilizar los usos sobre un territorio diverso y desigual.

 

Se trata de un criterio racional y bastante sencillo de plantear, aunque, lamentablemente, no demasiado aplicado en la práctica, en la que a menudo son las presiones e intereses más poderosos los que deciden el reparto de los usos por el territorio, por encima de los criterios técnico-científicos de la planificación y la ordenación territorial.

 

La planificación y ordenación territorial como fórmula de resolución del enfrentamiento entre oferta territorial y demanda poblacional.

 

En la ordenación territorial es fundamental la delimitación de unidades ambientales en el territorio que se comporten de forma aceptablemente homogénea en relación a su aptitud y fragilidad (impactabilidad) para acoger diferentes usos o actuaciones.

 

En el caso concreto del uso público en espacios naturales, inseparable de los aspectos de su conservación, la planificación descansa en los mismos supuestos generales antes expresados, aunque dirigiendo la mirada hacia el tipo de demanda que representa el uso público (que implica la contemplación de los intereses de una población ajena al territorio, pero interesada en él como área de visita) e incluyendo en la oferta también aspectos derivados de la ocupación sociocultural del territorio (que, por tanto, no ejerce solo de demanda, sino también de oferta).

 

 

Cuadro: contraposición entre oferta y demanda para la planificación del uso público

 

 

De esta manera, es el llamado “patrimonio natural y cultural” el que se configura como el elemento clave de la oferta territorial en el diagnóstico previo a la planificación del uso público, al tratarse de los elementos naturales y culturales que más valor e importancia tienen a la hora de atraer a los visitantes. Hay que recordar que estos términos fueron definidos en 1972 por la UNESCO en el ámbito de su 17ª Conferencia General, en la que, además de aprobarse la Convención sobre la protección del patrimonio mundial, cultural y natural, se acordó una Recomendación sobre la protección en el ámbito nacional del patrimonio cultural y natural.

 

Así, forman parte del patrimonio natural:

 

Los monumentos naturales constituidos por formaciones físicas y biológicas, o por grupos de esa clase de formaciones, que tengan un valor especial desde el punto de vista estético o científico.

 

Las formaciones geológicas y fisiográficas y las zonas estrictamente delimitadas que constituyan el hábitat de especies animales y vegetales de gran valor o amenazadas, que tengan una importancia especial desde el punto de vista de la ciencia o de la conservación.

 

Los lugares naturales o las zonas naturales estrictamente delimitadas, que tengan un valor especial desde el punto de vista de la ciencia, de la conservación, de la belleza natural o de las obras conjuntas del hombre y la naturaleza.

 

 

En tanto que constituyen el patrimonio cultural:

 

Los monumentos: obras arquitectónicas, de escultura o de pintura monumentales, inclusive las cavernas y las inscripciones cavernas, así como los elementos, grupos de elementos o estructuras que tengan un valor especial desde el punto de vista arqueológico, histórico, artístico o científico.

 

Los conjuntos, grupos de construcciones, aisladas o reunidas, que por su arquitectura, unidad e integración en el paisaje tengan un valor especial desde el punto de vista de la historia, del arte o de la ciencia.

 

Los lugares: zonas topográficas, obras conjuntas del hombre y de la naturaleza, que tengan un valor especial desde el punto de vista arqueológico, histórico, etnológico o antropológico.

 

 

 

EL DIAGNÓSTICO DEL TERRITORIO

 

El diagnóstico del territorio tiene, por tanto, dos partes: de un lado, los elementos, los componentes y la estructura natural del medio, y, de otro, los elementos y la estructura sociocultural existente en el lugar. En conjunto, supone un análisis valorativo del territorio natural y cultural.

 

Este tipo de diagnóstico constituye una premisa fundamental en cualquier estudio o plan de ordenación territorial previo a la planificación de los usos. En la normativa sobre espacios protegidos, su realización corresponde a los planes de ordenación de los recursos naturales (PORN), exigiéndose en ellos definir el estado de conservación de los recursos naturales, ecosistemas y paisajes presentes en su ámbito de aplicación. Esta faceta de diagnóstico valorativo es muy importante para acometer cualquier proceso de planificación y, de hecho, se ha identificado su aplicación defectuosa como una de las principales carencias y deficiencias de la planificación territorial y de recursos naturales en España: así, la frecuente reducción del ámbito territorial del PORN al estricto territorio ya protegido o previamente decidido como protegible (un error que reduce en gran manera la posibilidad de realizar un diagnóstico válido y útil del ámbito territorial real que afecta a lo que se quiere proteger, es decir, un espacio que va más allá de los límites de lo que luego será declarado como protegido); o la escasa capacidad de valoración objetiva que suelen presentar la mayoría de estos planes son algunos de los problemas serios advertidos en la aplicación práctica de estos planes (Mulero, 2002; recogiendo también opiniones de otros autores).

 

El diagnóstico territorial puede seguir diferentes pautas en su organización, aunque es frecuente ordenarlo siguiendo criterios de diferenciación entre lo físico-natural (el diagnóstico del medio físico-natural) y lo antrópico (la población y su economía: el diagnóstico del medio socioeconómico). Dentro de cada uno de ellos, suele organizarse el análisis por componentes, lo que no debe hacer olvidar que la integración global de todos esos componentes y sistemas que interactúan  entre sí es importante, algo que queda a menudo desdibujado en muchos diagnósticos excesivamente analíticos.

 

Un diagnóstico es, en parte, un inventario, pero debe ser mucho más que eso, resultando indispensable incluir una evaluación o valoración. Por otra parte, en la parte específica de inventariado, es importante utilizar diferentes escalas de integración, no limitándose a realizar inventarios de los componentes más sencillos. Esto significa abordar la cuestión del inventariado de sistemas o unidades ambientales, por ejemplo.

 

Así, puede considerarse al diagnóstico formado por, al menos, dos partes: inventario (incluyendo una integración de componentes) y valoración.

 

A continuación, se presenta en una serie de apartados una posible estructuración de contenidos de un diagnóstico tipo, organizada, a efectos expositivos, en los apartados de medio físico-natural y medio socioeconómico. La integración de ambos simplemente se esboza desde la perspectiva de un enfoque sistémico, mediante la delimitación de unidades ambientales y su plasmación espacial en una zonificación del territorio.

 

De acuerdo al enfoque de este libro, los criterios a aplicar en la definición de contenidos y enfoques del diagnóstico serán los que permitan mantener la atención y las referencias constantes al uso público, su planificación y gestión.

 

DIAGNÓSTICO DEL MEDIO FÍSICO-NATURAL

 

Existen numerosos tratados que, de una forma completa o parcial, abordan los métodos, sistemas o contenidos en que puede organizarse un estudio del medio físico-natural, presentado ideas o esquemas sobre los que estructurarlo (por ejemplo: VVAA, 1993). En general, la organización de este tipo de textos suele seguir las líneas generales habituales en la ordenación de contenidos dentro de las ciencias naturales.

 

Aspectos geológicos y del relieve

 

Uno de los primeros aspectos a considerar es el relativo al sustrato geológico y a la forma que adoptan los relieves en el territorio considerado. Aquí hay diversos aspectos a tener en cuenta, todos ellos interrelacionados, pero con matices que los diferencian.

 

Litología o Petrología: Es la parte que tiene que ver con las rocas y sus tipos. Las rocas son los materiales naturales con los que está formada la corteza terrestre. Están formados por uno o más minerales o mineraloides y, por lo general, se presentan en estado sólido. Se clasifican de acuerdo a su origen (petrogénesis), siendo importante también su edad o periodo de formación, lo que supone la necesidad de disponer de una datación absoluta o relativa y, como consecuencia, deducir la adscripción de la roca a una determinada etapa geocronológica.

 


 

ROCAS ENDÓGENAS

(origen interno)

ROCAS IGNEAS O MAGMÁTICAS

(proceden de magmas enfriados)

ROCAS INTRUSIVAS O PLUTÓNICAS (el magma solidificó en el interior)

Granitos

Granodioritas

Sienitas

Gabros

ROCAS VOLCÁNICAS

(el magma solidificó en la superficie)

Riolitas

Traquitas

Andesitas

Basaltos

ROCAS METAMÓRFICAS

(modificadas de otras por cambios de presión o temperatura sin llegar a fundirse)

Pizarras

Esquistos

Neises

Cuarcitas

Mármoles

ROCAS EXÓGENAS

(Origen externo)

ROCAS SEDIMENTARIAS

(a partir de sedimentos)

ROCAS DETRÍTICAS

(formadas a partir de fragmentos)

Conglomerados

Brechas

Areniscas

Lutitas

ROCAS QUÍMICAS

(Por precipitación de solutos)

Carbonáticas (calizas, dolomías, margas)

Evaporíticas (Yesos, halitas)

ROCAS ORGANÓGENAS

(A partir de restos orgánicos)

Silíceas

Carbones (Turbas, lignitos, antracitas, hullas)

Cuadro: Clasificación genética de las rocas atendiendo a su origen

 

Las rocas se colocan de forma generalmente superpuesta en la corteza dependiendo de su momento y tipo de formación y de los procesos por los que se hayan originado. Si se trata de rocas sedimentarias, el criterio de superposición de los estratos (explicado por Steno ya en el siglo XVII) determina, en principio, su antigüedad: los más antiguos se encuentran debajo de los posteriores. Este criterio se puede encontrar alterado por movimientos tectónicos posteriores (fallas, pliegues, cabalgamientos, etc.) que revuelven los materiales y los deforman. Otros tipos de rocas pueden ubicarse de acuerdo a diferentes criterios de acuerdo con su origen y formación: por ejemplo, las rocas ígneas “intruyendo” en el interior de rocas encajantes o “rocas caja” a las que pueden fundir parcialmente, o fluyendo a través de fracturas, etc.

 

El tipo de roca madre más superficial de un territorio (el material natural coherente que aparece debajo de la fracción mineral fragmentada y mezclada con la materia orgánica que denominamos suelo, donde lo haya) es la que aparece indicada en la cartografía de los llamados mapas geológicos. Así pues, éstos representan el territorio desnudo de vegetación y de suelos, evidenciando el tipo, disposición y características litológicas de las primeras rocas existentes. Si se requiere saber que es lo que hay por debajo de ellas, es preciso construir un perfil geológico en el que interpretaremos, en base a los datos aportados por el mapa, la posible secuencia de rocas en profundidad (siempre con un cierto grado de incertidumbre, si no disponemos de más información).

 

 

Perfil geológico

 

La litología o petrología tiene importancia para el uso público al condicionar parcialmente el tipo de relieve que se generará (y éste sí puede tener un interés importante como valor atractivo del espacio): se configuran así algunos tipos de paisajes característicos de ciertas litologías.

 

Las claves de la formación de las rocas, sus características básicas y sus respuestas a los agentes geológicos que moldean los relieves constituyen algunos de los conocimientos importantes a la hora de interpretar el paisaje (la “interpretación ambiental”). Hay que tener en cuenta que la “personalidad” que la roca imprime al paisaje tiene que ver con varias de sus características, entre las que están su composición mineralógica, la resistencia a la erosión, su permeabilidad o porosidad, la solubilidad de sus minerales, etc. Como consecuencia, se derivan aspectos como la forma de la red de drenaje y la hidrogeología de la zona, las pendientes y la morfología general de la zona, el colorido de determinadas zonas de rocas expuestas, etc.

 

Entre los paisajes caracterizados en gran manera por el tipo de litología subyacente están los paisajes graníticos, los paisajes calizos (relieves “kársticos”), los paisajes de conglomerados o los paisajes volcánicos.

 

Algunos ejemplos particularmente relevantes sobre la importancia que puede tener la litología o petrología al otorgar un valor particular al espacio natural son los siguientes:

 

  • Paisajes graníticos: La Pedriza del Manzanares (Madrid), Monte Aloia (Pontevedra), Los Barruecos (Cáceres).

 

Paisaje granítico (La Pedriza de Manzanares)

 

 

  • Paisajes calizos o kársticos: Torcal de Antequera (Málaga), Ciudad Encantada (Cuenca), Hoces del río Duratón (Segovia), Guara (Huesca), Picos de Europa (Cantabria, Asturias).

 

Paisaje calizo (Ciudad Encantada de Cuenca)

 

  • Paisajes de conglomerados: Montserrat (Barcelona), Mallos de Riglos (Huesca)

 

  • Paisajes volcánicos: Timanfaya (Lanzarote), Olot (Girona), Caldera del Teide (Tenerife)

 

Paisaje volcánico (Lago Myvatn. Islandia)

 

 

 

 

 

En este tipo de enclaves, la litología constituye en sí misma un valor atractivo de la visita, por lo que en el diagnóstico adquirirá una especial relevancia.

 

 

Tectónica: El movimiento de las placas en que se divide la litosfera (la parte rígida más superficial de la Tierra) y los consiguientes empujes o estiramientos a que se ven sometidas porciones concretas de la misma determinan toda una serie de deformaciones permanentes que pueden comportar bien la rotura de las rocas (fracturas: fallas y diaclasas, según haya o no deslizamiento de los fragmentos a causa del empuje o del estiramiento), bien deformaciones plásticas (pliegues), pudiendo mezclarse ambos procesos (pliegues-falla, cabalgamientos). En conjunto, estos procesos determinan la tectónica local, según la cual las rocas se habrán visto fracturadas o plegadas, adoptando así formas determinadas y mostrando fragilidades que facilitarán el modelado diferenciado por los agentes geológicos.

 

El conocimiento de la tectónica básica de un enclave, junto al reconocimiento de su litología (que informará sobre la cohesión de las rocas, su resistencia a la meteorización o a la erosión, etc.) y a los agentes geológicos actuantes (dependientes en buena medida del clima del lugar), permitirán interpretar correctamente las líneas directrices del paisaje formado.

 

 

Falla

 

Pliegues

 

Pliegue indicador del cabalgamiento de Pirineos. Torla, a la entrada del valle de  Ordesa

 

 

Fisiografía y geomorfología: El relieve propiamente dicho procede, por lo general, de una génesis compleja. Si las características litológicas de las rocas existentes determinan en buena medida las líneas dominantes de la configuración del relieve, no quedan atrás en esta tarea aspectos como el clima o los agentes geológicos (determinados éstos por aquel y dependientes de la altitud y la latitud del lugar). Finalmente, la vegetación (asimismo dependiente de las condiciones climáticas) ejerce también una cierta acción sobre la configuración de los relieves.

 

En la determinación final de las características del relieve resultante intervienen aspectos como la pendiente, la exposición o la altitud, que han de ser tenidos en cuenta a la hora de delimitar sus unidades.

 

La diferenciación entre fisiografía y geomorfología existe, aún cuando es sutil. Así, la fisiografía busca fundamentalmente la diferenciación del territorio en unidades o divisiones utilizando para ello un criterio funcional: identifica unidades del territorio autónomas y correlacionables con las de otros territorios limítrofes, dotándolas de un elemento diferenciador prioritario. Son, en ese sentido, unidades fisiológicas del paisaje, aunque no necesariamente se busque la aplicación de criterios dinámicos basados en la idea de relación entre formas y procesos genéticos, algo que sí preocupa y da sentido a la geomorfología. Por ello, la geomorfología ya presupone una atención dirigida hacia los procesos geológicos que originan, determinan y hacen evolucionar los relieves.

 

Ni en uno ni en otro caso hay categorizaciones suficientemente extendidas y aceptadas en nuestro país como para haber justificado una utilización preferente en la determinación de las unidades morfológicas o fisiográficas del territorio. En otros lugares sí ha habido propuestas que han alcanzado un mayor consenso a la hora de plantear metodologías de clasificación territorial basada en planteamientos fisiográficos. El caso de Australia, Canadá o la antigua Unión Soviética son bien conocidos. En todos ellos se da la circunstancia de tratarse de países con territorios de enorme extensión.

 

 


Montaña

Media Montaña

Pie de monte

Meseta

Llanura baja

Llanura litoral

Valle

Costa brava

Barranco, hoz o cañón

Delta marino

Circo


Cuadro: Propuesta de tipos topográficos de carácter general (Ruiz de la Torre y Ruiz del Castillo, 1977)

 

SIERRA

Superficie o planicie de cumbres cimeras

Laderas del frente de la Sierra

Planicie intermedia o de paramera

Piedemonte tipo rampa

Piedemonte tipo depresión o fosa

DEPRESIÓN

Campiña

Páramos

Vegas

Cuadro: Propuesta de unidades fisiográficas para una situación regional: la comunidad de Madrid (VV.AA. 1985)

 

Desde el punto de vista geomórfico, en donde el juego de procesos que determinan el modelado del relieve reviste un interés especial, los sistemas se suelen clasificar en función del tipo de agentes geológicos predominantes. Se definen así diversos sistemas morfológicos ligados a los agentes principales que los determinan. Como éstos tienen mucho que ver con las características climáticas generales, pueden identificarse sistemas morfoclimáticos que definen a su vez la existencia de regiones morfogenéticas.

 

SISTEMAS MORFOCLIMÁTICOS

CLIMAS

PRINCIPALES AGENTES DE MODELADO

FORMAS EROSIVAS DE RELIEVE

FORMAS SEDIMENTARIAS EN EL RELIEVE

Glaciar

Polares

Alta montaña

Glaciar

Circos, cubetas de sobreexcavación

Agujas, horn, crestas

Valles glaciares

Morrenas

Drumlins

Eskers

 

Periglaciar

Continental subártico

Polar de tundra

Alta montaña

Hielo-deshielo

Solifluxión

Suelos poligonales

Polígonos de rocas

Loess

Canchales, campos de bloques

 

 

Templado húmedo y subhúmedo

Continental subártico y templado Oceánico

Mediterráneo

Ríos, torrentes, aguas de escorrentía, fenómenos de ladera

Valles fluviales

Barrancos

Escarpes

Karst

 

Terrazas

Abanicos aluviales

Conos de deyección

Derrubios

Deslizamientos

Tropical u subtropical árido y semiárido

Mediterráneo seco

Subdesértico

Desértico

Vientos

Torrentes y aguas de escorrentía difusa

Barrancos, ramblas, cárcavas

Regs

Rocas fungiformes

Montes-isla

Ergs

Glacis o pedimentos

Dunas

Loes

Ecuatorial húmedo

Ecuatorial húmedo

Meteorización química

Ríos

Mantos de arroyada

Procesos de ladera

Montes isla, panes de azúcar

Karst ecuatoriales

 

Llanuras aluviales

Pedimentos

Cuadro: Sistemas morfoclimáticos principales

 

Como instrumentos básicos para el análisis geomorfológico, las fotografías aéreas constituyen uno de los elementos de teledetección más utilizados, aunque ello no supone eliminar completamente el necesario trabajo de campo. Los mapas geomorfológicos constituyen a este respecto un avance informativo sobre el mapa topográfico básico, que constituye siempre la matriz cartográfica sobre la que trabajar. Sin embargo, mientras que éstos están generalizados y son fáciles de conseguir, aquellos resultan más raros, ya que generalmente proceden de estudios específicos de tipo geomorfológico, no siempre fáciles de localizar. Finalmente, la existencia de mapas de riesgos geomorfológicos (deslizamientos, inundaciones, etc.) puede constituir un material de especial interés para el diagnóstico del medio físico.

 

En conjunto, la fisiografía o geomorfología tiene un interés considerable a la hora del planeamiento del uso público, al constituir una parte fundamental en la definición de los paisajes, siendo éstos, por lo general, uno de los atractivos y valores más demandados de los espacios naturales

 

Hidrología: La abundancia, distribución, temporalidad y localización de las aguas superficiales y subterráneas representa por lo general un apartado específico en el análisis del medio físico. Las aguas continentales condicionan en buena medida el aspecto del paisaje, bien al constituir cursos fluviales o láminas de agua con considerables valores estéticos por lo general, bien en su más callada labor de modeladores del relieve. En algunas ocasiones, las mismas aguas subterráneas se convierten en los factores determinantes del atractivo territorial (como en el caso de las numerosas cuevas kársticas que constituyen por sí mismas el valor a proteger y el reclamo de la visita). En otras, es el juego de relaciones entre las aguas subterráneas y las superficiales la que determina la característica más sobresaliente del lugar (como en el caso de las Lagunas de Ruidera, por ejemplo).

 

La disposición de las redes hídricas, la abundancia y tipo de cauces, su variación en el ciclo anual o la presencia de formaciones hidrogeológicas de particular interés (surgencias, manantiales, lagunas endorreicas, tablas, ojos, etc.), añaden atractivos a los espacios naturales, los singularizan y representan aspectos a tener en cuenta en el diagnóstico previo de los recursos naturales, a la vez que condicionan algunos tipos de uso del territorio que pueden convertirse en formas de recreo propias del uso público o, incluso sistemas de transporte y visita (en humedales, cursos fluviales, etc.).

 

Por otra parte, la consideración de algunos aspectos hídricos, como la disponibilidad y la calidad del agua de fuentes, manantiales, cursos de agua y demás, resulta de gran importancia en el diagnóstico para el uso público. Existen al respecto numerosos métodos de análisis de la calidad de las aguas (físico-químicos y biológicos) y estándares para estimar su grado de potabilidad o su capacidad para usos diversos.

 

Edafología o análisis de los suelos: A medio camino entre lo geológico y lo biológico, los suelos son una interfase o el resultado de la interacción entre el mundo de las rocas (geosfera) y el de la vida (biosfera), en la que las primeras aportan minerales y fragmentos alterados de sí mismas, y los seres vivos, la materia orgánica. Por su parte, los factores climáticos, el agua y los procesos de meteorización ejercen de delineadores de los procesos. En conjunto, se origina un material incoherente que varía en su composición, textura y estructura de abajo a arriba, definiendo capas de diferentes características (denominadas horizontes) de cuya fertilidad y grosor dependerá la capacidad de colonización vegetal.

 

Los suelos son, pues, el resultado de la coincidencia de muchos factores, entre los que tienen un papel particularmente relevante el clima, el relieve, la litología y la vegetación dominante. Sus características fundamentales presentan una marcada dependencia climática, por lo que suelen clasificarse desde la atención preferente al mismo (“edafología climática”), con excepción de aquellos suelos en los que algún factor especialmente determinante en el ámbito local representa la clave del proceso específico de edafogénesis (suelos “azonales”).

 

Los suelos se suelen clasificar a partir de ciertos criterios, entre los que destaca su textura (proporciones de arenas, arcilla y limo en su composición) y su estructura. De algunas de sus características básicas dependerá su porosidad, la capacidad de absorción de agua, su consistencia, el contenido en nutrientes, etc.; aspectos que determinarán cuestiones importantes como su capacidad de encharcarse, la erosionabilidad, su fertilidad y productividad, la capacidad portante, etc.

 

 Triangulo de clasificación de los suelos por texturas, en función de la proporción de arcillas (tamaño de granos menor de 1/256 mm), limos (granos entre 1/256 y 1/16 mm) y arenas (granos mayores de 1/16 mm)

 

Desde el punto de vista del planeamiento del uso público, la edafología no suele representar, por lo general, un capítulo de singular trascendencia, habida cuenta de que no se buscan características particulares desde el punto de vista de la productividad o fertilidad edáficas. Sin embargo, para la organización de las visitas, las características de los suelos atravesados son importantes a la hora de diseñar las sendas o recorridos, resultando interesante comprobar su adaptabilidad en cuanto a capacidad portante, erosionabilidad, tendencia a formar barros, etc., lo que determinará la necesidad o no de facilitar el trayecto (por ejemplo, con traviesas o rodajas de madera, muy utilizadas en sendas que discurren por ambientes tropicales húmedos o suelos con tendencia al embarramiento)

 

Interés tienen también los balances hídricos de los suelos, al ofrecer información sobre el agua disponible por las plantas y, por tanto, en la determinación indirecta de la vegetación que puede aparecer en un determinado lugar. El agua disponible en el suelo resulta de un balance simple entre las entradas y salidas del compartimiento. El volumen de las entradas procede tanto del régimen de precipitaciones como del traspaso del agua de escorrentía hasta el suelo (infiltración). La capacidad de infiltración del agua de lluvia en el suelo es un aspecto que depende del tipo e intensidad de la precipitación, pero también de las propias características de aquel (textura, estructura,…), por lo que resulta fundamental a la hora de determinar el agua que va a formar parte del suelo. Por otra parte, el agua incorporada al suelo puede escaparse hacia abajo por gravedad (lo que, en última instancia, supone una de las formas de conducción del agua hasta los acuíferos) o hacia arriba por capilaridad y evaporación (a la que hay que sumar el agua absorbida por las raíces de las plantas y transferida a la atmósfera por transpiración).

 

Una cierta cantidad de agua queda retenida en el suelo al quedar adherida a sus partículas por tensión capilar, resistiéndose a la pérdida tanto por evaporación como por infiltración hacia capas profundas. Tras una lluvia, uno o un par de días después, el suelo retendrá aún algo de agua por esta razón, en una cantidad que dependerá fundamentalmente de la textura del suelo (los arenosos retienen más que los arcillosos) y que recibe el nombre de capacidad de retención de agua del suelo. Puede calcularse fácilmente el agua retenida por un suelo (la humedad edáfica) desecando por calor una cierta cantidad de suelo, de peso conocido, y comparando ese valor con el peso del suelo una vez seco.

 

Evaporación y evapotranspiración: La evaporación es la transferencia de agua desde superficies de agua líquida o sólida hacia la atmósfera. La transpiración de las plantas (consistente en el paso de agua en forma de vapor desde los estomas de las plantas a la atmósfera) puede representar una cantidad apreciable que, al unirse con la de la evaporación (de la que resulta difícil de separar en los cálculos), constituye la evapotranspiración. Su valor dependerá de diversos factores como son: la humedad atmosférica, las superficies potenciales de evaporación, el viento, la temperatura del aire, la radiación solar o la vegetación. Por tanto, aunque puede considerarse un aspecto climático por depender de variables meteorológicas, también puede contemplarse como una característica edáfica y dependiente de la vegetación existente.

 

El cálculo de la evapotranspiración real es complicado, ofreciendo valores distintos conforme a características coyunturales de difícil estimación. Por ello, se ha establecido el concepto de evapotranspiración potencial con el que se quiere significar el vapor de agua que sería devuelto a la atmósfera por una vegetación que cubriera completamente un suelo en el cual no hubiera restricción alguna en el suministro de agua. Es, pues, el valor máximo de evapotranspiración de la vegetación con toda el agua necesaria para lograrse un crecimiento vegetal óptimo.

 

La evapotranspiración potencial durante largos periodos de tiempo puede calcularse de una forma aproximada al multiplicar el valor de la evaporación en ese lugar por un coeficiente cuyo valor depende del tipo de vegetación y del clima. Así, dicho coeficiente varía entre 0,7 y 1,0 en climas húmedos (valores mayores en el caso de vegetaciones altas y menores para hierbas), y entre 0,8 y 1,2 para climas más secos. También existen métodos y fórmulas para el cálculo de la evapotranspiración potencial, de los que el propuesto por W. Thornthwaite es bastante utilizado. Este autor también desarrolló un sistema de clasificación climática basado en la relación entre precipitación y evapotranspiración, pensado especialmente para fines agrícolas (VVAA, 1992. Strahler, 1977).

 

Aspectos climáticos

 

El clima es la resultante en un plazo de tiempo medio o largo de las condiciones meteorológicas características de un lugar. Se trata, por tanto, de una abstracción estadística que exige, para su determinación, disponer de un volumen suficiente de datos a lo largo de un periodo de tiempo adecuadamente largo: típicamente unos treinta años. De esta manera, podremos definir el clima de un territorio si disponemos de esos datos de una forma continuada y fiable.

 

El tiempo meteorológico, sin embargo, está determinado por las circunstancias meteorológicas concretas en un periodo de tiempo dado, definido y aceptablemente corto (un momento, un día, un mes, un año).

 

El tiempo meteorológico cambia de forma casi continua, en parte siguiendo pautas predecibles debidas a ciclos conocidos (día-noche, verano-invierno), y en parte de una forma poco o nada predecible relacionada con los movimientos de las capas fluidas terrestres y la distribución del calor en ellas. También los climas pueden cambiar y lo han hecho de forma natural intensamente a lo largo de la historia de la Tierra. En el cambio climático natural intervienen factores complejos (comportamiento de las manchas solares, cambios en la elíptica terrestre, cambios en la inclinación de la Tierra respecto a aquella, posición y forma de las masas continentales y oceánicas, etc.) que lo hacen también poco predecible. No obstante, ahora, a los efectos naturales sobre el clima se han añadido los derivados de las ingentes emisiones de gases de efecto invernadero (dióxido de carbono, metano, etc.) por parte de las industrias y el transporte humanos, lo que induce un cambio climático antrópico, en el sentido de calentamiento global de la atmósfera, muy veloz y sumamente preocupante, contra el que no se está respondiendo de una forma suficiente ni adecuada.

 

Las variables meteorológicas más importantes a la hora de definir un  clima son la temperatura y el régimen de precipitaciones (juntas condicionan la humedad), aunque existen otras muchas como la insolación, la nubosidad, el régimen de vientos, etc. A su vez, los climas varían fundamentalmente con tres variables geográficas: la latitud, la altitud y la cercanía a zonas marinas u oceánicas. De esta manera, se han descrito y definido distintos tipos de climas en el mundo, existiendo varias propuestas a la hora de clasificarlos.

 

Temperaturas: Jnto con las precipitaciones, suelen ser la base clasificatoria básica de los climas. Por lo general, interesan especialmente las temperaturas mensuales (tanto las medias, como las medias de las máximas y de las mínimas), junto a la media anual. En algunos casos también pueden interesar las máximas y las mínimas absolutas, y para estudios de vegetación resulta interesante conocer los meses en los que las heladas (temperaturas mínimas por debajo de 0ºC) son seguras o probables, al identificarse así los periodos en los que hay o no actividad vegetal.

 

Las temperaturas se miden mediante termómetros. Algunos (los termómetros de máximas y mínimas) permiten recoger, además de la temperatura del momento, la máxima y la mínima de un periodo de tiempo dado (generalmente diarias). Finalmente, algunos termómetros pueden registrar los valores de medida de forma automatizada, ofreciendo registros continuos o valores diarios (media, máxima y mínima).

 

      

               

 Los termómetros de máximas y mínimas conservan el “recuerdo” de las temperaturas extremas alcanzadas mediante unos pequeños marcadores que quedan fijados en esa posición hasta que son nuevamente recolocados.

 

Humedad: La humedad es la cantidad de vapor de agua que contiene una cierta cantidad de aire. Puede medirse, por tanto, en unidades de masa (gramos) de vapor de agua por volumen (metro cúbico)  de aire: ese valor es el de la llamada humedad absoluta.

 

Como el aire tiene una capacidad limitada de contener agua, que depende de la temperatura (los aires más calientes tienen mayor capacidad de albergar vapor de agua), a partir del llamado “punto de saturación” o “punto de condensación”, el exceso de vapor de agua se condensa en forma de agua líquida formando nubes y, eventualmente, precipitando (lluvia, nieve, granizo). Al depender ese punto de la temperatura del aire, el enfriamiento de las masas de aire cargadas de vapor de agua constituye el factor determinante por lo general de la formación de nubes y la consiguiente mayor probabilidad de precipitaciones (es lo que le ocurre generalmente al aire que asciende). Dado que una masa de aire, a una temperatura determinada, puede contener una cantidad máxima de vapor de agua (calculable), se puede determinar el porcentaje que representa lo que verdaderamente tiene respecto a lo que puede contener como máximo a esa temperatura: ese porcentaje es la llamada humedad relativa.

 

Por tanto, para un aire a una determinada temperatura:

 

Humedad relativa = Humedad absoluta real / Humedad absoluta máxima (punto de saturación)

 

La humedad del aire es un parámetro importante para la vegetación y también para muchos otros organismos (animales, hongos, etc.) que necesitan tener sus cubiertas humedecidas. Las plantas, al presentar orificios en sus hojas (estomas) para la entrada del anhídrido carbónico al interior de la hoja (mesófilo y parénquimas clorofílicos) y la salida del oxigeno formado en la fotosíntesis, pueden tener problemas importantes de desecación en ambientes con humedades relativas bajas, por lo que precisan de adaptaciones especiales (plantas xerófilas: características de ambientes áridos).

 

La humedad se mide mediante aparatos denominados higrómetros, basados generalmente en la capacidad de algunos materiales para elongarse o encogerse dependiendo de la humedad reinante (se puede construir un higrómetro con un cabello humano). Si el higrómetro está adosado a un sistema de recogida de los datos a lo largo del tiempo en un papel continuo, se denomina higrógrafo. También se puede deducir la humedad reinante observando el valor de enfriamiento que experimenta un termómetro humedecido por el efecto de evaporación (que será dependiente de la humedad relativa del aire) frente al valor que presenta un termómetro seco: el aparato formado por dos termómetros que permiten calcular de este modo la diferencia de temperaturas y, consecuentemente, la humedad del aire se denomina psicrómetro.

 

Termohigrómetro (indica temperaturas y humedad relativa) y pluviómetro con anemómetro (medición de la velocidad del aire)

 

Precipitación: Cuando el vapor de agua presente en la atmósfera supera el valor de saturación se condensa formando pequeñas gotitas de agua líquida. La condensación se ve favorecida si hay material sólido sobre el que pueda asentarse el agua: eso es lo que genera el rocío o el empañamiento de superficies, pero también la formación de nubes o nieblas, con gotitas de agua de entre 2 y 6 milésimas de milímetro, alrededor de las pequeñas partículas de polvo. Dependiendo de la altura y de las características morfológicas, las nubes se clasifican en diversos tipos. Algunas nubes en realidad están formadas por pequeños cristales de hielo, al estar a temperaturas muya bajas (generalmente nubes muy altas).

 

Si en el interior de una nube la condensación se acelera y las pequeñas gotitas de agua se unen entre sí formando masas más gruesas que ya no pueden mantenerse suspendidas, precipitarán en forma de lluvia (si la temperatura supera los 0ºC). La precipitación líquida (lluvia) se mide mediante pluviómetros, aparatos que recolectan el agua caída. La medida se da, por lo general, en mm o en litros/metro cuadrado. Ambas medidas coinciden: la medida en mm indica la altura que alcanzaría el agua sobre cualquier superficie al aire libre en la que no hubiera infiltración ni acumulación desde superficies aledañas. Si consideramos la otra medida (litros/metro cuadrado) podemos comprobar fácilmente que 1 litro/m2 alcanza exactamente la altura de 1 mm sobre una superficie sin efectos de acumulación o pérdida de agua.

 

De la precipitación suelen interesar, a la hora de caracterizar un clima, los valores mensuales y anuales medios. Más raramente, los máximos y mínimos mensuales y anuales; y, para indicar la intensidad de una lluvia concreta, la precipitación en las horas en las que ha estado lloviendo más intensamente (“han caído tantos litros por metro cuadrado en tantas horas”).

 

Por supuesto, dependiendo de la temperatura y de las características de la precipitación se distinguen diferentes tipos, entre los que pueden destacarse los que se recogen en el cuadro adjunto.

 

Granizo: precipitación de hielo traslúcido en formas redondeadas formadas por capas concéntricas que se forman por sucesivos ascensos y descensos con congelamiento y adición de nuevas gotas de agua dentro de una masa nubosa de tipo cumulonimbo. El granizo tiene un tamaño variable, generalmente entre 0,5 y 1 cm de diámetro, aunque en ocasiones puede superar bastante esta última cifra.

Nieve: precipitación en forma de cristales de hielo que se forman directamente desde el vapor de agua de las nubes por sublimación.

Aguanieve: precipitación de nieve que, a causa de una temperatura ambiente no suficientemente baja, está parcialmente fundida en agua, por lo que hay una mezcla de agua y nieve.

Lluvia: precipitación de agua líquida cuando la condensación del vapor de agua alrededor de pequeñas partículas de polvo alcanza un peso suficiente para caer. Dependiendo de la intensidad de la lluvia existe una gran variedad de términos. Se denomina llovizna cuando las gotas de agua tienen un tamaño muy pequeño, de menos de 0,5 mm.

Cuadro: tipos principales de precipitación

 

Sistemas de clasificación de los climas: Existen diversas propuestas para la clasificación y tipificación de los climas. La mayoría se basan en valores conjuntos de precipitación y temperatura. El más utilizado como clasificación mundial es el sistema de clasificación de climas mundiales de Köppen. Propuesto inicialmente en 1918 y luego revisado en 1936, fue nuevamente retocado en 1953 por Geiger y Pohl, siendo ésta la clasificación generalmente más utilizada en la geografía climática (generalmente denominado como clasificación de Köppen-Geiger-Pohl).

 

El sistema de Köppen-Geiger se basa en los datos sobre temperaturas y precipitaciones anuales y mensuales (utilizando en ocasiones también valores de evaporación), con los que se clasifican los climas mundiales en seis grandes grupos que luego se subdividen en subgrupos (en total se consiguen varias combinaciones pues hay subgrupos que solo pueden aplicarse a ciertos grupos) y que finalmente se pueden combinar con una tercera clasificación hasta dar un total de doce grandes tipos de climas mundiales (ver cuadro). Cada una de las categorías de clasificación aporta una letra a la nomenclatura de los tipos de clima de la clasificación, de forma que, finalmente, éstos pueden referirse mediante un sistema de tres letras.

 

 

 

Los seis grupos principales de climas según la clasificación de Köppen-Geiger-Pohl (cinco de ellos de determinan a partir de las temperaturas y una en función de la relación entre precipitaciones y evaporación):

 

A

Climas lluviosos tropicales 

El mes más frío tiene una temperatura > 18 ºC.

Carecen de invierno

B

Climas secos

La evaporación excede las precipitaciones.

Hay déficit hídrico

C

Climas templados

(mesotérmicos)

Temperatura media del mes más frío < 18 ºC y > -3 ºC

Al menos un mes la temperatura media es > 10 ºC

D

Climas boreales de nieve y bosque

(microtérmicos)

La temperatura media del mes más frío < a -3 ºC y

la del mes más cálido > 10 ºC

E

Climas polares o de nieve

 

La temperatura media del mes más cálido < 10 ºC y > 0 ºC

F

Clima de hielos perpetuos

 

La temperatura media del mes más cálido <  0 ºC

A su vez, los seis subgrupos con los que se combinan dependen de la humedad. Los dos primeros se escriben con mayúscula y solo se pueden aplicar al grupo B. El resto se escriben con minúscula.

S

Semiárido o de estepa

(Sólo para climas de tipo B)

Precipitación anual entre 380 y 760 mm en latitudes bajas

(el limite exacto se calcula mediante una fórmula aplicada a  tº)

W

Árido o desértico

(Sólo para climas de tipo B)

Generalmente con una precipitación anual < 250 mm

(el límite exacto se calcula mediante una fórmula)

f

Húmedo sin estación seca

(Sólo para climas de tipo A, C y D)

Precipitación regular todos los meses

No hay estación seca.

m

Húmedo con una corta estación seca (Sólo para climas de tipo A)

Clima de bosque lluvioso con una corta estación seca de tipo monzónico

w

Estación seca en invierno

Estación seca en el invierno del hemisferio correspondiente (con el sol en posición baja)

s

Estación seca en verano

Estación seca en el verano del hemisferio correspondiente (con el sol en posición alta

  De la combinación de grupos y subgrupos obtenemos doce tipos de clima básicos:

Af

Clima de selva tropical lluviosa

(tropical de pluvisilva)

El mes más seco caen más de 600 mm de lluvia

Am

Clima monzónico

(tropical de pluvisilva monzónico)

El mes más seco caen menos de 600 mm de lluvia

Aw

Clima de sabana tropical

(tropical lluvioso de sabana)

Por lo menos hay un mes en el que caen menos de 600 mm de lluvia

BS

Clima de estepa

 

Clima árido continental

BW

Clima desértico

 

Clima árido con precipitaciones inferiores a 400 mm

Cf

Clima templado húmedo sin estación seca

Las precipitaciones del mes más seco son superiores a 300 mm

Cw

Clima templado húmedo con estación invernal seca

El mes más húmedo del verano es diez veces superior en precipitación al mes más seco del invierno

Cs

Clima templado húmedo con veranos secos

Las precipitaciones del mes más seco del verano < 300 mm y las del mes más lluvioso del invierno tres veces superiores

Df

Clima boreal o de nieve y bosque con inviernos húmedos

No hay estación seca

Dw

Clima boreal o de nieve y bosque con inviernos secos

Con una estación seca en invierno

ET

Clima de tundra

Temperatura media del mes más cálido es inferior a 10 ºC y superior a 0 ºC

EF

Clima de los hielos polares

 

La temperatura media del mes más cálido es inferior a 0 ºC

Las subdivisiones siguientes dependen de características adicionales de las temperaturas. Se expresan en minúscula y vienen a cumplimentar los tipos de climas aportando la tercera letra en la clasificación (por ejemplo, Csb correspondería a un clima de tipo templado con estación seca en verano y verano cálido: nuestro clima mediterráneo).

a

Con verano caluroso

(Se aplica a los climas tipo C y D)

La temperatura media del mes más cálido > 22 ºC

b

Con verano cálido

(Se aplica a los climas tipo C y D)

La temperatura media del mes más cálido < 22 ºC

Al menos 4 meses con temperaturas medias > 10ºC

c

Con verano corto y fresco

(Se aplica a climas C y D)

Menos de 4 meses con temperaturas medias > 10ºC

d

Con invierno muy frío

(Se aplica a los climas tipo D)

La temperatura media del mes más frío < -38 ºC

h

Caluroso y seco

(Se aplica a los climas tipo B)

La temperatura media anual > 18 ºC

 

k

Frío y seco

(Se aplica a los climas tipo B)

La temperatura media anual < 18 ºC

Cuadro: Grupos, subgrupos y subdivisiones de la clasificación de climas de Köppen-Geiger-Pohl.

 

 

A escalas regionales o locales a menudo se utilizan clasificaciones climáticas diferentes, más apropiadas para detectar los aspectos del clima regional que interese destacar.

 

Índices climáticos: Los índices climáticos constituyen fórmulas que permiten obtener valores cuantitativos que ofrecen información sobre diversas características climáticas. Pueden, por tanto, ser utilizados para caracterizar o para clasificar un clima determinado. Existen muchos índices, cuya utilidad varía de acuerdo con la finalidad deseada. Dos de los más conocidos o usados entre nosotros son:

 

Índice de aridez de Martonne: trata de valorar la aridez de un clima: un parámetro de gran importancia para la vegetación.

 

I (Martonne) = Precipitación media anual (mm) / Temperatura media anual (ºC) + 10

 

Índice de Emberger: Pensado para su aplicación en zonas de clima mediterráneo.

 

100 x Precipitación anual (mm)

I (Emberger) = 

       (Temp. media de las máx. del mes más frío)2 – (Temp. media de las mín. del mes más frío)2

 

Climogramas, Climodiagramas o diagramas ombrotémicos: Es la representación gráfica de un clima. Se representan, bien mediante líneas, bien mediante barras, las temperaturas y las precipitaciones medias mensuales de un lugar (estación meteorológica), añadiéndose alguna información numérica en los márgenes del gráfico (como la media anual o la precipitación anual media). Ombrotérmico significa exactamente eso: referido a la lluvia y la temperatura.

 

En un climograma, los meses se colocan en la parte horizontal del gráfico, mientras que temperaturas y precipitaciones ocupan los ejes verticales. Dado que se trata de unidades distintas (ºC y mm, respectivamente) resulta importante decidir la relación que presentan ambas escalas verticales entre sí; para ello se utiliza el llamado índice de Gaussen, según el cual un periodo de aridez viene determinado cuando hay una diferencia de más de 2ºC en la temperatura media de dicho periodo (generalmente mensual) por cada mm de precipitación media caído. Así, los climodiagramas establecen una escala en la que a cada unidad de precipitación (1 mm) se le hacen corresponder 2 unidades (2ºC) de temperatura, haciendo coincidir los valores de 0 de precipitación y de temperatura (hay que tener en cuenta que aunque no puede haber precipitaciones negativas, sí hay valores negativos (bajo cero) de temperatura, por lo que esta escala continua por debajo del valor cero).

 

Los climogramas normales suelen limitarse a aportar esta información, situando por lo general la escala de las temperaturas a la izquierda y la de precipitaciones a la derecha (con la relación de escalas antedicha). Además, en estos climogramas suele representarse la evolución de las temperaturas medias a lo largo del año mediante una línea, en tanto que las precipitaciones medias mensuales en ocasiones se representan mediante barras.

 

Climodiagrama de Walter y Lieth: En 1960, estos autores establecen un diagrama con una disposición fija de la información, que es muy utilizado.

 

 

h              Altitud de la estación meteorológica

tm            Temperatura media anual

P             Precipitación media anual

n              Número de años de observación

(se puede indicar diferente para las temperaturas -n t- y para las precipitaciones -n p- si lo son)

T'             Temperatura máxima absoluta
Tc            Media de las temperaturas máximas diarias del mes más cálido.

Osc         Oscilación térmica (variación diaria media de la temperatura)

tf              Media de las temperatura mínimas diarias del mes más frío.

t'              Temperatura mínima absoluta

Hs           Periodo de heladas seguras

(la media de las mínimas diarias < 0ºC)
Hp           Periodo de heladas probables

(la media de mínimas diarias >0ºC, pero la media de mínímas absolutas >0ºC)
d              Periodo libre de heladas.

La zona rallada (línea de tº por debajo de línea de P) significa que hay humedad.
La zona punteada (línea de tº por encima de línea de P) significa que hay sequía.

 

Climodiagrama de Walter-Lieth

 

Los climodiagramas son una representación sintética de la información climática que resulta muy útil y, por ello, son muy utilizados. La propuesta de Walter y Lieth presenta la ventaja de incluir prácticamente toda la información necesaria para identificar las características fundamentales de la vegetación que puede asentarse de forma natural en tal lugar, por lo que de ellos puede deducirse numerosas cuestiones de importancia en la caracterización biológica.

 

Además de la caracterización climática general de una zona, puede interesar conocer algunas peculiaridades microclimáticas o mesoclimáticas, es decir, características climáticas locales que son significativamente diferentes de las del entorno inmediato. Hay que tener en cuenta que, por lo general, la caracterización climática supone poseer información meteorológica continuada durante muchos años, por lo que dependerá de la existencia de estaciones meteorológicas que lleven funcionando un largo tiempo. Para determinar las particularidades micro y mesoclimáticas de un sitio concreto generalmente no se dispone de registros continuados en el lugar deseado por lo que suele ser necesario hacer deducciones indirectas. Los factores que suelen determinar variaciones micro y mesoclimáticas naturales son: la orientación y exposición de las laderas en relación a las masas montañosas de cierta elevación, la presencia de valles cerrados o depresiones tectónicas significadas; los entornos de zonas con elevada humedad edáfica o próximos a grandes masas de agua y el interior de formaciones vegetales particularmente destacadas (bosques maduros, etc.).

 

Aspectos biológicos

 

Los aspectos biológicos en un diagnóstico para el planeamiento del uso público revisten un especial interés por dos razones: la primera, porque, por lo general, suelen constituir uno de los atractivos principales para los visitantes, y la segunda por la fragilidad que algunos de sus componentes pueden presentar ante la presión humana.

 

Flora y vegetación: Por flora se entiende el listado de todas las especies de vegetales que existen en un determinado lugar. A menudo, en los estudios de la flora se incluyen otros grupos diferentes a los que forman parte del Reino Vegetal, como los hongos y las algas, siguiendo una tradición desacertada taxonómicamente, pero frecuente (a veces se habla de “flora micológica”, por ejemplo, para expresar las poblaciones de hongos).

 

La forma más simple de exponer la información sobre la flora es a través de un catálogo o listado florístico, generalmente ordenado por categorías taxonómicas. Un paso más es incorporar alguna información acerca de la abundancia de cada una de las especies o de la ubicación preferente dentro del espacio natural. Al contemplarse la flora puede especificarse si se trata de flora silvestre (natural), autóctona (especies que han existido en la zona de forma natural desde hace mucho tiempo), alóctona, exótica o introducida (procedente de otras zonas, introducida directa o indirectamente en tiempos recientes), etc.

 

Se habla de vegetación cuando se quiere hacer referencia a la agrupación y disposición de la flora sobre un territorio determinado formado un tapiz o manto vegetal y constituyendo comunidades vegetales.

 

Aunque no siempre se diferencian correctamente ambos términos, resulta interesante y útil hacerlo. Así, al hablar de vegetación han de describirse unidades de tapiz vegetal o comunidades vegetales, por lo que realmente estamos tratando con aspectos propios de la ecología vegetal o de la fitosociología (la sociología vegetal es el estudio de las formas de asociación entre las plantas), mientras que al hablar de flora nos estamos refiriendo a las categorías taxonómicas (familias, géneros, especies, subespecies, etc.) existentes en un lugar.

 

La vegetación, junto al relieve, constituye el otro componente más decisorio en la composición del paisaje natural, por lo que reviste un interés especial para su interpretación.

 

Se han propuestos muchos y variados sistemas para la descripción de la vegetación, existiendo clasificaciones mundiales y regionales que posibilitan usos y utilidades muy diferentes. Al describir y diagnosticar el estado de la vegetación de un determinado lugar, interesa señalar algunos aspectos que permiten caracterizarlo de una forma comparativa. Para ello se utilizan, entre otros, los siguientes parámetros:

 

Abundancia: se refiere al número de individuos presentes. Dado que la unidad (organismo) en el caso de algunas plantas posee un valor identificativo y comparativo escasos, el uso del concepto de abundancia se reserva para cuando cada individuo es fácilmente aislable e identificable, lo que sucede en el caso de especies de porte arbóreo (suponiendo cada pie, un individuo diferente, lo que a menudo no es cierto), aunque también se utiliza en los casos de especies de menor porte que forman matas aisladas. La abundancia puede indicarse en términos de densidad cuando se refiere a una unidad de superficie:

 

Densidad = abundancia / superficie

 

A menudo, la abundancia o la densidad, que son magnitudes cuantitativas, se convierten en categorías cualitativas. A este respecto, es frecuente utilizar escalas de cinco categorías. Así, por ejemplo, Braun Blanquet, padre de la escuela fitosociológica, utilizaba una escala de abundancia/densidad, para los inventarios de plantas, del siguiente tipo:

 

Escala

Abundancia

1

2

3

4

5

Muy escasa

Escasa

Poco abundante

Abundante

Muy abundante

 

Naturalmente, este tipo de escalas han de adaptarse al tipo de planta en cuestión, dado que determinar a priori una misma escala de abundancia o densidad cuantitativa para árboles y para herbáceas no parece razonable.

 

Cobertura: A fin de evitar los problemas antes comentados, relacionados con la diferente entidad y envergadura de los individuos de distintas especies de plantas, es frecuente la sustitución de los parámetros de abundancia o densidad por los de cobertura o grado de cubierta. Por cobertura se entiende la superficie del suelo interceptada o cubierta por la vegetación. Este parámetro puede aplicarse al conjunto de la vegetación, a estratos concretos de la misma (herbáceo, arbustivo, arbóreo, etc.) o a especies determinadas.

Cobertura vegetal (visión del espacio interceptado por la vegetación vista desde arriba)

 

Al igual que sucedía en el caso de la abundancia y densidad, la cobertura puede transformarse en categorías cualitativas. Una escala de cinco grados de cobertura frecuentemente utilizada es la siguiente:

 

Escala

Cobertura

0

1

2

3

4

5

0

>0-5 %

5-25%

25-50%

50-75%

75-100%

 

Biomasa vegetal o fitomasa: La biomasa es la masa de seres vivos y, por tanto, en el caso de la vegetación, es la masa de los vegetales que ocupan un determinado lugar.. La biomasa se mide generalmente en unidades de masa (kg, Tm), aunque éstos puede transformarse mediante coeficientes apropiados en unidades de energía (Kcal, Julios): una conversión frecuente en estudios de ecología trófica. Tanto en unidades de materia como de energía, la biomasa puede referirse en relación a la superficie considerada (densidad de biomasa)

 

En realidad, buena parte de la biomasa vegetal no es en realidad tal, sino necromasa o “biomasa muerta”. Esta adquiere una importancia particular en el caso de los grandes árboles, cuyos troncos contienen una gran proporción de su masa en forma de materia orgánica muerta.

 

Dominancia: La dominancia es un concepto que posee varios significados. Frecuentemente se utiliza para indicar aquellas especies que son más abundantes en un determinado ecosistema, aunque para tener sentido suele aplicarse a grupos de especies de similar corpulencia o fisionomía o que formen parte del mismo estrato vegetal (por ejemplo, especies arbóreas dominantes, etc.). También puede referirse a la importancia fisiológica o ecológica que desempeña una especie en el ecosistema, aunque esto no siempre es fácil de establecer (tiene una relación estrecha con el concepto de “especie clave” muy utilizado en la ecología moderna). En un ecosistema concreto de un ambiente templado o mediterráneo, como un bosque de estas latitudes, suele distinguirse fácilmente una especie dominante o varias codominantes, pero en ambientes tropicales o de muy alta diversidad la dominancia no es fácil de establecer, al aparecer muchas especies con presencias equiparables (en realidad, dominancia y diversidad ecológica son contrapuestas).

 

Estratificación: La vegetación se establece sobre el territorio ocupándolo espacialmente, lo que determina una de las diversas formas de competencia (espacial). Una de las posibilidades de reducir esta competencia supone establecer una cierta distribución vertical del espacio que permita repartirlo más en función de las diferentes envergaduras y alturas de las plantas. Se definen así los estratos de vegetación en los que las especies se organizan, definiendo “planos” fácilmente perceptibles.

 

Estrato arbóreo (árboles)

Estrato arbustivo (arbustos)

Estrato subarbustivo (subarbustos)

Estrato herbáceo (hierbas)

Estrato muscinal (musgos)

_________

Estrato escandente (lianas)

Estrato epifítico (epífitas)

Estratos de la vegetación: los 5 primeros se reparten verticalmente, mientras los dos últimos ocupan posiciones dependientes.

 

Estratificación vegetal en un bosque

 

 

Sociabilidad: este concepto procede de la escuela fitosociológica de Braun Blanquet (1979), indicando el grado de tendencia que muestran las plantas a formar colonias o agrupaciones. Se estableció una escala para ello:

 

 

Característica de sociabilidad

 

 

Escala

Individuos aislados

Creciendo en pequeños grupos

Creciendo en grupos de tipo pequeños rodales o almohadillas

Creciendo en pequeñas colonias, rodales o tapices extensos

Formación continua

1

2

3

4

5

 

 

El estudio de la vegetación supone, pues, utilizar una visión del mundo vegetal que debe partir de criterios previos sobre la agrupación de las plantas en sociedades o grupos considerados como “unidades”. Se trata de un cuestión que constituye la base de una larga batería de propuestas sobre la forma de contemplar la ecología vegetal (Terradas, 2001). Hoy contamos con diversos tipos de criterios a la hora de establecer las agrupaciones vegetales: desde los más cercanos a una noción visual del “paisaje vegetal” (criterios de tipo fisiognómico) hasta los derivados de la aplicación de técnicas específicas para la diferenciación de agrupaciones (criterios fitosociológicos y criterios ecológicos).

 

La agrupación de plantas en grupos de vegetación exige, pues, definir previamente el criterio desde el que se aborda. Aunque éste no siempre se encuentra explicitado en los documentos técnicos o estudios, a menudo es relativamente fácil deducir el criterio empleado al observar los grupos que aparecen.

 

Criterios fisionómicos para la agrupación vegetal: Los criterios fisiognómicos parten de consideraciones de tipo perceptivo (“visual” o “de apariencia”) de la vegetación: se buscan agrupaciones que “salten a la vista” como entidades distintas constitutivas del paisaje vegetal. Las categorías suelen referirse, así, al “aspecto” que adopta la comunidad. Sin embargo, no debe pensarse que el establecimiento de tales categorías fisionómicas carezca necesariamente de la aplicación de criterios técnicos o no se haya empleado una metodología elaborada para su establecimiento. En la ecología botánica o en la geografía vegetal, hay una larga tradición de propuestas para enfrentar la clasificación fitofisiognómica de la vegetación que alcanzan en ocasiones grados de sofisticación elevados. El pionero de todas estas clasificaciones fue Alexander von Humboldt, quien, a primeros del siglo XIX, fue el primero en presentar y sistematizar las franjas de vegetación correspondientes a las diferentes alturas o cinturones de volcanes como el Teide (en la isla de Tenerife) o el Chimborazo (en Ecuador).

 

Ya en el siglo XX, los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial fueron pródigos en la presentación de propuestas de clasificación de la vegetación mundial utilizando criterios fisiognómicos: una de las más conocidas fue la de Rübel. En nuestro país, Huguet del Villar estableció también una clasificación de este tipo, en su libro Geobotánica, publicado en 1929.

 

Bosques: formaciones dominadas por árboles que presentan una cobertura del suelo elevada. Incluye: bosques tropicales (húmedos y secos), bosques esclerófilos mediterráneos, bosques caducifolios templados bosques perennifolios fríos o templados, etc.

 

       Pluvisilva ecuatorial

       Pluvisilva tropical

       Bosque monzónico

       Pluvisilva templada

       Bosque estivifolio - caducifolio templado

       Bosque aciculifolio

       Bosque perennifolio - esclerófilo

 

Sábanas: formaciones que presentan alternancia característica de árboles y praderas, con una cobertura vegetal de las primeras reducida.

 

       Sabana húmeda

       Sabana espinosa y matorral tropical

       Sabana seca

       Semidesierto arbolado

       Bosque claro frío- taiga

 

Matorrales y praderas: Los matorrales son las formaciones dominadas por arbustos o matorrales y escasa o nula presencia de árboles y/o praderas. Incluyen: Matorrales mediterráneos, landas o brezales, matorrales de riberas, etc. Las praderas son las formaciones constituidas mayoritariamente o casi exclusivamente por vegetación herbácea. Incluyen: Estepas, praderas de altura, carrizales y formaciones herbáceas de litorales y riberas, etc.

 

       Matorrales (sentido estricto)

       Landas o brezales

       Pradera (sentido estricto)

       Estepa o pradera herbácea baja

       Tundra herbácea y prados alpinos

 

Desiertos: Zonas donde la vegetación, fundamentalmente por la ausencia de agua líquida, se ve muy reducida.

 

       Desierto seco

       Tundra ártica

 

Cuadro: La clasificación más global y sencilla de formaciones vegetales es la que corresponde a los cuatro grandes tipos de formaciones vegetales mundiales, que caracterizan los llamados “biomas”. Los biomas pueden subdividirse en biocoras (basado en Schimper-Rübel).

 

 

Clasificación de la vegetación por tipos biológicos o biotipos: Las plantas adoptan diferentes formas en respuestas a las características del medio en el que viven, estas formas son las que luego caracterizan a las formaciones vegetales. Ya Humboldt definió en 1806 dieciséis “formas principales” de plantas, empleando para ello criterios fisionómicos, aunque tales formas representaban también apuestas ecológicas diferentes. Otros autores del siglo XIX como Grisebach, Kerner y Warming propusieron también clasificaciones de las plantas en función de sus formas vitales, pero será en los primeros años del siglo XX, cuando Raunkjaer, un botánico del norte de Europa, presentó la clasificación probablemente más utilizada de tipos biológicos de plantas.

 

Raunkjaer clasificó las plantas en tipos biológicos o “formas vitales” atendiendo principalmente a las estrategias con las que superan la etapa anual desfavorable. Eso le hizo fijarse fundamentalmente en la posición y ubicación de los órganos que cumplen dicha función. Raunkjaer pretendía utilizar su sistema de clasificación en formas vitales para definir zonas climáticas homogéneas en la Tierra, atendiendo a la presencia porcentual de las distintas clases y definiendo así lo que llamaba “espectros de formas vitales”. Sobre su propuesta original, otros autores realizaron posteriores adaptaciones y modificaciones (como Braun Blanquet en 1951, o Ellenberg y Mueller-Dombois, en 1967)

 

 

  1. Planctófitos (fitoplancton: plantas microscópicas que viven en suspensión en agua)
  2. Edafófitos (fitoédafon: flora microscópica del suelo)
  3. Endófitos (criptógamas: líquenes, algas, hongos)
  4. Terófitos (plantas anuales)
  5. Hidrófitos (plantas acuáticas que no se incluyen en plancton y cuyos órganos de supervivencia en la época desfavorable se encuentran por debajo del nivel del agua)
  6. Geófitos (plantas cuyos órganos duraderos, como yemas, rizomas, bulbos, yemas radicales, micelios, etc., quedan en incluidas en el sustrato y quedan así poco expuestos a las influencias de la estación desfavorable
  7. Hemicripófitos (plantas cuyos retoños y yemas invernantes se hayan justo en el nivel del suelo: revestimientos de plantas talosas, plantas cespitosas, en roseta, con estolones, etc)
  8. Caméfitos (plantas cuyas yemas de renovación se encuentran por encima de la superficie del suelo hasta una altura pequeña al tratarse de plantas de porte reducido)
  9. Nanofanerófitos (plantas cuyas yemas de renovación se encuentran entre unos 25 cm y 2 m de altura.
  10. Macrofanerófitos (plantas de porte arbóreo)
  11. Epífitos arborícolas (plantas trepadoras de macrofanerófitos)

 

CUADRO. Clasificación de formas vitales que utiliza Braun Blanquet, basándose en la propuesta original de Raunkjaer (incluye a los hongos y algunos protistas o protoctistas)

 

 

Algunas formas vitales de las clasificaciones de Raunkjaer

 

Clasificaciones de la vegetación de acuerdo a factores ambientales: Las clasificaciones fisiognómicas resultan útiles y prácticas por el hecho de fijarse en el “aspecto” de la vegetación, pero resulta claro que este aspecto remite, además, al tipo de respuesta que utiliza la planta frente a los factores ambientales presentes en el medio en donde vive. Por ello, algunos autores consideraron conveniente centrar sus clasificaciones en los factores ambientales, eligiendo principalmente los climáticos; de forma que fuera el análisis de esos factores el que permitieran diferenciar los tipos de formaciones vegetales. Una vez determinados, buscaron entre los elementos más “perceptibles” de la vegetación que los ocupaba, las características de las formaciones o comunidades vegetales. Es interesante destacar por ello que, aunque algunas de estas clasificaciones permiten determinar el tipo de formación vegetal a partir de su aspecto fisiognómico, el procedimiento de confección de la clasificación parte de la medición o análisis primero de los factores ambientales que condicionan la existencia de la formación vegetal.

 

Uno de los primeros sistemas de clasificación (geobotánica) de este tipo fue el que elaboró Huguet del Villar en 1929. Huguet del Villar fue un brillante pionero de la ecología vegetal española, aunque sus aportaciones quedaron prácticamente olvidadas con la instauración de la dictadura franquista tras la guerra civil española, lo que privó a la geobotánica española de una continuidad que determinó un importante estancamiento.

 

En los años 40 y 50 del siglo XX, Leslie R. Holdridge, un ecólogo con una larga trayectoria de trabajo en medios tropicales, definió diversos tipos de formaciones vegetales en función de las características climáticas y de altitud. Atendiendo principalmente a la temperatura media anual, la precipitación media anual y la altitud, Holdridge definió una serie de espacios ecológicos que denominó “zonas de vida”, estableciendo con ellos una clasificación mundial que hoy es muy utilizada en países tropicales.


 

 

 

Según las Biotemperaturas, se definen las siguientes Regiones Latitudinales o Pisos Altitudinales:

 

Biotemperatura media anual (ºC)

Regiones Latitudinales

Pisos Altitudinales

< 1,5ºC

Polar

Nival

1,5-3ºC

Subpolar

Alpino

3-6ºC

Boreal

Subalpino

6-12ºC

Templada Fría

Montano

12-17ºC

Templada

Montano Bajo

17-24ºC

Subtropical

Premontano

>24ºC

Tropical

 

 

Naturalmente, existe una relación entre la altitud a la que aparecen los distintos pisos altitudinales y la región en que nos encontremos, ofreciéndose unas tablas orientativas al respecto.

 

Según la Relación de Evapotranspiración, se definen las siguientes Provincias de Humedad:

 

Relación de evapotranspiración

(evapotranspiración potencial media / precipitación media)

Provincia de Humedad

>32

Desecado

32-16

Superárido

16-8

Perárido

8-4

Árido

4-2

Semiárido

2-1

Subhúmedo

1-0,5

Húmedo

0,5-0,25

Perhúmedo

0,25-0,125

Superhúmedo

0,125-0625

Semisaturado

0,0625-0,03125

Subsaturado

<0,03125

Saturado

 

Finalmente, mediante un gráfico que establece las relaciones entre las diferentes variables contempladas, se puede establecer el tipo de zona de vida:

 

Las zonas de vida de la clasificación de Holdridge surgen del cruce entre tres tipos de variables: regiones latitudinales/pisos altitudinales (en función de la “biotemperatura” media anual), provincias de humedad y promedio de precipitación anual.

 

Clasificaciones de la vegetación conforme a criterios de sociabilidad: En 1928, Josias Braun-Blanquet, un botánico suizo preocupado por las relaciones entre las plantas y el medio, publicó la primera versión alemana de un libro titulado “Sociología Vegetal” o “Fitosociología” que crearía una nueva escuela de clasificación de la vegetación atendiendo a parámetros de sociabilidad. Su forma de agrupar la vegetación partía de la identificación de las comunidades vegetales mediante la aplicación de técnicas basadas en los análisis florísticos. Los fitosociólogos elaboran así unas tablas para cada comunidad a partir de los inventarios de las poblaciones vegetales. De tales tablas se obtienen valores sobre el grado de presencia de las diferentes especies en las comunidades estudiadas. Esto sirve, a su vez, para identificar las especies dominantes, la constancia en la presencia dentro de una comunidad (con varios grados), la fidelidad a la comunidad, las especies características, diferenciales, acompañantes, accidentales, etc. A partir de este tipo de análisis e información, las escuelas fitosociológicas han ido estableciendo una compleja sistemática de comunidades vegetales mediante la cual se ordenan jerárquicamente las comunidades vegetales, al modo de los sistemas linneanos de la taxonomía de organismos.

 

La unidad básica de la clasificación fitosociológica es la Asociación, que recibe un nombre en latín a partir del nombre de una o varias especies de la misma, añadiéndosele un prefijo en –etum (por ejemplo: Quercetum ilicis pubescentetosum). Las asociaciones forman parte a su vez de unidades superiores denominadas Alianzas; éstas de otras llamadas Orden; y estas son agrupadas en Clases. Por debajo de asociación se encuentra la Subasociación, Variantes o Razas y Facies.

 

 

 

Unidad sistemática

Sufijo

Ejemplo

Clase

-etea

Quercetea ilicis

Orden

-etalia

Quercetalia ilicis

Alianza

-ion

Quercion ilicis

Asociación

-etum

Quercetum ilicis

Subasociación

-etosum

Quercetum ilicis pubescentosum

Variante (raza)

 

Quercetum ilicis pubescetosum, variante de Quercus coccifera

Facies

 

 

Cuadro: Unidades sistemáticas de comunidades según la Fitosociología de Braun-Blanquet:

 

La clasificación de comunidades propuesta por Braun-Blanquet ha tenido un importante éxito entre las escuelas botánicas europeas, extendiéndose por el continente desde sus iniciales núcleos de Zúrich y Montpellier (la escuela fitosociológica es conocida con el nombre de estas dos localidades o por el de Escuela SIGMA de geobotánica alpina y mediterránea, de la que fue director Braun-Blanquet). La base de datos CORINE-Biotopos de la Unión Europea adoptó los criterios de clasificación de comunidades de la fitosociología y, al ser la base utilizada por la Directiva de Hábitats para establecer los hábitats sobre los que basar la selección de espacios en la política de conservación europea, significó la consolidación de la propuesta fitosociológica como base de la catalogación de comunidades vegetales para la conservación en el ámbito europeo.

 

Vegetación potencial y vegetación real: La actividad humana siempre implica introducir alteraciones en los ecosistemas y, en particular, en la vegetación. Por ello, es útil diferenciar entre la vegetación que debería haber (la que habría en el caso de no haber existido alteración humana) y la que realmente hay.

 

La vegetación que habría sin alteración humana es la vegetación potencial. En caso de no coincidir con la realmente existente, debe ser deducida a partir de las características ambientales del lugar, principalmente del clima y del suelo. Los geobotánicos y ecólogos vegetales pueden determinar, con cierto grado de precisión, la vegetación potencial que existiría en un lugar en función de la biogeografía y las características ambientales del territorio, elaborándose así los mapas de vegetación potencial.

 

Aunque la vegetación real se haya visto alterada o modificada por actividades humanas, suelen haber quedado restos de vegetación natural capaces de resistir localmente en determinados enclaves desde los que, incluso, se podría iniciar un proceso de sucesión ecológica para recuperar comunidades más complejas. Estas secuencias o series de sucesión vegetal que parten de situaciones de cierta degradación por causas humanas se denominan sucesiones secundarias y su éxito depende en buena medida de la gravedad de la situación de degradación de la que se parte (por ejemplo, la pérdida completa del suelo representa una dificultad muy grave para la recuperación de comunidades complejas), así como de la existencia de bancos de semillas que se hayan conservado en el lugar. En algunas situaciones el grado de alteración puede considerarse irreversible.

 

Los botánicos de comunidades establecen así hipotéticos caminos de regeneración de las comunidades vegetales maduras (sucesiones secundarias) denominándolos series de vegetación, para lo que utilizan la idea de la vegetación potencial como meta. Estos caminos no son únicos ni han de ser entendidos como sendas rígidas e inamovibles, pero permiten sintetizar los pasos de una reconstrucción conjunta de las comunidades vegetales a partir de las interacciones que se producen entre las distintas poblaciones de plantas y su medio. Las series de vegetación se relacionan o identifican con los distintos tipos de vegetación potencial, que constituyen sus comunidades clímax, es decir, las comunidades más maduras posible de alcanzar con las condiciones ambientales existentes. Por tanto, en un determinado territorio se puede imaginar una hipotética serie de vegetación que finalizaría en la vegetación climácica o potencial, condicionada desde las características edafoclimáticas imperantes en el lugar.

 

Aunque la base teórica o conceptual de estas series de vegetación es objeto de una importante controversia científica entre diferentes escuelas de ecología, suponen en cualquier caso una interesante herramienta de ayuda en la interpretación de las comunidades y formaciones vegetales de un determinado territorio.

 

Por lo general, los fitosociólogos diferencian dos grandes tipos de series de vegetación y sus respectivas comunidades clímax: las determinadas por las condiciones climáticas (fundamentalmente por las temperaturas y las precipitaciones), llamadas “series zonales” (ya que definen zonas o franjas altitudinales y latitudinales de vegetación), y las que se ven condicionadas por las peculiaridades locales de los suelo en aquellos lugares en que son muy específicas y determinantes (por ejemplo, suelos con una alta humedad o una salinidad elevada), denominándose en este caso series edáficas o azonales. Así, en una primera aproximación tendríamos series y clímax climácicos y series o clímax edáficos.

 

Las regiones biogeográficas (en Europa y en España)

 

La biogeografía estudia la distribución de los seres vivos en la Tierra. Esta es una cuestión compleja que deriva por un lado de la capacidad de adaptación y supervivencia de los organismos a las diferentes características ambientales del planeta, pero también de los avatares de la historia y la evolución. Hay, por tanto dos componentes biogeográficos principales: la ecología y la historia. Sobre la distribución geográfica natural hay que contemplar los efectos de las actividades humanas sobre las especies.

 

 

La distribución geográfica de los organismos depende de diversos factores, tanto históricos como ecogeológicos, sobre los que intervienen las actividades humanas. En el caso de los vegetales, los factores climáticos y edáficos son determinantes.

 

[FNT 65]

Grandes regiones biogeográficas del planeta, según la propuesta de Wallace

 

 

Los biogeógrafos vegetales han delimitado las áreas del planeta que albergan diferentes tipos de comunidades vegetales. Este tipo de estudios se denomina corología.

 

En Europa se suele utilizar en la determinación de la corología vegetal los mapas fitogeográficos establecidos por la escuela de sociología vegetal, basados en la determinación de características bioclimáticas. Se definen así regiones biogeográficas que son, a su vez, divididas en provincias biogeográficas. Se han publicado diversas propuestas de delimitación de áreas biogeográficas, aunque las más utilizadas son las establecidas por la escuela fitosociológica, aunque incluso entre los autores de esta línea de trabajo existen discrepancias.

 

Así, en España pueden verse representadas tres o cuatro regiones biogeográficas. Esto es porque, inicialmente, autores de la escuela fitogeográfica española definieron tres regiones: Mediterránea, Eurosiberiana y Macaronésica (Rivas Martínez, 1987); pero, luego, para la aplicación de la directiva Hábitats de la Unión Europea (que trata de delimitar las zonas de conservación especial que conformarán la llamada red Natura 2000) se utilizó una clasificación biogeográfica en la que la zona pirenaica se consideró perteneciente a la región Alpina (y la región Eurosiberiana pasó a denominarse Atlántica).


 

 

Regiones biogeográficas de Europa utilizadas para la aplicación de la Directiva de Hábitats y la configuración de la Red Natura 2000.

 

 

Mapa de las regiones y provincias corológicas españolas de acuerdo con la clasificación inicial de la escuela fitosociológica española (posteriormente, la zona pirenaica pasó a pertenecer a la región Alpina en la clasificación utilizada por la red Natura 2000)

 

 

 

En cada región biogeográfica, la altitud y la cercanía a la costa determinan condiciones bioclimáticas diferentes, lo que permite definir pisos bioclimáticos. Estos pisos bioclimáticos se suceden fundamentalmente con la altitud, por lo que cabe representarlos como una cliserie teórica de pisos de vegetación dentro de cada región.

 

Mapa de la península Ibérica con los pisos bioclimáticos correspondientes a las dos regiones biogeográficas establecidas por la escuela fitogeográfica española (posteriormente, la zona pirenaica se ha considerado parte de la región alpina)

 

Para la determinación bioclimática de los pisos de vegetación se utilizan fundamentalmente tres parámetros térmicos: la temperatura media anual, la temperatura media de las mínimas del mes más frío y la temperatura media de las máximas de ese mes más frío (el mes más frío es el que suele imponer las condiciones más restrictivas para el asentamiento vegetal). Con ellos se puede calcular el llamado índice de termicidad, que se obtiene al sumar los tres valores anteriores y multiplicarlos por 10.

A partir de estos valores se puede deducir el piso bioclimático en el que nos situamos, partiendo del conocimiento de la región biogeográfica donde estemos (ver cuadro).

 

 


 

T: Temperatura media anual

m : Temperatura media de las mínimas del mes más frío

M: Temperatura media de las máximas del mes más frío

Indice de Termicidad   It = ( T + m + M ) . 10

Región Eurosiberiana

 

T

m

M

It

Alpino

< 3ºC

< -8ºC

< 0ºC

< -50

Subalpino

3ºC a 6ºC

-8ºC a -4ºC

0ºC a 3ºC

-50 a 50

Montano

6ºC a 10ºC

-4ºC a 0ºC

3ºC a 8ºC

50 a 180

Colino

> 10ºC

> 0ºC

> 8ºC

> 180

Región Mediterránea

 

T

m

M

It

Crioromediterráneo

< 4ºC

< -7ºC

< 0ºC

< -30

Oromediterráneo

4ºC a 8ºC

-7ºC a -4ºC

0ºC a 2ºC

-30 a 60

Supramediterráneo

8ºC a 3ºC

-4ºC a -1ºC

2ºC a 9ºC

60 a 210

Mesomediterráneo

13ºC a 17ºC

-1ºC a 4ºC

9ºC a 14ºC

210 a 350

Termomediterráneo

17ºC a 19ºC

4ºC a 10ºC

14ºC a 18ºC

350 a 470

Inframediterráneo

> 19ºC

> 10ºC

> 18ºC

> 450

Región Macaronésica

Orocanario

< 6ºC

< -1ºC

< 4ºC

< 90

Supracanario

6ºC a 11ºC

-1ºC a 2ºC

4ºC a 9ºC

90 a 220

Mesocanario

11ºC a 15ºC

2ºC a 6ºC

9ºC a 13ºC

220 a 340

Termocanario

15ºC a 19ºC

6ºC a 11ºC

13ºC a 18ºC

340 a 480

Infracanario

> 19ºC

> 11ºC

> 18ºC

> 480

Cuadro: Tablas para el calculo de los pisos bioclimáticos de las regiones biogeográficas Eurosiberiana, Mediterránea y Macaronésica en España.

 

Una vez establecido el piso, puede añadirse una caracterización ombroclimática, referida a la humedad del mismo, para lo que hay que tener en cuenta la precipitación media anual (ver cuadro)

 

Región Eurosiberiana

Subhúmedo

500 a 900 mm

Húmedo

900 a 1.400 mm

Hiperhúmedo

> 1.400 mm

Región Mediterránea

Árido

< 200 mm

Semiárido

200 a 350 mm

Seco

350 a 600 mm

Subhúmedo

600 a 1.000 mm

Húmedo

1.000 a 1.600 mm

Hiperhúmedo

>1.600 mm

Región Macaronésica

Árido

< 200 mm

Semiárido

200 a 350 mm

Seco

350 a 550 mm

Subhúmedo

550 a 850 mm

Húmedo

> 850 mm

Cuadro: Ombroclimas de las tres regiones biogeográficas españolas.

 

 

Finalmente, en cada sistema orográfico puede definirse una cliserie altitudinal tipo dentro de la región biogeográfica en la que se ubique e implicando a los diferentes pisos bioclimáticos representados. Este tipo de representación simbólica es muy utilizada en la interpretación ambiental de espacios naturales.

 

Cliserie altitudinal del sector central de la sierra de Guadarrama (Segovia-Madrid) con indicación de los pisos bioclimáticos.

 

Fauna: La fauna constituye un aspecto muy importante en el diagnóstico del medio natural destinado a la planificación y gestión del uso público. Por una parte, por significar un componente clave en el funcionamiento ecológico y para la valoración de la calidad ambiental de un territorio; de otra, por suponer un atractivo importante para el uso público. Sin embargo, en pocos lugares la fauna constituye un componente del medio fácilmente observable. Por ello, a veces, la utilización excesiva de reclamos publicitarios basados en la presencia de la fauna puede generar cierta frustración en los visitantes, que no se ven satisfechos en sus expectativas artificialmente alimentadas. No obstante, también hay que tener en cuenta que el conocimiento de la presencia de determinadas especies en un espacio lo dota de valores y atractivos particulares para los visitantes, aún cuando sean conscientes de la casi segura certeza de que no los van a ver.

 

En los diagnósticos, por otra parte, a veces aparecen listados de especies animales confusos, en las que no se sabe si se ha dado un tratamiento exhaustivo a cada grupo (algo verdaderamente difícil) o se han elegido unas cuantas especies para ejemplificar (a partir de criterios generalmente poco definidos). Así, suelen encontrase listados de especies en los que hay un marcado sesgo hacia las más grandes y llamativas (fundamentalmente vertebrados y, entre estos, mamíferos y aves) sin una explicación adecuada sobre los motivos de la selección. La práctica imposibilidad de realizar inventarios completos para la fauna invertebrada es, desde luego, una causa evidente para que no se ofrezcan listados exhaustivos, pero el asunto no debería ser despachado sin más con la ausencia no explicada de los grupos de animales más diversos y abundantes. Por otra parte, incluso entre los grupos referidos, los sesgos informativos muchas veces no son explicados, de forma que no es raro encontrarse con listados incompletos de especies, en los que se han incluido (sin explicarlo) solamente las consideradas como más “emblemáticas”. Este tipo de situaciones, desafortunadas, deberían ser evitadas, lo que a menudo puede conseguirse tan solo incluyendo unas pequeñas consideraciones o explicaciones previas.

 

Sin duda, los dos problemas principales a la hora del inventariado de la fauna radican en su enorme diversidad y en las dificultades para su localización e identificación, agravadas por su movilidad.

 

 

 La gran fauna posee un fuerte atractivo para el turismo de naturaleza, pero exige una buena planificación y gestión que haga compatible conservación, uso público y seguridad. Oso Negro (Canadá)

 

 

Inventarios y censos de fauna: El inventariado de la fauna supone, por lo general, recurrir a la búsqueda de fuentes bibliográficas, complementándola con el apoyo de algún trabajo de campo. La amplia variedad de grupos y las dificultades de su localización hacen que resulte imprescindible, por lo general, buscar la información en expertos locales y en trabajos elaborados anteriormente.

 

Los inventarios de fauna pueden quedarse en la forma de escuetos listados de las especies presentes (con los sesgos ya comentados respecto a la fiabilidad de los datos según los diferentes grupos taxonómicos), pero resulta de mayor interés la inclusión de datos específicos acerca de la abundancia, la densidad u otros parámetros poblacionales, cuando se posee dicha información. A veces simplemente el uso de claves indicativas del grado de abundancia, estacionalidad de la presencia y otros, es suficiente.

 

Si hay que realizar censos de fauna, hay que tener en cuenta la dificultad que supone para los mismos la movilidad de los individuos, lo que complicará considerablemente el asunto respecto a los muestreos de plantas. Ambos serán abordados más adelante.

 

Abundancia y densidad de la fauna: La abundancia, entendida como el número de individuos de una especie o de un taxón determinado, constituye un parámetro de la población (o de la comunidad, para los casos de taxones supraespecíficos) de primer interés. Es el objeto de los censos y muestreos, aunque por lo general los datos que se pueden obtener al respecto no siempre son muy fiables.

 

En los estudios ecológicos, a efectos funcionales o en términos comparativos, pueden utilizarse los datos de biomasa medidos en kilogramos o convertidos en energía (kilocalorías, julios,…). La razón estriba en que la comparación en forma de abundancia (número de individuos) resulta poco interesante cuando las especies comparadas tienen corpulencias muy diferentes.

 

Si la abundancia se refiere a la superficie por la que se distribuye la especie o población, hablaremos de densidad (individuos por hectárea u otra unidad de superficie). En los medios acuáticos, la densidad puede aparecer referida al volumen del líquido considerado. Frecuentemente, los censos y muestreos se planifican de forma que ofrezcan una información fiable sobre la densidad por tipo de hábitat, formación vegetal, unidad ambiental o ecosistema, de forma que la multiplicación del valor de densidad obtenido por la superficie total que ocupa ese hábitat o unidad territorial en el conjunto del espacio nos facilite una estima de la abundancia total de la especie en el conjunto del territorio considerado.

 

Agrupamiento en hábitats: Una forma frecuente e interesante de organizar la información sobre la fauna existente consiste en presentarla organizada por medios o hábitats, entendiendo “hábitat” en el sentido originalmente utilizado en ecología, que lo entiende como el lugar en el que habita de forma natural una especie. De esta forma, se puede presentar la información por sistemas ecológicos o tipos de lugares naturales en que se pueda subdividir el espacio natural, recogiendo, en cada uno de ellos, las especies o grupos animales que son más característicos.

 

La presentación por hábitats supone la necesidad de decidir previamente la forma de seleccionar aquellos. En realidad, no hay una clasificación universalmente admitida para catalogar o clasificar los tipos de hábitats (ni la hay para los ecosistemas, en general), aunque en la Unión Europea sí se ha adoptado un listado establecido a partir de la base de datos CORINE, con el fin de aplicar la Directiva “Hábitats” y diseñar la red Natura 2000 sobre una base homogénea. Aunque el listado de hábitats de CORINE responde más a una clasificación de agrupaciones vegetales que a lo que podríamos considerar como tipos de hábitats desde la perspectiva ecológica tradicional, se convirtió en una herramienta útil al quedar respaldada por las instituciones y los acuerdos normativos de la Unión. Dado que este listado es la base para la aplicación de la directiva que trata de identificar los hábitats que se consideran de interés comunitario, han sido éstos los que han recibido un mayor atención, estando identificados y publicados los representados en España (VVAA, 2005)

 

Poblaciones y comunidades biológicas (fauna y flora): Ya se trate de flora o de fauna, las poblaciones o comunidades de organismos vivos siguen unos modelos de variación en el tiempo que dependen tanto de factores internos (tasas de natalidad, mortalidad, etc.) como de factores externos (efectos ambientales, relaciones con otras especies o grupos de organismos). Con ello se configura una rama de la ecología que analiza la dinámica de poblaciones o de comunidades. Cuando el análisis se hace a la escala de una población (individuos de la misma especie que mantienen intercambio genético), se habla de dinámica de la población. Si el análisis contempla un grupo de especies, nos moveríamos en el nivel de las comunidades: dinámica de comunidades.

 

Dinámica de una población biológica

 

En una primera aproximación, una población varía en el tiempo dependiendo del número de individuos existentes en un momento dado:

 

Al desarrollar la función de la que depende la variación de la población en el tiempo aparece la necesidad de considerar dos parámetros que determinan el crecimiento de la población: el primero es la tasa de crecimiento de la población (r) y el otro es la asíntota del crecimiento máximo, es decir, la llamada capacidad de carga (K) o valor máximo al que la población puede ser sostenible en el medio considerado.

 

Así, la ecuación desarrollada se puede escribir como:

 

 

e integrando:

 

 

 

Que resulta ser la llamada curva logística o sigmoide: una curva que presenta un crecimiento acelerado durante la primera mitad de su recorrido (hasta alcanzar el valor K/2) y luego sufre una deceleración constante hasta alcanzar el estado estacionario o crecimiento cero (cuando la población alcanza el valor de la capacidad de carga del medio: K).

 

 

 

Curva logística

 

 

Este es, pues, el modelo teórico básico del crecimiento de una población biológica que reproduce la evolución de la misma desde unos pocos individuos que colonizan con éxito un territorio, creciendo en tamaño hasta alcanzar el de la población máxima que el medio permite. Como puede observarse, tan solo hay dos parámetros básicos en la función que condiciona el crecimiento: r y K. Ellos han dado motivo a la denominación de los dos tipos de selección natural y, consecuentemente, de las dos estrategias de supervivencia de las especies, de acuerdo con la forma en la que se fundamenten los mecanismos poblacionales para crecer y medrar en el medio.

 

La selección r es especialmente intensa durante los momentos en los que las poblaciones se instalan en un medio, por ello, los buenos estrategas de la r mostrarán una alta capacidad para crecer rápidamente y colonizar nuevos medios.

 

La selección K actúa sobre todo en las etapas maduras y complejas de los ecosistemas, por lo que los buenos estrategas de la K demuestran una gran capacidad para utilizar eficientemente los recursos de un medio en un ambiente de alta competencia y diversidad.

 

Las ideas acerca de la selección r y K (y sus consecuentes estrategias) fueron inicialmente desarrolladas por Mac Arthur y Wilson en su teoría conjunta sobre la biogeografía insular y ha contribuido de una forma destacada a la comprensión de los mecanismos básicos de la ecología evolutiva (Hutchinson, 1981). Desde un punto de vista aplicado, es interesante como forma de discernir entre dos modelos muy diferentes de enfrentarse a la vida (creciendo lo más rápido posible, aun a costa de usar de forma “generalista” y poco eficiente los recursos, pero ganando con ello “presencia” en el ecosistema): la manera de los estrategias de la r; o alcanzando una alta especialización y eficiencia en el uso de los recursos (aún a costa de mantener tasas de crecimiento bajas): la manera de los estrategias de la K.

 

Se ha sugerido que, a largo plazo, las estrategias K son superiores siempre en sistemas que no sufren perturbaciones constantes e imprevisibles, mientras que en las etapas pioneras o en sistemas sometidos constantemente a perturbaciones importantes, las estrategias r dan mejores resultados. No es extraño, por ello, que veamos entre los estrategas K a las especies más emblemáticas de los ecosistemas más maduros y complejos (y, también a las más amenazadas), mientras que entre los estrategas r encontremos muchas “especies plaga” y “oportunistas” que medran en los ambientes simplificados o poco complejos. Como puede deducirse, los impactos ambientales sobre los espacios naturales facilitan la progresión de los estrategas de la r, mientras que ponen las cosas más difíciles a los especialistas o estrategas de la K. Por decirlo de una forma sencilla: las actividades humanas favorecen el éxito de especies como las ratas o las cucarachas, mientras que sitúan al borde de la extinción a las del tipo de los quebrantahuesos o las águilas harpías.

 

Las poblaciones, en cualquier caso, cambiarán en función de la relación existente entre los parámetros ligados al aumento del número de individuos (las tasas de natalidad y de inmigración) y los de reducción de dicho número (las tasas de mortalidad y de emigración), en una ecuación sencilla:

 

 

Naturalmente, sobre estas tasas influyen varios factores, algunos intrínsecos a la propia especie (como los derivados de los mecanismos genéticos que determinan la tasa de natalidad) y otros ligados a factores externos (como los derivados de los efectos de la predación sobre la tasa de mortalidad). La variación del peso de unos factores u otros en el curso del tiempo y con los cambios en el ecosistema, determinará la evolución del número de individuos de la población y, con ella, la supervivencia o extinción local de la especie. Los cambios introducidos por las actividades humanas en el medio natural (generalmente en forma de impactos que determinan regresiones o simplificaciones del ecosistema) provocarán variaciones en los factores que influyen sobre el tamaño poblacional de la especie, modificando así sus posibilidades de sobrevivir. Como hemos visto, por lo general, los cambios tienden a ser negativos para las especies “especialistas” (estrategas de la K) y positivos para muchos de los “oportunistas” (estrategas de la r).

 

Rareza: La rareza se refiere a la escasa frecuencia o abundancia de una especie: una especie rara es aquella que no es abundante. Aquí sin embargo es importante prestar atención a la escala geográfica que estamos contemplando, dado que la rareza puede referirse al conjunto de la especie en un amplio territorio (o en toda su área de distribución) o simplemente a un ámbito local concreto. Por ello, puede resultar que en un determinado espacio natural la abundancia y densidad de una especie muestren valores importantes o incluso elevados, pero que la especie se considere rara a la escala global, regional o nacional. Naturalmente el caso inverso es, asimismo, posible.

 

La rareza, sobre escalas geográficas amplias, constituye un factor de valoración de la especie de cara a su conservación. De hecho, la categoría “rara” es una de las categorías de amenaza que componen las listas de especies que tienen problemas de supervivencia.

 

Diversidad: la diversidad constituye un parámetro que ha generado mucha literatura y no poco debate en la ecología. Ofrece información conjunta tanto de la variedad de especies (la llamada riqueza específica, a veces confundida o usada como medida simplificada de la diversidad), como del grado de representación proporcional de las diferentes especies presentes (la llamada equitabilidad).

 

Existen diversos índices de diversidad propuestos para estimar el valor del parámetro; el más utilizado probablemente sea el procedente de la teoría de la información, propuesto inicialmente por Shannon y Weaver, que mide la diversidad en unidades de información o bits:

 

H = - S pi log2 pi

 

Siendo pi = número de individuos de la especie i / número de individuos totales

Y, por tanto, S pi = 1

 

La diversidad es un parámetro que nos indica la complejidad de la biocenosis que estemos considerando, relacionada con el grado de madurez (Margalef, 1974, 1991) del ecosistema. Es, por tanto, un parámetro muy interesante a la hora de evaluar el ecosistema.

 

No hay que confundir la diversidad entendida como parámetro descriptor del número de especies presentes y su frecuencia relativa, tal como hemos visto antes, con la diversidad biológica o biodiversidad, un término que abarca un contenido mucho más amplio, pues se refiere a toda la variedad de la vida, tanto en la dimensión genética, como en la taxonómica (variedad de especies o de otros taxones) o en la ecosistémica. La biodiversidad constituye un término muy utilizado desde la constatación científica de la constante reducción actual de la variedad de formas de vida en el planeta, lo que originó la aprobación del Convenio sobre la diversidad biológica, acordado en Río de Janeiro en 1992 (Pascual, 2001; www.biodiv.org).

 

Censos, muestreos y seguimiento de poblaciones y comunidades biológicas: Para llegar al conocimiento de la situación de las poblaciones o comunidades en el campo, así como realizar su seguimiento, se requiere aplicar técnicas de muestreo y de censo de tales poblaciones o comunidades.

 

Salvo en los casos en los que es posible realizar un conteo directo de todos los ejemplares (situaciones relativamente escasas, aunque no inexistentes: es el caso de los censos de anátidas en embalses o en humedales con buena visibilidad, o los conteos de poblaciones vegetales fácilmente individualizadas y en una extensión superficial reducida), por lo general suele ser preciso realizar un muestreo parcial desde el que deducir los valores globales de las poblaciones a estimar. En estos casos, el censo de poblaciones requiere utilizar técnicas de muestreo y cálculos estadísticos que pueden llegar a ser considerablemente complejos, dependiendo de las características de las especies a censar, de sus pautas de distribución en el territorio y del grado de precisión que deseamos para los valores obtenidos. Sin embargo, en ciertas ocasiones también pueden ser aplicados métodos relativamente sencillos con la intención de obtener valores capaces de aportarnos una información aproximada sobre la situación de las poblaciones, lo que puede ser suficiente para ciertos fines de seguimiento y evaluación.

 

Por lo general, la planificación de los censos y muestreos mejora si se conoce algo sobre las características de la especie o el grupo de especies a estudiar, particularmente en lo relativo a su tipo de distribución territorial. Básicamente, los seres vivos siguen alguno de los siguientes tres modelos de distribución: al azar (o aleatoria), uniforme (o regular) y por contagio (contagiosa o en agregados).

 

Tipos de distribución: a) uniforme o regular (s2 < m); b) al azar (s2 = m) ; c) contagio o en agregados (s2 > m).

 

En la distribución uniforme, los individuos se distribuyen en el espacio a intervalos regulares. Se trata de una distribución relativamente rara en la naturaleza: cuando se manifiesta suele deberse a la existencia de mecanismos de rechazo o repulsión entre los individuos, lo que origina la existencia de distancias mínimas entre ellos (por debajo de las cuales se manifestaría el rechazo). Así, aparecen distribuciones uniformes en animales con comportamientos territoriales marcados (por ejemplo, es evidente en algunas aves marinas nidificantes que establecen la distancia entre sus nidos en función de la distancia a la que pueden agredirse con el pico mientras incuban) o en plantas que presentan mecanismos de exclusión del crecimiento de otras en su cercanía. Esta forma de distribución optimiza el reparto del uso de los recursos espaciales, al repartirse equitativamente el territorio, por lo que suele ser la elegida en plantaciones artificiales (forestales o agrícolas). Desde el punto de vista estadístico, las distribuciones regulares o uniformes se caracterizan por poseer medias menores a las varianzas cuando son calculadas sobre muestras aleatorias.

 

En la distribución al azar no existe ninguna preferencia en los individuos respecto al lugar que ocupan en el espacio: hay un reparto aleatorio por el territorio y no aparece ninguna interacción entre los individuos que determine una pauta especial de distribución. Es un tipo de distribución rara en la naturaleza, dado que por lo general suele haber algún grado de atracción o rechazo entre los individuos de una misma especie. No obstante, en ocasiones la existencia de causas diferentes determina modos de distribución que se ajustan a este tipo aleatorio, aunque quizás no estén determinados realmente por factores aleatorios. Desde el punto de vista estadístico, estas distribuciones muestran valores semejantes de medias y varianzas sobre muestreos aleatorios.

 

La distribución por contagio o en agregados supone la existencia de atracción entre los individuos, que se distribuyen por ello en grupos por el territorio (comportamientos gregarios), aunque también puede suponer que algún factor del medio posee esa distribución y determine la presencia contagiada de los individuos (un caso frecuente en el caso de las plantas). Es la forma de distribución más frecuente en los seres vivos. Desde el punto de vista estadístico, la media de las muestras aleatorias es menor que su varianza.

 

Aunque estos son los tres tipos fundamentales de distribución, es frecuente encontrar distribuciones distintas al movernos a escalas territoriales diferentes. Así, por ejemplo, puede encontrase una distribución en agregados a una escala geográfica determinada, pero dentro de los agregados puede manifestarse una distribución al azar; mientras que, a su vez, los agregados se distribuyen el territorio de una forma uniforme a mayor escala (ver figura).

 

Distribución uniforme de agregados, dentro de los cuales los individuos se distribuyen al azar.

 

De acuerdo con el tipo de distribución que presente la especie, se deberá elegir el método de muestreo. Resulta evidente que, salvo en algunos casos muy especiales, por lo general se desea realizar un muestreo reducido, pero capaz de proporcionarnos la suficiente información como para poder estimar aceptablemente la población total existente o, al menos, responder a la cuestión que justifica el muestreo (en algunos casos nos bastará alcanzar una estima comparativa de la densidad relativa, por ejemplo). Aproximaciones básicas pueden ser suficientes cuando lo que queremos es estimar el efecto que ha tenido sobre las poblaciones de aves la apertura al uso público de un nuevo sendero o de un área nueva, por ejemplo.

 

Cuando se planifica un muestreo, la primera decisión suele ser determinar las características que han de tener las unidades de muestreo.  

 

Las unidades de muestreo consisten en los espacios o superficies en que dividimos el territorio total que interesa conocer. Por lo general, las unidades de muestreo deben ser iguales, no superpuestas y su suma constituye la totalidad del territorio. La cuestión de qué características precisas deben tener estas unidades puede llegar a ser francamente complicada e importante, dado que hay muchos aspectos de los resultados obtenidos que dependerán de esa decisión. Por ello, se han propuestos diversos métodos que permiten resolver la cuestión, aunque, afortunadamente, existen algunos “estándares” a los que se puede recurrir a la hora de planificar un muestreo sin pasar por el engorroso y complejo cálculo del tamaño más adecuado de las unidades de muestreo. Así, por ejemplo, en las técnicas de cuadrados, utilizadas tradicionalmente en los muestreos de vegetación, se aplican dimensiones de 1m x 1m para las herbáceas, 10 m x 10 m para formas arbustivas y 30 m x 30 m o más para especies arbóreas. En el caso de los muestreos lineales (denominados transectos), suelen aplicarse recorridos de uno a pocos kilómetros para aves pequeñas o medias en medios forestales o arbustivos, con pasillos laterales de unos 25 m + 25 m, etc. Naturalmente, todos estos “estándares” pueden ser modificados o adaptados en función de las características o situaciones concretas, pero suelen ser un buen punto de partida a la hora de planificar los muestreos.

 

Una cuestión que ha determinado una buena cantidad de opiniones y debates en la ecología vegetal ha sido la del área mínima de una comunidad vegetal. Se ha denominado así la menor superficie en la que se ven representadas todas las especies constitutivas de una comunidad (toda la composición florística de la misma). Se podría determinar midiendo el número de especies que van apareciendo conforme vamos aumentando el tamaño de una unidad de muestreo. La curva de especies que aparecen aumenta primero muy rápidamente, para irse estancando posteriormente. En el momento en el que la línea de especies deja de aumentar habremos encontrado al área mínima de la comunidad. Naturalmente, el número de especies vuelve a aumentar cuando empezamos a muestrear una comunidad diferente (pasando el ecotono o límite entre ellas). Las principales críticas a este método residen en la dudosa existencia real de comunidades vegetales tan estrictamente definidas.

 

 

Área mínima de una comunidad vegetal (indicada por la línea vertical)

 

Otra cuestión importante y obvia a la hora de planificar un muestreo estriba en decidir el ámbito territorial de aplicación. En este sentido, y de forma simplificada, podemos encontrarnos con dos tipos de situaciones: la primera es la de los muestreos destinados a estimar la densidad relativa, absoluta o el censo de una población concreta; la segunda es la representada por el deseo de conocer la composición relativa o absoluta de ejemplares de una comunidad concreta en un territorio determinado. En la primera situación, dado que la intención reside en conocer los valores de densidad o abundancia de una especie, el territorio de aplicación (y donde se ubicarán las unidades de muestreo) vendrá determinado bien por el área total de distribución de la especie (si es eso lo que deseamos conocer), bien por el territorio en el cual pretendemos conocer su abundancia (censo) o su densidad. Por ello, podremos descartar de la zona de muestreo aquellos espacios en los que tengamos la certeza de que la especie no habita. En la segunda situación, el territorio nos vendrá impuesto y definido desde el mismo planteamiento básico del estudio.

 

En principio, por tanto, podemos considerar que todo el territorio a estudiar se subdivide en similares unidades de muestreo de la superficie decidida, de forma que la cuestión residirá en decidir cuántas y cuáles se muestrean.

 

Territorio a muestrear dividido en unidades de muestreo (cuadrados).

Los individuos de la población (arbustos) están representados por su cobertura.

 

La cuestión de cuántas vuelve a requerir un análisis estadístico que puede llegar a ser bastante complejo y por lo general termina decidiéndose en función de un relativo compromiso entre el esfuerzo de muestreo y el grado de fiabilidad requerido para los datos obtenidos. La idea básica reside en considerar que cuanto más parecidos sean los resultados obtenidos entre las diferentes unidades de muestreo menos unidades han de ser muestreadas para obtener una estima fiable (el extremo de este caso sería el de unidades de muestreo que ofrecieran exactamente los mismos datos, en cuyo caso bastaría con una sola unidad de muestreo para tener el dato preciso a extrapolar al conjunto del territorio). ¿Y cómo cuantificar ese parecido cuando no es total? Para ello es preciso utilizar los estadísticos denominados desviación estándar y varianza (la varianza es la desviación estándar al cuadrado): cuanto mayor sea el valor de cualquiera de estos parámetros, más diferencia existirá entre las unidades de muestreo (y, por tanto, mayor será la necesidad de ampliar la muestra). El error estándar de un muestreo se puede obtener dividiendo la desviación típica por la raíz cuadrada del número de unidades muestreadas. Estas cuestiones estadísticas pueden requerir un cierto grado de detenimiento si los resultados han de ser valorados con grados de fiabilidad altos, existiendo toda una teoría estadística para ello (Sokal y Rohlf, 1969. Peña Sánchez de Rivera, 1986).

 

 

Muestra

Población

media

 

Xm = (X1+X2+…+Xn) / n          

 

m = Xm

 

varianza

S2 = S (Xi-Xm)2 / n

 

s 2 = S (Xi-Xm)2 / (n-1)

Cuadro: cálculo de las medias y varianzas en cada unidad muestral y en el conjunto de la población

 

En cuanto a las unidades de muestreo a seleccionar para realizar el muestreo, una primera solución a la cuestión consiste en elegir las unidades al azar sobre la totalidad de las que cubren el total del área a estudiar: este es el llamado muestreo aleatorio simple. Es una solución adecuada cuando no se conoce nada sobre la población a muestrear ni sobre su distribución, aunque puede ofrecer una aplicación dificultosa y costosa al requerir muestrear unidades ubicadas de una forma azarosa en el territorio y, por ello, complicar territorialmente el trabajo.

 

Muestreo aleatorio simple mediante cuadrados

 

Una segunda opción para facilitar el muestreo reside en elegir al azar la primera unidad de muestreo y condicionar las demás a ésta: bien situándolas a continuación o bien a distancias determinadas (también se puede elegir otra regla de decisión de la siguiente unidad): es la distribución sistemática. Constituye una solución pragmática que, aunque incumple algunas reglas de aleatoriedad, si aseguramos que no se presentan ciertos sesgos graves (como la de distribuciones que se vean severamente afectadas por el método elegido) puede ser una solución de compromiso adecuada entre esfuerzos y resultados.

 

 

Muestreo por distribución sistemática de unidades de muestreo (de acuerdo con la dirección de la flecha) a partir de una primera unidad elegida al azar (señalada con una X)

 

La tercera opción de muestreo requiere del conocimiento de algunas características de distribución de la especie en el territorio (o de las variables territoriales que la pueden condicionar): se trata de realizar subdivisiones o “estratos” en el territorio elegido, que posean la característica (potencial o real) de ser internamente más homogéneas (en cuanto a las densidades o abundancias de distribución de la especie a muestrear) que lo es el conjunto territorial a estudiar. Así, los estratos pueden ser tipos de formaciones vegetales en el caso de un censo de aves, o grados de pendiente o altitud en el caso de especies vegetales. La cuestión reside entonces en plantear el muestreo repartiendo ordenadamente las unidades de muestreo entre los diferentes estratos, de forma que se espera que se requieran menos unidades de muestreo dentro de cada estrato para poder conocer con mayor precisión la densidad de la especie en cada uno de ellos (dada su mayor homogeneidad interna). Este es el llamado muestreo estratificado.

 

Muestreo estratificado: dentro de cada uno de los  tres “estratos” se realiza un transecto de cuadrados.

 

 

 

MUESTREO ALEATORIO SIMPLE

Elección al azar de las unidades de muestreo sobre el total de las posibles

 

MUESTREO SISTEMÁTICO

Elección al azar de una primera unidad de muestreo y aplicación sistemática de un criterio para ir determinando las siguientes

 

MUESTREO ESTRATIFICADO

Delimitación de subzonas más homogéneas (estratos) y muestreo en cada una de ellas

Cuadro: Tipos de muestreo

 

Métodos de muestreo en vegetales: En el caso de las plantas, los métodos de muestreo cuentan con la enorme ventaja de la inmovilidad de los ejemplares. Por otra parte, el muestreo se complica por el hecho de que los organismos no siempre están identificables, por lo que la época de muestreo puede determinar de una forma considerable los resultados.

 

Varios son los métodos existentes, aunque los principales se refieren al uso de cuadrados de muestreo o a la intersección con líneas o bandas de muestreo (transectos).

La técnica de cuadrados se refiere a la identificación de la unidad de muestreo con un cuadrado (cuyas dimensiones dependerán del tipo de especie a muestrear). Dentro de cada cuadrado (o unidad de muestreo) se cuentan todos los ejemplares presentes. Una adaptación del método supone subdividir el cuadrado en diversas líneas verticales y horizontales, contándose solamente las especies interceptadas por los cruces de tales líneas.

 

Técnica de muestreo de vegetación herbácea mediante el uso del cuadrado.

 

Las técnicas de intercepción con líneas suponen trazar una línea recta en el territorio, contándose todas las especies interceptadas por dicha geometría. La línea puede ser en realidad una banda de cierta anchura.

 

Muestreo por intercepción de líneas (transectos)

 

Los conteos en el caso de los vegetales pueden referirse a ejemplares individuales (abundancia o datos de presencia/ausencia) o a valores de cobertura. En este segundo caso, lo que se trata de determinar es la longitud del transecto o la superficie del cuadrado ocupada o cubierta por cada especie.

 

Los transectos son a menudo utilizados para valorar cambios en la cobertura o composición de las comunidades a lo largo de un gradiente ambiental (ladera, cercanía a un curso fluvial, etc.).

 

Existen numerosas fuentes de información sobre estas técnicas que tienen tantas adaptaciones como objetivos de estudio puedan plantearse, así como en función de los usos posteriores que se vayan a dar a los datos obtenidos (VVAA, 1993. Terradas, 2001. Etc.).

 

Métodos de muestreo en animales: Los animales añaden a las dificultades inherentes a todo muestreo las de su movilidad. Básicamente hay tres sistemas: por observación directa de los ejemplares libres, por observación indirecta o por captura de ejemplares.

 

La observación directa puede ser de varias maneras: en forma de conteo directo de toda la población (o de la mayor parte), lo que requiere unas condiciones de visibilidad y de concentración de la población muy especiales); conteo en itinerarios de censo, que suelen ser transectos lineales con anchos predeterminados en función de la visibilidad del medio y de la conspicuidad de la especie; conteos desde estaciones fijas o parcelas o batidas sobre un territorio determinado.

 

Transecto lineal: el espacio definido es el espacio de muestreo

(solo se cuentan los ejemplares encontrados en él)

 

La observación indirecta supone la búsqueda de rastros, excrementos, huellas, dormideros, etc. Ofrece información sobre la presencia y el grado de abundancia, existiendo en ciertos casos mecanismos de determinación más precisa de abundancias y densidades.

 

La captura de ejemplares supone la colocación de trampas (con o sin cebos o reclamos) o la captura activa (caza). En ocasiones se puede estimar el grado de abundancia o incluso datos cuantitativos de densidad. Un método especial de censo es el conocido como captura/marcaje/recaptura, en el que se realiza una campaña de capturas que permite marcar un cierto número de ejemplares que luego se liberan al medio; al cabo del tiempo suficiente para que se redistribuyan, se vuelve a realizar otra campaña de captura de ejemplares. Si se cumplen cierto supuestos en el proceso (todos los ejemplares han tenido una probabilidad similar de ser capturados, los marcados se han distribuido en la población de una forma uniforme y no han sufrido mermas en sus capacidades de supervivencia, etc.), se puede calcular el censo de la población bajo la siguiente “regla de tres”: “El número de capturados inicialmente (y marcados) es a la población total como el número de recapturados marcados es al número de capturados totales en la segunda campaña”.

 

Cálculo de una población por el método de captura/recaptura:

 

Población total  = N1 x N2 / N3

 

siendo:

N1 : número total de ejemplares capturados en la primera campaña (que son marcados)

N2 : número total de ejemplares capturados en la segunda campaña

N3 : número de capturados en la segunda campaña que aparecen marcados de la primera

 

 

Las técnicas de muestreo en animales dependen estrechamente, en cualquier caso, del tipo de animales considerados (VVAA, 1993. Para el caso de vertebrados terrestres: Tellería, 1986)

 

·        POR OBSERVACIÓN DIRECTA (depende de detectabilidad o conspicuidad)

o   CONTEO DIRECTO (con campo visual total, censos aéreos, concentraciones de individuos, etc)

o   ITINERARIOS DE CENSO (por contacto o intercepción) y TRANSECTOS o TAXIADO (con ancho determinado)

o   ESTACIONES Y PARCELAS (puntos de escucha u observación)

o   BATIDAS (en el total del territorio o en parcelas)

·        POR OBSERVACIÓN INDIRECTA

o   HUELLAS, SENDAS, EXCREMENTOS, DORMIDEROS, NIDOS, ETC. (pueden ser muestreados con itinerarios, por parcelas, etc)

·        POR CAPTURA (depende de la capturabilidad)

o   TRAMPEO (con cebos, reclamos, redes, con marcaje y recaptura, etc.)

o   CAPTURA ACTIVA (por captura directa, con calculo del esfuerzo de caza, etc)

Cuadro: Tipos principales de muestreo en animales (adaptado de Tellería, 1986)

 

Estimación del valor de conservación de las especies y poblaciones biológicas: El valor de la biodiversidad constituye un aspecto de la conservación que ha generado numerosas reflexiones y debates (Pascual Trillo, 2001). Se han propuesto y utilizado incluso sofisticadas técnicas con el fin de valorar económicamente algunos de sus aspectos de utilidad. Sin embargo, una gran parte del valor de la biodiversidad reside en su condición generadora de servicios ambientales o ecológicos indispensables para la vida humana (climatología estable, provisión de agua potable, generación y mantenimiento de suelos, etc.). La pérdida de la biodiversidad, que tiene en la extinción de especies uno de sus aspectos más graves, constituye, junto al cambio climático global, el mayor atentado de futuro contra la sostenibilidad ecológica del planeta que hayamos generado los seres humanos. Evitar la pérdida de la biodiversidad exige, ante todo, conservar una superficie suficiente de ecosistemas naturales capaces de albergar los procesos vitales y la vida silvestre, así como asegurar la capacidad del conjunto del planeta de mantener la funcionalidad ecológica general y el dinamismo que han permitido la evolución y la diversificación de las formas de vida. Entre los muchos sistemas de seguimiento y control necesarios para conseguir este propósito están los que buscan evaluar la situación de las especies silvestres mediante su asignación a categorías o grados de amenaza y que exigen, a continuación, establecer medidas adecuadas a cada caso para recuperar sus poblaciones.

 

Categorías de amenaza: La Unión Mundial para la Conservación propuso en los años sesenta, y revisó y actualizó en los noventa, un sistema de categorías de amenaza de las especies que permite elaborar listados comparativos de especies en función del grado de amenaza de extinción, conocidos como “listas rojas” (UICN, 2001). Aunque la UICN elabora listados mundiales con las especies amenazadas a escala global, se recomienda además a cada país que elabore las suyas, manteniendo así una información actualizada sobre el estado de las especies autóctonas. Dada la diversidad de especies que habitan el planeta, las listas rojas encuentran siempre el problema de la incapacidad de abordar de forma exhaustiva todos los grupos, no solo a escala global, sino también nacional. Por ello, habitualmente sólo son aceptablemente completas las referidas a los grupos más conocidos, por lo general vertebrados y plantas.

 

Lista de categorías establecidas por la UICN para las especies amenazadas (UICN, 2001)[3]

 

En España, tanto a escala estatal, como por parte de las comunidades autónomas, se mantienen listados de especies amenazadas. En el caso del Catálogo Nacional de Especies Amenazadas, de acuerdo al grado de amenaza se exige el establecimiento de planes especiales de ayuda a estas especies. Lamentablemente la puesta en práctica de estas exigencias no corre paralela a las exigencias de supervivencia que representan.

 

CATEGORIAS DE AMENAZA

OBLIGA A

En Peligro de extinción

Plan de Recuperación

Sensible a la alteración del hábitat

Plan de Conservación del hábitat

Vulnerable

Plan de Conservación

De Interés Especial

Plan de Manejo

Cuadro: Relación entre las categorías de amenaza y la obligación de establecer planes específicos de acuerdo a la normativa del Catálogo nacional de especies amenazadas de España.

 

Integración ecológica: comunidades y ecosistemas

 

Es frecuente que los diagnósticos del medio natural se limiten a ofrecer una información más o menos completa sobre los componentes de los ecosistemas, sin llegar a abordar la forma en la que esos componentes se estructuran en el espacio. Es una carencia importante, dado que la integración ecológica de los componentes en sistemas ecológicos funcionales es realmente uno de los aspectos fundamentales de la organización territorial.

 

En cualquier territorio, los diferentes componentes bióticos y abióticos se relacionan en el tiempo y en el espacio mediante el intercambio de flujos de energía, materia e información. Son estas estructuras reticulares las que dan un sentido funcional a los sistemas ecológicos, determinando su estructura espacial y su evolución en el tiempo. Es conocido que esas tramas funcionales se organizan sobre la base de interacciones organizadas entre los diferentes grupos de organismos que adquieren la materia y la energía necesarias para su vida de distintas maneras. Así, los productores primarios (plantas y microorganismos fotosintetizadotes) constituyen la estructura básica del ecosistema capaz de unir la energía obtenida de la luz con la materia inorgánica de los suelos, el aire y el agua, para formar molécula orgánicas de elevada complejidad y alto contenido energético. Este nivel trófico es la base de la que obtendrán materia y energía los consumidores, que se organizan en una red compleja que puede simbolizarse en la forma del eslabón de una cadena, al representar el conjunto de los organismos que se alimentan de los productores primarios (herbívoros, fitófagos, xilófagos, etc.) en la forma de un nivel trófico denominado consumidores primarios. Estos serán la base de los consumidores secundarios (carnívoros que se alimentan de herbívoros) y éstos, a su vez, de los consumidores terciarios (carnívoros que se alimentan de otros carnívoros).

 

Aunque podría imaginarse una cadena indefinida de consumidores, el hecho de que el paso de energía de un eslabón al siguiente signifique la pérdida de la gran mayoría de la disponible en ese nivel (alrededor de un 90% se pierde) supone que no hay mucho más de esos tres niveles o eslabones generales de consumidores. Por otra parte, todos los niveles tróficos contemplados hasta ahora (productores y consumidores) derivan una parte de su materia y energía hacia los descomponedores (restos de la biomasa que quedan muertos y a merced de estos grupos de organismos capaces de aprovechar esa materia orgánica muerta con el fin de obtener sus últimos reductos de energía: microorganismos, hongos, etc.). Los descomponedores devuelven a formas simples de la materia inorgánica (anhídrido carbónico, amoniaco, etc.) tales restos orgánicos, que sumados a los residuos que los otros organismos generan a través de la excreción y la respiración, cierran el ciclo de la materia y agotan el flujo (disipativo) de la energía.

 

Ciclo de la materia (flechas continuas) y flujo de energía (flechas discontinuas) en un ecosistema

 

Al no existir una clasificación universalmente aceptada de escalas y tipos de ecosistemas, la determinación de los ecosistemas existentes en un determinado territorio queda en buena medida al criterio de quienes realizan el diagnóstico. Por lo general, para ello se suele utilizar un criterio de discriminación basado principalmente en la presencia de sistemas acuáticos, grandes formaciones vegetales y diferencias climáticas marcadas (generalmente determinadas por los cambios de altitud y el relieve).

 

Realmente una buena opción consiste en definir “unidades ecosistémicas” a partir de la integración o yuxtaposición de unidades cartográficas definidas por los aspectos temáticos que se consideren más importantes en el tipo de territorio considerado. Así, desde la identificación de unidades litológicas, de relieve o de altitud, de hidrología, climáticas, de vegetación, etc., puede abordarse la integración en forma de unidades ecosistémicas, una técnica que hace algún tiempo se tenía que realizar por yuxtaposición manual de mapas. Modernamente, las técnicas de procesado informatizado de la información espacial mediante los llamados Sistemas de Información Geográfica (SIG) facilita enormemente la tarea permitiendo atribuir diferentes “pesos” o importancias a cada variable considerada y elaborando sofisticados mapas de integración ecológica. La cartografía ambiental ha entrado con este tipo de técnicas en una nueva era en el que la teledetección y el procesado informático de la información espacial posibilitan unos tratamientos antes impensables que tienen una aplicación sumamente interesante en la planificación de espacios naturales (Martínez Vega y Martín Lou, 2003)

 

Los SIG facilitan la integración cartográfica para el establecimiento de unidades ecosistémicas

 

Riesgos naturales

 

Finalmente, puede incluirse en el diagnóstico para el planeamiento del uso público la identificación y cartografiado de los riesgos naturales existentes en el territorio. Este puede ser, en determinados espacios, un aspecto realmente importante al condicionar la seguridad de los visitantes, por lo que habrá de ser tenido en cuenta con cuidado.

 

Se considera riesgo natural la existencia de un peligro natural capaz de causar daño a las personas o los bienes humanos una vez que tenemos una estimación sobre su probabilidad de ocurrencia. Así, muchos procesos o fenómenos naturales constituyen peligros cuando de sus efectos cabe deducir la posibilidad de daños a personas o bienes humanos. Si, además, podemos estimar la probabilidad de ocurrencia del fenómeno tendremos una idea más acertada sobre su peligrosidad (término con el que se indica dicha probabilidad de ocurrencia, a menudo deducida a partir de la existencia de datos en el pasado reciente que permiten calcular la recurrencia del proceso o del fenómeno).

 

Un proceso o fenómeno natural será tanto más grave o peligroso cuanto más personas o bienes están expuestos a él: a esto se denomina exposición (la exposición aumenta cuando hay una mala ordenación territorial y se ubican viviendas o construcciones en lugares de alta peligrosidad). Finalmente, cuando ocurre el proceso o evento con el resultado de efectos negativos, el porcentaje de daños humanos y económicos causados sobre el total de lo expuesto se conoce como vulnerabilidad.

 

De esta manera, un determinado proceso o fenómeno natural puede ser evaluado como riesgo a partir de una sencilla fórmula:

 

Riesgo = peligrosidad x exposición x vulnerabilidad

 

 

Y, dado que la peligrosidad es la probabilidad de ocurrencia del proceso o fenómeno y la exposición multiplicada por la vulnerabilidad no es otra cosa que el daño generado, nos queda que:

 

Riesgo = probabilidad de ocurrencia de un fenómeno x daño que causa

 

Los riesgos naturales pueden verse agravados cuando los procesos naturales son modificados o afectados por actividades humanas, algo que sucede frecuentemente en la actualidad. A este tipo de riesgos se les da el nombre de riesgos inducidos y no siempre resulta fácil estimar el grado de inducción humana.

 

Los riesgos naturales en un determinado territorio suelen ser debidos fundamentalmente a causas geológicas o geoclimáticas, aunque hay también riesgos de tipo biológico, como los generados por plagas enfermedades, etc.). Una posible clasificación de los riesgos naturales e inducidos se muestra en el cuadro adjunto.

 

METEOROLÓGICOS

Temporales de viento

Olas de frío o calor

Tormentas

Nevadas

Huracanes

Tornados

Rayos

GEOCLIMÁTICOS

Inundaciones

Incendios

Avances de arenas

 

 

 

GEOFÍSICOS

Terremotos

Volcanismo

Movimientos de ladera

Aludes

Tsunamis

Colapsos

Subsidencias

BIOCLIMÁTICOS

Desertificación

BIOLÓGICOS

Plagas

Epidemias y pandemias

Enfermedades

Cuadro: Tipos principales de riesgos naturales e inducidos

 

La planificación de riesgos exige abordar el estudio de los procesos y fenómenos que los causan, así como advertir los efectos generados en ellos por las actividades humanas, elaborar mapas de riesgos, establecer medidas preventivas, de predicción, control y restauración, etc. En conjunto, dados los crecientes problemas que los riesgos causan en forma de daños humanos y económicos (en gran parte debidos a una precaria ordenación territorial que aumenta la exposición y la vulnerabilidad, así como a la inducción de una mayor peligrosidad de los procesos naturales), la prevención de los riesgos naturales e inducidos ha adquirido una importancia sustancial en todo el mundo.

 

Aunque la mayor parte de los daños reconocidos se derivan de procesos y fenómenos geológicos, ligados a las llamadas catástrofes naturales (VVAA, 1997), los riesgos biológicos y bioclimáticos, más desatendidos, comportan en la opinión de los expertos un gravísima amenaza de futuro, además de constituir ya en la actualidad en muchos países algunas de las causas de mortalidad y morbilidad “natural” más elevadas (sida, paludismo y diversas enfermedades tropicales).

 


DIAGNÓSTICO DEL MEDIO SOCIO-ECONÓMICO

 

La población humana se asienta en el territorio de forma muy desigual. Por lo general, se encuentra una relación inversa entre el interés natural del territorio y la densidad humana que lo habita. Hay dos razones para ello: la primera, que los lugares naturales bien conservados lo son precisamente porque están poco habitados y, en consecuencia, se han visto poco alterados; la segunda, que los lugares poco habitados lo han sido, tradicionalmente, por resultar poco aptos para ello y eso implica a menudo condiciones geográficas que suponen valores naturales sobresalientes. De las dos, sin duda, la primera es la esencial,  aunque pueda parecer en ocasiones lo contrario: el hecho de que los territorios más agrestes sean los mejor conservados es una consecuencia del escaso poblamiento y hoy son refugios de biodiversidad, pero eso no quiere decir que los hoy muy poblados no hubieran constituido, de no haber sido alterados, espacios sobresalientes en biodiversidad.

 

 Lo cierto es que todos los espacios naturales (y más en territorios como los nuestros) han tenido y tienen población humana que los aprovecha de una u otra manera, y de ese aprovechamiento, derivará su mayor o menor alteración. Esta evidencia no ha sido comprendida tan rápidamente como pudiera parecer en la historia de la protección de los espacios naturales, de forma que, inicialmente, la búsqueda de pretendidos lugares intocados constituyó la preocupación esencial en la política de conservación de la naturaleza. Esa es una de las razones por las que en España, por ejemplo, llegaron tan tarde los primeros espacios protegidos destinados a proteger ecosistemas tan interesantes como las dehesas mediterráneas, lugares evidentemente surgidos de la interacción entre las actividades humanas y la dinámica natural.

 

Realmente fue en torno a los primeros años setentas cuando se impuso la idea de que la conservación de la naturaleza no podía ignorar la existencia de las actividades humanas en el medio. El programa “Hombre y Biosfera” (programa MAB por las siglas inglesas) de la UNESCO se acordó el 1971 poniendo en marcha la figura de las “reservas de la biosfera” que tratan de aunar la conservación de la biodiversidad con el desarrollo regional sostenible.

 

Desde entonces, la conservación de los espacios naturales y la atención a las poblaciones humanas que habitan en ellos y en su entorno no pueden ser dos empresas independientes, aunque en la solución de los potenciales conflictos haya no pocas controversias y dificultades. Sin embargo, cada vez de una forma más evidente, el desarrollo posible de las áreas naturales bien conservadas pasa por un modelo equilibrado capaz de combinar el uso de los recursos y la conservación de la biodiversidad y el paisaje.

 

Por ello, en el diagnóstico previo del territorio de un espacio natural en el que se va a planificar el uso público es preciso contemplar también un análisis y valoración del medio social y la economía de la zona.

 

Población y demografía

 

La población que habita en un medio natural o en su entorno lo hará en núcleos rurales organizados como aldeas o pueblos, aunque en ocasiones se encuentre desperdigada en caseríos o casas relativamente aisladas. De una forma más o menos convencional, se suele delimitar en 10.000 habitantes el límite entre los municipios considerados rurales y los urbanos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que se trata de municipios y no de núcleos, ya que para este último caso suele ser utilizado el valor límite de 2000 habitantes. No obstante, hay no pocos espacios naturales ubicados o cercanos a núcleos o municipios urbanos.

 

El despoblamiento rural ha sido una característica territorial muy marcada en las últimas décadas en todo el mundo y en España en particular. Mientras que hace medio siglo casi la mitad de la población española vivía en municipios rurales, hoy lo hace menos de una cuarta parte. Curiosamente, en los últimos años se aprecia un incremento destacado (por encima de la media nacional) de la población de los pueblos más pequeños (los de menos de 100 habitantes) así como de los medios-grandes (entre 2.000 y 10.000 habitantes). Sin embargo, un análisis cuidadoso de los datos evidencia que, en parte, el incremento de población de los municipios más pequeños también es debido a la reducción de núcleos mayores a tamaños menores. En el caso de los municipios mayores, la mayor parte del crecimiento es debido a la inmigración.

 

En conjunto, las características más destacadas que caracterizan la demografía del medio rural español son su envejecimiento, el crecimiento vegetativo negativo (enmascarado por la inmigración en algunos lugares) y la masculinización de la población.

 

En un diagnóstico demográfico de la población rural de un espacio natural y su entorno, interesará conocer datos como la población total. A este efecto tiene interés distinguir entre la población de derecho y la de hecho: la población de derecho es aquella empadronada que ejerce por ello sus derechos en el municipio en cuestión. Sin embargo, puede haber personas que habitan el municipio sin estar empadronadas en él. Con ellas se obtiene la población de hecho. A estas se puede añadir, además, la población flotante que se incorpora al municipio en periodos determinados (generalmente las épocas estivales de vacaciones). En ámbitos turísticos los valores de cada uno de estos de población pueden ser muy diferentes a los que cabría esperar en una localidad no turística, planteando necesidades de gestión muy diferentes.

 

La densidad de población queda reflejada al presentar los datos de población por unidad de superficie territorial.

 

La población puede clasificarse por edades y por sexos, definiendo así la estructura demográfica de la población. Los tipos de edades elegidos pueden estar desglosados completamente (un estrato por cada año de edad) o establecerse tramos en función de los intereses o la aplicación que vaya a darse a los datos. Para representar gráficamente la estructura de una población se suele utilizar una pirámide de población, en la que se representan los diferentes estratos de edades superpuestos (edades menores abajo) y con una anchura equivalente al valor de la población que representan. También se puede diferenciar la pirámide por sexos, representando cada sexo en una mitad de la pirámide (por lo que esta pasará a ser tanto más asimétrica cuanto más diferencia presenten las proporciones entre sexos). Las pirámides de población pueden presentar diferentes perfiles: una base ancha y un progresivo estrechamiento hacia arriba (forma típica de pirámide de donde toman el nombre), lo que indica una población en crecimiento o expansiva; una base estrecha (niños y jóvenes) y un cuerpo medio y alto anchos (edades fértiles y ancianos), lo que indica una población regresiva o en reducción. Las poblaciones estacionarias muestran perfiles intermedios entre ambas.

 

Pirámides de población: Evolución desde una pirámide de población en crecimiento (Canarias, 1980) a una población en proceso de estabilización por reducción de la tasa de natalidad (Canarias, 1996)

 

 

La evolución de una población dependerá de sus características demográficas: natalidad, mortalidad y migración.

 

La natalidad se suele referir en forma de tasa bruta de natalidad, que es el número de nacimientos por cada 1.000 habitantes (en tanto por mil). También es empleada en ocasiones una tasa de fecundidad que mide los nacimientos habidos por cada mil mujeres en edad fértil (se suele considerar entre los 15 y los 50 años).

 

La tasa bruta de mortalidad se mide por el número de defunciones habidas por cada mil habitantes.

 

La diferencia entre nacimientos y muertes da un valor (positivo o negativo) que determina el crecimiento natural o vegetativo de una población.

 

El valor de variación de la población puede quedar modificado por el llamado saldo migratorio, es decir, la diferencia entre inmigrantes (los que llegan) y emigrantes (los que se van). Por ello, el crecimiento real será igual al crecimiento vegetativo (nacimientos menos defunciones) más el saldo migratorio (inmigraciones menos emigraciones).

 

Crecimiento población = crecimiento vegetativo + saldo migratorio

 

es decir:

 

Crecimiento población = nacimientos – defunciones + inmigrantes – emigrantes

 

 

La longevidad se mide a través de la llamada esperanza de vida: la media de años que ha vivido una determinada fracción de población. Se puede definir la esperanza de vida de una población concreta de un cierta edad en un determinado momento (por ejemplo la esperanza de vida de las personas que tenían 50 años en 1900 sería la que alcanzaron de media aquellas personas). La esperanza de vida al nacer es la que cabría esperar para una determinada generación suponiendo que las tasas de mortalidad no cambiaran (lógicamente la esperanza de vida real sólo podrá calcularse mucho tiempo después, al morir todos los representantes de dicha población).

 

Las características demográficas básicas de una población local determinada en el entorno o el interior de un espacio natural quedan reflejadas a partir de este tipo de indicadores básicos.

 

Economía regional y local

 

La economía de una zona suele venir determinada por el producto bruto local, los índices de renta, empleo (ocupación, paro) y la proporción de la economía por sectores.

 

El producto interior bruto (PIB) es la suma total de producción de bienes y servicios finales en un territorio y un determinado tiempo (generalmente un año). Aunque es un indicador muy utilizado para medir el grado de desarrollo de una economía, existe una gran y consistente crítica acerca de su idoneidad, centrada fundamentalmente en los siguientes aspectos:

 

-        mide flujos, ignorando los valores acumulados de los stocks (riqueza).

-        ignora determinados flujos no medibles por los sistemas tradicionales de mercado (como las pérdidas ambientales y las externalidades en general)

-        a menudo se utiliza como medida de desarrollo económico o, aún peor, de bienestar, aunque no discrimina por criterios de finalidad de los bienes y servicios creados ni integra aspectos de equidad en el reparto de esos bienes y servicios.

 

El PNB o Producto Nacional Bruto (o Ingreso Nacional Bruto) es el valor total de bienes y servicios producidos por los residentes de un país. En una economía abierta, el PNB se puede obtener desde el PIB añadiéndole las rentas generadas en el extranjero por parte de residentes del país y descontando las rentas internas que son percibidas por no residentes.

 

La división del producto interior bruto entre la población se denomina renta. Aunque suele denominarse como renta o PIB per cápita no hay que olvidar que se trata de una media estadística que puede encubrir una distribución muy desigual entre la población.

 

La economía se suele subdividir en sectores de actividad denominados, inicialmente, primario, secundario y terciario. El sector primario recoge todas las actividades de tipo extractivo de recursos y materias primas (agricultura, ganadería, pesca, minería, silvicultura, etc.); el sector secundario recoge las actividades de transformación de las materias primas (industriales); el sector terciario agrupa todas las actividades relacionadas con trasportes, comunicaciones y financieras. Modernamente se utilizan los términos de sector agrario, sector industrial y sector de servicios. La construcción, que tradicionalmente pertenece al sector secundario, suele considerarse cada vez más de forma diferenciada.

 

Se puede medir la importancia relativa de cada sector bien por su grado de participación en la generación de renta o producto interior, o bien por su porcentaje de ocupación o empleo entre la población local. Es muy importante la diferencia por cuanto puede indicar aspectos y consecuencias socioeconómicas distintas.

 

Por lo general, las economías más poderosas se caracterizan por haber reducido drásticamente el porcentaje representado por sus sectores primarios, engrosando correspondientemente los relativos al secundario y, particularmente, al terciario. De hecho, la transferencia entre sector primario y terciario se ha utilizado como un indicador de la madurez económica de una sociedad.

 

En los entornos de los espacios naturales, los sectores primarios (agrario y forestal, fundamentalmente) han sido, tradicionalmente los más importantes tanto en empleo como en crecimiento económico. Modernamente, el incremento del sector terciario, fundamentalmente ligado a los servicios relacionados con el turismo (y el uso público), constituye una alternativa clave en la sostenibilidad económica de estos territorios, a la que hay que asegurar también una viabilidad y sostenibilidad ecológica, de la que, de forma evidente y particularmente destacada, dependerá aquella.

 

Estructura de ingresos por sectores en medios rurales y urbanos en España.

Fuente: Encuesta de equipamientos familiares (1998)

 

Los equipamientos y servicios sociales básicos (sanitarios, educativos, culturales, etc.) de que puede disponer la población rural constituyen algunos de los factores claves en la mejora necesaria de las condiciones de bienestar de muchos medios naturales, a menudo por encima de los estrictamente económicos.

 

Los modelos de desarrollo endógeno, ecodesarrollo y desarrollo sostenible local, con las particularidades y matices que caracterizan a cada cual, son especialmente interesantes para planificar el desarrollo en áreas naturales de alto valor ambiental y paisajístico. Los indicadores de sostenibilidad del desarrollo económico y social que se está generando en estos territorios resultan de gran interesa para un diagnóstico valorativo de cara al uso público, aunque no son fáciles de obtener.

 

Ordenación del territorio, infraestructuras y redes de comunicación

 

Los asentamientos humanos sobre el territorio se organizan en núcleos de población conectados por redes e infraestructuras de comunicación. La trama de núcleos e infraestructuras sobre el territorio lo organiza geográficamente en respuesta a una historia de ocupación humana y, modernamente, a una ordenación territorial que responde, al menos sobre el papel, a una planificación de los usos. El diagnóstico del medio socioeconómico debe recoger y valorar la forma en la que los usos, los asentamientos  y las infraestructuras ocupan y organizan el territorio funcionalmente para los intereses humanos. Se trata de una información fundamental para entender las claves del territorio humanizado y para poder planificar el uso público. El uso de cartografía resulta, evidentemente, fundamental y el empleo de métodos informáticos de organización espacial de la información geográfica (SIG: sistemas de información geográfica) constituye en la actualidad la forma más avanzada de trabajar en estos temas, como ya vimos en la parte de diagnóstico del medio natural.

 

Aspectos culturales y monumentales

 

La cultura rural y los valores históricos y monumentales constituyen por sí mismos atractivos destacados en los espacios naturales y seminaturales de cara al uso público. El diagnóstico socioeconómico debe incluir necesariamente un listado de los valores culturales e históricos del área y su identificación cartográfica sobre el territorio. Al igual que ocurre con los valores naturales, en la planificación del uso público será preciso atender a su doble consideración como atractores del interés de los visitantes y objetos de la protección y preservación.

 

Los  aspectos culturales adquieren en ocasiones una gran relevancia en la oferta de los espacios naturales. Tótem indios en Vancouver (Canadá)

 

La regulación del patrimonio histórico en España está establecida por la llamada ley del Patrimonio que define los regimenes generales y especiales de los objetos a proteger. Así, en el régimen general se establecen tres niveles de protección que, de mayor a menor, son los bienes integrantes del Patrimonio Histórico Español, los bienes incluidos en el Inventario General de Bienes Muebles y los Bienes de Interés Cultural. En el concepto de bienes del patrimonio y de interés cultural se incluyen bienes inmuebles y muebles de interés artístico, histórico, paleontológico, arqueológico, etnográfico científico o técnico.

 

Impactos locales y problemas ambientales

 

La actividad humana supone siempre una alteración de las características naturales del territorio. Esa alteración puede ser medida y valorada, constituyendo esa práctica una suerte de estudio y evaluación del impacto ambiental. Aunque el procedimiento administrativo de EIA supone la realización de estudio, evaluación y declaración del impacto ambiental determinado por un proyecto, obra o actuación concreta, cabe hablar de la suma de impactos que las diferentes actividades humanas ejercen o han ejercido sobre un territorio, causando una problemática ambiental general que, en el caso (ya alcanzado) que adquiera una dimensión global, constituirá una crisis ambiental (Pascual Trillo, 2000).

 

En el diagnóstico del medio socioeconómico cabe incorporar una valoración general del grado de impacto y problemas ambientales generados por las actividades humanas sobre el conjunto territorial considerado. En realidad, esta valoración puede tener cabida tanto en el diagnóstico del medio natural como en el del medio socioeconómico, aunque con consideraciones o enfoques distintos: en un lado como elementos o procesos alterados o impactados, y en el otro como procesos o actuaciones impactantes. Sin llegar a ser preciso alcanzar ese nivel de detalle, este enfoque es el propuesto en las herramientas de evaluación de impacto ambiental denominadas como matrices de impactos o de acusa-efecto, en las que el cruce de los factores o actividades impactantes con los procesos o elementos impactados (o impactables) permite una valoración analística de los nudos de mayor potencial de impacto.

 

Ejemplo de matriz de causa-efecto que permite analizar y valorar los posibles impactos de las diferentes acciones (o fases) de un proyecto o actividad.

 

Similar criterio fundamenta las matrices de acogida que enfrentan actividades y territorios como paso previo a la planificación física y ordenación del territorio.

 

Ejemplo de una matriz de acogida que busca valorar la adecuación de usos y territorios o espacios

 

INTEGRACIÓN SISTÉMICA: UNIDADES AMBIENTALES Y ZONIFICACIÓN

 

Al igual que el diagnóstico del medio natural puede concluir con una integración ecológica de los diferentes aspectos analizados, componiendo así unidades ecológicas y permitiendo la elaboración de un mapa de ecosistemas; puede realizarse una integración sistémica con los datos anteriores y la información socioeconómica relevante, definiendo así unidades ambientales.

 

Las unidades ambientales tienen que tener un cierto grado de homogeneidad interna que les haga presentar características y comportarse de una forma aceptablemente uniforme ante presiones, impactos o actividades diversas. Estas unidades ambientales podrán determinarse de una forma particularmente interesante a partir de la integración cartográfica de datos espaciales, utilizando sistemas de información geográfica (SIG), del mismo modo que se planteó para la determinación de unidades ecosistémicas. También es factible, con menos requisitos tecnológicos, establecer unidades ambientales por yuxtaposición e integración manual de cartografías temáticas previamente elaboradas.

 

La definición de unidades ambientales posibilita dos formas de exposición: las fichas de características de cada unidad (datos de identificación, características destacadas, fisonomía, etc.) y la representación cartográfica (mapa de unidades ambientales).

 

Los mapas de unidades ambientales suponen en sí mismos una forma de zonificación del territorio que puede tener una repercusión normativa al condicionar los usos que cada unidad o zona definida puede o debe acoger. Dado que al establecer las unidades ambientales habremos definido para cada una sus características, valores y forma de comportamiento ante determinados impactos o actividades, el mapa de unidades ambientales constituye el material más idóneo del que partir para establecer una normativa de usos del territorio (ordenación territorial). Evidentemente, en el caso del uso público, este mapa nos facilitará enormemente la tarea de distribuir las distintas formas de uso público, con las actividades, los equipamientos y los servicios correspondientes.

 

 

Ejemplo de mapas temáticos integrables a través de técnicas de yuxtaposición o SIG: De izquierda a derecha: mapa geológico, mapa forestal, mapa de lugares históricos, mapa de asentamientos y población.

 

 

 

Unidades ambientales definidas a escala de Asturias para el plan de ordenación de los recursos naturales de esta comunidad autónoma

 

 

 

LOS LÍMITES: LA CAPACIDAD DE CARGA O DE ACOGIDA

 

Los análisis diagnósticos de ordenación territorial tienen, entre sus funciones principales, la de determinar o valorar la capacidad de carga o acogida del territorio. En cualquier sistema de toma de decisiones (planificación) para la ordenación territorial (en nuestro caso, la ordenación del uso público), el punto de partida básico consiste, como vimos, en enfrentar la oferta del territorio (sus recursos y sus capacidades) con la demanda de usos del mismo. Por eso, en el caso de la ordenación del uso público, además de identificar y ubicar los valores ambientales susceptibles de atraer y soportar las diferentes formas y actividades de uso público, habremos de valorar y medir las capacidades del territorio para acogerlos sin merma de su sostenibilidad ambiental. Esto quiere decir, que en la zonificación establecida habremos de sopesar cuidadosamente la forma de integrar la información sobre cada uno de estos aspectos que resultan ser, a menudo, contradictorios. Así, por ejemplo, es evidente que la presencia de núcleos reproductores de aves coloniales puede ser un atractivo verdaderamente relevante de una determinada zona húmeda, pero es, a la vez, posiblemente, un punto de elevada fragilidad, lo que conlleva una considerablemente baja capacidad de carga o acogida. esto quiere decir que, en la toma de decisiones, será preciso ver la forma en la que definimos finalmente la zonificación de este punto y sus alrededores para la ordenación espacial del uso público: lo más valioso y atractivo es, a menudo, lo más frágil (en el caso expuesto, una potencial solución teórica puede ser la de condicionar las visitas a formas reguladas de baja intensidad, como son las visitas guiadas en números limitados, y a la distancia de la colonia de cría que la prudencia y los estudios específicos para ello aconsejen).

 

Algunos conceptos ligados a la determinación de la oferta del territorio son los siguientes:

 

Capacidad: Es el término más general y corresponde a la potencialidad del territorio para acoger actividades o usos determinados o grados concretos de ellos. Naturalmente, existen muchos elementos que intervienen en esa capacidad, desde los ligados a la oferta de recursos o características que hacen “atractivo” al territorio para acoger una actividad, hasta los restrictivos que hacen poco viable o muy arriesgado hacerlo.

 

En ocasiones se ha utilizado el término “vocación territorial” para hacer alusión al tipo de uso (generalmente agropecuario) para el que el territorio presenta mejores condiciones, aunque ciertamente el término puede parecer algo excesivo. Parecido es el de aptitud de uso, aunque menos “comprometedor”. Otro término relacionado es el de “adecuación territorial”. Ciertamente, existen diferencias conceptuales entre vocación, aptitud y adecuación que puede ser interesante respetar.

 

La capacidad de carga o de acogida procede, terminológicamente, de la ecología de poblaciones y, como vimos antes, responde a la idea del número máximo de población de una especie que un determinado territorio puede mantener. Adaptado a los estudios descriptivos del territorio para la planificación y ordenación territorial, corresponde a la capacidad de acoger usos determinados o niveles concretos de los mismos.

 

Fragilidad: Es un término contrapuesto al de capacidad, representa la idea de potencialidad o susceptibilidad de deterioro. Naturalmente remite al concepto de impacto, en el sentido de que la susceptibilidad a perder calidad ambiental (deterioro) procederá de la existencia de actividades que generen impactos.

 

Se ha utilizado también el término similar de “vulnerabilidad” para expresar esa fragilidad o susceptibilidad de perder calidad ambiental por impactos.

 

La superación de la capacidad de carga resulta evidente en ocasiones al aparecer huellas de impactos: erosión en la zona del Lago Ercina (P.N. Picos de Europa) con la colocación de vallas temporales para evitar el paso de los visitantes sobre las zonas más afectadas.

 

La fragilidad supone, al igual que el concepto de impacto, la necesidad de establecer una valoración de la calidad del medio. De esta manera, se introducen, necesariamente, factores de valoración que contendrán, sin duda, aspectos considerablemente subjetivos (como los valores de calidad visual o paisajística), junto a otros más objetivables (por ejemplo, valores del índice de diversidad ecológica). De esta manera, si la evaluación del impacto ambiental pretende medir el grado potencial de pérdida de la calidad ambiental que determinará la realización de una actividad o un proyecto, la fragilidad trata de valorar la susceptibilidad o capacidad de deteriorarse (perder calidad) que el territorio presenta ante determinadas actividades o proyectos.

 

Tanto la capacidad de acogida, como la fragilidad ante las actividades de uso público serán los objetivos preferentes en los estudios diagnósticos previos de planificación del uso público.

 

LA MEJORA DE LA OFERTA: RESTAURACIÓN, REGENERACIÓN Y RECUPERACIÓN AMBIENTAL

 

La restauración ecológica se ha convertido, a estas alturas, en un campo multidisciplinar complejo y de creciente actividad. El amplio deterioro de los medios naturales está, de un lado, entre las causas principales de este auge. Del otro, los avances en los conocimientos derivadas de la ecología, que posibilitan una aplicación exitosa de las nuevas técnicas, su evaluación y mejora (Rey Benayas, Espigares Pinilla y Nicolau Ibarra,  2003).

 

No obstante, existe una cierta controversia, o cuando menos disparidad de criterios, acerca del significado preciso del término restauración y otros relacionados. No es de extrañar, puesto que la restauración de obras de arte o edificios y monumentos histórico-artísticos, con una trayectoria más larga, también ha tenido que sortear definiciones y equívocos, variando en ocasiones su significado y concepción. Por ello, la Sociedad Internacional para la Restauración Ecológica (S.E.R.: http://www.ser.org) trata de delimitar de una forma precisa el concepto y las características propias de la restauración ecológica. Así, la define como el proceso por el que se promueve la recuperación de un ecosistema que ha sido degradado, deteriorado o destruido. En la práctica, el alcance de estos procesos de recuperación puede partir de situaciones y crear exigencias muy variadas, dado que no siempre es posible acometer una recuperación o restauración en un sentido estricto e inequívoco. Por otra parte, el primer escollo puede estribar en la misma concepción del término recuperación: la S.E.R. entiende que un ecosistema ha sido recuperado  (y está restaurado) cuando contiene suficientes recursos bióticos y abióticos para poder continuar su desarrollo sin asistencias o apoyos externos. Esto supone que se autosostiene estructural y funcionalmente, muestra suficiente resiliencia[4] a los niveles normales de perturbación y estrés ambiental e interactúa con los ecosistemas vecinos en términos de flujos bióticos, abióticos e interacciones culturales. La idea de restauración ecológica, pues, es la del reestablecimiento de los procesos y funciones ecológicas y las interacciones bióticas y abióticas que permiten el mantenimiento de un ecosistema autosuficiente integrado en el territorio del que forma parte.

 

Algunas de las características o propiedades que deben mostrar los ecosistemas restaurados, de acuerdo con la Sociedad Internacional para la Restauración Ecológica, son:

 

-        Contener el conjunto característico de las especies presentes en el ecosistema de referencia y que lo provee de la estructura comunitaria apropiada.

-        Contener especies indígenas o autóctonas en la máxima cantidad posible.

-        Contener todos los grupos funcionales necesarios para posibilitar su desarrollo y estabilidad o, en caso de que falten algunos, que éstos tengan la posibilidad de que colonizarlo a través de diferentes mecanismos.

-        Presentar un ambiente físico capaz de sustentar a las poblaciones reproductoras que aseguran la estabilidad y desarrollo de las comunidades.

-        Funcionar de una forma aparentemente normal para su estado de desarrollo, con ausencia de disfunciones.

-        Estar integrados en una matriz territorial mayor con la presenta interacciones e intercambios bióticos y abióticos.

-        Carecer en una forma suficiente de amenazas potenciales a su salud e integridad desde los territorios circundantes.

-        Ser suficientemente resilientes a las perturbaciones normales en su ambiente local para asegurar el mantenimiento de su integridad.

-        Ser autosostenibles en el mismo grado que su ecosistema de referencia y poseer el potencial de persistir indefinidamente bajo las condiciones ambientales existentes. Naturalmente, estos ecosistemas, como sucede en los intactos, pueden evolucionar y mostrar cambios en su biodiversidad, estructura y funcionamiento como parte de su desarrollo normal y fluctuar en respuesta a perturbaciones y procesos de estrés ambiental.

 

 

El término “rehabilitación” se ha utilizado también tratando de calificar aquellas actuaciones que tratan de conservar comunidades o especies de un ecosistema degradado, recuperando uno o varios de sus elementos de forma que se consiga mantener una regulación artificial del sistema que asegure esos fines conservacionistas.

 

La “recreación” supone la construcción de hábitats distintos a los preexistentes por estar aquellos ya degradados o prácticamente desmantelados, con el fin de asegurar la viabilidad de determinadas especies o comunidades. Los ecosistemas “recreados” requieren una importante actividad interventora y poseen fines de conservación de especies y de uso público y educación ambiental.

 

Las tareas de restauración ecológica van desde la plantación forestal o la regevetación de taludes hasta la regeneración se suelos contaminados o la recuperación de hábitats, en un amplio espectro de actuaciones que pueden formar parte de un plan de conservación y gestión del espacio natural. Naturalmente, estas actuaciones exceden y no forman parte de los planes de uso público, pero, junto a otras medidas de gestión constituirán los planes de uso y gestión en los que se engloban aquellos. Suponen, en este sentido, medidas que buscan contribuir a mejorar la calidad de la “oferta” natural del territorio donde tendrán lugar las actividades de uso público.

 

 

 

 

 

 

 

 


 

IV. LA DEMANDA: LOS VISITANTES

 

Si la oferta está constituida por el territorio, sus componentes y estructura, la demanda vendrá determinada por las expectativas e intereses de los visitantes y usuarios del uso público que tiene lugar en el espacio natural. Esta demanda también ha de ser analizada, canalizada y ordenada en la planificación del uso público a fin de conseguir equilibrar sus expectativas con las potencialidades y capacidades del espacio natural, asegurando la mejor satisfacción de aquellas con el menor grado de impacto generado.

 

ANÁLISIS DE LA DEMANDA: ¿CÓMO CONOCER A LOS VISITANTES REALES Y POTENCIALES?

 

Para conocer la demanda es necesario realizar un análisis de la misma que permita responder a algunas preguntas generales sobre el tipo de visitantes, su número y distribución temporal, expectativas, grado de satisfacción con las visitas, etc.

 

En los análisis de la demanda, pues, es necesario utilizar instrumentos diversos con el fin de obtener datos e información sobre los temas que nos interesa analizar. Para ello, puede partirse de una doble consideración: la de los visitantes reales que acuden a visitar con diferentes fines el espacio natural, y la de los potencialmente interesados en ello.

 

Los visitantes reales ofrecen unas mayores y mejores posibilidades de estudio, dado que se trata de una población bien identificada y, en la mayoría de los casos, accesible a alguna forma de estudio. Para obtener datos sobre ellos, se puede recurrir, básicamente a dos fórmulas que ofrecen una información complementaria y, en conjunto, muy útil si se sabe integrar. De un lado, la propia opinión y expresión de los visitantes, es decir, sus manifestaciones, respuestas a diferentes cuestiones, etc. De otro, el comportamiento de los visitantes, que requerirá alguna estrategia de seguimiento y observación.

 

La opinión expresada por los visitantes constituye una fuente de información a la que recurren, en distinto grado de profundidad, casi todos los organismos encargados de la gestión del uso público. Naturalmente, las fórmulas idóneas para obtener este tipo de información consisten, fundamentalmente, en tres técnicas generales:

 

-        Encuestas de opinión

-        Entrevistas

-        Recogida de manifestaciones espontáneas

 

Las encuestas de opinión suponen la fuente generalmente más abundante de datos de los que suelen disponer la mayor parte de las unidades encargadas del uso público en los espacios naturales, por tratarse de las forma de obtención de datos más utilizada. Las encuestas pueden ser abiertas, cerradas o mixtas (realmente, el término abierto y cerrada se refiere a cada cuestión planteada, por lo que las encuestas mixtas suponen la presencia de cuestiones de los dos tipos). Las encuestas abiertas suponen preguntas en las que las respuestas han de ser totalmente elaboradas por el encuestado, lo que permite un abanico amplio de posibilidades de contestación y una alta libertad al respecto, aunque presentan por lo general un considerable trabajo en la recogida de la información, interpretación y establecimiento de conclusiones. Las cerradas presentan varias respuestas ofrecidas a elegir por parte del encuestado, que se ve así obligado a decidirse por la que mejor se ajusta a su parecer (pueden establecerse cuestiones en las que se ofrece un abanico de respuestas y dejarse una abierta por si el encuestado no se encuentra cómodo con las que se le ofrecen y quiere añadir la suya).

 

La ventaja de las encuestas es que suponen una fórmula de obtención de información y datos de bajo coste, tanto para el organismo encargado de recoger la opinión, como para el encuestado, que generalmente no gasta demasiado tiempo en la cumplimentación de la encuesta (salvo que ésta sea muy prolija, lo que no suele ser el caso). Por ello, son el método ideal para obtener una visión cuantitativa (y, si se realiza la encuesta respetando los criterios adecuados, estadísticamente significativa) de las opiniones de los visitantes. Sin embargo, tienen en su contra el hecho de que pueden ofrecer una información parcial, poco comprometida y, en muchas ocasiones, sesgada o poco relevante.

 

Las entrevistas ofrecen una información de mucha mejor calidad, pero requieren un mayor gasto de tiempo y esfuerzo tanto por parte del organismo encuestador (que debe disponer de personal preparado para realizar la entrevista), como del encuestado. No deben considerarse entrevistas propiamente dichas el que una encuesta más o menos cerrada sea realizada mediante la realización de las preguntas por parte de un encuestador, ya que la entrevista, aunque pueda (y deba) estar guiada por un esquema previo, representa una mayor profundidad en la definición de las cuestiones y una mayor libertada de actuación pro parte del entrevistador, que deberá, además, establecer las conclusiones obtenidas en la misma. Normalmente cuando se realizan entrevistas (menos abundantes que las encuestas como método de análisis de la demanda en uso público) son enfocadas como métodos de complementación de las encuestas, con el fin de profundizar cualitativamente en algunas cuestiones que hayan sido identificadas como de interés y no puedan ser resueltas con el otro método.

 

Finalmente, la recogida de opiniones espontáneas supone una tercera fórmula de obtención de información sobre opiniones de los visitantes. Se trata, por definición, de una forma sesgada de obtención de datos, dado que sólo afecta a la población que, espontáneamente (por alguna causa) opta por manifestar su opinión, lo cual debe ser evidentemente tenido en cuenta a la hora de valorar y manejar la información obtenida. La opinión, no obstante, puede ser canalizada a través de algún tipo de formulario establecido u ofrecido al efecto, o no. Los buzones de sugerencias o de protestas pertenecen a este tipo de fórmulas de recogida de opiniones espontáneas.

 

Todas las fórmulas anteriores de obtención de datos para el análisis de la demanda se desarrollan in situ, es decir, en el propio ámbito del espacio natural, aunque puedan ser aplicadas a través de estrategias diferentes. Así, por ejemplo, las encuestas pueden ser realizadas por personal del uso público durante la realización de actividades, o mediante entrega de formularios a la entrada del espacio, o en los centros de visitantes; mientras que las entrevistas requerirán generalmente algún espacio cómodo y la presencia de personal especializado (centros de visitantes); y la recogida de opiniones espontáneas tal vez simplemente un buzón o un mostrador de información.

 

Finalmente, también in situ ha de ser recogida la información sobre el comportamiento de los visitantes. Esta fuente de información exige el seguimiento de éstos y algunas pautas de observación.

 

Una primera cuestión sobre el comportamiento reside en comprobar los lugares dentro del espacio natural que son más visitados. Este tipo de información es muy interesante para los gestores de uso público. Obtener datos puede ser muy sencillo en algunos casos y bastante menos en otros: ello dependerá entre otras cuestiones de las características territoriales del espacio natural, los accesos, vías de comunicación, etc. En ocasiones se puede obtener la información necesaria simplemente ubicando temporal o permanentemente una persona en un determinado acceso (que puede tener otros cometidos). Existen también sistemas automáticos de conteo de visitantes que pueden ubicarse en ciertos lugares de transito obligado de una ruta: puentes, puertas de acceso, caminos sin alternativa de paso, etc.

 

Sistema de conteo de visitantes con célula fotoeléctrica en la zona forestal de Hallormsstadaskógur (Islandia).

 

La observación del comportamiento de los visitantes no tiene por qué limitarse a ver las zonas preferidas de visitar, sino que puede incluir el tipo de actividades que se realizan: observación de fauna, deporte, senderismo, paseo, etc. Este tipo de información puede obtenerse a través de personas del área de uso público que cumplimenta unas fichas de observación sobre los visitantes. Naturalmente también puede obtenerse información relacionada con estos temas a través de encuesta, preguntando a los visitantes el tipo de actividad que prefieren desarrollar.

 

Una cuestión parecida, pero distinta en cuanto a la forma de buscar los datos, es la de la obtención de datos sobre la población que pudiera estar potencialmente interesada en la visita a un determinado espacio natural. En este caso, aunque las fuentes de información pueden incluir el uso de métodos como los anteriores, presentan el problema de necesitar obtenerlos de una población dispersa y más difícilmente identificable. Se utilizarán, para ello, técnicas y métodos de investigación e identificación de los intereses o expectativas de los que componen el amplio abanico de estrategias para el análisis de la demanda en los estudios de mercado y similares: distribución geográfica, comportamiento y evolución en el tiempo, proyección de la demanda (pronósticos, prospecciones, extrapolaciones), etc. También se pueden utilizar para esto fuentes secundarias de información (las primarias son las que ofrecen información directa a través de un estudio o una investigación expresamente diseñados para ello), como el uso de estadísticas oficiales, publicaciones, datos, etc. Es frecuente buscar a los potenciales usuarios o interesados en la visita a un determinado espacio en lugares que ofrezcan de por sí una cierta selección previa favorable: ferias de turismo, otros espacios naturales, agencias de viajes, etc.

 

En conjunto, podemos finalmente obtener un volumen de datos suficiente para poder tener una idea adecuada de cómo son los visitantes de un determinado espacio natural, qué vienen, por qué lo hacen y quienes están en general interesados en conocer y visitar ese lugar. Con ello, podremos ir estableciendo las características generales que identifican la demanda de uso público de dicho espacio natural.

 

CARACTERÍSTICAS DE LA DEMANDA: PERFILES DE LOS VISITANTES

 

El objetivo final del análisis de la demanda, por tanto, es identificar el perfil de los actuales visitantes y usuarios del espacio natural así como definir el perfil del tipo o tipos de usuarios que más interesa potenciar. El primer objetivo implica poner en marcha un programa de investigación y toma de datos, mientras que el segundo exige una política activa de promoción y orientación de las visitas. Actualmente, un 66% de los espacios protegidos en España bajo la categoría de parques y similares poseen datos sobre sus visitantes (EUROPARC-España, 2006 a).

 

Los visitantes a un espacio natural pueden venir atraídos por diferentes objetivos y finalidades. Conocer estos objetivos y expectativas es importante para la gestión del uso público, dado que eso permitirá ofrecer una mejor información sobre la forma de satisfacerlos o, en otro caso, reconducirlas en la medida de lo posible para evitar la frustración o los equívocos. También es importante contar con la información suficiente para poder prever (y evitar) los potenciales conflictos, impactos o problemas que puedan generarse. Todo ello exige tener en marcha un programa de investigación y análisis de las demandas y los visitantes. Ese programa exige, pues, diseñar el mecanismo de toma de datos y validarlo.

 

¿Qué características y datos nos resultaría más interesante obtener?

 

Los datos más fáciles de obtener de los visitantes son los que hacen referencia a sus características y viaje, como:

 

-        Sexo, edad

-        Tipo de viaje (en grupo, familiar, escolar, individual,...)

-        Lugar de procedencia

-        Momento y duración de la visita

-        Tipo de alojamiento elegido

 

Este tipo sencillo de información, que suele formar parte de las estadísticas turísticas generales, permite conocer datos muy básicos, aunque ciertamente de interés. Con ellos se puede establecer un perfil muy general de los visitantes y, si el estudio se ha hecho con un mínimo rigor de cara a permitir generalizaciones y prospección, construir un cronograma de visitas previstas e incluso orientar un tanto las posibles campañas de difusión e información.

 

Una segunda escala de información se refiere a las expectativas y grado de satisfacción de los visitantes con la visita. Aunque en realidad es preferible recoger información sobre estos dos aspectos en diferentes momentos (las expectativas, al llegar; el grado de satisfacción, al salir) no siempre es factible. Las cuestiones acerca del grado de satisfacción y expectativas pueden ser muy diferentes según el tipo de visita. Así, no será lo mismo, evidentemente, para un grupo escolar que va a realizar una actividad de educación ambiental en el espacio natural que para un turista de naturaleza o un grupo de senderistas de montaña. Las cuestiones de interés pueden abarcar desde las características del propio espacio, su grado de conservación, las facilidades de acceso y visita, etc., hasta los equipamientos (centros de visitantes, miradores, puntos de información) o las actividades y servicios ofrecidos.

 

En este mismo bloque de expectativas y grado de satisfacción cabe situar las sugerencias de mejora, quejas, etc. que pueden ser recogidas a través de encuestas, entrevistas o buzones destinados a tal fin.

 

 

ACTUACIÓN SOBRE LA DEMANDA: PUBLICIDAD, COMUNICACIÓN Y ORIENTACIÓN DE LAS VISITAS (ACOGIDA)

 

La gestión del uso público en cuanto a la demanda no acaba con el conocimiento de los visitantes reales o potenciales, sino que debe ir hacia actuaciones que potencien y canalicen las visitas en el sentido que más convenga a los fines del espacio natural. Eso supone imprimir en los programas de publicidad y comunicación del espacio natural una orientación que tenga en cuenta tanto las características de la oferta del espacio, como las del tipo de visitantes que se desean potenciar.

 

En realidad, en muchos espacios naturales donde hay un uso público planificado y gestionado, la oferta de actividades de ese uso público es suficientemente amplia como para que se pueda “jugar” con diferentes modelos de visitas y, por tanto, tratar de canalizar y orientar éstas en función del perfil de cada tipo de visitante. No tiene sentido que todos los visitantes, independientemente de sus preferencias, expectativas y características tengan que hacer el mismo tipo de actividades o visita si es posible diversificar la oferta para ajustarla tanto a las posibilidades (y limitaciones) del espacio como a las del público. Del mismo modo, generar expectativas exageradas o inadecuadas es un grave error que a veces se ha producido en algunos espacios naturales protegidos.

 

El efecto “llamada” de los espacios naturales más emblemáticos requiere una especial reflexión por parte de los gestores a fin de evitar visitas excesivas que, en ocasiones, no responden realmente a la necesidad de ir a ese lugar, pudiendo satisfacer esa demanda de espacios naturales en otros lugares menos frágiles o valiosos.

 

El ajuste entre un determinado espacio natural y el tipo de visita y de satisfacciones que puede ofrecer debe ser un motivo importante de consideración para evitar situaciones lamentables. Carece de sentido que un espacio natural de alto valor ecológico atraiga a gente cuyas expectativas de uso se limiten a pasar un día al aire libre. La diversidad de espacios naturales debe servir para tratar de ordenar también el uso público tratando de dar lo que cada cual demanda, pero sin exagerar artificialmente las demandas, sobre todo teniendo en cuenta que la presión humana sobre el territorio y el medio ambiente natural es ya suficientemente elevada. Los excesivos intereses en ofrecer más de lo que parece razonable se pagan a la larga con un deterioro evidente del medio natural. Montar teleféricos para que la gente acceda sin esfuerzo y masivamente, gastando el menor tiempo posible, a sitios de alta fragilidad y elevado valor ambiental (como en Fuente Dé o en el Teide) producirá sin duda un alarmante incremento del impacto ambiental y, muy posiblemente, generará unas demandas que no existían: si se pone un teleférico a una zona de alta montaña se creará una oferta de una actividad que determinará que suba gente que ni se lo había planteado en otra situación: en verano ver señoras con zapatos de tacón y caballeros con traje en el mirador del Cable no es nada extraño. Si, además, se ofrece llevarles en cabina climatizada hasta el pie del Naranjo de Bulnes, sin duda llenaremos la base del paredón de personas, y así podemos proseguir el absurdo hasta donde queramos y la técnica lo permita (y ese es el problema, pues la técnica hoy puede permitir casi todo), aunque busquemos las justificaciones en otras consideraciones (como en trazar un tren de cremallera hasta el pueblo de Bulnes aduciendo que es para sus habitantes), pero ¿es razonable posibilitar estas situaciones?

 

La sociedad del consumo encuentra su razón de ser en generar productos y venderlos sin que, en muchos casos, la necesidad o la racionalidad del producto o de la actividad sean importantes o determinantes. Si ya es preocupante esa “lógica” del mercado, su aplicación al “consumo” de los espacios naturales puede ser terrorífica yen muchos lugares se está produciendo de una forma bastante irresponsable.


 

V. LOS EQUIPAMIENTOS DE USO PÚBLICO

 

Se entiende por equipamiento de uso pública toda instalación o edificación que sirve de soporte y ámbito a las actividades de uso público. Pueden ser instalaciones fijas y permanentes, o móviles y temporales. En algunos casos se ha diferenciado la instalación o edificación física propiamente dicha del equipamiento, que incluiría también, en ese caso, el servicio o los servicios de uso público que se ofrecen en dichas instalaciones.

 

Existen muchos tipos de equipamientos de uso público, pudiendo ser clasificados por sus finalidades principales, aunque a menudo una misma instalación pueda tener un uso multifuncional.

 

Las funciones de los equipamientos son también diversas. Las principales son las siguientes (EUROPARC-España 2006 b)

 

-        Dar la bienvenida a los visitantes y atender sus necesidades de orientación (oportunidades que ofrece el espacio).

-        Satisfacer las necesidades de información en cuanto a características del patrimonio natural y cultural, normativa de uso del espacio, recursos disponibles y actividades que pueden desarrollarse.

-        Mostrar a los visitantes los objetivos de conservación del espacio protegido, las prácticas de manejo sostenibles del territorio, hábitos y comportamientos respetuosos con el entorno.

-        Fomentar la participación del público en la planificación y la gestión de espacios naturales.

-        Canalizar los flujos de visitantes para mejorar la utilización del espacio y disminuir los impactos sobre el territorio.

-        Mejorar la imagen de la institución encargada de la gestión del espacio.

-        Obtener apoyo y comprensión por parte del público visitante sobre la gestión del espacio protegido.

-        Dinamizar socioeconómicamente el territorio mediante el suministro de información actualizada acerca de la oferta de alojamientos, restaurantes o actividades en la naturaleza que se ofrecen desde las empresas locales.

-        Informar sobre peligros y hacer recomendaciones sobre la seguridad de los visitantes.

 

Los tipos principales de finalidades de equipamientos son:

 

- De acogida e información: Constituyen los equipamientos que acogen, informan y canalizan a los visitantes hacia las diferentes opciones de uso público existentes.

 

- De interpretación: Estos equipamientos incluyen materiales de diverso tipo que ayudan a interpretar ambientalmente el espacio natural o permiten comunicar sus valores y rasgos. Frecuentemente están asociados a los equipamientos de acogida e información.

 

-De educación ambiental: Estos equipamientos están destinados a actividades propiamente educativas, por lo que contienen materiales e instalaciones que permiten el desarrollo de actividades de media o larga duración.

 

- De recreo y actividades de ocio: Son equipamientos destinados a servir de apoyo soporte a actividades de tipo recreativo y de esparcimiento.

 

- De apoyo al alojamiento: Son equipamientos destinados al alojamiento, cobijo o refugio de los visitantes. Pueden ser considerados parte del uso público, aunque muchos de ellos forman parte de un uso turístico que excede el planteamiento estrictamente de uso público tal como se ha definido.

 

A continuación repasaremos algunos de los equipamientos de uso público más característicos, aunque existan diferencias en la aplicación o utilización de estos términos según territorios y administraciones.

 

CENTROS DE ACOGIDA, DE INTERPRETACIÓN O DE VISITANTES

 

Los centros de acogida o de interpretación, también denominados centros de visitantes, son, por lo general, los equipamientos de referencia de los espacios naturales. Incluyen un lugar de recepción e información (un mostrador) atendido personalmente, en el que se suministra la información básica sobre el lugar y se puede orientar la visita de acuerdo a los intereses y el tiempo disponible de los visitantes.  Los centros de visitantes suelen contener también un espacio destinado a la interpretación del espacio natural, con exposiciones, paneles, dioramas o material visual. Asimismo, puede haber también una pequeña tienda de recuerdos y de venta de material informativo sobre el espacio. Los diferentes nombres que se dan a este tipo de equipamientos hacen hincapié en alguna de las varias funciones que cumplen: acogida, información o interpretación (en muchos casos se denominan también como centros de educación ambiental, aunque en este caso, deben ofrecer una función educativa clara, que a veces se confunde con la interpretación).

 

A menudo, el centro de visitantes o de interpretación tiene adosadas las oficinas administrativas o de gestión del espacio, lo que reporta ciertas ventajas. En ocasiones, se constituyen verdaderos complejos de equipamientos donde concurren los servicios de acogida, información, interpretación, educación, oficinas de gestión del espacio, etc.

 

Los centros de interpretación o de visitantes han pasado a ser, en algunas ocasiones, auténticos centros de atracción de los espacios naturales, exagerando quizás su función y sentido. A veces, la multiplicación de centros (demandados por los diferentes municipios o fomentados por el interés en la función “propagandística” que pueden desempeñar para las autoridades administrativas), supera las necesidades razonables del espacio natural en el que se ubican (y sobre todo, puede resultar absurdamente desequilibrado el interés en invertir en estos centros frente al de hacerlos en la gestión de conservación del conjunto del espacio). Por ello, conviene reflexionar sobre el sentido y la función de este tipo de equipamientos y partir de unos criterios generales previos que deben formar parte del modelo de uso público establecido en los planes o en las estrategias globales de conservación y gestión del espacio. Algunos de estos criterios deben afectar a los siguientes aspectos:

 

- Número y tipos de centros de interpretación y acogida: Lógicamente dependerá de la extensión y características de cada espacio natural. Si las características del espacio incluyen la existencia de ámbitos territoriales bastante diferenciados o poco comunicados entre sí, tiene sentido plantearse varios centros, de forma que, para cada ámbito específico, pueda existir uno al que dirigirse. Sin embargo, multiplicar los centros de interpretación suele ser caro, tanto por la propia construcción (o rehabilitación y acondicionamiento) de las instalaciones, como por el hecho de que cada uno deberá disponer de personal que lo atienda. Por ello es generalmente preferible la existencia de un buen centro de interpretación frente a varios que estén mal dotados o resulten incompletos en su oferta de servicios. No obstante, en el caso de haber varios, por las razones que sean, puede ser razonable que la parte expositiva se especialice en cada uno temáticamente y en un sentido diferente, de forma que puedan existir centros dedicados a aspectos de fauna y flora, al paisaje humanizado y la cultura local, etc. Naturalmente, todos ellos debieran disponer de la parte informativa común.

 

- Ubicación: Los centros de interpretación y acogida deben estar ubicados en lugares accesibles que constituyan, en principio, una vía de acceso importante al espacio natural, aunque, de nuevo, esto estará condicionado a las características territoriales, las vías de comunicación existentes y la extensión del espacio. Por otra parte, si no se dan otras características o condicionantes más importantes, es recomendable que los centros se ubiquen en el interior o en las inmediaciones de los núcleos urbanos del propio espacio natural o de su periferia, a fin de impactar lo menos posible el territorio natural y conseguir su integración en la vida socioeconómica de estas poblaciones. En muchos casos, la ubicación de los centros responde a criterios de oportunidad (edificios disponibles, etc.) o derivan de acuerdos con los municipios integrados en el espacio natural protegido, por lo que pueden imponerse otros criterios a los de tipo técnico.

 

Aspecto exterior e interior, materiales empleados y tipo de construcción: Los centros de acogida de visitantes deben reflejar en su estructura y características los criterios y objetivos de protección y conservación del espacio natural y el medio ambiente. Esto supone que, siempre que sea posible, debieran ocupar edificios bien integrados en el entorno en el que se ubican; idealmente rehabilitando y dando una nueva funcionalidad a edificios preexistentes, de forma que no se añadan elementos arquitectónicos superfluos o exagerados a los pueblos en que se ubican, sino promoviendo la recuperación de antiguas construcciones o edificios sin uso o abandonados, a veces ruinas que, de otro modo, carecerían de financiación para su rehabilitación. A menudo es el propio edificio el que posee un valor en sí mismo, lo que resulta un criterio de selección adecuado para la ubicación del centro de visitantes. En otros casos, puede optarse por arquitecturas innovadoras que busquen la integración en el paisaje o la ocultación y el mimetismo si afectan al paisaje natural del entorno. Los materiales deben ser respetuosos con la protección ambiental, evitando el uso de materiales agresivos, impactantes o con grandes exigencias de gasto de recursos escasos en su fabricación. El diseño bioclimático del edificio, la aplicación estricta de todas las normas ambientales, la realización de una ecoauditoría preventiva que asegure reducir al mínimo los impactos y la reducción de los consumos posteriores son otros de los criterios a utilizar en el diseño y construcción de estos equipamientos e instalaciones.

 

Centro de recepción de visitantes. Lagunas de Villafáfila (Zamora) en un edificio de nueva construcción que busca la integración en el ambiente.

 

 

Centro de recepción de visitantes. Parque de Jasper (Canadá), utilizando una construcción típica de la zona en el centro de la localidad.

 

Tamaño y entorno del centro: Lógicamente, los centros deben ser dimensionados atendiendo a las previsiones de uso y al número de visitantes que lo vayan a utilizar en un periodo de tiempo razonablemente largo. Tanto las instalaciones previstas como los diferentes ambientes interiores deben respetar las expectativas de uso que tienen y que determinarán la acogida de visitantes para las que se diseñan las salas y el centro en su conjunto. De igual modo, es necesario prever el posible uso del entorno inmediato al centro y planificar adecuadamente el diseño de accesos y aparcamientos necesarios, integrando en ello funcionalidad y reducción de impactos.

 

Objetivos y enfoque del centro: Como ya se ha comentado, este tipo de centros posee una función múltiple que permite jugar con diferentes orientaciones según el sentido que se quiera reforzar: hay centros cuya función central es la expositiva, albergando un excelente centro de interpretación dotado con todo tipo de estrategias de comunicación y materiales que ayudan a los visitantes a comprender y apreciar las características del espacio natural (dioramas, paneles, montajes audiovisuales, colecciones, espacios interactivos, etc.); mientras que otros se orientan más hacia la información sobre las actividades y las visitas que pueden realizarse, al modo de los centros tradicionales de turismo, organizándolas y distribuyéndolas por el espacio natural. Algunos centros de acogida incluyen también un pequeño espacio comercial en el que se promocionan productos artesanales o gastronómicos de la zona (para los que deben exigirse y garantizarse la utilización de criterios de calidad) contribuyendo así a la dinamización socioeconómica que el espacio protegido incluye entre sus finalidades.

 

PUNTOS DE INFORMACIÓN

 

Los puntos de información son, estrictamente, equipamientos destinados a facilitar información al visitante. Hay una gran diversidad de tipos de puntos de información, aunque pueden considerarse dos grandes ejes de discriminación: la presencia de personal de atención al visitante y la integración del punto en otro equipamiento mayor del que forma parte.

 

En este sentido, el contenido y características de cada punto de información vendrá determinado por su definición respecto a los dos ejes anteriores: un punto de información aislado y atendido por personal será, por lo general, una pequeña instalación de tipo caseta o similar en donde personal de gestión de uso público atiende las necesidades de información de los visitantes. A menudo, este tipo de instalaciones se ubican en puntos de entrada al espacio o en determinadas zonas claves del mismo, como el comienzo de itinerarios o sendas, en donde ese personal orienta y a la vez vigila el acceso al interior. Otro tipo de punto de información es el que carece de personal, en cuyo caso se suele limitar a un panel informativo que contiene la información básica que se desea mostrar, a menudo un mapa del espacio con la información sobre instalaciones y zonas de visita, instrucciones y normas de comportamiento en el espacio natural, etc. A veces, el punto de información combina el panel de información estático con una caseta en el que durante algunos periodos de tiempo (en ocasiones solamente en las épocas del año con mayor afluencia de visitantes) se ofrece el servicio personalizado de información.

 

Punto informativo a la entrada de la senda del nacimiento del río Cuervo (Cuenca).

 

 

 

 

 

Punto informativo: panel permanente y caseta para atención personal en épocas de mayor asistencia de visitantes en el Monumento natural de Cueva Huerta (Asturias).

 

 

Los puntos de información integrados en otros equipamientos de uso público son, en cierto modo, partes de aquellos: se trata del mostrador de información de un centro de interpretación o del panel expositor o corchera con información ubicados en la gran instalación (generalmente un centro de visitantes).

 

También pueden ubicarse puntos de información en instalaciones, establecimientos o edificios que poseen otras funciones o cometidos que van más allá del estricto uso público, como centros de turismo cercanos al espacio natural, establecimientos comerciales u otros.

 

El contenido informativo del punto de información puede variar enormemente; en general suele consistir en información relativa a uno o varios de los siguientes aspectos:

 

- Datos y características generales del espacio natural (por tanto, material para el conocimiento del mismo, aunque si hay una carga elevada de interpretación, pasaríamos a hablar de este concepto y no de simple información)

 

- Oportunidades de uso público en el entorno: equipamientos, actividades, servicios; horarios, características de las prestaciones, etc.

 

- Posibilidades de alojamiento y facilidades turísticas del entorno (en realidad, son aspectos pertenecientes a la actividad turística, aunque se suelen mezclar con la información ligada al uso público)

 

Expresión mínima de un punto de información es una señal, que muestra una información mínima (una dirección, un límite, una distancia,...).

 

ECOMUSEOS, MUSEOS ETNOGRÁFICOS Y CENTROS TEMÁTICOS

 

El concepto de museo ha evolucionado mucho. Remontarnos a su origen etimológico puede ser retrotraerse mucho, pero también permite advertir algunos aspectos inmutables: los museos eran en origen las “casas de las musas”, es decir, los lugares donde habitaban las diosas de la memoria. Los museos han sido, por ello, lugares donde se albergan y muestran colecciones de objetos que presentan un valor de algún tipo: científico, cultural, artístico,… Sin duda, un museo es, hoy, algo bastante más complejo, pero siempre suele incluir aspectos de tipo pedagógico, divulgativo, de investigación o culturales (para el conocimiento) y otros de tipo colección (grupos clasificados de objetos valiosos en algún sentido). Así, muchos museos mantienen dos estructuras relacionadas y complementarias, pero diferentes: la colección (no expuesta en su totalidad) y la exhibición (la parte expuesta, que puede variar con el tiempo). Las funciones de comunicación y divulgación de los museos han ido aumentando con el tiempo y en buena parte constituyen la razón principal de ser de muchos de los museos no históricos.

 

Una posible definición canónica de museo es la que acordó el Consejo Internacional de Museos (ICOM, un organismo no gubernamental bajo los auspicios de la UNESCO): “institución de carácter permanente y no lucrativo al servicio de la sociedad y su desarrollo, abierta al público, que exhibe, conserva, investiga, comunica y adquiere, con fines de estudio, educación y disfrute, evidencias materiales de la humanidad y su entorno”.  La misma institución incluye en el concepto “museo”, entre otros, a “los sitios y monumentos naturales, arqueológicos y etnográficos” y a las “reservas naturales”.

 

Museo del Jurásico (Asturias)

 

En los años setenta, se propusieron nuevas visiones para la museología. Los franceses Georges Henry Riviere y Hugues de Varine Boham introducen en una Conferencia del ICOM celebrada en Grenoble en 1971 el concepto de ecomuseo o museo integral que trata de mostrar la vida social de una comunidad, tanto con un carácter etnográfico e histórico como actual. En su concepción original, el ecomuseo (“museo de la casa”) estaría repartido por un amplio territorio y se gestionaría por el conjunto de la comunidad cuya unidad cultural trata de divulgar y desarrollar: su finalidad última sería la de “contribuir al desarrollo de la comunidad en la que está ubicado”, de forma que debería “dedicarse a la interpretación del presente y su transformación, más que a la exaltación del pasado”. Es, pues, un “espejo de la comunidad” que contribuye a su desarrollo.

 

Más adelante, el término se asienta y, en cierto modo, se amplía y difumina. Los ecomuseos actuales se caracterizarían por:

 

- mostrar aspectos naturales, históricos o etnográficos en ámbitos espaciales que suelen superar los de un único edificio clásico de tipo museístico,

- no basarse en el atesoramiento de colecciones, y

- poseer un carácter fundamentalmente didáctico y de apoyo al desarrollo local (ecodesarrollo o desarrollo sostenible).

 

Aunque distanciándose ligeramente, por tanto, del concepto originalmente propuesto, los ecomuseos y museos etnográficos de muchas zonas rurales constituyen, junto con los museos o centros temáticos, equipamientos frecuentes en los espacios naturales, mostrando una variedad muy amplia de enfoques, características y concepciones en su diseño y estructura. Algunos de estos equipamientos (fundamentalmente los “centros temáticos” en un sentido estricto, entendidos como colecciones o muestras de algún aspecto del espacio natural, y  los museos o colecciones etnográficas) suelen forman parte, físicamente, de los centros de interpretación o de visitantes, o ubicarse aledaños a ellos, aunque en otras ocasiones se trata de pequeños centros dispersos ubicados en diferentes lugares del territorio del espacio natural que, en conjunto, ofrecen una muestra viva de su etnografía y de diversos aspectos de la vida sociocultural del lugar.

 

SENDEROS, RUTAS E ITINERARIOS (PEATONALES, A CABALLO, CICLISTAS)

 

Los senderos, sendas o itinerarios constituyen, probablemente, los equipamientos de uso público más conocidos y desarrollados en los espacios naturales. Hay muchos tipos de ellos: una primera diferenciación posible sería en función del modo de locomoción para el que están destinadas. Así tendríamos desde rutas motorizadas (para todo tipo de automóviles o solamente para “todoterrenos”) hasta sendas peatonales, pasando por vías aptas para bicicletas (vías de cicloturismo) o para caballos (vías ecuestres). Naturalmente, las características, potencialidades de uso, adecuación y grados de impacto ambiental dependerán de cada caso y tipo. Sin embargo, no se debe considerar cualquier camino un equipamiento de uso público en un sentido estricto, sino más bien un recurso que, en la medida en que se haya adecuado, podrá convertirse en un equipamiento. Para considerar de forma plena una senda como un equipamiento, ésta deberá contar con unas características mínimas, entre las que destaca su señalización, balizamiento y acondicionamiento para el uso público. Si, además, se cuenta con elementos que faciliten la interpretación de los paisajes y elementos naturales del territorio por el que atraviesa, podemos hablar ya de sendas o senderos de interpretación o interpretativos.

 

Naturalmente, los caminos existentes en un espacio natural constituyen la base natural sobre la que trazar los equipamientos de tipo senda, sendero o itinerario, aunque en ocasiones sea necesario abrir una senda nueva o trazar una en un determinado enclave.

 

Hay tres formas principales de dotar de elementos interpretativos al sendero:

 

- dotarlo de carteles o paneles explicativos que ofrecen la información necesaria de ayuda para la interpretación del patrimonio natural del lugar,

 

- facilitar una información impresa que contenga dicha información, u

 

- ofrecer servicios de guías intérpretes o monitores que proveen la información e interpretación a los visitantes.

 

Los tres mecanismos no son excluyentes, ofreciendo en conjunto diferentes posibilidades: desde senderos autoguiados (mediante documentación de mano o paneles a lo largo del mismo), hasta senderos guiados en los que el visitante se ve asistido por un guía o interprete ambiental.

 

Las ventajas y desventajas de unos u otros sistemas son variadas: así, por ejemplo, los senderos autoguiados mediante paneles requieren una inversión inicial en su creación y un mantenimiento posterior (pues se trata de elementos expuestos a las inclemencias del tiempo y a las potenciales malas acciones de algunos visitantes), aunque permiten una visita autoguiada y autónoma, con las ventajas que la misma representa para muchos visitantes. Por otra parte, los paneles requieren un enfoque didáctico y de diseño y un tratamiento capaz de integrarlos/camuflarlos en el paisaje que les permita, a la vez, ser fácilmente identificados y comprendidos por los visitantes, aunque siempre supondrán un añadido artificial al espacio natural.

 

Los itinerarios autoguiados, cuya interpretación se facilita mediante una documentación que porta el visitante, suelen ser adecuados en senderos que nacen en un punto de información o en un centro de interpretación que cuenta con personal de atención. No obstante, en algunos espacios naturales la información básica del sendero se facilita libremente a los visitantes mediante su ubicación en puntos de información no atendidos por personal del espacio natural, generalmente al comienzo del sendero y, frecuentemente, a partir de un aparcamiento. El visitante lleva esa documentación consigo (que puede estar plastificada) durante el recorrido, devolviéndola al final del mismo (por lo que es conveniente que el itinerario sea de tipos circular o de ida y vuelta). Este sistema es adecuado en itinerarios o sendas interpretativas cortas y exige una mínima educación cívica a los visitantes. Naturalmente, a pesar de todo, el punto de información debe recibir periódicamente la visita de personal de uso público a fin de reponer los posibles materiales perdidos o deteriorados.

 

Finalmente, los itinerarios o sendas guiadas por personal representan un servicio mucho más especializado y personalizado que puede requerir del cobro del servicio para ser asumido por la gestión del espacio.

 

El balizamiento o señalización de los caminos, rutas y senderos constituye otra de las características importantes de este tipo de equipamientos. El inicio del sendero ha de estar bien indicado y puede ir acompañado de un punto de información (por lo general un panel) que recoja la información básica sobre el mismo: fundamentalmente, su longitud, el tiempo estimado en ser recorrido, su grado de dificultad o exigencias y, a ser posible, un pequeño mapa que permita comprender su recorrido. En ese mismo punto de información se puede asimismo incorporar mucha más información que incluya una buena parte de la necesaria para interpretar el paisaje y los valores naturales que se visitan. También es importante incluir información acerca de los sistemas de balizamiento o señalización del sendero para evitar despistes o pérdidas.

 

Señalización de sendero en Los Escullos (PN Cabo de Gata, Almería)

 

 

 

 

Indicadores  de sendas (Fuentona de Muriel, Soria)

 

Los órganos gestores de los espacios naturales suelen tener, por lo general, bastante interés en ofrecer programas de senderos a sus visitantes, constituyendo éstos uno de los equipamientos más extendidos. Un buen programa de sendas debe respetar algunos criterios básicos que permitan dotarlo de los objetivos de suficiencia y adecuación. Algunos de estos criterios son los siguientes:

 

- Suficiente variedad en la oferta: Se trata de ofrecer un espectro amplio de posibilidades tanto en la distribución espacial o geográfica de los senderos por el territorio considerado, como en la posibilidad de visitar la mayor cantidad de paisajes y lugares de interés del enclave. En el criterio de variedad deben incluirse también las exigencias al visitante, de forma que, en la medida de lo razonable y posible, cada tipo de visitante pueda encontrar alguna oferta adecuada a sus capacidades, intereses, posibilidades y tiempo de permanencia en el lugar.

 

- Adecuación del sistema de sendas a las características territoriales y la zonificación de espacio: La variedad en la oferta del programa de sendas debe tener presente siempre su adecuado encaje en los sistemas de zonificación del espacio y el respeto a los criterios preferentes de preservación de la fragilidad, adaptándose plenamente a la capacidad de acogida de las diferentes zonas del espacio que recorra.

 

- Adecuación de las sendas a los criterios de seguridad de los visitantes: Las sendas deben incorporar todos los elementos que aseguren a los visitantes una información clara sobre sus características y demandas, de forma que se eviten situaciones de riesgo no deseadas. Del mismo modo, se debe dotar al conjunto de la suficiente vigilancia y seguridad en función de sus características concretas.

 

- Homogeneidad de los sistemas de señalización e información (“señalética”): El programa de sendas debe contar con unos criterios comunes a la hora de dotarlo de información (paneles, tipo y grado de información, logotipos, etc.), así como en los mecanismos y procedimientos de señalización y balizamiento. Esta homogeneidad o coherencia deriva, simplemente, de la aplicación al programa de sendas de unos criterios necesariamente comunes de los mecanismos y elementos de información y comunicación del espacio natural.

 

-        Relación entre las sendas, vías, rutas y otros equipamientos de uso público del espacio: El conjunto de equipamientos del espacio natural debe contar con la suficiente coherencia e integración entre sus diversos elementos, de los que el programa de sendas constituye un elemento sobresaliente. Dicha integración ha de promover la optimización de las visitas en el sentido de la reducción de los impactos puntuales, la mejora en la satisfacción del visitante y el mejor aprovechamiento de las visitas y de los recursos existentes.

 

 

Escaleras en la zona de Buferrera (P.N. Picos de Europa)

Puente en  la ruta del Alba (P.N. Redes, Asturias)

 

 

Cada senda tendrá unas características propias en función del lugar que recorre, de forma que variarán mucho de unos a otros lugares, incluso dentro de un mismo espacio natural; sin embargo, existen algunos criterios orientadores en el trazado de sendas que pueden ser tenidos en cuenta. Son:

 

- Son preferibles las sendas circulares que permiten iniciar y finalizar el recorrido en el mismo punto o muy cerca sin tener que andar sobre lo ya recorrido. Las sendas lineales tienen el inconveniente de que el visitante tiene que retroceder un camino ya visto o prever que alguien le recoja en el punto de llegada para retornar al inicio si es que tiene que volver allí, cosa frecuente.

 

- Las sendas duras y exigentes para el visitante, que exigen volver por el mismo recorrido no deben tener los tramos más duros, a ser posible, en el retorno. Este criterio suele cumplirse por el hecho de trazarse las sendas, por lo general, desde lugares bajos a lugares altos, pero en ocasiones no es así (por ejemplo, en descensos a cañones profundos): en esos casos es importante advertir de un retorno exigente al visitante.

 

- Los balizamientos o señalización de las sendas deben ser lo menos agresivos posibles, aunque siempre dentro de un criterio de fácil seguimiento. Existen determinadas normas de señalización en el caso de las sendas homologadas por las federaciones de montañismo. Algunas de las normas más sencillas utilizadas son las de indicación de camino correcto (líneas horizontales) y señalización de un camino que no debe seguirse (cruce de líneas formando una X). Las señales deben disponerse de forma que desde una pueda verse la siguiente, a menos que el camino entre medias no ofrezca dudas. A este respecto hay que tener en cuenta que el camino pueda quedar cubierto de nieve en invierno, obstaculizando el seguimiento en estas condiciones, así como que las propias señales puedan quedar ocultadas por la misma nieve (de ahí el frecuente uso de “acúmulos” o “pinganillos” de piedras sobre rocas elevadas, señalizando las rutas de alta montaña).

 

- Información lo más precisa posible en el inicio de la senda de las características principales de la misma: distancia, tiempo estimado de recorrido, gráfico y perfil del recorrido, nivel de exigencia, existencia de lugares donde proveerse de agua potable, etc.

 

- En muchos casos, el inicio de la senda será un punto de información, mirador o directamente un centro de visitantes. Si el acceso previsible es por coche, el inicio de la senda deberá disponer a ser posible de un aparcamiento dimensionado racionalmente a las capacidades y necesidades de la senda. Puede ser útil que estos puntos de accesos pueden disponer, además, de servicios higiénicos y de contendores de recogida de basura, lo más disimulados e integrados en el medio que sea posible.

 

- Es conveniente que las sendas permitan diferentes grados de uso, de acuerdo a los intereses y capacidades de los visitantes. Así, por ejemplo, una senda puede permitir un recorrido breve para quienes no pueden o no desean realizar una caminata exigente, determinando posibles puntos intermedios donde dar la vuelta o varios itinerarios circulares de diferente longitud. La creación de sendas aptas para visitantes con movilidad reducida (personas en sillas de ruedas, por ejemplo) es una consideración importante en los sitios en los que pueda habilitarse.

 

-La información sobre una senda debe incluir una idea aproximada de lo que el visitante puede encontrarse, no solo en términos de la exigencia física de su recorrido, sino de lo que puede ver o encontrarse, ayudando de esta forma a la interpretación ambiental del territorio recorrido.

 

-        Es muy recomendable que las sendas dispongan de un protocolo de seguimiento capaz de aportar información acerca del posible impacto ocasionado por el uso público. Eso supone disponer de indicadores capaces de aportar información de cuando es superada la capacidad de carga de la senda (ver el apartado de seguimiento de impactos ocasionados por el uso público)

 

 

AULAS DE LA NATURALEZA Y OTROS EQUIPAMIENTOS DE EDUCACIÓN AMBIENTAL (GRANJA ESCUELA, AULA DE LA NATURALEZA, AULA DE ECOLOGÍA, CAMPO DE APRENDIZAJE, CENTRO DE EDUCACIÓN AMBIENTAL, CASA DE LA NATURALEZA, ESCUELA DE LA NATURALEZA, ETC.)

 

Este tipo de equipamientos tienen como finalidad la de servir de instalaciones base a los programas de educación ambiental (EA). Dada la mayor demanda formal que tienen los programas educativos (que requieren de objetivos de aprendizaje y sensibilización, lo que supone aplicar metodologías más complejas que las generalmente requeridas en las actividades de información e interpretación), estos equipamientos suelen requerir de espacios, instalaciones y materiales específicos.

 

Se suele considerar que los primeros centros españoles de EA en medios naturales o rurales proceden de los primeros años de la democracia: en 1977 se abrió una Escuela de la Naturaleza  (“Can Lleonard” en Montseny, Barcelona) y en 1979 la primera Granja-Escuela (“Huerta La Limpia”, en Guadalajara: www.huertalalimpia.com). Desde entonces, la evolución del crecimiento en número de estos equipamientos ha sido interesante, adoptando la forma de una curva en forma de campana, con un máximo de crecimiento entre 1987 y 1994, periodo en el que el número de nuevos equipamientos de este tipo alcanzó la cifra de 45 instalaciones nuevas por año (Benayas, Gutiérrez y Hernández, 2003)

 

Exposición en el interior de un centro de educación ambiental e interpretación. Walnau (Alemania)

 

El número y tipo de equipamientos de educación ambiental es considerable y, como siempre, en el batiburrillo de nombres y etiquetas empleados es preciso andar con cuidado a la hora de precisar lo que cada uno significa, dado que no hay uniformidad ni homogeneidad en el uso de los términos. El primer problema surge con la propia definición del término (“equipamiento de educación ambiental”). Uno de los autores que más esfuerzo ha hecho para delimitar este concepto ha sido José Gutierréz. Algunas de las definiciones que ha aportado al término son (1995):

 

Un equipamiento ambiental es una estructura organizada que facilita la difusión de conceptos ecológicos y potencia la adquisición de hábitos proteccionistas, actitudes conservacionistas y valores de respeto hacia el medio ambiente.

 

Aquel conjunto de instalaciones extraescolares dotadas de infraestructuras y recursos suficientes como para desarrollar actividades que sirvan a los fines y propósitos de la EA bajo un modelo de funcionamiento pedagógico marcadamente no formal.

 

Yendo más lejos aún, este autor traza varios criterios delimitadores de los equipamientos ambientales que realizan educación ambiental (Gutiérrez, 1996):

 

- son un conjunto heterogéneo de espacios e instalaciones extraescolares ubicados en unos casos en zonas naturales de elevado interés ecológico; en otros, en áreas de marcado riesgo ambiental y, en muchos otros, en pleno casco urbano o núcleos de tipo rural, agropecuario o industrial.

 

- están dotados de una serie de infraestructuras que ofrecen la posibilidad de hospedaje a tiempo parcial o completo, permaneciendo en ellos uno o varios días para desarrollar itinerarios por el entorno, actividades de aula-taller o simplemente visitas guiadas de algunas horas dentro y fuera de las instalaciones disponibles.

 

- disponen de un Proyecto Educativo conscientemente explicitado cuyos fines y objetivos se encaminan al desarrollo de actitudes ambientalistas y la difusión de contenidos ecológicos relacionados con los entornos naturales y artificiales, los ciclos de la materia y la energía, el reciclaje de residuos, las cadenas de depredación y los modelos de interacción humana de cada cultura con su ambiente a lo largo de la historia.

 

- promueven unos modelos de intervención educativa de carácter eminentemente activista y manipulativo, con soportes metodológicos guiados por personal especializado o bien secuencias de autoaprendizaje y tareas de exploración individual o colectiva adecuadamente estructuradas en forma de recursos audiovisuales interactivos, actividades monitorizadas mecánicamente o exposiciones e itinerarios previamente programados y orientados por un cuaderno de campo o guía del visitante.

 

- disponen de una gama amplia de recursos y materiales para el desarrollo de las tareas educativas y los itinerarios pedagógicos. En ellos se pueden encontrar desde los rudimentos de la artesanía popular y las clásicas profesiones rurales vinculadas a la transformación de la materia prima, hasta los más modernos artefactos cibernéticos y recursos audiovisuales, pasando por el instrumental básico del naturalista o los materiales empleados por el científico en su laboratorio.

 

Araceli Serantes (2000), a su vez, los define como “los espacios educativos que cuentan con unas instalaciones apropiadas para el desarrollo de un proyecto educativo, en los que sus fines y objetivos son los propios de la educación ambiental; dicho proyecto es llevado a cabo por un equipo educativo estable y profesionalizado, que cuenta con una serie de recursos y materiales para la ejecución de sus actividades, en la mayoría de los casos, creados o adaptados por el propio equipo”.

 

O, también, (Serantes, 2004): “iniciativas heterogéneas de educación no formal, que cuentan con unas instalaciones (fijas o móviles) apropiadas para el desarrollo de un proyecto educativo, y cuyos fines y objetivos son los propios de la Educación Ambiental. El programa de estos centros lo desarrolla un equipo educativo estable y profesionalizado, que dispone de recursos y materiales -creados o adaptados por el propio equipo- para la ejecución y evaluación de las actividades. Las iniciativas son gestionadas coherentemente con los principios de sostenibilidad, así como evaluadas y revisadas por agentes internos y externos, con el fin de mejorarlas y actualizarlas”.

 

 

Bajo estas definiciones se ampara un amplio abanico de centros e instalaciones de diferente tipo y características, sobre los que se han ensayado diversas clasificaciones. Una de las primeras, quizás, fue la propuesta por H. Wals, G. Epler, y D. Aldridge (1976) que se recoge en el cuadro adjunto.


 

 

Equipamiento

Definición

Jardines escolares

Colecciones de muestras vivas situadas cerca de las escuelas urbanas

Zonas urbanas y zonas de riquezas naturales

Zonas donde se llevan a cabo investigaciones sobre el entorno para escolares o público en general

Jardines botánicos

Colección ordenada de plantas para el estudio de la biodiversidad

Jardines paisajísticos

Agrupaciones de las plantas existentes en determinado hábitat

Jardines zoológicos

Colección ordenada de animales para el estudio de la biodiversidad y las interrelaciones hombre-animal-entorno

Reservas de vida salvaje

Agrupaciones en un espacio natural o semi-natural de los animales propios de determinado hábitat

Museos nacionales

Colecciones de muestras y enseres confeccionados

Centros de información ambiental e instalaciones para la IA

Conjunto de soportes o materiales confeccionados para mostrar características del entorno donde se ubican

Centros rurales

Sin internado: Lugares para el estudio sobre el terreno, con
     instalaciones exclusivamente de día.
Con internado: permiten alojar a los escolares que realizan
     actividades en ellos

Campos escolares con equipamientos para la acogida

Espacios donde alojar a escolares que realizan actividades sobre el entorno

Centros especiales de IA y EA

Destinados a la experimentación y demostración

Itinerarios de IA y EA

Guiados o autoguiados; urbanos o rurales, dotados de estaciones de observación para estudiar directamente el medio

Cuadro: Clasificación de equipamientos de EA propuesta por Wals, Epler y Aldridge (1976)

 

Otras clasificaciones, más recientes, ofrecen información sobre los diferentes tipos de instalaciones y equipamientos de EA, aunque, en general, las denominaciones cambian con cierta frecuencia de unos a otros lugares, no existiendo un criterio único o común. Por ello, se han propuesto indicadores o categorías a emplear a la hora de clasificar y diferenciar los equipamientos. Estos indicadores no solo son útiles a estos efectos clasificatorios, sino desde la vertiente de evaluadores de la calidad de los equipamientos, un aspecto que ha comenzado a preocupar de forma importante a los expertos y técnicos (EUROPARC-España, 2006 b). Hay que tener en cuenta que en los equipamientos de educación ambiental se han de dar cita dos tipos de elementos:

 

- Las instalaciones físicas y los espacios abiertos que ejercen de recursos educativos e infraestructuras, y

 

- Los proyectos educativos que incluyen objetivos, contenidos, metodologías y sistemas de evaluación

 

En este sentido, algunos de los indicadores propuestos a la hora de estimar o evaluar la calidad de uno de estos equipamientos se muestran en el cuadro adjunto.

 

Acerca del lugar

El enclave ecológico y su accesibilidad.

La proximidad a núcleos rurales de interés y la disponibilidad de recursos hospitalarios.

Acerca de las instalaciones

La dotación de los espacios e infraestructuras.

La disponibilidad de comodidades básicas para el hospedaje.

El control sanitario de la alimentación.

El control higiénico del hospedaje e instalaciones

La peligrosidad de los edificios y los riesgos complementarios del entorno

La disponibilidad de sistemas de emergencia

Acerca de los recursos humanos y de gestión

La cualificación del personal.

La legalidad y transparencia en la gestión

La existencia de seguros de amplia cobertura para visitantes y usuarios

La atención específica a necesidades individuales y peticiones particulares de los usuarios

El grado de presencia en la comunidad educativa a través de su participación en jornadas o publicaciones educativas

Acerca de los programas

La calidad pedagógico-ambiental de los programas.

La variedad y diversidad de actividades y áreas de trabajo a desarrollar.

La transparencia en los principios de intervención pedagógica.

El grado de conexión con los objetivos y currículos escolares

Los sistemas de evaluación cualitativa y cuantitativa en relación a los objetivos perseguidos y satisfacción de las demandas iniciales de los usuarios

Cuadro: Indicadores de calidad para los equipamientos y programas de educación ambiental

(Adaptado de Gutiérrez, 1995)

 

 

JARDINES BOTÁNICOS Y CENTROS DE FAUNA (RECUPERACIÓN Y MUESTRA)

 

Los jardines botánicos y los centros de recuperación de fauna constituyen instalaciones o equipamientos multifuncionales, en los que el uso público incluye una de sus vertientes, junto a las de centros de conservación ex situ y centros de investigación. Algunos jardines botánicos y centros de fauna fueron diseñados con motivo de ofrecer un recurso de uso público, mientras que otros lo fueron con fines de conservación ex situ; en cualquier caso, buena parte de ellos han derivado hacia funciones conjuntas, siempre que ha sido posible. En realidad, normalmente no suele haber demasiados problemas en compartir estas funciones en el caso de los jardines botánico, aunque sí para algunos centros de fauna en los que la presencia de visitantes puede afectar o imposibilitar los objetivos de recuperación de animales para posterior su suelta en libertad.

 

Centro de recuperación de las tortugas gigantes de Galápagos. Centro Charles Darwin (Galápagos, Ecuador)

 

Las condiciones de estos centros, particularmente en el caso de los centros de fauna, debe ser exigente para con la calidad de trato a los animales, algo que no es precisamente frecuente en las instalaciones de tipo zoológico (ADENA ya elaboró un informe en 1994 muy crítico con estas instalaciones en España, donde se concluía que el 80% de estas instalaciones debían cerrarse o transformarse completamente), pero, en el caso de los centros de fauna ubicados en espacios naturales y con finalidades de uso público, la justificación principal debe descansar sobre todo en su contribución a tareas de conservación.

 

ÁREAS RECREATIVAS Y DE ESPARCIMIENTO

 

Las áreas recreativas y de esparcimiento constituyen, probablemente, los equipamientos primeramente desarrollados en espacios naturales. Estas áreas nacieron como fórmulas para ofrecer a los visitantes de medios naturales lugares acondicionados para pasar un tiempo en un medio natural o seminatural con algunas instalaciones de apoyo: mesas, fuentes, bancos, aparcamientos, etc. Más recientemente, algunos de estos equipamientos (antes áreas de “picnic” o merenderos) han integrado instalaciones de diferente tipo, como circuitos de prácticas deportivas, juegos infantiles, etc.

El mantenimiento periódico de las instalaciones es fundamental en la gestión del uso público: papelera para basura (Sierra de Guadarrama).

 

 

Instalación de servicios higiénicos en un área natural (Islandia)

 

El incremento de los incendios forestales y la relación de algunos de ellos con la práctica de realizar barbacoas, incluso en sitios acondicionados para ello, ha puesto en cuestión la idoneidad de estas instalaciones, prohibiéndose el encendido de fuegos en ellos como medida precautoria.

 

Las áreas recreativas y de esparcimiento tienen una función importante como filtro de demandas de usuarios que tan solo quieren pasar “un día de campo” realizando actividades recreativas y de esparcimiento que no requieren de espacios de una alta calidad ambiental, bien para todo el día o para una parte de él (comidas, por ejemplo). Por tanto, este tipo de equipamientos deben ser diseñados pensando en esa función, eligiendo para su ubicación lugares de relativamente escasa calidad ecológica (lo que no implica que no sean “acogedores”) o, al menos, de baja fragilidad y, preferentemente, lugares distantes de áreas de alto valor. La elección de espacios restaurados es una buena opción, al añadir al efecto filtro de estos equipamientos la de contribución a la recuperación y restauración de espacios deteriorados. El equipamiento debe comprender instalaciones que faciliten el uso pretendido y reduzcan los impactos, incluyendo, evidentemente, el mantenimiento (recogida de basuras, servicios higiénicos, etc.). En ocasiones, estas áreas recreativas pueden ser los puntos de inicio de sendas o ubicarse en el entorno de instalaciones del tipo de los centros de visitantes.

 

MIRADORES, OBSERVATORIOS

 

Los miradores constituyen equipamientos ubicados en lugares desde donde se puede observar un amplio escenario (cuenca visual) de gran calidad paisajística. Se encuentran relacionados con vías de comunicación o senderos. En el primer caso, requieren de aparcamientos. En ocasiones, el mirador puede comprender un punto de información o de interpretación del paisaje, generalmente mediante un panel. Como en otros equipamientos de uso público, sólo es razonable darle ese nombre cuando existe un diseño y unas determinadas estructuras creadas para el cumplimiento de sus fines.

 

Algunos miradores, ubicados en lugares altos y cercanos a precipicios, requieren de medidas de protección o seguridad para los visitantes.

 

Los observatorios, por su parte, son instalaciones ideadas para facilitar la observación de la fauna sin que esta se vea molestada o alterada. Existen de muy diverso tipo, aunque los más frecuentes son las casetas ubicadas cerca de una zona de acumulación de fauna (generalmente aves, pero no sólo) que poseen una entrada por el lado ubicado a espaldas del enclave de concentración de los animales y abre unas ventanas estrechas o disimuladas hacia ese lugar; este es el tipo habitual en zonas húmedas. Estas instalaciones pueden requerir vallas o cerramientos que oculten el acceso de los visitantes hasta el observatorio y un tratamiento de camuflaje mediante vegetación. El silencio en el interior del observatorio por parte de los visitantes es importante a fin de no molestar a la fauna.

 

Algunos observatorios pueden poseen una estructura elevada (por ejemplo, para observar amplias extensiones o para acceder a la observación de zonas altas de árboles). También hay observatorios móviles que pueden trasladarse, quitarse y ponerse, de tipo escondite (“hide”), utilizados sobre todo por parte de fotógrafos de naturaleza u observadores especializados.

 

 

 

Interior de un observatorio en las salinas del Parque Natural de cabo de Gata (Almería).

 

Exterior de un Observatorio del centro de interpretación de Villafáfila (Zamora)

 

APARCAMIENTOS

 

Los aparcamientos pertenecen a los equipamientos de apoyo, tratándose de instalaciones necesarias en muchos casos, pero de considerable impacto ambiental potencial, por lo que resulta muy importante dimensionarlos bien, elegir adecuadamente su ubicación y características (asfaltado o tratamiento del firme, accesorios, etc.). Su camuflaje, si es posible, resulta conveniente en casi todos los casos, pudiéndose realizar de diferentes modos: ocultación mediante barreras de vegetación (lo más natural y autóctona posible), aprovechando diferencias de terreno, etc.

 

 

Los grandes aparcamientos son siempre equipamientos impactantes. La pretensión de llevar hasta el núcleo de los espacios naturales a todos los visitantes en sus vehículos puede suponer la imposibilidad de evitar esos impactos en área de alta fragilidad ambiental o paisajística, por lo que debe analizarse la conveniencia de analizar las formas de acceso. Aparcamientos de la zona de “los lagos” en el P.N. Picos de Europa.

 

CENTROS DE DOCUMENTACIÓN E INVESTIGACIÓN

 

Generalmente ubicados en el interior de instalaciones de mayor tamaño y multifuncionalidad, muchos espacios naturales albergan centros de documentación y apoyo a la investigación, que suelen consistir en bibliotecas, salas de estudio, laboratorios o, incluso, lugares para acoger y alojar durante un tiempo a las personas interesadas en estas actividades.

 

En algunos lugares especialmente indicados para ello, el propio espacio natural tiene entre sus principales cometidos los de acoger a investigadores y facilitarles los recursos que les faciliten sus trabajos. Se trata, evidentemente, de espacios que suelen limitar y restringir las visitas, orientándolas a estos fines; a menudo se trata de enclaves destinados a estos objetivos, que forman parte de un área natural mayor. En estos casos, los centros de documentación o las instalaciones destinadas a facilitar las labores de investigación y estudio cobran un valor especial, constituyendo el centro de los equipamientos existentes (por ejemplo, en la Estación Biológica de Doñana (España) o en el Centro de Estudios Tropicales de La Selva (Costa Rica).

 

ALBERGUES Y REFUGIOS

 

Los albergues y refugios son instalaciones destinadas a acoger a visitantes en un régimen un tanto particular, generalmente compartiendo espacios comunes. Se consideran refugios a los ubicados en itinerarios de difícil o largo tránsito, habitualmente en zonas de montaña. Aunque se trata de instalaciones de alojamiento y que, por tanto, pueden considerarse parcialmente ligadas a la hostelería, se suelen contemplar como equipamientos de uso público y no directamente de turismo u hostelería (aunque el límite entre ambas resulta poco nítido en muchos casos).

 

ÁREAS Y ZONAS DE ACAMPADA Y CAMPAMENTOS

 

De forma similar a lo referido para la relación o diferencia existente entre albergues y refugios con respecto a los hoteles y casas rurales, cabe aducir para el caso de las áreas de acampada y campamentos con respecto a los cámpings y campamentos más turísticos. Cuando las finalidades de este tipo de instalaciones son más cercanas al concepto del uso público, deben contemplarse entre los equipamientos de este tipo, mientras que serán instalaciones de cariz más turístico en otros casos.

 

Suele distinguirse entre las áreas de acampada y los campamentos o cámpings, de forma que las primeras se conciben en general como instalaciones sin muchas dotaciones y servicios (siendo a veces simplemente lugares destinados a albergar en ciertos momentos tiendas de campaña sin apenas otros elementos), mientras los campamentos suelen presentar más elementos y condiciones para albergar no solo tiendas, sino también vehículos donde pernoctar, remolques y, en ocasiones, presentan incluso cabañas ya instaladas. Sin embargo, no siempre estas diferencias terminológicas se respetan.

 

OFICINAS DE GESTIÓN

 

Las instalaciones destinadas a albergar las oficinas desde donde se realiza la gestión del espacio natural (y, por tanto, también la gestión del uso público) son un equipamiento más;, aunque, por lo general, suelen formar parte de un edificio donde hay más equipamientos (dependencias incluidas en un centro de visitantes, por ejemplo).

 


VI. SERVICIOS Y ACTIVIDADES DE USO PÚBLICO: INFORMACIÓN, INTERPRETACIÓN Y EDUCACIÓN AMBIENTAL

 

El uso público ofrece servicios y actividades a los visitantes con un objetivo de acercamiento a los valores naturales mediante mecanismos de comunicación e interacción que, según sus características, pueden ser considerados como información, interpretación o educación ambiental.

 

INFORMACIÓN AMBIENTAL

 

La información ambiental representa el mecanismo más básico y sencillo de comunicación. En este caso, el mensaje puede ser muy básico o algo más complejo, pero no requiere de especiales estrategias de ayuda para su comprensión o aplicación. Por tanto, puede decirse que la información ambiental se produce cuando el mensaje es transmitido al receptor (el visitante real o potencial, en el caso del uso público) sin que exista además una estrategia de ayuda para su comprensión (en cuyo caso, estaríamos entrando ya en los concepto de interpretación o de educación ambiental).

 

La información ambiental facilitada en el uso público puede serlo en respuesta a una demanda (pregunta) por parte del visitante o puede ser “de oficio”, en el sentido de información transmitida por los gestores del uso público para el conocimiento general de los visitantes o usuarios del espacio natural.

 

Puede considerarse como información aquella que tiene como misión promover o fomentar conductas o comportamientos en la población, tanto en la ya atraída al espacio natural como la potencialmente interesada (en este caso, se incluye la publicidad sobre el propio espacio).

 

Cartel informativo de las normas de comportamiento a seguir en un espacio natural (Cabo de Gata, Almería)

 

 

 

Indicador del sentido de una ruta y de norma de comportamiento. Dunas de San Jacinto (Portugal).

 

INTERPRETACIÓN AMBIENTAL

 

Interpretar es dar un significado a algo. La interpretación ambiental, por tanto, supone dar un significado al medio ambiente, lo que aplicado al uso público en espacios naturales significa ayudar al visitante a dar ese significado al medio natural y sus elementos.

 

Rastrear el origen del concepto nos llevaría hasta los mismos orígenes de la política de parques nacionales en Estados Unidos, a finales del siglo XIX. La interpretación ambiental o del patrimonio natural nace, pues, en su sentido moderno, de la mano de la protección de espacios naturales.

 

Un hito importante en la evolución de este concepto fue debido a Freeman Tilden (1957) quien definió la interpretación como “una actividad educativa que pretende revelar significados e interrelaciones a través del uso de objetos originales, por un contacto directo con el recurso o por imágenes, no limitándose a dar una mera información de los hechos (luego él mismo matizó que hubiera sido más acorde con su idea haber utilizado el término “recreativa” en vez de “educativa”).  

 

Cuatro elementos se destacan en el concepto de interpretación (Edwards, 1976):

 

- Supone una comunicación atractiva

- Aporta una información concisa y breve

- Es entregada en presencia del objeto interpretado

- Su objetivo es la revelación de un significado

 

Ideas como las de “traducción de significados a través de formas asequibles a los no especialistas”, “comunicación pensada para ayudar a la comprensión de los visitantes” o “revelación de significados e interrelaciones entre el patrimonio natural y cultural”, son algunas de las que han sido empleadas en las diversas formas de explicar el sentido de la interpretación del patrimonio. Entre nosotros, la interpretación del patrimonio ha sido definida como “el arte de revelar in situ el significado del legado natural, cultural o histórico, al público que visita esos lugares en su tiempo libre (Asociación para la Interpretación del Patrimonio: AIP-España: www.interpretaciondelpatrimonio.org).

 

Naturalmente, dado que se trata de otorgar significados, la interpretación ambiental tiene que contar con tres elementos esenciales en el proceso: el objeto a interpretar, el público (o visitante) al que se ayuda a interpretar y el intérprete que lo hace (y que supone cuenta con un cuerpo explicativo que aporta la base de la interpretación).

 

 

Cuadro: los tres elementos en la interpretación ambiental: el objeto, el intérprete y quien es ayudado a interpretar

 

 

Cartel que ayuda a la interpretación ambiental. Volcán Poás (Costa Rica)

 

Un aspecto interesante en la interpretación ambiental frente a algunas formas de educación ambiental reside en el hecho de que aquella siempre realiza su función entre lo que se llama población no cautiva, es decir, que realiza su actividad por decisión propia. Esto supone varias consecuencias, entre las que descansa el que el sujeto (el visitante) es el decisor absoluto del grado y tiempo que tiene la actividad (aunque puede delegar esa función temporalmente en algunas ocasiones, como cuando se inscribe en una actividad de interpretación, como una visita guiada, de la que quizás resultaría posible, aunque violento, descolgarse una vez iniciada. En general, las actividades de interpretación poseen un grado mayor de voluntariedad y de autonomía que las actividades de educación ambiental propiamente dicha, así como una duración menor y una formalización (definición de objetivos, métodos y sistemas de valoración) inferiores; aunque, como siempre, estas afirmaciones deben ser matizadas y analizadas en cada caso concreto.

 

 

EDUCACIÓN AMBIENTAL

 

Las actividades de educación ambiental en espacios naturales han constituido tradicionalmente una parte importante de los programas de educación ambiental. No obstante, hay que precisar que de las actividades de uso público, sólo aquellas que poseen una estructura, finalidad y, por decirlo de alguna manera, complejidad educativa, suficiente han de ser consideradas como educación ambiental.

 

El Congreso Internacional de Educación y Formación sobre Medio Ambiente, celebrado en Moscú en 1987, definió la educación ambiental como “un proceso permanente en el cual los individuos y las comunidades adquieren conciencia de su medio y aprenden los conocimientos, los valores, las destrezas, la experiencia y también la determinación  que les capacite para actuar, individual y colectivamente, en la resolución de los problemas ambientales presentes y futuros”.

 

De acuerdo con esta idea, las actividades, equipamientos, servicios y programas de tipo educativo (lo que supone aprendizajes) que, dentro de la planificación del uso público, pueda ofrecer un espacio natural protegido, constituirán su oferta de educación ambiental. Esta oferta puede estar pensada como actividades que complementan los programas educativos de otras instituciones (generalmente instituciones educativas formales) o autónomos. En el primer caso, se puede tratar de la oferta de recursos propios (no solo los elementos del propio espacio natural, sino equipamientos) o de actividades pensadas para interactuar o reforzar los contenidos y objetivos educativos de los otros programas. En el otro caso, se trata de actividades autónomas e independientes de los currículos escolares o de otros programas educativos, que oferta la administración de uso público del espacio natural por su cuenta.

 

Suelen distinguirse en la educación dos (o tres) tipos (no siempre bien diferenciados entre sí): la educación denominada formal es aquella que opera a través de instituciones propiamente educativas persiguiendo unos objetivos definidos legalmente y que capacitan a los individuos de una forma determinada y graduada en la adquisición de conceptos, procedimientos o actitudes. Es la educación desarrollada en escuelas, colegios, institutos o universidades.

 

La educación no reglada y desarrollada en ámbitos no escolares, pero que posee unos objetivos y metodologías bien definidos y claramente educativos es denominada como educación no formal.

 

Finalmente, se ha denominado educación informal aquella que origina aprendizajes, aunque estos se consigan a través de procesos que no poseen objetivos pedagógicos claramente definidos. Son aprendizajes adquiridos mediante procesos no intencionales o no planificados desde el punto de vista de los objetivos pedagógicos.

 

Algunas de las actividades de educación ambiental que puede ofrecer un espacio natural protegido pueden estar enmarcadas en el ámbito de una potencial colaboración con los programas educativos formales de las instituciones responsables. Esto es especialmente interesante para la colaboración con los centros educativos del entorno y, en realidad, cabe definir este tipo de actividades como de educación formal si se da esa integración entre el currículo escolar y la actividad desarrollada en el espacio natural, que, en este caso, se convierte en una actividad extraescolar (término realmente poco adecuado, pero consolidado, que se refiere a las actividades educativas realizadas fuera del centro escolar) con  el apoyo de recursos externos (que puede incluir los monitores de educación ambiental del espacio natural).

 

La educación ambiental en espacios protegidos permite integrar actividades educativas y de interpretación del medio. Alumnos del IES El Escorial en una salida de campo por el P.N. Peñalara.

 

Un segundo tipo de actividades son aquellas que, siendo destinadas a colectivos de estudiantes, realmente operan de una forma poco coordinada con los currículos escolares, por lo que, poseyendo objetivos y metodologías definidos, pertenecen más a los ámbitos de la educación no formal, por más que se desarrollen ligados a una institución educativa.

 

Verdaderamente  pertenecientes al ámbito de la educación no formal son las actividades educativas ofrecidas por la administración de uso público de un espacio natural realizadas por colectivos que no vienen en tanto que estudiantes de una institución educativa o que desarrollan la actividad en un marco no reglado. Es el caso, por ejemplo, de campamentos educativos fuera de periodo escolar, cursos independientes de actividades en el medio natural, actividades desarrolladas para colectivos, grupos o asociaciones, etc.

 

Podrían considerarse como actividades de educación informal los aprendizajes adquiridos en las actividades de interpretación que, aunque parten del manejo planificado de conceptos y datos y utilizan metodologías de transmisión y de divulgación del conocimiento, no constituyen estrictamente auténticos programas pedagógicos o educativos.

 

Una parte importante de la población destinataria de los programas y actividades de educación ambiental en los espacios naturales forma parte de la llamada población “cautiva” (población escolar), lo que tiene algunas implicaciones importantes a la hora de aplicar las metodologías educativas (como, por ejemplo, en la importancia de los elementos motivadores previos, que en el caso de algunas otras destinatarios de programas educativos no formales o informales puede tener menor relevancia por la suposición de su existencia previa).

 

El desarrollo de la educación ambiental en los últimos tiempos ha sido, a la par, vertiginoso y contradictorio. Mientras la multiplicación en cantidad y calidad de los proyectos y programas justifican el primer calificativo, la integración e institucionalización de la educación ambiental en los ámbitos formales de la educación posibilitan el segundo, exigiendo un análisis no exento de crítica centrada en el hecho de que, a menudo, la integración “transversal” ha sido más una declaración formal y supuestamente normativa que la realidad resultante de una política ordenada y suficiente de apoyos que posibilitaran su realidad. Por otra parte, la investigación sobre la educación ambiental ha construido ya un espacio aceptablemente amplio que permite ya realizar unos diagnósticos interesantes sobre su evolución y perspectivas (Benayas, Gutiérrez y Hernández, 2003).


VII. EL IMPACTO DEL USO PÚBLICO

 

El uso público, como cualquier tipo de uso del territorio, puede generar cambios en éste. Eso significa que es una potencial fuente de impactos ambientales. Superara la capacidad de carga o de acogida de un espacio puede representar introducir impactos ambientales serios en los ecosistemas. No obstante, una buena planificación y gestión del uso público pueden aminorar hasta hacer plenamente tolerables esos impactos. Incluso cabe hablar de efectos positivos cuando la gestión del uso público va pareja y coordinadamente con una gestión eficaz de conservación. Por ello, toda planificación y gestión del uso público han de contemplar la realización de un seguimiento y evaluación continua de los potenciales impactos sobre el medio ambiente del espacio natural.

 

IMPACTO AMBIENTAL Y EIA

 

Se entiende como impacto ambiental todo cambio realizado en el medio natural debido a una actuación humana. En un sentido técnico, el impacto ambiental supone la necesidad de delimitar previamente la actividad humana que lo genera, de forma que se habla del impacto ambiental de una actividad o el que generaría un proyecto determinado. Así, la valoración de ese impacto determina la llamada evaluación del impacto ambiental, ligada al proyecto, actuación u obra que se considere. Se trata de medir y valorar la distancia en términos de calidad ambiental que experimenta el medio ambiente con y sin proyecto o actuación. A este respecto es importante destacar la importancia que tiene plantear la idea de impacto de una forma dinámica y no meramente estática, lo que quiere decir que hay que medir esa distancia teniendo en cuenta que el medio ambiente evoluciona en el tiempo, por lo que hay que integrar esa evolución en el cálculo de la distancia que hemos de estimar.

 

Imagen que expresa el concepto de impacto ambiental como distancia entre la calidad del medio con y sin proyecto

 

 Posteriormente a la idea de evaluación de impacto ambiental de un proyecto, y debido a la necesidad de valorar los efectos o impactos ambientales de programas, políticas y planes más amplios, se ha definido la llamada evaluación estratégica ambiental, que supone un paso más en la línea de ampliar la potencia de las medidas preventivas que tratan de evaluar los efectos humanos sobre el medio ambiente con antelación a su realización, es decir, como ayuda a la toma de decisiones.

 

La evaluación de impacto ambiental constituye un procedimiento técnico y administrativo que busca evaluar de forma preventiva los posibles impactos que una determinada actuación, en fase de proyecto, va a tener. El procedimiento completo supone tres etapas que pueden ser diferenciadas: el estudio técnico (Estudio de Impacto Ambiental: EsIA), la Evaluación de Impacto Ambiental (EIA o EvIA) y la Declaración de Impacto ambiental (DIA). En conjunto constituye una interesante y potente herramienta de prevención ambiental que, lamentablemente, suele ser menos eficiente de lo posible debido a la insuficiente capacidad que se les suele conceder (en recursos humanos y en apoyo político) a los departamentos responsables de su seguimiento en las administraciones públicas responsables.

 

El estudio de impacto ambiental constituye un estudio de diagnóstico del medio ambiente (tanto natural como socioeconómico) del lugar que va a sufrir o verse afectado potencialmente por el proyecto o la actuación. Con él se busca analizar los diferentes elementos y componentes de esos medios natural y social, definir su estructura y funcionamiento y contemplar sus aspectos de fragilidad y potencial susceptibilidad a los efectos derivados de las actuaciones previstas. Este estudio es responsabilidad de las empresas u organismos (públicos o privados) que impulsan el proyecto o la actuación, denominados a estos efectos como “órgano promotor” (esta cuestión siempre suscita sospechas o precauciones, aunque no debiera ser preocupante si el órgano ambiental tiene suficiente capacidad técnica y “política” efectiva para rechazar estudios y evaluaciones defectuosas). Previamente al estudio de impacto, la administración responsable del permiso ambiental (denominada “órgano ambiental”) puede imponer criterios y aspectos a ser tenidos en cuenta de forma particularizada en el estudio (previamente puede haber hecho las pertinentes consultas a organizaciones ambientalistas, interesados o expertos).

 

Ciertas actividades causan un considerable impacto ambiental, por lo que debe ser reguladas y vigiladas estrictamente (Monte de El Pardo, Madrid)

 

 

El estudio de impacto ambiental incluye y culmina en una evaluación de impacto ambiental, mediante la cual se valoran todos los impactos previsibles del proyecto o actuación sobre el medio ambiente. Para esta evaluación es fundamental, evidentemente, el conocimiento del proyecto o actuación con un grado suficiente de detalle, tanto en su fase de funcionamiento como en la de construcción, dado que la evaluación ha de valorar ambos.

 

Para realizar la evaluación de impacto ambiental se pueden utilizar muy diversas técnicas, aunque en general se pueden resumir en tres: listados de contraste, que valoran los impactos por su posibilidad de producirse (una técnica sencilla a menudo utilizada en estudios pequeños o con carácter preliminar en los más complejos); matrices de impacto (las más utilizadas: cruzan acciones del proyecto y factores del medio valorando cada cruce); y redes y flujos de interacciones (complejos, tratan de valores efectos indirectos y sinergias).

 

Técnica

Explicación

Ventajas

Inconvenientes

Listas de contraste

Se listan los impactos y se clasifican según grados de posibilidad de producirse.

Simplicidad y utilidad en estudios preliminares.

Ignoran efectos complejos o derivados. Excesivamente intuitivos y subjetivos

Matrices de impactos.

 

Se crean cuadros de doble entrada que relacionan acciones del proyecto y factores ambientales, valorando cada cruce

Poder sintético y capacidad de utilizar datos y valoraciones cualitativos y cuantitativos.

Excesiva subjetividad en algunas valoraciones

Frecuente ignorancia de efectos indirectos o sinérgicos.

Redes y flujos de interacción

Se crean cadenas de efectos e interacciones entre elementos del medio a partir de los impactos puntuales identificados

Identificación y expresión de las relaciones e interacciones.

Excesiva complejidad en algunos casos.

Dificultad en la identificación de algunas relaciones.

Cuadro. Tipos de técnicas especiales de evaluación de los impactos ambientales

 

Una de las técnicas más conocidas, por tratarse de un método pionero, es la matriz de Leopold, que consiste en un listado de 100 acciones que pueden causar impactos ambientales y 88 características ambientales que pueden verse afectadas (Leopold definió este método a partir de la evaluación del impacto de una mina, pero es adaptable a muchos tipos de proyectos). Esta combinación produce, por tanto, una matriz con 8.800 casilleros. En cada casillero, a su vez, se distingue entre magnitud e importancia del impacto, en una escala que va de uno a diez. La magnitud del impacto hace referencia a la cantidad física de impacto que la acción ejerce sobre el factor: el valor dependerá de un patrón de comparación que hay que establecer, y puede tener un signo positivo o negativo, dependiendo de si es que el tipo de modificación identificada es deseable o no. La importancia, que sólo puede recibir valores positivos, viene dada por la ponderación que se le asigne al factor ambiental en el contexto del territorio afectado y puede ser muy diferente de la magnitud. Las sumas laterales y por grupos de factores y de acciones permiten identificar las acciones más impactantes y los factores más afectados.

 

Esquema básico de la matriz de Leopold. Cada cuadro (cruce de una acción y un factor) debe ser evaluado de acuerdo con la magnitud y la importancia del impacto previsible. La matriz completa descompone los grupos de acciones y de factor hasta definir 100x88 celdillas (no todas tienen sentido en todos los casos).

 

Evidentemente, las técnicas de evaluación de impacto ambiental carecen de sentido si no existe un sólido estudio que ampare y justifique las valoraciones que se hacen.

 

El estudio y evaluación de impacto ambiental han de ser expuestos para su consulta y eventuales alegaciones por parte de cualquier interesado, en un proceso de información pública. Posteriormente, el órgano ambiental debe estudiar la documentación presentada por el promotor (estudio y evaluación) y las alegaciones presentadas por los interesados o afectados y determinar, en primer lugar, si el estudio es suficiente y adecuado (en caso contrario puede rechazarlo o devolverlo para su ampliación o mejora). En caso de aceptar el estudio y evaluación entregados ha de emitir una declaración de impacto ambiental que supone la denegación del proyecto o su aprobación con o sin medidas correctoras. Estas medidas correctoras pueden afectar al diseño, la fase de construcción o la etapa de funcionamiento del proyecto y exigen un programa de seguimiento y vigilancia de su cumplimiento que suele constituir otro punto flaco en la eficacia y rigor de las EIA.

 

En conjunto, el procedimiento abarca un complejo sistema de pasos que, de ser correctamente desarrollados y vigilados, constituyen un mecanismo importante de previsión de impactos y toma de decisiones que se ha ido generalizando en la legislación ambiental para proyectos y actuaciones de suficiente entidad como para causar daños relevantes al medio ambiente.

 

 

Procedimiento completo de una EIA

 

 

 

EVALUACIÓN DE IMPACTOS DEL USO PÚBLICO

 

El uso público utiliza el territorio de una forma suave. De hecho, puede considerarse este uso como “no consuntivo”, es decir, un uso que no consume los recursos (el medio): es por ello, que puede constituir un uso perfectamente sostenible (puede darse indefinidamente) sin problemas, si se atiene a unos criterios mínimos. Los impactos derivados de este uso son, por ello, ligeros por lo general, aunque eso dependerá en gran medida de la fragilidad del medio en concreto, de la cantidad de usuarios y del comportamiento de éstos.

 

Los principales impactos previsibles del uso público se pueden ordenar en dos tipos: los impactos producidos por las obras, instalaciones o equipamientos de uso público; y los impactos producidos por los visitantes.

 

Los impactos generados por las instalaciones y equipamientos de uso público son responsabilidad absoluta de los gestores y administradores del uso público. Algunos equipamientos pueden llegar a tener un importante grado de efecto alterador del medio natural, con el agravante de que se realizan en espacios naturales generalmente de alto valor ambiental, y, por tanto, resulta importante realizar una evaluación de impacto ambiental que permita advertir de posibles efectos y evitarlos o aminorarlos lo máximo posible. En realidad, lo razonable es que los planes y programas de uso público pasen una evaluación estratégica que evidencie preventivamente los posibles impactos que puedan producirse.

 

En realidad, en la evaluación de los impactos generados por las instalaciones y equipamientos de uso público deben considerarse la mayor parte de los potenciales impactos previsibles derivados del uso de tales instalaciones y equipamientos por los usuarios o visitantes: es evidente que si se diseña una senda interpretativa, en la evaluación de la misma no solo deben analizarse los impactos de su construcción (trazado, ampliación o asentamiento de veredas previas, mejora de caminos, etc.), dotaciones (balizamientos, señales, puentes, etc.) y efectos sobre el paisaje, por ejemplo, sino además los efectos de su uso, es decir, los de los visitantes que la recorran. Eso implica que deben estimarse los valores máximos de capacidad de acogida (número de visitantes máximos que tolera el espacio natural que recorre la senda) que permitan un uso no impactante. Existen diferentes técnicas que permiten realizar estas estimaciones, aunque los resultados van a depender de una forma determinante del comportamiento de los visitantes, por lo que resulta importante conocer algo del mismo (no es lo mismo trazar una senda en un espacio en el que la previsión de uso lo es por una población educada y respetuosa ambientalmente, que en un caso en el que la previsión de uso incluye una parte importante de comportamientos incívicos o de gamberrismo).

 

En el caso de aquellos equipamientos de cierto volumen (como centros de visitantes, albergues, refugios o museos) o exposiciones críticas (como miradores u observatorios), es importante realizar una evaluación de impacto que analice la forma de reducir los impactos derivados de la ubicación, alteración del paisaje, efectos indirectos, etc.; y, además, que incluya consideraciones sobre el diseño del mismo, de forma que se aminore el efecto de alteración paisajística, buscando la integración en el medio, así como incorporando los elementos necesarios para hacer menos gravoso para el medio su funcionamiento (gestión de residuos, obtención de energía, etc.).

 

Los impactos producidos por los visitantes van a depender del diseño general del plan de uso público con los equipamientos relacionados y del comportamiento real de los usuarios. Eso quiere decir que es preciso realizar un seguimiento sobre las actividades y conductas de los visitantes en relación con sus impactos sobre el medio, permitiendo así modificar aspectos del plan y de los programas de uso público en función de esos datos. La evaluación continuada de los impactos debe incluir aspectos concretos ligados a la utilización de equipamientos (sendas, miradores, observatorios, etc.) y generales (grado de afección general sobre el espacio natural).

 

En el caso general de la evaluación del impacto aceptable en un espacio natural por el uso turístico o uso público, se han desarrollado diversos métodos de análisis de la capacidad de carga que contemplan diferentes grados de aproximación a este concepto.

 

La capacidad máxima de carga, como ya hemos visto, es un concepto adaptado tanto a la ecología como al uso público a partir de la gestión ganadera. Desde el punto de vista de la gestión del uso público, consiste en la cantidad máxima de visitantes o usuarios del uso público que puede soportar de forma sostenible, sin perder calidad ambiental. Naturalmente, existen muchos aspectos en esta idea que requieren de mayor precisión, como el del nivel y medida de la calidad ambiental o el mismo de cantidad máxima, pues puede referirse a cantidad máxima simultánea o en un periodo determinado de tiempo (como anual). Por otra parte, el concepto mismo de visitante medio es una abstracción que implica presunciones acerca de un tipo de comportamiento y conducta determinados.

 

 Así, una primera aproximación consiste en estimar la capacidad de carga física, determinada por la relación entre el espacio disponible y la necesidad de espacio de los visitantes (y en un tiempo determinado). Esta idea, muy básica, cobra sentido en espacios limitados como pueden ser los determinados por un sendero (estas técnicas pueden ser aplicadas a la evaluación de la capacidad de carga máxima de un espacio natural en general, pero lo son frecuentemente para estimar la regulación de visitas aceptables en un sendero específico, por ejemplo).

 

Esta capacidad de carga física puede ser corregida (por reducción) al contemplar diferentes aspectos como la erosionabilidad, accesibilidad, efectos individuales sobre la fauna o la flora, etc. Los coeficientes de corrección han de ser estimados para cada lugar en concreto y dependen de muchos factores, requiriendo una re-evaluación constante para ajustarlos a cada lugar.

 

Finalmente, puede considerarse también una tercera vertiente de la capacidad de carga, que se ha denominado como capacidad de carga permisible, que tiene en cuenta la capacidad de la administración responsable de gestionar y controlar el cumplimiento o de realizar el seguimiento del uso, así como las dotaciones o acondicionamientos disponibles en el lugar.

 

Además de los métodos de análisis de la capacidad de carga (“carrying capacity”), se han propuesto otros métodos diferentes al de la estimación de la capacidad de carga, como el de “limite del cambio aceptable” (LAC en siglas inglesas), “visitantes y protección de los recursos” (VERP) o “gestión del impacto de los visitantes en áreas protegidas” (PAVIM, en siglas inglesas), cada una con sus particularidades y características (hay una considerable bibliografía al respecto; ver, por ejemplo: Farrel y Marion, 2002).

 

PREVENCIÓN Y SEGUIMIENTO DE CAMBIOS

 

En un espacio natural sometido a uso público es importante tener un programa de prevención y seguimiento de los cambios posibles que el uso público pueda estar originando. Eso supone no solo realizar estudios y evaluación de impacto ambiental de las nuevas obras, de la construcción de equipamientos o de sus modificaciones, sino también realizar un seguimiento constante de los posibles cambios que se puedan ir produciendo como consecuencia de la práctica del uso público.

 

Se puede simplificar este programa de seguimiento centrando la búsqueda de posibles cambios en los siguientes aspectos del medio natural especialmente sensibles a los impactos del uso público: calidad visual, calidad acústica, suelos, incendios, acumulación de residuos sólidos, aguas, vegetación y fauna. Todos ellos requieren de un seguimiento basado en el uso de indicadores.

 

Los indicadores ambientales son variables fáciles de medir y que aportan información sobre uno o varios parámetros del medio que nos interesa conocer o seguir. El grado de fiabilidad del indicador es importante, como lo es su sencillez de medición.

 

Requisitos que ha de cumplir un indicador

(basado en el sistema de indicadores ambientales de Andalucía)

 

La OCDE propuso en 1994 un modelo de indicadores ambientales basado en la idea combinada de estimar presión-estado-respuesta. La presión estima la fuente u origen del impacto; el estado, la situación ambiental al respecto; y la respuesta la medida o medidas capaces de contrarrestar la presión y mejorar el estado ambiental. La Unión Europea adoptó esta línea de modelos de indicadores ampliándola con nuevos elementos de forma a mantener un sistema de información ambiental continuado. De esta manera se fueron definiendo sistemas de indicadores ambientales organizados por áreas temáticas y basados en este tipo de modelos.

 

El modelo PER ( presión-estado-respuesta) de indicadores ambientales propuesto por la OCDE

 

 

Los impactos o la pérdida de la calidad visual suponen la afectación al paisaje debida al uso público. Tanto por la realización de obras, instalaciones o equipamientos que causen un deterioro paisajístico al espacio natural, como por la presencia abusiva de visitantes o automóviles que reducen el valor de un medio natural o rural. Indudablemente, la valoración de la pérdida de calidad visual en un paisaje natural o rural contiene importantes elementos de subjetividad, lo que no debe hacer desistir de su medición. El grado de satisfacción de los visitantes es importante en este caso: si se busca un espacio natural y se encuentra un medio lleno de visitantes se produce una importante frustración en las expectativas que aparecerá recogido en el grado de satisfacción de los visitantes (que puede ser un indicador). Por otra parte, los impactos que determinan una pérdida de la calidad paisajística suelen ir acompañados de otros efectos (ahuyentan la fauna, aumenta el nivel de ruidos no naturales, etc.).

 

Los impactos sobre la calidad acústica del espacio natural son importantes y a menudo paralelos a la pérdida de calidad paisajística o visual, aunque dependiendo del tipo de medio puede que sean aquellos más determinantes (por ejemplo, en un sendero por el interior de un bosque tupido en el que se supera los visitantes generaran un elevado nivel de ruidos). Los ruidos (que pueden ser voces, pero también determinados por los automóviles) tienen el efecto negativo, ya aludido, de artificialización o antropización del medio natural y de expulsión de buena parte de la fauna.

 

Los impactos sobre los suelos proceden de una superación de la capacidad de carga. El uso excesivo de un sendero o de una zona por visitantes a pié llega a provocar efectos de erosión realmente marcados hasta el punto de convertirse en un grave problema en algunos sitios muy frecuentados. Las huellas de erosión puntual o areolar, la compactación del suelo, la pérdida de humus o de capas de hojarasca, el descubrimiento de las raíces más superficiales de los árboles, las pérdidas en la cobertura vegetal, etc., son algunos de los indicadores de impactos derivados de un sobre-uso del espacio. La introducción de vehículos con grados diferentes de capacidad erosiva (bicicletas, motocicletas, vehículos todoterreno, quads, etc.) incrementa los problemas de forma grave.

 

Los incendios forestales constituyen uno de los problemas ambientales más graves en espacios naturales frecuentados. El aumento desorbitado de los conatos e incendios ha sido gravísimo en España y en otros muchos países en las últimas décadas. La coexistencia de una población urbana que sale al campo pero no está habituada a vivir en medios naturales y rurales, junto al abandono en muchas zonas de métodos tradicionales de gestión de los espacios forestales, están en las raíces del incremento de incendios por negligencias: fuegos de barbacoas, cigarrillos mal apagados, restos de vidrios abandonados, etc. (Otras causas de incendios, a menudo mucho más graves e importantes, están ligadas a una intencionalidad clara: incendios provocados para justificar reclasificaciones de terrenos, pérdidas de valor ambiental, reducción de matorral, eliminación de escondrijos para la caza, etc.). En este caso, los indicadores no tienen por qué limitarse a los conatos e incendios originados, sino a la observación de prácticas inadecuadas, valoración de la igniscibilidad del medio forestal, acumulación de maleza, etc.

 

La acumulación de residuos sólidos es uno de los impactos más ligados al uso público. El abandono de restos de comida, bolsas o residuos de todo tipo no solo afean estéticamente el paisaje, sino que pueden generar muchos otros problemas de muy variado tipo (por ejemplo, en medios marinos, el abandono de bolsas de plástico es una de las causas de mortalidad importante de algunas tortugas marinas que las comen confundiéndolas con medusas). Sin duda el tipo de residuo es importante en la consideración de la gravedad de sus efectos, pero incluso los llamados residuos biodegradables (como los restos de comida) determinan problemas de contaminación no sólo estética sino de otro tipo (orgánica). La acumulación de residuos en determinadas zonas (como áreas de recreo o sendas) puede ser debido a una falta de planificación de los sistemas de recogida de estos residuos (inexistencia o falta de recogida suficientemente frecuente de papeleras, contenedores de basuras). Todo ello es relativamente fácil de ser evaluado y seguido a través de la recogida de datos sobre la presencia de estos residuos, que puede ser, además, complementado con el uso de otros indicadores (como la misma percepción de los visitantes sobre este tema).

 

Los impactos sobre las aguas, en el caso del uso público, derivan en general de la llegada de residuos líquidos o sólidos a cauces o a acuíferos, creando problemas de contaminación en estos medios (eutrofización, si se trata de residuos orgánicos que generan una fertilización excesiva de los medios acuáticos, con proliferación de aguas, pérdida de oxigeno en las mismas, reducción de la biodiversidad, emisión de gases reducidos, como metano, etc.). La medición de parámetros de calidad de las aguas permite realizar este seguimiento, complementado con la observación sistemática de la presencia de residuos antrópicos en los cauces o las aguas.

 

Los impactos sobre la vegetación por parte del uso público pueden proceder de la pérdida de cobertura vegetal por obras ligadas al uso público (trazado de sendas, ubicación de equipamientos, etc.), evitables o previsibles mediante la realización de evaluaciones de impacto, o de acciones de los visitantes: recogida de determinados tipos de plantas, rotura de ramas, aplastamiento de matorrales, vandalismo sobre árboles, etc. El seguimiento de estos impactos es relativamente sencillo, pudiendo utilizarse listados de observación específicos para este tipo de efectos o realizando el seguimiento de las poblaciones de aquellas especies que pueden verse afectadas por la recolección selectiva. también puede ser interesante controlar la aparición de especies exóticas o alóctonas al espacio por traslado de semillas, alteración del medio, etc.

 

Los impactos sobre la fauna vienen determinados por el ahuyentamiento de las especies más sensibles a la presencia humana o por el acoso directo sobre algunas de ellos. Como consecuencia pueden aparecer modificaciones en las comunidades, con incremento de especies plaga, oportunistas, etc. El seguimiento de poblaciones determinadas de algunas especies o la realización de censos periódicos por ejemplo en el entorno de áreas frecuentadas por los visitantes, sendas, etc., mediante técnicas de censo y muestreo (transectos, estaciones de escucha, etc,) son algunos de los métodos de valoración de este tipo de impactos. La aparición de especies exóticas (muy frecuente en medios acuáticos: tortugas, peces) debe ser considerado.

 

CONTROL, CORRECCIÓN Y RESTAURACIÓN

 

El control de los cambios inducidos por el uso público en el espacio natural, su corrección y restauración forman parte de la planificación y ordenación del uso público y la reducción de impactos. En conjunto, son actividades que pueden englobarse en un programa específico dentro de la planificación, pero, en cualquier caso, requieren una coordinación estrecha con la gestión de conservación si, como es habitual, el espacio natural donde tienen lugar el uso público tiene una regulación jurídica y una gestión de protección.

 

El control de los cambios debe planificarse ya desde la aplicación de las técnicas o métodos de prevención, como la evaluación de impacto ambiental, que permiten advertir sobre la posibilidad y tipo de tales cambios. La declaración de impacto ambiental de una obra o proyecto, por ejemplo, incluirá probablemente la advertencia de reducir los impactos y controlar los cambios, para lo que será necesario adoptar modificaciones o cautelas en determinados procesos o etapas de la construcción o funcionamiento del proyecto. En el caso de los cambios determinados por la utilización del territorio por los visitantes para el uso público, el seguimiento de los posibles impactos y los cambios que puedan observarse deberá ir ligado al diseño de actuaciones capaces de contrarrestar los efectos negativos mediante la aplicación de técnicas de control y regeneración o actuando sobre la intensidad y tipo de uso. En los casos que sea preciso, será necesario poner en marcha programas de restauración, como ya se vio en el capítulo relativo a “la mejora de la oferta del territorio”.

 

 


VIII. PLANIFICACIÓN DEL USO PÚBLICO

 

 

INSTRUMENTOS PARA LA PLANIFICACIÓN DEL USO PÚBLICO

 

El uso público de los espacios naturales exige ya un tipo de planificación específica (con su posterior gestión) capaz de asegurar que los objetivos previstos en materia de información, interpretación, educación, seguridad e integración con los fines de conservación se cumplan.

 
Partimos aquí de la consideración de la planificación como un proceso organizado y secuenciado dirigido a la identificación y ejecución de actuaciones mediante mecanismos de adopción racional de decisiones. En este sentido, han sido descritas, de una forma operativa, seis etapas en la composición de un ciclo completo de planificación (García Fernández, 1998; que lo propone en un documento de asesoría sobre planificación en el marco del Convenio sobre Biodiversidad, aunque el esquema posee un carácter general):

 

  1. Etapa de Diagnóstico: Supone analizar la situación actual
  2. Etapa de construcción de una visión (objetivos): Consisten en definir adónde se quiere llegar desde la situación actual
  3. Etapa de diseño de estrategias u orientaciones estratégicas: Implica identificar qué caminos son los que nos permitirán alcanzar la situación deseada.
  4. Etapa de construcción de un plan de acción o de actuación: Donde se diseña el conjunto de acciones que permiten aplicar las orientaciones estratégicas en la práctica, señalando los recursos institucionales y financieros asociados.
  5. Etapa de implementación o ejecución: Supone ejecutar el plan de acción
  6. Etapa de seguimiento y evaluación: Consiste en evaluar lo realizado para introducir, en su caso, modificaciones en la continuación del mismo.

 

En el caso concreto del uso público, la planificación se concreta en un documento denominado Plan de Uso Público o Plan de Ordenación del Uso Público, que en el caso de los espacios protegidos forma realmente parte o está supeditado al Plan de Uso y Gestión (o Plan Rector de Uso y Gestión, PRUG) de dicho espacio.

 

Siguiendo criterios generales, podríamos jerarquizar los documentos de planificación en tres niveles; de menor a mayor: proyectos, programas y planes. Un grado superior aún estaría representado por las estrategias. Esta nomenclatura sigue la corriente dominante entre los métodos de planificación que impulsan los organismos e instituciones internacionales dedicados a aspectos ambientales (UICN, PNUMA, CDB, etc.), aunque hay que precisar que, a menudo, las diferencias terminológicas entre distintos estilos o escuelas de planificación hacen que sea recomendable comprobar el uso específico de cada término en un caso concreto.

 

 

 

 

Organigrama indicativo de la estructura jerárquica de los elementos de planificación desde “estrategia” a “proyectos”

 

Proyecto: definido habitualmente como “un conjunto de actividades interrelacionadas orientadas a un fin específico”, el proyecto posee una dimensión muy concreta, con un plazo de finalización aceptablemente corto y unos presupuestos y especificaciones técnicas bien definidas. Los proyectos pueden considerarse, por tanto, como las unidades de ejecución de los planes.

 

En todo proyecto pueden diferenciarse tres etapas o fases:

 

- Fase de planificación: aunque el proyecto pueda estar esbozado en el plan o programa de los que dependa, el grado de detalle y concreción que requiere, exigirá una fase específica de planificación. En esta fase deberán detallarse los plazos de ejecución y los recursos necesarios.

- Fase de ejecución: recoge las tareas y actividades de realización propiamente dicha del proyecto.

- Fase de control, seguimiento o evaluación: una vez finalizadas las tareas de ejecución del proyecto, es preciso realizar un seguimiento del mismo, lo que supone realizar una evaluación de los resultados obtenidos.

 

A su vez pueden identificarse tres tipos de objetivos:

 

- los relativos a los resultados finales (en términos de calidad),

- los relativos a los costes, y

- los relativos a los plazos.

 

Los tres son igualmente importantes, aunque son los relativos a los resultados los que constituyen la justificación y sentido del proyecto. Por ello, en todo proyecto se busca definir el ámbito de actuación capaz de posibilitar la mejor consecución de los tres objetivos en un ámbito concreto de disponibilidad de recursos y de estándares de calidad predeterminados. Esto se puede representar de una forma gráfica, tal como se indica en la figura.

 

Representación gráfica del compromiso entre la consecución de grados equilibrados de los tres tipos de objetivos en un proyecto

 

Los proyectos, o unidades de actuación, están lógicamente referidos a un ámbito espacial y temporal concretos. Son, por tanto, parte de los planes y programas de un espacio natural determinado y sus plazos y presupuestos deber estar definidos de una forma detallada.

 

Programa: Se trata de una conjunción de proyectos unidos por un objetivo común y superior. Los programas deben constituir unidades aceptablemente homogéneas identificadas por unos objetivos comunes o unos aspectos temáticos similares. En el caso del uso y gestión, los programas representan áreas de actuación temática en las que se resuelven los planes. Son, por tanto, ámbitos de la planificación que se refieren a un espacio natural concreto. Debido a su especialización temática, pueden constituir, en su estructura general, instrumentos de planificación de carácter referente y constante, aunque sus contenidos precisos (los proyectos y actuaciones a desarrollar) deberán concretarse en un ámbito temporal determinado. Por otra parte, al formar parte del documento de planificación de un espacio natural concreto, los programas quedan supeditados al plan de uso y gestión de dicho espacio; y puesto que el ámbito temporal de estos planes de uso y gestión (y, por tanto, de los planes de uso público) es de varios años, los programas dispondrán de ese mismo marco temporal, requiriendo en su caso de especificación anual para su gestión y realización (en los planes anuales).

 

Plan: constituye la dimensión de planificación que toma el nombre general del proceso. Parte de unos objetivos amplios y exige un tiempo de ejecución medio. Los planes, en el campo del uso público, suelen poseer una duración de varios años (la misma que los planes de uso y gestión de los espacios protegidos, en su caso) y, en principio, se refieren a un único espacio natural (del mismo modo que lo hacen los Planes de Uso y Gestión o PRUG). Al igual que ocurre con los programas, su carácter plurianual hace necesaria la concreción anual a la hora de hacerlos operativos (en los planes anuales de actuación).

 

Estrategia: representa el marco más general de planificación, es decir, contiene y define la política y las directrices generales, de muy amplio rango, que guiarán y definirán la elaboración de los planes. Las estrategias, en el ámbito del uso público de los espacios naturales, deben tener el nivel de aprobación más alto en el rango administrativo responsable: les corresponde el nivel que posea la competencia máxima o exclusiva en materia de uso público. Las estrategias deben determinar los conceptos, objetivos y directrices aplicables a las redes de espacios naturales protegidos o a todo un ámbito territorial de competencia y gestión común (un estado, una región, una comunidad autónoma,..).

 

Se ha empleado también el término Plan Director para identificar un posible nivel jerárquico superior al de la Estrategia, en donde se especificarían las líneas de actuación a seguir, dejando así en a la estrategia la definición de los criterios de gestión. No obstante, ambos conceptos tienen un grado de correspondencia y cohesión que les hace muy dependientes y, por tanto, tal vez pueda ser poco operativo diferenciarlos. En cualquier caso, el ámbito de aplicación de ambos, tal como ya se ha indicado, debe corresponder a un espacio territorial amplio y, en el caso de limitarse a espacios protegidos, deben ser aplicados a redes o sistemas de espacios naturales protegidos.

 

Algunos de los posibles objetivos de una estrategia de uso público son:

 

- Definir el marco de política general en donde se inscribe e identifica la planificación del uso público.

- Identificar las directrices que guían la acción política en el ámbito del uso público y permitir así un marco de referencia para la planificación de mayor detalle.

- Definir los objetivos a largo plazo del uso público: lo que en planificación se ha venido a denominar como la “visión”.

- Delimitar los conceptos utilizados en la gestión del uso público.

- Ordenar la planificación, estableciendo una secuencia de procesos a seguir, con identificación de jerarquías y mecanismos de alto nivel.

- Establecer el modelo general de uso público a la escala de gestión más alta y amplia.

- Determinar los procesos de participación e integración de las comunidades locales en el uso público.

- Determinar los mecanismos generales de evaluación, revisión y control del proceso de planificación y ejecución del uso público.

- Definir un ámbito de prospectiva que permita describir los cambios y procesos esperables en la evolución del uso público a medio y largo plazo.

 

 

Esquema de jerarquización de los instrumentos de planificación de la Junta de Andalucía en relación con el uso público (Molina y Pardo de Donlebún, 2003)

 

PLAN DE USO PÚBLICO EN UN ESPACIO NATURAL

 

Se ha propuesto designar específicamente como Plan de Uso Público el documento marco que incluye tanto el diagnóstico de los aspectos fundamentales que han de ser tenidos en cuenta a la hora de decidir el modelo de uso público a aplicar, como las actuaciones consecuentes a desarrollar; la definición del modelo elegido y las directrices de actuación que emanan de él (Hernández de la Obra y Gómez-Limón, 2005). De este modo, podrían diferenciarse tres aspectos o partes esenciales del documento:

 

- Diagnóstico de situación

- Modelo de uso público adoptado

- Directrices que rigen los programas a desarrollar

 

En el caso de un espacio natural protegido que formara parte de una red de espacios que, a su vez, tenga elaborada una estrategia de uso público explícita o implícita en algún tipo de documentos de planificación, una buena parte del contenido del plan vendrá determinado por aquella, quedando por definir los aspectos concretos que individualizan o caracterizan la planificación en el espacio natural concreto del que el plan se ocupa.

 

El programa o grupos de programas de uso público, por su parte, se ocuparía de establecer, de una forma ordenada y organizada temáticamente (en los programas que se definan), las actuaciones a desarrollar y las medidas a acometer en cada ámbito temático; actuaciones que luego podrán desarrollarse en forma de proyectos concretos.

 

De esta forma, aunque se ha propuesto expresamente  la diferenciación expresa de los documentos denominados Plan y Programa (Múgica de la Guerra y Gómez-Limón 2002; Hernández de la Obra y Gómez-Limón, 2005), entendidos de esta manera, cabe perfectamente entender que el Plan como conjunto integra al grupo de programas que lo desarrollan, aunque es evidente que el contenido específico de la parte que hemos definido expresamente como Plan puede seguir siendo válido para un marco temporal superior al de los programas. Por ello, los programas pueden necesitar ser reelaborados cada cierto tiempo, aún siguiendo los planteamientos y directrices de un Plan no modificado y de vida, por tanto, más larga.

 

Propuesta general para el contenido de los planes de uso público realizada por el Plan de Acción para los espacios naturales protegidos de EUROPARC-España (Múgica de la Guerra y Gómez-Limón, 2002)

 

EL MODELO DE USO PÚBLICO

 

Como parte de las decisiones adoptadas en la Estrategia, en el Plan Director o en los Planes de Uso Público, el modelo concreto adoptado debe dar cuenta de aquellos criterios de referencia que determinan el marco teórico general de uso público decidido. Esto significa que se deben definir aquellos rasgos generales del uso público que no vayan de verse afectados por cambios accesorios o previsibles en plazos de tiempo medios o cortos. Se trata, pues, de delimitar los criterios y directrices generales adoptados con respecto a aspectos como los siguientes:

 

- sobre la relación con otros sectores económicos e instituciones competentes sobre el territorio

- sobre el personal adscrito al uso público

- sobre la gestión y tipología de los equipamientos

- sobre la prestación de servicios y su tipología

- sobre la distribución territorial de equipamientos y servicios

- sobre los mecanismos y formas de participación de la población local

- sobre la gestión económica y presupuestaria

 

Se ha indicado la importancia que tiene especificar estas decisiones, que conformarían el modelo de uso público adoptado, a fin de evitar una excesiva vulnerabilidad ante posibles cambios institucionales, técnicos y políticos, asegurando así una trayectoria más continua y eficiente al marco global de uso público elegido. Esto exige, por tanto, contar con una participación pública amplia en un proceso de debate y acuerdos que lleven a un grado de consenso elevado antes de adoptar el modelo de uso público.

 

A continuación, revisaremos de una forma general los criterios sobre las cuestiones anteriormente señaladas como constitutivas del modelo de uso público por decidir.

 

DIRECTRICES RELACIONEADAS CON  SECTORES ECONÓMICOS E INSTITUCIONES RELACIONADAS CON EL USO DEL TERRITORIO

 

Los sistemas de gestión ecosistémica del territorio vienen insistiendo en la necesidad de sustituir los tradicionales modelos jerárquicos de toma de decisiones de las diferentes instituciones implicadas en la gestión económica y territorial por mecanismos de complementación y relación que adopten la estructura de redes horizontales. Los directores de los espacios protegidos pasarían así a desempeñar un papel de coordinadores y factores de cohesión entre las diferentes políticas y actuaciones que se ejercen sobre el territorio. Esto supone la exigencia de contar con perfiles y habilidades profesionales en los que las competencias de coordinación, diálogo o negociación son fundamentales, junto a otras más tradicionalmente propias de la gestión territorial. De seguirse estos sistemas de gestión, se definirían nuevos ámbitos de resolución de los conflictos a partir de la aplicación de mecanismos de toma de decisiones que exigen una alineación coherente de los modelos aplicados, también en el caso del uso público.  Dadas las inevitables fricciones e incompatibilidades que aparecerán entre diferentes tipos de usos del territorio (implicando evidentemente al uso público) resulta importante delimitar bien en la planificación esos mecanismos generales para la toma de decisiones, así como definir aquellos ámbitos de coordinación que los faciliten.

 

En el caso del uso público, las conexiones e interferencias entre este ámbito de gestión territorial y el que se ocupa del turismo resultan particularmente importantes de atender, así como las conexiones potenciales que pueden existir con otros sectores económicos que actúan en el territorio y que pueden verse afectados (o afectar) al uso público. Las formas de concitar intereses y evitar disputas o facilitar su resolución en el caso de que se produzcan, debe formar parte del marco referencial de criterios generales que constituyen esa parte del llamado modelo de uso público.

 

Finalmente, resulta muy importante establecer claramente los mecanismos de coordinación que debe haber entre el área específica de gestión del uso público (y su personal adscrito directa o indirectamente) con otros sectores o instituciones que poseen funciones relacionadas estrechamente con algunos otros aspectos del uso público, como la vigilancia, la seguridad, el rescate de víctimas, etc. Esto puede exigir establecer acuerdos de coordinación no solamente con elementos de la gestión del espacio natural protegido, sino con otras instituciones (SEPRONA, Policía, Protección Civil, Ejército…) u organizaciones (sociedades excursionistas, federaciones de montaña, espeleología, etc.).

 

DIRECTRICES RESPECTO AL PERSONAL ADSCRITO AL USO PÚBLICO

 

Las tareas y actividades a desarrollar a la hora de ejecutar los planes y programas de uso público exigirán a las unidades o áreas de gestión del uso público disponer de unos determinados recursos humanos. Los criterios aplicados en la gestión de esos recursos humanos (es decir: las políticas de personal) forman parte del conjunto de decisiones que configuran el modelo de uso público elegido. En realidad, no hay grandes diferencias entre las necesidades de personal para la gestión del uso público y las existentes con respecto a muchas otras áreas de gestión.

 

Los tipos de contratación, la definición de las plantillas, las formas de seleccionar al personal, los perfiles y formación demandados y las políticas de formación permanente del personal adscrito a la gestión del uso público constituirán otros tantos elementos en la definición del modelo en este campo.

 

La cuestión de la superposición de las tareas de uso público con otras actividades constituye un aspecto de reflexión y decisión a abordar. Aunque la tendencia viene siendo la de identificar un área específica de gestión del uso público, existen numerosas situaciones intermedias que juegan con perfiles laborales que comparten tareas de uso público con otras funciones, lo que puede complicar en cierto modo los análisis y la planificación, aunque nunca al punto de imposibilitarlos. A efectos prácticos, se ha propuesto considerar como personal adscrito al uso público aquel que desempeña más del 50% de su jornada laboral en aspectos o cometidos de ese tipo. En este sentido, se puede necesitar contemplar funciones mixtas con otras actividades de gestión en la planificación de recursos humanos del uso público, aunque siempre será importante diferenciar los ámbitos de gestión en la planificación general.

 

La formación de los profesionales de gestión del uso público es un aspecto importante en la planificación. Alumnos de Gestión del Uso Público del IES El Escorial en el P.N. Hoces del Duratón

 

Se han identificado, a efectos descriptivos, tres tipos de personal relacionado con el uso público (Hernández de la Obra y Gómez-Limón, 2005):

 

- Personal estable. Es el que trabaja de una forma continuada para el organismo gestor del espacio protegido, bien como funcionarios o a través de contratos laborales con la Administración o con una empresa pública.

 

- Personal eventual. Es el que trabaja de una forma discontinua para el organismo gestor mediante contratos con la Administración o con una empresa pública.

 

- Personal externo. Es el que trabaja de una forma fija o eventual en empresas gestoras de equipamientos y servicios a través de contratos o concesiones.

 

Las decisiones sobre el personal tienen que ver estrechamente con las referentes a la gestión de equipamientos y servicios, así como con las propias de gestión económica.

 

En España, el modelo predominante en cuanto al personal que trabaja en gestión (no sólo de uso público) en los espacios protegidos de tipo “parque” es el de una pequeña parte de los puestos de trabajo ocupada por funcionarios (un 12% en la red de parques nacionales y un 37% en los parques naturales y similares), otra parte equiparable por personal contratado laboral (22-23%) y el resto (alrededor de la mitad) como contratados externos (65% en parques nacionales y 40% en otros parques). Este sector (gestión en “parques”) emplea actualmente unas 2.500 personas, de las que el 53% lo hace en parques nacionales (EUROPARC-España 2006 a).

 

Por otra parte, dependiendo de los modelos adoptados para el personal, así como de otros aspectos del modelo de gestión del uso público, se necesitará definir una política de capacitación y de formación permanente del personal. Los métodos de capacitación y formación permanente, a partir de la exigencia de una formación previa específica y de la eventualidad o permanencia del personal considerado, podrán formar parte de un programa específico, pero los criterios generales pueden ser formulados en la adopción y definición de criterios generales del modelo de uso público.

 

DIRECTRICES SOBRE GESTIÓN Y TIPOLOGÍA DE LOS EQUIPAMIENTOS

 

El modelo de uso público debe adoptar decisiones y directrices sobre los equipamientos, orientando su gestión y definiendo los que se potencian o priorizan.

 

Los equipamientos constituyen una de las partes fundamentales en la que se asienta el ordenamiento del uso público. Al ser instalaciones y construcciones físicas que dan soporte a las actividades y facilitan la prestación de los servicios, determinan en buena parte las posibilidades de la oferta.

 

Un primer tipo de decisión general sobre los equipamientos (se adopte de una forma explícita o sea el resultado de una práctica real, aunque no conste en documento alguno) reside en la cantidad y cualidad de los equipamientos a construir o instalar. Esta decisión tiene una consecuencia evidente en términos de presupuesto y no solo desde el punto de vista de las inversiones necesarias para su instalación o construcción, sino por la necesidad de dotar de recursos económicos periódicos al programa de mantenimiento de los mismos. Esto es importante especialmente hoy en España, donde los espacios protegidos han pasado de no contar con apenas dotaciones de equipamientos a situaciones en las que puede considerarse excesiva la cantidad de instalaciones y construcciones. En cualquier caso, el número de equipamientos ha crecido significativamente en los últimos años y lo sigue haciendo (como media, cada parque español tienen cerca de 9 senderos, más de 5 miradores, otros tantos aparcamientos y otras tantas áreas recreativas, casi 4 observatorios, casi 3 áreas de acampada, al menos 1 centro de visitantes, casi 2 museos, otras tantas aulas de naturaleza,...). Esto es tanto por una lógica de mejora de la oferta del uso público como porque muchas administraciones encuentran en el incremento de los equipamientos una fórmula de marketing y atracción hacia el espacio natural, hasta el extremo de que, en algunas ocasiones, puede llegar a parecer que el verdadero objetivo a mostrar es el propio equipamiento más que el espacio natural para cuya interpretación y disfrute sirve.

 

La racionalidad en la relación entre los equipamientos existentes y su finalidad o sentido en el espacio natural debe ser asegurada en cualquier modelo de uso público, aunque una vez aceptado esto, es posible adoptar diferentes estrategias o decisiones sobre estos aspectos. Así, por ejemplo, el tipo de equipamiento a promover o priorizar es una decisión que puede caracterizar distintos modelos generales de uso público o particularizar el de un espacio natural concreto. Una administración puede, en este sentido, decidir adoptar una línea identificativa propia en el enfoque con el que aborda el tipo y cantidad de sus equipamientos: puede centrar el modelo en el trazado de numerosas sendas autoguiadas de bajo impacto, con un centro de visitantes de referencia; o dotar los espacios con muchos puntos de información con un señalización específica que permita a los visitantes recibir la información necesaria y ayuda para la interpretación del paisaje repartidas por todo el territorio; o establecer pequeños pero relativamente abundantes centros de visitantes con ecomuseos y exposiciones temáticas diversificadas; o adoptar un modelo tradicional de miradores, rutas y áreas recreativas interconectadas; o priorizar los equipamientos que favorecen particularmente la aplicación de programas de educación ambiental sobre la mera información sobre el territorio… Muchas son, sin duda, las opciones, que dependerán tanto de las características del tipo de espacios naturales para los que se destinen, como de las opciones y decisiones que se hagan al respecto de los equipamientos.

 

Sendero con diversas facilidades para el visitante (Fuentona de Muriel, Soria)

 

Si las anteriores decisiones se refieren al tipo y cantidad de equipamientos, hay otro conjunto de decisiones por adoptar que también sirven para perfilar o definir el modelo de uso público promovido, que se refieren a las fórmulas de gestión y propiedad de estos equipamientos. Aquí las decisiones pueden ir desde la utilización de fórmulas de gestión pública y propiedad directamente asumidas por la institución responsable del espacio, a fórmulas con diferente grado de privatización de los equipamientos.

 

Por lo general, aunque los modelos de gestión indirecta (en los que la administración del espacio protegido controla el uso público, pero no realiza las prestaciones de servicios, que se ceden, contratan, conciertan o encargan a otras entidades públicas o privadas) son cada vez más habituales, los equipamientos suelen ser financiados por las administraciones de los espacios que, son, por ello, sus titulares. No obstante, no son raros los casos en los que éstas buscan establecer convenios de acuerdo con otras entidades públicas o privadas (fundaciones, empresas) para la financiación de algunas de las instalaciones. La financiación totalmente privada de los equipamientos sin patrocinio (es decir, que permanecen con titularidad privada) suele darse sólo en aquellos casos en los que aquellos están ligados a una actividad o un servicio prestado por la entidad privada propietaria que le saca rendimiento económico (habitualmente cobrando su uso a los visitantes o usuarios): en este caso, el papel de la Administración es el de conceder el permiso de instalación del equipamiento o de la prestación del servicio en el espacio protegido.

 

Existen casos particulares de espacios naturales que tienen propiedad privada y los equipamientos creados para su uso son también privados. Esto es más frecuente en países como Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania o Francia, en los que organizaciones no gubernamentales mantienen y gestionan equipamientos de uso público de espacios naturales protegidos. En estos casos, evidentemente, la definición de la gestión de estos equipamientos corresponde a sus propietarios. Sin embargo, hay casos intermedios de convenios o subvenciones en los que se pueden acordar las condiciones de gestión y los criterios pueden venir establecidos a partir de tales convenios.

 

El conjunto de directrices y orientaciones generales sobre estos aspectos determinará el modelo de uso público con relación a la gestión de los equipamientos.

 

DIRECTRICES SOBRE PRESTACIÓN Y TIPOLOGÍA DE SERVICIOS

 

Los servicios de uso público, que utilizan los equipamientos e instalaciones, suponen también un apartado importante a atender en la definición del modelo de uso público elegido. Como en el caso de los equipamientos, dos tipos principales de decisiones se abren en este capítulo: de un lado, el tipo y cantidad de los servicios promovidos o autorizados; y, de otro, la forma o formas de prestación elegidas.

 

En el tema de los tipos y cantidad de servicios, las posibilidades son múltiples y tienen en gran manera que ver con la orientación fundamental que se quiera dar al uso público, por lo que es una decisión de gran importancia. A este respecto es interesante constatar que muchos espacios protegidos de montaña se ven muy presionados hacia la concesión de servicios de carácter puramente turísticos y de ocio que distorsionan en buena manera la concepción del uso público: se promocionan así actividades de visita de carácter deportivo o de recreo que en ocasiones no encajan realmente en la concepción estricta de uso público, pero que a veces se catalogan como tales: alquiler de quads, motos, descenso de cañones, etc. Al ser actividades generadoras de empleo y de beneficios empresariales para quienes las prestan, puede existir una importante presión local sobre la concesión de los permisos y licencias, por lo que resulta aconsejable determinar previamente las capacidades de acogida de estas actividades en el territorio y limitar las concesiones a lo razonable y compatible con los objetivos de conservación del espacio.

 

Algunas actividades en la naturaleza suponen la prestación de servicios por parte de entidades privadas y pago de las mismas. Parque de las Berceas en el valle de las dehesas (Cercedilla, Madrid)

 

En definitiva, de la definición precisa de los objetivos del espacio protegido y de las capacidades y fragilidades del territorio se debe derivar el conjunto de limitaciones de uso necesarias y se ha de deducir el tipo y cantidad de servicios de uso público a desarrollar. No obstante, una administración puede optar por establecer un único tipo de modelo de uso público en estos aspectos para todos sus espacios naturales (o para todos los de una determinada categoría) en su territorio, definiendo así una directrices generales comunes de aplicación en la red de espacios protegidos bajo su gestión.

 

En cuanto a la gestión de los servicios de uso, vuelve a haber una doble modalidad: la gestión directa por la administración del espacio protegido o la indirecta (y, evidentemente, también sistemas mixtos entre ambas: directa en algunos servicios e indirecta en otros).

 

Por lo general, muy pocos espacios protegidos desarrollan una gestión directa de todos los servicios de uso público, siendo la fórmula preferida la mixta, en la que algunos servicios se prestan directamente por parte de la Administración y otros se realizan mediante contratación u otras fórmulas indirectas.

 

Las formas de contratación derivan, evidentemente, de la normativa de contratos de las administraciones públicas (ley de contratos). Estos contratos y otras formas de gestión indirecta de servicios incluyen, entre otras, las siguientes modalidades:

 

- Contratos de gestión: para actividades de contenido económico que permiten la explotación lucrativa del servicio público, sin cesión de ejercicios de autoridad.

 

- Contratos de gestión interesada: de participación conjunta con una entidad privada en la explotación de un servicio con un reparto preestablecido de gastos y beneficios.

 

- Contratos de servicios: para el desempeño de unos servicios específicos.

 

- Concesiones: Transferencia de una prestación de servicios bajo condiciones predeterminadas y a cambio de un canon.

 

- Conciertos: Acuerdos para prestaciones de servicios ya en funcionamiento que resulten similares a las que representa el servicio público a prestar.

 

- Convenios: Acuerdos de colaboración con otra institución pública o privada para la prestación del servicio.

 

- Encargos de gestión y cesión de uso: en los que la Administración encarga la gestión de servicios a otra entidad o cede el uso de instalaciones para la prestación de servicios.

 

 

DIRECTRICES SOBRE DISTRIBUCIÓN TERRITORIAL DE EQUIPAMIENTOS Y SERVICIOS

 

La distribución de equipamientos y servicios de uso público (y, como consecuencia, de las actividades) en el territorio de un espacio natural ha de depender, evidentemente, de las características de dicho territorio y de la zonificación que la planificación y ordenación de usos en el mismo haya establecido el Plan de Ordenación de los Recursos Naturales o el Plan Rector de Uso y Gestión si, como es frecuente, estamos considerando el uso público en un espacio protegido.

 

Pero, además, es posible y deseable que se hubieran establecido algunos criterios generales acerca de dicha distribución territorial. Estos criterios derivarían de una determinada concepción del uso público y, por tanto, del modelo elegido para su planificación y gestión.

 

En el caso de la distribución territorial, los aspectos sobre los que podrían definirse algunas directrices generales son:

 

- La concentración espacial de los equipamientos y servicios. En este tema se puede optar por modelos de agrupamiento de los equipamientos y servicios de uso público en una o varias unidades territoriales o por una amplia dispersión de los mismos en el conjunto territorial considerado. El agrupamiento de los equipamientos tiene la ventaja de posibilitar una gestión más sencilla y barata para los mismos, al ser posible concentrar los servicios y atender las demandas con un número menor de personas e instalaciones. La dispersión de los equipamientos y servicios representa, por lo general, un mayor gasto económico, tanto de inversión como de mantenimiento y de personal; presentando, sin embargo, la ventaja de ofrecer una mayor cantidad de puntos de información y de atención, aunque quizás con un grado de calidad menor.  En este tipo de decisiones influye también la distribución y el número de accesos existentes al espacio natural, así como la existencia de uno solo o varios núcleos importantes de población cercanos. Como se ha dicho antes, las condiciones territoriales del espacio tendrán mucho que decir sobre la mayor o menor idoneidad de uno u otro tipo de distribución, pero existe un cierto grado de decisión que corresponde a lo que podríamos designar como una opción de modelo del uso público.

 

- La relación espacial de los equipamientos entre sí. Los equipamientos, como instalaciones de apoyo o soporte para la realización de actividades o para la prestación de servicios, han de ser planteados de una forma integrada, de forma que pueden definirse “estilos” o modelos de ubicación territorial de acuerdo a como se dispongan interrelacionados. Así, por ejemplo, es frecuente que los puntos de información estática (paneles, carteles y demás) se ubiquen al comienzo de las sendas autoguiadas, o junto a miradores, fuentes u otras instalaciones de uso público. También puede establecerse un criterio de ubicación de las sendas en relación con los centros de acogida o de visitantes, o de los ecomuseos, de forma que, actuando éstos de atractivos para el visitante, supongan una oferta de visita añadida a la de la propia instalación en sí, etc. En conjunto, la relación que se quiera establecer entre los equipamientos puede otorgar un estilo de ubicación territorial que haga más fácil organizar las visitas al poder conocer lo que se puede encontrar en cada lugar.

 

Observatorio panorámico. Alemania

 

DIRECTRICES SOBRE MECANISMOS Y FORMAS DE PARTICIPACIÓN DE LA POBLACIÓN

 

La participación de la población en la gestión del uso público forma parte de una concepción más amplia que atañe a la participación en la gestión de espacios naturales. El principio 10 de la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo de 1992 (CNUMAD, 1993) afirma que “El mejor modo de tratar las cuestiones ambientales es con la participación de todos los ciudadanos interesados, en el nivel que corresponda”. Así, la participación aparece en los modelos modernos de planificación y gestión territoriales como un concepto inherente al propio sistema y no como un añadido de carácter más simbólico o propagandístico que ejecutivo, una constante perversa y demasiado frecuente en la forma de incorporar la participación en la planificación territorial.

 

Pero, ¿qué es realmente la participación pública? No es lo mismo para todo el mundo, aunque, desde luego haya un sustrato común. Así, ha sido definido como “cualquier proceso que involucra a la sociedad en la solución de problemas y/o en la toma de decisiones, con el objetivo de utilizar las intervenciones y propuestas realizadas en cada caso para mejorar las decisiones” (Andelman, 2002). Para EUROPARC-España, en aplicación concreta a los espacios naturales protegidos (Hernández de la Obra y Gómez Limón, 2005), la participación es vista como un “proceso de intervención directa de las personas (individualmente o a través de organizaciones que les representen) en la resolución de los problemas de un espacio natural protegido, aportando su propia creatividad, puntos de vista, trabajo, conocimientos y recursos, o compartiendo la responsabilidad en la toma de decisiones para su planificación y gestión”.

 

La participación pública suscita en ocasiones un importante recelo entre las autoridades y gestores más tradicionales, pero su ausencia implica en muchos casos un seguro de conflictos permanentes no resueltos. Naturalmente, la participación no supone plegar las decisiones sobre uso público o conservación a los intereses de la población local (y menos de una parte de ella), pero sí hacerles partícipes de las mismas mediante un proceso de diálogo, debate y toma de decisiones razonablemente abierto y participativo.

 

La participación pública se ha desarrollado de una forma más formalizada y compleja en los planes de gestión realizados en proyectos o programas de cooperación internacional. La propuesta de metodologías capaces de promover, articular e integrar la participación de las comunidades locales en los mecanismos de toma de decisión y gestión de lo que se hace en los territorios donde viven las comunidades humanas (lo que parte de un complejo proceso que conlleva el uso de diferentes instrumentos de interacción social: ver el cuadro adjunto) ha sido una preocupación importante para  las agencias de cooperación, los organismos no gubernamentales y las organizaciones internacionales, dando como fruto una amplia variedad de estrategias, aunque ciertamente no todas aplicables en cualquier lugar, dado que las peculiaridades locales a veces tienen mucho que ver con la idoneidad de los métodos (ver, por ejemplo, García Fernández, 1998; y Andelman, 2002 para aspectos generales de planificación sobre biodiversidad; Morant, 2002, para el caso concreto de humedales, etc.).

 

Niveles de participación e implicación

Instrumentos o procesos de interacción social

 

ü  INFORMACIÓN

ü  CONSULTA

ü  COOPERACIÓN Y PLANIFICACIÓN CONJUNTA

ü  APROPIACIÓN U FORTALECIMIENTO

 

 

- Comunicación ambiental (implica información y retroalimentación)

- Educación ambiental

- Cooperación, negociación y consenso.

- Construcción de compromisos y responsabilidad social

- Apropiación

- Fortalecimiento de capacidades (“empoderamiento”)

Cuadro: Niveles de participación e implicación, e instrumentos de interacción social ordenados de forma creciente para la planificación participativa ambiental.  (Adaptado de Andelman, 2002)

 

A escala nacional, la participación pública ha tenido distintos enfoques y aplicaciones prácticas, siendo sustituida en demasiados casos por procesos de confrontación entre algunos intereses locales y las decisiones de conservación. Esto ha seguido sucediendo a pesar de la existencia de preocupación por este tema entre algunos técnicos y de contarse con modelos para la elaboración de planes de uso y gestión basados en esa participación pública (Castroviejo, 1996).

 

En el campo concreto del uso público, la participación pública puede ser enfocada, al menos, desde dos vertientes distintas: en la elaboración de los planes y en la ejecución de los mismos; a las que podemos añadir la participación interesada de empresas y cooperativas en los procesos de prestación de servicios de uso público.

 

Desde luego, una verdadera estrategia de participación pública debiera contemplar ambas vertientes, ya que los intereses y enfoques de los ciudadanos han de estar ya incorporados en los planes y programas. Aunque planteado para el ámbito de la elaboración del Plan Rector de Uso y Gestión (el documento normativo de rango superior al plan de uso público de un espacio protegido), Castroviejo (1996) propuso la consideración de la participación pública en varias fases del proceso, que incluyen desde la formulación de los objetivos (consulta que propone como tentativa) hasta su aprobación (ver cuadro).

 

Fases del proceso

Responsables

Tareas (en orden)

Tipo de participación pública propuesta

1ª Preparación preliminar: información de base

Equipo encargado de la gestión del parque

Situación actual de la documentación.

Ejecución del plan vigente (si procede).

Memorando sobre la gestión.

Relación de interesados en el proceso.

 

2ª Elaboración de objetivos

Equipo de planificación y ayuda del personal del parque (labores de apoyo y secretaría)

Examen de la documentación.

Primera relación de objetivos.

Relación de Objetivos definitivos.

Consulta pública tentativa (personas y entidades seleccionadas en fase 1ª y las que puedan ir surgiendo a lo largo del proceso)

3ª Diseño del Plan Rector

Equipo de planificación y ayuda del personal del parque

Elaboración de soluciones alternativas para cada elemento de gestión.

Pequeña evaluación de impacto de las alternativas.

Elaboración de un documento de alternativas y ambiental.

Decisión sobre alternativas

 

 

 

Información pública del documento de alternativas (por correo o reuniones directas)

4ª Redacción del proyecto del Plan Rector

Equipo de planificación

Redacción del proyecto de Plan

 

5ª Tramitación administrativa y aprobación

Gestión del espacio y organismo competente

Presentación a diferentes órganos consultivos (Patronato, Junta Rectora) y a organismo encargado de la gestión.

Aprobación por órgano competente de la Administración

Proceso de información pública

6ª Ejecución

Gestión del espacio

Ejecución del plan

 

 

Cuadro: Esquema de fases en la elaboración y aplicación de un plan de uso y gestión y posibles procesos de participación pública (modelo propuesto por M. Castroviejo, 1996)

 

 

Es frecuente que los procesos de participación pública sean canalizados por las administraciones públicas a través de convocatorias u órganos consultivos y de participación. Este tipo de mecanismos ciertamente facilita la incorporación de estos procesos en los complejos procedimientos administrativos de la planificación y gestión, aunque también pueden comportar una trivialización del valor de la participación o presentar un sesgo intencionado en la selección de los participantes. Por lo general, para las fases de planificación, las administraciones van estableciendo sus “listados” de interesados a contactar, que pueden agruparse en diferentes bloques. Para un enfoque participativo en la elaboración de Planes de Uso y Gestión, Miguel Castroviejo (1996) sugiere:

 

- Órganos de la Administración Central o Autonómica con intereses en el área

- Administraciones locales

- Grupos con personalidad jurídica que tengan entre sus actividades la conservación de la naturaleza.

- Instituciones científicas que tengan relación con el ámbito del espacio.

- Asociaciones o grupos que vengan realizando un uso tradicional en el espacio (montañeros, ganaderos, agricultores, cazadores, etc.)

- Personas o entidades privadas que tengan intereses legítimos en el espacio o su entorno inmediato (comunidades de aguas, propietarios, entidades turísticas, bares y restaurantes, etc.)

 

Así, en el caso específico del uso público, la propia estrategia o el plan director de uso público pueden llegar a definir las líneas directrices para la participación pública en la planificación y gestión de uso público, eligiendo entre ópticas más o menos participativas.

 

DIRECTRICES SOBRE GESTIÓN ECONÓMICA Y PRESUPUESTARIA

 

La gestión económica supone siempre una decisión clave en el tipo de modelo de uso público a implantar. Desde aquellas situaciones en las que toda la oferta de uso público es de carácter gratuito, hasta las que incluyen el cobro de la entrada al espacio natural, hay un amplio abanico de situaciones intermedias.

 

Muchos países han adoptado sistemas de gestión económica con tasa de entrada a los espacios naturales protegidos. Esto supone dos tipos de ventajas: una, económica, dado que provee fondos adicionales y específicos para la gestión del espacio; otra, de cariz diferente, al suponer una práctica disuasoria para aquellos que realmente no tienen un interés especial en visitar un espacio de las características y los valores naturales de los protegidos. Naturalmente, la disuasión tiene un carácter económico, por lo que, dependiendo del precio de entrada, puede resultar discriminatorio para personas de bajos recursos, planteando una cuestión ética a tener en cuenta (algunos países tienen tasas de entrada diferentes para nacionales y turistas). Entre los países que han optado por este tipo de estrategias los hay con elevados niveles de renta (como Canadá o Estados Uniodos) y otros de rentas más modestas (como Kenia o Costa Rica), por lo que no cabe pensar en una relación estricta del modelo con el nivel de renta del país. Lo que sí es cierto es que los ingresos obtenidos por el acceso a zonas protegidas pueden ser realmente elevados; así por ejemplo, Croacia o Egipto ingresan por este concepto el doble del presupuesto del que disponen sus sistemas nacionales de áreas protegidas, por lo que se trata de ingresos que van destinados a otros fondos generales (datos aportados en la Conferencia sobre Financiación de Áreas Protegidas del Mediterráneo celebrada en Sevilla en enero de 2006).

 

En nuestro país, la opción general es la de no cobrar la entrada a los espacios naturales, aunque sí facturar algunos de los servicios ofrecidos. A veces, esta modalidad puede suponer, en la práctica, el cobro de una entrada, dado que no se permite entrar a ciertas zonas sin ir en un paquete de servicios de visita guiada (como sucede en ciertas zonas de los Parques Nacionales de Doñana o de Cabañeros).

 

Por otra parte, los presupuestos públicos, por tanto, pueden cubrir total o solo parcialmente los gastos de gestión y ejecución de los planes y programas de uso público. En el segundo de los casos, en general son los servicios de recreo y ocio o las visitas guiadas y los equipamientos ligados a ellos los que carecen de presupuestos públicos y se financian con el cobro de tales servicios. En la mayoría de los casos, la gestión de este tipo de equipamientos y servicios se realiza por entidades privadas en régimen de convenios, concesiones u otro tipo de mecanismos por los que se realiza la gestión indirecta del uso público por parte de las Administraciones Públicas. La promoción o inversión en la creación de equipamientos de uso público es otro aspecto que debe ser motivo de decisión en la configuración del modelo de gestión económica del mismo (ver cuadro como ejemplo de una situación).

 

·        Promoción: La Consejería de Medio Ambiente actúa como única promotora con la totalidad de la inversión y como responsable de su gestión.

·        Participación: La Consejería de Medio Ambiente aporta una parte de la inversión, es decir una financiación parcial (incluso puede ser el terreno) y no actúa en la gestión.

·        Colaboración: La Consejería de Medio Ambiente aporta apoyo técnico o subvenciones.

·        Sin participación: La Consejería de Medio Ambiente es ajena a cualquier forma de inversión y gestión.

Modelo adoptado por la Junta de Andalucía en su estrategia de uso público con respecto a la promoción o inversión de equipamientos (Molina y Pardo de Donlebún, 2003)

 

 


 

IX. LOS PROGRAMAS DE USO PÚBLICO

 

Los programas de uso público constituyen en su conjunto, las actuaciones en las diferentes áreas temáticas del plan de uso público. Como hemos señalado antes, se ha recomendado diferenciar la parte del plan propiamente dicho (diagnóstico, modelo y directrices) de la de los programas, a los efectos de establecer una distinción entre lo más general y, probablemente, inmutable a medio plazo, de la parte más específica y revisable.

 

PROGRAMAS DE USO PÚBLICO

 

Los programas, en número y tipo, deben adaptarse a las características del espacio o espacios naturales en los que se aplican. No obstante, existen una serie de aspectos y temas que, en una u otra medida o de una u otra forma, han de formar parte de las decisiones que suponen los programas.

 

 

Acogida, información y regulación de actividades

 

La acogida de los visitantes debe planificarse como una de las cuestiones más básicas, por lo que, por lo general, existirá un programa específico que se ocupe de este tema.

 

La llegada de los visitantes a un espacio natural supone, en muchos casos, el primer contacto con ese territorio. Como hemos visto, los motivos de la visita pueden ser muy diversos e incluirán desde la visita bien programada hasta la llegada prácticamente casual al espacio. En el programa de acogida se debe tratar de dar respuesta a las diferentes expectativas de los visitantes, compaginándolas con los objetivos de conservación y protección del espacio. Eso quiere decir que es preciso organizar los equipamientos para que el visitante pueda encontrar la información que necesita para su visita, así como tratar de obtener a su vez datos sobre sus intereses y expectativas para canalizarle y orientarle. Los programas de acogida, por tanto, deben prever los protocolos de acogida, recepción, información y orientación a los visitantes, teniendo en cuenta sus características y demandas (grupos escolares, visitas individuales, familias, etc.).

 

Por supuesto, el espacio puede tener organizado su territorio en relación con el uso público en una serie de zonas de acceso diferenciado (por ejemplo: acceso libre, acceso controlado, acceso con tarifa, acceso restringido o acceso prohibido), lo que deberá tenerse en cuenta en la acogida al visitante a fin de que éste puede recibir la información que necesita para poderse mover por el espacio natural de la forma que mejor se conjugue sus intereses con la protección de los valores naturales. Por tanto, junto a la acogida y la información, aparece la regulación de actividades, que suele tener una proyección espacial (zonificación).

 

Balizamiento y acondicionamiento de un sendero. Fuentona de Muriel (soria)

 

La accesibilidad al espacio natural (que incluye también consideraciones de fomento de la accesibilidad de personas con movilidad reducida), la estructura de las vías de comunicación interiores, los senderos, centros de acogida y otros equipamientos, así como los servicios que se prestan en el conjunto del espacio natural son aspectos fundamentales en la elaboración del programa de acogida, información y regulación, del mismo modo que la existencia de material informativo idóneo (en puntos de información, centros de acogida o, incluso, en centros turísticos o comerciales próximos) supone una herramienta de apoyo a estos fines.

 

Sin duda, el centro de visitantes (o de acogida) constituye el equipamiento central y más completo de los que dan servicio al programa de acogida, pues en él es posible integrar prácticamente todos los aspectos de información, orientación y comunicación con el visitante. No obstante, este centro debe estar apoyado fundamentalmente con puntos de información en diversos lugares del espacio natural que complementen las funciones de acogida y permitan distribuir por el territorio las funciones básicas de recepción e información.

 

La información puede diferenciarse de la acogida, constituyendo un programa propio en algunos casos, aunque buena parte de las funciones y servicios de ambos confluyen.

 

Folletos, planos, mapas, libros, carteles, paneles, videos o fotografías son algunos de los soportes de la información que puede ofrecer un espacio natural como materiales de apoyo, además de la información que los guías, monitores o informadores de los centros puedan dar al visitante de una manera más personalizada.

 

Señalización

 

La señalización del espacio natural tiene una considerable importancia como forma de informar a los visitantes de los límites, zonas o datos que puedan resultar de importancia para su visita. Las señales de un espacio natural (y, en un sentido general, de un sistema de espacios naturales protegidos) deben mantener una coherencia de diseño y de forma de comunicación de los mensajes que debiera estar decidida en un ámbito superior al del plan específico de dicho espacio. La homogeneidad en el uso de logotipos, colores, soportes y formas de comunicación y diseño son importantes a la hora de transmitir un mensaje que sea interpretado fácilmente por el visitante, identificándolo con el espacio natural y la conservación de la naturaleza. La señalética constituye, pues, una preocupación importante en el ámbito del uso público que puede constituir el motivo de un programa específico donde se indique, además de los aspectos anteriores sobre el tipo y características de las señales, los lugares donde se ubican y los mensajes que se quieren comunicar.

 

Seguridad

 

Los espacios naturales presentan diferentes características y condiciones que tienen que ver con la existencia de riesgos para los visitantes. La planificación del uso público debe contemplar medidas de reducción de esos riesgos existentes, que pueden constituir uno de sus programas.

 

Como ya vimos, los riesgos naturales o inducidos son el resultado de cruzar la peligrosidad o probabilidad de un suceso con el daño causado por el mismo (que, a su vez, tiene que ver con el valor y la vulnerabilidad de lo expuesto). La planificación de riesgos se inicia con su inventario y diagnóstico, que puede formar parte del diagnóstico del medio natural, trasladándose a mapas de riesgos que dividen el territorio en zonas de diferente peligrosidad. La zonificación del uso público debe tener en cuenta estos mapas de riesgos a la hora de trazar sendas, ubicar accesos, situar equipamientos e informar u orientar a los visitantes. Naturalmente, dependiendo del tipo de medio natural, el espacio ofrecerá unos perfiles y grados de peligrosidad muy diferentes. Los riesgos incluyen también aspectos no geoclimáticos, como las posibles agresiones de animales, atropellos o accidentes, etc.

 

La seguridad de los visitantes requiere un planteamiento específico según el tipo de espacio natural. Acantilados de Moher (Irlanda)

 

 

 

 

Cartel de advertencia sobre peligros en el P.N. Picos de Europa (España).

 

Este aspecto se refiere a la prevención de riesgos, que es una parte fundamental del programa de seguridad, pero también es preciso disponer de protocolos y medidas de seguridad para el caso de accidentes, percances o emergencias. Esto supone en la mayor parte de los casos establecer mecanismos de coordinación con todos los elementos implicados en la seguridad (protección civil, policía, guardia civil, ejército, etc.).

 

La seguridad supone también informar al visitante de la existencia de riesgos y la manera de evitarlos, así como la forma de actuar, en el caso de sufrir accidentes.

 

Participación y voluntariado

 

La participación pública es un aspecto muy interesante en el desarrollo de la planificación del uso público. Supone la posibilidad de potenciar el compromiso y la participación tanto de visitantes como de residentes en las tareas de gestión y en los objetivos de conservación y divulgación de los valores del espacio natural y el medio ambiente, que se convierte, así, en una gestión participativa. Conseguir esto exige poner en marcha las medidas necesarias para hacerlo posible, dado que la participación pública no es un logro fácil ni cómodo. De ahí que sea interesante constituir un programa específico para alcanzar estos objetivos. En los modelos de gestión ecosistémica, la participación pública aparece como un elemento sustancial de dicha gestión.

 

Dentro de la participación, un grado especialmente interesante es el del voluntariado. Definido como “conjunto de iniciativas de participación social en las que determinadas personas de forma individual o colectiva, libremente y sin ánimo de lucro, dedican parte de su tiempo y capacidades a la realización de tareas de divulgación, conservación y protección del espacio natural protegido” (, el voluntariado ha ido cobrando importancia desde hace unos cuantos años como forma solidaria de ofrecer a la sociedad un trabajo de ayuda en tareas colectivas y éticas. Muchos espacios protegidos ofrecen programas de voluntariado que suponen una doble vía de enriquecimiento: para la mejora del uso público, por un lado, y para el disfrute personal de quienes se sienten mejor contribuyendo con su trabajo altruista a la mejora de los fines de conservación y educación ambiental.

 

Por supuesto, el voluntariado ambiental no sustituye, sino que complementa las dotaciones necesarias de personal profesionalizado y capacitado para desempeñar las funciones de gestión del uso público.

 

Interpretación y educación ambiental

 

La interpretación ambiental y la educación ambiental suponen, en si mismos, dos de los aspectos más fundamentales del uso público, de forma que deben constituir, juntos o por separado, el contenido de un programa específico. Diseñar los objetivos, elegir los contenidos, decidir los métodos y disponer los recursos necesarios para ofrecer unos programas de interpretación y de educación ambiental capaces de satisfacer las necesidades de diferentes colectivos y personas exige realizar una planificación compleja que tenga en cuenta diferentes situaciones, posibilidades e intereses. Además, los programas de interpretación y de educación ambiental son, por lo general, bastante demandantes de recursos, tanto humanos (educadores, monitores, guías o interpretes ambientales, según se quieran definir) como físicos (centros, aulas, paneles, museos, etc.).

 

 

Actividades de educación ambiental en espacios naturales. Alumnos de bachillerato del IES El Escorial en un programa de conservación de anfibios realizado con la colaboración de investigadores del Museo Nacional de Ciencias Naturales  (Arboreto del Monte Abantos).

Imagen, promoción y comercialización

 

La imagen del espacio natural forma parte del conjunto de decisiones que conviene acordar cuanto antes, dado que en la sociedad actual en la que los mensajes tienen una identificación estrecha con signos visuales, los espacios naturales no escapan a esta regla.

 

La imagen del espacio natural suele estar asociada al sistema o red de espacios del que forma parte, por lo que suele planificarse la imagen desde instancias superiores a las del propio espacio, de forma que parte de la misma vendrá, posiblemente, condicionada por una planificación o una estrategia general de toda la red.

 

La imagen incluye el aspecto más formal (logotipos, lemas, etc.) y también el conjunto de mensajes asociados a las finalidades y objetivos del espacio natural. Eso significa que existen unos aspectos de fondo sobre los que conviene reflexionar, a fin de no equivocar el sentido de la imagen que se quiere transmitir. Buena parte de los mensajes irán ligados a conceptos de naturalidad, calidad, bienestar, etc. por lo que conviene no traicionarlos utilizando los aspectos formales de la imagen en actividades o en mensajes inadecuados o incoherentes.

 

Entrada a la reserva privada de Walnau (Alemania) propiedad de una sociedad ornitológica

 

Del mismo modo, la promoción y comercialización de la imagen del espacio natural forman parte del conjunto de acciones y decisiones que pueden constituir en si mismas un programa destinado a “vender” en el mejor de los sentidos posibles, los objetivos y valores del espacio natural a los visitantes.

 

Y siempre, en estos temas, conviene no confundir que las técnicas de promoción e imagen no deben sustituir, confundir ni tergiversar los fines y objetivos del espacio natural protegido y las finalidades de su uso público.

 

Documentación, comunicación  y publicaciones

 

La elaboración de materiales en diferentes soportes (impresión, video, audio, etc.) con información sobre el espacio natural y sus características, valores, recursos y peculiaridades constituye una parte importante de las actuaciones de apoyo al uso público. Los aspectos de elaboración y comercialización de estos materiales incluyen numerosas y a veces complejas actuaciones (recopilación de información y datos, elaboración de guiones, grabación de imágenes y sonidos, edición, venta, etc.) que no necesariamente han de ser ejecutadas por la administración del espacio natural, aunque sí deben ser fomentadas y potenciadas por ella, de cara a asegurar, en la medida de lo posible, una oferta de materiales de tipo muy variado (desde folletos y planos, hasta libros y vídeos) al alcance de los visitantes y con diversas fórmulas (venta, préstamo, regalo). Como unidad básica, parece razonable que se asegure al menos la existencia de una guía del espacio natural y un mapa del mismo. Del mismo modo, parece razonable que el espacio tenga, al menos, una página oficial en internet.

 

Prevención, control y regulación de impactos

 

Todo el capítulo relativo a la prevención y control de los impactos puede constituir el contenido de otro programa en sí mismo, donde se establezcan los mecanismos específicos que la gestión del espacio determina para este tema, además de los que las leyes generales establezcan para el conjunto del territorio en el que se ubica.

 

Personal y formación

 

Otro programa específico debe abordar la política de personal destinado a la gestión del uso público, en el que debe incluirse, además de la formación inicial y los perfiles profesionales exigibles, los mecanismos de formación permanente del mismo que permitan mantener una cualificación idónea del personal existente a lo largo del tiempo. Esta política de cualificaciones y capacitación debe extenderse no solo al personal funcionario o contratado directamente por la administración gestora, sino a los que de forma privada individual o colectivamente puedan actuar en el uso público como guías, interpretes o monitores de actividades, mediante mecanismos de habilitación o de concesión de permisos.

 

Gestión económica

 

La gestión económica del espacio natural requiere, evidentemente, de una planificación estricta que debe contar con un apartado específico relativo a la gestión del uso público. Dependiendo del carácter que se le dé a la gestión del uso público dentro del ámbito general de gestión de los espacios naturales, tendrá mayor o menor sentido establecer un programa específico destinado a la gestión económica del uso público, aunque siempre será interesante poder contar con un apartado en la gestión económica que trate o informe específicamente de lo que acaece y se decide en el ámbito del uso público.

 

Equipamientos

 

Los equipamientos sirven a los fines y servicios del uso público, por lo que estarán a disposición de los diferentes programas. De hecho, un mismo equipamiento atenderá y será un recurso útil para actividades de diversos programas. Por ello, puede decidirse que los equipamientos sean tratados de una forma diferenciada a los programas, como un apartado específico de la planificación, aunque realmente tampoco hay inconveniente alguno en considerar ese apartado como un programa más (el programa de equipamientos). En cualquier caso, se trata de programar las actuaciones relacionadas con los equipamientos, para lo que sin duda será necesario contemplar los usos y necesidades que los diferentes programas demandan de éstos. El programa o apartado de equipamientos debe incluir un inventario de los existentes, así como la estimación de necesidades y posibilidades de reforma, sustitución, ampliación, etc.

 

 

   

Señalización de límites y entrada a espacios naturales y balizamiento de sendas. Parque del Monte Robson (Canadá).y Sabinar de Calatañazor (Soria).

 

 

 

 

 

Las actividades deportivas que permiten además el disfrute y contemplación del medio natural tienen una gran cabida en los programas de uso público. Canoas en la Ría de Villaviciosa (Asturias) y espeleología en el Karst en yesos de Sorbas (Almería)

 

 

 

EVALUACIÓN DE PLANES Y PROGRAMAS DE USO PÚBLICO

 

La evaluación de los planes y programas constituye un aspecto fundamental en toda planificación. El proceso mismo de planificación exige la contemplación de una fase final de evaluación que suponga una retroalimentación para la posterior re-elaboración del siguiente plan. La evaluación se convierte así en un mecanismo de retroalimentación que obtiene información de resultados para modificar con ella los diferentes aspectos de elaboración de los siguientes planes.

 

Este tipo de “cortocircuitos” (o bucle de realimentación, como se denominan en cibernética) pueden hacerse más cortos que lo antedicho, aplicándolos a los programas o a los mismos proyectos, de forma que la evaluación puede convertirse en procesal o de proceso, formando parte del mismo mecanismo de diseño-ejecución.

 

En cualquier caso, al final de cada ciclo (plan, programa, proyecto) es necesario establecer una fase formal de evaluación final que retome toda la información obtenido en los procesos más la que derive de ese análisis y valoración final para obtener conclusiones capaces de servir de entrada a los mecanismos de nueva planificación que se iniciarán entonces.

 

La evaluación puede utilizar distintos métodos e instrumentos.

 

La evaluación por objetivos, es decir, estimar el grado de éxito alcanzado en la obtención de cada uno de los objetivos propuestos, es uno de los más utilizados y exitosos, pero requiere que previamente se analice y valore también la adecuación de los objetivos propuestos en su momento. Existen diferentes maneras de evaluar ese grado de consecución de los objetivos, que puede cuantificarse, así como puede ser interesante ponderar o priorizar los objetivos en función de su importancia para obtener una valoración o evaluación equilibrada.

 

Los instrumentos pueden ser de muy variado tipo, aunque la utilización de indicadores permite, siempre que estos sean bien elegidos para el fin encomendado, establecer una base de comparación y de cuantificación interesante. Un indicador es una variable de un sistema o un índice que estable una relación entre variables del sistema, de cuya medición se pueden obtener información sobre el estado y la evolución del sistema en su conjunto. En el caso del uso público suele ser más fácil obtener la valoración a través de indicadores de opinión (de visitantes, gestores, etc.), pero resulta muy interesante poner en marcha sistemas de evaluación basados en indicadores de parámetros

 

 

EVALUACIÓN DE EQUIPAMIENTOS

 

La evaluación de los equipamientos forma parte de la evaluación de planes y programas, pero debido a sus especiales características ha cobrado un interés particular, recibiendo atención preferente por parte de técnicos y gestores. En cierto modo, la evaluación de los equipamientos representa un indicador de la evaluación de planes y programas de uso público, al ser los equipamientos una medida del estado de planificación y ordenación del uso público. EUROPARC-España (2006 b) ha elaborado un manual de evaluación de los equipamientos con aplicación piloto a algunos de ellos obteniendo interesantes conclusiones (ver también cuadro adjunto donde se muestran los indicadores seleccionados para la evaluación).

 

 

 

 

Indicadores elegidos para el observatorio y los logros de los equipamientos de uso público en la propuesta de evaluación de equipamientos de EUROPARC-España (2006 b)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

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[1] En 2005, el mismo EUROPARC-España retocó ligeramente esta definición en un nuevo documento, quedando de la siguiente manera: “Conjunto de programas, servicios, actividades y equipamientos que, independientemente de quien los gestione, deben ser provistos por la Administración del espacio protegido con la finalidad de acercar a los visitantes a los valores naturales y culturales de éste, de una forma ordenada, segura y que garantice la conservación, la comprensión y el aprecio de tales valores a través de la información, la educación y la interpretación del patrimonio” (Hernández de la Obra y Gómez-Limón, 2005)

 

[2] La UICN mantiene hoy estas siglas, aunque actualmente el nombre en español corresponde al de Unión Mundial para la Conservación. Actualmente (2006) están representados en UICN 82 estados, 111 agencias gubernamentales y más de 800 organizaciones no gubernamentales.

[3] Cada cuatro años se suelen actualizar de forma importante los listados mundiales de la UICN. (La evaluación mundial de especies correspondiente a 2004 puede consultarse en www.iucn.org/themes/ssc/red_list_2004/2004home.htm).

 

[4] La resiliencia es la propiedad de los ecosistemas que mide su capacidad para recuperar propiedades estructurales y funcionales dañadas por perturbaciones externas.